Luego de aquella última "mini sesión" entre las hermanas, Anna fue al encuentro de Kristoff para finalmente poder ir a hacer lo que tenían planeado. Al salir, su marido le regaló una pequeña sonrisa a su cuñada a modo de agradecimiento por "ayudarla" con su quehacer. Era una acción que a veces le costaba, pues Elsa en ocasiones era muy intimidante.

Al revisar detenidamente el panorama, la pelirroja pudo ver que su marido no se había dado cuenta, o al menos eso era lo que ella quería creer para no atormentarse.

Su mente intentó no pensar en aquel último jugueteo que Elsa había propuesto antes de salir, ¿de verdad sería capaz? No, no podía hacerlo... aquello rondó su cabeza unos segundos, hasta que finalmente el sueño la venció cuando llegó al palacio.

Cuando despertó a la mañana siguiente para empezar su rutina, notó que su marido no estaba. Intentó restarle importancia, a lo mejor había salido como tantas otras veces. Así que, luego de acicalarse, se dirigió a su despacho para empezar su nueva acción del día.

Pudo percatarse que en el escritorio había una nota junto a un chocolate caliente recién hecho. Cuando lo vio, se dio cuenta de quién se trataba.

Era la letra de Elsa.

"Te quiero, tonta, llego en unos minutos para ayudarte".

Al leerlo, sintió derretirse en ese pequeño instante. Ese era uno de los tantos detalles que Elsa tenía y que, lamentablemente, podían con ella también.

Al notarlo, el pequeño jugueteo propuesto el día de ayer se le fue por unos segundos. Intentó ignorarlo, a lo mejor eran inseguridades suyas. Cuando quiso sentarse en la silla del despacho, sintió unas manos rodearla por detrás y unos copos de nieve rodear la estancia.

— Buen día.

— Hola, Els... — saludó la menor, volteando a verla y dejándose hacer con una sonrisa bien dibujada por su detalle —. ¿Dormiste bien?

— Sí... ¿Estás lista? — preguntó la rubia.

— ¿Lista para?

— Avanzar con tus quehaceres.

— ¿Ahora quieres ayudarme? — cuestionó divertida la pelirroja.

— Siempre lo hago, ¿Qué no?

— Pues sí, pero la mayoría de las veces quieres algo a cambio. — contestó, curvando una sonrisa con la intención de molestarla.

— ¡Oye!

— Jajaja.

— Ya no quiero nada ya. — un puchero salió de los labios de Elsa.

— Solo admítelo. — Las manos de Anna acorralaron su cintura —. No es tan difícil.

— Solo quiero ayudarte.

— ¿Y?

— Luego tal vez jugar un poquito...

— Ay, Els... — rodó los ojos y la jaló con ella hacia el despacho entre risas para "iniciar" con los deberes, ya la conocía de sobra.

Por otro lado, Kristoff había salido esa mañana al pueblo a perderse por unos instantes. Por pedido especial de él, había pedido mantenerse como recolector de hielo a pesar de tener ahora tan pesado título. Y es que no le iban esas cosas, aún le costaba acostumbrarse.

Antes de llegar al palacio, logró comprar unos chocolates. Sabía lo mucho que le gustaban a su mujer. Además, por lo ocupada que últimamente había estado esos días, intuía que le levantaría el ánimo de algún modo.

Cuando finalmente llegó al castillo, fue a la habitación matrimonial para cambiarse más ligero e ir por ella con la caja de chocolates en mano. Al salir se encontró con Kai, quien lo saludó cordialmente.

— Buen día, Lord Kristoff.

— Solo Kristoff, Kai... solo Kristoff, ¿sí? — pidió, apenado.

— Lo lamento, es inevitable. — respondió el mayordomo con una sonrisa. Al verle con esa caja de chocolates, no pudo evitar preguntarle —: ¿Para su esposa?

— Sí... ¿Sabes dónde está?

— Se la ha pasado todo el día en el despacho, señor, ha dado estrictas órdenes de que no la molestemos.

— ¿En serio? Pobre de mi mujer, últimamente está muy metida en el despacho por los quehaceres que tiene, ojalá esto la haga desestresarse un poco — soltó, viendo de reojo el regalo recién comprado.

— Ella los adora, verá que sí...

— Gracias.

Sin hacerse esperar, aceleró el paso con la intención de darle una sorpresa entrando de improviso. Bien sabía que su mujer estaba ocupada y hasta estresada en ocasiones, por lo que era el regalo perfecto.

Sin embargo, aquella idea se le fue de la mente cuando a pocos centímetros del despacho escuchó risas y sonidos extraños provenir de este, así que sigilosamente puso su oído en el pomo de la puerta. Estaba mal espiar, lo sabía, pero la curiosidad pudo más con él en ese momento.

Lo había escuchado ya en algunas ocasiones, mas no había querido darle importancia y, aunque siempre le daba ese espacio a su mujer debido a su posición y por quien representaba para él, ese día lamentablemente no pudo.

— Elsa, para... me haces cosquillas. — se escuchó una risa de los labios de su esposa. Hasta ahí no había nada raro, hasta le pareció tierno.

"Qué lindas... es bueno que no pierdan ese lazo, Elsa siempre tan hacendosa", pensó.

— Estás tensa... relájate, ahora me toca consentirte a mí, no me parece justo que tú siempre hagas todo el trabajo.

"Qué linda, de seguro le está dando un masaje".

— En ese caso, tendrás que hacer mucho, no quiero que nadie más me toque. — soltó con un puchero.

"¿Tocar? ¿Tocar qué?".

— Entonces gánatelo, me tienes muy abandonada y lo sabes. — habló con picardía en su voz.

"¿Ah?".

— Espera... ¿Estás diciendo que no soy suficiente? — Pudo notarse su molestia al hablar.

— No he dicho eso.

— Ya, Elsa.

— Hey... no he dicho eso, solo he dicho que me tienes abandonada, me gusta hacerlo contigo, Anna, lo sabes de sobra...

— Mmh...

— No te pongas así... vamos...

— ¿Por eso dijiste eso sobre Kristoff? ¿En verdad serías capaz? ¿Me — dudó —. ¿Me quitarías a mi marido? – habló bajo y por un momento sintió tensarse, no quería escuchar la respuesta.

Aunque había decidido dejarlo en el olvido, dadas las circunstancias no pudo evitar mencionarlo.

"¿Yo? ¿capaz de qué?", acercó su oído para escuchar mejor, "Espera... ¡¿Qué?!".

— ¿Qué? No no... fue un mal chiste, solo estaba jugando, ya sabes como soy.

— No juegues así, Els... no me gusta.

— Ya, sé lo mucho que te importa. – Ante esa forma de expresarse, sus celos volvieron inevitablemente, ella siempre defendiendo al marido.

— Elsa...

— Está bien, Anna, es entendible, estás casada y yo también necesito a alguien.

"Esto está muy raro...".

— Elsa... sabes bien cómo está la situación, ya hablamos de esto, no puedo hacerle eso a Kristoff.

— Tarde o temprano terminará enterándose, no puedes seguir huyendo.

"¿Enterarme? ¿De qué cosa?".

— No es tan fácil.

— Te entiendo, entonces no hay razón, me iré al bosque a ver si a Honeymaren se le antoja complacerme. — dijo, mientras giraba su cuerpo decidida para poder salir del despacho, siempre que le tocaba el tema era lo mismo.

— ¡¿Qué?! ¡No! Tú no te vas a ningún lado... ven aquí. —Inmediatamente la cogió del brazo, su orgullo pudo más.

— ¿Ahora estás celosa? — Alzó una ceja.

— ¿Qué? ¡No!

— Entonces suéltame.

— ¡No!

— Suéltame, Anna.

— No lo haré, no puedes hacerlo con ella, no lo permitiré.

— ¿Por qué no?

— ¡Tú eres mía, Elsa!

— ¡No puedes ser tan egoísta, Anna! ¡No estás en posición de pedirme nada! — se defendió, ¿ahora la celaba de ese modo? Era el colmo.

— ¡No puedes acostarte con ella!

— ¡¿Y tú sí con Kristoff?!

— Es diferente...

— ¿Por qué es diferente?

— Yo... no sé.

— Ya entendí, me voy.

— No te vas a ningún lado, y, así termine congelada, no te dejaré salir, no si sé lo que harás cruzando esta puerta.

— Eso a ti no te incumbe.

— Sí, sí me incumbe y mucho. Ven aquí.

En ese instante, Anna cerró el pestillo por dentro y le arrancó el vestido teniéndola contra la puerta. No la iba a dejar salir, no podía. Elsa quiso zafarse pero años de práctica habían hecho a la menor más fuerte. No podía luchar con ella.

Aunque claramente podía usar sus poderes, se había prometido nunca usarlos en su contra.

— Anna, pa-ra...

Cuando menos se dio cuenta, los labios de Anna ya se hallaban recorriendo su cuello y clavícula paulatinamente, rozando y lamiendo todo el contorno con verdadero deseo y necesidad, intentando hacerla caer a como dé lugar.

Sin embargo, Elsa en ese momento sintió desvariar y enfurecerse. No podía caer de nuevo. Simplemente, no.

— Ahh...

"Maldición".

— Te quiero, Els, no me hagas esto, ¿sí?

Siguiendo con su camino, los labios de Anna pasaron a perderse entre sus pechos y su ombligo, chupando y lamiendo cada parte, aumentando a cada segundo su intensidad, tan solo queriendo que la rubia entendiera y que se dejara llevar.

"Dios no...".

Apenas pudo pensar cuando su cuerpo comenzó a traicionarla, su boca a jadear y su ser a odiarla.

Bendita forma de hacerla caer.

— Ahhh... cállate.

En ese momento, sintió perderse en el placer, era demasiado, se hallaba muy furiosa y necesitaba descargarlo. Así que, dejándose llevar, en un arranque tiró lo que había en el escritorio del despacho para empujar a Anna sobre él y poder hacer de su cuerpo a su antojo.

— Elsa qué...

— No hables.

Ni siquiera la dejó reaccionar, pues para cuando Anna levantó la mirada, Elsa ya había metido sus manos entre sus bragas, las había bajado de un solo movimiento y presurosamente había comenzado a tocarla.

Dando movimientos circulares y ricos, duros y fuertes. Tanto, que Anna se arqueó y dio un respingo sin poder evitarlo.

— Dios, Els...

— Silencio, Anna.

Sus labios la callaron de inmediato, en ese momento no quería oír nada más, tan solo quería disfrutarla para olvidarse del momento.

— Els... Mgghh... ~

Anna para ese momento se retorcía durísimo por las atenciones en su vagina mientras Elsa le devoraba la boca. Podía sentir cómo a medida que pasaban los segundos la intromisión a su cavidad se hacía más demandante y fuerte. Más dura y desenfrenada.

— Au...

Al separarse, sintió un mordisco en su labio inferior y como su hermana seguía sin tener suficiente de su cuerpo, pues, luego de que terminara con sus ansiosos dedos, sus labios pasaron a besarla por donde fuera posible, logrando marcarla en el proceso, subiendo en un camino desde su parte baja hasta llegar a la altura de sus pechos.

Una vez ahí, con ligera dificultad logró quitarle la parte de arriba del vestido para poder hacerse mejor con ellos. Su boca terminó por desatar el apretado sujetador y sus pezones ya erectos fueron atendidos de tal modo que Anna comenzó a retorcerse bajo su cuerpo.

"Cielos santo".

Elsa los chupaba y lamía desmesuradamente.

— Elsa... a-ahh...

Jadeó perdida, mientras sus manos se aferraban a su espalda y sus piernas se abrían paso para aprisionar sus curvas, logrando que su vestido quedara remangado y que la intimidad de Anna quedara toda expuesta, tal y como estaba la de Elsa.

Al verse en igualdad de condiciones, Elsa aprovechó y comenzó a moverse deliciosamente para aumentar el roce de sus sexos, contorneando las caderas jadeante, moviéndose para adelante y para atrás, una y otra vez.

— Oh cielos, Elsa...

Un nuevo gemido lleno de deseo salió de su boca al verla, pues la rubia, no contenta, ahora asemejaba sus movimientos anteriores a unos todos sexys y lujuriosos, se tocaba los pechos, se movía tan rico que Anna ya no tenía uso de raciocinio o cordura.

Era demasiado.

La visión de su desnudez junto a su contorneo de caderas terminó por enloquecerla y por mojar su vagina totalmente.

— ¿Te gusta?

— Sí... qué rico... — articuló, excitada por todo lo que su cuerpo sentía y por todo lo que sus ojos presenciaban.

— Lo sé... Anna, lo sé... — soltó con suficiencia, moviendo sus caderas mucho más rápido que antes. No faltaba nada para que la menor de las hermanas llegara al clímax.

— Ahh, Elsa... sigue... sigue...

—o—o—o—

Kristoff quedó helado en su lugar al escuchar aquello. Su mente se negaba a creerlo, no podía ser, no su mujer, no con su hermana, tenía que estar equivocado, no podían estar haciéndolo.

Aun así, tenía que comprobarlo él mismo, por lo que, dejándose llevar por sus impulsos, de un tirón pateó la puerta del despacho haciéndola caer entera. Cuando vislumbró de mejor manera el panorama, se dio cuenta, era verdad, sus ojos no dieron crédito a lo que presenciaron.

— Anna...

— ¡Kristoff! — Tan concentrada en el placer se hallaba que no se percató, había sido todo, finalmente había sido pillada.

— Te dije que no podías seguir huyendo... — susurró la platinada, divertida, quien al igual que ella, tenía todo el labial corrido por los besos antes propinados.

— ¡No me estás ayudando, Elsa!

— ¡¿Qué significa esto?! — exclamó Kristoff, al borde del colapso.

— Puedo explicarlo...

— ¡¿Qué cosa?! ¡¿Que te acuestas con tu hermana?! — al decir esa última frase salió del despacho dando zancadas fuertes. No quería seguir viendo nada más, ahora lo entendía todo.

Finalmente lo entendió todo.