Disclamer: Como ya todos sabéis, ni los personajes, ni parte de la trama, ni los lugares me pertenecen a mí, sino a Rumiko Takahashi. Estaré publicando (espero) esta serie de historias cortas los próximos días por el gusto de participar en una nueva dinámica, sin ningún ánimo de lucro.

.

.

.

Nota de la Autora: Esta historia participa en la maravillosa #Rankane_week_2024 organizada por las chicas de la página de Facebook "Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma" #Por_amor_al_fandom. ¡Gracias por invitarme!

#Día_5_Permíteme_amarte

.

.

.

.

.

26 de Julio: Permíteme Amarte.

.

.

.

La Noche es para los Casados

.

.

.

.

.

11:40 PM—Ukyo

No, si estaba muy claro lo que estaba ocurriendo.

Todo ha sido cosa de Akane, pensó Ukyo en su sexta, o quizás séptima, vuelta por el dormitorio en el que la habían instalado (después de que ella misma insistiera, claro, pues estaba en su derecho) del dojo de los Tendo. Sus pies descalzos golpeaban con fuerza en cada paso nervioso que daba, al compás del ruido enfermizo de su cabeza exaltada, pero el tatami absorbía el sonido y por eso, el cuarto estaba en silencio.

El cuarto en el que estaba sola.

¡Ranchan debería estar aquí, conmigo, no con ella!

¡Le hervía la sangre solo de pensarlo! ¡Y eso que ponía toda su concentración en no imaginar nada raro!

¿Cómo hemos llegado a esto? Se preguntó, desconsolada, en un instante de tregua que le dio la ira que agarrotaba sus músculos.

¡Al principio todo había sido como un sueño!

Hacía unos días que Ukyo había descubierto, para total deshonra de su familia y la suya propia, que la salsa a la que había dedicado diez años de su vida era un completo fracaso. Lo era, de eso estaba segura. Era lo más asqueroso que hubiera probado nunca y todavía no comprendía qué había hecho tan mal.

¡¿Y qué importa?!

La salsa estaba arruinada y ella, devastada por la vergüenza, acabó cayendo presa de una depresión tan terrible que ni siquiera pudo asistir a clase y, por supuesto, su Ranchan se preocupó por ella. ¡Se mostró tan atento y triste cuando recordaron juntos aquel episodio de su infancia compartida! Cierto que no fue él quien la invitó a quedarse en el dojo, pues eso no habría sido adecuado; pero ella sabía (su instinto de mujer enamorada así se lo decía) que había sido él quien intercedió por ella ante Soun para que pudiera quedarse.

¿Cómo iba a negarse, pues?

Se mudó al dormitorio que Ranma compartía con su padre, por supuesto; ella tenía que estar junto a su futuro esposo, ¿o no? Incluso Genma Saotome lo entendió y se fue a dormir a otra parte.

Los primeros días fue tan maravilloso que incluso tuvo la sensación de que Ranma y ella estaban recién casados. ¡Fue tan feliz! Pero todo se estropeó cuando Nabiki soltó aquello de que su hermana y el chico ya estaban casados.

¡¿Casados?! Se paró un instante, de vuelta invadida por la furia y dio saltitos breves aunque pesados sobre el suelo hasta que le ardieron las plantas de los pies. ¡Qué van a estar casados esos dos!

Era la idea más ridícula que jamás había escuchado y dudó que fuera cierto desde el primer momento. Ukyo no era ninguna tonta, sabía que todo eso no era más que un embuste de Akane y sin embargo, ¿de qué le servía saberlo? Ella estaba allí, sola, y mientras tanto, ¿qué estarían haciendo esos dos en el cuarto de la chica?

Se dejó caer sobre su futón, malhumorada y sujetándose la cabeza con las manos.

Está claro que Ranchan está fingiendo solo porque ella se lo ha pedido.

Por más que hubiese sido Nabiki la que anunció el repentino y secreto matrimonio, la ideóloga de tal mentira tenía que ser Akane, que llevaba histérica desde que Ukyo había llegado al dojo. No soportaba ver lo mucho que Ranma la cuidaba y por eso, pretendía echarla de allí. Primero se había inventado esa historia de que el chico había estropeado su salsa diez años atrás y por eso sabía tan mal. ¡Incluso intentaron convencerla de que su Ranchan se había olvidado de la promesa que le hizo!

¿Cómo iba a creerme algo así? Sonrió, con desdén, al tiempo que meneaba la cabeza hacia el techo de la habitación. Y como no me lo creí, se inventaron lo del falso matrimonio.

Reconocía, no obstante, que su rival había demostrado tener más imaginación de la que le había atribuido. Akane tenía serios problemas para distinguir fantasía y realidad. Ella misma debía creer todo lo que decía y por eso era capaz de involucrar al resto de su familia en sus embustes.

Incluso al pobre Ranma.

Ranchan solo le está siguiendo el juego por cortesía hacía Soun se le ocurrió, entonces. Al fin y al cabo, vive en su casa. Le pareció que eso lo explicaba todo de un modo muy convincente y se quedó tranquila al instante. Guarda las apariencias por amabilidad.

Sin duda Ranma le había tomado algo de afecto a Akane después de tantos meses de convivencia y por eso la apoyaba en su ridícula mentira. Bueno, por eso, y para evitar uno de los temibles berrinches de la pequeña de los Tendo.

Todos sabemos qué carácter tiene…

Pero, en el fondo, él debía estar pasándolo muy mal teniendo que mentir y soportando esa situación tan comprometida. Era una víctima más del egoísmo de su otra prometida, así que Ukyo se dijo que debía ser comprensiva y no echarle en cara nada cuando, al fin, estuvieran juntos.

De hecho, lo que tenía que hacer era ayudarle a escapar de Akane.

La idea brotó como la primera chispa que prende la madera de una hoguera; el chisporroteo en sus pensamientos la hizo levantarse de un salto, apretando los puños y con una sonrisa.

¡Pues claro!

Ranma estaba contra la espada de madera de Akane y la pared; no podía hacer nada sin comprometer su estancia y la de su padre en esa casa, pero seguro que el chico tenía la esperanza de que ella, como su prometida y amiga de la infancia, reventara aquel disparate y le rescatara.

¡Lo haré! Decidió con solemne resolución.

¡Era la única que podía hacerlo!

¡Se quedaría despierta toda la noche si hacía falta, pero encontraría la manera de desenmascarar a esos dos falsos esposos! Y cuando a Akane no le quedara más remedio que admitir sus manipulaciones, Ranma sería libre y, tal vez, incluso se lo agradecería yéndose a vivir con ella a su restaurante.

¡Porque estaba claro que Ranma la amaba a ella!

¿Por qué si no llevaba días tragándose, uno tras otro, los okonomiyaki cubiertos con esa salsa apestosa, con una sonrisa, y además no dejaba de repetir que estaban muy buenos?

Porque se acuerda de la promesa que me hizo.

Cada vez que le aseguraba, tembloroso, con los ojos inyectados en sangre y llorosos por las arcadas que reprimía, que la salsa estaba rica, era como si le estuviera declarando su más sincero amor.

¡Pues claro que te amo, Ucchan!

¡Y quiero cuidar de ti por el resto de nuestras vidas!

Ukyo se imaginó esas palabras con tal claridad que fue como si él estuviera allí, a su lado, susurrándoselas al oído y fue suficiente para que miles de mariposas juguetonas comenzaran a revolotear en su estómago. Volvió a echarse sobre su futón abierto y rodó, como lo hacen los perritos sobre la hierba fresca en verano, de un lado a otro al tiempo que se le escapaba una risotada incontrolable.

Pero al instante se levantó de un nuevo salto y se remangó los brazos.

No puedo distraerme, se recordó, a pesar de que el corazón le latía en las mejillas sonrosadas. Ranchan me necesita.

Se recompuso en la medida de lo posible y abrió una pequeña rendija en la puerta del dormitorio por la que asomó un ojo. El pasillo estaba vacío hasta donde le alcanzaba la vista, pero oía murmullos no muy lejanos que atravesaban los tabiques. Seguro que eran Ranma y Akane discutiendo, como siempre.

Sonrió.

Va a ser muy fácil.

Salió del dormitorio y caminó de puntillas hasta la esquina donde el corredor hacía una curva. Se pegó a la pared, contuvo la respiración y asomó parte del rostro por el borde.

¡Oh, no!

Volvió a ocultarse en cuanto vio a dos figuras paradas delante del cuarto en cuestión. Una de ellas estaba cruzada de brazos, como impaciente, y la otra cargaba con una bandeja en sus manos.

¿Qué hacen esas dos ahí a estas horas?

Pensaba que todo el mundo estaría ya durmiendo.

—¿Y eso qué es? —preguntó Nabiki, plantada ante la puerta de su hermana pequeña.

—Una infusión relajante —respondió Kasumi, a su lado—. Espero que les ayude a pasar la noche.

¡Ajá! Se dijo Ukyo, con los ojos brillantes, aunque nadie podía verla. ¿Y por qué necesitan relajarse? ¿Estás nerviosos? ¿Culpables, tal vez, por todas las mentiras que intentan sostener?

Las hermanas de la chica debían estar metidas también en el engaño, luego debía andarse con cuidado ante ellas. Pero a Ukyo le daba igual a cuánta gente tuviera que enfrentarse para salvar a su Ranchan.

¡Estaba dispuesta a todo!

Por desgracia, tendría que esperar a que esas dos se fueran de allí si es que quería cazar a los otros en un renuncio que les hiciera confesar la verdad.

Está bien, tendría paciencia.

Tengo toda la noche por delante.

.

11:45 PM—Ranma

Akane acababa de sacar su espada de madera para interponerla entre los dos con una amenaza muda en el rictus de su boca.

¿De dónde…? Ranma parpadeó, asombrado. ¡Pero si tenía las manos vacías hace dos segundos!

El mazo de madera también solía aparecer de manera repentina, cuando menos lo esperaba y se había llevado cada sopapo los últimos meses que no quería ni acordarse de él. ¿Cómo lo hacía? Era un misterio que aún no había conseguido resolver y ése no era el momento más indicado para ponerse a adivinar.

Clavó en él una mirada de grave advertencia que le aturdió un poco. ¿Se proponía a darle una paliza? ¡Pues vaya manera de empezar su primera noche juntos! Como respuesta, él alzó los puños, adoptando una postura defensiva muy marcada, tanto así que Akane arqueó las cejas como preguntándole: Ah, pero, ¿vas en serio? Y él, que no podía estar seguro de lo que ella pensaba, pero en realidad sí, lo sabía, apretó la mandíbula como respondiendo: ¡No voy a pasar la noche amedrentado por esa espadita tuya, que lo sepas!

Ella también pareció entender. Infló su pecho con una inhalación profunda, lenta y que rezumaba tanto peligro como la rojez de sus manos que apretaban el mango de la espada o el brillo afilado que crecía en sus pupilas. Ranma volvió a aturdirse, pues no podía negarse a sí mismo que había una belleza arrebatadora en esa mirada tan intensa, pero no dejó que tal debilidad aflorara en su rostro.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, fanfarrón, un modo desesperado de disimular que le temblaban las rodillas por el cosquilleo urgente que le oprimía las tripas.

La cosa podía haber ido a más de no ser porque Kasumi abrió la puerta en ese instante y se quedó mirándolos, anonadada. Y ya fuera por el ruido o por la entrada inesperada de otro ser humano en ese reducido espacio que, en pocos minutos, se había llenado tanto de sus energías ardientes que hasta le picaba en la piel, pero ambos dieron un respingo y disimularon. Él bajo los brazos, metió las manos en sus bolsillos y se puso a mirar al techo considerando, incluso, ponerse a silbar.

De reojo comprobó que la espada había vuelto a desaparecer.

En cualquier caso, Kasumi ya los había visto, así que no sirvió de nada.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —Les preguntó adoptando esa mirada suya de consternación cansada e incluso, aburrida.

Hubo un pequeño silencio en el que volvieron a mirarse con desafío. Ranma supo que debía ser rápido, pero una vez más, Akane se le adelantó acusándole.

—¡Me ha llamado chica poco sexy!

—¡Solo le dije que estuviera tranquila, que no pensaba tocarle un pelo esta noche!

—¡Y por eso has levantado los puños!

Ese fue un golpe bajo que dejó al chico shockeado. Empezó a mover los brazos, siempre le ocurría cuando estaba nervioso.

—¡Ella me llamó gallina!

Kasumi resopló, chasqueó la lengua con suavidad y cruzó la habitación para soltar la bandeja que traía sobre el escritorio del cuarto. En ella había una tetera de la que salía humo y un olorcillo bastante particular, junto a un par de tazas que se puso a llenar en silencio.

—¿Y eso?

—Una infusión relajante —Se giró hacia ellos y le puso una taza a cada uno en las manos con los labios un poco fruncidos—. Está claro que os hace falta calmaros si queréis pasar esta noche de la mejor manera.

—No hay modo en que pueda calmarme con él aquí.

Ranma apretó la taza para evitar decir algo peor y fue Kasumi quien regañó a su hermanita por ese comentario. Akane, no obstante, siguió lanzándole miradas furibundas por encima del brebaje y él le respondió, claro, con la misma hosca intención.

—Recordar que seguís estando prometidos —Les pidió la mayor. Habló con una calma tan firme que no hizo falta ni que levantara la voz para atraer sus miradas. Y ahí fue que Ranma notó un estremecimiento, al captar la preocupación que había alojada en su rostro—. Tendríais que procurar formar equipo y ayudaros en esto, en lugar de pelear todo el tiempo.

. Sé que es una situación complicada para los dos pero, ¿acaso no buscáis lo mismo?

—Supongo —admitió Akane pasados unos instantes.

Los dos sabían, porque lo habían comprobado de sobra en aquellos dos días, que la convivencia con Ukyo en el dojo era insostenible. Ranma quería asegurarse de que su amiga estaba bien y volvía a su casa en buenas condiciones, para que todo volviera a la normalidad.

¿Era pedir demasiado? ¡Solo quería estar tranquilo!

Si ya le traía bastantes problemas tener más de una prometida, era un infierno convivir con dos bajo el mismo techo. Tenía la cabeza dolorida de todos los golpes que Akane le había propinado desde que Ukyo se mudó allí, y los nervios destrozados porque su amiga de la infancia no dejaba de perseguirle, juntar sus futones, meterse con él en el baño.

No podía seguir así más tiempo, Ukyo debía regresar a su restaurante.

—¿Haréis un esfuerzo por entenderos, entonces? —Los jovencitos se miraron, todavía vacilantes, pero asintieron con la cabeza—. Venga, bebeos la infusión.

. Os sentará bien.

Como Kasumi no parecía dispuesta a irse hasta que la obedecieran, no les quedó más remedio que hacerlo. Era una simple mezcla de hierbas, Ranma no distinguió cuáles exactamente, pero sí reconoció ese regustillo en el paladar tan característico de los tés aromáticos que la mayor solía preparar a menudo para después de las comidas o para merendar.

Se lo bebió del tirón, aunque estaba demasiado caliente para la temperatura de esa noche de pleno verano.

—Procurar descansar —Se despidió de ellos, dejando la bandeja sobre el escritorio.

Ranma aprovechó para salir también de la habitación.

Fue al baño a cambiarse y se entretuvo mojándose las mejillas con agua fresca, pues aquella infusión había hecho que se le subieran los colores. Después observó su reflejo en el espejo, como se iba torciendo su gesto a medida que pensaba en lo que acababa de pasar.

¿Por qué lo tiene que hacer todo tan difícil? Se preguntó, pensando en Akane.

Él no había sido el artífice de esa rocambolesca mentira. ¡Qué estaban casados! Pero estaba dispuesto a fingir, a mentir a Ucchan y a actuar como un esposo enamorado para resolver el problema que tenían encima.

¡Sí, de acuerdo! ¡Él tenía parte de culpa en lo que estaba pasando por haber tirado la dichosa salsa diez años atrás, haberse inventado una nueva receta y haberse olvidado de la promesa que le hizo a su amiga! Lo admitía, en ningún momento había intentado escaquearse de su responsabilidad en todo ese asunto.

¡Solo le dije que podía estar tranquila!

Intentaba calmarla, porque se notaba a la legua que la muy malpensaba estaba nerviosa por lo que pudiera pasar. ¡No dejaba de vigilarle de reojo! Como si él tuviera algún interés en… ¡Y aunque lo tuviera, qué diablos!

¡¿Acaso le creía tan malvado como para aprovecharse de ella mientras dormía o algo así?!

—¿Por qué tiene que pensar tan mal de mí?

Salió del baño retorciendo entre sus manos las ropas que acababa de quitarse, de la frustración, y regresó al cuarto de su prometida. Alguien había añadido su nombre, con un cutre papelito, al cartel que decía Akane sobre la puerta.

Resopló y entró.

Se encontró con que, durante su ausencia, la joven también se había puesto su pijama. Había colocado el futón de él en el suelo, había abierto su propia cama y permanecía en el borde jugando con la taza vacía entre los dedos. Al verla experimentó un acaloramiento tan fuerte que se puso de peor humor y cerró dando un portazo.

Sin embargo Akane, en lugar de recriminarle la brusquedad, se quedó mirándole tan tranquila, mientras él soltaba su ropa en un rincón y se sentaba en el suelo. Para cuando él la miró a ella, notó que ésta le sonreía un poco y se puso en guardia.

—¿Qué? —le espetó.

Muy calmada, se encogió de hombros.

—He pensado que Kasumi lleva razón —anunció con sencillez.

Ranma frunció el ceño.

—¿Ah, sí?

—Los dos queremos que Ukyo se recupere pronto y vuelva a su casa, ¿no? —Había algo en el tono de su voz que le resultó sospechoso; una dulzura inexplicable que le desconcertó hasta hincarse en sus entrañas—. Es lo mejor para todos.

—Sobre todo para ti, que estás muerta de celos.

No supo qué le impulsó a decir algo así, y menos aún a hacerlo con ese tono retador tan intenso. Le salió sin más, sin pensarlo si quiera. Vigiló la expresión de la chica esperando ver otra vez la intrigante chispa del enfado en sus ojos, pero éstos se entrecerraron un instante, opacando la luz que destilaban, de manera muy fugaz.

El malintencionado comentario pareció no rozarla apenas.

—Compartir cuarto es algo incómodo —retomó ella, como si nada—. Pero ya no hay más remedio que continuar con el engaño —Y volvió a aparecer en sus labios esa sonrisa dudosa—. Además, somos amigos, ¿verdad? Hace mucho que convivimos.

. Yo creo que ya nos tenemos la suficiente confianza como para poder pasar esta noche en armonía.

Ese discurso conciliador era, en apariencia, tan correcto y amigable que, en cualquier otra circunstancia, habría convencido a Ranma. Le habría apaciguado y habría sido el primero en apoyar una tregua entre los dos, al menos, hasta que amaneciera. Pero mientras Akane hablaba de esa manera tan suave y calmada, algo había atraído la atención del chico. Y fue que entre su futón y la cama, su prometida había levantado una pequeña barricada de objetos tales como: la silla del escritorio, la cesta con la ropa sucia, la papelera rebosante de basura y hasta un mueblecito de madera con cajones que ni recordaba haber visto nunca en ese cuarto. Estaba todo colocado en fila, como una barrera que fuera a proteger a la chica de él.

Y lo curioso fue que, ver aquella muralla tan poco efectiva, ni siquiera le cogió por sorpresa pues era algo muy típico de ella. Pero sí le molestó. Incluso, le molestó más de lo que habría querido que lo hiciera, pues era otra muestra de su desconfianza natural hacia él y le dolió.

Pero, ¿qué se cree que voy a hacerle?

¡Ni una sola vez había tenía actitudes deshonrosas con ella!

La realidad era que Akane nunca confiaría en él, y ya estaba harto. Estaba cansado del modo descarado en que se lo dejaba claro, porque él no se lo merecía.

¡Y desde luego, esa desagradecida no se merecía lo mucho que se preocupaba y pensaba en ella!

—¡Será mejor que nos durmamos de una vez! —Le soltó, metiéndose en el futón de mala manera. Apoyó la cabeza en la almohada, dándole la espalda y no hizo ningún caso cuando la chica se levantó a apagar la luz—. A ver si llega pronto la mañana…

—¿Has dicho algo?

—¡Qué buenas noches!

Apretó los labios, cohibido por lo enfadado que estaba. Sentía un calor tan intenso que no tardó en sacar las piernas de las sabanas, pataleando como un bebé.

—Buenas noches, Ranma.

Hasta el sonido de su voz en la oscuridad le dio ganas de gruñir por lo bajo.

.

12:30 PM—Akane

¿Por qué sigo despierta?

En los últimos dos o tres minutos Akane se había hecho esa pregunta alrededor de quince veces. Tenía los ojos abiertos como platos y aun así, se dio cuenta de que empezaba a fruncir el ceño.

Se estaba despejando, cosa que no entendía, pues cuando se metió en la cama ya estaba medio dormida. La infusión que su hermana la había preparado tuvo un efecto inmediato, ya que, a los pocos minutos de beberla experimentó un relajamiento rápido y total de su cuerpo y su mente. Lo mejor fue que la furia que llevaba incomodándola desde que Ukyo se había instalado en el dojo se desvaneció sin más.

Para una persona como ella, que solía tener algún que otro problemilla para controlar su temperamento ante situaciones que involucraban a ciertas personas de su entorno, fue asombroso y magnífico que ese sentimiento tan desagradable y agotador desapareciera de repente.

Ojala siempre fuera así de fácil. Akane sacó las piernas de las sabanas, pues empezaba a tener calor. Al contrario de lo que muchos creían, no le gustaba nada enfadarse tan a menudo a causa de… ¡Ah! Esos odiosos celos que la poseían cada vez que otra prometida andaba cerca y el bobo de Ranma se dejaba engatusar por ella.

Yo no tengo nada contra Ukyo.

Sabía que la cocina era una parte muy importante, no solo de la vida de ésta, sino de su identidad como luchadora, así que entendía su disgusto al descubrir que la dichosa salsa no había salido como esperaba. Claro que era lógico que se hubiera deprimido, Akane no era tan insensible como para no empatizar con ese dolor y, de corazón, quería que la chica se recuperara.

Por eso es que obligó a Ranma a que le contara la verdad: que había sido él el que destrozó la salsa en el pasado. Esa noticia debería haberla alegrado, como poco, tendría que haberla hecho sentir aliviada, pero Ukyo se negó a creerlo. Y en ese momento, empezó a hacerse la víctima para aprovecharse de los cuidados que le prodigaba el chico, debido a lo culpable que se sentía.

Solo por eso. Culpa. Ranma no pretendía cuidar de ella toda la vida, como le prometió de niño.

Ranma y sus alegres promesas refunfuñó para sí. Ya de pequeñito era un bocazas.

Pero la infusión había zambullido su corazón herido en un lago en calma, en el que flotaba en amorosa armonía, sin que nada pudiera alterarlo. Ni siquiera los celos. Ni siquiera el dolor porque su prometido tratara mejor a otra que a ella, y encima, delante de sus propias narices.

¡En su propia casa!

Después de dar vueltas durante media hora, tratando de invocar al sueño a base de contar las rugosidades de la pared, Akane se encontraba cada vez más despierta.

Y este calor…

El sudor se le estaba acumulando en la nuca en contacto con la almohada y empezaba a molestarle, así que con un resoplido, se sentó sobre el colchón y se pasó la mano por la piel húmeda buscando algo de alivio. No había bochorno en la habitación, el aire a su alrededor no estaba caliente pero su piel sí, como si proviniera del interior de su cuerpo.

Todo estaba tan silencioso que podía oír el tic tac del pequeño reloj que tenía sobre la mesa, aunque no veía qué hora era. En el suelo, el bulto del cuerpo de su prometido confirmaba que seguía ahí, a pesar de que no hacía el menor ruido.

Al mirarle, se le ocurrieron un montón de preguntas, de esas que rondaban su cabeza todo el tiempo pero que nunca se atrevía a hacerle en voz alta. Puede que no se tuvieran tanta confianza como ella creía.

El sudor nació también en su frente, humedeciendo los pelillos de su flequillo, así que soltó un nuevo resoplido que no le sirvió de mucho, la verdad.

—¿Sigues despierta?

La voz emergió de las sombras del suelo, pero el chico no se movió. Akane parpadeó para intentar distinguir algo de él que seguía de espaldas.

—Hace mucho calor —respondió ella.

—Pues sí.

¿Por qué no se movía? La molestó un poco que no la mirara a la cara pero no lo dijo. Encogió las piernas apoyando la espalda en la pared y permaneció en silencio hasta que, de repente, se animó a preguntar:

—¿De verdad que no te acordabas de nada? —Ranma siguió sin moverse, aunque debía haberla oído—. ¿Ni de lo de la salsa ni nada?

—Solo tenía seis años —respondió él—. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Tampoco de la promesa?

—No.

—Pero la hiciste…

Fue ahí, ante esas palabras que Akane pronunció sin pensar, y sin ninguna otra intención, que Ranma se irguió de golpe y encorvado, se giró hacia ella. Su rostro se confundía con las tinieblas del cuarto pero pudo distinguir el reflejo de sus ojos.

—Hice esa promesa pensando que Ukyo era un chico, mi amigo —Le explicó—. En ese momento yo creía que lo que me pedía era que fuéramos amigos para siempre o algo parecido —Hubo una pausa, seguida de un sonido parecido a un bufido—. Puedes creerme o no, me da lo mismo.

—Pues claro que te creo —respondió ella. En esos momentos estaba medio distraída remangándose el pijama hasta los codos, queriendo ignorar el calor que le quemaba la cabeza, por lo que apenas notó el tono airado del chico—. Y siento que Nabiki armara todo este jaleo del falso matrimonio.

—No se podía hacer otra cosa, Ukyo no quiso creer la verdad.

—Está convencida de que la quieres tanto como para cuidarla el resto de su vida…

—Ya te he explicado porque lo cree.

Esta vez sí que notó la dureza que impregnaban esas palabras y se sorprendió. Ranma podía ser impulsivo y perder los estribos por tonterías, pero ese enfado frío que se colaba entre sus palabras y la lentitud con que pronunciaba cada sílaba no eran propios de él.

—No me estoy metiendo contigo —Le aclaró ella, un poco confusa—. Solo sigo sorprendida —Apretó los labios al tiempo que se abanicaba con la mano—. Estoy segura de que a mí no me habrías hecho esa promesa ni por equivocación.

—¿A caso yo no te cuido cuando estás en problemas?

—Solo cuando tú los has provocado.

—¡Claro! —Ranma alzó la voz y estampó la mano en la funda del futón—. ¡Como si tú no supieras meterte en problemas solita! —Akane captó el rápido movimiento que hizo éste al ponerse en pie y dio un respingo—. ¡Y siempre me toca a mí resolverlos!

Al momento, se encendió la luz del flexo que había en el escritorio y tuvo que cerrar los ojos. Escuchó que él maniobraba con la ventana, intentando abrirla porque el calor empezaba a ser insoportable.

Cuando sus ojos se recuperaron y miró en esa dirección, Ranma seguía con las manos apoyadas en la mesa y el rostro orientado hacia la noche. Por alguna razón, al verle con ese aire de ofendido y actuando con tanta libertad en su habitación, se reavivó el enfado que la infusión había aplacado un rato antes.

—¡Cuánto siento que te moleste tanto tener que ayudarme! —Le reprochó, subiendo también la voz.

—¡No es eso lo que he dicho, malpensada!

—¡¿Malpensada, yo?!

—¡Sí, eres una malpensada! —Estalló el chico y al fin pudo ver su rostro con la suficiente claridad como para advertir su enfado. Enrojecido, contraído por un gesto severo que resultaba aterrador, y en sus brazos y cuello se marcaban las venas que bombeaban su sangre. Se apartó de la mesa de golpe para mirarla y Akane pegó más la espalda a la pared—. ¡Siempre estás pensando mal de mí!

—Eso no es verdad.

—¿Ah, no? ¿Y eso qué es?

Con la cabeza le señaló la fila de objetos que ella había colocado entre su cama y él, la verdad, casi se había olvidado de ellos. No se le ocurrió qué responder, pues era algo que había hecho sin más. Sin planearlo.

El rostro se le puso rojo y tuvo que desviar la mirada. Ranma soltó una risita de orgullo y superioridad ante esa reacción.

—¿Lo ves? —Le espetó, cruzándose de brazos y echándose otra vez sobre el futón—. Siempre lo malinterpretas todo y crees que me aprovecharé de ti cuando ya te he dicho, muchas veces, que no tengo intención de hacerlo.

Pues claro que no.

Y Akane se acordó, en efecto, de todas esas veces en las que él se había reído de ella y la había insultado utilizando mil y un términos diferentes, haciendo referencia a cada área de su cuerpo hasta dejarla hecha polvo. La vergüenza y el dolor la golpearon una vez más, sobre todo al recordar que jamás le había oído decir algo parecido de Ukyo.

Lo único que pudo pensar fue en que debía defenderse de ese idiota que no paraba de herirla ante la mínima oportunidad.

—¡No te atreverías a hacerlo, esa es la verdad! —Le atacó, pues esa era la manera habitual en que solía hacerlo y estaba demasiado molesta como para pensar en otra cosa—. ¡Gallina!

—Siempre me dices lo mismo, retándome —Ranma, en apariencia más calmado, le dirigió una sonrisa malévola desde el futón—. En el fondo… ¿qué estás esperando que te haga, Akane?

De la impresión que le supuso ese comentario Akane boqueó, con los labios separados, el corazón acelerado y las mejillas encendidas. Pero en seguida, algo explotó en su pecho, un calor todavía más horrible y letal que todo lo anterior. Su cuerpo, sacudido por esa emoción tan poderosa, se echó hacia delante, hasta el borde de la cama, al que se agarró antes de exclamar:

—¡Jamás esperaría nada de un idiota tan poco romántico como tú!

Y, con el pecho agitado, le desafío con la mirada, segura de que Ranma se disponía a soltarle la burrada más grande, más desagradable e insoportable que jamás le hubiese dicho. Lo sabía, y hasta pensaba que podía merecerlo. Es más, quería oírlo, porque de ese modo volvería a repetirse que ese chico era un bruto y un descerebrado que no valía la pena. Ni siquiera las lágrimas que estaba sosteniendo dentro de ella porque, de ningún modo, iba a llorar frente a él.

Venga, dilo pensó. Estaba tan furiosa y tan dolida que ya no le importaba nada. Le echaría a patadas de su dormitorio dijera lo que dijera, es más, le pondría un lacito en la cabeza y se lo entregaría a Ukyo. ¡Qué se lo quedara ella! ¡Para siempre! No quería saber nada más.

Pero Ranma mantuvo ese gesto tan grave, casi calculado. Sabía que estaba muy enfadado porque le conocía, no porque él manifestara alguna señal de ello. La miró sin parpadear, sin flaquear hasta que logró inquietarla.

—¿Romántico? —repitió él. Apoyó las manos en el futón y se arrastró por el suelo hacia la cama. La luz del flexo reflejó el sudor que humedecía su piel y Akane, notando un pinchazo en el vientre, quiso apartarse del borde pero no pudo. Él se pasó la mano por la frente, gruñó y se quitó la camiseta larga del pijama para quedarse en tirantes. Las manos de la chica se hincaron más al colchón—. No me hagas reír, Akane.

. ¿Se me permite ser romántico, acaso?

—¿Cómo…? —La pregunta la cogió tan aturdida por la tensión que se marcaba en los antebrazos y los hombros de Ranma, y que no conseguía dejar de mirar, que ni siquiera la entendió.

—No me está permitido ser romántico contigo, ¿a qué no? —Avanzó un poco más sin despegar las rodillas del suelo y ella, confusa y alterada, se echó hacia atrás—. ¡¿Lo ves?!

. Cuando crees que me acerco a ti te asustas, te apartas… ¡Cuando no me das una paliza o me mandas a volar por los aires sin dejar que me explique!

—¿De qué estás hablando?

—Dime una cosa, Akane —Clavó en ella sus ojos, ensombrecidos por la decepción y ella volvió a temblar—. ¿Me habrías permitido amarte alguna vez?

¿Qué…?

De repente, oyeron que alguien tiraba del pomo de la puerta de la habitación y que ésta temblaba contra los goznes, sin llegar a abrirse.

.

12:40 PM—Ukyo

Debía haberse vuelto loca.

No es posible que acabe de preguntarle eso…

Ukyo, pasmada, fue del todo incapaz de apartar la cabeza del vaso que, a su vez, había apoyado sobre la puerta del cuarto de los chicos. Había oído sus voces a medida que se acercaba por el pasillo pero no entendía lo que decían, por eso, había tenido que ir en busca de un vaso.

Para demostrar que ese matrimonio era del todo falso, la cocinera había estado esperando en su dormitorio, pegada a la puerta, hasta estar segura de que el resto de los Tendo se habían dormido. No quería que nadie interfiriese en sus planes de investigación y recolección de pruebas.

Estaba más motivada que nunca.

Ataviada con el precioso kimono negro de flores que se había comprado para esas noches que pensaba pasar junto a su Ranchan, había vuelto a salir del dormitorio, de puntillas y cuando estuvo, al fin, preparada ante su objetivo, se encontró con uno de esos cartelitos típicos de los hoteles, colgando del pomo.

¡No molestar!

Y para más inri los puntitos de las exclamaciones eran dos corazoncitos.

¡Será posible!

Lo arrancó sin piedad, lo hizo pedazos y lo regó por todo el pasillo en un profundo arrebato de rabia. Después, colocó el vaso sobre la madera y escuchó. Por desgracia para ella lo primero que captó, con absoluta claridad, fue la voz de su Ranchan preguntándole a Akane si ella le permitiría amarla.

¡¿Qué si le permitiría amarla?!

¡No puede ser!

La rabia creció en ella tan deprisa que hasta estuvo a punto de romper el vaso en mil pedazos.

¡Pero, ¿qué significa…?! En realidad, lo supo al instante. ¿Qué más podía significar sino que esos dos estaban a punto de pasar a mayores? Aquellas palabras, susurradas en la oscuridad del cuarto de una pareja, solo se explicaban de un modo: Ranma le estaba pidiendo permiso a Akane para hacerle el amor.

¿Cómo es posible? Ukyo apartó el vaso, perpleja, horrorizada. ¡Si ella sabía que todo eso era un paripé! Pero claro, Ranma era un hombre, al fin y al cabo y seguro que Akane se había aprovechado de su debilidad para enredarle. ¡No puedo permitirlo!

Y en un impulso desafortunado, agarró el picaporte dispuesta a entrar en el cuarto y detener aquello. Pero, por los nervios y el disgusto, tenía la mano tan sudada que ésta resbaló. No pudo abrir la puerta, pero sí hizo un ruido terrible cuando su cuerpo se tambaleó contra ella y temió, entonces, que fueran a descubrirla.

¡Oh, no! Se dijo, tirándose del pelo. No quería que Ranma pensara que era una cotilla desquiciada, aunque, si ese era el único modo de interrumpirles antes de que cometieran tal acto de traición contra ella, que así fuera.

Estoy lista, se dijo, al oír pasos al otro lado que se acercaban a la puerta. Seguro que Ranchan se lo agradecería después. Fijó su mirada al frente y esperó a que ésta se abriera, pero no lo hizo.

Solo escuchó el sonido de una cerradura, y los pasos que se alejaban de vuelta.

¿Qué? No entendía, o no quería entender. ¿Han cerrado por dentro?

.

12:45 PM—Ranma

—¿Por qué cierras?

Ranma apretó los labios con pesar. Ahí estaba otra vez, esa vocecilla temerosa y desconfiada que tanto le hería. Se dio la vuelta y comprobó que Akane había retrocedido hasta la cabecera de la cama con los ojos entrecerrados.

Sí, había cerrado la puerta con llave.

Pero no por lo que estás pensando, pervertida.

Al oír ese ruido pensó que serían, otra vez, sus padres o las hermanas de ella espiándoles. Habrían oído su discusión, pues ambos había hablado muy alto y ahí los tenían, cotilleando y molestando como siempre. La verdad es que le sentó peor que una patada, no quería que se metieran en la conversación que estaban manteniendo, así que les cerró la puerta.

Eligió, a posta, no darle esta explicación a la chica. ¡Qué pensara lo que quisiera! Estaba harto y demasiado acalorado como para complacerla con más excusas.

—¿Ya estás asustada otra vez?

Caminó despacio de vuelta a su futón y se sentó con las piernas cruzadas. Ignoró la mueca que la chica le dedicó y bajó la cabeza, notando como el sudor le bajaba por el cuello y recorría su espalda por dentro de la camiseta pegando el tejido a su cuerpo. Le habría gustado quitársela también, pero tal vez eso habría sido pasarse de la raya. Tampoco le apetecía que la chica se pusiera a gritar o le estampara algún objeto en la cabeza.

No debería haber dicho nada, se lamentó, en cualquier caso.

El calor y el enfado tenían la culpa de que hubiese sido tan sincero, y también podían haber influido los condenados okonomiyaki tóxicos que había estado ingiriendo esos días para agradar a Ukyo y que no le habían sentado nada bien. Lo cierto era que ya hacía un rato que no se sentía él mismo. Le acribillaban un montón de impulsos peligrosos y no estaba siendo capaz de reprimirlos todos.

Por otro, a pesar de que la desconfianza de su prometida siempre le había dolido, no había sido consciente, hasta esa noche, de hasta qué punto era un suplicio para él. Quizás por eso no había podido contenerse.

Ya no le apetecía discutir más.

Solo quiero dormir. Volvió a tumbarse sobre las sabanas, dándole la espalda y resopló, buscando una postura cómoda que obrara el milagro. Y que se haga de día para poder salir de aquí.

Cerró los ojos queriendo relajarse, pero la voz de Akane llegó hasta sus oídos, más compungida que antes.

—Yo sí te habría permitido amarme, Ranma —Le reveló—. Si alguna vez hubiese pensado que ibas en serio.

Como siempre, no quiere creerme.

Aunque bueno, no es que él hubiese admitido nada, en realidad. Abrió los ojos, alarmado, y trató de rememorar todo lo que había dicho durante su enfado, por si se le había escapado algo.

—No pienses cosas raras ahora.

—Yo nunca pienso cosas raras, sé de sobra que no te gusto —continuó ella—. Desde el primer momento en que nos conocimos me dejaste muy claro lo que pensabas de mí: marimacho, fea, gorda, pecho plano, poco sexy, poco femenina…

—Eso son cosas que no…

—Si alguien te repite eso a todas horas, te gasta bromas sobre sus sentimientos e incluso, mete a otras chicas a dormir en tu casa…

Ranma se incorporó de golpe, muy ofendido.

—¡Eh! ¡Que fue tu padre el que invitó a Ukyo a quedarse en esta casa, no yo!

—¿Crees que después de todo eso yo podría tomarte en serio? —Akane regresó al borde de la cama, incluso bajó las piernas al suelo, con el ceño fruncido—. ¿Qué esperabas que hiciera? Cada vez que he visto que te me acercabas, temía que fueras a gastarme otra broma.

. ¡¿Cómo voy a responderte sino a golpes?!

—¡Tú siempre usas la violencia!

—¡Porque tú me haces el mismo daño con tus estúpidas palabras! —El rostro de Akane se crispó, sus ojos se rompieron en lágrimas que, sin embargo, no rodaron por su rostro—. ¡¿Qué crees que se siente cuando tu prometido te dice esas cosas?!

Ranma se quedó perplejo ante tal revelación.

Que la espada de madera, el mazo, o ambos hubieran aparecido de la nada para partirle la cara lo habría esperado, pero que Akane le dijera algo así al borde del llanto, no. Fue tan surrealista que no supo qué decir.

Encogido sobre el futón, contempló esos ojos que tanto le intimidaban brillantes y desconsolados, sabía que no era el momento para eso, pero le cautivó la belleza que seguía habiendo en ellos, inmutable, a pesar de todo.

Entonces… ¿Akane no desconfía de mí? Se le secó la garganta al instante al comprenderlo.

Lo que ella hacía era protegerse de sus insultos y fechorías, sin saber que él hacía lo mismo con sus palabras, cuando no podía soportar el dolor de que ella lo rechazara a cada instante.

—¿Sabes por qué he puesto esto? —Le preguntó, entonces, al tiempo que le daba una patada a la silla de escritorio con tanta fuerza que ésta le habría arrollado sino a llegar apartarse de su trayectoria de un salto—. Estaba segura de que en algún momento intentarías gastarme una broma quitándome la almohada o algo así.

—Ah…

Sí, vale, eso sonaba a una jugarreta que él podría haber llevado a cabo esa noche. ¡Era bastante impresionante lo bien que le conocía! Acto seguido se sintió el ser más miserable del universo. Descubrió que había estado haciendo lo mismo de lo que la acusaba a ella: pensar mal. Le había atribuido pensamientos y conductas que no eran reales, y se había enfadado mil veces con ella sin motivo.

Había sido injusto, incluso cruel.

Esas lágrimas que ahora sí caían por el rostro de su prometida eran culpa suya.

—Yo nunca he querido que te sintieras mal por esas cosas —Se dejó caer sobre sus tobillos y arrugó el futón con las manos—. Además, tú ya sabes que no eres fea, ni gorda, ni… ¡Nada de eso! —Hizo una mueca sin querer—. Cuando llegué a Nerima, tenías a medio Furinkan detrás de ti, ¿o lo has olvidado?

Porque él aún se acordaba de esa marabunta de chicos que corría cada mañana, como posesos, por el patio del instituto en busca de una cita con la pequeña de los Tendo. Un espectáculo terrible que, menos mal, ya no se producía.

Sin embargo, Akane meneó la cabeza, apretándose la nariz con el puño al tiempo respiraba agitaba.

—¿Te refieres a todos esos brutos que pretendían sacarme una cita a golpes? —quiso saber, aún más desolada. Se cubrió el rostro con una mano—. ¿Así es como me merezco que me traten los chicos?

—¡Claro que no! ¡Yo nunca…!

Odió escuchar esas palabras con semejante tono de tristeza y se odió a sí mismo por ser, en parte, responsable. Y por sus reproches. Y por haber levantado los puños cuando ella sacó su espada (¡Cómo si fuera capaz de hacerla algún daño!). Por lo visto, sí que se lo había hecho.

Le habría gustado acercarse a ella y… quién sabe, ¿intentar consolarla?

No, eso solo empeoraría las cosas. Así que permaneció sentado, con la mirada baja, muy avergonzado.

—Yo no disfruto tratándote mal, es que… no sé hacerlo de otro modo —confesó, por si servía de algo admitir su torpeza a esas alturas—. Nunca me he acercado a ti con malas intenciones.

¡Jamás te haría nada que tú no quisieras, debes creerme!

—Pero si te creo…

—Pensaba que me tratabas así porque no soportabas que estuviera cerca de ti.

Entonces Akane se deslizó hasta el suelo, despacio, casi sin separar del todo la espalda de la cama. Apartó el resto de objetos que se interponían entre ellos y permaneció expectante.

—Nunca me habías dicho que quisieras estar cerca de mí.

—¿Lo querrías tú? —inquirió él, con una sonrisa triste.

Las palabras se le escapaban con una soltura que le asustó. No le hacía falta pensar lo que quería decir, su boca lo transmitía sin ningún complejo.

—Eres mi prometido, Ranma.

—¿Y eso que significa? —Quiso saber, frotándose la nariz con el dorso de la mano—. Tú también dejaste claro lo que pensabas de mí desde el principio: que soy un bicho raro.

—¡Eso fue hace mucho! ¡Aún no te conocía!

—Pero es verdad que lo soy… ¿Por qué querrías tenerme cerca?

¿No era ése el quid de la cuestión?

Ni él lo había sabido hasta que lo dijo en voz alta, pero le pareció muy real. La razón que podía explicar la desconfianza de la chica, no podía ser otra cosa. ¿Quién querría a un prometido transformista, que es perseguido por mil enemigos y que se convierte en un gato peligroso ante el menor maullido?

Es eso, claro. Ya lo había dicho en voz alta, por fin. Y nunca se había sentido peor.

Ahora sí que se lo había puesto fácil si lo que quería era destrozarle del todo. ¡Cómo deseó que se limitara a darle una paliza que si pudiera encajar! Pero esos instantes de silencio, de la más pura incertidumbre, fueron mucho peores que cualquier castigo físico.

La venganza perfecta a todos sus insultos y comentarios groseros.

Akane, en lugar de hablar, avanzó hacia él, también de rodillas, y le rodeó con sus brazos, estrechándole con fuerza.

¿Qué?

¿Qué importaba?

Ranma respondió al contacto, casi de inmediato, movido por una necesidad intolerable que nunca había experimentado por estar cerca de otra persona. La estrujó sin contenerse, hasta que la chica se quedó sin respiración. Aun así no la soltó, ni cuando ella echó hacia atrás la cabeza para mirarle, con los ojillos todavía brillantes, todavía hermosos.

—Yo nunca pensaría eso de ti —Le aseguró, aunque él ya lo sabía. Posó sus manos en el rostro del chico y su frente en la de él—. Claro que quiero tenerte cerca, tonto.

. Por eso estaba tan asustada de que fueras a irte.

—Nunca habría dejado el dojo para irme con Ukyo —aseguró él, con aterradora sinceridad—. No puedo estar lejos de ti.

La humedad de las lágrimas pegada aún a las pestañas de Akane le rozó los párpados cuando se besaron, se mezcló con el calor que ardía entre sus cuerpos, y con el sudor que notó en la nuca cuando las manos de la chica se hundieron por el cuello de la camiseta.

Un torbellino de emociones descontroladas se abrió pasó dentro de él, esos impulsos que le hacían hablar se apoderaron también de sus gestos y por eso, no se contuvo cuando la agarró por la cintura para subirla sobre sus piernas sin dejar de besarla con una pasión desatada y desconocida.

.

01:30 PM—Akane

Ahora el calor estaba por todos los rincones de esa habitación.

Akane sentía que otra persona, que no era ella del todo, había surgido para tomar el control de su voluntad escondida, una que siempre estuvo ahí, lista y deseosa de entregarse a esos sentimientos. Y sin embargo, había otra parte que permanecía agazapada en su mente, observando, muerta de vergüenza, lo que hacían sus manos y lo que experimentaba su cuerpo como respuesta.

Contuvo una exclamación cuando Ranma pasó sus brazos por debajo de su trasero para levantarla y se aferró a sus hombros cuando éste se puso de pie. Se tambaleó un poco, pero la sujetó con fuerza, sin despegar la boca de su cuello. En el resplandor del flexo que se reflejaba en el cristal de la ventana, ella vio sus figuras unidas en una postura que le hizo sentir un vértigo asfixiante, tuvo que apartar la mirada.

El corazón le iba tan deprisa que no estaba segura de si sentía placer o dolor, le costaba hilar pensamientos tan complejos como el que la habría conducido a una conclusión. No, en esos momentos, en su mente solo había una voz nerviosa que hacía preguntas sin parar.

¿Qué estoy haciendo? ¿Qué va a pasar? ¿Es real? ¿Está bien? ¿Y si no puedo…?

Ranma se sentó en el borde de la cama antes de perder el equilibrio del todo. Hubo un pequeño atisbo de pánico que para Akane fue como un calambre que la partía por la mitad cuando sintió sus pies colgando sobre el suelo. Sentada en el regazo del chico, tan pegada a su torso que apenas podía respirar y con sus brazos apretándola por la espalda, estaba atrapada.

Atrapada.

De un brinco, saltó al suelo y se rodeó a sí misma con sus brazos para detener los temblores que sacudían su vientre. Con la respiración acelerada, contempló la expresión desconcertada del chico que volvió la cabeza hacia ella.

—¿Estás bien? —le preguntó. Ella asintió pero mantuvo la distancia—. ¿Qué… he hecho?

—¡Nada!

Ranma apoyó las manos en sus piernas y bajó la mirada, así que ella aprovechó para darse la vuelta y respirar hondo. Otra vez, el resplandor del flexo la deslumbró y tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos, vio la tetera de Kasumi y se le ocurrió beber un poco más de la infusión, pues tenía la garganta seca.

La suave mezcla, que seguía templada, la alivió, haciéndola sentir mejor.

Se pasó el puño por los labios para retirar el rastro de la bebida y al darse la vuelta, Ranma la estaba mirando de reojo, en un silencio que indicaba que no sabía qué decir o qué hacer. Pero había algo más en esa mirada, algo que palpitaba por todo su rostro, por debajo del rubor que teñía su piel.

Algo intenso, casi feroz que le produjo un escalofrío.

—Me miras como si fuera algún tipo de pastel de chocolate —musitó ella, bromeando para aliviar la tensión, pero también porque era la comparación más precisa que había encontrado.

—¿Un pastel? —repitió él, con una media sonrisa—. Como si quisiera devorarte —Parecía una pregunta pero no se hizo con ese tono, algo que parecía sorprenderle incluso a él, que apartó la mirada al segundo y apretó la mandíbula.

A Akane le hizo gracia, y también le encogió más el estómago.

Has dicho demasiado pensó y cuanto más le miraba, su mente se aclaraba y era capaz de entrever más cosas de las que él le mostraba. Y no era tu intención. Se acercó con pasitos cortos, tocándose un mechón de pelo que tenía tras la oreja. Tampoco todo lo que dijiste antes o lo que ha pasado.

Dio otro par de pasitos más y se plantó ante él. Esperó callada hasta que Ranma deslizó la mirada por su cuerpo, desde la cintura hasta sus ojos, y Akane pudo reconocer, al fin, el modo en que la observaba de verdad. A la débil luz de una lamparita distinguió la vacilación y la inseguridad en el modo en que fruncía las cejas, la dolorosa incertidumbre dibujada en sus labios apretados, pero también el anhelo más embriagador que inundaba sus ojos azules y que la envolvió, tan fuerte, como sus brazos.

La miraba como si ella fuera lo más hermoso, lo más importante que existía en el mundo. Lo único del mundo para él.

Fue tal la certeza de esta idea que se vio atravesada por un amor tan grande, tan desesperado que mezclaba alegría, deseo y dolor sin que ninguno de ellos sobrara o se superpusiera al resto.

—Ranma…

Su cabeza estaba a la misma altura que el estómago de la chica y hacia allí dirigió su atención. Akane contuvo la respiración cuando el aliento del chico, acelerado y ardiente, chocó contra su pijama, traspasándolo, llegando a rozar su piel. Los labios de él se posaron sobre la tela esbozando un beso y ella cerró los ojos, temblorosa, y colocó sus manos sobre su cabello, atrayéndolo más. Los besos continuaron, primero sobre el pijama, después por debajo. Ranma levantó un poco la prenda y sus labios recorrieron la piel que ocultaba, desde el ombligo hasta el nacimiento de las costillas. Las manos se internaron en la espalda, empezaron a subir despacio, palpando con cuidado los huesos que encontraban a su paso, dibujándolos con adoración.

La joven abrió los ojos, con asombro, al notar la calidez de la lengua que se deslizaba por su cuerpo. No hubo miedo esta vez, incluso sonrió un poco al recordar el asunto del pastel de chocolate, pues en verdad parecía que Ranma estaba decidido a degustarla hasta que se deshiciera como el azúcar al contacto con el agua. Empezó a sofocarse, a no poder controlar su respiración cuando las manos se movieron bajo sus axilas, traspasando la frontera, hasta cubrir sus senos.

En realidad… ¿no es como si ya estuviéramos casados?

Lo habían dicho en la escuela, sus padres los habían empujado a compartir cuarto.

Akane volvió a sentarse, sin temor alguno, se agarró a sus hombros y buscó su boca con avidez, perdiéndose en el calor que había vuelto a brotar desde su interior y salía fuera, rociándolo todo a su paso.

Se besaron y tocaron hasta que Akane sintió un ligero mareo a causa del fuego que ardía en su pecho, en su cabeza y en su cara.

—Hace mucho calor —Comentó—. ¿Cómo puede ser?

—Porque estamos en verano —respondió él, con los labios apoyados en su hombro.

—¿La ventana sigue abierta?

—Sí.

—¿No vas a levantarte a comprobarlo?

—No —Estrechó el agarre, levantando la cabeza hacia ella hasta rozarle la nariz—. No pienso moverme, ni dejaré que tú lo hagas.

Akane se rio.

—Sabía que eras un pervertido —Él también se rio, aunque ni por esas se despegó de ella. Lo que sí hizo fue bajar la cabeza para besarle por encima de los senos, después inspiró con fuerza y su aliento volvió a encender la piel de Akane. Sus manos apretaron los hombros masculinos con fuerza y su cuerpo se estiró de manera involuntario sobre el regazo de él.

—Mira quién habla…

Volvieron a besarse pero Akane no dejaba de echar la cabeza hacia atrás, en busca de algo de oxigeno que alimentara sus pulmones. Cada vez que sus labios se encontraban era como si una llamarada la recorriera hasta dejarla sin respiración, aunque no parecía que eso molestara a Ranma. Él se estiraba hacia ella todas las veces, con ímpetu, a veces con una carcajada contagiosa, y retomaba el beso, como si fuera una especie de juego.

Hasta que Akane meneó la cabeza.

—Este calor es insoportable…

—Bueno —Las manos de Ranma salieron de debajo del pijama de la chica para rozar el borde de éste, con prudencia—. Si tú quieres… ¿te puedo quitar esto?

.

01:35 PM—Ukyo

Así que Akane ha cerrado la puerta, ¿eh?

Mientras bajaba las escaleras, a oscuras, sin soltarse de la barandilla y probando con la punta de un pie antes de plantarlo en el siguiente peldaño, Ukyo aún estaba masticando el disgusto que se había llevado al escuchar que la puerta del dormitorio se cerraba ante sus narices.

¡¿Cómo se ha atrevido a hacerme algo así?!

Ni siquiera le importaba no saber al cien por cien quién la había cerrado (Akane, seguro, ha encerrado a Ranchan con ella), ni se paró a pensar que, en cualquier caso, quien hubiese echado el pestillo lo hizo sin saber que ella estaba al otro lado. La rabia que sentía, aderezada por la angustia que le provoca el imaginar lo que estaría pasando ahí dentro, no le dejaban razonar.

¡Y no importaba, en realidad!

La atención de la cocinera estaba mucho más concentrada en lo que debía hacer gracias a esos sentimientos. Necesitaba saber qué estaba pasando en esa habitación y si era lo que ella creía (No, por favor… ¡Ranchan, resiste!) lo pararía de inmediato.

¡Haría lo que hiciese falta!

La única manera que le quedaba ya para acceder a ese cuarto era la ventana que daba al jardín trasero de la casa, por lo que bajó lo más rápido que pudo, procurando no tropezarse, claro. Si alguien más se despertaba, seguro que la detendrían en cuanto adivinaran sus intenciones.

Usó sus manos para guiarse a través de las paredes y los bordes de las puertas. Alcanzó el comedor y se golpeó en una espinilla con un pico de la mesa pero resistió el dolor sin gritar. Utilizó el mueble para cruzar la estancia y llegar hasta las puertas que alguien había cerrado antes de acostarse, por suerte, no le costó demasiado abrirlas y entonces, la luz de la luna iluminó la madera de la galería y la hierba del jardín.

El frescor del aire la alivió y, sin perder un segundo, correteó hacia los árboles que quedaban más cerca de la casa y los revisó, buscando el que más cerca quedara del cuarto de Akane. Cuando creyó haberlo encontrado, lo escaló con gran pericia pero, para su decepción, la rama más cercana quedaba demasiado baja como para que pudiera ver nada de lo que pasaba en el cuarto.

¡Diablos!

Tenía que llegar hasta esa ventana como fuera.

Ésta tenía un poyete tan fino que tampoco habría podido apoyarse de cuclillas sobre él aunque decidiera saltar; se resbalaría y caería al suelo, alertando a todos con el ruido.

Venga, piensa… Se ordenó, dándose golpecitos en la frente con la punta del dedo índice. ¡Ranchan te necesita!

Observó la pared de la casa, las pequeñas grietas de la pintura desconchada y supo que solo podía hacer una cosa. Era jugárselo todo por el todo, pues si aplicaba mucha fuerza el ruido despertaría a los Tendo, y si usaba muy poca, no resistiría su peso.

Pero aquella era una situación desesperada. Si Akane se salía con la suya, atraparía a Ranma para siempre.

Agarró la enorme espátula que siempre llevaba consigo con ambas manos y apretó el mango, al tiempo que se concentraba. Debía ser un movimiento firme, preciso.

—Adelante —Se animó en un susurro.

Clavó la afilada hoja en la pared. Apartó las manos con cuidado pero ésta se sostuvo sola, después aguzó el oído por si alguien se hubiera levantado de la cama, pero el silencio de la noche seguía siendo igual de imperturbable.

Todo iba bien pero, ¿soportaría su peso?

Hizo varias pruebas con las manos, ejerciendo bastante fuerza, y la espátula ni siquiera se movió. Respiró hondo, flexionó las rodillas y saltó hasta mantenerse de pie sobre ella, pegando bien las piernas aunque manteniendo el equilibrio. Esperó un par de segundos, pero su arma la sostuvo y ella sonrió orgullosa.

Ahora, poniéndose de puntillas, podía asomarse por encima del borde de la ventana y echar un vistazo. Eso sí, tendría que rebajar el peso sobre la espátula haciendo fuerza con las manos, para lo cual se valió de un saliente. Fisgó a través del cristal pero no vio nada, pues el destello intenso de una luz cercana la cegaba.

Por suerte, la otra mitad de la ventana estaba abierta, así que Ukyo se retorció con mucho cuidado, girando su cintura en esa dirección e hizo más fuerza aún con sus manos para elevarse y poder mirar dentro.

¡Por fin! Se dijo, eufórica, cuando consiguió ver el suelo de la habitación, donde reconoció la forma de un futón, cosa que le extrañó, hasta que se le ocurrió una razón por la que estaba ahí. ¡Sabía que no dormían juntos! Pero el júbilo que llenó su pecho fue muy breve pues reparó en que éste estaba vacío. Eso le dio mala espina. ¿Dónde está Ranchan? Pero que muy mala espina. ¿Habrá ido al baño?

Apretando los dientes y se estiró un poco más hacia un lado, buscando un ángulo que le permitiera ver algo más de la habitación. Alargó su cuerpo hasta que la espalda le dolió, y consiguió ver una esquina de la cama. Hizo más fuerza todavía, uno de sus pies resbaló de la espátula y quedó en el vacío, pero eso le concedió unos pocos centímetros más.

Los suficientes para ver a Ranma quitándole la parte de arriba del pijama a Akane.

¿Qué? Parpadeó un par de veces, incluso tuvo la osadía de soltarse de un brazo para frotarse los ojos con la manga. ¡¿Qué?!

No, no podía ser una alucinación.

Ranma tiraba de los bordes de la camiseta y Akane mantenía los brazos en alto para ayudarle. Cuando sacó la prenda, los dos se miraron fijamente, ruborizados y acercaron sus rostros el uno al otro.

—¡No!

Apartó la cara de la ventana, cerrando los ojos y algo de ese movimiento le hizo perder el equilibrio de todo su cuerpo. El único pie que seguía en la espátula se agitó, perdió la sujeción y al instante, Ukyo se sintió caer.

No tuvo tiempo de pensar en nada, de pronto se estampó contra el suelo y el dolor silenció su mente. Ni siquiera pudo adivinar que, lo que le golpeó después en la cabeza, fue su fiel espátula que se había soltado.

Por fin, se quedó dormida.

.

02:00 PM—Ranma

La mente de Ranma sufrió un efecto extraño por el cual vio como a cámara lenta todos y cada uno de los movimientos con los que Akane se desprendía de la camiseta, y le dejó pasmado

La piel blanca y tersa fue apareciendo centímetro a centímetro, como al desenvolver el paquete que esconde el regalo que más has deseado en tu vida, hasta mostrar los senos atrapados en un recatado sujetador blanco y después, se fijó en ese cuello esbelto que ascendía, más colorado que lo anterior, hasta el rostro, encendido también de un rojo adorable.

Su cuerpo entero vibró en una sinfonía novedosa para él, se le secó la garganta, pero no pudo dejar de mirar. Sus ojos, despatarrados, registraron cada milímetro de la imagen que tenía ante sí, sin pudor alguno, al contrario, con una escrupulosidad casi grosera.

Era una visión tan hermosa y excitante a la vez.

Tenía el color perfecto, las proporciones perfectas, las formas más sublimes que se agrandaban y estrechaban en las zonas exactas. De inmediato se le ocurrieron un millón de ideas acerca de cómo y en qué orden ansiaba tocar cada parte de cuantas tenía a su disposición. Porque, entendía él, si Akane le había permitido verlo, también le dejaría tocarlo, ¿verdad?

—¿No… dices nada?

Ranma tardó, aún un poco más, en volver de ese mundo de fantasías tan prometedoras que ocupaba su atención y quizás Akane, que debía estar muy nerviosa, interpretó a mal ese silencio incrédulo, porque frunció las cejas e intentó taparse con las manos.

—¡No, no hagas eso! —Se le escapó, en un patético tono de súplica tan exagerado que Akane enarcó las cejas, confusa—. No te tapes todavía.

. Es lo más bonito que he visto nunca.

El rostro de la chica se encendió más todavía, si era posible, hasta sus orejas asomaban rojas entre el pelo oscuro. No apartó los brazos enseguida, pero por lo menos no intentó ponerse de nuevo el pijama.

—No te estarás burlando de mí… ¿verdad?

—¡¿Es que no te has visto?! —respondió él, exaltado. En un intento férreo por controlar sus manos, Ranma era incapaz de controlar su lengua y hablaba, otra vez, sin pensar—. ¡Es imposible que no sepas lo guapa que eres!

Las palpitaciones estaban aumentando tanto que, más que nervioso, el chico empezaba a sentir miedo de que le diera un infarto o algo peor. Ese calor insoportable le ahogaba la garganta y la cabeza se le estaba llenando de un sinfín de pensamientos, impropios de él, pero que parecían tan reales que temió decir alguno en voz alta y, o bien asustar a la chica, o bien quedar como un bobo frente a ella.

¡Pero es que tal vez era un bobo!

Al menos, a cierto nivel en el que aún conservaba algo de raciocinio, sus propios pensamientos le sonaban bobadas cursis y humillantes.

Estoy loco de amor por Akane. Era solo una de esas ideas, y no la peor de todas. La quiero más que a nadie en el mundo.

¡Haría cualquier cosa por ella!

¡Pero él nunca pensaba semejantes cursilerías! Algo le estaba pasando en la cabeza. No era él mismo, y entonces, recordó que no era la primera vez que lo pensaba esa noche. Tampoco se había reconocido en ese enfado tan extraño que le había dominado hacia una hora.

Por el rabillo del ojo captó un brillo que provenía de la tetera que seguía sobre el escritorio y entonces, pensó:

¡La infusión!

¿Era posible que Kasumi los hubiera…?

Cualquier posible teoría se perdió en el limbo de las cosas que no importan demasiado pues Akane volvió a besarle y ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera ella. Su olor, sus manos buscando el borde de su camiseta de tirantes, el roce del sujetador contra su pecho.

Y otra vez el maldito calor.

Ranma se arrancó la camiseta y sintió un escalofrío cuando los dedos de Akane se deslizaron por su pecho.

No sabía lo que pasaría a partir de ese momento (o quizás sí, pero le daba corte admitirlo), pero él estaba listo para seguir adelante, fuera lo que fuera. Se comportaría de la mejor manera posible y ya nunca, nunca, jamás, se separaría de esa chica.

Fue una pena que, lo que pasó en realidad, no entrara en ninguna de las posibilidades que él estaba contemplando.

—¿Akane? —susurró él. La joven acababa de soltar el mayor bostezo que él jamás había visto y le miraba, ahora, a través de los párpados semi cerrados—. ¿Qué te ocurre?

—No sé —respondió, bostezando de nuevo. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. De pronto, me ha entrado un sueño terrible.

—¿Cómo?

Se estiró sobre él, apoyando la cabeza en su hombro, acurrucándose en su cuerpo.

—Creo que la infusión me está haciendo efecto…

—¿Ahora? —preguntó Ranma, aterrado. Notó como apoyaba su delicioso peso sobre él y su respiración se iba relajando cerca de su oreja—. ¿Akane? ¿Te vas a dormir ahora? ¿En serio?

A esas preguntas ya no obtuvo respuesta, su prometida había caído en un profundo sopor.

No me lo puedo creer pensó él, mirando al techo, con el cuerpo semi desnudo de Akane apretado contra el suyo.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

¿Me vuelvo al futón?

Con un resoplido desilusionado, tumbó a la chica sobre el colchón y la acomodó lo mejor que pudo. Dudó antes de echarle la sabana más ligera por encima, se sintió triste cuando esa visión tan hermosa desapareció de su vista.

—Pues nada —susurró, poniéndose en pie para apagar la luz de la lámpara—. A dormir.

Se acercó una última vez a la chica para mirarla y entonces, los brazos de Akane salieron disparados hacia su cuello. Lo enganchó y tiró de él hasta que Ranma acabó de rodillas sobre la cama, con la cabeza pegada al pecho de ella. Pero ésta seguía profundamente dormida, lo cual no le impedía seguir teniendo una fuerza bruta descomunal.

¿Y ahora qué hago?

Pasaron los minutos y la chica no le soltó. La escuchó suspirar y murmurar algo entre sueños. Al final la espalda se le cansó y acabó por tumbarse a su lado, por encima de la sabana. En el momento en que se acurrucó contra ella, Ranma también sintió un sueño terrible abalanzándose sobre él.

La infusión… pensó, adormilado. ¿Qué pasaba con la infusión? Algo pasaba y no debía olvidarlo, pero, ¿qué era? Los ojos se le cerraban, su cuerpo se ablandaba por la relajación y el calor ya no resultaba tan desagradable.

¿Qué era lo que tenía que recordar?

Su cerebro se rendía al sueño.

¿Qué era? Ranma suspiró, esbozando una sonrisa. Akane.

.

07:00 AM—Ukyo

Ukyo se despertó dolorida y confusa.

Abrió los ojos, con el trino de los primeros pajarillos en el oído y un rayo de sol dándole en la cara. Se removió, abrazada a su espátula gigante como si fuera un prometido atractivo, y su hermoso kimono, ahora rasgado y sucio, se empapó con el rocío de la hierba.

Hizo una mueca al mirar a su alrededor y reconocer el jardín de atrás, pero no se le ocurrió ninguna razón por la que ella tuviera que estar durmiendo allí. ¿Y por qué le dolía todo? Se ayudó de su espátula para incorporarse y al bostezar, el dolor se intensificó. Le crujía la espalda y la cadera ante el mínimo gesto y al llevarse la mano al cabello comprobó que estaba enredado y tenía ramitas atravesadas entre los mechones.

¿Ramitas?

Miró hacia arriba, hacia la copa del árbol que tenía más cerca. Sintió algo al mirar las ramas sin hojas que apuntaban hacia la casa, hacia la ventana de…

—¡Ah! —Se le escapó un chillido de pavor cuando recuperó todos sus recuerdos. Qué estaba haciendo en el dojo, lo del falso matrimonio, la puerta cerrada y lo que había visto a través de la ventana antes de caerse—. ¡No, no!

. ¡Ranchan!

Salió corriendo hacia las puertas de la casa y entró con tanta furia que, de nuevo, se golpeó la espinilla contra el borde de la mesa. Esta vez sí chilló de dolor, o de frustración, pero no se detuvo. Siguió corriendo hacia las escaleras, subió los peldaños de tres en tres con el corazón casi en la boca reseca por el aire de la noche y los bichos.

¡Puede que no haya pasado nada! Se decía mientras corría hasta perder el aliento. ¡Puede que me lo imaginara sin más!

Dobló la esquina del pasillo y casi se estrella contra la pared del frente, pero rebotó sobre sus pies y se precipitó al cuarto. En la puerta, estaban las hermanas de Akane, observando el interior del dormitorio por una diminuta rendija que habían abierto.

—¿Qué…? —exclamó, sin resuello, el resto de la pregunta quedó en el aire y las otras dos la miraron con extrañeza.

—¿De dónde sales tú? —preguntó Nabiki.

—¡Del jardín!

—¿Y por qué has dormido en el jardín? ¿No te gustaba la habitación?

Ukyo se llevó una mano al pecho, tenía el deseo imperioso de hablar pero todavía le costaba debido al esfuerzo de la carrera recién levantada y por el susto, claro.

—Esa…p-puerta estaba… —consiguió decir a duras penas—; cerrada a-anoche.

—Ya —Nabiki sonrió—. Pero no es una buena cerradura.

—¿S-siguen… ahí?

Las hermanas se miraron entre sí, y Kasumi, dando un paso al frente, le dijo:

—Sí, están dormidos —Entornó los ojos con lástima—. No deberías mirar, Ukyo.

—¿Por qué no?

—Haznos caso —Insistió Nabiki e hizo el esfuerzo de fingir que se preocupaba por ella—. Es mejor no meterse en asuntos de casados.

¡Mienten! Se dijo, abriéndose paso entre ellas para asomarse a la rendija. Ranchan no…

Pero, ahí estaban, tal y como ella los había visto la noche anterior.

Ranma, con el torso desnudo, acunaba a la chica, que tampoco parecía llevar demasiada ropa encima, contra su pecho. Dormían el uno en brazos del otro. Aquella visión fue lo mismo que si hubiesen atravesado el corazón de Ukyo con un cuchillo.

Se apartó de la puerta, pálida.

—Me marcho a mi casa.

Se dio la vuelta y se alejó sin que nadie intentara detenerla.

.

.

Kasumi y Nabiki intercambiaron una nueva mirada. La mayor separó los labios, puede que para expresar compasión por la cocinera y la desdicha terrible que acababa de demostrar, pero su hermana no la dejó.

—¿Cómo diantres habrá pasado eso? —preguntó, refiriéndose a la escena del cuarto.

—Es lo que pasa si obligas a un par de adolescentes a dormir juntos, Nabiki.

—A éstos no —replicó la otra, pensativa—. Oye, ¿qué llevaba esa infusión que les diste anoche?

Kasumi se encogió de hombros.

—No sé, la receta no es mía sino no del doctor Tofu.

—¿Cómo que del doctor?

—Hace unos días estuve en su consulta para devolverle un libro y lo estuvimos comentando —explicó Kasumi, aprovechando el despiste de la mediana para cerrar la puerta—. Me ofreció probar un té especial que había elaborado pero antes de que lo preparaba, apareció un paciente y tuve que marcharme.

. Y me llevé un poco prestado.

—¿Y eso por qué?

—Tofu dijo que venía muy bien para relajarse, y que era aún mejor si lo tomabas en compañía de alguien especial —Le respondió con una ingenua sonrisa—. Insistió tanto en que lo probara, que me traje un poco para, otro día, poder darle mi opinión.

—Ya veo…

Vaya con el doctorcito…

—En fin —Kasumi volvió a sonreír, sin sospechar nada en absoluto—. Será mejor ir preparando el desayuno.

Nabiki meneó la cabeza.

—Sí, eso será lo mejor.

.

.

.

Fin

.

.

.

.

.

¡Hola Ranmaniaticos!

¡Oh, my god! Ya estamos en el día 5 de la Rankane Week O.O ¿A qué es increíble con todo lo que hemos esperado por esta semana? Bueno, no nos pongamos tristes que aún quedan dos historias más.

Por ahora, aquí está la nº 5, para todos vosotros con el tema: permíteme amarte. Este me pareció un tema complicado, de entrada parece una frase dicha por algún personaje, pero no es una frase cualquiera, no es sencilla de encajar en una historia y menos con estos protagonistas tan paraditos, jajaja, así que decidí darle una vuelta.

Sabemos que Ranma es un poco torpe, bocazas, bruto, impulsivo, etc, pero… ¿Akane le permitiría amarla si él se decidiera alguna vez? Y es que hay muchas ocasiones (malentendidos sobre todo) en los que Akane pensó que Ranma se le acercaba demasiado y sí, reaccionó apaleándole y con desconfianzas. Siempre me he preguntado si él se plantearía estas cuestiones, o si lo dejaría correr sin más, ya que el tema del amor y el matrimonio lo tiene aparcado en un futuro muy lejano, jajaja.

Bueno, ¿qué os ha parecido?

El tiempo apremia, aun así me estoy esforzando todo lo que puedo porque la calidad de estas historias no decaiga, luchando contra el agobio y el calor a partes iguales, jajaja.

¿Estáis disfrutando de la Rankane Week?

Yo estoy muy feliz de poder participar y compartir con vosotros todas estas ideas, algunas nuevas, otras llevaban un tiempo en mi cabeza, pero por fin, libres y en la pantalla del ordenador. Muchas gracias por todo vuestro apoyo, sin él no sería posible nada de esto.

Nos vemos mañana con la siguiente historia.

¡Muchos, infinitos besotes!

EroLady.