La última Hellsing

3

En la mansión desde hacía buen rato había tal alboroto en la planta principal como si de un festejo se tratase, ¡pero nada menos parecido a uno! Aunque las tórtolas y Theodore estaban tan atareadas atendiendo a los recién llegados, que no recordaban cuando tuvieron tantos quehaceres a la vez, en una casa en la que raramente tenían lugar eventos sociales, el repentino arribo de los caballeros de la mesa redonda (sus secretarios y sus escoltas) les supuso una organización improvisada y emergente que, sin la dirección de Walter, era más difícil de solventar.

Esparcidos en la sala principal, el comedor y la cocina, estaban los caballeros usando pantuflas y pijamas debajo de ropas de abrigo. Bebían coñac, café o té; fumaban habanos y charlaban a voces entre sí, mientras que las chicas, vestidas con el camisón debajo de chales y delantales, repartían los pedidos en charolitas a lo largo de aquella desesperada tertulia de incertidumbre convocada por lo que estaba ocurriendo en el corazón del vecindario, y que algunos miraban intermitentemente en el reporte de los telediarios.

En la cocina, sentado a la mesa, mordiéndose los nudillos entre tragos de té de azares, estaba sir Pendwood mirando la televisión, atento de aquel "boletín de urgencia" que algunos medios se vieron obligados a cubrir después de la media noche.

─ ¡Pon algo de whisky o coñac en mi té, Theodore, te lo ruego!

─ ¡Le va a ser muy mal a su ulcera, milord! ─ replicó la ama de llaves mientras salía con una charola llena de galletas y pastelillos. ─ además tengo órdenes explicitas de lady Integra de no atender a esa petición, ¡si me disculpa! ─ Con una reverencia la mujer salió de la cocina.

─ ¡Niña, por favor! ─ sus ojillos verdes se dirigieron a una de las tórtolas que en ese momento ponía agua a hervir en una tetera, la cual sólo se encogió de hombros incapaz de transgredir la negativa de su superiora ─ ¡Hagan algo por Dios que esta ansiedad me está matando!

─ ¡Tranquilo, Pendwood! ¡No desesperes antes de tiempo! Lancaster ya se ocupó de los medios, ¡ya se han acordonado las inmediaciones del parque, se están evacuando a los vecinos. Además, ¡mañana en la mañana aparecerá un informe con algunos chivos expiatorios incluidos, para que nadie sospeche que acaeció algo "raro"!

Sir Pendwood miró de reojo a Sir Walsh quien había entrado para pedir otra taza de café la cual le fue servida de inmediato. Antes de salir, el caballero echó un vistazo al noticiero, palmeó el hombro de su colega y volvió al comedor.

¡O tempora, o mores! ─ expresó sir Pendwood antes de un largo suspiró y después de rascarse la cabeza, iba a insistir por algo de licor, cuando una mano inesperada vació un chorro de whisky en su taza de té. Desconcertado, el caballero se volvió para mirar a un Charles desprolijo, con la cara marcada por una bofetada, y el brazo izquierdo inmóvil por una curación de hombro que causó la rozadura de una bala errada. Su cabello dorado estaba ya en desorden, andaba descalzo y usaba la camisa desfajada.

─ ¡Muchacho! ¿Cómo te sientes? ─ mientras daba un gran sorbo a su té alcoholizado, mirando a todos lados como si tuviera miedo a ser reprendido en cualquier momento. Luego dirigió sus ojos al adolescente y le agradeció con complicidad.

─ Gracias por la preocupación sir Pendwood, pero creo que… ¡llegaré a estar peor! ─ contestó mientras tomaba asiento en una de las sillas continuas y pedía que le sirvieran un café muy cargado, orden atendida prontamente con una humeante taza y una azucarera, pero además de endulzante, el chico también vertió licor, y comenzó a beberlo a sorbos mientras fingía una charla preocupada con Sir Pendwood, y miraba el televisor:

Policías, patrullas con las torretas encendidas, algunos bomberos que iban y veían arrastrando sus equipos, un par de ambulancias con paramédicos expectantes, cordeles de restricción que contenían a los intrigados vecinos por todo el perímetro detrás del reportero que informaba que había un enfrentamiento entre pandillas de los terroristas del IRA irlandés y mafias extranjeras, probablemente medio orientales, las cuales habían tomado como campo de batalla el parque. Charles no pudo evitar sonreír con ironía. La censura de medios hacía excelente su trabajo para contener a sobrenatural contienda. Pero también se sonrió al imaginar los malos momentos que debía estar pasando Integra. Esperaba que los contrincantes de ella y Alucard, ¡fueran en verdad un gran problema! Y se aventuró incluso a desear que aquellos desconocidos, le libraran del lastre que la existencia de ambos significaba para él.

Si Charles Islands hubiera podido atestiguar lo que pasaba en el parque, se habría sentido muy satisfecho, pues cuando las espadas con las que Alucard y Asmodeo combatían se quebraron al no soportar ya más fuerza bruta, el inconcebible combate continuó con el gran vampiro vaciando toda una carga de la Casull sobre el rostro y el pecho del demonio, sólo para darse el suficiente tiempo de invocar una de sus transformaciones amorfas y la fuerza de algunos familiares cuyos ojos se arrastraron en aquella masa oscura de poder y horror, materializada en el abominable perro de Baskerville el cual se arrojó contra el príncipe infernal tratando de devorar algunos de sus miembros, hacerle el mayor daño posible, tratar de sacar ventaja de esa complicada refriega. Alucard, sin ninguna sorpresa, vio como Asmodeo apenas si opuso resistencia al ataque de su oscura ofensiva, lo cual sólo era señal de la confianza que su aventajado enemigo poseía en su propio e inaudito poder. Riendo, el señor Asmodeo recibió la embestida y se dejó envolver por el viscoso ser de oscuridad. Unos segundos le dejó avanzar sólo para repelerlo como el agua repele el aceite, con la fuerza de su telequinesis, y al mando de la mano izquierda que acababa de extender, la nata de ojos se desprendió de él, lastimada, vencida.

La primera reacción de Alucard fue hacer un mohín de contrariedad, que inmediatamente transformó en un gesto de amarga diversión. Suspiró profundamente e hizo retroceder a sus familiares. Cuando el último ojo se cerró, el señor Asmodeo le dijo: ─ ¡Vamos príncipe Vlad! Ese no puede ser todo tu poder, ¡muéstrame! ¡vamos, atácame con lo mejor que tengas! ¡Tú y yo sabemos que escondes mejores armas en tu ser!

Pero el rey no muerto siguió sonriendo, bajó la mirada y negó con la cabeza: ─ No poseo la facultad para decidir utilizar la más secreta de todas mis armas. Lo lamento, Su Infernal Alteza.

─ ¡Oh! ─ frunciendo la nariz con fastidio ─ ¡pues mascota al fin y al cabo!

─ Señor Asmodeo… ¡eso de tener amo, o en este caso ama, es muy en serio! Además, ¡hay un poderoso motivo del porque quieres que libere hasta el último de los niveles de mi poder! Y yo no puedo ser tan ingenuo y precipitado como para exponer mi propio ejército al tuyo. El mío fue creado en la Tierra mortal, para combatir con guerreros mortales, pero no puedo garantizar una victoria contra un ejército cuyo número verdadero nadie conoce, y cuya naturaleza es ultraterrena.

─ ¡Muy bien pensado, Alucard! Entonces, si no habrá batalla a gran escala… ─ con el tronar de sus dedos invocó una especie de vendaval de poder, una energía terrible, relampagueante y oscura que dirigió con sus propias manos en contra del gran vampiro, el cual formó un escudo con los brazos cruzados frente a sí. Asmodeo siguió ejerciendo fuerza, más y más hasta que Alucard era empujado sobre sus propios pies contra el pavimento que se rompía ante la gran fuerza de empuje. El demonio entonces empalmó ambas manos y la fuerza que aquella onda de energía cobró fue tal que rompió la defensa de Alucard disparándolo por el aire, cayendo de espaldas muchos metros atrás, pero antes de que pudiera incorporarse o pensar en algo, el demoniaco príncipe apareció por obra de una teletransportación a su lado, Alucard se puso de pie de un saltó, esquivando la fuerza de un puntapié, y de un golpe a puño limpió, y otro. Saltó lo más alto que pudo, pero Asmodeo volvió a invocar su fuerza oscura que está vez golpeó a Alucard inmovilizándolo en terribles descargas eléctricas. Asmodeo se reía mientras lo dejaba caer al suelo, sólo para que Alucard se levantase de nuevo, sin importarle el dolor físico o las heridas que de todas maneras iban a sanar en pocos segundos, más haciendo acopio de su voluntad terca, invocó un nuevo golpe de sus presencias incorpóreas haciendo los ademanes que hacían reaccionar la magia del pentagrama el cual rodeó al señor Asmodeo.

─ La magia blanca desarrollada por los señores Hellsing… ─ dijo mientras observaba las runas marcadas con luminiscencia en el suelo ─ ¿y se supone que, si estoy en medio, estoy contenido?

─ ¡Algo así! ─ respondió Alucard sin dejar de concentrarse en aquel hechizo.

─ ¡Sólo un mortal ha podido contenerme y ese fue Salomón, hijo de David! Desde entonces, ¡él ha sido el único capaz de sellarme!…

─ Lo sé… ─ dijo Alucard riendo lunáticamente.

─ ¿Qué te hace pensar que tú puedes hacer lo mismo, príncipe Vlad? No eres ni por asomo tan sabio como aquel rey de judíos, ¡ni yo soy el mismo allende esa época remota! …

─ ¡Tengo que intentarlo! ─ seguía riendo enloquecidamente, como de sí mismo, mientras recitaba ─ así como el gran Salomón te ató a su voluntad y te obligó a pisar arcilla para el gran templo de Jerusalén, ¡yo te obligó por el poder del Dios que todo lo ve y todo lo puede, a dimitir en tu afán!

El príncipe se río: ─ ¡¿Pero qué carajo intentas hacer?!

─ Por el poder del Dios de David, Abraham y Moisés al cual pertenece este mundo y sus bondades ─ ignorando los cuestionamientos del demonio, sin deshacer la insignia de sus manos, el pentagrama giraba en el suelo.

─ ¡Ya es suficiente de esta estupidez! ─ con fastidio quiso moverse, pero algo se lo impedía, miró alrededor suyo y vio un campo de fuerza y luz invocado por la magia blanca del pentagrama. En su mente se dijo "Con el quintó pico orientado hacia el cielo, prueba del triunfó de lo celestial sobre lo terrenal". En su mente también buscó a sus aliados, los halló ocupados, los repasó uno a uno (incluso vio a Erzsébet perdiendo la pelea contra la joven cazadora), quiso invocar más demonios de entre sus legiones, y le fue impedido por esa misma fuerza.

El señor Asmodeo no se dio cuenta que el príncipe que había luchado guerras santas en el pasado, le había tendido una trampa, porque en ese momento, un campo de agua de la lluvia que ya caía, desafiando toda ley de la física, era vertida sobre él para atraparlo.

"¡No! ¡Imposible! Este vampiro no puede manipular así los elementos… ¡maldito seas tú!" Su pensamiento viajó hasta el autor de esa prisión de agua, una de las más efectivas contra él, de las que más aborrecía. El dueño de ese poder había hablado a Alucard en la mente, y le proveía un salvo conducto con los poderes que Asmodeo no podía enfrentar.

─ ¡Basta! ─ gritó el demonio con todas sus fuerzas, dentro de su prisión acuática, cuando sintió y vio cómo su pecho comenzaba a mancharse de oscura sangre a través de la ropa. Sin demora abrió la camisa de un tirón y vio grabarse en la carne de esa versión humana suya, como por arte de una daga invisible, el sello con el que el rey Salomón lo dominara miles de años atrás. Negando con la cabeza, fuera de sí, Asmodeo entonces explotó en cólera ─ ¡NOOOOO! ─ iba a evitar a toda costa ser sellado de nuevo e hizo una liberación tan inaudita de poder que sus ojos dejaron la hermosa apariencia de unos humanos para tornarse monstruosos. Sus iris se tornaron blancos y en sus cuencas se observaba la abismal oscuridad del averno; de su espalda brotaron un par de grandes alas membranosas, y colmillos emergieron de sus encías. Colmillos que hizo rechinar de ira mientras se deshacía de la prisión de agua que cierto ángel había fabricado, y rompía la magia de Alucard, que no cesaba de escribir con sus dedos en el aire mientras se grababa en el pecho de Asmodeo ─ ¡he dicho que basta! ─ con la voz más infernal que el vampiro hubiera escuchado en la Tierra.

─ Estuvo tan cerca… ─ susurró el rey no muerto como para sí mismo, cerrando los ojos y tragando saliva. Volvió así abrirlos para ver al gran príncipe oscuro, avanzar bajo la lluvia.

─ Por un momento olvidé que estaba peleando contra un gran hechicero, ¡te ganas mi respeto, Vlad Tercero de la Casa Dracul! … ¡pero hay de aquel que ose incurrir en mis iras!

─ ¡Oh no! ─ expresó el ángel que desde su sitio lo observaba todo ─ ¡en fin! Esto ya es personal ─ declaró y desapareció del puesto vigía del puente vehicular.

Pero Alucard no se movió de su lugar, ¡ni un centímetro! Así contempló a su tremendo enemigo avanzar contra él, (su indumentaria moderna se transformaba en principescos atavíos de color oscuro, en cuyo cuello aún pendía el gran medallón de la criatura abominable, y sobre su cabeza había aparecido una tétrica corona negra). El vampiro tan sólo cerró los ojos y vio a Integra clavar contra el suelo a Erzsébet, y sonrió.

─… ¡si no vuelvo a verte, ama! ¡Ojalá sepas que ha sido un honor!… ─ dijo en voz queda, y sus reflejos reaccionaron en cuestión de segundos para protegerse apenas del furioso golpe que el demonio había lanzado, el cual volvió a empujarlo hasta casi hacerlo caer, a ese le siguieron otros. Alucard al fin no pudo esquivar todos y cada uno de los puños desnudos de la milenaria criatura, y salió disparado ante la embestida de un golpe. Antes de llegar a golpearse contra más árboles, se detuvo con los pies en el tronco de uno de ellos, y respondió la pelea limpia que le ofrecía el demonio, pero, aunque logró tocar a su oponente un par de veces, simplemente la fuerza no le alcanzaba para dañar significativamente a Asmodeo.

─ ¡Voy a despedazarte! ¡Voy a hacer que supliques por tu existencia, rey de vampiros! ─ declaraba el demonio mientras lanzaba el zarpazo de sus afiladas garras que al errar conseguían cortar madera y hasta piedra a su paso.

─ ¡Puedes intentar todo lo que puedas, de mi jamás tendrás una súplica! ...Nunca he…suplicado por misericordia… ─ declaró con el rostro ensombrecido por recuerdos terribles, mientras esquivaba con gran agilidad los golpes ─ ¡nunca he pedido por la clemencia de Dios, mucho menos por la tuya! ─ un nuevo zarpazo que está vez logró arañar la carne de uno de sus hombros como un terrible azote. Alucard gruñó de dolor y cayó al suelo, pero aún se mantuvo lo suficientemente lúcido como para rodar para esquivar un puntapié y volverse a levantar ─ ¡no existen plegarias, sólo pequeñas peticiones! … ¡si suplicas, morirás! ─ volviendo a invocar la fuerza de familiares, el vampiro se fue contra el demonio como convertido en un ariete de fuerza y brutalidad, intentando hacer daño ─ ¡Orar es luchar!

Asmodeo recibió apenas daño. En algún momento pareció cansado, posándose en el suelo, ocultó las alas de nuevo y se limpió el rostro lastimado por un Alucard cada vez más exhausto que le miraba, pero estaba vez con una ira asesina. Al leer en sus ojos y mente sus pensamientos, el demonio se echó a reír.

─ ¡Pobre, pobre criatura extraviada en las crueldades del tiempo!

─ ¡Tú y tú más que nadie fuiste el artífice de los peores vejámenes contra mí y mi familia, demonio hijo de perra!

─ Contra ti y contra tu hermano, ¡sé más específico, príncipe!… Aunque no fue personal. ¡Fueron unos de tantos! ¡Eso es lo que siempre pasa en tierras y épocas de guerra!

─ ¡No! No es solamente la guerra, ¡eres tú! ¡siempre eres tú!

─ ¡Soy yo porque los humanos así lo consienten! Porque son débiles, perezosos y corruptos, ¡proclives a adorarnos con sus vanidades y veleidades, muy fáciles de manipular! Yo estoy en la mente de los depravados e infames, los inspiro, ¡sólo los inspiro! No los obligo, ¡no los manejo! ─ acercándose a Alucard, sonriendo triunfal ─ así como estuve en tu mente, príncipe, ¡inspirándote para cometer brutalidades y atrocidades contra tus enemigos! ─ Alucard no pudo replicar aquello último, tan sólo se llevó el antebrazo al rostro, tratando de controlar las lágrimas que amenazaban y abrasaban sus ojos. Asmodeo sintió su ira, sintió su dolor y rio más ─ antes de tus célebres venganzas, ¡hijo del Dragón! Ni yo ni nadie en el infierno o en el cielo te conocíamos. Como te he dicho, ¡eras uno más! ¡uno de tantos inocentes que caen arrastrados, triturados por los engranajes de la violencia y la ambición humana! Pero elegiste tu camino, ¡elegiste pelear porque sabías que es la única manera de sobrevivir! Elegiste guerras Santas, matar en nombre de ese Dios, ¡ese que es tan culpable como yo u otros demonios de tu desgracia por haberte abandonado! ─ el rey no muerto tan sólo se estremeció sin poder decir nada ─ ¡los diablos y los ángeles ponen el tablero, los mortales deciden las jugadas! Y escogiste el camino de las sombras deseando seguir el de la luz ─ se encogió de hombros ante Alucard que jadeaba de rabia o cansancio o las dos cosas juntas. ─ ¿Sabes que es lo que ha hecho que seas un personaje distinguido entre tantos otros? Que siendo en vida un empedernido y devoto guerrero de Dios, ¡hayas terminado como un despojo del diablo aquí en la tierra de los mortales! Eres, a fin de cuentas, ¡en lo que mi señor Lucifer desearía ver convertido a todos los "buenos soldados de Dios"! Al final te rendiste, príncipe Vlad. ─ Alucard ya con los ojos perlados de lágrimas negó con la cabeza ─ sí, ¡te rendiste! ─ Asmodeo había llegado a unos centímetros de él ─ cuando elegiste ser cruel por venganza y cuando le vendiste lo último que tenías: ¡tu alma! A mi Señor Lucifer. Luego… ¡tu querido Dios te observó! ─ con su largo dedo índice, el diablo señaló al cielo ─ supo que existías mientras eras soldado de la fe, ¡pero mucho antes!, ¡cuando sólo eras un niño indefenso y torturado, y nada le importó! Y cuando no pudiste más, ¡te castigó! Te maldijo y te condenó al mundo de las sombras, ¡te hizo inmortal para que no conocieras el remanso de la muerte! Te hizo un parasito de la vida que necesita de la sangre de otros para sobrevivir…luego, ¡con ayuda de mi Señor Lucifer, te dio poderes dignos de una deidad del infierno! ¡De un semi dios de la maldad! ─ Alucard retrocedió sin poder evitar que lagrimas rodasen por sus mejillas, negándose a escuchar o a creer ─ ¡eres el experimento de ambos señores! El del cielo y el del infierno, ¡y ahora no eres más que una de sus apuestas! ─ aquella última palabra pareció recobrar toda la atención del gran vampiro que desconcertado miró a Asmodeo. ─ ¡ah, no lo sabías! Desde tu caída en las sombras… ─ presto a explicar con gran malicia ─ es decir, desde que decidiste vivir de la sangre como una asquerosa sanguijuela, mi señor le propuso a Dios observar tu caso. Tu Dios dice que al final hallarás tu camino hacia la redención, mi Señor dice que te hundirás sin remedio, y que al final de los tiempos terminarás en los pozos más profundos del infierno. Mi señor quiere tu alma, tu Dios también… ¡y cada vez que algo relevante te ocurre, ellos tiran los dados al aire! ... Nadie sabe qué pasará al final, ¡pero todos observamos!…

Alucard cerró los ojos por unos instantes, reflexionando que todo aquello podía ser verdad. Después de un suspiro dijo: ─ ¿Y por qué mi alma es tan importante para tu señor?

─ Importante no, él sólo se entretiene… y a tu Dios, que fue capaz de enviar a su propio hijo a morir bajo una cruel condena romana, debe parecerle igual de entretenida tu historia, ¡ha tenido muchos mártires y guerreros a lo largo del tiempo!, ¿no? Pero sólo les sigue la pista a unos cuantos ─ se encogió de hombros ─ ¡supongo que es un extraño privilegio!

Alucard se rio otra vez de sí mismo y su suerte: ─ Yo no importo… ¡ni me importo! ─ dijo con desgano, sintiendo el dolor de su yerto corazón despedazado.

─ ¡Pero apuesto a que ahora mismo no quieres dejar la tierra de los mortales, que es lo mismo que temerle a la muerte! … ¿Cuál es la razón? ─ Alucard le miró de reojo ─ ¿Dónde es tu Nueva Jerusalén, Vlad? O, mejor dicho, ¿quién es tu nueva Jerusalén? ─ al mirar la angustia en los ojos del vampiro, el demonio se sonrió. ─ creo que, en tu lugar, ¡yo también buscaría asegurarme de que nadie la apartara de mí!...

─ ¡Cállate! ¡No oses tratar de influenciarme en nada relacionado con ella!

─ ¡No importa! De todas maneras, ¡ahora o más adelante yo la destruiré! ¡O en una de esas siempre sí llego a convencerla que se una a mí!

Alucard volvió a prorrumpir en un alarido de furia, y a lanzarse contra él con la fuerza y el poder que aún le quedaba. Asmodeo, con el gran vampiro prendido a él, se elevó por el aire, y ambos, confundidos en la furia y la energía que arrastraban sus poderes, se hicieron una centella entre el cielo plomizo y tormentoso de aquella noche, hasta que se dejaron aterrizar contra el suelo como un asteroide que desgarró la tierra y esparció arenisca alrededor.

─ ¡ALUCARD! ─ escucharon un grito, un llamado angustiado. El aludido no veía nada, no distinguía nada entre el polvo y la confusión de la violencia, pero ansioso reconoció la voz, ¡como la hubiera reconocido donde fuera y como fuera! Aún si hubiese tenido que señalarla entre un millón de almas en la oscuridad.

─ ¡Esta batalla no le concierne, Milady! ─ percibió una muy joven que está vez sí reconoció, "¡Ángel Ylahiah!" Dijo Alucard en su mente, mientras trataba de incorporarse…

─ ¡Absténgase de acercarse o morirá hoy mismo, lady Integra! ─ "¡General Abigor!", cuando quiso ponerse de pie en medio del daño de todas sus nuevas heridas, sintió la poderosa e inmisericorde mano de Asmodeo estrujar su cuello y suspenderlo así, delante de la mirada de ellos, de la mirada de su ama a quien por fin enfocó siendo contenida por el abrazo del ángel guardián. Estaba golpeada, herida, con el rostro manchado en sangre, pero luchaba mientras el ángel trataba de disuadirla. Un sentimiento de angustia y desesperación lo inundó, luego Asmodeo exclamó:

─ ¡Milady Hellsing, celebro hallarla al fin! ¡Aquí tiene a su gran e invencible príncipe!

─ ¡NOOOOOOO! ─ Alucard la vio y escuchó gritar a punto de romper en llanto.

"¡No, ¡Integra, no llores!" Trataba de hacerla escuchar en la mente sin poder zafarse de la garra que lo sostenía, "¡no le des esa satisfacción a este demonio!"

─ ¡Ja! Eligor, ¡mira esto! ¡Tengo al gran rey de los vampiros como una simple presa! ─ lo zangoloteó en su puño.

─ ¡Muy bien, Asmodeo! Tú siempre te sales con la tuya, ¡felicidades! ─ contestó el duque Abigor con un dejo de ironía en la sonrisa, ante la presunción del príncipe de la lujuria, pero en ese punto, incapaz por leyes de las jerarquías infernales, y por diferencia de poder, de hacer más. Asmodeo era un príncipe superior a él, Abigor jamás hubiera podido, aunque quisiera, hacer algo en su contra sin cometer Alta Traición contra el supremo Señor. Observarlo hacer lo que le diera la gana por lo siglos de los siglos, era lo único que siempre le quedaba al duque general.

─ ¡Alucard, no! ─ Integra seguía suplicando, contenida por el ángel.

El diablo príncipe buscó con la mirada a su alrededor y halló a Erzsébet clavada contra el suelo, con la espada Hellsing en el pecho, retorciéndose como una araña acribillada por un alfiler: ─ ¡Oh, mi pequeña y desdichada ramera! ─ expresó acercándose a observar su maltrecho estado, pero sujetando aún a Alucard ─ ¡niña Hellsing, qué letal eres contra las alimañas de la oscuridad!

─ ¡Suéltalo, Asmodeo, basta! ─ gritó Integra ya completamente fuera de sí.

"¡Integra, no supliques!" Le dijo Alucard a ella en la mente, sintiendo que el dolor de su propio ego quemaba y dolía más que las heridas de su cuerpo.

─ Lady Integra, ¿usted rogándome algo?, ¡Difícil de creer!

─ Milady, por favor, ¡resista! ¡Su desesperación, su dolor es lo que él más desea! ─ le dijo suplicante Ylahiah sosteniendo entre las manos sus mejillas.

─ ¡Haga caso a su ángel de la guarda, lady Integra! ...De cualquier forma, ¡ya le demostré cuan "invencible" es su guardián! ─ aflojó la fuerza de su mano al tiempo que lo arrojaba. Alucard resbaló sobre el suelo con el orgullo y la vanidad hechas pedazos, y se quedó con la frente apoyada al piso por espacio de unos segundos, en los cuales Integra suplicó al ángel que la dejara ir donde él, a lo cual Ylahiah no pudo negarse.

En el instante en que Asmodeo iba donde Erzsébet para liberarla de la espada Hellsing, Integra corrió en pos de Alucard que tal vez no deseaba ver a su ama a la cara o no podía.

─ ¡Pero estás hecha una lástima, Lisy, vaya tunda que te han dado! ─ burlón sacó la espada de la carne de la condesa, luego la arrojó de sí con desenfado. La mujer era aún incapaz de moverse, atrapada en un shock que hacía temblar sus músculos, por lo que Asmodeo comenzó a mover su cuerpo con la punta de su pie, y en eso, se volvió a ver a Integra, y para antes de que ella pudiera llegar donde Alucard, la señaló diciendo: ─ ¡un momento, aún tengo un obsequio para usted! ─ al segundo de decir aquello, la joven vio como ante sí todo se volvió oscuro. ─ Soy el príncipe Asmodeo, el que todo, ¡todo futuro ha visto!

Escuchaba ella mientras que delante de sus ojos todo desaparecía. Alucard no estaba, ni el parque semi destruido donde habían peleado, ni Ylahiah o el duque Abigor o Asmodeo, Erzsébet, el cuerpo moribundo de Sicilia, ¡nada! Todo había sido borrado para tornarse oscuro, y luego… ¡cenizas! Integra vio y sintió cenizas calientes adherirse a su rostro. Maldijo no llevar ya puestas sus gafas para enfocar mejor porque, aunque mirara en todas direcciones, no podía encontrar nada que le fuera familiar, así que apretó el paso, pero a donde quiera que dirigía la mirada había ruinas calcinándose, más cenizas y una oscuridad densa que sólo paliaban las llamas de enormes hogueras. Con angustia echó a trotar hasta que halló un río que no era otro que el Támesis. Ella lo reconoció y horrorizó al ver en sus aguas ahora turbias, decenas de cadáveres flotando. Cadáveres de hombres, mujeres y niños que habían decidido escapar de las llamas lanzándose a las aguas caudalosas. Ella se llevó la mano a la boca para no gritar, retrocedió unos pasos lejos de la orilla de aquel río, volvió a mirar en todas direcciones, mientras que sentía gruesas lagrimas resbalar por sus mejillas, entre la mugre, la sangre, el sudor y ahora el terrible calor de decenas de llamas gigantescas ardiendo al mismo tiempo, devorando su amada ciudad natal.

─ ¡No! No puede ser… ─ balbuceó ella horrorizada, sin ser capaz de comprender…

─ ¡Oh, querida lady! Le aseguro que sí puede ser, ¡y será! ─ De repente Asmodeo estaba frente a ella, usando su corona negra y sus negros atavíos principescos. Al pecho llevaba un manto cruzado color violeta. De su espalda nacían esas enormes y macabras alas membranosas.

─ ¡Patrañas! ─ exclamó ella, furiosa ─ ¡embrujos, mentiras tuyas!

El príncipe negó con la cabeza: ─ ¡Le aseguró que no! Yo no invento el futuro, ¡sólo puedo verlo y mostrarlo! ─ miró a su alrededor ─ Esto será real, ¡sucederá! Por eso es tu regalo, ¡lo ganaste al ser una gran combatiente y una digna enemiga! ¡Dichosa tú Integra Hellsing que ves el destino de tu reino! ─ con su mano derecha le mostro ese plano, y luego otro y otro más de distintas partes de esa Londres en llamas, como si fuera el escenógrafo de un teatro funesto. Y ella sólo observaba horror, muerte y desolación que se fundían en sus ojos que perlaban una lagrima tras otra. ─ prepárate, ¡Integra Hellsing, prepárate para el destino que vendrá!

─ ¿Cómo?, ¡¿Por qué?!

El diablo sólo sonrió perversamente y dijo: ─ Auf Wiedersehen!... ─ luego dio media vuelta y echó a andar cenizas adentro hasta que desapareció por completo, y con él la visión de la ciudad, para ser reemplazada por una que también le fue familiar a la joven porque ahora se hallaba en su refinado vecindario, o lo que quedaba de él, y vio destrucción y desolación en todas partes. Vio casas en ruinas, ¡todas y cada una de ellas! De nuevo comenzó a trotar por la avenida principal, sin dejar de observar: algunas mansiones aún ardían a lo lejos, las miraba perfectamente bien porque las altas tapias y bardas habían sido demolidas y los portones vandalizados. Con el corazón saliéndose de su pecho, acortó la distancia que la separaba de su calle, la calle donde debía estar la mansión Hellsing, más a su paso vio dantescas escenas, horrores de muertos apilados en las esquinas, y otros colgando de los postes y las ramas de los árboles que aún sobrevivían en pie. Percibió un fétido olor a carne podrida o quemada. También vio el cielo plomizo, constreñido en gruesos nubarrones electrizados que no dejaban filtrar ni un solo rayo de sol. Y recortada contra ese estéril cielo, se hallaban las ruinas de la que fuera la señorial Mansión Hellsing. Negando con la cabeza, volviendo a sentir lagrimas por sus mejillas. Corrió para adentrarse a los terrenos de su propiedad y ver de cerca, tratar de hallar algo o alguien, intentar entender. Sin embargo, ante sus ojos sólo la soledad, las humaredas de los últimos incendios, y ni siquiera un indicio que le indicara que año era aquel, ¡nada! Entonces cayó de rodillas en medio de los paredones de su hogar extinto, reconociendo aquella escena en la visión que tuvo entre el humo de los inciensos de la Abadía de Westminster o en aquel extraño sueño de la madrugada anterior. De repente, una gran desolación y tristeza la invadió, y sin poder resistir más, prorrumpió en sollozos como una niña pequeña, escondiendo su rostro entre sus manos sintiendo desesperanza y soledad como tal vez nunca, ni aun cuando velaba el féretro de su padre, había sentido.

─ No hagas caso de esas sensaciones, Integra, ¡es la influencia de ese ente malvado! ¡Vamos, no llores más!

Integra levantó la mirada entre las lágrimas para reconocer el rostro de su célebre bisabuelo que la miraba apaciblemente.

─ "No te sientas vencida ni aún vencida…trémula de pavor siéntete brava, y acomete feroz ya mal herida" parafraseó el recién llegado ─ sólo un poema que leí alguna vez…

─ A… ¿Abraham Van Helsing?

─ ¡Dime abuelo! ─ dijo mientras se acuclillaba junto a ella. ─ te preguntas que diantres hace este viejo aquí, ¿verdad? ¡Bueno! Estamos en una dimensión remota ─ mirando a todos lados ─ ¡vaya escenario dantesco y horripilante! … Y con dimensión remota quiero decir que estamos en otro plano del espacio-tiempo.

─ ¿Quieres decir que esto no sucederá en realidad? ─ Integra tratando de hallar solaz.

─ ¡Esto está sucediendo, criatura! Asmodeo te envió a viajar al futuro, ¡muchos años en el futuro! Pero no, no te diré que año es este en todo caso… De lo que sí puedes estar segura es de que esto es real.

─ Entonces todo lo que he visto….

─ ¡Todo lo que has visto sucederá también! ─ cuando el abuelo Abraham vio el dolor dibujarse en el rostro de Integra, se apresuró a decir ─ ¡y aun así no te sentirías tan atribulada si no fuera por influencia de ese asqueroso! Recuerda que los seres oscuros se alimentan de nuestros pesares, ¡él ha estado jugando contigo mucho tiempo, es lógico que te sientas así! ─de dentro de su chaqueta decimonónica, sacó del bolsillo de su chaleco de tweed donde nacía la cadena del reloj, un pañuelo con el cual trató de limpiar las lágrimas de su nieta, ella lo recibió entre sus manos y trató de enjugarlas ─ tu padre y…otros seres me pidieron que viniera a ti… También me dio gusto haber charlado contigo en esas sesiones de necromancia, la bruja Drea desenterró mis huesos la muy ladina, ¿sabías?

─ Me lo imaginé, ¡lo que no imaginé es que de verdad fuera la reina Aine!... Pero, ¿dónde has estado, abuelo? ¿Te fuiste al infierno o al cielo?

─ He estado algunos años en el purgatorio, ¡horrible lugar! Pero ahora tengo permiso para visitar otros sitios, ¡luego hay que hacer puntos para entrar al cielo!

─ ¡Y este día ha hecho muchos! Convencer a las banshees de ayudar a una mortal, con o sin la intervención de una bruja vampiresa, es mucho que decir…

Escucharon a sus espaldas otra voz, una nueva y fresca. Se volvieron para ver a quien pertenecía y vieron ante sí a un hombre alto, de andrógina belleza, cabellos largos, el cual portaba un traje oscuro y corbata blanca. El mismo que Integra hubiera reconocido si lo hubiera visto en el baile del colegio, pero esa era la primera vez que estaba ante sus ojos, y si no fuera por el par de grandes alas emplumadas, el aroma a flores que despedía y su aura de perfecta armonía, se hubiera asustado creyendo que tal vez se trataba de un nuevo ser malvado. Abraham e Integra permanecieron de rodillas un momento. Ella estaba tratando de asimilar hasta que vio aparecer al lado de aquel ser celestial, ese otro que reconoció mejor: se trataba de Ylahiah que ahora iba vestido con una túnica amarilla, en cuyos hombros descansaba un collar de rubíes. Parecía preocupado, un poco apenado: ─ Lo siento, señor… ¡no pude protegerla de venir aquí! ¡Todo fue muy rápido!

Pero el gran arcángel le hizo señas de callar: ─ ¡Está bien Ylahiah! Has hecho un gran trabajo tú también, ¡no hace falta excusarse! Todos sabrán que cuidas de un caso difícil, ¡serás recompensado! ─ palmeando el hombro del ángel de la guarda, le sonrió amigablemente, luego fue hasta donde Integra y le extendió la mano. La chica accedió a ello: ─ ¡No tienes por qué estar aquí Lady Integra! Este no será ni tu espacio ni tu tiempo…

─ ¡Señor! ─ saludó con una leve reverencia el abuelo Abraham.

─ ¡Señor Van Helsing! Espero que haya curado esa soberbia suya, ¡lo estaremos esperando en el reino del cielo cuando su penitencia termine, que me parece será pronto! ─ declaró el arcángel, a lo que el aludido sólo asintió ─ ahora, despídase de su nieta, porque está a punto de regresar a donde pertenece.

Abraham Van suspiró, miró a Integra, la tomó por los hombros y le dijo: ─ Estoy orgulloso de ti, ¡tu padre también!… ─Integra logró sonreír ─ ¡eso está mejor! ¡Eres de hierro, Integra! Lo mejor de la familia… ¡después de mí, claro! ─ El arcángel carraspeó la garganta ─ ¡ah sí, lo sé, lo sé, la soberbia! ─hizo rodar los ojos ─ ¡en fin!… Mano dura, Integra, ¡siempre dirígete con mano dura! ─ haciendo una señal de puño, el viejo caballero comenzó a avanzar guiado por Ylahiah que le hacía señas. Antes de desaparecer por completo entre la bruma, se volvió para decir ─ …Ah, ¡una cosa más! Si algún día tienes un hijo varón, ¿podrías ponerle mi nombre? Es sólo… una sugerencia…

─ Lord Helsing, márchese ya ─ ordenó el arcángel sin moverse un centímetro ni voltear a verlo.

─ ¡Está bien, está bien! ─ sin decir nada más, terminó de alejarse junto Ylahiah hasta perderse por completo de vista.

Luego ella quedó a solas con el imponente ángel que le volvió a extender la mano: ─ Tenemos que regresar, lady Integra…. ─ ella asintió ─ ahora mismo su caballero la está esperando… ¡y aún tenemos asuntos que arreglar! ─ de repente, un resplandor rodeo al celestial ser ─ sólo ponga su mano en la mía … ah y, lady Hellsing, ¡por cada hechicería son años de penitencia!, ¿lo sabía? ─ la joven negó con la cabeza ─ bueno, pues ya no lo haga tan seguido ─ en ese momento la chica puso la mano en la del ángel, y en medio de un cegador destello de luz, se marcharon de allí.

─ ¡INTEGRA!, ¡INTEGRA! ─ escuchaba la joven a medida que el resplandor que la traía de vuelta su presente, se iba extendiendo ─ ¡Integra, despierta! ─ y era la voz angustiada de Alucard quien, estando de rodillas, la sostenía en sus brazos.

Ella abrió los ojos poco a poco para hallarse con el rostro de Alucard quién al verla reaccionar, posó la mano en la mejilla de ella, y juntó su frente a la suya. Ella suspiró aliviada de haber regresado a su tiempo, de comprobar que Alucard estaba allí para sentir su cercanía, la cual obligó a sus manos a aferrar su camisa y recargarse en su pecho, contenta de verlo resistir aún. Luego trató de averiguar qué había pasado, cuando escuchó a Asmodeo gritar enfurecido:

─ ¡Esto va más allá de todo lo que pueda tolerar! ─ entre el extremo cansancio que la joven sentía, con los ojos semi abiertos, pudo ver como el demonio sacó dolorosamente de su pecho la espada Hellsing haciéndola añicos, luego arrojó junto a ellos el mangó con los fragmentos de la magnífica arma.

Lo que había sucedido fue que Asmodeo envió la conciencia de Integra al futuro, frustrando su carrera hacia Alucard que aún se estaba incorporando en el suelo. Integra cayo desmayada como una tabla, que, por suerte, el mismo Alucard pudo detener (mientras que Ylahiah exclamaba: ─ ¡oh no! ─ y en el acto desaparecía de allí, para seguirla).

El vampiro, al notar que el demonio se había distraído con Erzsébet, aprovechó para atraer la espada Hellsing hacia su mano, colocó a Integra en el suelo, y blandiendo el arma, se lanzó contra quién apenas reaccionó para voltear y recibir la estocada justo en el pecho. Un alarido de dolor brotó del señor de la lujuria quien miró con espanto como el acero bendito se hundió en su corazón. Luego cayó de rodillas ante Alucard.

─ ¡Por mi honra! ─ dijo el rey no muerto para sí mismo, al tiempo que la corona de Asmodeo rodaba por el suelo, y la risa divertida del duque Abigor se dejó escuchar.

─ ¡Deja de reírte, bastardo! ─ se quejó Asmodeo clavando sus espantosos ojos en el general quién lejos de obedecer, se rio más.

Pero Alucard no se quedó para contemplar, había corrido para acoger de nuevo a Integra sobre su regazo.

─ ¡Integra, Integra! Despierta, ¡DESPIERTA! ─ le rogaba el conde cuya desazón iba en aumento al no ver reacción alguna en ella.

─ ¿Sabes qué, Asmodeo? ¡Yo contrataría un pintor sólo para que hiciese un cuadro de este preciso momento! ─ exclamó el duque.

─ ¡Cállate, hijo de perra! ─ decía el demonio príncipe tratando de sacar el arma de su pecho, que fue el instante en que Integra reaccionó comenzando a moverse, a abrir apenas los ojos y ver entre la somnolencia de su agotamiento como el gran diablo hacía fragmentar la hoja de acero que tanto dolor le causaba, y gritaba consignas terribles, y las pupilas en sus cuencos oscuros se encendieron ira, y en su mano comenzó a conjurar una nueva arma ─ ¡HASTA AQUÍ HA LLEGADO TU HISTORIA, VAMPIRO!

El mango de una gran espada cuya hoja era ígnea, apareció en su mano izquierda. En ese momento hasta el duque Abigor tuvo que dejar de reír para contemplar lo que se avecinaba, y Alucard, como único reflejó, lo que atinó a hacer fue resguardar a Integra contra su pecho, listo para recibir el mortal golpe que el demonio estaba a punto de asestar con la espada flameante bajando a furiosa velocidad, instante en que el rey no muerto cerró los ojos escuchando la espada silbando en el aire y luego… el sonido de un arma de acero se interpuso. Las llamas malditas de la hoja hallaron una potente e infranqueable oposición en la espada alfanje que frustró el brutal ataque. Sin soltar su arma, el príncipe demoniaco retrocedió contrariado: ─ ¡¿Tú?!... ¡maldita sea, tenías que ser tú!

Su repentino oponente, que usaba una señorial armadura de pies a cuello con un manto escarlata que cruzaba de hombro a hombro sobre el pecho, sonrió triunfal con la guardia en alto: ─ ¿Qué ocurre que te has quedado tan quieto, Asmodeo? ¡Yo acabo de comenzar! ─ Alucard abrió los ojos y ante él estaba, no solo el señor de la lujuria observando aquella espada manchada en sangre negra, sino un caballeor más quien con su espada arremetió de nuevo contra el demonio quien apenas logró defenderse.

─ ¡No te inmiscuyas en mis asuntos, Michael, lárgate!

A otro contundente golpe, el guerrero, sentenció: ─ ¡Una vez, hace mucho, mucho tiempo, vencí a tu poderoso Señor, e igual será contigo!

Al oír eso, Asmodeo gruñó y volvió a la carga, pero la fuerza de su oponente logró superar la embestida de la hoja ígnea la cual salió disparada de las manos del demonio, al cual Michael golpeó a puño cerrado en el rostro haciéndolo tambalearse, luego lo tomó por el cuello de sus ropas, y con su palma desnuda, golpeó su frente y cuello produciéndole severas quemaduras que hicieron al príncipe gritar de dolor, siendo soltado al fin para caer de espaldas al piso.

Abigor no pudo evitar alegrarse, mientras le echaba un vistazo a la condesa sangrienta que acababa de reaccionar del shock en el que se había hallado, retorciéndose en medio de una tos que arrojaba sangre.

─ ¡Esta noche, tal y como te lo acabo de advertir, te he doblegado con esta espada que alguna vez venció a tu amo! ─ exclamó Michael de pie frente al caído, señalándolo con la punta de su arma ─ ¿ves cómo esta manchada con la sangre podrida de tus abominaciones? ─ sonriendo en una mezcla de satisfacción y repugnancia decía ─ ¡levántate si te atreves, y vuelve a pelear para que veas como la mezclo con la tuya!

Maldiciendo, Asmodeo se calcinó en furia, y aún con el rostro y el cuello ardiendo por el toque de Michael, se puso otra vez en pie llamando a su espada. El arcángel volvió a levantar la guardia de su acero fulgurante. Asmodeo hubiera seguido peleando con el arcángel de no ser porque en ese momento aparecieron dos figuras más a su lado: aquel joven extraño de ojos color esmeralda que había ayudado a Walter, y aquel otro que aún usaba el traje oscuro y la corbata blanca, quien dijo: ─ ¡Detente ya, hijo de Shamdom! ¡Has venido esta noche a la Tierra mortal sin ningún consentimiento!

Y mientras Raphael le sujetaba las manos a la espalda con fieras e irrompibles cadenas, su compañero ponía sobre su frente un amuleto en forma de pez, que neutralizó dolorosamente al príncipe maligno.

─ ¿A qué te gusta mucho el pescado, no? ─ bromeó socarronamente mientras que sostenía el amuleto con el dedo índice, presionándolo sobre la carne de su frente─ ¿sabes que tiene dentro? Polvo de las piedras donde se escribieron los mandamientos de Dios…

─ ¡Ah pero qué hermoso!... ¡SUELTAMENTE YA, GABRIEL!

─ ¡No puedo correr riesgos! ─ presionó una vez más y el príncipe quedó de rodillas, con las manos atadas a la espalda y el amuleto neutralizante en la frente, y aun dijo con sarcasmo:

─ ¡Raphael... Gabriel … Michael! ¡Adoro verlos a los tres juntos! Pero díganme, ¿qué honor he merecido?

─ ¡Yo vine porque no te había visto en algún tiempo, Asmodeo!, ¿Ya se te olvidó como te hice huir a Egipto con el rabo entre las piernas? Aquella vez liberé de ti y de tu nefasto poder a una joven doncella, y pensé que podríamos intentar convivir de nuevo con el mismo propósito, tú sabes, ¡repetir la experiencia! ─ burlón le dijo Raphael, el otro bufó.

─ ¡La única verdad es que tuvieron que venir en jauría porque uno solo no podía vencerme!

─ ¡Ellos vinieron para detenerme antes de que no me pudiera contener y cercenara tu perversa cabeza, sin importarme las consecuencias! ─ exclamó Michael.

Asmodeo se rio diciendo que aquello era imposible por cuestiones diplomáticas entre el cielo y el infierno: ─ ¡Esa es demasiada bravura para alguien que ni siquiera tiene bolas! ─ ni Abigor ni Alucard pidieron evitar reír, y, a decir verdad, los otros dos ángeles siempre se tomaban esa clase de bromas con sentido del humor, aunque a Michael pocas cosas le hacían gracia ─… ¡para intentarlo tendrás que esperar al Dia del juicio final, cuando nos veamos las caras y caigan todas las hojas de parra, generalillo!

Michael frunció la nariz y estrujó el mango de su espada, Gabriel le hizo seña de prudencia y dijo: ─ ¡Hemos venido para que recibas importantes mensajes! ¡No tienes injerencia en los asuntos del príncipe Vlad ni de su lady! ─ intervino Gabriel.

El aludido, a poca distancia, miraba todo aquello, y tenía que reconocer que se hallaba sorprendido como hacía no mucho, al presenciar una reunión de semejantes seres, sin embargo, estaba más atribulado por Integra quien se había vuelto a dormir vencida por sus heridas, que por lo que fuera que esos ultraterrenos tuvieran que tratar.

Asmodeo volvió a reír diciendo: ─ ¡Tengo asuntos muy personales con la familia de la cazadora desde hace décadas!

─ Pero tu Señor y el mío tienen asuntos con el príncipe dragón desde hace siglos, ¡y eso todo el mundo lo sabe! ─ aseveró Gabriel mientras extendía un papiro para que el demonio lo leyese. Al escuchar aquello, Alucard tragó saliva con una mueca de amargura: el diablo aquel no había mentido.

Asmodeo fijó sus ojos en el papiro de la mano del arcángel, y lo que leía no le gustaba en absoluto. En eso, el duque Abigor se había acercado deseoso de saber que misiva tan importante habían traído. Se saludaron con gestos entre ellos. Al toparse con los ojos escrutadores de Michael, y él con los de Abigor:

─ General Eligor…

─ General Michael… ¡ya hacía algún tiempo!

─ ¡Algunos siglos, efectivamente!…

Ambos asintieron en una retadora mirada que acompañó una sonrisa. Ambos generales combatirían al final de los tiempos, y sólo uno sobreviviría. Estaba escrito y así ocurriría.

Al terminar de leer el mensaje, el rostro de Asmodeo se deformó en un gesto temeroso, y Alucard estuvo seguro de que, de haber podido, el demonio habría palidecido. Abigor tomó entre sus dedos el papiro, luego le dijo casi divertido: ─ ¡Ja! ¡La has jodido mucho, Asmodeo!

─ No te diviertas, ¡tú estás en esto!

─ ¡Yo no organicé una gresca armada en el mundo mortal usando recursos del infierno! Te trajiste muchos efectivos de tus legiones, ¡ahora los han mermado! ¿Sabes que seguirá? ¡Tendrás que encontrar nuevos reclutas y entrenarlos para reponer tus soldados o el Señor Lucifer se enfadará!

Alucard mientras tanto, hastiado, enfadado, cansado, ¡harto! Pero, sobre todo, cada vez más preocupado por el estado de Integra quien sangraba por doquier, dio media vuelta dispuesto a marcharse para hallarle pronta atención médica, cuando...

─ Príncipe Vlad, ¡espere! ─ escuchó. Se trataba de Raphael que estaba justo tras él, habiéndose alejado de la discusión entre los otros ángeles y los demonios, adivinó las intenciones del rey no muerto

─ ¡Sea lo que sea puede esperar a que ponga a mi ama a salvo, señor arcángel! ─ contestó sin voltear a verlo.

─ Precisamente es en lo que intento ayudar, lord Alucard…si me lo permite.

El vampiro lo pensó unos segundos, tragó saliva y se volvió: ─ ¿Y qué se supone que harás?

Por respuesta, Raphael le sonrió apaciblemente mientras un resplandor verde comenzaba a rodearlo. Así, se quitó el guante negro del uniforme que aún portaba, y puso la mano derecha sobre la frente de Integra. Cerró los ojos un momento y esa calidez de color verde envolvió a la joven por completo, y ante la gran sorpresa de Alucard, sus heridas comenzaron a sanar poco a poco.

─ Te encomiendo, gran Padre, a esta, tu sierva Integra Hellsing para que la sanes de todo mal… ─ oró antes de que la luz verde se extinguiera ─ …Ahora estará bien. ─ El ángel volvió a sonreírle al vampiro quien se apresuró a revisar su rostro, hombros, espalda y comprobar que, efectivamente, no había ya un solo rasguño en ella. Ante la mirada interrogante, Raphael sólo prosiguió a decir ─ conservará las cicatrices porque no debe olvidar lo que pasó hoy. Ahora dormirá unos minutos más, pero estará bien, ¡luego tal vez necesite descansar unos días! Ya sabe, sin mucho sobresalto, ¡y eso será todo!

Alucard no pudo más que asentir ante aquello y decir: ─ Gracias.

El ángel movió la cabeza afirmativamente.

─ ¡Bueno! ¡Con que estás aquí! ¡Gracias a Satanás que al fin te encuentro! ─ escucharon una voz femenina y tanto Alucard como Raphael voltearon a ver de quien se trataba.

Ante ellos vieron a dos: un hombre alto de color, corpulento y trajeado, acompañando a una fabulosa y elegantísima mujer envuelta en pieles, joyas y sedas, que llegó taconeando hasta donde Asmodeo permanecía encadenado con un gesto totalmente contrariado. Raphael hizo una mueca socarrona, Alucard no pudo evitar reconocerla y por su gesto se adivinaba, no le agradaba que ella estuviera allí.

La mujer pareció percibirlo porque volteó a verlo y le sonrío con cierta malicia. Alucard agradeció que Integra estuviese inconsciente.

─ ¡Por favor, lord Alucard, le pido que no vaya a marcharse! Tenemos cosas que decirle, terminaremos con este asunto en breve ─ le dijo el arcángel antes de ir donde los demás.

─ ¡Oh vamos Gabriel, déjate de juegos y desata a mi marido! Ya no hará más daño, ¿no es así? ─ dirigiéndose a Asmodeo que, sin despegar los ojos de ella, no sabía que hacer o decir. Mientras el duque Abigor apenas si podía contener la risa.

Entonces, Gabriel asintió con una sonrisa condescendiente, y miró a Raphael para que retirara las cadenas. El arcángel así lo hizo, con gran facilidad las rompió y con ademanes las esfumó y el demonio tuvo las manos libres de nuevo.

─ El amuleto lo dejaremos allí hasta que se vayan, luego enviaré por él … ¡mera precaución! ─ indicó el gran ángel, a lo que Lilith no tuvo más remedio que acceder.

─ ¡Bueno! ¿Ya qué? Esta ese inconveniente y el hecho de que tuve que venir caminando hasta aquí como una simple mortal porque nuestra magia no funcionó. ─ y así había sido. Ella y Amon, el demonio que la acompañaba, tuvieron que forzar su salvoconducto hasta el corazón del arruinado parque, entre un montón de curiosos, policías y reporteros.

─ Lo siento, Lilith, tenemos una protección divina ahora mismo en todo este lugar ─ dijo Michael mientras guardaba la señorial espada en la vaina que colgaba a su costado. ─ Y bien Amon, ¿qué proseguirá aquí?

El aludido, quien se había puesto a charlar con Abigor, dijo: ─ ¡Ah sí, sí! Sólo hemos traído los papiros con los mensajes de nuestro señor Lucifer, lo demás no es cosa que concierna a ti o a tus hermanos, Michael, ¡esto lo arreglaremos donde y con quien corresponda!

─ ¿Qué puede ser tan malo, eh Amon? ─ exclamó Asmodeo sobando sus muñecas ─ ¡sólo me estaba divirtiendo!

─ ¡Mejor guarda silencio! ─ le dijo Lilith ─ ¡ya demasiadas contrariedades has causado esta noche!…

─ ¡Creo que sabes perfectamente bien que no puedes traer tropas infernales donde los mortales! ¡No aún! ¡Y menos visiblemente! ¿Cuántos mortales las presenciaron? Están, por ejemplo, las tropas exterminadoras de los Hellsing, ¡y peor aún! ¡El Vaticano estuvo aquí! Y también está el hecho de que tomaste reliquias privadas de nuestro Señor, sin ningún tipo de aviso ─ señaló severo Amon, mientras le daba a Asmodeo otros papiros más, esta vez firmados de puño y letra del gran príncipe de la oscuridad.

Asmodeo los recibió ante la mirada divertida de los ángeles y hasta de Abigor, y la fastidiada de su esposa. En aquellos documentos se estipulaba que el Señor de la lujuria sería castigado y temporalmente privado de algunos de sus muchos privilegios: ─ ¿Es una broma? ¡Debe de ser una broma, Amon!

─ Asmodeo, si fuera broma te diría… Jesús entra a un bar y todos se ríen, esa es la gracia del Señor…

─ ¡Sí, sí ya… ya entendí! Pero…pero…

─ ¡Querido! ─ un tono de fastidio apenas disimulado ─ Nuestro gran señor me hizo salir de mis ocupaciones sólo para acompañar a Amon, y venir por ti, ¡y no me causa ningún placer volverte a ver! ─ eso último lo dijo arrastrando los dientes, siseante. ─ ¡así que guarda silencio y marchémonos de una vez!

Mientras aquella charla ocurría, unos sirvientes infernales aparecían para escoltar a todos los señores del infierno, de regreso (uno fue directamente a levantar del suelo el terriblemente celebre flagelo de nueve colas, y se lo llevó consigo). Abigor se fue lentamente, halando el bocado de su caballo. Erzsébet se levantaba con dificultad del suelo, tambaleante, sin poder hablar siquiera, mientras era ayudada por aquellos repentinos mayordomos. Al verla de lejos, Lilith frunció la nariz: ─ ¡Siempre metiéndote en líos acompañado de tu escoria y tus rameras! ─ le dijo quedamente a su marido.

─ Yo no cuestiono el número de tus amantes, querida, ¡qué son bastantes! …

─ ¡Yo sólo sé que el día en que nos separamos fue el más feliz de mi existencia!

─ ¡No importa! Siempre seré el padre de muchos de tus hijos ─ se ufanó.

Antes de marcharse por completo, Asmodeo se volvió a mirar a Alucard con una perversa expresión, al tiempo que una frase resonó en la mente del vampiro: "¡No te subestimo tan ingenuo como para que creas que esto se va a quedar así!" Luego se volvió definitivamente, ante el gesto de desprecio del rumano. Aas{i, entre la violencia del viento, de nuevo desatado, fueron desapareciendo los demonios uno a uno en la oscuridad.

Alucard suspiró cuando la reina de vampiros se marchó sin mayores eventualidades. Aunque estaba fastidiado, también le intrigaba todo aquel loco asunto de ángeles y demonios. La espina que Asmodeo había clavado con sus insidiosas palabras había sido tan punzante que él tenía que corroborar con más detalles cuanto era verdad.

─ … ¡Esperamos entonces que tu Señor se haga cargo de este desastroso inconveniente! ─ decía Gabriel a un Amon que no dejaba de mirarle con su propia dosis de soberbia.

─ ¡Así lo hará! ¡Tus recomendaciones sobran, arcángel! De cualquier forma, no creo que nadie se haya sentido especialmente alagado de haber estado aquí esta noche. ─ mientras tanto extendía unos papiros, pluma y tinta para que los ángeles los firmasen.

─ ¡Yo sí! Hace un buen tiempo que no visitaba a los humanos ─ aseguró Raphael mientras estampaba su firma. ─ y me gusta convivir con ellos.

─ Yo siempre estoy bien dispuesto en cumplir las encomiendas de mi Señor …─ aseveró Michael mientras hacía lo propio. Amón hizo rodar los ojos.

El último en estampar su firma fue Gabriel. Amón cerró la carpeta aquella que tenía entre sus manos, diciendo: ─ Entonces queda así estipulado que han sido testigos, que por parte de nuestro reino se ha hecho el procedimiento pertinente. Ahora, habiendo hecho el papeleo, me retiro, no tengo más nada que hacer aquí.

─ También está el asunto del contrato que extendió Asmodeo sobre el alma de lord Alucard ─ le dijo Gabriel lo más quedamente posible.

Amón asintió: ─ Entendemos que esa fue otra ley que Asmodeo paso de largo. Está claro que nadie puede reclamar esa alma, porque ya tiene una disputa muy anterior entre mi Señor y el de ustedes…

─ ¿Entonces?

Amón resopló, sabía que el asunto era un fastidio burocrático entre ambos reinos: ─ Se decidirá la validez del contrato que esta noche ha firmado el vampiro, y el estatus de su alma, en la próxima asamblea general que tengamos…pero tiene todas las posibilidades de invalidarse.

Los tres arcángeles movieron afirmativamente la cabeza.

─ ¡Y bueno! Sin ningún otro asunto que agregar…─ dio media vuelta y al chasquido de sus dedos se esfumó, cesando con su desaparición, el viento embravecido.

Raphael suspiró, Gabriel iba a decir algo a Alucard, cuando este se adelantó diciendo: ─ ¡Vaya pues! Entonces, si algún asunto no afecta directamente alguno de los intereses del gran Señor de la Tierra y el Cielo, ¡no hay motivo para intervenir!, ¡eso definitivamente explica muchas cosas!

Los tres se volvieron a mirarse las caras, luego Michael dijo: ─ Lord Alucard, sin importar que haya dicho Asmodeo y como se lo haya dicho, o lo que parezca que es, estamos aquí motivados por su causa.

─ ¡Vaya! Creí que era porque había estatutos y leyes rotas… ─ replicó el rey no muerto con una expresión irónica.

─ Bueno…sí, también por eso ─ dijo Michael rascándose la nuca, y ninguno de sus otros dos hermanos pudieron admitir lo contrario.

Alucard entornó los ojos y rio con amargura, mientras negaba con la cabeza.

─ Sin embargo, por mucho que, a usted, como a cualquier otro ser humano … ─ intervino Gabriel.

─ ¡No soy humano, ya no más!

─ ¡Lo sigue siendo, Milord! Su alma y su espíritu aún lo son… ¡nunca han dejado de serlo! Y como decía Michael, por mucho que crea que está solo, ¡no es así! ─ agregó Raphael.

─ Nosotros conocemos el futuro de todas las cosas, milord, ¡puede confiar en ello! Por eso, puede estar seguro de que no hay nada en su pasado que pudiera haber sido diferente. ─ sentenció Gabriel.

─ ¡Oh claro! ¡Gracias! ¡Muchas gracias! … ¡Ahora me siento mucho mejor! Todo sufrimiento es justificado aquí en la Tierra, ¡o eso dicen! ─riendo para ocultar su enojo, se dio media vuelta y echó a andar con la preciosa carga en los brazos.

─ ¡Tiene todo el derecho de estar enojado, milord! ─ exclamó Michael ─ y nosotros todo el deber de recibir sus reclamos, aunque nadie, ni nosotros, ¡ni el gran Señor! Gobernamos en la vida de los mortales. ─

Alucard se detuvo, Gabriel prosiguió: ─ No hay mentira cuando se asegura que cada uno de ustedes posee libre albedrío.

─ ¡Ese viejo cuento, otra vez! ─ con fastidio, Alucard viró para mirarlos con la expresión más hastiada e incrédula posible ─ la libertad plena de cualquier malvado para decidir qué hacer con los inocentes, ¡hasta que los inocentes dejan de serlo para siempre! ¡Y la inmundicia de este mundo se hereda! ¡Y otra vez, y otra vez, y nunca se termina! ─ sintió un nudo en la garganta, ¡era tan extraño! Sus sentimientos rara vez estaban a flote, ¡pero estaba tan cansado! Y la influencia de Asmodeo era tan agotadora, que sentía en cualquier momento, las lágrimas lo iban a traicionar.

─ No hay manera… lord Alucard, de que podamos explicar porque ningún sufrimiento o injustica es en vano ─ le dijo Raphael mirándolo con empatía y emoción ─ ¡ojalá pudiéramos! Pero como no es así…tan sólo podemos pedirles que nunca pierdan la fe.

─ ¡Por decenas de años nunca lo hice! Ni mi padre, ni mis hermanos, ¡ni miles de otros!… ¡y no importó nada! ¡jamás importa nada al final!, ¿pero qué más da? ¡Yo ya estoy bien condenado! …

─ No del todo, milord, escuche…

─ ¡Lo mío no tiene caso! Ahora sólo quisiera saber cómo carajo voy a salvar a mi ama de la maldición de ese demonio artero… ¡¿Acaso ustedes van a ayudar?! ¡¿lo harán?!... ─ ante la pregunta, los ángeles sólo se miraron a las caras, y las pupilas del vampiro se encendieron al dejar derramar sin remedio algunas lágrimas que se apresuró a limpiar con el dorso de su mano.

─ ¡No es tan fácil! No se puede impedir la maldad de los infiernos… ─ aclaró Michael.

─ ¡Ojalá pudiéramos, pero…! ─ agregó Raphael

─ ¡Entonces no los necesito tampoco! ¡Ni yo, ni mi ama! Hoy estuve dispuesto a sacrificar lo poco que me queda a cambio de librarla de esa maldición…

─ ¡Eso no era posible! Asmodeo le mintió, lord Alucard, ¡jamás fue su intención cesar con la venganza que ha impuesto contra la familia Hellsing! ─ aseguró Gabriel ─ lord Alucard, ¡si no puede confiar en nosotros mucho menos en ese demonio o en ningún otro!

─ Alucard, ¡no cometa el error que le costó su mortalidad y su paz, otra vez! Por favor, ¡no le dé la espalda al Señor! ─ le pidió Raphael, con una expresión casi suplicante.

─ ¡¿Entonces debo aceptar que no puedo hacer nada para salvar al último ser que amo?!

Otra vez los arcángeles guardaron silencio y se voltearon a ver las caras.

─ ¡Oh cielos! ─ exclamó Alucard más allá de su tolerancia, cuando más lagrimas rodaron por sus mejillas ─ ¡¿Entonces qué caso tiene?! ─ los tres le miraron. Gabriel serio, Michael tragando el nudo de su garganta, y Raphael con los ojos brillantes ─ ¡no tiene ninguno! …No hay paz, ni justicia, ¡ni redención en este mundo!... ¡Y a nadie le importa! Empezando por ese Dios suyo…

─ ¡Lord Alucard! ─ exclamó Gabriel.

─ Nadie puede manipular lo que ocurre en este reino mortal, ¡no son nuestras marionetas!

─ ¡Es verdad! ─ furioso de escuchar de la boca de Michael, las mismas palabras de Asmodeo, Alucard no pudo más ─ ¡Pero Dios! … ¡Dios es un sádico, es un tacaño, es un casero indiferente a la vida!

Los tres arcángeles le miraron sin poder decir nada en ese instante en que el antiguo guerrero lucía ya tan desesperado. Sin embargo, Gabriel se acercó a él mientras del bolsillo de su saco, extraía un objeto que guardó dentro de su mano derecha.

─ Sé que no nos creerá, pero de verdad, ¡lamentamos profundamente su dolor! Sin embargo, nuestro Señor jamás lo ha abandonado en realidad…

─ Sólo dejó que usted tomara sus propias determinaciones… ─ repuso Michael.

─ Y no creo que haya querido que usted u otro de sus guerreros escogiera el camino de las sombras…. ─ agregó Raphael.

─ Entonces… ¿por qué me castigó convirtiéndome en lo que soy?

─ En realidad él sólo… rescató la porción de alma que pudo de las garras del demonio ─ explicó Michael. ─ si no hubiera sido por eso, usted estaría atrapado desde hace siglos en los antros de los infiernos, más tampoco pudo detener su senda, milord. Usted siempre ha sido libre de escoger que hacer, como y cuando hacerlo…

─ Y esos caminos, por muy tormentosos o impíos que hayan sido, lo han traído exactamente hasta donde usted está ahora ─ volvió Gabriel a hablar, y le señaló a Integra quien aún permanecía dormida tranquilamente en sus brazos.

─Sin ese recorrido, ¡jamás la habría conocido! ¿está usted consciente de eso? ─ preguntó tranquilamente Raphael

Alucard tragó saliva, se limpió las lágrimas de nuevo.

─ La conoció gracias a desgracias que nadie pudo cambiar, ¡la felicidad perfecta no existe! ─continuó Michael ─ pero si lo que siente es tan puro y poderoso como para estar dispuesto a todo por ello, ¡creo que el Señor no se ha equivocado con usted!

─ ¿El Señor va a ganar la apuesta? ─ preguntó Alucard, de nuevo irónico.

─ Él no, ¡usted! ─ corrigió Gabriel, y entonces Alucard le miró con desconcierto, pero sin poder replicar nada.

─ Estamos seguros de que aún cree que es posible, Vlad… ─ dijo Michael

─ ¡No lo sé! ─ contestó sin mirarlos, con la vista aún nublada.

─ ¡No importa! ¡Él sí lo sabe! ─ Gabriel sonrió, acortó más la distancia, extendió el contenido de su mano derecha al rey no muerto, que lo recibió. ─ ¿la reconoce?

Cuando Alucard abrió la mano, lo que vio, provocó, sin ningún remedio, que las lágrimas volvieran a rodar por sus mejillas, pero está vez la emoción lo desbordó tanto, que tuvo que sostener a su ama sobre sus rodillas, y bajar la cabeza para sollozar. (Y los tres arcángeles trataron de disimular que sentían una emoción muy humana al ver aquello).

─ Es… la cruz de la princesa Vasilisa de Moldavia… ¡Su madre, milord! ─ agregó Gabriel.

Alucard levantó la cara y asintió con el rostro bañado en lágrimas, mientras en la mano aferraba la cruz otra vez forjada, esa que su madre le colocara al cuello la tarde en que, junto con su hermano menor, fue entregado al sultán. En ese instante lo recordó nítido como si no hubiese pasado el tiempo. ¡Esa era la cruz que una vez hace tanto tiempo, se hiciera añicos contra el suelo junto con su esperanza entera! Aquel maldito día en que murió por primera vez.

─ Se redimirá Lord Alucard, el sacrificio que hace más allá de usted mismo, ¡lo redimirá! ─ exclamó Raphael mientras tocaba su frente con la punta de sus dedos, y una paz repentina lo envolvió, y entonces, por espacio de esos minutos, todo su dolor, su desesperación y angustia desaparecieron como el vapor de agua ascendía después de la lluvia.

─ Sabemos que está demás pedirlo, pero…Ámela mucho, príncipe Vlad… ¡ámela de verdad! ─ le dijo Michael, enfático, sonriente ─ ¡y eso será todo!

─ El sentimiento que usted tiene lo guiará, le indicará el camino correcto ─ repuso Gabriel.

Desde su vista nublada, Alucard se halló con la mirada y la sonrisa amistosa de los tres, como si en efecto leyeran en sus ojos algo que él aún no podía comprender. Luego, el rey vampiro bajó la cabeza un momento para observar la cruz reforjada en la palma de su mano, y cuando volvió a levantar la vista, los arcángeles ya habían desaparecido…

Continuará...

Notas:

- El amuleto de pescado en la frente, alude a que cuenta la historia que el ángel Rafael logró ahuyentar a Asmodeo poniendo al fuego entrañas de pescado, cuando aquel acosaba a una joven llamada Sarah a quien mataba los maridos antes de que pudieran consumar el matrimonio (quien sabe si querían referirse a otra cosa, así dice la leyenda).

-La prisión de Asmodeo intentó ser de agua porque supuestamente ese demonio teme a tal elemento.

- No hallé un demonio que fungiera exactamente como mensajero o abogado, entonces sólo elegí a Amon, demonio de la ira.

-Asmodeo y Lilith sí están casados en el canon judeo-cristiano.

Toda las creencias y posturas religiosas plasmadas en este capítulo dividido en tres partes, NO REFLEJAN LAS MÍAS. Es decir, la idea de usar personajes del canon judeo-cristiano no surgió como necesidad a expresar ideología o creencia religiosa personal (las cuales siempre mantengo al margen de cualquier trabajo creativo), sino porque creo que sigue bien la línea del canon mismo de Hellsing, por lo cual no es apología ni lo contrario, simplemente es la visión espiritual y religiosa de los personajes de la historia ─

- La frase que dice Alucard acerca de Dios, está directa y textualmente tomada de una de las escenas de la película El abogado del diablo, protagonizada por Al Pacino y Keano Reeves. (Lo aclaro para que no se me acuse de plagio de esa frase, pero no, no se me ocurrió a mi).

Así como CURIOSIDAD:

Quiero contarles que este fan fiction fue comenzado en la primavera de 2009, unos días antes de que en mi país (México) se declarara emergencia nacional y cuarentena por la llegada de la pandemia del virus H1N1, (y aunque lo dejé de escribir por periodos muy largos de tiempo, por ello hasta este año va a finalizar) no pude ignorar el hecho de que estamos en medio de la crisis sanitaria por el CODVID-19. Así que este fan fiction también estaría cumpliendo un extraño ciclo. Y déjenme comentarles que por ello, el origen de Sixtina Lo giudice está, precisamente descrito en medio de una epidemia (en su caso, de peste negra), ya que por esa época, mi país apenas estaba dejando atrás la experiencia de la propagación de una enfermedad y digamos que me "inspiró" a escribir algo acerca de... Y escogí que fuera italiana, primero porque quería ponerle Sixtina a algún personaje, un par de años después estudié que la peste negra se propagó de Italia al resto de Europa (traída desde Asia por unos comerciantes genoveses), y que si bien, Sixtina pertenece al siglo XVII, (mucho tiempo después del brote más importante de peste en Europa) se sabe que surgieron otros brotes de la enfermedad en siglos venideros, pero ese que narró yo, donde Alucard conoce a la chica en una aldea italiana, sólo lo inventé sin ninguna documentación histórica detrás...Y ahora que lo pienso, que el codvid se regase de Italia al resto de Europa y el mundo (de allá, precisamente, fue traída aquí por paisanos míos), lo cual es un tanto creepy =S.

Y respecto a eso, quiero que sepan que de todo corazón espero que nadie les falte y que nadie de ustedes vaya a faltar después de que todo esto pase porque sí, "esto también pasará", y que cuando lo haga halle a todos más fuertes y más maduros, y que nadie vaya a sufrir demasiado las consecuencias de este desmadre mundial, ni en lo económico ni en lo moral.

En fin! Les deseo paz y tranquilidad durante esta eventualidad. Espero tener un capitulo nuevo para el 11 aniversario del fic, y mucha suerte a todos los que lean (que no sé exactamente quienes, ni cuantos son pero, ojala sean varios y ojala que se entretengan un rato)

See ya =P