IX
Al buio
─Sixtina Lo giudice…
Y él seguía sin poder creerlo.
─Vlad…Vlad Dracul…conde, ¡conde!
Y las piernas por debajo del vestido le temblaban al considerar la posibilidad de estar soñando, y puso una mano en su mejilla para ver si estaba despierta y volteó para todos lados de la calle como intentando convencerse de que era la realidad, la llana realidad tan sólo, que la había colocado en esa casualidad.
Él tuvo que comprobar de nuevo:─¿En verdad…en verdad eres tú?
Ella con la mano se cubrió la boca y las lágrimas se amontonaron en sus ojos espantosamente claros y lastimeramente inundados que por fin derramaron las gotas de sal sobre las mejillas, mismas que se evaporaron como si hubieran tocado una superficie al rojo vivo.
Y la mujer más rara que jamás hubiera vivido en el vecindario, había sido vista abrazarse con un hombre cubierto de lodo: el reencuentro fortuito de dos viejos amigos extraviados en los congestionados eslabones del tiempo y la distancia.
Ella lo había encontrado en medio de la calle, cubierto de mugre y agua, como a cualquier "hijo de vecino". No lo pensó al primer momento, pero razonó luego, "¿qué clase de suerte le habrá deparado el destino?" En los recuerdos que la mujer tenía de él, una escena como esa, con el viejo conde de protagonista, hubiera sido todo menos verosímil, "¿qué ha hecho de él, la no─vida?".
Alucard la miró y recordó nítidamente cuando la había hallado en una villa azotada por la peste. Por esos años, él se dirigía a Francia para probar suerte y a su paso por Italia, el conde Vlad Dracul, rico y empedernido aristócrata, puso un pie en un poblado desolado, sólo para contemplar de cerca la miseria humana.
Seguido por su sequito de retorcidos singaros, bajó del suntuoso carruaje negro que lo llevaba y se dedicó a pasear por las angostas callejuelas con pocilgas llenas de gritos, miseria y espanto. De cuando en cuando se hacía a un lado para dejar pasar carretas con decenas de cadáveres pálidos y machados con enormes bubas ennegrecidas. Y cada puerta miserable abierta de par en par, cada gemido era aspirado por el rey no muerto como la fragancia de la muerte. Pero su recreación no se sació hasta llegar donde un callejón tan estrechó que sus espaldas apenas cabían, donde una escalinata conducía hasta una casucha desvencijada con toda una familia de cadáveres tendida en el suelo sobre asquerosas frazadas, y fue allí que halló a una mujer joven hirviendo en fiebre, con los labios morados y el cuerpo aterido por esas bubas negras a punto de reventar. Por pura curiosidad, el conde se acercó a ella al notar que aún respirada.
─La última alma de este recinto…─ dijo con una sonrisa el conde y se hinco para verla mejor.
Una fuerza descomunal en ella o un intento desesperado por aferrarse a la vida, sus ojos se posaron en el desconocido que le sonreía como si nada malo ocurriera.
─Sí que hay pesares aquí, ¿no es verdad?
La mujer no pudo contestar y retorció un tanto el cuello, como si estuviera rogando por algo.
─¿Puedes escucharme? ¿Me entiendes?
Y ella pudo hacerse entender y dijo sí, meneando la cabeza.
─¿Cómo te llamas, mujer? ¿Me puedes contestar?
Y ella, haciendo un esfuerzo inaudito con la esperanza de recibir ayuda por parte del extraño, alcanzó a decir apenas:─Co…co, como la capilla…─ y sus dientes castañearon por el esfuerzo.
─¿Cómo la capilla? ¿Qué capilla?
─Aq…aquella en…en Roma, Six…Six..
─Sixtina…─ y cuando él lo completó ella asintió─ vaya, curioso nombre para una miserable campesina que, apuesto mi fortuna, jamás ha visto la hermosura de Roma, pero ciertamente, es un bello nombre.
Y entrecerrando los ojos, el conde trajo a su mente lo que había sentido la primera vez que se paró en medio de la bóveda sagrada y miró hacia arriba y vio la obra de ese artista del renacimiento, Michelle Angelo, en todo su esplendor e incluso su asombro le recordó que esas eran las cosas que aún le provocaban admiración a la humanidad.
Tal vez fue por mero capricho, un dejo de lastima o el agrado que le producía el nombre, se quedó pensando un momento, se sobó la barbilla y sin titubear haló la sucia y roída frazada que la cubría. La infeliz mujer cerró los ojos y apretó los puños al sentir como si la clavaran con alfileres helados, pero lo que el conde buscaba exentaba la miseria de su camisón sucio y miserable, o las marcas de la enfermedad detrás de sus rodillas. En lugar de todo eso se fijó en la estructura de las piernas, en lo ancho de la cadera y el diámetro de la cintura, en el vientre plano y en los senos, que él insistió en valorar quitando los entumidos brazos del pecho.
─Pues no está nada mal, tu cara tampoco es fea y con el correcto cuidado y alimento hasta puede que seas de mi agrado…─esbozó una sonrisa, preguntó─ dime una cosa, ¿eres doncella aún?
Y ella, que estaba a punto de perder el conocimiento, contestó afirmativamente con la cabeza.
─¿Aun quieres vivir o prefieres podrirte en esta frazada?
Y los ojos se abrieron de nueva cuenta y le suplicaron por ayuda, razones suficientes para él, que en seguida puso una de sus manos en su rostro, volteándolo para dejar al descubierto su cuello, quitar los sucios cabellos y hundir hasta el fondo su par de afilados colmillos y hacer brotar sangre y bebérsela toda de un palmo y limpiarse la boca con el dorso de la mano, y cuando hubo terminado, ponerse de pie y mirar a la ahora, muerta─viva, temblar ante el inició de su metamorfosis.
─Ahora veremos si me has mentido o no, supuesta doncella.
Pero al cabo de quince minutos, el conde volvió a aparecer a la vista de sus sirvientes a través de la angostura del callejón y llevaba a la mujer, envuelta en la capa de seda. Yendo hasta uno de los zíngaros, depositó el bulto en sus brazos y dijo:─Llévensela, irá con nosotros, luego se encargan de limpiarla, está hecha un asco…─dijo mientras se limpiaba la ropa con su fino pañuelo y subía de nueva cuenta al carruaje.
Para cuando todo el cortejo del gran Conde, llegó a París, la nueva discípula había sido saneada y limpiada desde la primera posada que tomaron en el camino, lo cual no quería decir que la vampireza hubiera aceptado conforme y gustosa un destino de sombras que ella jamás pensó se le estuviera ofreciendo, por lo que, a pesar de llevarla a capital francesa vestida como una dama, la joven era conducida a la fuerza, en calidad de servidumbre forzada en el sequito del conde, que más de una vez ordenó la azotaran para que dejará de gritar improverbios y a rogar por piedad cuando tuvo que aprender a superar el horror de alimentarse de sangre que los gitanos le daban a tomar a la fuerza, luchando contra la descomunal fuerza que ahora poseía.
El protocolo de esfuerzos por domar a la otrora campesina ahora temerosa y desesperada por la furia de Dios todopoderoso, se repetían cada noche, cuando, como ordenaba el amo, "no quiero a un costal de huesos en mi haber", tenía que acabarse la ración correspondiente de sangre humana. Hasta que una noche, el conde, cansado de escuchar las batallas desencadenadas, entró en persona a la habitación de ella y con severidad le dijo:─O te bebes la sangre que se te da, de buena gana de ahora en adelante, o te largas ya mismo de mi propiedad a languidecer de hambre donde mejor te plazca.
La mujer miró aquel hombre casi desconocido, a aquel demonio que era supuestamente su dueño y no se atrevió ni a mover un solo músculo de la cara.
─Si piensas que tienes más opciones que estas, que tan consideradamente te ofrezco, debes ser más estúpida de lo que creía o ignorante más allá de lo posible.
Estaba a punto de dar la vuelta, cuando ella dijo implorante:─¡Si tan sólo no fuera de cristiano…!
Al escuchar tal petición, el conde detuvo su salida y se dio la vuelta, rabioso e indignado.
─¡Aquí no se beberá otra sangre que no sea de hombre o mujer! ¡¿Crees que soy marica o un filántropo amante del género humano, y que además dejaré que mis sirvientes vengan a hacer lo que les venga en gana?!
─Es que… es un pecado mortal…
Entonces él comenzó a reírse como ante un mal chiste y le respondió:─Tú misma eres un pecado mortal ahora… ¡estas por encima de todas las leyes incluso las de Dios! Así que, dejo de escuchar tus berridos porque te resignes o puedes largarte ahora mismo…
Después de esa amonestación, la mujer comenzó a aceptar su nuevo y macabro destino y al cabo de un tiempo empezó a tomar gusto por el sabor del líquido viscoso y caliente que le era servido, hasta que acabó por disfrutar el olor a hierro que despedía su plato de porcelana. Y fue hasta una noche, en que el conde la azuzó a hacerse de su primera víctima mortal, luego de que él la llevó ante la sociedad por primera vez, que ella se bebió hasta la última gota de un transeúnte seducido, transformándose así en una vampireza entera, en plena facultad y conciencia de los poderes que su gran amo le había heredado.
Esa noche fue la primera en que el conde la llevó a su cama y después de haberse convertido en su concubina, él se encargó de adiestrarla en más de un arte. Al cabo de un año, Sixtina Lo giudice era una de las cortesanas más cotizadas y estremecedoras en la corte de Luís XVI
El conde era un aristócrata influyente muy bien acomodado en la corte gracias a sus disfraces matutinos; su total conocimiento de las más sofisticadas estrategias políticas e intrigas de palacio; a sus fastuosas fiestas; a sus magníficos regalos a la familia Real y la nobleza y a sus libertinas reuniones organizadas en la intimidad de su palacete, donde fácilmente competía con otros celebres libertinos en una época que daba nombres como Casanova o el Marqués de Sade. Incluso, era uno de los invitados a las fiestas privadas del muy excesivo duque y cardenal de Rohan, a las cuales, el conde aportaba gustoso todas las bellas amantes y concubinas que poseía.
Incluso, ambos, Sixtina y el conde, llegaron a tener una relación de negocios en la que la vampireza iba obteniendo una fortuna personal. Siempre apadrinada por él, ella ganaba pequeñas fortunas sonsacando nobles con su hechicería y la gran habilidad que mostró para las artes de la adivinación (además de hacerse de muchos secretos insondables que las damas le confiaron en las sesiones de cartomancia, se decía que incluso llegó a entrevistarse con la reina María Antonieta en persona), y también, ofreciendo servicios carnales y compañía refinada para decenas de hombres importantes.
Ambos brillaban en las fiestas a las que acudían y aunque eran dos vividores bien conocidos, eran aceptados en la sociedad parisina. Pero aunque se les viera tan fraternos, el conde jamás llegó a sentir nada en especial por ella, el conde seguía coleccionando amantes (sin haber convertido a ninguna otra) y en una ocasión, Sixtina provocó que le rompiera la boca a bofetadas por atreverse a cuestionar sobre el número de mujeres que él tenía a su disposición. Porque a ella los celos la carcomían, porque ella sentía algo por ese hombre, que a pesar de ser terrible, en un tiempo había llegado a tratarla mejor de lo que nadie la trató en su otra vida, hasta esa noche, en la que, exasperado, la derribó al suelo, la golpeó por vez primera y le gritó que "¡ella no era nadie para reclamar nada porque era una triste y sucia prostituta!", la expulsó de su lecho para siempre argumentando que…"él no iba a tomar lo que había sido ensuciado en centenares de camas".
Y ella, aún el suelo, con la cara partida se demolió de dolor por haber escuchado esas palabras y haber visto esa expresión que hería y dolía más que todas las palizas de la tierra. Esa misma noche se fue de la mansión del conde, pero enloquecida y transida de dolor y despecho, se dispuso a vengar la afrenta.
Para esos años, el pueblo ya se lanzaba a las calles gritando por "la libertad, igualdad y fraternidad" y la revolución estalló, pero entonces, Sixtina había revelado hasta el cansancio todos los secretos del conde y lo había acusado en más de un tribunal público de un malvado y perverso bebedor de sangre y caníbal, lo cual fue sólo un pretexto para que la furiosa chusma tratará de ajusticiar a un suntuoso y derrochador aristócrata más, para lo cual, el vampiro escapó tranquilamente (consciente ya, que ese reino estaba por desaparecer) y riendo por la ingenuidad de su vampireza, a quien sin embargo, mando sacar de una celda de la Bastilla cuando todo había terminado, cuando las calles de París se teñían de rojo y las guillotinas caían sin cesar.
Ella ni siquiera había tratado de defenderse cuando la tomaron presa, le quitaron sus propiedades, su fortuna y la condenaron a muerte, porque ella sólo quería morir y que la cabeza que descansaba sobre su cuello fuera cercenada para ya no sentir, ni medio vivir, pensando que tal vez, esa mutilación pondría fin a su tormento, en su desesperación incluso llegó a pedir la hoguera, pero el conde, en un acto de lastima o de última maldad, ordenó a sus gitanos rescatarla y ponerla a salvo una noche antes de la ejecución y llevarla a una aldea en la frontera austriaca, donde le dejó suficientes monedas en un fardo y una carta lacrada que un sirviente puso en su mano sin decir una palabra, antes de darse la media vuelta, subir al carromato en el que habían llegado y desaparecer a través de la campiña solitaria.
Cuando se vio sola, rompió el lacre de la carta y con ansia leyó el papel que sólo contenía una frase del puño y letra, que ella reconoció, era de él:
No me olvides nunca, piensa en mí por la eternidad de tu existencia…
Y esas míseras palabras, que ella bien sabía que eran crueles, fue lo último que tuvo de su conde y no lo volvió a ver ya.
─ooOOOoo─
El rey no muerto pudo ver bien el interior del Buio.Eso se dedicó a hacer desde que puso un pie adentro del tenebroso local, (donde había sido invitado a pasar por la excéntrica dueña que volteó el letrero de la entrada a "cerrado"), era inevitable porque había tantas cosas que ver y observar por doquier que los ojos se cansaban. Sobrepuestas, unas debajo, enfrente, atrás y junto a otros objetos de muchas índoles que atiborraban anaqueles, entrepaños y mostradores en aquella tiendita no más grande que el recibidor de una casa modesta, con piso de duela, mobiliario de época y una escalerita de madera detrás del mostrar que llevaba a un segundo piso. El ambiente estaba saturado de decenas de aromas diferentes; desde químicos y hierbas, hasta un olor a madera vieja, que se combinaba bien con las luces tenues que algunas lámparas color ocre le daban al comercio.
─Es una barbaridad─ dijo ella, observándolo─ no puedes continuar en ese estado, no bajo mi hospitalidad.
Y se acercó a las escaleras y le indicó que arriba había un pequeño departamento con todos los servicios, que podía asearse allí y avisó salir a conseguir ropa limpia, arrojándose de nueva cuenta a la calle.
Una media hora después, el conde tuvo que agradecer a su vieja amiga por los favores recibidos; el mejoramiento de su aspecto y la ración de alimento vampírico que le había convidado.
─Me sorprende que te alimentes de la misma manera en que yo lo hago hoy en día─ le comentó mientras bebía de una bolsa de sangre de hospital, vestido ya, con una ropa aún más frugal y sencilla que la que llevaba antes de ser empapado: jeans, camiseta de algodón y un hoddie negro con cremallera.
─¡Ay conde, mi conde! ¿Qué ha hecho contigo esta vida?─ expresó moviendo la cabeza, observándolo fija e incesantemente.
Mil pensamientos pasaban por su mente, pero no se cansaba de observarlo y comprobar que en su físico los siglos habían pasado en vano. Él le sostuvo la mirada, quiso decir o hacer algo al respecto de esos ojos ansiosos e interrogantes que se morían de ganas de preguntarle todo acerca de él, pero en vez de eso, desvió su atención a sus alrededores y dijo:
─No te tengo que preguntar a qué te dedicas…─ al mirar objetos de hechicería, consistente en su mercancía; libros de artilugios de todo tipo y toda fecha, amuletos, pergaminos, inciensos, colonias, supuestas pócimas colocadas en frascos de cristal de colores, plantas, amuletos y otros objetos y productos de magia de muchas partes del mundo ─ vendes magia negra…
─Del color que sea; negra, blanca, roja… ¿podrías creer que en esta ciudad de iconoclastas, laicos y ateos se venda tan bien la magia?─ le contestó sin expresión alguna.
─Sí lo creo…Sixtina…
Pero él no sabía que decirle ni ella a él, a pesar de haber transcurrido casi una hora desde el encuentro, el hielo, el gran glaciar entre ambos no se había roto.
─No sé ni por dónde empezar a preguntarte acerca de tu vida, de tus siglos…Perdona que no sepa ni como dirigirte la palabra, es que, hace tantos años que dejamos de vernos, que hasta…
─Te olvidaste de mí…
─Sí, es la verdad Sixtina─ y se acercó un poco aunque una parte de él quería ponerse de pie y largarse de allí sin dar ninguna explicación; era extraño, pero tenía que ser gentil con ella porque al verla, algo que se parecía mucho a la culpabilidad se le atoraba en su corazón inerte, entonces, puso una de sus largas manos sobre una de ella─ ¿aún queda algo bueno que pueda hacer por ti? …¿Tina?
Sintió el contacto de la piel fría del conde con la de ella y sin decir nada más, se hizo un ovillo en la silla donde estaba sentada, como un cachorro asustado.
─¡No me pude haber imaginado que estabas aquí, en esta ciudad! ¡En cualquier parte del mundo, pero no aquí! ¿Cómo podía yo saberlo, conde? Ahora no puedo creer que estés conmigo, es como un…maldito milagro, que se yo.
─Tina… no hagas estas cosas, ¿cómo puedes alegrarte al verme? ¿Qué de bueno he hecho por ti desde que te conozco?
Se le quedó viendo, su expresión era tranquila, seria, inmutable pero a la vez fría, con esa calma que asesina porque se sabe que no contiene reclamos sino una profunda comprensión.
─Creo que… me salvaste de morir, me arrancaste de las garras de la muerte, de las garras de esa peste, ¿ya no recuerdas?...
─Ahora que te volví a ver, sí, lo recuerdo muy bien, pero, ¿qué clase de salvación fue esa?
─La única que un canalla podía ofrecer.
Alucard la miró sintiéndose entre incómodo y sorprendido pero le concedía la razón
─Sí, lo se Sixtina, te hice inmortal, es cierto, pero te quite el derecho a la muerte y en cambió te di una vida nauseabunda─ le dijo directo a la cara, sin miramientos─ no significabas nada para mí, ¡eras una de tantas!
─Sí, eso lo dejaste muy en claro la noche en que me fui de tu casa─ cerró los ojos y como por un reflejo se llevó la mano a la boca, como si al recordarlo aún doliera esa vivencia─ en cuanto a la nauseabunda vida…tal vez no fue diferente a la que habría llevado en la aldea, yo no sé…
El vampiro sin embargo, estaba menos que contento con escuchar que una de sus víctimas le había dado, al parecer, la absolución. Que extraño era, pero algo le estorbaba en el pecho; no necesitaba ninguna especie de comprensión, mucho menos de consideración, entonces se puso de pie y dijo:─¡Por todo los infiernos Sixtina Lo giudice! ¡Reclámame, repróchame algo, ódiame si es necesario! …
─Pero sí lo hice, hice todo eso… ¡no sabes cómo te odie!….
─¡Pero ahora estas allí sentada, hablando tranquilamente de esto y siendo tan amable conmigo, cuando no lo merezco porque soy…!
─¿Un sinvergüenza? ¿Un canalla pérfido? ¿Un cabrón desconsiderado que usa a los que están a su alrededor para su propio beneficio? ¿Un egoísta cruel y manipulador que no piensa más que en sí mismo? ¿Un demonio vil y artero que destruye vidas?─ le preguntaba ella sin enfatizar ni gesticular nada, sin alzar la voz, tranquila, mirándolo a los ojos con una bizarra candidez exasperante─ ¿lo peor que le puede pasar a cualquier mujer? ¿Un vividor, derrochador, abusador? ¿Un golpeador? ¿Un vicioso? ¿Un proxeneta mal ávido?
:─Eh…sí, algo así…─ dijo rascándose la nuca ante tanta verdad junta.
─Sé muy bien quien eres, conde Vlad Dracul, después de tantos años llegué a aceptarlo; eres todo eso, tal vez más, pero, ¿y qué? – Se levantó, caminó hasta donde estaba él ─ ¿acaso eso es mi problema? No creo que sea mi asunto ahora, nuestros caminos se separaron hace mucho tiempo.
─¿Y de veras me has absuelto?
─Eso creo, después de toda la agonía implícita, acepté el hecho de que hay seres como tú.
─Me refiero a que si ya no sientes nada más por mí, porque te conviene haber dejado de hacerlo.
─Yo te…
─Amaba, me amabas lo sé, no sé cómo rayos pudiste llegar a sentir algo por mí pero…
─Es que a veces somos tan estúpidas─ dijo riéndose por primera vez y volvió a sentarse─ es decir, las mujeres, ¡somos un atado de imbéciles! Yo estuve inscrita en esa categoría; pensé en ti tantas noches y tantos días…
─Gracias a que yo fui tu transformador me puedes hablar de días…─le dijo con una sonrisa y volvió a su asiento frente a ella─ y gracias a ti por quererme, aunque tenga todas las "cualidades" que acabas de mencionar.
─¿Es qué no has cambiado ni siquiera un poco?
─A lo mejor sí, yo creo que sí─ contestó pensando─ de la misma manera en que no creo que sigas siendo la misma.
─¿Tú pensaste en mi aunque fuera una vez?
─Sí, al principio, cuando ordené te deportaran a Austria.
─ Después de todo lo que pasó en la Revolución y después de que me quede sola me costó trabajo sobrevivir ─agregó ella sin esperar preguntas de su pasado.
─¿El dinero que te dejé ayudó?
─A pagar unos cuantos hostales, sí, pero me seguí ganando la vida como…cortesana, aunque debo decir, no de tanta categoría como en París. También solía vivir de mis habilidades para la adivinación, ¡y te podría describir como eran los calabozos de la Santa Inquisición! Pero sí, me costó trabajo olvidarte─ hizo una pausa, Alucard le miró con un dejo de melancolía─ De mis antiguas pertenencias extrañaba las cosas que conservaba de ti, y un día, en una subasta en Milán, a finales del siglo pasado, hallé algo que curiosamente fue mío.
Y sin moverse de su asiento, de una pared descolgó un pequeño cuadro al óleo, estaba empotrado en un marco no mayor a los veinticinco, por veinticinco centímetros. Ella hizo flotar el retrato hasta él, que lo tomó para observarlo: era una pintura de ambos, de Sixtina y de él antes de la Revolución.
─Me parece que contemplo a un par de fantasmas─dijo Alucard al reconocerse en la pintura.
El fiel retrato de un suntuoso salón de su mansión parisina. Él, sentado en majestuoso y exquisito diván, apoyando una pierna en la rodilla de la otra, con una pose de rey, sosteniendo un bastón con pomo de oro en una mano. Ella, de pie junto al diván, rodeando con un brazo el respaldo, con ademanes coquetos y frívolos. Ambos vistiendo elegantes y lujosos trajes de la moda rococó: él con la casaca de seda brocada en oro tan característica; la corbata vaporosa; el chaleco ceñido y el cabello largo atado con una coleta y listón negro; así como los pantalones a la rodilla. Ella con el amplió vestido; la voluminosa falda con pollera, enagua, guardainfante y cintura diminuta echa con el corsé que cubría un peto brocado y bordado que solían cocerle puesto y que dejaba ver un generoso escote; mangas con volantes; pulseras de perlas de varias vueltas en las muñecas; el peinado de medio metro de altura con cuentas y plumas y polvos de plata, sin duda, una imagen de museo. Y cuando Alucard dejó de mirar el retrato, estaban los mismos dos vampiros, mucho más viejos y desgraciados: un esclavo vampiro y una bruja pobre y nómada.
─Que….increíble me resulta haber vivido todo esto─ dijo como para sí.
─Lo es más cuando lo pierdes todo…
─Sí, lo se…
─Conde, Vlad… ¿qué hay de ti?
─Yo… yo…. Veras Tina, ahora soy sólo un sirviente…
Y cuando acabó de decirlo Sixtina se puso de pie de un brinco y lo miró con gran incredulidad:─¿Qué es lo que acabas de decir?
─Que…hace años, al igual que tú, perdí todo lo que alguna vez poseí, no sólo riquezas incluso libertad…Me hicieron esclavo. Ahora soy sólo un siervo─ le expresó con una sonrisa de ironía en el rostro─ soy un simple esclavo que puede ser hallado muerto de hambre y cubierto de mugre en medio de una calle cualquiera.
Sin salir de su asombro ella volvió a sentarse lentamente:─Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¡¿Por qué?! ¡¿Cómo es posible que ya no seas aquel poderoso señor de antaño?!
─Porque así es el destino. Llegué aquí hace más de cien años, vine desde Rumania a buscar a una mujer que me recordaba tanto a otra y…aquí me convirtieron en lo que soy.
─Pero, ¿qué clase de amo tienes? ¿Quién es él?
─Los Hellsing. Una familia de la nobleza cuyos herederos han sido mis amos, ellos…
─¡Cazan vampiros! ¡Ellos son los saneadores de este país! ¡Ellos, ellos! …¡Entonces es verdad! Lo que decían, lo que se rumora entre nosotros, ¡es cierto! ¡Y tú eres el arma secreta!
Ante la gran sorpresa de la vampireza, él sólo asintió.
─Estoy sellado, mis poderes los controla mi amo en turno ("Bajo mi consentimiento", pensó).
Ella lo miraba atónita desde su asiento, boquiabierta:─Es que tú…nos has traicionado, ¡un día vendrás a aniquilarme!
─Si no te metes en problemas, no veo porque…
─Lo habíamos escuchado, pero no pensamos que fuera verdad.
─¿Hay muchos vampiros en esta ciudad aparte de tú y yo, verdad?
─No te diré donde hallarlos. Mira, yo sólo llevó un año viviendo en esta ciudad, nunca me quedo más de una centuria en un mismo lugar, es mi regla, pero los he contactado, sin embargo, ahora no eres confiable…─ le decía con la actitud de un conejo acorralado.
─Tampoco hago espionaje, yo no hago esas cosas, sólo sigo órdenes al respecto…
─¡No es a nosotros a quien tu comandante busca!─ dijo nerviosamente, comenzando a dar vueltas por el lugar─ no son los nosferatu creados con legitimidad, ¡son los otros! Los impostores…
─¿De qué hablas?─ le preguntó extrañado y confundido.
─Los que reclutan sin seguir nuestras normas naturales─ y sus ojos parecían encenderse y su voz hacerse seca y aguda─ hay vampiros bastardos hoy en día y dicen que un día los producirán en serie…No falta mucho, se avecina un holocausto, en cualquier año antes de que comience el nuevo milenio.
─Sixtina, ¿de qué rayos hablas?
─Ya te lo dije; vampiros bastardos sobrevivientes de la Gran guerra, ellos volverán de nuevo a ver las luces de Europa─ y se aproximó a un anaquel donde sacaba instrumentos de adivinación para mostrárselos a Alucard─ lo sé y me lo dicen las cartas, también los muertos que hablan del futuro─ y le mostró partes de un esqueleto humano con los que practicaba la necromancia.
Alucard recordó entonces sus vivencias y misiones en la Segunda Guerra y preguntó lleno de intriga:─Sixtina, ¿qué fue de ti durante la guerra?
─Fui espía… y contra espía también, trabaje para la Unión Soviética, para el Eje, para Los aliados.
─Yo estuve con Los aliados. Marché a Varsovia en una misión secreta y estuve en frentes de acción y campos de batalla como soldado, en unidades de infantería bajo el mando del general Eisenhower.
─Yo jamás estuve en Polonia o un campo de batalla, yo tenía más éxito al lado de los generales y oficiales más importantes, pero nos llegaban noticias de todos los asuntos, de todos los tentáculos del Reich y yo podía enterarme de todo, ¡nadie sospechaba demasiado de una mujer!
─Entonces, ¿hablas acerca de los vampiros que se intentaban crear en Polonia?
─Estoy segura que son los mismos y que creaciones piloto ya se confunden con nuestras estirpes genuinas…
─Eso no es posible, yo y mi compañero destruimos esas asquerosas sepas.
─No estés tan seguro, el destino que he visto no miente… ¡esta ciudad arderá como Midian!─
─¿Por qué tienes esa certeza?
─Lo he vaticinado…
Pero esa respuesta no fue suficiente para Alucard que no acaba de entender o de creer en la absoluta cordura de su antigua sierva, entornó los ojos para pensar, y llevándose una mano a las sienes comenzó a masajearlas, mientras observaba a la vampireza que no acababa de salir de su extraño trance.
─Bueno, Sixtina, de verdad, puedes creerme que me dio gusto volver a encontrarme contigo, sé que te veré luego, en otra ocasión. Ahora, si me disculpas─ dijo viendo uno de tantos relojes de péndulo que colgaban de los espacios vacíos de cada pared. – en verdad tengo algo muy importante que hacer, así que agradezco tu hospitalidad…
Decía mientras se dirigía a la puerta, pero antes de que pudiera acercase, ella había reaccionado y teletransportado de espaldas a la salida:─¡No! No te vayas aún, quédate un rato más, después podrás marcharte.
─Es que de verdad tengo algo muy importante que hacer.
─¿Qué puede ser? ¿Un encargo de tu amo?
─Algo así… Pero no puede esperar.
─Tal vez te pueda ayudar con eso─ y le sonrió con los dientes y él vio de nuevo sus blancos colmillos que no habían envejecido, no como sus ojos o su cabello.
─No lo creo, eh, mira, en realidad estoy buscando a alguien…
Y ella volvió a fijar una mirada lunática en él, como si estuviera leyendo algo escrito en su rostro, caminó, dio algunos pasos mismos que dio él en reversa.
─¿Estás buscando….? ¡Estás en pos de una mujer!
─¡Ah! ¡No leas mis pensamientos!─ dijo manoteando e intentando cerrar su mente.
─Estaba en lo cierto, andas buscando a una mujer.
─No es lo que tú puedas suponer…
─¿Quién es ella?
─Ella es sólo…mi ama…
─¡Esclavo de una mujer!─ volvió a expresar con gran asombro─ ¿entonces tú y ella son…?
─¡No! ¡Claro que no! Es sólo mi ama.
─Eso no significa que tú y ella puedan…
─Ella es una doncella, ¡No es algún tipo de ramera como tú!─volvió a decirle escupiendo desprecio. Sixtina lo miró y su rostro se contrajo en una melancólica mueca de dolor, entonces, con una mano se cubrió la boca, se apartó del camino de Alucard y volvió a su silla a sollozar como una chiquilla.
─¡Ay, me lleva!─ expresó Alucard, regresando a consolarla─ mira Tina, no te quise decir eso, ¡pero el sólo hecho de insinuar que mi ama y yo…! Ella es una niña aún. En cierto modo, una niña a quien juré proteger, es huérfana y algo desamparada, un tanto insufrible y caprichosa, pero es mi ama y tengo que hallarla. Se me perdió hace unas horas y no puedo regresar a casa sin ella.
─¿A casa? ¡La casa de tu tirano no puede ser tu hogar! ¡Vlad, ella te está esclavizando! ¡Te usa para extinguir a los nuestros! ¡Debe despreciarte tanto como cazadora que es!
─Ya no me llames así, ya no soy Vlad. Desde que tuve mi primer amo…Abraham Helsing me bautizó como Alucard, es mi nombre ahora.
─Hablas como si apreciaras ser un esclavo.
─¿Es que acaso no llegamos a hacerlo de vez en cuando? ¿eh, Tina?─ le dijo tomándola de la barbilla, buscando empatía con ella
─Si te libras de ella quedas libre, ¡y podrás ser dueño de ti mismo de nuevo!
─La libertad a veces ya no sirve de mucho y…por extraño que parezca ahora tengo una causa, un motivo para vivir…yo la sirvo a ella con admiración, sé que ahora es sólo una niña, pero llegará a ser una gran mujer y quiero estar allí cuando eso pase…
Boquiabierta, la vampireza terminó de derramar sus lágrimas que solas se consumían en vapor, entonces tomó la mano de Alucard en la suya y la leyó como las gitanas de antaño le habían enseñado bien, y vio en los pensamientos de su otrora amo y lo que leyó la dejo desconcertada y furiosa; el hombre que ella había amado con tanta desesperación y sufrimiento, había entregado su corazón indignamente; ¡no! Él nunca la amó, nunca le correspondió ni un poco y ahora estaba a los pies de una déspota mortal como debía ser la desconocida cazadora. Pero aguantó la furia, comprendió que él aún no se daba cuenta cabal de ello, que aún auto negaba ese amor y ante eso ella sonrió.
─Tienes razón…tienes razón, tienes un deber, que es primero que todas las cosas, ¡pero Vlad, yo siempre he estado y estaré aquí para cuando necesites un buen amigo del pasado!
─Lo se Sixtina, y te lo agradezco…
─Pero antes de que te vayas, sólo quisiera…
Y sin que Alucard pudiera evitarlo o preverlo, ella lo rodeó con sus brazos y estampó sus labios con los del él, lo tomó por la nuca y lo atrajo hacia ella. Alucard no se resistió pero tampoco contestó.
─Sixtina yo no…
─Por los viejos tiempos…─y volvió a besarlo y esta vez a acariciarlo de una manera astuta y que comenzó a quitarle el aliento al vampiro─ ¿te acuerdas de los viejos tiempos?
Y de a poco, sintió las manos de ella andándole por todo el cuerpo y saltó hacia atrás cayéndose casi de espaldas cuando sintió falanges bajando por su ingle, dentro de sus pantalones.
─¡Tal vez en otra ocasión, con mucho gusto yo vengo a…!
─¡Sólo está noche, conde!─ y lo agarró por las solapas de la chaqueta que llevaba puesta y con desproporcionada y bestial fuerza lo haló hasta ponerlo de pie contra la pared y abrir la camisa con fuerza y rasgar la camiseta que llevaba debajo, con todo y jirones de piel de su pecho que se desprendieron en las largas uñas.
Alucard jadeó cuando la vampireza volvió a besarlo con violencia en la boca y en el cuello y a acariciarlo y antes de que pudiera decir nada, ella se abrió el cuello del vestido y dejó al descubierto su escote y pasear las manos en sus pechos, por encima del sostén. El vampiro se acordó e hizo la cuenta de cuándo fue la última vez que no se le ofrecía "algo tan bueno" y pensó, tal vez, que no sonaba tan mala la idea seguirle el juego y así intentó hacerlo.
─Llevas mucho tiempo sin sentir el calor de una mujer de verdad, ¿no es cierto?─ le decía Sixtina totalmente hirviente en lascivia, ahora sentada a horcajadas, aprisionando las piernas de Alucard en las suyas, apoyados en el suelo mientras se sacaba el vestido y se quedaba con la ropa interior expuesta y los jeans desgastados, a la vez que frotaba sus manos en el tórax de él, como si estuviese fregando ropa.
─No, ni tanto tiempo, no te creas…─le contestó Alucard sin estar del todo seguro de lo que estaba haciendo.
─¡Oh bueno! Pero esta vez vas rogar clemencia.
Y lo besó de una forma y lo acarició de otra que lo hicieron sentirse perturbado, en el momento en que ella removía más prendas y se mostraba dispuesta a poner en practica todas sus habilidades de cortesana ─acariciando las largas y firmes piernas del conde, halando la camiseta, llenándolo de besos bien expertos por todo el pecho y el abdomen y buscando de nuevo con las manos entre su ropa interior─él comenzó a responderle agarrándola por los muslos, hundiendo sus dedos en sus nalgas y subiendo luego, buscando dentro del sostén. Y al poco rato ya estaban dando vueltas sobre la alfombra. Ella comenzaba a sentirse triunfante y él edificado por las agradables sensaciones del momento (las caricias sobre su piel, el placer contra sus sentidos, los besos de una boca conocida y la noción de saberse deseado y amado, algo que extrañaba) y todo hubiera salido bien para la vampireza, de no ser que de pronto Alucard se percató del poder mental que ella estaba tratando de ejercer sobre él: él lo vio claramente, Sixtina era una buena hipnotiza, como casi en todo lo que él le había enseñado, pero:─¡Oh no! ¡Esto no! ¡Está vez no superarás al maestro!
Y con una reacción inmediata, él se incorporó y con un ademán la sacó de encima de él y la arrojó al otro lado de la habitación donde ella fue a aterrizar contra un anaquel tirando algunos frascos al piso que despidieron olores y vapores de colores opacos. Alucard volvió a abotonar su ropa, no bien se había puesto de pie cuando ella dijo con una malsana sonrisa en sus labios:─¿Así que te sigue gustando rudo, no? ¡No cabe duda que será como en los viejos tiempos!─ y sin dar tiempo a nada le propinó a su antiguo amo un violento golpe de telequinesia que lo hizo salir volando de espaldas y chocar, luego logró controlarlo una vez más y aplastó con fuerza contra la pared─ será divertido entonces, muy divertido.
─¡Sixtina espérate!─ ordenó Alucard, pero ella ya desabrochaba el cinturón y la bragueta de sus pantalones con pura telequinesia─ ¡basta, he dicho!─ y ella se teletransportó en un movimiento rápido y lo echó de despaldas sobre el mostrador y se volvió a montar a horcajadas─ ¡Sixtina!
─¡Di quien soy maldito vampiro! ¡Mírame!─ y le propinó un brutal puñetazo en la cara que enseguida le hizo derramar sangre por nariz y boca.
─¡¿Qué diablos estas hacien…?!
─¡Respuesta incorrecta! ¡Di quien soy!─ y le dio una salvaje bofetada y la sangre volvió a brotar de los labios partidos.
─¡Sixtina…basta!
─¡Sí, sí, soy Sixtina Lo giudice! ¡Tú antigua cortesana! ¡Mírame, mírame bien porque tú me convertiste en esto! ¡En una chupa sangre! ¡En una puta! ¿Y qué? ¡¿No es divertido someter a alguien?! ¿No te gusta la violencia? ─ y con una expresión endemoniada lo volvió a abofetear una y otra vez y otra vez, combinando sus rabiosas y fuertes manos con salvajía, hasta que Alucard se cansó de ello y le respondió de igual manera, con una bofetada que de tan fuerte la tiró al suelo.
─¡Hasta aquí llegó esto! ¡Es ridículo!─ dijo exasperado, mientras trataba de arreglarse la ropa y el cabello desordenado.
La vampireza se levantaba del suelo con la boca partida que comenzó a sanar al igual que las heridas de él:─¡Eres un maldito bastardo!─ le dijo volviendo a la carga, pero él la esquivó como si fuera un toro de lidia.
─¡No voy a quedarme a seguir esta absurda comedia contigo! ¡No voy a entablar una batalla contigo y sobre todo, no voy a eliminarte! No me obligues a eso… Y ahora me voy porque tengo cosas que hacer─ y transportándose hasta la puerta la atravesó.
Sixtina entonces se dio cuenta de lo que acaba de provocar, de que la locura había sido presa de ella como en otros momentos y lamentando ser una chiflada de remate, salió detrás de él.
Pero Alucard, una vez en la calle echó a correr a lo largo de la acera, calle arriba, a todo lo que le daban sus piernas, chapoteando en los charcos que la lluvia había dejado, mientras trataba de componerse la ropa e iba subiendo el cierre de los pantalones y limpiándose la sangre de la cara con las mangas.
Detrás de él Sixtina iba corriendo también, intentando ponerse el vestido para cubrir su sostén de satín, intentándolo de veras en el frenesí de la carrera emprendida:─¡Vlad espera, espera! ¡Perdóname, perdóname lo siento tanto, no quise hacer eso!
Y los que lo vieron pasar: locatarios y vecinos, se rieron y sorprendieron ante la escena de ver a la lunática "bruja de la calle Baker" correr tras un hombre con sangre en la ropa que iba acabándose de vestir.
─A eso sí le llamo "sexo salvaje"─ expresó un transeúnte y todos a su alrededor se rieron.
─ ¡Vlad! ¡¿A dónde vas?! ¡¿A dónde piensas buscarla?! ¡No tienes idea de donde está!
Le gritaba con todas sus fuerzas y él aunque la oía no se detenía ni se detuvo en un buen rato, hasta que halló estacionado, delante de un centro nocturno juvenil, a un auto deportivo negro.
Continuará...
