SakataGinkox3: Muchas gracias por tu comentario y disculpas por la demora, espero que todavía la historia pueda atraparte. ¡Saludos!
.
Capítulo 2: El viento de invierno
.
Kenshin Himura, más conocido como Hitokiri Battousai, se hallaba meditabundo en su estudio, pensando si la decisión que había tomado había sido la más inteligente. Pues hacía poco había concordado con Koshijiro Kamiya, noble maestro, sobre la realización de su matrimonio con la hija de este, Kaoru. Sonrió ante la ironía; tantos años buscándolos para reunir a Enishi con su pequeña prometida, y ahora resultaba que él ocuparía ese lugar que le correspondía a su cuñado desaparecido. Sintió cierto resquemor al pensar en que estaba cometiendo una especie de traición familiar, pero ni siquiera él mismo podría saber si Enishi estaba vivo o muerto. Lo único que sabía era que Kamiya-sensei había sido reclutado para Seinan, y que partiría pronto, no muy seguro de volver con vida y con una hija a la que dejaría a merced de la familia Okubo (cuyo miembro más joven estaba obsesionado con Kaoru). A diferencia del pelirrojo, quien gozaba de los privilegios de una vida tranquila y con cierta impunidad para no ser llamado a ninguna batalla.
El acuerdo era simplemente cuidar de Kaoru, no necesitaban estar enamorados. Suspiró aliviado al pensar que su mansión era lo suficientemente grande como para que ella pudiera vivir en un ala sin necesidad de verlo. Estaba seguro de que ella sentiría asco y desagrado por tener que ser su esposa. Era un hombre peligroso, además de ser alguien marcado con una cicatriz en forma de cruz, recordatorio de sus pecados con Akira Kiyosato, Tomoe y Enishi…
De repente, vio una sombra desde el exterior que se acercaba a su estudio, pero no se alarmó, pues sabía de quién se trataba. Segundos después, el shoji que daba al engawa se abrió, revelando la cabeza de Sanosuke Sagara, luchador y gran amigo.
—Déjame adivinar… ¿Pensando en tu futuro matrimonio? —le preguntó a modo de saludo.
—Sí, aunque no me parece una oferta despreciable, temo hacerla infeliz y no poder cumplir con su padre.
—Yo no me preocuparía por eso —replicó Sano mientras se metía un dedo para escarbar su oído—. Si fuera tú, tendría cuidado con dos cosas: primero, me aseguraría de saber el destino real de Enishi Yukishiro, y segundo, tendría cuidado de la reacción de esa doctora occidental.
Kenshin frunció el ceño.
—¿A qué te refieres? —le cuestionó. Sabía que Sano, aunque algo torpe e inculto, podía llegar a conclusiones sabias y llenas de sentido en situaciones importantes. A veces no sabía si hacerle caso o ignorarlo, y no estaba seguro de qué pensar esta vez.
—A lo que voy es que, más te vale estar preparado con un cuñado presuntamente vivo y una mujer que pronto será desplazada de su lugar. Le tendrás mucha confianza y todo lo que quieras, Kenshin, pero hace años es ella prácticamente la dueña de tu casa… Si no se comporta como tu esposa es sólo porque aún no te la llevaste al futón —se burló, ganándose una mirada confusa del pelirrojo—. Eres lento, amigo, y te toca comprenderlo solo, yo sólo te ayudaré cuando las papas se estén quemando. Y lo mismo ten cuidado con el tema de Enishi Yukishiro: Katsu escuchó sobre…
—Sano, no creas que no he dedicado estos años a investigar sobre Enishi con ayuda de los Oniwabanshuu, pero todos los caminos llevan a lo mismo: no hay rastro de él, ni aquí, ni en China, ni en ningún lado —interrumpió Kenshin convencido.
—No quiero quitarle mérito a la gente de Okina y Shinomori —quiso razonar Sano—. Ellos serán muy Oniwabanshuu, pero Katsu conoce a todos los periodistas y cronistas de esta parte del mundo. A esos no les gana nadie cuando quieren saber algo.
Kenshin le dirigió una sonrisa cansada.
—Agradezco tu preocupación, Sano —le dijo—, pero creo que, lamentablemente, debemos dar por cerrado el tema de Enishi. Todo apunta a que no sigue vivo. En cuanto a Elder-dono, no hay motivo para que se incomode con la llegada de Kaoru Kamiya a esta casa; todo lo contrario, será muy beneficioso que ella acompañe a Kaoru-dono.
—Si tú lo dices…
—Confía en mí, Sano.
—Está bien, si tan resuelto estás, no hay nada que hacer —concluyó Sanosuke—. Me despido, bajaré a ver a mi doctora preferida en el pueblo.
—De nuevo te rompiste una mano peleando, ¿verdad?
—Sólo siento algunas incomodidades, nada que ella no pueda arreglar —y negó con la cabeza al ver que Kenshin abría la boca para ofrecerle algo—. Perdón, pero no confío en tu doctorcita, mejor voy a ver a la mía. ¡Adiós! —y desapareció de la misma manera en que hizo su aparición.
Kenshin suspiró, algo divertido. Las idas y venidas de su amigo con la doctora Megumi Takani, proveniente de un respetable clan de médicos de Aizu, le resultaban entretenidas y sabía que esos dos terminarían formalmente juntos. También era consciente de cierta "rivalidad" entre Megumi y Elder, y que, seguramente, por eso a Sano no le caía muy bien la segunda.
Y, en lo que respectaba a la médica que vivía con él… no le había comunicado aún su próximo enlace matrimonial, con los consecuentes cambios que se producirían por causa de ello. Pero confiaba que ella recibiría a Kaoru con los brazos abiertos, orientándola sobre todo lo que tuviera que ver con el hogar y, por qué no, ayudándola a dar a luz a sus hipotéticos hijos. Aunque Kenshin todavía no se hacía la idea de tener que procrear, saliendo así de su título de protector. Pero era algo que tarde o temprano tendrían que hacer…
Estaba tan absorto en sus pensamientos, que dio un respingo al escuchar que golpeaban suavemente el shoji de su estudio. Cuando permitió que pasaran, una rubia cabeza se asomó, revelando a una hermosa mujer occidental. Era Elder Peaberry, la doctora que lo acompañaba desde los días de la enfermedad de Tomoe y a quien, poco a poco, le había dado el control y el gobierno de la casa, a falta de una señora por tantos años.
—Himura-san, disculpe —dijo con voz dulce mientras le alcanzaba una bandeja—. Sólo quería recordarle que no olvide tomar su té de amapola, para que pueda conciliar el sueño.
—Gracias, Elder-dono —respondió Kenshin con una leve sonrisa—. Usted siempre está al pendiente de mí. Sabe que, cuando así usted lo decida, puede seguir su camino. Este se siente indigno de tantas atenciones de su parte durante estos años y no quisiera que se sintiera obligada a estar a mi lado.
A ella le brillaron sus ojos.
—Pero yo no estoy con usted por obligación —replicó—. Lo único que quiero es verlo bien y le agradezco el que me haya tenido en cuenta para regentar su hogar y no ser sólo su médica. Yo… quiero estar con usted por siempre —susurró, siendo esta última frase inaudible para Kenshin, quien sólo permaneció observándola. Decidió que era hora de despedirse, y cerró el shoji—. Buenas noches.
Kenshin permaneció algo perplejo. La doctora no estaba dispuesta a dejarlo, declarando que siempre le serviría tanto siendo médica como siendo ama de llaves. Fuera de esas cuestiones, Kenshin nunca la había visto como mujer, temiendo que estuviera condicionando su vida e impidiéndole que pudiera proseguir con ella.
Más ahora que pronto habría una dueña de casa.
.
Kaoru caminaba por su habitación como si fuera un animal enjaulado. No entendía ni concebía aún el hecho de que tuviera que unirse en matrimonio con semejante personaje, adicional a la angustia que le generaba la posibilidad de no volver a ver a su padre, quien, aunque era un eximio espadachín, ya tenía sus años encima y había pasado mucho tiempo fuera del campo de batalla. Las clases de kendo no podían considerarse a la par de esa actividad tan peligrosa como lo era desenvainar la espada en un duelo a muerte.
Pensaba que su suerte no podía ser peor. Había pasado años esperando noticias de Enishi, sólo para encontrarse prometida al hombre que había sido cuñado de este y asesino de su esposa… ¿Qué le impediría, en un ataque de rabia, matarla a ella? Estaría a su merced, y ni su padre ni nadie estaría allí para socorrerla. Y ella, aunque era una buena kendoka, jamás podría igualar a Battousai, ni siquiera para defenderse y huir.
Jamás lo había visto, pero había escuchado historias en torno a su persona. Historias sobre que era un hombre temible, bruto y grosero, que violaba mujeres en el Bakumatsu y mataba por placer a quien se le cruzara en el camino. Que tenía el cabello rojo como el mismísimo infierno, como llamas furiosas que abrasarían a la pobre víctima, recibiendo esa visión demoníaca antes de morir. Además, le habían contado que era un hombre horrendo y mutilado, con una cicatriz que abarcaba gran parte de su rostro, producto de la valiente acción de Tomoe Yukishiro y Akira Kiyosato, pareja de fábula y cuentos de hadas, a su juicio.
Desde luego, las partes malas y crueles de esos relatos le parecían hasta cierto punto exageraciones. De lo contrario, su padre no permitiría que se casara con alguien de ese calibre. Pero no podía dejar de lamentarse y cavilar maneras de evitar ese matrimonio.
Para colmo, su escuela y todo lo que le perteneciera pasarían al poder de su marido. Imaginaba, haciendo una mueca de desprecio, que hasta tendría que pedirle permiso para practicar las katas del Kamiya Kasshin-ryu, que ya no sería su técnica, sino también la de su futuro esposo. Técnica que, para colmo, sería heredada al hijo que ella le pariera a ese hombre, y que ya no llevaría el apellido Kamiya.
Ni qué decir sobre su nueva residencia, que sería en una especie de mansión antigua en Kyoto, en donde sería prisionera y forastera.
Rumiaba sola sobre sus futuras desgracias maritales cuando sintió que Tae, una de sus doncellas, entraba a su habitación. Le había traído un refrigerio, pues la chica se había negado a cenar.
—Kaoru-chan, sé que estás enojada, pero tienes que comer —le suplicó la mujer.
—Gracias, Tae-san, no te preocupes, comeré un poco —respondió Kaoru, haciendo una tregua momentánea con sus sentimientos y tomando un pastel de arroz—. ¿Las regañó mucho mi padre?
—No fue muy duro, pero nos sentimos culpables.
—Les agradezco que me hayan prevenido de esto, así que no debes sentirte mal. Esto me dará tiempo para prepararme —respondió la joven con la boca llena—. Conociéndome, mi padre me lo iba a decir con ese hombre aquí en casa y ya vestida para la boda.
—¿Y qué piensas hacer, Kaoru-chan?
—Ni loca me caso con ese hombre. Haré que desista de ese matrimonio.
.
Lamentablemente para Kaoru, una semana después recibiría la visita de su futuro esposo, cumpliendo con la presentación formal llamada omiai. Supo que se casarían dentro de dos semanas, coincidiendo con la partida de su padre a la guerra de Seinan. Nada podría ser peor de ahora en más… ¿Por qué no se iba Battousai a la guerra y dejaban a su padre en paz?
Las gemelas Sekihara se habían encargado de maquillarla y vestirla acorde a lo que se esperaba de una novia recibiendo a su prometido para conocerse al fin. A pedido de Kaoru, el kimono y los accesorios en general eran simples y nada opulentos, por lo que las hermanas se esmeraron más en su peinado y maquillaje, pese a las protestas de la joven. Pero no le importaba, se escabulliría a sacárselo a la primera oportunidad para presentarse ante ese hombre a cara lavada. El desencanto lo comenzaría desde el minuto uno.
Kenshin suspiró cuando su carruaje finalmente se detuvo frente al dojo Kamiya. Era una residencia bonita y familiar, todo lo contrario a su palaciega casa en las afueras de Kyoto. Sospechaba que sería lo primero que impactaría en Kaoru una vez se mudara.
Un elegante y amable Koshijiro Kamiya salió a recibirlo.
—Bienvenido sea, Himura-san —lo saludó con voz franca haciendo una reverencia—. Espero que se sienta cómodo en mi casa y disfrute de nuestra compañía.
—Muchas gracias, Kamiya-sensei —respondió el pelirrojo, correspondiéndole la reverencia—. Estoy seguro de que será una velada agradable.
Los dos sabían que ninguno decía la verdad. Koshijiro sabía que Kaoru era impredecible y Kenshin no estaba muy seguro de ser realmente bien visto por su novia.
Los dos tenían razón.
Entraron a la sala de té, mientras el dueño de casa daba órdenes para servirles un refrigerio y llamar a la joven señorita. Ambos hombres se sentaron con ceremonia y comenzaron a departir sobre temas de política, guerra, matrimonio y mejores tiempos pasados del esgrima.
Hasta que sintieron que el shoji se abrió con cierta brusquedad.
A Koshijiro se le pararon los pelos de la nuca y Kenshin, curioso, dirigió su mirada hacia la persona que había llegado a reunirse con ellos.
Era Kaoru Kamiya.
Con su peinado deshecho y sin una sola gota de maquillaje en el rostro. Además, se había despojado de las joyas que le habían colocado las gemelas. Su mirada era severa y antipática, el rostro altivo y lleno de arrogancia, impropio de una joven dama que era presentada a su futuro marido. Todo lo que se esperaba de ella (miradas por lo bajo, voz suave y actitud tímida) no pensaba cumplirlo.
—Himura-san —saludó, con voz fuerte y sin hacer ningún movimiento de cabeza.
Kenshin, obnubilado por lo que estaba viendo, notó el nerviosismo del padre y decidió actuar como si nada raro hubiera pasado. Hizo una profunda reverencia y se dedicó a saludarla con entusiasmo.
—Kaoru-dono, es un placer inmenso conocerla —le dijo con sinceridad—. Había escuchado rumores sobre su belleza y porte, se han quedado cortos con ello. Usted en persona supera con creces esas descripciones —suprimió una risita. Sabía que ella se presentaba con ese aspecto para escandalizarlo y hacer que diera un paso atrás, pero no lo haría. Había hecho una promesa, ya se había amigado con la idea de casarse de nuevo y, además, la belleza e ímpetu de la joven lo estaban convenciendo cada vez más de su posición.
En su puesto, un impasible Koshijiro Kamiya respiraba tranquilo. Pero Kaoru no se escaparía de la reprimenda más tarde.
Pero quien no estaba nada contenta con el efecto de su propia presentación era la misma Kaoru. Pensaba que, exhibiéndose en fachas desagradables y con maneras poco decorosas, sería suficiente para espantar al caballero que pretendía ser su dueño. No sólo no había producido el efecto deseado, sino que parecía que estaba más dispuesto que nunca a seguir con esta desgracia.
Aun así, no dejó de notar que Kenshin Himura no tenía nada que ver con las descripciones hechas, salvo por la cicatriz en forma de cruz en la mejilla izquierda. Era un hombre menudo, guapo y de semblante amable y tranquilo. Pero no se dejaría llevar por esas nimiedades. Los grandes tiranos siempre se escudaban con personalidades agradables.
Kenshin, en cambio, sentía que se entusiasmaba cada vez más a medida que la seguía mirando. Era una joven preciosa; gracias a haberse despojado de su maquillaje, se podía observar mejor su piel de leve tono durazno y la suavidad que irradiaba, además de su pequeña boca rosada y sus ojos de un profundo azul profundo, que no necesitaban ser resaltados con coloretes. Pero era su personalidad fiera y decidida lo que le había fascinado más. Sería la esposa ideal para un hombre como él, aunque aquello supusiera que la doctora Elder la tendría difícil para acompañarla en el manejo de su casa.
El duelo de miradas que ambos prometidos se estaban dedicando fue interrumpida por el padre de la novia.
—Kaoru, siéntate —le pidió con voz decidida y severa. La aludida no tuvo otra opción más que sentarse con ellos, resignándose a que no se libraría pronto de ese compromiso.
—Bien, los dejaré solos para que conversen y se conozcan, luego nos reuniremos para cenar —anunció Koshijiro levantándose y saliendo del salón, sólo dejando a un sirviente como testigo de la charla.
Kenshin miró a Kaoru con algo de cuidado, viendo que la joven tenía una expresión agria en el rostro.
—Kaoru-dono, yo…
—Himura-san, no me casaré con usted —le dijo Kaoru seca y cortante.
Kenshin sonrió levemente.
—Lamentablemente, eso es algo que no te toca decidir, Kaoru-dono —replicó—. Tu padre y yo ya hemos dispuesto de todo lo que tenga que ver con tu futuro —vio que Kaoru deformaba su rostro de ira—. No te preocupes, nuestro matrimonio no será de hecho… por el momento. Y nadie te molestará en nuestra casa, podrás disponer de todo lo que quieras para tu comodidad.
—Ese es el problema, Himura-san —repuso la joven—. No quiero alejarme de la casa de mi padre ni de los principios del Kamiya Kasshin. Sé que él volverá sano y salvo de la guerra, y no necesito que nadie me cuide ni vea por mí.
—Pero te olvidas, Kaoru-dono, que, si tu padre muere, estarás a merced de que te despojen de tus derechos como heredera sólo por no ser hombre.
Kaoru apretó la quijada, nerviosa. Ese hombre tenía razón.
—Además, los Okubo, aunque los respeto, no desaprovecharán unirse también en matrimonio con una descendiente de maestros espadachines —prosiguió Kenshin—. Y sé que Tetsuma Okubo, sobrino del ministro y alumno de Kaishuu, moverá todas sus influencias para casarse contigo. Tu padre no quiere eso y estoy seguro de que tú tampoco.
Con los ojos vidriosos, Kaoru sólo le sostuvo la mirada con odio. Kenshin continuó.
—Entiendo que tú quisieras que las cosas se hubieran dado de otra manera —le dijo con suavidad—, pero entiende tú también la cautela de tu padre por querer resolver tu futuro de la mejor manera. Así cómo hay posibilidades de que perezca, las hay de que vuelva, y te juro que podrás ir y venir aquí a Tokyo las veces que quieras y seguir siendo shihandai de tu escuela. No te lo impediré nunca, ni aquí, ni en Kyoto.
Kaoru se sorprendió al escuchar aquellas palabras. Lo que tanto había temido, además de la muerte de su padre, no se cumpliría. Sería libre de practicar su estilo y el dojo seguiría siendo suyo.
Sin embargo, las manos le temblaban, pues no se sentía preparada para dar ese paso que suponía ser esposa y tal vez en algún momento, madre. No se veía a sí misma educando hijos y sirviendo a un esposo. Su vida giraba en torno al kendo y la búsqueda de Enishi…
Enishi.
—Himura-san —murmuró con voz quebrada—. Yo ya estoy prometida en matrimonio.
Kenshin entendió y le sonrió con dulzura.
—Kaoru-dono, soy el primero en decir y jurar que he buscado a Enishi Yukishiro por cielo, mar y tierra —le informó—. Sé lo que piensas y déjame decirte que jamás tuve que ver con su desaparición, pues he hecho hasta lo imposible por buscarlo, tanto para reconciliarme con él como para reunirlo contigo. Pero, por desgracia, todo indica que no hay rastro de él con vida. Mis contactos no han podido dar con él ni con posibles nombres falsos: lo último que se supo de él hace diez años fue que había sido visto en el puerto de Yokohama sin rumbo fijo… Todo indica que se tomó un barco que naufragó… Tuvimos reportes de tres embarcaciones perdidas en esa misma época, y como presumimos fue polizón, no quedaron registros de su nombre…
Kaoru ya se encontraba llorando desconsoladamente ante esa confirmación de aquello que nunca quiso suponer. Siempre había mantenido la esperanza, aunque nimia, de que Enishi estuviera vivo. Pero las pruebas que le presentaba Kenshin Himura parecían sinceras y con todo el sentido del mundo.
Quería confiar en él.
Y tal vez no tenía otra opción que confiar.
Por lo que asintió.
Días después, la boda se llevó a cabo, bajo la atenta mirada de un hombre llamado Gein.
.
.
.
