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15. Ninfa
Hacía tres o cuatro cuadras ya que Alucard había decidido cargar en su espalda a Integra para avanzar más rápido. Ella no estaba en condiciones de caminar rápido, ni mucho menos correr, ¡vaya! No estaba en condiciones muy óptimas para mucho en realidad, tan sólo de conversar frases esparcidas con él.
─Hace frío, Alucard, hace mucho frío...
El rey no muerto se quitó el hoddie que traía puesto y se lo convidó. Ella estaba como un zombi de cansancio. Se puso la prenda tambaleándose y entrecerrando los ojos. Le quedaba larga cual vestido, pero la guarecía bien del fresco de la lluvia.
─ Nos vamos a mojar ─ chasqueó la lengua negando con la cabeza ─ eso o esperamos aquí hasta que la lluvia cese, lo cual podría ser hasta dentro de un par de horas ─se quedó pensando, y poniendo la caperuza del hoddie sobre la cabeza de ella, resolvió ─mejor vámonos y esperemos que no pesques un resfriado.
Salieron entonces de la estación adentrándose por las limpias, elegantes y bien mantenidas calles de esa zona residencial de casas, casonas y mansiones enormes, con no menos pequeñas extensiones de tierra y bosque detrás de sus tapias altas de cantera, sus portones de madera o acero, sus elegantes pórticos.
Por las aceras mojadas, Alucard iba al paso más rápido posible con su preciada carga sobre la espalda. A decir verdad, iba disfrutando la noche, lo suyo, ¡su elemento! Miraba las gotas de lluvia cayendo incesantes, resbalando por sus cabellos hasta su rostro, a través de las luces ambarinas de las candilejas, lámparas y otros alumbrados de la calle. Aspiró profundo, el aroma de tierra y plantas mojadas le llenó. Era extraño, pero aún en su condición de no muerto, disfrutaba de las sutiles manifestaciones de la vida que, como cada verano, declaraban su trémula inmortalidad en cada rincón que se los permitiese, reverberando en cada jardín, banqueta, parque.
Al pasar por las solitarias calles podía escuchar las cigarras, los escarabajos voladores, ver las mariposas nocturnas y luciérnagas revoloteando a pesar de la lluvia y también, escuchar el ladrar de perros detrás de casi cada puerta por la que pasaban.
─Bueno, ama, ¡no vamos solos después de todo!
─ ¿Falta mucho? Tengo frío
─ No, ya no falta mucho, apenas unas calles... ─casi olvidaba que su ama no podía disfrutar de la lluvia de madrugada tanto como él porque su corazón estaba vivo (percibía sus latidos), y su carne tibia, (podía sentir su temperatura templada contra su espalda, a través de las ropas mojadas de ambos; podía aspirar su aroma: perfume caro: rosa búlgara, jazmín, sándalo, almizcle, evaporándose con el agua, sudor limpio y alcohol. Entre sus manos, la piel suave de sus largas piernas).
─ Es muy tarde ya... ¿verdad? ─ musitó arrastrando la lengua
─ Sí, yo calculo que será la una y media de la mañana.
─No quiero que se den cuenta... ¡es de madrugada y estoy muy ebria! ...
─Lo sé, por eso vamos hacia la puerta pequeña...
Existía en esa época, efectivamente, una pequeña puerta de madera, incrustada en la gran barda del perímetro de la propiedad Hellsing, sólo que había que rodear la manzana para hallarla. Vieja, desgastada por los años, casi imperceptible, había que fijar la atención entré los robles y pinos sembrados a la orilla de la acera, luego levantar una mata de calabazas para dar con su picaporte herrumbrado. Pero sí, hacia allí se dirigían, y mientras Alucard seguía dando trancos para llegar lo más rápido posible, tarareaba la canción que había escuchado en el tren.
─Cantas feo...
─No es verdad...
─Sí, ¡lo es!
─ ¡Qué no! La que canta feo eres tú, como hace rato en el río─ Y recibió un golpe en su costado─ te soltaré si vuelves a hacer eso
─ Mejor, ¡ya me cansé!
─A bueno, te suelto para que caigas tus posaderas otra vez...
Esa amenaza hizo que ella guardara silencio y estuviera quieta por un rato, hasta que llegaron a la callejuela estrecha, empedrada, solitaria y viejuna donde se hallaba la puertecilla pintada de verde que tres años después había de ser sellada con concreto. Pero en ese entonces, lo único que la mantenía bien cerrada era una cadena. Ambos lo sabían, también sabían que no existía llave conocida, pero eso no iba a detener a un nosferatu, por supuesto. Colocando el bolso de libros y a Integra en el suelo (ella sólo pudo quedarse recargada en la pared mientras pasaba la mano por su rostro mojado, limpiando el agua con la larga manga de su prenda), el vampiro traspasó la gruesa barda para ver la fuerte cadena y el candado que sellaban la puerta. Con desenfado tomó el viejo y herrumbrado acero en sus manos rompiéndolo como si se tratase de serpentinas de papel, luego abrió la pobre hoja de madera a medio despintar, haciendo crujir sus oxidados goznes.
─ ¡Adelante, milady! ¡Bienvenida a su "castillo"! ─mirando a Integra, haciendo una seña de protocolo con la mano para mostrarle el interior de la propiedad: metros y metros cuadrados de un empastado verde y frondoso por la lluvia, rodeado de árboles como robles, fresnos y castaños. Si acaso se distinguía un sendero sutil en la tierra bajo la luz de las lámparas.
Por toda contestación, Integra contrajo el rostro en una mueca de desagrado, se llevó la mano a la boca y no pudiendo dar más que un sólo paso dentro de su casa, se agachó para vomitar sin remedio, con todas las fuerzas de su estómago sobre los pies de Alucard. El vampiro se quedó boquiabierto viendo como su amita regurgitaba sobre sus zapatos (y dio gracias de no llevar puestas sus botas favoritas, sino esos de lona y gaucho). Luego de haber vaciado su estómago, ella levantó su mirada avergonzada y vidriosa por el esfuerzo, limpiándose la boca con el dorso de la mano dijo con voz quebrada: ─ ¡Lo siento!
Alucard quitó la palma de la mano de encima del rostro: ─Mira, por el sólo hecho de que te has disculpado conmigo, ¡cosa inaudita, casi histórica! Debo añadir, ¡no tienes nada que sentir! ─ exhaló ─ ¿estás bien? ─Ella sólo asintió con la cabeza sin quitar su expresión de consternada vergüenza que apenas se escondía detrás de los mechones de cabellos y la caperuza del hoodie empapado ─ ¡bien! Entonces vamos a terminar de llegar, ah, pero antes...
Con la punta de los dedos se quitó (no sin repugnancia) los Converse bañados en vómito, arrojándolos a un contenedor de basura que se hallaba entre el césped crecido a la orilla de la barda, luego se echó el bolso de libros al hombro, tomó a Integra (quien parecía haberse quedado clavada en el suelo) de la mano y echó a andar sobre el pasto constreñido por la copiosa lluvia. Los pies de ambos se hundían, chapaleaban en toda el agua absorbida por la vegetación del jardín. Se sentía como caminar sobre esponjas. Así pasaron por entre los surcos de rosas, azucenas y girasoles; por la cancha casi abandonada de tenis y el tablero de squash; la alberca alborotada, sucia por los insectos que arrastra la lluvia; por los cuarteles, barracas, centros de adiestramiento (centinelas de la propiedad los reconocieron en el acto y no hicieron más acción que la de hacer callar a los perros). Por fin Integra y Alucard distinguieron la entrada trasera de la mansión: la de la cocina, a la que se llegaba no sin pasar por la pérgola antigua, instalada debajo del viejo castaño.
─Quita esa cara, Integra, sólo fue vómito, ¿a quién le importa el vómito? ¡A nadie! Ni que vengas tan borracha que no te puedas sostener, ni que traigas una cara que podría matar a un ghoul del susto...ni que...
Ella no respondió, sólo avanzó como pudo hasta abrir la puerta de la cocina para entrar a la tibieza de esta. Todas las luces apagadas, la casa en completo silencio y calma, sólo el sonido de las gotas de lluvia interrumpía el punto más silencioso de la madrugada. Alucard entró detrás de ella arrojando el bolso de libros debajo de la barra del desayunador, la vio enjuagándose la boca y la cara en el fregadero, para después tomar azúcar entre los dedos y ponerla en la lengua. Luego de eso dio media vuelta, se quedó sosteniéndose del filo del fregadero mirando a lo incierto, no pensó mucho y quitándose el hoodie mojado, avanzó tambaleándose hacia las escaleras del servicio, que se hallaban, precisamente a un costado del refrigerador, donde el vampiro se recargaba para mirarla.
─Oye... ¿no quieres chocomilk? ¿Leche con cereal? ¿Café latte? ─mirándola tratar de subir mientras cruzaba los brazos, sonriendo divertido al ver su trastabilleo. Por toda contestación obtuvo un gruñido de desagrado, Alucard se rio.
Sin embargo, la risa no le duró mucho cuando vio a su ama tropezar y golpearse una rodilla contra el filo de un escalón.
─ ¡Auch!
─ ¡Ama!
Corrió en pos de ella quien había quedado sentada donde tropezó. Se agachó para mirar su rodilla derecha que lloraba sangre. Levantó una ceja y salivó al ver aquel líquido rutilante, caliente, espeso que le desató unas ganas desesperantes de limpiar la herida con la lengua, pero se contuvo. Se contuvo en ese momento porque Integra debía llegar arriba, así que la tomó en sus brazos y terminó de subir la escalera hasta alcanzar el piso donde se hallaba la recamara de la joven. Recorrió el pasillo alfombrado con cuidado de no hacer demasiado ruido, al tiempo que aspiraba las apetitosas gotas rojas que resbalaban por la piel de ella. Por fortuna no tardó mucho en hallar la puerta correcta, girando el picaporte con cuidado, entró con delicadeza, la depositó sobre la cama, una vez allí, ella suspiró como aliviada.
─ ¡Ya está, ama! Por fin estás en casa y a salvo─ encendiendo una lámpara en su buró que iluminó débilmente la habitación.
─ ¡Soy una ebria tonta! Ni siquiera pude subir una escalera─ se incorporó para ver su rodilla abierta
─ Tra...traeré algo para curarte ─se puso de pie y fue a buscar al botiquín del baño.
Ella asintió desde la modorra de su cansancio, su borrachera y el malestar punzante de su rodilla, también el de su rostro y para colmo el de sus manos. Ahora los golpes se habían enfriado y dolían, así que lo único que deseaba en ese momento, era echarse a dormir de una vez por todas.
Alucard se había dirigido al baño entonces, abriendo el botiquín halló enseguida lo que necesitaba: yodo, algodón y bandas adhesivas. Mojó unas gasas con agua, regresó donde su ama ya se estaba quitando la ropa mojada. Entró justo para ver cómo, sentada sobre la colcha, se deshacía de la blusa de colegiala dejando ver una camiseta con un logo de los Rolling Stones que era lo suficientemente pequeña, clara, delgada y estaba lo bastante mojada para insinuar sin ninguna sutileza, el contorno, los detalles de los senos de su joven ama. A ella, sin embargo, parecía no importarle nada más que hallar su comodidad. En ese trance de cansancio en el que se hallaba, desabrochó los botones de su falda tableada, bajó la cremallera para arrojarla de sí. Desató las botas, arrojó las calcetas a donde sea que fueran a caer quedándose tan sólo con un pantaloncillo de algodón que apenas le llegaba a medio muslo. Alucard se había quedado plantado como un árbol, rígido como una estatua de concreto, en medio del cuarto, mirando aquello con la quijada al suelo y los ojos muy abiertos: "¡Ay, por todos los infiernos!", pensó sin poder salir de su asombro. Tragó espeso, sacudió la cabeza, exhalando se acercó a ella que se había quedado mal recostada, se sentó en la cama sin dejar de mirarla como se contempla una maravilla de Dios.
─Integra...Integra...tu rodilla
─ ¿Mmmm? ...
─Hay que limpiarte esa herida...
Más dormida que despierta asintió moviéndose apenas lo suficiente para dejar accesible la pierna derecha. Alucard volvió a tragar espeso al ver la torneada y delicada extremidad de la joven. Pidiendo fuerza, prefirió no observar el resto de ella: mojada, en poca ropa, a centímetros de él, pero lo que no pudo soportar fue ver la sangre, ¡si no hacía pronto algo al respecto sentía que iba a volver a morir! Cerrando los ojos se agachó para limpiar con la lengua la suave piel, ¡simple y llanamente no pudo resistirlo! Cuando la joven se dio cuenta, el vampiro se hallaba con su pierna entre las manos, lamiendo la sangre de su herida como si fuera la última y la primera que probaba en toda su no-vida. Saboreaba aquel néctar viscoso y dulce como si al otro día se hubiera anunciado el juicio final. Ella se quedó mirándolo un momento, tratando de sacar a flote su consciencia, preguntó: ─Alucard, ¿qué...qué estás haciendo?
─Estoy limpiando la herida...
─No... ¡no hagas eso! ─dijo confusa, tratando de rescatar su consciencia, experimentando sensaciones bajo el contacto con él, a las que no podía ni quería nombrar. ─ ¡Aleja... tus... manos de mí! ─ retirando su pierna
─ Tengo hambre, además, ¡no ha sido nada! ─ dijo limpiándose la boca con el dorso de la mano
─ ¡¿Qué no ha sido nada?! ¡¿Cómo te atreves a tocarme así?!
─Así, ¿cómo?... ─de repente el enojo se apoderó de él, de súbito volvió a llegar a su mente la conversación con la señora Philips, lo que él vio en el diario al otro día del baile del colegio, lo que observó en el club de la calle Baker, entonces creyó saberlo, creyó tener la certeza de lo que ocurría, y así como así, como involuntario, lo escupió de sus labios ─ ¡tú seduces más luego no afrontas las consecuencias...!
Ella escuchó aquello con los ojos abiertos. Está vez su indignación fue más fuerte que su sopor. Por segunda vez en menos de veinticuatro horas, trató de abofetear a su ciervo, más este detuvo el torpe zarpazo con facilidad.
─ ¡No te lo has ganado! ─dijo soltando la mano, levantándose de la cama para dirigirse a la salida.
─ ¡Eres un cretino! ─espetó ella con lágrimas en los ojos, levantándose como pudo de la cama, arrojándole un tarro de ungüento que estaba en su buró. En vez de atinar a su objetivo, el tarro erró y ella calló al suelo de nuevo. Entonces Alucard se aproximó a levantarla como las veces anteriores.
─ ¡Déjame! ¡Suéltame! ¡No me pongas las manos encima! ─ gritaba, pataleaba y daba manotazos que Alucard sosegó sosteniendo contra pared sus manos ─ ¡eres un monstruo!
─ ¡Tal vez! ¡Pero no soy tan inerte cómo crees! ─ a un par de centímetros de ella, usó la contundencia de su cuerpo para someter el débil forcejeo de la muchacha, luego le dijo a quemarropa ─ ¡¿acaso piensas que no me provocas nada?! ¿Qué puedo quedarme indiferente cuando te veo? ─ Su mirada ahora sí la recorrió entera: su rostro, ojos grandes azules de pestañas largas; sus mejillas sonrosadas por efecto del alcohol en su sangre y la ira; sus pechos turgentes, moderados, recién esculpidos debajo de una camiseta y de un sujetador que poco dejaban a la imaginación; su cintura estrecha; su cadera redondeada; sus piernas torneadas ─eres... ¡eres muy hermosa Integra! Lo peor es que estás bien consciente de ello ...
Ella le escuchaba decir todo aquello, incrédula, sin decidirse entre sueño o pesadilla, si estaba satisfecha al haber obtenido la certeza de gustarle al hombre del que ella gustaba o herida por ser acusada de esa manera: ─ ¡No...no...sabes lo que dices!
─ ¿No? ¿No es verdad que has estado jugueteando con ese tonto niño rubio que te escogieron para marido desde la noche en que lo conociste?
─De... ¿de... dónde has...sacado eso? ─negando con la cabeza, aturdida─ ¡¿por qué... todo el mundo insiste en...en condenarme?!
─ ¿Entonces lo niegas?
─ ¡sí! ¡Lo niego! ─sus ojos exhaustos dibujaron unas lágrimas al verse indefensa y atrapada entre las garras de su monstruo.
Alucard frunció el ceño, ¡hacia tanto tiempo que no veía a su ama con llanto en los ojos! Se sintió...mal, sí, le producía una incomodidad parecida a un clavo en la carne.
─Integra yo...
─ ¡Lárgate ya! ─girando el rostro, con la voz quebrada.
─No llores...─ lejos de obedecerle relajó su posición, fue soltando sus manos poco a poco, y sin pensarlo, limpió con sus dedos una de las lágrimas que resbalaban por la mejilla suave, tibia.
─ Vete...─cerrando los ojos al sentir el contacto físico, resbalando hasta el suelo, espalda contra la pared.
Por toda contestación él se arrodilló frente a ella, para seguir limpiando con caricias el resto de sus lágrimas, al tiempo que una calidez bizarra iba invadiendo su yerto pecho. Una sonrisa se dibujó en su rostro, no esa sonrisa lobuna, pérfida y maliciosa de siempre, sino una tranquila, ¡feliz! Ella al sentir tales caricias cerró los ojos girando el rostro, él lo tomó con ambas manos haciendo que lo mirara a escaso centímetro de separación.
─Integra...─dijo él susurrando, ella abrió los ojos, lo vio justo antes de que él terminara con esa nimia distancia y posara sus labios contra la comisura de los suyos. Ella se quedó de una pieza de verás creyendo que se encontraba en un episodio onírico, un sueño provocado por su estado etílico. Entonces él se separó de ella, la miró buscando un rastro de rechazo, una bofetada, un grito, pero como nada de eso ocurriera, volvió a acercarse para besarla de nuevo, está vez en el mentón. Absorto por las sensaciones que la jovencita le producía, repartió besos suaves por todo el rostro.
─ ¿Esto...esto es un sueño?
─ ¡Es lo que tú quieras! ...─ le dijo mientras bajaba las manos a través del tórax, hasta su cintura, al tiempo que resbalaba los labios por su cuello, olfateando la sangre en sus venas y su aroma propio que se le antojaba delicioso, la respiración de ella comenzó a acelerarse ─Hermosa Integra Hellsing...
─ ¿Lo soy?
─ ¡Mucho! ─mientras sus grandes manos bajaban por sus piernas y resbalaba la lengua por su cuello
─ ¡Ah! ... ¡Alucard!
─ ¿Sí?
─ ¡Me gustas!... Si estoy soñando te lo puedo decir ─a medio cerrar los ojos, con el corazón agitado─ ¡me gustas mucho!...
El vampiro sonrió al escucharla mientras hacía sus caricias más audaces. Integra por su parte, se animó, azuzada por la excitación, a tocarlo debajo de la camiseta que traía puesta. Sintió su piel húmeda, sus músculos firmes que siguió acariciando por debajo de la ropa porque su curiosidad virginal y su deseo eran más fuertes en ese momento que todo prejuicio. Mientras tanto, ¡él sentía que había llegado al cielo! El sólo hecho de percibir las finas manos de su ama, paseándose sobre él, era motivo de felicidad... Después de un rato, él comenzó a succionar con suavidad el delgado cuello de ella, a lamerlo y a besarlo, lo que produjo gemidos dispersos y que unas uñas se clavaran en su espalda.
("¿Qué estoy haciendo? ¡Él es un vampiro!")
─Entonces, ¿me voy? ¿Quieres que me vaya ahora?
(¡Dile que se largue!)
─No... ─dijo ella cerrando los ojos, tan sólo dejándose llevar, como si nada el mundo importara o existiera, como si su mente que le cuestionaba por ese proceder, de repente se hubiera separado de su corazón rebosante de felicidad y su cuerpo pleno de deseo ─ ¡no quiero despertar! ─ aspirando el aroma de él, el cual le embriagaba a pesar de no estar perfumado como casi siempre. Él, que en ese momento, se deshizo de la camiseta para quedar semidesnudo.
Integra sólo sonrió y suspiró. "¡Debe estar utilizando sus poderes mentales para someterte! ¡Esto no puede estar pasando bajo tu plena voluntad! ¡Integra, ¡despierta!" No escuchaba, ¡No quería escuchar! Sólo anhelaba obedecer a su corazón y a su cuerpo. Sintió que, si por alguna razón le ponía un alto aquello, ¡iba a morir miserable y amargamente! Entonces escondió su pudor y prejuicios en la mentira de que aquello no era más que un sueño, adelantó la espalda como buscando un beso, quedaron mejilla con mejilla, sus narices se tocaron, él rodeó con sus brazos la estrecha espalda para acercarse a su boca con lentitud, finalmente ella terminó con el escaso medio centímetro que los separaba y a punto estuvo de recibir el beso enardecido de él, sin embargo no sucedió, por alguna razón Alucard no quiso besarla en los labios y volvió a posar los suyos en las comisuras tan solo. Ni que decir que ella se sintió un tanto decepcionada, pero él bajó del mentón al cuello, lo que, después de un rato de agitarse bajo la ardiente lengua del nosferatu, Integra emuló, libando su cuello haciéndolo estremecer. Así transcurrió un rato hasta que se cansaron y tuvieron que respirar.
─No...no hueles al estanque de sapos ─le dijo mientras acariciaba sus hombros.
─ ¡Lo sé! ─respondió sonriendo ─ y tampoco pasó nada con Sixtina, somos amigos nada más─ mentira a medias. Ella lo miró, tenía la respiración entre cortada, el corazón dando vuelcos y la mente gritando, luchando con una sensación que, para el caso, gritaba más fuerte porque le concediera la gracia de permanecer allí, con él, quien la observaba de una forma que ella rara vez le conoció: decantada de toda perversidad, alejada del pringue malicioso que lo caracterizaba, en su lugar se hallaba la expresión de un hombre gentil, y puede que hasta dulce.
En ese momento tuvo el impulso de ponerse de pie, tomarla en sus brazos y echarla sobre la cama. Ella no protestó, ni intentó detenerlo, ¡mucho menos huir! Se quedó quieta sobre el edredón como una palomita entumida, mirando, sintiendo al potencial amante entrelazar sus piernas con las de ella. Fue allí donde sus manos fueron más atrevidas, comenzando a bajar por el cuello. Él paseó sus dedos sintiendo las primeras costillas, hasta que tocó uno de los despiertos pechos de Integra, la cual respingó asustada ante la placentera y nueva sensación. Él continuó acariciándola por encima de la ropa hasta que no le fue suficiente. Entre quejidos de placer y suspiros, la despojó de la camiseta para hallar un sostén de algodón blanco, en medio, la cruz de plata que él echó detrás del cuello, para después soltar los broches de la prenda íntima. Ella, pudorosa, tapó su pecho con los brazos ("¿Sabes lo que está a pasando? ¡¿tienes una maldita idea de lo que está pasando?! ¡Detenlo ahora!").
─ Integra... ¿quieres que me vaya?
Ella abrió los ojos, lo miró, lo pensó un momento, decir una cosa, o dos, ¡lo que fuera! Pero no lo hizo pues tuvo miedo de enfrentarse a la realidad, una en la que ella le era indiferente y odiosa, así que negó con la cabeza.
Entonces él terminó por deshacer las defensas de su pudor. Ella jadeó entre sorprendida y asustada, más su desasosiego terminó de derrumbarse cuando la acarició sin piedad, con ansia (al ponerle las manos encima, él sintió un latigazo de placer aterrizando en su propia intimidad) y sentía que no iba a poder más al verla arquear la espalda y jadear transida de placer, como sólo una niña inexperta podía hacerlo. Más nada comparado a cuando él decidió seguir con la boca: succionando, lamiendo y mordisqueando con suavidad ("¡Integra! ¡Detén esto!"), y como si su voluntad no estuviera lo suficientemente fisurada, él introdujo una mano dentro de sus pantaletas para hallarla más húmeda que Inglaterra. Ella gimió y dijo su nombre una y otra vez cuando él permaneció allí acariciando, frotando con maestría el delicado secreto entre sus piernas, mientras ella se aferraba a las sabanas con fuerza, frotaba los mulsos uno contra el otro, aprisionando la experta mano de su siervo, sin poder contener sus gemidos... ("La duda, ¡maldita duda clavada! ¿En verdad será ella inmaculada aún?" El sólo explorar con sus dedos la parte más íntima, secreta y cerrada, le hicieron darse cuenta que, sin lugar a duda la joven era pura. Tampoco se reprochó el haberse cerciorado, era odiosa y cruel la intención, ¡pero tenía que saberlo!).
Entonces ya no quiso, ¡ya no pudo detenerse! Bajó los pantaloncillos deportivos que la muchacha tenía puestos para hallar una curiosa pantaleta de algodón estampada con figuras de Hello Kitty, decorada con un primoroso listón rosa debajo del ombligo (años después él le llegaría a jugar una broma pesada, preguntándole si aún usaba pantis de Kitty, o ya no). Levantó una ceja y esbozó una sonrisa mientras contemplaba esa prenda de niña, la joven estaba tendida, mullida en su propio edredón, prácticamente desnuda, estremeciéndose. De verdad se preguntó si era redituable poseer a una chiquilla, pero antes de que pudiera hacer más reconsideraciones, ella comenzó a tratar de desabrochar la bragueta de sus jeans mojados, adheridos a sus largas piernas, y como sus intentos fueran torpes, él le ayudó, dejando que ella introdujera su delicada mano para tocar su hombría despierta que ya rogaba por atención, por ello fue recibida por él con bastante agradecimiento. Así pues, él se giró para dejar a la joven sobre él y dejarla proseguir con su tarea a la que ponía esmero. Empezó a acariciarle tan bien como su inexperiencia se lo permitía, él le indicaba el cómo y el cuándo, suspirando, jadeando, aferrando el trasero de ella entre sus manos. Cuando al tiempo de estimularlo, ella volvió a besar su cuello, lamiéndolo con suavidad, y repartió más besos y lengüetadas, más caricias en el resto de su piel. Después de un rato de aquello, él la volvió a recostar, ella entonces acarició una de sus mejillas mientras le sonreía... ("¡Voy a tener relaciones carnales con esta niña!"), se dijo a sí mismo, que en ese momento comenzaba a bajar la prenda a través de las piernas de ella... (¡"no es que sea lo peor que haya hecho! ... Además, ¡prácticamente es una mujer!"), ("¡Integra, no! ¡¿Qué es lo que estás a punto de permitir?! ¡Detente!") La jovencita tan sólo elevó la cadera para que él quitará su última prenda de vestir. Estaba dispuesta, pero como si su espíritu y su mente no estuvieran allí en ese momento (¡Reacciona, reacciona!... ¡Si haces esto aquí y ahora, te vas a arrepentir por el resto de tu vida!") Besos esparcidos, caricias: las manos de ella bajando por la espalda hasta el firme trasero de él ("¿sabes que ahora podrías hacer lo que quieras con ella? Podrías tomarla como te dé la gana, luego morderla, ¡bebértela!... ¡sería tu venganza perfecta! ¡Serías libre de nuevo y fulminarías lo que queda de la estirpe que te esclavizó! ¡Es tu oportunidad! ¡Ahora o nunca, Rey no muerto!) ...sus manos bajando a través de las piernas estilizadas de la chica ("puedo hacerlo, pero..."), poniendo al descubierto absolutamente toda la belleza de ella que se ruborizo aún más de lo que estaba ("¡estás a punto de cometer uno de los peores errores de tu vida!... ¡Estás a punto de deshonrarte!") ("¡hazlo! Ahora o nunca, ¡libérate y véngate!") ...Él terminó de desvestirla sin poder dejar de contemplar su lozana y perfecta belleza, para entonces ambos se habían quedado tan desnudos como el día en que vinieron al mundo. Ella lo observó también, para ella, ¡todo eso novedad! Así que sólo suspiró sintiendo que se derretía, que las polillas de su estómago ahora danzaban centímetros mucho más abajo. Él se estrechó con ella, tendiendo su cuerpo encima. Ella abrazó la cadera con sus piernas como por instinto, y así estuvieron un rato: besándose, acariciándose todo lo que podían, revolcándose sobre la cama, retozando engarzados...
─ ¡Alucard! ─ mirándolo a los ojos
Él estaba a punto de hacerlo, volvió a tocar para hallarla más húmeda de lo que la había dejado, y realmente iba a seguir, "(¡¿cuántas veces has querido hacerlo?!")...sin embargo... ¡sin embargo algo lo detuvo en el último momento! Algo en ese momento desconocido, sin nombre le impidió seguir adelante a pesar de arder en deseos de hacerlo, entonces...
─ ¿Alucard?
Él la miró a los ojos con miedo, pero de sí mismo. Como en un acto reflejo se separó de ella cual si fuera un hierro al rojo vivo a punto de quemarlo, se quedó allí, de rodillas, mirándola con una expresión de desconcierto, de espanto: ─No... ¡no puedo hacerlo!
Ella se incorporó por completó y lo miró confundida y consternada: ─ ¡Esto no es un sueño! ─ y se hizo un ovillo como si tuviera caso esconder su desnudes aún ("¡Tuvo que ser él el que se detuviera! ¡Qué vergüenza!").
Él ya había bajado de la cama, juntando su ropa esparcida, tratando de vestirse a toda prisa (¡pe...¡¿pero qué demonios fue eso?!"), ella miraba al vacío, angustiada, deseando, tal vez, rebobinar el tiempo. Por último, antes de desaparecer de la habitación, mientras intentaba subir sus pantalones, volteó a mirarla: afectada, confundida, pero sobre todo herida, juntando sus rodillas contra el pecho, mirando al vacío como buscando respuesta ("¡Qué vergüenza!, ¡Integra, qué vergüenza! ¡Te has comportado como una cualquiera!").
─ ¡Perdóname Integra! ─y traspuso la pared de la recamara, dejando a la adolescente hundida en una vorágine espantosa de pensamientos y sensaciones, que lo único que pudo hacer, fue dejarse caer en la cama y echar a llorar. ("¿lo ves? ¡Hasta él supo que no valías la pena! ¡Eres una ramera, Integra Hellsing!")
Afuera de la habitación, él sólo atinó a dar unos pasos para después recargar su peso contra la pared, deteniéndose para pensar en lo que acaba de ocurrir... ("¿Qué fue eso? ¡¿Qué mierda fue eso?! ¡Era tan fácil, tan sencillo! ¡¿Por qué demonios no lo hiciste?! ¡Tomar a una virgen indefensa! ¡Gran cosa! Y no cualquier virgen, ¡sino la que contiene tu libertad!")
─Por... ¿Por qué? ─ se preguntó a sí mismo totalmente desconcertado, pasando una mano sobre su rostro ─... ¡¿por qué...?! ─ ¡Y en ese preciso momento lo descubrió! Sí, ¡lo hizo! ¡En ese instante todo fue claro! Diáfano como la lluvia que caía del cielo, evidente ante sí mismo;una verdad que había estado presente todo ese tiempo pero que él se había negado a ver, o a escudriñar, a preguntarse a sí mismo, más en ese preciso momento había llegado como una terrible epifanía que le hizo resbalarse por la pared hasta quedar sentado sobre el suelo, boquiabierto y consternado hasta la medula de sus huesos: ¡estaba total y profundamente enamorado de Integra Hellsing!
"¡No! No sólo gusto de ella... ¡la amo!"...Su corazón se lo dijo, sus sentimientos hacía tantos años yertos, se lo confirmaron y aquello que creyó muerto para la eternidad, aquello que él jamás pensó volver a sentir, ahora había renacido con toda fuerza y crueldad... "No, ¡no!" Se levantó, miró casi con rabia la puerta cerrada de la doncella, y huyó hasta su lóbrego sótano.
─ ¡No! ¡¿Cómo, cómo demonios lo has logrado?! Una... ¡una mocosa tan sólo!, ¡yo, el rey no muerto!
Lo supo, si antes su falta de voluntad, su inercia ante su desgraciada no-vida, fue la que permitió a esa familia apoderarse de él, sellarlo, esclavizarlo, ahora tenía la plena certeza de que era otro el motivo: no sólo portaba una cadena, ¡sino que ahora amaba llevarla a cuestas!
Integra también luchaba con los demonios y los fantasmas que esa misma madrugada se habían desencadenado con cada caricia, con cada beso, con cada centímetro de la piel de él.
Mientras cabizbaja tomaba una ducha tibia, dejaba que el agua resbalara por su cuerpo el cual consideraba mancillado. ¡Se sentía sucia, culpable, indigna de su apellido, su Casa y su familia! Sus prejuicios la estaban fustigando con fuerza, así su único consuelo era aferrarse a la idea de que él lo había propiciado todo, la había envuelto, ¡embaucado! Para hacer lo que habían hecho, ¡todo al abrigo de sus artimañas! Al mismo tiempo se preguntaba porque él había desistido, de modo que si el haber estado dispuesta a entregarse en un momento de debilidad, la torturaba, el haberlo visto rechazar esa oportunidad, la hería más allá de lo que a ella le hubiera gustado admitir. Así, dejó que el agua de la ducha se llevara sus lágrimas, como deseando que todo su pesar y lo que el vampiro la hacía sentir, junto a las huellas de sus caricias y besos, se escurriera por el desagüe, hasta las cloacas quedándose confundido entre la demás suciedad.
Luego de lavarse los dientes y cepillar su cabello, vistió un pijama de algodón muy holgada; se curó ella misma la herida en su rodilla, puso ungüento en los hematomas de su rostro. Mientras recogía del suelo la ropa sucia, bebiéndose sus lágrimas, pensando en su absurdo enamoramiento de niña tonta, y en lo imposible de ver realizado ese sentimiento alguna vez, pensaba: "¿por qué no me enamoré de un hombre de mi edad, de mi condición?"...Un pensamiento atroz atravesó por su mente: se vio a sí misma casada con Charles por compromiso, ¡pero amando siempre a Alucard!...Con esas imágenes mentales fue hasta su lecho y se arropó, (el cobertor, le parecía, aún olía a él)...Cerró los ojos, los recuerdos de lo que acababa de vivir le llenaron la mente: cada sensación, cada emoción, cada caricia y beso. Entonces un sentimiento de dicha profundo como el Universo se cundía en ella, para luego mezclarse con la incertidumbre, la culpa, la añoranza terrible y el desasosiego. Se aferró a la almohada, la golpeó, la mordió como desquitando su frustración. De nuevo se imaginó al lado de Charles, compartiendo su lecho, entregando su cuerpo, pero con Alucard siempre en su mente y su corazón, ¡y lo maldijo! Maldijo al vampiro por ser lo que era, por hacer de aquello algo imposible, por no estar ahora mismo con ella y por no estrecharla en sus brazos hasta que se quedara dormida.
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A pesar de llevar más de veinte horas despierto, Alucard no podía descansar, ahora miraba la madrugada recrudecerse a través de vitral de la biblioteca. Sorbiendo lentamente sangre médica con una pajilla, intentaba llenar su estómago, porque llenar su pecho yerto no podía. Suspirando "como un imbécil", miraba las gotas de la lluvia incesante destruirse contra el cristal, como sentía su alma y su ser no-vivo se destruía en añicos con cada respiración, con cada imagen de ella, con cada recuerdo de la piel, la boca, ¡el cuerpo de ella!
Suspiró, sí, volvió a mirar al cielo: "de todos mis acérrimos y acendrados enemigos, ¡una niña ha logrado vencerme!" Herido de muerte, con una incisión mucho más brutal y profusa que la estaca del bisabuelo, la Casa Hellsing había, al fin, esgrimido su arma más potente: una hermosa doncella.
"¡Tú ganas!", dijo para sus adentros negando con la cabeza, sintiendo que el llanto quemaba sus ojos, porque la joven no podía ser suya. Sin evitarlo, gruesas gotas saladas escaparon traicioneras y burlonas por sus ojos, sólo para evaporarse al tocar su piel, ¡se enfureció! Tomó la botella de vino que yacía en la mesita frente a él y la estrelló contra la pared, destrozándola como hubiera querido destrozar sus adentros que clamaban, ¡que le pedían a gritos que ella fuera para él! Y de repente supo lo que tenía que hacer: ─ ¡Está vez no me alejarán de ella! ─ levantando la mirada hacia la fotografía de Arthur Hellsing que descansaba en una de las paredes, junto al daguerrotipo del legendario doctor Abraham, y el hijo de este─ ¡ella tiene que ser mía!
Momentos después repasó en su mente las consecuencias de sentir demasiado por una mujer, llegando a la misma conclusión: siempre lo perdía todo, ¡absolutamente todo!, ¡como un necio! ¡Como un pobre infeliz! Entonces, ¿qué garantías tenía ahora de no terminar derrotado y destruido como había pasado dos veces ya en a lo largo de su remoto pasado? ¡Por supuesto ninguna! Pero sabía que tampoco podía, ni quería darse por vencido. Así, de frente al retrato de sus antiguos amos, tomó esa determinación, declarándolo en voz alta, como si los Hellsing en la pared pudieran escucharlo desde su remoto paradero en la eternidad: ─ ¡Ella me pertenecerá!... ¡lo juro por mi honor como Dracul!
Se dejó caer de rodillas, exhausto por el peso de las circunstancias, porque en esa tormentosa noche oscura, la locura y la obsesión no tenían ya nada más que decirse.
