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XX

El martillo de las brujas

Domingo al caer la noche, el tenebroso caballero traspuso el umbral de la gran puerta de la abadía en busca de una doncella que, según le habían dicho, allí se resguardaba. Al estar dentro, se quitó sus gafas oscuras, no sólo por la etiqueta que por inercia y rancia costumbre seguía, sino para enfocar mejor debajo de aquella enorme, gran, ostentosa cúpula gótica.

El abad en turno estaba a la mitad de la celebración de la última misa dominical. Entre sus alabanzas y oraciones, el rey no muerto se deslizó por los pasillos. Bajo el aroma de inciensos, flores, madera restaurada, buscaba el de rosa búlgara y almizcle de ella. Caminando entre monumentos, estatuas, rotondas y sepulcros de reyes, escudriñaba en pos de su ama y señora a la que halló después de un rato, en una banca prácticamente vacía, a unos cuantos metros del altar, envuelta en un velo de encaje blanco, guardando completa calma, con los ojos cerrados. Se sonrió en un esbozo, echó andar hacia ella y se sentó a su lado.

─Por más que reces, él no te va a escuchar ─ le dijo casi al oído, en voz queda─ él no toma en cuenta plegarías, ¡sólo pequeñas peticiones!

─ ¿Qué estás haciendo aquí? ─ Sin abrir los ojos

─ Vine a buscarte, ya se está haciendo tarde, afuera empieza a oscurecer y no es buena idea que regreses sola a casa, al menos no con todo lo que ha pasado.

Integra le miró de soslayo, con igual voz queda, preguntó: ─ ¿Cómo me hallaste?

─ Bueno, tú le avisaste a Walter que estabas aquí, yo llamé a la mansión hace un rato para saber de tu paradero, y me informaron que te hallabas en la abadía de Westminster.

─ Parece que es difícil guardar secretos en esa mansión…

─ Lo es, sí…las paredes oyen.

─ Las paredes, ¡claro! ─ Con un mohín de molestia ─ como sea, ¿por qué no me esperas afuera?

─ No quiero, yo también tengo derecho a estar en la casa de Dios… ¿no es así? ─irónico.

─ Entonces guarda silencio, al menos hasta que termine la ceremonia ─ Alucard fingió cerrar una cremallera imaginaria en los labios.

En esos momentos el ministro estaba dando su sermón, los feligreses lo escuchaban o fingían escucharlo, como sea que fuese, todos se hallaban en silencio y las palabras del religioso eran las únicas que transcurrían en el recinto.

Integra permanecía ─no sabía Alucard si atenta o simplemente taciturna ─, ocupada con sus propios pensamientos, con la vista perdida en algún punto incierto de la melancolía o la incertidumbre. No, el vampiro no supo, como tampoco recordaba cuánto hacía que no visitaba una abadía, ni mucho menos cuando había sido la última vez que había estado tan en calma para hablar con Dios, o si es que Dios en verdad se hallaba entre paredes de ese medieval palacio de piedra.

"Dios, mi querido Dios, ¡yo nunca te he pedido nada para mí! Nunca rogué por clemencia, nunca te supliqué…." Con el sólo cerrar de sus ojos, Alucard trajo a su mente recuerdos, imágenes dantescas, ¡brutales! Muchas, ¡demasiadas guerras santas! Más de las que le hubiera gustado guardar en la memoria. Agonía, pena, muerte…en cada ese Dios ausente de la Tierra que a él lo había condenado a ser un monstruo.

"Nunca te he pedido ni te pediré nada para mí, Señor…" Volteó a ver a Integra quien prestaba atención a las palabras del sermón, con la mirada al frente. Él suspiró al cerrar los ojos. "Yo sé lo que soy, sé lo que he sido y lo que ya jamás seré, pero ahora la has puesto en mi camino, no sé si para bien o para mal, sólo puedo pedir, no por mí, ¡jamás he de pedirte nada para mí!...En cambio sí por ella. Si aún te queda algo, un mínimo fragmento de misericordia, si puedo pedirla como pago a la larga penitencia que me has hecho transitar en este mundo, ¡si puedo pretender que acaso escuches!…Es por ella. Si aún nos aguarda aunque sea un poco de tu piedad ¡exéntala de cualquier destino cruel que la aguarde! Es tu sierva fiel, deberías tenerla en tu gracia… pero tú nunca salvas a aquellos que te sirven, ¡qué te aman! Dicen que les das las batallas más cruentas a tus mejores guerreros, pero yo siempre me he preguntado, ¿Por qué dejas que el demonio extermine a tus combatientes?…" El rey no muerto podía seguir con sus plegarias cuanto quisiera…"No escogió el sino de su nacimiento, no la destruyas como al resto de su Casa", pero bien sabía que Dios… "si escucharas, si tan sólo escucharas te pediría… ¡qué la distinguieras ante tus ojos!"…no iba a escuchar.

En ese instante, como un impulso involuntario (como la risa, la respiración o un parpadeo), posó su fuerte mano sobre la delicada de ella que descansaba sobre el asiento de madera. La dama frunció el ceño al sentir su piel efervescer ante tan sutil contacto, ante tan tímida y a la vez tan significativa caricia. Más allá de cualquier beso apasionado hasta ahora no recibido, de cualquier intento enardecido o sensación profana estaba la mano de él sobre la suya. Lo miró de soslayo, lo observó cerrar sus grandes ojos en una expresión serena. Luego, impulsada por las leyes del amor legítimo, hizo virar su mano para que ambas se encontrasen palma a palma, momento en que él cerró sus dedos entre los de ella, sin decir nada, sin mirarse acaso, allí, bajo la mirada de ese Dios que todo lo sabe y a lo que todo es indiferente, se quedaron tomados de las manos unos minutos, bajo el cobijo que su anonimato les daba, entre la presencia de feligreses perfectamente desconocidos.

Los minutos pasaron, sus manos ya se habían soltado en algún instante entre ese y cuando el abad dijo que todos podían ir en paz. Entonces el vampiro, rompiendo el silenció (pero fingiendo que nada pasaba), exclamó: ─Hacía ya un bien tiempo desde la última vez que estuve aquí ─mirando a su alrededor ─creo fue…la coronación de la reina.

─ Qué interesante tu vida…

─Pues la verdad es que sí, ¡soy un tipo muy interesante! ─rascándose la mollera ─ Y bueno, ¿te quieres marchar ya? ─ Ella no contestó, en lugar de eso se encogió de hombros ─ No me dirás ahora que no quieres salir nunca de la iglesia y que te vas a volver monja, o que le estás pidiendo perdón a Dios por lo que pasó el sábado en la madrugada.

─ No quiero hablar de eso…─ arrastrando las palabras entre sus blancos dientes, tiñéndose sus mejillas de carmín.

─ Sí ya sé, sólo te notifico que no es pecado, ¡casi todas las religiones satanizan demasiado al sexo! Pero, ¿qué no dijo Dios, "creced y multiplicaos"? ─ se sonrió sintiéndose muy cómico, Integra volteó girando los ojos y una sonrisa fastidiada que le decía "¡baboso!" Él se rió ─bueno, ¿irás a un convento? ¿Serás la hermana Integra?

─ Ni en un convento me dejarían en paz.

─ ¿Quiénes?

─ Todo el mundo…no es que me quiera quejar pero, ¡a veces parece que nada de lo que hago es suficiente!

─ Pues te estás quejando, aunque yo que tú no me lo tomaría tan a pecho─ ella hizo una mueca de burla de sí misma ─ era lógico que no te lo iban a dejar tan fácil, después de todo eres una niña ─volteó a mirarle con sorna ─ ¡no! Si no lo estoy pre enjuiciando yo, sin embargo recuerda que tratas de ser jefe en un mundo de hombres, y eso de por sí ya es difícil, supongo que cuando tomaste el liderazgo que tu padre te heredó ya sabías que cosas como estás iban a pasar ─ "¡si tan sólo todos te viera como te veo yo! Serías la reina de Inglaterra", pensó.

─ Creo que aún me niego a admitir que me juzgan tanto porque soy una mujer

Alucard se encogió de hombros: ─ Me gustaría decirte que no es así, pero creo que es todo lo contrario, añádele a eso lo joven que eres, entonces obtienes la respuesta del por qué te observan bajo lupa. Estás tú ─ extendió una mano ─ con el patriarcado a cuestas ─ extendió la otra como si fuera una balanza

Integra suspiró fastidiada: ─ ¡Supongo que deberé acostumbrarme!

─ Te haría bien. Estando completamente consciente de tus debilidades y contras, podrás aprender a usarlas como escudo, ¡además sería un excelente ejercicio de madurez! ─ la joven entrecerró los ojos como si quisiera enfocar mejor ─ llegará el día en que te sientes a la cabeza de muchas mesas y patees traseros con toda tranquilidad, mientras tanto debes aguardar, ganar respeto y experiencia, demostrarles a esos esbirros de que estás hecha. Ellos se marcharán pero vendrán otros, ellos son efímeros, ¡tú eres permanente! Sólo la muerte te quitará tus derechos, ¡tu estatus! No tengas miedo… ¡nunca tengas miedo! Y si lo tienes, ¡sólo lucha con el maldito bastardo! Nunca dejes que sea más fuerte que tú.

Suspiró, aquellas palabras conseguían hacerla sentir levemente mejor, aunque aún rondaban por su mente fragmentos de todo lo vivido ese fin de semana: desde sus desmanes en el colegio, hasta la visita del ente a su Mansión, pasando por las amenazas de sus inicuas condiscípulas, y por supuesto estaban las pruebas finales que comenzaban en tan solo unas horas y "¡mierda! ¡No he estudiado casi nada!" Lo peor es que no tenía ganas de ello: ─ ¡Me lleva el diablo! ─pensó en voz alta.

─ Mejor no lo invoques, Integra.

─ Ni siquiera he tenido tiempo de investigar quien es…

─ ¿Cómo podrías saberlo?

─ Dijo algo…cuando le pregunté quién era, el ente dijo algo…

-¿Qué dijo?

Ella iba a contestarle cuando de súbito tuvo una epifanía. Guardó entonces silencio repasando en su mente la información que acaba de recordar, luego sonrió satisfecha mirando el altar, el magnífico retablo frente a ella en donde, ahora, los asistentes del abad desfilaban para salir del recinto. "¡Eureka!" Exclamó en su mente, se puso de pie motivada por un auto reflejo de entusiasmo, luego echó a caminar hacia un costado del gran altar, olvidando incluso su bolso de mano el cual Alucard tomó, para luego seguirla hasta que se detuvieron frente al lugar donde yacían algunas de las muchas tumbas de reyes.

─ Y bien, ama, ¿qué ocurre? ─ dijo al llegar a su lado y observarla vigilar, mirar alrededor de ella, como esperando que algo ocurriera o dejara de ocurrir.

─ ¿Crees que podamos pasar desapercibidos?

─ Pues no lo sé, no somos personas que puedan tomarse como insignificantes, a decir verdad- guardo dentro de su saco, el pequeño bolso que ella había olvidado por falta de costumbre.

─ Me refiero a que hay que esperar un poco más… que todos los acólitos y los feligreses se marchen de aquí…─ sin quitar sus ojos de las personas que poco a poco se iban retirando.

─ ¿Qué quieres hacer, Integra?

─ ¿Es que ya no recuerdas que estamos parados sobre una gran biblioteca?

El vampiro entendió toda la intención de su ama en un instante. Sí, Integra lo que necesitaba era pasar desapercibida, el momento correcto de distracción o soledad para no ser vista, así que esperaron allí cosa de quince minutos, hasta que la abadía casi se quedó sola. Entonces ella decidió bajar los cinco escalones que aparentemente daban a una cripta muy antigua cerrada por una decrepita, tenebrosa puerta de hierro macizo.

─ Bien, ¡creo que en este momento nadie está mirando! ─ dijo Alucard, observando de soslayo a sus espaldas.

─ ¡Perfecto! ─ Integra entonces se quitó del dedo anular el anillo con el escudo de armas de la logia de la Mesa Redonda, poniéndose en cuclillas para localizar el lugar exacto donde una inscripción redonda yacía tallada en la pesada piedra bajo sus pies. La joven sonrió al reconocer aquella, que no era otra cosa que una cerradura secreta cuyas únicas llaves posibles eran cada uno de los anillos de los miembros de la Mesa redonda─ ¡vamos entonces! ─ insertó la cara de la alhaja haciendo coincidir los grabados para luego girarla sin dificultad alguna. Al hacerlo, un complejo sistema de engranes se puso en marcha bajo sus pies para abrir el pasador de la chapa de aquella compuerta insondablemente secreta, luego ambos dieron tres pasos hacia atrás para apartarse del perímetro de aquella losa cuadrada.

─ Si me permites, ama ─ Alucard se agachó para jalar sin esfuerzo la maciza compuerta que dejaba ver una profunda escalinata de piedra─ ¡después de ti!

Sin pensarlo, Integra descendió a prisa por aquellos peldaños cortos y empinados, seguida de Alucard quien cerró la compuerta tras de sí. Al hallarse en completa oscuridad, Integra encendió la pantalla de su teléfono celular para iluminarse tenuemente hasta que dio con el interruptor de luz instalado para iluminar el pasadizo con lámparas ambarinas instaladas a lo largo de aquel pasillo de un penetrante olor a humedad vieja.

─ ¡Vaya! Esto está mucho mejor que cuando teníamos que alumbrarnos con antorchas… ─expresó Alucard mirando a su alrededor esa catacumba de piedra repleta de osamentas acomodadas con gran cuidado sobre anaqueles empotrados a ambos lados del tenebroso pasillo.

─ ¿Hace cuánto que no bajabas?

─ Pues no había sido requerido a venir a la suprema cede secreta de tu logia desde hace unos…cien años ─ a su mente llegaron fragmentos del día en que fue presentado ante todos los poderosos del reino, por el doctor Abraham, como esclavo.

Integra ya no contestó, ocupada, como estaba en cuidar sus pasos largos sobre el par de zapatos de tacón, a través de aquel túnel macabro custodiado en la ineludible marcha del tiempo por decenas y decenas de osamentas humanas, pertenecientes a caballeros de la nobleza, antiguos servidores de la corona que habían hallado su última morada en esa caverna ignota desde algún momento en las remotas épocas medievales.

─ Lindo lugar, ¡lindo! ¡Me siento como en casa! ─ exclamó Alucard observando cada rincón de ese antiguo osario, donde el reinado de un silencio espectral sólo era interrumpido por chillidos dispersos de roedores y el goteo pausado de las alcantarillas que corrían tanto bajo sus pies como detrás de los anaqueles de calaveras.

Después de unos minutos de recorrido, con travesura y total desenfado, el vampiro tomó en una de sus largas manos, una de las pelados y ancianos craneos─ siempre me pregunté, ¿por qué están todos estos aquí? ─ jugando con la quijada.

─ Porque esta cede necesita guardianes─ contestó la joven, sin quitar la vista del frente. Alucard recordó que una antigua costumbre fúnebre de la Edad Media, era sacrificar a una persona cuando se fundaba un nuevo cementerio. La idea era que el fantasma sirviera como guardián del Campo Santo, ahuyentando a los espíritus malignos, sin embargo ─y aunque los mondos y espantables moradores de ese cubil estaban allí para el mismo propósito─, habían sido depositados por voluntad de sus familiares, no sacrificados.

Después de unos minutos de recorrido, pudieron ver al final del túnel una agreste puerta de madera que la joven se apresuró a abrir usando la llave maestra de su anillo para dar paso a la gran sala de los Caballeros de la Mesa Redonda, una suerte de lujosa bóveda amplia, de techos altos, asientos en lunetas y gradas circulares a la manera de un teatro isabelino, todo precedido por un atril y un presídium, así como la célebre mesa que daba nombre a la logia. Integra pasó junto a ella mirándola casi con añoranza, como si sintiera era un hecho que iba a ser destituida de su cargo hasta cumplir la mayoría de edad. Maquinalmente pasó su mano derecha por la cruz de plata pendiendo en pecho, luego levantó la vista para mirar las paredes: bajo un fresco de pinturas renacentistas que narraban pasajes de la biblia, estaban colocados retratos de varios de los más celebres miembros. Eran estas pinturas al óleo de decenas de caballeros, entre los que estaba el rubio, y en ese entonces joven, Arthur Hellsing. La joven quedó mirando el retrato de su padre como si le pidiera disculpas. Alucard le echó un vistazo teñido de desprecio, luego pensó que Arthur sólo podía estar allí en representación de su abuelo Abraham, al negarse este último a abandonar el catolicismo y hacerse a la fe protestante. Pero no dijo nada, guardó silencio por consideración a Integra. En lugar de estropear ese momento con alguna verdad incómoda, lo que hizo fue subir al pódium y ponerse detrás del señorial atril de madera que allí estaba, luego tomó el pequeño mazo de madera y golpeó con él, adoptando un ceremonial y grave tono de voz, luego de una sobreactuada mueca de seriedad, dijo: ─ Sir Integra Fairbrook Wingates, la declaro líder absoluta de esta vieja y anticuada logia, ¡puede hacer lo que le venga en gana! De ahora en adelante no meteremos las narices en sus asuntos privados, mientras tanto, todos los demás iremos a pasar nuestros últimos días a un geriátrico o a vacacionar permanentemente a una isla nudista o a alguna casa de placer, ¡mujerzuelas y cerveza para todos! ¡Así se ha declaro y así se haga, en nombre de Su Majestad la reina! ─ golpeando tres veces con el mazo de la ley sobre el atril ─ ¡esta cesión queda permanentemente cerrada! ─Integra había escuchado aquel burlesco discurso con una mueca divertida, levantando una ceja y tratando de contener una carcajada que luego no pudo más, acabando riendo de buena gana ─ Te lo digo, ¡yo debería ser el presidente de esta convención! Sir Hugh ya se puede jubilar.

La joven sólo puso ambas manos en la cintura y negó con la cabeza mientras sonreía, luego echó a andar de nuevo, está vez hacia una puerta de dos hojas que se hallaba detrás de aquel entarimado. De nuevo uso su anillo para abrir la cerradura. Un olor exquisito de hojas de papel invadió sus olfatos. Esta vez se hallaron ante una gran, magnifica biblioteca circular con libreros de madera que daban del suelo al techo, los cuales estaban bien surtidos con volúmenes de arte, filosofía, literatura, política, ciencia, pero también de magia, ocultismo, hechicería y demonología. Acervo tan valioso que contenía primeras ediciones de grandes obras literarias, así como otros tan antiguos que estaban escritos a mano, amenazando con desmoronarse, otros más eran tan clandestinos, tan apócrifos, que estaban forrados en piel humana. Integra atravesó el recinto hasta el fichero para emprender su búsqueda, mientras tanto Alucard curioseaba entre los anaqueles. Se dedicó a"husmear" en la sección de literatura, los Shakespeares antiguos, los Dickens en sus primeras ediciones. Usando su gran estatura o levitando para mirar todo lo que allí se conservaba, ahora estaba seguro de que no había visitado con la suficiente curiosidad esa biblioteca, pero llegó a la determinación de volver unas cuantas veces cuando las circunstancias se lo permitiesen o las noches fueran muy largas, después de todo, ¡él no necesitaba llaves maestras para abrir puertas!

─ ¡Aquí está! ─ la joven había hallado el libro que buscaba ─ según esto, indica que está en ese estante ─ señaló el segundo piso de uno de los enormes libreros, Alucard se acercó para mirar la clasificación que indicaba la ficha que Integra sostenía en la mano ─ algo así como haya ─ señaló ella

─ Bien, permíteme entonces ─ uso levitación para poder alcanzar el grueso tomo que la joven requería, llegó hasta un tratado de demonología sin título aparente en las gastadas pastas purpura de piel. Tardó cosa de cinco minutos en dar con él, luego lo extrajo del anaquel, abrió la tapa y leyó─ Lemegeton Clavicula Salomonis

─ ¡Sí! Ese es.

El vampiro volvió a posar sus pies sobre la alfombra para entregar el libro. Al tenerlo entre sus manos, la joven se dirigió a la gran mesa de madera que allí estaba, abriéndolo para dar con el índice a través de páginas melancólicamente amarillentas que crujían entre los dedos de la heredera.

─ Aquí, ¡Por aquí debe estar! Veamos …Ars Goetia, Ars Theurgia Goetia, Ars Paulina, Ars Armadel y Ars Notori ─ decía ella, afanada como estaba al pasar el dedo sobre las líneas del gran índice. Pasó una página, luego dos, Alucard se asomó movido por la curiosidad ─ En Ars Goetia, veamos… ¡sí! ¡Aquí está! ─ Su dedo estaba encima de uno de los subtítulos del capítulo. El rey no muerto levantó una ceja al leer el nombre.

─ Ashma daeva….─ repitió casi como un murmuro ─ ese innombrable, ¿qué hay con él?

Integra volteó a verlo de soslayo mientras buscaba el número de página indicado: ─ Fue lo que el ente me dijo cuándo se apareció en mi habitación…

Al escuchar eso, el vampiro abrió los ojos con espantada sorpresa: ─ ¿Me estás diciendo que Asmodeo ha comenzado a rondarte?

─ ¿Qué has dicho? ─ se detuvo la rubia en seco, a punto de leer lo escrito en la página ya abierta del libro.

─ Asmodeo, es el hombre común que recibe el demonio Ashma daeva, también lo llaman Asmodaios, Asmoday, Ashmadia… en rumano se llama Asimodai. Aunque dudo que haya sido él mismo… ─con un gesto de incredulidad de sí mismo, y podría decirse que hasta consternación ─ no creo que sea tan fácil enfrentar a tal demonio, ¡ni siquiera para alguien como yo! Debió haber sido alguno de sus esbirros, de no ser así me hubiese llevado al infierno y una banshee no hubiese podido neutralizarlo, ¡no en vano comanda setenta y dos legiones en el infierno!

Al escuchar y ver la reacción de su poderoso sirviente, Integra frunció el ceño con miedo, luego tragó espeso sintiendo una muy gélida sensación de hormigueo en la espina dorsal: ─ Pe..pero no era la primera vez que había estado en la mansión, ¿verdad?

─ Por supuesto que no ─ negando con la cabeza─ Asmodeo y sus sirvientes solían…visitar a tu padre durante su juventud…

─ Pero, ¿por qué?

El vampiro suspiró entonces, exhaló e indicó con la mirada que prosiguiera a leer el texto que tenía enfrente, cosa que ella hizo enseguida: ─ Asmodeo…demonio de la lujuria y la perversión encargado de incitar la promiscuidad, el adulterio, el ultraje y la concupiscencia …─ tragó saliva, luego levantó la mirada para ver a Alucard que le pidió continuara con su lectura, ella saltó algunos renglones─ Y dijo así el demonio de sí mismo: "Soy llamado Asmodeo entre los mortales, conspiro contra los recién casados para que no se conozcan, incito a toda clase de pecados de la carne, me arrebata la belleza de las vírgenes de las cuales anhelo sus corazones…"…¿por qué sigue a mi familia?

El rey no muerto habló con un dejo de resginación: ─ ¿No lo entiendes, ama? Yo…bueno, hubiera preferido que no lo supieras, pero es mejor que lo enfrentes de una vez…A los Hellsing los han acechado demonios, por lo menos durante tres generaciones ya ─ mostrándole tres dedos de su mano…

─ Lo suponía…

─ Al parecer el viejo Abraham escarbó demasiado profundo y donde nunca debió, ¡yo no fui su única "víctima"! Ni el único demonio o semi demonio que halló. En su búsqueda por perfeccionar las artes metafísicas y mágicas se halló desafiando el poder infernal. Todo parece indicar que el Rey y Señor de las tinieblas se ha estado vengando usando uno de sus más importantes príncipes. ─ Integra le escuchaba sin pestañear ─ ama, ¿te has preguntado porque tu familia casi se ha extinguido? Este demonio hace mucho más que provocar adulterios y orgías…Asmodeo no conoce la piedad. No había querido creerlo hasta que anoche me lo confirmó la banshee.

─ Hablaste con ella entonces… ¿Qué quería? ¿Por qué ha estado en la mansión? La he visto algunas noches seguidas en el jardín.

─ Vino desde Irlanda siguiendo a la familia de Walter, ¡pero esa es otra historia!

La heredera tuvo que hacer una pausa para asimilar tanta información, se retiró dos pasos de la mesa donde descansaba el Lemegeton, sintiéndose pero mucho más desasosegada que antes de escudriñar en aquellas letras. Con una mano en la cintura y otra jugando con su mentón, habló sin mirar a su interlocutor: ─ ¿Y por qué me ha acosado hasta ahora? ¿Es que acaso…?

─ Al parecer el demonio es invocado con el despertar sexual…Tu padre comenzó a tener problemas en cuanto…tú sabes…

Integra frunció el ceño: ─Pero… pero entonces fue por lo que…

─ Por que hicimos tú y yo antenoche…

─ ¡Pero no lo consumamos!

─ ¡No importa! No consumado pero fue una relación carnal…ósea que ahora eres medio virgen ─ diciéndolo con mucha simpleza, Integra gruñó disgustada ante la forma desfachatada como él lo decía.

─ ¡Déjate de juegos! No estoy ahora para ello… ─ visiblemente nerviosa

─ Es raro verte inquieta…─ buscando otro título en el fichero ─ casi siempre posees una frialdad sobrehumana para tratar los asuntos.

─ Un miembro de la Corte infernal está ahora tras de mí, ¡no es que sea algo que pueda resolver con un par de llamadas telefónicas!

─ Bueno, siempre hay una solución… ─ hallando lo que buscaba, Alucard volvió a levitar para buscar otro libro ─ sólo debemos buscarla.

─ Entonces…Asmodeo acosaba a mi padre también…

─ ¡Así es! ─ extrayendo en lo alto, la edición inglesa del tomo que buscaba ─ aunque eventualmente descubrió como resolverlo… ─ el vampiro puso de nuevo los pies sobre el suelo y comenzó a hojear el libro que sostenía con una mano.

En ese momento Integra volvió a quedarse callada de súbito. Como si los sustos y sobre saltos de esos días no hubieran sido suficiente para la joven, ahora mismo caía en cuenta de que pudo haber cometido un garrafal error más. Con los ojos desmesurados, y casi con miedo de obtener una respuesta que la desasosegara aún más, preguntó al nosferatu quien seguía buscando en las páginas del Malieus Maleficarum.

─Alucard…

─ ¿Sí, ama?

─ Y…cuando mi padre era joven y todo eso, ¿crees que sir Irons se haya enterado de la persecución del demonio?

─ ¿Enterarse? ¡Claro que sí! Hasta donde yo supe, Islands ayudó a combatir su presencia de la mansión, ¡incluso organizaron una especie de exorcismo con el obispo de Canterbury y toda la cosa!

Integra tan sólo cerro los ojos, diciendo en sus adentros: "¡ay no!", llevándose una mano a la frente.

─ ¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?

─ Qué… en mi ánimo por obtener información… le pregunté a Sir Hugh si había escuchado el nombre Ashma daeva, ya que yo había sido atentada por él.

Alucard parpadeó varias veces tratando de asimilar lo que la joven había dicho, hizo un gesto de incredulidad ante tal error, y luego comenzó a reír de buena gana, como se ríe ante la travesura de un niño pequeño: ─ Pero Integra, ¿pero por qué hiciste eso? ¿Por qué no me preguntaste a mi?

─Se supone que estaba enojada contigo ─ el vampiro hizo rodar los ojos ─ ¡Lo sé, lo sé! ¡Soy una tonta! ─ pegándose en la frente, con la palma de su mano.

El rey no muerto negó con la cabeza sin dejar de sonreírle dulcemente: ─ ¡A veces me das ternura, ama! Como por ejemplo, ahora ─ él sabía perfectamente que sir Irons siempre había sido el gran confidente de Arthur, también su alcahuete en numerosos deslices libertinos, así como su ayuda en muchos trances, problemas y dificultades, como la de estar siendo cazado por demonios y otros "gajes del oficio". Luego entonces, no se tenía más que sumar dos más dos para saber que Integra, al revelarle el suceso de la visita macabra a Hellsing Manor, también había revelado que había dejado de ser tan doncella como antes de la noche del viernes.

─ ¡No te burles, Alucard!

─ No, si no me burlo, es que ahora él sabe que…

─ ¡Shhh! Ya, no digas más… ¡pero qué estúpida soy! Como si no tuviera suficientes cosas con las cuales lidiar, ¡ahora esto!

─ No, no eres estúpida, tan sólo inexperta. Lo has hecho porque no tenías ni la menor idea de con quién te enfrentaste. Bueno, esperemos que el viejo Islands lo tome bien ─ tratando de disimular que tenía ganas de echarse a reír de sólo imaginar su cara ─ y que no llegue a imaginarse que tú y yo…

─ ¡¿Es que vas a repetirlo a cada momento?!

─ No pero, oye, yo jamás se lo diría a nadie. Hago de cuenta que no pasó, y no creo que tú vayas a decírselo a alguien, así que nadie tiene porque enterarse…─ ella gruñó. Sin poder superar aún la rabia inicial de haberse delatado a sí misma tan ingenuamente, de repente una idea hasta entonces no vislumbrada pareció llegar a ella como otra epifanía, la segunda en la tarde, sólo que está vez tendría que esperar a que las piezas se acomodaran en el tablero, y que los demás hicieran sus jugadas, para actuar paciente y calculadamente si quería salir victoriosa: "Y si… ¿esto no es tan terrible para mi después de todo?" Y quien sabe qué clase de sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro, que Alucard levantó una ceja para sonreír también ─ ¡adoró cuando sonríes así! En el infierno mismo tendrían miedo si vieran tu expresión ─ dando pequeños pasos hacia ella ─ ¿qué es lo que está tramando mi ama?

La joven levantó el rostro del cual no desaparecía esa mirada conspiradora. Iba a decir algo, cuando escucharon abrirse la puerta del pasadizo. Ambos giraron la cabeza para mirar en dirección a donde el Gran salón de la asamblea.

─ ¡Es hora de irnos! ─ exclamó Integra, actuando con premura ─ no quiero que nadie sepa que estuve aquí, ¡es mejor!

Se descalzó, tomó con una mano ambos zapatos y echó a trotar para alcanzar un extremo de la gran biblioteca, en de la pared que ostentaba un gran retrato al óleo del Sir fundador de la orden, ella recargó su peso para que se activara el mecanismo de ese pasadizo secreto. Alucard tomó los grandes volúmenes en sus brazos y la siguió a toda prisa. Los pasos detrás de la puerta que los separaba del Gran salón, se acercaban a ellos. Cuando el dueño abrió la puerta, ama y esclavo ya habían desaparecido de la escena sin dejar rastro, avanzando lo más rápido posible a través de un pasaje estrechó, semi oscuro que desembocaba varios metros detrás de la galería trasera de la abadía, a través de un ducto de desagüe finalmente cerrado por una reja, que Integra también pudo abrir con su llave maestra. Cuando alcanzaron las umbrosas veredas del extenso jardín, ella se sintió a salvo, ¿de qué? No estaba segura, pues nunca supo que aquella persona que había entrado al gran recinto de la Convención de los doce, no era otro que el anciano señor Murray, un fiel conserje sordomudo. El señor Murray había trabajado para la familia Pendwood desde hacía más de cuarenta años, y era enviado una vez por semana a asear la cede.

Más en esos momentos, Integra y Alucard ya se dirigían rumbo a alguna avenida transitada en la cual tomaron el primer taxi que encontraron, para retornar sin demora a Hellsing Manor. Durante el trayecto apenas dijeron palabra, ella ensimismada en sus pensamientos como estaba y él absorto en las páginas de los libros que llevaba en las manos. Para cuando llegaron a la mansión, la noche estaba tan adentrada que en el firmamento ya rutilaban decenas de estrellas. Esa fue una noche agradablemente fresca a la que habían dado tregua las insistentes lluvias estivales, aunque la joven apenas sí notó la belleza clara de esa noche sin luna, ocupada como estaba en trotar aún descalza hasta el interior de su hogar, en cuya puerta ya la esperaba el viejo Walter.

La joven ordenó que le subieran la cena a su habitación. No quería ni tenía ganas de ver a nadie, además contemplaba la posibilidad de poder estudiar aunque fuera un poco, y dormir lo mejor que le fuera posible a unas horas de su primer prueba final, "sólo tengo que concentrarme en lo mío durante estas semanas, ¡después, al carajo!" Se decía así misma tratando de hallar ánimos. Mientras eso ocurrió, el rey no muerto, terminó de llegar a casa a paso lento, sobre el camino de losetas rugosas del jardín, disfrutando la noche apacible que esperaba continuase de ese modo. Antes de traspasar el umbral de la puerta principal de la casona, alzó la mirada ante la penetrante sensación de estar siendo observado, de unos ojos que no eran de este mundo, posados sobre sus hombros. Al observar, lo que vio fue la fantasmal imagen de su antiguo amo. A primera instancia, creyó que tal vez su imaginación le estaba jugando una trastada, pero no, allí, detrás de la ventana del ático, estaba ultraterrena, difuminada por la muerte, la silueta de Arthur Hellsing con apariencia de joven, observando al rey no muerto con una expresión de reproche, de impaciencia. Después de unos segundos, el finado sir Hellsing, desapareció.

Alucard levantó una ceja y sonrió con ironía ante la visión de su ex amo, mientras encendía un cigarrillo pensó: ─ Haces bien en haber venido Arthur, ¡tú hija nos necesita!….

-ooOOoo-

Para cuando sir Irons abandonó la sede del Parlamento, ya era una maraña de pensamientos y teorías perturbadoras una peor que la otra, pero todas llegaban a la misma conclusión: Integra no era más la doncella que él creía, y lo consecuente para él era, simple y llanamente (porque en su imaginario, bajo su criterio, no podía haber otra posibilidad) que el autor de ese "allanamiento" (por ser exagerados) no era otro que el mismo Charles. Es que Hugh Islands, a pesar de ser un hombre bastante pragmático en la política, para los asuntos personales solía ser un caballero anticuado, chapado a la antigua, aunque también era algo ingenuo adrede (por no decir que gustaba de engañarse a sí mismo, de hacerse tonto cuando la realidad era demasiado escabrosa o conflictiva para ser aceptada no sin el menoscabo de su dignidad), por eso gustaba y se regodeaba en la creencia de que por hijo tenía un caballero. Una mentira sostenida por la sutil indiferencia de una paternidad apenas dedicada, so pretexto de atender los trascendentales deberes de Estado, de ese desenfado hacia los hijos, común en las clases aristocráticas y en las paternidades solitarias y viudas como la de Sir Hugh Islands, (cuya muy joven esposa había muerto apenas unos años después de haber cumplido con su deber de dar a luz un heredero). Sir Irons, hombre que hacía honor a su mote, inflexible, severo, frío y distante del joven que llevaba su apellido, al cual había encaminado, "como Dios le dio a entender" en la vida que él consideró la más adecuada para un Islands, escogiendo una vocación, un destino y una esposa perfecta para él.

─ ¿Y cómo está tu relación con Integra? ─ preguntó un día de esos en los que se dio tiempo para tomar el desayuno con su hijo.

─ ¡Perfectamente padre! Ella y yo nos entendemos a la perfección ─dijo fingiendo una alegría pura, justo antes de esconder un mohín malicioso al sorber un trago de su taza de café.

─ ¡Me alegra mucho, hijo! ─ suspiró ─ saber que Arthur y yo no nos equivocamos…

─ Al contrario, papá, creo que debo darte las gracias, ¡ella y yo estamos muy enamorados! ─ mintió artera y descaradamente, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas, ante la expresión satisfecha de su padre. ─ no puedo esperar el día en que al fin seamos marido y mujer… ─ dando un mordisco a su pan francés, para esconder la risa sarcástica que irremediablemente se dibujó en sus delgados labios.

─ ¡Ya llegará ese día! En el que orgulloso asista a tu boda y al fin te conviertas en el próximo Sir Islands, pues como te lo he dicho, el día en que tu matrimonio se realice, te cederé mi puesto en la Convención de los doce, ¡entonces seré un padre realizado! Al ver a mi hijo convertido en todo un hombre de bien. ─poniendo una de sus manos en el hombro del jovencito

─ Padre ─ colocando una mano sobre la de su progenitor ─ te prometo por mi honor como Islands, ¡qué no te defraudaré! No tengo palabras para agradecer todo lo que haces por mi ─ actuando con un inverosímil talento, esa farsa en la que su voz temblaba y sus ojos brillaban conmovidos por un cariño que no sentía, "si el precio para ser dueño de mi vida es tener que casarme con Integra Hellsing, ¡voy a hacerlo! Soy sólo un eslabón más en tu cadena de una vida perfecta, ¿no? ¡Bah! ¡Cómo si necesitara más que tu dinero y tu nombre! A mí es todo lo que me basta, llegaré a ocupar tu lugar, entonces, una vez que te hayas marchado, no tendré que rendirle cuentas a más nadie"

─ Sin embargo, hijo…tengo que darte un consejo de hombre a hombre.

─ Sí padre, te escuchó ─ entrelazando sus finas manos sobre su regazo

─ Charles, quiero decirte que yo también tuve tu edad y…

─ ¡Ah! Ya se hacía dónde vas, papá…

─ Sí, lo supongo, y a pesar de que no es cómodo para ti hablar de estos asuntos conmigo, y de que esta, tu época es muy, pero muy distinta a la mía…quiero decirte que debes, por tu bien y el de ella, ser siempre un caballero…

Charles tuvo que hacer un esfuerzo inaudito por no rodar sus azules y grandes ojos, así como esconder una sonrisa burlona ante lo que juzgaba era el anticuado, absurdo criterio de su padre. Aun así fue capaz de fingir toda la seriedad que esa charla requería. Para cuando el viejo sir se despidió al ir a atender sus asuntos de trabajo, se marchó satisfecho y convencido de estar cumpliendo con su deber de padre, dejando atrás a Charles que terminó su desayuno, reprimiendo apenas una risa burlona.

─ ¡Qué crédulo eres, Hugh! ─ masculló entre dientes antes de dar el último sorbo a su café.

Por ello, por la certeza que sir Irons tenía de haber dejado muy en claro cuáles eran los límites, es que se hallaba aturdido, atribulado y más allá de la molestia, intentando dominar su enojo, su decepción ante lo que juzgaba era una afrenta a los principios que "con tanto esmero había tenido a bien inculcar", una desobediencia, una falta muy seria.

Tratando de sosegar su ánimo, el caballero encendió un cigarrillo el cual consumió lo que restaba del camino hacia su mansión. Cuando el auto aparcó delante del pórtico, sir Irons descendió con una parsimonia envuelta en un aura severa. Sin demora traspuso el umbral de su hogar, ante el atento "buenas tardes, milord" de su mayordomo, asintió contestando el saludo con más frialdad de la acostumbrada.

─ ¿Se encuentra el joven Charles?

─ Sí, milord, en estos momentos está en su demostración de equitación

─ Por favor, hazlo entrar e indícale que se dirija a mi despacho.

─ ¡Cómo ordene el señor! ─ inclinando la cabeza, el sirviente dio media vuelta, dispuesto a ejecutar la orden de su amo.

Minutos más tarde, un confundido y expectante Charles entraba a la casa. Elegantísimo en su traje de equitación, aun quitándose el casco y deshaciéndose de los guantes de gamuza. Sintiéndose un poco nervioso, iba desabotonando los primeros botones de su blazer negro, pues su fiel mayordomo le había dicho: ─ Su padre luce enojado, mejor es que vaya ahora mismo, milord… ─ teniendo cuidado de no hacer ruido con sus botas hípicas sobre el alfombrado que daba al despacho, pegó su oído a la puerta para verificar que su padre se hallara solo, y es que, Charles estaba tan lleno de pecados, que cuando un circunspecto como esos tenía lugar, no sabía a qué temer. Como se hubiese cerciorado que su padre no tenía compañía, tocó a la puerta con dos nudillos.

─ ¡Adelante!

El jovencito entonces abrió la puerta con delicadeza: ─ Me dijeron que me estabas buscando ─ lo primero que dijo al ver sir Irons de pie, detrás de su escritorio, encendiendo un habano en sus labios.

─ Pasa y cierra la puerta ─ el chico obedeció ─ siéntate por favor ─ una vez que Charles había vuelto a obedecer, sir Irons tomó asiento delante de él, detrás de su exquisito escritorio, sin dejar de mirarle con severidad enojada.

─ ¡Por Dios, padre! Dime ya lo que está pasando, ¡Me tienes en ascuas!

─ Charles ─ por encima de sus gafas ─ tal parece que a pesar de mis esfuerzos por hacer de ti todo un caballero, no puedo más que admitir que he fallado ─ El jovencito se crispó al escuchar aquello, "¡Demonios, no! Sabe que le miento, se ha enterado que no soy lo que él cree, ¿pero cómo? ¡¿Quién?!" ─ Charles, ¿por qué lo hiciste?

─ Papá, yo…─" ¡miente, di que es una calumnia, niégalo todo!" ─ ¡no era mi intención!

El viejo sir sólo negó con la cabeza y se dejó recargar por completo contra el respaldo de su sillón: ─ ¡Esa no es excusa, Charles! Aunque ella sea tu prometida, ¡debiste respetarla como el caballero que te enseñé a ser!

"¡Un momento! ¿QUÉ? ¿De qué demonios está hablado este viejo?": ─ Padre yo…─ hábil como era, fingiéndose mortificado ─ pero… ¿quién? ¿Qué te han dicho?

─ Es inútil que trates de negar nada, pues ha sido ella misma, en un descuido, la que me lo ha confesado.

Charles parpadeaba más confundido que hacía unos segundos (si era posible), con los ojos desorbitados y la quijada atascada por lo absurdas e incomprensibles que le resultaban las palabras de su padre, buscando la manera de indagar en la acusación sin delatarse como ignorante de ella: ─Creo, padre, que debo saber exactamente de qué se me acusa…

─ Charles, ¿vas a negar que has tenido relaciones íntimas con Integra? ─"¡PERO QUÉ…!" Gritó él joven rubio, para sus adentros, abriendo la boca y los ojos desmesuradamente, aferrando sus manos a las coderas de su asiento, mientras su rostro se teñía como un tomate maduro. Transido por tan inesperada y descabellada pregunta, formulando mil preguntas en su mente, intentó decir algo sin éxito, pues sus labios sólo emitieron un par de balbuceos infantiles ─ realmente no quiero entrar en detalles, sinceramente me hubiera gustado evitar hablar de esto, es decir, discutir acerca del prestigio de una dama, pero ella, en su inexperiencia e ingenuidad, me lo ha dicho sin querer, estoy seguro…

Mirando a todos lados sin saber que decir con exactitud, más sabiendo que por alguna razón no le convenía negar tal acusación, sólo dijo: ─ No creí que te lo fuera a decir… yo fingí demencia en ese momento, por pura y llana caballerosidad…

─ Ni ella tampoco, te digo que ha sido un descuido de su parte ─ suspiró exhalando una gran bocanada de humo de sus labios ─ verás, lo que te voy a decir a continuación, lo tienes que saber de todas maneras. Se trata de otro de los insondables secretos de la familia Hellsing ─ y prosiguió a contarle todo el asunto de las venganzas demoniacas contra la familia, la maldición intergeneracional que se cernía sobre ellos y del acecho del que eran víctimas, por supuesto haciendo énfasis en que los esbirros del demonio Asmodeo (o incluso el demonio mismo), habían sido invocados por efecto del despertar sexual de la última heredera.

Cuando sir Irons terminó de hablar, Charles había pasado de la confusión a la rabia, del miedo a querer tener enfrente a la joven rubia para estrangularla con sus propias manos, "¡Maldita, maldita perra!, ¿con quién te has acostado?" No bien se había planteado la pregunta, que el rostro burlón del vampiro se dibujó en su mente, "¡Hijo de puta! ¡Malnacidos, malnacidos ambos!" Tenía ganas de explotar cual si fuese un reactor nuclear, tenía ganas de proferir en insultos, de buscarla, de abofetearla, de decirle a su padre que él no había sido el autor, de contarle sus sospechas, ¡todo! Pero ladino y artero como era, no lo iba a hacer, iba a guardar el secreto porque en su pérfida mente ya trazaba un plan, de modo que haciendo uso de todo su auto control, sacando fuerzas desde lo más recóndito de su ser, se "mordió" la lengua, se contuvo para no gritar exasperado. Contó, ya no hasta diez, sino hasta mil, exhaló un hondo suspiró para que los colores de su rostro fueran desapareciendo, luego, con todo el aplomo que lo caracterizaba, se acomodó bien en su asiento para decir con todo solemne y arrepentido: ─ Padre, ¡te pido que por favor que me perdones! Te ofrezco mi más sentida disculpa, estoy…muy apenado ─ bajando la mirada con tal sumisión, que sir Irons, suspirando de nuevo, no pudo menos que mitigar su enojo inicial.

─ Charles, quiero que entiendas, ¡qué estés bien consciente de la seriedad de lo que has hecho! Y no te voy a pedir, te voy a ordenar que no vuelvas a tener relaciones íntimas con Integra de ahora en adelante. Lo que ha pasado, no podemos cambiarlo ya, pero si puedes enmendar el futuro. No quiero escándalos alrededor de ustedes, ni mucho menos quiero, ¡Dios no lo permita! Que ella vaya a concebir ─ el joven rubio volvió a pintarse de colores de sólo imaginarlo─ como comprenderás, ahora tu compromiso con ella se ha hecho más fuerte, y hasta sospecho que por eso lo han hecho, ¡como sea! Voy a, tengo que pedirle parecer a Su Majestad acerca de eso… ¡descuida! No diré nada que la comprometa, pero sí pedirle su venia para que el compromiso de ustedes sea oficialmente anunciado, y se casen en cuanto concluyas tu formación, ¡por nada del mundo permitiré que no asistas a la Facultad!

─ Gracias padre, como siempre, no…no tengo palabras-─ sintiendo que se atragantaba con el cuello almidonado de su camisa, el cual desabotonó maquinalmente, sintiendo que no podía más, que si permanecía allí por un segundo más, iba a terminar por erupcionar, explotando en mil pedazos ─ papá, ¿puedo retirarme ya?

─ Creo que sí Charles, puedes irte ya… y esperemos que este desliz no tenga consecuencias

Él se levantó y se dirigió a la puerta bajo la inquisitiva mirada de su padre, antes de que girara el picaporte, escuchó a sus espaldas: ─ Y no te mortifiques más, una falta de esta clase, a cualquier caballero se le perdona ─ Charles tuvo que hacer un último, inaudito esfuerzo por voltear de soslayo y asentir con una media sonrisa apenada, luego salió cerrando tras de sí, se llevó a la boca las solapas del blazer desabrochado para morderlo con todas sus fuerzas, luego salir corriendo de allí, buscando un lugar donde poder estar solo, subiendo las escaleras hasta su habitación la cual abrió de golpe para cerrar dando un violento portazo, ¡estaba furioso! Sentía como la ira transitaba sus venas acompañando cada latido agitado de su corazón; su piel hormigueaba; sus mejillas se encendían; saboreó un gusto amargo llenando todo su paladar; rechinaba los dientes. Jadeando, se llevó una mano al bello rostro cuya piel estaba caliente, luego se dejó escurrir para quedar sentado en el suelo: ─ ¡Maldita, mil veces maldita! ─ "¡no eres más que una sucia y repugnante mujerzuela, Integra Hellsing! ¡Pero esta me la vas a pagar, mal nacida, o dejo de llamarme Charles Islands! ¡¿Crees que te puedes burlar de mí tan fácil?! ¡Ahora vas a saber quién soy yo!" Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios ─ ¡Vas a saber de lo que soy capaz, pequeña puta! ─ se puso de pie, se dirigió hasta su armario, al abrirlo se halló ante varios cajones, del primero sacó una fotografía de Integra a la edad de catorce años, que el mismo sir Irons le había dado. La miró con una malsana, oscura satisfacción, paseó sus dedos índices por el rostro de la joven como si en verdad la tuviera frente a él, en carne y hueso, "conozco tu secreto, Integra, ¡y a cambió de él, vas a hacer…lo que yo…diga! Vas a saber que nadie, ¡nadie se burla de mí! Lo vas a saber así tarde algunos años más… Pero algo ten por como certeza, ¡estar perdida Integra Hellsing!" ─ Te tengo…─ estrujó la fotografía en sus manos, luego buscó uno de sus encendedores y le prendió fuego ─ ¡en mis manos! ─ sonriendo, regodeándose, arrojó las pequeñas llamas dentro de su papelera para que allí acabara de incinerarse, como deseaba y perjuraba, destruirla a ella.

Continuará...


Hola! Pues aquí les traído el último capitulo que he escrito (porque el siguiente me temo que está en proceso y eso), y nada, pues espero que les guste ^^. Me disculpo de antemano porque tardaré más en publicar el siguiente episodio, la verdad es que tengo muchos quehaceres y trabajo, apenas si me queda tiempo para escribir =(, además les cuento que ya tengo la idea para un fan fic sobre Halloween y es probable (eso espero), que lo termine a tiempo para ser publicado antes de la Noche brujas (aquí entre nos, es mi celebración favorita del año, junto con Día de muertos).

Gracias, gracias a todos los que me leen (aunque no dejen review), y para que sí lo hace, aquí las respuestas:

Abrilius- Hola! Muchas gracias por tu comentario. Integra es Hellsing, es como ser reina absolutista, el Estado sería ella =P, y sí, las cosas no van fáciles para Integra (pero así es esto). En cuanto a Sixtina, pues...me pareció que ya no tendría más que hacer en la historia, de todas maneras había pensado como saldría de la historia desde antes de que me tomara esa pausa de cinco años ^^U...Decía Borges que el único perdón y la única venganza es el olvido...y bueno, a Alucard solito le ha cobrado la vida, por así decirlo, ha recibido su merecido.

Sobre lord Talbot y Walter, bueno, yo sí le doy cierto crédito a las teorías conspiracionistas, y cuando un atentado enorme (no sé, como el de las torres gemelas) acontece, es porque hubo gente involucrada desde adentro, entonces yo retomé esa idea, además recuerda que sí había traidores en el seno del gobierno, cuando Millenium llega a Londres, bueno, quise hacer una alusión a ello.

Sobre el demonio bueno...para cuando estés leyendo esto, sabrás que onda con él XD

Bueno, hasta prontito. Me gustan tus reviews. =)

Regina. Hola, muchas gracias por tu review. Alucard, bueno, el tipo de por sí sufre xD, aunque va uno él y otro la vida, es un antihéroe de por sí. Y pues sí, a este fan fic le quedan a lo sumo unos cinco episodios más. Cruz de plata? Claro que la terminaré, sólo que no he tenido mucho tiempo libre estos días.

Hola! Gracias por tu review. Los pleitos de Alucard y Walter están diseñados para hacer reír (o al menos lo intento XD). Los miembros de la mesa redonda, bueno, en verdad el que es duro con Integra, ha sido sir Irons (si recuerdas, él le ordena que sea ella misma quien remate a sus soldados cuando fueron convertidos en ghouls), pero creo que debe existir compañerismo, y sobre todo actitud contestataria ante otros sectores del gobierno (bueno, es mi apreciación). Sobre lo que comentas de mis descripciones, es bueno saber que se consigue evocar sensaciones en los lectores ^^. Gracias de nuevo por tu comentario.

Ahora sí, nos leemos luego, Hellsinguers, hasta la próxima!