XXVII

La última Hellsing

─ ¡Cualquier cosa puede esperar hasta que yo me cerciore que mi ama está bien, Sir Irons! ─ exclamó Alucard y de inmediato se fue detrás de Integra.

Charles caminó en dirección contraria y Sir Islands se detuvo en el umbral de la puerta mirando como su hijo se alejaba dando trancos hacia el estacionamiento. Allí iba el joven con el labio partido, aún sin poder o querer reaccionar ante la trampa tan obvia de la que había sido víctima, sólo sabía que se sentía como el ser más estúpido del universo, y que sólo el alcohol en su sangre paliaba los malestares de su espíritu. Del otro lado Alucard iba trotando detrás de Integra y Blair.

─ ¡Demoraste demasiado! ¡Por un momento creí que nadie iba a llegar! ─ dijo Integra mientras doblaba con cierto cuidado una servilleta de papel que metía en uno de los bolsillos de su saco.

─ Teggy, ¡eso estuvo muy denso! Te dije que Charles está loco ─ le entregó las gafas en las manos ─ ¿y si no hubiéramos llegado a tiempo?

─ ¡Eso es lo que yo temía! ¿Pero y Maggie y Bob?, ¿qué va a pasar ahora con ellos?

─ Ralph alcanzó a darnos aviso de su estupidez. Cathy, él y ese Daniel Calne se han marchado a buscar a Maggie a su casa. Cathy dice que le insistirá a la señora Parrish para que deje ir ya a Maggie con ella a Bath, ¡ojalá lo logre! Quedó de avisarme si tiene éxito, si es así…tendrán que acelerar su huida ─ Integra escuchaba todo aquello con una expresión de preocupación, asintiendo. Blair hizo una pausa, resopló para cambiar de nuevo de tema ─ Por un momento pensé que incluso el intento de abuso estaba dentro de tus planes… ─ se detuvieron a la orilla de un caminito de adoquines, cerca del acceso a los autos en esa parte de la escuela.

─ ¡No inventes!, ¿cómo crees que iba a considerar que Charles iba a intentar violarme? ─ expresó dolor llevándose una mano al rostro ─ ¡maldito sea! Esto duele mucho… aunque el plan ya resultó un éxito, ¿no crees? Esto habrá valido la pena.

─ ¡Aún sigo creyendo que fuiste muy lejos! ¡Estás demente, Integra! ─ Blair la miraba con una mezcla entre admiración y miedo, mas escondía su desazón con una sonrisa, como si quisiera hacer parecer que todo aquello era parte de una tremenda broma adolescente.

─ ¡Integra! ─ escucharon a sus espaldas ambas jóvenes. Voltearon para ver a Alucard aproximarse.

Él aún con esa expresión de indignación que contrastaba con su habitual de indolencia y descaro. Sin más llegó donde la joven y tomó con delicadeza su rostro entre sus manos para mirar las mejillas enrojecidas, los pómulos, la boca maltratada por la que escurría un hilito de sangre aún. Resoplando, con el ceño fruncido y los ojos relampagueando indignación, limpió el rojo viscoso con su pulgar.

Blair decidió darles espacio y se retiró unos pasos para asomar el rostro al camino por donde distinguió los faroles del Roll Royce.

─ ¡No sé porque me detuviste, Integra! ¡Tampoco sé porque no aplasté a ese cerdo como la asquerosa alimaña que es! ─ cerró los ojos y apretó los dientes como imaginando quien sabe cuántas locuras.

─ ¡Nada! Bien sabías que no podías hacer nada contra el hijo del líder moral de la Mesa Redonda.

─ ¡Ay, maldita sea, Integra! ¡Me estoy tragando mi propia rabia!

─ Baja la voz, Alucard ─ le dijo quedamente, mirándolo a los ojos de esa manera que sólo ella podía. ─ todo valió la pena y voy a estar bien ¡mejor que bien! ─ sonrió asintiendo, triunfante.

En ese momento Alucard tuvo que retroceder un poco, como para tener unos segundos y asimilar. Sus gestos se transformaron al instante en que todo comprendió.

─ ¿Qué es lo que…?

─ ¡Ahora no creo que alguien pueda obligarme a desposar al hombre que me ha golpeado y trató de abusarme! Yo debo casarme con un caballero, ¿no? Y el de hace un rato era muchas cosas, ¡menos uno!

Alucard levantó una ceja negando con la cabeza. Trabajo le costaba entender el plan que escuchaba. Suspiró, sonrió con ironía y bajó la mirada. Luego se quitó el saco para ponerlo sobre los hombros de ella.

─ ¡Integra, Integra! ¡Debo confesar que por algunos momentos te he subestimado! No quería admitir que me superaras en astucia, ¡pero no tengo más remedio! ─ ella, mulléndose en la prenda de vestir, sólo volvió a sonreír satisfecha ─ ¡por algo dicen que sólo las mujeres son más listas que el diablo! Sin embargo, deberé insistirte a que no dejes esto así… Por tu honor y por dignidad, Integra ¡debes buscar justicia! ─ tomando el rostro de la chica entre las manos. ─ ¡justicia, Integra!

La joven no supo que responder, sólo miró cierto halito de dolor en los rabiosos ojos de él, y creyó saber por qué, porque él sentía esa especial empatía ante aquel intento criminal contra ella, y ella ¿qué sentía al respecto? ¿Y qué si no hubiera podido detener a Charles? ¿Acaso estaba tratando de no pensar en lo que acababa de sobrevivir para protegerse a sí misma? Sus pensamientos quedaron pausados pues en ese momento Walter se estacionó a un lado de la acera, abrió la portezuela y llamó a las chicas. Blair se aproximó y llamó a su amiga antes de subir por completo. Levantó la mirada para ver como del cielo comenzaban a caer de nuevo gotas, y detrás de ellos vio a Sir Irons aproximándose donde su amiga y el vampiro.

─ ¡Lord Alucard, me temó que tenemos una charla pendiente! ─ la voz del sir detrás de él.

─ ¡Milady, suba al auto, por favor! ─ le insistió Walter.

Integra miró a Alucard antes de que Blair la llevase consigo. Al sonido de la portezuela sólo alcanzó a escuchar un "¡nos veremos luego!"

Alucard asintió al mismo tiempo que respondía al caballero: ─ ¡Ahora preferiría que no, Sir Irons! ─ trató de decir algo más pero no tuvo tiempo.

─ ¡Es imperativo, lord Alucard! ¡No puedo esperar ni un minuto más!

El auto arrancó y se alejó hacia la salida del colegio. Dentro, sólo Blair se animó a mirar por el medallón trasero donde vio como Sir Irons y Alucard hablar. Luego volvió a ocupar bien su asiento.

─ A casa, Walter, quiero ir a casa … ─ Integra no deseaba ir a una institución de salud. Walter suspiró y sabía que lo mejor era estar en donde su ama pudiera ser protegida.

─Señorita, como bien usted sabe está noche es de peligro, tendremos algunas "visitas indeseables"… Así que no podemos arriesgar a más personas ─ por el retrovisor Walter miró a Blair. La chica aludida dio un respingo y se volvió a ver a su amiga, con desconcierto.

─ Estoy de acuerdo Walter. Blair … ─ la miró fijamente mientras tomaba un analgésico fuerte del botiquín siempre disponible en el auto, con mucha seriedad le dijo ─ esta noche no puedes venir con nosotros… ─ por debajo del asiento miró el fulgurante acero de la espada Hellsing, remangó el pantalón, a la pantorrilla derecha llevaba prendida un arma de fuego de bajo calibre que había sacado de la caja fuerte de su padre la cual desenfundó. ─ hoy tengo inesperado trabajo que hacer.

─ Integra…

─ Así que te dejaremos en un lugar seguro… ─ En ese momento el auto aparcó en un paradero de bus, a esa hora, vacío. ─ parte de mi escolta te llevará a casa.

Una mujer de traje sastre abrió la portezuela del auto: ¡Buenas noches, sir Hellsing, a sus órdenes!

─ ¡Lleven a Lady Hamilton a su casa, por favor!

La agente asintió, pidiéndole a Blair que bajara del auto. La joven se volvió a mirar a Integra que ya se hacía de un arma oculta debajo del tablero trasero, se trataba de un rifle que se apresuró a cargar con balas benditas: ─ ¡Nos veremos luego, Blair, te lo prometo! ─ con una sonrisa tranquila, confiada.

─ ¡Cuídate mucho, Teggy, por favor! ─ la castaña abrazó con fuerza a Integra. La rubia le correspondió el abrazo antes que su amiga pusiera los pies en el asfalto mojado y la agente la escoltara al auto blindado en el cual habrían de llevársela.

Luego el Roll Royce y la otra mitad de la escolta siguió su camino.

─ Señorita, ¿segura que está bien? ¿qué puede con esto? ─ la mirada atribulada de Walter por el retrovisor.

─ ¡Eso ahora no tiene importancia, Walter! No tengo más remedio ─y con una expresión de acero, la joven cruzó su pecho con el tahalí que portaba su espada ─ ¡un guerrero nunca tiene opción!

-oOOo-

─ ¡Sir Irons, me estás quitando tiempo que te aseguro es precioso!

─ ¿Acaso crees que puedo dejar esto para después?

El viejo sir y yo, (aún con mi disfraz de dieciochoañero) traspusimos la entrada del auditorio vacío. El recinto de reuniones de todo el alumnado y los directivos. Entramos por la puerta trasera adyacente al edificio de las duchas, y nos hallamos en un entarimado donde seguramente los profesores presidían juntas. Sir Irons estaba allí, mirándome como a la peor aberración del mundo, mientras que afuera Integra ya podía hallarse en peligro. El viejo Hugh se quitó las gafas y movió la cabeza como tratando de poner en orden la vorágine de ideas en su cabeza. Luego volvió a colocar los armazones, clavó sus azules pupilas en mi ─ ¡lo que has hecho, Alucard, es por mucho algo de lo más monstruoso que te has atrevido en todos estos años!

Lo escuchaba sin querer escucharlo, al tiempo que miré las manecillas en mi reloj de pulso y me sonreí: ─ ¡Disculpa? ¡Eso es lo mismo que yo podría decir acerca de lo que ha hecho tu heredero!

(Mientras tanto el Roll Royce de los Hellsing seguía avanzando por las avenidas mojadas, para bien o para mal, descongestionadas ya de tráfico. Fluía su marcha el lujoso auto con la escolta detrás acortando la distancia del sórdido centro londinense hacia la mansión).

─ ¡No cambies el tema, Alucard! ¡No voy hablar de lo que mi propio hijo ha sido capaz está noche! Ni voy a disculparlo, ¡pero lo que tú has estado llevando a cabo durante todo este tiempo, es acaso igual de vil! ─ alterado, sensible, con la voz quebrada.

─ ¡Adoro cuando muestras espíritu, Hugh, eso le añade novedad a tu charla! ─ sin poder evitarlo, me sonreí sarcástico, y se lo dije como antes ya se lo había dicho a Walter ─ si no fuera porque el prestigio de Integra está de por medio ¡no me vendría en gana ofrecerte explicación alguna!

─ Actúas como si tuvieras un as bajo la manga, Alucard, ¡siempre actúas así y casi siempre te sales con la tuya! ¿Y ahora?, ¿y ahora que vas a decir? ─ de nuevo la voz cortada y la mirada fulminante.

─ Que Integra es inocente…

Me miro escéptico, demoró algunos segundos en reaccionar: ─… ¿entonces porque el demonio que acecha a la Casa Hellsing ha despertado de nuevo?

Afuera, ya a lo lejos, otro auto comenzó a seguir a Walter de cerca. Salió así de repente, al abrigo de una callejuela y se incorporó a la arteria vial que estaba por sacar a la dueña de Hellsing Manor de la ciudad, mientras que yo, por segunda vez explicaba el asunto de la doncellez, tan sólo con el ánimo de que si lo escuchaba de mí, no la fuera a cuestionar a ella, ¡por lo menos evitarle eso a la inexperta Integra que, sin querer, había confesado el dichoso desliz al viejo Sir Hugh Islands quien, luego de la explicación, me miró dubitativo, pero siempre inquisitivo: ─ ¡Qué razón tenía Arthur al estar tan preocupado por su familia! ¡Esto que haces, lo haces por venganza…!

─ ¿Venganza? ¡Por favor Hugh, no seas tan ordinario!... ─ y allí estábamos ambos, charlando sobre ese escenario, como dos actores siguiendo una patética comedia ─ ¡ya perdí la cuenta de cuantas veces he escuchado eso! "Venganza" ─ me reí, ¡no pude evitarlo! Me reí ante la mirada indignada del honorable caballero de la mesa redonda que entre los puños estrujaba, muy seguramente, las ganas de estrangularme, pero su razón se lo impedía ─ ¡si hubiese querido vengarme ya me habría deshecho de ella y habría terminado con su Casa de una vez por todas!

Ante tal declaración Hugh enmudeció en un rictus de sorpresa ante el que sólo atiné a decir: ─ Ni tú, ni el resto de los de la Mesa redonda, ni Walter tienen absolutamente nada de qué preocuparse, ¡jamás le haría el menor de los daños! ─ a través de los cansados ojos azules vi su fallido intento de articular palabra ─ Creo que es más que obvio que daría mi vida por ella… ─ añadí ante su mirada expectante ¡Y yo en medio de esa cansina charla, sin saber que en esos instantes mi ama era ya seguida sin cesar por las carreteras a las afueras de Londres!

─ Ya dilo de una vez, Alucard ─ agobiado por el peso de la verdad, sobándose las sienes con una mano mientras que con la otra sostenía las gafas.

─ ¡Que la amo!...

Hugh Islands levantó la mirada al cielo mientras exclamaba: ─ ¡Imposible! Es antinatural, ¡aberrante!

─ ¡Me importa un carajo lo antinatural y lo aberrante, sir Irons! ¡Integra es única! Es por mucho, ¡lo mejor que me ha pasado en esta maldita existencia!... ¡es un tesoro y no pienso renunciar a ella!

─ ¡Pues tienes que hacerlo!

Nuestra conversación ya eran gritos que rebotaban en todas direcciones de ese auditorio solitario, mientras que en la lejanía Walter y ella se habían convencido de que estaban siendo perseguidos, y decidieron tomar un atajo para llegar al cuartel que significaba la Mansión y sus defensas.

─ ¡Tú no puedes venir a decir que es lo que debo de hacer! ─ iba yo a decir una o dos cosas más cuando mi mirada se estrelló contra los ojos vacíos y oscuros de la banshee en su forma de niña, que me observaba con insistencia a través de una ventana, con las manos pálidas pegadas el cristal por el cual resbalaban insistentes gotas de lluvia. Y fue entonces, cuando los ojos de ella y los míos se encontraron, y ella me señaló lentamente en dirección a la mansión Hellsing. En ese preciso momento sentí el miedo que expresé con la desmesura de mis ojos y mi cara estupefacta aún disfrazada de adolescencia. Dejé de escuchar cualquier cosa que me estuviese diciendo Sir Hugh, dejé de contestar tan sólo para superar esos segundos de aturdimiento y sin decir nada más, eché a correr hacia la salida de ese auditorio.

─ ¡Alucard!

─ ¡Integra está en peligro! ¡Alguien nos visita desde el infierno esta noche! ─ lo último que atiné a decir ante un Hugh Islands que pareció recordar la amenaza de la Corte infernal que Walter le había informado, y yo le informé a Walter cuanto Integra subió al Audi y vino a la fiesta. Hugh no dijo más, sino que me observó salir antes de reaccionar e irse también por su cuenta y sin dilaciones.

Cuando llegué ante el Aston Martin que había traído hasta el colegio y abrirlo, observé mis armas dispuestas en el asiento del conductor. Walter había previsto todo, ¡y por primera vez en muchísimo tiempo me alegré de la existencia del viejo mayordomo! Entre aquellas que yo podía esgrimir, el acero plata y frío de la Casull descansando en su estuche de terciopelo rojo, dispuesta a luchar una batalla más a muerte.

Cuando tomé entre mis manos la formidable pistola, escuché una voz profunda que no me dejó lugar a dudas a quien pertenecía. Se trataba de una voz masculina de tono bajo. Una voz escabrosa, aunque señorial.

─ ¡Buenas noches, rey y Señor de la no-vida! ─ el saludo que me obligó a virar lentamente para hallarlo frente a mí, para hallar a ese príncipe del infierno que reclamaba lo que quedaba de mi alma …

-oOOo-

Era extraño, sabía que estaba en un gran peligro, (tal vez no había estado en uno tan grande y serio desde el atentado del tío Richard) y aun así no tenía miedo. No era como otras veces en que mi corazón palpitaba con fuerza y mi carne se erizaba ante la expectativa de una encomienda sumamente arriesgada, incluso mortal, ahora, aún con toda mi escolta neutralizada por la emboscada, simplemente sentía una gran expectativa de lo que estaba por venir.

─ Buenas noches, lady Integra Hellsing, si fuera tan amable de descender del auto. ─ un lacayo de una presencia que me es difícil describir, abrió la portezuela del Roll Royce ante la sorpresa sin límites de Walter quien en ese momento era encañonado en la sien, por un segundo individuo. No objeté nada, pero tampoco estaba dispuesta a deshacerme de una sola de mis armas (la espada de acero bendito pendiendo del tahalí, la pistola escondida contra mi pantorrilla, y el rifle dispuesto a todo en mis manos, sin contar con la navaja que llevaba oculta en el dije que pendía de mi cuello). Así bajé del auto sin quitar la vista de aquel que me hablaba y ahora me sonreía con una maldad sin definición. Tenía una sonrisa dentuda y macabra que reconocí al punto en ese rostro de ojos completamente negros y aterradores, en esa cara de facciones que intentaban ser humanas, pero no podían dejar de ser pesadillescas. Reconocí en él, la voz y la sonrisa que se burlaba de mí y me insultaba desde el rescoldo detrás de la puerta, aquella madrugada cuando me atacó en mi propia recamara. Mas está vez el ente fingía servidumbre desde su disfraz humanoide, pues hizo una reverencia ensayada en cuanto yo puse los pies sobre el pavimento. Yo sujetando el rifle con ambas manos, mirándole como lo que era: nada más que una repugnante alimaña del infierno.

─ ¡Dejen en paz a mi mayordomo, ahora! ─ me dio la gana ordenar a los otros lacayos que amagaban a Walter apuntándolo. Al escucharme, los monstruos antropomorfos se miraron confundidos unos a otros y Walter clavó sus pupilas temerosas y sorprendidas sobre mi como rogando mi prudencia.

─ ¡Creo que eso no será posible, lady Hellsing! El señor Dornez es considerado de alta peligrosidad ─ escuche una voz terrible, pero a la vez hermosa. Provenía de un hombre que en ese momento descendía del ostentoso auto que encabezaba la caravana persecutoria. Al escucharlo, al verlo, los lacayos no osaron mirarle, agachando la cabeza en una sumisa y abyecta reverencia, ¡pero yo tenía que observarlo! Mirar de él cada detalle y grabarlo lo mejor posible en mi memoria. Era alto, ¡muy alto! Tanto así como Alucard. Era elegantísimo, de ademanes, ropas finas y rostro hermoso; llevaba puesto un regio traje color gris plata; sus cabellos largos, rubios cenizos, sedosos y lacios se escurrían por toda la espalda. Bajó y nadie cerró la portezuela del auto, dentro había alguien más que yo no alcanzaba a distinguir, oculto entre las sombras. Él avanzó hacia mí con pasos lentos. Pude observar los detalles de su indumentaria. Sobre la exquisita corbata blanca de seda, un fistol con un sigilo de intrincadas líneas torcidas como una cruz gamada y un flagelo puntiagudo entre otros símbolos funestos. De su cuello pendía un gran medallón de oro macizo que llevaba grabada una criatura monstruosa de patas de gallina y tres cabezas: una de oveja, otra de toro y otra de un hombre de grotesca fealdad; esa abominación iba montada sobre un león con alas y cuello de dragón. Al mismo tiempo comencé a escuchar la voz mórbida del lacayo que me había abierto la portezuela: ─ Le presento a mi amo y Señor, hijo del ángel caído Shamdom, duque de nueve infernos, comandante de setenta y dos legiones de demonios; super intendente de los asuntos del infierno; muso y creador de la danza, la música y el drama; suplente del rey Salomón; constructor del templo de Jerusalén…

─ ¡Por Satanás, deja eso ya! ─ ordenó haciendo rodar sus ojos grises en una mueca de fastidio ─ lady Hellsing sabe perfectamente quien soy, ¡es una cazadora de demonios! Te aseguro que ha estudiado todo sobre mi… ─ me miró expectante, como aguardando escuchar su nombre de mí.

─ Eres el señor de la conscupiscencia y la lujuria… el príncipe Asmodeo …─ pronuncié sin apartar mis ojos de él.

─ … ¡Es un placer conocerla al fin, Lady Integra Fairbrook Wingates Hellsing! …─ una sonrisa sutil y maliciosa desde sus labios delgados ─ ¡la exterminadora virgen de demonios! La última de su estirpe…

─ ¡Eso es gracias a ti! ¡Gracias a la maldición que hiciste caer sobre mi familia!…

─ He cumplido a cabalidad con ella… se puede decir que yo soy…el regente de tu Casa, lady Hellsing ...─ franco, directo y hasta afable, no hizo más que encogerse de hombros mientras que detrás de él, dentro del auto, esa silueta no cesaba de mirarnos. Yo podía sentir sus ojos aún a través de la oscuridad de la cabina.

─ Entonces, si has tenido tanto éxito en destruirnos, ¿por qué vienes a buscarme?, ¿qué es lo que deseas? ─ fruncí las cejas, aferré el rifle en mis manos, con firmeza.

─ Desde la época de tu bisabuelo, hacerme cargo de cada uno de los miembros de tu familia ha sido simple y llanamente una venganza ─ desenfadado ─ aunque no niego que … ¡tener que deshacerme de alguien como usted sería una verdadera lástima!…

Levanté una ceja ante la mirada insinuante del demonio. Una mirada seductora y taladrante. De reojo miré a Walter quien apenas podía controlar su temor, por mi o por él mismo, ¡quién sabe!

─ Lo que sea que tú quieras, seguramente no incumbe a mi mayordomo…

─ He dicho que su mayordomo es un ser de cuidado, ¡no puedo dejarlo ir! …No por ahora en todo caso.

─ ¡Él nada tiene que ver!…

─ ¡El señor Dornez, se queda!…

─ Señorita, ¡no se preocupe por mí! No hace falta ─ Walter aun implorando porque prácticamente me olvidara de su existencia. En ese momento, el lacayo que lo aprisionaba trató de golpearlo con la cacha del arma que empuñaba y rápidamente disparé una bala de mi rifle sobre él, la cual fue a estrellarse en su nuca.

─ ¡No lo toques! ─ dije aun apuntando a aquel que había caído al suelo, retorciéndose, mientras que Asmodeo reía complacido con lo que hice: ─ ¡Fascinante, fascinante criatura!

Con un rápido ademán encañoné al segundo lacayo que gruñó contenido, desde luego, por la autoridad de su Señor: ─ ¡Quédate donde estás! ─ él ordenó marcial, luego avanzó, tomó por el cuello al que estaba en el suelo y lo levantó al vilo con su enorme fuerza ─ ¡nadie pidió que usaras la violencia, cretino de porquería! ¡Levántate en pie y vuelve a tu posición!

Ante mis asombrados ojos y los de Walter, lo echó al piso de nuevo poco antes de que la bala fuera escupida de él, y la horrible herida a sanar: ─ Yo también tengo mis experimentos…uso almas condenadas para mi servicio… ¡otra cosa en común que tenemos usted y yo, milady!

─ No veo porque seguir con esta ridícula charla, señor… ¡haga lo que vino a hacer y terminemos con esto de una vez por todas! ─le miré de reojo, segura que toda aquella emboscada se debía a mí.

─ ¡Espere un momento! No coma ansias, estamos esperando a alguien. Está vez usted no es mi objetivo primordial sino mi carnada ─ Le miré confundida, sin saber que ese momento, a algunos kilómetros de distancia, Alucard tenía una charla semejante─ pero si está dispuesta a aceptar ahora mismo lo que yo puedo proponerle, ¡yo estaría muy complacido! ─ llegó hasta mí, tomó mi mano en la suya y trató de besarla, yo la retiré lo más rápido que pude, y sin pensar ni aguardar un segundo más, desenvainé la espada que rechinó su acero bendito contra la vaina, y la blandí bajo la luz de las farolas eléctricas en ese parquecillo desierto donde fuimos emboscados. Luego hice algo que, hasta la fecha, no sé cómo fui capaz: me fui contra él ante la sorpresa y el horror de todos los que nos observaban:

─ ¡No, milady, no! ─ gritó Walter, ante los entes e incluso aquella oculta en las sombras, que miraban como me jugaba la vida misma en aquella ofensiva.

-oOOo-

Estaba simplemente allí de pie, delante de mí, con las manos metidas en los bolsillos, mirándome apaciblemente, con una sonrisa tranquila. Yo traté de enfocar lo mejor posible la mirada, observé su indumentaria, su estampa, sus símbolos y abalorios, ¡no había duda! Era él.

─ ¡Ha pasado tiempo, Señor de la no-vida!

Y seguía sonriendo al mismo tiempo que mi rostro aún de niño, se suspendía en una mueca seria, desagradada y sí, preocupada, ¡no por mí, sino por ella!: ─ ¡Sí! Han pasado siglos, creo yo…pero no creo que esto deba ser demasiado difícil, ¡no compliquemos más el asunto! Firmemos ese contrato, ¡y acabemos de una vez por todas! Si tenías a los Hellsing pescados por las gónadas no tenías más que decírmelo y ya, ¡no comprendo porque la larga historia! Ahora vamos, ¡qué no tengo toda la noche!

─ ¡Y el Ave de Hermes está a punto de renunciar a la última pizca de libertad que le queda! ─Me reí de lo que dijo, me reí de mí mismo, ¿de qué libertad hablaba? ─ debo advertir que ...si firmas el contrato ─ en ese momento apareció detrás, así, de la nada, un lacayo suyo que llevaba en las manos un libro y un papiro. ─ estás aceptando una servidumbre a mi servicio hasta el fin de los tiempos…

─ Hasta el día del Juicio final…

─ Sí, hasta el día del Juicio… y no es una servidumbre buena, ni fácil, ni agradable…no será igual que con lady Integra.

─ ¿En serio? ¡Ya me comenzaba a hacerme ilusiones!…

Se rio de mi sarcasmo, luego hizo señas a su criado para que me extendiera el papiro, el cual tomé en mis manos. Con el repaso de mis ojos verifiqué que fuera igual a aquella copia que Erzsébet me había dado la noche anterior. Lo era.

─ Todo está en orden. Sólo tienes que firmarlo …y yo …quedaré satisfecho.

El gesto que hizo no me agradó. Era un demonio, al fin y al cabo, y con los demonios nada es lo que parece, nunca es exactamente lo que prometen.

─ Entonces…según esto ─ mis ojos sobre el texto en latín ─ mi servidumbre contigo empieza, cuando se termine mi lazo con los Hellsing… ¿eso qué quiere decir exactamente?

─ Bueno, sólo queda uno y ya, ¡me parece que puedo esperar!… ─ mi obvia desconfianza aumentaba ─ esa familia está por extinguirse, ¡Yo he sido el dueño de su destino por años! ─ un gesto de desprecio, un mohín de satisfacción ─ y me he encargado de ellos uno…por.. uno ─ mi mirada se tensó entonces, no pude evitarlo ─ ¡y ya ves que fácil me resultó con Arthur! Era un golfo licencioso y despreocupado, un tanto cretino y con un alma lo suficientemente perezosa como para apoderarme de ella con tal facilidad…. ¡lo moldee entre mis manos como arcilla húmeda! ─ me sonrió mostrando sus dientes blancos.

Hice rodar los ojos ante el fastidio de los recuerdos: ─ No sé qué tengas planeado hacer con Integra, ¡pero no te será tan fácil!…

─ ¡Lo sé! ─ una sonrisa aún más satisfecha ─ ¡ella es tan fascinante!, ¿no es así? ─ No me gustaba nada su tono de voz, ni su mirada: ─ ¡Claro que si yo la convenciera de ser algo más de mí que una de las tantas víctimas de mis maldiciones pues! ... ¡Se haría acreedora de poderes que incluso escapan a su imaginación!...

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─ …¡De poderes que incluso escapan a tu imaginación!… ─ le decía Asmodeo en esos mismos instantes a Integra, a quien había suspendido con el puro poder de su telequinesia, a un centímetro de que ella lo atacase con su espada bendita. Con el filo de la hoja forjada con acero de las cruces de Canterbury y del Vaticano, a punto de golpear su rostro, ella quedó congelada sin poder moverse ni un centímetro en ninguna dirección. Fue que él trató de seducirla ─ ¡considéralo, doncella del exterminio! Tú como una de mis favorecidas en la Tierra de la cual mi Señor Satanás, por obra del pecado y de la ignominia de la raza humana, es su amo y Señor, ¡serías una señora de señoras entre brujas y hechiceras, entre nobles y políticos! Te sentarías a la cabeza de muchas mesas, ¡serías poseedora de gloria y sabiduría más allá de todas tus fantasías! ─ cada vez más seductor, más convincente ─ ¡podrías hacer tanto el bien como el mal con todo el poder que te ofrezco, podrías incluso salvar a tu estirpe de su trágico fin! Y tan sólo depende de la respuesta que me des ahora…

─ Sólo estoy esperando la respuesta de ella, príncipe Vladilav Tercero… ¡sólo eso!

─ ¡No te creo nada! ¡Integra jamás haría pactos contigo ni con ningún otro demonio!

─ ¡Oh, si tan sólo pudieras verlo ahora! ─ entornó los ojos ─ella se lo está pensando…

─ ¡No es verdad!… ─ replicó el vampiro.

Pero en lugar de estarlo considerando, la joven sólo necesitaba esos segundos de silencio para poder dimensionar y comprender lo que escuchaba. Luego de ello, luego de estar a merced de las tentaciones del príncipe infernal, en la presencia de lacayos; de aquella que miraba todo desde las sombras; de Walter, ella tan sólo se sonrió, ¡así! Aún atrapada en medio del enorme poder del demonio a quien pretendió atacar, congelada como estatua de bronce, flotando en el aire con la espada a punto de dar una estocada, ella se rio, y dijo: ─Antes de eso, ¡preferiría la muerte eterna!

Y la sonrisa ufana del gran príncipe se borró de golpe, para dar paso a una expresión de rencoroso desagrado. Con un tono aún más bajo de su voz, dijo: ─ ¡Pues que así sea! ─sentenció, y dejó que ella cayera al suelo.

─ ¿Qué pasa que ya no sonríes, Asmodeo? ─ preguntó Alucard, sabiendo perfectamente bien que su oferta había sido rechazada por una Integra que no se iba a dejar corromper ─ mi dama hace honor a su nombre, ¡su alma no está en venta! ¡Y lo acabas de ver con tus propios ojos!

El demonio no contestó ni se sonrió más, ahora tan sólo exhaló un suspiro de resignada rabia, y sus ojos grises se clavaron terribles sobre ambos.

─ ¡Pero que terca! ─ dijo al mismo tiempo, tanto a Alucard como a Integra. ─ ¡qué necesidad de complicarlo todo? ¡Les ofrezco poder y lo rechazan! Este mundo le pertenece a mi Reino, ¡nadie puede contra ustedes si nosotros estamos a favor de ustedes! ¡La vida y la muerte de toda la humanidad descansa en nuestras manos, y hacemos de ella lo que se nos antoja! ─ ruin y despectivo declaraba ─ ¡aun así, te esfuerzas en caer en mi ira!

Integra, ya de pie, todavía con la espada empuñada, le miró reflexiva, después de unos segundos, contestó serena e impasible: ─ ¡Hay cosas que ni todo el poder, ni toda la potestad merecen, ni compran!... Y…tal vez la humanidad está bajo el dominio de tu reino infernal, príncipe Asmodeo… ¡pero ni yo soy la humanidad corrompida, ni tú eres el infierno! Aún allí hay jerarquías más altas, ¿no es así?

Ante tal sentencia de la chica que él miraba desde sus ojos iracundos, el señor Asmodeo bufó. No pudo apelar a la vanidad, ni a la ambición, y se descolocó de impotencia al estar deseando tanto algo que no podía poseer: ella. En ese momento el príncipe infernal supo que la de Integra Hellsing era un alma fuerte y poderosa, ¡las cuales eran las más preciadas para él o cualquier otro diablo! Y, sin embargo, paradójicamente, por eso estaban fuera de su alcance.

─ ¡Desearía saber qué es lo que ella te ha dicho! ─ exclamó Alucard en un suspiro ─ tú no puedes tenerla, ¡tal vez yo tampoco pueda jamás! Pero ¿qué problema hay si así lo ha querido Dios, no es así? ─ al decir lo último, Alucard sonrió con ironía y miró al cielo nublado─ ¡ya bastante bueno es compartir una existencia con ella!

─ ¡Ay, por Satán, ya cállate! ─ fastidiado al ver a un ser del mal redimirse por amor, era algo demasiado desagradable como para tolerar.

Sin decir nada más, Alucard tomó de las manos del obtuso lacayo, el libro. Un libro cuyo índice no tenía ni un preciso inició ni un certero final. Uno de páginas tan infinitas como los días de la existencia, que no pesaban, ni estaban físicamente presentes, pero se compilaban allí, archivadas en los eternos anales de la Historia. Unas hojas donde él tenía que escribir su nombre. El servidor le extendió una pluma fuente con la cual Alucard rasgó su piel y con esa tinta de sangre, firmó de su puño y letra.

─No sé porque sospecho que mi nombre ya está entre estas páginas, desde hace muchos, ¡pero muchos años atrás! ─ Asmodeo no contestó, sólo continuaba mirándole enfadado. Acto seguido, Alucard tomó el contrato en sus manos para firmarlo con sangre también. ─ aquí tienes ─ le mostró el documento. El príncipe Asmodeo hizo tronar los dedos, y en ese instante tanto contrato, como libro y lacayo desaparecieron al instante.

─ Creo que hace unos minutos, ¡o ayer! Eso me hubiera bastado… ¡pero ahora no lo creo! De cualquier manera, ya estaba muy aburrido y planeaba tener diversión está noche, príncipe Vlad.

─ No me sorprende, ¡sospeché que no iba a ser tan fácil!…

El demonio volvió a sonreír: ─ Me parece que necesito una catarsis ─ un segundo después desapareció ante Alucard que sin pensarlo un segundo más, se transformó en una parvada de murciélagos que echaron a volar presurosos en dirección a la Mansión Hellsing.

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─ Bueno entonces…si no hay trato ─cada palabra escupía desprecio ─ … habrá diversión. ─ ante su mala resignación, en ese instante aparecieron de la nada, de entre las arboledas que circundaban aquel parquecillo de piedra y mármol, formas aberrantes, demonios viles: unos antropomorfos, otros animaloides, pero todos dotados con la convicción de atacar a matar. ─ como se acaba de dar cuenta, ¡me gustaría tanto verla en acción! A usted y a su adorable sequito, ¡mucho se habla de la ferocidad de la dama caza vampiros y sus fieles servidores! Quiero corroborarlo con mis propios ojos…

Y en ese instante Walter fue liberado justo a tiempo para que se pusiera en guardia junto a una Integra que no iba a ceder…aunque ahora sí sintiera frías gotas de sudor recorrer su espalda al observar esa decena de criaturas dantescas: ─ Sólo algunos de mis muchos, ¡mis innumerables legionarios!, ¡no creo que sean problema para usted! ─ Le escucharon decir al señor de la lujuria, justamente cuando los primeros se lanzaron sobre ellos con terrible violencia y voracidad, ataque que fue repelido por la rápida acción de Walter, quien extendió redes de sus hilos mortales para despedazar a las aberraciones.

─ ¡Milady, huya!

─ ¡No, ella se queda! ─ declaró el señor Asmodeo quien hizo chasquear los dedos y una docena más de criaturas aparecieron de entre las sombras, dispuestas a atacar a Integra con toda la fuerza de su retorcido ser, y a esa docena le siguió otra. Después de unos minutos, ambos estaban acorralados y luchando por sus vidas.

A unos metros, sobre un puente a desnivel por donde a ratos, transitaban los autos, la batalla era observada con atención y expectativa por los tres hermanos efebos que les habían seguido desde la fiesta del colegio.

─ ¡Y esta es la parte difícil de nuestro trabajo! Sólo observar hasta que se nos ordene lo contrario… ─ exclamó aquel de la corbata roja, encaramado sobre la balaustrada del puente.

─ ¡Calma, calma Michael! Los caminos que nos marcan siempre son sabios y certeros. Al no conocer el final de todos ellos, sólo nos resta esperar hasta que sea el momento preciso. ─ replicó el que portaba la corbata blanca.

─ Yo de verdad espero que ese momento llegue lo más pronto posible, ¡entonces lo voy a disfrutar, hermanos! ─ dijo sonriéndose aquel de la corbata color verde, que no despegaba los ojos de Asmodeo el cual miraba el campo de batalla con la complacencia de quien miró alguna vez las brutalidades del circo romano.

─ ¡Qué así sea, Raphael!

Y la vista de los tres volvió a dirigirse donde una Integra cada vez más exhausta, liquidaba a espadazo limpió a las infernales criaturas porque el "Ángel de la muerte" no se daba abasto con la fuerza de sus mortales cuerdas.

─ ¡Señorita, son demasiados! ¡Si al menos pudiéramos pedir refuerzo!

─ Mi pregunta es … ─ por la derecha la espada entró por el ojo de un ciclópeo demonio de fealdad indescriptible, por la retaguardia por un grotesco monstruo como en carne viva. La joven jadeaba de cansancio, y las heridas propinadas por Charles comenzaban a doler de nuev, aún con los analgésicos que se había suministrado mientras aún estaba en el auto ─… ¡¿dónde está Alucard?! ─ en ese instante se sintió sujeta por su ya desgreñada cola de caballo, miró sobre su hombro y vio un demonio femenino sin ojos, por cuya boca asomaban hileras de dientes como dagas, y mientras ella la sujetaba por los cabellos hasta hacerle daño, un demonio más se aproximaba blandiendo una terrorífica cimitarra. Walter no podía ir en su auxilio pues él mismo luchaba con un grupo no menos salvaje, y fue justo allí que una mano atravesó por el pecho al demonio que blandía la cimitarra. Fue en segundos que la joven vio, como aquel era acribillado por la espalda hasta el pecho, y ella aprovechó para dar una vuelta sobre sí y cortar con su espada su propio cabello, y así poder cercenar la cabeza de la demonia. ─ ¡¿dónde estabas?!

Se volvió a preguntarle agitada, ensangrentada por los fluidos de las abominaciones, con el rostro perlando sudor, a Alucard, recién "reconstruido" en su forma de siempre. Él la miro, la apreció regia, aunque estuviera maltrecha y con los cabellos cortados; vistiendo su traje traje negro; blandiendo su espada bendita. Con telepatía, Alucard se disculpó con ella, "¡No te hallaba! Te busqué en la ruta de siempre, ¡pero parece que Asmodeo nos está ocultando de los ojos de los demás mortales ahora mismo! "

─ ¡Rey de la no vida! ¡Al fin! ─ el príncipe infernal sonriente, satisfecho, avanzando hacia el vampiro que terminaba de liquidar a los demonios deformes que a su ama atacaban ─ ¡ahora sí está todo como debe de estar! Vamos a ver si es verdad que sus poderes y su ferocidad con nadie ni nada se le comparan… ─ al siguiente chasquido de sus dedos comenzaron a escucharse pasos de caballo y de otra clase de bestia, mientras que los árboles alrededor de ellos comenzaron a azotarse por violentos aires, y el aullido sin parar de perros cercanos y lejanos.

Walter batallaba aún con los últimos demonios aparecidos, pero tanto entes como Ángel de la muerte, tuvieron que hacer una pausa para observar que es lo que se acercaba. Un expectante Alucard estaba junto a una Integra en cuya mente se repetía: "¡creo que aún no has visto nada!", en el instante en que los cascos del caballo se escuchaban lejanos y sin embargo el dueño de ellos salía de las sombras. Delante de sus ojos, estaba un gran corcel negro de ojos de fuego y aliento de azufre, lo montaba un imponente caballero de regia armadura color rojo sangre; por el yelmo podía verse un rostro apuesto, moreno y barbado. Grabado en el peto de metal, llevaba el símbolo de una serpiente con crótalo de lanza. El rojo caballero avanzó hasta donde Asmodeo. Integra, Walter y Alucard no pudieron más que contemplar a la poderosa bestia de dos metros que el caballero traía encadenada. Se trataba de una con mondas cuencas en lugar de ojos, un rostro de pelada calavera con astas de macho cabrío, quien blandía una grotesca espada casi de su longitud.

─ Su Alteza, el duque Abigor… ─ dijo Alucard fijando su mirada en el jinete del corcel.

─ ¡Prefiero general Abigor! ─ dirigiéndose al rey no muerto. Luego─ …Asmodeo, he traído lo que habíamos pactado, ¡y espero no quedarte a deber ningún otro favor! Asuntos como estos son indignos de mí, así que no volveré a intervenir en persona, ¿entendiste? ─ le dijo de soslayo mientras los lacayos liberaban a la bestia de las cadenas. Ante la queja del duque, Asmodeo tan sólo se encogió de hombros y esbozo una sonrisa burlona, a lo que Abigor replicó: ─ ¡Soy el señor de la guerra! No me comprometas en asuntos menores ─ dijo sujetando la silla de montar y mirando hacia donde Alucard, Integra y Walter estaban ya juntos.

─ ¿Esa es la doncella, el guerrero Dornez…y el vampiro?… ¿el de la famosa apuesta de la que todos hablan? ...Pero, ¡yo lo conozco! ─ lo dijo en un idioma inteligible aún para Alucard. No era latín, ni hebreo, ni arameo, ni egipcio, ni ningún idioma que él supiera que existía en la tierra de los mortales, ¡tal vez alguna lengua totalmente muerta y olvidada en los anales del tiempo! En ese momento, el rey no muerto se estremeció al pensar lo antiguos y terribles que eran aquellos señores del Infierno.

─ ¡En efecto, Abigor! Claro que lo conoces y sí, está la apuesta y aparte está mi asunto con su familia, ¡casi me había olvidado de él! … Hasta que la doncella me invocó sin querer.

─ Entonces es doncella a medias…

Asmodeo tan sólo rio ante la perspicacia: ─ ¡Algo así!… ─ Abigor se encogió de hombros. Al ver que no tenía intenciones de irse, Asmodeo preguntó el porqué.

─ Si ya me hiciste venir hasta el reino de los mortales, pretendo quedarme a ver qué pasa, ¡no niego que me da mucha curiosidad! … ¡yo también he estado estresado con mis ocupaciones!

─ ¡Por eso estoy aquí!... Este caso es muy peculiar como para ignorarlo ─ y no mentían, pues a menudo organizaban conflictos, matanzas y genocidios en la Tierra sólo para su particular entretenimiento. ¡Es más! En esos mismos instantes, mientras el príncipe Asmodeo charlaba con el duque Abigor y veía como aquella bestia de guerra iba a enfrentarse, primera, con el rey no muerto, también asistía a juntas de altos inversionistas; saboteaba a líderes justos; mal aconsejaba a magantes y potentados; hacía caer a esposos y esposas devotas; hacia violar a jóvenes indefensas; tentaba a ministros contra los infantes de su feligresía; desataba orgías y depravación entre pobres y ricos, y toda clase de crímenes de odio, violencia y lujuria aberrantes, todo como parte de su eterna rutina de trabajo, de la cual se relajaba, amenizando su noche al atosigar a la joven Hellsing.

─ Alucard, tú conoces a esta bestia…─ afirmó Walter preparando de nuevo su defensa. Integra se volvió a mirar al vampiro esperando la respuesta que él dio moviendo afirmativamente la cabeza ─ durante la gran guerra, señorita, fue durante la gran guerra ─ agregó el mayordomo para conocimiento de su ama.

─ ¡Durante ambas! ─ puntualizó Alucard sin quitar la mirada impasible de la bestia de guerra. Luego avanzó hacia ella y la observó fijamente: ─ Otro viejo conocido…

─ Invocaste mi presencia en una gran batalla …allende el Este… hace muchos años…Yo y mi amo te hicimos un favor, ¿lo recuerdas! …─ Alucard se volvió a mirar al duque, quien era el único capaz de suministrar esas bestias de guerra, muy superiores en fuerza a los legionarios regulares de las tropas de Asmodeo. El duque a lo lejos sólo sonrió al ser aludido, rememorando aquellas batallas infernales en tiempos de las grandes guerras, lo que para él y los otros regentes del averno, fue una época dorada sin duda. Alucard también recordaba. A su memoria llegaban los campos constreñidos de púas, trincheras, detonaciones y muerte sin fin, en las cuales se encomendó al patrono de la guerra. Igual recordó la fiereza de los campos de batalla plagados de crueldad donde por cientos morían bajo lluvias de balas sobre playas y villas destrozadas, ¡todo ello ganado a favor de su señor en turno! Con favor del duque de armadura roja que era capaz de inclinar la balanza, y que esa noche se presentaba a ese espectáculo.

─ Bueno, creo que por esta noche… ¡ya no somos aliados! ─ sonrió Alucard irónico.

La bestia movió la cabeza negativamente. Todo ello era observado con asombro por Integra, y con cierta reticencia por Walter, quien le dijo a la chica en el tono más quedo que pudo hallar: ─ Señorita, está batalla le concierne a Alucard y a mí… ¡aproveche la distracción y huya! ─ Justo en ese instante, el bélico monstruo dio el primer golpe con su inverosímil arma, y Alucard esquivó y comenzó a pelear. Integra miró la magnitud de la violencia, sus ojos no sabían en qué momento iban a dejar de sorprenderse, y Walter volvió a insistir como para hacerla reaccionar ─ ¡milady, por favor! ─ ella se volvió a verlo y negó con la cabeza.

─ ¿Y de qué servirá? ¡Él me va a encontrar!

Otro golpe de la bestia que Alucard esquivaba, la espada dio contra el pavimento, y el vampiro aprovechó para contra atacar el golpe con la fuerza de su poder golpeando a puño limpio contra el pecho de la criatura para arrojarla contra una estatua romana. Integra tenía que decidir qué hacer mientras su "dragón" era la atracción principal, pero antes de que pudiera decir algo, antes de que Walter le insistiera en que se marchara y escapara hacia la mansión, escuchó en su mente la voz del señor Asmodeo: "¡Claro que te voy a encontrar!"

La joven entendió todo, Walter y Alucard entendieron todo cuando el príncipe ordenó: ─ Lizi, querida, ¡ha llegado tu turno!

─ ¡Al fin ya era hora! ─ dijo ella saliendo de la parte trasera del auto ─ ¡esto ya me estaba fastidiando!

Alucard, a horcajadas sobre la bestia, trataba de asesinarle con la gran espada haciendo uso de su fuerza, hiriendo con la tosca hoja sus propias manos. De repente se detuvo para ver como a unos metros de ellos, la condesa sangrienta descendía aún sobre sus zapatos de tacón, embutida en su sugestivo vestido de coctel. Tenía en la cara una expresión de perversa satisfacción, y en la mano llevaba un gran y terrorífico flagelo que debía ser muy antiguo a juzgar por la apariencia roída y macilenta del mango de madera, del cual caían adjuntas cintas de cuero de cuyos extremos estaban anudados ganchos de metal. Un "gato de nueve colas". Al estar ya en total presencia de todos, tomó el látigo con ambas manos y lo mostró frente a pecho, sin dejar de sonreír con depravación.

─ "¡El martirio de Cristo!" ─ anunció orgulloso el príncipe de la lujuria ─ nosotros, en el infierno, ¡también tenemos nuestras propias reliquias profanas, milady Hellsing!

Y haya, detrás de la balaustrada del puente, el hermano efebo de la corbata blanca sintió que su quijada llegaba al suelo, y los otros dos sintieron algo muy cercano a lo terrenal de las emociones humanas, aferrándose al alabastro hasta hacerlo desgranar, porque era real el sentimiento de indignación al contemplar aquel terriblemente celebre instrumento de tortura.

Walter, Alucard, incluso los lacayos del príncipe Asmodeo, y hasta el duque Abigor quedaron sorprendidos ante la visión de la inicua condesa.

─ Como ya se ha dicho, ¡aquí tenemos a la exterminadora de doncellas, para que se enfrente a la doncella exterminadora! ¡No puede haber algo más adecuado! ─ La joven apenas podía esconder su miedo, pero tuvo que hacerlo para no bajar ni un minuto la guardia. ─ ¡ahora si quieres corre! ¡corre todo lo que más puedas! Te daremos algunos minutos de ventaja, ¿no es así, Lizi querida?

─ Lo que digas, ¡mi Señor! ¡Aunque no niego que ardo en deseos de enfrentarla como se debe! ─ y cortó el aire con su infame arma.

─ Integra, ¡no! ─ gritó Alucard antes de que la bestia de guerra lo tomara por la cara y lo incrustara contra el suelo

─ ¡Señorita! ─ Walter quiso hacer algo, pero en ese momento una cadena se sujetó a su brazo y se lo impidió, tan absortos estaban todos que no se dieron cuenta cuando llegaron al lugar decenas de vampiros.

─ ¡Oh! La Convención de vampiros de Gran Bretaña está aquí, ¡insistieron tanto en unírsenos! ─ declaró el señor Asmodeo al momento de que los nosferatu de ambos sexos se revelaban desde las sombras.

─ ¡Apuesto a que no nos esperaban, señores de Hellsing! ─ escucharon el acento. El ama y su vampiro reconocieron la voz al instante: Era Gulio Cacciatore al frente de su dos hermanos y su pandilla,

Integra miraba todo a su alrededor: Alucard también aún con la cara aplastada por la terrible garra del demonio, contra el suelo, alcanzó a decir: ─ ¡Estás muerto Cacciatore, estás muerto! ¡Te juro pronto vas a desear no haber existido!; Walter amagado por la recién llegada jauría de vampiros; la condesa sangrienta frente a ella, observándola como una fiera mira a su presa; más allá el duque que ya bajaba de su montura y sostenía el negro potro por el bocado, y le decía algo al príncipe Asmodeo que evidentemente disfrutaba del montaje de su espectáculo. Y en ese momento, aferrada a su espada, Integra deseó que todo aquello fuera una pesadilla al instante en que gotas de sudor frío resbalaban por su rostro manchado de sangre suya y ajena. En un momento cerró los ojos "¡si tan sólo pudiera hacer traer refuerzos!" Pensó en sus caballeros entrenados, acuartelados en su mansión, ¡si tan sólo ella pudiera hacer una llamada, ¡una!" …"¡Integra, corre!" Escuchó la súplica o la orden de Alucard en su mente y eso fue lo que atinó a hacer, con toda la fuerza que su cuerpo lleno de adrenalina le daba, pero no antes de gritar: ─ ¡Alucard, restricciones dos, uno! ¡Pelea con todas tus fuerzas!

─ ¡Y así será! ─ dijo antes de levantarse a contra atacar medio transformado en esa masa informe de ojos parpadeantes que golpearon a la bestia hasta penetrar su pecho. Mientras que Walter volvía a la refriega, ahora contra esos vampiros que Alucard y los caballeros de la Mesa Redonda ya planeaban exterminar al domingo siguiente y que ahora cobraban esa venganza por adelantado liderados por los hermanos italianos que no habían visto desde el incidente del club nocturno aquella noche de viernes en la que tantas cosas habían pasado, pero que ahora estaban allí para jugarse su última carta. Y también, diabólica y pérfida, estaba la condesa que daba pasos largos, contoneados, sobre sus zapatos de tacón alto, seguida de varias decenas de vampiras.

─ Tal como lo ordenó mi Señor, ¡esto será cosa de chicas! ─ sonriendo altiva, obscena.

Y un mayordomo junto al Rey de la no vida, que fuera de sí, trataban de librarse de esa batalla para correr en auxilio de su lady, mientras que Asmodeo sonreía al ver a la orgullosa Integra correr por su vida. El duque Abigor, por su parte, no se decidía exactamente que observar: si la pelea del mayordomo con los vampiros, a los cuales lograba neutralizar con el esfuerzo de su extraña habilidad asesina; la del vampiro quien para su asombro veía como la bestia de guerra se regeneraba; o ir en pos de las fieras féminas…Se decidió por lo último echando a andar tomando a su bridón por el bocado, haciéndolo avanzar con trote calmado. Él siempre había dicho que las mujeres eran más salvajes y violentas en batalla, que cualquier guerrero varón, y quería observarlo.

Continuará...

Hola! Estoy de vuelta con la actualización de la cual me tomé tiempo porque no quería dejar fuera ninguna idea, así que por eso tardé casi cuatro meses (ouch!) en decidir que estaba listo, aunque no terminado, pero decidí dejarlo en una parte pues digamos emocionante, la segunda parte de este capítulo ya vendrá, y como tengo las ideas más claras no va a tardar otros tres meses y medio o algo por el estilo.

Ya he contestado a las reviews que me dejaron en el capítulo pasado (lo hice vía PM), los cuales agradezco y aprecio mucho, sus comentarios son importantes para mejorar y/o seguir.

PDT. Algunas preguntas ya son contestadas en este capítulo, otras están a punto de, así que por aquí por aquí nos estamos leyendo.

Sin más por el momento, hasta la próxima ;)