Fairy tail no me pertenece. Tampoco ninguno de sus personajes acá expuestos. Pero sí a Hiro Mashima. La historia aquí representada es mía.

Ir viendo por la ventanilla del autobús era bastante relajante, principalmente porque no tenía nada que decir a Lucy quién realmente lucía preocupada, era una buena persona después de todo, la mirada de Juvia reflejaba un cierto vacío, una soledad inmensa. El autobús se detuvo y Lucy le indicó que bajaran, la joven la siguió y caminaron un par de calles sin decir nada, la tarde caía lentamente entre un cielo azul con naranja y rosa como si un pintor hubiese hecho de las suyas con esos colores que predecían al oscuro, ella solo seguía a la rubia, veía sus pies mientras caminaban, Lucy parecía hacerlo a saltitos, le causó cierta gracia. De repente esos pies se detuvieron y Juvia casi se estrella con la espalda de la muchacha. – Juvia. – Dijo en un tono extraño, parecía alterada. – Sé que apenas hemos hablado, pero me gustaría ser tu amiga. – La peliazul no esperó aquello, fue demasiado repentino. – Eh… Lucy-san – Y la mencionada giró sobre su propio eje para verla de frente. – No permitiré un no como respuesta, me duele ver la soledad que reflejas. – Juvia sintió un pequeño apretón en el corazón, algo que caló hondo en sus sentimientos que estaban casi a flor de piel. – Lucy-san… No tiene que preocuparse por mí, de hecho agradecería si olvidamos lo que pasó hace un rato en mi ca… En casa de Gray-san. – El gesto la rubia cambió, como si hubiese entendido algo nuevo. – ¡Sabía que era culpa de ese idiota de Gray! – Los ojos de Juvia se abrieron como platos. – Vamos, Juvia, entremos. – No había notado, pero ya habían llegado. Era una casa grande y bonita, nada ostentoso, pero se veía bastante cálida. Se quitaron los zapatos en la entrada, parecía no haber nadie. – Lucy-san, ¿no se encuentra tu familia? – Esta solo se encogió de hombros. – Vivo solo con mi papá. Mamá murió hace años y soy hija única. – Sintió un poco de pena, ella pasaba penas amorosas… Pero tenía a sus padres consigo y aquello era lo mejor que podía pasar. – Lo siento, fui imprudente. – La otra negó brevemente con la cabeza. – No, no, está bien. Ya no me duele hablar de ello. Pero vamos, sube a mi recámara, giras a la derecha y el cuarto del fondo. La puerta es magenta. – Casi huyó, no quería pasar un momento incómodo hablando de muerte.

La habitación fue sencilla de encontrar, entró y era un lindo lugar con aroma a limón, libros por todos lados y una cama bien acomodada, estrellas blancas sobre la pared negra a secciones, como siguiendo un camino estelar. Realmente era un lugar bonito. Se sentó sobre un sofá de dos plazas que estaba pegado a una pared, había otro frente a ese de una sola, maravillándose mientras oyó que se abría la puerta, luego entraron ambas chicas. No parecían tan efusivas como siempre, así que anticipó que querrían hablar de su modo de andar. Se adelantó, sacó un par de cuadernos con notas para la exposición, Lucy le entregó unas tarjetas rápido bien organizadas con la parte de cada una. Juvia suspiró. – ¿Qué te hizo el imbécil de Gray? – Escupió Cana mientras la que recibió la pregunta solo se quedó helada. – Cana no seas brusca. Juvia, ¿pasó algo con Gray? – Ella negó con el rostro. – Ya sabemos que no son primos, Juvia, cuéntanos la verdad. – Esta elevó el rostro, viéndolas entre con susto y enojo. – No andarán pensando cosas que no son, ¿verdad? – Cana desvió la mirada inmediatamente. Juvia supo que tendría que decirles la verdad. – Siéntense, les contaré. – La morena se sentó a su lado y la otra enfrente de ella. La peliazul les pasó la mirada a ambas, con cierto recelo. – Gray-sama… Gray-san y yo somos amigos de la infancia… Bueno, conocidos desde la infancia… Creo que él nunca deseó ser mi amigo. – Bajó el rostro unos segundos. – Sus papás y mis papás son amigos de toda la vida, les digo tíos porque para mí realmente lo son, les tengo muchísimo cariño, desde siempre. Ni siquiera íbamos en la misma preparatoria, ni nada similar. Solo nos veíamos a lo lejos en la mesa… ¡P-pero él me rescató cuando era una niña y me iba a ahogar! – Cana y Lucy se observaban una a la otra. – A mi papá le empezó a ir mal, y los papás de Gray-san se ofrecieron para que me quedara en su casa mientras podían darme para mi propio apartamento… Pero no quiero que tengan esos gastos innecesarios, por eso trabajo ya. – Recordó preguntarles si querían trabajar, pero no era el momento. – Y… Creo que la novia de Gray-san no es feliz porque vivo en su casa. – Cana pegó un brinco del asiento. – ¡Esa no tiene por qué opinar! Juvia no te pongas triste por esa idiota. – La morena parecía amenazar hasta al aire, mientras la otra solo se quedó meditando. – ¡Por favor! – Suplicó la peliazul. – No cuenten nada, nada. Prometo que seremos amigas y siempre les contaré todo… Pero por favor, no molesten a Lissana-san con esto. –Ambas admitieron a regañadientes.

Terminaron preparando la exposición, cuando fueron a casa de los maestros Juvia estaba demasiado apenada, pero de cierta manera, le regresaba la fe en el amor la manera en que Jellal-sensei y Erza-sensei se observaban fuera de la escuela, había cierta magia en el aire cuando ellos intercambiaban palabras. Incluso tenían un hijo pequeño, le habían nombrado "Simon", era un niño bastante bonito y de un humor particular, pero se lo dieron a la niñera para ellos poner atención. No podían aspirar a calificación perfecta, pero se llevaron un 80% que era lo más que podían pedir. Antes de irse, Erza le dijo algo raro a Juvia. – Algún día también tuve esa mirada triste, pero la convertí en una de determinación y desde ahí vino lo mejor. –Ella no entendió en ese preciso instante. Pero la pelirroja le sonrió de una manera cálida, así que se sintió aliviada. Terminaron tarde y cada quién se fue a su casa. Juvia vio la hora, apenas las 21:00. Tenía que esperar toda una hora para ir a dormir, estaba realmente agotada, pero se sentía bien, no ver a Gray le hacía bien. Se olvidaba de lo humillada que se sintió un día antes, él no era para ella y era hora de que empezara a admitirlo. Se fue a sentar a un parque cercano a su casa. Andaba con tanta ropa como siempre, un vestido azul largo, holgado, y de manga larga. Su sombrero y botas. Parecía ocultarse bajo tanta ropa y ese peinado extraño. Estaba bajo un árbol, recargada en él, buscando que su señal tuviera señal para llamarle a su mamá, pero no tenía nada, empezaba a ponerse helado y solo habían pasado unos veinte minutos. Se abrazaba a sí misma, frotándose los brazos para no pasar frío, vio a un hombre rubio, alto y fornido pasar frente a ella, a quién se le cayó al parecer la cartera, éste no se percató y Juvia se puso en pie para coger el objeto e ir a buscar al hombre, corrió tanto como pudo. – ¡Señooor! – El hombre se detuvo en seco, dio media vuelta y era nada menos que el profesor Dreyar. – ¿Loxar? – Juvia se quedó quieta, algo nerviosa, era demasiado imponente verlo tan de cerca, y en traje, dónde se veía muy bien. – Eh, profesor. No pensé verlo. Tome, tome. – Estiró la billetera hacia él. – Se le cayó esto. – Él sonrió cínico de medio lado. – ¿Me estás siguiendo? – Tomó lo que la muchacha le ofreció mientras ella negaba con el rostro. – ¡Ya lo sé, niña! Solo bromeo. Pero, ¿por qué no te vas a casa? – Ella revisó la hora en su móvil. – Es temprano aún, yo solo quería pasear un poco. – El hombre parecía disfrutar ponerla nerviosa. – Vamos a caminar. Quiero un examen oral acerca de tu proyecto. – Juvia no entendió el chiste, pero él solo empezó a reír como loco.

– ¿Profesor Dreyar? – Él se limitó a ir calmándose. – No entendiste, ni entenderás, eres muy niña buena. – Juvia se puso a meditar y el sonrojo el invadió el rostro. – ¡Profesor! Puedo denunciarlo por acoso, ¿sabe? – Él estaba siendo coqueto y ella se sintió "especial". Era la primera vez que alguien le coqueteaba, nunca había pasado y en realidad pensaba que nunca pasaría. El profesor era un rompe corazones, así que no pensó más allá. Solo rió con él y caminaron. Hablaron del proyecto, de la vida, de los planes a futuro y él le contó como algún día recorrería el mundo para recolectar experiencias. Juvia se emocionó, seguramente eso sería perfecto y animaría a cualquier persona. Cuando vieron la hora ya eran las 11:30. Laxus la llevó hasta su casa, pidiéndole discreción acerca de aquella charla debido a su nexo estudiantil, ella aceptó, pero acordaron verse todos los miércoles en ese parque para platicar, algo distinto a sus vidas normales.

Juvia entró, Gray estaba en la cocina, sentado sobre una silla frente al desayunador. Cuando la vio entrar se puso en pie. – Juvia, es tarde. – Ella giró el rostro para verlo, parecía molesto. – No me vuelvas a decir que llegarás a las diez y llegues casi a las doce. Tus padres han estado llamando y yo no sé qué decirles. Además hoy no fuiste a clases. – La peliazul se sintió apenada. – Lo siento muchísimo, Gray-san, no vuelve a pasar. – Él subió y Juvia telefoneó a sus padres, no quería que estuviesen preocupados, aunque tampoco le gustaba la idea de mentirles acerca de dónde estaba. Aun así les dijo que se quedó estudiando con una amiga. Se fue a dormir, tendría un día bastante largo al siguiente, pero, algo dentro de ella, era distinto.