XXX

Expiación.

Con la sensación de estar siendo llevada en brazos, despertó. Abrió los ojos lentamente y aún le costó trabajo enfocar las imágenes. Las primeras sensaciones fueron la brisa refrescada por la lluvia, el olor a humedad de la noche, pero también el aroma penetrante a hierro de sangre que la rodeaba, que manchaba su ropa y la de él, en cuyos brazos estaba… Fue cuando recordó de súbito.

─ ¡Alucard! ─ exclamó, y él tuvo que detener los pasos que había dado.

─ ¡Integra!... Integra, ¿cómo te sientes? ─ ante la mirada ansiosa del vampiro, la chica trató de librarse de sus brazos. Alucard comprendió que ella deseaba ponerse de pie. Con cuidado quiso depositarla en el suelo, pero la joven ya había puesto ambos en el suelo de un salto, colocó sus manos en las mejillas frías de él y se le quedó mirando con detenimiento, con ansiedad, como comprobando que no se trataba de una ilusión o un sueño.

─ ¿Qué…? ¿Qué fue lo que pasó?... ─ preguntó Integra y luego palpó su propio rostro, su cuerpo. Revisó cada lugar donde recordaba que había tenido una herida, pero no halló rastro de ellas, ni sintió ningún tipo de dolor. ─ ¿Alucard?

Ante la interrogante de la joven, el vampiro suspiró antes de poder contestar: ─ Supongo que después de todo lo que hemos visto esta noche, ya nada puede ser increíble para ti… ─ dirigió su mirada hacia el claro que había sido escenario de la batalla, del cual comenzaban a alejarse ya.

─ ¿Qué fue lo que ocurrió con Asmodeo? ─ Ansiosa buscó estar de frente al vampiro, casi se paró de puntas para tratar de alcanzar la mirada más directa a su rostro. ─ dime, Alucard… ¿cómo quedó el asunto del contrato?... ¿es que acaso …lo venciste?

Ante la pregunta, el vampiro desvió la mirada a un punto indeterminado: ─… ¡claro que no! ─ dijo secamente ─ ¿Cómo crees? ─ luego un suspiro, unos pasos más hacia el frente donde yacía sangre, las cenizas del cadáver de Sicilia (y de Sixtina, sin que él tuviera idea), los fragmentos esparcidos de la espada Hellsing, la estela de fragancia de flores que habían dejado los arcángeles tras su marcha, y que su fino olfato aún percibía ─ … ¡ese bastardo era demasiada pieza para mí! ─ se cruzó de brazos en una evidente actitud de molestia.

Integra lo observó tan sólo un momento, luego volvió a preguntar: ─ … ¿entonces? ¿Cómo nos libramos de todo el embrollo? ¿Y… cómo estoy completamente curada?

Sin voltear a verla, volvió a sentir entre los dedos la cruz que ahora estaba guardada en el bolsillo de su pantalón: ─ Por un milagro… ¡ni más ni menos!

Integra supuso que más ángeles habían venido en su ayuda: ─ Yo vi a dos de ellos, dos de esos "milagros". Uno durante mi pelea, otro en una dimensión alterna ─ el vampiro volteó para mirarla con extrañeza. ─ en el viaje que Asmodeo me obligó a hacer… ¡vi el futuro, Alucard!

Y por su expresión él adivinó que no se trataba de uno halagüeño: ─ Creo que no me vas a decir que viste, ¿verdad?

─ ¡Ni yo sé con exactitud que fue lo que vi! Fue aterrador… ¡pero no quiero hablar de ello por el momento! ¡Ahora sólo me importa que sobrevivimos a esta terrible emboscada!, ¡saber que se han marchado!... Ver que… ¡estás aquí! ─ Alucard, quien insistía en perder su mirada, sin poder desenmarañar la marejada de pensamientos, volteó de nuevo a verla.

─ Y, sin embargo, ¡ya viste que poco puedo llegar a servirte si otro se lo propone!

─ ¡No, Alucard! ─ trató de acercarse a él, pero este la evitó. De verdad él estaba más allá de la confusión por todo lo que había visto, escuchado y sabido; por el enojo contra sí mismo; por la incertidumbre de no saber cuál iba a ser la próxima vez que no fuera capaz de proteger a su ama, y si esa otra vez tendrían tanta suerte. "¿Y si te dejo sola algún día? ¿Qué va a pasar si un día me marcho y no vuelvo a saber nada de ti, ni tú de mí?" Pensó, se mordió los labios, sintió la incertidumbre quemarle el corazón, quiso decirle mil cosas, abrazarla, ¡besarla! Pero no podía, la vergüenza que le producía la derrota, lo estaba paralizando. E Integra, ella era incapaz de saber cuántos tormentos lo atenazaban en esos momentos, pero siempre intuitiva, desistió de su intento de acercársele, suspiró profundo, percibía que algo más había ocurrido al rey vampiro, algo que modificaba hasta el ímpetu de su espíritu. Ella carraspeó, también terminó de controlar el impulso de abrazarlo y decirle que se alegraba tanto que la tormenta hubiera pasado y que aún estuvieran vivos para ver llegar la calma. En lugar de eso, le preguntó si se había librado del nefasto compromiso que probablemente había contraído con el demonio aquel.

─ Eso no lo sé con certeza, aunque hay grandes posibilidades de que se invalide… ¡o eso dijeron! Al parecer hay toda una burocracia ultraterrena entre Cielo e Inferno ─ se rio un poco, sin embargo, no abandonó su semblante taciturno ─ ante lo que no pude hacer nada … ─ tragó saliva ─ fue acerca de la maldición contra la estirpe Hellsing… ─ bajó la mirada ─ ¡lo siento!

Integra volvió a suspirar profundamente: ─ Nadie esperaría que así fuera, ¡los demonios no renuncian a sus víctimas tan fácilmente! ─ iba a decir otra cosa cuando distinguió a una cierta distancia, el acero bendito brillar en decenas de fragmentos esparcidos por doquier a través del suelo. Frunció el ceño y se acercó a mirar, fue entonces que vio el cadáver de la espada Hellsing. ─ ¡Oh no! ─ con lastima se agachó ante la guarnición de lazo que tantas veces empuñara ella, así como sus antecesores, y que ahora estaba desprovista de su magnífica hoja ─ ¡cadáver! ¡Despojo al fin y al cabo!

─ Se resquebrajó dentro del pecho de Asmodeo, ¡cuando traté de salvar algo de mi honor y se la clavé hasta atravesarlo con ella! ─ hizo un gesto al recordarlo.

Integra lo miró unos segundos, luego asintió y se puso de pie: ─ ¡Tuvo una buena muerte entonces, una de honor!

─ ¡Cómo no hay otra! Murió peleando…

Integra asintió, y el sonido de botas acercándose la hizo guardar silencio: Eran algunos de sus hombres que llegaban, pero también acompañados de los soldados de Iscariote ante los cuales estaba el padre Giorgio Morelli, que, al verla, saludó con la cortesía de una leve reverencia, siempre escrutador: ─ Bouna notte, signorina…

-oOo-

─ ¿Dónde está, Sir Irons? ¿Dónde está mi ama? ¿La ha visto?

─ ¡Por un momento pensé que tú me tenías noticias, Walter!

─ Cielos, no, ¡la última vez que la vi estaba huyendo en aquella dirección… ¡y la iban persiguiendo! ─ señaló por donde había visto a su ama marcharse, perseguida por toda la jauría de féminas infernales. Sir Irons miró en la dirección que el mayordomo le señalaba mientras tragaba saliva y una expresión de miedo se dibujaba en su rostro.

─ ¡Pues vamos a buscarla! ─ dijo después de indicar al capitán de las tropas, que le siguieran, pero antes de que sir Lancaster, que acaba de llegar al lugar de los hechos, lo detuviese con toda clase de preguntas ─ el asunto ha sido parte de esos temas que por fuerza tenemos que esconder, ¡pero lo que has manejado oficialmente tiene que ser creíble. ─ le dijo sir Irons a su compañero de la Mesa Redonda.

─ ¡En nombre del cielo, esto ha sido una batalla campal! ─ expresó el caballero mirando los destrozos a su alrededor, pues allí donde hasta hace un par de horas había existido un tranquilo y hermoso parque, ahora se hallaba pedacería de cemento y yeso, árboles cercenados, estatuas rotas, losetas levantadas, postes de luz quebrados y esparcidos, todo ello donde agentes del servicio secreto trataban de contener el ímpetu de policías y detectives de Scotlan Yard que exigían se les dejase pasar, arremolinados entre reporteros y vecinos curiosos. ─ ¡vaya! Pues tendremos que cerrar definitivamente las inmediaciones, ¡y hacerlo ya! Luego declarar que aquí cayó una bomba, o algo así…

Junto a ellos pasaron dos soldados llevando entre sus manos a Gulio Cacciatore. Había sido liberado de su martirio por el general Michael, en medio del fragor de la batalla. Sin embargo, y aunque aún con "vida", había quedado inconsciente a causa de las terribles heridas que atravesaban su cuerpo, por ello, era llevado por un hombre que lo sostenía de las axilas, y otro que lo sostenía de las piernas, hacia el interior de una tanqueta que luego se apresuraron a asegurar. Los tres hombres: Sir Lancaster, Sir Islands y Walter, no dijeron nada al ver al vampiro prisionero, sólo se voltearon a ver las caras, como sintiendo pena por él.

Sir Islands carraspeó para cambiar de tema: ─ Has uso de los recursos que debas hacer, no escatimes, Randall, ¡sólo asegúrate que nada se filtre! Ahora, si me disculpas ─ Sir Irons vio como Walter ya guiaba a los hombres a la búsqueda de Integra.

─ ¿Qué pasa, Hugh?

─ Que hasta este momento nadie ha visto a Lady Integra.

Sir Randall Lancaster le miró con preocupación, asintió con un gesto de comprenderlo todo, y no dijo más. Luego sir Irons se despidió con la mano y apretó el paso para darle alcance a los hombres que ya avanzaban siguiendo el sendero de una vereda pavimentada en adoquín que los llevaría donde momentos antes, se había librado otra insigne gresca entre cielo e infierno.

Cuando Sir Irons le dio alcance a Walter, este comenzó a relatarle, a grandes rasgos, como es que se había dado aquella gran batalla, como habían recibido la presencia de toda clase de seres ultraterrenos. Que Asmodeo había convocado a sus tropas, que los vampiros de La Convención habían tenido que ver, así como la famosa condesa sangrienta y el duque general Abigor…

─ ¿El duque Eligor estuvo aquí? ─ sir Irons muy sorprendido.

─ Estuvo… ─ Walter siguió narrando como recibió ayuda de un particular joven uniformado que no había visto jamás, el cual le había curado de todas sus heridas, y como un extraño soldado con una espada plateada, había fungido de comandante en el último ataque, con fuerza bruta de una cuadrilla entera y estrategias de general.

─ ¿Qué fue de ese comandante?

─ De un momento a otro, también desapareció …

─ ¡Quién te oyera hablar diría que te has vuelto loco, Walter! Y no es eso, ¡estamos inmiscuidos en cosas de locos, más bien!…

─Y me faltó mencionar a Iscariote por supuesto… pero eso usted ya lo sabe…

─ Tuve que llamar al padre Morelli, y hacer valido el pacto de colaboración que existe entre ambas divisiones… ¡de repente no tenía más opción!

─ ¡Toda ayuda fue bien recibida, sir Irons! ¡Por un momento pensé que era nuestro fin!

─ ¡Yo también! ¡Y por cierto! Estando allá, detrás del cerco, vimos a parecer a una dama y a un caballero de color que lograron colarse… ¡estoy seguro de que ocuparon manipulación mental! Ella venía reclamando ver a su marido, ¡al final nadie pudo detenerlos! Todos creyeron que se trataba de una vecina altanera.

─ ¡Muchas deidades fueron recibidas esta noche! Esto fue relevante más allá de nuestra mera existencia ─ repuso Walter.

Sir Irons asintió, estaba de acuerdo, lo iba a expresar cuando escucharon: ─ ¡Sir Integra, está usted bien! ─ exclamó con alegría el capitán de las tropas.

Ambos hombres guardaron silencio y miraron al frente, a unos ocho metros estaba ella, y contaba incluso con fuerza y ánimos suficientes para ser amable a los saludos y palabras de aliento de sus hombres, a pesar de que estaba bañada en mugre y sangre, desgreñada, desaliñada. Cuando la dama sintió la mirada de ambos viejos amigos, guardó silencio, levantó una mano y sonrió tranquilamente. En ese instante, a su lado pasó andando con grandes trancos el rey no muerto, sin mirar ni hablar con nadie, dispuesto a ignorar a todos, incluso a sir Irons.

─ ¡No me preguntes nada, sir Islands! ─ dijo levantando una mano al pasar junto a él y adivinar su intensión ─ ¡no ahora en todo caso!

Y así lo vieron alejarse unos metros. Integra se disculpó con sus soldados y trotó para alcanzar a decirle: ─ ¡Alucard, espérate! No puedes salir del cerco y que alguien de la prensa te vea, ¡sólo espera! ─ordenó ella, y Alucard se detuvo haciendo rodar los ojos con mucho fastidio. Lo que él deseaba ahora era marcharse de allí cuanto antes para encerrarse el tiempo que fuera necesario. Integra enseguida fue abordada por Walter y sir Hugh, y mientras el primero le expresaba todo tipo de alegría y preocupaciones, el otro le miraba sin poder creer en su condición ilesa, su vigor y la energía de alguien quien seguramente había librado una pelea letal, que había visto su vida pender de un hilo.

─ Esto…¡Integra! No puedo decir que eres digna hija de tu padre, no ─ la muchacha miró casi con miedo el gesto absorto del caballero ─ porque eres mejor, ¡lo superas con creces! ¡Tengo que decirlo!

─ Mi padre, él…

─ Él, aunque sagaz y astuto, no peleaba nunca sus propias batallas ─ Walter, detrás de la chica y frente a él, le pidió con un gesto, callar, pero Sir Irons estaba, como pocas veces, emocionado, dispuesto a hablar ─ ¡si hubiese sido además valiente, como tú…!

─ Sir Irons, disculpe que lo interrumpa ─ el caballero dio su atención en quien le hablaba: una de las monjas de la sección XIII, una religiosa fuertemente armada, que usaba una moderna armadura que combinaba con el velo de un habito azul marino. ─ pero el padre Morelli desea hablar con usted.

Hugh Islands asintió, se despidió momentáneamente de Integra quien se quedó charlando a solas con Walter, antes de que el mayordomo y ella se dieran un sentido abrazo, mientras Alucard, metros adelante, ya había conseguido que uno de los soldados le regalase un cigarrillo que encendía con premura.

Por su parte, Sir Irons llegó andando junto a la monja, hasta el lugar donde momentos antes las banshees habían vencido a las vampiresas, donde Integra derrotó a Erzsébet, y donde se habían reunido los arcángeles para discutir con los demonios el destino de cierto príncipe dragón y su dama. Allí, sir Irons se encontró con una cuadrilla de sacerdotes investigadores que pertenecían a la división científica del Vaticano, los cuales recolectaban muestras y tomaban fotografías por doquier.

─ ¡Sir Hugh Islands! ─ exclamó Giorgio Morelli al verlo llegar ─ usted disculpe si me adelanté al protocolo, (si es que existe uno), pero los científicos de la Santa Sede ya están trabajando.

─ Como bien lo acaba de expresar, esto es muy irregular, le correspondía primero al cuerpo científico de la Organización Hellsing hacer las pesquisas. ─ protestó Sir Irons.

─ Sí, pero como ninguno de ellos está por aquí, y la gente de mi sede sí, decidimos comenzar…No se puede negar a ello, sir Irons, después de todo, nuestra división ha cumplido con su parte de la alianza, aún a costa de algunas pérdidas en nuestras filas ─ el religioso se persignó y miró al cielo, y Sir Irons ya no pudo replicar nada, sino sólo observar como recolectaban muestras de sangre halladas en el suelo, así como uno que otro cabello. Uno de los sacerdotes le mostró al padre una hebra cobriza que había sido colocada dentro de una bolsa de plástico. Morelli recibió la muestra y la miró a contraluz de las faloras que aún se mantenían en pie. ─ ¡¿puede imaginar qué gozo tan grande para la iglesia, hallar pruebas irrefutables de que seres no mundanos, estuvieron aquí?! ─ le miró de reojo con una mirada triunfal. Sir Irons carraspeó, Morelli agregó ─ Sólo espero que sus científicos arriben antes de que llueva otra vez y el agua borre todo rastro. ¡Por cierto! Hemos hallado esto esparcido en el suelo ─ el padre hizo señas a otro de que llevase un recipiente de vidrio con fragmentos de acero: grandes, pequeños, diminutos. Y tal vez para Sir Irons hubiera sido difícil reconocerlos de no haber sido porque allí estaba la inconfundible guarnición de lazo, de lo que hasta hace unas horas había sido la poderosa espada Hellsing.

El viejo caballero no pudo disimular un gesto de tristeza al ver la gran arma arruinada: ─ Ha caído en batalla, ¡cómo era su destino! ─ dijo mientras tomaba en su mano derecha, la belleza de la guarnición que ya sólo poseía un solo fragmento de acero unido a ella─ … ¡en fin! ¡Puede forjarse otra vez! Hágame el favor de conservar los pedazos que halle, luego asegúrese de entregarlos a mi personal en cuanto lleguen, padre. ─ el sir volvió a colocar los restos dentro de la caja, el religioso asintió, y se dio la media vuelta. Luego dijo a Giorgio Morelli ─ …espero que mi cuerpo de investigación no demore…

Por suerte eso no iba a suceder, pues en ese momento se habría paso el personal de Hellsing, y para cuando alcanzaron el lugar de las pesquisas, el caballero inglés se despidió, deseoso de regresar a la mansión para saber cómo estaba su hijo, y como estaba la situación con los miembros de la Mesa Redonda.

─ Lady Integra Hellsing ha sido muy amable y ha dicho que podemos curar a nuestros heridos y descansar en su cuartel general, la mansión que lleva su nombre, por lo que algunos de los míos ya han sido llevados allá ─ añadió el padre.

─ No nos despedimos entonces, Padre Morelli, ¡hasta luego! ─ asintiendo con la cabeza, el caballero dio media vuelta para iniciar el viaje de regreso a la gran mansión, hacia la cual ya se dirigía la ama y señora.

Sentada en la parte trasera de un auto blindado con los vidrios polarizados, a su lado viajaba su centinela, el cual continuaba ensimismado en sus pensamientos. Ella lo notó en cuanto abordó el auto que los sacaría del epicentro del desastre, (siendo lo más discreto posible) por una vía alterna que los llevaría a rodear el vecindario.

Alucard fue llamado por uno de los oficiales de las tropas, y le fue indicado donde había de viajar. No puso objeciones. Pidió otro cigarrillo a los soldados, y se fue andando con desgano, abrió una portezuela trasera del Ford negro, y abordó cerrando inmediatamente, recargando la nuca en el asiento, fumando profundas bocanadas, observando las polutas de humo que se deshacían ante sus ojos fatigados de llorar. Se llevó una mano a la cara y suspiró profundo como siempre que trataba de paliar una tormenta de su alma, ¡y ahora luchar contra esas perras ganas de no ver absolutamente a nadie! Tan sólo a ella… Verla siempre, tenerla para sí, ¡si tan sólo las circunstancias se lo permitieran! Pero ahora estaba tan avergonzado consigo mismo y con ella por la derrota, que no podía ni jugarle las bromas e ironías que acostumbraba, ¿y qué estaría pensando ella? Seguramente sentiría pena por él, "¡maldita sea!" Sin querer estrujó todo el cigarrillo en la mano, hasta que su carne se quemó con las cenizas al rojo vivo. La punzada de dolor lo sacó de sus tribulaciones a tiempo para escuchar pasos acercarse, oír la voz de su ama, la de Walter.

─ ¡Estoy bien, te lo aseguro! Aunque claro que aceptaré que el doctor me haga un chequeo, ¡ahora todo lo que deseo es regresar y quitarme toda esta porquería de encima, Walter! ¡Puag! Me siento como una palanqueta de caramelo… ¡pero echada a perder, por supuesto! ─ incluso rio por la broma, como para tranquilizar más al mayordomo.

─ ¡En unos minutos más nos veremos, señorita! Y discúlpenos, de verdad, discúlpenos que no la dejemos tranquila, pero sir Islands me ha informado que toda la Mesa Redonda la está esperando en la mansión.

Ella suspiró, se encogió de hombros: ─ ¡Ni hablar! ¡Es mi deber! ─ acto seguido hizo una despedida con la mano y subió al auto que aún esperaba a su chofer, para tomar asiento junto al rey no muerto quien se limpiaba las cenizas de la mano que empezaba a sanar.

─ ¡Qué pasatiempos los tuyos, Alucard! Hacer de cenicero…

El vampiro sólo volteó a mirarla con una mezcla entre amargura y dolo. Integra lo observó por espacio de unos segundos, luego suspiró, y alargó la mano para tomar aquella que había sido recién herida, alcanzó a ver como la quemadura desparecía para no dejar rastro de la mano fuerte que sostenía.

─ ¿Sigues molesto porque Asmodeo te ganó la pelea, verdad? ─ Él tan sólo bajó la mirada, cual si fuese un cachorro reprendido. Integra suspiró sin soltar su mano, está vez colocando la suya en la palma, sobre el asiento.

Alucard miró ambas manos, y juró que no sabía ni porque no se le abalanzaba encima para comérsela a besos nada más para tratar de curarse el alma, pero en lugar de eso, como parte de su enojo dijo: ─ ¡es fácil para ti decirlo! Tú sí ganaste tu pelea…

Integra entrecerró los ojos sin dejar de mirarlo, pero en vez de enfadarse por ese rechazo tan franco a su consuelo, rio y retiró su mano: ─ ¡Hombres!... Bien, pues creo que hablaremos después, cuando sea el momento y el lugar… ─ maquinalmente, metió las manos a los bolsillos de lo que había sido su elegante saco, y las yemas de sus dedos se toparon con unos cabellos dorados que habían sido arrancados de la cabeza de lord Charles Islands. Ella se sonrió.

En eso el chofer abrió la puerta, ocupó su asiento frente al volante, saludó y encendió el motor, después de unos segundos arrancó en dirección de la mansión Hellsing, y ya ninguno de los dos dijo una palabra por el resto del camino.

Cuando por fin llegaron a las inmediaciones, desde allí, a pesar que la mansión se hallaba a oscuras a causa del apagón general que los postes derribados habían causado, Integra pudo ver la gran actividad que tenía lugar en su hogar, ¡ella que hubiera preferido hallarla en calma y paz para poder al fin dormir! Tendría que hacer un esfuerzo más, y ser la líder de Hellsing.

Así que cuando el auto terminó de recorrer el camino custodiado por cipreses, aparcó delante del pórtico, encabezando, desde luego, la caravana de triunfales sobrevivientes que venían jubilosos a causa de la adrenalina que la batalla había regado en su sangre, y la sensación de alivio que les producía estar de nuevo allí, ante el resguardo de su cuartel general. Seguidos de los vehículos que traían al resto del escuadrón de Iscariote. Los sanos miraban todo a su alrededor, y los heridos eran llevados en camillas al patio trasero, donde la enfermería.

Cuando la lady descendió del auto, aclamaciones acompañaron su nombre.

─ ¡Viva Lady Integra!

─ ¡Viva! ─repitieron a coro los soldados de Hellsing.

La joven no pudo evitar sonreír agradada. Alucard que bajó detrás suyo, tuvo al fin una reacción de positiva empatía con aquellos que continuaban: ─ ¡Viva nuestra lady, viva nuestra comandante!... ¡Aquella que ha vencido a las mismísimos embajadores del infierno!

─ ¡Viva! ─ repetían todos, en un escándalo alborozado y jubiloso.

Integra sonrió negando con la cabeza. Al término de las escalinatas, frente a la puerta principal, se hallaban ya Sin Irons, Sir Pendwood, sir Walsh y el resto de la Mesa Redonda, quienes miraron la anterior escena, unos sorprendidos (como Sir Robert a quien de vez en cuando le asaltaban las dudas sobre la capacidad de la jovencita), otros con agrado, (como sir Shellby suspiraba tranquilo de que aquella amenaza desconocida hubiera sido neutralizada).

"¡Si el mundo te viera como yo te veo, serías la mismísima reina de Inglaterra!" Volvió a pensar el rey no muerto para sus adentros, suspiró, y con ese suspiró siguió a Integra en su ascenso final a hacia su hogar, que la recibió con la puerta de par en par, donde entre luces de decenas de velas, vio a los sires que ingresaron inmediatamente después de ella, los soldados después. Adentro las tórtolas y hasta Theodore aguardaban para ver con sus propios ojos y poder creer que no era una ilusión que la señora de la casa había regresado ilesa.

─ ¡Lady Integra, díganos algo al respecto!

─ ¿Cómo está usted?

─ ¿Hubo muchas bajas?

─ ¡Lady integra! ¿quiénes, cómo atacaron?

─ ¿Eran muchos?

─ ¿Qué tan cuantiosos fueron los daños?

─ ¡Sir Integra, necesitamos saber!

Ante tantas preguntas, la joven hizo señal de silencio, encaramándose a las primeras gradas de la gran escalera principal para hacerse escuchar, con la voz más marcial y firme que tenía, habló al grupo de caballeros (a los cuales ya se había anexado Walter y el discreto padre Morelli que llegó movido por la curiosidad) que no apartaban sus ojos expectantes de ella.

─ Señores miembros de la Mesa Redonda, ¡agradezco y celebro sus presencias! Así como su interés en el bienestar de mi persona y mis solados… ¡esta noche hemos librado una batalla sin precedentes contra fuerzas y amenazas que estaban más allá de nuestra comprensión, e incluso de nuestra capacidad de poder o defensiva! Lo cual es la razón de mi lamentable y desastroso estado por el que ofrezco disculpas, sin embargo, ¡y dedo decirlo ante ustedes! Recibimos ayuda inesperada que no puede ser explicada con simples palabras que alguno de los aquí presentes posea ─hizo una pausa, suspiró, mientras veía como Alucard se daba la vuelta para desparecer discretamente ─ ¡y ante la cual debo, debemos, estar por siempre agradecidos! Por lo demás, ¡pido un reconocimiento a mi valiente Walter, a mis bravos soldados… y a mi fiel y devoto guerrero, lord Alucard! El arma principal de todas nuestras empresas ─ El vampiro alcanzó a escuchar aquello, cuando la mirada de los presentes se clavó en él, tuvo que detener su caminata, cerrar los ojos por espacio de unos segundos y dar la media vuelta, mirar a todos, luego a Integra ante la cual hizo una de sus acostumbradas reverencias, y una mirada de añoranza tan profunda e intensa, que la dama tuvo que tragar saliva. Los caballeros, soldados y sirvientes sólo se miraron unos a otros. Sir Hugh prefirió bajar la vista.

─ ¡Como siempre, ha sido un honor, milady Hellsing!

─ ¡Gracias, Alucard! ─ dijo ella, él volvió a asentir, se incorporó y reanudó sus pasos. ─ los pormenores e informes completos de la misión de esta noche se les harán llegar con la máxima pertinencia posible, estimados caballeros de la Mesa Redonda… Por está noche… ¡hemos terminado de buscar y de destruir!

Los soldados volvieron a aplaudir ante una Integra que no se resistió al impulso de levantar el puño triunfal. Las tórtolas imitaron a los rudos hombres en el aplauso. Theodore tuvo la ocurrencia de ir a la cava llevándose al chofer y a otras chicas para traer licor y hacer un brindis. Los caballeros aludidos también agradecieron las palabras de la dama poco después de que ella dijese que sentía mucha necesidad de retirarse a descansar, y por más que lo deseara, no podía acompañarlos a la tertulia que se fraguaba. Con una reverencia dieron por terminada esa improvisada reunión, así, después de estrechar o hacer una protocolaria reverencia ante la mano de la joven, unos comenzaron a retirarse agradeciendo las atenciones, dando las buenas noches, seguidos por sus escoltas. Algunos de los acompañantes y secretarios estaban en el vestíbulo de la mansión conversando, otros ya brindando con los soldados, mientras que Integra se escabullía para hallar el remanso de la higiene y el descanso.

Descalzándose caminó a su añorada biblioteca. Miraba de reojo a todos los visitantes de la casa, a las tórtolas deambular por doquier ofreciendo copas, y alcanzó a escuchar que algunos soldados tenían ganas incluso de organizar un baile en los patios de atrás, si hallaban la manera de hacer reproducir música sin necesidad de electricidad. Por el corredor hacia el recibidor principal se topó con Theodore que, con los ojos brillantes por recientes lágrimas derramadas, la abrazó sentidamente, y luego le preguntó si quería cenar algo. Hasta entonces la chica recordó que efectivamente, su cuerpo le pedía alimento, de modo que con amabilidad aceptó el ofrecimiento de la ama de llaves. Cuando llegó al recibidor, el incansable péndulo del gran reloj le dio la bienvenida con su intermitente tick tock, cuando siguió ya descalza sobre la alfombra, con las Converse manchadas en la mano izquierda, y una lampara de vela en la otra, siguió por el piso de duela que daba la bienvenida a la elegante puerta de dos hojas de la biblioteca concéntrica a la que entró lentamente. Con un hondo suspiro de alivio, siguió el sendero de la luz cobriza de su lampara, esa tenue, ambarina que invita a relajarse. Una vez dentro, la joven soltó sus zapatillas deportivas, puso la lampara en la primera mesa, estiró lo brazos sólo para escuchar el crujir sus huesos, exhaló e inhaló profundo, y se dirigió rápidamente a buscar la pijama, luego subiría a tomar esa ducha que añoraba. Al anexo iba, cuando la voz susurrante de la sirvienta Clarice quien, con un candil en la mano, la detuvo.

─ ¡Disculpe señorita, pero no va a hallar ya ninguna de sus pertenencias!

La joven se volvió a mirarla un tanto sobresaltada.

─ ¡Dios Santo! ¡Me has asustado!

La sirvienta, envuelta en su camisón y un largo cárdigan de estambre, le hizo señas con el dedo índice de guardar silencio. Integra, aún tensa a causa de la batalla sintió que el corazón se le aceleraba, aunque sin razón, pero siempre aguardando por un evento funesto, o giro inesperado, preguntó casi con miedo: ─ ¿Por qué? ¿Qué pasa?

La joven le hizo señas de seguirla hasta los cómodos y espaciosos sofás, y señaló en dirección a uno. Y allí, mullido en un cobertor delgado, dormía profundamente Charles Islands, con la respiración profunda, y el temblor de sus parpados. Integra comprendió el porqué Clarice había dicho que sus objetos personales, y demás ya no se hallaban en el anexo.

─ Nos tomamos la libertad de desocupar la biblioteca porque el joven insistió que quería dormir aquí. Su padre lo trajo herido, ordenó que se quedara en Hellsing Manor, pero como las horas pasaran sin que nadie volviera, el señor Leonard le trajo ropa y otros objetos personales…

─ ¡Espera, espera! ¿Está herido? ─ Integra, con voz ya queda.

─ Al parecer el auto donde venían los señores Islands fue emboscado cuando se dirigían aquí. Hubo una balacera. A lord Charles lo rozó una bala.

La joven heredera sólo movió negativamente la cabeza sopesando el poder y los alcances de Asmodeo, quien, al parecer, al intentar matar a Sir Irons, planeaba diezmar la Mesa Redonda de una vez por todas. Luego se volvió a observar de reojo a ese niño malvado que dormía tan tranquilo como si tuviera la consciencia limpia. Un mohín de despreció acompañó esa reflexión.

─ ¡Ojalá yo pueda dormir así tan tranquilamente esta noche! ─ expresó con desdén.

─ No sabíamos dónde acomodar su ropa, sus objetos, sus sábanas, y las hemos devuelto a su antigua habitación, ¿está bien?

─ Sí… ─ "Los demonios se han marchado ¡no me molestarán por un buen tiempo!" Pensó ─ de hecho…está bien. ¡Gracias!

Dando la media vuelta, volvió a tomar sus Converse en la mano, y salió delante de la tórtola, para subir la gran escalera de mármol hacia el ala donde estaba la recamara que abandonara semanas atrás. Al llegar, la sirvienta abrió la puerta, la dejó pasar a la habitación ya iluminada por algunas velas, y comenzó a hacer la cama.

─ ¡Gracias, Clarice! ─ decía ella comenzando a desvestirse ─ cuando termines, puedes retirarte a dormir.

─ ¡Como diga, señorita!

Para cuando Integra se dirigió a la ducha, la tórtola abandonaba la habitación indicando que pronto subirían su cena, como seguramente ella preferiría (y estaba en lo correcto). Ya a solas, con la tranquilidad de su pieza y el bálsamo que significaba sentir el agua tibia sobre su piel, Integra miraba asombrada a la luz de candiles, las milagrosas cicatrices en su cuerpo, como si las heridas que las provocaron hubieran sido infringidas meses, incluso años atrás "¿quién eres que me sanaste? ¡Me hubiera gustado poder haberte visto!" Con cuidado observó su espalda en el espejo allí instalado, y aún entre el vapor pudo observar los verdugones hechos por las crueles nueve colas. Se estremeció de sólo recordarlo, tembló como una hoja al dimensionar el peligro del que había sobrevivido, y no pudo evitar que unas lágrimas de deshago y alivio resbalaran por sus mejillas. "Mejor así, aquí en la ducha, ¡dónde nadie pueda verlas!" …Pensó, y también pensó en cada cosa ocurrida, cada enemigo o aliado, cada golpe, ¡cada minuto de sobrevivencia! Analizó la visión de los ángeles, de su bisabuelo, de su ciudad masacrada, de su vecindario destruido, de su mansión en ruinas… También pensó en Alucard, en su derrota ante sus ojos y su estado de aturdimiento, ¡y las condenadas ganas que tenía de verlo y hablar con él! Más sabía que para ello, no tenía que forzar el momento. "¡Si supieras, Alucard, que me importa un bledo que hayas perdido una batalla!" Al tiempo que jugaba con el sigilo que él le había regalado, el cual se había enredado entre la cadena de la cruz de plata.

Cuando salió del baño, vistiendo una bata de felpa, secando sus cabellos, miró la tranquilidad acogedora de su habitación casi vacía por la inminente mudanza a la Universidad, y las semanas en desuso. Sin querer volvió a suspirar, ¡y se sintió como si hubiera estado fuera de casa, perdida y abandonada por años! ¡Cómo si esa fuera la primera vez en mucho tiempo que pisara su hogar! "¡Este no será su tiempo ni su espacio", había dicho el gran Gabriel ante la visión dantesca de su mansión demolida, "¡pero será!" También reflexionó, y ese pensamiento le estrujó el corazón hasta hacer que unas lágrimas más rodaran por sus mejillas, "¡algún día esta casa dejara de existir!", cuando al mirar por su ventana, vio la borrasca cediendo ante una noche de luna casi llena en tan despejado cielo que dejaba ver constelaciones y luceros parpadeantes. Con esa melancolía que habría de acompañarla desde esa noche hasta los años en que se cumpliera la profecía de Londres, se acercó a abrir de par en par la ventana que daba al patio trasero, y lo observó. Vio la arboleda de sauces y robles detrás de los cuales, la solitaria mansión Astor de donde se escuchaban a lo lejos canciones que tocaba un viejo fonógrafo entre los silbidos de cigarras y grillos. La arboleda donde también aquella noche sintió ojos del infierno vigilarla por vez primera. Luego miró las caballerizas donde Damasco y su madre seguramente dormían; la tapia donde distinguió a la banshee con aspecto infantil, sentada, mirando las estrellas rutilantes. Al sentir la mirada de la dama, el espectro la saludó con la mano derecha extendida. Integra respondió el saludo con una sonrisa, luego, antes de retirarse del fresco de la noche, echó un vistazo a los restos de esa fuente destruida, por donde aquella madrugada el ente fue devuelto al infierno, siguiendo el mismo destino de su amo. Ese razonamiento le trajo algo de paz, así, comenzando a vestir su cómoda pijama, y secar su cabello, no pudo evitar mirarse al espejo, y rio, rio de sí misma al observar el asimétrico y desastroso estado del que hasta horas antes hubiera sido una espléndida y larga cabellera dorada, ahora sólo era un desparpajo de pelo que muy apenas alcanzaba la altura de su cuello. Una de las ultimas "hazañas" de la espada Hellsing, diría ella. Sin decidirse si sentía más lastima por su arma o por su cabello, comenzó a cepillarse. En eso tocaron a la puerta:

─ Señorita, ¿puedo pasar? He traído la cena.

La voz de Walter detrás.

─ ¡Adelante por favor! ─ se apuró a girar el picaporte y se halló con el mayordomo que llevaba una charola con una generosa porción de café con leche, té, un emparedado doble y postre. ─ ¡Jesús! ¿Y quién se supone que se va a terminar todo eso? ─ mientras el mayordomo colocaba la charola en una mesa junto a la cama.

─ ¡Usted sabe cómo es Theodoré! Siempre se empeña en que todos coman hasta más no poder.

─ Aun así es mucho para mí, ¿tú ya cenaste, Walter?

─ Ah pues… en unos momentos iba a bajar a la cocina a ello, a decir verdad.

─ Bueno, entonces quédate a compartir esto conmigo, porque te aseguro que será demasiado para mi sola… Es más, ¡pediré más café para ti! ¿este es descafeinado, verdad? ─y sin que el viejo sirviente pudiera decir nada para detenerla, la joven corrió a la puerta, salió por el pasillo y desde la escalera de servicio que daba a la cocina pidió eso, otra taza de café. Luego regresó trotando a la habitación ─ y bueno, Walter, ¡no me digas que no! Esta noche es casi como si todos hubiéramos vuelto a nacer, ¡por lo menos quiero charlar con alguien!

El mayordomo vio un brillo en los ojos de su ama, uno cuyas emociones trataba de ocultar.

─ ¡Vamos! No me dejes merendar sola.

El mayordomo asintió y ambos se acomodaron ante la mesita, y charlaron un rato acerca de todo lo que acaba de ocurrir.

─ Siento … ¡cómo si todo hubiera sido un extraño sueño o una pesadilla! Como si en cualquier momento va a sonar el despertador y yo a despertar… ─ su mirada pérdida se llenó de pesadumbre, recordando ese futuro funesto.

─ ¡Pero está usted a salvo, señorita! La batalla se ganó, ¡ahora todo estará bien!

Integra miró a su fiel mayordomo al tiempo que tomaba el último sorbo de café, por un instante quiso contarle aquellas visiones que Asmodeo, artera y malvadamente le había dado, pero por alguna razón se detuvo, tan sólo le sonrió y asintió, y siguió contándole con todos los detalles que podía recordar acerca de la batalla en que enfrentó a sus enemigas, más omitió la parte aquella cuando vio a Alucard siendo derrotado, así como evitaría decírselo a alguna otra persona por el resto de su vida. Ese episodio sólo quedaría atestiguado entre las extraordinarias criaturas que lo habían protagonizado: Alucard y ella, Asmodeo, Abigor, Ylahiah... Y así, nadie nunca supo que hubo una vez en que el gran vampiro fue definitivamente superado.

Cuando terminaron de platicar, y el café se terminó, Walter se levantó indicando que tanto ella como él debían descansar. Juntando los trastos, él se puso en pie, hizo una reverencia, y deseando una buena noche: ─ ¡Porque todas las misiones y batallas en las que deba tomar parte, terminen como esta, milady! Con usted sana y salva, en su hogar… ─ salió charola en mano, después una tierna sonrisa correspondida por la susodicha.

─ Gracias Walter, ¡y que tú siempre lo veas!

Asintió, luego, del bolsillo de su abrigo extrajo un sobre: ─ ¡Casi lo olvido! Theodore dice que este mensaje le dejó su amiga Cathy, hace cosa de una hora.

Integra tomó el sobre con premura: ─ ¡Muchas gracias!

El sirviente echó un último vistazo a la chica, y salió de la recamara cerrando tras de sí. Integra leyó la tarjeta, ansiosamente:

Nos fuimos a Bath. Todos los chicos vinieron. ¡Te esperamos en cuanto te sea posible venir!

ATTE: Kathy

Reflexionó unos segundos, luego sonrió aliviada, "¡una preocupación menos!" Habían logrado convencer a los señores Parrish de dejar ir a Maggie a la casa de verano de los Marshall. Ahora sólo estaba el inconveniente de que el estado de su amiga ya no era secreto, y de cómo haría callar a Charles. Tenía ideas, las llevaría a cabo con toda prioridad al día siguiente.

Con modorra se frotó los parpados, quería dormir, pero también quería fumar mientras consultaba en algún grimorio, como es que un mortal se comunicaba con un ángel de la guarda y un alto demonio. "¡Ylahiah y el duque Abigor! ¡Debó darles las gracias! Pero también será mañana…" Pues ya sentía los embates de un gran cansancio. Así que se levantó del taburete para estirar sus músculos una vez más, regresar al baño a lavarse los dientes, y después apagar las velas, acostarse, sin tardar más que unos cuantos pensamientos en caer profundamente dormida.

Las horas pasaron y avanzaron hacia la madrugada fresca y silenciosa donde sólo se escuchaba el ladrido de algunos perros en la lejanía, los cuales eran contestados de cuando en cuando por los propios ladridos de los guardianes de la mansión. Algunos grillos y luciérnagas deambulaban por los jardines de la casa, a lo largo de los acres, entre árboles y matorrales. Insectos animados por la humedad de la noche veraniega que, como ya se ha dicho, era bella, de buen clima, de luna y estrellas en la inmensidad del firmamento que estaba siendo contemplado desde la tapia que rodeaba el perímetro, por un caballero oscuro que, desde hacía un rato, había estado charlando con la banshee que ahora pertenecía a Hellsing Manor, la cual le contaba acerca de la intervención que hicieron en la gran batalla de esa noche, y de cómo Integra había vencido a Erzsébet.

─ ¡Me hubiese gustado ver eso! ─. Con una sonrisa irónica de siempre, mientras sorbía el contenido de su quinta bolsa de sangre médica, y miraba de cuando en cuando a la habitación que él bien reconocía, donde había visto luz encenderse de nuevo después de muchas noches porque la doncella que en ella dormía, había huido asustada de un demonio, hasta que pudo regresar como la vencedora que recupera todos sus territorios con honor y gloria. Sacando un cigarrillo, él vio la luz apagarse, y se la imaginó descansando en su lecho de siempre, ya que, en medio de la biblioteca, yacía aquel inicuo jovencito que el vampiro hubiera estrangulado con sus propias manos de haber podido, en cuanto lo vio durmiendo con total tranquilidad, ¡como si ninguna bajeza hubiera cometido!

Por eso ahora charlaba con la banshee, pues necesitó salir a percibir la noche para paliar sus impulsos más peligrosos, con tabaco y raciones de alimento.

─ Las…asambleas generales de las que escuchó hablar, son, por lo general celebradas en un territorio neutral…

─ Osea, ¿cómo el purgatorio?

─ ¡Mas neutral! A veces se han dado aquí en la Tierra, en alguna caverna o cementerio abandonado, pero regularmente se efectúan en el Limbo. Entonces, arriban delegados de ambos reinos, hacen juntas, discuten sobre asuntos de la humanidad, y a veces llegan a acuerdos.

─ ¡Vaya!¡De repente me siento importante, mi nombre va a formar parte de la gran agenda de lo ultraterreno!

─ Es que también se delibera sobre los asuntos y destinos de humanos notables…

─ ¡Otra vez con eso! ─hizo rodar los ojos ─ ¡que no soy humano…!

─ Sí lo es…

─ No…

─ Qué sí

─ ¡Que no!…

─ ¿Está seguro de eso, lord Alucard? ¿Está seguro de que ya abandonado toda humanidad?

Ante los ojos quisquillosos de la fantasmagórica fémina, Alucard no objetó ya nada y optó por guardar silencio, terminar su cigarrillo, despedirse y dar media vuelta…

─ Antes de que se vaya, quiero que sepa que su vieja amiga, Sixtina, ¡también peleó! Y lo hizo con mucho honor y valor.

Al escuchar aquello, Alucard se detuvo:

─ ¡¿Sixtina?! Pero ¡¿pero cómo?! ─ sorprendido, incrédulo ─ ¡ella se había marchado de Londres!

─ La Convención de vampiros la contactó. Cuando todo el ataque se planeó, ella fue reclutada por sus compañeros, sin embargo al final no luchó de su lado, sino que, no sólo pidió la ayuda de mi señora Ainee para combatir a las vampiresas, sino que… salvó a su ama, milord, salvó a Lady Integra.

Alucard quedó boquiabierto al escuchar aquello, en ese momento más que en ningún otro le hubiera gustado volverla a ver, ¡charlar con ella! Pero eso ya no iba a ser posible jamás.

─ …Y… ¿qué fue de Sixtina? ¿dónde está? ─ tragó saliva, temiendo escuchar la respuesta.

─ Lamentablemente ella fue asesinada por Sicilia Cacciatore, milord ─ el vampiro creyó ver un gesto de tristeza en las espectrales facciones de la banshee ─ Ella ya no quería existir. Aceptó su destino y castigo por haber cometido traición. Su corazón fue atravesado por una lanza rota, luego se convirtió en cenizas que el viento y el agua esparcieron.

Él guardó silencio, perdió la mirada atribulada que reflejaba ese fragmento de su alma que nunca iba a deshacerse de la culpa, del remordimiento que siempre sentiría cada vez que pensara en Sixtina. Le dio una honda bocanada a su cigarrillo, y mientras exhalaba el humo contuvo un nuevo dolor dentro de sí.

─ Hasta hace poco había … pensado que tal vez hubiera sido preferible que ella y yo nunca nos hubiéramos conocido. Que ojala no la hubiera hallado en esa devastada aldea…Sixtina hubiera muerto de peste esa misma noche y no hubiera conocido más penas ni llevado esa vida sucia que le di … y sin embargo…

─ Y sin embargo esta noche ella estuvo en el lugar preciso en el momento preciso…

Alucard bajó la mirada mientras apagaba el cigarrillo contra la tapia, asintió, luego miró de nuevo las estrellas, y despidiéndose, dio la media vuelta.

Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo oscuro que llevaba puesto, (sobre el atuendo desenfadado que conformaba un chándal color negro que había vestido después de su aseo) iba observando como el rocío del césped mojaba sus pies descalzos; como ya habían crecido florecillas y hongos por todo el terreno, y al andar por los pastos quemados de la fogata en la noche anterior, pensó que era como si hubieran pasado mucho más que veinticuatro horas desde entonces.

Antes de llegar a la pérgola del castaño se detuvo un momento para ver la habitación de Integra, cuya ventana estaba semi abierta. Involuntariamente suspiró y terminó de entrar por la puerta de la cocina solitaria y apagada. Sus pasos húmedos se iban marcando por el suelo, las alfombras y la duela. Cuando pasó junto al reloj de péndulo en el recibidor, vio que iban a dar las tres de la mañana. Cerró los ojos, escuchó, percibió, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió pesadez ni perturbación alguna en el ambiente, tan sólo los leves y pacíficos sonidos de la madrugada que se mezclaban con el ritmo de las canciones que el viejo jardinero Wallace ponía desde la casa de sus amos. Sonrió aliviado: "¡Al menos en algo ha valido la pena este desastre!" Iba a dirigirse a su sótano, cuando una idea arribó a su mente, una que lo dejó como estatua delante de la gran escalera principal.

Él no pudo más con la necesidad que tenía de verla, de comprobar que estaba bien, que por fin descansaba tranquila, (como había recomendado el arcángel sanador), o simplemente porque su presencia era algo que ahora apenas soportaba negarse. A las tres de la madrugada en punto, llegó para observarla dormir profundamente. Ella tenía una expresión de tranquilo alivio, y a los pies de la cama él tomó asiento observando, pensando. En medio del silencio y la oscuridad, miró los objetos que quedaban en la habitación adolescente: pocos libros escolares en las repisas; ropa gastada amontonada en el suelo; cajas de cartón con objetos para la caridad y otros para la universidad; posters viejos de sus bandas y películas favoritas que ya amenazaban con despegarse solos de la pared; alguna que otra fotografía de ella y sus amigas a través de los años, colocadas en una tabla de corcho; un viejo juguete adornado un librero, su escritorio, su tocador donde pilas de cajas de discos compactos y cintas se confundían con usados útiles escolares. El rumano suspiró con profunda melancolía: la niña de la casa ya no era más. La colegiala ya no entraría corriendo uniformada, con el bolso de lona al hombro, (que ahora estaba vacío y abandonado en un perchero) y el suéter escolar (tirado debajo del escritorio) atado en la cintura. ¡Ya no más!…

Alucard se sonrió recordando las aventuras de esos últimos tres meses: la tarde en que le enseñó a bailar vals en el recibidor; ella bajando la escalera con su vestido de coctel verde esmeralda; el baile de primavera; su castigo en el colegio; la aparición del dichoso tío alemán la tarde lluviosa en que la perdió en el centro de Londres, cuando se le escapó del Mercedes beige ("¿Y qué habría sido del Mercedes? Ahora que lo pensaba, ¿De verdad estaría en un deshuesadero junto al río?"); su reencuentro con Sixtina (¡Sixtina! Ojalá la hubiera visto una última vez para despedirse de ella, ¡para pedirle perdón!); la carrera hacia el club de los Cacciatore; la refriega con vampiros adulterados y los malandros que se raptaron a Blair; el paseo en bote por el Támesis de regreso a casa, ¡con ella emborrachándose como un cosaco! (Se río de sólo recordarlo, de sólo traerla de nuevo a su memoria, cantando y bebiendo, charlando en medio de las campanadas del Big Ben); luego la caminata bajo la lluvia; la llegada fortuita en medio de la noche, ¡y esa habitación cuyas cuatro paredes ahora mismo lo rodeaban! ¡Ay, si esos muros hablaran! Tuvo que cerrar los ojos para evocar lo que sucedió esa noche… Se giró un poco a mirarla, aun profundamente dormida. Las yemas de los dedos dolieron por el deseo frustrado de tocarla. Luchó para apartar esos recuerdos, "¡mejor así!". Resopló. "¡Con tanto ajetreo y espectaculares encuentros casi me olvido de que esta historia, es tu historia, Integra! ¡La historia de una niña en su época de graduación!" Río en silencio. Si hubiera podido, habría encendido otro cigarrillo, pero en vez de eso, al meter la mano al bolsillo del abrigo, sintió de nuevo la cruz de su madre. La extrajo y volvió a observarla en la palma de su mano, vio cicatrices en ella ("porque las cicatrices deben permanecer para que nunca olvidemos"). La acarició como si pretendiese acariciar el rostro de su progenitora, a la cual no volvió a ver jamás después de la tarde que fue entregado preso. Cerró el puño contra su pecho, su memoria viajó hasta ese momento, ¡ese anochecer de hacía tantos siglos! Cuando, en la encrucijada de un camino donde daba fin el principado de su padre y comenzaba territorio de moros, la princesa Vasilisa se despidió de él y de Radú. Con los ojos preñados de lágrimas, colocó en sus cuellos cruces gemelas de plata. Al cerrar los parpados, Alucard aún podía sentir la delicada cuerda tocando su cuello, los brazos de la autora de sus días alrededor de sus hombros, sus labios en la mejilla derecha. Alucard puso su mano donde había quedado el último beso maternal, donde recordó haber resbalado una lagrima que la mirada de su madre, atribulada más allá de toda descripción, dejó caer sin remedio. Desde esos ojos que vieron como sus vástagos eran arrancados de ella hacia la condena de un destino cruel. Las propias lagrimas que él no pudo contener al observarla alejarse de su vista mientras más avanzaban los caballos que tiraban del carromato que había cerrado su compuerta, y le desposeían de todo lo que había amado hasta entonces, ¡de su felicidad y su esperanza entera! Entonces, nuevas lágrimas, espesas y pesadas rodaron por sus mejillas. Él se apresuró a limpiarlas furtivas con el dorso de la mano: lágrimas de sangre… "¡llorarás lágrimas mezcladas con sangre!" Había sido parte de su permanente condena, como el desgraciado que siempre había sido, como el vampiro que ha de caminar en la oscuridad de la Tierra hasta ... ¿el día del Juicio Final? Y nunca supo con exactitud porque esa noche él no podía ponerles orden a sus emociones, porque su espíritu insistía en resquebrajarse a la menor provocación, si tal vez fuera parte de la cura del ángel, que su alma intentase drenar su melancolía, ¡quién sabe! Pero un sollozo escapó de sí.

─ ¿Alucard?

Él se sobresaltó al voltear y ver a Integra casi junto a él, de rodillas sobre la cama, mirándolo con intriga y preocupación.

─ ¡No, no es nada! … ─ la voz acuosa. Él trató de levantarse cuando ella intentó tocar su hombro. Así que se limpió el rostro con premura, le avergonzaba que ella lo viera así ─ sólo vine a ver como está.

─Estoy bien… gracias ─ dijo ella aún de rodillas detrás de él, mirándolo con desconcierto. ─ aunque … aún no me hallas comentado con exactitud que o quien me curó.

─ Bueno… ─ dándole la espalda aún ─ fue un arcángel, Raphael para ser preciso.

Ella se quedó unos segundos analizando: ─ ¡Vaya! ¡Quién diría que seríamos el pretexto para una asamblea de esa naturaleza!

─ Sí, así es, ¡eso mismo pensé yo! Bueno, ahora disculpa que haya entrado a tu habitación así, sin permiso ni nada ─ la volteó a mirar unos segundos, ella le dijo que "él siempre entraba a su recamara sin permiso y nunca se disculpaba por nada". Quería ponerse de pie para atravesar la pared o salir por la puerta como un mortal común y corriente, ¡lo que fuera! Pero salir de allí.

─ Alucard, ¿es tuya? ─ el vampiro se detuvo, luego giró poco a poco para ver a Integra, con el cordel entre los dedos por cuyo extremo colgada la cruz de plata de su madre. ─ tiene que ser tuya, por su aspecto…es como una reliquia medieval ─ la observó por unos segundos en la palma de su mano, al tocarla sintió transmitírsele melancolía, pero también remanso. Fue algo extraño. ─ ¡nunca la había visto antes!

─ No ─ quedándose en su lugar ─ porque me acaba de ser entregada hace unas horas, en mi propia mano ─ ante la expresión interrogante, prosiguió a decir ─ fue… el crucifijo que mi madre me dio… antes de que me llevaran con los turcos ─ y de nueva cuenta los recuerdos fueron más fuertes que él ─ ¡ay maldita sea! Disculpa, ¡no sé que me pasa! ─ Integra se quedó en su sitio, con la cruz entre las manos, desconcertada, pero sobre todo conmovida ─ ¡yo me largo de aquí! ¡Suficientes humillaciones he pasado en una sola noche!

Pero la mano de ella se unió a la suya para impedírselo, al volver la vista se halló con los ojos azules que él tanto amaba, contemplándolo como nunca lo habían hecho antes.

─ Alucard, ¡te repito que no me importa que hayas perdido esa estúpida pelea! ¿por qué habría de importarme en todo caso?

─ Se supone que soy tu guardián…

─ ¡Lo eres! Lo que pasó esta noche no cambia nada… ¡Sé que te duele mucho el ego, pero esta vez no es tan mala la derrota! El maldito fulano ese existe desde el principio de la humanidad, luego va a ser parte del apocalipsis, va enfrentarse en el Armagedón o algo por el estilo, ¡está claro que sus poderes están fuera de tu liga!... ¡¿Y?! ¿Qué carajo hay con eso? ─ de nuevo la mirada ansiosa del vampiro sobre ella ─ y antes de que digas que yo gané mi propia gresca contra Erzsébet, debes saber que, si no fuera por la ayuda de un ángel, y del mismo duque Abigor, ahora mismo estaría muerta, ¡o quién sabe dónde y en que condiciones! ¡En fin! Quiero decir que no éramos oponentes contra ellos. ─ por un segundo sintió el deber de contarle de Sixtina, pero creyendo que aún no lo sabía, decidió posponer el momento.

─ ¿Dices que el duque Abigor se puso de tu parte?

─ Sí, ¡no tengo idea por qué! Pero me ayudó a recuperar mi espada un par de veces, ¡eso fue clave para que le pateara el trasero a la Bathory!

─ Te ayudó porque distingue a los guerreros. Si hubiera considerado que eras poca cosa, te hubiera abandonado a tu suerte. Le caíste bien… eso es parte de tu triunfó. El señor de la guerra te notó, y a él nunca lo mueve la compasión, sino la admiración, ¿cuántos crees que tienen ese privilegio?

─ ¡Tampoco me interesa demasiado! Lo único que me importa es que volvimos, ¡qué volviste, que estás aquí!... Para cuidarme ─ella puso sus manos en las mejillas de él. Alucard apenas podía contener las ganas de abrazarla con todas sus fuerzas. ─ ¿Y sabes qué otra cosa me importa? El ver que estás sufriendo.

Al escuchar eso, él no supo que decir o hacer. Ella acortó demasiado la separación entre ambos, atraída más allá de su voluntad. Él, ya sin poder contenerse, se volvió por completo hacia ella y la estrechó. Su angosta y delgada espalda entre sus brazos y sus manos que la aferraron y acariciaron al mismo tiempo. Ella con la manga de su pijama limpió sus mejillas. En un largo suspiró cohibió las ganas de hacer algo más al no haber separación entre ellos, pero sólo correspondió el sentido abrazo con iguales caricias ─ ojalá pudiera hallar las palabras para aliviarte el dolor del alma, pero no creo poder hacerlo, aunque sí puedo asegurarte que …ahora estás a salvo... ─ por un momento dudó en decirle aquello, luego comprendió que no hablaba al tremendo guerrero, al sanguinario vampiro, o al hombre invencible, sino a un ser profundamente solo y desdichado, a un niño que aún lloraba su pérdida.

Alucard la escuchó, separó el abrazo para mirarla a los ojos una vez más. "¡Esa manera en cómo me miras, Integra!" Puso las manos en sus mejillas y con sus pulgares acarició sus facciones. Ella cerró los ojos al sentir las caricias, suspiró profundo.

─ La verdad es que tal vez nunca estaré a salvo…

─ Estás en tu hogar… ¿qué más quieres? ─ Alucard, sin soltar el rostro de Integra, miró a su alrededor analizando eso que ella ababa de decir ─ este, el mío… es tu hogar, Alucard. ─ ella puso una mano sobre aquella que estaba su mejilla derecha mientras trataba de hacerle saber con la mirada todo aquello que sus palabras o no se atrevían o no podían.

─ Más bien tú eres mi hogar, Integra.

Ella allí no supo que decir, por toda respuesta, con lentitud colocó la cruz de Vasilisa en el cuello de él, y con la mano derecha la sostuvo contra su pecho.

─ Ahora tienes tu propio talismán, deberías usarlo siempre.

Él asintió, aunque no dijo nada, en lugar de ello, tomó la mano de ella en la suya y la beso. Ella por respuesta, tomó su rostro entre sus manos y le besó la frente, luego le entrelazó los brazos al cuello, y él volvió a estrecharla fuerte por la espalda y la cintura, e Integra ya no sabía que hacer al respecto porque no iba a huir, ni mucho menos le iba a pedir que se marchara. No podía hacer nada de eso porque no quería renunciar a esos instantes en que un nudo se apretó en su garganta al erizarse de su piel. Alucard tampoco sabía que, o porque estaba con ella, sobre la cama de ella, en la soledad de la habitación, y ¡que sensación tan diferente de esa otra madrugada! Porque Integra no estaba ebria, ni él era un intruso.

"¡Ahora no tengo el pretexto del alcohol!" Razonó la chica mientras batallaba con sus instintos suplicantes. "¿Será acaso que esta madrugada...?" Lo consideró unos momentos, él también, porque, tal y como lo había predicho hacía unas horas, llegaría el día en que ella fuera suya, con total libertad y consciencia. Un suspiró profundo de Integra, un titubeó en sus fuerzas le hicieron a él temblar de expectación. Ella se regocijaba para sus adentros con la cercanía insoportable, con su aroma, y él que había hundido la nariz entre su oído y su cuello para hacer lo mismo. De repente, unos segundos después que ella pensase "¡al diablo, acabo de sobrevivir de las garras del infierno y de la muerte!" … Él, ella, los dos buscaron sus labios para tocarse al fin. Ella a horcajadas sobre las piernas de él, lo tomó por la nuca para desfogar las ganas que tenía de al fin besarlo. Él la agarró por las mejillas para tratar de saciar la tensión acumulada en el todo el tiempo que había pasado a su lado sin poder hacer nada al respecto. En medio del beso febril, él trataba de ganar esa batalla que ella presentaba con sus ansiosos, aunque inexpertos labios. Esa era la primera vez que la joven besaba a un hombre. Los infames besos robados que le habían dado no contaban para nada, no eran ni mínimamente equiparables a todo lo que en esos segundos sentía, y él, aunque amante de muchas a través de los siglos, estaba casi en la misma tesitura, porque lo que experimentaba en los brazos de esa jovencita, ¡no lo había sentido antes! Se lo juraba a sí mismo, que ni con su primera esposa, ni con la señora Harker... ¡esto era algo totalmente distinto! Para cuando cesaron aquel beso, se quedaron mirando atónitos, y él sólo pudo exclamar: ─ ¡ay carajo! ─ Y pensar algo como "¡Estoy jodido! ¡Estoy totalmente jodido!"

Ella, con los dedos sobre sus labios, tan sólo descendió poco a poco de él con una expresión de asombro, mientras que sentía como si su corazón fuera a escapar por su boca, "¡oh rayos! ¡Aquí vamos otra vez!" Alucard entonces, gateó siguiéndola mientras ella retrocedía de rodillas hacia su lecho, pero le habían bastado unos instantes para reconsiderar si de verdad estaba dispuesta a que algo ocurriera, más sin que se diera cuenta, de nuevo se sintió estrechada entre los brazos de él, que le preguntó: ─ Integra, ¿qué fue eso?

Ella no supo que contestar, en su lugar recibió otro beso desaforado que literalmente le robaba el aliento, y sintió las manos de él descender por su espalda hasta abajo, y volver a subir para sujetarla por los hombros, y de allí, (luego de darle unos segundos para respirar) volvió a estampar su boca en la de ella mientras se desvestía, luego ambas manos halaron la holgada camisa de la pijama hasta que los botones salieron disparados, y sintió las manos de él sobre sus senos. Ella no supo si fue más miedo o placer lo que sentía bajo esas caricias desinhibidas y ansiosas, pero igual se sobresaltó aún sin ser la primera vez que él la tocaba.

─ ¡Alucard! ─ y para cuando quiso darse cuenta, ya había sido arrojada de espaldas a la cama. Ella volvió a exclamar su nombre, pero él tapó su boca con la mano y comenzó a descender con sus labios a través de su cuello, apartando su sigilo y su cruz para dirigirse a sus clavículas y más abajo. Ella cerró los ojos, ahora incapaz de decir nada. Su mente quería que parara, el resto de ella no. Pero cuando él bajó de un tirón y a la vez sus pantalones y su ropa interior, poco después de que, sin ningún titubeo o pausa, su boca llegara hasta la intimidad de ella, él quitó la mano que tapaba la suya, porque de todas formas lo único que ella pudo hacer fue jadear, sobresaltarse en un respingo, medio perder la consciencia y morderse los nudillos para no proferir exclamaciones, hasta que él insistió tanto con su tarea, que ella tembló, se estremeció en convulsiones involuntarias, envuelta en una sensación que no había experimentado jamás, la cual la obligó a quedarse absorta, con los ojos lívidos y perdidos en un trance, tratando de recuperar el aliento. Luego él le dijo al oído: ─ ¿Decías? Eso te ocurrió por no guardar silencio ─ mientras le daba besos en la mejilla y el cuello─ …no te asustes, sé que si hace un momento consideraste que otra cosa pasara entre nosotros, ya te arrepentiste. No voy a hacerte nada que no desees, es sólo que…no quise negarme al impulso, ¡fue más fuerte que yo! ─ ella cerró los ojos sintiendo el cuerpo ya desnudo de él contra el suyo, hablándole en medio de la semioscuridad de la habitación que sólo era paliada por la luz de luna. Se mordió los labios al percibir la sensación de su piel, y de su entrepierna mojada, cerca de sus muslos. Ella luchaba con toda su fuerza de voluntad para no pedirle que siguiera, así que optó por no decir nada. Él volvió a darle un beso suave ─ ¡Descansa Integra! ─ se separó de ella quien hasta esos momentos reaccionó.

Cuando quiso levarse y marcharse, ella lo tomó de la mano: ─ ¡Quédate! ─ un rubor en sus mejillas al hacer la petición ─ … Aunque no a "eso", ¡pero quédate!

Alucard sonrió con la mirada baja, luego asintió y dijo: ─ ¿Y si mejor nos vamos?

─ ¡¿Qué?! ¡¿A dónde?! ─ ella creyó que otra vez estaba soñando, que de repente se había quedado dormida otra vez.

─ Esto no tiene ni el menor sentido, ¿verdad? ─ y comenzó a reírse ─ y no tiene porqué, sólo, ¡al diablo todo, Integra! ─ volvió a tomar su rostro en sus manos ─ ¡mandemos al diablo a todo el reino! A este país, los deberes, la sociedad, ¡vente conmigo, Integra, vente conmigo está misma noche! ─ Ella lo miraba atónita ─ lo que sea que hayas visto que nos depara el futuro, huyamos de ello, ¡al carajo!

─ ¡Alucard!…

─ Seré lo que seré, ¡pero no un desposeído! En mis tierras, ¡haya donde termina Europa, aún hay fortuna y algunos subditos esperando mí regreso! ¡Dime que sí y larguémonos de aquí para siempre al amparo de los Cárpatos, sólo tú y yo!

Integra le miró unos segundos más antes de reír con cierta amargura: ─ Alucard, ¡qué cosas dices! ¿Estás consciente de que hablas con una chica de diecisiete años… a la que le pides que tome la decisión irrevocable que sólo una mujer, una muy osada, por cierto, podría?

Ahora fue ella quien acarició las mejillas de él, quien tan sólo respondió con tristeza: ─ ¡Ya lo sé! Sin embargo, ¡algo muy dentro de mí me dice que no es tan mala idea como tú crees! Que algún día, dentro de años, cuando miremos atrás y recordemos esta noche, ¡vamos a arrepentirnos de no haber sido más egoístas y más valientes! Para irnos a donde se nos dé la gana, y …querernos cuanto y como deseemos, ¡sin excusas, ni escondites! ─ Integra pasó saliva, y unas lágrimas amenazaron con escapar de sus ojos ─ …así que lo voy a preguntar una vez más: Integra, esto que voy a decirte no tiene ni pies ni cabeza. De aquí a esa vieja puerta de la cocina que tantas veces hemos cruzado, hacia la salida trasera, hay sólo unos cuantos metros, ¡recórrelos conmigo ahora!, ¡ahora mismo! Vente así nada más, ¡y viviremos felices el resto de nuestras vidas!

Integra, perdiendo la batalla con las lágrimas que ya resbalaban por sus mejillas, terminó por reír al haber reconocido en unas de sus lecturas de la biblioteca, las palabras que acababa de parafrasear el vampiro, y el gran significado que tuvo la analogía. Bajó la vista y dio su respuesta: ─ ¡no Alucard! ¡Lo siento! ¡Y sé que tal vez tengas razón, y que llegará el día en que desee regresar a este momento para haberte dado otra respuesta! Pero no podría, ¡jamás podría hacer algo así! ─ negando con la cabeza, limpió sus lágrimas con el dorso de la mano.

─ ¡Bueno! ¡Tenía que intentarlo! ─ con el índice limpió una lagrima que salía de uno de sus ojos ─ yo lo comprendo, sin embargo, llegará el momento en que cambies de opinión, ¡y seas la princesa de los Cárpatos! ¡Eso te lo prometo!

Ya ninguno de los dos dijo nada más, sólo se abrazaron sintiendo la añoranza de una realidad donde no los separasen tantos obstáculos infranqueables. Luego de unos minutos, instantes después de que él acariciara su mejilla contra la de ella, Integra se desvaneció vencida por el cansancio. Él sintió su pérdida de fuerza en los brazos y la sostuvo, cuando ella ya cabeceaba a punto de caer dormida como si hubiera sido víctima de una repentina narcolepsia, el sólo la recostó lentamente en el lecho. Integra entreabrió los ojos: ─ Lo siento ─ con voz modorra, apenas inteligible ─ ¡es que estoy tan exhausta! ─ y sus parpados se cerraron sin poder remediarlo.

Continuará...


Yyyy ese fue EL CAPITULO DEL ONCE ANIVERSARIO DE ESTE FIC.

Fue un lunes 13 de abril como hoy pero del 2009 que, una tarde me puse a redactar el primer capitulo. Sí, de hecho me demoré sólo una tarde en hacer ese episodio primero, lo subi en la nochecilla, y hasta la fecha ha sido el capitulo que más reviews ha recibido de todos los fics que he escrito. Netamente, no he tardado los once años en escribir hasta aquí, porque han habido años enteros de pausas, pero como ya lo he comentado, por un lado ha estado bien porque si hubiera terminado el fic en "tiempo y forma", hubiera sido muy diferente, y la verdad me siento satisfecha de como está quedando, aunque en el camino haya perdido muchos lectores, y el fandom esté casi muerto.

Quiero agradecer a todos sus lecturas, a los lectores que se animan a dejar una review aún sin tener cuenta: Lectora Yanina, gracias por el comentario! Espero que este episodio también te guste.

Y...sólo una aclaración, lo que parafrasea Alucard, por si no lo recuerdan de capitulos anteriores del fic, pertenece a la novela Lolita.

Sin más por el momento me despido, y los invito a dejar sus impresiones y comentarios.

Nos vemos en el siguiente episodio.

Bye!