XXIII. Honoris Causa
Entró al despacho principal para abrir la caja fuerte que se hallaba oculta detrás de cinco volúmenes de Obras Inmortales de la Literatura, para sacar el broche de diamantes y platino, el escudo de armas hecho joya que un día muy lejano ya, su padre le regaló a su madre. Una vez lo extrajo, lo observó con detenimiento, como casi siempre que lo había tenido en las manos, como si con el tacto quisiera ver imágenes de su madre, pero si no era en fotografías, rara vez acudía a su vista, así que tenía que conformarse con eso, con retratos. Como la pintura colgada en ese mismo lugar, en la pared junto a la puerta, (mirándose de frente a la de sir Arthur colocada detrás del escritorio) o la vieja fotografía de generación del colegio...Ella pensó que tal vez tantos años de yugo escolar valdrían la pena si, después de todo, su foto iba a estar en la misma pared de recuerdos donde estaba la de la autora de sus días.
Suspiró pensando en ello, entre el aroma a libros y madera, entre las estatuas y armas, y también entre uno que otro trofeo de las cacerías de su padre, (trofeos que ella aborrecía, a decir verdad, pero que no se atrevía a botar). Con cuidado se colocó la joya sobre el vestido elegante que usaba esa mañana, ante el reflejo de un escudo medieval bruñido que adornaba uno de los rincones. Se aseguró que todo estuviera presentable en su persona, colocándose bien las gafas detrás de las cuales sus ojos levemente maquillados (con la ayuda de Blair) lucían impactantes, así como con maquillaje trató de esconder la marca del pelotazo en la cara, que cada día sanaba mejor. Alisando con las manos el vestido de terciopelo verde oscuro de cuello alto donde descansaba su cruz de plata, manga larga, falda hasta las rodillas. Ella emanaba el aroma de su perfume de rosa búlgara. Se cercioró que los zapatos de tacón mediano estuvieran limpios, y las medias de seda impecables. Sí, ante todos y ante su propio reflejo, estaba en orden, como le habían pedido que asistieran a la ceremonia de graduación.
Volvió a suspirar, miró el reloj de péndulo en la pared, el tic tac entre el tranquilo y caluroso ambiente matutino, y el canto de diferentes pájaros que casi hacían olvidar que una noche antes, la mansión fue visitada por huéspedes del infierno.
"Ya es hora", se disponía a salir después de mirar el reloj, cuando su vista de soslayo volvió a posarse en esas fotos cientos de veces miradas y vueltas a mirar. Fotos de momentos significativos en la vida de su padre: de su etapa como estudiante en Eton, como caballero de la Mesa Redonda y con Su Majestad; con otros miembros de la Familia Real; otras fotos frente a la mansión con las tropas de defensa detrás de él; una más el día de su boda o aquella en que terminó la Guerra. También había otras donde acompañaba a sus camaradas, como esa junto a Sir Pendwood, Sir Irons y Walter, (este último siendo un niño de catorce años). Arthur siempre vivaz, siempre sonriente, sir Pendwood siempre cándido y Sir Irons frío y adusto como una estatua romana... Se preguntó a sí misma porque Walter había envejecido tan pronto, y porque de esos cuatro hombres retratados, sólo su padre fuera el que había tenido que morir. En ese instante algo más llamó de nuevo su atención. No supo porque en ese momento sí, y antes no, pero tuvo el impulso de tomar el portarretrato de la pared entre sus manos y mirarlo con calma.
De pronto Blair irrumpió sin tocar la puerta. Ella se había quedado con Íntegra hasta esa hora, y recién había terminado con los detalles de su arreglo personal, con un vestido igual de elegante y sobrio que el de Íntegra, pero color rojo vino, cuyo único adorno era una joya de su familia: el dije del emblema de su propia casa.
─ ¡Teggy, aquí estás! Bueno, creo que ya estamos excediendo en la tardanza, ya es casi media hora de que todos se fueron, ¡creo que hemos perdido suficiente de la ceremonia religiosa!, ¿no crees?
En ese momento la aludida volteó, pero sin soltar el retrato entre sus manos, por lo que Blair se le acercó con curiosidad, preguntando que era lo que miraba. La rubia no le contestó, sólo la dejó ver.
─ ¡Demonios! Pero si parece que es Charles que viajó al pasado.
La heredera asintió: – Tantos años de ver está fotografía... y ahora me parece...perturbadora.
Blair la sostuvo: ─ ¡Quién diría que Sir Hugh era tan guapo!
─ Y que eso es lo único que Charles heredó de él... ¡si al menos fuera la mitad de decente que siempre ha sido Sir Irons!
─ ¿De verdad? ¿De verdad el señor no tiene algún pecado en su haber?
─ ¡Su hijo! Su severidad, de allí en fuera, ¡nada que alguien le sepa!
─ Entonces, ¿quieres decir que si Charles no fuera tan cretino...considerarías casarte con él?
─ Tal vez... porque así estaría haciendo lo que me educaron para hacer, ser una leal y obediente súbdita, y quedarme en el área de comodidad, lo cual es...fácil como la costumbre...─ se encogió de hombros─
─ Lo dices como si... Islands te gustara...
─ No siento nada por él, si es a lo que te refieres, ¿cómo podría? Pero...como dice Catherine, casi todas las personas de nuestra clase se casan sin sentir nada, y si Charles no fuera tan malo... no tendría necesidad de huir de ese compromiso. Me quedaría con el esposo "correcto" ... y ya... Además, es lo que mi padre quería, que me casara con el hijo de su mejor amigo...
─ Dudo que a tu padre le gustara tener un yerno así, pero... si ese fuera el caso, ¿qué pasaría con Alucard?
─ ¿Qué pasa con él? ─ como si no supiera de que le estaban hablando. Blair sólo la miró resoplando. Integra suspiró ─Me causaría muchos problemas, ¡un sinfín! Pero no, ese no es el caso, ni lo será porque te aseguro que Charles no va a ser mi esposo nunca. ─ volviendo a colocar la foto en su lugar en la pared, sin dejar de mirarla.
─ ¡Aja! Sé que debes tener un plan, ¿por qué no me lo dices?
─ Pues... te lo diré pronto, tal vez necesite ayuda... ─
Blair sólo puso las manos en la cintura y levantó una ceja, le echó otro vistazo al retrato, que efectivamente era como estar viendo a Charles transportado a la época de la Guerra, vestido a la usanza de los 40's, sólo que el Charles del presente era más joven aún que Sir Irons cuando esa fotografía fue tomada, sus facciones eran un poco más estilizadas y no era miope. Con un mohín, la chica castaña dijo: ─ ¡"Puro feo" quiere contigo!
Integra, que ya salía, replicó divertida: ─ Si quieres, ¡te regalo a Charles!
Blair rio: ─ Como lo dijiste, ¡si no fuera un reverendo imbécil! Pero para eso tendría que volver a nacer. ─ Ambas muchachas rieron mientras caminaban a prisa para salir de la mansión por la puerta principal.
─ Y, ¿por qué no mejor me dices que me regalas a Alucard?
Integra, se detuvo justo frente al portallaves para tomar un juego, la miró, y sonriendo dijo: ─ Porque no hay manera de regalar un dragón, ellos eligen a su amo...
Diciendo eso, esperó a que su amiga saliera para cerrar tras de ella. Ambas bajaron con rapidez las escalinatas y subieron al Audi que ya estaba frente al pórtico. Se despidieron de Theodore, Integra subió frente al volante y Blair junto a ella, luego encendió el motor y emprendió el viaje hacia el colegio.
Blair sacó el teléfono de su bolso para mirar la hora otra vez, iban a dar las nueve de la mañana, y tenían cerca de una hora para llegar más o menos a tiempo para la entrega de diplomas.
A un par de kilómetros de allí, Charles también se sintió como reflejado en su padre, en el retrato al óleo que se mantenía colocado en la estancia principal de Islands Manor. Un retrato de cuerpo entero de un Sir Irons a la edad de veinte años, con un traje marrón con chaqueta de tweet perfectamente bien portado, y la misma mirada circunspecta y solemne que tanto lo caracterizaba. Una mirada de hierro que le había valido su sobrenombre. Durante ese extraño rito que el aristocrático joven solía llevar a cabo cuando se hallaba particularmente perturbado, miraba el retrato como si fuera un espejo mientras terminaba de colocarse las mancuernillas, o se ajustaba la cadena en el chaleco y el fistol sobre la corbata, el blasón de los Islands en oro; o se abotonaba el saco, como ahora que se alistaba para asistir a la ceremonia de graduación del Colegio St. Marie porque su padre y los amigos de su padre y muchas personas de la sociedad estarían allí, mas, si le hubieran dado a escoger, ¡no habría asistido! Para no tener que fingir que todo estaba bien con Integra Hellsing. Sin embargo, era su deber como lord conservar la compostura, como si nada malo pasara, como si ninguna ira carcomiera su corazón. Exhaló un suspiro y caminó ante un espejo de verdad para ajustarse la corbata y las solapas del saco. Aunque era temprano, esa mañana de junio era particularmente calurosa, así que con cuidado sacó un kleenex de su bolsillo para limpiarse el sudor que perlaba en la frente y coloreaba sus mejillas, luego volvió a meterlo en el bolsillo para que no fuera visto, pues incluso esos detalles eran motivo del disgusto de su padre.
─ ¡Leonard, sube más el aire acondicionado, por favor! ─ pidió el joven.
─ ¡Como ordene, milord! ─ contestó el mayordomo
─ ¡Qué bueno que ya estás listo! Es hora de irnos ─ escuchó decir a sir Hugh, quien en ese momento entraba a la estancia charlando afable con sir Pendwood ─ y el pañuelo de seda, Charles, se usa el pañuelo de seda...
─ ¡Usé sólo un pedazo de papel para tirar, papá!, ¡sólo eso! Y hace mucho calor...
Sir Irons miró fijamente a su hijo y levantó una ceja: ─ A un caballero no le importa el calor y cuida todos los detalles...
Chales apretó la mandíbula para no rezongar pues había visita, aunque en momentos como ese, se sentía asfixiado por la etiqueta: ─ Sí padre, vámonos ...─ dijo el joven después de suspirar, peinado, acicalado y perfumado, usando un traje azul acero oscuro con corbata a contraste pero a juego con el pañuelo en el saco. ─ Buenos días, sir Pendwood ─ con la mano colocada a la espalda y una leve reverencia, como se le debía saludar a todo caballero o dama de un rango más alto que el suyo.
─Buenos días, hijo, ¡siempre que te veo estás más alto y gallardo! Pero dime, ¿ya estás listo para la vida en Oxford?
─ Así es, milord, y muy expectante.
─ ¡Qué bueno, muchacho, qué bueno! ─ palmeando su espalda afectuosamente, mientras se colocaba unos guantes negros de piel y andaba hombro a hombro con sir Irons que antes de salir tomó el sombrero que le ofrecía Leonard, su mayordomo.
─ ¡Gracias, Leonard!
Una reverencia para que los caballeros salieran.
─ Eres tú, Hugh, ¡eres tú que volvió a nacer! ─ agregó Pendwood al traspasar el umbral, dos pasos detrás de los cuales Charles tenía que caminar, al escuchar eso de boca de sir Shelby se detuvo en secó sintiendo una especie de malestar en su pecho: "¡no, yo no soy mi padre! ¡Yo soy yo!" Apretó los puños y, respirando profundamente les siguió el paso hasta salir y abordar el Roll Royce negro que iba a ser conducido por el chofer. Todo en Islands Manor estaba regido por el protocolo...casi siempre.
Con los tres caballeros en el asiento de atrás, el auto oloroso a mezcla de perfumes, arrancó cuando eran las ocho treinta de la mañana, tiempo suficiente para no faltar a la etiqueta de la puntualidad y llegar con bastante tiempo a la ceremonia religiosa de acción de gracias que había de celebrarse en la iglesia del Colegio. Sir Irons y Sir Pendwood charlaban amenamente mientras que Charles iba callado y taciturno, sin embargo, a ninguno de los dos se les hizo raro, pues no era costumbre que los jóvenes participaran de una charla de adultos a menos que se les solicitara su opinión, así que el etonian sólo se entretenía en sus pensamientos y en el paisaje ante sus ojos.
Y en Hellsing Manor las actividades iniciaron desde bien temprano. Walter, Theodore y las tórtolas ya estaban listas a las siete de la mañana con la casa aseándose y el desayuno preparado.
Aunque, a decir verdad, los chicos habían logrado dormir poco después del susto de las tres de la mañana, y se dedicaron a ver televisión que en la madrugada daba las repeticiones de los shows vespertinos (El príncipe de Bel Air, Doggie Howser, Beverly Hills 90210, Los Simpsons, Mr Bean) mientras que Integra se replegó hacia los niveles superiores de la biblioteca, buscando respuestas al misterio que Alucard no le había querido revelar. Por lo cual ella no había dormido casi nada.
Con un grueso volumen de la Historia de las Casas nobiliarias de Europa del Este. De la Edad Media al siglo XIX, que Catherine le recomendó, la joven consumió las horas restantes de la madrugada perdida en los pasajes de las oscuras y fascinantes familias aristócratas de los reinos más remotos del continente. Mullida en un diván, ya más por placer que por deber ─ devorada por la curiosidad y reconfortada con tazas de té de anís con pasiflora y cigarrillos ─, leyó todo lo que pudo, sintiendo que, con cada dato, con cada capítulo, estaba más familiarizada con Alucard.
"Casa Dracul", leía en la mente y repasaba con el dedo índice las líneas del árbol genealógico, "Padre: príncipe Vlad II 'El dragón'...Madre: princesa Vasilisa de Moldavia... Hermanos: príncipe Mircea II, príncipe Radu III, princesa Alexandra... El príncipe Vlad III "hijo del dragón" fue entregado al sultán en cautiverio junto al príncipe Radu para pactar la paz con el Imperio Otomano... El príncipe Vlad II fue asesinado a palos por los boyardos traidores, el príncipe Mircea II cegado al rojo vivo y enterrado vivo por órdenes de Nobles traidores ..." ─ ¡Qué horror! ─ hizo una pausa, luego siguió leyendo a través de las páginas aprendiendo, comprendiendo...
Cuando por fin halló en el compendio de blasones, heraldos y escudos de armas, uno que se parecía demasiado a aquel impreso en el lacre del extraño sobre, se sobresaltó de expectación..." un dragón dacio escupiendo fuego y sacudiendo las membranas de sus agallas...". Comparó una vez más el lacre del sobre que con cuidado trataba de unir. "¡Sí, el mismo! Perteneciente a la casa, ¡a la casa Bathory!" El apellido rápidamente le remitió a un personaje y la buscó en el índice, le remitió hacia: "La Realeza de Transilvania...Cneajna Bathory de Transilvania...princesa consorte de Valaquia por su matrimonio con Vlad III Dracula...¿la esposa de Alucard? No, ¡no es ella! Entonces sólo queda una posibilidad" ...al mirar el retrato de la princesa Cneajna, no la reconoció, pero avivada por la obviedad, buscó el que, por mucho, era el nombre más célebre de la familia Bathory: Erzsébet. Y resultó que la famosa condesa húngara de la pintura en el libro era la misma que había visto con el tocado astado y el fastuoso vestido, irse por el patio trasero, horas antes. Ante tal descubrimiento, Integra sólo atinó a abrazar el libro contra su pecho mientras trataba de aliviar su mirada estupefacta, asimilando que la célebre, brutal y terrible feminicida serial había estado sobre ella, había allanado su mansión y respirado su aliento. ¡La autora de cientos de crímenes indescriptibles, torturas, violaciones, vejaciones depravadas e innombrables! La terrible bella que había muerto emparedada en su propio castillo como castigo a su monstruosidad que ostentaba "seiscientos asesinatos de doncellas". Condesa que, además, era descendiente de la que fuera la legitima esposa de Alucard, ¡y bueno! Ahora le constaba que el alma corrompida de la mujer había sobrevivido en los vericuetos del infierno, y que seguramente continuaba su senda de maldad en la Tierra. "¡Y dicen que el crimen no paga!" Pensó.
Suspiró hondo antes de colocar el sobre lacrado como separador y cerrar el libro que dejó sobre una mesita. Cuando bajó al primer piso de la biblioteca eran las cinco de la mañana y sus amigos se habían quedado dormidos de nuevo. Ella apagó el televisor que sólo mostraba las barras de colores primarios. Tomó una frazada para arroparse, y fue a tumbarse a un sillón en el que durmió y soñó, soñó que andaba entre paredones olvidados y arruinados de esa, su mansión casi destruida, reclamada por la naturaleza. Sobre su cabeza caía una incesante lluvia de nieve grisácea que se escurría por los paredones más altos que habían sobrevivido y aún cargaban los vestigios de las techumbres recortadas en un cielo negro y relampagueante, y allí, entre las ruinas apocalípticas de su casona, vio a una desamparada pareja hincada sobre el suelo, abrazada en actitud lastimera. Él le estaba dando la espalda a Integra, pero tenía el cabello negro y espeso, y ella, la mujer que lo consolaba contra su pecho, cabello castaño oscuro. Íntegra se quedó a unos cuantos metros, admirando con honda tristeza aquella escena tan parecida a la que había visto en medio del incienso en la abadía de Westminster. Sabía que eso era un sueño, tan sólo un sueño, ¿verdad?... Entonces sucedió lo inquietante: la joven del cabello castaño dejó de acariciar la nuca de su pareja, se quedó quieta y levantó lentamente la cara por encima del hombro del pelinegro que abrazaba, entonces, se quedó boquiabierta con los ojos fijos en Integra, pudo sentir sus pupilas azules clavarse en ella con gran sorpresa y confusión. Integra retrocedió dos pasos asustada, en ese sueño lucido, ¿cómo era posible que una creación de su subconsciente la mirara y se sintiera tan real? Y lo más extraño fue que en el rostro de esa joven reconoció todo el semblante de los Islands. Integra no pudo soportar más esa visión y se dio media vuelta para trotar sobre la nieve cenicienta en dirección contraria. En ese momento despertó.
─ Señorita, señorita... ¡despierte! Ya va un poco tarde para la ceremonia, son las siente en punto ─ era Walter que la llamaba. Ella abrió los ojos y suspiró.
─ Está bien, gracias Walter ─ ahogando bostezos, donde a su alrededor, sus compañeros hacía unos minutos se habían levantado y eran apurados por Theodore, mientras dos tórtolas juntaban las frazadas y las colchonetas.
─ Pueden usar los baños que están en la segunda planta para ducharse, señoritas ─ indicaba la ama de llaves. Al escuchar eso, Maggie y Catherine asintieron y fueron a buscar las maletas que habían dejado en la antigua recamara de Integra. Maggie corrió más rápido que Catherine y fue la primera en entrar a ducharse. Los muchachos buscaron otros baños en otro punto del segundo piso. Blair se levantó llena de modorra con los cabellos hechos un nido. Integra estaba muy cansada y no podía hacer ni eso, estaba sentada aún con los ojos cerrados e hinchados por haber dormido demasiado poco.
─ Milady, tiene que estar en el colegio a más tardar a las nueve con veinte ─ decía Walter antes de salir de la biblioteca. El primer piso ya olía a café y a pan tostado. Las tórtolas siguieron al mayordomo con la ropa de cama en las manos. Viéndose sola, Integra se dejó caer de nuevo sobre el diván y se quedó dormida hasta que Walter se dio cuenta, pero entonces ya casi estaban todos listos para salir, por ello, la joven llegaría tarde a su día de graduación, pues no podía hacer esperar a los demás que a las ocho con veinte ya estaban vestidos, acicalados y listos para salir, después de haber tomado un desayuno frugal de café o leche con cereal, pan tostado con mantequilla, huevos fritos. Entre los bocados hablaron de la noche anterior, de lo que vieron encaramados en la ventana de la biblioteca: ese violento viento anormal, ese ladrerío y aullar de perros. El viejo mayordomo los escuchaba sin decir nada, pero al salir por la puerta de la cocina por un menester, vio completamente desgarrada una rama del pobre castaño: "¡brujas!" Se dijo así mismo.
Como Integra y Blair se quedaran unos minutos más, Walter daba indicaciones a Theodore mientras terminaba de hacerse la corbata a juego con el traje azul marino que llevaba, y le decía a los chicos que ya podían abordar el auto, cuando vio aparecer en el recibidor a un Alucard ataviado con un elegantísimo traje gris oscuro de lino italiano. Sobre sus bien peinados cabellos que dejaban sus frente al descubierto, descansaban sus gafas para sol, y en la corbata roja colocaba un fistol de oro con un emblema de dragón, a juego con las mancuernillas. En el saco, resaltaba un broche de flor y un pañuelo de seda. El oscuro caballero estaba regio, despampanante, más apuesto que de costumbre, (si eso que era posible).
Walter lo miró y le dijo con algo de sorna: ─ ¿Se te perdió la alfombra roja?
─ No, está esperando por mi ... ─ fingiendo ignorarlo mientras se arreglaba la corbata.
─ No puedes dejar pasar ninguna ocasión de llamar la atención, ¿verdad?
─ Pues...he tratado, pero ... no lo logro...─ se encogió de hombros sarcástico, ufano ante el rodar de ojos del mayordomo, quien en ese momento tuvo que atender una última llamada telefónica.
─ Buenos días, mansión Hellsing...sí, él habla... ah, ya veo...así que...hallaron el Mercedes Benz...sí, color beige...sí, de ese año... ¡ah! ¿Con que en un deshuesadero junto al río?... ya veo... ¡sí, sí! No importa, traiga lo que quede de él, sí ─ exhalo un suspiro clavando los ojos en Alucard quien le miraba divertido y expectante, andando hacia la puerta principal dejando tras de sí una estela de roble, ámbar y sándalo ─ Hasta pronto, gracias. ─ colgó el teléfono y movió la cabeza amargamente, antes de salir por la puerta principal ─ Theodore, por favor, haz que las chicas ya no tarden, no quiero que Sir Integra se demore más de la cuenta ─ miró en dirección a la habitación donde ella estaría terminando de arreglarse, y luego salió.
Afuera, los muchachos bien acicalados y elegantes ya se acomodaban en el asiento trasero del auto, y Alucard se ajustaba unos guantes negros de gamuza antes de tomar su lugar en el asiento del copiloto.
Cuando Walter se sentó ante el volante, percibió el aroma mezclado de las fragancias femeninas y masculinas en el ambiente, pero también el calor veraniego y puso al aire acondicionado una vez encendió el motor.
─ Cinturones, por favor ─ ordenó el mayordomo antes de arrancar, y todos le obedecieron, incluso el rey no muerto, quien aún no podía olvidar aquel golpetazo contra el tablero.
─ ¡Qué bueno que viene usted con nosotros, lord Alucard! ─ Expresó Maggie.
─ ¿Bromeas? ¡Esto no me lo perdería por nada del mundo! ─ contestó el vampiro mientras se colocaba bien las gafas sobre los ojos que había disfrazado de su original color azul, como siempre que asistía a un evento público.
─ Lord Alucard, ¿puede poner esta música? ─ preguntó Bob Walsh.
─ ¡Puedo! ─ contestó el vampiro extendiendo una mano hacia atrás para que el adolescente le entregara la cinta, la cual puso en el reproductor y canciones de rock comenzaron a escucharse. Así transcurría el viaje, con buena velocidad, el agradable aire acondicionado y canciones de Guns and roses, Queen, Pink Floyd, The Doors. Algunas bien conocidas hasta por Alucard, que tamborileaba los dedos en las rodillas. Luego, al pasar de los minutos, los muchachos comenzaron la charla, y a Ralph se le ocurrió preguntar acerca de las leyendas sobre vampiros. "Y usted, ¿podrá entrar a la iglesia?", "¿Un vampiro puede comulgar?", "¿es cierto que algunos vampiros se asustan ante una cruz?... Preguntas de los cuatro colegiales iban siendo contestadas por un desenfadado Alucard.
─ Y, ¿Cómo usted, siendo un vampiro, puede soportar la luz del sol? ─ preguntó Catherine Marshall
─ Porque soy el más poderoso de todos ellos... ─ ufano.
Walter lo miraba de reojo.
─ Y, ¿le hace a usted daño el agua bendita? En las películas y el folclor, es como ácido para los vampiros... ─ aseveró Cathy.
─ Hija ─ contestó Alucard volteando a mirarlos, sonriente ─ ¡yo hago gárgaras con el agua bendita!
Y una lluvia de carcajadas se oyó en el asiento trasero.
Walter movía y movía negativamente la cabeza.
Alucard sólo hizo un mohín despreocupado y continuó: ─ Es en serio, me aseo los colmillos con dentífrico y agua bendita... En cuanto a la comunión...bueno, eso se lo dejamos a los que están libres de pecado. ─ y volvió a sentarse bien, sin dejar de sonreír.
─ Nos hicieron confesar a todas ayer en la tarde ─ informó Maggie.
─ ¿De verdad? ─ preguntó Bob, ella sólo asintió ─ ¡qué loco!
─ Sí, es muy loco...
─ Lord Alucard, usted, si quisiera, ¿se podría confesar?
─ Tal vez, pero apuesto que no saldría del confesionario en diez años... ¡no hay sacerdote que me pueda seguir la marcha!
Más risas frescas se escucharon.
─ Ah... en este momento extrañé a Integra y también las idioteces que dice Blair... ─ expresó Maggy.
─ Pero de todas maneras no cabíamos todos en este auto...
─ Eso sí ... pero Blair podría ir en las piernas de lord Alucard, eso la pondría "de muy mal humor". ─ bromeó Ralph ante la mirada de desaprobación que le dio Walter por el retrovisor.
El aludido volteó y dijo: ─ Eso que propones es ilegal en todos los condados de aquí a las costas de Gales, niño
─ ¡No puedo creer que estés diciendo esas cosas a los niños! ─ dijo Walter como para ellos dos.
Nuevas risas cayeron como aguacero, y Maggie dijo: ─ No, ya cumplió dieciocho ...en mayo.
─ Mmm, no, mejor no me arriesgo ─ agregó Alucard─ no es que yo responda ante la justicia humana, pero...
─ Y usted, ¿cuántos años tiene, lord Alucard?
─ Dejé de contarlos cuando llegué a los tres dígitos.
─ Luce usted de unos veintiocho o algo.
─ ¡Gracias! Bueno, yo elijo mi apariencia...
Y entre las charlas amenas de los chicos y las canciones de rock, por fin llegaron al colegio. Bajaron del auto al estacionamiento a punto de estar lleno, donde alumnas y familiares se encontraban y saludaban para irse charlando en alegres grupos. Los muchachos se separaron al ir al encuentro de conocidos y familiares. En ese momento en que Walter y Alucard cerraban sus portezuelas, a unos metros venían andando sir Pendwood, sir Irons y Charles.
─ ¡Walter, Alucard! Buenos días ─ saludó afable sir Pendwood extendiendo la mano para los dos aludidos que contestaron de la misma forma cortés, estrechando al viejo sir.
─ Walter, Alucard...es bueno verlos aquí...
─ Lo mismo digo, sir Irons ─ Alucard contestó el saludo al igual que el mayordomo.
─ Al parecer hará una agradable mañana para la ocasión ─ agregó Walter.
─ ¡Ya lo creo! Cómo vuela el tiempo, ¿verdad? Parece que fue hace poco cuando los chicos entraron a sus colegios, y ahora son todos unos graduados... ─ decía sir Irons limpiando sus gafas con un pañuelo.
─ Milord Islands, buenos días ─ saludó Walter a Charles que en esos momentos se emparejaba con ellos, mientras se abotonaba un botón del saco
─ Buenos días, Walter.
─Bueno, y a todo esto, ¿Dónde está Integra? ─ preguntó sir Irons buscándola con la mirada entre las alumnas, entre las pamelas que usaban las demás damas.
─ Ella se ha demorado un poco, pero ya no tarda─ contestó Walter.
─ Bueno, esperemos que no ... vamos entonces ─ dijo el viejo sir y se encaminó junto a Pendwood y Walter hacia la iglesia entre puñados de distinguidos asistentes.
Pero Alucard no se les emparejó. Se quedó detrás del auto siendo observado por Walter que volteaba a mirarlo por arriba del hombro, mientras caminaba.
─ Lord Charles Gregor Ferguson Islands ... Buenos días ─ saludó Alucard sacando el pecho, en una actitud orgullosa, poniendo las gafas de nuevo en la coronilla.
El aludido volteó con una mirada sorprendida pero gélida, como si no esperara que su nombre nunca fuera pronunciado por el vampiro. Le miró unos segundos fijamente, la elegante y bella estampa, la gran presencia de un rival que le llevaba mucho, pero mucho de ventaja. Entrecerró los ojos un momento, y contestó el saludo con una sonrisa fingida, defensiva: ─ Buenos días, lord Alucard.
El vampiro le miró con la misma actitud retadora, observando y envidando, sin querer, la vida del rubio jovencito, su corta edad, su corazón latiente que coloreaba sus mejillas, y su don de morir.
A unos metros de ellos, los observaban los chicos.
─ ¡Ey, miren! Vengan a ver ─ dijo Ralph.
Los otros tres le prestaron atención atendiendo al llamado y entendiendo todo en un santiamén al ver a Alucard y a Charles frente a frente en el estacionamiento.
─ Una sorpresa...verlo aquí está mañana ─ expresó el rubio apenas disimulado desagrado. ─Aunque bueno, a falta de una verdadera familia, sir Integra se tiene que conformar con la compañía de...sus sirvientes ─ dijo irónico.
Alucard se rio: ─ ¡Casas nobiliarias arruinadas que nos llevan por los más inusitados senderos de la vida! ─ se encogió de hombros ─ aun así, el servicio de un caballero puede ser edificante, ¡todo depende a quien se le jure lealtad! Además, vivir en Hellsing Manor, ¡puede resultar tan increíblemente edificante y placentero! ─ y la sonrisita socarrona que acompañó aquello, rompía la línea del descaro.
Charles levantó las cejas en una actitud falsamente interesada, ocultando la terrible molestia que su orgullo padecía ante las insinuaciones del vampiro: ─ ¿De verdad? Yo consideraría indigna la caída de mi Casa, y la dignidad es capital e imprescindible en la Nobleza, creo yo.
─ Un guerrero consumado que ha muerto peleando y resucitado por y para pelear, tiene una dignidad estoica e intacta. Hubo un tiempo en que la Nobleza ─ remarcó esa última palabra ─ se refrendaba con el valor en batalla y la sagacidad en las guerras... ─ y miró a Charles con un desdén sutil como dejando en claro que no había comparación con él.
El muchacho rio para sí con las manos metidas en los bolsillos: ─ Es usted un príncipe lacayo, entonces...
─ Me gusta más guardián...pero príncipe sí, ¡desde siempre y para siempre! La condición de realeza no se pierde, además tengo mi lealtad jurada...
─ ¡Es bueno saber que hace su deber con tanta devoción a la Casa Hellsing! ─ siempre irónico y malicioso.
─ A mi ama, lord Charles... a Íntegra ─ al decir el nombre casi cerró los ojos, dejando en claro, al pronunciar el nombre así, que no se refería a la posición o el estatus de ella, sino a ella en su solo ser ─
El jovencito frunció los labios sin dejar su postura retadora, se cruzó de brazos: ─ ¡A todo aquel que ocupe el titulo ante la mesa redonda!...
─ No, milord ─ sin despegar sus lobunos ojos del jovencito ─ a Íntegra...así fuera Hellsing o no.
Ante tal y tan directa confesión, que no era otra cosa que una declaración de guerra, el joven perdió la sonrisa pérfida para sustituirla con una mirada gélida, seria y punzante: ─ Cuide sus palabras, milord...
─ Cuidado, ¿yo? ─ dijo mientras reía ─ ¡alguien como yo ya no tiene cuidado de nada!
─ ¿Y ella?
─ Ella tampoco debería temer a nada porque ─ se fue acercando unos centímetros más al jovencito ─ si en serio, ¡pero en serio! Alguien tuviera la mala fortuna de hacerla sufrir de algún modo, pues...
Aquella fue la amenaza y la advertencia más clara y directa que Charles hubiera recibido nunca, pero lejos de amedrentarse sostuvo la mirada, se llevó las manos a la cintura y volvió a sonreírle: ─ Cuando a un guerrero se le despoja de todo y no tiene nada que perder... se vuelve más peligroso, ¿no? ─ mientras sacaba un cigarrillo que apaciguara su temperamento, buscando encendedor entre su ropa, Alucard sacó de su bolsillo el suyo y lo arrojó, el muchacho lo atrapó, lo usó y lo devolvió de igual manera.
─ Veo que conoce El arte de la guerra ─ volviendo a guardar el encendedor en su bolsillo.
Charles, tan sólo asintiendo con la mirada mientras exhalaba la primera bocanada de humo.
─ ¡Qué bueno!... Entonces también sabrá que "hay guerras que es mejor no pelear".
El rubio sólo levantó los hombros y asintió: ─ Puede que usted tenga razón, ¡no importa! ─ exhalando otra gran bocanada de tabaco ─ como sea, ¡esta guerra ya la perdimos los dos! Después de todo, no hay más patético esclavo que aquel que ya no desea su libertad...
A la distancia escucharon las campanadas de la capilla lo cual distrajo por un segundo al oscuro caballero que miró al jovencito por debajo del hombro, alzando una ceja sin dejar de hallar todo eso muy divertido: ─ También es de sabios claudicar, lord Charles, no vaya a ser que se gané al tigre en la competencia. ─ dijo Alucard al volverse a colocar las gafas, mientras asentía con la cabeza como dando por terminada la charla con Charles, que no tuvo más remedio que reír ante lo último antes de despedirse:
─ ¡Hasta luego lord Alucard! ─ y dirigió sus pasos a la iglesia, alejándose con grandes sancos ─ Y el tigre será su ruina, maldito engreído hijo de perra ─ dijo mascullando para sí mismo.
Mientras que Alucard, a metros de distancia ya se decía para sus adentros: "¡mocoso estúpido de porquería!"
Hola a todos de nuevo.
Como siempre, gracias a todos por las lecturas, los favs y los comentarios. La próxima semana viene la otra parte del capítulo.
