V
"Milady Hellsing"
El sol colocado en el cenit, en el punto justo donde desaparecen las sombras había venido acompañando al pasajero que elegante, se estacionaba frente al renombrado colegio para señoritas. Sonaba descabellado, pero llegó con el auto descapotable, luciéndolo, aunque su piel sufría con los rayos del sol. Pues no había nada más sofocante que el prolijo regalo del astro golpeando la melanina de su carne después de todo, él no estaba hecho para esos menesteres.
Salir de casa en pleno medio día de estío, tuvo que ser algo que lo ameritara. Aún sus sienes se apretaban por el sueño mal truncado; pero sólo era que cuando el mayordomo no estaba en casa, al vampiro le daba por no poder dormir. Entonces, como a eso de las once de la mañana, el teléfono de la casa sonó; lo escuchó emitir su alarma, sin nadie a su alrededor que lo hiciera callar, lo levantó y se encontró con una alterada voz femenina que le contó toda clase de cosas interesantes para saber de la ama.
Al volante, bajó la velocidad a paso de humano cuando divisó los altos edificios victorianos aparecer frente a él. Bordeando la acera, sin decidir estacionarse o volver a acelerar y olvidar todo ese maldito asunto, miró el paisaje por encima de las gafas oscuras que traía puestas. Antes de llegar a la reja del colegio o pasar a el estacionamiento, aún lo pensó: "No sé porque hago esto, ¿Qué demonios estoy haciendo aquí?". Pisó el freno y sacó la palanca de velocidad a neutral: "¿Qué haces aquí, grandísimo idiota? Es sólo curiosidad, espero que así sea, sabes que no debes meterte en lo que no te importa; óyelo bien, ¡no te importa! Estás aquí porque el asunto sonó divertido desde el principio; todo estuvo servido como en charola de plata, no se podía pedir que fuera más fácil..."
Sin decidir qué hacer con el freno y las velocidades, tomó la lata de Coca─cola que tenía en el porta vasos. Por un momento olfateó el contenido y bebió dos tragos del recipiente de aluminio, tamborileo los dedos en ella, dejó sudar su contenido, la volvió a colocar en su lugar y lamiéndose los dientes, puso la primera velocidad y apretó el acelerador para buscar el estacionamiento; recordaba donde estaba, era de noche, pero lo recordaba, después de todo, había estado allí hacía apenas tres meses.
Cuando apagó el auto, bajó y lo observó todo con cuidado; aún estaba llenó de alumnas por doquier. Miró el reloj de pulso que traía puesto: entonces ya casi eran las tres de la tarde. Eso marcaba el artefacto que esa misma mañana, él había extraído de las cosas personales de Walter, el reloj que llevaba grabado en la parte trasera de la carátula: "De un amo a su mayordomo, en reconocimiento a todos tus años de fiel servicio. Octubre 2 de 1968". Alucard decidió que ese reloj era demasiada joya para un sirviente, y hasta detestó el objeto; pues esa fecha fue la de su reclusión en el sótano.
"Si es tan amable de presentarse en mi oficina". Esa había sido la indicación, pero, ¿Dónde estaba la oficina de la señora…? "¿Cómo dijo que se llamaba?" Pensando en todo, menos en lo importante, lo había olvidado. Así que no tenía más remedio que averiguar cómo llegar hasta allí, y había decidido hacerlo como si fuera un humano normal.
"Preguntando se llega a Roma". Así que caminó con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones jeans que traía puestos, acomodándose bien las gafas oscuras y el saco negro sobre la camiseta ─sabía cómo aparentar ser normal ─ sabía que ahora él no era "el rey no muerto, amo y señor de los vampiros", sino J.H. Brenner, un tío algo lejano de la joven Hellsing, un joven visitando Inglaterra, que hacía años no veía a la heredera, por ello, había operado en él un hechizo de enmascaramiento, como bien sabía hacerlos, así que por el momento y por algunas horas más, sus colmillos y ojos bermellón habían sido disimulados bajo el poder de la brujería que él practicaba cuando era necesario.
Caminó por el jardín, pasó cerca del lago, atravesó el puente y ladeó la huerta, después se encontró con un complejo de instalaciones deportivas, donde a esa hora, tres alumnas jugaban con un mugriento balón, tratando de meterlo en una canasta. Sus voces y vivas eran lo único que había en ese parte de la escuela. Él creyó haberlas visto antes, pero no se detuvo a pensar en eso, cuando de repente, una de ellas, una muchacha alta de piel durazno y cabello castaño lacio pesado, olvidó su turno de enceste y corrió para pegarse a la malla ciclónica que rodeaba a la cancha y gritó con bastante aire en los pulmones:─¡Guarda espaldas de Integra! ¡Guardaespaldas de Integra! ¡Sí, tú! ¡El del saco negro, ven acá!
Y le hacía señas para que se acercara sin dejar de sonreírle, mientras saboreaba una paleta de caramelo. Alucard se detuvo ante la insistencia de la colegiala, la reconoció. Entonces, con igual desenfado se acercó a ella.
─Hola
─Hola otra vez, ¿cómo has estado?
─¿Estas segura de que nos conocemos?
─¡Claro que estoy segura! ¿Qué no te acuerdas que asististe al baile de primavera? ¡Yo sí lo recuerdo y me debes tu compañía!
─No lo creo, pero…
─¿Viniste por lo del castigo de Integra? Está bien, ¡golpeó a una mal nacida!
─He, sí bueno, vine por eso, me citaron en la "Oficina de la directora Philiphs", pero no sé cómo llegar, ¿me lo dices?
─Claro, sí te lo digo, con una condición─ le hablaba mientras lamía la paleta como si el caramelo pudiera sentir─ ¡prométeme que un día de estos saldrás conmigo!
Alucard la vio a través de las micas negras y se río. A metros de ellos, Catherine Marshall y Maggie Parrish observaban a su amiga, moviendo negativamente la cabeza.
─¿Por qué la risa?
─Porque yo no me relaciono con chiquillas como tú… ¡y menos si son amigas de mi ama!
─Ah, ¿qué tiene? Además tú me la debes, ¡la noche del baile me prometiste que me ibas a acompañar y no lo cumpliste!
─Yo no prometo nada a nadie─ ese juego comenzaba a divertirlo y hasta pensó, "¿por qué Integra no es así de divertida? Y al tiempo que ella parecía desvestirlo con la mirada y pegaba la cara a la malla todo lo que podía, Alucard dio tres pasos y se colocó escasos centímetros de la colegiala, para decirle con coquetearía─ no prometo nada, ¡mucho menos a niñas que ni mayores de edad son!
─¡Nadie se entera! Nadie se entera nunca…Además, si no me prometes que me vas a considerar, aunque sea un poquito, ¡le voy a decir a Integra lo que vi esa noche en…en la alacena!
Alucard pareció fruncir el ceño y retrocedió un paso, en ese momento él pudo darse la vuelta y dejar esa conversación, ir a buscar la oficina por él mismo, ¡cualquier cosa! Pero por pura curiosidad no lo hizo:─¿Lo que ocurrió en la alacena?
─¡Sí! Y sabes muy bien a lo que me refiero, puede que haya estado muy borracha, pero bien dicen, "que no hay ebrio que coma fuego", así que…vi perfectamente que estabas haciendo cosas "muy extrañas" con nuestra prefecta, la señora Norris.
─¿De veras?
─Sí, aunque claro─ entornando los ojos, subió la pierna a la guarnición y las tablas de la falda se deslizaron por el muslo─ no me extraña nada de la prefecta Norris y tú pues…no podrías llorar por que te convidaran pan, ¡pero deja que Integra lo sepa!
Alucard comenzó a reírse:─No puedo creer que una chiquilla me esté chantajeando, ¡como si te fuera a funcionar, niña!
─Si no te estoy pidiendo nada difícil, ¡nada más quiero que te acuerdes más seguido de mí! Guardaespaldas de Integra.
─Me dicen Alucard.
─Alucard…extraño nombre.
─No es un nombre, es un…apodo.
─Ah claro, pues…a mí me dicen B, también es un apodo, y ya que nos presentamos mejor… ¿qué dices? ¿Podemos ser amigos?─la pregunta fue acompañada por una mirada cargada con tanta sofisticación sensual, que se le hizo difícil a él comprender que perteneciera a una niña de escasos diecisiete años, que adrede dejaba ver la piel sonrosada de su piernas, que mordisqueaba su caramelo con lamidas provocadoras.
Alucard escrutó a la jovencita, la miró de arriba abajo y no lo pudo evitar; en los muslos firmes de la castaña vio las piernas torneadas de Integra; en la cintura angosta de Blair, se imaginó el diminuto talle de su rubia ama; en los senos turgentes y recién esculpidos, los senos vírgenes de la heredera Hellsing. Instantáneamente la imagen entera de ella apareció sobre el cuerpo de la adolescente que tenía enfrente y entonces no le costó ningún trabajo desear ponerle una mano encima (o las dos); no le costó trabajo desear esa piel despierta por el efecto del ejercicio físico con olor a sudor limpio. Blair lo notaba y le gustaba, pero después de un momento, él tuvo que sacudir la cabeza para volver a la realidad y B seguía esperando una respuesta. Él la miró a los ojos a través de las gafas, su mirada se transparentaba, se acercó dos pasos, colocó las largas palmas sobre la tela, como un tigre. Lo único que los separó fue el acero de la malla.
─Bueno niña, después de todo, la cosa no suena tan mal...
─¿Saldrás conmigo algún día?
─Sí, me temo que alguna de estas noches de verano.
─¡Excelente! Entonces Integra no se enterará de nada, ni siquiera de esta charla, te lo prometo…
─¿Ahora me dirás como encontrar a la tal directora?
─Pasillo principal, al final de él, doblas a la derecha, caminas cinco cubículos de cada lado y subes hasta una antesala forrada de madera donde está su secretaria, ¡tampoco es tan difícil dar con el cubil de "lady momia"!─ y se rio mostrando sus parejos y blancos dientes.
─Entonces, si me disculpas...─ le dijo afable ─ tengo que ir a cumplir con mi misión, ¡nos vemos!
Alucard se alejó con pasos largos, B no le despegó la mirada hasta que desapareció de vista. Maggie y Catherine sólo reprendieron esa nueva osadía de su amiga, con risas y admiraciones ligeras mientras B se vanagloriaba, presumiendo a sus amigas, como había logrado seducir a un hombre maduro.
Por el camino se topó con un grupo más de jovencitas que tampoco pudieron evitar verlo con extrañeza y asombro, él las saludó con un mohín amigable de sus labios, una sonrisa sutil y un asentimiento de su cabeza, ellas no eran otras que Agatha, Isadora (con el rostro amoratado) y la condesa Felton.
Cuando llegó al edificio principal, caminó a través del pasillo como le habían indicado; ancho, amplió e iluminado por un vitral de techo con imágenes marianas, sobre las losetas viejas se esparcían sus pasos; en las paredes estaban empotradas de cada lado, largas filas de casilleros de madera y acero, tablas con avisos, periódicos murales. Al llegar a una hilera de ventanales dobló a la derecha y vio unas escalinatas que daban al vestíbulo del despachó. Llegó, se hizo anunciar y en un momento más, la directora lo hizo pasar; su secretaria le abrió la puerta del despacho; el vampiro aspiró el aroma atestado a maderas viejas, tinta y libros.
De pie detrás del gran escritorio, la señora Philiphs le dio la bienvenida y mandó llamar a Integra. Luego lo invitó a tomar asiento Alucard se presentó a sí mismo bajo su falsa identidad.
La señora la miró extrañada, y luego de que él declinara su invitación para tomar una taza de té, la encopetada directora se sentó en su gran silla sin quitarle los ojos de encima, sin dejar de repasar su imagen como buscando un recuerdo.
─¿No lo he visto antes, señor Brenner? – decía mientras se ajustaba las gafas de aumento en el puente de la nariz.
─Ah, ha no lo creo, ¡hace muchos años que no había estado en Londres! Tal vez cinco años después de que Integra naciera, fue la última vez que estuve aquí…
─Pues habla usted muy bien el inglés, incluso su acento es perfecto.
─Eso es porque en casa tengo que hablarlo todo el tiempo, usted sabe, los parentescos.
─¿De dónde es exactamente usted?
─Vengo de Holanda, soy familiar de Integra por parte de su padre…─decía con total seguridad.
─Brenner, no me parece un apellido muy holandés.
─Todo se debe a que mi madre, hermana de los Van Helsing de Ámsterdam, conoció a mi padre, en uno de sus viajes, él era un buen caballero avecindado en la provincia de Babaria. Se casaron y marcharon a vivir a los Países Bajos, que es en donde he estado casi toda mi vida…
La señora Philiphs miró a Alucard moviendo la cabeza afirmativamente. Creyendo su historia, continuó con lo previsto después de cuestionar porque un pariente tan lejano tendría que merecer la confianza necesaria para tratar el tema que estaban a punto de; más argumentos por parte del vampiro y las ganas de la directora por desahogarse, cinco minutos después, la secretaria entró y le entregó el expediente de Integra, lo colocó entre ambos, en medio del escritorio.
El expediente era una carpeta reforzada de pastas duras color paja que contenía no menos de setecientas hojas separadas por broches y subcarpetas. Era un inventario de documentos de lo más variopinto, con reportes, seguimientos y observaciones que databan y condesaban los seis años de historial académico de Integra con todos y cada uno de sus bemoles.
─Señor Brenner, ¡su sobrina tiene un serio problema de conducta! ¡Tan sólo vea esto! ¡De pensar que un día fue una de mis mejores estudiantes! Hasta que a unos meses de iniciado el primer año, su actitud cambió radicalmente y se convirtió en un dolor de cabeza.
Alucard la escuchaba atento, luego la mujer le repitió todas las quejas que ya le había dado por teléfono, aderezada con otros tantos documentos en el expediente y anécdotas tan penosas como el cuento entero del asunto del Baile de la orquídea, aunque claro, todo desde la perspectiva de ella.
En esos momentos, la misma Integra bajaba cada una de las escaleras que aún las separaban de la planta baja. Venía arrastrando su bolso de lona por las gradas y también estornudando en salvas "y esto es porquelady Momiaya debe de estar hablando de mi con…Walter, ¿por qué no me habrá avisado que regresaba hoy?" Siguió su camino, cuando llegó al inicio del gran pasillo se detuvo, se limpió el sudor de la frente con la manga sucia de la blusa, se miró una vez más las manos magulladas por el efecto del detergente con el que limpió el sarro de las ventanas; "úsese con precaución en un ambiente despejado, no tenga contacto directo con él y no lo deje al alcance de los niños". Un detalle; no leyó la etiqueta.
El calor, el aburrimiento y el hambre sólo eran superadas por el malestar en la palma de sus manos, las cuales sólo atinó a embadurnar de saliva como si estas fueran un par de deliciosas paletas heladas de limón…Por lo menos así, la sensación de calor y comezón punzante se aminoró y la muchacha se echó la bolsa al hombro y llegó a la oficina, fuera de la cual, pudo escuchar la cantaleta de la directora aunque a través del cristal traslucido de la puerta era imposible ver algo.
─Espera a que te anuncie─ le indicó la secretaria, que esperó cosa de cinco minutos para llamar de nuevo a la puerta de la oficina, se asomó y dijo─ está aquí la señorita…
─¡Hágala pasar!─ indicó la directora─ …cómo le estaba diciendo (Integra entró arrastrando los pies, con la cabeza baja de vergüenza por tener que ver a su mayordomo en su escuela)… ¡está niña esta cada día peor! Señor, ¡yo no sé qué hacer con ella!... (La muchacha no se movía de su lugar junto a la puerta, ni levantaba la mirada)…Integra, ¡ven a sentarte junto a tu tío!
Al escuchar eso, a la rubia casi se le hacen agua las piernas; sintió sudar frío y luego caliente y boquiabierta alzó los ojos para ver algo que nunca en toda su vida creyó ver; delante de ella, Alucard le sonreía recargado en el respaldo de la silla. Integra no sabía si gritar o salir corriendo, no sabía si sentir asombro, enojo o indignación y el rostro se le descompuso en un gesto que no disimulaba su malestar.
Por su parte, el vampiro sólo se limitó a saludarla con el vaivén de la mano derecha y a echarle una miradita picara de soslayo, junto a esa sonrisa felina de burla y revancha.
─Integra, ¿te vas a quedar allí parada? ¿Qué no escuchaste que vengas? Tu tío Brenner está aquí.
─¿Mi…tío…Brenner?
─¡Hay sobrinita, que bromista eres!─ y Alucard se levantó de su silla y fue hasta ella, la tomó por la muñeca y la condujo hasta el escritorio, no sin antes decirle─ ¡lo que pasa es que no sabías que llegué hoy muy temprano! ¿Te sorprende verme después de tantos años? Yo sé que sólo te he enviado postales de Navidad, pero no eso no quiere decir que me haya olvidado de ti, ¡dame un abrazo!─ y halándola hacia él, la estrechó contra su pecho en una fingida muestra de amor filial, Integra abrió muy enormes los ojos, al sentir al vampiro tan cerca.
─Sí…sí tío, ¡qué sorpresa!─ dijo ella remarcando cada palabra y mirando a Alucard con incendiarios ojos.
─Bueno, ¡tú y yo tenemos tantas cosas que contarnos de nuestras vidas! Pero dime, princesita, ¿no le vas a dar un beso a tu tío?─ dijo Alucard aguantándose las ganas de carcajearse y señalando su propia mejilla.
Integra apretó los dientes y afiló la mirada, tenía ganas, más que darle un beso, unas cuantas bofetadas "marca diablo", "¡qué beso ni qué demonios, infeliz monstruo de mier…!"
─¡Integra siéntate ya!
─Sí, señora Philiphs.
─Bueno señor Brenner, espero que algo bueno salga de esta charla, y le voy a decir lo que creo conveniente hacer.
Integra se cruzó de brazos y puso una cara de asco.
─Usted dirá…
─Mire, milord, me parece que es necesario que le tengan más atención, pero sobre todo, más disciplina. ¡Yo no sé qué tan difícil es para ti comportarte como lo que eres, Integra!
─¿Y según usted, yo que soy?
─¡Una señorita de alta sociedad! ¡Una muy respetable señorita que debe cuidar su apellido y el prestigio de su casa! Además, toma en cuenta, que si no tienes excelentes recomendaciones por parte de todos tus profesores, y por supuesto de mí, ten por seguro que no irás a Oxford el otoño entrante.
Integra se relajó en la silla y dijo riéndose:─¡No invente! Usted y yo sabemos que estoy matriculada en Oxford desde el día en que nací, así como todos los Hellsing que han venido o están por venir…
─Es increíble, ¡encima te vanaglorias!
─Pues no quiera espantarme con pamplinas…
─Parece que adrede te empeñas en intentar lo contrario, ¡yo no sé por qué!
─Tengo mis razones, problemas con los que debo lidiar.
─¿Pero qué problemas puede tener una niña de tu edad?
Al escuchar eso, la chica sólo alzo la cabeza al techo y comenzó a reírse mientras relajaba su la espalda en la silla y ponía sus manos en el vientre.
─¿Ya lo vio, señor Brenner? Allí la tiene.
Alucard sonrío para sí, le dijo a Integra:─Por lo menos intenta ser más amable…o disimilar en todo caso.
─¡Tú no sabes cómo es aquí!─ a punto de perder los estribos y olvidar que tenía que disimular.
─Pero…también he sido, hee… escolapio, dime, ¿no te costaría menos trabajo si trataras de poner algo de tu parte?
Observados por la mirada atenta de la directora, Alucard tomó en las suyas, las manos delgadas de la chica (de nuevo un torbellino, de nuevo una punzada y algo así como un calorcito naciendo desde dentro), ella cerró los ojos y él intentó fingir que iba a persuadir a su "terca sobrina", para que diera su brazo a torcer y aceptara las reglas de su instituto por las semanas que le restaban en él. Pero entonces, el vampiro volteó las menudas palmas en las enormes de él y lo que vio, no le gustó nada. Las manos de su ama estaban visiblemente lastimadas; rojas, calientes, despellejadas. Entonces, como no queriendo la cosa, se permitió una pregunta acerca de ello, a lo que la directora comentó que seguramente era consecuencia del castigo impuesto.
─¿En qué consistió?
─Tuvo que limpiar toda un aula en el tercer piso.
─Limpiar dice…
─Hacer el aseo, es el castigo estipulado para faltas como la agresión física─ expresó mientras limpiaba las gafas con un paño de gamuza.
─Ya veo, ya veo…─dijo Alucard apretando los labios.
Extraña molestia la que sentía en esos momentos. Lo que le producía ver las finas manos de su ama convertidas en una lástima, era una profunda ofensa e indignación. Prejuicio arraigado en todos los siglos de su existencia de abolengos, sangre azul y Cortes reales; esas eran las ideas de un antiguo y rancio aristócrata como él. No podía evitarlo, la idea de la legitima superioridad de algunas clases como la suya y la de su ama, y su derecho inapelable de no "hacer ninguna clase de actividad indigna", como consideraba él a cualquier trabajo manual, domestico, relacionado con la servidumbre. Para él humillantes eran ese tipo de cosas; tomar un jergón, una escoba y tallar pisos y ventanas…. "¡eso que se lo dejen a las tórtolas o a Walter!" Insoportable, insoportable le resultaba imaginar a Integra tallando pisos como si fuera una "vulgar fregatriz".
Así, con el sentimiento aquel atravesado en el pecho, suspirando, y soltando con cuidado las manos de Integra, se dirigió a la directora.
─Señora Philiphs, la felicito por su empeño y dedicación en aras de la disciplina de esta institución.
Integra lo miró más que molesta y se retorció de animadversión en la silla.
─¡Oh, muchas gracias señor Brenner!...
─Sin embargo y con todo el respeto que usted se merece, ¿acaso se está olvidando que está tratando con damas?
La directora pareció descomponerse por un momento, casi tira la taza de té que ya se llevaba a los labios. Poniendo las manos sobre el escritorio, preguntó como si algo se le hubiera atascado en la garganta:─¿Cómo dice, milord?
─Lo que escuchó, milady, a decir verdad, pienso que los castigos, como este que usted impuso a mi am… a mi sobrina, ¡son totalmente indignos de su rango!
Integra lo miró de repente, como si el hombre que estaba junto a ella fuera otro que hasta ahora no conocía.
Pero la señora Philiphs, después de la sorpresa inicial, volvió a reclinarse en el gran respaldo de su silla, volvió a concentrarse y a tomar su misma actitud flemática de siempre.
─No es mi afán denostar la posición de mis alumnas, milord, ¡pero tampoco es esto un centro de descanso para vacacionar!
─¡A, vamos! Lo que usted pretende es una prisión. Entonces, ¿debería llamarla señora alcaide?
─¡Sí! ¡Sí Aluc…sí tío, eso mismo!─ expresó la rubia, toda llena de motivación
─¡Milord! ¡No le permito tal insolencia! Así yo no creo que nos vayamos a entender, pero le recuerdo, ¡que yo tengo todo el derecho que me da la confianza depositada por los señores padres de familia en mí, para hacer de sus hijas damas disciplinadas y bien educadas! ¡Disciplina, señor Brenner, disciplina es mi principal objetivo y no va a ser usted o su sobrina quienes pongan en tela de juicio mi propósito!
Alucard se sonrió al ver a la directora de pie, apoyando su huesudo cuerpo sobre dos brazos feroces que se aferraban con las palmas al paño del escritorio. Él sonrió al verla bufar y clavar sus grises y fieras pupilas en ambos.
─El derecho que los padres de familia han depositado en usted…
─¡Así es!
─Eso suena muy utópico, pero, ¿se olvida usted que Integra no tiene padres? Y me parece, que usted está abusando de esa condición, milady.
─¿Cómo puede decir tal cosa?
─No se engañe, ¿usted le haría tal cosa si Sir Arthur viviera? ─ dijo tomando una de las muñecas de Integra, alzándole el brazo como si dijera presente, y mostrando la palma lastimada.
─¡Por Dios santo, señor Brenner! Esta usted exagerando, ¡ni que le hubiera aplicado los tormentos de las Santa Inquisición!
─Señora mía, le repito, se está usted olvidando que está tratando con una dama, ¡usted no puede tratarla como si fuera una fregona de tercera! ¡Cualquier cosa como esa es inconcebible para alguien de nuestra clase!
(Integra miraba a Alucard sin dejar de sorprenderse)
─¡No me hable de aristocracia ni de preceptos, jovencito! ¡No se olvide tampoco, de que yo llevo siendo aristócrata, mucho tiempo más que usted!─ y se pasó los dedos por las canas.
Alucard e Integra se voltearon a ver y ni pudieron evitar reírse, lo que hizo enojar aún más a la señora.
─¡No le veo ninguna gracia!
─No mida la nobleza por los años─ dijo Alucard para remendar la indiscreción posible─ la nobleza de cuna no se mide en la edad de un individuo, sino en la antigüedad de su abolengo.
Pensó él, repasando su enorme árbol genealógico que abarcaba desde Rumania, hasta Hungría. Pero la señora Philiphs, aguijoneada por la punzante irá, insistió:
─¡No se olvide que esas ideas acerca de que un aristócrata no podía mover un dedo, han quedado muy atrás! ¿Acaso no sabe usted, que nuestra Familia Real, es ejemplo fehaciente de ello? Su majestad en persona, recibió educación militar en su juventud…
─¿Eso que tiene que ver con nosotros? Integra tampoco es Su majestad y si a esas vamos, le puedo asegurar que Integra no es una muñeca de cristal y porcelana, pero le repito, ¡no es una sirvienta, por lo menos no la suya!
(Integra los miraba ambos, presenciando la discusión cada vez más acalorada, como si mirara una partida de ping pong, siguiendo el ir y venir de la pelota con los ojos)
─Lo que quiero decir es que aunque respetamos con fervor todas las tradiciones de nuestro país, ¡también estamos regidas por los nuevos preceptos de modernidad y renovación en los derechos de la aristocracia! Por lo que no veo nada de escandaloso en que lady Hellsing, friegue uno que otro piso y vaya, tan es así, ¡qué lo seguirá haciendo según lo disponga yo!
Alucard no estaba dispuesto a perder esa insulsa discusión, así que se apoyó en el escritorio de la misma forma en que la educadora estaba, se puso cara a cara con ella y le dijo con marcada insolencia, burla y franca amenaza:
─¿A sí? Pues… ¡a mí me poco me importan los "los nuevos preceptos de modernidad y renovación en los derechos de la aristocracia"! ¡Señora directora! …
Continuará...
