Cuando Anna vio que se estaba alejando de esa forma, intentó alcanzarlo para hablar con él, para darle una explicación siquiera. Sin embargo, ella apenas podía lidiar con su vestido, aquel que a ese punto estaba hecho un desastre por culpa de Elsa.
— ¡Kristoff, espera! — exclamó, pero Kristoff era más hábil, en sus gestos se notaba que se hallaba realmente ofuscado y molesto.
En el camino, Anna notó que sus manos arrojaban unas cajas de chocolates por el pasillo y que sus zancadas se aceleraron el doble con la intención de salir del castillo inmediatamente, por lo que, presurosa, lo llamó una vez más.
— ¡Kristoff, por favor, detente! – Era inútil, este ni siquiera se atrevía a mirarla, solo daba pasos decididos con la intención de alejarse.
— Déjalo así, Anna.
— No, no lo haré, solo escúchame.
— ...
— Bien, no me das alternativa. — murmuró y, como estaban pasando cerca de la que era su habitación matrimonial, abrió la puerta de golpe y se tiró encima de su cuerpo en un movimiento rápido —. ¡Te tengo!
— ¡Anna, basta! — Fácilmente podía zafarse, pero no sería capaz de mover un dedo. Su delgado cuerpo lo rodeó por atrás y Kristoff quedó inmóvil. Anna no tenía ni la más mínima intención de soltarlo —. Sal de encima, Anna.
— Lo haré si prometes no escapar... Por favor, Kristoff.
— Anna, sal de...
— Solo escúchame, ¿sí?
— Anna.
— Por favor... — sonó a súplica, no podía dejar las cosas así.
— Bien.
— Ok... — Con cuidado, se separó de él y juntó la puerta tras de sí —. Kristoff...
— Sé breve.
— Kristoff... escucha, yo... — su boca le tembló, sintió que comenzaría a divagar en cualquier momento.
Su semblante nervioso y tiritante la delataba, pues este aún tenía las marcas de los besos que se había propinado antes con Elsa , los cuales se hallaban en todo el contorno de su boca, cuello y senos. Era demasiado para ella.
Su marido, mientras tanto, no dejaba de mirarla, esperando una respuesta.
— Hay una buena explicación para lo que viste...
— ¿Así? ¿Qué cosa puede justificar el hecho de que te hayas acostado con Elsa? ¿Era por eso que no salías del despacho? ¿Era eso lo que te mantenía tan ocupada? — soltó sin más.
— Kristoff, no, escucha... Elsa y yo... la quiero mucho...
— Sí, puedo ver que la quieres demasiado.
— ¡No es fácil para mí, ¿sí?! — lo interrumpió de lo más nerviosa, casi en un grito. Cuando Kristoff la escuchó, quedó anonadado.
— Viví alejada de ella por 13 años, luego cuando creí recuperarla nos separamos por nuestras responsabilidades... ella en el bosque, yo en el reino, después una cosa llevó a la otra y pues...
— ¿Eres consciente de que es tu hermana? — acotó, nunca la había visto así.
— ¡Sé de sobra que está mal, Kristoff! — volvió a alterarse.
— Bien, ya entendí.
— No no, aguarda, no quise gritar... solo... — En ese instante, lo agarró por la espalda y lo abrazó fuerte, pues su marido ya había amenazado con cruzar la puerta.
A esas alturas, Kristoff no sabía si quería seguir ahí, no sabía si quería seguir escuchándola, era demasiada información para él. Le dolía y mucho, pero su ser no podía seguir viviendo en una farsa.
— El día que te conocí, juré hacerte feliz, Anna. Cada día he dado lo mejor de mí para demostrártelo... — Mientras hablaba, se dio la vuelta para verla a los ojos, se dio cuenta que estaba inquieta, temblorosa, con sus ojos vidriosos —. Solo no soportaría saber que por mi culpa no lo eres realmente, que por mi culpa no estás con quien realmente quieres, entonces...
— ¡No! — soltó de inmediato y, de un respingo, le robó un beso, uno cargado, uno para que no le dieran ganas de salir por esa puerta —. Sí me haces feliz, Kristoff... — Su mente estaba en un mar de confusión, amaba a Elsa pero tampoco quería perderlo a él.
¿Por qué tenía que ser tan difícil?
Al verse presa del momento, Anna volvió a besarlo y sus manos le rodearon el cuello, sin darle chance a arrepentirse. — Me haces muy feliz... Kris — recalcó, con ese tonito en particular y con ese sobrenombre que solo usaba en la intimidad.
Luego de eso, su boca quiso atender su cuello, bajando sus delicadas manos por su pecho. Ya no hizo falta nada más, el toque de su tacto lo dijo todo.
— Anna, no puedo hacer esto...
— Sí, sí puedes... sé que quieres.
— ¿Y Elsa?
— Solo estoy confundida... ven. — Con la intención de convencerlo, cerró bien la puerta de la habitación y se deshizo de su vestido quedando desnuda ante sus ojos. Sabía que eso lo volvía loco.
— Dios...
— Ven ya, tontito...
— Anna, no... — su entrepierna creció, había sido inevitable.
— Sí, ven aquí. — lo invitó coqueta al darse cuenta de lo evidente —. Se buen chico.
"Mierda".
—o—o—o—
— ¿Confundida? — Elsa no podía creer eso último que había escuchado tras la puerta, pues luego de que Anna saliera, la había seguido con una esperanza que, aunque era obvia, había sido una esperanza que se le rompió después.
— Bien, tomaste tu decisión, Anna. — una presión bajó por su pecho y sus orbes lucharon para que una lágrima no escapara. ¿Qué esperaba? Lo de ellas no era ni de lejos normal, debía pisar tierra.
Nunca podrían ser más que dos hermanas que hacían el amor a escondidas, no dejaría de ser mal visto, enfermo y, lo que es peor... prohibido.
Por lo que, acicalándose de mejor manera, recuperó la compostura y volvió al bosque. No quería seguir viendo eso, ya le dolía demasiado. Al menos ahí tenía una amiga, una amiga a la cual había rechazado por el cegado amor que le tenía a su hermana menor, pero ahora... ¿Por qué no? Las piezas estaban poniéndose finalmente en su sitio. Al menos, eso pensó: ella debía continuar.
—o—o—o—
Luego de aquel "encuentro" con su marido, Anna volvió a la rutina de siempre. Curiosamente, no volvió a ver a su hermana y eso la estaba preocupando, ¿le habría pasado algo? Ya no venía a su despacho como todos los días, ¿habría vuelto al bosque? Mandaba centenares de cartas con Gale pero no recibía respuesta, era extraño.
Ese día en particular estaba agotada hasta el cansancio, había tenido una semana caótica entre pequeños viajes, reuniones y demás "Típico ya", por lo que, luego de un extenuante día, finalmente se halló en casa.
— ¡Al fin! — Al entrar al palacio, tiró los tacones por quién sabe dónde y comenzó a caminar descalza —. Oh sí... esto es vida. — sentir sus pies descalzos contra el suelo lo era todo.
Cuando llegó a su habitación, pudo ver que su marido estaba dormido, al parecer la había estado esperando. Con cuidado de no despertarlo, sus labios se acercaron para darle un beso corto y sus gestos se suavizaron.
Al separarse, logró perderse un rato en su ventana, mirando a la nada. Había comenzado a lloviznar.
"Elsa... ¿Dónde estás?".
Estuvo un buen tiempo sumida en sus pensamientos, hasta que vislumbró pequeños copos de nieve bajar por su ventana. Eso solo significaba una cosa: su hermana estaba en el palacio.
— ¿Elsa...?
Sin perder más tiempo, salió de la habitación con la intención de seguir aquellos copos y saber de dónde provenían. En el trayecto, se dio cuenta de que venían del cuarto de visita, raro... ¿Qué hacía ella ahí? Cuando finalmente llegó, escuchó su sentencia.
— Honey... Mmgh... ¡Sigue! — Esa era su hermana gimiendo a todo dar y ella no era la causante, eso le heló la sangre.
— Shh... vas a despertar a todo el castillo, Elsa. — Una ligera risita se escuchó.
— No tengo la culpa de que hagas maravillas con esos dedos, Honey... no puedo evitarlo...
— Lo sé, y a mí me gusta escucharte... no te cortes...
"¡¿Qué?!".
Al otro lado de la puerta, Honey hacía arte con el cuerpo desnudo de Elsa. Su cuerpo la tenía acorralada contra el muro y sus manos y labios hacían maravillas. Una se encargaba de acariciarla, la otra jugueteaba duro con su centro y sus labios bebían de los de Elsa con total entrega y devoción.
— Mmmm... ~
El ambiente se había convertido en un lugar lleno de sonidos indecentes, de bocas y lenguas besándose furiosamente. Anna los reconocía muy bien.
— Hazlo... hazlo... con tu lengua, Honey... — pidió la rubia al separarse, con el tono de voz agitado y deseoso.
— ¿Mi lengua? — preguntó la morena, con cierto aire de diversión.
— Sip... — Se pudo oír nuevamente una risita.
— Tus deseos son órdenes, Elsa.
Haciendo caso a su petición, la morena la hizo sentarse al filo de la cama y su boca bajó para fundirse con aquel sexo que la invitaba.
Su lengua tomó el control y empezó a hacer movimientos circulares por todo el contorno de su clítoris, chupando y lamiendo todo y cuanto podía. Fue tan rico que Elsa no pudo evitar soltar un áspero gemido, uno tan alto que logró escucharse por todo el cuarto.
— Ahh... Mmmgh...
Finalmente era libre, completamente libre, ya no tenía por qué callar o por qué abstenerse, el marido y la corona eran inexistentes. Todo se había reducido a ella y a sus enormes ganas de sentir, de disfrutar el sexo, pero, sobre todo, de sentirse "vanamente" amada por alguien más.
— Así... qué rico... uhm...
Sus manos inquietas pasaron a hundir aquel rostro entre sus piernas incluso más de lo que ya estaba, presionando para que lo hiciera correctamente y para que aquel efecto no desapareciera. Sus uñas, de igual modo, se hallaron clavándose en aquella cabellera negra producto del éxtasis, haciendo que Elsa moviera las caderas y arqueara su cuerpo para atrás sintiéndose a morir.
— ¡Honey...! A-ah... sigue... sigue así...
— ¿Te gusta?
— Dios... sí... justo... justo así...
"Qué rico...".
—o—o—o—
Anna al escucharlo quedó enojadísima. La ira la caló tanto que, sin poder contenerse, abrió la puerta de un tirón para detener todo acto, por no decir que la tumbó. Eso no podía estar pasando, su hermana no había podido ser capaz de traer a esa mujer.
— ¡ELSA!
Literal gritó. Sus pasos se volvieron zancadas a medida que avanzaba, debía poner en su lugar a cada una, no podía permitirse tal cosa.
—¡¿Qué demonios?! ¡Anna! — Elsa quedó petrificada y Honey no hizo más que cubrirse con una sábana cerca de ahí, estaba apenadísima.
— Tú... no vuelvas a tocarla. — señaló a la morena con la intención de ir a meterle un putazo.
— Y tú... vienes conmigo ahora. — habló con determinación, refiriéndose a Elsa.
— No.
Aquel comentario hizo que Anna parara en seco su camino.
— ¿Qué dijiste...?
— Que no, Anna. Ahora retírate, estoy teniendo sexo. — la voz de Elsa también fue determinante.
— No te estoy preguntando, Elsa. — Anna también intentó ponerse firme. Era la primera vez que su hermana le hablaba así; la primera vez que se hablaban así. Se podía sentir la tensión en el ambiente.
— Y yo no te estoy pidiendo permiso. Ahora por favor, retírate.
— Elsa... será mejor que me vaya, podemos... — Honey no sabía dónde meterse. No sabía que Elsa tuviera una hermana tan celosa.
— Sí, lárgate. — escupió Anna.
— No, Honey... Está bien, Anna ya se va, quédate, cariño.
"¡¿Cariño?! Cariño te voy a dar...".
Anna estaba furiosa, tenía las mejillas rojas de la rabia y los ojos fijos en su hermana, quien, ahora, tenía la mirada llena de presunción y una confianza que la destrozaba por dentro. Cómo envidiaba la manera en la que podía ocultar sus sentimientos cuando se lo proponía, era algo que papá le había enseñado muy bien.
Iba a articular palabra cuando escuchó una voz.
— ¿Anna? ¿Dónde estás? — Era Kristoff, quien la buscaba por todo el palacio —. ¿Anna?
Se maldijo internamente por haber hecho ruido al tumbar la puerta. Podía escuchar los pasos de su marido a lo lejos.
"Mierda".
— Ve, tu marido te espera. — dijo Elsa tranquilamente —. No lo hagas esperar, Anna.
Lejos de todo el amor que se tenían en sus miradas, ahora la realidad distaba demasiado de eso: se habían declarado la guerra.
— No puedes hacerme esto, Elsa... tú... no puedes. — masculló Anna, temblando de las iras.
— Claro que puedo, ya lo hice.
