Luego de aquel tenso encuentro, este se intensificó más con el paso de los días y, aunque Honey había dicho que era mejor que se fueran al bosque para evitar problemas, Elsa había insistido en que se quedara. Después de todo, ella ya le había prometido que pasarían tiempo en Arendelle para distraerse mucho antes de lo de Anna, así que no iba a dejar que sus planes se echaran a perder solo porque a la "reina" no le gustaran.
Además... ¿Qué problema había con eso?
Ella tenía los mismos derechos, era su castillo también. Podía ir y venir cuanto quisiera, y eso incluía a sus invitadas o invitados.
Anna, por el contrario, desde aquella noche se mantuvo con un humor de perros, uno que podía hacer temer al mismo diablo. Si antes con sus quehaceres era de por sí un suplicio, ahora que tenía esa nueva invitada era aún peor.
Se irritaba y estresaba con facilidad, los gritos iban y venían, el castillo entero la desconocía. Hasta el pobre Olaf se hizo con Elsa y Honey para no topársela. Menos Kristoff: a él le tocó lidiar con todos sus demonios. Era su esposo, después de todo.
Era un "buen chico", después de todo.
La consentía como podía, pero era complicada la mayoría de veces. Anna se había convertido en una montaña rusa, algunas veces simplemente lo ignoraba y, en algunas otras ocasiones, "con suerte", aparecía en la habitación, lo agarraba desprevenido y tenían sexo.
Sin hablar, sin pedir explicaciones: solo tenían sexo hasta decir basta.
Y no era que a Kristoff no le gustara, pero ya no sabía ni qué esperar, ni qué decir, ni cómo actuar. Todos sus sentidos se nublaban cuando la veía desnuda en la cama matrimonial, llamándolo con la mirada. Se volvía estúpido.
Por otro lado, Elsa hablaba poco o nada con su hermana, se limitaban a un "buenos días, tardes, noches". Casi no coincidían por el hecho de que Anna estaba ocupada con las cosas del reino y ella con Honey, mostrándole todo lo que Arendelle tenía que ofrecer.
Le dolía muy en el fondo, pero le había enojado su actitud, sus desaires, los comentarios hirientes que le hacía a Honey en su presencia y, sobre todo, lo escandalosa que se había vuelto al hacer el amor con Kristoff. ¿Qué pretendía? ¿Hacerla enojar? Si ese era su objetivo, pues sí, lo lograba, y la odiaba por eso.
Ella y Honey dormían en una misma habitación. Su rutina por lo general consistía en ir de turismo por Arendelle en la mañana, en la noche cenaban, hacían la cama y, finalmente, en medio de la noche tenían sexo a petición de Elsa. Una era exigente y la otra adoraba complacerla. Era mutuo, Honey tenía lo suyo.
Justo regresaban y ambas ya se hallaban en la habitación con "intenciones" de descansar, había sido un largo día.
— Tenías razón cuando dijiste que en Arendelle se hacen los mejores chocolates... Estos están buenísimos.
Honey estaba con un pijama ligero de seda, una blusa y un pantalón color crema suelto. Por alguna razón no se hallaba con los vestidos. Mantenía el cabello amarrado a una coleta y un par de chocolates recién comprados en su mano derecha los cuales degustaba con placer.
— Pero claro... Por eso soy adicta a ellos, podría comerme una caja entera.
Elsa llevaba un vestido corto de seda color celeste, parecido a un babydoll con corte V que resaltaba y daba buena visión de sus pechos. Bragas oscuras que se daban a notar a través de aquella semitransparente prenda, y el cabello níveo todo suelto y alborotado.
Se veía muy sexy, y es que, después de iniciar su vida sexual, ya no era tan cohibida.
— ¿Enserio?
— Así es... Amo el chocolate. — dijo con una pequeña risita, mientras se cepillaba su nívea cabellera antes de meterse a la cama.
Al girar su cuerpo, se dio cuenta de que Honey no dejaba de mirarla. Sus ojos estaban clavados en ella con total detenimiento y en sus labios había una sonrisa curva.
— ¿Qué...?
— Guapa. — soltó sin más.
— ¡Oh! Amm... gracias... — En ese instante, se sonrojó totalmente y sus ojos se desviaron sin saber para dónde mirar. Honey era tan directa a veces que esos cumplidos la dejaban sin palabras.
— Qué linda te ves cuando te sonrojas...
— ¡Tonta! — Pasó un mechón tras su oreja sin saber cómo reaccionar y, luego, una risita escapó de sus labios, una peculiar risita que Honey acompañó al verse contagiada también.
— Ven.
Honey señaló su lado de la cama y Elsa no hizo más que acercarse a ella, tratando de seguirle el juego. Al llegar, muy al contrario de lo que la morena esperó, notó cómo la rubia se posicionó a horcajadas en su regazo, quedando frente a frente.
Estuvieron unos segundos así, hasta que Elsa rompió el silencio.
— Tienes restos de chocolate, déjame ayudarte...
Tras murmurar aquello, cogió sus dedos y empezó a chuparlos con parsimonia y suavidad. Hasta que poco a poco fueron subiendo de tono, dando a entender lo evidente; con pequeños jadeos que salían de su boca.
— Mmgh... Honey... — volvió a hablar, mientras comenzaba a mover sus caderas a propósito y de manera circular, ocasionando la fricción por encima de sus ropas.
— ¿Sí...?
— Tu lengua... la quiero... dentro... — pidió, moviendo sus caderas con más descaro y arqueando el cuerpo como producto del éxtasis por el choque de sus sexos.
— Ven aquí...
Acatando su petición, la morena le quitó el babydoll con deseo y ocultó el rostro entre sus pechos. Su boca tomó acción succionando cada uno de ellos mientras su traviesa lengua lamía y jugueteaba con sus pezones en el proceso.
— Qué rico... ah-h...
Elsa se aferró a sus hombros y Honey prosiguió al mismo ritmo, bajando lentamente hasta toparse con su punto de placer. Al llegar, quitó su ropa interior con sensualidad y empezó a atender su vagina toda presurosa y sedienta. Le realizó un oral exquisito, chupando y lamiendo alternadamente.
— Ah- h... ~
Elsa volvió a jadear y, al sentir la intensidad de sus atenciones, abrió más las piernas para darle a Honey total libertad.
— Eres una delicia, Elsa...
— Cómeme entonces... — respondió, sin perder su tono coqueto y agitado. El primer contacto con su clítoris había sido tan rico que necesitaba más —. Cómeme entera... vamos, Honey...
Escuchar eso fue todo, así que, sin inmutarse, Honey pasó de hacerlo solo con la puntita de la lengua a arremeter con todo, entrando y saliendo con la misma entre movimientos circulares y lentos, probando hasta lo más recóndito del sexo de la rubia.
Cuando Elsa sintió tal intromisión, por inercia inclinó su espalda más desesperada que antes y sus manos pasaron a apretujarse los pechos como producto del placer que aquello le causaba. Sus dedos empezaron a jugar y a realizar círculos alrededor de los pezones en tanto sus caderas se movían aún más.
Elsa ya no tenía control de su cuerpo y la lengua de la morena tampoco. Honey definitivamente estaba cumpliendo su palabra y no de la manera literal.
Se la estaba "comiendo" toda.
— Ho- ney... Mmghh... ¡Ahhh!
A los pocos segundos, la rubia perdió la cordura, votando indecencias al aire libre, jadeando, gritando. Diciendo cosas que en su vida pensó decir. Y es que, a ese punto, ya no era consciente, no entendía nada, solo sabía que quería más y más.
— ¡Honey...! Sigue... ¡Oh, dios!
— Elsa...
En ese momento, Honey se incorporó y la besó con deseo, lujuria, hambre. Elsa se aferró a su cuello y la morena repitió la acción, pero esta vez con sus dedos, comenzando a masturbarla al mismo ritmo de su lengua minutos antes.
— ¡Honey! ¡Honey...! Mmgh...
—o—o—o—
— ¿Elsa...?
El peculiar tono de voz hizo que Elsa despertara del placer de un salto, de no ser por sus reflejos, habría caído directo al suelo de la impresión. Sus orbes casi se salen de sus cuencas al darse cuenta de quién era.
— ¡¿OLAF?!
Inmediatamente buscó con qué cubrirse y la morena dejó de hacer lo que estaba haciendo de un tirón, ya que Elsa por acción y reacción la había empujado.
Olaf las observaba atento sin entender absolutamente nada.
— ¡¿Cómo entraste?! — la voz de Elsa salió toda alterada y Honey no supo para dónde mirar. No pudo pasarle algo más embarazoso que eso.
— La puerta estaba junta, y recuerdo que dijiste que, si no podía dormir, viniera a verte. La verdad es que no puedo dormir, Elsa, estoy preocupado — dijo el muñeco de nieve con congoja en su voz, bajando la mirada.
— Ohh... ¿Qué pasó? ¿Qué te preocupa? — En ese momento, la mujer bajó la guardia, de seguro habría sido un mal sueño.
— Anna no ha dejado de gritar en toda la noche, al inicio creí que estaba enferma, pero luego la escuché mencionar a Kristoff, ¿no será que le está haciendo daño? — preguntó con toda su inocencia.
— Ahh...eso. — Elsa ocultó su sentir lo mejor que pudo, aunque no pudo evitar que un rojo carmesí tiñera sus mejillas.
— ¿Le está haciendo daño, Elsa? — insistió Olaf, angustiado .
— No...ellos solo...— "Mierda" —. Están jugando...
— ¿Ah, sí?
— Sí...
— ¿Entonces no le está haciendo daño?
— No, Olaf.
— ¿Y por qué gritó entonces?
— Pues, porque... es parte del juego.
— ¿Entonces quién grita más gana?
— Algo así...
— ¿Y por qué estabas desnuda?
— ¡¿Qué?! Pues...
— ¿Olaf, dormimos ya? Tengo mucho sueño, mañana tenemos que ir a ver más de Arendelle y debemos reponer energías — Honey intentó ayudarla. Internamente Elsa se lo agradeció.
— ¡Claro!
— Ok, a la cama. — Elsa fue tajante, si le daba chance seguiría haciendo esas preguntas y no, simplemente no podría lidiar con ello.
Ya en la cama, se acomodaron de tal forma que Olaf quedó en el centro y ambas chicas a sus costados respectivos. Esa noche ya no habría más acción, para desgracia de ambas.
—o—o—o—
— ¿Elsa?
— Dime, Olaf.
— ¿Entonces también estabas jugando con Honeymaren?
— ¡¿Qué?! No...
— ¿Entonces por qué gritabas?
— Duérmete.
— ¿Elsa?
— ¿Qué pasa ahora? — Estaba perdiendo la paciencia.
— ¿Yo también puedo jugar?
— ¡Duérmete ya!
— Ok... ok, ya... No te enojes.
— ¡Entonces duerme!
— ¿Y después jugamos?
— ¡Olaf!
— Ok...
