Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Creo que te Amo~
Por: Devil-In-My-Shoes
XVIII: Esclavo de la Libertad
Kuvira se despertó con la sensación de que algo le oprimía el pecho. Todo era muy confuso. No sabía dónde estaba y no sabía qué le había pasado. Miró a su alrededor. El paisaje estaba cubierto por una turbia luz roja en la que el tiempo parecía haberse detenido.
Vapores de niebla flotaban sobre ella y de ellos surgían bosquecillos de árboles cuyos troncos se abrían por abajo en cuatro, cinco o más zancos retorcidos, de forma que parecían grandes cangrejos, sostenidos sobre muchas patas en el agua negra. Del follaje pardo colgaban por doquier raíces aéreas, como tentáculos inmóviles. Era casi imposible saber dónde era firme el suelo, entre las charcas, y dónde consistía sólo en una alfombra de plantas acuáticas.
Decidió avanzar, despacio, porque debía comprobar la firmeza del suelo para no hundirse en aquel profundo abismo entre las negras aguas. Se hundió unas cuantas veces, pero consiguió siempre salir. No obstante, cuanto más profundamente se adentraba en el extraño paisaje, tanto más torpes se hacían sus movimientos. Kuvira dejó colgar la cabeza y se limitó a arrastrarse hacia adelante.
Algo le estaba drenando las fuerzas, y no lograba hallar claridad en su mente. Pensó en Korra y trató de abrirse a ella, aunque en vano. ¿Por qué no podía alcanzarla? ¿No se suponía que el vínculo se hacía más fuerte con la distancia?
El vínculo…
Volvió a hacer una pausa, pensando en Korra, en el momento en que pactaron arriesgarse juntas y la tomó entre sus brazos, en el flujo vital que de pronto había recorrido todo su cuerpo, en lo fuerte que se había sentido en ese momento, el calor que había sentido, el beso, los besos.
Y vio el hilo que las conectaba —el vínculo espiritual—, como si se tratara de un filamento reluciente y plateado que viajaba desde Korra hasta ella, y se anudaba en su corazón. Lo único que podía hacer ahora era seguirlo.
Cuánto tiempo siguió vadeando, vadeando simplemente, no lo supo nunca Kuvira. Estaba ciega y sorda. La niebla se hacía cada vez más espesa y tenía la sensación de caminar en redondo desde hacía horas, pero el hilo plateado se desenredaba y se estiraba ante ella, y era lo único que le daba certeza. No prestaba atención a donde ponía los pies y, sin embargo, nunca se hundía más arriba de la rodillas. De una forma incomprensible, el vínculo espiritual le mostraba el verdadero camino.
De repente, la misma fuerza inquietante que la lanzó del cielo y la hizo estrellarse en esa oscura ciénega dio otro brusco tirón, y Kuvira sintió que la arrastraban hacia adelante, y que lo que tiraba de ella, lo hacía sujetándola del hilo plateado que brotaba de su pecho.
Hubo otro repentino tirón, y esta vez Kuvira cayó de rodillas sobre el agua. Desconcertada, alzó la vista y vio ante ella la silueta de un hombre.
—Por fin nos encontramos, Unificadora.
Su voz era grave, profunda y decidida, y tuvo en Kuvira un efecto tan visceral que la hizo temblar de rabia. Porque era rabia lo que le provocaba y nada más que eso.
El hombre se inclinó hacia delante. Kuvira sintió sus ojos clavados en ella.
—Eres más joven de lo que había esperado. Sabía que eras joven, pero, a pesar de ello, me sorprende ver que no eres más que una niña. Aunque muchos me parecen niños hoy en día: niños imprudentes y engreídos que no saben lo que les conviene; niños que necesitan ser guiados por quienes son más viejos y más sabios.
Sólo entonces pudo verle el rostro. Tenía el cabello largo y enmarañado, una espesa barba canosa le colgaba de la quijada, y la contemplaba con unos ojos finos y rasgados, que parecían engañosamente apacibles. Nada en él resultaba fuera de lo ordinario, excepto por la cicatriz que cruzaba su ceja izquierda.
—¿Quién eres? ¿Y por qué me trajiste hasta aquí?
El hombre le dio otro tirón al hilo plateado y Kuvira ahogó un gemido.
—Tú sabes quién soy, Unificadora.
El hombre la trataba con una condescendencia altiva que lo volvía repugnante a sus ojos. Lo observó con detenimiento en un intento por reconocerlo, pero lo único que le resultó familiar fueron sus ropas; los mismos harapos que ella lució en prisión.
—Eres el otro prisionero humano que mencionaron los espíritus —dijo Kuvira.
—Soy mucho más que eso —replicó él.
Había algo en su voz que la enardecía. Era como si su manera de hablar le recordara... No, no, no le recordaba nada. Kuvira gruñó, llevándose las manos a las sienes. Tan sólo comprendía que lo odiaba. Odiaba su comportamiento frío y afectado. Y odiaba la manera en que la miraba, como si ella no fuera más que un estorbo.
—Sacrifiqué mi libertad y las vidas de mis amigos por un propósito que tú te empeñaste en destruir, Unificadora. ¡Por tu culpa, todo fue en vano!
El hombre tiró una vez más del hilo del vínculo, y Kuvira sintió el dolor y la frustración de Korra al verse encadenada en una caverna. Sintió el horror de verse indefensa ante un veneno que amenazaba con enterrársele en la piel. Y comprendió por qué reconocía su voz, y por qué su sonido la encolerizaba.
Kuvira había escuchado esa voz una vez, hace cinco años, en Zaofu. La noche en que el Loto Rojo intentó secuestrar a Korra, y ella y sus soldados de la guardia saltaron en su defensa. En aquel entonces, la apariencia del hombre era muy distinta, con el cabello y la barba afeitados, pero su voz era la misma.
Kuvira escupió su nombre con desdén.
—Zaheer.
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Korra sintió una fuerte opresión en el pecho. La tormenta se arremolinaba a sus pies, y su instinto le pedía a gritos que se zambullera en la salvaje tempestad. ¿Pero de qué serviría? El espíritu ave-dragón se detuvo, suspendido en el aire. Korra miró de nuevo hacia donde había estado Kuvira, pero sólo encontró la oscuridad y la luz de las estrellas. Si no podía sentir su mente y mucho menos verla, ¿cómo la encontraría?
Soltó una maldición, con rabia y hacia sí misma. Era su culpa. Fue ella quien tomó la decisión de seguir avanzando en la tormenta; Kuvira le dio la oportunidad de renunciar, pero ella no quiso tomarla. Korra se mordió el labio hasta que no pudo soportar el dolor. Sintió el sabor de la sangre en el paladar. Temblaba, y unas lágrimas de rabia y frustración le bajaban por las mejillas.
¿Cómo iba a encontrarla? El Mundo Espiritual era un engañoso laberinto cambiante, y Kuvira se encontraba sola y sin sus poderes de control, a merced de cualquier espíritu que buscara venganza en su contra. Porque algo se la había llevado sin duda, y ese algo era el mismo que había provocado la tormenta, con toda la intención de separarlas. El corazón se le aceleró y la visión se le hizo borrosa: Kuvira estaba en peligro.
La desesperación se apoderó de ella y sus propias emociones estaban volviendo el paisaje tan hostil como la tormenta a sus pies. El ave-dragón soltó un graznido de advertencia y Korra luchó por recuperar la compostura. Su mente no paraba, y el corazón le latía deprisa. Tenía que calmarse, recuperar el control, pero la idea de perder a Kuvira la paralizaba y le aplastaba el corazón. No sabía qué hacer. No sabía por dónde empezar a buscar. Ni siquiera sabía si Kuvira continuaba con vida. Y el alma se le retorció por siquiera considerar la pérdida de su otra mitad.
La desesperanza abatió a Korra.
—No podré. No podré —murmuraba, balanceándose a un lado y a otro—. No podré…
De la nada, oyó el inconfundible sonido de un aleteo y giró en torno a éste. Un viejo dragón de escamas rojas serpenteaba hacia ella. Y Korra escuchó que alguien la llamaba por su nombre. Muy pronto, el sinuoso cuerpo del dragón la rodeó. En la penumbra, el brillo de sus escamas quedaba amortiguado, apagado como el de las brasas de una hoguera, a la espera de un soplo de aire que le devolviera su furor. Sobre la espinosa grupa del dragón, apareció la inconfundible figura del anciano Iroh.
—¡Sígueme, Korra! —le ordenó con voz firme—. ¡Tenemos que alejarnos de la tormenta y aterrizar!
Korra lo siguió casi sin pensar. Sobrevolaron la tormenta y regresaron a las montañas. Allí, los dos imponentes espíritus se dejaron caer con un poderoso batir de alas y una nube de polvo. Korra saltó del lomo del ave-dragón y corrió, agitada, hasta encontrarse frente a la mirada gentil del viejo general de la Nación del Fuego. El dragón a sus espaldas soltó un gruñido y un grupito de espíritus curiosos echaron a volar, chillando, por entre los árboles.
Korra colapsó en los brazos del anciano y él la recibió con cariño.
—Dime lo que pasa, querida Korra. Cuando vi que empezaba a formarse una tormenta, imaginé que podría tratarse de ti. Por eso estoy aquí.
—No fui yo quien provocó la tormenta —aclaró Korra y su cuerpo se estremeció—. Alguien o algo más lo hizo. Quería que Kuvira te conociera y, en el camino, nos sorprendió la tormenta. Logramos escapar a duras penas, pero de repente, algo nos impactó y… —las lágrimas ahogaron su voz—. La perdí. No sé cómo. No sé a dónde. ¡Alguien nos tendió una trampa, y estoy segura de que ella se encuentra en peligro!
El rostro de Iroh se ensombreció.
—Comprendo la gravedad de la situación —dijo—. Su vínculo se ha fortalecido, y esa misma fortaleza hace que la sensación de pérdida se convierta en un terrible sufrimiento. Por eso necesito que hagas un esfuerzo para enfriar tu cabeza, Korra. Necesito que pienses con claridad. Siéntate y calma el embravecido mar de tu mente.
Que Iroh comparara su mente con el mar hizo que Korra se preguntara si, en alguna medida, el anciano espíritu también podía colarse en su conciencia. La idea la incomodó; sobre todo sabiendo el estado en que se encontraba ahora. Un terrible pavor la atenazaba. Durante todo ese tiempo no pudo pensar en nada que no fuera derrota y fracaso. Su desesperanza era tal, que sólo quería quedarse sentada en aquel rincón y dejarse vencer por la aflicción.
Iroh tenía razón. La separación había sido tan repentina que se sentía como si le hubieran arrancado el corazón. Y no tendría por qué ser así nunca, porque no le dolería estar tan lejos de Kuvira si pudiera mantener el contacto mental con ella. Se suponía que esa era la virtud del vínculo. ¿Por qué estaba fallándoles ahora? Eso era lo peor: la horrible sensación de vacío.
El sordo dolor de la soledad ya la invadía, y se sintió pequeña y aislada al no tener la tranquilizadora presencia de la mente de Kuvira.
Pero así no lograría nada. Pensó en que Kuvira —si seguía viva—, también estaría en alguna parte sufriendo el mismo tormento. Y sabía que Kuvira no se dejaría caer en la desesperación tan fácilmente, no después de todo lo que habían atravesado y aprendido juntas. Kuvira se alzaría en pie y seguiría adelante, buscaría alternativas… y la llamaría tonta si la veía llorando en ese rincón.
Una débil sonrisa acudió a sus labios, y Korra notó que su mente empezaba a relajarse. Se esforzó más para controlarse. Cerró los ojos y se concentró en contar sus respiraciones del uno al diez. Luego volvía a empezar. Constantemente la asaltaban pensamientos o sensaciones que la distraían, y perdía la cuenta una y otra vez. Pero al cabo de poco, consiguió serenarse lo suficiente como para obtener la aprobación de Iroh.
—Muy bien, así está mejor —asintió el anciano.
—El vínculo está fallándonos —le informó ella—. No puedo sentir a Kuvira ni contactar su mente. Es como si hubiera desaparecido de este mundo, y no quiero ni pensar en…
—No pierdas la calma —la tranquilizó—. Bien, ahora piensa. El vínculo espiritual no es sólo un medio de comunicación. Es el hilo que une sus almas, un hilo que no ha podido cortarse en más de diez mil años. ¿Crees que en el Mundo Espiritual no sería posible seguirlo?
Korra sintió una renovada esperanza.
—¡Claro! ¿Cómo pude ser tan ciega? —se llevó una mano al semblante y se concentró. Pensó en la conexión, en su significado, y Korra desbordó su deseo de volver a reunirse con su compañera de mente y corazón—. Muéstrame el camino —suplicó, cerrando los ojos—. Necesito estar con ella…
Al abrir los ojos, descubrió con asombro el brillo argénteo de un fino hilo que brotaba de su pecho, caía hasta sus pies y se estiraba hacia la lejanía, a una distancia imposible de seguir con la vista.
De improviso, Korra se puso de pie y se dirigió con prisa hacia el ave-dragón. Ya tenía una bota apoyada en la garra delantera del espíritu cuando Iroh llamó su atención.
—Tu entusiasmo es loable, Korra, pero…
—¿Qué? —la impaciencia se había apoderado de ella—. ¡No vayas a detenerme ahora!
—Korra, tienes que controlarte —le dijo Iroh en tono tranquilizador—. Recuerda las técnicas que te enseñé para meditar. Concéntrate en permitir que la tensión salga por tus piernas hacia la tierra... Sí, así. Ahora, otra vez, respira profundamente.
Cuando comprobó que la joven Avatar había bajado la intensidad, Iroh se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—¿Sabes a lo que te enfrentas? —le preguntó.
—No.
—¿Y es prudente lanzarse impulsivamente a la batalla?
—No…
Iroh se rió, complacido.
—Me recuerdas tanto a mi sobrino cuando tenía tu edad. Ah, la inquieta juventud.
Korra volvió a impacientarse.
—¡No sé cuánto tiempo tengo para…!
—Dime —la interrumpió con calma—. ¿Qué clase de espíritu crees que podría estar detrás de Kuvira?
—Uno vengativo, sin duda —sopesó ella—. Y, además, poderoso. Al juzgar por la violencia de la tormenta, su influencia en el Mundo Espiritual podría ser equiparable a la mía.
Iroh se mesó la blanca y larga barba, pensativo.
—Los espíritus saben del daño que Kuvira provocó al manipular las enredaderas espirituales, pero ninguno la había visto en persona jamás…
—Hasta hoy —añadió Korra—. Aunque ninguno de los espíritus con los que interactuamos tenía tanto poder, y tampoco podrían albergar tanto rencor contra ella como para llegar a esto.
—Es decir que estamos tratando con un espíritu con razones de peso para odiarla y atentar contra su vida. Un espíritu que ya había visto a Kuvira mucho antes de que ella pusiera un pie en el Mundo Espiritual.
—¡Pero eso es imposible! —exclamó Korra—. ¡No creo que un espíritu vengativo haya podido conocerla desde antes! A menos que… no sea… un espíritu…
Korra sintió un temblor por todo el cuerpo y apretó la mandíbula. Tuvo miedo, pero sólo durante un segundo, porque éste fue inmediatamente reemplazado por furia y determinación. Se impulsó, apoyada en la garra delantera del ave-dragón, y subió a su lomo. Miró a Iroh con un tinte oscuro en los ojos.
—Es Zaheer —espetó—. No puede ser otro. No intentes detenerme ahora, porque no pienso obedecerte. Kuvira me necesita.
El dragón a espaldas de Iroh soltó una bocanada de humo y agachó la cabeza. Iroh se sujetó de las afiladas púas y se aupó para colocarse en la grupa. Con un asentimiento dijo:
—No pretendo detenerte, Korra —esbozó una sonrisa—. Pretendo ir contigo.
Ella le devolvió la sonrisa, agradecida.
—Aprecio tu ayuda, viejo amigo.
El sinuoso dragón rojo caminó hasta el borde de la montaña y abrió las voluminosas alas. La tierra tembló cuando saltó hacia el cielo, surcado de nubes, y el aire se estremeció y vibró con el batir de sus alas, y se alejó del océano y de los árboles de abajo. Korra se sujetó de las plumas del ave-dragón y siguió al viejo general, lanzándose a cielo abierto y cayendo unos metros antes de ascender y colocarse a su lado.
El Avatar se puso a la cabeza y los dos espíritus se dirigieron hacia el brillo plateado del fino hilo que se tensaba a la distancia. Cada uno batía las alas a un tempo distinto, pero ambos volaron veloces por encima del extenso bosque.
—Fui una estúpida al no considerar el peligro que Zaheer podría representar para Kuvira —gruñó Korra—. Tuve confianza en él por la ayuda que me brindó hace dos años, y no me pareció que dejarlo visitar el Mundo Espiritual a través de la meditación fuera gran cosa. Quise creer que, tal vez, eso le ayudaría a encontrar algo de paz…
Volando a su lado, Iroh suavizó la expresión de su mirada y repuso:
—Tus intenciones eran buenas, Korra. Pero Zaheer está arraigado a sus creencias; él nunca cambiará su forma de pensar.
—No, pero tenía la esperanza de que aquí, en el Mundo Espiritual, aprendería un poco de humildad y, quizás, se arrepentiría de sus crímenes —Korra sintió pena y enojo—. Fui una ingenua. Ahora veo que, después de todo, sólo me ayudó a liberarme de mis miedos porque ansiaba que alguien más se deshiciera de la amenaza de Kuvira por él.
—Si Zaheer no desea reconocer sus errores, querida Korra, nada puede obligarlo a que lo haga. En cualquier caso, tú has hecho todo lo que has podido por él. Ahora debe encontrar la manera de reconciliarse con su destino, por sí mismo.
Korra apretó los dientes, frustrada. No tenía sentido sentirse traicionada por Zaheer, pero no podía evitarlo. Porque, en lo profundo, le estaba agradecida por su ayuda y su guía. Sin él, jamás habría podido regresar al Mundo Espiritual ni reencontrarse con el espíritu de Raava. Y furiosa, tuvo que recordarse a sí misma que Zaheer había sido el causante de todos esos inconvenientes en primer lugar. Fue Zaheer quien la destruyó. Él jamás la hubiera ayudado de no ser porque, en ese momento, tenían un enemigo en común. Y ahora, Zaheer tenía la oportunidad de deshacerse de ese enemigo con sus propias manos…
—Zaheer se reconciliará con su destino —masculló con rabia Korra—. O yo misma me encargaré de que no viva para lograrlo.
Iroh dejó vagar la mirada desde Korra hacia el horizonte. Entonces asintió rápidamente con la cabeza y, de nuevo, clavó sus ojos dorados en Korra. Su rostro adquirió una expresión incluso más solemne que antes.
—Será lo que tenga ser —suspiró.
El dragón de Iroh arqueó el cuello y emitió un vibrante rugido. Delante de él, el ave-dragón respondió de la misma forma. Sus fieros rugidos encontraron eco en la enorme cúpula del cielo y asustaron a todo espíritu, pájaro o animal, que los escuchó.
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Zaheer no reaccionó cuando Kuvira logró identificarlo. Se mostraba indiferente ante ella, pero, al mismo tiempo, sus ojos describían un profundo desprecio. Kuvira no le desvió la mirada; lo observó fijamente, con aire desafiante, a pesar de su posición, de rodillas en el suelo mojado. No se dejaría intimidar por él.
—Así que tú eres, en palabras de Korra, «la peor dictadora que el Reino Tierra haya visto» —dijo Zaheer, impávido.
Usaba las palabras de Korra en su contra y eso la irritó.
—Y tú eres el terrorista que sumió al Reino Tierra en el caos —replicó Kuvira—. Sabes que limpiar tu desastre fue lo que me acabó convirtiendo en la Gran Unificadora. Si te molesta lo que hice, cúlpate a ti mismo.
Zaheer exhaló una risita nasal.
—¿Culparme? —se burló—. Puede que haya calculado mal lo que pasó cuando maté a la Reina Tierra, y puede que me arrepienta por la muerte de mis amigos, pero no hice nada por lo que deba culparme a mí mismo.
A Kuvira se le escapó una sonrisa cínica.
—Debe ser agradable vivir así, en la completa negación. Por mi parte, yo no he podido dejar de culparme. Aceptar y asumir el peso de mis errores fue humillante, pero al menos tuve el valor para hacerlo.
Zaheer frunció el ceño y dio un brusco tirón del hilo plateado que sobresalía por el pecho de Kuvira. Ella apretó los dientes y reprimió su dolor.
—¿Estás llamándome cobarde? —rugió y la miró directamente a los ojos, con una mirada implacable—. ¿Cuál fue la justificación que usaste para esclavizar a toda esa gente? ¿Salvarlos del abandono? ¿Qué sabes tú del verdadero sufrimiento? Fuiste criada por una de las personas más poderosas del Reino Tierra. Y fuiste entrenada para la grandeza; la tenías esperando en bandeja de plata. En cambio, yo…
—No me interesa —gruñó Kuvira—. No voy a usar mi pasado como excusa y tú tampoco deberías. No tengo la menor intención de malgastar mi aliento comparando mi sufrimiento con el tuyo. Si realmente vamos a perder el tiempo discutiendo, será mejor que terminemos de una vez con esta pelea ideológica —Kuvira se humedeció los labios. Aunque sabía que su atrevimiento podía costarle caro, añadió—. Los dos estábamos equivocados. No teníamos ningún derecho de imponernos sobre la gente del Reino Tierra.
Zaheer dio un paso adelante y Kuvira luchó por mantenerse firme.
—Yo no estaba ni estoy equivocado, Unificadora —aseveró—. Y al contrario de ti, yo no me impuse sobre la gente del Reino Tierra. Yo les di lo que tú les quitaste: libertad. El Reino Tierra llevaba miles de años reprimido por las mismas cadenas. Las cadenas de la monarquía; y durante miles de años, poco fue lo que cambió, salvo los nombres de los reyes y de las reinas que vivían cómodamente sentados en sus tronos.
Kuvira oía sus palabras, pero tenía la mente enfocada en las manos de Zaheer. Entre sus dedos reposaba el hilo de su vínculo espiritual, y se preguntaba si Zaheer estaba consciente de lo que era, puesto que lo estaba utilizando para someterla a sus pies. ¿Acaso era él quien bloqueaba su contacto con Korra? ¿Siquiera sabía que su vínculo la unía a Korra? ¿Y qué tanto daño podría hacerle Zaheer al vínculo una vez que ella decidiera intentar escapar?
Zaheer seguía hablando:
—¿No te parece eso la mayor maldad del mundo, Unificadora? La vida es cambio, y sin embargo, los reyes y reinas lo reprimieron, dejándolo todo en un incómodo letargo, incapaz de sacudirse las cadenas que lo ataban, incapaz de avanzar o retroceder como dicta la naturaleza... incapaz de convertirse en algo nuevo. Los monarcas eran unos cobardes apegados a un viejo modo de vida y de pensamiento, decididos a defenderlo hasta su último aliento. La suya fue una tiranía blanda, pero una tiranía, al fin y al cabo.
—Y la solución fue el asesinato y la traición, ¿verdad? —espetó Kuvira, indiferente a si aquello le supondría un mayor castigo o no—. Estoy de acuerdo en derrocar a la monarquía. Hasta ahí pienso igual que tú. Pero lo que el Loto Rojo desató…
Zaheer se rió como si aquello le hubiera hecho gracia de verdad.
—¡Qué hipocresía! Me condenas por lo mismo que tú hiciste. ¿Hablas de asesinato y traición? Ambos los llevamos a cabo, tú y yo, en el instante en que decidimos acabar con la vida del Avatar.
Kuvira sintió un escalofrío en la columna. La repulsión la invadió, su garganta se apretó y tuvo que endurecerse para soportarlo.
—¡Y estoy feliz de no haberlo logrado! ¡Matar a Korra habría sido mi ruina! Sí. Traté de imponer orden y unidad a una tierra arruinada por monarcas tiranos y guerras sin fin. Me vi forzada a tomar las peores decisiones para lograrlo de forma efectiva y rápida durante los tres miserables años que los otros líderes mundiales me concedieron. Y estaba preparada para morir en la cima de mi supremacía, con toda mi vida y sacrificios desperdiciados, pero fui salvada... Korra me salvó de mí misma… y salvó al mundo de mí. No puedo deshacer lo que he hecho; las muertes sin sentido y el sufrimiento de tantos… —respiró—. Nada volverá a ser igual después de lo que hice, y desearía no haberlo hecho. Pero todo eso me cambió, para mejor. Soy más fuerte ahora. Y el Reino Tierra también.
Los músculos del cuello de Zaheer se tensaron, pero Kuvira prosiguió.
—Tienes razón, la vida es cambio e impedirlo es cruel. El Reino Tierra cambió. Yo cambié. ¿Qué hay de ti? Sigues siendo el mismo, con el mismo pensamiento errado. ¿Dices que liberaste al Reino Tierra? El caos no es libertad. Al igual que yo, trataste de imponer tu ideología sobre esas personas. Tu anarquía no hizo más que sembrar miseria y terror. Cuando llegué a Ba Sing Se no encontré más que a brutos y bandidos; arrasando el campo, quemando, saqueando y violando a mujeres y niñas inocentes a su antojo. ¿Esa es tu idea de un mundo mejor? ¡Nada de eso es natural! ¡Mi régimen podrá haber sido duro e injusto, pero al menos le puso fin a esa barbarie!
Kuvira sintió el duro impacto de una bofetada que le volvió el rostro con brusquedad.
—¡Ni siquiera te atrevas a sugerir que eres mejor que yo! —espetó Zaheer—. Lo que la humanidad haga yace fuera de mi control. Si su voluntad es destruirse entre ellos, entonces debe ser así. ¡Qué la humanidad desaparezca! ¡Si ese es el orden natural que han de seguir las cosas, lo prefiero a dejar que otros tiranos como tú nos controlen!
Kuvira no sabía de dónde sacaba el valor para contradecirlo, pero se sentía fuerte y con ganas de desafiarlo. Tanto si Zaheer la castigaba como si no, estaba decidida a decir lo que pensaba. Giró el rostro lentamente y, a pesar del dolor, exclamó:
—¡No es nuestra responsabilidad decidir lo que es mejor para la humanidad! ¡Es del Avatar! Nació para mantener la paz y el equilibrio. ¡Sí! La humanidad es descarriada, violenta y cruel. ¡Pero no tiene por qué ser así! El Avatar ha sido capaz de guiarnos hacia la armonía en muchas ocasiones en el pasado. La historia podrá repetirse, pero… Mientras exista el Avatar, existe la esperanza.
Zaheer se rió, pero Kuvira no cedió.
—Yo elijo creer en la voluntad del Avatar. Elijo creer en Korra. Esa es mi libertad y tú no puedes negármela. Como no puedes negársela a aquellos que anhelan la oportunidad de elegir por sí mismos. Tú no puedes decidir lo que es mejor para el mundo, ya que, al hacerlo, te conviertes en lo mismo que yo fui: un dictador.
Zaheer hizo un movimiento y Kuvira notó que estaba a punto de responder, pero ella aún no había acabado con él.
—¿Y qué hay de los maestros aire? No puedes convencerme de que tu causa es justa cuando estabas dispuesto a exterminar a toda una raza para lograr tu cometido. ¿No tienes respuesta para eso, infeliz? Pues háblame de Korra —añadió, presa de la rabia—. Háblame de cómo pretendiste secuestrarla cuando era sólo una niña, para imponer tus ideales en ella. Háblame de cómo provocaste que pasara la mayor parte de su vida encerrada en un búnker por miedo a ti y al Loto Rojo. Y para acabar, explícame lo que hiciste con ella cuando finalmente la tuviste en tu poder; cómo la doblegaste y la destrozaste para someterla a tu voluntad. ¡Tú no eres ningún libertador!
Zaheer se la quedó mirando un largo rato en un incómodo silencio. Entonces Kuvira vio cómo se movían sus dedos, apretando el fino hilo del vínculo espiritual.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Y creo que ya es hora de que compense a Korra por lo que le he hecho. Si es libertad lo que quieres para ella, entonces empezaré por liberarla de esta repugnante cadena a la que llamas vínculo espiritual.
Aquello trastornó a Kuvira, pero se esforzó en no dejarse descorazonar.
—¿Cómo? —se le atascaron las palabras—. ¿Cómo sabes del vínculo espiritual?
De la garganta de Zaheer salió una carcajada sonora como un ladrido. Era la primera vez que lograba sacarle una reacción contrariada a Kuvira y no se reprimió al disfrutarlo. No había podido quebrantarla al recodarle la gravedad de sus nefastas acciones como la Gran Unificadora, pues Kuvira ya se había perdonado a sí misma por eso y tenía la fortaleza para soportarlo, pero esto... Esto sí le afectaba.
El pánico se extendió por la mente de Kuvira, y mientras luchaba por sobreponerse al miedo, comprendió que le había dado a su enemigo la clave para desarmarla. Gritó para sus adentros y se revolvió, furiosa consigo misma por no haberlo hecho mejor.
—He dedicado mi vida al estudio de todo lo que concierne a lo espiritual, por eso créeme cuando te digo que comprendo a la perfección la noción del vínculo y de su naturaleza —la mirada de Zaheer se oscureció, pero sólo por un momento—. Mi filosofía me pone en contra de todas las ataduras y ésta, me parece la peor de todas. Es irónico que me condenes por esclavizar a Korra, cuando eres tú quien la mantiene cautiva.
Kuvira reprimió las ganas que tenía de escupirle a la cara.
—¿Ahora te preocupa su libertad? —replicó.
Zaheer jugueteó con el hilo entre sus dedos.
—Hay algo que ignoras, Unificadora. Algo en mí sí cambió. Tras mi derrota ante Korra, tuve una revelación sobre su poder: es infinito y, de quererlo, podría darle forma al mundo a su antojo. Como tú, yo también aspiro a creer en el Avatar —elevó la mirada, siguiendo el brillo del hilo plateado en la distancia—. Korra… Ningún otro Avatar ha cambiado al mundo tanto como ella. Quiero creer que, llegará el día en que Korra también será capaz de comprender la magnitud de su poder y lo que puede hacer con él. Pero, para lograrlo, debe liberarse de todas sus ataduras, tanto mentales como espirituales. Una vez que lo haga, alcanzará la verdadera iluminación, la misma que alcanzó Gurú Laghima —sonrió—. Quizás no todo está perdido, quizás mi verdadero propósito, sea ayudar a Korra a seguir ese camino…
—¡Korra ya eligió su propio camino!
—Y se dará cuenta de su equivocación, tarde o temprano —continuó Zaheer—. Por años creí que mi deber era formar al Avatar según los mandatos del Loto Rojo, y cuando eso falló, me engañé al pensar que, destruyendo el Ciclo del Avatar, podría crear la Nueva Era que siempre he deseado. Ese fue mi error y aprendí de él. Ahora lo veo claramente, mi deber es hacer que Korra alcance la iluminación. Ella es la elegida, de eso ya no tengo ninguna duda. Será ella quien transforme a este mundo. Cuando alcance la iluminación comprenderá que: «un nuevo mundo no puede existir sin la destrucción del antiguo primero». Y cuando eso suceda, yo estaré ahí para ayudarla.
—Y la ayudarás librándola de mí, ¿es eso? —repuso Kuvira, incrédula—. ¿Qué harás? ¿Destruirás mi espíritu? Es demasiado conveniente, ¿no te parece? Cumplirás con tu cometido y te librarás de tu peor enemigo al mismo tiempo.
—Es así cómo debe ser. Un vínculo espiritual es sólo una atadura más. Y para el Avatar, es un lastre que ha tenido que arrastrar por más de diez mil años —de nuevo miró a Kuvira con desprecio—. Y es especialmente pesado si lo une a… alguien como tú.
Kuvira respiró hondo y sacudió la cabeza ligeramente.
—Alguien como yo… —repitió, sin poder ocultar su tristeza—. No hace mucho tiempo yo habría estado de acuerdo contigo, ¿sabes? Porque, ¿cómo podría alguien tan benévolo y extraordinario como Korra desperdiciarse con… alguien como yo? Incluso llegué a repudiar el vínculo. No tiene ningún sentido y, aun así, ella me eligió. Vio algo en mí que la inspiró a vivir y, después, ella quiso inspirarme a mí del mismo modo. Y funciona. Crecemos la una con la otra, nos complementamos. Somos Yin y Yang. —Y llena de certeza le advirtió—: Una no puede existir sin la otra. Destruye mi espíritu y, con seguridad, destruirás el de Korra.
Zaheer se mostró decepcionado, aunque no por la razón que ella hubiera querido.
—Puede ser… Ya has contaminado a Korra con tu influencia lo suficiente como para hacerla enloquecer si te destruyo —musitó, pensativo—. Y no puedo arriesgarme a perturbar la mente de Korra de ese modo. Es una lástima, yo habría disfrutado alimentando a un espíritu devorador con tu alma —soltó una risita resignada—. No importa. Conozco otra forma de castigarte y de liberar a Korra al mismo tiempo.
—¿Qué derecho tienes tú de castigarme? —repuso Kuvira, indignada—. Me rendí ante el Avatar y me entregué a las autoridades de la República Unida; y acepté cualquier castigo que ellos me impusieran —trató de no sonar desesperada—. Me puse a merced de la ciudad que ataqué. ¿Por qué deberías ser tú quien emita un juicio?
—Ciudad República podrá estar satisfecha con una inútil sentencia en prisión, pero el Loto Rojo no —dijo Zaheer—. Como ya lo discutimos, el Loto Rojo se dedica a restaurar la libertad en el mundo. Negar a otros esa libertad es imperdonable. Tu pecado es imborrable.
—¡No tienes ningún poder sobre mí, y si crees que no voy a luchar para impedirlo, estás-…!
—¿Luchar? —se carcajeó él—. ¿Cómo vas a luchar si no tienes tu cuerpo ni tus poderes? ¿Cómo vas a luchar si te tengo sujeta por la parte más sensible de tu alma? —dijo, mostrándole el hilo plateado del vínculo—. Mejor olvídalo y acepta tu destino. Niégate a merecer este castigo si eso te complace; pero si le tienes tanta devoción a Korra como dices, entonces me dejarás liberarla de tus inmundas ataduras. No le hace ningún bien entrelazar su alma con la tuya y lo sabes. Siempre lo has sabido, Unificadora. El vínculo no hará sino acarrearle más dolor, y entre más tiempo pase unida a ti, mayor será el sufrimiento cuando, inevitablemente, tenga que separarse de ti. En eso, al menos, estarás de acuerdo conmigo.
Toda emoción despareció del rostro de Kuvira y los pensamientos que se agolparon en su mente la hicieron bajar la cabeza, como si la aplastaran.
«Es cruel… Que un alma tenga que seguir a la otra, sin ninguna esperanza de coincidir en la siguiente vida, por la eternidad…».
«Duele estar separadas. Lo odio. Siempre quiero saber que estás cerca. Y ahora entiendo por qué…».
«Soy muy feliz… pero no dejo de pensar en que el mundo jamás nos aceptará. Y, tarde o temprano, una de las dos saldrá herida».
«Esto del vínculo espiritual nunca se ha sentido como un milagro para mí. Parece, más bien… un accidente».
Zaheer se inclinó frente a ella y a Kuvira le pareció notar un atisbo de compasión en los duros rasgos del hombre.
—Por tu reacción, veo que sí estás de acuerdo conmigo —le dijo, al tiempo que le ponía una mano sobre el hombro—. Voy a romper el vínculo espiritual, pero para hacerlo primero debo romperte por dentro. Si tu alma se debilita lo suficiente, el vínculo también lo hará —Zaheer la miró con un brillo extraño en los ojos, uno que se parecía sospechosamente al de las lágrimas—. Harás bien en no resistirte, Kuvira.
Era la primera vez que él pronunciaba su nombre y eso la desconcertó. ¿En realidad iba a permitirle seguir con esto? ¿Era esto lo que ella deseaba? Romper el vínculo… ¿Podría eso, de alguna forma, salvar a Korra de un insoportable sufrimiento futuro?
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando, de repente, vio que un resplandor dorado envolvía la mano derecha de Zaheer. Y sin dudarlo ni un momento, el hombre se lanzó hacia adelante y la atravesó con esa mano. Kuvira sabía que ninguno de ellos tenía cuerpo, que eran sólo sus espíritus, pero antes, aquella ilusión de su cuerpo le había parecido tan sólida… ¿Cómo había podido atravesar su pecho con tanta facilidad?
—Energía control —dijo Zaheer, nada más notar su mirada incrédula—. Un arte difícil de dominar, pero no imposible. En estos cinco años en prisión he tenido el tiempo suficiente para perfeccionarlo. Pocos maestros pueden lograrlo; entre ellos Korra y su tío Unalaq. Y como habrás notado, se requiere de un profundo conocimiento espiritual. —Sin más dilatación añadió—. Ahora voy a romperte.
El dolor que sintió era insoportable; Kuvira se revolvió, luchando contra el agarre de Zaheer, y soltó un grito hacia el cielo, pero no podía escapar a aquel tormento, ni en aquel momento ni en el tiempo aparentemente interminable que siguió. Otros ataques de control con los elementos le habían dolido más, pero los habría preferido, porque el agua, el fuego y la tierra eran impersonales, inanimados y predecibles, todo lo que no era el toque de Zaheer.
Kuvira perdía y recuperaba la visión, y se sorprendió a sí misma llorando, lo que le molestaba profundamente, pero no podía parar por mucho que lo intentara. La mano de Zaheer penetró en su alma como una cuchilla, afilada hasta el límite, y se instaló en lo más profundo de su ser. La hoja de la cuchilla giró y fue como si mil espinas rasgaran el tejido de su espíritu, intentando destruir su voluntad.
La hoja se hundió más y más en su ser, y Kuvira soltó un alarido, incapaz de defenderse. ¿Era esto realmente lo que quería? Destruir el vínculo protegería a Korra de un insoportable sufrimiento, pero, ¿lo querría ella así? Si Korra lo supiera, ¿lo aceptaría?
«Aunque eso sea cierto, y me procure la mayor de las tristezas en el futuro, es algo a lo que estoy dispuesta a arriesgarme, Kuv».
La fuerza de voluntad le daba fuerzas para seguir, pero por muy decidida que estuviera, su alma tenía un límite de resistencia, y Kuvira sentía que lo había rebasado con creces. Daba la impresión de que se había roto algo en lo más profundo de su ser, y ella ya no tenía ninguna confianza en poder recuperarse.
—Ahora romperé el vínculo —dijo Zaheer.
En cuanto tocó el hilo plateado que se anudaba en su corazón, Kuvira sintió como si la estuvieran desgarrando por dentro. Un mar de recuerdos ajenos la invadieron: encontrar a Naga de cachorra entre la nieve… Pasar su primera prueba de fuego control con el Loto Blanco… La sonrisa gentil de la Maestra Katara al alentarla para que se fugara hacia Ciudad República…
Kuvira soltó un grito rasposo y se quedó atenazada por la intensidad de aquel contacto. Eran los recuerdos de Korra; su vínculo era fuerte y profundo, sus almas estaban demasiado entrelazadas, y era como si la misma Korra rechazara la pérdida del vínculo.
«¿Qué hay de ti? ¿Te arriesgarías a seguir este camino conmigo, Kuv?»
La hoja de la cuchilla giró una vez más, presta a cortar el hilo. Kuvira gritó hasta quedarse sin voz.
«Gracias por arriesgarte conmigo, Kuv».
Los ojos de Kuvira se cubrieron de lágrimas. Su decisión había sido arriesgarse. Había jurado estar ahí para Korra, a pesar del sufrimiento. Romper el vínculo no era su deseo. Nunca lo había sido. Era el deseo de Zaheer y, de algún modo, él había conseguido imponer su voluntad sobre la suya. Había sido manipulada y eso la enfureció.
—Suéltame, maldito —gruñó ella, aferrándose al brazo de Zaheer—. ¡Suéltame!
—Ríndete —susurró él, atenazándola con aún más fuerza—. Ríndete al vacío…
Kuvira gritó y, en su desesperación, su mente salió al encuentro de la de Korra.
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El aire era frío y húmedo, y olía a lluvia reciente. Una luz rojiza envolvía el círculo de tierra que rodeaba la ciénega pantanosa a sus pies, una tierra en la cual no crecía la hierba, solamente líquenes y musgo y, de vez en cuando, un grupo de hongos acres. Korra presionaba el vuelo del ave-dragón hasta sus límites mientras buscaba, desesperada, a Kuvira con la mirada en aquel paisaje desolador.
—Vamos, vamos… —murmuró impaciente—. ¡Tengo que estar cerca!
Miró hacia atrás y se percató de que había perdido el rastro de Iroh y su dragón. En cuanto el hilo de plata comenzó a acortarse, Korra había forzado al ave-dragón a doblar su velocidad y, en consecuencia, había dejado a Iroh atrás. Se maldijo en voz baja, pero no se detuvo ni redujo la velocidad. Iroh la alcanzaría en algún momento, eso no le preocupaba.
Lo que le preocupaba era la bruma que comenzaba a enrollarse en la ciénega como una serpiente dormida. En cuanto comenzó a perder visibilidad, Korra consideró saltar y continuar con su búsqueda a pie.
Y cuando sus botas se hundieron en el fango, Korra la sintió.
—¡Kuvira! —gritó, tanto con la mente como con la voz, y su nombre resonó en las paredes de piedra con la fuerza del rugido de un dragón.
K-Korra…
El contacto de Kuvira era débil, demasiado. Korra comenzó a correr, cada vez más preocupada, y le abrió la mente tanto como le fue posible, para que pudieran encontrarse sin reservas. Korra jadeó, tropezó y estuvo a punto de caer. Lo que sintió al recibir la conciencia de Kuvira la hizo palidecer.
«Dolor».
Era una agonía, un dolor que la dejaba sin capacidad de pensar, un dolor que nunca antes había experimentado, tan intenso que se hubiera cortado la mano para quitárselo. Era como si le estuvieran desgarrando el alma.
No se podía mover...
Incluso el menor cambio de postura le provocaba un tormento insoportable.
Todo a su alrededor se sumió en la sombra.
Entumecida y temblorosa, Korra se concentró en controlar la respiración. Inhalaba despacio y superficialmente para minimizar el dolor. Aunque le resultó difícil, vació la mente de todo pensamiento: lo que había sido y lo que podría ser no tenía importancia. Sólo importaba alcanzar a Kuvira, y lo haría a cualquier costo.
Corrió con dificultad, hundiéndose en charcas profundas y atorándose en el lodo, sin quitar su mirada del hilo de plata que la unía con Kuvira. Corrió y corrió, soportando un dolor y una miríada de recuerdos que no eran suyos, pero que estaba dispuesta a aceptar con tal de llegar a su destino.
Por fin la encontró: Kuvira estaba de rodillas, sometida por Zaheer, que había atravesado su pecho con una mano, mientras que Kuvira luchaba ferozmente por quitárselo de encima. Algunas partes de su cuerpo espiritual habían comenzado a borrarse; sus brazos y sus piernas eran casi transparentes… Su alma había sustentado un daño incomprensible.
Las miradas de Korra y de Kuvira se encontraron un instante. Korra vio en sus ojos un miedo y una impotencia rápidamente sustituidas por la resignación, como si supiera que, por mucho que lo intentara, no conseguiría librarse de Zaheer.
Kuvira sonrió con cierta amargura.
Y el vínculo se debilitó, amenazando con romperse.
Necesito de tu fuerza, Korra…
¡Y la tendrás!
Entonces ambas fundieron sus identidades en un grado mayor que nunca, venciendo todas las diferencias para convertirse en una sola identidad. Gritaron furiosas y se impulsaron con los pies sobre la tierra, haciendo un esfuerzo monumental por derribar a Zaheer. Apretaron los dientes y se incorporaron. Y vieron el asombro plasmado en la mirada de Zaheer.
Una vez de pie, Kuvira no habría sabido decir de cuál de ellas era la boca que gritaba palabras de aliento, ni de quién era el brazo que la ayudó a sacarse la mano del hombre del pecho, ni de quién era el poder que hacía uso de la energía control para atacar a Zaheer del mismo modo que él lo había hecho con Kuvira. Y así, juntas hundieron la mano en el pecho de Zaheer y sacaron a la luz un fino hilo de plata… cortado en el extremo.
—Tú tenías… —susurró Kuvira.
—Un vínculo espiritual… —terminó Korra.
Zaheer se tambaleó hacia atrás, jadeando, y el enmarañado cabello largo le cayó sobre la cara.
—Sí… —dijo—. Y yo mismo lo corté.
Sus palabras llegaron apagadas a Korra, que se había quedado mirando a Kuvira; las piernas le temblaron y cedieron a su debilidad, y Korra se apresuró en sujetarla para evitar que cayera inconsciente en las turbias aguas de la ciénega. La sostuvo con cuidado, acunándola en su pecho. Su cuerpo espiritual continuaba apareciendo y desapareciendo, casi borrándose.
—¿Qué fue lo que le hiciste? —demandó Korra, con una voz fría y severa.
—Hice lo que tenía que hacer. Lo que era absolutamente necesario para ayudarte a alcanzar tu máximo potencial, Korra.
—No recuerdo haber pedido tu ayuda —gruñó ella.
—Lo hiciste hace dos años —replicó Zaheer—. Y te lo dije: tu poder es ilimitado, pero tú misma estás reprimiéndolo. Eres el Avatar, y te debes a ti misma alcanzar la completa iluminación, para así cumplir con tu destino.
—¿Qué sabes tú de mi destino?
—Todavía eres demasiado joven para comprenderlo, pero en el futuro-…
—¡Es mi futuro! —vociferó furiosa—. ¡Y te quiero fuera de él!
—¡Preferirías hundirte en la miseria con esta…! —señaló a Kuvira, todavía inconsciente en los brazos de Korra—. Esta tirana infeliz… ¡No tienes idea del sufrimiento que va a acarrearte! Créeme, Korra —había agonía en su voz—. Sé de lo que te hablo…
—Lo que te pasó a ti, no tiene por qué pasarme a mí. Además, ¿por qué te importa tanto mi sufrimiento? ¿Acaso no querías matarme?
Una sombra oscureció el rostro de Zaheer.
—Ese fue un terrible error —dijo—. Uno que superaste magistralmente. Tu potencial debe ser protegido, Korra. Eres la respuesta al deseo de todos los miembros del Loto Rojo. Sólo tú puedes salvar el legado de aquellos que dieron sus vidas por esta causa: Gazan, Ming-Hua…, P'li… —Observó a Korra fijamente—. ¿Está mal el deseo de mi maestro? Xai Bau quería unir al mundo bajo una sola bandera, eliminar la necesidad de guerrear y restablecer el orden natural de las cosas… Algún día lo comprenderás, Korra, y volverás a mí por ayuda.
Los rasgos de Korra se contorsionaron de furia. Con mucho cuidado, depositó el cuerpo de Kuvira sobre un banco de tierra firme, y echó a caminar hacia Zaheer, con la respiración pesada.
—¿Cómo puedes justificar que se cause tanto sufrimiento por los desvaríos de un loco? La Orden del Loto Rojo no ha hecho más que quemar, matar y robar. Mienten. Asesinan. Manipulan. ¡Yo nunca me uniré a su causa! ¡Antes muerta! —Korra se detuvo y adoptó un tono más amable—: No eres libre, Zaheer. Nunca lo has sido. Eres esclavo de tus convicciones —señaló el hilo de plata roto que colgaba de su pecho—. Por eso rompiste tu vínculo espiritual…
Sus palabras descolocaron a Zaheer.
—El dolor era insoportable —admitió él—. Me habría destruido… Pero, al cortarlo, mi alma se liberó al vacío y superé los límites de lo terrenal. Fui liberado.
—No… —suspiró Korra—. Tan sólo te condenaste a la soledad eterna. ¿Crees que ella lo hubiera querido así? —vio que Zaheer dio un respingo—. La maestra fuego, P'li… Estabas vinculado con ella, ¿no? Lo supe al tocar tu vínculo roto.
—No te atrevas —dijo Zaheer, con la voz hueca y tensa. Dio un paso atrás y se llevó las manos a las sienes—. ¡No te atrevas a mencionarla!
—Ella te amaba, Zaheer. A ti, y no a la causa del Loto Rojo. Todo lo que hizo, lo hizo buscando tu felicidad; incluso sacrificó su propia vida, y tú… —le tembló la voz—. Tú cortaste el vínculo que los unía, como si no significara nada. Sin considerar sus sentimientos, despreciaste todo lo que ella hizo y dio por ti.
—¡No quiero oírlo! ¡No sabes de lo que hablas! —gritó y se tambaleó.
Korra se le aproximó lentamente, decidida a hacerlo comprender la gravedad de lo que le había hecho a P'li. Iba a destruirlo al igual que él la destruyó.
—¿Y para qué? —dijo ella, con un tono mordaz—. ¿Para alzarte en vuelo por encima de los demás? Eso no es libertad, ¡es una condena! ¡No quiero ni imaginar lo que P'li debe de estar sintiendo! ¡Su soledad! ¡Su miedo! ¡Nada de eso te importó al momento de cortar el vínculo! ¡La has abandonado y traicionado!
—¡Ya basta! No puedo soportarlo... —Zaheer cerró los ojos y las mejillas se le cubrieron de lágrimas—. P'li…
Entonces Korra cogió aire, lo soltó y levantó la cabeza más aún que antes.
—Tal vez es bueno tener ciertas ataduras —reflexionó ella—. Y ponernos límites a nosotros mismos. Yo jamás rechazaría el amor en nombre del poder. Y odiaría alcanzar la iluminación nada más que para terminar tan sola como tú. No necesito más libertad de la que ya poseo, y no tengo ninguna necesidad de volar —concluyó—. Soy muy feliz así… con los pies sobre la tierra. Y si he de sufrir a causa de mi vínculo con Kuvira, lo haré con gusto. Ella lo vale.
Dicho esto, le dio la espalda a Zaheer y regresó junto a Kuvira, la tomó en sus brazos y la cargó delicadamente.
Zaheer levantó la mirada hacia ellas, con el rostro cubierto de sudor y lágrimas. Se estremeció y empezó a balancearse a un lado y al otro. Los tendones del cuello se le marcaban como las hebras de una soga retorcida.
—¡No te creo! —gritó, escupiendo de la rabia—. ¡No pienso creerte! ¡Y tampoco pienso dejar que esa maldita dictadora se marche sin recibir el castigo que merece!
Gritando, Zaheer cargó contra ellas, dispuesto a embestirlas con un ataque desesperado. Korra se tensó y gruñó, y se dejó poseer por el espíritu de Raava, alcanzando así el Estado Avatar. Se volteó hacia él, con un rugido y una expresión feroz en el rostro, preparada para acabarlo de una vez y para siempre. La piedad ya no era una opción para ella.
Se dispuso a atacar a Zaheer con todo lo que tenía, cuando una poderosa voz gritó desde el cielo:
—¡Ya es suficiente!
Un dragón flotaba encima de ellos, brillante y chispeante bajo un rayo de sol, como un lecho de ascuas al rojo vivo. Echó el cuello atrás, como una serpiente a punto de atacar, y soltó un grueso torrente de fuego que obligó a Korra y a Zaheer a retroceder. Entonces el dragón aterrizó y Iroh se dejó caer sobre el campo de batalla, interponiéndose entre los dos combatientes.
—Déjalo, Korra —murmuró el anciano, dándole la espalda a la joven y con los ojos fijos en los de Zaheer—. No vale la pena. Él ya lo ha perdido todo…
Korra asintió y se relajó, y el brillo del Estado Avatar desapareció de sus ojos. Por su parte, Zaheer se echó hacia atrás como si lo hubieran pinchado, y su rostro se endureció y se volvió frío. Había visto que la impresión y el asco cruzaban el rostro de Iroh antes de que consiguiera disimular su expresión con una máscara de severidad.
—Lárgate —dijo simplemente Iroh—. Ya no eres bienvenido en el Mundo Espiritual.
Un silencio largo e incómodo invadió el lugar antes de que Zaheer exhalará un pesado suspiro. Entonces les dio la espalda a ambos, al viejo general y al Avatar, y mientras caminaba hacia la nada, su cuerpo espiritual se desvaneció.
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La luz era suave y blanca, y se asentaba en sus pestañas al parpadear. Una cómoda almohada se hundió bajo su cabeza; un pajarillo trinó al pasar por su ventana. Kuvira dejó ir un quejido inentendible, adormilada, pero lentamente cayó en un estado de sorpresa. No reconocía la habitación en la que se encontraba; tampoco reconocía al anciano que estaba sentado en una silla a su lado, mirándola con una gran sonrisa en los labios.
—¡Qué bueno! ¡Finalmente has despertado! —rió el anciano.
—¿Quién? ¿Dónde? —balbuceó ella, todavía aturdida.
—Soy un viejo amigo de Korra —respondió—. Te encuentras en mi casa, en el Mundo Espiritual. Y tu alma se recupera a buen paso, luego del encuentro que tuviste con Zaheer —notó que Kuvira se exaltaba—. Calma, ya pasó el peligro. Estás a salvo y Korra también.
Kuvira se llevó una mano al pecho, los dedos le temblaban.
—Nuestro vínculo…
—También está a salvo, y más fuerte que nunca —la tranquilizó el anciano—. Lo hiciste muy bien, Kuvira. Las dos lo hicieron muy bien.
—¿Y Korra? ¿Dónde está ella?
—En el Mundo Físico, pero regresará pronto. Korra se aseguró de mover tu cuerpo a un lugar seguro, y ha estado encargándose de tus deberes en la isla del Templo del Aire. Ha sido así desde hace tres días, según como transcurre el tiempo allá.
—¡¿Tres días?! —exclamó Kuvira, sentándose de golpe, pero se recostó de nuevo porque le daba vueltas la cabeza y, mareada, entrecerró los ojos—. ¿Cómo es posible?
Con el rostro apenado, el anciano murmuró:
—Tu cuerpo espiritual recibió un gran daño. Zaheer rompió tu alma, pero no la destruyó, eso hay que agradecerlo. Sanar heridas de este tipo es muy complicado. Korra y yo hemos estado tratándote casi sin descanso con energía control. ¡Oh, eso me recuerda! —se volteó hacia una pequeña mesa que tenía al lado—. Bebe esto, te hará bien. Siempre he dicho que el té es un bálsamo para el alma, ¡y esta vez no estoy exagerando! —se rió de buena gana.
Kuvira recibió la taza con cuidado entre sus manos temblorosas. Le llegó un delicado aroma a jazmín y raíz de ginseng.
—Gracias —dijo ella y se apenó un poco—. Lo siento, ni si quiera me he molestado en preguntar cuál es su nombre.
—No hay nada que disculpar —volvió a reír él—. Soy Iroh, un servidor.
—¿Iroh? ¿Como el General de las Fuerzas Unidas? —Kuvira fue incapaz de ocultar su asombro.
—Ese sería mi bisnieto —exclamó orgulloso.
Los ojos de Kuvira se abrieron como platos.
—Entonces… Usted es… ¡El Dragón del Oeste!
Iroh se rascó la nuca, algo avergonzado.
—¡Vaya! ¡Hace mucho que no me llamaban por ese título! Pero podemos dejar eso para después. Es un gusto conocerte finalmente, Kuvira.
Se estrecharon las manos.
—El gusto es mío, Señor.
—Con que me digas Iroh basta —desestimó él—. ¡Oh! ¿Escuchas eso? Creo que Korra ya volvió —Entonces se llevó una mano a la boca y se aclaró la garganta—. Me retiraré para darles algo de espacio.
Antes de que Kuvira pudiera decirle que no era necesario, Iroh ya había desaparecido detrás de la puerta. Se quedó sola apenas unos minutos y luego sintió una ola de ternura que le acariciaba la mente, de modo que la abrió sin dudarlo.
Igual que una corriente de agua cálida, la conciencia de Korra se precipitó dentro de ella al mismo tiempo que la de Kuvira se precipitaba dentro de ella. Se envolvieron la una en los pensamientos de la otra, abrazándose mutuamente en una intimidad que ningún abrazo físico podía imitar, y dejaron que sus identidades se mezclaran otra vez.
¡Kuv! ¡Estás despierta!
Sí.
¡Ya voy para allá!
No pasó mucho tiempo hasta que Kuvira vio a Korra correr hacia ella tan deprisa como podía. Con un chirrido de botas sobre el piso de madera pulida, la joven Avatar derrapó y se detuvo delante del umbral de la puerta; fiera, brillante, hermosa. Y gritando de alegría, Korra saltó hacia adelante y le cayó encima, aplastándola contra la cama, para después abrazar a Kuvira por el cuello con toda la fuerza que pudo.
—Cuando desapareciste en la tormenta, pensé que te había perdido para siempre, Kuv… Y, luego, cuando casi se rompe el vínculo, yo…
—Nunca más —susurró ella con sencillez—. No permitiré que algo así vuelva a pasar, nunca más, Korra.
Saber que te encuentras con aquella persona que se preocupa por ti, que comprende cada una de las fibras de tu propio ser y que no te abandonará, ni en la más desesperada de las circunstancias, «ésa» es la relación más preciosa que una persona puede tener; y tanto Korra como Kuvira la valoraban.
Hubiera detestado tener que esperar un día más para estar juntas.
Yo también.
Korra cerró los ojos y presionó la frente contra la de Kuvira.
¿Quieres volver al Templo del Aire, y… —los pensamientos de Korra ardían con matices rojos, casi candentes—, …a nuestros cuerpos?
Nada me gustaría más —suspiró Kuvira, y su satisfacción fluyó en la joven Avatar.
»Continuará…
