Las austeras, elegantes y distinguidísimas damas del Collegue of our lady St. Marie, llevaban semanas preparando y planeando minuciosas, hasta el último detalle, del tradicional baile intercolegial de primavera.

El baile anual de La orquídea se había llevado a cabo desde la época en que las señoritas victorianas eran congregadas para ser elegidas en matrimonio o para conocer a sus futuros esposos. En una noche de baile estrictamente vigilada por las miradas atentas de sus institutrices, las chicas de esas épocas distantes, eran ataviadas llevando el corsé más apretado que de costumbre. Luego, los, también muy plásticos y relamidos jóvenes de sociedad, les eran presentados, y bailaban con ellas piezas interminables. Lo gracioso en este caso era que, a pesar de haber transcurrido más de un siglo de esa costumbre, el protocolo y el objetivo de ese evento social habían cambiado muy poco.

Y en esa actualidad, en la última década del siglo XX, la mayoría de las muchachas morían de ganas porque llegara esa noche. Con anticipación mandaban a confeccionar sus atuendos a las mejores casas de moda, colaboraban activamente en los preparativos de la fiesta, de la decoración, de los aperitivos, de la música y en semanas enteras no hablaban de otra cosa.

Que ese baile "uno de los más importantes para su presentación en sociedad", era recordado todos los años por la directora: "No sólo se trata de que den la mejor impresión de ustedes mismas, sino también del colegio, y que den cuenta del trabajo que hacemos en esta institución al preparar a lo mejor de las damas de esta sociedad".

También era un acontecimiento para las alumnas, que en esa escuela donde muchas veces no se les permitía ni conservar cartas de muchachos, una de las reglas más importantes se rompiera, pues los invitados de honor eran los alumnos de Eton.

En cada año que Integra pasó en la escuela, fue invitada al baile como todas sus compañeras, y siempre se negó a ir. Pero ahora que estaba en sexto, (y que ella y toda su generación, por tradición, eran las protagonistas del evento) negarse iba a ser más difícil.

─ ¡No, no y no! Y esa es mi última palabra ─ dijo enérgica Integra a media biblioteca, alzando la voz y provocando un shhhh silenciador─ ¡no voy a ir!...

─ ¡Pero Integra! ¡Tú nunca has ido! Además, este año tenemos parejas asignadas, sabes que es muy importante y que seguramente te van a obligar ir.

─ Sí, además no puedes dejar plantada a tu pareja. ¿Ya escuchaste los rumores? Dicen que ni tú te salvas de conocer al que seguramente es tu prometido...

─ ¡¿Y por qué debería importarme "dejar plantado a mi prometido"?!

─ ¡Shhhhh!─ volvió a insistir la bibliotecaria.

─ ¡¿A mí que me importa?!─dijo más quedamente, pero no menos quejona, ocultándose junto a sus amigas entre los anaqueles─ ¡¿Crees que deseo ser exhibida como carne fresca?!

─¿Exhibirte?─ preguntó lady Parrish, que no llegaba a entender el furor feminista de su compañera─ Integra, ¡es sólo un baile!

─ Nosotras hemos asistido todos los años...─ intervino lady Hamilton.

─ Sí, ¡es todo tan hermoso! ¡Y las alumnas de sexto grado se llevan los mayores honores!

─ Honores...ja, ¡vaya honores! Dejar que esos mequetrefes de Eton vengan a meter sus narices aquí, sintiéndose tan señores y amos ─ decía haciendo ademanes ─ ¡Sólo hay que ver las ínfulas que se dan! Actúan como si fueran superiores a nosotras.

─ ¡Integra, por favor!─ dijo lady Marshall ─ aunque no nos guste... ¡algunos de ellos serán nuestros maridos! Somos mujeres y el mundo no es justo con nosotras, así que lo único que nos queda por hacer es disfrutar de los beneficios. ─ se encogió de hombros con una expresión resignada.

─ ¡¿Ves, ves lo que digo?! ─ dio media vuelta y se alejó dando zancadas, totalmente molesta.

Las tres muchachas no dieron mucha importancia al discurso de su amiga, (la conocían de sobra) y se dispusieron a comentar lo mucho o poco que les faltaba para el esperado momento, "tan sólo faltan unas horas"... Así se dejaban llevar por el animo festivo.

El alboroto que causaba la víspera de la fiesta, en esa mañana de viernes, y que impregnaba todo el ambiente, alcanzó su punto más alto cuando a las once de la mañana, un cargamento de orquídeas fue entregado a medio patio por varias vagonetas provenientes de una elegante floristería en la ciudad, precedidos los racimos y racimos de encantadoras flores, por una legión de decoradores que pasaron al jardín de fiestas uno tras otro, con gruesos de manojos en los brazos, sin mirar a ninguna parte.

Alrededor, decenas de muchachas formaron una valla para verlos pasar, valla que estaba principalmente compuesta de jovencitas de primer y segundo año (internas y externas), que soñaban con que llegara el momento de ser ellas las protagonistas.

Detrás, un poco más alejadas de la obvia expectación, se encontraban las jóvenes del rango más alto, que poco a poco iban saliendo de sus aulas, y se colocaban en lo alto de las gradas del asta bandera; se encaramaban de los barandales de la cafetería-comedor o se asomaban de las balaustradas que protegían los pasillos en las plantas altas de cada uno de los edificios de ese complejo estudiantil de arquitectura decimonónica.

Por más que se viese, siempre resultaba curioso el espectáculo del desfile de decenas y decenas de alumnas bien uniformadas y acicaladas, elegantes hasta en la sonrisa. Aunque esa mañana no moderaran su alboroto, pues muchas de ellas se iban ya a casa. La señora Philips había dado licencia de salir temprano del plantel a las alumnas externas, y se marchaban felices y expectantes.

Para las muchachas de sexto año, las clases se terminaron mucho antes, cuando fueron llamadas al auditorio para escuchar las últimas indicaciones de la directora. Además de dar a conocer el nombre de la alumna que daría el discurso de bienvenida ese año, anunció un dato muy importante: ─ Tengo que hacer de su conocimiento ─ decía a través del micrófono ─ que este año, hemos decidido darle algún valor curricular al evento...

El murmullo de las alumnas no se hizo esperar.

─ De modo que serán evaluadas por la señorita Williams, su profesora de etiqueta. Así pues, será su examen perfecto, ya que nuestra escuela es famosa por la rigurosa etiqueta impartida y exigida, y que esta noche, como cada año, se pone en práctica...

"¡Ay no!" Pensó Integra sin poder creer en las palabras de la directora. Sus amigas notaron la incomodidad que la noticia le producía, a lo que lady Hamilton dijo: ─ Ya te fastidiaste, Integra, ¡vas a tener que ir, si no quieres que la Williams te ponga una F!

─ ¡Es absurdo! ─ respondió la aludida con la mirada perdida y frunciendo los labios ─ que nos tengan que evaluar esa clase, en ese baile...

Cuando los anuncios de la directora terminaron y tuvieron que marcharse, mientras la heredera esperaba por la llegada del chofer de la mansión, se quedó solitaria y taciturna mirando como las demás chicas se retiraban, e Integra solo pensando en la obligación de asistir. Sus amigas se despidieron de ella reiterándole sus ganas de verla aparecer en la fiesta y dijeron "hasta luego", no "adiós".

Sentada en una de las jardineras, con la barbilla apoyada en las rodillas, comenzaba a sentirse indecisa. No podía evitar que su curiosidad adolescente o sus sentimientos tentaran a la dureza de su carácter, después de todo, ¡era casi una niña!

Cuando las últimas alumnas se marcharon de la institución, su vista se detuvo en un nutrido grupo de chiquillas del primer año. Su tierno aspecto entre niñas y adolescentes le recordaron a sí misma: "yo a esa edad...". El año en que ingresó a esa escuela, fue en efecto, el peor y el más decisivo de su vida: su padre murió y se convirtió en lideresa; su único tío trató de matarla; por accidente halló a su vampiro en el sótano, y asumió el control de una organización secreta. Y al observar el uso de la falda azul pizarra del uniforme de primer rango, recordó como el suyo quedó arruinado e inútil después de que sobrevivió de aquel atentado ... "Walter debió de haber avivado la caldera con él", pues ella jamás volvió a ver los restos de esas prendas manchadas de sangre, mugre y hollín.

Salió de sus pensamientos para mirar su reloj, comprendió que su chofer ya no tardaba en llegar, así que se colocó bien la blusa y se puso el suéter con el escudo de la institución. Diez minutos después llegó su Roll Royce negro para llevarla hasta la mansión Hellsing, donde Walter la recibió en el pórtico y la ayudó con su bolso de lona que hacía las veces de mochila.

El mayordomo tan cordial y cariñoso como siempre, le preguntó si ya había desayunado y después de otros rodeos más, le comentó lo que en realidad le interesaba:

─ Y, ¿ya está lista para hoy en la noche, señorita?

Integra lo miró con molestia, cruzándose de hombros y dándole la espalda dijo:

─ ¡¿Tú también, Walter?! ¡¿Es que acaso todos se pusieron de acuerdo para fastidiarme?!

─¡Oh, pero!... ¿dije algo malo? ¿Es que acaso no piensa asistir?

─ ¡No! No pienso ir...

─ Ya veo... ─ expresó el mayordomo acomodándose el monóculo, y frunciendo el ceño.

─ ¿Qué ocurre?- Preguntó Integra, mirándolo por arriba del armazón de sus gafas, sabiendo que esos gestos obedecían a una razón en particular.

─ Con su perdón, señorita...sé que sólo soy un simple sirviente y no tengo por qué cuestionar sus decisiones, pero, me parece que hace mal en descuidar sus compromisos sociales.

─ ¿Tú crees?

Él asintió con la cabeza.

─ Pero, pero es sólo un baile de escuela...

─ Tal vez señorita, tal vez, ¡pero no se olvide que usted trabaja para la sociedad! No digo que pierda su carácter o lo finja, pero despreciar eventos de esta naturaleza en su vida social, es una incongruencia a sus deberes.

Ella no rezongó está vez, sólo fijó la mirada en un punto perdido, se sentó en uno de los divanes de la gran estancia y dijo:─ Puede ser.

─ La invito a que lo piense, y también le informo que sir Islands habló por teléfono hace un par de horas para confirmar su presencia.

─ ¿Sir Islands? Pero él que tiene que...

─ Según tengo entendido, algunos padres de familia estarán presentes en la gala...y pues, recuerde que el heredero Islands estudia en Eton, precisamente su último año.

Era cierto, Integra lo había olvidado, pero ahora que lo recordaba, sintió un sabor amargo en la boca, "¡que fastidio! Ahora sir Islands sale con esto de confirmar mi presencia... ¡como no sea lo que estoy pensando!"

─ Bueno, Walter, gracias por decírmelo.

─ Para servirle, señorita... ─ con una reverencia, antes de retirarse dijo ─ voy a proseguir con mis deberes.

Ella se quedó un momento sentada en el diván, tratando de poner la mente en frío y considerando todos los aspectos: "ir o no ir, ¡esa es la cuestión! ..." La sensación de incomodidad por verse en un ambiente que apenas si toleraba, vestida como a ella no le gustaba y en riesgo de conocer a un potencial marido, se mezclaba con su sentido del deber..."es verdad que soy casi una ermitaña, que de no ser por las chicas estaría siempre sola ... pero, ¿asistir cuando he dicho mil veces que no?" Se puso en pie para meditarlo un poco, del bolsillo del suéter sacó una cajetilla de cigarrillos, se colocó uno en la boca y lo encendió para fumarlo poco a poco, vigilando que Walter no entrase de nuevo a la estancia pues no quería recibir otro sermón acerca de los males del tabaco.

Media hora después fue a ver al mayordomo hasta la cocina, donde supervisaba las compras para la comida.

─ Walter ─ dijo ella quedamente, como si le costara trabajo hablar.

─ ¿Sí, señorita, dígame?

─ Pues...este...yo, estuve pensando lo del baile y...he decidido acudir.

─ ¡Ah muy bien! Esperaba que recapacitara.

─ Pero, la verdad que es no tengo nada apropiado, es decir...

─ Lo sé, señorita, pero no se preocupe. Ahora mismo podemos ir a conseguir algo bello para usted.

Integra no supo que contestar a eso, sabía tan poco de modas y vestidos que pensaba que en las grandes tiendas, ante los escaparates elegantes y el montón de prendas que ver, ella se sentiría como pez fuera del agua.

Quitándose el delantal de trabajo, y yendo a buscar su saco de paño negro, Walter se dirigió a la cochera para buscar el Roll Royce.

─ Yo llevaré a la señorita ─ le dijo al chófer.

Minutos después, ella subía al vehículo sin cambiarse el uniforme del colegio. Walter arrancó el auto y partieron al corazón de la ciudad.

─ Espero que estemos de regreso antes del anochecer.

─ Yo también, Walter.

Y efectivamente, para cuando la noche cayó, regresaron a la mansión habiendo cumplido su objetivo, aunque Integra aún tenía el mal sabor de boca y la extraña sensación por verse inmiscuida en un mundo de complejidad absurda (le llamaba ella), como era el de la indumentaria femenina.

─ Señorita, creo que le hizo falta la presencia de su difunta madre ─ le dijo Walter, cuando las dependientas de las boutiques batallaban con su total nulidad en asuntos de la feminidad, cuando no sabía ni caminar sobre un par de zapatos de tacón, o al descubrir que no poseía un gusto en absoluto en cuanto a vestidos y accesorios se refería.

Ella pasó por casi dos docenas de tiendas repletas de vestidos, bolsos, zapatos y otras muchas cosas. Toda vez que se probó infinidad de modelos al frente de los espejos de ciento ochenta grados; que le fueran mostrados decenas de accesorios, maquillajes, perfumes y un etcétera, etcétera del mundo del acicalamiento y embellecimiento, mientras que la heredera rogaba por que ninguna de sus conocidas la fuera a encontrar (ni de casualidad), en aquellos lugares.

Cuando por fin, algo dentro de Integra se avivó lo suficiente como para despertar un leve entusiasmo y simpatía por un vestido de cóctel, ella sonrió apenas ante su imagen larga y estilizada frente al gran espejo biselado: una imagen cubierta en la seda de un vestido color verde esmeralda estaba ante ella.

─ Este no está tan mal─ expresó poniéndose una mano en la cintura- sí, este tiene potencial...

─ ¿Le parece a la señorita? ─ preguntó la modista con un inglés confundido en su irremediable acento italiano.

─ Bueno sí, por lo menos en "esto" no me veo tan... disfrazada.

Walter sólo fingía que algo se le atoraba en la garganta cada vez que escuchaba un comentario sarcástico, al mismo tiempo que se arreglaba el corbatín ante la mirada interrogante de las vendedoras.

Después de eso, pasaron a un par de establecimientos más y consiguieron a una estilista que arreglara a Integra, la cual fue citada en la mansión.

Regresaron a casa justo a la hora en que el sol se estaba poniendo. La ama de llaves salió a recibirlos y los ayudó con los paquetes.

─ Te atareas mucho, Theodore, ¿Dónde están las demás? ─ preguntó Integra, acerca de sus empleadas.

─ Ellas están en este momento en la cocina.

─ ¿En la cocina? ¿Qué hacen todas allí? ¿Acaso preparan un banquete?

Acostumbrada a la eficiencia de su personal, Integra se dirigió a la cocina para ver que sucedía, y lo que pasaba era que el rey no muerto estaba en medio de todas ellas. Sentado a la plancha, tomando poco a poco el contenido de una bolsa de sangre médica con una pajilla, divertía a las doncellas de servicio con su plática. Las muchachas estaban tan absortas en compañía del vampiro que ni siquiera repararon en la presencia de su patrona, parada como una estatua en el umbral de la muerta, con los brazos cruzados, en una actitud impasible, golpeando el suelo con la punta de su zapato escolar.

─ ...Así es, cuando la reina tropezó con su vestido, todos en el salón tuvieron que aguantarse la risa... ─ decía Alucard, contando una de sus tantas anécdotas cortesanas.

Las muchachas rieron en coro sin dejar de admirarle un segundo, hasta que Integra dijo con voz marcial:─ ¡Vaya, vaya que se están ganando su sueldo!

Inmediatamente, las muchachas se sobresaltaron y miraron avergonzadas a su ama.

─ ¡Vamos, vamos! ¿Qué hacen allí paradas? ¡¿Acaso les pago para que sean las damas de compañía de otro de mis sirvientes?!

─ Lo sentimos mucho, señorita─ dijo una de ellas, y todas comenzaron a salir de la cocina después de darle a Integra su respectiva reverencia con la flexión de su rodillas.

Alucard las observó retirarse, todas le brindaron una discreta mirada de jovialidad y hasta coquetería antes de irse. Él, con una sonrisa y un tono sarcástico, dijo a su ama: ─ ¡Que lastima por ellas! ¡Eres demasiado ruda con las pobres tórtolas!

Las tórtolas, como él las llamaba, eran las siete sirvientas que tenía la mansión Hellsing. Todas ellas en un rango de edad de entre diecinueve y veinticinco años, eran provenientes de los barrios sencillos de Londres y de la provincia inglesa, y constituían un banquete de dulzura, ingenuidad y candidez para cualquier hombre, y eso incluía a Alucard. Con sus vestidos negros de manga larga y cuello alto; sus blancos delantales almidonados y cofias de encaje, sus rostros lozanos y coquetos de belleza discreta, no tardaron en llamar la atención del vampiro quien rápidamente comenzó a entablar una amistad con ellas, con atenciones de caballero, comentarios agradables y anécdotas jocosas. Por su parte, cada muchacha, juramentada y estrictamente elegida por Walter y la ama de llaves, era casi, casi amenazada de muerte si revelaba alguno de los secretos insondables que escondía la mansión, y aunque demasiado sencillas y temerosas como traicionar a una dama de la aristocracia como Integra (con poder y dinero), no le temían al rey de los no muertos, dejándose llevar por su encantó y cortesía de príncipe azul. Hasta que un día, el decidió bautizarlas como "las tórtolas",

"Con alguien tengo que conversar en esta casa", había dicho Alucard más de una vez, ante alguna llamada de atención como la que se avecinaba.

─ ...déjame que lo haga con personas que están..."en mi mismo rango"─ dijo él sin dejar de sorber la sangre médica, ante la mirada molesta de la ama y señora de la casa─ yo también soy del servicio, y según las normas de etiqueta, los sirvientes se relacionan con sirvientes, tú lo has dicho, "eres la ama".

─ No te hagas el tierno, Alucard, ¡no en vano eres un vampiro!

─ Bueno, esto, ¿A ti que más te da?

─ Sólo deja en paz a mis empleadas, ¡que hagan su trabajo y tú has el tuyo!

Él ya no respondió, sólo volvió a sonreír ante la cara enfurruñada de ella, y se contentó con pensar que muy probablemente eran celos (así eran esas épocas, en que él se sentía alagado porque su ama lo celara, aunque ni él mismo se había sincerado sobre lo que sentía por ella, y se concretaba con creer que sólo gustaba de Integra como de cualquier otra muchacha bonita).

─ Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer ─ dijo ella y se dio la media vuelta.

─¿Habrá misión esta noche?─ preguntó él

─No, esta noche tengo otros asuntos.

Theodore, en ese preciso momento, tuvo la ocurrencia de hacer su entrada diciéndole a Integra: ─ Señorita, si quiere comer algo, tiene tiempo, la estilista llegará a las siete de la tarde...me lo acaba de comunicar Walter.

─ ¿Estilista?─preguntó el vampiro ─ ¿para que quieres a una estilista, tú?

─ Porque tengo un compromiso social esta noche.

─¡No me digas! Eso sí es una novedad, ya que eres más antisocial que una reclusa en duelo.

Integra frunció la nariz y salió de la cocina, sólo Theodore se quedó allí preparando algo de cenar a su ama. Alucard no la dejo ir tan fácil, la inminencia del evento le daba a él armas para jugar un rato con la paciencia de su ama.

─Vamos ama, platícame más al respecto.

─¿Para qué quieres saber detalles? Sólo es parte de una de mis obligaciones.

─Bueno, es que, ¡me llamó mucho la atención! Eso quiere decir que ya te estas civilizando.

─ ¡Eres un asno! ─ le dijo cara a cara, con las manos a la cintura y respingando la nariz.

─Pues si a faunas vamos, tú eres una fiera salvaje.

Ella frunció el ceño con desagrado, torció la boca: ─No voy a hablar más contigo─ dijo caminando con rapidez hacia la escalera─ tengo que preparar muchas cosas para hoy en la noche y hacerme a la idea de soportar todo lo que me espera, y saber cómo diablos se camina en esos zancos que a las demás les da por llamar zapatos, y saber cómo se toma el bolso, el abanico y cómo voy a bailotear valses toda la noche, lo cual desde luego, yo no puedo, ni sé hacer...y

─¿Valses?

─ Sí eso dije, tengo una clase de etiqueta donde nos han enseñado a bailar vals, pero la verdad es que no soy la mejor de las alumnas en esa asignatura, de modo que para esas cosas tengo la gracia de un elefante.

─ Bueno, bueno, ¿eso será un problema para ti?

Ella asintió con la cabeza. Alucard entonces se recargó en el barandal con una actitud indolente y arrogante, la miró de reojo y dijo sin preocupación:─ Ah, pues si quieres, yo te puede dar unas clases rápidas, para que pierdas tu "gracias de elefante".

─ ¡¿Tú?! ¿Tú enseñarme a bailar vals? ─ preguntó ella con una mofa atónita que no podría creer que el vampiro asesino más terrible de todos los tiempos pudiera ser diestro y entendido en cosas tan finas, pero...olvidaba algo importante.

─¿Qué tiene de extraño? Después de todo, es requisito para cualquier cortesano o noble, saberse de memoria los bailes de etiqueta.

─Bueno, si lo miras de ese lado─ decía ella no muy convencida y aun aguantando la risa.

─Entonces, ¿aceptaras mi propuesta? ¿Te enseño, o no, a bailar?

Integra lo pensó un poco más, miró el gran reloj de péndulo recargado al bajar la escalera, hizo sus cuentas y sabía que bien podría sacrificar una comida que ella no necesita, por unos minutos de ver danzar al rey no muerto..." ¿Cómo diablos puede saber hacer cosas como esas, que incluso a mí me parecen ridículas? Esto tengo que verlo"...

─Está bien, después de todo, creo que no pierdo nada si lo intento, ¿verdad?─expresó sin quitarse de la cara la sonrisa de incredulidad y de la voz, el tono de ironía.

─Claro que no, mi ama, no pierdes absolutamente nada.─ le respondió él con intención y unos ojos retadores ─ pues bien ¿qué esperamos?

Sin decir más, la tomó de la mano (y de nuevo ella sintió la electricidad quemante desde la palma de sus manos hasta su estómago seguido del hormigueo de su piel. Ella levantó la mirada para mirar el rostro bello desde los más de veinte centímetros que él le aventajaba de estatura) y bajó con ella los peldaños que ya había escalado. La llevó al recibidor principal donde estaba construida la gran chimenea, y allí, compartiendo habitación con el lienzo oloroso a aceite de linaza del retrato inconcluso de Integra, (cuyo bastidor descansaba sobre un caballete cubierto por una frazada, y que tardaría casi treinta años más en terminarse), el rey no muerto llamó a sus incondicionales Tórtolas para que llevarán, provenientes de la muy seleccionada audioteca de la casa, los mejores discos de acetatos con los valses universales más famosos.

─¿Qué es lo que prefieres bailar? Danza medieval, renacentista, del barroco, de la época imperio, del periodo romántico...

─Estas alardeando...

─He estado vivo a través de todos esos siglos, no puedo evitar alardear, ¡me lo he ganado!

En seguida, dos de las tórtolas entraron con los brazos repletos de discos con sus fundas de cartón y papel.

─Tu padre coleccionó mucho material a través de los años.

Él se acercó a las muchachas y revisó uno a uno los títulos hasta que halló algo que le interesó: la carátula del disco que mostraba una orquesta sinfónica, tenía unas letras elegantes Los mejor de Strauss. Él le indicó a la chica que colocara el disco en la tornamesa de la habitación, ella obedeció y fue a ponerlo bajo la aguja que comenzó a emitir su ronco crujido a través del acetato, hasta hallar el inicio de la pieza. Cuando lo hizo, las notas comenzaron a inundar la habitación, Alucard se volvió a Integra:-¿Por lo menos sabes algo?

─Sí, el paso básico.

─Eso nos bastará.

─Pero...

─¿Qué pasa?

─Creo que no estoy del todo lista.

─¿Quieres que te muestre como se hace?─ sin esperar respuesta, llamó con la mano a la otra tórtola, ella fue hasta el vampiro quien enseguida la tomó por la cintura, y le sostuvo la mano. Inmediatamente comenzaron a valsear alrededor de la sala como todos unos expertos en bailes de salón.

Integra los miraba boquiabierta y después de pasado el momento de estupor, preguntó enfadada:─Tú... ¡¿Tú le enseñas a bailar vals a mis criadas?!

─Sí...- respondió Alucard sin dejar de bailar─ ¿Te fijas como lo hacemos?

─ ¡Ese no es el punto! ¡¿Cómo es que no me había dado cuenta?!

─Ah, porque para ciertas personas la noche es muy joven (seguía valseando y cambiando de evoluciones), pero dime, ¿verdad que no parece tan difícil?

Integra frunció el ceño y torció la boca cruzándose de brazos, "esto es inaudito...¡ahora resulta que la sirvienta es más sofisticada que yo!"

─Bueno, ¡ya estuvo bien! No voy a estar aquí toda la noche viendo como mis subordinados se pasan de la raya.

Iba a dar media vuelta cuando Alucard la alcanzó y la tomó del brazo. Con argumentos de disculpa la convenció de quedarse. Integra regresó refunfuñando, y después de echar a las tórtolas:

─Lo que pasa es que has organizado en mi casa tu propio harem ¡sátiro, mujeriego!

─¡No, no!─ respondió él riéndose─ nada de eso...

─Pero a mí ¡¿qué me importa lo que hagas o dejes de hacer?!

Estaba a punto de darse la vuelta otra vez, cuando, sin que ella se percatase o supiera como o donde, Alucard, con un movimiento rápido se aproximó lo suficiente para tomarla por la cintura y por la mano.

─ No abandonemos esto ama, ¡después de todo estamos listos!

Integra, ante la rapidez de lo ocurrido, ya no pudo o no quiso decir nada al momento en que él le dijo que lo siguiera en el ritmo. El sólo hecho de sentir el cuerpo de él tan próximo del suyo, su mano rodeando su cintura, estrechando su mano en la suya, la hizo sentir que en ese preciso momento se iba a convertir en un merengue empalagoso a punto de derretirse por completo. El experimentar de improviso, esa cercanía jamás experimentada, ese sutil contacto sensual y aspirar tan de cerca la fragancia que él usaba, hizo que se olvidara su berrinche.

Como si la hubiese hipnotizado, ambos se entendieron muy bien a la hora de bailar. Él simplemente le decía si iba bien o iba mal hasta que agotaron tres piezas enteras. Integra, sólo podía desear que esos momentos no terminaran y se prolongaran para siempre. Rodeada por los brazos de su sirviente, como estaba, escuchándolo hablar de esa manera tan pausada y tranquila con un tono tan amigable y dedicado hacia ella.

Esa noche, esos días, ¡esa época que ella, años después, recordaría con los momentos y detalles precisos! El color de la noche a través de los ventanales del recibidor; cada nota de los valses; el olor a la fragancia de cedro y ámbar mezclado con el de aceite de linaza del óleo en el caballete; incluso el color del papel tapiz... ¡todo! El recuerdo intacto regresó cada vez que escuchó, en alguna ocasión cualquiera, un vals de Strauss.

Al cabo de otra pieza, en que él le enseñó algunas evoluciones, pararon de bailar: él le contó acerca de época en que esos valses eran una novedad, en eso, comenzó a escucharse una pieza famosa y especial, y Alucard la reconoció enseguida.

─ ¡Escucha eso! ─ le dijo volviéndola a tomar de la mano y la cintura- este vals siempre me recuerda y me recordará a mi viejo país...

Y la pareja continuó bailando. Él, con la soltura que le había dado la práctica, y ella, sólo dejándose guiar con su inevitable azoro de niña. Así estuvieron unos minutos, hasta que la pieza anunció su culminación, fue cuando Walter, junto a la estilista francesa, entraron en ese preciso momento al recibidor y los hallaron bailando El Danubio azul, muy absorta y maravillosamente. El paso característico del valseo los guiaba a ambos en un círculo alrededor de la alfombra y la falda tableada azul marina de Integra se llenaba de vuelo con cada giro que daban.

─ ¡Pero que encantador! ─ expresó en voz alta la estilista ─ ¡qué manera de bailar!..

Fue cuando la pareja se percató de la presencia intrusa, y cesó su baile. Integra se sintió un tanto incomoda ante la extraña, y la expresión de desconcierto de Walter.

─Eh, señorita, le informo que acaba de llegar Madame Dubois, ella es la estilista que se le contrató.

─Ah, ¡oh sí Walter! Sí, casi lo olvido─ apagando la voz y acercándosele a la dama para darle la mano ─ mucho gusto, madam ...

─ Buenas noches. Soy Collette Dubois, milady, mucho gusto─ decía la glamorosa, acicalada y de marcado acento francés, embutida en su estilizado traje sastre de tweed color lavanda, andaba sobre unas zapatillas de tacón de aguja, y cargaba de un neceser y varios maletines con todo lo necesario para realizar su trabajo.

Al verla, Alucard, le dio la bienvenida haciendo una leve reverencia, besándole la perfumada mano y diciendo: ─ Bonne nuit! ─ después elogió su belleza con su excelente pronunciación de esa lengua.

A Integra, quien al escuchar y ver aquello, se le terminó por romper el "hechizo" de hace unos momentos, volvió a su estado de mal humor producido por esa constante frustración ante un mundo que parecía pasar de largo sin prestarle la menor atención.

─ ¡Bueno ya! Creo que madame Dubois no vino a conversar contigo Alucard, así que sí me disculpas─ intervino Integra, saliendo de la habitación he indicándole a la recién llegada el camino

─Como digas─ respondió él, despidiéndose de la estilista, de nuevo en francés.

─Milady, la sigo, creo que apenas si tenemos tiempo para prepararla para su compromiso─ decía la recién llegada mientras caminaba contoneándose detrás de Integra, bajo la mirada atenta del mayordomo y del vampiro.─ por cierto señorita, ¡que caballero más peculiar bailaba con usted allá adentro!...

-ooOoo-

─Vaya, vaya, ya había olvidado lo coquetas que son las francesas...─expresó Alucard

─ ¿Qué hacías bailando con la ama?

─No te apures, sólo le enseñaba...

─Mmm, no sabía que fueras tan didáctico.

─Pues ya ves, ¡soy una caja de sorpresas!─ dijo antes de desaparecer a través de una de las paredes. Walter sólo suspiró con un dejo de fastidio, se acomodó el monóculo y salió.

Ya en su habitación, Integra tuvo que tomar un baño, mientras que madame Dubois era ayudada por una pecosa tórtola a organizar todos sus estuches de belleza sobre el elegante tocador en la recamara. Cuando la heredera salió en su sedosa bata de baño, la estilista estaba lista para comenzar.

─ Espero que le agrade mi trabajo, señorita, nuestro salón tiene una larga tradición al arreglar a las damas de su sociedad, de hecho, tengo entendido que una de las fundadoras era la estilista personal de una dama de esta familia, la esposa de sir Arthur Hellsing...

─¿Mi madre?─ preguntó Integra, quien al escuchar eso, por fin puso interés en las palabras de la francesa.

─ Sí, eso fue hace años, tal vez por ello, su mayordomo, el señor Walter, la llevó a donde nuestro lugar.

─ Ya veo.

─ Bueno señorita, ¿Qué esperamos?

La muchacha se puso en manos de la experta en belleza, los minutos pasaban y pasaban, y ella, sin poder verse al espejo, sólo sentía como la estilista desenredaba, peinaba, acomodaba, y acicalaba con una secadora mechones y mechones de su rubio cabello. Luego vino el maquillaje, e Integra se asombró al ver la cantidad de afeites, coloretes, rubores, polvos, delineadores, rímeles, pinceles, brochas y demás, que la francesa tenía a su disposición, y en verdad se asustó, pues de repente se imaginó que su cara era un espacio en blanco y que iban a efectuar una especia de construcción en él. Pero madame Dubois insistía en lo hermoso de su rostro, en lo prolijo de su piel y ¡en lo radiante que ella iba a lucir!, "se sorprenderá a sí misma y tendrá a todos a sus pies está noche".

─ Bueno, mi querida mademoiselle... ¡hemos terminado! ─dijo ella después de un rato, girando la silla hacia el espejo del tocador.

Al ver su propia imagen, retocada, maquillada, peinada, ¡en fin! Estilizada, Integra no pudo menos que sorprenderse al hallarse ante su feminidad sublimada y revelada tal cual era.

─ ... ¿Qué le parece?

─ Pues...me gusta, sí.

─¿De verdad? Me esmeré mucho.

─Sí, todo está bien...madame Dubois, gracias ─ decía aún absorta aunque contenta.

─¡Muy bien! Ahora, a vestirse.

Detrás del biombo, Integra fue ayudada a ponerse el traje de fiesta y a usar los zapatos de tacón, después a colocarse las joyas de la familia; pendientes, gargantilla y brazalete que fueron de su madre.

─¡Bellísima!

Dijo sincera madame Dubois, cuando Integra se reflejó en el espejo de cuerpo entero, con la sutil y graciosa caída del vestido que iba hasta el suelo, y el escote que mostraba sus hombros y el comienzo de su pecho, y el peinado rebuscado y elegante que recogía la mayor parte de su cabello; sus joyas, sus maquillaje, ¡todo!

─ Mucha suerte está noche señorita.

─Gracias, madame, gracias ─dijo Integra sonriéndose a sí misma, como tal vez antes no lo había hecho, dejándose llevar por las delicias de la vanidad que despertaba su belleza acentuada.

─Bien, entonces mi trabajo aquí ha terminado─ dijo la estilista estrechando la mano de su clienta y comenzando a recoger sus cosméticos, para después despedirse y salir de la casa, abordando su auto particular "allí va mi hada madrina", pensó Integra con ironía.

Minutos después, cuando Walter ya la esperaba en el salón, Integra por fin bajó de las escaleras con el pequeño bolso clutch, en la mano. El mayordomo, que hasta ese momento, no estuvo lo suficientemente consciente de que su amita ya no era una niña, sino una hermosa mujer, tuvo una agradable sorpresa.

─¡Mi señorita Integra!─ exclamó el mayordomo con sincera emoción de padre─ ¡está usted verdaderamente hermosa!

─Gra...gracias, Walter─ contestó ella sonrojándose ante el cumplido.

─¡Cómo pasa el tiempo! Me parecía que aún seguía siendo una pequeña niña.

Y sin decir más, ambos sintieron el impulso de abrazarse y así lo hicieron.

─¡Mucha suerte, señorita!─ le dijo él ─será la más linda de la noche.

Ella no contestó, sólo asintió, esperando a que Alucard apareciera de algún lado y la viera así, arreglada y vestida como una dama. No lo confesaría nunca, ¡pero en verdad lo deseaba!

─Bueno, señorita, debe darse prisa o llegará tarde, lo cual sería imperdonable y desfachatado.

─Sí, sí tienes razón Walter, ¡debo irme ya!

El chofer la esperaba junto al Roll Royce con la portezuela abierta. Integra caminó hasta la salida. Estaba en el pórtico a punto de descender las gradas cuando:─ ¡Integra!

Escuchó a sus espaldas la voz de Alucard que de la nada había aparecido para despedirse, ella volteó rápidamente y lo vio

─ ¡Integra! ...

─¿Sí?─ preguntó.

─Que...que te vaya muy bien ─ le dijo con una sonrisa ahogada.

─Sí.. ojala─ respondió ella, apenas si disimulando su alegría.

Así terminó de llegar al auto, subió a él y el chófer cerró la portezuela. Después de recibir la última recomendación por parte de Walter, el empleado ocupó su asiento, encendió el motor y arrancó. Partiendo, Integra dijo adiós con la mano. Detrás del cristal, Walter le respondió el adiós y ambos, mayordomo y vampiro, se quedaron recargados en el marco de la puerta, mirando como el vehículo se alejaba por la vereda, hasta salir a través de la reja custodiada por guardias.

Mirando ese escenario, Alucard (recargado despreocupadamente, con las manos en los bolsillos del pantalón), así como así, no pudo evitar suspirar, Walter, extrañado y burlón, se volvió al vampiro y preguntó:─ Y tú, ¿Por qué diantres estás suspirando?

─ Puedo decirte, mi "apreciado Walter", que eso a ti te importa un carajo, pero en fin, la verdad es que estaba pensando, ¿Cómo es que está noche, de sádicos y despiadados asesinos, tú y yo hemos pasado a convertirnos en hadas madrinas de una feroz Cenicienta?...

─... pues tienes razón...

─ ¡Claro que sí!...─ expresó el rey no muerto, encendiendo un cigarrillo y mascullando entre dientes y humo─ lo que llegamos a hacer los hombres por una cara bonita...

─Sí, mira lo que llegamos a hacer los hombres... por amor...

─Bueno, "viejo seco", ¡sólo espero que todo le salga bien a "Ferocienta"! Y que no se vaya a convertir en calabaza...

No acababa Alucard de decir aquello cuando, de repente, una idea fortuita atravesó veloz por la mente de ambos quienes se voltearon a ver a la cara con preocupación. Los dos tuvieron el mismo presentimiento y, conociendo tan bien como conocían a la ama de la casa, sabían que era muy difícil que se exentase de problemas. Así que ambos tomaron una rápida determinación; proteger siempre y dondequiera, a su ama.