Nota de la traductora:
Nunca he leído un Draco Durmstrang y tenía ganas, buscando encontré esta historia, así que no me lo pensé mucho.
Los personajes y todo lo reconocible es de la autoría de JK Rowling y la historia es de Over_watch.
Traducción oficial autorizada.
Portada de aplthree en Twitter/X
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El Torneo de los Tres Magos
Draco intentó mantener la compostura mientras el barco se balanceaba violentamente por una corriente particularmente fuerte.
—Recuérdame por qué tenemos que viajar así, —dijo, apenas jadeando. Estaba seguro de tener la cara verde. Intentó respirar y miró a Blaise, que estaba tumbado en la cama, leyendo.
—Porque Karkaroff es un idiota que quiere impresionar a Dumbledore y demostrarle que es mejor que él. —Blaise se limitó a alzar una ceja y sonreír—. ¿Quieres que materialice un cubo para ti, para vomitar?
Draco gruñó y se tumbó.
—Que te jodan.
La puerta del camarote se abrió para dejar pasar a Theo, que se ajustaba las solapas de la chaqueta.
—¿Aún no estáis listos? Emergeremos en media hora. Karkaroff quiere que estemos listos en diez minutos y todos en la bodega.
Draco soltó un gemido mientras rodaba fuera de la cama e intentaba recuperar la estabilidad.
—Ya odio este maldito Torneo. —Rápidamente se quitó el uniforme, sacándose la sudadera por la cabeza.
Blaise soltó un gruñido.
—Llevas ropa interior, ¿verdad? Después de lo que pasó con Marietta no quiero ver tu...
—Si estuvieras acostumbrado a llamar antes de entrar en una habitación, no tendrías tantos problemas, —le interrumpió Draco, bajándose la cremallera de los pantalones y bajándoselos por las piernas. Para alivio de Blaise, llevaba puesta la ropa interior.
Se vistió rápidamente, poniéndose el uniforme y abrochándose las botas, antes de sacar el bastón que siempre llevaba y echarse un poco de agua en la cara. Cogió la capa de piel y se lo aseguró al hombro izquierdo y luego miró a Blaise, que se levantó perezosamente para imitar sus gestos.
—¿Habrá chicos guapos, en Hogwarts? —preguntó, mientras terminaba de ajustarse el uniforme—. ¿O voy a estar sin hacer nada todo el año?
Theo sonrió y Draco puso los ojos en blanco.
—Lo que sea o a quien sea que decidas follarte, hazlo fuera de mi habitación.
—Por cierto, Marietta vino con nosotros. ¿Sabes por qué?
Draco se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Por lo que sé, no va a poner su nombre en el Cáliz.
—Tengo algunas ideas. Sigue intentando desesperadamente recuperarte e impresionarte, —respondió Blaise.
—Rompí con ella, —respondió Draco—. Se lo dejé muy claro, incluso me disculpé. No entiendo por qué no se da por vencida.
Blaise puso los ojos en blanco.
—Tengo varias hipótesis. Una, eres rico. Dos, eres tan gilipollas que cree que puede ser la única mujer que te cambie. Tres, por lo que vi hace unas semanas bajo las sábanas, lo que tienes entre las piernas merece la pena. Parece que sabes lo que haces.
Draco hizo una mueca.
—Desde luego que lo sé, —dijo, casi ofendido.
Theo puso los ojos en blanco y soltó una risita antes de mirar la hora.
—Vámonos.
Bajaron las escaleras del barco agrandado mágicamente, que parecía más bien un gran dormitorio. Draco saludó a Krum con un movimiento de cabeza y lo flanqueó.
—Viktor, —dijo en voz baja—. Entonces, ¿vas a poner tu nombre en el Cáliz?
—Sí. Quierro probarr suerrte. ¿Y tú, Drraco?
Draco masticó algo en voz baja y luego asintió:
—Buena suerte, amigo.
Volvió al lado de Blaise y Theo, los arrastró con cuidado tan lejos de Marietta como pudo, y esperó a que Karkaroff empezara a hablar para susurrar:
—Ese idiota nos va a hacer quedar como una panda de imbéciles. Ni siquiera sabe hablar un inglés decente.
Theo soltó una risita y le dio un empujón.
—Vais a ser el orgullo de Durmstrang juntos. ¿No te molesta?
Draco se limitó a encogerse de hombros.
—Al contrario. Con Bulgaria ganando, espero que todo el mundo se centre en él y me deje en paz. No puedo correr el riesgo de hacer que mi padre se sienta orgulloso de mí pavoneándome demasiado —apenas sonrió.
—El bueno de Lucius. La última vez que lo vi te gritaba que eras la mayor decepción de su vida. ¿Cómo está?
—Espero lo peor posible.
Theo puso los ojos en blanco.
—Siempre he admirado el afecto que hay entre vosotros dos, —dijo, ajustándose la correa de su capa—. ¿Vendrá, ya que estaremos en Inglaterra todo el año?
Draco sacudió los hombros.
—Espero que no. Tendría que hablar con él si lo hiciera, y no tengo intención de compartir más que mi apellido con él.
—Una relación padre-hijo ejemplar —siseó Blaise, antes de que la nave empezara a temblar. Draco plantó los pies firmemente en el suelo y cerró los ojos, rezando para que aquella tortura terminara pronto. El agua chapoteaba violentamente contra la madera del barco cuando el mástil atravesó la superficie del agua, y una ligera presión en los oídos le indicó que se dirigían río arriba. Cuando el barco dejó de chapotear, Karkaroff agitó la varita y una gran ancla de metal se desplegó con un estruendo. Cuando llegó al fondo, con una última sacudida, Karkaroff lanzó un hechizo de estabilización sobre todo el barco y abrió la bodega.
—No me hagáis lamentar vuestra presencia aquí, —declaró secamente, antes de coger el nudoso bastón que siempre llevaba a su lado, rodeándolo con una mano—. Vámonos.
Una luz violenta penetró en la bodega y Draco apretó ligeramente los ojos mientras se movía con los demás. Puso un pie en la suave hierba y miró a su alrededor, observando con indiferencia el castillo de piedra que tenía ante sí. Una delegación de Hogwarts ya los esperaba, con uniformes a cuadros y jerséis negros.
Karkaroff se volvió hacia ellos.
—Draco, Viktor, mis chicos. —Con un gesto de la mano los llamó a su lado, y Draco apretó la mandíbula mientras se separaba de la fila.
Se acercó a ellos y saludó brevemente a Krum con la cabeza.
Karkaroff siempre quiso exponerlos lo máximo posible. Krum era uno de los jugadores más jóvenes del equipo nacional de Quidditch, era uno de los herederos más jóvenes de una fortuna de miles de millones de galeones, descendiente de una familia noble y de sangre pura. Karkaroff le puso la mano en el hombro de forma protectora e hizo lo mismo con Krum antes de empujarlos hacia delante. Draco luchó contra la irritación que le produjo el contacto y se limitó a moverse, levantando la cabeza y escudriñando los rostros que iba a encontrarse. Se fijó en los broches de distintos colores que llevaban prendidos en los jecarséis y en las corbatas a rayas.
Karkaroff caminó confiado hacia Dumbledore, que le abrió los brazos con una mirada fría pero amistosa. Se saludaron brevemente antes de que Karkaroff se volviera de nuevo hacia ellos.
—Estos son mis chicos, Dumbledore. Seguro que conoces a Draco Malfoy, o a su padre Lucius. Creo que es un nombre bastante conocido en vuestro Ministerio. —Draco dio un paso adelante y estrechó la mano de Dumbledore, que le devolvió una mirada curiosa.
—Por supuesto. Me temo que me has robado a Draco, Igor. Es una lástima.
—Ojalá lo hubiera hecho, Albus, pero Lucius insistió personalmente en que Draco se educara en Durmstrang. Supongo que debería sentirme honrado, —le dio una palmada en el hombro y Draco casi se echó a reír.
La única razón por la que su padre lo había obligado a estudiar en Durmstrang era que lo quería lo más lejos posible de él. Había cancelado su matrícula en Hogwarts unos meses antes de marcharse y, en los siete años transcurridos desde entonces, Lucius y él ni siquiera habían intercambiado una postal navideña.
No obstante, asintió con la cabeza al director y luego educadamente a Dumbledore. Karkaroff también hizo la presentación a Krum y luego se frotó las manos.
—Estamos esperando a Maxime, ¿no?
Dumbledore asintió, mirando al cielo.
—Deberían llegar en un minuto. Hoy está bastante nublado.
Karkaroff arqueó una ceja durante unos segundos, como si no entendiera la conexión, y luego negó con la cabeza.
—Ella insiste con esos caballos. Le sugerí, hace dos Torneos, que buscara una solución alternativa.
Dumbledore le dedicó una sonrisa tranquila.
—Desafío a cualquiera a convencer a Maxime de hacer algo que no quiere.
—Sabias palabras, —murmuró Karkaroff.
Después de cinco minutos, seguían esperando. Draco sentía la piel y el uniforme pesados sobre su piel, a pesar de que era octubre. Le habría gustado cambiarse, pero seguían esperando, como los peces. Estaba acostumbrado a temperaturas mucho más bajas, y empezaba a sentir un poco de calor. Mientras tanto, había estudiado Hogwarts todo lo que había podido.
Frente a la verja, clavado, había un anciano encorvado que sujetaba un gato de ojos rojos que, estaba seguro, le había mirado fijamente a los ojos.
Un hombre de tamaño descomunal, un semigigante quizá, estaba de pie en el césped, enfundado en un traje de piel que parecía haber visto días mejores, con dos grandes palas rojas en la mano.
Los alumnos de Hogwarts parecían estar a punto de congelarse. Draco observó con interés la casa en la que seguramente lo clasificarían si iba a Hogwarts. Era capaz de distinguir a los sangre pura incluso a kilómetros de distancia. El grupo de las corbatas verdes y plateadas esperaba erguido y sereno en su propia postura. Vio varios anillos con insignias familiares brillar en sus manos y, por reflejo, hizo girar el suyo en la mano derecha, relamiéndose rápidamente.
Había más confusión entre las corbatas rojas y doradas. Algunos hablaban animadamente entre ellos; en particular, una pelirroja con la cara llena de pecas no paraba de murmurar al oído de un chico moreno con gafas, que ni siquiera parecía saber su nombre.
Draco resopló y apartó la mirada. El resto de la delegación de Durmstrang estaba unos pasos detrás de ellos y, al volverse, vio claramente que Blaise y Theo le devolvían una mirada igualmente molesta. Marietta intentó saludarlo con la mano. Suspiró frustrado y se volvió hacia el director de Hogwarts, que lo miraba.
Arqueó una ceja, tratando de no ser grosero, y se aclaró la garganta.
Dumbledore sonrió satisfecho y movió los hombros.
—¿Lleva mucho tiempo sin aparecer por Inglaterra, señor Malfoy?
Arqueó una ceja, pero contestó de todos modos.
—Pasé dos semanas aquí en las vacaciones de verano hace unos meses.
—Ya veo. ¿Cómo está su padre?
—Supongo que está bien, —se limitó a responder. La verdad era que no tenía ni idea. Su padre y él no se hablaban, y eso era todo. Había pasado dos semanas en la Mansión Malfoy solo para arreglar unos asuntos con el abogado de la familia y apenas se había cruzado tres veces con él. Había preferido pasar el resto de sus vacaciones de verano en Italia con Blaise, antes de regresar a Durmstrang.
Karkaroff se excusó un momento del resto del grupo, dirigiéndose hacia la nave para dar indicaciones sobre su mantenimiento al semigigante, y solo entonces Dumbledore se acercó.
—Es una lástima que no lo tengamos como alumno, señor Malfoy. Creo que sería interesante observarlo en un lugar más... dinámico.
Draco apretó la mandíbula mientras comprobaba que Karkaroff no estuviera al alcance de sus oídos. A su director no le gustó que mencionara el hecho de que Durmstrang había sido su segunda opción, y una obligatoria.
—La Academia Durmstrang también ofrece múltiples oportunidades de crecimiento.
Asintió y sonrió ligeramente.
—Igor y yo diferimos en algunos puntos clave de la gestión de nuestros alumnos y nuestros métodos de enseñanza. Seguro que ya lo sabes.
—Soy consciente de las diferencias, —respondió Draco en tono de conversación.
Dumbledore le sonrió levemente.
—La verdad es que es una pena. Recuerdo que su madre estaba entusiasmada ante la perspectiva de que asistieras a su mismo colegio. ¿Cómo está Narcissa? La recuerdo. Una alumna excepcionalmente brillante.
Draco se puso rígido ante la mención de Narcissa y apretó ligeramente los párpados.
—Ella está bien. Actualmente está en Francia.
—Espero poder persuadirla para que se una a nosotros, en el transcurso del año. Sin embargo, no albergo el mismo optimismo por Lucius.
—Creo que ha acertado, profesor Dumbledore. Estoy seguro de que a mi madre le encantaría recibir una invitación. En cuanto a mi padre, creo que sería mejor para todos que no viniera, —dijo Draco, incapaz de contener las palabras.
Cuando vio la sonrisa en los labios de Dumbledore, casi le devolvió la sonrisa. Le gustaba ese viejo raro.
—Veré qué puedo hacer, Sr. Malfoy.
Cualquier respuesta por su parte fue interrumpida por Karkaroff que volvía a caminar, como siempre a paso ligero, hacia ellos.
—Creo que la he visto, Albus, —insinuó hacia el cielo—. Hacia el oeste.
Draco giró la cabeza en la dirección indicada y entrecerró los ojos. Un ruido sordo y rítmico se propagó por el aire mientras enfocaba una docena de caballos blancos y alados que tiraban del carruaje más grande que había visto nunca. Era azul, con ruedas doradas, y del tamaño de una mansión bastante grande. Apenas se fijó en el gran emblema de uno de los laterales antes de que el carruaje se precipitara hacia el césped. Todos retrocedieron unos pasos para permitir que los caballos, que Draco estaba seguro de que le doblaban en tamaño, aterrizaran.
Draco vio cómo un chico con uniforme azul saltaba del carruaje y golpeaba con la varita un friso dorado que se convertía en una escalera antes de abrir la puerta.
Luego, se esforzó por permanecer impasible mientras una mujer gigantesca bajaba del carruaje. Estaba seguro de que no medía más que unos centímetros menos que el semigigante que cuidaba las bridas de los caballos, y de que él mismo estaría justo por encima de su cintura.
La mujer se acercó a Dumbledore y Karkaroff y les tendió la mano a ambos. Draco se esforzó por no reírse cuando Karkaroff tuvo que ponerse de puntillas para besarle la mano y miró detrás de ella, por donde descendía un ordenado grupo de chicas y chicos con uniformes azules.
Draco los estudió a todos sin especial interés. En primera fila había una chica que parecía irradiar un extraño magnetismo en el aire que la rodeaba. Era pálida y rubia, llevaba el pelo largo recogido en una cola y tenía los ojos claros y la nariz respingona. Draco ladeó la cabeza.
Tal vez ese Torneo no sería una pérdida total de tiempo.
Madame Maxime se movió hacia la izquierda y la vista de Draco quedó momentáneamente oscurecida mientras la veía lamentarse con el semigigante por el tratamiento de sus caballos. Cuando pudo ver que el grupo se acercaba de nuevo, la chica rubia ya no estaba sola. A su lado había una chica de pelo negro, que miraba a su alrededor con cara de asco, y otra de pelo castaño rizado, que parecía estar estudiando todo lo que veía.
Draco la observó mientras apretaba un libro contra su pecho y decía algo. Llevaba el uniforme azul, el pelo rizado y recogido en una coleta baja bajo una gorra a juego. Apoyó la mano en el brazo de la rubia y le susurró algo, sonriendo y con los ojos brillantes.
Draco sonrió por alguna razón. Era guapa. Muy guapa.
Mientras Karkaroff volvía hacia los demás, él y Viktor le siguieron.
—Chicas bonitas, —dijo Viktor, ajustándose la capa.
Asintió en silencio.
—¿Alguna en particular? —respondió, solo por decir algo.
—La rrizada. Es muy guapa, —murmuró Viktor, girando ligeramente la cabeza para mirarle—. ¿No te parrece?
—Sí, es bonita, —dijo apretando la mandíbula. Normalmente, no tenía ningún deseo particular de interponerse en los intentos de Viktor por conseguir una chica. Ya se ponía bastante en competencia con Draco por cualquier cosa, como para demostrar que a los ojos de Karkaroff era más valioso que él, y Draco se lo dejaba creer de buena gana. La estima de Karkaroff no le importaba mucho.
Pero había algo en la chica que le hacía difícil apartar los ojos de ella. No le quitó el ojo de encima mientras entraban en el Gran Comedor, Karkaroff los empujaba de nuevo a él y a Viktor hacia delante como trofeos que exhibir y aprovechó que era el primero de la fila para verla entrar, con la rubia y la morena. Ella miraba a su alrededor con la nariz tan levantada que él pensó que se caería al suelo. Señaló al techo varias veces, hablando escuetamente con la rubia, y luego se sentó en la mesa de las corbatas rojas y doradas y siguió gesticulando hacia el vestíbulo.
Draco se sentó entre Blaise y Theo en la mesa de Slytherin y apartó los ojos de la chica de pelo rizado.
—Tierra a Draco. ¿Quién, morena o rubia? —Blaise sonrió, le dio un codazo, y él resopló ligeramente.
—La de pelo rizado, en realidad, —respondió—. Al lado del tipo con gafas.
—El tipo. Es guapo, —dijo Blaise, estirándose en el banco.
Mientras tanto, Dumbledore estaba dando todo un discurso al que él no estaba prestando atención. Ya sabía qué hacer. Escribir su nombre y meterlo en un cáliz en llamas no parecía algo tan complicado que necesitara ser explicado.
En cuanto las mesas se llenaron de comida, cogió el vino y lo sirvió para él, Blaise y Theo. Mientras cogía un poco de pollo, volvió a mirar a la chica de pelo rizado y la encontró inmersa en una conversación con una chica pelirroja que tenía enfrente. La rubia escuchaba con indiferencia. Draco la miró fijamente mientras daba un sorbo a su vaso y luego soltó una carcajada por algo que había dicho la morena. Estaba a punto de apartar la mirada cuando de repente ella levantó la vista hacia él.
Por un momento, se dio cuenta de que podía parecer un extraño acosador a sus ojos, pero se negó a bajar la mirada y estudió los de ella. Estaban lejos, pero podía ver los iris de color avellana. Ella arqueó una ceja con escepticismo antes de arrugar lentamente la nariz, con expresión curiosa.
Draco cogió el vaso y lo inclinó ligeramente hacia ella, como para brindar, y al cabo de unos segundos, ella asintió levemente con la cabeza y dobló una comisura de los labios en una sonrisa burlona. Él sonrió.
—¿Escuchaste siquiera una palabra de lo que dije? —Blaise le clavó un codo en las costillas y él casi gruñó, girando la cabeza hacia él.
—¿Qué coño quieres?
—El tipo. Es Harry Potter.
—¿Él? —Draco arqueó una ceja.
—Eso me han dicho. —Señaló a los chicos de Slytherin con la cabeza—. Entonces, ¿es él quien derrotó a Quien-tú-sabes? Esperaba algo más impresionante.
—Le rebotó una maldición, no le dio un puñetazo. —Theo se rio entre dientes.
Draco se encogió de hombros. Sabía quién era Harry Potter, su padre le había contado quién era Voldemort y la forma "indigna" en que había sido derrotado. Draco nunca se había molestado en decirle lo loco que sonaba repitiendo esa mierda.
—No puedes dejar de mirar esa mesa, —dijo Blaise, dándole otro golpe en las costillas. Draco sintió la imperiosa necesidad de darle un puñetazo.
—La de pelo rizado, —respondió—. ¿Quién es?
Theo se encogió de hombros, confuso.
—No tengo ni idea. Sé quién es la rubia. Se llama Fleur Delacour. Tiene sangre Veela por parte de madre, es una sangre pura francesa. Recuerdo que mi padre me la presentó un verano en Francia, conoce al señor Delacour.
Draco asintió, tomó otro sorbo de vino y empezó a comer. A intervalos regulares, levantaba la vista hacia la mesa de Gryffindor. Arqueó una ceja cuando vio a la chica de pelo rizado con la cabeza hundida en un libro mientras los demás terminaban sus postres.
¿Quién cojones leería en medio de un banquete?
La vio pasar la página concentrada antes de sacudirse un mechón de rizos.
—Te estás volviendo espeluznante, tío, —le dijo Theo—. ¿Te gusta?
Se encogió de hombros.
—Tiene algo, —respondió—. No sé. Es interesante.
Sus elucubraciones fueron interrumpidas por Dumbledore, que se había puesto en pie una vez que se hubieron retirado las mesas. Draco observó, poco impresionado, cómo el Cáliz de Fuego hacía su gran entrada y la llama se expandía.
Miró de nuevo a la chica, que observaba embelesada cómo las llamas lamían la copa. Escuchó a Dumbledore hablar sobre la Línea de Edad y prestó poca atención al resto. Tenía la edad adecuada, participaría, eso era todo. En realidad, sentía curiosidad por el Torneo. Era un evento recurrente pero cada vez más elaborado. Cada cinco años se ponía a prueba a los campeones con desafíos cada vez más difíciles y elaborados, y el prestigio que daba ganar o incluso participar en el Torneo era enorme.
Karkaroff dijo algo acerca de que al día siguiente podrían empezar a presentarse al Torneo, y Draco asintió mientras se dirigía hacia su derecha, dispuesto a regresar a la nave. Estaba satisfecho, ligeramente borracho y mortalmente cansado. Cuando todos empezaron a levantarse de sus mesas, vio a la de pelo rizado saludar a los Gryffindors con una sonrisa.
—Dame un poco de tiempo con el chico y averiguaré quién es, —dijo Blaise, siguiendo su mirada mientras Karkaroff empezaba a reunir a todo el mundo y el Comedor empezaba a vaciarse. Se levantó rápidamente y se escurrió entre la multitud.
—No le molestes, Blaise. —Theo soltó una risita, pero ya se había largado, agitando una mano en el aire.
Draco puso los ojos en blanco antes de salir del Gran Comedor con Krum y Karkaroff a su lado. Una vez al aire libre, respiró a fondo el frescor y se dirigió sin vacilar hacia el barco. El carruaje había sido puesto en posición vertical a orillas del lago donde estaban amarrados. Los caballos alados descansaban un poco más allá, en un gran recinto de piedra y madera. Lanzó una mirada interesada al campo de Quidditch, aunque sabía que este año no habría partidos. Cuando Karkaroff abrió la bodega para que volvieran a entrar, echó otra mirada a Beauxbatons. La de pelo rizado se agarraba la ropa por los hombros como si tuviera frío. Bien. Tenía muchas pieles para darle.
Soltó una risita y vio a Blaise correteando rápidamente por el césped, uniéndose a la última fila.
—Zabini, —dijo Karkaroff sin volverse.
—Buenas noches, profesor, —respondió, y Draco contuvo una sonrisa. Alguien se rio y Karkaroff entrecerró los ojos, exasperado.
Draco retrocedió al entrar en la bodega hasta quedar flanqueado por él.
—¿Y bien? —preguntó sin entusiasmo.
Blaise hizo una mueca.
—Ya había subido. No pude alcanzarle.
Draco siseó, y Theo se acercó a ellos con una sonrisa.
—Tendrás todo el año para averiguar su nombre. Vámonos.
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Hermione tembló cuando sus ligeros zapatos volvieron a encontrarse con el frío césped de Hogwarts. Se agarró con fuerza al uniforme, intentando aguantar lo suficiente para volver al carruaje y prometiéndose ponerse una capa más al día siguiente.
Alcanzó a ver a los chicos de Durmstrang marchando casi a paso marcial hacia el barco, y por un momento se preguntó si la humedad del lago le haría sentir aún más frío. Por lo que sabía, Durmstrang estaba en Noruega, o tal vez en Escandinavia. Sin duda estaban acostumbrados a esa temperatura. Miró a todos a su alrededor, vio a un chico que corría por el césped para unirse al grupo, y se quedó un momento mirando a los dos de la primera fila, junto a Karkaroff. Ya conocía a Viktor Krum, por supuesto. Las revistas y los periódicos de cotilleos siempre hablaban del buscador más joven del equipo nacional.
El otro, sin embargo, le parecía casi etéreo. Tenía la piel blanca como la nieve, la nariz recta, los pómulos afilados y los ojos claros. Su pelo era tan rubio que parecía blanco, antinatural. Se comportaba con orgullo y mantenía la espalda recta. Aquella noche le había sorprendido mirándola, aunque no estaba del todo segura de que no estuviera mirando a Fleur, que normalmente atraía muchas más miradas que ella.
Pansy le dio un ligero codazo y se giró para mirarla.
—No le des tantas vueltas, —le dijo.
—¿Qué? —Hermione se volvió hacia ella.
—A él. —Pansy señaló a Durmstrang con la barbilla—. Ya lo he visto. Pero créeme cuando te digo que no es algo en lo que quieras meterte.
Se sonrojó ligeramente.
—Solo me fijaba en que es guapo. ¿Sabes quién es? —preguntó.
Pansy hizo un ruidito.
—Es difícil encontrar a alguien que no lo haga. Es Draco Malfoy.
—Malfoy... —repitió Hermione—. Es el...
Pansy asintió:
—Su padre era partidario de... Quien-tú-sabes. Igual que el mío. De hecho, eran grandes amigos. Cuando aún vivíamos aquí, salíamos mucho con él, creo que nuestras familias planeaban casarnos.
—¿Casaros? —Hermione enarcó una ceja—. Tenías once años cuando viniste a París.
Pansy se encogió de hombros.
—Sangre pura. Lucius Malfoy es el mayor pedazo de... —suspiró—. No es que importe. De hecho, creía que Draco iba a venir a Hogwarts. Eso les oía decir a Narcissa y a mi madre. Como yo. Se suponía que Theodore Nott y Blaise Zabini también iban a matricularse aquí. Perdimos el contacto.
Hermione asintió lentamente.
—Sangre pura, —repitió—. Eso significa... —le dirigió una mirada significativa.
—Ese Lucius Malfoy es también uno de los más ardientes partidarios de la supremacía de los sangre pura. Sin embargo, no puedo decirte nada sobre Draco. Pero, si quieres mi consejo... ten cuidado. No necesitas otro Henry.
Hermione asintió, inclinando la cabeza para mirar por dónde pisaba mientras subía los escalones e intentando no pensar en lo que había pasado unos meses antes.
—Es una pena, —dijo, volviendo a pensar en Malfoy—. Es guapo.
—Es más que guapo. —Contestó Pansy mientras asentía a Fleur. Dentro del carruaje había una verdadera vivienda de tres pisos. Hermione y ella se detuvieron en el segundo mientras Fleur subía al tercero, conversando densamente con Madame Maxime.
Hermione entró primero en su habitación y se quitó los zapatos antes de saltar a la cama.
—¿Qué te parece Hogwarts?
—¿Sinceramente? Está muy bien. Beauxbatons no es tan interesante, —luego hizo una pausa—. Espero que Maxime no haya puesto algún hechizo espía, de lo contrario me echará.
—¿Crees que los programas de séptimo año serán tan buenos como el nuestro?
Pansy se encogió de hombros.
—No he prestado mucha atención al profesorado, la verdad. Me he centrado mucho más en esa pelirroja que estaba junto a Potter. ¿La has visto?
Hermione parpadeó, intentando recordar su nombre. Se habían presentado a tanta gente que le costaba recordarlos a todos, pero parecían un grupo agradable.
—Ginny Weasley, —dijo entonces, chasqueando dos dedos—. La conocimos a ella y a su hermano Ronald.
Pansy chasqueó la lengua.
—Merlín, es guapa. Potter también, pero creo que ella me atrae más.
—¿Crees que está interesada?
Resopló ligeramente.
—Supongo que lo averiguaré. Iremos a clases juntos durante meses, encontraré la manera.
—Mm-mmm. —Hermione miró al techo—. ¿Vamos a poner el nombre en el Cáliz mañana?
Pansy bostezó y se puso de lado.
—Sí. Espero que no me toque.
—¿Por qué has venido, entonces? —rio Hermione, girándose a su vez hasta mirarla a la cara desde la otra cama.
—¿Estás bromeando, Granger? ¿Casi un año entero en una de las mejores escuelas de magia de Europa? ¿Cómo podría perdérmelo?
Hermione sonrió, asintiendo, antes de ponerse un pesado pijama con un movimiento de varita.
—Si al menos no hiciera tanto frío, —bramó, apretándose las sábanas contra el pecho—. ¿Cómo duermen los de Durmstrang sobre el agua? La humedad lo enfriará todo, —reflexionó.
—Creo que el barco está debidamente hechizado. Además, viven en la nieve todo el año, ya has visto los uniformes. Tienen pieles. —Pansy se deslizó bajo las sábanas y apagó las lámparas con un movimiento de varita—. Duerme ahora. Y no sueñes con Malfoy, —se burló de ella.
Hermione se rio y rodó sobre su otro costado. Antes de hundirse en el sueño, los ojos claros de Malfoy volvieron a su mente, al igual que la mirada que él le había dirigido. Se mordió el labio.
Sangre pura. La supremacía de los sangre pura. Ella había pasado por eso antes, hace unos meses. No tenía intención de exponerse al riesgo de nuevo. Era una nacida de muggles. Cualquier esperanza se cortaba allí. Ya había tratado antes con ese tipo de personas y se había resignado rápidamente al hecho de que la intolerancia seguía siendo sorda a toda razón. Así que Malfoy seguiría ocupando un segundo plano en su cabeza.
Se quedó dormida.
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Draco resopló cuando una mano firme se posó en su hombro. Levantó la cabeza de la taza de café humeante y se volvió para encontrar a Krum mirándolo con cara de bobo.
No es que fuera especialmente brillante.
—¿Viktor? —intentó sonar neutral.
—El prrofesor quiere que vayamos al Cáliz ahorra, —enarcó una ceja y le miró.
Draco asintió y lanzó una mirada a Karkaroff, que se acercaba con la habitual sonrisa paternal que solo reservaba para ellos dos. Terminó su café de un sorbo e intercambió una mirada exasperada con Blaise y Theo antes de levantarse. Karkaroff le entregó un trozo irregular de pergamino y una pluma. Escribió su nombre y el de Durmstrang y observó a Viktor hacer lo mismo.
Karkaroff los miró a ambos con orgullo.
—Haced que me sienta orgulloso, —dijo. Draco sintió el fuerte impulso de apartarse de la mano que se había posado en su hombro, pero decidió aguantarse, caminando hacia el Cáliz. Hizo un gesto a Viktor para que fuera primero y observó cómo anotaba su nombre, con sus compañeros emocionados a su alrededor. Blaise y Theo le siguieron discretamente en el proceso. Vio que algunas chicas de Beauxbatons se quedaban atrás para vigilarlos e intentó encontrar a la chica de pelo rizado de la noche anterior. Aún no estaba allí, ni ella ni la morena del corte recto, pero la rubia lo miró con cierto interés.
A su lado, los chicos tenían expresiones ligeramente aturdidas. Sangre de veela, recordó Draco.
Se volvió hacia el Cáliz en llamas y dio un paso al otro lado de la Línea de Edad. Se acercó rápidamente y dejó caer el pergamino en el Cáliz, que brilló en rojo durante un par de segundos. Sonrió satisfecho y se alejó mientras Blaise y Theo le daban palmadas entusiastas en el hombro.
La chica rubia lo miró con una sonrisa de satisfacción antes de sacar un pergamino lila de su bolsillo. Se acercó con elegancia al cáliz y lo dejó caer en él antes de volver a mirarle y hacerle una media reverencia.
Blaise le dio una palmada en el hombro.
—Has vuelto a impactar, amigo. Esperemos que Marietta no la mate.
Draco se encogió de hombros y se dispuso a decir que, aunque la chica rubia era atractiva y probablemente estuviera interesada en él, no iba a ligar con ella cuando una risita lo sacó de la puerta.
Se volvió para mirar a otro grupo de alumnos de Beauxbatons que entraba por las puertas del Gran Comedor y sus ojos se detuvieron de inmediato en la de pelo rizado, que entraba cogida del brazo con la morena. Llevaba una chaqueta más gorda sobre el uniforme, lo que confirmó sus sospechas. No estaba acostumbrada al frío.
La morena le estaba contando algo que debió de parecerle divertidísimo porque volvió a reírse. Madame Maxine, desde detrás de ella, la abordó.
—Señorita Granger, modales, —agitó una gran mano adornada con anillos y se dirigió hacia el vestíbulo.
Draco la vio sonrojarse y apartarse el pelo del hombro mientras se giraba para mirar a su directora. Era sencillamente deliciosa. Y era tan pequeña. Medía por lo menos medio metro menos que él.
A diferencia de la noche anterior, llevaba el pelo suelto, y Draco se dio cuenta de que los rizos eran más salvajes de lo que había pensado, tan abultados, y que había intentado peinarse en una media coleta de la que se escapaban varios mechones.
—Disculpe, Madame Maxime, —dijo. Su voz era delicada y sutil. La morena que tenía delante volvió a reírse, tapándose la boca con la mano, pero Madame Maxine también se dio cuenta.
—Parkinson, —dijo ella simplemente, y algo en el cerebro de Draco se iluminó.
Conocía a aquella chica. Hacía más de siete años que no la veía, pero se acordaba de ella y de su padre en la Mansión Malfoy, justo antes de marcharse a Durmstrang y de la separación de sus padres. Ladeó la cabeza. Efectivamente, le resultaba familiar.
—¿Os acordáis de Parkinson? —se volvió hacia Theo y Blaise.
—¿Es Pansy? —Theo la miró un momento y luego se rascó la mejilla.
Blaise chasqueó los dedos.
—Merlín, la recuerdo. Una vez me tiró de mi escoba de juguete antes de robármela y subirse a un árbol del jardín, negándose a bajar.
Theo sonrió al recordarlo.
—Solo te salvó la vida. Tu talento para volar iguala al mío en Aritmancia.
Draco dio un paso atrás al ver una fila de alumnos y alumnas uniformados de azul dirigirse ordenadamente hacia el Cáliz. La rizada era la tercera, delante de Parkinson, agarrando un pergamino violeta. Parecía agitada por la idea, pero de un modo positivo. Observó embelesada cómo salían chispas rojas del Cáliz cada vez que alguien añadía un nombre.
—Granger, —murmuró sin mucho entusiasmo mientras la veía acercarse. Le pareció que sus dedos temblaban ligeramente al soltar el pergamino. Él sonrió satisfecho cuando su nombre fue aceptado, y ella dejó que sus ojos vagaran por la habitación hasta que se detuvieron en él. Draco le devolvió la mirada con interés, pero ella no dio señal alguna de que comprendiera quien era, simplemente se estremeció y dejo que Parkinson pusiera el nombre en la copa a su vez.
—¿Granger? ¿Podría estar emparentada con Hector Dagworth Granger? Es el que fundó la Sociedad Extraordinaria de Potentados, —dijo Theo.
Blaise sacudió los hombros.
—Pronto lo sabremos. —Luego, antes de que ninguno de los dos pudiera averiguar a qué se refería, echó a correr hacia delante, hacia la mesa de Gryffindor donde iban a sentarse las dos chicas—. ¡Parkinson! —la saludó en voz alta, como si fueran viejos amigos. En cierto modo, lo eran.
—¡Idiota! —Sonrió Theo y se limitó a seguirlos, al igual que Draco. Se acercaron justo a tiempo para pillar a Blaise hablando de la escoba de juguete. Theo puso los ojos en blanco y se acercó.
—Pansy Parkinson. Es bueno volver a verte.
Pansy lo miró con un brillo en los ojos y le tendió la mano para estrechársela.
—Theodore Nott. Tienes buen aspecto, —dijo, y Draco apretó los ojos en un intento de no reírse de la forma en que se estaba comiendo a Theo con los ojos. Más bien, se concentró en su amiga, Granger, que había permanecido en silencio y los observaba con curiosidad.
—Draco Malfoy, —dijo Parkinson, levantando una ceja en su dirección—. ¿Cómo estás?
Draco alargó la mano para estrechársela.
—Mejor que nunca, —dijo, impasible—. ¿Qué tal Francia?
Se encogió de hombros.
—Mejor cuando estoy lejos de mi padre.
—Me siento identificado. ¿Cómo está Mortimer? —Sonrió.
—Hace tiempo que no sé nada de él. Espero que no hasta junio. ¿Y Lucius?
—Lo he visto tres veces este verano. Dos menos que el anterior. —Draco se encogió de hombros y sonrió—. Estoy intentando reducirlo a cero, pero supongo que tardaré un par de años.
Theo y Blaise soltaron una risita, y Pansy negó con la cabeza, antes de lanzar una mirada a la mujer de pelo rizado, que la estaba mirando.
—Por supuesto, perdona. Hermione Granger, son viejos amigos. Blaise Zabini, Theodore Nott, Draco Malfoy.
Draco alargó la mano para tomar la de la chica después de Blaise y Theo, pero a diferencia de ellos, la sostuvo un momento entre los dedos y se inclinó hacia ella, rozándole los nudillos con los labios.
—Señorita Granger, es un placer conocerla, —susurró, reclinando la cabeza y esbozando una leve sonrisa.
Ella le miró ligeramente sorprendida. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente antes de sonreír.
—Señor Malfoy. El placer es mío, —respondió en voz baja.
