A la mañana siguiente, Elsa despertó temprano. Ciertamente estaba de vacaciones, pero después de haber sido reina tanto tiempo le era difícil lidiar con esa costumbre.
Se incorporó suavemente y al otro lado de la cama vio dormir plácidamente a Honey. Por un instante se tentó y quiso hacerle un mañanero, pero el solo ver a Olaf ahí la hizo abstenerse de inmediato. No deseaba tener más preguntas incómodas.
Se limitó a darle un corto beso y su mente la llevó directo a la alacena de la cual solía hurtar chocolates con Anna de pequeña. Quería probar un poco y, aunque podía comprar luego, tenía mucha hambre y sus chocolates no eran tampoco tan fáciles de hallar. Ella los atesoraba bajo 4 llaves.
Dudó unos cuantos minutos en si cambiarse de ropa para salir, ya que aún tenía el babydoll puesto. Pero era muy temprano. ¿Quién estaría despierto a la 5 de la mañana?
Tenía todo a su favor, se sabía de sobra los horarios del castillo, la cocina no estaba tan lejos, no había empleadas a esa hora y, conociendo a su hermana, ella no se levantaría hasta las 12 del mediodía.
Además, conocía perfectamente el escondite secreto de su manjar.
Era ahora o nunca.
Sin perder más tiempo, corrió a la despensa de la cocina haciendo el menor ruido posible. El que se hallara totalmente descalza facilitó las cosas, fue algo que internamente agradeció.
Al llegar intentó hacerse con los chocolates, buscando en la despensa.
— ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?... ¡Oh! Aquí estás...
Una sonrisa traviesa se hizo en sus labios al encontrar su chocolate favorito, "el chocolate negro". A pocos les gustaba, pues era amargo. Anna lo odiaba. Ella por lo general era más del chocolate con leche. Nunca entendió cómo era que tenía esos gustos tan raros.
Pero, bueno, Elsa era Elsa.
— Buen día, Elsa.
— ¡Mierda!
Fue un susto tan grande que terminó tirando los chocolates a un lado y congelando sus palmas con la despensa de la cocina, al igual que aquella vez que congeló el balcón del castillo cuando el encargado la llamó. La única diferencia era que ahora no podía descongelarlo.
— ¡¿Anna?! ¿Cómo es que...?
— ¿Entré? Es fácil... hay costumbres que nunca se pierden.
Lo intentaba, pero no podía. Estaba atrapada. Sus emociones hicieron mella en su persona.
No lograba hacerlo sabiendo quién estaba detrás, sobre todo al recordar la ropa que llevaba puesta. Ese babydoll era semitransparente, corto, solo llevaba la ropa interior cubriéndola y, para colmo, el corte en V resaltaba sus pezones y sus generosos pechos.
Se maldijo a sí misma por no cambiarse de ropa antes de salir.
Pudo ver por el rabillo del ojo cómo Anna la observaba; de pies a cabeza, sin tapujos e intensamente, como si la desnudara con la mirada, lo cual hizo que se tensara aún más, impidiéndole descongelar la despensa.
Anna estaba en bata aún, el cabello recogido en una media cola que escondía sus desordenados mechones, un café en la mano y en la otra unos bombones de chocolate, sentada en una pequeña mesa comedor justo tras Elsa.
Hubo un crudo silencio, segundos que parecían horas.
— ¿Así duermes? — preguntó la pelirroja, rompiendo el silencio.
— Sí...
— Lástima, antes eras más recatada.
— ¿Perdón?
— Solo digo.
Elsa en ese instante intentó calmarse, no le daría el gusto. Desde que se habían distanciado, Anna había cambiado totalmente su actitud, sacando esa faceta que revelaba a la Anna testaruda, orgullosa y herida por haber perdido su juguete.
De niña lo tuvo y, aunque fueron pocas veces, ahora que ocurría de grande la cosa era muy diferente.
— ¿Y qué haces despierta tan temprano? — preguntó la rubia con curiosidad, ya que Anna se levantaba siempre tarde.
— Se me antojó, tengo mis ratos.
— Ah...
— ¿Por qué? ¿Te molesta? — su tono de voz fue tajante.
— No, en lo absoluto.
"Mierda, descongela, descongela" Las manos de Elsa seguían atrapadas en la despensa de la cocina. "¿Por qué justo ahora? ¿Por qué a mí? A ver, Elsa... no sientas, no sientas, el amor descongela, el amor descongela, ¡descongélate ya, por un demonio!".
En sus gestos se notaba que intentaba concentrarse, pero nada. La vida no podía ser más cruel. No podía con Anna mirándola así. Quería que la tierra se la tragara.
Otro crudo silencio se apoderó de la cocina.
— ¿Qué pasa? ¿No puedes?
Elsa se limitó a responder con un rotundo silencio, mientras en su cabeza gritaba: "¡¿Tú qué crees?!".
El tono de voz de la pelirroja se mantenía igual, tajante, confiado y neutro. Distaba de la persona que en algún momento le habló con cariño.
Anna mantuvo su mirada por unos instantes y, luego, fue acercándose hasta llegar a su altura, viéndola batallar con sus poderes. Elsa al darse cuenta evitó hacer contacto visual en todo momento, pues era embarazoso. No habían cruzado palabra en toda esa semana, más que un mísero saludo por educación. Anna era cortante y ella no era la mejor socializando.
Se suponía que debía ser diferente, pero ahí estaba, queriendo que la tierra se la tragara, poniéndose más nerviosa aún. La cercanía de Anna no la ayudaba.
— ¿Puedes apartarte? — soltó la platinada, ofuscada, sin voltear el rostro. Estaba rojísima.
— No.
— Por favor, Anna, me estoy sofocando. — pidió con una amabilidad que no supo de dónde sacó. Quería estallar.
— No, Elsa, no me da la gana.
— ¡¿Cuál es tu problema?!
Gritó finalmente, volteando el rostro, y, dios...qué gravísimo error. Estaban muy cerca. Anna la observaba con una sonrisa de suficiencia que la descolocó, y lo que era peor, esta no tenía la mínima intención de apartarse.
— Ninguno, Elsa, es divertido verte así.
— Basta...
En ese momento, Anna comenzó a carcajearse. No podía con semejante escena. Nunca la había visto tan nerviosa.
— ¡Deja de burlarte!
— Lo siento, no puedo, deberías ver tu cara... ¿tanto te gusto, Elsa?
— No digas tonterías. — volvió a girar el rostro para evitar sus ojos.
— Entonces mírame... ¿Por qué escondes el rostro? No voy a morderte.
— No molestes.
— Bueno, siempre hay formas.
Sin dejar de mirarla, Anna agarró los dos pequeños trozos de chocolate negro que Elsa había dejado caer y, en contra de su voluntad, empezó a comerlos, evitando hacer gestos.
Elsa no lo podía creer, ¿por qué se empeñaba tanto en molestarla? Anna los odiaba. El chocolate negro era amargo, muy amargo.
— Anna, no, son los últimos. — advirtió, al ver que la menor se iba a comer el último trozo.
— Puedes comprarte otros. — se terminó de comer el último trozo.
Pero no, no podía. Esos chocolates eran difíciles de encontrar. Recordó que, en su momento, demoró en traerlos. Eran deliciosos y ninguno como a ella le gustaban.
Ahí Elsa estalló, al demonio el control.
— ¡Bien, es suficiente! — exclamó, y en ese instante trató de zafarse, pero otra vez no pudo, el hielo se acentuó más fuerte entre sus muñecas —. ¡Por un demonio! — estaba furiosa.
— jajajajaja.
— ¡Deja de reírte! Diablos, Anna, ¡¿te gusta verme así?! ¡¿Lo disfrutas?!
— No sabes cuánto...
— ¡Maldición! ¡Mendigo hielo del demo...
Sin darle chance a reaccionar, Anna la agarró de la nuca, giró su rostro y apretó sus labios contra los de ella, callándola finalmente. Fue un beso rudo, sin tapujos, uno en el que Anna comenzó a apretar durísimo contra sus labios.
Su lengua entró a su boca invitándola a jugar, pero Elsa estaba en shock. ¿Cómo podía? ¿Qué pretendía? Sus ojos se mantenían bien abiertos sin asimilar la situación.
Luego de unos segundos, un gemido involuntario salió de sus labios.
— Mmmgh... ~
El beso propinado se volvió tan igual que uno francés, de esos en los que te quedas sin aliento, intenso, salvaje. Elsa no podía hablar, no podía articular palabra. Solo sentía cómo era devorada con fuerza y cómo una lengua jugueteaba delicioso dentro de su boca.
Sin detenerse, Anna comenzó a marcar territorio y Elsa a mojarse, los sonidos sugerentes de su lengua la hicieron calentarse.
"Mierda, ahora no, se supone que estoy molesta".
— Oh... mmmgh... Anna...
"Maldición...qué rico besa...".
Era increíble, pero un buen beso podía llegar a excitar a cualquiera, y los de Anna la ponían a sus pies.
"Te odio...".
Pero ahí estaba correspondiéndole al beso, abriendo su boca totalmente, dejando que su hermana se regodeara entera y explorara con su lengua hasta el último rincón de su cavidad.
Mientras la besaba, Elsa intentó hacerle inútilmente la guerra, pero Anna la devoró hasta dejarla sin aliento. Ya rendida, se dejó hacer por completo y, cuando se separaron, sintió sus labios llenos de ella. Llenos de todo su sabor y de su delicioso néctar.
Su boca continuó bajando y, al llegar a su cuello, empezó a mordisquearlo y lamerlo, dejando chupetones a su paso y toda su saliva impregnada en este.
Elsa pudo sentir cómo la atrajo a su cuerpo en el proceso mientras se deleitaba con su cuello, por lo que no pudo evitar soltar gemidos más sonoros.
— Anna... ahh...
"Cielos...".
Siguió por su clavícula para finalmente detenerse entre sus pechos, bajando la parte de arriba de su vestido para poder hacerse mejor con ellos. Chupándolos detenidamente, pasando la punta de su lengua por sus pezones, dándole lamidas en pequeños círculos.
Se sorprendió muchísimo al darse cuenta de lo erectos que estos se hallaban. Su hermana estaba ardiendo.
— A-ah... mmm... — Inconscientemente, Elsa arqueó su cuerpo dándole libertad. El placer pudo más. Tenía las bragas totalmente mojadas.
Cuando terminó con sus pechos, notó que Anna se incorporaba. Inmediatamente supuso que la besaría de nuevo, así que cerró los ojos esperando sus labios, pero ese beso nunca llegó y, de golpe, las atenciones pararon.
A los pocos segundos, la platinada abrió los ojos y se dio cuenta de que Anna la miraba expectante.
— Pero ¿qué...?
Elsa tenía las mejillas rojas, la respiración agitada y sus labios estaban brillosos a causa del beso anterior, lo que es peor Anna la había estado viendo, ahí se sintió a morir. ¿Cuánto tiempo la había estado observando?
— Vaya, sí que estás excitada. — dijo tranquilamente la menor. El tono de su voz volvió a ser el mismo que al inicio.
— ¿Qué...?
— Con un "gracias, Anna" es suficiente.
Al percatarse de la situación, la rubia pudo ver que tenía las manos libres, pues ya no había hielo en la despensa, se había esfumado por completo. Estaba tan excitada que no se había dado cuenta de que ahora no se hallaba frente a la despensa con las manos atrapadas, sino de espaldas, y que Anna había hecho de su cuerpo a su antojo teniéndola acorralada en este.
"El amor descongela", recordó, y en ese instante odió ese mantra con su vida.
— Yo...
— Sigo esperando.
— Gracias, Anna...
— No hay de qué. — respondió la pelirroja, como si nada. Tomó su café de vuelta y aligeró el paso para salir de ahí. Antes de cruzar el umbral de la puerta, acotó:
— Iré a ver a Kris, de seguro quiere jugar un ratito... no hay que ser mala esposa. — se le dibujó una sonrisa traviesa en el rostro —. ¡Oh! y por cierto — le dio una última mirada a su hermana, quien aún mantenía medio babydoll abajo, el pelo alborotado y los pechos al aire.
Elsa aún no sabía dónde meter el rostro, estaba rojísima de la pena y enojada consigo misma. Se quería morir.
— Cámbiate eso, las del servicio ya vienen, no es agradable para nadie ver a "personas indecentes" caminando así por el castillo. Eres la ex reina y hermana de la actual reina de Arendelle, vístete como tal.
— ¡¿Qué cosa?!
— Eso mismo. Buen día, Elsa.
