-oOOo-

No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido …

(…)

Procede como Dios, que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora...

P. Palacios

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La última Hellsing

2

Sicilia Cacciatore caminaba junto a la condesa sangrienta, con paso firme y rápido, siguiendo el aroma de la chica Hellsing que hacía el desesperado intento de poner a salvo su vida. Unas cuadras la separaban de su hogar, donde sus tropas entrenadas contra huestes oscuras podrían ayudarla a hacer frente a la amenaza, sus soldados a los que esperaba llegar, pues no tenía otra manera de alertarlos. Había olvidado el localizador en el Audi estacionado en el colegio, no había a la vista ni siquiera un teléfono público, ahora lo único que podía hacer era emprender esa patética huida mientras sus fieras enemigas le dieran oportunidad. Y allí estaba ella, corriendo en medio de la noche, saltando calles, cerradas y glorietas de esa zona residencial donde eran tan pocos y tan silenciosos los vecinos que nadie notaría sus gritos, ¿o era su orgullo aferrado el que no le iba a permitir gritar? Pero cualquier llamada de auxilio iba a ser inútil, pues estaban, como había dicho Alucard, bajo un hechizo de invisibilidad, es decir, bajo un velo que la ocultaba a ella, a las vampiresas, a la demoniza Bathory y a todos los demás de la vista de los mortales. Era pues, como si navegara en el vasto y aterrador espacio sideral, allá donde nadie puede escucharte gritar. Así de poderosa era la magia del Señor Asmodeo.

─ ¿Hasta cuándo le daremos oportunidad de escapar? ─ preguntó Sicilia a la Batory.

─ Sólo un poco más… ¡me gusta jugar con mis presas!

Sicilia asintió, repasando en la mente como es que se habían inmiscuido en todo eso. Cuando Sixtina Lo Guidice se fue de la ciudad, Gulio Cacciatore comenzó a inquietarse más de lo que podía soportar. Todos sus instintos le decían que algo andaba mal. En cierta ocasión, la vampireza había dicho que Londres le agradaba lo suficiente como para no quererse marchar de allí, al menos no en muchos años, entonces, ¿qué es lo que la había orillado a desaparecer de una manera tan abrupta? No tenía que ser demasiado perspicaz para deducir que el motivo era su reciente reencuentro con el rey no muerto, ni más ni menos que el vampiro más importante de su vida, su "creador", su mentor en las sombras. El corazón permanentemente roto de Sixtina no era un secreto ni para Gulio, sus hermanos o cualquier otro vampiro que la tratase. Ver al autor de sus desdichas después de tantos años había supuesto para la italiana, un punto de inflexión, ¡no había duda! Era eso o … ¿acaso había recibido una advertencia de parte del gran vampiro de una posible cacería? ¡No! Gulio quería confiar en ella. De ser, se lo habría contado la tarde en que fue a despedirse, en el escondite que ellos tenían en Gales. Lo anterior por supuesto, no era garantía de que no existieran tales planes de exterminio por parte de "La Organización", no después de que Alucard conociera de la existencia de la Convención de vampiros, no después del escándalo de aquella noche en el club. De modo que Gulio decidió informar a todos los miembros de La Convención. Les advirtió del inminente peligro y decidieron dejar las grandes urbes, esconderse en la campiña y posteriormente marcharse a otros puntos de Europa. Era lo mejor, pensaron ellos, no así para los vampiros oriundos de tierras británicas, quienes mostraron reticencia a huir, y eventualmente fueron capturados. "¡Una verdadera lástima! ¡Una tragedia!", diría Sicilia quien no pudo contener las lágrimas. Sin embargo, consternación no era lo único que se dejaba sentir entre los miembros de La Convención, quienes, animados por la rabia y el encono por recuperar sus no-vidas dejadas en el reino, sólo necesitaban una oportunidad para buscar venganza.

─ ¡Necesitamos una revancha! Pero lo más importante de todo, ¡necesitamos contraatacar! ¡Defendernos! ...¡"Tomar al toro por los cuernos"! ¡Y que ocurra lo que tenga que ocurrir! … ¡Debemos buscar la manera de destruir a nuestros enemigos! ─ Había arengado el vampiro Gulio a todos los demás en la primera asamblea que pudieron tener.

Todos clamaron en casi unánime acuerdo. Para ellos era mil veces preferible morir peleando que amenazados y acorralados como ratones indefensos a merced de los cazadores de la Organización Hellsing. Las grandes preguntas en el aire: ¿cómo?, ¿cuándo? Respondidas oportunamente una noche de viernes durante la madrugada, cuando Lorenzo Cacciatore trataba de averiguar, a través de un viejo "espejo de Lilith", cosas importantes acerca de la Mesa Redonda, de la organización caza vampiros, y de la niña que los lideraba. No bien el vampiro había iniciado con su sesión de ocultismo que, al punto de las tres con treinta y tres minutos de la mañana, escuchó un susurro, una voz a sus espaldas que le dijo en voz cavernosa: ─ ¡Abre, estamos en la entrada! ─ En seguida tres, tres golpes pausados contra la puerta de esa, la casita de la Toscana que los tres hermanos ocupaban desde hacía unos meses, (la misma casita restaurada que los había visto nacer hacía más de un siglo atrás). Lorenzo pasó saliva, su carne de no muerto se enchinó al saber que no era cualquier visita la que le hablaba al hombro, golpeaba su puerta en triada y se presentaba a esa hora de la madrugada espesa. Con cautela se levantó de su asiento, con un calosfrío de miedo fue a abrir, con asombro vio ante sí a un ser de una fealdad memorable, hablarle desde su boca dentuda, y era la misma voz que había escuchado al oído instantes antes: ─ Buenas noches, señor Cacciatore, mi gran amo desea tratar asunto con usted y el resto de sus hermanos ─ le entregó un sobre en cuyo lacre habían los símbolos del flagelo de lanza, la cruz gamada, las formas retorcidas que constituían el sello que el vampiro reconoció inmediatamente. Luego de observar el sobre por unos segundos, levantó la mirada para distinguir un lujoso auto aparcado a unos metros. Con la expresión estupefacta asintió, se retiró de la puerta y llamó a voces a sus hermanos: ─ Gulio, Sicilia… ¡tenemos visita!... Adelante, dile a tu Señor que es bienvenido en nuestro hogar…

Y de esa alianza vino la información de todo el asunto que el diablo Asmodeo tenía con los Hellsing, y ahora se hallaban allí, en esa húmeda noche de verano, dispuestos a luchar hasta su exterminio o vencer de una vez por todas. Lorenzo, Gulio y muchos, muchos otros vampiros de La Convención, aguardaban el momento de pelear, ahora hombro a hombro con fuerzas del señor de la lujuria, quien observaba como la bestia de guerra daba batalla al rey no muerto.

"La Cassull se quedó olvidada en el asiento del auto"… El recuerdo furtivo que cruzó por la mente de Alucard cuando la buscó a su costado. El señor Asmodeo lo había distraído lo suficiente como para omitirla, ahora la necesitaba con premura al mismo instante en que la bestia lo tenía acorralado entre sus descomunales garras. "¡Sé que puedo vencerlo, es sólo que está dando demasiado trabajo!", volvió a pensar.

─ ¡Oh por todos los infiernos! ¡pareces ser una decepción, milord! ¡No vine aquí para esto! ─ gruñó el demonio, y la sangre de Alucard hirvió, y por un momento, ¡sólo por un momento! Tuvo la tentación de hacer liberar hasta el último nivel de su poder, aun cometiendo terrible desacato contra la autoridad de Integra y desatar la masacre y… ¿vencer a todas las huestes que Asmodeo osara enviar? ¿vencer tal vez a otras bestias que el duque tuviera dispuestas? Esas probabilidades eran más que azarosas, no podía saber cuan grandes eran las legiones del infierno, ni cuanta la fuerza de ese demonio príncipe. No podía jugar la última gran y secreta carta si no estaba seguro que iba a ganar, mientras tanto, pudo ver los ojos del vampiro italiano que lo observaba junto a su hermano, cruzado de brazos, satisfecho, ufano de que hubiese aparecido alguien capaz de hacerle frente a él, ¡el rey y Señor de la no vida! Así tuvieran que pagar con su sangre aquellos que caían luchando con Walter, ese ángel de la muerte que enfrentaba vampiros, mientras que su gastado y humano cuerpo escaseaba ya de fuerza.

Por otro lado, estaba ese belono cuya carne, Alucard había estado intentando herir con una cimitarra que había tomado de un demonio ya caído, pero la de esa criatura, parecía hecha de un tejido tan resistente como el más poderoso de los metales terrestres. Era eso justamente, ese ser no pertenecía a ese reino mortal, ni tampoco las armas de su misma naturaleza podían dañarlo, por lo tanto, "¡necesito algo bendito para ganar, ¡sólo eso! Mis poderes son oscuros y esta criatura también, ¡por ello no podremos vencernos! ¡Pero yo tengo la ventaja!" Y pensó en el arsenal bendito que había en la mansión, una idea cruzó por su mente y de repente dejó de pelear para abalanzarse camino a la sede de los Hellsing. No lo había razonado, pero esa era la única y la mejor solución. Se lo hizo saber telepáticamente a Walter antes de tratar de alejarse de aquel paraje de bancas de piedra entre árboles y rotondas, dando saltos inverosímiles, y todos miraron boquiabiertos al no creer que el rey vampiro estuviera retrocediendo.

─ ¡Oh mierda no, esto no! ─ gruñó furioso Asmodeo antes de pretender seguirle la pista ─ ¡si no eres más que eso juro por mi señor oscuro que te voy a aplastar, vampiro!

En esos momentos, en otro punto del vecindario, Integra por fin era acorralada por sus terroríficas perseguidoras. Sicilia lanzó una daga larga justamente cuando la joven corría por entre un parquecito plantado de cipreses. El arma, certera y rauda ─ como que había sido lanzada por una vampiresa de vista agudísima─ clavó la tela de su saco contra la madera lo que la obligó a detener su carrera.

─ ¡El tiempo se te acabó, niña! ¡La "fiesta" va a comenzar! ─ declaró la diabólica diablesa mientras estrujaba el flagelo en las manos.

De nuevo gotas de sudor frío resbalaron por la espalda de Integra al tiempo que rasgaba el trozo de tela para quedar liberada de la daga, desenvainaba de nuevo su espada, y erguida, con aplomo, recibía la atroz amenaza con el mentón en alto y el ceño fruncido. De sus labios no salió ni una sola palabra, pero su mirada todo lo dijo: la amazona británica asintió y sus enemigas creyeron ver en sus sangrantes labios una sonrisa, mas no quisieron creerlo.

Detrás, los vampiros que hasta entonces estaban seguros que pronto harían con el mayordomo un festín, suspendieron su pelea con él, para concentrar su atención en esa retirada tan repentina del gran guerrero vampiro, y tuvieron el impulso de seguir a Asmodeo, a Lorenzo, a Gulio y a los aberrantes lacayos que fueron a seguir a Alucard y al belono.

─ ¡Dejemos de lado al viejo! ─ exclamó uno mientras que el susodicho los miraba con confusión y aturdimiento ─ ¡hay que ir tras el pez gordo!

No bien había terminado de decir aquello cuando una bala certera y bendita le atravesó la frente al dichoso nosferatu, y entonces todos (los Cacciatore, Asmodeo, los lacayos) olvidaron que Alucard se había alejado con el belono sediento de sangre tras él para girar la cabeza y ver, alrededor de ellos, filas y filas de efectivos de Hellsing cortando cartucho, apuntándolos, mientras que el vampiro acribillado se deshacía en polvo. El sonido de un cañón se disparó a lo lejos, el cual Walter bien reconocía. Una bala bendita de plata ya había hecho su trabajo a algunas calles de allí.

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Un silencio incómodo y pesado, como si cada minuto fuera denso como el hierro, reinaba en el interior del Roll Royce de Sir Hugh Islands donde a su lado permanecía su heredero quien no se dignaba a siquiera a mirarlo, clavando su mirada punzante en la ventanilla del auto. Sir Hugh lo observaba de reojo de cuando en cuando. La herida del golpe dejaba una marca amoratada, y un hilillo de sangre escurría por la comisura del labio. El terrible chico no lo sabía en ese momento, y muy probablemente no lo iría a saber nunca, ni cuando él tuviese sus propios hijos, pero ese episodio de los vestidores y sus correspondientes consecuencias, a Sir Hugh le dolían más de lo que el jovencito pudiera suponer, sin embargo, el viejo caballero no iba a ceder ni un solo instante ante la canallada que su hijo se había atrevido a perpetrar, de modo que en lugar de intentar limar aspereza alguna (ni mucho menos pedir una tregua), el caballero atinó a decir: ─ Si Integra quiere poner una denuncia en tu contra, ¡no voy a ser yo quien trate de disuadirla, ni mucho menos voy a rescatarte de las consecuencias que debas afrontar! ─ el muchacho entonces sí se volvió a mirarlo haciendo una mueca enojada ─ ¡lo que has hecho es monstruoso! A reserva de no tener otra palabra para calificarlo… ¿Acaso te sentiste demasiado poderoso al intentar forzar de esa manera a una mujer? ¡Eso no lo hace un hombre, mucho menos un caballero! Integra tuvo toda la razón en eso último que dijo antes de marcharse: ¡te desconozco!

Charles no quería decir nada, no habría dicho nada sino hasta que escuchó esas sentencias de labios de su padre, de él dándole la razón a ella, así que transido de rabia, tan sólo dijo cínicamente: ─ Pues no hay mal que por bien no venga… ¡Mucho gusto, sir Irons!

Hugh Islands miró a su hijo por el rabillo del ojo, conteniendo las ganas de dar la segunda bofetada de la noche, tratando de esconder el dolor que mucho le causaba ver el verdadero rostro de quien había creído un joven ejemplar. Movió negativamente la cabeza y volvió a clavar los ojos al frente mientras veía las luces del tránsito pasar, cuando súbitamente pareció recordar algo: ─ ¡A la mansión Hellsing, por favor!

Charles volvió a mirar a su padre con cierta extrañeza, cuando este tomó el teléfono que estaba instalado en el auto. Su agobio personal casi le estaba haciendo olvidar el asunto de capital importancia que acaecía esa noche, ese de vida o muerte. Con premura marcó un número, tamborileando los dedos largos sobre su rodilla esperó unos minutos la contestación: ─ ¡Buenas noches Theodore! Sí, soy sir Hugh, disculpa la llamada a hora inconveniente, pero… ¿lady Integra, lord Alucard y Walter ya han regresado a casa? ─ el caballero cerró los ojos unos instantes, rogando a Dios porque así hubiese sido. De repente un mohín, un suspiro ─ ¡está bien, Thedore! Muchas gracias… ahora has algo por mí y…da la alarma, busca al comandante de las tropas y por favor, esperen mi llegada, estaré en la mansión dentro de unos minutos más.

Cuando colgó se quedó pensando, luego volvió a tomar el auricular y a marcar otro número…: ─ ¿Shelby? Escúchame bien Shelby…esto no una especie de simulacro…me temo que esta noche… ¡tenemos que hacer la llamada!

Charles escuchaba y miraba todo aquello sin entender, pero, aunque la curiosidad lo carcomía, optó por no decir media palabra. Entrelazó los dedos sobre su regazo y miró al frente, cuando por el retrovisor vio algo que no le gustó, un auto demasiado cercano, al que decidió ponerle más atención, mientras el Roll Royce siguió avanzando por las avenidas libres de tráfico.

─ ¡Por favor, Leonard, date prisa!

─ ¡Lo que ordene, señor!

Pero el auto seguía allí, demasiado cerca de ellos, demasiado coincidente en el camino que los siguió en la desviación que tomaron hacia la mansión, y Charles ya comenzaba a incomodarse, y hasta a preocuparse. Maquinalmente buscó debajo, a la altura de sus pies donde solía asomar la caja de armas que su padre siempre tenía dispuesta, pero ciertamente no halló nada. Ya estaban muy cerca de la casa Hellsing, pero sus ojos no se despegaban del reflejo del auto que iba a donde quiera que ellos. En esos momentos, antes de que tuviera tiempo a nada más, vio algo brillar a la altura de la ventanilla del copiloto, y sin pensarlo, como obedeciendo a un instinto, sacó el arma que su padre siempre llevaba al costado, cortó cartucho y gritando: ─ ¡Agáchate, Hugh! ─ empujó a su padre fuera de la línea de tiro, sobre el asiento, y disparó a través del medallón.

Todo ocurrió en segundos. El joven consiguió frustrar el disparo contra ellos, Sir Hugh, instintivamente se había cubierto la cabeza con las manos al caer los cristales del vidrio roto sobre él, con total desconcierto miró a su hijo, quien aún estaba de rodillas en el asiento y le ordenaba a gritos a Leonard que acelerara todo lo que pudiera. Sir Islands escuchó más detonaciones, escuchaba que su mayordomo y su hijo decían que sus perseguidores le estaban disparando al auto.

─ Leonard, vuelve a marcar a la mansión y diles que tengan lista la reja y guardias, ¡quieren matarnos! ─ El mayordomo intentó obedecer mientras Charles volvía a detonar su arma desde su posición, pero una bala pasó rozando su hombro. El rubio sintió como si algo lo mordiera y lo quemase a la vez, y sin embargo pudo deshacerse del tirador después de que aquel, lograra ponchar uno de los neumáticos del auto …

─ ¡Charles! ─ gritó Hugh cuando sintió salpicar sangre de su hijo sobre su rostro, al mismo instante en que el auto se detenía abruptamente resbalando sobre el asfalto mojado.

─ ¡Estoy bien! A demás ya estamos demasiado cerca, a una calle cuando mucho ─ decía al tiempo que escuchaban a Leonard decirles que había logrado comunicarse con la mansión, y Charles abría la portezuela para salir velozmente del auto con el revolver en la mano, mientras su padre le rogaba en vano que hiciera lo contrario, pero el adolescente furioso y sangrante apuntó a aquellos que descendían del auto mientras vociferaba ─ ¡Oye! ¡Nadie va a matar al viejo excepto yo de algún disgusto! ─ y disparaba sin ningún atisbo de duda, una bala que fue a incrustarse en la cabeza de aquel que venía al volante, pero aún tenía frente a él a otros dos armados que cortaron cartucho, y tal vez, ¡tal vez Charles Islands hubiera muerto allí mismo de no ser porque los tipos fueron abatidos por balas que vinieron detrás del chico: el mayordomo y su padre respondiendo con las armas que había en la guantera. Los perseguidores cayeron con el rostro y el pecho llenos de plomo, y por si hacían falta refuerzos, Hellsing había llegado con media docena de hombres armados

Sir Hugh al ver que el peligro había pasado, suspiraba aliviado y terriblemente consternado por ese atentado que no hubiera previsto jamás y que pudo haberle costado la vida a su hijo, a él o al fiel mayordomo. Con espanto y preocupación se volvió a ver a Charles que miraba la escena con cierta satisfacción, mientras decía escupiendo desprecio: ─ ¡Estúpidos bastardos! ¿Cómo osan meterse con los Islands?

─ ¡Estás sangrando Charles! ─ Sir Irons tocó el hombro de Charles que se empapaba de sangre, el joven volteó a mirar la herida que ardía, luego a su padre.

─ No es nada, ¡sólo me rozó la bala! ─ y sin soltar la pistola dio media vuelta para pasar entre los soldados, y acortar el camino que faltaba hacia la mansión Hellsing. A su paso, algunos guardias y criados de mansiones vecinas asomaban la cabeza para mirar que había ocurrido, mientras el rubio adolescente aspiraba el aroma del piso mojado, de su sangre y sudor confundidos con pólvora. Detrás podía escuchar a los soldados regresando, los pasos de su padre y de Leonard también. Cuando llegaron a Hellsing Manor, Theodore y algunas tórtolas ya los esperaban a la puerta principal de la mansión. Llegaron casi al mismo tiempo: Sir Hugh y Charles.

─ ¡Un médico, tiene que verte un médico! ─ insistía Sir Hugh mientras subían la escalinata del gran pórtico de la entrada.

─ Pienso que con una simple curación será más que suficiente… ─ replicó el joven sin dejar esa actitud indolente, aunque el dolor del brazo fuera cada vez más intenso.

─ Hay una enfermera y un médico de planta aquí, sir Hugh, ¡en los cuarteles! ─ agregó Theodore mientras juntos entraban al gran recibidor. ─ Clarice, lleva a lord Charles donde la enfermería, por favor.

La joven aludida asintió y se apresuró a obedecer: ─ Por aquí, milord ─ con la mano le indicó el camino. Charles asintió y se dejó guiar pues ahora la sangre ya comenzaba a escurrir a través de su ropa hasta el suelo, e iba dejando una senda escarlata detrás de sí.

Detrás suyo, ocurría que sir Irons se dirigía sin titubear al despacho que antes fue de su mejor amigo y ahora de Integra. Como le había contado a sir Pendwood (quien estaba por llegar también a la mansión), necesitaba hacer una llamada. Con aplomo fue hasta uno de los teléfonos que estaban dispuestos sobre el escritorio, en su mano ya manchada por la vejez, entre sus dedos delgados sintió por algunos segundos el auricular antes de levantarlo. Alzó la mirada para hallarse con la de su viejo amigo en el oleó de la pared, luego se dispuso marcar el número que sabía de memoria y esperar a que alguien contestara del otro lado de la línea.

Abajo, Theodore volvía a abrir la puerta para dejar pasar a sir Pendwood que llegaba ante la puerta principal de la casa, usando un pijama que disimulaba con un abrigo color camello. Él había bajado con premura del auto preguntando por Hugh, la ama de llaves le dijo que estaba en el despacho, y como conociera demasiado bien el camino fue casi trotando al encuentro de su amigo que ya colgaba el teléfono para cuando sir Pendwood abrió la puerta.

─ ¡Está hecho, Shellby! ─ Pendwood parpadeó confundido unos segundos, interrogante ─ no tenía otra opción, ¡estoy seguro!…

─ Pero … pero ¿cómo? ¿por qué?

─ Ahora mismo, en algún punto en las calles de este vecindario ─ y señaló en dirección donde ellos podían estar ─ se está librando una batalla que no se podría ganar sólo con fuerzas de este mundo … Shellby… ¡él ha regresado!

─ ¿Quieres decir..? ─Sir Irons tan sólo asintió confirmando las sospechas de su amigo ─ no… ¿pero …?

─ ¡Son muchos detalles! Mas está noche es de batalla ─ le dijo mientras salía del despacho rumbo la salida, donde el patio, en esos instantes ya se organizaba una expedición entera, donde todas las tropas ya habían sido prevenidas y se estaban alistando para salir.

─ … ¡entonces hay que movilizar a las fuerzas de Hellsing! ─ agregó Pendwood yendo tras su amigo.

─ ¡Así es! No sabemos qué tan poderoso es el enemigo ni cuántos son de ellos, además, ¡no cualquier combatiente puede hacer frente a esa clase de amenazas!

─ Te veo y no puedo dudar del verdadero peligro, pero aún me sigue … ¡me sigue sorprendiendo de alguna manera que hayas hecho esa llamada!

─ ¡Shellby, no puedo dejar que Integra perezca a su suerte aun cuando...! ─ se detuvo unos segundos para decirlo ─ Aun cuando ya no se vaya a casar con mi hijo… ─ reanudó su marcha.

─ ¡Pues no, no sería correcto…! … Espera, ¡¿qué?!

─ ¡Es largo de contar! Pero supongo que tengo que explicártelo, aunque tal vez no ahora, ¡hablemos de cosas más prioritarias! … ─ siguieron hasta donde los hombres se disponían a partir ya en formación, esperando recibir instrucciones en la explanada del jardín principal, instrucciones que fueron dadas por su comandante en jefe que a su vez las recibió de un Sir Hugh visiblemente preocupado, que, al momento de despedir a los efectivos: ─ … ¡y recuerden soldados! No es prójimo, ni almas lo que combatirán esta noche, ¡sino entes a los que debemos enviar de regreso al infierno de donde han venido para manchar con su presencia el suelo sagrado de la madre Inglaterra! ¡Y por nuestro honor que no lo vamos a permitir! ─ un alarido contestó la arenga de sir Irons que no recordaba sentirse tan nervioso desde que la fuerza área nazi atacaba Londres ─ ¡Por la Casa Hellsing, por lady Integra, por Su Majestad y por Dios, juren que enviarán a esos entes de vuelta al castigo eterno…Amén!

─ ¡Amén! ─ contestaron todos a coro antes de correr a los camiones blindados que habían de llevarlos en la búsqueda de su ama.

Mientras Sir Hugh le expresaba a Sir Shellby que no había visto a Integra ni a su escolta durante todo el camino, ¡que era precisamente como si hubieran desaparecido de la faz de la Tierra! Que no tenía idea de cómo los iban a hallar, y que seguramente esa invisibilidad era provocada por el poder del diablo en cuestión.

─ Los milagros existen, Hugh ─ le dijo sir Shellby poniendo una mano sobre su hombro y le sonreía con una extraña confianza. Sir Irons no hizo más que mirarlo con incredulidad, deseando creer en las palabras de consuelo de su viejo amigo.

─ De cualquier manera iré, no puedo quedarme aquí tan sólo a esperar, pero ahora… ¡ahora tengo que ver cómo está Charles! ¡Nos emboscaron de camino aquí y recibió el roce de una bala!

─ ¿Los emboscaron?!Dios nos ampare! ─ expresó Pendwood mientras seguía a Sir Irons que ya regresaba a la mansión para preguntar por el estado de su vástago y ordenar que el susodicho no se moviera de Hellsing Manor hasta que él volviera... ¡bueno! Hasta que todos, esperaba él, volvieran.

Mientras tanto, los comandantes de escuadrón pasaban una lista rápida de sus soldados al momento que estos se acomodaban en las cajas de las tanquetas que los llevarían: ─ ¡Stevenson!

─ ¡Aquí, señor! ─ y saltó al camión.

─ ¡Larsson!

─ ¡Presente, señor!

─ ¡Jones!

─ ¡Presente, señor!

─ ¡Williams!

─ ¡Estoy aquí!

─ ¡Brown!

─ ¡A sus órdenes, Señor! ─ Y él capitán estuvo seguro de que nunca había visto a ese tal Brown antes.

─ Rafiel ...─ el capitán levantó una ceja al ver a aquel por cuya careta asomaban unos ojos verdes esmeralda que no se le hicieron muy conocidos, ni tampoco su nombre, sin embargo, por alguna extraña razón no pudo poner objeciones, era como si la vista de ese hombre manipulara su voluntad.

─ Señor, ¡a la orden! ─ asintiendo, el alto soldado hecho un ágil brinco y se acomodó entre los demás.

─ ¡Ylahiah!...¿Ylahiah? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿de dónde has salido tú? ─ el capitán miró con total extrañeza y desconcierto a un joven, jovencísimo soldado que detrás de su uniforme de batalla y la arma que sostenía en las manos, escondía un rostro lozano, de pelirroja belleza andrógina.

─ ¡Le pido una disculpa, capitán! ─ se detuvo antes de subir ─ ¡soy nuevo en este servicio, recién he terminado mi entrenamiento, Señor! ─haciendo el saludo militar con mucha convicción y haciendo algo más: se le quedó viendo al militar fijamente a los ojos, como penetrando en su alma con sus propias pupilas de un extraño color azafrán que se clavaron como agujas hasta que al capitán no le quedó reticencia alguna y simplemente dejó subir al jovencito al camión, sin más objeciones ni preguntas. Dentro, el pelirrojo escondió su rostro detrás del casco con careta, y fue a sentarse junto al otro soldado, ese que se dijo llamar Rafiel y que le cuestionó en un idioma que los demás no entendieron, porque no había cambiado su nombre ni un poco. A su lado, Brown no dijo nada, pero igualmente negó con la cabeza.

Después de un par de minutos, dieron la orden de avanzar y los vehículos blindados partieron en la búsqueda.

─ ¡Nuestro Señor quiera que los encuentren pronto! ─ dijo sir Pendwood jugando con la cruz que llevaba al cuello, mientras los miraban salir a través de las rejas.

-oOo-

─ Tenemos todo el perímetro rodeado, ¡si se rinden ahora recibirán una muerte rápida y piadosa! De otra manera, ¡serán masacrados con brutalidad y sin piedad!

─ ¡Lo mismo podía advertir yo, comandante de Hellsing! ─ se apresuró a contestar Gulio, mientras que Asmodeo mascullaba entre dientes.

─ Pero, ¿cómo es posible que nos hayan encontrado? Tendí fuertes hechizos de invisibilidad y desaparición sobre todos nosotros… ─ de repente una idea llegó a su mente, parecía la única respuesta a su interrogante, y poco a poco levantó la vista como buscando en varias direcciones ─ así que, ¡no estamos solos! ─ había supuesto y ahora estaba seguro de la presencia de otras entidades. Cerró los ojos para tratar de percibir aquellas presencias, sintió las almas de todos los que estaban participando esa noche: las almas condenadas de los vampiros; el alma iracunda de Gulio; la atribulada de Lorenzo; las pusilánimes de sus lacayos; las tremulas pero a la vez valientes de los soldados de Hellsing; la presencia de Abigor llegando donde las vampiresas; el alma llena de tenacidad y coraje de Integra encomendando su batalla a Dios: ─ Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio ut non pereamus in tremendo iudicio─ decía mientras se lanzaba empuñando su acero contra la atribulada y melancólica Sicilia quien parecía defenderse con la alabarda que sostenía, más por obligación que por un verdadero deseo de venganza. Parecía pues, que Sicilia tenía ganas de morir no de vivir. Asmodeo sintió el alma de la italiana, pequeña y absorta en la añoranza de vidas pasadas, apocada ante el ímpetu de la niña quien la atacaba con toda la furia de su espada bendita, ante la mirada ansiosa de Erzsébet que al igual que las demás, esperaba su momento. Cerca, el príncipe infernal también percibió al conspicuo mayordomo Walter quien, aprovechando la distracción, había emprendido la carrera en pos de su ama, sin embargo, el diablo también sintió como la fuerza abandonaba al viejo guerrero. Walter miraba con impotencia el trecho frente a sí, observó sus manos viejas, heridas y cansadas. Estaba manchado en sangre y sudor. Asmodeo percibió su dolor, el dolor de un hombre maduro que ha visto como su cuerpo se niega a responder a sus exigentes demandas, para doblarse implorando por un momento de tregua y descanso. También estaba el alma ardiendo en fuego de Alucard a quien miró aun batallando. Y en esa gran vorágine de espíritus y presencias, ¡había otras más! Unas que escapaban de lo ordinario, las reconoció y llegó a una conclusión: ¡la doncella cazadora no iba a pelear sola esas batallas!

Y allí, justo cuando el señor Asmodeo escuchaba como todos se ponían en guardia para la lucha, abrió los ojos unos instantes para ver y oir a Gulio gritar que ellos, los vampiros de Gran Bretaña iban a morir peleando, pero al mismo tiempo escuchó en la lejanía unas plegarias invocando el poder divino. La oyó clara por espacio de unos segundos, una voz masculina y poderosa que le era muy, ¡demasiado conocida!: ─ ¡Maldita sea! ─ volvió a concentrarse ignorando el fragor, y pudo ver al dueño de esa voz: Estaba solo, vestía las mismas ropas que un mortal, (un traje gris oscuro y una corbata blanca). Oraba con vehemencia y fervor, posado sobre sus rodillas, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas: "Memorare, O piissima Virgo Maria, a saeculo non esse auditum, quemquam ad tua currentem praesidia, tua implorantem auxilia"… ¡Y funcionaba! El poder que invocaba con su oración estaba neutralizando al suyo, así fue como fueron hallados por las tropas humanas. Por reacción, la sonrisa satisfecha que Asmodeo había ostentado al principio desapareció para volverse una mueca contrariada. Así vio la batalla entre los soldados de la doncella y los vampiros de La Convención, donde algunos ya caían bajo balas benditas o bajo el hambre de sangre. Luego se volvió a ver a Gulio y a Lorenzo intercambiando miradas consternadas. El hermano mayor desenvainó una espada que llevaba a su costado y echó a correr para unirse: ─ ¡Lorenzo! ─ gritó el italiano con todas sus fuerzas para hacer reaccionar a su hermano que desenvainó un arma parecida y se lanzó con ferocidad a pelear, intento que quedó truncado cuando recibió una bala bendita justo en la frente, la cual atravesó su cráneo haciendo escupir sangre en todas direcciones, incluyendo el rostro y la fina ropa del señor Asmodeo, el cual vio a Alucard descender de un salto en medio del campo de batalla, empuñando a la legendaria Casull.

─ ¡NOOOOOO! ─ gritó Gulio Cacciatore al ver a su hermano caer al suelo mientras se convertía en cenizas. Todos los demás vampiros hicieron una pausa en su lucha, una donde, sino caían bajo las balas y las hojas bendecidas de los soldados, eran ellos quienes cegaban vidas humanas destrozando, cercenando con su terrible fuerza, mas todos aguardaron unos instantes para ver como un enloquecido Gulio se abalanzaba contra Alucard sin importarle ya nada, a la carga con la espada en la mano, dispuesto a enfrentar su muerte segura.

Asmodeo apenas si lo había asimilado. Estaba tan distraído con la visión de las plegarias que su enemigo estaba haciendo, que había descuidado el momento en que el Rey no muerto había vencido al belono.

Sucedió que, tratando de llegar a la mansión, Alucard fue prontamente interceptado por la bestia quien, como era de esperarse, no estaba dispuesta a dejarlo escapar. En uno de sus grandes saltos, lo alcanzó a tomar por el pie y lo lanzó contra troncos de árboles, que iban siendo rebanados por el mismo cuerpo del vampiro el cual cayó metros más adelante, aturdido por la brutalidad de la ofensiva. Esperando que sus muchas heridas sanasen, Alucard hizo acopio de todas sus fuerzas para seguir avanzando a pie lo más rápido que pudiera, mientras su mente trataba de concentrarse en saber cómo estaba Integra. Intentó en vano de establecer telepatía con ella pues debía estar tan absorta en el peligro que no iba a prestarle atención, y sin embargo la miró correr aún. Luego trató de contactar al mayordomo a quien pudo ver escabulléndose del principal punto de la batalla, y allí, Alucard se dio cuenta que habían llegado los efectivos de Hellsing, lo cual a decir verdad le alivió un poco, pues ahora Walter trataba de hallar a Integra: "¡Walter, Walter! ¡Escúchame!" Y logró que el viejo sirviente le atendiera: "¿Alucard?" "¡Escucha Walter, debes ir donde Integra y ayudarla con esas malditas zorras! ¡No la dejes sola!", "¿Y qué crees que estoy haciendo, vampiro? Es sólo que…". El gran vampiro vio como el mayordomo estaba casi al borde sus fuerzas, como las heridas y el cansancio habían hecho mella en él, "¡Oh maldita sea! No Walter, ¡debes aguantar, viejo!, ¡eres demasiado duro como para darte por vencido! Ella te necesita y yo ahora no puedo ir en su auxilio, ¡no hasta que me libre de esta maldita bestia que resulto más inmortal que yo!" El fiel sirviente comprendió lo desesperada de la situación, sus fuerzas lo abandonaban y aun así estaba dispuesto a luchar por su querida ama quien en esos momentos era detenida por la daga que le había lanzado Sicilia.

La comunicación entre Alucard y Walter se cortó cuando el primero volvió a ser alcanzado por el belono. Lo sintió "morderle los talones", y se escabulló con su increíble velocidad, transformado en sombras, entre la arboleda más espesa de ese parque, sin embargo, la bestia destrozaba todo a su paso, pero el gran vampiro ya recobrándose de las recientes heridas, era más rápido y ágil, y a la vuelta de una pequeña colina, pudo perderle de vista unos momentos, en los cuales escuchó una voz joven pero hasta ese momento desconocida para él: ─ ¡Ey, ey, lord Alucard! ─ al escuchar su nombre, el gran vampiro se quedó tan quieto como le fue posible para corroborar que había oído bien.

¡Señor Alucard, por aquí! ─ frente a él, de la copa de un árbol saltó un joven de extraños ojos color azafrán que venía uniformado con el traje antibalas de las fuerzas Hellsing. Lucía el escudo de armas de la familia en el pecho y en el hombro derecho, llevaba el casco blindado y el rifle en la mano. No, ¡no había duda alguna! Era, efectivamente, un soldado de Hellsing, lo cual le causó el doble de extrañeza.

─ Qu…¿quién eres? ¿cómo llegaste aquí? ¿qué rayos quie…?

─ ¡No hay mucho tiempo para explicaciones, señor Alucard! Mi nombre es Ylahiah ─ se quitó el casco y pudo ver su cabello rojo y ensortijado ─ soy el ángel protector de su ama, lady Integra ─ el vampiro le miró incrédulo ─ y he venido a traerle esto que dejó olvidado lejos de aquí ─ abrió la cremallera del uniforme y extrajo la plateada Casull con cartuchera y tahalí, para extenderla hacia el vampiro. Y fue en ese instante cuando Alucard no tuvo más remedio que creer en la naturaleza "especial" de ese joven, pues si fuera un humano común, no podría sostener con esa facilidad la pesada arma.

─ Ylahiah, ¡gracias! ─ Dando un gran salto para ponerse a levitar, apuntó a la bestia que ya se abalanzaba contra él y disparó certero y directo contra la cabeza una, dos, tres veces hasta que la monstruosidad cayó al suelo convulsionándose con violencia y barriendo todo ante su terrible peso. ─ ¡por fin! ─ exclamó con alegría el vampiro ─ ¡ahora debo ir donde mi ama!

─ Es mejor que ayude a exterminar a los vampiros que amenazan con mermar a los soldados de lady Hellsing, además, ¡si no se enfrenta a Asmodeo, él no desistirá hasta hallarlo para tener esa pelea que él tanto desea, y dicho sea de paso, que está en su destino, milord! Yo iré en auxilio de ella… ─ le aseguró el ángel, mirándolo a la cara para inspirarle confianza.

─ Pe…pero…

─ ¡Confíe en mí!

─ ¿Cómo sé que no eres otro esbirro de Asmodeo?

Ylahiah se rio: ─ Usted juzgue, milord ─ levantándose en una levitación comenzó a perder opacidad, y el vampiro creyó ver, a contra luz con las farolas, la ilusión de un par de alas emplumadas saliendo de la espalda del muchacho, pero además percibió un suave, relajante aroma a flores que se desprendía del joven ─ yo iré con ella, ¡es mi deber protegerla también, fui asignado como su ángel de la guarda!

─ ¿Cómo?, ¿por qué?

─ ¡Se nos asignan a los humanos según su fecha de nacimiento! ─ al ir desapareciendo se encogió de hombros.

Alucard hizo rodar los ojos. Ahora debía decidir entre acatar el consejo del ángel o ir en pos de Integra. Cerró los ojos un momento, "¡Ah rayos! ¿Qué debo hacer? …Walter, ¡Walter!" Tratando de establecer telepatía de nuevo con él, "¡ya voy!" Contestó, y sí, iba en camino, por cierto, con renovadas fuerzas, después de un encuentro inesperado que tuvo con cierto soldado de Hellsing el cual, parecía estar allí casualmente. Al verlo de rodillas, tratando de descansar, el joven uniformado se le acercó y con voz amable le dijo: ─ ¿Puedo ayudarlo, Walter? ─ El mayordomo levantó los ojos para hallarse con unos afables ojos color verde esmeralda, pertenecientes a un rostro sonriente, joven y andrógino. Además, aquel extraño soldado poseía un cabello largo y lacio, anudado en la nuca, y Walter estaba seguro de que una norma de la tropa Hellsing para los hombres, era el cabello bien recortado, sin excusas ni excepciones. Así, un tanto desconfiado, dijo: ─ ¡Estoy bien! Sólo necesito un momento…

─ ¡Creo que necesita un poco más que eso! Necesita una mano ─ y al instante de tomarlo por la muñeca con la mano desnuda, para ponerlo de pie, Walter sintió como una extraña y cálida sensación lo invadiesen y lo reconfortasen de todo pesar. Tanto su cuerpo como su alma parecieron sanar y recobrarse. Ante aquello, Walter nada pudo decir ya, tan sólo se mantuvo en silencio, pensando en ese contacto que duró unos segundos, pero que había sido suficiente.

Cuando el joven soldado lo soltó, él ya estaba completamente de pie. Sin dejar de sonreír, el hombre le dio dos palmadas en el hombro: ─ ¡Espero verlo después, señor Walter! El deber me llama y a usted también, ¡lady Integra no está sola! Y usted debe volver donde el demonio acecha a nuestros compañeros de armas ─ Señaló en dirección de la emboscada, esas palabras, por extraño que parezca, habían sido suficientes para convencer al Ángel de la muerte de que debía regresar hacia el campo de batalla donde acababa de escapar. Luego, el hombre de ojos esmeralda dio media vuelta y se alejó así tan repentinamente como había aparecido. Cuando salió de su extrañeza, el mayordomo no lo pensó más para echar a correr y unirse de nuevo al enfrentamiento.

Y así fue como el príncipe de la lujuria había descuidado la posición de los dos mejores guerreros de Hellsing. Con Alucard no se dio cuenta a tiempo para hacerle frente inmediatamente después del asesinato del belono, e impedirle cualquier otra avanzada o movimiento. Asmodeo se rio de sí mismo, la inesperada intervención divina estaba, después de todo, rindiendo sus frutos. Ahora, aún bañado en la sangre de Lorenzo, observaba como el vampiro Gulio iba directo a su exterminio, como llegó ante el gran Alucard a golpear con la espada, como aquel detuvo la hoja con su propia mano de la cual brotó sangre cuando la arrancó de las manos de su dueño, lo tomó bruscamente por el cuello que casi crujió ante la increíble fuerza de sus largos dedos.

─ ¿Crees que será rápido, Gulio Cacciatore, crees que será indoloro? ¿Después de todos los problemas que nos has causado? ¡No lo creo! ─ Alucard hizo levantar por el aire el tronco de un árbol caído, en seguida lo despedazo con el puro poder de su telequinesis, y de los trozos de madera eligió el que parecía más punzocortante al mismo tiempo que lanzaba a Lorenzo por los aires, justo para hacer que la improvisada estaca atravesara su pecho, y fuera a ensartarse contra un árbol cercano. ─ ¡pero no morirás! ¡Aguardarás allí hasta que todo esto acabe y podamos hablar "en confianza"! ─ le dijo Alucard agitando el dedo índice, mientras que Asmodeo se reía, se carcajeaba al ver aquello que a los demás les había aterrorizado, incluyendo a un Walter cuya llegada pasó un tanto desapercibida, y que hasta sintió pena ajena por la suerte del vampiro italiano.

Ante la mirada estupefacta de todos los demás allí presentes, Alucard se volvió a mirar al gran príncipe diablo con lentitud: ─ Su infernal Alteza, ¿será que ya no hay nada que se interponga entre y tú y yo para que hagas lo que viniste a hacer?

─ ¡No, lord Alucard! ¡De hecho por un momento pensé que el gran evento de la noche no llegaría! El preámbulo fue un poco largo…

─ ¡Esa bestia me dio trabajo, es cierto! Pero finalmente descubrí como acabar con ella… ─ mostrando la Casull, la guardó en la funda que traía al costado.

─ ¡Ya lo creo! ─ expresó Asmodeo con cierta ironía, sabiendo muy bien con ayuda de quien, el vampiro había obtenido su arma ─ bueno, ¡conmigo tal vez sea inútil usarla! ¡Porque no hay punto de comparación entre ningún oponente que haya tenido en toda su vida, mortal o vampírica, y yo! ─ y en el rostro se le dibujó un gesto ufano lleno de terrible maldad.

─ ¡Entonces estoy ansioso! ¡Realmente estoy muy aburrido de siempre ganar en todas mis peleas!

─ ¡Oh! Le aseguro que esta vez tendrá razones de sobra para entretenerse, y, ¡no lo sé! Puede que hasta llegue a ser esta, su última noche en el mundo de los mortales porque llevaré su alma a los abismos del averno para su eterna esclavitud, mas si sobrevive, si me gana la pelea… ¡romperé su contrato con mis propias manos!─ la mirada del Señor Asmodeo era tan siniestra que calcinaba, su sonrisa tan pérfida que calaba hasta los huesos, y entonces los aún participantes de la batalla: soldados y vampiros, no pudieron sino sentirse un tanto fuera de lugar durante esos instantes, al contemplar el preludio de un enfrentamiento entre un gran príncipe de los infiernos y un rey de la no vida el cual suspiró encomendando todos sus pensamientos a su dama, y considerando que esas, como había Asmodeo amenazado (y no en vano), realmente podrían ser sus últimas horas de existencia sobre la Tierra. Ante tal expectativa, un solo pensamiento atravesó por la mente de Alucard: "nunca he suplicado por tu piedad, ¡y no lo haré ahora! ¡Hágase pues… tu voluntad!"

─ ¡De que es un buen trato, es buen trato!

Con un solo mohín hacia sus lacayos, estos les llevaron dos magnificas armas medievales: espadas bastardas. Una la tomó Asmodeo, y la otra fue arrojada a la mano de Alucard.

─ De príncipe a príncipe… ¡en guardia! ─ el rey no muerto, sosteniendo en sus manos la filosa arma, evocó los tiempos lejanos en los que comandaba los ejércitos de su país. Ese antiguo guerrero que un día fue, en realidad nunca había desparecido.

En ese lapso, Asmodeo volvió a chasquear los dedos y nuevas legiones de sus abominables soldados aparecieron ─ ¡está noche será la ruina de las tropas de la doncella cazadora! ─ y sin ningún otro preámbulo, se lanzó a atacar, estocada que Alucard detuvo con su propio acero, sintiendo la terrible fuerza bruta que el demonio poseía, en verdad, ¡cómo ninguna otra que hubiera confrontado!

─ ¡Tienes el honor de pelear cuerpo a cuerpo con un demonio de alto linaje, príncipe Vlad III! ─ dijo volviendo a lanzar otro golpe con el arma, y Alucard a detenerlo, y otro, y otro más hasta que estuvieron en un verdadero duelo.

Ahora ajenos a ellos, los vampiros de La Convención que habían sentido que la moral los abandonaba, sintieron renovadas sus motivaciones con los refuerzos que el señor de la lujuria acababa de enviar. El comandante de Hellsing quien había ya presenciado muchas cruentas cacerías de vampiros, no daba crédito a las dantescas criaturas que sus ojos veían. Estaba a punto de ordenar retirada para tratar de salvar las vidas de sus hombres, cuando escuchó a sus espaldas.

─ ¡No te rindas, capitán! ─ era Walter que negaba con la cabeza ─ tenemos posibilidades de ganar, ¡no estamos solos!

─ ¡En nombre de Dios Nuestro Señor y de la Santa Madre Iglesia Católica, hemos venido a pelear! ─ escucharon en ese instante.

Todos voltearon a mirar a su alrededor y se vieron entre una formación de sacerdotes e incluso monjas, armados hasta los dientes. Iban portando rosarios y crucifijos al pecho, lo mismo que espadas, mazas, hachas, rifles, pistolas.

─ ¡Somos parte de Iscariote, la sección XIII del Vaticano, y hemos venido a presentar batalla! ─ dijo un sacerdote, el que lucía con más rango y experiencia que los otros ─ Soy el padre Giorgio Morelli, mi capilla y mi ministerio están en este reino protestante, sin embargo, su organización ─ mirando a Walter y al capitán ─ y nosotros tenemos un objetivo en común, ¡exterminar a toda fuerza del infierno! Y por ello, estamos cumpliendo con el pacto que tenemos entre ambas divisiones, el cual se hace cumplir sólo en condiciones de extrema necesidad…

─ ¡Cómo está! ─ exclamó Walter.

─ ¡Así es!

─ ¡Entonces en guardia, padre! ─ exclamó el capitán.

─ ¡Pero desde luego! En nombre del padre ─ desenfundó unos largos cuchillos gemelos ─ del hijo ─ señaló al enemigo en formación frente a ellos ─ del Espíritu Santo… ¡Amén!

─ ¡AMÉN! ─ gritaron al unísono, religiosos y soldados y se lanzaron a la pelea en lo que resultó en un choque brutal entre ambas falanges: la que luchaba en nombre de Dios y de la madre Inglaterra, y la que luchaba en nombre del infierno.

Entre tanto, el duelo de Alucard y Asmodeo se hacía cada vez más álgido y violento, hasta el crítico punto en que, mientras el vampiro batallaba por imponer su defensiva, Asmodeo reía divertido golpe tras golpe de la hoja de su arma. "¡Si tan sólo pudiera verte Integra, una vez más antes de marcharme!" Así de probable sentía la derrota en esos momentos.

En el campo de batalla nadie de entre los "guerreros de Dios" o los "guerreros del diablo", se percataron de un combatiente en especial, uno alto, espigado que iba armado con una magnifica y poderosa espada falange, plateada, cuya hoja fulminaba en segundos el cuerpo de los impíos a penas los tocase, y que era superior en fuerza y habilidad a todos los demás pues destrozaba demonios y vampiros con gran eficacia, abriendo paso para quienes peleaban hombro a hombro con él, sin embargo iba camuflado al portar el uniforme gris oscuro de Hellsing.

Calles más adelante, otra confrontación tenía lugar, una donde una chica adolescente luchaba con toda su habilidad y fuerza hasta hacer retroceder a la vampiresa Sicilia, quién en un punto de la pelea, recibió un terrible tajo en la espada que no iba a sanar pues había sido asestado con acero bendito. Sicilia cayó al suelo gimiendo de dolor, Integra, sin sentir ni un ápice de piedad, estuvo a segundos de rebanar su cabeza con otro golpe de la espada, cuando sintió el lacerante e inenarrable dolor del "gato de nueve colas" sobre su omóplato derecho.

Con un grito ahogado y la carne sangrante entre los girones de su ropa, se volvió rápidamente para interponer su espada ante un nuevo golpe que la impía condesa trató de asestar.

─ ¡Perra, me has atacado por la espalda! ─ gritó Integra

A unos metros, el duque Abigor hizo una mueca de desprecio al ver aquel golpe a traición. Él, eterno guerrero, creador de la guerra y todas sus estrategias, también sabía valorar y alentar a los grandes combatientes, ¡los más valientes y osados! Distinguiéndolos de los asesinos cobardes y ruines, como consideraba era Erzsébet Bathory, quien por toda respuesta, sólo se carcajeo del reclamo, tratando de desenredar las correas de cuero de la ferviente espada Hellsing, halando por el mango el infame flagelo con todas sus fuerzas mientras que Integra halaba su arma, sin embargo la fatiga y el dolor de sus heridas mermaban sus resistencia, y en un fatídico instante, con angustia vio como la espada era arrancada de sus manos sudorosas para ser arrojada por los aires entre las "nueve colas". Escuchó la hoja rebotar varias veces contra el suelo y escuchó las correas silbar en el aire. Como un auto reflejó cubrió su rostro con ambos brazos esperando recibir el cruel azote, cuando algo inesperado lo detuvo.

─ Pe… ¡¿pero qué demonios estás haciendo, vampira estúpida?! ─ escuchó como Erzsébet gruñía estupefacta─ ¡vamos, quítate de enfrente, idiota!

─ ¡No! ¡No condesa, no me voy a apartar!

Integra entonces abrió los ojos poco a poco, quitó de su rostro los brazos y se halló ante la visión de una nosferatu a la que reconocía aún de espaldas, la cual había detenido el golpe del gato, con el poder de su telequinesis: ─ ¡Sé que debería hacerlo, que debería apartarme! ¡Es más! ¡Debería, tal vez, disfrutar esta masacre! ¡pero no puedo! ¡No soy una malvada, ni soy una mezquina! ─ su voz se quebraba desbordada por quien sabe cuántas emociones, y se negaba a bajar la guardia.

─ ¡Maldita traidora! ¡Yo sabía que no podíamos confiar en ti y se lo dije a Sicilia! ─ señaló con la mirada donde la susodicha yacía inconsciente en el suelo ─ ¡mira lo que ella ha hecho! ¡mira lo que ella hace con los de tu clase! Apártate y déjame darle su merecido a esta mocosa de mierda (la cual aún no podía creer que alguien hubiera venido a ayudarla, ¡mucho menos ella!)

─ ¡He dicho que no! ─ y haciendo un esfuerzo por maximizar el poder su telequinesis, logró arrebatar el flagelo de manos de la condesa, arrojándolo muchos metros lejos de ella. Bathory se volvió a mirarla iracunda y dijo a las demás, arrastrando las palabras: ─ ¡despedácenlas!, ¡a ambas! ¡Acaben con Integra Hellsing y Sixtina Lo Guidice!

Todas las vampiras de La Convención obedecieron en el acto, echando a andar con intenciones asesinas, armadas de sus mazas, dagas, hachas, lanzas y otras infames armas.

─ ¿Por qué?, ¿por qué me estás ayudando? ─ preguntó Integra a Sixtina.

─ ¡No lo sé! ─ le dijo volteándose a ver a la joven rubia en cuyos ojos pudo adivinar que ya no era la misma doncella que vio en el Puente de la torre aquella noche después de la persecución. En cuyos ojos adivinó que entre ella y su amado vampiro se había establecido un vínculo irrompible, lo cual volvió a estrujar su corazón ─ ¡No sé porque no permito que la condesa te haga pedazos, así que no me preguntes porque estoy de tu lado está vez! … Debería, de hecho, ¡matarte yo misma! …─ "¡sólo para ver cuanto él sufre!" Lo pensó, no lo dijo, pero había algo en el último resquicio de su alma que se lo impedía, como un deseo vehemente de descanso y redención tal vez, la cual no llegaría si masacraba a una niña humana de diecisiete años, por muy cazadora que fuera, ¡por muy dueña del amor que ella tanto había anhelado! Así, lo que sí salió de sus labios fue una llamada a las armas ─ ¡Ahora es el momento, mis señoras!

Y de repente, de entre las sombras de la noche aparecieron envueltas en sus blancos y desgarrados sayos, un par de docenas de fantasmagóricas mujeres, lideradas por la anciana bruja irlandesa del bosque, que Integra hubiera visitado semanas antes.

Al ver a las Banshees, las vampiresas se detuvieron en seco, reconsiderando su ataque. Erzsébet apenas si podía dar crédito, resoplando iracunda desde su impotencia. A lo lejos, el duque sonrió para sí. ¡Aquello era más de lo que hubiera podido esperar de una gresca en tierra de mortales!

─ ¿Bruja Drea?

─ ¡Reina Aine! ─ ufana le corrigió la anciana que en esos momentos tomó su verdadera forma: una banshee, una imponente y magnifica, que hablaba desde el eco de su voz. ─ y dime ¿te sirvieron los huesos de tu abuelo Abraham? ¿Hablaste mucho con él en la oscuridad? ─ Integra tan sólo asintió como si fuera una niña pequeña, y desde su asombro pensaba "¡Así que era verdad!", recordando todas las fantásticas historias que se contaban acerca de esa ermitaña del bosque.

Mientras tanto Sixtina, sin voltear a ver nadie más, respondía las miradas asesinas de Erzsébet. ¡Sixtina que esa noche se jugaba lo poco que le quedaba, lo último para tratar de liberar su alma!

Integra, tratando de analizar todo, volteó de soslayo y se halló con la banshee que varias veces había visto rondando la mansión, la que vio ayudándola con el demonio de las tres de la madrugada, y supo que era la guardiana ancestral de la extinta noble estirpe de Walter.

─ ¿Tú lograste esto? ─ la joven rubia le preguntó a la espectral criatura.

─ No lo habría hecho sin …otras intervenciones. ─ respondió, Integra la miró confundida. ─ También fue una petición de la vampiresa Sixtina, ella nos invocó una noche para hablarnos de los planes del príncipe Asmodeo … ─ agregó. Integra suspiró mirando a Sixtina con agradecimiento y cierto cargo de consciencia.

─ ¡Mis Banshees, mis leales guardianas, ha llegado el momento de responder al llamado! ¡Peleemos! ─ declaró la reina Aine, y la heredera vio como estas se abalanzaron contra las vampiresas.

─ ¡Son ellas o ustedes, siervas de la oscuridad! ─ gritó Erzsébet ─ ¡no se rindan! ─ desenvainó una espada estoque, mientras que Integra, ya algo desesperada, intentaba hallar la suya, pero no tuvo que buscar mucho más, pues alguna desconocida fuerza estaba haciendo levitar el arma hacia ella, colocándola punta abajo, girando sobre sí misma a la altura de su pecho, lista para ser empuñada. La joven Hellsing la tomó en su mano derecha, se volvió a mirar donde el duque Abigor asintió en lo que ella creyó ver una sonrisa.

─ ¡Pelea doncella! ¡pelea por tu vida… hasta el final! ─ susurró el general de los infiernos mientras observaba como ella de nuevo, a pesar de sus heridas, de su cansancio y de la sangre que manaba por su cuerpo, se lanzó con todo brío a luchar contra la condesa asesina.

─ ¿Por qué la has ayudado tú? ─ preguntó Ylahiah quien en esos momentos se materializaba y colocaba junto al duque.

─ Porque es una auténtica guerrera… ─ el pelirrojo ángel le miró con una mueca de incredulidad ─ ¡a mí me agradan mucho los guerreros! ¡Sean del bando que sean! Además…quiero ver que alguien le patee el culo a Erzsébet Bathory, ¡esa asquerosa advenediza!...

─ ¡Si lo dices, es que ya lo has visto en tu mente, que por algo ves el futuro de todo y todos! ─ Abigor miró al ángel de reojo, pero no dijo más.

─ ¡Ordena a tus vampiras que retrocedan o este será su fin! ─ gritó Aine a la Bathory quien sin perder atención a su ofensiva tan sólo contestó.

─ ¡Su destino nada me importa! Si han de morir, ¡que mueran!

La reina banshee quedó un tanto desconcertada ante la indolente respuesta, después se volvió a mirar ese pequeño campo de batalla donde las fantasmagóricas entidades destrozaban cráneos, corazones y cuellos de las nosferatu, hasta el punto en que una de ellas gritó:

─ ¡HERMANAS, RETIRADA! ─ estaba ya mal herida por las terribles garras de las enemigas─ ¡larguémonos de aquí!

Al ver aquello, Erzsébet cesó la pelea, y ambas, Integra y condesa se quedaron mirando aquella rendición. Rabiosa, la diablesa iba a volver a atacar a Integra aprovechando la distracción, pero le fue impedido por una extraña parálisis que la banshee de la mansión, provocó en la mujer, la cual quedó suspendida como si de piedra estuviera hecha.

Así, las vampiras que seguían con vida dieron media vuelta para echar a correr y salvar sus no-vidas de los espectros femeninos que trataron de perseguirlas antes de recibir una orden contraria

─ ¡Alto! ¡Deténganse, hijas mías! ─ la reina se elevó en el aire, rodeada de sus largos cabellos y los girones de su vestido, para ver desaparecer entre los árboles y la noche a las vampiresas. La banshee de la Casa Dornez se acercó a ella en actitud interrogante, la reina la miró a los ojos ─ nuestra misión ha terminado…A ellas el destino y el tiempo… ¡ya las atrapó! Serán perseguidas y serán cazadas hasta su exterminio, pero no por nosotras, ¡no está noche! ─ Luego, se volvió a donde Integra estaba ─ ten claro, lady Hellsing, que esta ayuda es muy inusual, ¡nosotras no intervenimos en los asuntos de los mortales a menos que sea en casos de extraordinarias circunstancias! Ahora tienes legiones del infierno tras de ti y los tuyos, legiones que han transgredido los estatutos de ambos reinos sólo para estar contra ti esta noche... La banshee O'Dornez, la hechicera Sixtina, y otros tenían sobrados motivos para pedir por nuestro auxilio, pero ahora nuestra misión llega a su fin, debemos retirarnos.

─ No tengo manera de agradecer o pagar el favor que me han hecho, ¡han salvado mi vida! ─ expresó Integra sin poder ocultar su emoción. La Banshee tan sólo asintió con la cabeza. ─ Si llegase a existir un momento o circunstancia en la que pueda devolver el favor, si eso fuera posible, ¡no duden en pedirlo! Aunque yo no sea más que una mortal…

─ No podríamos dudar de su gratitud, lady Hellsing, ¡el destino de muchas almas está y estará a su cuidado! ─ contestó la reina mientras tocaba uno de los hombros de la chica ─ cuide de esas vidas, nosotros cuidaremos de los espíritus, ¡mientras tanto! Es hora de marcharnos… ¡hijas mías! ─ levantando la voz para que recalcar su orden, las demás asintieron y fueron difuminándose lentamente entre el viento de la noche y la lluvia que de nuevo comenzó a caer, y al desaparecer todas ellas, la magia sobre la condesa fue retirada, y no dudó ni un segundo en continuar su pelea con la joven heredera.

Ylahiah comenzó a decir una plegaria para dar fortaleza a la joven. Lo cual, había sido su trabajo y deber desde el principio de los tiempos: sembrar tenacidad y fortaleza en el corazón y el espíritu de sus protegidos. ─ señor, de tu mano ningún mal ha de alcanzarme... ─ en esos instantes, Integra comenzó a repetir la plegaria del ángel, en una extraña sincronía que iba borrando dudas o incertidumbres: ─ …a través de las sombras caminaré y saldré victoriosa. ¡A tu divina voluntad encomiendo mi espada! ─ la condesa sangrienta frente a ella, se había descalzado y estaba lista para levantar la guardia y lanzarse a golpear.

─ ¡Reza! ¡Reza todo lo que quieras cazadora malnacida! ─ y mientras lanzaba el primer ataque, reía, e Integra se defendía con el ímpetu que las oraciones de Ylahiah le proporcionaban.

Apartada de la pelea, Sixtina Lo Guidice sentía escurrir en sus mejillas sus propias lagrimas resecas que se evaporaban como el agua en ebullición. Hundida en un océano de tristes pensamientos, había contemplado el quasi exterminio de sus hermanas vampiras, exterminio ante el cual ella no había hecho nada por evitar o paliar, sino instigarlo. Apretando con fuerza los puños, pidió perdón a su hermandad esa noche deshecha: "¡pero no voy a actuar bajo las órdenes de alguien tan ruin como la condesa sangrienta!" Suspirando pesadamente, se volvió a mirar como Integra lanzaba una estocada a Erzsébet, cuando está la esquivó, de su cinto sacó una daga y infligió una gran herida al brazo derecho de la joven rubia, la cual no pudo evitar soltar la espada de nueva cuenta. La risa cruel de la demoniza se dejó escuchar mientras trataba de golpear una segunda vez, ahora con la espada, golpe impedido por la misma Integra que había sacado de su tobillo la daga que antes había tenido en el peinado. Erzsébet asestó de nuevo, Integra hábil, volvió a frustrar el golpe con el arma corta sostenida por el tembloroso y ensangrentado brazo derecho, y con la mano izquierda desprendió el punzón anillo que llevaba oculto en el dije al cuello, para clavarlo con destreza en el pecho de la condesa la cual lanzó un alarido, y entonces Integra, con el mismo punzón, golpeó el brazo que sostenía la espada, con toda su fuerza para desarmarla también. La malvada mujer sucumbió ante el dolor de la herida con un grito, sin embargo, ella poseía una ventaja sobre Integra: podía sanar de sus heridas, lo que comenzó a ocurrirle. Integra miraba su ropa empapada de su propio carmesí, y como su cuerpo comenzaba a protestar ante semejantes circunstancias. Con la vista empañada por las gafas sucias de sudor, agua y sangre, trató de buscar la espada Hellsing, de nuevo, el duque le ayudó a recuperarla de nuevo, y otra vez vio el arma flotar hacia ella, mientras que sus labios pronunciaban: Angele Dei, qui custos es mei, me tibi commissum pietate superna: hodie, hac nocte illumina, custodi, rege, et guberna…

─ ¡Vamos, lady Hellsing! ─ mascullaba entre dientes el duque viendo como la condesa había tomado del suelo, de entre las cenizas de las vampiresas exterminadas, una "estrella del alba" dotada de fieros punzones. Cuando se percató de la flotante espada Hellsing, no tuvo que ser demasiado deductiva para volverse a mirar a Abigor; al ángel que estaba junto a él en concentrada y profunda plegaria; y luego a la joven rubia recibiendo por segunda vez su más poderosa arma.

─ ¡Maldito seas, Eligos! ¡Estás ayudando al enemigo!

─ ¡Tu enemiga, querrás decir! ¡Yo nada que tengo que ver!

─ ¡Si no tienes nada que hacer deja de auxiliarla!

─ Pero ¡¿quién carajo te has creído que eres, mujerzuela?! ¡Tú no posees el rango ni la autoridad para ordenarle al gran general del infierno, que es lo que ha o no de hacer!

─ ¡Esto es una traición!

─ ¡Silencio perra! ¿Traición a quién? ─ Abigor observó como los labios de la condesa temblaban de indignación, entonces volvió a montar su negro potro que en esos momentos, percibiendo el enojo de su amo, desplegó sus alas membranosas y levantó un bajo vuelo, y el demonio general dijo ─ ¡serás una de las innumerables rameras de Asmodeo, pero en lo que concierne a mí, te he despreciado desde el día en que llegaste al averno! ¡No eres una guerrera! ¡Eres una sucia asesina de seres indefensos!, ¡una que mataba por frivolidad y mera depravación con ayuda de cobardes esbirros!, ¡no matabas por defensa, honor o valentía! ¡Sino por estúpida vanidad, mientras tu esposo se jugaba la vida en los campos de batalla!... ─ la condesa ya no pudo decir más nada ante esas brutales verdades ─ y para ser sincero, ¡estoy podrido ya de que entes como tú ensucien todo a su paso! ¡Y Asmodeo! ¡No hace más que mancillar el sacrificio de los valientes en las guerras, cuando los instiga a cometer las bajezas que él bien sabe! ─ El duque era así. Para él la guerra era un arte, ¡su arte! Su invención, su gran obra que siempre se veía manchada por las atrocidades colaterales que, como había dicho, eran causadas por el príncipe de la lujuria, a quien más de una vez había considerado el gran lastre del cual no podía deshacerse.

Erzsébet, encolerizada, quería exclamar una y mil cosas, pero no podía más que temblar en su propia rabia la cual había sido útil para distraerla lo suficiente y que Integra se acercase mucho, sin dejar de pronunciar en voz queda : ─ Ancte Michaël Archangele, defende nos in proelio ut non pereamus in tremendo iudicio ─ animada por la fuerza que Ylahiah le proporcionaba en su plegaria, gritó ─ ¡en guardia!

Erzsébet volteó, pero era demasiado tarde. Inútilmente trató de lanzar el golpe con la "estrella del alba" que sostenía su puño derecho, porque Integra lanzaba una estocada contundente y feroz que cortó al fondo su cuello. Luego empujo la espada como si cuchillo fuera, y a dos manos, la hizo atravesar el pecho de la impía, justo delante de la brida del corcel alado. Cuajarones de sangre escupieron las venas de la condesa, los cuales nublaron la vista de Integra, que no lo pensó dos veces en arrojar las gafas que por milagro aún conservaba. Luego, Integra arrancó la espada de la carne de la Bathory que enseguida cayó de espaldas, convulsionándose y vomitando cuajarones de sangre. Espectáculo que hizo reír a Abigor, el cual la contempló desde la montura del corcel que iba y venía alrededor de ellas. Integra la observó unos momentos, luego miró al cielo nublado, volvió a empuñar la espada, y está vez la clavo procurando que atravesara el corazón de la demoniza, hasta que el acero se hundió contra el piso.

En el segundo en que la terrible mujer sintió el arma bendita atravesar su corazón, se quedó quieta, con la jadeante boca abierta y los ojos desorbitados mirando al rostro asqueado de Integra sobre ella. Integra que entrecerró los ojos para sentir el fresco del viento y la lluvia en el rostro bañado en sangre, sudor y suciedad. Olfateó el olor a humedad, a pólvora, hierro y muerte. Luego vino el sonido de truenos; las carcajadas divertidas del general Abigor diciéndole a Erzsébet el gusto que le daba verla así, derrotada por la habilidad de una genuina y digna guerrera, y la tentación que le producía darle otra paliza con la fuerza de su lanza: ─ ¿Has visto que no es tan fácil cuando atacas una espada experta y no la debilidad e indefensión? ¡Ya has hecho la diferencia, perra! No eres una contendiente, ¡eres una vulgar y cobarde asesina!

Integra levantó la vista, borroso a la distancia pudo distinguir a Ylahiah que ahora descansaba de rodillas la plegaria con la cual la había proveído de la fortaleza necesaria para terminar la pelea. Y si ella hubiera podido, habría apreciado como su propio dolor físico y su fatiga, eran padecidas por el ángel quien ahora estaba casi tan cansado como ella. Pero una vez roto el vínculo, la chica sintió que no podía más y sus piernas se doblaron para hacerla caer al suelo. Lo siguiente sucedió en un instante: el duque se agachó asiéndose de su montura para atajarla, cuando una alabarda pasó rozando su hombro, Integra gritó antes de que el duque la pusiera sobre el lomo del caballo cual, si fuera una muñeca, y virase los ojos para ver de dónde había provenido el arma: Era Sicilia Cacciatore quien, haciendo uso de sus nimias fuerzas, había intentado liquidar a la joven. En vez de eso, Sixtina se plantó delante de ella, extendió los brazos y dijo:

─ Si quieres la satisfacción de una venganza, no la busques en la cazadora, ¡porque no ha hecho más que su trabajo, lo que nació para hacer! ¡Satisface tu vendetta sobre mí! ¡yo soy quien los ha traicionado! ¡Yo invoqué y rogué por la ayuda de las banshees! ¡Lo hice, y no estoy arrepentida! … Por eso… ¡Ya no merezco existir!

Integra semi inconsciente, Ylahiah y Abigor vieron como Sixtina soltó el hacha que la armaba, sacó de su cinto las navajas y de la espalda una maza, las arrojó al suelo, luego extendió los brazos resignada a recibir su justo castigo.

─ ¡Tú, tú, desgraciada judas! ─ gritó Sicilia, y haciéndose de una lanza que halló en el suelo, la partió y se arrojó con furia contra su alguna vez amiga, cruzándole el corazón de lado a lado con la madera. "¡Oh no!" Pensó Integra─ ¡ve al infierno, malnacida! ¡Al infierno! ─ exclamó entre lágrimas y sollozos, mientras Sixtina ensangrentada, inconsciente, apagada, por segunda vez muerta, se desvanecía sobre Sicilia quien la abrazó por espacio de unos segundos, como si abrazara su existencia misma, los años que había pasado junto a sus hermanos vagabundeando por toda Europa, sus aliados, sus fraternos camaradas, ¡todas sus memorias que irremediablemente iban a expirar! Como el cuerpo frío que estrechaba en brazos el cual comenzó a deshacerse en cenizas que el viento de la lluvia arrastró. Al dejar de sentir a Sixtina en sus brazos, Sicilia resignadamente se abrazó a sí misma y se hizo un ovillo en el suelo, ya sin voluntad de vivir, mucho menos de seguir peleando. Su hermano Lorenzo había partido, ella lo sintió, Gulio no sobreviviría tampoco. Su clan había sido masacrado, los sobrevivientes serían perseguidos sin tregua, ahora sólo la segunda muerte aguardaba por ella.

─ Requiem per la signora Sixtina… ─ susurró Ylahiah

Abigor volvió a bajar de su caballo con Integra casi dormida, cargandola en brazos. Luego fue donde Ylahiah estaba aún hincado recuperando fuerza, rezando tranquilamente por el alma de la vampiresa que había dejado de existir ─ ¡Buen material Ylahiah! ─ el ángel levantó la vista, dubitativo ─ ¡tu protegida es buen material... ¡gran espíritu!

El ángel asintió y se puso de pie poco a poco: ─ ¡Ah sí! ¡En fin! Gracias Abigor…

─ Gracias no, ¡hacía mucho tiempo que no me divertía tanto! ¡Tan sólo mírala! ─ dirigió la mirada donde la condesa temblaba aún con los ojos perdidos y la boca abierta.

Ylahiah hizo un gesto de pena ajena: ─ ¿Morirá? ─ preguntó

─ ¡Ya murió hace muchos siglos! ¡Emparedada en una habitación de su lúgubre castillo! Su alma desde entonces pertenece al infierno, ¡donde ninguna condena termina jamás! … ─ la sonrisa sádica del duque hizo estremecerse a Ylahiah quien tan sólo se encogió de hombros, mientras recibía en sus brazos a la adormilada joven─ lo que pasará ahora es que cuando quiten la espada bendita de su corazón, recobrará los movimientos, ¡pero estará adolorida por un buen tiempo!…

De repente truenos interrumpieron la conversación entre el ángel y el demonio quienes levantaron los ojos para ver algo que no fue agua de lluvia.

─ ¡Parece que el cielo nos está haciendo un anuncio! ─ exclamó el ángel pelirrojo al sentir las presencias que se aproximaban.

De repente, un par de centellas cayeron al suelo absortas, trabadas en una furiosa y violenta pelea. El golpetazo de sus seres contra el suelo abrió de cuajo los adoquines y rasgó la tierra haciéndola volar como polvo en todas direcciones. El estruendo se confundió entre los truenos de la lluvia, suficientes para volver a despertar a Integra que logró distinguir el momento en que el gran vampiro recuperaba su forma corpórea para rodar por el piso y ser tomado por el cuello bajo la mano de Asmodeo que lo suspendió en el aire.

─ ¡Alucard! ─ exclamó la joven más allá de su asombro y desesperación, intentando bajar de los brazos del ángel el cual se le impidió aferrándola contra sí.

─ ¡Esta batalla no le concierne, Milady! ─ trató Ylahiah de hacerla entrar en razón.

─ ¡Absténgase de acercarse o morirá hoy mismo, lady Integra! ─ sentenció Abigor haciéndole seña de que se detuviera.

En ese momento Asmodeo volteó a ver a sus espectadores y sonrió más que satisfecho mostrando como imponía su superioridad de fuerza y poder sobre el rey no muerto, a quien Integra nunca había visto ser avasallado de esa manera, ni caer en manos de nadie, ¡pero hasta ese momento dimensionó la magnitud del poder que enfrentaban! Boquiabierta, paralizada en los brazos de su guardián celestial, vio como Asmodeo la miró mientras estrujaba el cuello de Alucard con una mano, diciendo:

─ ¡Milady Hellsing, celebro hallarla al fin! ¡Aquí tiene a su gran e invencible príncipe!

Continuará….

Notas

-El nombre de belono, lo saqué de Belona, que era la diosa romana de la guerra, por eso le puse así a la criatura esa.

- Lucero del alba (esa bola con picos que pendía de una cadena), alabarda (una especie de espada con mango) y etc, son nombres de armas medievales. Las espadas bastardas son las clásicas espadas medievales a dos manos, las espadas estoque son como las que usaban los mosqueteros o los esgrimistas modernos, la alfange tiene una hoja no simétrica, etc.

-El ángel Ylahiah es del canon cristiano, su color representativo es el anaranjado. ( Y yo creo que a estas alturas ya saben cuales son los otros ángeles, verdad? ;)

- El epígrafe es un fragmento del poema Piu Avanti de Alma Fuerte.