XIX
Dragón, no esclavo
No tenía ganas de ir a casa. A pesar de sus múltiples ocupaciones y pendientes, simplemente deseaba permanecer allí tranquila, en la paz del reposo espiritual, en los cánticos del coro, en el olor de incienso y flores, debajo de las enormes e imponentes cúpulas góticas por donde se desperdigaban sonidos y veían morir la tarde a través de los vitrales multicolor, (reminiscencias de un sol en agonía que bañaba los altares, las estatuas, los monumentos, las tumbas a su alrededor). Exhaló en un largo suspiro al recordar ese día de hace cuatro años cuando fue ungida como miembro de la logia de la Mesa Redonda. Allí mismo, en el sótano secreto de la Abadía que la acogió como a una hija, en lo más profundo de su seno, de donde, luego, emergió con todo el legado de su padre a cuestas, un título nobiliario y una losa de deber sobre su espalda. Como un acto reflejo acarició entre sus dedos la cruz de plata sobre su pecho, perdió la mirada en la cruz dorada del gran altar, y se preguntó, ─ recordando el fiasco vivido hacía un par de horas, en la reunión con los oficiales del gobierno ─, si acaso la madre Inglaterra la recordaría en los años por venir o si simplemente sería olvidada en un viejo archivero, en el seno oscuro de su fría mansión o en el melancólico seno de una fría tumba. Entonces tuvo una visión: vio su casona más lúgubre (si era posible), olvidada, dejada al desamparo del abandono, ajada, ¡trágicamente vieja! Doblegada bajo la crueldad del tiempo, reclamada por la naturaleza, a medio roer por la soledad, en medio de una maraña de espinos y hierbajos, ¡en ruinas! Parpadeó varias veces para alejar aquella imagen materializada unos segundos entre el humo del incienso sobre el altar. En ese momento no supo porqué, pero un escalofrío la recorrió, aunque ella prefirió confundir vaticinio con imaginación, para volver a pensar en su presente y también en su pasado reciente.
Esa misma tarde, había salido por la puerta principal de la mansión para abordar el Roll Royce que, recién encerado, la esperaba con la portezuela abierta. Traje sastre oscuro, falda de tubo hasta las rodillas; saco entallado; blusa de seda; joyas sencillas, su cruz de plata y el broche de oro blanco de la Casa Hellsing que siempre se ponía en ocasiones como esa. En los dedos tan sólo el anillo que usaban los miembros de la Mesa Redonda. Sus pasos dentro de un par de zapatos de tacón resonaron por el piso mármol del gran recibidor delante de una estela de su perfume francés. En las manos llevaba un bolso pequeño (otro legado de su madre), en el rostro una cantidad bien modesta de maquillaje, en los cabellos un sencillo peinado, algo discreto. Miró su reflejo en uno de los espejos del living room, asintió para sí misma: al menos aparentaba que sentía todo el respeto y la ceremonia del mundo al rendir cuentas a los oficiales del gobierno.
Walter abrió las dos hojas de la puerta para dejar pasar a la dama, luego cerró tras de sí. Afuera los aguardaba el vampiro: acicalado, perfumado, elegantísimo, vestido en el negro lino de un traje italiano, terminando de fumar un cigarrillo. Cuando los vio salir levantó los ojos sobre el borde de las micas oscuras de unas gafas costosas. Alegró sus pupilas con la vista de ella cuya belleza era mucho más resaltada aún con tan leve arreglo.
Integra sintió la mirada, esos ojos normalmente corintos que bajo el hechizo de enmascaramiento (el cual no permitía obviedades en cuanto a la condición vampírica), eran azules como alguna vez, hacía muchos siglos, habían sido. La joven se detuvo unos instantes antes de bajar del pórtico, sostuvo la mirada al rey no muerto, luego descendió los escalones y se aproximó a subir al auto. Alucard arrojó el cigarrillo al suelo, aplastándolo bajó la suela de sus zapatos, para luego caminar hasta el vehículo. Cuando las portezuelas se cerraron estando todos a bordo, Walter encendió el motor y se marcharon.
La tarde, el camino pasaban frente a sus ojos, las calles del vecindario se iban agotando una tras otra, mientras los tres estaban sumergidos en el mutis más incómodo de la Historia. Integra no decía nada porque en esos momentos hubiera preferido estar estudiando para el examen final del día siguiente que estar siendo arrastrada a una reunión por la que hubiera pagado para no asistir. No decía nada porque tampoco quería, al menos estando presente él, quien, junto a ella, miraba por la ventanilla con desenfado, callado porque no aún no se le ocurría nada para abrir la boca, no con Walter al volante. Tampoco le sorprendía que ella no le dirigiera la palabra, ¡sabía que no iba a olvidar tan fácilmente las ofensas de las que fue objeto la tarde del día anterior! Así le hubiese salvado la vida en la madrugada. Tal cual era Integra Hellsing, quien ahora estaba siendo discretamente observada por Walter, a través del espejo, miradas vigilantes que repartía entre ella y el vampiro.
"Ashma daeva… ¿De dónde proviene ese maldito nombre?" Se quebraba el cerebro tratando de recordar si su padre lo había mencionado alguna vez durante sus cátedras, o si lo había leído en alguno de los muchos tomos de demonología de su bisabuelo en los que más tarde pretendía investigar a fondo, pues a pesar de arder en la necesidad de saciar su curiosidad, esa mañana vio imposible hacerlo al haber dormido hasta el mediodía, despertar apurada por la promesa de la cita de esa tarde, desayunar, estudiar un poco, bañarse, vestirse, ¡en fin! Su apretada agenda no contemplaba, ni por asomo, esa repentina convocatoria, más ahora tenía que perder el tiempo, llevando a su mascota quien ya se había cansado del silencio, por ello encendió con telequinesis la radio del Roll Royce. Sonó una canción de los Beatles.
Somewhere in her smile she knows that I don't need no other lover, something in her style that shows me I don't want to leave her now, you know i believe and how!...
Él comenzó a tararearla en voz queda: ─You're asking me will my love grow… I don't know, I don't know! ─ Integra volteó, sus miradas convergieron ─ you stick around now it may show, I don't know, I don't know!
Ella entrecerró los ojos en un gesto melancólico, entonces volvió la cara hacia la ventanilla. Alucard suspiró con una sonrisita de fastidio. Prosiguieron el camino hasta el corazón de Londres, donde arribaron a las puertas del palacio de Westminster con quince minutos de anticipo.
Al bajar del auto la joven miró el viejo edificio. Con la mano atajando el sol, alzó la cabeza para mirar la hora en la caratula del Big Ben. Observó a su alrededor: centro de Londres, domingo por la tarde, todo atestado de gente en paseo dominical y turistas haciéndose fotos frente al famoso recinto. La dama exhaló con un dejo de fastidio, ¿y por qué no decirlo? Temor ante lo incierto, molestia ante la expectativa de ser reprendida, que con seguridad era lo que iba a ocurrir. Suspiró entonces acomodándose el traje, tomando el bolso de mano echó a andar delante de sus dos subordinados.
A punto estaban de ingresar, cuando del auto que acaba de aparcar junto a la acera, bajó otro miembro de la Mesa Redonda. Integra detuvo su marcha al ver a Sir Shelby Pendwood. El atolondrado caballero buscó a quien pertenecía la mirada que sintió sobre sus hombros, distinguió a Sir Hellsing a unos metros, sonriéndole amistosamente. Después de darle alcance, la saludó con la sonrisa de sus dos ojillos verdes, luego a los otros dos miembros de la Organización con un: "Buenas tardes Walter, buenas tardes lord Alucard". Traspusieron el umbral de la entrada, charlando acerca del escape del par de hermanos que se habían visto inmiscuidos en el intento de secuestro.
Los pasos de los cuatro se esparcían por aquel palacio solemne, ese día y a esa hora muy desahogado de parlamentarios y ministros, de no ser por el pequeño contingente que charlaba entre las columnas del gran lobby.
─…y usted seguramente estará muy complacido cuando su hijo Charles sea miembro de la Cámara de los lores…
─ ¡Nada me haría sentir más orgulloso que ver todos mis esfuerzos puestos en ese muchacho, rendir tales frutos! Créame, sir Marshall, cuando le digo que mi heredero mantendrá en alto el digno nombre de la Casa Islands…
Integra reconoció a sus colegas de lejos, ellos voltearon a mirar a los recién llegados quienes, luego de saludar con toda propiedad, se unieron a la charla
─ ¿En concreto, por quién estamos esperando? ─ preguntó Integra.
─ Por la vice Primer Ministro y dos Oficiales de Estado, Sir Hellsing ─contestó Sir Marshall
─ El Palacio envía al Lord Canciller y al Gran Lord Chamberlain…Por cierto, ¡veo que sus heridas en el rostro van mejorando! Me alegra verla más repuesta…
─Gracias, Sir Irons ─asintiendo con una sonrisa afable, ella, en esos momentos, toda compostura, toda amabilidad.
A unos metros se habían quedado Walter y Alucard, este último ya guardaba sus gafas oscuras dentro del saco. Walter le observaba, carraspeó la garganta acomodándose el monóculo, luego habló lo más queda, pero contundemente posible: ─Ya sé lo que has hecho con el Mercedes. Hoy en la mañana han llamado a la mansión para reportarlo como vandalizado y desbalijado en una calle de Seven Sisters… ¡y también me he dado cuenta de que robaste el reloj que el amo Arthur me regaló! ¿Es que no te cansas de ser tan cretino?
─ ¡Ni que para ser cretino tuviera que andar corriendo!
Walter contestó con una mueca grotesca a la respuesta burlona del vampiro: ─Sabías que ese auto y ese reloj tenían un gran valor sentimental para mí…
─ ¡Ay! ¿En serio? ─con la boca contraída en un exagerado y fingido puchero ─ ¿Ahora qué voy a hacer con la gran, con la tremebunda culpa que me carcome? ¡Voy a despertar llorando a medio día por tu sufrimiento, Walter!
El mayordomo matizó una sonrisa con una tonelada de amargura, preguntándose qué tan grave había sido el pecado para estar soportando la existencia del vampiro, y si algún día llegaría a sobrellevarlo: ─ Al menos espero estarme ganando el cielo, ¡Eres tan insufrible que el mismísimo Dalai Lama te abofetearía!
Alucard tuvo que taparse la boca con la mano para no estallar en carcajadas en pleno lobby del Parlamento. A cinco metros Integra y sus homólogos voltearon a ver la risotada contenida del rey no muerto quien juraba, iba a caer un diluvio, pues Walter había hecho un chiste.
─ ¡Me alegra ver que el nosferatu y Walter mantienen buenas relaciones! ─ expresó sir Irons, mirando la escena por encima de sus anteojos ─ eso definitivamente debe de facilitar las cosas en la Organización, ¿no es así, Integra?
─ Ah, sí, sí, ¡por supuesto! ─ fingiendo normalidad.
En ese momento sonaron, esparcidas en eco por todo el recinto, las cuatro campanadas que anunciaban las cuatro de la tarde en punto, desde la Torre del reloj. También lo hicieron los sonidos de los pasos de la comitiva de Palacio. Los miembros de la Mesa Redonda volvieron la mirada para ver a lord Talbot, gran canciller, con su secretario personal, así como el testigo de Su Majestad, el marqués de Salisbury titulado como Gran Lord Chamberlain, un hombre joven, afable, de agradable presencia. A su lado venía lady Clarence, vice Primer Ministro de la Gran Bretaña.
─ ¡Así que esa es la famosa Dame! ─ expresó el canciller al marqués en voz queda. Lord Talbot, un hombre apuesto, alto, delgado, castaño oscuro, oji azul, cuya edad madura era remarcada por la barba de candado que usaba.
─ La encargada de proteger al reino y a Su Majestad…
─ ¡Demasiado joven y bonita para tener tanto poder!
Ambos lores rieron, mientras terminaban de acercarse. Cuando las dos comitivas estuvieron cara a cara, se saludaron unos a otros con toda ceremonia y protocolo (aunque el recinto estuviese prácticamente vacío y no hubiera nadie para atestiguarlo).
─Me parece que Sir Hellsing no le ha sido presentada, lord Talbot
─ No, aún no, milord
─ Entonces le presento a sir Integra Fairbrook Wingates Hellsing, Dame de la Orden de la Gran Cruz, comandante en jefe de la Organización Hellsing.
─ ¡Mucho gusto, lord Talbot! Parece que nuestras múltiples ocupaciones habían impedido que nos conociéramos en persona ─ Integra extendió la mano para saludar al lord, en vez de hacer una reverencia primero, como marcaba la costumbre. Lord Talbot contestó el saludo dando un ligero apretón de mano.
─ Sin embargo nuestros prestigios nos preceden, milady…
Después de las cortesías y saludos entre los oficiales, la vice Primer Ministro y los allí presentes, (en las que el lord Chamberlain no olvidó presentar al lord nosferatu, y al fiel miembro de la organización al servició del reino, Walter C. Dornez), fueron invitados a pasar a la sala de reuniones que les había sido asignada para su reunión, después de que un mayordomo del recinto hizo su aparición, invitándolos a seguirle.
─ Por aquí por favor, si son tan amables!
Asintiendo, todos le siguieron. Antes de echar a andar, rezagado adrede, sir Irons le dijo en voz queda a sir Penwood: ─ ¡Prepárate Pendwood, porque vamos a besar traseros! ─ sir Penwood no pudo menos que disimular su risa en una tos fingida.
Y las puertas se cerraron tras ellos con un sonido seco que se esparció por los techos altos del edificio. El mismo sonido que hizo la tabla de uno de los reclinatorios al caer al suelo, al ser empujada por un feligrés que deseaba ponerse de rodillas para orar. Integra abrió los ojos, le observó aún con los fragmentos de la reunión rondando en su mente.
Todos dentro de la sala (una habitación espaciosa, elegante, de paredes blancas, pisos de mármol y guarda polvos de madera, con una mesa circular en medio), tomaron lugar en sus respectivos asientos. Cara a cara, los miembros del gobierno, los grandes oficiales del reino mirando de frente a cuatro de los doce de la Convención, además de Alucard y Walter quienes ocuparon asientos continuos a su ama.
─ Bueno, sin mayores preámbulos, comencemos. Sir Hellsing, le hemos notificado por medio de una misiva, el motivo de esta reunión de carácter extraordinario ─ dijo la vice Primer Ministro, una mujer de edad media, delgada, de pómulos pronunciados, piel blanca, cabellera oscura peinada en un impecable moño, enfundada en un elegante vestido ejecutivo.
─ Así es…
─ Milady…─ haciendo una pausa, mirando los detalles en el informe que describía a detalle lo ocurrido ─ voy a ser muy franca… percances tan desafortunados como el del día viernes nos ponen muy… nerviosos…Usted sabe que la confidencialidad con la que deben manejarse los asuntos que, en su digno cargo le conciernen, es una prioridad estricta del Estado.
─ Así es, lo entiendo perfectamente…
─ Y sin embargo, se armó un alboroto en pleno centro de Londres…milady, tuvimos que desviar muchos recursos y mover no menos influencias para que ningún detalle "indeseable" se saliera de nuestro control, ¿no es así, Sir Marshall? ─ Directa, contundente, matizando su severidad con una sonrisa de falsa condescendencia.
─ Le aseguro que no se dirá una palabra ni se cometerá indiscreción alguna en ningún medio, sea este escrito, impreso o electrónico, señora vice Primer Ministro─ agregó amablemente Sir Marshall
─ Bien, y le agradezco, milord, sin embargo…debemos preguntarle, Sir Hellsing, que justamente para eso la hemos citado hoy aquí, ¿cómo fue qué sucedió? ¿Cómo fue que se le salió de las manos? Según mis informes… no se trataba de una misión oficial…
─ Si me permite, puedo explicar que fue lo que ocurrió ─ Integra, sin mostrar el nerviosismo que ya empezaba a punzarle (algo así como la picadura de algún bicho), segura y sin titubeos, ante la mirada fija de todos los demás allí presentes, incluyendo la de Walter y Alucard ─ no, efectivamente no se trataba de una misión oficial, ni mucho menos, sino de un rescate forzoso debido a un atraco inesperado
─ Y ese atraco, ¿cómo fue que ocurrió exactamente, milady? Estamos un poco confundidos al respecto ─ intervino lord Talbot.
─ Fuimos sorprendidos por un par de facinerosos, secuestradores, ¡delincuentes comunes!
─ Usted, ¿y quienes más? ─ Preguntó lady Clarence
─ Lord Robert Walsh Junior, lady Catherine Marshall, lady Margaret Parrish, lord Ralph Lancaster, lady Blair Hamilton y lord Charles Islands…
─ ¡Algunos de los hijos de nuestros ilustres miembros de la Mesa Redonda, ni más ni menos! ─ levantó las cejas el lord canciller─ Ellos son sus amigos, me imagino sale usted con ellos…
─ Así es milord Talbot, tengo relaciones de amistad. De hecho, las damas y yo somos compañeras en el Saint Marie.
─ Y, ¿dónde se encontraban cuando ocurrió el atraco?
─ En la esquina de Gilmore con Baker…
─ ¿Qué hay allí? ¿Qué estaban haciendo exactamente? ─ Lord Talbot, tratando de comprender
─ Según esto ─ lady Clarence, leyendo en el informe ─ en esa susodicha dirección se encuentra el club nocturno llamado 221 B, ¿ustedes se hallaban dentro del inmueble, no es así?
─ Acabábamos de salir de él, precisamente…
La mirada inquisitoria de lady Clarence: ─ Y dice aquí que es un club de naturaleza adulta, por lo tanto, los menores de edad tienen prohibida la entrada ya que dentro está permitida la venta de bebidas alcohólicas, y en este país es ilegal consumirlas sino hasta los veintiún años de edad…─ Integra iba a hablar, pero la político la interrumpió ─ Milady, ¿usted y sus amigos estuvieron bebiendo? …Le recuerdo que mentirles a altos oficiales del gobierno es considerado perjurio, así que…
─ ¡Sí! Consumimos algunas bebidas de esa clase ─ sin titubeo alguno, al tiempo que todos hacían una expresión de desaprobación (menos Walter quien miraba a su ama, preocupado, y Alucard quien tan sólo se entretenía jugando aburridamente con algunos pedazos de papel).
─ Milady, violó usted la ley…
─ No era esa mi intención…
─ Y me parece que lo hace a menudo… ¿tiene problemas con el alcohol?
─ No, ¡desde luego que no!…
─ Señorita Hellsing…según nos informan reportes confidenciales… ese club es propiedad de un trio de hermanos italianos que acostumbran sobornar a facciones corruptas del departamento de sanidad, ya que se ha detectado venta de estupefacientes.
─ Eso no lo sabía, puedo jurarlo…
─ ¿De verdad, señorita? Porque…─ la Ministro, tomando otro informe ─ justo en estos momentos dos de sus amigos, lady Hamilton y lord Lancaster se hallan internados en el Hospital Saint James, el diagnóstico fue… sobredosis por narcóticos. Me parece que sus compañeros sí sabían lo que ocurre en ese lugar… ─ de nuevo el cuchicheo entre los presentes, Sir Hugh tan sólo se cruzó de brazos, incómodo y molesto, Sir Pendwood movía negativamente la cabeza, Sir Marshall, igual; los oficiales del gobierno se dijeron algo entre sí; Walter exhaló preocupado; Alucard sólo miraba todo con aburrimiento.
─ Pues yo no, ya se lo dije. Yo ignoraba por completo si en ese lugar se venden drogas, pero si ustedes lo saben no sé porque no lo han clausurado…una muy querida amiga mía estuvo a punto de morir, no es que sea algo que me alegre…
Los oficiales y la ministro miraron a Integra enarcando las cejas, al parecer habían hallado la vena contestataria de la chiquilla.
─ Parece que es muy eficiente armando juicios hacia lo que le rodea, milady…
─ Sólo es cuestión de sentido común…yo no soy responsable de las corruptelas del departamento de sanidad, en todo caso.
─ Señorita Hellsing, ¡no nos desviemos de este tema! ─interrumpió la ministro con tono severo─ Estamos aquí para aclarar el asunto del viernes por la noche, ya que estuvieron involucrados seres sobrenaturales, como usted ha de suponer…eso lo convierte en su jurisdicción y a usted en responsable directa de un evento a cientos de ojos vistos, ¡tal vez miles de personas de la ciudad! Entonces, ¿cómo se le salió de las manos?
─ No fue así, se hizo todo lo posible porque el altercado pasara como uno del fuero común…
─ Desde luego, señorita, ¡con autos saliendo disparados por el aire en medio del Puente de la Torre sin explicación alguna! ─ Al escuchar mencionar su hazaña, Alucard hizo rodar los ojos sonriendo, pero se mantuvo en silencio.
─ No había otra manera de detenerlos al parecer, era eso o poner en riesgo a elementos de la Policía Metropolitana…
─Sir Hellsing, según he leído, escuchado y entendido ─ intervino lord Talbot ─ todo esto se pudo haber evitado si usted no…hubiera estado presente en un bar inapropiado, en mediano estado de ebriedad, ¿no es así?
─ ¿Cómo podríamos saber que seriamos víctimas del crimen organizado de la ciudad, milord? Sólo estábamos divirtiéndonos…
─ Me parece que hay diversiones más sanas y propias para jovencitos… ─ agregó el oficial.
─ Sir Hellsing, eeeh, ¿cómo podría explicarle? Usted tiene un compromiso de vida con este reino ─ la ministro apoyando la punta de su bolígrafo contra los documentos ─ dicho de otro modo, usted no puede darse el lujo de ser irresponsable y desenfadada como otros adolescentes… ¡creo que en eso se resume todo este asunto! La presencia de nosferatu salidos de la nada, ¡no es casualidad! Todo apunta a que iban detrás de usted y su guardián presente en la escena ─ ella señaló entonces a Alucard, quien por toda contestación la miró ─ lord Alucard, ¿estaba usted con su ama cuando los incidentes tuvieron lugar?
─ Así es milady, estaba en las inmediaciones… ─hasta entonces el rey no muerto levantó la mirada para ver fijamente a su interlocutora.
─ ¿Estuvo usted en todo momento con ella?
Entonces Alucard tuvo que inventar una historia más o menos plausible para evitar decir que Integra había escapado de su custodia, algo así como que montaba guardia fuera del club. Después de un interrogatorio y una discusión que involucró a los cuatro miembros de la Mesa Redonda, ─el cual a Alucard le pareció más banal que provechoso, pero que sin embargo sacaba a flote conclusiones muy desfavorables ─ lord Talbot pidió la palabra para decir.
─ Entiendo que todo ese lío fue con motivo de un rescate, sin embargo, creo, como la Vice Primer Ministro, que el secuestro de la joven Hamilton sólo fue un pretexto, y que a quien cazaban esos criminales era a usted sir Hellsing, ¡luego entonces, le sugeriría que se abstuviera de conductas irresponsables! No puede darse el lujo de andar por allí "divirtiéndose". La situación se le salió de las manos porque, y con todo respeto, no creo que haya estado en sus cinco sentidos…
─ ¿Insinúa que estaba intoxicada?
─ Todo puede ser, sir Hellsing, ¿es que debemos ordenarle un examen de sangre?
Entonces los colegas de Integra alzaron la voz, pidieron moderaran la severidad de su discurso ya que una ofensa contra un miembro de la Mesa Redonda, era una ofensa a la Mesa entera. Integra tan sólo exhaló un suspiro intentando guardar calma, Walter puso una mano en su hombro al ver que una discusión entre los miembros de la Mesa Redonda y del gobierno que se había desatado campalmente.
─ ¡Tranquila, señorita! Le aseguro que saldrá airosa de este asunto ─ Ella no contestó, sólo le sonrió con cariño, agradeciendo su apoyo moral.
─ ¡No pueden pasar de nuestra solemnidad ni faltarnos al respeto como si fuéramos un gremio de tenderos, no pueden dudar del pundonor de uno de nuestros miembros de esa manera! ─ Sir Hugh, levantando la voz.
─ La refriega se originó debido al valor que Sir Hellsing mostró al poner fuera de peligro a una joven indefensa ─ agregó Marshall, con más ecuanimidad.
─ Sin embargo, la señorita Hellsing ordenó acciones imprudentes como el despliegue del poder de su guardián…
─ Señores, les pido que dejen de hablar de mi como si fuera un rifle almacenado en alguna vieja armería ─ Alucard alzando por vez primera la voz, haciendo callar a todos los presentes. El Gran lord nosferatu imponía con su presencia. Hastiado por la discusión, se erguía señorial, les dijo sin rastro de artimaña en sus ojos claros disfrazados por arte de magia en pupilas humanas ─ señores oficiales del Estado, señora Vice Primer Ministro, ¿alguna vez han tratado de esclavizar a un dragón?
Los aludidos se miraron a las caras confundidos, entonces la vice primer ministro fue quien rompió el silencio: ─ Milord, le respondería si supiera que es lo que trata de decir exactamente…me parece que su metáfora es confusa.
─ Milady, ¡es claro! ─ se acomodó en su asiento con desenfado y parsimonia, dándose el porte que siempre había poseído ─ no soy un vulgar lacayo, no obedezco bajo el temor a una cuarta o un látigo, ¡nadie firmó por mí un contrato de compra venta! Y tampoco temo, ni he temido a mis amos. Mi ama, Sir Integra Hellsing no ordenó el despliegue de mis poderes, ni la demostración de telequinesis en el puente, ¡ni mucho menos la liberación de mi primer sello en el Regent's park! ─Integra volteó a verlo sin haber decidido sentirse aliviada o preocupada por esa aseveración.
─ Lord Alucard, ¿quiere usted decir que su ama no logra imponer su autoridad sobre usted? ─ el canciller Talbot, levantando una ceja, inquisitivo.
─ ¡Por supuesto que impone autoridad! ¿Por qué cree que estoy aquí, entre ustedes ahora? Pude haberla asesinado en cuanto la conocí ─la aludida levanto las cejas, mirándolo con sorpresa ─ ya que sólo era una niña aparentemente indefensa, sin embargo, en dos minutos se ganó mi respeto, mi lealtad y mi voluntad de servirle.
─ Entonces, ¿cómo es que usted, estando bajo el completo mando de Sir Hellsing, actuó por su propia voluntad?
─ Ya se lo dije, señora Vice Primer Ministro… ¿a usted tratado de convertir a un dragón en marioneta? ─ cruzándose de brazos con actitud y ufana mirada. La ministro exhaló, sonriendo socarrona lo miró, luego a Integra.
─ Entiendo lo que quiere decir, sin embargo, hay asuntos muy delicados que…
─ ¡Si por mi hubiera sido los hubiera asesinado a todos en plena avenida, señora! No se confunda ─ recargándose en el respaldo de la silla, empalmando los dedos de sus manos, ante la mirada atenta y escrutadora de cada persona allí dentro ─ sin embargo me ceñí a las órdenes que mi ama dio: rescatar sana y salva a la joven Hamilton, y poner a disposición de las autoridades a los captores. Los incidentes colaterales fueron consecuencias inevitables, la presencia de otros nosferatu en la escena…un hecho que pudo haber degenerado en atrocidad de no haber estado mi ama presente…Yo debo total obediencia a mi general, pero si a este le hiciere falta experiencia, es mi deber apoyarle con la mía, que modestia aparte, es extensa… En algún momento del enfrentamiento nos tuvimos que separar, de ningún modo ella pudo haber previsto, mucho menos ordenado el ataque, pero de no haber yo tomado esa decisión, ¿qué habría pasado?
─ A propósito, lord Alucard… no efectuó el rescate usted solo, ¿verdad? "La bruja de la calle Baker", así le llaman a esta mujer que estuvo presente en los lugares de los hechos.
─ Así es…
─ ¿Qué relación guarda con ella, lord Alucard? ─ y todas las miradas volvieron a converger en el nosferatu
─ Ella es una vampireza por mi voluntad, es una de mis familiares. La convertí en nosferatu hace siglos, nos hallamos por casualidad aquí en la ciudad apenas la tarde del viernes.
─ ¿Cuál es su verdadero nombre?
─ Sixtina Lo Giudice
─ Con más exactitud, ¿hace cuánto que la convirtió?
─ Finales del siglo XVIII…
─ Una antigua vampireza libre, fuera de control, ¡rondando a sus anchas por las calles de Londres! ¿No cree que debería hacer algo al respecto?
─ Es decir, ¿me sugiere liquidarla...?
─ ¿Cómo sabemos que no es una amenaza?
─ Si lo fuera no estaríamos hablando de ella ahora mismo, más si decide convertirse en una…entonces no dudaría en hacer mi trabajo.
─ Es extranjera, ¿no es así?
─ De nacionalidad italiana…
─ ¡Demasiados extranjeros en este país!…─ masculló entre dientes Lord Talbot, mirando a sus colegas.
─ ¿Desconfía usted, Lord Canciller?
El hombre levantó los ojos grises para responder con desenfado: ─ ¡Tal vez!…Usted, por ejemplo, dice ofrecer toda su lealtad a su ama, un "general" en cuyas manos está una parte importante de la seguridad de este reino, por lo tanto, estamos poniendo esa seguridad en manos de alguien que a la par de no ser un ser humano, no es ni siquiera un ciudadano británico…
─ Con todo respeto, Lord Canciller, pero yo he habitado en este país mucho, ¡pero mucho más tiempo que usted! He servido a este reino, ¡he sangrado por este reino! Dos guerras mundiales, más las batallas que he librado tantas veces desde que llegué aquí hace más de un siglo. Para efectos prácticos, creo que eso me convierte en un británico, ¿no lo cree
Integra esbozó una sonrisa al escuchar exaltar su propio sentimiento patriótico. Lord Talbot frunció la boca ante el irrefutable argumento del nosferatu. El marqués de Salisbury carraspeó la garganta (casi parecía estarse divirtiendo), pero fue Lady Clarence quien volvió a tomar la palabra.
─ Creo que ha dejado muy claro su punto, lord Alucard, sin embargo, el objetivo ulterior de esta reunión es determinar la eficiencia del desempeño de Sir Hellsing como directora de la Organización Hellsing.
Un cuchicheo generalizado por parte de los colegas de la joven, así como la mirada sorprendida y el gesto inquieto de Integra, quien hasta ese momento mostró muy un poco el desosiego que la estaba atormentando, minutos en los que había estado deseando convertirse en cenizas y desparecer dentro de su elegante traje sastre.
─ Señora Vice Primer Ministro, yo le aseguro que el trabajo que la señorita Hellsing hace es de incuestionable lealtad y valor…─ Walter tomando la palabra por asalto, levantándose incluso de su asiento, apoyando ambas manos enguantadas sobre la mesa.
─ Señor Dornez, es muy loable su intervención, la cual sabemos está motivada por el cariño que siente hacia su ama, pero le pedimos que aguarde el momento del interrogatorio para el cual ha sido citado aquí.
El mayordomo exhaló un suspiró pesado como sus años, y tuvo que volver a tomar asiento, para escuchar como Sir Marshal, Sir Pendwood y Sir Irons (quien los miraba osco, mal humorado y siempre a dos segundos de perder los estribos) rendían su parecer ante el desempeño de Integra, quien sólo tenía que contentarse con escuchar. Por suerte sus camaradas eran leales y habían aprendido a valorar a la más joven e insigne camarada de la Mesa Redonda de todos los tiempos.
Después de aquello vino un interrogatorio a Walter, donde se le cuestionó acerca del trabajo como líder de su ama en comparación con sus otros dos amos, pero también un cuestionamiento muy serio y extra oficial de parte de Hugh Islands, quien pidió la palabra para preguntarle al viejo mayordomo a que se había debido un nuevo viaje a Sudamérica. Cuando el viejo Sir prorrumpió con el cuestionamiento, hubo un silencio expectante; Alucard sonrió de medio lado mirando con ciertoa ironía; Integra misma fijo los ojos ansiosos en su mayordomo.
─ Por favor, Walter, ¡en verdad estoy interesado en saber que te aparta del reino y de tus deberes! ─ dijo Alucard
El sirviente estaba buscando palabras para contestar, cuando lord Talbot intervino: ─ No creo que esa pregunta sea relevante para nuestro asunto…
─ ¿Milord…? ─ Sir Irons con una mirada más que inquisitiva, asombrada, casi incrédula de sus ojos azules.
─ Estamos aquí valorando la conducta de Sir Hellsing, no de su mayordomo quien sólo ha venido aquí para rendir una declaración como testigo…
Walter iba a decir algo más para excusar el mutis que siempre envolvía a esas misiones extra oficiales, pero lord Talbot parecía estar empeñado en no permitirle tocar, siquiera, el asunto.
─ Lord Canciller…si me disculpa, pero la ausencia del señor Dornez, según la hipótesis de la señora Vice Primer ministro, fue un determinante para que mi ama se expusiera esa noche en ese lugar, así que, conocer las poderosas razones que orillaron a Walter a dejar a un lado sus capitales deberes, podrían ser atenuantes a la causa de mi ama…Por cierto, si esto es un juicio no debidamente anunciado, yo pido el rol de abogado defensor, ya que ustedes son los fiscales.
─ Gracias por el paréntesis, lord Alucard, ¡y por su apasionado interés! ─ lord Talbot, un tanto hastiado por la cantaleta de Islands y del vampiro, ante la mirada divertida del marqués, hombre desenfadado quien estaba allí sólo para ser testigo y oídos de Su Majestad, y la fastidiada de lady Clarence, quien ahora veía su reloj de pulso ─ bien, ¡yo contestaré por el señor Dornez! La orden de viajar a Sudamérica vino directamente de Palacio, y la oficina del Gran Sello asignada a mi cargo, se asume la autoría de la orden como tal…
Ante tal respuesta, Alucard y Sir Islands volvieron a verse las caras, sorprendidos y escépticos, al tiempo que Walter desahogaba su nerviosismo jugando a acomodarse la corbata, luego levantó los ojos cansados sólo para toparse con los escrutadores e inquisidores de Alucard quien perjuraba que algún día aparecería el peine de ese embrollo, y los extrañados e interrogantes de Integra, quien parecía traspasarlo, pensando "¡creí que sólo yo tenía autoridad para darte ordenes!" Como en ese momento, el mayordomo no podía explicar nada a su ama, la miró como tratando decirle que perdonara su omisión y ese rasgo de deslealtad. Integra pudo ver en los ojos de su fiel sirviente algo más que ansiedad, era algo así como un sentimiento de culpa, como si le pidiera perdón por cosas que había hecho, aunque también, sin que ella lo supiera, le pedía perdón por cosas que iba a hacer.
─ ¡Bien, bien, bien! ¡Esto se ha descontextualizado! Pido nos concentremos en el asunto que originalmente nos trajo aquí ─ intervino lady Clarence ─ ya hemos consultado con algunos de sus camaradas, así como con sus subordinados, señorita. Aún faltaría saber la opinión del resto de los miembros de la Mesa Redonda, sin embargo, ahora mismo abordaré un asunto más, sólo para dejar este asunto zanjado ─ volvió a mirar su reloj de pulso, levantó las cejas ─ nos hemos tomado la molestia de…─ mirando otro documento ─ pedir referencias sobre usted a su colegio, ¡renombrada y prestigiada institución, debo decir! Yo misma soy una graduada, y…lo que nos ha informado lady Philips no es del todo satisfactorio, Sir Hellsing… ─ la heredera no pudo evitar rodar los ojos y suspirar ─ parece que sí tiene algunos problemas de conducta… Según esto ─ leyendo los papeles que tenía en la mano, los cuales compartía con lord Talbot ─ problemas con la disciplina, problemas con el acatamiento de las disposiciones del colegio, además problemas interpersonales con algunas de sus condiscípulas, incluso dice que el mismo día viernes en la mañana, usted golpeó a una de ellas… ─ la mujer la miró sonriendo, de nuevo todas las miradas convergieron en Integra, quien se cruzó de brazos sin inmutarse, asintiendo.
─ Lo hice…en defensa de mi honor. Todo esto, lady Clarence, es para juzgarme, ¡lo sé! Así que no me extraña no hayan reportado que he sido víctima de acoso escolar…
─ Con la madurez precoz que dicen, usted posee, debería estar por encima de esos problemas, ¿no cree, Sir Hellsing?
─ Con todo respeto, lady Clarence…a veces no queda otro recurso que imponer algo de respeto por medio de la violencia, aunque ciertamente ya no volvería a hacerlo…lo prometo ─seria, molesta, osca.
─ Peleas de instituto, ¿quién no tuvo problemas de instituto? ─ dijo sir Pendwood como evocando recuerdos.
─ Desde luego tú sí Shelby, sobre todo porque eras la presa predilecta de los abusivos en el bachillerato ─ agregó sir Irons a punto de encender un cigarrillo, ya harto y cansado por la situación, a lo que Alucard aprovechó para pedir un poco de tabaco al viejo sir, haciendo señas. Al escuchar el comentario todos rieron, todos menos lady Clarence.
─ Y hay algo más…dice que el viernes a medio día se presentó un tío de la Señorita, un tal J. H. Blenner…
─ ¡Ese fui yo! ─ dijo un sonriente Alucard levantando una mano, después de dar una bocanada a su cigarrillo, Integra se rio al recordar el suceso que dos días antes tanto la había sorprendido ─ al no haber nadie en la Mansión Hellsing que atendiera los asuntos, lo tomé en mis manos, ¡fui tío de Sir Hellsing por un día!
Y todos volvieron a reír de buena gana, todos menos Walter quien rodó los ojos, negando con la cabeza.
─ Señora Vice Primer Ministro, con todo respeto, ¿vamos a seguir aquí escuchando problemas de colegialas? ¿Acaso no tenemos cosas más importantes qué hacer?
─ ¡Por supuesto sir Irons! Decidir qué hacer…Sir Hellsing, por todo lo expuesto aquí, estoy temiendo que tal vez la mejor opción para usted y nosotros es que sea removida temporalmente de su cargo…
─ ¡¿QUÉ?! ─ La jovencita más allá de la consternación ─ ¡no! ¿Por qué haría algo así?
─ Sólo sería hasta que cumpliera la mayoría absoluta de edad, ósea, los veintiún años…de ese modo se hallaría más madura, más serena, más centrada en sus deberes y completamente preparada para satisfacer las demandas que requiere tan comprometido y difícil cargo …─ declaró la ministro
Al terminar la frase, los miembros de la Mesa Redonda volvieron a estallar en protestas.
─ No creo que sea menester dudar de la capacidad de milady Hellsing por asuntos que competen a su vida personal ─ Sir Pendwood.
─ Esto es llevar el asunto a la exageración ─ Sir Marshall
─ ¡Estoy seguro de que algo debe poder hacerse para remediar esta situación! ─ Walter
Integra estaba turbada y por dos segundos, desencajada, aferrándose a su asiento.
─ Esto no me parece lo correcto, ¿y mientras tanto quién tomaría las riendas?
─ Usted, Sir Irons…
Entonces Integra tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no reventar: la Organización Hellsing en manos de la familia Islands, ¡un tanto pero mucho más cerca de Charles! ¡No! A Alucard por su parte, casi se le cayó la mandíbula al piso, Sir Irons parecía tan sorprendido como sus homólogos.
─ No, me parece que sería faltar a la memoria de mi amigo Arthur, ¡qué en paz descanse!
─ Si me lo permite, señora Vice Primer Ministro…creo que no hay porque precipitarse…
─ Lord Alucard, la seguridad nacional es un asunto que requiere soluciones rápidas ─ dijo lord Talbot.
─ Bien podrían pasar esto como un gaje del oficio, les aseguro que están ante una comandante en jefe estupenda y una no una menos decidida general… ¿ustedes piensan que, de no ser así, de ser ella una joven débil y desprovista de todo don de mando, hubiera obtenido mi más absoluta lealtad? Están ante la ama y señora de, ni más ni menos, que un terrible dragón, ¡que no es cualquier cosa decir!
─ Sí, ya veo que su lealtad hacia su ama parece ser apasionada...sin embargo, me parece acertada la propuesta de lady Clarence.
─ Creo que no hay necesidad de llegar tan lejos, señores…─ sir Irons ─además, no tienen el suficiente poder e influencia para tomar esa decisión, a la cual deberíamos llegar todos y cada uno de los doce miembros de nuestra logia… ¡pongámonos en nuestro lugar, señores! Y no traspasemos ni subestimemos las facultades de otros, porque le advierto que no se lo vamos a permitir.
─ Aún pueden dar a Sir Hellsing otra oportunidad ─ agregó sir Marshall ─ yo, por mi parte, no apoyo la moción
─ ¡Mucho menos yo! ─ sir Pendwood, fijando su postura.
─Podría estar en un periodo de prueba si dudan de su capacidad ─ Sir Irons de nuevo, acomodándose las gafas
Lord Talbot y lady Clarence voltearon a verse las caras y se entendieron con la mirada, acto seguido pidieron unos minutos para deliberar la decisión y todos los presentes fueron invitados a salir por espacio de unos minutos
Integra recordó haber salido de la sala casi sin sentir los pies, flotando una nube que la hacía levitar sobre un sentimiento de rabia más frustración, al tiempo que todos los caballeros iban a abandonando la sala, ella cerró los ojos al traspasar el umbral de la puerta, más no supo cómo fue que pasó el tiempo hasta que tuvo que volver a entrar a la sala…
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Siete de la noche en punto, la tarde había muerto, las luces frías se propagaban por el cielo londinense haciendo dormir las bellas figuras en los vitrales de la abadía, ¡espectáculo de siglos! Integra cerraba los ojos, escuchaba las palabras del abad oficiando la última misa dominical, mientras sus recuerdos volaban horas atrás, al interior del edificio del Parlamento.
─ Por favor, pueden pasar… ─ indicó el marqués del Salisbury, y todos regresaron a tomar sus respectivos asientos.
─ Bien, hemos tomado la decisión, basándonos desde luego en todo lo expuesto aquí ─ lord Talbot, aun dando rodeos ─ decidimos que usted, Sir Integra Hellsing, quedará en un periodo de prueba que comenzará hoy y terminará dentro de seis meses, esperando por supuesto, que su conducta dentro y fuera de nuestras instituciones sea siempre ejemplar y respetuosa…
─ Y de fallar en su prueba, ¿qué procedería? ─ preguntó ella guardando serenidad
─ Entonces será removida de su cargo, el cual será entregado a manos de algún colega suyo, hasta que usted cumpliese la mayoría de edad…
─ Nadie más puede hacer ese trabajo que un Hellsing ─ masculló Walter entre dientes, recordando el episodio de la madrugada anterior, y en eso Alucard y los demás caballeros de la Mesa, estuvieron de acuerdo.
Alucard iba a intervenir para refutar algo pero fue interrumpido: ─ Señores oficiales del gobierno, ¡yo soy una digna hija de mi padre! Soy una Hellsing en sucesión directa. A mí y sólo a mí me asiste el derecho de dirigir a la Organización, y no voy a perder ese derecho, ni me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo me lo arrebatan. Si han recibido quejas de mi conducta, ¡les aseguro que no las tendrán más! Sin embargo, debo ser sincera diciendo aquí y ahora que no me arrepiento de mi proceder del día viernes. Salve vidas, puse fuera de peligro a personas inocentes, por lo tanto, no podría juramentar contra algo que volvería hacer su pudiera. No decir que me arrepiento de haber expuesto, por un descuido o no, los poderes de mi nosferatu, podría ser una traición para su gobierno, pero negar mi voluntad de ayudar a quien lo necesita cuando más lo necesita, ¡sería una traición a mí misma! Juré, el día de mi unción como miembro de la Mesa Redonda, ¡yo juré servir a mi Nación y protegerla! De modo que sólo fui fiel a ese juramento.
─ Bellas palabras, Sir Hellsing, sin embargo…
─ Disculpe, lord Talbot, pero debo agregar, sé que ni mi edad ni mi género son garantías para ustedes…
─ Se olvida que tenemos una reina y hemos tenido una Primer Ministro hasta hace poco…aquí mismo está lady Clarence ostentando un puesto de poder…
─ Y seguramente todas ellas han tenido que luchar con mucho ahínco cada día de sus vidas, ¡como yo lo haré! ¿Quieren mi puesto? Tal vez puedan arrebatármelo, pero nunca podrán quitarme el legado de mi familia, ni la convicción de proteger a mi país y a mi reina.
─ A resumidas cuentas, ¿qué está usted queriendo decir, Sir Hellsing? ─ preguntó lord Talbot, entrecerrando los ojos.
─ Que acataré, en la medida de lo posible sus disposiciones, pero de no ser suficiente para ustedes, ¡de llegar a removerme de mi cargo! Aun así, hallarán a una cazadora en mí, … Lord Canciller, Lady Vice Primer Ministro…Lord Chamberlain dígale esto a Su Majestad… ¡Hellsing soy yo!
Lady Clarence y Lord Talbot se voltearon a mirar las caras, él levantó las cejas y ella pareció fruncir el ceño, por el contrario, el marqués, los camaradas de la Mesa Redonda, Walter y Alucard sonrieron satisfechos y hasta orgullosos del aplomo de la niña.
Después de eso (y de algunas palabras más) se dictaminó el plazo, se hizo oficial la decisión, se estamparon algunos sellos y se asentaron algunas firmas. Al terminar la reunión, casi después de que todos se hubieran marchado, y de que los camaradas de la Convención fueran los últimos en despedirse de Integra, quedó un poco atrás Sir Islands, quien charlaba con la joven heredera, mientras que Walter y Alucard la esperaban a la salida del recinto.
─ Integra, no es que quiera agobiarte más de lo que debes de estar, ¡pero más vale que madurez de una vez por todas! No debes, ni puedes continuar con tu censurable comportamiento en el Colegio, ¿crees que yo no lo sabía?
─ Sir Irons, yo…
El vampiro miraba la escena metros más adelante, pensando en la manera de ayudar a su ama a salir airosa de ese inconveniente, por lo que en su mente ya trazaba un plan, uno que podría resultarle muy beneficioso de tener éxito.
─ ¡Yo sé que te pareces mucho a tu padre! A él también le costaba trabajo acatar el rigor y la disciplina, así que sé que él no te juzgaría si estuviera vivo, sólo te diría que tuvieras mucho cuidado… ¡no pongas en riesgo el legado de tu Casa! Tal vez creas que no tengo derecho, pero al haber sido el mejor amigo de tu padre, me siento en el deber moral de velar por ti, en la medida de lo prudente, Integra…
Ella escuchaba con la mirada baja: ─ Lo sé, sir Islands…
─ No ganas absolutamente nada intentando ir contra todo y todos, hay veces que es más sabio transigir, así que…podrías intentar hacerlo al menos en lo que resta de bachillerato, sólo tres semanas en las que cada paso que des será juzgado con más rigor que antes ─ Ella suspiró y asintió. Luego él dio una palmadita en el hombro a ella ─ ¡será por tu bien!
─ Hay veces que hay que comerse las alas para domesticarse, ¿no?
─ Vaya, ¡pues así es! ─ con una sonrisa apenas dibujada y unos ojos que querían reflejar comprensión ─ dale honor a tu Casa, Sir Hellsing, ¡danos honor!
─ ¡Así lo haré! No se preocupe, yo…observaré más prudencia…
Cuando hubieron terminado de charlar, a pocos minutos de despedirse, Integra hizo algo espontáneo, algo que tal vez, con más cálculo y más experiencia, no hubiera hecho jamás, pero estaba claro que su corta edad a veces le impedía ser buena estratega.
─ Sir Irons, ¿puedo preguntarle algo?
─ Sí, dime, Sir Hellsing ─ un tanto indiferente, mientras lustraba con su pañuelo las micas de sus gafas.
─ ¿En el pasado ha habido eventos paranormales en Hellsing Manor?
Mirando al vacío, evocando: ─ Sí, claro que sí...Hellsing Manor es una construcción muy vieja, muchas cosas han pasado entre sus paredes y pasadizos, es lógico que tenga carga extra sensorial.
─ Es que...algo pasó hoy en la madrugada...
─…Ya...entiendo, aunque pudo haber sido, ¡no sé! Un poltergeist, ¡no sería raro! Arthur también solía provocarlos cuando tenía tu edad, es común cuando hay adolescentes en casa.
─ No, sir Irons, ¡no fue un poltergeist, estoy segura! ─negando con la cabeza─… ¿ha escuchado usted el nombre de Ashma-daeva?
Al escuchar tal, el caballero pareció trastabillar sobre sí mismo al tiempo que una notable palidez cundía su rostro. Asustado levantó la cara hacia la chiquilla que en ese momento sintió miedo también, sin embargo, al mirar en el rostro del viejo Sir, cayó en cuenta que él sabía perfectamente de quien se trataba, y que entonces ella podría saciar con todo detalle su curiosidad.
─ Do… ¿dónde has escuchado ese nombre? ─ preguntó él casi con miedo de escuchar la respuesta.
Ella tragó saliva, sin titubeos respondió: ─ Visitó la mansión … iba tras de mí ─ y haló las mangas de su saco para dejar ver al caballero, las marcas amoratadas que los monstruosos dedos habían dejado sobre la carne de sus brazos.
─ ¡Dios Santo, ampáranos! ─ retrocedió un paso, y miró a Integra como si está fuera una aparición antediluviana.
─ Sir Irons, ¡ahora sí está usted asustándome! ¿Dígame qué ocurre? ¿Qué es ese ente? ¿Qué busca? ¿Por qué vino a mí?
Sir Hugh exhaló un suspiro desde lo más hondo de su ser para hallar un poco de sosiego que tanta falta le hacía en esos momentos. Sin mirar a Integra, le preguntó: ─ ¿Tu padre nunca te mencionó ese nombre?
─ No, ciertamente no
─ Alucard por supuesto está enterado de esa aparición, ¿verdad? ─ ella asintió ─ ¿te ha dicho qué significa lo que dijo el espectro?
─ No le he contado lo que la presencia …sólo a Walter, y no me quiso decir de que se trata…
─ Claro, ¡por supuesto que no!
─ Sir Irons, ¡por favor! ¡Dígame que está pasando!
─ ¡Nada que tú puedas arreglar, niña! ─ pasando la mano por el mentón, preocupado, recordando los demonios que rondaban a la familia de su mejor amigo, mientras que ella, lejos de haber disipado sus dudas, tan sólo las había aumentado ante el circunspecto del caballero ─ ¡así que regresó!
─ ¿Quién regresó? ─ levantando una ceja
─ ¿Qué? No, no, ¡no hagas caso! Luego, luego hablaremos más al respecto, Sir Hellsing, antes…antes debo consultar otras fuentes, ¡con tu permiso! ─ inclinando levemente la cabeza, echó a andar hacia la salida del edificio como un autómata, absorto, inquieto, molesto, descompuesto, ¡mucho muy contrariado a decir verdad!
Integra quedó en su sitio detrás del eco de los pasos de Sir, ahora con una nueva duda clavada como hierro candente. Y algo le dijo que haber hecho esa consulta a Hugh Islands, le iba a acarrear muchas otras consecuencias.
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Lo siguiente que Integra hizo cuando se halló de nuevo bajo las últimas horas de luz natural, fue atravesar la calle y echar andar sobre la acera junto al río, bajo las seis campanadas del Big Ben y el sol descendiendo en el horizonte.
─ ¿A dónde va, señorita?
─ ¡Quiero estar sola, Walter! ¡Sólo…sólo iré a caminar un rato! Nos veremos luego en la Mansión…
─ Pe… ¿pero usted sola? ¿Cómo regresará?
─ ¡Para eso existe el transporte público, Walter! ─ despidiéndose con la mano para seguir su camino por el concurrido puente.
─Milady yo…quisiera hablar con usted respecto a lo que dijo lord Talbot, ¡no era mi intención ocultarle cosas!
Al escuchar eso, Integra se detuvo, volteó de soslayo, sólo dijo: ─ ¡Después hablaremos de eso, Walter! ─ Y atravesó la avenida.
El vampiro se quedó disfrutando de la cara de preocupación e incertidumbre del mayordomo, hasta que él volteó para toparse con la característica sonrisa burlona del colmilludo.
─ Bueno, Walter─ exclamó Alucard acomodándose las gafas sobre los ojos ─ no tengo la menor intención de regresar contigo a casa, ¡también tengo cosas que hacer!... La revedere, vechio!* ─ encendiendo un cigarrillo, atravesó la calle también, mientras que Walter, encogiéndose de hombros, suspirando, subió al Roll Royce para regresar a la mansión. El vampiro caminó un trecho y subió al primer autobús que se detuvo, luego ascendió al segundo piso, tomó un asiento libre que halló, y se confundió entre la gente normal. Pretendía ir a la calle Baker.
Integra echó a andar por un trecho hasta que atravesó el puente, avanzando a la orilla del río, observando caer la tarde. Cuando hubo estado del otro lado del edificio del Parlamento, se detuvo a mirar el paisaje, ocupada en reflexionar como estaba, se recargó en la baranda del mirador y encendió un cigarrillo. Junto a ella estaba una familia de turistas extranjeros que se hacían fotos unos a los otros frente a aquel bello y típico paisaje londinense. La heredera los observaba esbozando una leve sonrisa, preguntándose cómo sería tener una familia. Volvió, luego, a distraer la vista en el horizonte, cuando sintió que alguien la halaba del saco, bajó la vista para ver a una chiquilla de unos siente años, la cual le pedía en un inglés chapurreado que le ayudara a tomar una fotografía de ella junto a toda su familia. Integra aceptó de buena gana, mientras que las personas posaban para la cámara, la niña turista se sentía orgullosa por haberse podido comunicar con tan elegante y bella dama inglesa. Una vez Integra hubo tomado la foto, las personas le estaban agradeciendo, cuando reconoció una odiosa voz a sus espaldas.
─ ¡Tenías que ser tú, Hellsing, mezclándote con la plebe y los turistas! ─ allí estaba Isabella Bardsley al volante de un Aston Martin deportivo, descapotable, dentro del cual estaban el resto de sus amigas, mirando a la joven rubia como se mira una escoria pegada en el pavimento. Integra no contestó, sorprendida como estaba por tan repentina y desagradable aparición se quedó de espaldas a la baranda del mirador ─ ¡Aunque estarías mejor si decidieras poner fin a tu sufrimiento y te lanzaras de cabeza al río! …No he terminado contigo, Hellsing, ¡ni creas que esto se va a quedar así! ─ señaló a su rostro donde aún se notaba la marca del puñetazo que Integra le había propinado el viernes por la mañana ─ ¡voy a hacer que recuerdes bien las tres semanas de clases que nos quedan! ¡Te lo prometo!...
Si los ojos de Isabella hubieran sido armas de fuego, Integra habría caído muerta. Si Integra hubiera sido un ave, o simplemente viento, hubiera volado lejos de allí en ese preciso momento para escapar de las miradas curiosas e insidiosas de todos, luego de unos segundos más, la cruel joven arrancó su Aston Martin y se perdió por la avenida. Pero como Integra, desaparecer no podía, un instante después de aquella escena, la rubia echó a trotar y subió de un salto al primer autobús rojo que se detuvo en la parada siguiente, alejándose de allí en busca de calma, donde sea que esta se hallara.
A muchas calles de allí, Alucard llegaba a su destino, descendiendo del transporte público en la primera parada que el bus hizo sobre el andar de la calle Baker. De allí, el lord nosferatu echó a andar hasta dar con la tienda de Sixtina, la cual esperó hallar abierta y dispuesta al público, sin embargo, no fue así. La miró cerrada y apagada a algunos metros de distancia, entonces creyó que por ser domingo había cerrado más o menos temprano. Acortó la distancia que lo separaba de la vitrina, pegó el rostro contra ella, lo que notó enseguida le desagradó por completo. Darse cuenta, a primera vista que el aparador donde antes se amontonaban decenas de artilugios estaba limpio, le descolocó. Comprobar que la tienda estaba vacía y apagada, le clavó una espina de decepción. Se quedó unos minutos de pie ante el negocio, que ahora sólo conservaba la razón social que tanto le había llamado la atención el viernes por la tarde, pero El Buio prácticamente había dejado de existir. El vampiro se quitó las gafas y miró a ambos lados procurando pasar lo más inadvertido posible, se fue acercando más y más contra la puerta del negocio hasta que de un súbito movimiento traspasó la puerta de madera. Una vez dentro, comprobó con toda certeza que el inmueble había sido desocupado.
─… ¡Sixtina! ¿Dónde te has marchado? ─ mirando el local callado, las estanterías huecas, las luces apagadas. Él quería, ¡necesitaba hablar con ella! Necesitaba… pedir su perdón, decirle (ahora sí con conocimiento de causa), que entendía perfectamente como es vivir bajo el yugo de un amor frustrado. También deseaba consultarla acerca de la tétrica experiencia que la mansión había atestiguado en la madrugada. Quería contarle acerca de la banshee, del demonio en casa de su ama, y pedirle una protección, un amuleto, un sortilegio, ¡en fin! Necesitaba una amiga, sin embargo, había hallado soledad.
Con lentitud levantó los ojos hacia la breve escalera de caracol que daba al piso de arriba. Con desgano, sabiendo que no conseguiría nada, subió cada peldaño sólo para hallar uno que otro mueble abandonado, vacío, triste. El vampiro suspiró entonces: si por un instante había guardado la esperanza de que Sixtina no hubiera huido, está se disipó tan pronto como comprobó que, en todo el lugar, no había ni un sólo objeto personal de la vampireza. No hallando más motivos para estar allí, se dejó "escurrir" a través de las duelas del piso hasta la planta baja donde maldiciendo sus malas acciones pasadas, estaba a punto de salir de nuevo a la calle cuando de reojo distinguió un cuadro sobre uno de los mostradores de madera vacíos. Curioso se acercó levantando una ceja, vio entonces que se trataba del pequeño retrato al óleo que les hicieran antes de la Revolución francesa. El retrato de él junto a ella. Como era de esperarse, tomó el cuadro, entonces sus dedos sintieron una textura lisa detrás del lienzo, sin pensarlo le dio vuelta y distinguió un sobre. Expectante ante lo que pudiera contener aquella, que a todas luces era una epístola, se apresuró a sustraerla.
Vlad, lo único que podía leerse escrito en el sobre, el rey no muerto rompió el lacre, desdobló la única hoja de papel dentro, más al ver lo que contenía, ¡no pudo evitarlo! Un nudo constreñido de dolor se clavó en su yerto pecho, sí: esa amarillenta, roída, viejísima hoja que tenía en las manos era ni más ni menos que aquella antigua y cruel carta que le enviase a Sixtina antes de echarla de su vida por completo:
No me olvides nunca, piensa en mí por la eternidad de tu existencia…
Pero es que, ¡había algo más! En el reverso, estaba escrito (corto, parco, frío y casi tan cruel como él, con tinta indeleble, detrás de las propias letras del otrora conde):
Si estás leyendo estás líneas, significa que… ¡ahora ya sabes lo que se siente!
Adiós para siempre, Vlad.
PD. Ella nunca te amará con tú la amas a ella.
Con una sonrisa adolorida, sabiéndose víctima de esa divertida, cruel sátira venganza de la vida arrugó el papel dentro de su puño, como queriendo con su fuerza bruta desahogar toda la impotencia, la frustración que lo carcomía. En un instante estuvo a punto de romper, de hacer añicos la vetusta hoja entre sus poderosas manos más supo que era inútil todo intento de destruir la verdad que contenía: la tinta seguiría allí, su acertada predicción también. Luego, entonces, el vampiro se sosegó. En lugar de desahogarse en violencia, siguió riendo de sí mismo.
─ ¡Tienes razón, Tina! No importa lo que yo haga, ¡nunca me querrá como yo la quiero a ella! ─ se encogió de hombros, dijo con burlona amargura ─ ¡Dios te ha hecho justicia!
Sin nada más que hacer allí dentro, guardó la carta en el saco, dejó abandonado el retrato sobre el mostrador y salió de la tienda en dos zancadas, dio dos pasos de reversa para ver por última vez lo que quedaba de la tienda (una semana después, el local fue rentado a unos judíos ancianos que montaron una bonetería), luego atravesó la calle para echar a andar sin detenerse. Volvió a sonreír diciéndose a sí mismo que no importaba cuanto Integra llegara a quererlo, si mucho o poco con tal de que lo hiciera. Recordó entonces el plan que ya trazaba para ayudarla a recobrar su credibilidad, así que, sobre la marcha de sus largas piernas, sacó de dentro de su chaqueta un teléfono celular, marcó un número, esperó a que su llamada fuera contestada:
─ ¿Hola? ¿Sir Irons? Lord Alucard al habla, sí…verá, tengo algo muy importante que decirle…tal vez le interese saber acerca de cierta logia vampírica que se organiza aquí mismo en el Reino Unido… ─ ya libre de toda consideración o temor de dañar a esa única amiga que, en toda su cansada existencia, había tenido, y a la que no volvió a ver nunca.
Continuará...
*Lo que dice Alucard a Walter es: Nos vemos, viejo! en rumano.
Hola a todos. Aquí estoy de nuevo con una actualización =). Por cierto, feliz otoño a todos! Es que es mi estación del año favorita ^^U Aviso que tal vez, TAL VEZ, escriba algo alusivo a esta época (a Halloween, concretamente), de ser así el siguiente capítulo de este fic demorará un poco más.
REVIEWS.
Hola! Gracias por tu review, qué bueno que te gustó mi tratamiento suspenso-terror, fue sencillo pero traté de hacerlo lo mejor posible =)
Guest. Hola! Muchas gracias por tus comentarios, me alegra que te haya vuelto a enganchar la historia pero al mismo tiempo me inquieta que haya momentos que se sientan aburridos =S. Aún así las opiniones son muy valiosas para mi, animal a seguir y a tratar de mejorar el tratamiento de los géneros en la historia, y los personajes (me gusta jugar con la tensión sexual entre Alucard e Integra, como a todos los fans de la pareja, por supuesto). Sobre dejar mi fic sin terminar, pues no, no pasará, acaso tardaré más de lo que había pensado en terminarlo, pero lo eventualmente lo haré.
Alucard Niebla Roja Hola! Gracias por tu review. Bueno, estoy contenta que haya estado lo mejor logrado posible el elemento terror-misterio, personalmente no lo he practicado mucho, aunque me gusta, me gustan las historias de misterio y terror =3, pero mira, te hice recordar cosas, bueno espero que todo este bien con cualquier bicho que haya osado seguirte XD. Sobre Alucard y su desbordante sexualidad, bueno, yo veo a los vampiros como criaturas sumamente sexuales (al menos aquellos que conservan una apariencia fisica atractiva), Alucard para mi no es la excepción, el tipo es muy sexy y tal, es lógico que sucumba a la calentura LOL.
Sé que tardé un poco para publicar este, pero últimamente he tenido muchas cosas que hacer =(, apenas si tengo tiempo para escribir, aunque sí, todo lo que empieza tiene que terminar.
R. Malina Westerna. Hola! Muchas gracia por tus comentarios y por los ánimos, me alegra que te haya gustado este episodio, la verdad es que tardé un poco en escribirlo porque no tengo el dominio sobre el género de terror (como ya he comentado), así que era más para sentir un poco de miedo, porque acerca de los datos, en realidad a mi me gusta todo eso del misterio y el ocultismo , así que jugué con los elementos que ya conocía: las tres de la mañana, la sal, las oraciones estilo exorcismo, etc. Y bueno, nada, gracias de nuevo por tus halagadoras palabras, yo siempre trato de hacer lo mejor posible en mis fics, y siempre pensando en los lectores. Pero sí, este es el comienzo del fin, y me alegra que seas de esos lectores del "antaño", pues perdi muchos en el proceso.
Nos estamos leyendo!
Hola Mari Roman, que bueno que aún lees este fic, XD, saludos!
abrilius Hola, gracias por tu review ^^. Pues sí! En realidad Alucard podría pasar desapercibido siempre, pero es medio ...no! Es muy exhibicionista, como que le gusta ser el centro de atención, o no? XD.
