XXV

Adiós Saint Marie

1

─ Ah, hermano, ¡parece que llegamos justo a tiempo!

─ No hay que llegar muy temprano, ni tampoco demasiado tarde.

─ ¡Eso digo yo! Ante todo, el don de la oportunidad ─ terció el último de ellos.

Tres hombres ataviados con elegantísimos trajes color negro, traspusieron la reja principal del colegio Saint Mary, por donde a esa hora decenas de personas arribaban portando esplendidas galas. Ellos caminaban por el sendero mojado de lluvia, adornado de jazmines, casa blancas y rosas rosas, hasta el gimnasio que había sido acondicionado con lujo y elegancia como un auténtico salón de fiestas para la cena baile con la que despedirían a las jovencitas de la generación del 94.

─ ¡Buenas noches! ─ dijeron a coro los tres antes de pasar por el primoroso arco de fragante follaje que daba la bienvenida a los asistentes que estaban esparcidos por la carpa que había sido usada horas antes en la ceremonia de entrega de documentos.

─ ¿Quiénes son ellos? ─ se preguntaron con mucha intriga los prefectos que custodiaban la entrada, mirándose a la cara, viendo como los tres distinguidos efebos de rostros andróginos, cabellos largos que escurrían por su espalda, y atavíos perfectos, se mezclaban con el resto de los invitados con la mayor de las confianzas, mientras que las personas que los rodeaban (padres de familia, académicos, prensa de sociales y otros invitados que estaban cerca, volteaban para buscarlos, como animados por una sobrecogedora camaradería) ─ seguro son supermodelos contratados para "decorar" o algo así, ¡esta generación de padres ha sido muy ostentosa desde el principio!

El otro prefecto hizo rodar los ojos moviendo negativamente la cabeza ─ ¡ya no saben en que gastar estos ricos!

Su compañero sólo se encogió de hombros sin tener mucho más que decir. Mientras que no lejos de allí…

─ Charles, ¡sabes de sobra que esa "amistad" que estás comenzando a trazar, no me gusta nada! ─ aseveraba sir Irons, en el estacionamiento del colegio, poco antes de que su vástago bajara del auto con un gesto de fastidio.

─ ¡La he traído hasta aquí! ¿acaso pretendes que la deje plantada? Bastante hice con dejarla sola y venir a atenderte, padre, ¡no son maneras de caballeros desatender a una invitada! Y no, ¡no menciones por esta noche a Integra, ni una vez más! Como te repito, no he hablado con ella desde hace muchos días, ni siquiera creo que asista está noche.

─ Charles, está conversación no ha terminado ─ le advirtió seriecísimo y adusto, el caballero.

─ ¡Mucho me temo que no! Con tu permiso…─ antes de cerrar la portezuela del roll Royce dentro del cual, sir Hugh Islands se había quedado en un mutis pensativo que sólo cesó cuando la callada y discreta figura de Leonard preguntó si "el señor deseaba que aguardara por él, o volvería más tarde".

─ ¡Ah no, Leonard! Puedes retirarte ya, vuelve por mí en unas horas o antes, según te lo indique, por favor.

─ ¡Cómo ordene el señor! ─ después de que el grave caballero bajara de su Roll Royce, el mayordomo arrancó para marcharse del colegio. Por el camino hacia el epicentro de la fiesta, el sir encendía un habano mientras en su mente se desataba una vorágine de dudas. "¡Arthur, si estuvieras aquí, tal vez nada de esto estaría pasando!", pensamiento necio que le hizo mover negativamente la cabeza, antes de ser abordado por unos conocidos que, como él, compartían la membresía en la sociedad de padres de Eton. Todos afablemente reunidos allí esa noche que se asemejaba mucho a aquella tan lejana ya del Baile de la orquídea, (aunque sólo hubiesen pasado unos meses) cuando los chicos conocieron a algunas chicas. Dónde él, Sir Hugh Irons Islands presentó a su único hijo a la joven que había querido para nuera desde siempre, la misma que él había querido como a esa hija que no tuvo, y que esperaba pudiera anexar a su familia. Esperanza que, desde ese punto, desde esa noche húmeda y veraniega, parecía cada vez más lejana, ¡irrealizable!

"Ella es lady Sir Integra Fairbrook Wingates Hellsing, es una niña aún, ¡pero algún día será tu esposa, Charles!"

Recordaba haberle dicho a su heredero la tarde en que le entregó la fotografía de la joven rubia. Charles tendría a lo sumo doce años. Recordaba también como el chico había sonreído de buena gana para observar el retrato de la niña, para asentir. Sir Hugh Islands, en ese entonces todo lleno de expectativas que no sabía con certeza porque, pero se empezaban a difuminar ante sus ojos como las polutas de humo que exhalaba. "¡Ya no somos los mismos de esa noche!" Ni Charles, ni él, ni Integra de aquella velada de primavera cuando se conocieron. No quería pensar en demasía, pero estaba seguro de que su intuición no iba a fallarle.

Pequeñas gotas de lluvia suspendida se adherían a su abrigo negro de lana. Levantó la mirada y vio la gruesa nata de noche sin estrellas. A lo lejos, rayos y truenos en el firmamento anunciaban de nueva cuenta la lluvia. Luego trató de volver a atender la charla de los señores que le acompañaban mientras ingresaba a la carpa donde abundaba la música de cuerdas, el aroma a perfume y tabaco caro, a champagne y bocadillos, a velas de inciensos y flores.

Charlando entre ellos se hallaban los tres efebos tomando copas de champagne, uno de ellos que usaba corbata color blanca, se volvió para mirar disimuladamente al recién llegado Sir Hugh, luego para ver la cara de sus dos interlocutores, asentir, y sonreír. Mientras que de cuando en cuando, las personas a su alrededor se preguntaban entre ellas, "¿Quiénes eran esos jóvenes desconocidos?" Mas a nadie se le ocurría indagar, ni siquiera a los y las camareras que se acercaban a ellos para ofrecer "más bocadillos, un pastel, ¿alguna otra bebida?" …

─ ¡Todo está perfecto, gracias!

Así transcurría la velada que apenas comenzaba, donde en el gimnasio adyacente, los chicos comenzaban a reunirse en grupos de amigos y conocidos, con alegría y desenfado. Así iban Blair, Catherine y Margareth luciendo sus hermosos trajes de noche, flotando sobre sus delicados zapatos de tacón. Exaltada su núbil belleza con peinados de salón y refinado maquillaje. Ellas iban del brazo de Ralph Lancaster y Bob Walsh enfundados en flamantes smokings. Los cinco muchachos iban cruzando alegres el improvisado salón de fiestas donde abundaban las flores en los pedestales que hacían centros de mesa, y en medallones que colgaban de las paredes: organza y listón constituían el decorado que pendía del techo, y camareros ofrecían cocteles inocuos con poco alcohol, al tiempo que la banda de rock-pop, estaba por comenzar a tocar.

─ ¡Ojalá Integra estuviera aquí! ─ se escuchó decir a Blair. Los demás asintieron mirándose con cierta resignación. Las razones de siempre "¡Integra es demasiado terca!", ¿Qué se podía hacer al respecto?

Los chicos fueron a ocupar una mesa mientras observan a su alrededor todos los rostros conocidos. La banda comenzó a tocar música demasiado alegre que puso a bailar a más de media concurrencia, incluidos Maggie y Robert, no así al resto de los amigos que aún tardarían algunas piezas en decidirse; ni tampoco a Eleanor Grant, quien, mientras platicaba con sus amigas, miraba hacia la entrada buscando a su aristocrático acompañante hasta que lo vio aparecer de regreso. El flamante Charles Islands que iba abotonándose el saco del smoking negro y arreglándose la corbata blanca de moño. Cuando la miró, cuando Charles vio a Eleanor fue directo a ella, disculpándose en seguida por haberla tenido que dejar durante unos minutos. Las amigas de Eleanor se derretían por las finas y atentas maneras del jovencito Islands. El distinguido, el apuesto heredero, uno de los partidos más codiciados.

─ Oigan, ¡miren eso! Incluso vinieron juntos… ¿Creen que Charles vaya en serio? ─ le preguntaba Cathy a Blair y a Ralph asomándose desde sus respectivos asientos adornados con fundas blancas y listones de raso.

─ ¡Es demasiado pronto para decir tratándose de Charles! Pero si ella se amolda a lo que él requiere, tal vez. ─ opinó Ralph.

─ ¡Oh, y miren! Las gárgolas están que no se lo creen, ¡esto me alegra la noche! Si Charles va a dejar en paz a Integra, y de paso fastidia a Agatha Collins y sus pretensiones, ¡por mi está perfecto! ─ exclamó Blair.

─ Siento como si fuera demasiado bueno para ser verdad. Faltaría ver qué opina Sir Irons. Luego está el compromiso ante Su Majestad, ¡y etcétera! ─dijo Catherine mientras se llevaba los primeros sorbos de coctel a la boca.

La vivaz castaña negó con la cabeza sin despegar los ojos color olivo de la pareja de Charles: ─ ¿Creen que haya venido Sir Irons? ─preguntó de repente, como iluminada por una repentina idea.

─ ¡Tal vez!

La joven Eve Blair Georgiana esperaba que sí. Miró el reloj de pulso de Ralph, cuya mano tamborileaba los dedos sobre el mantel blanco de lino. ─ Falta poco para el brindis ─ dijo.

─ Cosa de quince minutos ─ agregó el chico ─ ¿para qué quieres saber si está aquí el viejo Irons?...

El brindis era ese momento cuando padres, hijos y amigos se reunían en el recinto para escuchar palabras de agradecimiento y felicitación, y también para degustar la cena. Todo ello se llevaba a cabo antes de que iniciara formalmente el baile.

Blair suspiró profundo, pensando en la idea unos minutos: ─ Creo que es hora de contarles porque sería ideal para Integra, que ambos, padre e hijo se hallaran en el lugar preciso, en el momento preciso.

Catherine y Ralph levantaron una ceja, dubitativos. Entonces Blair comenzó a referirles toda la situación, mientras observaban de reojo, como sus compañeros se divertían bailando en parejas música pop que retumbaba en sus oídos.

A unos metros, Bob se esforzaba en hacer entrar en razón a Maggie para que está no bailara con demasiado animo pues "tenía una condición que cuidar": ─ No quiero sonar entrometido ni nada de eso, pero ¿estás segura de que usar zapatos de tacón, es recomendables en tu estado?

─ ¡Oh! ¡No son tan altos! ─ mientras daba vuelta en ellos levantando el vuelo de su vestido largo, escotado, color marfil. Estaba contenta, resuelta a no dejar que los problemas y retos que se avecinaban en su vida la distrajeran de su propósito de ser feliz esa noche.

Más alejados de la pista, bailaban en grupo los terribles miembros de la cofradía: la condesa Felton, Isabella y Conrad Bardsley, otros chicos recién anexados a su grupo, y Agatha Collins quien trataba de dejar de mirar a donde Charles Islands reía divertido mientras charlaba de quien sabe que cosas con Eleanor Grant (esa chica bonita, dócil y correcta, cuyos padres podían pagar ese estilo de vida gracias a su exitoso negocio de confiterías, y a quien la cofradía llamaba despectivamente "esa burguesa de Norfolk").

Pero, de hecho, Agatha no era la única que miraba a la pareja en cuestión, también lo hacían todos aquellos que estaban seguros que, Charles Islands era el destinado a ser de Integra Hellsing (a quien, por cierto, no se le veía por ningún lado).

─ Al parecer, Charles Islands se está salvando por un cabello de no tener que casarse con la rara … ─ dijeron un par de chicas que pasaron junto a la mesa de Blair, Cathy y Ralph, quienes sólo se miraron a la cara para echar a reír.

─ Bueno, ¡ya todos lo notaron! ─exclamó Blair mientras encendía un cigarrillo y le convidaba uno a Ralph, quien a su vez le ofreció fuego.

─ Tal vez sea lo que más convenga a Integra, ¿y si tan sólo se atuviera a eso, a decir que Charles ha terminado la relación? ─ un pensativo Ralph.

─ No es tan fácil, ese tipo de compromisos no se rompen por un amorío de colegio, como seguramente catalogarían lo de Eleanor. ─ explicó Catherine. Iba a decir otra cosa, cuando escuchó un carraspeo a sus espaldas.

─ Catherine Marshall…

Al escuchar su nombre volteó lentamente para descubrir a Daniel Calne, el joven que había sido su fallida pareja meses atrás, durante el baile de la Orquídea. Ahora se notaba un poco más seguro de sí mismo, más tranquilo, por supuesto.

─ ¿Sí?

─ Catherine, eh…buenas noches. Espero que no me hayas olvidado.

─No, a decir verdad, no.

─ ¡Me alegro! Sucede que…me sentí muy apenado después de haber sido un pésimo acompañante en aquella otra ocasión cuando vinimos aquí desde Eton, entonces me preguntaba, ¿acaso sería posible que me concedieras algunos bailes? Vi que no viniste con pareja y lo consideré.

Cathy sonrió y asintió. ─ Está bien ─se encogió de hombros, y ante la mirada divertida de Blair y Ralph, se levantó para ir a bailar los minutos que quedaban antes de que diera iniciado el protocolo.

─ ¿Qué te parece? El tonto Calne tiene algo de espíritu después de todo ─ exclamó Ralph mientras sacaba de dentro de su saco, una licorera antes de que Blair se la arrebatara para beber un poco ─ ¿quieres bailar, ebria?

─ Tal vez después, patán ─ y se dedicó a mirar a las parejas, a Maggie riendo junto a Bob, y a Cathy luciendo su exquisito traje de coctel en rojo vino mientras se mecía al compás de las notas, junto a Daniel.

Canciones populares, de esas que solían tocar mucho en la radio, eran tocadas animosamente por la banda cuyas vocales interpretaba una alocada chica, hasta que una prefecta fue a susurrar al oído que debía cesar con su turno, pues el protocolo estaba a punto de comenzar. Cuando terminó la canción, la vocalista anunció el receso, en seguida entró la señora directora en un sobrio traje de noche, acompañada de todo el presídium administrativo y el cuerpo docente. Todos engalanados, (algunos hasta contentos). La señora Philips fue recibida con un aplauso al tiempo que los prefectos guiaban a los padres de familia presentes. Cinco minutos antes les habían anunciado que ya era momento de pasar al "salón" principal, y así lo hicieron. Con todos allí reunidos, la maestra directora se propuso a iniciar las palabras de la despedida definitiva, es decir, el último discurso dicho en Saint Marie, que las chicas de la generación escucharían. Sólo el silencio acompañaba la voz augusta de la severa educadora, y aunque protocolarias, las palabras resultaban emotivas, por ello, más de una jovencita tuvo que disimular la mirada acuosa al escuchar como ya jamás estarían compartiendo una aula con sus mejores amigas, ni verían a los profesores que las habían formado, ni charlarían entre los pasillos de la institución donde de todas ellas, sólo quedaría colgada la fotografía grupal que les había sido tomada días antes, como testimonio para las generaciones venideras del colegio, ¡pero nada más!

En ese momento Blair, Cathy y Maggie se volvieron a ver las caras y se sonrieron cariñosa y fraternalmente. La oratoria de la señora Philips llevaba razón, y en el fondo de sus corazones supieron que llegaría el día en que ya no se verían más, el día en que recordarían todo aquello con mucha nostalgia y el mayor de los anhelos. Las miradas de chicos y chicas de ese insigne grupo convergieron en Maggie y Bob precisamente, quienes, para otoño, tendrían que haber dejado el Reino Unido, ¡tal vez para siempre! Y como movidos por un acto involuntario, se abrazaron los cinco. Algunos (como la joven pareja de enamorados) sin poder contener las lágrimas.

A lo lejos, Charles Islands los miraba de reojo. El avispado chico buscaba a Integra, sin embargo, la emotividad de los jovencitos llamó su atención. Había intuido que algo pasaba, que algo salía de lo ordinario entre ellos. Una sonrisa lobuna se dibujó en sus bellos labios, luego se volvió a mirar a Eleanor para disimularla, pero Blair había sentido la intensa mirada sobre sus espaldas, abriendo los ojos apenas, lo notó durante el abrazó. Entonces recordó su propósito de unos minutos antes. Con cautela dejó la fraterna muestra de cariño, y buscó con la mirada a Sir Hugh Islands. Lo halló entre la concurrencia de Eton, (pensativo como siempre, tal vez más). Entonces la castaña se disculpó y pretextó ir al sanitario para ir en busca de un teléfono. Se comunicaría con Integra, pero con ella primeramente, no quería marcar el número de la mansión. Tecleando desde uno de los teléfonos públicos del pasillo de los casilleros, no conseguía que el móvil de la joven sonara (en aquellos días esos aparatos eran poco prácticos, sino más bien estorbosos), así que buscó en su bolso de mano para hallar su localizador, y enviar un mensaje…a los pocos minutos hubo respuesta, ¡por fin! Luego, con la joven advertida, llamaría a la mansión.

Cuarenta minutos después, a varios kilómetros de distancia, Integra se preparaba ya para salir de casa. Habiendo conseguido un arreglo personal más que aceptable, entre tres tórtolas y Theodore la habían maquillado y peinado lo mejor y más rápido que pudieron, y el resultado satisfizo muy bien a la heredera quien tan sólo les pidió que le desearan suerte, antes de recoger su localizador, las llaves en un bolso de mano, y, cuidadosa, colgar entre la cruz de plata y el sigil, un collar cuyo dije escondía la afilada hoja de una daga (porque "uno nunca sabe"). Luego se calzó en los zapatos de tacón que había llevado en la mañana (los cuales, según apreciaciones iban bien con el resto del atuendo), tomó un par de zapatillas Converse, "para cuando ya no soporte estos insufribles tacones", y salió a toda prisa de su habitación en dirección al estudio de su padre, en cuya caja fuerte había cosas que requería, entre ellas unos sarcillos de diamantes (discretos y elegantes) que adornarían sus orejas. Se los colocó reflejándose en el mismo escudo bruñido de en la mañana, y dio gracias que fueran broches, porque ella, ¡ni de chiste tenía horadados los lóbulos! Luego, colocó de nuevo el broche de platino y diamante a la altura de su corazón, volvió a tomar las Converse, el bolso. Estaba a punto de salir del estudio, rauda y veloz (con la información que el chofer ya había dejado listo el Audi que había sido traído de vuelta de la casa Lancaster hacia unas horas), cuando escuchó la voz de Walter a sus espaldas.

─ ¿Gusta que la lleve, milady?

En su tono de voz había algo diferente, encono y severidad, en primer lugar, aunque un poco de melancolía. Ella se volvió para hallarse con la mirada profunda que el mayordomo le dedicaba desde sus azules ojos.

─ Ah no, ¡gracias Walter! Yo puedo conducir al baile, en verdad.

─ ¿De regreso también? Será ya mucho más tarde aún, además ha estado lloviendo y las carreteras mojadas son muy peligrosas.

─Tendré cuidado, no te preocupes.

─ ¡Oh! Me temo que eso es imposible para mí, milady. A veces pienso que usted es ya toda una mujer, que es capaz de tomar las mejores decisiones para usted misma y su Casa, ¡que en verdad no necesita la dirección, ni la amonestación de nadie más que de su consciencia! Mas luego…me temo que me golpeo contra la realidad.

─Walter, ¿pero de qué demonios estás hablando? ─una Integra confundida que levantaba una ceja ─ dilo claro de una vez y deja las alegorías…

─ Señorita… ¡usted sabe muy bien que no puede dar rienda suelta a una relación con Alucard! ─ Integra abrió los ojos desmesuradamente mientras luchaba porque su quijada no diera hasta el suelo. Luego intentaba decir algo, pero realmente no podía entre que lidiaba con su sorpresa, su desconcierto y sí, su disgusto mezclado con vergüenza. ─ Milady, sé que realmente no soy nadie, ¡sólo un sirviente! Pero no puedo quedarme a ver esto que ocurre como si fuese yo una estatua─ a su mente llegaron las burlonas palabras de Alucard, dichas en la cava aquella tarde: "te quedarás tan sólo contemplando como la conquisto".

Por fin Integra pudo salir de su estupor para sonreír con matices de entre amargura y burla hacia la situación, ¡hacia ella misma!, para decir: ─ Nos viste durmiendo juntos en el sofá de la biblioteca…hace rato…

El mayordomo asintió con pesadumbre: ─Hubiera preferido que no… ─ La joven sólo miró hacia arriba como si la solución acertada y necesaria para ese dilema suyo, fuera a caer desde el cielo beato ─ milady, ¡por favor! Deténgase a usted misma, ¡eso que siente usted por Alucard no es lo que cree…!

─ Ah, ¡Walter, no fue para tanto!

El sirviente tan sólo levantó una ceja detrás del cristal de sus gafas. ─ ¿Para quién? ¿Para quién no fue para tanto? ¿Para él o para usted?

Ella tan sólo se rio incomoda al escuchar aquella perspicacia: ─ ¡Exageras! Está vez exageras, Walter ─ mirando hacia todos lados, tratando dominar su malestar.

─ ¡Lo siento, pero no puede hacer lo que le dé la gana! ─ viéndola ahora, ya no severo o inquisitivo, sino más bien suplicante ─mi bien amada lady Hellsing, ¡por favor entienda que no puede! ─ ella dejó las pertenencias que llevaba en la mano en el escritorio, y se la llevo la mano a la frente ─ ¡por lo que más quiera! Resístase a eso que cree sentir, ¡es usted muy joven aún! Le aseguro que aún podría estar lejos de saber que es el amor como tal, tal vez Alucard sólo la deslumbra, pero…

─ ¡¿Y no has pensado que yo sólo podría estar jugando?!…

─ ¿Y eso es? Si tan sólo fuera eso, pero perdóneme si insisto, parece que a usted le está gustando está situación…

─ ¡SÍ, WALTER! ¡Me está gustando la situación! ─ dijo levantando la voz, con el ceño fruncido en un gesto de puro enojo contra ella misma ─ ¡Y ya sé que no tengo derecho a tener mis propios sentimientos, no tienes que repetirme lo que he venido sabiendo desde que tengo uso de razón! Pero por lo que más quieras, Walter, ¡¿no pudiste esperar un mejor momento para discutir porque toda mi vida le pertenece a alguien más sin que a mi siquiera me hayan preguntado?!

El viejo sirviente la miró con pesar, mientras pasaba saliva: ─Si tan sólo yo pudiera hacer algo para que usted fuera libre y feliz…

Integra suspiró profundo tratando de recobrar la frialdad de su mente: ─ ¡Pero no puedes! ¡Nadie puede! ─se acercó al mayordomo para decirle mirándolo a la cara ─ Sé cuál es mi deber, pero por favor, ¡no me preguntes ahora por Alucard! Como bien has dicho…soy demasiado joven para saber lo que siento, y si…y si lo pienso demasiado…tal vez ni a ti, ni a mí, ¡ni al reino entero! …le guste la respuesta que estoy buscando.

Walter hizo un gesto de comprender lo que ella había querido decir, aunque ello no disipaba las imágenes de su mente donde una joven dichosa dormía con una sonrisa, entre los brazos del vampiro, ¡y por Dios Santo! Él, el rey no muerto se miraba tan en paz y tan sincero, tan feliz con la doncella estrechada contra su pecho, que ni Walter C. Dornez podía haberle negado al sanguinario guerrero, el derecho a la credibilidad de que se había enamorado de la joven con tal legitimidad, que se apreciaba a primera vista, como esas cosas tan auténticas que son imposibles de negar.

─ Lo único que importa es que usted sufra lo menos posible, ¡créame! ─ le decía mientras ella tomaba de nuevo sus pertenencias entre sus dedos largos donde siempre estaba la sortija de la orden de la Mesa redonda.

─ Te creo ─ con el aplomo que siempre había de caracterizarle levantó la mirada, con los dedos acomodó las gafas, antes de dar unos pasos hacia la puerta de salida se detuvo de nuevo ante el mayordomo ─pero me temo, mi querido señor Walter ─ tomando con su mano libre una de él ─ que no sufrir, ¡para mi es una imposibilidad! ─ se encogió de hombros para luego salir taconeando. Así terminó su camino hasta la salida, hasta el recibidor donde, como en la mañana, volvió a tomar las llaves del Audi en el perchero, y salió a toda prisa, bajando los escalones del pórtico, con cuidado, sobre sus zapatos negros.

Detrás, con pasos lentos siguió Walter, quien tan sólo la miró desde la puerta de salida, abordar el auto, encenderlo y arrancar. Suspiró profundo otra vez, luego un recuerdo repentino atravesó su mente como esos rayos en el oscuro horizonte nocturno, y los truenos que hacían cimbrar todos los cristales de la casa, como su mente misma al tener el presentimiento que esa noche lluviosa y oscura no iba a ser como cualquier otra del verano. Con aplomó dio la media vuelta para adentrarse a la mansión. Requería respuestas del vampiro.

Mientras tanto, Integra luchaba de nuevo, (como siempre) contra ella misma. Con ese nudo en la garganta que no la dejaba respirar, ni pensar, y que sólo se desataría si lloraba, ¡pero no estaba dispuesta a dar paso al llanto! Si lo hacía en ese momento, todo el mundo lo notaría. De modo que una vez más reprimió sus tormentos para concentrarse en lo que debía hacer, (y de momento, conducir como era debido, y no causar ningún percance en esas carreteras húmedas por la lluvia menuda y persistente). Los minutos transcurrían frente a sus ojos mientras la distancia se iba acortando, y el bullicio del viernes la aprisionaba ante sus ojos. Mientras el paso lento del auto por las arterias transitadas que dificultaban la marcha, ella cerraba los ojos suspirando profundo mientras llegaba la luz verde. Su localizador volvió a sonar. En otra luz roja del semáforo se permitió leer un mensaje de Blair: Todo bien. Tú tranquila. Volvió a suspirar profundo, respondió y encendió la radio para escuchar canciones viejas, canciones nuevas, canciones cursis, y "clásicos de todos los tiempos" en una estación de la BBC. Los oldies llenaban el espacio vació que dejaban en ella la incertidumbre, la pesadumbre y el mugriento sabor de boca que le había dejado su discusión con Walter, "¡maldita sea!" En otra luz roja sacó un cigarrillo que se colocó en los labios. En la radio comenzaron a escucharse canciones de los Rolling Stones, de Pink Floyd, y para cuando tomó la desviación hacia el colegio, Under pressure terminaba de emitirse y la última bocanada de tabaco que había logrado su efecto relajante en ella, quien descendió suspirando profundo una vez pudo hallar lugar en el estacionamiento casi a su máxima capacidad.

Antes de cerrar la portezuela del auto se detuvo a mirar la algarabía de la fiesta a metros de ella. Resopló con aplomo esa última vez. Tomó su bolso de mano, cerró el auto y echó a andar. ¡Ojos estaban a punto de mirarla! Sin lugar a duda, pero ojos la miraban ya en ese instante sin que ella se diera cuenta. Y eran unos que, en ningún lugar, ni tiempo, ni circunstancia del mundo, hubiera querido que le miraran.

─ Te dije que no nos iba a faltar… ¡allí está!

─ Estabas seguro de que vendría porque lo sabes todo, ¡eso no cuenta como agudeza!

─ Pero no te creas que el destino ya está dictado por completo, aún queda el libre albedrío… ─ dijo el gran y misterioso caballero de traje gris claro ─ ahora todas las piezas estarán acomodadas en su lugar.

Ella y él, los misteriosos pasajeros dentro del auto de lujo, se miraron el uno al otro, asintieron y siguieron observando desde el asiento trasero del ostentoso auto, como la joven Hellsing se dirigía con pasos tranquilos pero seguros, hacia el epicentro del baile de graduación.

Al pasar por el arco de flores que aguardaba la entrada a la carpa donde se tomó el coctel, saludó a los prefectos que ya para entonces se desafanaban en charlas y copas de vino, dándole a su llegada tardía la más mínima de las importancias. Integra caminaba ahora más lento si era posible, mas no sabía si por miedo a resbalar sobre sus tacones en el piso mojado, o por ese temor instintivo de llevar a cabo lo que implica un desasosiego. Otro suspiro hondo mientras andaba por la carpa ahora casi vacía, donde sólo unas cuantas personas aún charlaban junto a las mesas de esplendidos bocadillos, y botellas de champagne que los meseros se servían entre ellos para brindar. Integra miró aquello con indiferencia, pero tuvo que volverse a ver sobre su hombro como golpeada por una sensación, a donde sintió unas miradas profundas, eternas, de cuyos ojos no halló dueños, aunque su instinto hubiese dado un vuelco junto a su corazón. "¿Qué rayos fue eso?! Dijo buscando y buscando en la dirección que se sintió observada, caminó unos pasos hasta donde terminaba la pared improvisada, pero sólo vio arboles del jardín del colegio entre la oscuridad, el agua cayendo por todas partes, y nada más. Ella sacudió la cabeza pensando que la locura la amenazaba, luego fue a pedir un trago de whisky solo que bebió de tres tragos.

Volvió a afianzar el bolso en la mano derecha y siguió el sendero de delicados adornos que se mezclaban con las luces neón y los reflejos de la bola de cristal en esa semi oscuridad del salón de fiesta, donde al ritmo de canciones alegres, chicos y chicas bailaban, cantaban y festejaban en grupos, o parejas. Mientras otros hacían la sobremesa de la cena que acaban de degustar, charlando con algunos padres que permanecían allí, entre ellos Sir Irons quien, incapaz de faltar a la etiqueta o de ser descortés, charlaba con Eleanor que estaba sentada junto a Charles. La joven en realidad luchaba porque no se notara que trastabillaba en la conversación con el viejo aristócrata. Aunque no era la intención de él, por el contrario, como todo caballero, el Sir dominaba la habilidad de hacer sentir a cualquier interlocutor que él tuviese, cómodo y relajado, y al mismo tiempo, Hugh Islands se daba cuenta que clase de chica era aquella con quien su hijo, (quien no dejaba de fumar en su presencia, a pesar de que antes le había pedido que no lo hiciera) había escogido por sí mismo. "Es su acto de rebeldía. Él e Integra… no se puede negar que no son la pareja que todos nos imaginamos que pudieran ser. Mi hijo ha elegido entre un puñado de damas a una joven cuyos padres acaban de convertirse en adinerados". Pensaba mientras resaltaba la instrucción y educación de la chica, y también su docilidad y candidez, eso último, el gran contraste con la gran doncella de hierro, quien por cierto avanzaba por la pista donde la banda acaba de tocar una pieza, y por unos segundos fue dueña de muchas miradas que la observaron a causa de su original atuendo.

Charles no la había mirado aún, pero pensaba en ella agradeciendo que "tuviera la mínima decencia de no aparecerse", para alivio de él y decepción también. Le habría gustado que lo mirara contento con la guapa chica Grant, aunque sopesándolo en su mente, definitivamente prefería lo primero, que Integra no estuviera allí. A punto de terminar el cigarrillo estaba, cuando se quedó serio y mudo al enfocar la mirada. No lo pudo evitar, ella estaba en medio de la pista. Luego Blair Hamilton había corrido a abrazarla. Y miró como ambas salieron de la pista, chalando y riendo.

En el corazón de Integra, de momento se habían disipado los tormentos, para irse a encontrar con su pequeño grupo de amigos quienes ni siquiera esperaban verla ya en aquella velada, de modo que cuando Blair dijo: ─ ¡Miren quién ha llegado!

Los chicos voltearon al mismo tiempo para exclamar de alegría, mientras abrazaban a una sonriente rubia.

─ ¡Es sensacional! ¡Ya sabía que no podías faltar esta noche!

─Gracias por haber venido, amiga, ¡sólo faltabas tú!

─ ¿Cómo te convencieron?

─ ¡Ja! Bienvenida Integra, estás muy guapa por cierto ─puntualizó Bob.

─ ¡Es cierto! ¡Ese atuendo te va genial!

Entonces allí estaba Sir Integra Wingates Fairbrook Hellsing ataviada con ese modelo Dolce que nunca había usado. Un elegante y distinguido traje sastre color negro. Pantalón y saco a la medida, camisa blanca que había combinado con una faja y una corbata de moño que alguna vez fueran de su padre. Horas atrás, frente a su armario, con el traje en la mano, algo más pasó por su mente. Se mordió el labio al ocurrírsele. Con travesura y cierta expectativa salió corriendo de su habitación hasta la que alguna vez fuera de su padre. La recamara del difunto Arthur Hellsing, que prácticamente se conservaba intacta, suspendida en el tiempo como el mismo día en que el sir dejara de existir. De la recamara aseada dos veces por semana desde hacía cuatro años, la joven traspuso su umbral, trémula, como si fuera a toparse con el fantasma de su padre. Con cierto remordimiento por lo que sentía por Alucard, también, sigilosa fue hasta la cajonera casi vacía, para buscar entre corbatas y pañuelos, una de moño que halló en color negro, bastante conservada en su estuche desgastado por el tiempo, "tal vez es nueva", se dijo al abrir la cajita y ver el satén lustroso e impecable, buscó una faja de talla pequeña, una que su padre hubiera usado cuando fuera demasiado joven para tener algún kilo de más. Cuando halló lo que buscaba, se encogió de hombros, sonrió, luego salió de la habitación para correr hacia la cocina a través de la escalera de servicio y pedir ayuda con su maquillaje.

Así, luego de sus improvisados arreglos, estaba allí, en medio del salón de fiestas que había jurado no iba a pisar. Vestida con un smoking cuyas únicas joyas eran los sarcillos, el broche Hellsing y la cruz de plata; peinada de una cola de caballo; maquillada discretamente. Al recibir las buenas críticas de sus amigos, sólo sonrió un poco y se volvió a encoger de hombros.

─ A falta de un armario con vestidos de gala, está fue mi única opción.

─ ¡Pues te ves muy bien, creo que has hallado tu estilo! ─ le aseguraba Catherine Marshall.

Mientras que Integra volvió a sonreír y tomaba un bocadillo de un caramero que en ese momento ofrecía: ─ Bueno, ¡tal vez así me vista de ahora en adelante!

Se llevó el canapé a la boca y se hizo de una copa de champagne para acompañarlo, al tiempo que escuchaba con atención la crónica de todo lo que se había perdido en la fiesta. Alrededor de ella, y a lo lejos, la miraban sus acérrimas detractoras con cierta confusión, "¡lo único que le faltaba para declarar su bizarra existencia a los cuatro vientos era que se vistiera de hombre!", cuchicheaban. La miraba la señora Philips quien sólo movió negativamente la cabeza al ver la hora en su reloj de pulso. La miraba Sir Irons quién se disculpó con la joven Grant para levantarse a atender el llamado de un conocido. El viejo no pudo evitar sonreír sutil y casi involuntariamente de cariño al ver a la joven rubia, pero, sobre todo, la miraba Charles, lo cual incluso hacía sentir incómoda a su invitada.

─ Siempre fue poco ortodoxa, ¿verdad? ─ le dijo Grant, sacando al joven Islands de sus pensamientos retorcidos para volver a mirarla.

─ ¡Ni te imaginas cuanto!

─ Charles… tú … ¿tú estás enamorado de Integra Hellsing?

─ ¿Qué? No… ahora que lo preguntas, ¡y mira que nadie lo había hecho concretamente! No…no tenemos nada en común.

─ Entonces me invitaste porque ella no vendría contigo, aunque ...bueno, vino a solas.

─Eleanor…no hagas tantas conjeturas, te invité porque me agradas, ¡eso es todo!

La joven tan sólo suspiró a sabiendas que estaba siendo parte de un despecho. Luego volvió a mirar a la joven Hellsing, guapa y atractiva a pesar de estar vestida con estilo varonil, acaso por ello, ¡más! La miró charlar y reír desenfadadamente mientras daba mordiscos a los bocadillos y tomaba champagne. Integra Hellsing, aquella chica que todos sabían que era huérfana, sin parientes cercanos ni hermanos, pero dueña en funciones de toda la fortuna de su familia, por lo cual podría considerarse libre, (o eso pensaba Eleanor). Libre como ella no era, pues llevaba en sus hombros el peso del prestigio y el ascenso social de su familia. Pensando en eso, en que no podía reemplazar a alguien como Integra, suspiró profundo con la mirada apagada, preguntándose a sí misma si Charles le atraía en verdad, o sólo no iba a desperdiciar la oportunidad de ser cortejada por un joven de noble cuna.

─ No te pongas tan seria, Eleanor, mejor vamos a bailar, ¿quieres?

─ ¡Ah sí, claro! ─sonrió para esconder cualquier tribulación que por su corazón pasara, y le dio la mano para dirigirse a la pista.

"¡Con un demonio! Al menos vino sola…lo último que faltara era que hubiera venido con…¡no, mejor ni pensarlo!"

─ ¡Ah mira! Allí están ahora en la pista ─ le indicó Blair a Integra quien entre el sorbo de champagne vio a Charles y a Elanor en la pista de baile.

─ ¡Alguien me está haciendo un favor!

─ Integra, ten cuidado, ¡Charles está loco! Sé que, si tienes éxito en tu plan, él va a buscar vengarse también.

─ ¡Qué lo haga si puede! No le tengo miedo a las fuerzas sobrenaturales, Blair, ¿crees que a él sí? ─ negó con la cabeza, sonriendo para tratar de tranquilizar las inquietudes de su amiga. ─ Todo estará bien.

─ Es lo que yo espero… ¡pero mira nada más que alguien tan inofensivo como Grant te esté siendo de ayuda!

─Creo que debería de sentir pena por ella, ¡hasta me siento en el deber moral de advertirla!

─ ¡No serviría de mucho! ─ agregó Cathy quien en ese momento se sentaba a la mesa junto a ellas, después de estar algo cansada de bailar ─ vi como los padres y abuelos de Grant miraban a Charles en la mañana, durante la ceremonia de diplomas. Según veo, los Grant en este momento de su escalada social son capaces de casar a sus hijas con los mismísimos duques del infierno si eso les asegura un lugar en la Alta Sociedad, ¡si saben a lo que me refiero! ─ sorbió un trago de soda, luego continuó ─ pasar de la burguesía a la Nobleza no es nada fácil, ¿y qué mejor que lograrlo emparentando con una familia de abolengo?

Integra escuchó a su amiga, tenía razón en todo. Luego se volvió a mirar a la pareja. No pudo evitar sentir solidaridad hacia aquella inocente y cándida joven la cual seguramente había sido escogida por su condición de "nueva rica", como parte del maléfico plan de Charles de tener una esposa que "no le diera problemas". Ya que bien era capaz de sacarle ventaja al claro interés de la familia Grant en él y su apellido, esgrimirlo a su favor.

"Hay muchas jaulas", pensaba la joven Hellsing mientras les echaba el último vistazo.

─ ¡Ya va a empezar la ronda de valses! ─ llegó el repentino aviso de una de las chicas organizadoras que arribó a la mesa─ es hora de escoger las flores ─ y puso una primorosa cesta de mimbre con flores finas en medio del mantel, para que los chicos escogieran. Ralph y Bob así lo hicieron.

─ ¿Te gustan las rosas o los jazmines, descarriada?

─ ¡No lo sé, vago! Creo que las rosas están bien ─respondió Blair a Ralph.

Luego Bob escogió lirios del valle para Maggie, mientras le daba un beso en la mejilla.

El vals era ese otro momento protocolario donde las parejas bailaban un elegante baile de salón, para así despedir y agradecer oficialmente a sus profesores y padres de familia, y también porque la señora Philips no quería dejar morir ni una sola rancia tradición e insistía en incluirla en el repertorio año tras año. Integra miraba todo aquello con cierta vergüenza ajena, entre divertida y agradecida de no tener que pasar a bailar por falta de pareja. "¡Pero qué tontería!" Se dijo a sí misma y se quedó sentada en su sitio, bebiendo café y comiendo repostería fina.

En esos instantes un asistente más arribó al colegio. Entró al gimnasio justo para escuchar el anunció de la directora.

Unos cinco minutos después de la repartición de flores, la banda terminó de tocar ese turno y agradeció para dar paso a los servicios del DJ. La directora volvió a tomar el micrófono y anunció el vals, por lo que todas las parejas se pusieron de pie y se dirigieron a la pista de baile. Incluso Cathy quien fue solicitada de nuevo por Daniel Calne, el cual le regaló un brazalete de orquídeas para llevarla del brazo a la pista. Para novedad, el vals no fue un clásico de la época victoriana, sino una balada que se había estrenado por esos días.

─ ¿Elton John? Creo que esto ya varió un poco.

Comentaban por lo bajo los muchachos al escucharse la canción:

There's a calm surrender to the rush of day

When the heat of a rolling wind can be turned away

─ ¿Y quién es él? ¿quién es ese muchacho que acaba de entrar?

─ ¡No lo sé!

Se preguntaban entre ellas las chicas que repartieron las flores, cuando él entró al gimnasio y le pidió de favor: "Las rosas rojas que aún te queden". La joven no dijo nada, sólo lo dejó tomar un brazalete de tales, dio las gracias y se internó por entre las parejas de la pista que le habrían paso, después de echarle un vistazo, y así hasta que llegó a espaldas a ella, que absorta, sin saber con certeza porque, al ver bailar a las jóvenes en brazos de sus novios y/o progenitores, sintió como una gran nostalgia la invadía, así de repente, involuntaria y sin poder acallar. Sola en la mesa como estaba, exhaló un suspiro y se quedó contemplando la escena mientras encendía un cigarrillo.

An enchanted moment, and it sees me through

It's enough for this restless warrior just to be with you

And can you feel the love tonight?

It is where we are…

─ Milady Hellsing, ¿sería tan amable de concederme esta pieza?

Escuchó una voz a sus espaldas, familiar y a la vez nueva voz que la dejó lívida en una sorpresa estremecedora.

Continuará ...

Ahora a contestar las reviews!

Julieth: Sabes porque pongo a Integra tan permisiva? Aparte de que me justifico en el hecho de que es una jovencilla, es que tanto tsundere entre ella y Alucard se ha vuelto muy cliché en el fandom. Creo que eso viene del anime, donde su relación es completemente tsundere y tirante, en el manga no es tan así, por eso muchos creemos que hay cosas detrás.

Qué bueno que te logré transmitir la sensación que dejan las bibliotecas!

Sobre los Islands, pues ya! En el siguiente capitulo (y otros) se desmadeja el asunto con ellos (y ahora sí va a parecer el capitulo más drama de Betty la fea XD). De lo demás no quiero spoiler ni nada!

Gracias por la review y espero que les guste este capitulo.

Yimena. Gracias por la review. Aunque poco pero trato de escribir lo más seguido que puedo, y pues nada! Aquí estamos con un nuevo episodio. El plan contra Charles ya se cocina, pero como sabemos, los planes nunca resultan exactamente como queremos, y pues ya se verá! Esperen el próximo episodio que, para cuando lean esto, ya está un poco más de la mitad.

Palomixta. Sí! Esto ahora sí ya se desmadeja (sólo que soy un poco exagerada y luego tengo mucho que expresar y tal vez escribo de más) Me da mucho gusto que hayas regresado a leer este fic. Yo siempre les digo a mis lectores(as) de años pasados que les agradezco infinitamente su paciencia por leerme aunque pasen mucho tiempo.

En cuanto a Integra, pues ella sabe perfectamente que se trae a Alucard cacheteando la banqueta, no creas XD. Espero que te haya gustado este episodio y hasta la próxima! =)

BarbaraGizela HOLA! Gracias por haber vuelto a leer mi fic, y por tu review. La verdad recuperar lectores veteranos motiva mucho a seguir! ..Sobre el lemon! Ah esos limones causan mucha tentación, en fin! No quiero decir nada por el bien del suspenso LOL. Watppad tengo, aunque no recuerdo que username me puse =S...Allí aún no he pasado ninguna historia de Hellsing, pero pienso pasar este y Cruz de plata, sobre todo para poder ilustrarlas en cada capitulo (como aquí no podemos hacer eso =/). Cuando lo haga, avisaré con un link aquí. Espero que te haya gustado el capítulo y nos vemos a la próxima ;)