Desde esa noche, la "fantasía" de Elsa había quedado en segundo plano, todo eso debido a la discusión que Anna había tenido con Elsa en el comedor.

Elsa ya no insistió y Anna tampoco. La pelirroja ya no pudo, sintió pesar. Su relación con Elsa se había vuelto distante. Elsa la seguía tratando con indiferencia. Anna ya no sabía cómo acercarse a ella, las pocas veces que lo intentaba era rechazada duramente.

Y era con justa razón, pues ahí estaba su punto de quiebre, Honeymaren, al ser solo ellas dos Anna enloquecía.

La morena se había convertido en la tercera en discordia, la que no debía de estar ahí, la que le hacía perder los papeles. La "detestaba" por las atribuciones que tenía con ella y sobre todo al saber su posición.

En ese círculo se mantuvo por los próximos días, pero todo tenía un límite, y sabía que lo estaba rebalsando. Sabía que por cada rabieta alejaba más a Elsa de su vida, y no era algo que estuviese dispuesta a permitirse.

Fue así que al tener toda esa carga emocional consigo y al ver que tomando esa actitud no conseguiría nada, aún en contra de su voluntad, finalmente decidió darle un alto a lo de Honey, y con ello, a los castigos. No lo hacía por ella, sino por su hermana, la quería de vuelta.

Estaba cansada de pelear, tan solo quería recuperarla, la extrañaba mucho. Y eso se acentuaba más, al recordar las palabras de su hermana en aquel desayuno, aquellas que retumbaban duro en su cabeza y en su corazón.

Así que le tocó refugiarse en algo más para no morir en el suplicio. Por lo que en los próximos meses, se enfocó en su trabajo como reina y en llenarla de pequeños detalles, detalles como crepes en el desayuno o simplemente dejandole un chocolate negro entre comidas.

Eran gestos que Elsa había notado perfectamente, y como resultado, por lo menos ahora se saludaban por cortesía y cruzaban algunas palabras. Ya era algo, porque antes de que ejecutara tal cambio, ni siquiera le dirigía la palabra, ni siquiera se inmutaba, la ignoraba a carta cabal. Anna lo entendía perfectamente, no podía pedir más, no estaba en posición para hacerlo.

Y como cada noche, la rutina que había llevado a cabo con el lirio anterior también se volvió a repetir. No podía dejarlo de lado, era una manera de demostrarle de forma simbólica que ella siempre estaría ahí, que la amaba a pesar de todo.

Luego de dejárselo, se quedaba un rato a velar por ella, la arropaba y le repetía entre sueños cuánto la amaba seguido de sus tantos monólogos.

Eso culminaba cuando la oía removerse luego de un beso cálido que le daba en los labios sin que se diera cuenta, y con suerte, lograba contener las lágrimas.

Ese día no sería la excepción, era llegada la noche y estaba agotadísima. Había llegado de sus tantos chequeos de rutina al pueblo y apenas sentía las piernas por los tacones, había tenido un día caótico, uno muy cansado.

Ese día se dio cuenta que la necesitaba, que la extrañaba muchísimo.

Cómo añoraba sus abrazos, su pelo, sus te quiero...

Saludó a los guardias cortésmente y volviendo a tirar los tacones por quién sabe dónde, agarró la maceta que contenía el lirio para volver a llevar a cabo su rutina, supuso que estaría dormida nuevamente.

Caminó de puntillas hasta su habitación y al abrir la puerta sigilosamente no vió a nadie. ¿Dónde estaba Elsa?, se le hizo extraño. Aun así, se atrevió a ingresar con la intención de dejarle el lirio a su lado de la cama, al parecer, la rutina de arroparla y su monólogo no se daría esa noche.

Luego de dejarlo, a duras penas se dirigió a la antigua habitación que compartía con Elsa, no quería ni pisar la habitación ex matrimonial.

Estaba fatal, le traía malos recuerdos, le acentuaba su soledad. Ese día en particular estaba con todos los sentimientos a flor de piel.

Cuando creyó finalmente llegar para echarse a descansar, logró verla desde el marco de la puerta, ahí estaba ella, toda risueña y coqueta dejándose hacer por la morena.

Quedó impávida en su sitio, sin saber qué decir o qué hacer, porque... ¿Qué podía hacer? Estaba al tanto de la situación.

Fue cuestión de segundos para que ambas notaran su presencia y Elsa hablara en nombre de las dos al ver que no decía palabra.

- Hola Anna

- Hola... - articuló como pudo

- ¿Qué haces aquí? - El tono de voz de su hermana era neutral, pudo ver el cansancio en sus ojos.

- Yo... - tratando de mantenerse en pie continuó, no se hallaba en condiciones para nada. - Quiero descansar...

- Bueno ahí tienes el cuarto de visita o la habitación que compartias con Kristoff ¿no?

- Sí pero...

- ¿Pero?

- ¿Lo harás en nuestra habitación?... - no pudo evitar preguntar apagándose de a pocos, soltando aquella pregunta en un susurro.

- Si... ¿Tienes algún inconveniente? - la pregunta de Elsa fue en el mismo tono, le extrañó verla, siempre terminaba dormida en la habitación de su ex marido.

- No, para nada...

¿Cómo podía reclamarle? Ella había actuado igual, en aquel momento recordó todo, cuando se metió con Kristoff, cuando explotó, cuando se atrevió a tocarla.

El solo rememorarlo, le recordó su culpa, por qué se hallaba en esa posición, su fatídico error, y como producto de eso, el nudo en su garganta apareció, fue inevitable.

Cuando volvió de sus pensamientos se dio cuenta de que Elsa todavía la miraba, tenía la mirada profunda, expectante, indescifrable. Como si hubiese sido capaz de leer a través de sus ojos.

Fueron segundos cortos, hasta que la menor decidió romperlo, no quería interrumpir más.

- Iré a dormir ya... buenas noches.

- Igualmente Anna - fue lo último que articuló la mayor con toque neutro, segundos después la puerta se había cerrado, quitándole visión de la pelirroja.

Cuando menos se lo esperó ya estaba tras su puerta nuevamente. Al hallarse sola, no le quedó más que ir a paso lento hasta el cuarto de visita, aguantando toda esa carga emocional por enésima vez.

Al llegar, se desplomó en la cama y miró a la nada, al techo oscuro, a sus costados, estaba sola, completamente sola. Al sentirse tal cual, el cúmulo de culpa y emociones la invadió y finalmente sintió desplomarse en llanto, llorando en silencio.

Esa noche había sido su Kriptonita, su límite a todo, no pudo aguantar más, era todo junto, el reino, su situación con Elsa, la culpa, su soledad...la extrañaba muchísimo.

Mientras lloraba en silencio abrazada a sus rodillas vio una pequeña sombra, al ser de noche y tener los ojos vidriosos no pudo vislumbrar bien, hasta que esa voz peculiarmente familiar lo hizo reconocerlo de inmediato.

- ¿Anna? – era Olaf

- Olaf… cielo… - Anna aún mantenía la voz llorosa, se hallaba tan frágil en su solitaria habitación que no se atrevió a siquiera moverse. Olaf ya se había percatado perfectamente de su estado. - ¿Qué haces aquí?

- No he podido dormir… ¿Qué está pasando? – la voz del muñeco mostraba verdadera congoja, estaba triste y preocupado. - ¿Estás bien?

- Es solo que… - Al verle, Anna optó por llamarlo con sus manos, invitándolo – Ven Olaf, échate conmigo.

- ¿No…no estas molesta conmigo? – preguntó con cautela el muñeco refiriéndose a lo de la otra vez, tenía miedo que fuera uno de sus tantos locos estados de ánimo.

- No cariño… ven aquí – su sonrisa honesta se acentuó y eso le dio la suficiente confianza al muñeco de nieve, por lo que no dudó en hacerse un huequito a su lado.

Al subirse, Olaf solo optó por abrazarla con sus pequeñas ramitas ya sin más, Anna aun lloraba en silencio abrazándose a él también.

Fue un corto silencio, uno que solo fue acompañado por los sollozos de la pelirroja, hasta que Olaf volvió a romperlo.

- ¿Por qué lloras Anna? – preguntó tristón sin romper el abrazo.

- Lloro porque… - Anna paró ligeramente sus sollozos para hacer contacto visual con el muñequito de nieve, al verlo, notó la inocencia y la tristeza mezclada en ellos, era solo un niño inocente y preocupado. – A veces los humanos cometemos errores cariño…hacemos daño…

- ¿Elsa te ha hecho daño? – Preguntó Olaf preocupado.

- No cariño, yo se lo hice a ella… me porté mal… - su voz seguía quebrada y temblorosa.

- ¿Y Elsa ya no te habla?

- Algo así... está molesta conmigo – su voz salió apenas - la extraño mucho Olaf... - al decir eso volvió a quebrarse y Olaf no dudó en abrazarla más fuerte.

- Oww Anna ya no llores...

- Necesito algo positivo Olaf, tu eres bueno en eso...

- Pues Elsa te ama y te ama mucho - dijo con toda la seguridad del mundo - cuando las personas se aman mucho son capaces de perdonar sin importar que, eso es el amor de verdad, puedo sentirlo en su magia, estoy conectado a ella.

- ¿Tú crees? - Al oír eso, Anna sintió morir de la ternura y sus orbes volvieron a llenarse de lágrimas, eran demasiadas emociones juntas.

- Si Anna.

- Qué lindo eres Olaf. - articuló con el mismo semblante.

- Lindo es mi segundo nombre – dijo con cierta gracia.

- Ay Olaf…

Ante eso, la pelirroja soltó una risita dentro de toda su tristeza, se acurrucó más y sintió que el sueño estaba por vencerla, todo eso producto de tener los ojos pesados de tanto llorar, poco a poco iban cerrándose sus párpados.

- Descansa Anna, yo velaré tu sueño – Olaf le regaló uno de sus tantos cálidos abrazos y Anna no hizo más que aferrarse a él como niña chiquita.

- Gracias Olaf…

A los pocos segundos, sintió caer dormida junto al abrazo de su mejor amigo, ya no sintió más, sus párpados llorosos se habían cerrado.

-o-o-o-

A la mañana siguiente, Anna despertó recordando lo de la noche anterior, sus ojos aún estaban hinchados de tanto haber llorado, recordó lo de Elsa y cuando giró el rostro vio a su fiel amigo.

¿Qué habría hecho sin él? Probablemente deprimirse más. Una sonrisa melancólica se mostró en su rostro seguido de un beso en la frente, eso logró despertar al muñeco de nieve sin más. Su linda sonrisa le iluminó la mañana

- Mmmm ¿Anna? – apenas lograba estirar parte de sus ramitas

- Buenos días Olaf ¿Dormiste bien?

- Sip, fue fantástico – Cuando se terminó de estirar por completo saltó de una al darse cuenta de la situación, y como era típico de su carácter jovial propuso algo - ¿Vamos al pueblo? ¡Hay muchas cosas por ver! – dijo todo entusiasmado

- Olaf… tengo deberes

- Ya se, ya se, pero vamos…casi nunca tienes tiempo – puso sus ojitos de cachorrito – Vamos Anna, así te desestresas y sonríes un poquito.

Ante eso la pelirroja no pudo negarse, Olaf tenía razón, necesitaba por un momento olvidarse de todo, pensar en algo más que no fuera su actual situación.

- ¡Vamos, vamos, vamos! – Volvió a insistir todo eufórico.

- Vale, supongo que puedo hacerme un hueco en la agenda…- soltó finalmente rendida

- ¡Wuju! ¡Eso suena mejor! – De un brinco quiso jalarla consigo de lo emocionado que estaba

- ¡Olaf espera! Aún debo arreglarme…tomar desayuno y….

- Oh cierto – hizo un mohín – Entonces… ¿te espero afuera si? ¡No tardes! – Para cuando dijo esa última frase ya había salido de la habitación entre brincos.

- Ok Olaf – soltó con una sonrisa que apenas logró dibujar.

Al hallarse completamente sola, no le quedó más que cumplir su palabra, aún estaba deprimida por lo de ayer, sus ojos aún pesaban, pero ahora más que nunca debía centrarse en pasar un buen momento con su mejor amigo. Lo necesitaba muchísimo.

Se acicaló lo mejor que pudo y, luego de tomar desayuno y de dejar los temas del reino en buenas manos, fue al encuentro de Olaf. En el camino a la salida pudo notar que el cuarto de Elsa estaba vacío. Al curiosear, notó que el lirio que le había regalado ya no estaba ahí, se tomó unos segundos para ver su antigua habitación, sabía que ahí por lo general tenía sus tan preciadas flores, pero no había nada.

Había desaparecido como los otros lirios que le había traído a lo largo de esos meses, pero claro… ¿Qué iba a hacer con tantos? "No pudiste ser más idiota Anna" pensó

Su mente la llevó a pensar que quizá se había desecho de ellos, era lógico ¿Para que los querría? Era una estupidez, después de todo ella le había dicho aquella vez que podía deshacerse de ellos si así lo deseaba, no dejaba de ser una opción viable, no dejaba de merecerlo.

- ¿Majestad?... - la voz de Gerda la sacó de sus pensamientos.

- ¡Oh! ¡Hola Gerda! – intentó dibujar una vana sonrisa

- ¿Está bien? – La mayor no era tonta, pudo notar sus ojos totalmente hinchados.

- Si…no pasa nada...- En ese momento dibujó una sonrisa, una que a duras penas logró convencer a la mayor, no quería dar más explicaciones.

- Bueno… - Aunque dudosa, decidió callar, no le tocaría el tema si así lo deseaba – Olaf la espera afuera majestad...

- Ya voy… por cierto – En ese instante su boca le ganó, no supo porque - ¿Has visto a Elsa? – siempre solía hallarla por la mañana en el desayuno, aunque sea unos segundos, se le hizo raro no verla.

- Salió desde muy temprano con la señorita Honeymaren, solo cogieron sus caballos y salieron por ahí, no dijeron a donde.

- Entiendo…- inmediatamente se repuso esbozando una sonrisa – Puede que yo salga todo el día también, ya dejé en buenas manos el palacio.

- Entendido majestad, diviértase. – Le regaló una sonrisa y se logró empinar para robarle un beso en la frente como cuando era pequeña – Cuente conmigo para lo que sea, no lo olvide.

- Gracias Gerda – Anna ante eso le regaló una sonrisa igual de sincera, le hizo bien recibir ese afecto.

Dejando finalmente el palacio, partió con Olaf para distraerse lo que quedaba del día y así poder olvidarse de todo. Fueron por chocolates, obras de teatro, el coro de los niños, las tiendas más conocidas, pero sobre todo, a comprarle los lirios a Elsa, debía de hacerlo sin importar que, no podía dejar de luchar.

Olaf al llegar con ella, también se animó a comprarle unos, su elección fue un bonito girasol, de esos que Elsa le había dado en su cumpleaños nro. 19, verlo de nuevo le trajo recuerdos, gratos y hermosos recuerdos.

Ya casi al finalizar el día, por ser invierno, jugaron con los niños del pueblo a las típicas bolas de nieve. Era el deporte favorito de la reina, lo amaba y mucho, razones habían de sobra. Fue un juego largo y tendido, hasta que finalmente dio la noche.

Anna y Olaf regresaban cansadísimos al palacio, había sido un día formidable. Al ser muy noche, Anna despidió a su mejor amigo, pues este debía de descansar al igual que ella.

Tiró nuevamente sus tacones por quién sabe dónde y, con el lirio y girasol en mano, se avecinó nuevamente al cuarto de su hermana.

Al llegar, la puerta estaba cerrada y tan solo gemidos salían de ella, quiso tocar pero ¿Para qué? Sabía lo que estaba pasando ahí dentro, lo sabía perfectamente. Recordó además, que no tenía ni voz ni voto.

Su cuerpo se sostuvo como pudo, y luego de dejarle el lirio en la entrada, con la voz queda dijo algo suave, en un susurro, como si su hermana pudiera escucharla tras la puerta, como si todavía fuese posible retroceder el tiempo.

- Te amo Elsa.