XXIII

Sigil.

─ Blair ─ la llamó en voz queda a un rescoldo del corredor que daba a la cocina. La muchacha se desafanó discretamente de la charla y fue a atender el llamado ─ ¿es cierto que el golpe en el rostro de Integra fue un accidente en la clase de deportes?

─ Sí y no… ─ contestó la chica mientras se relamía los dedos llenos de kétchup, volteaba a ver a sus compañeros que a gusto comían hamburguesas, hot dogs y helado. Continuó: ─ sí fue en la clase de deportes, pero no fue un accidente…

Luego prosiguió a contar con casi todos los detalles que pudo, lo que en realidad había acontecido. Alucard en parte se sintió aliviado de que aquello fuera otro episodio de acoso escolar y no una agresión perpetuada por "la presencia". A decir verdad, el hecho de tener a esos chicos allí en casa, esa noche, le daba la sensación de que Integra cada vez estaba menos atormentada por la infestación demoniaca cuyos efectos ella había paliado con hechizos nocturnos de protección y algo de necromancia que lograba usando los huesos que la vieja druida Drea le había proporcionado aquella noche en el bosque irlandés. Hasta esas fechas, y según las noticias que le llegaban hasta Escocia, los únicos visitantes en la mansión habían sido agentes asignados por los departamentos de estado que hacían investigaciones paranormales. Pero si amigos estaban allí, era buena señal de que ella se sentía más libre de las infaustas influencias, pero al mismo tiempo, le molestaba más de lo que a él le hubiera gustado, que la joven tuviera que pasar por humillaciones con tal de conservar su privilegio social. Y una última cosa sabía él: que aquello acechaba en cada rincón de la mansión, porque lo sentía, lo escuchaba. Susurros provenientes de las paredes y los armarios, del desván y del sótano. Voces que, desde que había traspuesto el umbral de la mansión, no dejaban de acudir a sus oídos.

"¡Ya estás aquí!" Escuchó en ese instante una voz oscura, susurrante que le obligó a mirar en todas direcciones para buscarla.

─ Alucard, ¿qué pasa? ¿Me estás escuchando? ─ preguntó Blair extrañadísima por el repentino gesto de su interlocutor al momento en que ella le narraba episodios del colegio que él hacía un rato había dejado de escuchar.

─ Sí, disculpa Blair, me distraje un segundo …pues en estos casos es difícil tomar venganza que no afecten la … "diplomacia" ─ la joven notó el tono de sarcasmo con el que había dicho esa última palabra ─ lo capital es que el colegio ha terminado, ahora la presión social ha aminorado un poco, (por lo menos) y todo será más fácil de sobrellevar para Integra.

Blair asintió, iba a decir algo más cuando escuchó la voz de la susodicha entrar a la cocina, momento en que ella volteó y Alucard tan sólo se despidió para dar la media vuelta.

La joven heredera se hallaba confundida ante lo que debía hacer respecto a Alucard. Reprochándose el no haber estudiado más a fondo el pasado de su ciervo, o tal vez lo leyó y lo olvidó como se desestiman los detalles cuando no se les da demasiada importancia. Quiso buscarlo para tratar de excusarse, pero su orgullo se lo impedía, quiso olvidar el episodio, pero tampoco pudo: su consciencia le reclamaba haberle hecho daño a un ser amado, ¡Sí! Un ser amado. Tal vez Integra iba a tardar muchos años más en admitirlo, pero su mente lo estaba asumiendo por completo. Impedida por su propia dureza de carácter, lo único que se permitió hacer en esos momentos fue disimular su inquietud y tratar de estar bien en la tertulia de la noche, de modo que tomó asiento alrededor de la mesa de centro en la amplia cocina, para fumar, comer chatarra y participar de la amena charla, tratando de no pensar en las muchas torturas que su vampiro tuvo que haber padecido a lo largo de su vida y su no-vida.

En un momento, alguien propuso jugar a los naipes y apostar invitaciones de juergas y libras para los días de verano por venir. Catherine Marshall puso una invitación a consideración: que todos fueran a pasar dos semanas del verano a la casa de descanso de su familia en Bath, porque en esa época se ponía reverberante y delicioso. Luego, Ralph preguntó dónde se podía reproducir música, y de su mochila sacó un estuche lleno de discos, otros sacaron cintas. Cuando Integra facilitó un reproductor con buenas bocinas, Blair fue la primera en saltar a bailar una canción del género electrónico, luego todos se animaron volviendo a salir al empastado.

Alucard por su parte, había bajado al sótano, (al lugar de su silencioso trono de caoba) para pensar sobre el plan que había estado llevando a cabo por todo el reino, el plan que ayudaría a su ama, pero, sobre todo, para tratar de poner su mente en orden mientras que una frase se empeñaba en gritar para sus adentros: "¡Es inocente, es inocente!" No tomaba en cuenta el hecho de que lo creyó porque alguien más lo dijo, que Charles Islands no pintaba nada en la vida de Integra. Él sólo sonrió, sonrió de alivió como en mucho tiempo no recordaba haberlo hecho al comprobar, con un testimonio fidedigno, que sus celos estaban mucho muy mal infundados, por lo que esa bella noche, podía considerar que estaba…alegre, aunque tuviera que batallar con la molesta sensación que le había producido la tan repentina confesión ante su ama acerca de su horroroso pasado, no por lastima de sí mismo, sino por parecer vulnerable ante algo tan rancio, ¡tan podrido ya! Entonces, no le iba a prestar demasiada atención, prefería estar, como ya se ha dicho, alegre. Estado de alegría que le duró hasta que tuvo que concentrarse, (tomar más vino si quería) pero concentrarse para tratar de descifrar que misterio entrañaban esas voces susurrantes que seguían desfilando por su mente. Traspasó las paredes hasta esa última fría y oscura planta de la mansión, traspasó la masiva pared de hormigón de la celda donde despertase hace cuatro años ya. Con pasos contundentes fue hasta su señorial asiento y allí se dedicó a buscar entre las páginas de los libros que había estado estudiando, entre las páginas de la Clavícula del rey Salomón, en el apartado de Asmodeo, en el Diccionario infernal y otros grimorios, pero nada lo sosegaba de su latente inquietud.

Afuera, los muchachos seguían poniendo música a un volumen escandaloso, (grunge, pop y lo que en esa época le llamaban dance) y bailaban divertidos alrededor de la fogata, solos o en parejas indistintas, bebiendo o simplemente no (Integra había dejado de ingerir alcohol hacía rato, a decir verdad, temía a la "presencia", y por nada en el mundo se habría puesto en un estado vulnerable). Blair, quien había descubierto que su botella de whisky había sido derramada, no se quejó, pero ahora sólo se entretenía atizando las llamas que a la vez atraían o ahuyentaban luciérnagas las cuales encendían el extenso campo verde de la propiedad. Sí, era una noche fresca, pero afortunadamente despejada, sin la presencia de una sola nube de lluvia estival, ¡una perfecta noche de verano! Para festejar, para bailar y tontear y olvidarse del pringue de la vida que jamás los dejaría en paz en cuanto se convirtieran en adultos. De ese modo se fueron consumiendo, una, luego dos horas. Los chicos se fueron cansando al fin y terminaron escuchando baladas rock ( Guns and Roses, Radiohead, The Verve), sentados o semi acostados sobre el pasto que ya se había llenado de rocío. Cuando el sueño comenzó a invadirlos, se levantaron y se fueron a paso lento de regreso a la casa. Entonces pasaba ya de la una de la mañana.

Adentro, las tórtolas ya habían dispuesto colchonetas y mantas en la biblioteca, además de haber ajustado el aire acondicionado. Walter entró para supervisar todo, luego volvió a la cocina a ver que ya hubiera agua y leche hervida por si alguno quería café o un té o chocolate antes de dormir, así que acomodaba tazas de porcelana fina en una de las charolas mientras daba la dispensa a Theodore para que al fin se marchara a dormir. Ella salió por la puerta de la cocina hacia la casita de la servidumbre que se hallaba a un costado de las caballerizas. Al salir, la ama de llaves no cerró bien, y el viento de la madrugada se quedó agitando la puerta de cortina plisada. El mayordomo no prestó mayor atención a ello, ocupado como estaba escogiendo sobres de infusiones y colocando café en un elegante recipiente de cerámica, cuando de repente, le pareció ver, la puerta se abrió más y luego se azotó por sí sola. Walter se quedó mirando el hecho casi por un minuto, luego decidió terminar con su tarea, sin poder escapar a la extraña inquietud que le causó.

─ Trenza coronas de rosas, llena de flores los bolsillos, atchu, atchu, ¡todos nos caemos!

Alucard escuchó el canturreo de una vocecita delgada, infantil que se repetía sin cesar. Levitó unos centímetros hasta que su vista estuvo al nivel del ventanuco que daba al ras del suelo del jardín de atrás: distinguió a la banshee con su apariencia de niña, acuclillada en el suelo, jugando con lo que parecía restos de animales muertos. A él le dio asco, pero más le sacaba de quicio la cancioncita que entonaba con intención tenebrosa, que además no lo dejaba concentrarse.

─ Trenza coronas de rosas, llena de flores los bolsillos, atchu, atchu, ¡todos nos caemos!

─ ¡Con un demonio! ─ Exclamó molesto el rey no muerto dispuesto a traspasar las paredes y techos que le permitiesen salir al patio trasero donde poco a poco moría la hoguera, y una vez allí ya no pudo distinguir a la banshee, tan sólo un olor nauseabundo proveniente de los restos de animal muerto que había dejado embarrado en el suelo. El vampiro no tuvo más remedio que taparse la nariz y con una vara, llevar la salea para el basurero más lejano que pudo. En el camino reconoció por el pelaje pardo, al viejo gato de la casa Astor: "¡pequeña cretina!" Se dijo abandonando el desecho en la basura, no sin repugnancia, luego regresó cerca de las caballerizas a asear sus manos en la pila de agua, momento en que escuchó pasos detrás de él, pasos que no iban acompañados a persona viva a alguna, pero tampoco a la banshee. Ante las pisadas sobre la yerba fresca, Alucard detuvo su marcha y aquellos pasos invisibles también. Con una sonrisa sarcástica volvió a echar a andar sólo para que la sobrenatural caminata lo hiciese. El vampiro se volvió de golpe y nada logró percibir más que los rescoldos de una sombra. Con el rabillo del ojo, allá a lo lejos, donde comenzaba la arboleda que marcaba el fin de la propiedad Hellsing, distinguió los espantosos ojos claros de la banshee quien aún canturreaba el macabro estribillo de la época de la peste negra, pero que no quiso seguirle a través del campo, tan sólo permaneció oculta entre los tupidos troncos de los robles y las acacias, observando con insistencia. Y cuando el frío traspasó las yertas carnes, ¡de él! del gran nosferatu; cuando sintió sus vellos erizarse y una sensación recorrerle entero; cuando al acercarse aún más a la casa se desató un ladrerío de perros y tres cuervos pasaron zumbando junto a su mejilla para estrellarse junto al tronco del viejo castaño, fue cuando supo que esa noche, la mansión albergaría a un gran invitado más. Con autómata rapidez corrió hasta la puerta de la cocina y la traspasó de golpe. Volteó y miró a su alrededor por unos momentos, olfateando la leche recién hervida y los panes de dulce en un canasto que estaba por ser llevado a la biblioteca. Se detuvo allí, cosa de un minuto, luego de suspirar con aplomó, prosiguió su marcha.

ooOOoo

─ Hace frío, hace mucho frío de repente, como si fuera octubre o algo así ─ decía Walter a los equinos mientras cerraba las compuertas de las caballerizas y encendía los enormes focos instalados para proveerles calor. Luego tomó el gran balde de la melaza para servir la cena, cerró con llave cada compuerta y regresó por el sendero que marcaban las ruinas de lo que alguna vez fuera esa fuente vieja que murió la madrugada de miedo aquella.

─ Mucho, mucho frío, ¡y en pleno verano! De aire acondicionado mejor tendremos que poner la calefacción en casa ─ farfulló abotonando su casaca azul marina mientras observa las últimas brazas de la hoguera chisporrotear. Moviendo negativamente la cabeza se dispuso a apagar bien la fogata llenando con agua un balde para rociarlo sobre las brasas que chisporrotearon por última vez. Luego se dispuso a volver a la casa donde los chicos ya se preparaban para dormir, amontonados en colchonetas dispuestas en la biblioteca donde ahora mismo curioseaban entre los enormes anaqueles de libros del acervo, todos menos una.

─ Buenas noches, Walter, o tal vez debería decir hasta mañana, ¿verdad? ─ Era Blair usando ya el pijama debajo de un cárdigan largo, y en las manos tenía un cartón de botellas vacías de cerveza para que el servicio se deshiciera de ellas.

─ Hasta mañana, milady ─ con seriedad, casi con severidad, el mayordomo hizo una leve reverencia para regresar al interior de la casa.

─ Walter…sé que no te agrado, ¿verdad? ─ entrelazando los brazos luego de dejar el cartón de botellas en el basurero─.

─ Eso, lady Hamilton, no tiene relevancia, yo sólo soy el mayordomo.

─ ¡Vaya elegante manera de decir que sí! ─ con una sonrisa pintada de amargura ─ Walter sé que crees que soy mala influencia, pero…yo nunca haría algo que dañara a Integra, le debo mi vida después de todo.

─ Lo sé, milady es sólo que… tal vez soy muy viejo y muy prejuicioso para aprobar las cosas que usted hace.

─ Yo tuve la culpa de aquel viernes, ya lo sé, pero ¡bueno! No se repetirá, créeme, además, es muy probable que un día de estos me vaya de Londres…para no volver ─ allí sí atrajo la atención del sirviente quien se detuvo un momento ante la puerta de la cocina ─ y entonces ya nadie tendrá que preocuparse por mi así que sólo…sólo cuiden mucho a Integra por mí, ¿sí? Hay cosas en las que Alucard no puede interceder, pero…créeme cuando te digo que Charles Islands no le conviene para nada, sólo…sólo hay que observarlo ─ y moviendo afirmativamente la cabeza echó a andar para entrar hasta la puerta del gimnasio.

Walter entró a la casa pensando en el consejo de Blair, y halló a Alucard fumando, yendo y viniendo por el corredor como león enjaulado (aunque trémulo).

─ Luces… preocupado…

─ Ah sí ─ reparó el gran vampiro en la presencia del mayordomo ─ bueno, digamos que tengo muchas cosas en que pensar.

─ ¡Por supuesto! ─ dándole por su lado, tratando de seguir su camino más no sin sospecha.

─ Y Walter…en los próximos días se va a incrementar la cantidad de trabajo para la Organización…

─ Ah, ¿sí? ─ Sarcástico, tendiéndose antes de pasar a la siguiente habitación.

─ ¡Sí! Te lo digo yo ─ mostrando, muy seguro de sí mismo, su dentuda sonrisa─ Walter, recuerdas a los hermanos de la Calle Baker, los vampiros italianos ...

─ Ah sí ─ expresó él repasando sus recuerdos ─ Cacciatore se apellida, ¿no?

─ Los mismos …pues bien, ellos son la clave de la …misión que se aproxima.

El mayordomo (sin saber a que se había referido el vampiro), le miró cansinamente sin ganas de indagar en lo que de todas maneras se iba a enterar y se retiró. Alucard allí se quedó, aun esperando por aquello que le repetía que lo había estado aguardando. "Pronto será hora", escuchó decir justo cuando el gran péndulo marcó las dos en punto de la mañana. El vampiro exhaló un suspiro mirando fijamente las manecillas del reloj y de reojo, el retrato al óleo sin terminar de Integra sobre el caballete, dejado momentáneamente en ese corredor a la espera de que fuese llevado al desván para guardarlo (pues no creían que fuera a ser concluido pronto, cuando Integra le pidió al artista que no volviera más).

Y el bong, bong del reloj se esparció por toda la casa.

─ Las dos de la mañana, hay tiempo de contar historias ─ indicó Integra enfundada en su pijama de algodón mientras repartía almohadas a sus amigos que estaban por dormir sobre sillones y colchonetas.

─ Debes saber muchas, ¿no? ─ Ralph Lancaster quien estaba sentado en un cojín sobre la duela.

Integra iba a contestar cuando Blair la interrumpió: ─ ¡Sin embargo Alucard debe saber muchas más! ─ Y sin esperar ninguna otra opinión echó a correr hacia la puerta y llamó al vampiro a voces. El aludido se presentó sin demora traspasando la puerta segundos después de que la chica la cerrara tras de sí, preguntando que era lo que ocurría. ─ ¡Oh nada malo! Sólo queremos escuchar algunas historias de espanto, tú sabes, para antes de dormir. ─ y en una sonrisa mostro sus dientes parejos. El vampiro sonrió de buena gana, en parte aliviado por saber que nada malo ocurría. Miró el reloj empotrado en la pared que marcaba las dos con diez de la mañana "¡hay tiempo!", pensó y aceptó ante la mirada incomoda de su ama quien no dijo nada, tan sólo se concretó a sentarse sobre el diván que ahora era su cama, jugando con el sigil pendiente a su cuello que Alucard le había regalado.

─ ¡Rayos! Nunca había visto a nadie traspasar las paredes, lo juro ─ agregó Bob ─ es sorprendente, ¿cómo lo logra, Lord Alucard?

─ Eso es porque soy un muerto vivo ─ respondió el aludido acercándose, pero no caminando, levitando a pocos centímetros del suelo ante la mirada atenta de los jovencitos. ─ que es como …tener un pie en este y el otro lado, ¡al mismo tiempo! Es coquetear con ambas, muerte y vida ─ y por fin tomó asiento la codera de uno de los sillones.

─ Y…¿qué se siente? ─ preguntó Margaret, aún intimidada por la presencia cercana del rey no muerto.

─ No es bello, si te lo estás preguntando, es más…como un infortunio, una maldición.

─ ¿De Dios?

El vampiro asintió: ─ A veces a Dios no le gusta que sus hijos blasfemen de más.

─ Creo todos hemos blasfemado alguna vez ─ agregó Catherine.

─ Sí, pero…Dios suele ser más severo con algunos de sus hijos como cuando…como cuando tiene cierta predilección por ellos─ mirando a la nada, rememorando.

─ ¿Dios tenía predilección por usted? ─ curioso Ralph Lancaster.

─ Sí, aunque no es una predilección como la de un padre a su hijo más querido, la predilección de Dios suele ser cruel: Resulta que le agrada imponer penas sobre algunos individuos… Luego pasas la vida peleando sin descanso, luego te vences a ti mismo y terminas por venderle el alma al diablo.

─ Eso de ser predilecto de Dios lo dice porque usted peleó guerras santas, ¿verdad? ─ preguntó Catherine.

─ Así es, he estado en muchas guerras ─ volteaba a mirar a quien le hacía una pregunta, mientras encendía un cigarrillo. Los chicos le observaban y hablaban con fascinación mientras que Integra sólo perdía la mirada en cualquier punto de la biblioteca.

─ y… ¿en una de esas murió usted?

Él asintió.

─ ¿Y cómo se convirtió en vampiro?

─ Cambié mi alma a cambio de vida eterna. La quería para poder vengarme de mis enemigos. ─ dando otra bocanada, se cruzó de brazos, evocando, viajando a través de todos aquellos siglos para verse de nuevo, vencido, destrozado, renaciendo en la no vida.

Los muchachos no dijeron nada, sólo observaron y escucharon, excepto Bob Walsh quien tenía ciertas inquietudes que resolver: ─ ¿y cómo se sobrevive a tanto horror, Lord Alucard? ¿Cómo puede ser tan antiguo y no haber enloquecido?

El gran vampiro miró al chico y sonrió: ─ ¿Quién dice que no estoy loco? ─ El jovencito sólo respingó en su asiento como si le hubiesen pinchado las carnes al ver la mirada perturbada y la sonrisa colmilluda del viejo guardián, a lo cual Alucard rio de buena gana dando otra bocanada a su cigarrillo ─ no te asustes, niño…

Una risa de los demás (menos de Integra, quien seguía sintiéndose incomoda con la presencia de Alucard).

─ Pero Alucard, cuéntenos una historia, una buena historia de espanto… ─ pidió Blair sentada sobre su colchoneta en el suelo, mientras tomaba una taza de chocolate.

El vampiro suspiró profundo y se puso en pie con una resignada sonrisa: ─ Una historia de fantasmas, de susto, ¿no? ─ los demás asintieron y Blair dijo que si conocía historias de fantasmas ─ creo que mi concepto de susto va a ser muy distinto al de ustedes─ de dos bocanadas más terminó el cigarrillo, apagó la colilla contra el cenicero y volvió a tomar asiento sobre el diván de una sola plaza que se hallaba junto a una de las ventanas, lo hizo ir hacia él con telequinesis por lo que la fascinación de los adolescentes no cesaba. Luego, miró a todos como sintiéndose un profesor en aula ante la mirada casi sin pestañeos de sus escuchas. ─ ¿sabían ustedes que los fantasmas son instantes de dolor atrapados en el tiempo? Son vivencias enfrascadas entre dimensiones que no pueden hallar sosiego por lo que están condenados a vivir su tormento una y otra, y otra vez hasta el final de los tiempos…

─ ¿Como el holandés errante? ─ sugirió Catherine.

─ Así es, algo así …pero no se trata de una leyenda, no. Es algo que ocurre cuando la vida se arrebata con sumo dolor, es como una venganza contra las leyes de dios a la que se aferran las animas, ellas desean resolver esa muerte, resolver la injusticia que les llegó sin tenerles ningún tipo de respeto, y se quedan enclaustradas en su calvario, creyendo que alguna vez llegará a ser diferente, pero no …

─ Eso que usted describe se oye como el infierno.

─ Es sólo parte del infierno.

─ ¿Usted ha estado en él? ─ preguntó Margaret

─ A veces… y he regresado a aquí, a la tierra de los vivos. Estoy consciente de mi condición, pero no así quienes no se percatan de la mala suerte que les arrebató la existencia y continúan pululando sin poder siquiera llegar…a los senderos de la muerte… muy misteriosos y laberinticos ─ perdiendo la mirada en un punto vago de toda esa habitación infestada de páginas, para finalmente posarse sobre los azules de ella que ahora le miraban fijos. Tragó espeso, encendió otro cigarrillo y prosiguió ─ un difunto se puede perder en ellos o confundirse de ruta.

─ Integra, ¿tú has visto algún fantasma? ─ preguntó Margaret, a lo que la aludida no supo que contestar de inmediato.

─ Sé que podían escuchar a Integra llorar desde el vientre de su madre ─ declaró el vampiro mirando fijamente a su ama quien sólo se había congelado en una mirada sorprendida. En verdad era algo de ella misma que no había escuchado jamás. ─ lo sé bien… Eso significa que Integra puede ver fantasmas y otros seres, pero es sólo una de sus habilidades extrasensoriales.

─ ¿Y cómo puede saberlo? Como puede saber que ella, siendo no nata, lloraba ─ cuestionó la aguda Catherine Marshall ─ según nos ha contado Integra, ella lo liberó a los trece años.

─ Yo podía ver lo que ocurría en esta casa y en la vida de los que habitaban en ella, aún sin necesidad de salir del sótano, ¡soy el rey no muerto! ─ dijo eso último con una sonrisa ufana─ pero es cierto. La señora Hellsing escuchó a su bebé llorar desde su vientre más de una vez…lo cual confirmaba que iba a heredar el talento de los Hellsing para mirar lo que otros ni siquiera se atreverían a imaginar ─ la intensa y dubitativa mira de la joven rubia no cesaba sobre él ─ si no me lo crees, ¡pregúntale a Walter! Él sabe bien ─y se cruzó de piernas para dar otra bocana a su cigarrillo. Integra entonces sólo le miró con un poco de molestia cuando los ojos de sus amigos convergieron en ella:

─ ¡Sí, chicos! Yo puedo ver fantasmas y entidades parecidas.

─ ¡Rayos! Eres una caja de sorpresas ─ expresó Bob Walsh.

─ ¿Has visto muchos por aquí?

─ No muchos pero sí, …por ejemplo, a veces he visto a mi padre ─ ahora el sorprendido (aunque no mucho) fue Alucard ─ pero nunca a mi madre…

─ Ella no tiene asuntos pendientes, Integra. Todo lo que hizo en vida la satisfizo bien ─ moviendo afirmativamente la cabeza─ por eso, no la verás por aquí…

─ Pues yo sigo esperando la historia de terror ─ dijo con un dejo de insolencia, Ralph Lancaster.

─ ¡Oh, y la tendrán! ─ declaró el gran vampiro poniéndose de pie con la majestuosidad que le caracterizaba. ─ Y hagan lo que hagan…─ se dijo al momento de mirarlos a todos mientras apagaba ese otro cigarrillo en el cenicero más próximo ─ no vayan a salir de esta biblioteca, sin importar que escuchen, sin importar lo que imaginen, ¡pues nadie aquí podría evitar las consecuencias que un horror sin nombre pudiera producir en sus almas mortales!". ─ sentenció con tono y mirada grave, mientras que Integra se quedaba ojiplática al saber que no, que definitivamente el rey no muerto no estaba haciendo esa advertencia en vano, y los vellos en el cuerpo de la joven se erizaron, mas no se atrevió a decir nada. ─ No estamos solos, muchachos… como desde hace algunas semanas, todo un cortejo nos acompaña y…puede que hoy tengamos el "honor" de una importante visita. ─ Luego de ello, el vampiro hizo una reverencia: ─ Les deseo que pasen… una muy buena noche ─ y con una sonrisa dentuda maliciosa, macabra, con los ojos inyectados en negro (lo cual consistía en el verdadero repelús de su participación en la tertulia) dio pasos en reversa hasta desaparecer entre la pared─.

Todos se quedaron boquiabiertos, con la carne tan erizada como la de Integra, (¡no! Más erizada) sin saber que hacer o decir, y luego se volvieron a mirar a B.

─ ¡Ah, ese Alucard, tan ocurrente! ─ exclamó la castaña rascándose la nuca.

-ooOoo-

Con la mirada fija en la caratula del gran reloj de péndulo, el rey no muerto esperó cosa de quince minutos a que marcarán las tres. Entonces todo ocurrió.

Cerrando los ojos contó las tres campanadas, ¡demasiado puntual un ladrerío de perros se desató en el patio trasero! Y un castañear de hojas y ramas. Clavado en medio de la estancia, el vampiro fue virando poco a poco la cabeza para mirar de reojo, la puerta más cercana al traspatio. Tan sólo sonrió con un dejó de resignación mezclado con amargura.

─ Un invitado más aquí…y especial…

Por efecto de los poderes psíquicos vio sus pisadas firmes, pesadas sobre el empastado. Podía escuchar la hierba machucada aún entre la tormenta de ladridos y aullidos. Uno…por…uno hasta llegar a la pérgola y darse el alarde de andar sobre la duela como si fuera un ser convencional, momento en que algo pesado e indefinible se posó sobre las ramas más altas del castaño, el cual crujió y tembló bajo un par de patas de pájaro fétidas. Minutos más tarde, el click del pasador de la puerta de la cocina volviéndose a cerrar. Alucard, de pie a unos metros, en medio del pasillo que aguardaba el reloj, cruzado de brazos, tan sólo cerros los ojos para decirse a sí mismo: "ya está aquí". El erizar de su piel fría se lo avisó, el erizar de la piel suave y cálida de Integra también, quien comenzó a retorcerse en su lecho de la biblioteca, donde yacía rodeada de sus amigos quienes dormían profundamente.

Alucard fue volteando poco a poco en dirección del pasillo adyacente a la cocina por donde aquello sin rostro, ni cuerpo visible avanzaba para abrir la puerta que daba al recibidor, (como si no pudiera atravesarla) haciendo sonar el pasador, intencionado de hacer notar su presencia (mientras que afuera los perros se volvían locos de tanto aullar, el viento de ulular y alguna que otra ave nocturna perdía su rumbo para irse a estrellar contra los cristales). Dos segundos después, un Alucard aparentemente sereno le escuchó hablar por la espalda: ─ En un minuto tocará a la puerta principal…Está subiendo las escaleras del pórtico…. ─un aliento gélido y una voz antigua con eco de siglos le anticiparon, y por el repugnante olor azufroso, reconoció al emisario con quien había trabado combate hacía semanas.

Sin esperar más, Alucard se dirigió hacia el gran vestíbulo sin parpadear siquiera, con la vista fija en el gran portón de dos hojas detrás de los cuales se comenzaron a escuchar golpeteos de un puño cerrado.

─ Déjenla entrar… ─ ordenó la voz.

Alucard abrió la puerta de par en par.

─ Creo que he llegado excesivamente tarde a la lunada de esta noche…me disculpo por ello.

Frente al vampiro, estaba la figura de una adolescente de piel pálida como natas de hielo, y así de fría, esperaba. De sus labios pintados de negro unos dientes rojizos no dejaban de sonreírle. Vestía ropas contemporáneas pero extrañas, estaba envuelta en un abrigo oscuro.

─ Buenas noches, rey y Señor no muerto ─ sin moverse de su sitio aún, pero sin dejar de mirar a los ojos tampoco.

Alucard se apartó de la puerta y la invitó a pasar con un ademán. Invitación que fue aceptada por la oscura aparición, la cual agradeció con una reverencia sutil. Uno a uno terminó de subir los peldaños, luego la puerta se cerró de golpe detrás de ella. Alucard suspiró sintiendo la brisa gélida que acompañaba aquella presencia, la cual, como marcaba el protocolo oscuro, debía ser invitada a pasar para que todo cuanto fuera a ocurrir a continuación, fuera legítimo.

Algo muy parecido a un palpitar de angustia, se irguió en el pecho yerto del vampiro. Mientras que, en la biblioteca, Integra comenzaba debatirse entre las penumbras dentro de las cuales se teñían sus sueños.

─ Buenas noches… ¿A quién debo dirigirme? ─ sonrió Alucard como amable, como sereno, como si en verdad fuera totalmente dueño de sí mismo.

─ Buenas noches, príncipe Draculea ─ contestó el saludo con una voz que ahora era distinta y podía traspasar el alma. Lo suyo era un siseo que más se sentía que escucharse. Con un movimiento de transfiguración el ser se movió para acortar la distancia.

─ He dejado pasar a una de las visitantes de las madrugadas… ─ dijo él ─ Déjame ver quién eres en realidad.

La supuesta joven sonrió como si estuviera de mejor humor al escuchar el sobrenombre aquel, y sus ojos que se habían conservado grises claros, brillaron terribles y espantosos, a la vez que el disfraz de adolescente que hasta ese momento había conservado, comenzó a ser gradualmente sustituido por una silueta alta, envuelta en un vestido de seda en colores purpura y sangre, (que mucho le recordó a Alucard la moda renacentista) con las mangas bombachas hasta la muñeca donde se miraban brazaletes de piedras preciosas. El escote del vestido era pronunciado, aunque la falda circular llegaba hasta el suelo. En la cabeza, la mujer llevaba un tocado brocado, tejido entre una trenza que cruzaba de oreja a oreja su coronilla, de la cual llevaba abalorios prendidos de donde salían un par de cuernos pequeños de macho cabrío. En sus facciones delicadas y bellas de blanco marfil, el rey no muerto la reconoció:

─ ¡Vaya, vaya! ¡De todas las malignidades habidas y por haber, jamás me hubiera imaginado que fueras a ser tú quien me visitase!… "estimada" parienta.

Al escuchar eso último, la macabra mujer rio para dejar ver una hilera de dientes manchados en el espeso carmesí de sangre, (como si acabara de matar a mordidas a alguien): ─ ¡Tanto tiempo sin vernos! Desde la última vez que visitaste los infiernos… ─ Alucard asintió con una sonrisa sin dejar de observarla desconfiado. ─ y creo que de todos los mensajeros que se te pudieron haber sido enviados, no pudo haber una más adecuada que yo ─ se señaló a sí misma con el larguísimo índice de la mano derecha, con uñas como garras, adornado con el anillo de su casa nobiliaria ─ ¡yo, que soy experta en doncellas! ─ ufana, burlona, mirando con diversión como el gesto de Alucard se tornó hosco y seco. ─ No necesito decirte porque vine que tú no hayas adivinado ya…sólo a reiterarte que la maldición que se ha cernido sobre esta familia continuará, y continuará hasta que hayan sido purgada sobre la cabeza de siete generaciones…sin que tú puedas hacer nada al respecto. ─ dijo pedante y orgullosa.

Alucard la miraba entre la ira y la burla. Con las punzantes pupilas clavadas en ella, como él solía clavarles pinchos a las carnes de sus enemigos turcos; como ella solía clavarlos sobre las carnes de las doncellas que fueron sus víctimas, cuando también fue señora de los Cárpatos. Así ambos se asesinaban con la mirada.

─ No es un tema para hablarlo sino es en privado, condesa. ─ la tomó con fiera brusquedad del brazo, a lo que la demoniaca sonrió, él adivinó que con placer. Hizo un mohín de repugnancia diciéndose sólo para sí "¡depravada!", y la llevó consigo hasta el despacho de Walter. La modesta y pequeña oficina donde solía administrar los deberes de la casa todos los días: forrado en madera, un espejo de cuerpo entero, piso de loseta sencilla, escritorio con una lampara vieja sobre él, un diván pequeño junto a una maceta de sombra, dos sillas acogedoras, un archivero, un librero, fotografías, pinturas y un calendario, constituían todo el mobiliario de la pequeña pieza, donde ambos entraron sin necesidad de abrir puerta alguna. Dentro, Alucard arrojó de sí a la diableza, y sin quitarle los ojos de encima, se sentó sobre el escritorio, sacando un cigarrillo: ─ Bien, ¡di todo lo que tengas que decir y luego lárgate al demonio de vuelta, maldita! ─ La mujer se carcajeó con renovadas ganas echando el pecho y la cara hacia el frente, haciendo más evidente el gran escote, mostrando de nuevo el rojo crémor de sus por siempre entintados dientes porque, como Alucard bien sabía, se la pasaba mordiendo a los condenados en los antros del mismísimo infierno. Con una mueca de desprecio, dijo: ─ bien te ha convenido ser ramera del diablo …. ─ moviendo negativamente la cabeza, sin dejar de mirarla como si fuera un pedazo de excremento, al saber que tenía enfrente a una mujer que de tan perversa y malvada, había hallado empleo y no condena en el averno, y que su principal empleo y pasatiempo consistía en torturar a los condenados.

─ Yo debía hallar una manera de transcurrir la eternidad, ¡la cual es muy aburrida!

─ Debí suponer que ibas a ser parte de una treta con el diablo.

─ Soy una sobreviviente, ¡como tú!

─ No compares, condesa ─ sin aminorar el desprecio sobre su parienta lejana─ yo morí en las guerras y resucité para vengarme. La sangre es mi alimento, no mi vanidad. ─ y la mirada de soslayo que le recordaba todos los atroces e inenarrables crímenes que la brutal dama húngara había cometido hacia siglos atrás, cuando fue condenada a muerte por la justicia de los hombres.

Y la diableza volvió a reír: ─ Ahora fingirás que eres moral.

─ No lo soy, pero tampoco trabajo así …Además, las prostitutas nunca me gustaron. ─la miró impasible desde los centímetros de estatura que él le aventajaba a ella ─ sólo recuerda lo que les sucedía mientras fui príncipe de Valaquia. Pero mejor dime de una vez por todas a que has venido…

─ A discutir algunas cláusulas. Ante todo, que te quede claro que sólo he venido aquí como emisaria del gran señor de la lujuria, el cual desea saber si puede obtener un provecho a cambio de clemencia.

Alucard cruzó los brazos mientras se recargaba sobre el escritorio, levantando una ceja: ─ Tienes toda mi atención, bruja ─ pero sospechando que nada bueno podía venir de un trato ofrecido por un demonio.

─ Tu alma a cambio de la suya ─ y al decir aquello último le pareció a Alucard que el tiempo se detuvo un poco, como si ella lo dijera en cámara lenta. Pero no, no había escuchado mal, lo que estaba ante sí realmente ocurría: la condesa húngara había llegado allí para negociar en nombre de Asmodeo, por el alma y la suerte de Íntegra.

─ Detalles …─ sin despegar los penetrantes ojos rojos de ella.

─ Si aceptas ser parte de la legión de mi Señor, él liberará a tu ama de la maldición de su familia.

Levantando una sola ceja lleno de desconfianza y dubitación: ─ Y como sé que tu señor cumpliría su parte del trato?

─ Lo hará, y él te llamará cuando sea el momento preciso…No antes ni después, sino cuando sepas que ha llegado el momento.

─ ¿y cuándo sería…el momento?

La condesa volvió a sonreír con malignidad: ─ Dentro de unos años el destino de esta ciudad se cumplirá, entonces tendrán que arriesgarlo todo para triunfar o morir.

─ ¿Cuántos años? ─ insistió él con firmeza y el ceño fruncido.

─ Antes del milenio…─ Al escuchar aquello, abrió grandes los ojos al parpadear un par de veces. "Antes del milenio", justamente lo que Sixtina había dicho aquella tarde en El buio. Y él sabía perfectamente que dos pitonisas en coincidencia no podían estar equivocadas ni estar mintiendo.

─ Cuando llegue el momento lo sabrás…cuando aquellos que sembraron con horror la Tierra con su gran Guerra, vuelvan a ver las luces de Europa… Si aceptas el trato, entonces será cuando tengas que cumplir tu parte, y mi señor liberará de la maldición a tu ama y a sus descendientes.

─ Entonces sí los tendrá…─ masculló entre dientes como para sí, aunque fue perfectamente escuchable para ella ─

─ ¡Oh sí! ¡Claro que sí! Hellsing no terminará con ella.

Sin despegar sus ojos corintos de la condesa, esperaba una respuesta sobre la clarividencia de la familia de Integra, pero no se atrevió a preguntarla. Los pormenores y las implicaciones de semejante trato tampoco los tenía que preguntar, las sabía de sobra y ni siquiera a él, experimentado en toda clase horrores, le terminaban por resignar. ¿Para qué querría un príncipe de los infiernos tenerle de vasallo a él? La respuesta parecía inferirla. Sabía que algún día toda fuerza y poder, le serían útiles a las huestes del averno que para algo existen desde el principio de los tiempos. "Militar en las legiones infernales aun siendo esclavo", pensó con una mirada vacía y el pecho compungido.

─ No es una decisión que se pueda tomar fácilmente…

─ Si el rey de la No vida necesita tiempo para pensarlo…

─ Así es.

─ No demasiado, mi señor no es paciente ─ con las manos entrelazadas sobre el regazo y una mirada arrogante ─ las ofertas expiran rápido. ─ Alucard sólo la miró fijamente ─ aun así me parece inaudito que lo estés considerando…en realidad debes amar a la doncella. ─ una sonrisa burlona se dibujó en sus finos labios.

Las pupilas bermejas de Alucard volvieron a clavarse en la húngara como dos afiladas estacas. En realidad, le causaba calosfrío y molestia que un engendro como ella estuviera allí en la mansión, y tuviera pleno conocimiento de la existencia de Integra, y del porqué Integra y él eran tan importantes en la Corte infernal, no era bueno, era demasiado peligroso.

─ Lo que yo sienta o deje de sentir…no tiene relevancia alguna en este asunto. ─ dijo esquivo.

─ Yo creo que tiene toda la relevancia, es por eso que estamos aquí… ─ sin abandonar su sonrisa se fue acercando al espejo empotrado en la pared ─ y tengo tanta curiosidad de conocerla…─ sin decir más, la diableza desapareció a través del espejo sin que Alucard pudiera detenerla. Sin perder un santiamén, el vampiro se transformó en una ráfaga para seguirla y apenas pudo transponer el umbral que había abierto para seguirle la pista a través del reflejo.

La dimensión del espejo era inusitada. Era exactamente igual que la realidad detrás, sólo que todo estaba invertido. Alucard una vez allí corrió para salir de la estrecha puerta que la condesa había dejado abierta tras su paso. Al recorrer el pasillito vio la cola de su vestido rojo sangre dirigirse a la estancia principal. La tenebrosa mujer iba mirando los más significativos pasajes grabados en las energías contenidas de la casona como un álbum de fotografías acerca de los años que habían compartido Integra y Alucard en la mansión, desde el encuentro fortuito, hasta la charla junto a la fogata de esa noche, y reía aún más satisfecha al saber que él se rehusó a consumar un acto carnal con ella. Detrás escuchó su nombre, Alucard la llamaba a voces furiosas, pero ella simplemente se transformó en brisa para teletransportarse a la biblioteca donde descansaban los espíritus libres de Integra y sus amigos.

La condesa no perdió ni un segundo cuando fue a posarse lo más cerca de la joven rubia para adormecerla con el poder que conjuró con el sólo deslizar la mano por sobre su rostro. En ese momento Integra abrió los ojos, aunque su yo corpórea estuviese profundamente dormida aún, no la que se reflejaba detrás de los adornos bruñidos de las estanterías. Los ojos azules se toparon con el rostro burlón de la terrible diableza a dos centímetros del suyo. La joven se quedó transida de terror al observar tan de cerca esos ojos, que, de grises, se habían tornado inyectados y endemoniados y transmitían una antigua y espeluznante maldad. Integra también vio y olfateó la boca manchada de sangre y el olor fétido que manaba, pero nada comparado cuando el ente pasó una mano para acariciar su mejilla suave y delciada.

─ La doncella es hermosa…tanto que podría quedármela yo. ─dijo con una amenazadora lascivia sin que Integra pudiera mover ni un solo centímetro de su cuerpo, y acaso la detenía con cierta liviana resistencia, el sigil que llevaba pendiendo del cuello junto a su cruz bendita.

─ ¡Quítale tus asquerosas manos de encima, bruja! ─ gritó frenético Alucard mientras se iba contra ella para sujetarla por el cuello contra la pared más próxima, momento en que Integra reaccionó para poderse mover y ver como el vampiro aferraba a la demonio que sólo reía, transformando su rostro hasta el punto de dejar ver una monstruosidad sobrecojedora. ─ ¡Eso, así, muéstrame tu verdadero rostro, depravada! ─ Y así fue, cuando la dejó caer al suelo para que se recuperase de la terrible fuerza del rey no muerto, estaba una espantosa figura calva y desfigurada por cientos de años y vicios dentro y fuera del infierno. ─ el sumo señor de los avernos no iba a perdonarte, así como así, ¿no es verdad? Le sirves a Asmodeo como esclava, purgas tu propia condena ─ la tomó con brusquedad de los pocos cabellos que le quedaban a esa cabeza que casi era calavera, sin nariz, ni labios ─ pero te arrebataron la gran belleza que con tanta sangre pretendiste conservar, y sólo la usas de vez en cuando ─ y se rio burlón y divertido mientras la arrojaba al piso.

─ Alucard, qué…¿qué está pasando? ─ preguntó una estupefacta y aterrada Integra ─ ¿quién es ella?

─ Alguien que está a punto de largarse de vuelta al infierno donde pertenece. ─La demente no dejaba de carcajearse y emitió un chillido que hizo despertar en esa dimensión al resto de los chicos, sólo para que contemplarán como Alucard se aproximaba amenazante a la demonia ─ dile a tu Señor que tendré la respuesta, ¡pero no ahora!

─ ¿De qué respuesta hablas?

─ ¿Integra? ¿Eres tú?

─ ¿Qué es esto?

─ ¿Estamos soñando?

Preguntaban los jóvenes, momento en que Alucard les hizo dormir de nuevo con un chasquido de sus dedos: ─¡Somnium! ─ Y todos, incluida Integra, quien fue prontamente recogida entre los brazos del vampiro, cayeron como si fueran víctimas de un ataque de narcolepsia. Luego, con Integra dormida en brazos, volvió a avanzar hacia la condesa maldita, quien no decidía, si cubrir su macilento cuerpo o su espantoso rostro con los brazos mientras se arrastraba por el suelo, sin poder recuperar el hechizo aún que la hacía hermosa como lo fue en vida. ─ ¡Desaparece ya de mi vista, asquerosa endemoniada!

Poco a poco la mujer se fue poniendo de pie de nuevo, regenerando su aparente belleza poco a poco: ─ Mañana al caer la noche…entonces ya no habrá mensajeros ─comenzando a levitar mientras la piel de porcelana volvía a cubrirla entera ─ Cuídate de la oscuridad, y a tu doncella…su magia está importunando a los acechadores de esta Casa.

Antes de que el vampiro pudiera entender a que se refería con exactitud, ella volvió a convertirse en viento y se fue revoloteando esfumada en la nada de la madrugada, dentro de esa dimensión fantasmagórica donde Alucard depositó el espíritu de Integra en su lugar, para después apresurarse a salir a la dimensión del otro lado del espejo y hallar a su ama dormida aún, así como el resto de los chicos. El vampiro abandonó la biblioteca tratando de seguir la estela del ladrerío de perros y el violento viento ululante. Al salir al patio trasero lo único que alcanzó a ver fue a la ataviada y hermosa mujer que había venido rutilando en el vuelo de sus enaguas purpuras y escarlata, esconderse detrás del velo de encaje negro que pendía de su tocado astado de macho cabrío, y detrás de ella, volar un pestilente buitre descarnado que se había pasado todo el rato posado sobre una de las viejas ramas del castaño hasta el punto de quebrarla al despegar del batir de sus gruesas alas de plumas negras. Se trataba del espíritu familiar de la condesa sangrienta cuyo oscuro vuelo Integra percibió para despertar sobresaltada sobre su colchoneta en el suelo, mirando a todos lados, viendo a sus amigos en una postura que delataba habían estado sufriendo pesadillas.

─ ¡No fue un sueño! Se dijo a sí misma mientras salía corriendo de la biblioteca colocándose las gafas para subir las escaleras y correr con todas sus fuerzas hasta la que era su habitación para mirar por la ventana, una que había quedado abierta de par en par. Ante el viento fuerte que le golpeaba el rostro y el cuerpo, quitaba su dorada melena para ver a lo lejos, y aún pudo ver caminar a la mujer hacia los límites de la propiedad, bajo el vuelo de su espíritu familiar, el buitre fantasmal. Con su gran vestido violáceo y púrpura, el velo y el macabro tocado astado. Y la niña creyó distinguir el emblema de una casa nobiliaria en el medallón que la infausta llevaba al cuello, pero la distancia era demasiada para que ella pudiera apreciar detalles. Al sentir su mirada, aun estando lejos, la infernal condesa volteó de soslayo, miro a la rubia enfundada en su pijama de algodón azul claro, le sonrió con maldad mirándola a los ojos, y desapareció entre la espesura del pequeño bosque limítrofe de su propiedad.

─ Integra …. ─ la joven dio un brinco y un pegó un grito de susto al escuchar que decían su nombre por la espalda, al voltear no vio a nadie, pero reconoció la voz de Alucard hablando en su mente.

─ ¡Maldición! ¡Casi me matas del susto! ─ dijo la chiquilla mientras se llevaba las manos al pecho y trataba de recuperar el aliento ─ ¡no me hables por la espalda como si fueras el maldito Satanás!

─ Perdóname, ama … ─ siguió con su charla telequinetica.

─ ¿Qué carajo fue eso? ¿quién es ella? ¿Quién es esa aparición que se atrevido a presentarse en mi casa?

─ Sólo …una vieja conocida que vino de visita, al parecer la mansión se está convirtiendo en terminal de entes.

─ ¡Qué asombrosa revelación! ¡Eso ya lo sé! Lo segundo no te lo creo… ─ decía mientras volvía a bajar la escalera en busca del nosferatu, y lo halló en el vestíbulo, agitado y nervioso aún, y sí, definitivamente las cosas se le habían salido de control, cualquier que hubiera sido.

─ ¡Alucard! De una vez por todas dime quien era ese ente ─ le dijo mirándolo fijamente en tono autoritario ─ dímelo porque sabes que de todas maneras lo voy a averiguar.

─ ¡Desde luego! A su tiempo lo sabrás y no será demasiado tiempo… pero está noche no te lo diré, no quiero ─ mientras miraba hacia el patio trasero, por donde ella se había marchado.

Integra gruñó fastidiada: ─ ¡Está bien! No me lo digas ahora. Maldito seas… ─ y se dispuso a regresar a la biblioteca

─ ama… ¡No juegues con magia aquí en la mansión, no ahora, eso sólo los atrae!

Al escuchar aquello, Integra se quedó de una pieza, después de unos segundos, suspiró y reanudó su caminar. Esa mirada, esos ojos claros y diabólicos que se perdieron entre los árboles, los mismos que la habían observado a quemarropa en la dimensión del espejo. Sobra decir que estaba resuelta a averiguar quién había sido ella, así se lo dijera Alucard o no. Mientras tanto, el vampiro se dirigió al pequeño despacho donde había negociado con la diableza. El cuarto aún despedía un aroma a humedad vieja y azufre. Alucard lo inspeccionó un momento, verificando si había un indicio de su estancia allí, y lo vio: un sobre lacrado con el escudo de armas de la casa nobiliaria (ahora extinta) de la condesa húngara. Con un gesto de fastidio lo tomó: era una copia del contrato que había de firmar si acaso aceptara el trato del demonio Asmodeo. Tuvo ganas de deshacerlo entre sus manos. Lo apretujo con fuerza más supo que era inútil, aún sin firma, esa clase de contratos no se pueden romper ni destruir.

Mientras Integra entraba de nueva cuenta a la biblioteca para hallar sus amigos mirando por la ventana del vitral.

─ ¿Qué fue eso? ─ interrogó Catherine Marshall.

─ ¿Por qué todos soñamos lo mismo, Integra? ─ cuestionó Bob

─ Y ese ladrerío de perros y el viento salido de la nada …─ agregó Ralph

─ ¿Fue una aparición? ─ Maggie con un gesto asustado.

Integra sólo atino a responder, con incomodidad: ─ Algo así… Ah, estoy apenada, se supone que esta sería una noche tranquila y …

─ Se supone, pero tampoco esperábamos que de verdad lo fuera ─ dijo Blair, que era la única que, abrazada a sí misma, no se movía de su lugar en el sillón que escogió para dormir.

─ Sólo dinos que ya pasó y estaremos bien─ dijo Catherine.

─ Eso…eso espero ─ pasando saliva y un mechón por detrás de la oreja ─ ni yo misma sé quién fue, sólo ese rostro espantoso…

─ Sí, también estaba el señor Alucard…

─ Pero antes de eso, comencé a tener sueños extraños… ─ aseguró Ralph ─ y no eran agradables…

El resto de los chicos aseguro que tampoco los suyos. Integra escuchaba con atención, a decir verdad, ella había tenido una pesadilla también, acompañada de visiones extrañas en las que seguramente pensaría luego.

─ Lo…lo medular es que, por esta noche, ya fue suficiente, estarán bien y…traten de volver a dormir, mañana tenemos que estar listas.

Las muchachas recordaron de súbito que, dentro de unas horas, a la mañana siguiente, tendría lugar la ceremonia de graduación y al anochecer, el baile.

─ Es cierto ─ expreso Blair ─ casi lo había olvidado…

─ Al menos nuestra ceremonia en Eton será hasta …el próximo viernes ─ dubitativo Ralph.

─ Bueno, por eso, traten de volver a dormir, y de verdad, lo siento.

─ Meeh, ¡no importa! Juntarse contigo es como vivir dentro de varias películas juntas ─ bromeó Bob Walsh y los demás lo secundaron.

Luego Integra se volvió a excusar para ir en busca de respuestas a como diera lugar. "Si crees que me vas a convencer con tu historia de pacotilla, Alucard, estás muy equivocado", y con esos pensamientos llegó la puerta que daba al sótano.

─ ¿Alucard? ─ dijo asomada a la puerta, pero sin hallar rastro del vampiro, sólo su silla fría y el escueto mobiliario que a ella siempre le recordaba una celda de prisión, pero, a fin de cuentas, eso es lo que era para Alucard, y cualquier posesión mundana a él le era indiferente. Dio media vuelta y siguió buscándole, hasta que, al dar la vuelta en un pasillo, estuvo a un paso de chocar con él.

─ Integra, ¿estás bien? ─ con extrañeza preguntó el Rey no muerto ─ dentro de lo que cabe, claro…

─ No, no estoy bien, porque si estuviera bien estuviera dormida, pero sucede que un ente del infierno vino a husmear a mi casa y sinceramente estoy harta de toda esa mierda.

─ Mmm…" harta de esa mierda", entonces tienes muy poca tolerancia para ser la heredera de una casa de médiums, metafísicos y brujos ─ dijo masajeando su barbilla en un fingido gesto dudoso

─ ¡Pues perdóname por no amar despertar dentro de mi propio sueño, del otro lado del espejo, con un rostro demoniaco a dos centímetros de mi cara! ─ sarcástica también, ante el gesto del vampiro quien a leguas se notaba no tenía la menor intención de querer ahondar en el asunto ─ ¿quién era, eh? Y no me salgas con que no sabes porque entraste a la dimensión del espejo a combatirla, sabes quién ha sido…

─ Quien haya sido es lo de menos, lo importante para saber es que su Señor es el señor que acecha tu vida y tu casa, y que no te dará tregua si no obtiene algo a cambio. Pues eso me vino a decir.

─ "No importa quien haya sido" … ─ masculló la rubia entre dientes ─ ¿Y qué es lo que querrá?

─ Tampoco importa …basta saber que…se irá, eso sí te lo digo, yo me encargaré de eso.

─ Alucard ─severa en la mira y el tono de voz ─ no me ignores, demando saber que está pasando.

─ Nada que tú no sepas, bien conoces que los entes demoniacos siempre piden algo a cambio, pero mienten, hacen tretas y una noche menos pensada te susurran por la espalda ─ mirando al vacío con la mirada perdida…Y por cierto … ¿qué magia has estado haciendo aquí?

─ Aaahh ─ Integra en ese momento no se decidía a que decir ─ sólo estaba practicando

─ Practicando… al parecer eso sólo aviva el ambiente infausto de la mansión.

─ ¡Pues ya me cansé de tener que vivir como una maldita prisionera en mi propio hogar! ─ cruzada de brazos ─ y no me cambies de tema, ¡que después de todo yo tendría el derecho de hacer en mi propiedad lo que me plazca, y practicar mis habilidades y conocimientos de hechicería tendría que ser una de ellas sin que por ello venga toda la maldita Corte del infierno a pasearse por aquí!

─ Entre el ser y el deber ser…─ dijo Alucard sin dejar de mirarle, ahora con esa sonrisita como de diversión. ─ Pero ya en serio, Integra, hasta que no le pongamos una solución efectiva al problema, hay que evitar exponerse innecesariamente, entonces…dime que magia has estado haciendo.

Integra suspiró, lo pensó casi un minuto y luego, resignada dijo: ─ Sígueme. ─ Y dio media vuelta a salir del sótano, hacia el primer piso, para luego ir rumbo al patio trasero donde todo parecía haber recobrado la calma de la noche. Se dirigieron a la cava, esa misma donde semanas antes Walter y Alucard habían discutido. La chica indicó con la mirada que ese era el lugar, y Alucard, una vez más, se agachó para levantar la escotilla de madera, y así poder bajar por la escalinata hacia el subterráneo cobijo de aroma a madera, aceite, humedad y especias que recibían a los visitantes apenas trasponer la entrada a nivel de piso. Luego, la rubia caminó hasta donde un anaquel circular contenía botellas empotradas, allí, en los niveles más cerca del piso, extrajo un frasco muy oscuro que se confundía con otros vacíos, en espera (desde hace años) de ser usados para contener especias. El recipiente de vidrio negro estaba igual de empolvado que el resto, que diríase que hacía muchos años nadie lo requería, más no era cierto pues había sido usado cuando Integra decidió practicar un viejo hechizo contra una de sus compañeras de clase: Agatha Collins. Una venganza por haber sido golpeada con el balón en la clase de deportes. Resopló, la miró a los ojos y sin rastro de vergüenza o arrepentimiento, sino al contrario, con una extraña mueca de satisfacción, le extendió el frasco del tamaño de un tarro mediano de mermelada al vampiro quien lo recibió como quien le pide un objeto indebido a un niño pequeño. Luego fue hasta la vieja mesa que yacía sobre el suelo de piedra y lo abrió, de dentro, con los dedos a manera de pinza extrajo de entre un líquido que era una remolacha de hiervas muy olorosas con penetrante y feo perfume, una fotografía arrancada del anuario, la cual estaba enredada en una cinta roja. Alucard se quedó con un gesto de fastidio, miró a Integra de reojo pero la rubia conservaba una actitud de indolencia total y, como ya se ha dicho, de satisfacción. El vampiro suspiró y comenzó a desenredar el listón para dar con la fotografía de Agatha, cuyo rostro había sido perforado varias veces con una aguja.

─ Vamos a tener que cortar este hechizo. No puede haber magia aquí por el momento ─ le dijo a ella mientras se encogía de hombros. El agarró el listón y el frasco, luego salió por la compuerta hacia el exterior, hacia los establos donde estaba la pila de agua. Una vez allí, en un cuenco enjuago la fotografía con agua limpia mientras decía: ─ De este embrujo yo te libero, Agatha Collins, de este embrujo yo te libero… ─ Repitió la frase tres veces, luego se guardó la fotografía en un bolsillo, enjuagó el frasco después de tirar al basurero más cercano las yerbas y el listón, (todo el tiempo siendo observado por Integra quien no desistía de observar todo con una malsana sonrisa) ─ dejémosla en paz por un tiempo, yo, como más poderoso puedo cortar ese embrujo…Por tu rostro veo que funcionó bien.

─ ¡Su rostro parecía un cráter lunar el día que nos tomaron la fotografía de generación! ─ y se rio de verdad, sin remedio, recordándolo todo.

Alucard movió negativamente la cabeza, riendo ante la travesura de su ama, luego, tan sólo dijo: ─ Tenía que ser, ¡eres digna hija de Hellsings! Si yo fuera ellas…tendría mucho cuidado ─ aseguró con otra mirada de complicidad como si tratara de enviar un mensaje codificado, entendible para quienes se conocen demasiado y muy profundamente. Luego él sonrió, luego ella devolvió la sonrisa apenas, con una mirada de satisfacción y en ese momento Integra supo que ya no tendría que volverse a preocupar ni de Agatha Collins, Isabella Bardsley o la condesa Felton o cualquier otra enemiga del colegio. Alucard entonces dejó el frasco limpió, boca abajo en la repisa junto a la pila del agua, miró al cielo para ver el cielo tachonado de estrellas. ─ Volvamos adentro… a la noche aún le queda calma… y…ama. ─ Ella se detuvo y volteó a verlo. ─ perdón por todo lo que te dije aquella vez…cuando me fustigaste la cara, no…no lo sentí en realidad, estaba muy enojado. No…no deseo que te cases con Charles Islands, ni desearía jamás que te marches al demonio…no supe lo que dije.

Integra miró al vampiro, pasando saliva, sin saber cómo reaccionar, y es que Alucard nunca se había disculpado con ella, ¡de hecho tal vez hacía demasiado tiempo que no se hubiese disculpado con alguien! Lo cual apreció, y la hizo sentir remordimiento por haber removido el amargo pasado de Alucard sin querer: ─ Y yo te pido una disculpa por …por haberte dicho lo que te dije en la fogata…

Él se encogió de hombros: ─ ¡No importa! Eso literalmente fue hace siglos, esa …persona, esa…víctima dejó de existir hace mucho… ─ perdió la mirada pensando en esos tiempos feroces de muerte y sufrimiento, pero luego sólo se encogió de hombros y sonrió con un halo de amargura ─ así es la vida.

─ Pero… ¿lo recuerdas? ─ tímida Integra, en ese momento comenzaba a verlo justamente como una criatura a la que toda la vida se le había negado amor o paz.

─ Sí, aunque no mucho. Al menos un hermano mío sobrevivió junto a mí por el hecho de ser cautivos, pero hubo otros familiares con menos suerte… ─ luego se encogió de hombros con indolencia ─ algún día tal vez te cuente esas historias, no todo es como lo cuentan en los libros.

Ella sólo asintió mirándolo mientras se le escapaba un suspiro.

─ No Integra, no me tengas lastima ─ pidió con incomodidad.

─ No, no es lastima … ─ dijo ella bajando la mirada.

─ ¿Entonces? ─ por toda respuesta ella sólo se encogió de hombros ─ Ah y …también te pido disculpas por ...haber creído que tenías todo que ver con Charles Islands.

Al escuchar aquello, ella frunció los labios: ─ Fue hasta que lo escuchaste de una tercera persona que me creíste…

─ ¡Lo siento! Es que…

Ella sólo le sonrió con mucha amargura: ─ No importa lo que creas, de todas formas ─ hizo una pausa para suspirar profundamente sin poder verlo a la cara al decir eso ─ tú mejor que nadie sabe que soy virgen y por lo demás… te puedo asegurar que no me voy a casar con Charles.

En ese momento sí lo miró y él a ella, y él también supo sin palabras que ella tenía un plan: ─ Yo tampoco lo hubiera permitido jamás…─ con toda la intensidad de sus ojos.

─ Seguro que no ─ Integra no dejaba de mirarlo. Así tranquilo, le parecía todo menos un demonio, o un sicario, sino todo lo contrario─ Alucard yo…

─ ¿Sí, ama? ─ dijo él mirándola fijamente a los ojos, pero ella pareció arrepentirse de cualquier cosa que quisiera decir Él tan sólo le sonrió y tomó su mano en la suya, la llevó a sus labios y la besó. Integra suspiró y volvió a tragar saliva y estaba segura de que se sonrojó y prefirió cambiar de tema.

─ Aaah…y, ¿qué paso en Escocia?

─ Todo bien… los adjuntos ya hicieron el papeleo para los registros y todo eso. Limpiamos las comunidades de esa condenada plaguita de duendes.

─ ¿Duendes otra vez? ─ con un gesto de repugnancia ─ no puedo creer que se atrevan a seguir buscando problemas con la gente de los pueblos.

─ Ya no lo harán. Pero además había una pandilla de brujos de poca monta que se robaban a los infantes para intercambiarlos por favores con ellos, ¡hazme el favor! Aunque ya terminamos con eso. ─ moviendo afirmativamente la cabeza, mientras Integra de brazos cruzados, asentía

─ Buen trabajo, entonces.

─ De nada, jefa, ya sabes que soy tu empleado del mes…y de anterior, y del que viene…

Integra se rio. ─ Y … ¿esa semana que no supe a donde te fuiste?

Alucard fue el que rio entonces: ─ Quiero que sea una sorpresa, una muy agradable.

─ Yo odio las sorpresas…de verdad, eso y tu secrecía de no decirme que pasó aquí hace un rato. No me respetas como comandante si te reservas información y …

─ Si no te respetara como comandante ya estarías muerta… ─ Se le escapó decir y ella sólo abrió los ojos muy grandes ─ este no…. Integra, no quise decir eso.

─ ¡Menos mal!

─ Integra, ¡yo nunca te haría daño! ─ casi sin darse cuenta a un centímetro de ella, luego acomodo unos cabellos detrás de la oreja de ella sin dejar de mirarla como si fuera "¡lo más anhelado en este mundo!" ─ nunca.

Integra suspiró profundo sin apartar la mirada de él y cerró los ojos cuando sintió como la mano de él acariciaba su mejilla, y como no resistió la expectativa de lo que hubiera pasado sin permanecía más minutos con él a solas, dio dos pasos hacia atrás y con la cabeza hizo señal de seguir caminando.

Con pasos lentos regresaron a través de la puerta del gimnasio.

─ Mientras estuviste en Escocia, yo visité Irlanda…fui a ver a la bruja Drea…

─ ¿Pero es que aún vive esa vieja chiflada? … ¡Vaya! Debe tener como cien años, ya…

─ Algunos dice que es una encarnación de Aineé…

─ ¿Una encarnación de la reina de las banshees ese hilacho pestilente? ¡Ja! Mis bo…

─ ¡Alucard!

─ Está bien, ¡está bien! Lo siento, me ofusqué …Y bueno, ¿para qué la fuiste a ver?

─ Quería ver si me daba consejos o pócimas para tratar de paliar la infestación, pero …fue como si no quisiera inmiscuirse demasiado…eso sí, me dio un talego con huesos que ella usaba para hacer necromancia…

─ ¿Y te han servido?

─ He hablado un poco con mi bisabuelo… ─ Alucard se estremeció con una cara de asco. ─ pero es esquivo y en claro sólo saque que el problema debe ser solucionado antes de que acabe el verano, y que por lo tanto… hay que comunicarse con … quien ya sabes…. ¿por eso vino, ¿no?

Alucard no contestó, pero igual Integra se lo estaba adivinando, así que el vampiro sólo le dijo: ─ Hay una presencia que constantemente está aquí, no es la invitada de esta noche, ¡y por supuesto que no es Asmodeo! Es un…vigilante. Básicamente es un cretino al que le gusta jugar a los espantos, el que te atacó aquella madrugada, pero es sólo un lacayo. Cuando arreglemos las cosas con el jefe, el resto se irá.

─ ¡Ah, "se oye muy fácil"! ─ dijo sarcástica, Alucard la miró levantando una ceja ─ ¡en fin! Gracias por esto, creo que hoy sí me fue de ayuda ─ de dentro de su ropa sacó el sigil.

Alucard sólo asintió con una sonrisa, pero para entonces ya habían entrado a la casa y se toparon a un Walter cuyo pijama se ocultaba debajo de su abrigo azul marino. El mayordomo estaba de pie, mirando a su alrededor, analizando, buscando. Cuando los vio entrar miró a Alucard inquisitivamente y se acercó a ellos con un gesto interrogante, indagando sobre lo que había causado el alboroto con los perros. Alucard por su parte no tuvo ganas de explicar, con la mente hecha nudos, tenía que recurrir a la concentración que sólo la calma daba, de modo que sin contestar nada al mayordomo, se despidió y se retiró a las entrañas de la casa buscando el reposo de su celda.

─ Señorita, sus invitados están algo inquietos. Ahora despertaron, hablaron de tener pesadillas…

─ Lo sé…─contesto ella dirigiendo la mirada hacia la nada después de contarle a Walter todo lo que había ocurrido─ aunque no espero que lo sigan interpretando sólo como simples pesadillas.

─ Ahora se rehúsan a volver a dormir así que encendieron el televisor y están charlando…ya les he ofrecido té o café, una vez más.

─ Gracias Walter…eres muy amable. ─ dijo con la mirada taciturna, cruzada de brazos, diciéndose a sí misma que realmente era imposible tener una noche tranquila como una adolescente normal… ¡Oh pero que pretenciosa se sintió! Ella jamás sería normal nunca.

─ Señorita, es mi trabajo …

─ Ningún sirviente haría por mí lo que haces tú, Walter, por ello siempre te daré las gracias ─ le sonrió con cariño ─ contigo a mi lado es como si…en realidad no fuera huérfana.

Al escuchar eso, Walter pasó saliva y devolvió la sonrisa, conmovido, asintiendo: ─ ¡Para mí es un honor, milady…! Ah, y además tengo que darle esto, lo hallé en el suelo de mi despacho hace unos minutos ─ acto seguido le mostró el sobre abierto con el lacre roto ─ no soy un experto, claro está. Pero le puedo asegurar que el remitente de esa carta no tiene un código postal de por aquí cerca… sí me entiende…

Integra asentía más allá de la intriga, sin despegar los ojos del sobre, tratando de unir el lacre roto como si fuese un rompecabezas, con el fin de apreciar el sello. ─ ¿De cuándo a acá los demonios lacran así sus sobres?

─ Podría ser el sello personal del mensajero… no es el sigil de ningún demonio, parece ser…el emblema de una casa nobiliaria ─ Integra lo miró fijamente captando la pista ─ …bueno, milady, con su permiso. Le deseo muy buenas noches …─ hizo otra reverencia y se marchó dando dos pasos hacia atrás.

Integra observó unos segundos más antes de guardarse el sobre en el marsupio de su sudadera de algodón, y reanudar pasos lentos hacia la biblioteca ─ ¡Ah, Walter! ─ antes de que se alejasen más el uno del otro ─ Para mí y para todos … té de azar con gotas de valeriana… Tal vez podamos dormir un par de horas antes de la ceremonia graduación…

Continuará...