VIII
Soda con la reina Victoria.
Hacía mucho rato que había comenzado a llover, así de repente. Sin ningún aviso el cielo ennegreció; las nubes emitieron uno o dos bramidos y una lluvia copiosa cayó sobre Londres, mojándola y entumeciéndola de punta a punta.
"¡Cómo odio el maldito clima de este país!", había pensado cuando fue bañado de pies a cabeza. Llevaba casi un siglo viviendo en esa solemne isla y no había podido acostumbrarse a su humedad excesiva. Pero la verdad es que tenía cosas más importantes en que pensar, por eso no le importaba estar empapado como un tallarín en sopa; que su camiseta estuviera pegada a torso; su saco arruinado; los pantalones pesados en agua y adheridos a su piel produciéndole escozor; los cabellos goteando sobre las pestañas, la nariz, los labios.
Hacía mucho rato que se había cansado de buscar por todos los lados que se le pudieron haber ocurrido. En otras circunstancias, más le hubiera valido hacer que todo le importaba un carajo y regresar a la mansión a una hora buena para reanudar la siesta, pero estas no eran precisamente las mejores circunstancias: su ama estaba perdida, y aunque le doliera aceptarlo, sí, le importaba y mucho.
"¿Es tan difícil hallar a una rubia ojiazul en esta ciudad?", se preguntó así mismo con mucha ironía, "¿cómo me habría visto por allí preguntando que si no han visto a una adolescente delgada, alta, rubia, de ojos azules?" Les estaría describiendo al setenta por ciento de las niñas de esa ciudad.
En eso pensaba cuando la voz quebrada de una anciana señora con un enorme paraguas lo sacó de sí mismo:─¡¿Qué haces allí sentado, muchacho? Anda a tu casa o vas a pescar una pulmonía… ¡que juventud la de hoy!─ se fue negando con la cabeza y mascullando entre dientes la vieja dama.
Hasta entonces Alucard pudo observarse y mirar al cielo y descubrirlo todo plomizo y constipado en nubarrones negros. Sintió las gotas salpicando uniformes en su rostro y descender por la boca a través de los labios; agua que sabía a mugre de ciudad.
Entonces dejó su asiento que no era otro que la banqueta, ─junto a un hidrante, un poste de luz y una caceta roja─. Se levantó y siguió goteando, miró a su derecha; allí estaba el Mercedes, convertido también en una sopa; sus magníficos asientos e interiores arruinados porque ni siquiera tuvo la consideración de bajar la capota. El auto era una lástima y a Alucard no le importaba, ¡hasta se sonrió porque ese era el auto favorito de Walter! Así que como golpe de gracia, sacó las llaves del jean empapado y las aventó al interior con un gesto de indolencia, y sin mirar atrás se alejó.
Encogió las espaldas, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar sin rumbo fijo, con la mirada baja, pateando basura del camino. Así estuvo un rato hasta que se topó con una esquina, alzó la mirada y leyó el letrero que se cruzaba: Baker Street. Por puro capricho giró la calle donde él había leído acontecer las aventuras del famoso y ficticio Sherlock Holmes.
Hacía muchos años que no vagaba por esa parte de la ciudad y había olvidado lo mucho que las cosas cambian a través del tiempo; lo que antes fuera una calle exclusiva de casas elegantes, ahora era una transitada y ruidosa con comercios a ambos lados.
Entre decenas de paraguas y gente apresurada, el rey no muerto fue pasando indolente, chocando con los hombros a otras personas. Él estaba de mal humor, estaba hambriento, estaba empapado y ni siquiera quería volver a casa, no ahora, no sin ella.
Zigzagueando por la banqueta, Alucard ni siquiera miraba los aparadores embutidos en mercancía vistosa, ni escuchaba el claxon de los autos, el ruido de los demás o los chubascos de agua que de cuando en cuando un auto apresurado lanzaba contra sus pies. Sólo se detuvo cuando un vagabundo de aspecto repugnante le pidió caridad, a lo que el vampiro respondió quitándose el fino reloj dorado de la muñeca. Miró la hora (eran las cinco con veinte) y lo cedió al harapiento, que lo miró con sus ojos rojos completamente desorbitados.
─¡Que te aproveche, hombre!
El indigente se fue haciendo caravanas y desapareció entre el gentío. El rey no muerto reanudó el pasó recibiendo más salpicones, pero el colmo fue cuando avanzó más y se detuvo para intentar cruzar la acera, entonces, un auto que pasó demasiado cerca y rápido levantó una ola lo bastante alta como para empaparlo de pies a cabeza en una agua aceitosa y mugrienta. Alucard respiró a prisa lleno de rabia al sentir como la grasa escurría a través de su rostro, gritó:─¡Vete al infierno, cabrón! – clavando los ojos feroces en el auto que se alejaba.
Pero el deseo del viaje sin retorno por parte del vampiro, fue acompañado por un casi involuntario desahogo de telequinesia que golpeó al auto, le hizo perder el control al chofer y chocar a unos escasos metros: patinó en el asfalto y se estrelló violentamente contra un poste.
La alarma del auto se accionó y los transeúntes espantados tanto como curiosos corrieron a rodear al lugar del choque. Pronto la policía trató de despejar el área, el bullicio por el repentino accidente llenó la calle y muchas personas se detenían a mirar y otros más se asomaban de los comercios para enterarse.
Alucard no lamentó el accidente, pero sí su lastimoso estado. Se giró para mirarse en la vitrina de una tienda con aspecto antiguo y tenebroso. Él no puso más atención en la vidriera que la necesaria para ver su reflejo, por eso no notó los libros y tratados antiguos de brujería, los amuletos, colgantes, velas y demás artilugios exhibidos en la tienda con un letrero como de antigua imprenta:
Al buio.
Stregoneria
Entonces, la campanilla de la puerta de la oscura tienda sonó y del interior salió presurosa una mujer que lo mismo tenía de hermosa, que de bizarra. Salió mirando hacia el accidente. Alucard la vio de reojo por un instante: llevaba un roído y antiguo vestido de terciopelo magenta sobre unos jeans viejos y unas alpargatas de tela; pulseras de varios estilos y brazaletes de alpaca y oro daban vueltas en sus muñecas, así como anillos en cada uno de sus huesudos y largos de dedos con garras esmaltadas en negro; collares de cuentas, piedras exóticas y demás abalorios caían por su pecho. Lucía muy joven, algo menor de treinta, pero tenía un halo de vejez impregnada en la piel y en el cabello oscuro, largo hasta la exageración y opaco, como si en vez de estar pegado a una joven, lo estuviera en una seca calavera. Sus ojos diáfanos miraban penetrante y de cuando, producían escalofríos, y nadie podía sostenerle la mirada por más de un par de minutos, además, poseía un olor como maderas e infusiones viejas.
─¿Qué fue lo que pasó allí?─ preguntó ella a Alucard cuando lo notó lleno de agua mugrosa─ ¿usted está bien?
─¡Sí claro, he estado peor!─ contestó él, tratando de quitarse el lodo de la cara con las mangas del saco.
─¡Está todo empapado!─ y clavó en su interlocutor las extrañas pupilas que poseía.
─¡Que observadora es usted!─ dijo al levantar la mirada y verla directa al pálido rostro. Dejó entonces sus quejas y sus intentos de limpieza en paz para mirar fijamente a la mujer, como si hubiera visto un fantasma.
Ella retrocedió confundida al escuchar bien la voz y ver el par de grandes y bellos ojos a través del lodo y la grasa. Dio dos pasos hacia atrás con la misma reacción asustada del hombre con el que hablaba, por que no creía que estuvieran en esa precisa calle, ciudad, país, tiempo o espacio por efecto de la inverosímil coincidencia que en decenas de decenas de años nunca ocurrió.
Pero Alucard ya no esperó a que la extraña mujer hablara, para pronunciar en voz alta e incrédulo, el nombre que estaba seguro le pertenecía:─¡Sixtina Lo Giudice...!
─ooOOOoo─
Eran las cuatro cuarenta de la tarde cuando un BMW negro se estacionó frente a una popular y muy concurrida cafetería, pero que en verdad era un bar para muchachos; una cueva para ocultarlos; una aburrida fuente de sodas para gastar las libras de la mesada y las tardes de deberes, etcétera. Esa era la ventaja del establecimiento; era lo que lo que los colegiales querían que fuera. No era un sitio caro, era más bien para los niños de la trabajadora clase media, pero hasta a los hijos de elegantes colegios se les hacía buena.
Estaba a las orillas del Támesis, justo por donde los yates y los ferrys atestados de turistas de todas nacionalices pasaban. Estaba a unos cuantos domicilios de la School of London City,y desde los balcones pequeñitos del lugar con metálicas barandas churriguerescas, se podía ver bien la catedral de San Pablo y escuchar las campanadas.
El caro y moderno auto se detuvo luego de haber transitado por la Queen Victoria Street, y hallar al final de ella, su destino:
La tetera de Victoria
Desde 1885
Podía leerse en el letrero colgado a la entrada del establecimiento, cuyas puertas estaban hundidas sobre el nivel de la calle. Los visitantes tenían que bajar una pequeña escalinata con barandales y peldaños angostos para luego ingresar viendo de frente al Támesis.
Los muchachos habían llegado allí por petición de Integra Hellsing, que al ser invitada pasada la hora de la comida, se encontraba realmente hambrienta cuando la hallaron en el asiento del Mercedes Benz.
─Lo que tú necesitas es que vayamos a un lugar donde sirvan sabroso ─ aconsejó Bob a la amiga de su novia.
Por lo que la decisión fue unánime cuando decidieron ir a La Tetera. El arribo de los seis adolescentes al modesto, pero muy tradicional establecimiento, llamó la atención desde el instante en que los demás clientes vieron estacionarse el flamante auto en la puerta. Los ojos de los restauranteros también se fijaron en los recién llegados; fueron prontamente atendidos (por la alta probabilidad de que dejaran una jugosa propina).
─¡Pasen, pasen por aquí!─ decía la dueña del restorancito, la señora Keendwood, mientras les mostraba muy amablemente el camino a una mesa libre, dejando esperando incluso, a un grupito de chicos de la Escuela de Londres, que habían llegado antes.
Aunque la hora de la comida había pasado, la hora del té atiborraba de clientes el lugar, por lo que ellos fueron conducidos a una mesa en el segundo piso que estaba hecho de duela y rodeaba a la planta baja como un tragaluz. Las paredes del lugar estaban llenas de fotografías y daguerrotipos de décadas pasadas, desde el año de la inauguración, en que la gran mayoría de los clientes eran chicos con chisteras y sombreros de bombín, hasta imágenes de estudiantes de ambos sexos en la época de los sesenta.
Después de subir las chirriantes escaleras de madera (decenas de veces restauradas), los muchachos fueron llevados hasta una mesita de patas chaparras y sentados ante ella, en cojines hindús. Se les ofreció de inmediato la carta y la señora Keendwood y un mesero se pusieron a su disposición.
Antes de llegar, pasando entre las mesas, iban dejando una estela de comentarios acerca de su clase, hasta que el grupo tomó asiento en ese pequeño privado con vista al río, y los cuchicheos se limitaron a:
─Princesas del Saint Marie y príncipes de Eton, ¡bah! Ellos no serían nadie sin los millones de sus padres…─ dijo uno de los niños de la entrada, que era alto, flaco y de pelo castaño.
Sin embargo, en ese preciso momento, a la barra del lugar estaba sentada una pareja de hermanos a los que siempre les interesaba escuchar palabras como "realeza" y "millones", y más si venían juntas.
Debajo de una vieja, pero impecable reproducción de un retrato gigante de la reina Victoria a la edad de dieciocho primaveras, estaba la barra y despachador principal con quince bancos de madera, menos uno que nadie podía usar desde que, lo juraba sobre la tumba de su madre el señor Keendwood, uno de los Ramones se había sentado allí para tomarse una cerveza. Pero allí mismo, delante de la entrada, se encontraban sentados esos hermanos y allí se habían quedado esperando los estudiantes clase medieros; chiquillos de entre doce y quince años con las barrigas chillando de hambre por haber permanecido hasta esas horas en las aulas.
─Creo que no fue buena idea venir aquí, y menos en viernes y menos a estas horas─ se quejó una chica rubia, de corta estatura y enormes ojos azules, mientras se estrujaba las manos al ver todo el lugar repleto.
─¡Tú apoyaste la idea! Dijiste que te gusta venir aquí, porque se llama como tú; Victoria…─ le contestó una condiscípula.
─Sí, pero…
─Bueno─ agregó el niño alto y flacucho del pelo castaño ─ ¡no puedes quejarte! Ese es el trato que te han dado las personas desde que eres huérfana, ¿o no? Así somos los hijos de nadie…
─Por lo menos la Familia Real paga nuestra educación─ exclamó la huérfana de los ojos grandes─ por lo menos debemos agradecer eso.
─¡Sobras que nos dan para decir que son caritativos!─ rezongó de nuevo el niño, cuando uno de los hermanos sentados a la barra se entrometió.
─¡Bien dicho compañero!─ mientras alzaba la pinta de cerveza que se bebía con gran afán─¡las clases altas deben morir! ¡No más Realeza en Inglaterra, ni más privilegios!... y por supuesto, ¡no más hora del té, cerveza para todos, es mejor!
─Pero siéntense─ ofreció el otro hermano─ nosotros les convidamos un espacio y si quieren, comida.
─Tenemos para pagarla─ agregó la huérfana rubia─ no necesitamos convites, gracias.
─¡Vamos! No sean melindrosos, ¡somos amigos, compañeros de estrato social, es decir!─ volvió a intervenir el primero, dando grandes voces─ ¡porque en los orfelinatos de Londres y en las calles de Whitechapel, estamos hundidos en la misma pestilente cloaca!
─¡Cállate ya! – le regañó el señor Keendwood, un hombre maduro con gran barriga, bigote grueso y canas en las sienes ─ ¡¿Qué te dije la última vez que causaste un disturbio en este barrio?
─No se exaspere, señor, mi hermano hoy promete ser inofensivo, ¡sólo está expresando su postura ante las eternas diferencias de clase!─ repuso el otro hermano, que era un tanto más pragmático y menos impetuoso.
─Mucho cuidado, mucho cuidado con armar un lío o tendré que llamar a la policía y no se salvarán de ir a parar a un reformatorio…malandrines juveniles…
Ambos hermanos lo vieron dar la vuelta, lo despidieron con un fruncir de sus narices y un "no le hagan caso al viejo loco".
Y ese episodio sirvió para que el hielo se rompiera entre el par de hermanos adolescentes y los chicos de secundaria.
─Y ustedes, ¿en dónde estudian?─preguntó uno de los huérfanos a los hermanos
─Estuvimos matriculados en el colegio de Londres─ respondió el hermano calmado─ ya saben, éramos becarios pobres…
─¿También son huérfanos?─ preguntó la pequeña rubia con desconfianza. Ella era la única del grupo que no se animaba a sonreírles.
─Ahora sí, en esos tiempos, es decir, hace como cinco años, cuando estábamos en la escuela, sólo vivía nuestra madre…
─¿Qué hay de su padre?
Ambos se voltearon a mirar las caras y rieron, contestando:─No lo sabemos con certeza.
─Me parece, mi loco hermano, que somos, ¿cómo nos suele llamar la gente "elegante"?
─Bastardos…
─Sí, eso, bastardos.
─En consecuencia…─ y se rieron mucho al decirlo, sin ningún pudor.
─Somos unos hijos de puta…. – y se carcajearon.
─Crecimos en Whitechapel. Nos educamos como pudimos. La corona intentó darnos educación pero, la verdad es que no estábamos hechos para eso.
─No, para nada.
─¿Entonces qué pasó?─ preguntó el chico alto.
─Pues que fuimos expulsados del colegio por pésima o, "criminal conducta"…es decir, que si se quedan a comer con nosotros les contaremos el resto de la historia.
Los chicos se miraron entre sí.
─Nosotros les invitamos.
Entonces, como por instinto, los huérfanos metieron sus manos a los bolsillos de sus roídos pantalones de mezclilla y de acuerdo a su precaria situación financiera, en las que tenían que escoger entre pagar material escolar o comer bien, la oferta fui muy tentadora. Pero no para todos en absoluto, así que mientras que la media docena de chicos y chicas se acomodaban en la barra junto a los dichosos hermanos, la huérfana rubia, llamada Victoria, se quedó parada mirando la escena. Ella también contó el dinero en su bolsillo, de ese, su viejo jean, y se agachó y miró sus zapatillas deportivas rotas, sus pantalones deslavados, su blusa opaca y suéter gastado, entonces puso la pobreza en una balanza, pero terminó de decidir cuando escuchó lo que ellos contestaban a la pregunta: ─Y si no trabajan, ¿de dónde sacan dinero?"…
─De cualquier bolsillo ajeno que podamos─ contestó burlón el chico mulato con perforaciones en la boca.
Fue que ella los miró a ambos con infinito despreció y se dio la media vuelta, abandonando la cafetería; todo antes que aceptar dinero mal habido.
─¿Qué le pasa a tu amiga?─ preguntó uno de ellos.
─Ahh, Victoria y sus traumas…
─Lo que ocurre es que hace unos años, unos delincuentes asesinaron a sus padres…
─Su padre solía ser policía…Dicen que fue tremendo, ella lo presenció todo, entonces…
─Quiere llegar a ser policía ella también, para luchar contra los "malos" y vengar a sus padres…Algo así como Batman…─repuso otro compañero.
Y después de dicho eso, todos los chicos estallaron en carcajadas al tiempo que ordenaban platillos con guarnición, filetes, panes y cerveza.
─Gracias, gracias por todo─ dijo el chico alto y flaco, ante su plato de exquisito olor─ te debemos una ehhh…
─¡Pero qué imbéciles! No nos hemos presentado…Mi nombre es Luke y él es mi hermano Jan.
─Somos los hermanos Valentine de Whitechapel─ contestó el hermano de las arracadas, levantando su pinta de cerveza en señal de brindis─ celebres en el barrio.
Uno rubio, el otro mulato, hijos de una inmigrante avecindada en Whitechapel desde su desafortunado arribo a Londres. Cuando ella, como muchas otras desventuradas jóvenes sin porvenir, terminó empleada en un conocido lupanar del callejón Dorset y luego muerta en el cuarto de un hospital de beneficencia por un cúmulo de enfermedades, abandonó al desamparo a los dos hijos que dos cortas relaciones le habían dejado.
El padre de Luke, el mayor, fue un mercader alemán que llegó a la capital británica buscando una fortuna que nunca encontró y terminó haciendo negocios sucios en los barrios bajos. Cuando se relacionó con cierta mujer del callejón Dorset, les bastaron seis meses de violencia domestica mutua y una salvaje convivencia, para que en la mañana en que ella le anunció que estaba en cinta, él tomará sus pertenencias y se fuera de la covacha y de la vida de la mujer que, un año y medio después, repetía una vivencia parecida, está vez con un monumental inmigrante venido de Sierra Leona que se ganaba apenas la vida, tocando música africana en Soho y en los bares de mala muerte del barrio.
Esa era la historia de dos medios hermanos que, como en todo cuento marginal, terminaban igual o peor que sus padres. Heredando el apellido de la joven madre, tan italiana como analfabeta que tuvieron, ellos habían sobrevivido su adolescencia. Luke, convencido de que no quería quedarse como un vulgar bastardo más del barrio, aceptó la instrucción de un sacerdote que trataba de rescatar almas perdidas en medio de tanta inmundicia y se refinó un tanto. Jan, más salvaje y rebelde, apenas pudo medio civilizarse, y allí estaban ahora: lavándole el cerebro a cuanto bachiller o secundariano desprevenido pescaban
─¿Qué tienen esos niños ricos que no hayamos tenido nosotros?─ se preguntaba un huérfano.
─Eso, que ellos son ricos─ repuso Luke.
─Bueno, ¿y no viste a las princesas esas?─ dijo Jan, con un tono de lascivia palpable.
─Mi hermano ambiciona carne de primera, aunque la tomé a la fuerza─ se rio Luke.
Jan no dijo nada, siguió riéndose con una malicia aterradora, como recordando antiguos e impunes crímenes. Las chicas los miraron, se miraron entre sí y no dijeron nada, ni los volvieron a mirar, apuradas como estaban en terminar su porción.
─De hecho─ continuó Jan sacando un cigarrillo de una cajetilla, mientras le ofrecía a todos los chicos que medio se animaban y no─ estoy pensando en que podríamos dar un buen golpe hoy…
─Hermano, parece que siempre estamos en la misma sintonía─ agregó Luke.
Y se volvieron a ver las caras, entendiéndose sin palabras, sólo asintiendo.
─Podría ser para esta misma noche…No creo que después de aquí, los principitos de marchen a sus casas.
─Sí…podría ser─ siguió Luke, esta vez retirándose un tanto de la barra y hablando quedo─ pero ya lo sabes, si damos un golpe grande a espaldas de Bull dog, el tipo nos matará…
─¡Ese cabrón y sus tributos de mierda!─ espetó Jan, sabiendo que no tenían más opción que enterar de sus planes al mafioso mayor.─ ¿cuándo regresó al barrio?
─Hace tres días, aunque es algo raro que no haya revisado sus negocios; llegó a su pocilga en Triky Ville, y no ha salido mucho desde entonces, dicen que sólo lo hace de noche.
─Extraño, sí…
Charlaron un par de palabras más antes de regresar a la barra, tan joviales y amigables con los chiquillos como hasta hace unos momentos.
─¡Bueno compañeros! Esperamos haberles sido de ayuda, y recuerden, cuando tengan un problema, bien pueden ir al barrio y preguntar por los hermanos Valentine.
─Sí. Además esperamos que nos puedan devolver el favor, tal vez más pronto de lo que creían.
─¡Claro! cuenten con nosotros.─ dijo el huérfano alto y flaco limpiándose la boca toscamente.
Y ambos se volvieron a ver mientras trazaban planes en su mente, entonces se saborearon como moscas cuando a cerca de las siete de la tarde, vieron salir a todos los niños ricos, junto con otro chico rubio que se les había anexado.
Para entonces, sólo tuvieron que pedir al huérfano flacucho, que ya había pasado la tarde recibiendo su primera lección rápida de tabaquismo, a que los siguiera lo mejor que pudiera, así que, con monedas para pagar, los hermanos lo pusieron en un taxi que se fue detrás del BMW negro, que, como habían predicho, no se dirigía a casa.
Y es que, después de tomar los flanes del postre, y entre juegos de poker y esperar a que la lluvia copiosa cesara, acordaron pasar la noche de viernes en un club nocturno.
─Hay un club nuevo, lo abrieron el mes pasado, al final de la calle Baker…─ sugirió Bob Walsh.
─¡Y tenemos que conocerlo! Después de todo, estas son nuestras últimas semanas, juntos…─ agregó B con los ojos brillando.
Y mientras los demás hacían sus planes, Integra se dejaba llevar por la corriente, después de todo, casi nunca tenía noches libres y por otro lado, se imaginaba a Alucard merodeando por toda la ciudad en su búsqueda. Así que la sola idea de aparecerse en la casa entrada la noche, le parecía buena. En eso estaba, cuando Ralph Lancaster dijo algo que definitivamente la sacudió.
─Le voy a llamar a Chuck para que nos alcance aquí, después de todo, la lluvia no nos deja ir a ningún lado por ahora─ y tecleó su número en su gran teléfono portátil, e Integra lo vio esperar respuesta y lo escuchó entablar una charla y darle su ubicación y animarlo a venir porque─ con nosotros está "quien tú ya sabes"─ y le envió una mirada de soslayo a Integra quien entonces quiso desaparecer en el cojín hindú y perderse, cual si fuera un acaro, en medio de la plumas del relleno. Luego se quedó tiesa como estaca y con la cara como si hubiera chupado un limón, cuando por la conversación de Lancaster, entendió que Charles Islands estaría con ellos para antes de la siete de la noche. Tragó saliva y no movió ni un músculo cuando los demás hicieron bromas al respecto.
Codazos leves en sus costillas por parte de Blair y risitas del lado de los etonians. Integra saltó de su asiento y pretextó ir al baño para poder respirar hondo y consultar su reloj de pulso y pensar entre escapar de allí poniendo excusas, o continuar con su aventura citadina sin importar que el rubio le hiciera compañía.
Con mucha determinación resolvió volver a la mesa y afrontar la noche como sea que esta viniera, todo antes que llegar a la mansión casi con "el rabo entre las piernas" y enfrentarse al rostro burlón de Alucard y probablemente a otro de sus hirientes sermones.
Y aunque estaba allí, sentada entre sus amigos, entre risas y charlas amenas, su mente vagaba muy lejos de allí, pensando en las palabras del vampiro y también pensando en cómo salvar la cara y la dignidad cuando estuviera frente a su incomodo prometido, de nueva cuenta.
─Ya no debe tardar, además le dije que no era necesario que trajera un transporte, puede venir en taxi si quiere─ dijo Bob mirando su reloj.
─¡Un Islands en taxi! Eso sí hay que verlo─ expresó Ralph.
Y como a eso de las seis con cuarenta y cinco, la rubia cabellera del heredero se asomó por las escaleras a donde la señora Keendwood lo había guiado.
─¡Chuck! ¡Por aquí, viejo!─ le gritaron en coro sus compañeros.
Pero él sólo fijó sus ojos en una Integra que fingía estar muy ocupada comiendo sal para haber notado su presencia. Así que ella ni se molestó en mirarlo, ni aparentó ningún sentimiento, hasta que sus amigas se hicieron un espacio entre ellas e Integra pudo aspirar el sándalo, roble e incienso junto a ella, y por el rabillo del ojo lo vio sentarse en el cojín adyacente.
─Hola Integra, ¿cómo has estado?
Y no tuvo más remedio que contestarle el saludo, y volvió su rostro para verlo enfundado en la playera verde de su uniforme de polo, sudadera y jeans, recargando la mejilla en una mano, mirándola tranquilamente a los ojos; ciertamente, una imagen muy diferente al gentleman impecable de la última vez.
─Bien…─dijo ella secamente, cuando se dignó a contestar.
Y él, que entendía que Integra Hellsing no se doma "a la mala", se sonrió de buena gana sin quitarle los ojos de encima.
─Bueno, ya llegaste, ya pagamos la cuenta, ¡vámonos ya o la noche no alcanza!─ le dijo Blair, impaciente por partir.
Así que todos se levantaron y fueron hasta la salida, esta vez con menos revuelo burlesco que la vez anterior, sólo algún piropo y unos chiflidazos para las chicas, al pasar por la puerta de salida.
─Bueno, ¿y con quien estabas en el Mercedes?─ preguntó Blair.
─Estaba yéndome a casa…con mi guardaespaldas─ contestó Integra.
─Mmm, parecías contrariada… ¿te enojaste con él?
─Algo así…
─Ya veo…aunque si yo fuera tú, ¡nunca me enojaría con él!─ repuso Blair con una sonrisa en sus labios que Integra miró con un dejo de despecho.
Y cuando abordaron el auto, que en seguida rugió su motor, Integra no se opuso en que Charles se sentara junto a ella, ni se opondría a acompañar a sus camaradas hasta el fin de Londres si era necesario. Así, que como si el rubio no estuviera al lado suyo, fingió estar de buenas y a la vez ignorarlo, pero la verdad es que pensaba en el nosferatu y pensaba en su solitaria y fría mansión, y si es que él ya estaba allí o no…"¿cómo saberlo?". Cuando desembarcaron al fin, delante del fulgurante y ruidoso club nocturno, Integra no se hubiera imaginado, que a esa misma hora, Alucard estaba domicilios calle abajo, recibiendo mejores tratos de los que jamás había tenido en toda la inmensa y señorial frialdad de la Mansión Hellsing.
