─ Échalo de tu casa antes de que sea demasiado tarde. Puede ser que luego ya no puedas, tienes que echarlo antes de que las sombras recrudezcan. Échalo… ¡Sácalo de tu casa antes del otoño!
Entrecerré los ojos tratando de grabar en mi memoria cada palabra. Sabía que no habría una segunda vez para hablar de esto con la mujer que tenía sentada frente a mí, a la que había venido buscando. Ahora, al llegar tan lejos, ─al estar en ese momento debajo de la techumbre de más de cien años, debajo de las altísimas copas de los pinos que miraban cielos nocturnos como ese: despejado y tachonado de estrellas tristes bajo las cuales árboles gemían y se mecían al compás de del viento─ sabía que no podía echar en saco roto nada.
Sopesé en mi mente lo que la vieja me había dicho, suspiré mirando mi regazo, mis piernas, mis rodillas cansadas, rasguñadas en la última misión encomendada hacía unos cuatro días, apoyadas sobre una apolillada y vieja alfombra sobre la cual descansaban las carcomidas patas de una mesa japonesa, encima de la cual se esparcían asquerosas dunas de ceniza, cera derretida, residuos de comida. Me dio asco. La cabaña volteada, abandonada a su suerte, pequeña, sucia, macabra, olvidada adrede por esa vieja loca de rostro ajado, ojos hundidos, dilatados, perturbadores, cuajados por los gruesos surcos de edad que se cortaban en sus parpados. Una mujer cuyo nombre los lugareños no pronunciaban o querían olvidar, no así mí padre que lo recordó para decírmelo, para aconsejarme que la buscase cuando él estuviera demasiado lejos ya para poder guiarme.
Voltee la mirada hacia el ventanuco cuyo vidrio se rasgaba en la vejez y la suciedad. Levanté una ceja, hablé sin que el miedo o la duda se notaran: ─ ¿Cómo? ¿Cómo lo voy a echar si es tan poderoso?
─ Debes hallar la manera, pero yo no puedo ayudarte, esto sobrepasa mi poder …
─ ¡El mío también! Soy una cazadora de vampiros, no una combatiente de demonios.
Su sonrisa descompuesta y macilenta fue lo único que pude distinguir en la semi oscuridad. Luego escuché el crujir de sus huesos, cuando ─ me pareció, lo imaginé ─ levitó para poderse levantar. Alcé la mirada para ver su rostro a medio metro de mí, caminó unos pasos en dirección opuesta, unos metros nada más. Luego regresó trayendo un talego que arrojó en mi regazo sin siquiera voltear a mirarme.
─ ¿Qué es esto? ─ llena de intriga abrí el talego y miré dentro, eran unos viejos huesos humanos.
─ Ahora vete ya que no tengo tiempo para más, pero no desoigas lo que te digo: si no lo echas durante el verano, después será tare si lo haces cuando el mundo se envuelva en la estación de las sombras ─ echó a andar de regreso, a adentrarse aún más en su pocilga ─ sácalo de tu vida antes del otoño…
Luego desapareció.
Me puse de pie más llena de dudas que antes de haber venido, aferré entre mis dedos el sucio y roído talego, saqué del bolsillo un fajo de libras, los dejé sobre la mesa japonesa (entre la suciedad y la cera derretida), me dirigí a la agreste y apolillada puerta de salida, salí después de despedirme: ─ Adiós señora Drea. ─ me fui sin mirar atrás.
Jamás regresé a visitar a la proverbial bruja irlandesa aquella, de la cual me habló mi padre, y también la señora Emily, la nana de Catherine, al servicio de la familia Marshall por generaciones. Ni pensé en volver a hacerlo, sólo me llevé el talego y sus palabras. Cuando hube caminado suficiente por la gris vereda hasta donde la oscuridad de los robles y los pinos me dejó ante la luz de la luna creciente, me arrodillé sobre el mustio pasto para mirar mejor el interior del saco que cargaba. Al mirar cada hueso, un escalofrío recorrió mi alma, pero no quebró mi voluntad, "creo que la vieja chiflada desea que haga necromancia". Fruncí el ceño, tragué espeso y encendí un cigarrillo. Luego até la jareta, me eché el fardo a la espalda, acaricié con la punta de mis dedos la fría cacha de un revolver apretujado entre la pretina de mis pantalones y mi carne, seguí el camino hasta salir de las espesuras del bosque. Anduve un poco más, cosa de unos minutos hasta distinguir la silueta taciturna de Walter, ambos caminamos sin decir mucho hasta subir al auto. Horas después dejamos Irlanda, despegando desde un helipuerto para ir a casa.
-ooOOOoo-
Caminó hasta rozar el borde del acantilado para contemplar de cerca, el sol morir en las aguas cuyas olas se rompían contra las rocas de esa playa escocesa. El horizonte pintado en decenas de colores vespertinos, melancólicos: rojos, grises, malvas y purpuras observados desde más de diez metros de altura sobre ese peñasco espolvoreado de musgo y pasto suave.
Suspiró profundo inhalando la brisa salada, metió la mano al bolsillo, extrajo una cajetilla, un encendedor y se dispuso a fumar su primer cigarrillo de la noche, mientras el viento necio que anunciaba la noche enmarañaba su cabello negro.
Se acercó todo lo posible al borde del imponente acantilado, como a un par de centímetros de caer, en una altura tan prodigiosa que cualquier mortal hubiera retrocedido presa del vértigo, pero no él. Estaba sosteniéndose a sí mismo sobre las rocas matizadas de musgo, dejando al viento frío de la hora del crepúsculo golpear su rostro.
Hacía una semana que había partido de Londres a cumplir con la misión de exterminar cierta clase de criaturas de la noche, pequeñas, humanoides, repulsivas.
─ "Duendes", usted sabe, así las llama el vulgo…según esto, están siendo azuzadas por una pandilla de oscuros facinerosos…─ recordaba el vampiro, escucharle decir al hombre canoso, regordete carraspeando debajo del cuello de su camisa con anticuada corbata de moño.
─ Oscuros facinerosos ─ repitió como en dubitación el rey no muerto al tiempo de exhalar una bocanada de humo.
─ Sí, eeh…brujos de mala nota. Gustan de robar infantes de sus cunas, hacer sacrificios humanos, ─ lo escuchaba mientras las piedras bajo las suelas de su calzado crujían sobre un piso de tierra húmeda por las constantes lluvias británicas. El comisionado de esa comarca miró de soslayo al imponente caballero de aire extranjero, como tratando de sacar algo en concreto en medio de su ensayada y aparente indiferencia ─ …además rituales orgiásticos, entre muchos otros satanismos …
Para fines prácticos, el rey no muerto recordaba los detalles de esa conversación acontecida hacía días, luego transcurrió un rato. Después de observar la parsimonia eterna de las olas del mar contra los acantilados, el vampiro dio dos pasos hacia atrás sosteniendo el cigarrillo entre los labios. De la gabardina sacó un pequeño blog de notas, pasó algunas páginas escritas de puño y letra de Integra. Mentalmente marcaba las aldeas y pueblos que debió purgar en su búsqueda. Habiendo tenido éxito en casi todas, le restaba apenas una noche de cacería para completar su encomienda y volver lo más pronto posible a la capital inglesa. Más no era que extrañara a la ciudad tanto como echaba de menos a su ama. Desde que había dejado el corazón del reino, despertaba a medio día (no carcomido por la culpa de causar "sufrimiento" a Walter, como había predicho, sino pensativo por la suerte de la heredera), y cuando aquello ocurría, se maldecía a sí mismo y el día en que atrajo la atención de Abraham Helsing, el día en que selló su destino.
─Duerme bien, ama…─ dijo hacia el horizonte, como si la brisa marina pudiese llevar esas palabras consigo, a través del mar, a través de las aguas del Támesis y un poco más lejos, donde la doncella pasaba sus noches mullida en el sofá de la biblioteca que hacía las veces de cama; debajo del piar sonámbulo de un canario blanco (regalo del viejo mayordomo quien había leído, las aves son buenas para ahuyentar al demonio, al ser ellas una de las creaciones más amadas de Dios). Sales de mar alrededor y oraciones en la madrugada. En la mansión Hellsing oraban media hora antes de dormir las sirvientas más creyentes, entre las que destacaba Theodore y una que otra tórtola que, valientemente resistieron el oscuro asedio de la mansión.
Muchos años después, aquellas noches a Integra se le antojarían surreales, extrañas y profundas como los sueños que la embargaban, donde un vampiro pálido y luengo pensaba en ella bajo la lunar luz de una fría playa escocesa, y ella lograba no sentir miedo.
─ ¿No crees que es mala idea que hayas mandado a una misión tan lejana al único que podía protegerte de esas porquerías sobrenaturales?
─ Tal vez, Blair…o tal vez lo hice a propósito…tal vez necesito estar lejos de él unos días…
Unos días, unos cuantos nada más, y las hojas del calendario se escurrían como si el calor de junio pudiera derretirlas. Ella arrancaba una cada noche antes de dormir, antes de soñar los mismos sueños lucidos que, a muchas millas, mucho mar y mucho cielo de distancia, él soñaba despierto también.
XXI
El estío.
Él era Charles Gregory Ferguson de la Casa Islands, cuyo árbol genealógico se inscribía en la nobleza británica desde hacía más de diez generaciones. Caballero de gran fortuna y reputación; etonian de elite; aristócrata a toda prueba; imprescindible en los más altos círculos de la sociedad. Tan refinado, tan propio, tan pagado de sí mismo. En unos cuantos meses sería un flamante y prometedor estudiante de leyes en la no menos prestigiosa y antiquísima Universidad de Oxford. Señor que en unos años heredaría las riquezas, el poder, la influencia, el título del todo honor y carácter de su padre. Charles, nombrado así en honor al príncipe de Gales, era todo lo que se podía esperar de un lord y soltero codiciado, mas, estaba prometido desde la infancia con una joven de cierto renombre. Una joven a quien en ese momento clavaba el azul asesino de sus ojos, a no más de cinco metros de distancia, donde ella charlaba con sus tres únicas amigas.
"Conversar, beber champagne, actuar sin el menor remordimiento, andar por el mundo sin la menor vergüenza. ¡Si todo el mundo supiera tu secreto, maldita hipócrita!" Pensaba, machacaba para sus adentros el joven lord enfundado en el ceñido blazer negro del uniforme de equitación, estrujando entre sus manos unos guantes de gamuza, (como hubiera querido estrujar el cuello de la joven rubia ). Ella usando un vestido ligero color cian y una modesta pamela veraniega de mimbre sobre sus cabellos lacios, dorados, brillantes bajo los rayos del sol de mediodía.
─Me alegra que hayas venido, Integra, te hacía falta distraerte─ le decía Catherine Marshall antes de darle un sorbo a su copa de espumoso champagne.
La aludida sólo miró a todos lados y esquivó con total desenfado la mirada punzo cortante de su prometido (la cual le tenía sin el menor de los cuidados). El prometido quién ya estaba hallando difícil disimular sus impulsos en medio de la concurrencia reunida allí esa mañana para verlo competir a él (y a otros cuantos jóvenes) en una justa ecuestre. Al fin, él desvió los ojos, lo tuvo que hacer porque sus compañeros le anunciaron que era hora de comenzar.
─ Ahora vamos a hacer de cuenta que este deporte es lo más adrenalínico que le ha pasado al mundo, chicas ─ dijo Blair quien tampoco había podido dejar de beber champagne ─ y tú, Integra, ¡debes estar atenta y animar a tu radiante lord! ─ sarcástica y sonriente, como siempre, echó a andar para ocupar un lugar en las gradas. La siguieron Catherine, Margaret e Integra cuya mirada se perdía en el césped recién podado, aplastado bajo la suela de sus zapatos tipo Oxford.
"Échalo de tu casa antes del otoño", se repetía junto con otros pensamientos recurrentes. "Ya falta poco para el fin de las clases" …" Ya falta poco para volver…para volver a verlo". Sorbió el último trago de su copa, después de haber ocupado su lugar en la grada junto con el resto de las damas y los caballeros. Escuchaba a lo lejos la voz que iba a comentar la competencia de salto, que animaba a la distinguida concurrencia, que anunciaba el nombre de los jinetes, que daba por iniciada la jornada.
Integra observaba lo que ocurría en el campo y no, oía y no… mientras recordaba a Alucard diciéndole:
─ Me voy sólo porque estoy siguiendo tus ordenes, pero si por mi fuera… ─ miró hacia otro lado, movió negativamente la cabeza un par de veces, trató de encender un cigarrillo, aunque el aire que producían las hélices a un par de metros de ellos le dificultaba la sencilla tarea. Sus pupilas corintas detrás de las gafas oscuras, y una sonrisa de resignación. ─ ¿ya qué? Donde manda capitán…
Ella dijo: ─ Es cuestión de trabajo, no hagas dramas…
Él se sonrió hasta los colmillos, se encogió de hombros, sostuvo el cigarrillo aún apagado entre sus labios y sacó del bolsillo de la gabardina negra un dije de plata muy sencillo que pendía de una cuerda de cuero delgado, haló una de las manos de ella (la derecha) y colocó la incipiente joya en su palma. Ella abrió la mano y la observó.
─ Es un sigil… ─ el sol dentro de un triángulo, el triángulo dentro de un circulo, dos estrellas, la cruz de hierro (un sigil idéntico al que el rey no muerto había pintado bajo la alfombra, debajo del sofá, sobre la duela de la biblioteca donde ella ahora pernoctaba).
─ Y te ayudará como protección, llévalo prendido a tu cuello, ahora que no voy a poder estar cerca para patearle el culo a quien ya sabes ─ por fin encendió su cigarrillo, le dio una bocanada.
─…pues gracias.
Él sólo movió la cabeza afirmativamente, volvió a encogerse de hombros: ─ Bueno ya me voy, con tu permiso ─ hizo una reverencia teatral, dos pasos de reversa y subió al helicóptero que en seguida comenzó a elevarse. Antes de alcanzar no más altura que diez metros, asomó la cabeza y levantó una mano. Ella respondió el adiós sin gesto alguno, sólo con la mano levantada. Así lo miró marcharse con destino a tierras escocesas, y de eso ya hacía casi dos semanas.
De repente, la voz exaltada del comentarista la sacó de sus absortos pensamientos, "¡Damas y caballeros, parece que lord Charles Islands acaba de sufrir un percance!" Y confundida, entre sus recuerdos y la luz del sol en el cenit bañando el campo, apenas pudo distinguir a Charles en el suelo. Había caído del caballo.
Por suerte para él, no había sido una caída que se tradujera en fatalidad, pero sí le hizo perder toda posibilidad de ganar, lo cual lo llevó a levantarse con aún peor humor, y una muy amarga y fustigante sensación de humillación, ¡y peor aún! Bajo los ojos indiferentes de la joven quien sólo se dedicó a mirar a otro lado, porque, ¿qué le importaba él a ella? "Nunca te va a amar ni un poco". El ego del lord se estremecía, se retorcía bajo la verdad.
"¡Nadie, nadie me va a humillar de esa forma!" Fue lo que le espetó a la joven rubia con furia cuando consiguió interceptarla en los solitarios establos, fue lo que le gritó a quemarropa cuando pudo asirla por las muñecas y sujetarla contra una pared.
─ ¡Mírame cuando te hablo! ─ hirviendo en rabia e impotencia. Por toda contestación, ella suspiró y sin expresión alguna de agravio, angustia, miedo u otra emoción que debiera sentir, se dignó a mirarle a los ojos. Entonces la mano derecha de Charles la sujetó por el rostro con rudeza ─ ¡no vas a seguir mofándote de mí y de mi nombre! ¡Y más vale que te hagas a la idea de que, te guste o no, serás mi esposa! Aún, ¡aun cuando ya no seas digna de mi apellido! ─ Entonces la rubia no pudo evitar el sonreírse burlescamente. Al ver aquello, Charles tuvo que contenerse mucho de veras para no comenzar a estrujarle el cuello.
Resoplaba, sus ojos estaban casi desorbitados, su rostro enrojecía aún debajo del barro húmedo que lo manchaba, y creyó que, si no hacía algo para desquitar su rabia, iba a explotar de veras. Así que deslizó la mano que la sujetaba por el rostro a través del cuello, y luego pretendió bajarla por el pecho, mientras colocaba una pierna entre las de ella para evitar que se moviera. Ella, sobresaltada sí, pero aún sin inmutarse, sentenció: ─ Si intentas tocarme, te juro por Dios que será lo último que hagas con esa mano…
─ Si acaso intentas defenderte, ¡Todo el mundo se va a enterar de que lo que ha pasado entre tú y tu demonio!
Esto último sí tuvo una reacción en ella, una que se guardó muy, pero muy para sus adentros mientras evaluaba fría y analíticamente lo que acababa de escuchar. Dos segundos después aplicaba una hábil llave evasiva cuando él intentó meter la mano debajo de su falda, y lo que ocurrió fue que Charles quedó otra vez de rodillas contra el suelo, mientras ella se alejaba caminando a paso calmado.
─ Conmigo no te gusta, ¡¿verdad?!
Ella no volteó, no se inmutó, sabía que no podía protagonizar otro escándalo, sabía que estaba a prueba, ¡pero no! No iba a ser ese niño petulante, ese despreciable el que pusiera en jaque lo que por dos semanas había logrado con estoicismo, muy a pesar de la presión constante de sus prefectas y directora, del acoso cruel de sus enemigas, ¡Y de todo cuanto intentaba hacerla caer! "Integra Hellsing le hace honor a su hombre", dijo para sus adentros al terminar de escuchar la ofensa, y sólo detuvo su marcha unos segundos, no muchos, no pocos, tan sólo los suficientes para contestar con voz contundente, segura pero limpia de toda exaltación: ─ y nunca me va a gustar…y si quieres cuéntale a todo el mundo lo que has sabido, ¡a ver a quién le importa más! ─ terminó de marcharse sin volver a mirar atrás, porque poco le importaba lo que él pensara y porque ella no quería que cayera en cuenta de esa sonrisa maliciosa que se dibujó en su rostro quasi triunfante: "¡Excelente, Charles, has mordido el anzuelo! …"
ooOOoo
"¡Pronto, ¡Integra, pronto!" … A kilómetros de distancia le decía en sus sueños y pensamientos el rey no muerto.
─ Demoraré en regresar a Londres unos cuantos días más, ama…Sí, ya salí de Escocia, te lo dije. ¿Qué a dónde iré? Perdona ama, no intento hacerte rabiar, pero yo también tengo mis asuntos…"Por más que me insistas no te lo voy a decir, Integra, esto tiene que ser…una sorpresa"…No quisiera, ama, pero tengo que colgar…sé que todo está bajo control en la mansión, no creas que no me preocupo de ello, pero esto también es importante, tú misma verás que sí cuando sepas de que se trata, ahora…tengo que colgar, ¡hasta pronto! ─ cortó la llamada ─ no tardaré, te lo prometo─, guardó el móvil en la bolsa interna del saco, siguió su camino por tierras galesas, por montañas peladas, de roca, arena y césped verde, avanzando en esa búsqueda que inició la tarde en que descubrió que Sixtina había desaparecido de Londres, y así comprendió que ya no había forma de ponerla en peligro, de ese Londres donde, el día que Integra había estado esperando, al fin llegó.
Era la primera vez en muchos años que la joven miraba con agrado el extenso terreno del colegio. Esa era una mañana del viernes de la penúltima semana de junio, esos días que ella no olvidaría jamás.
Llegó al colegió más temprano que de costumbre y, cosa muy extraña en ella, descendió del auto, sonriendo, sintiendo alivio en el alma. Avanzó hasta ingresar al edificio principal y caminó por sus pasillos con una sonrisa y una actitud como de quien consuma una revancha largamente esperada. Cuando pasó por debajo de la trabe que sostenía el gran reloj de pared, como muchas otras estudiantes, volteó a verlo y suspiró con alivio minutos antes de encontrarse con su pequeño grupo de amigas, quienes esa mañana se saludaron afables y alegres, se desearon lo mejor en ese, el último examen, el último requisito, el último día oficial de la preparatoria.
Cuando se despidió momentáneamente de sus condiscípulas, la joven heredera echó a caminar como con una recuperada paz porque había sobrevivido a las últimas semanas de ese pequeño infierno que sus declaradas némesis y la punzante vigilancia de la señora Philiphs, habían hecho del colegio.
A pocos metros de llegar al aula correspondiente, antes de hacer girar el frío picaporte entre sus dedos, escuchó un cuchicheo: ─ Ella es la chica…
Sí, ella era la chica, la chica cuyo nombre había estado dando tumbos por todo el colegio: sus aulas, pasillos, jardines y habitaciones. Pero lejos de inmutarse ante aquellas inevitables habladurías, ella sonrió entre dientes con una extraña satisfacción interna: todo ahora formaba parte de su plan. Así fingió, fingía no escuchar ni una sola palabra que la estuviese aludiendo, y esa, como otras tantas ocasiones, se encogió de hombros, traspuso el umbral de su salón de clases, a esa hora listo para comenzar el examen final de Ciencias al cual se presentó formal y disciplinada de pies a cabeza.
"Debe mostrar un comportamiento ejemplar dentro y fuera de nuestras Instituciones", esa fue la orden. Los consejos, como los de Sir Irons, de que guardara toda la compostura posible al menos por las semanas que le restaban en el colegio, ¡y en verdad que estaba dispuesta a ello! Por eso, el lunes que siguió a la reunión en el Parlamento, la joven se había presentado puntual y sin desaliño ni modos toscos de portar el uniforme, no más botas militares, ni blusa desfajada, no hubo camisetas de los Rolling Stones, ni brazaletes con estoperoles o cabello revuelto, está vez no. Cinco minutos antes de las ocho de la mañana, una alumna impecable, portando el uniforme completo, entraba sin más accesorio que una diadema de imitación de carey sobre la cabellera rubia prolijamente cepillada, y algo similar durante días hasta esa mañana, el último día de clases.
─ Es la prueba final que tendrán en este colegio, señoritas─ la joven profesora, mirando su reloj de pulso─ así que pongan todo su empeño, les deseo toda la suerte, ¡ya pueden comenzar!
El sonido del grafito contra las hojas de papel, el único sonido dentro de aquel viejo salón de clases, y en el contiguo, y así sucesivamente. Las manecillas del gran reloj del vestíbulo hasta que marcaron una hora exacta cuando la prueba tuvo que ser devuelta, y la asignatura fue despedida. A esa clase le seguirían otras cuantas con un excesivo ambiente disperso y relajado que les impedían a las alumnas poner de su parte, estar ese día en el colegio era un mero requisito, por lo que todas se sentían con el justo derecho de atesorar ese último al lado de amigas y vivencias que no volverían jamás.
"Voy a recordar está época dentro de muchos años, con humor", se decía Integra, "algún día todo esto me parecerán chiquilladas, puede ser que incluso llegue a sentir nostalgia por este lugar". Y los pensamientos recurrentes que insistían en no dejarla en paz: Alucard lejos aún, la mansión asediada por manifestaciones apenas puestas a raya desde esa madrugada, un día después de esa noche loca de viernes cuando corrió a través de Londres; cuando logró rescatar a una de sus mejores amigas de las garras de una banda de vampiros paupérrimos; cuando cruzó el Támesis en una barcaza robada al lado de él; cuando llegó tardísimo a la mansión, empapada, borracha, atormentada de deseo y amor, cuando…
Hacía sólo tres semanas de eso, pero a ella se le antojaban meses. Luego pensaba, por supuesto, en la organización, pensaba en el futuro, en la Universidad que la aguardaba, incluso, pensaba en Charles Islands: blondo, iracundo, frustrado, lleno de barro desde sus cabellos hasta sus botas hípicas, tratando de amedrentarla.
─ … ¡estaba como loco! Total, pero totalmente fuera de sí, ─ se detuvo a evocar con todo lujo de detalles el momento y le dio risa ─ si sus ojos hubieran sido armas de fuego…
─ Y, ¿te siguió? ¿Te siguió hasta los establos?
─ No lo sé, yo sólo caminé hasta allí porque quería ver a los caballos, siempre que vamos a las hípicas lo hago.
─ Y en su lugar viste a un imbécil… ¡En fin! Hablando de fuego, creo que estás jugando con él─ detuvieron un poco su caminata a través del campo, Blair se colocó una cinta debajo del flequillo, dobló sus calcetas, puso las manos en la cintura y miró hacia ningún lado─ ten cuidado, Integra, todos sabemos que Charles Islands es un hijo de perra, ¡lo gracioso es que el único que no parece darse cuenta es el viejo Hugh!… ¡Sir Irons a veces me da pena! Si supiera la clase de araña ponzoñosa que tiene por hijo …
─ ¡No le tengo miedo! ─ demasiado segura de sí misma para el gusto de Blair ─ ¿Además fue divertido! ¡Debiste de haber visto su expresión! Es que el hombre estaba retorciéndose en su propia bilis ─ una risa burlona se dibujó en su rostro, Blair Hamilton sólo frunció extrañada el ceño, torció la boca confusa y no supo que pensar
─ No sé qué te traigas entre manos, pero espero que te resulte bien… No quiero que otra de nosotras esté en aprietos y mares de lagrimas
─ ¿Lo dices por Maggie?
─ Creo que sí…
─ El vicealmirante no entiende razones, te juro que yo misma traté de…
─ ¡El vicealmirante es un viejo cabrón! Siempre quiso a Bobby en una academia militar, y ahora lo va a lograr, ¡todo gracias a las estupideces de Ralph!
─ Yo espero que no lo logre, espero que sir Walsh no se salga con la suya
─ Ya somos dos…
─ ¿Y qué hay con Ralph?
─ Ya terminamos … lo tomó bien, dice que seguiremos siendo amigos…─ se encogió de hombros con indolente indiferencia
─ ¡Las ventajas de no estar enamorada!
─ ¡Tú lo has dicho, Teggy! Aunque a veces, ¡sólo a veces! Quisiera saber que se siente estar enamorada, y envidio a Maggie…─ chasqueó la lengua ─ y te envidió a ti…
Al escuchar eso, al ver la mirada picara y escrutadora de su amiga, Integra pegó el mentón al pecho, con las mejillas enrojecidas: ─ Yo no…yo no estoy enamorada…
─ ¡Sí, aja! ¡Y yo soy la duquesa de York! ─ Le dio un leve codazo.
─ ¡Señoritas, dense prisa, ya vamos a comenzar! ─ la voz de la profesora de educación física llamándolas a voces a través del campo amplio, rodeado de gradas. Jóvenes hablando en grupos, la cuadrilla de porristas organizando su ceremonia a las estudiantes que las sucederían, (entre las veteranas la condesa Felton, con cada cabello acicalado, perfectamente bien maquillada aún bajo el calor, compartiendo de lejos risas y besos con sus amigas); las miembros de los equipos de soccer y rugby firmando camisetas entre sí. El campo oloroso a pasto recién podado, reverberante como la vida plena que contemplaba la vieja escuela.
─ ¡Está es su última clase, no se demoren!
Veinte muchachas en camiseta y shorts preparadas en el campo, a dos metros de Integra y Blair. La rubia colocó el antebrazo frente a sus ojos para mirar mejor, distinguió la figura delgada de Maggie corriendo desde el otro lado del campo, (Catherine Marshall estaba exenta de tomar la clase de deportes porque formaba parte del comité de alumnos); volteó a sus compañeras comenzando a hacer flexiones, a Isabella Bardsley mirándola con mofa como siempre; a Blair haciendo a la cruel joven, una seña obscena disimulada con subir de nuevo la banda debajo de su cabello castaño; a la profesora que la volvía a llamar al sonido de un silbatazo que las puso a correr a todas a dos metros y sentadilla, a cuatro y elongación, a seis, "toco el suelo y de regreso"...La clase siguió cuando la profesora les entregó balones de voleibol para jugar a los quemados, y volaron en todas direcciones: de derecha a izquierda, de arriba abajo, pero de repente, cuando les habían ordenado descansar unos minutos, a Agatha Collins se le ocurrió que sería buena idea practicar un saque de balón el cual "casualmente" fue a estrellarse contra la cara de Integra. Todos fijaron su atención en ella: la profesora, Agatha, Isabella, la condesa a más de media chancha la cual señaló y empezó a reír; Blair Hamilton que miró como en cámara lenta como Integra viró ciento ochenta grados sobre su propio eje, manando sangre por la nariz para caer de bruces al pasto.
─ ¡Agatha! ─ grita la educadora
Y no se dio ni cuenta, ni como, ni en qué momento, Blair caminó hasta ella con aplomo feroz, con mirada asesina, con pasó contundente, con sus armas tomar. Margaret la vio, nadie más lo hizo, estar a medio metro de Agatha y propinarle una sonora y regia bofetada que la arrojó contra el pasto también.
¡Boom! La cámara lenta terminó y ni la maestra supo cómo pudo apenas detener una batalla campal entre jovencitas enardecidas.
─ ¡Lo hiciste a propósito, perra!
Mientras que Margaret corrió a auxiliar a Integra quien aún yacía en el suelo, echa un ovillo, pero no en inconsciencia o en dolor, sino aferrando fuerte en su puño derecho, el sigil que le había sido regalado… "Esto es por nosotros" …pensó la rubia, se sonrió levemente y aún con los ojos cerrados distinguió al gran vampiro regresando al fin a Londres. Sin borrarse esa sonrisa peculiar, sin dejar de aferrar el sigil en su puño ensangrentado, sobre el cuello de la camiseta ahora empapada de sangre, se levantó con la ayuda de Margaret, la miró a los ojos, se volvió a mirar a todas las demás, le sonrió con cariño a sus amigas, y echó a andar con su aplomo acostumbrado para salir del campo, llevando la frente en alto aunque la cara partida.
Media hora después, mientras la enfermera escolar le hacía las curaciones necesarias a una casi ausente Integra, ella se preguntaba que habría sido de su amiga. Nada que a la misma Blair le pudiera importar demasiado: detención tan sólo, una llamada de atención, puede que, hasta la expectativa de no asistir al baile. El hecho fue que cuando la rubia salió de la enfermería con el rostro lavado y curado, un tropel de muchachas de sexto grado se apiñaban en el corredor principal por donde se miraba a dos metros de altura, el gran reloj de pared del colegio.
─ ¡Diez!
Integra caminó entre el tumulto buscando un rostro conocido.
─ ¡Nueve!
Se sentía aún un poco aturdida por el golpe y los pensamientos amalgamados en su cerebro remolido por el sol de mediodía y el balonazo.
─ ¡Ocho!
Se abría paso a paso entre todas las condiscípulas de su generación, empujándose con los hombros. Levantó la mirada, distinguió el minutero a punto de marcar las dos de la tarde en punto.
─ ¡Siete!
Se quedó quieta un momento, tan sólo eran ella, el segundero recorriendo su última traslación, la euforia y aquella vivencia única.
─ ¡Seis!
Cerró los ojos, tan sólo quería escuchar.
─ ¡Cinco!
Una sonrisa se dibujó en su rostro…
─ ¡Cuatro!
Entreabrió los ojos azules.
─ ¡Tres!
"¡Integra, aquí estás!" Margaret y Catherine por detrás, abrazándola por los hombros.
─ ¡Dos!
Escuchó a un escaso centímetro de sus oídos las voces animadas de sus amigas.
─ ¡Uno!...
Y todas clamaron jubilosas hasta que un segundo después el instante se resolvió en las campanas del colegio tañendo el final de la jornada académica de ese día. Unas se abrazaban y besaban, otras (como las mismas Cathy y Maggie) saltaban, todas unidas en un barullo el cual continuaron hasta la salida principal del colegio donde comenzaron a desperdigarse. Integra se detuvo justamente ante las gradas de esa, la institución que para bien o para mal la había acogido por seis años, entrelazó los dedos sobre sus hombros y suspiró tranquila, feliz, satisfecha.
"¡Voy a recordar este momento para siempre!
─ ¿A dónde creen que van? ─ Blair a sus espaldas, corriendo con una sonrisa dibujada en el rostro ─ ¡No se marchen sin mí!
─ No pensábamos hacerlo… ─ respondió Margarett
─ Ha habido un motín en salón de detención por querer salir lo más pronto posible, hoy es el último día de clases, no valen los castigos ─ sonriendo, acomodando apenas sus pertenencias en el interior de su bolsa escolar
─ ¡No hay nada que detenga a Blair Hamilton! ─ exclamó Cathy.
─ ¡Jamás! ─ mostró sus dientes parejos y abrió como platos sus ojos color esmeralda al decir aquello ─ Integra, ¿cómo estás?
Por toda contestación, la aludida soltó sobre el pavimento caliente su bolso de lona y se adelantó con prisa a abrazar a su amiga, ante la mirada afable de Catherine y Margaret: ─ ¡Gracias!
─ No hay nada que agradecer, Teggy ¡Yo tendría que ser la que te diera las gracias por la satisfacción de haberle rajado la cara a Agatha Collins! ─ Integra levantó una ceja y sonrió de buena gana, y entonces ambas amigas comenzaron a reír hasta que de nuevo se estrecharon casi carcajeándose, a lo que se unieron las otras dos chicas… y así estuvieron unos minutos, dejando que el momento se esfumara poco a poco. Cuando terminaron el abrazo, las cuatro miraron el colegio una vez más.
─ ¡Qué extraño! ¿Saben que jamás volveremos a tomar clases allí? … ¿se dan cuenta como terminan las cosas en la vida? ─ dijo Catherine
─ De un momento a otro… ─ agregó Margaret.
─ ¡Así es la vida! Se va como poluta de humo entre los dedos ─ terció Integra
─.. ¡Bueno ya! Dejemos la filosofía para otro momento, ¡vámonos!
Las cuatro se miraron a las caras, asintieron, y con una sonrisa tranquila echaron a andar por el sendero que se abría entre ellas, no una calle londinense más, sino la vida entera aguardándolas.
─OOO─
El mayordomo bajaba la escalinata de servicio que daba a la cocina para hallar la habitación destilando aromas del té en ebullición, y a la ama de llaves preparando la comida.
─ Theodore, ¿puedes hacerme un favor? ─ la mujer asintió con la cabeza y una sonrisa sutil, volteando de reojo ─ ¿puedes ir a hacer las compras para la reunión de esta noche?
La mujer contestó afirmativamente mientras Walter tomaba su lugar ante la estufa y terminaba de freír el filete en el sartén. Theodore salió por la puerta hacia el comedor buscando una tórtola que la acompañase a los mandados, y fue así como el sirviente se quedó solo con sus pensamientos entre aromas y sabores.
Mientras terminaba de preparar todo para la comida de la ama, su mente evocó memorias viejas, memorias de más de dieciséis años, donde él preparaba las papillas y la leche caliente para la nueva bebé, la pequeña Integra Hellsing de meses de nacida que estaba poco de quedarse huérfana por lo cual era atendida por la servidumbre más que por su débil madre.
"Lo recuerdo, entonces" …Sí, recordaba como la rubia bebé pataleaba dentro de su silla antes de comer su batido de frutas, entre otros muchos recuerdos que Walter tenía de ella, cayendo en cuenta que su ama era a la vez como su hija, y odiando con toda su alma lo que había sugerido Alucard en el sótano de vinos aquella tarde de hacía semanas. "Pensamientos retorcidos para un ser retorcido", se dijo así mismo mientras preparaba la barra del desayunador que era donde a ella le gustaba comer. Cuando todo estuvo bien dispuesto la llamó por el interfono de la casa hacia la habitación que había sido suya, la habitación "maldita", donde pasaba la tarde acomodando sus pertenencias de una vez, para luego no olvidar nada cuando terminara el verano y se marchara a la Universidad.
Minutos después, una Integra más relajada que de costumbre bajó por las escaleras de servicio para hallar el rostro afable de su mayordomo invitándole el almuerzo.
─ Gracias Walter, como siempre ─ con la misma sonrisa, lavándose las manos en el fregadero y tomando asiento sobre un banco frente a la barra del desayunador. Mientras el sirviente le daba a elegir entre té de hojas de limón o de menta, también le informaba que todo lo concerniente a su reunión de en la noche, estaba en marcha de quedar listo. ─ gracias por eso también, además sólo serán los chicos y yo: Maggie, Cathy, Blair, Bob y a Ralph, a quien hemos perdonado, así que será una noche tranquila.
Walter notó que no había mencionado a Charles Islands, y no se hubiera atrevido a mencionarlo él tampoco, lo cual no le molestaba más le inquietaba por lo que Alucard había referido del joven.
─ Milady, con todo respeto, pero algunos de sus amigos no conocen lo que es una reunión tranquila.
La joven hizo un mohín que pretendía ser disgustado, pero más bien era divertido, al tiempo de darle una mordida al pan de avena en la canasta: ─ ¿Lo dices por Blair y por Ralph? ─ el mayordomo la miró tan sólo ─ creo que…aprendieron parte de la lección, además…─ miró hacia arriba evocando recuerdos─ además acordaron portarse bien, al menos cuando yo esté con ellos, para no causarme problemas ─ un sorbo de té de limón─ tú sabes, por lo del periodo de prueba, ellos, aunque yo no lo crea, son tan buenos amigos que entienden que su conducta disoluta ─ imitando el tono de una prefecta ─ puede traerme problemas.
─ Eso espero, señorita ─ respondió Walter escéptico ─ porque lady Hamilton, bueno, ¡ahora tiene una reputación!
─ Yo también ─ respondió Integra, mirando a su mayordomo con un dejo de pena.
─ ¡No hay comparación, señorita!
─ Pero ella es… mi mejor amiga. Me acepta tal y como soy y yo la acepto tal y como es, me ha defendido más de una vez ─ señaló el balonazo en el rostro─ además, no sé si después de este verano volveremos a estar juntas otra vez así que…a la larga los únicos amigos que conserve sean tú y…─ ya no dijo nada, sólo se quedó mirando a un punto perdido, no quería decir Alucard, pero a la vez sí. "¿Es que se puede considerar amigo al tipo del que te has enamorado?" Walter entendió a quien se refería y trató de cambiar el tema.
─ Entonces…entonces sólo tendremos que preparar poca comida…. ─ siguiendo con su faena de ir y venir.
─ Y que sea chatarra, Walter, es parte de la diversión ─ dijo empezando a degustar la crema de calabaza en su tazón, indecisa entre sacar a colación el tema de sus extraños viajes a Sudamérica, el que estuviese recibiendo ordenes extra oficiales de alguien más, y todo ese embrollo que a ella le parecía de lo más fastidioso de tratar y esa tarde tan sólo quería pasarla bien.
El mayordomo la miró por arriba del hombro, asintiendo mientras fregaba unas ollas sucias, coincidentemente agradeciendo que hasta entonces no lo hubiera cuestionado por lo que supo aquella tarde la audiencia en el Parlamento. Más minutos transcurrieron en los cuales la joven no dijo mucho más y se dedicó a comer, recordando, sí, que en la mañana las alumnas de toda la generación fueron convocadas para tomarse la última fotografía.
Integra y sus tres amigas caminaban juntas sobre el empastado aún húmedo del patio trasero, con el sol de las ocho de la mañana apuntando contra sus rostros, sol inclemente que esquivaban con el antebrazo. Las tres con el uniforme perfectamente bien portado y completo.
─ Creo que está es la única vez en años que me siento contenta por estar usando esto. ─ refiriéndose a la falda tableada hasta la rodilla color azul marino, la blusa blanca de manga larga, el lazo rojo al cuello, y el suéter abotonado.
─ Porque es la última vez…
─ ¡La bendita última vez!
Integra no participaba de la charla, pero al igual que las demás chicas, compartía su alegría y alivio. Cuando miraron al frente, se detuvieron para ver el contingente de muchachas formándose adecuadamente para ir a ocupar su lugar frente a la fachada principal del colegio, escenario de su fotografía de generación, luego acortaron la distancia que las separaba de las demás condiscípulas.
─ ¡Te ves mejor ahora, Hellsing, con ese balonazo en el rostro!
La aludida tan sólo sonrió ante aquel llamado de su atención, pero sin intención de voltear a ver de quien había venido, como sí habían hecho sus amigas cuando pasaron en medio del contingente de todas las alumnas de sexto año, cuyo bullicio fue sosegado por las ordenes de la prefecta Norris que les indicó avanzar en filas hasta llegar a colocarse frente a la fachada más representativa de la institución educativa, la del edificio administrativo con su arquitectura victoriana.
Entre bromas y risas, las chicas fueron acomodándose en sus asientos pre asignados en una de las gradas del gimnasio, de modo que todas aparecieran en la fotografía, mientras las prefectas revisaban que todas portaran el uniforme como se debía.
─ ¿Ya están listas todas?
─ ¡Espere señorita, falta Agatha! ─ dijo Isabella Bardsley buscando en todos lados durante casi un minuto bajo la exigencia de la prefecta Norris de hacerla aparecer cuanto antes pues ya casi todas estaban listas, cuando la susodicha llegó de repente, tratando en vano de cubrir su rostro con mechones de su cabello.
─ Señorita, ¿qué es lo que tiene allí? ─ preguntó molesta la educadora ─ siéntese ya y deje de esconderse, ¡su rostro tiene que aparecer en la foto y es todo!
Fue entonces que la aludida no tuvo más remedio que levantar la cara, sólo para mostrarlo lleno de un acné tupido y purulento que desató todo tipo de comentarios y reacciones entre las demás estudiantes, ni que decir de las amigas de Integra quien sólo reía por lo bajo, muy satisfecha de lo que veía.
─ Parece que no vas a ser la única con un "aspecto original" en la foto de generación, Integra ─ dijo Blair sin dejar de reír, ante la evidente y aguda vergüenza de quien fuera autora del balonazo en el rostro de la joven rubia. Ella tan sólo se encogió de hombros con una sonrisa como de triunfo (le hubiese gustado gritar a los cuatro vientos que ella había sido la causante, ¡qué se había vengado! Mas sabía que eso no era posible, que no podía simplemente ufanarse de haber estado practicando rituales de magia usando la fotografía del anuario para victimizar a Agatha Collins y hacerle un hechizo de prurito que iba a durar tanto como Integra quisiese, "tal vez me apiade de ella para la noche del baile", se dijo y siguió riendo al tiempo de dedicarle una mirada amenazante al resto de las jóvenes de la cofradía. "Está funcionando! ¡Al fin está funcionando!" Se dijo a sí misma, más satisfecha por la comprobación de que su magia daba resultados que de la venganza en sí, después de todo, necesitaba de abrir ese puente entre lo terrenal y lo espiritual si quería llevar a cabo la hazaña a la que se veía obligada: sellar y echar al demonio que acechaba su vida, de modo que, ya libre de las presiones de los exámenes finales, tuvo concentración para estudiar los textos metafísicos y esotéricos que databan de los tiempos del abuelo Abraham. No fue tan complicado para ella, tan sólo tuvo la ocurrencia de recoger una de las fotos del anuario del año anterior, recortarla y bajar al sótano, a una de las celdas subterráneas donde se dispuso a realizar el hechizo que a parecía haber tenido excelentes resultados.
─ ¡Ya estuvo bien de risas, señoritas! ─ fue la llamada de atención que recibieron de parte de las prefectas que les indicaban tenían que quedarse quietas ante el inminente disparo de la cámara fotográfica delante de ellas. Luego de cinco minutos todas estuvieron listas en la posición que les indicaron, sentadas de lado, con las manos sobre el regazo, algunas sonrieron, otras no. Integra sí sonrió por ver que sus planes marchaban bien, por lo cual su rostro quedó plasmado para siempre en la larga fotografía que había de colocarse el pasillo de los recuerdos, entre la media centena de las demás compañeras, con una expresión alegre.
Luego, todas las chicas tenían la tarea obligatoria de recolectar firmas de profesores y encargados de toda la escuela: entrenadores, bibliotecarios, encargados de la cafetería, esto con el fin de corroborar que no tenían deudas de ningún tipo. Una vez habiendo terminado, ya había dado el medio día, tiempo en que se llevaba a cabo un pequeño festejo en el campo deportivo de la escuela, al que asistieron ex alumnas y padres de familia. Momento en que el colegio abría sus puertas de par en par para que la concurrencia entrara y saliera, por lo cual fue fácil para los chicos de Eton, portando impecable su uniforme casual de verano (consistente en blazers cortos de grandes solapas, camisas a rayas rojas con corbatas a juego, pantalones blancos y sombreros canotier), trasponer las puertas del colegio, esta vez, sin escapadas por la barda de la huerta ni nada por el estilo.
─ ¡Integra, Cathy, Maggy, Blair! ─ escucharon la voz de Bob Walsh a sus espaldas que las saludaba jovial mientras él y Ralph Lancaster se acercaban hasta donde ellas se entretenían en comer algunas de las muchas golosinas ofrecidas en los estantes dispuestos a lo ancho de las canchas de rugby.
Al poco, los seis chicos andaban por las blancas gradas de las canchas, algo alejados del bullicio imperante de la reunión donde carpas habían sido instaladas, fuentes de sodas y chocolate, champagne y vinos eran ofrecidos en copas de cristal, así como otras exquisiteces, todo ello amenizado con los acordes de una orquesta de cámara, ambiente en el cual las damas (enfundadas en vestidos de verano y pamelas) y los caballeros (de elegantes trajes sport de lino y seda) charlaban.
─ ¿Saben cuál es uno de los inconvenientes de la aristocracia? ¡Que las fiestas son mortalmente aburridas! ─ Dijo Bob Walsh, recargado en una baranda, mirando con fastidio a lo lejos.
─ ¡Ni que lo digas! ─ agregó Ralph ─ y de pensar que unos años estaremos así de estirados.
─ Yo no, yo me iré de aquí ─ dijo Maggy como mirando a la nada. Los demás chicos la vieron, extrañados, luego Bobby quien lejos de hacer un comentario, tan solo la tomó de la mano y pasó uno de sus mechones del cabello de ella, detrás de la oreja. Integra hizo un gesto como de estar adivinando algo, pero no dijo nada al respecto.
─ Todos quisiéramos irnos de aquí, y si no lo hacemos ahora que somos jóvenes y tontos…pues…entonces terminaremos siendo estirados ─ dijo Blair con una risita.
"Eso es lo que Alucard dice", pensó Integra, "que unos años seré como cualquier noble frío y elitista", mas no lo dijo, tan sólo recargó la barbilla en la baranda para seguir mirando a lo lejos, y descubrió a Agatha Collins rodeada de la condesa Felton e Isabella Bardsley que trataban de consolar su llanto. Una parte de Integra sabía que debía arrepentirse de tenerla sumergida en un frasco, ahogada en una pócima repulsiva, con la cara pinchada con una aguja al rojo vivo, pero no lo hizo, tan sólo se sonrió maliciosamente pues no se arrepentía, ¡al contrario! "Sigues tú, Isabella". Dijo como para sí, pero en ese instante se asustó de sí misma, se asustó de estar siendo realmente malvada, pero al mismo tiempo, le hubiera gustado que Alucard supiera que no tenía miedo de darle la lección que fuera a su enemigo, pensaba mientras jugaba con el sigil de metal que él le había regalado antes de marcharse a Escocia, el que había llevado al cuello desde entonces junto a su cruz de plata.
─ ¿Saben que sería bueno? ─ expresó Catherine Marshall perdiendo la vista en la elegante reunión donde ahora tocaban Foxtrot ─ ¡tener una fiesta de verdad! Creo que deberíamos organizar algo en casa de alguien, necesitamos relajarnos, además es probable que este verano sea el último que pasemos juntos.
─ Sí, es muy probable ─ dijo Maggy
─ Y no es mala la idea, a mí me agrada ─ agregó Blair mientras sacaba una cajetilla de cigarrillos y les convidaba a sus compañeros (sólo Ralph e Integra aceptaron uno).
─ ¿Pero en casa de quién?
─ ¡De la mía ni de chiste! Con trabajos mi padre me dejará asistir a los bailes, aunque no iré al de Eton ─ dijo Bob Walsh
─ Yo también estoy castigado ─ terció Ralph
─ ¡Y yo! ─ aclaró Blair ─ además mi madrastra nunca nos dejaría hacer una fiesta en casa, no…
─ Bueno, creo que a todos nos han castigado, es cierto…a todos menos a…
Y las miradas convergieron en Integra quien al notarlo: ─ ¿Qué? ¿Yo…yo? ¿Pe…pero acaso están dispuestos a ir a la mansión?
─ Sólo si tú estás dispuesta a recibirnos ─ dijo Maggie sonriendo de buena gana, expresión que compartían el resto de los chicos.
─ ¿En serio irían a pasar una noche a Hellsing Manor? ─ aún sorprendida por la idea de sus amigos ─ yo, yo estaría contenta si quisieran ir, es decir, nunca he organizado una fiesta en casa, pero…pero recuerden que la mía no es como el resto.
─ Eso ya lo sabemos, pero oye, ¡creo que es genial lo que haces y lo que hay allí! ─ dijo Bob
─ Jamás pensamos poder ser amigos de una cazadora de vampiros auténtica, eso convierte a los demás en unos pobres perdedores.
─ Esa cierto ─ agregó Catherine ─ y lo que pasó esa noche en la ciudad, ¡wow! ¡Fue mejor que en una película de acción!
─ Así que mientras nosotros gastamos el dinero de papá, tú salvas a la nación, ¡y puede que hasta el mundo! Eso te coloca a otro nivel…─ dijo Blair
Integra los miró a todos sonriendo aliviada y casi sorprendida de estar hallando tanta buena aceptación de quienes pensó, no querrían volver a dirigirle la palabra después de todo el espanto de aquella loca noche de viernes.
─ Chicos yo, yo les agradezco que aún después de todo lo que pasó aún quieran seguir siendo mis amigos…
─ ¿Qué? ¿Bromeas? Si perdonamos a este maldito imbécil ─ dijo Bob señalando con la mirada a Ralph quien sólo se encogió de hombros ─ ¿por qué crees que íbamos a dejarte de hablar sólo porque eres una jodida heroína anti monstruos?
Por toda contestación Integra se rio, risa acompañada por el resto: ─ Si es así, no tengo problema de que vayan a mi casa.
─ ¿Está noche?
─ ¡Está misma noche! ─ confirmo la rubia heredera ─ habrá fiesta en la mansión Hellsing.
─ ¡Excelente! ─ expresó Blair y enseguida empezaron a planear que hacer, mientras la elegante reunión de la escuela transcurría a unos metros de ellos, de la cual, los muchachos se fueron luego de unos minutos, saliendo juntos, chalando joviales hasta las puertas de la escuela dentro de la cual ya se planeaba el gran baile de graduación que se llevaría a cabo al día siguiente.
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Llegaron al anochecer todos juntos en el auto que la madre de Catherine Marshall les había prestado y sólo estar frente a la gran reja que aún conservaba la esencia victoriana ya podían sentir un aura distinta, extraña.
─ ¡Hela aquí! ─ expresó Bob Walsh al mirar la proverbial propiedad que había conservado su arquitectura original intacta a través de las décadas.
─ Las casas victorianas siempre dan calosfríos, ¿no creen? ─ expresó Maggy mirando por la ventanilla mientras la reja se habría y el auto pasaba en medio del camino custodiado por cipreses hasta la puerta principal de la mansión.
─ Todo el folclor resume que las casas de esa época están todas encantadas, pero se basa más en el tiempo que ha transcurrido desde su construcción y que por lo regular se suele creer que todas las casas viejas guardan actividades extrasensoriales.
─ ¡Claro! Eso debe ser… ─ expresó Ralph apretujado en el asiento de enfrente. ─ pero recuerda que Integra nos advirtió, nos dijo esa casa está maldita o algo por el estilo…
─ No está maldita, tan sólo tiene una infestación ─ intervino Blair ─ Integra me lo explicó, al parecer alguna cosa de otro mundo vino a quedarse una temporada con ella o algo parecido, pero ya está viendo como echarla, eso sí.
─ Entonces tendremos nuestra propia aventura de fantasmas, ¿no? ─ dijo Maggie sonriendo sarcástica mientras tamborileaba los dedos sobre el asiento, Bob tomó su mano en la suya entonces.
A los pocos minutos llegaron ante el gran portón de dos hojas donde ya los esperaba el ama de llaves quien les indicó pasaran pues no había problemas si dejaban el auto allí mismo. Catherine apagó el motor y descendieron, no sin antes llevar consigo una considerable cantidad de cerveza.
─ Integra dijo que nada sustancias, pero nunca habló de un poco de cerveza, ¿verdad?
─ Pues no, Ralph, nunca dijo nada ─ contestó Blair mientras Bob cargaba con otro cartón lleno con botellas de la espumosa bebida.
En ese momento apareció Integra desenfadada en unos jeans y un hoddie, al inicio de las tres gradas que daban a su pórtico: ─ Pasen por favor, chicos ─ con una sonrisa los hizo seguirla al interior de la casona la cual les hizo guardar silencio por unos minutos mientras sus pasos se esparcían por encima del piso bruñido a través de la bóveda amplia que era el recibidor principal.
De los cinco chicos reunidos allí, los dos jóvenes nunca habían traspuesto el umbral de la mansión, ni siquiera Bob Walsh cuyo padre había acudido a incontables reuniones. Las chicas, sin embargo, ya conocían la casa, (aunque no toda, a decir verdad) por lo cual siguieron más cómodamente a Integra hasta la cocina donde ya había comida rápida dispuesta en charolas, golosinas como había pedido Integra. Los jóvenes que se habían quedado un par de pasos detrás, las siguieron trotando. Ambos habían sentido como si los viejos cuadros de las paredes: los vetustos retratos y las opacas obras al óleo ennegrecido por los años los mirasen. Lo sintieron pero ninguno lo confesó al otro, convencidos de que su imaginación y todas las leyendas que surcaban la casa, los hacían imaginarse cosas. Apretaron el paso para llegar hasta la iluminación de la cocina, donde Walter daba las buenas noches con jovialidad, como de quien es un viejo conocido, y sí, para ellas, el mayordomo era un viejo conocido.
─ ¡Buenas noches! ─ dijeron a coro.
─ Buenas noches, lord Walsh, buenas noches lord Lancaster ─ respondió Walter con una reverencia breve ─ espero que todo sea de su agrado ─ mientras los muchachos asentían Walter fijó sus ojos en el par de cartones repletos de cerveza que ambos sostenían en los brazos, mas no dijo nada, sólo sonrió cortés como despedida y le dedicó una mirada a su ama quien estaba comiendo ya su segunda hamburguesa y que sólo se encogió de hombros con una sonrisa que pretendía ser inocente.
"Tú también fuiste joven, Walter, seguro hacías cosas como estas", se dijo a sí mismo antes de darle los últimos avisos a su ama y salir por la puerta que daba al empastado del patio trasero, a la pérgola del viejo castaño.
Una vez solos, los cinco muchachos se miraron unos a los otros con complicidad.
─ ¿Los trajeron? ─ preguntó la rubia heredera mirándolos con una expresión traviesa.
─ ¡Por supuesto! ─ contestaron abriendo sus respectivos bolsos y mochilas, sacando de ellos sus uniformes. Las chicas, todas las mudas de la falda azul marina tableada, las camisas blancas, los corbatines rojos y los suéteres abiertos. Ellos, sus elegantes fracs negros, sus camisas blancas almidonadas y los corbatines blancos con los que tomaban sus clases regulares en Eton.
─ Entonces, ¿qué esperamos?
Se sonrieron unos a los otros antes de decir a coro y en voz alta: ─ ¡Vamos!
Se levantaron en tropel y salieron corriendo por la puerta trasera, pasaron por debajo del castaño y siguieron corriendo sobre el césped verde, entre el canto de las cigarras y el aletear de los escarabajos de la noche que a esa hora se desenterraban de sus guaridas en el suelo y volaban zumbando por el aire. Los muchachos corrieron hasta estar a unos diez metros de la casa, anduvieron unos más hasta que decidieron cual el lugar correcto, lanzaron sobre el pasto los uniformes, todos y cada uno de ellos. Al final, Integra se abrió paso para depositar los suyos con una mano y con la otra, rociarlos de alcohol farmacéutico, ¡toda una botella de litro entera! Del bolsillo de sus pantalones vaqueros sacó una caja de fósforos, encendió uno, los sostuvo unos segundos entre sus dedos y luego lo colocó sobre la pira recién hecha. Rápidamente las llamas comenzaron a propagarse por las telas empapadas de alcohol hasta conformar, en menos de un minuto, una luminosa fogata, momento ante el cual los muchachos comenzaron a aplaudir y lanzar vivas.
─ ¡Felicidades graduados! ─ exclamó Blair antes de darle el primer sorbo a su cerveza y comenzar a repartir botellas entre los demás quienes la recibieron mientras miraban las llamas crecer y chisporrotear devorando sus uniformes.
─ ¿Saben que nos faltó? Los libros─ exclamó Integra sin apartar los ojos de las llamas al tiempo de darle un trago a su cerveza. Sus amigos contestaron que era cierto, quemarlos también allí hubiera sido una buena idea, de modo que Integra no desaprovechó estar en casa ─ ¡ahora vuelvo! ─ y echó a correr de regreso, dejando la botella en el suelo y detrás la estela de ánimos que los demás chicos le daban.
En ese preciso momento, un auto más se detenía frente a la casa. Del elegante Ford negro del año descendió, de la portezuela trasera, el rey vampiro, ataviado con uno de sus clásicos trajes negros, acomodándose la corbata roja, volvió a observar la casona por primera vez en semanas (¡que a él le parecieron siglos!).
─ Buenas noches, lord Alucard.
─ Buenas noches, Theodore ─ contestó a la ama de llaves que ya iba subiendo la escalinata hacia el pórtico mientras él se desabotonaba la gabardina también negra para dejarla sobre el perchero apenas entrar al recibidor. De repente un aroma a quemado le invadió el agudísimo olfato, sin poder evitarlo buscó con la mirada la dirección de donde provenía el hedor y como un poseso corrió apenas adivinó que se trataba del patio trasero por lo cual tomó la ruta más corta que no era otra que la puerta de la cocina. Al entrar de golpe vio a Integra entrar con tal rapidez a través de la puerta junto a la pérgola e ir tan animada que al no percatarse casi chochó con él, ¡casi! Porque sus manos se detuvieron contra el yerto pero firme pecho del rey no muerto que un poco faltó para irse de espaldas debido al impulso de su traviesa carrera, de no ser porque él la sujetó por la espalda.
─ ¡Alucard! ─ una chispa de electricidad le recorría entera. Tocarlo de nuevo en días, aspirar su fragancia de roble e incienso que la hacía sentir por dentro como si también se estuviese incinerando en la pira.
─ ¡Integra! ¿Estás bien? ¿por qué huele incendio? ¿Y por qué tienes ese golpe en la cara? ─ sin pensar tocó con la yema de su pulgar el moretón junto a la boca
Después de unos segundos de turbación al verse tan inesperada, involuntaria y sorpresivamente en brazos de su vampiro se apartó aún electrizada diciendo: ─ ¡Claro que estoy bien! Esto fue un percance en la clase de deportes, no tiene mayor importancia, y huele así porque estamos en nuestra quema de uniformes ─ dijo aliviando su incomodidad, el rubor de sus mejillas mientras hacía como que algo pequeño se le había caído al suelo, y luego de pasar un mechón detrás de su oreja derecha, levantó la vista para ver el gesto entre confuso y divertido de su vampiro quien él mismo no sabía si sonreía por las ocurrencias adolescentes de su ama o por estar contento de volver a verla o por el alivio de saber que no estaba pasando nada peligroso, o por todo eso junto.
─ Por un momento creí que algo malo estaba ocurriendo ─ mirando a través de la ventana de la cocina, la gran luz que la fogata despedía en medio de la oscuridad de la noche ─ que bueno que no fue así, ama y pues, ¡ya estoy aquí!
─ ¡Ya lo había notado, ya! ─ dijo ella tratando de no hacer ningún gesto de alegría que la delatara, caminando de reversa hacia la escalera de servicio que daba a la planta alta a donde pensaba ir a buscar sus libros de texto viejos ─ tardaste más de la cuenta, pero tenemos muchas cosas que discutir, pero ahora yo, yo tengo invitados y…
─ Integra, ¡de cualquier manera necesitamos más combustible! ─ dijo Blair al entrar por la misma puerta junto a la pérgola, sosteniendo en la mano la cerveza a punto de terminar ─ ¡Ey! ¡Hola Alucard! ─ saludó la chica con toda familiaridad, interrupción ideal para Integra que buscaba la manera de que se rompiera la tensión que manaba de ese reencuentro en solitario con su vampiro.
─ Hola Blair, ¿cómo has estado? ─ educado, amable, sin sonreír demasiado, pero sin ser serio tampoco.
─ Muy bien, ¡qué bueno que has regresado! Ya te…extrañaban ─ sonriente como siempre, hizo un mohín de mirar disimuladamente a Integra con el rabillo del ojo y luego a Alucard con complicidad.
El vampiro sonrió : ─ Es un halago para mi saber que alguien me extraña en esta mansión.
─ Bueno sí, tienes razón, Blair, tal vez necesitemos leños que están en la cava de vinos si queremos mantener la fogata por el resto de la noche, creo que mandaré a alguien a buscarlos… ─ dijo ella mirando fijamente a su amiga, pidiéndole con la mirada que guardara silencio al tiempo que Alucard observaba todo con una sonrisa divertida.
─ ¡Señorita! Pero ¿qué es lo que están haciendo? ─ replicó un Walter recién entrado a la cocina, confundido que no dejaba de enfocar la mirada hacia el empastado como para cerciorarse de que en verdad era una gran fogata lo que veía.
─ Es mi fiesta nocturna Walter y decidimos hacer una fogata. Por favor, has llevar leña para avivar las llamas ─ inflexible está vez a la posibilidad de que el mayordomo tratase de censurar su decisión de pasarla como le diera la gana ─ yo mientras tanto, tengo que ir a buscar algo a mi habitación, vamos Blair ─ con una indicación de la cabeza le indicó a su amiga que la siguiese escaleras de servicio arriba. En la cocina sólo quedaron Alucard y Walter.
─ Es bueno volver a verte, Walter….─ sin verle a la cara, con un gesto estirado y hasta desagradado.
─ No, no lo es Alucard
─ ¿Cómo va todo acerca de "la presencia"?
─ Bajo control, por suerte y hasta ahora. ─ antes de salir por la puerta a buscar los leños ─ necesito contratar un mozo, ¡definitivamente necesito contratarlo! ─ mascullaba el mayordomo mientras se dirigía a abrir la compuerta subterránea.
El rey no muerto por su parte "terminó de llegar", relajándose los suficiente para buscar su alimento en el congelador. "¡Grandioso! Hace falta que surtan esto", al ver el congelador de su sangre medica al mínimo de su capacidad, sacando un par de bolsas para colocarlas en el horno de micro hondas recordando no sin placer lo bien que la había pasado cazando mientras pudo hacerlo, durante su misión, "¡Si Integra lo llegase a saber!" Afuera los sonidos de las alegres charlas de los muchachos se dejaban escuchar, lo mismo que las llamas chisporroteantes. Alucard se acercó a la ventana para mirar la hoguera al tiempo que sorbía la sangre a través de una pajilla.
Arriba, en la habitación apenas ordenada de la joven, (la misma que hubiera dejado de ser utilizada desde aquel episodio infernal, en cuya cama que no usaba ya había ropa vieja, y cuyos espejos seguían rotos y los muebles casi vacíos) buscaban todos los viejos libros de texto que pudieron hallar guardados en cajas de cartón.
─ Creo que…con estos bastarán …. ─ decía Integra almacenándolos en una caja más.
─ Integra…─ dijo Blair de repente─ perdóname porque me gusta tu vampiro, y por las veces que he coqueteado descaradamente con él, no lo hubiera hecho si hubiera sabido que tú lo a…
─ ¿Qué yo que? ─ la rubia miró a Blair fingiendo no saber de que le hablaba
─ ¡Oh vamos, Integra!
─ Nada Blair, no pasa nada…bueno, ¡ósea sí me gusta y todo, pero nada va más allá de eso!
Blair la miró exhalando un suspiro: ─ ¿Eso quiere decir que si le sigo coqueteando tú no te vas a molestar conmigo?
─ No tendría porqué ─ le dijo fingiendo una total indiferencia, subiendo las gafas con el dedo índice y sonriendo serenamente. Blair ya no dijo nada más e hizo por cambiar de tema.
─ Bueno, ¡creo que tenemos los suficientes, pero ahora esto pesa demasiado, hay que buscar ayuda! ─ sin esperar a más salió de la habitación escaleras abajo hacia la cocina para pedírsela al rey no muerto quien accedió y siguió a la chica para luego bajar las pesadas cajas sin ninguna dificultad hasta llevarlas donde la fogata. Los muchachos, que charlaban alegres, sentados alrededor de la fogata, le dieron las buenas noches al verlo llegar con la carga que para él era ligera como dos hojas de papel. Detrás llegaron Integra y Blair quienes los invitaron a todos a arrojar los textos escolares a las llamas, así como Ralph Lancaster le invitó al rey no muerto una cerveza que el vampiro aceptó, destapándola con sus colmillos y quedándose a mirar las llamas, evocando entre sus memorias de siglos, ¡quién sabe cuántos recuerdos!
Por suerte Walter ya había pasado por allí dejando los leños que le fueron pedidos y no miraría el afán con que la ama se deshacía de sus pertenencias del bachillerato, pues tal vez no lo hubiera aprobado del todo.
Y allí se quedaron durante unos minutos, contemplando las llamas, y contemplando, la danza de luciérnagas que se había formado alrededor de ellos, atraídas por la luz de la fogata o por las luces de la casa, volaban dispersas encendiéndose y apagándose.
─ No me van a negar que hace muy bonita noche…─ dijo Catherine mirando alrededor, algo con lo que todos estuvieron de acuerdo
.─ ¡Qué bien se siente haber terminado con todo esto de una vez por todas! ─ expresó Maggie mientras los demás asentían disfrutando el ambiente de una noche mágica en verdad.
─ Eton está bien, digo, hicimos buenos amigos allí, aprendidos mucho y todo, pero…pero es hora de dejar todo eso atrás ─ expresó Bob con una preocupación que no pasaba desapercibida por los demás que le hubieran preguntando, pero no se atrevían.
─ ¿Saben una cosa? Me alegro que, Charles haya dejado de dirigirnos la palabra ─ agregó Ralph mientras las miradas de Integra y Alucard (quien ese momento se arrepintió de marcharse) convergían atentas en él.
─ Sí, bueno, él ahora no habla ya con nadie, ha estado muy extraño desde hace semanas ─ secundó Bob ─ Irritable y pensativo. Algo le ocurre que quien sabe que será, pero no la está pasando nada bien, creo que está de peor humor que yo, si es posible.
Integra no dijo nada, pero Alucard escuchaba y miraba con mucha atención.
─ Integra, ¿en verdad tienes que casarte con él algún día? ─ preguntó Maggie sentada sobre el pasto, quien no estaba bebiendo una gota de cerveza, aunque sí de soda.
─ Si la reina ya consintió ese compromiso… ─ opinó Catherine
─ ¡La reina pudo haber consentido sin embargo aún pueden pasar muchas cosas! ─ espetó Integra
─ ¡Pues ojalá no te cases con él porque es un cerdo! Mira que inventar que tú y él había estado haciendo cosas en la huerta la noche del baile de primavera ─ rememoró Blair antes de darle el primer sorbo a su segunda cerveza.
─ Y besarte a la fuerza aquella vez que fuimos al club de la calle Baker ─ agregó Catherine
─ O delatarme con mi padre…─ repuso Bob Walsh
Ante lo que había escuchado, Alucard no pudo evitar mirar a Integra a quien había juzgado por creer que de verdad estaba inmiscuida con Charles. Ella descifró la mirada insistente del vampiro, pero no expresó nada, tan sólo desvió sus ojos a los apenados de él. Él dio un par de tragos a la botella que sostenía entre sus dedos, maquinalmente sacó un cigarrillo del bolsillo de su saco y lo encendió, iba a retirarse cuando: ─ Lord Alucard, nunca le agradecí por haberme defendido de mi padre aquella noche sobre el puente de la Torre ─ le dijo Bob Walsh─ así que … muchas gracias, señor.
El vampiro recibió como de sorpresa el agradecimiento y asintió: ─ No hay de que, niño…yo sólo, yo sólo dije la verdad, aunque de todas maneras no creo que al final haya logrado ayudarte mucho.
─ No, pero... la intención es lo que cuenta ─ repuso el muchacho levantándose de su improvisado asiento en el suelo, mientras el vampiro asentía.
─ Bueno, no sé ustedes, pero yo tengo hambre ─ aseguró Catherine Marshal así que se levantó para ir donde la cocina.
─ Bueno, vamos a buscar algo para comer…
─ Sí Blair, ¡vamos! ─ Maggie levándose del suelo, ayudada por Bob, así se fueron uno a uno andando sobre el césped hasta que Integra y Alucard estuvieron solos, pero ninguno de los dos se animaba a decir nada, tan sólo miraban las llamas y así mismos como allí clavados con los pies sobre el césped, hasta que Integra tomó una botella de whisky que se asomaba de la mochila de Blair y la vació en la fogata para avivarla haciéndola devorar dos leños más, momento en que Alucard se puso de pie para coger la botella semi vacía del suelo y beber los tragos que quedaban en ella.
─ Un buen whisky nunca se desperdicia. ─ mientras se bebía lo que quedaba del alcohol y también las ganas de explotar de puro gusto al haber escuchado un fidedigno testimonio de que Integra en verdad era inocente acerca de Charles Islands.
Integra no dijo nada sobre eso, pero sí: ─ Espero …espero que ahora sí hayas creído en mi inocencia desde aquel dichoso baile de primavera, ahora que ya lo escuchaste de la boca de otra persona que no fuera yo ─ Alucard se volvió a mirarla y esbozó una sonrisa recordando aquella tarde cuando la confrontó con las portadas de los tabloides que la mostraban a ella y a Charles juntos. Asintió apenas pero no dijo nada. ─ ¿Estás aliviado o más preocupado? ─ con expresión seria, mientras removía las brasas con una vara
─ Un poco de ambas ─ volviéndose a mirarla, asintiendo.
─ A propósito, en verdad, ¿por qué decidiste detener al loco del vicealmirante cuando intentaba darle una paliza a Bob?
Alucard exhaló profundo ante la pregunta: ─ No lo sé, bueno, sí lo sé…digamos que me invadió un dejo de empatía.
─ ¡Raro en ti!
─ Aunque no lo creas ─ encendiendo otro cigarrillo, dando la primera bocanada ─ todavía hay pedazos de humanidad en mí, puntos sensibles, podría decirse.
─ ¡Ah sí! Entonces ahora harás activismo contra el abuso juvenil, ¿no? ─Alucard se encogió de hombros sonriendo burlesco por la broma mientras daba otra bocanada a su cigarrillo ─ ¡toda clase de abuso!
─ ¡De todo tipo que sea! ─ siguiendo la broma.
Ella hizo lo propio sacando una cajetilla del bolsillo de su hoddie y encendiéndolo en sus labios: ─ El señor de la empatía, ¿no? ¿Qué? ... ¿Te violaron de chiquito?
Al escuchar aquella última broma de humor negro, Alucard se quedó inmóvil de golpe, haciendo girar el cigarrillo entre sus dedos, tragó espeso un par de veces y volteó a ver a Integra con los ojos brillantes y la boca abierta por tan repentina e inesperada pregunta. Integra al ver su expresión dejó de sonreír y lo comprendió todo en un santiamén. "¡Oh no!"
─ Sí, Integra …─ viendo a la nada, recordándolo todo, serio, pero poniendo en orden cualquier dolor que las vivencias pudieran causarle, mientras asentía ─ me violaron de chiquito.
La rubia se quedó de una pieza ante tal confesión dicha con tal aplomo, y no supo que decir, pero sí se sintió profundamente apenada: ─ Alucard no, en serio, no tenía idea, ¡no quise!…
─ ¡No! Tu lastima no, así está bien, ¡no importa! Fue hace mucho, ¡pero mucho tiempo ya! ─ dando otra gran bocanada de tabaco y perdiendo la mirada mientras Integra deseaba que se la tragase el césped ─ pero sí, ¡sí que sabes dar en el blanco cuando te lo propones! ─ sin querer agregar más, volvió a suspirar y dando media vuelta se dirigió con pasos rápidos de regreso a la casa ante una Integra que no, no sentía ni una pizca de lastima o compasión, pero sí unas infinitas ganas de abrazarlo, ganas que hubiera saciado si fuera menos dura y más sincera consigo misma. Sin embargo, al verlo marcharse sólo deslizó una mano entre sus rubios cabellos, pensando: "¡Pero qué tonta soy!"
