Atención: Pokémon no me pertenece.


Otro soso Rodolfo

Entre dos mundo

Don perfecto... Nadie lo es.


El aula de cálculo estaba llena de murmullos y el sonido de hojas de cuadernos al pasar. El profesor Thiago García, un hombre de mediana edad con gafas gruesas y una expresión siempre seria, estaba de pie frente a la clase, seleccionando los equipos para el trabajo de la semana.

Norberto se esforzaba por mantener los ojos abiertos, su mente aún nublada por el cansancio. Había llegado tarde la noche anterior debido a un largo y extenuante viaje que, aunque lleno de aventuras, lo había dejado exhausto.

—Norberto, ¿estás conmigo? —La voz de Armando lo sacó de sus pensamientos.

—Sí, sí, estoy aquí —respondió Norberto, parpadeando para despejarse.

—El profe nos puso en equipo con Rodolfo, Clara y Javier —Dijo Armando en voz baja, manteniendo un ojo en el profesor que seguía hablando.

Norberto asintió, tratando de concentrarse. Sabía que no podía permitirse distraerse más.

—... y recuerden que este trabajo representa un porcentaje significativo de su calificación final —Continuó el profesor García—. Cada equipo deberá abordar distintos aspectos del cálculo diferencial y presentar un informe completo al final de la semana. Ahora, tomen nota de sus compañeros de equipo y comiencen a planificar.

El profesor terminó de anunciar los equipos y la clase comenzó a moverse, los estudiantes agrupándose con sus compañeros asignados. Norberto, aún un poco desorientado, siguió a Armando hasta donde estaban sentados Rodolfo, Clara y Javier.

—Hola, chicos —Saludó Rodolfo con su característico tono frenético, estricto y serio—. Parece que estamos juntos en esto.

—Sí, y parece que tenemos mucho trabajo por delante —Añadió Clara, siempre práctica y organizada.

—De acuerdo, ¿cómo quieren dividir el trabajo? —Preguntó Javier, sacando su cuaderno y un lápiz.

Norberto tomó asiento y trató de concentrarse. Sabía que debía ponerse al día a la de ya.

—Podemos dividir las secciones y asignar a cada uno una parte específica —sugirió Clara—. Así podremos avanzar más rápido y ayudarnos mutuamente si alguien tiene problemas.

—Me parece una buena idea —Respondió Rodolfo—. Podemos empezar por definir quién se encargará de cada parte.

—Norberto, ¿te sientes bien? —Preguntó Armando, notando su falta de reacción.

—Sí, estoy bien —Respondió Norberto, forzando una sonrisa—. ¿Cuál parte me toca?

—Pensamos que podrías encargarte de las derivadas —Dijo Javier—. ¿Te parece bien?

Norberto asintió, aunque su mente seguía un poco dispersa. Sabía que tenía que dar lo mejor de sí en este trabajo, tanto por su equipo como por él mismo. Tomó su cuaderno y comenzó a anotar, tratando de enfocarse y dejar de lado el cansancio.

Mientras la conversación avanzaba, Norberto se dio cuenta de que este trabajo en equipo sería un desafío en sí mismo, uno que necesitaba enfrentar con la misma determinación que ponía en sus aventuras nocturnas. Con un suspiro profundo, se preparó para dar lo mejor de sí en esta nueva tarea.

Los cinco integrantes del grupo se agruparon en un rincón del aula, alejados del bullicio de los otros estudiantes que también estaban organizando sus equipos.

—Entonces, ¿cómo nos organizamos? —Preguntó Clara, siempre la más práctica del grupo.

—Podríamos empezar dividiendo las secciones del trabajo —Sugirió Javier—. Y luego nos reunimos para ponerlo todo junto.

—Sí, eso suena bien Asintió Armando—. Pero, ¿dónde nos reunimos?

Hubo un momento de silencio mientras todos pensaban en posibles lugares.

—Bueno, podríamos hacerlo en la biblioteca —Propuso Norberto, pensando en quedarse dormido al frente de una montaña de libros para que lo vieran—. Pero puede que no haya suficiente espacio y esté muy ruidosa. —Además de que se acordó que la bibliotecaria se la tiene jurada desde que se negó a pagar un libro que había entregado justo a tiempo, pero el sistema arrojaba que lo había entregado tarde. —Malditas drogas, ¿Qué estoy pensando? —Se quejó.

—O podríamos reunirnos en una casa —Dijo Clara—. Así tendríamos más privacidad y espacio para trabajar.

—¿Qué tal la casa de Rodolfo? —Sugirió Javier con una sonrisa—. Siempre he querido ver su mansión.

Rodolfo frunció el ceño, visible su incomodidad con la idea.

—¿Ya vas a comenzar Javi? —Acuso su amiga a su compadre.

—¡¿Qué?! —Miro para otro lado y empezó a sollozar— Es que es mejor presencial, como lo que solía ser en antaño, por internet no es lo mismo, ando bien nostálgico.

—No estoy seguro de que sea una buena idea —Dijo Rodolfo—. Hay demasiadas distracciones en mi casa.

—Vamos, Rodolfo —Insistió Armando—. Será divertido y podemos trabajar sin interrupciones.

—Además, seguro tienes todo el espacio que necesitamos —Añadió Clara.

—No estoy tan seguro... —Rodolfo miró a sus compañeros, dándose cuenta de que estaban en verdad entusiasmados con la idea—. Está bien, pero tenemos que prometer que vamos a trabajar de verdad y no solo a distraernos.

—¡Prometido! —Dijeron todos al unísono, con una mezcla de entusiasmo y determinación.

—Entonces, ¿cuándo nos reunimos? —preguntó Norberto.

—¿Qué tal mañana por la tarde? —Propuso Clara—. Así tenemos tiempo de preparar todo lo que necesitamos.

—Me parece bien —Respondió Javier—. ¿Rodolfo, te parece bien?

Rodolfo asintió, resignado, pero también con una pequeña sonrisa.

—Sí, está bien. Los espero mañana entonces.

El grupo asintió y comenzaron a discutir los detalles de cómo dividirían el trabajo, asignando a cada uno una sección específica para estudiar y preparar antes de la reunión. A medida que hablaban, la emoción de trabajar juntos y la oportunidad de ver la mansión de Rodolfo añadieron un toque de entusiasmo a la tarea que tenían por delante.

El día siguiente, todos se reunieron a la entrada de la majestuosa mansión de Rodolfo. La gran verja de hierro forjado estaba adornada con intricados detalles y el camino de entrada estaba flanqueado por cuidados jardines. Clara, Javier, Norberto y Armando estaban impresionados con la opulencia del lugar.

—¡Vaya! No sabía que Rodolfo vivía en un palacio —Dijo Clara, mirando la enorme casa con asombro.

—Sí, esto es impresionante —Agregó Javier, ajustándose las gafas para observar mejor.

—Definitivamente, una casa así tiene que tener muchas historias —Comentó Armando, mirando alrededor.

—Seguro que sí —Respondió Norberto, aun tratando de sacudirse el sueño de encima—. Pero, ¿por qué no nos abre de una vez?

—Rodolfo siempre ha sido un poco reservado sobre su casa —Dijo la chica del grupo—. Quizás se siente incómodo con nosotros aquí.

—Bueno, es normal sentirse así —Comentó el oriundo de Queserías—. Pero al menos podríamos empezar a trabajar mientras esperamos.

En ese momento, Rodolfo apareció desde el interior, abriendo temeroso la puerta de la verja.

—Hola a todos, disculpen la demora —Dijo con una sonrisa forzada—. Adelante, pasen.

El grupo entró, admirando aún más los detalles de la propiedad. Mientras caminaban hacia la entrada principal, continuaron su conversación.

—Tienes un lugar increíble, Rodolfo —Comentó Javier—. Es como de un cuento de hadas.

—Gracias, pero es solo una casa —Respondió Rodolfo, restándole importancia.

—¿Solo una casa? ¡Esto es una mansión! —Exclamó Clara, tomando un par de fotos con su celular.

Rodolfo sonrió algo tímido y los guio hacia una gran sala de estar, decorada con elegancia y buen gusto.

—Bien, pongámonos a trabajar —Sentenció Rodolfo, tratando de desviar la atención de su hogar—. Tenemos mucho que hacer para el proyecto de cálculo.

—Sí, claro —Respondió Norberto, con ojeras en los ojos por haber tenido insomnio la noche anterior—. Vamos a hacerlo.

El grupo se sentó alrededor de una mesa grande y comenzó a discutir el proyecto, tratando de concentrarse en el trabajo en lugar de la magnificencia de la mansión que los rodeaba.

La majestuosidad de la mansión de Rodolfo era casi abrumadora para sus compañeros. Clara, Javier, Norberto y Armando, acostumbrados a sus barrios populares, no podían dejar de admirar cada rincón de la residencia mientras Rodolfo los guiaba por la casa.

El vestíbulo principal era amplio y luminoso, con un gran candelabro de cristal colgando del techo. Las paredes estaban adornadas con pinturas y retratos de aspecto antiguo, y una gran escalera de mármol subía elegante al segundo piso.

—Esto es increíble —Murmuró Clara, tocando con elicadeza la barandilla de la escalera—. Nunca había visto una casa así.

—Sí, parece sacada de una película —Agregó Javier, mirando boquiabierto las grandes puertas de madera tallada.

Rodolfo sonrió tímido, consciente de la reacción de sus amigos. Continuó guiándolos por la casa, mostrándoles la biblioteca, una sala llena de estanterías repletas de libros, y un salón de juegos con una mesa de billar y una colección de videojuegos.

—¡Vaya, tienes una biblioteca en tu casa! —Exclamó Norberto—. ¡Y una sala de juegos! Esto es como un sueño.

—Es bastante genial, ¿no? —Respondió Rodolfo, algo más relajado al ver la emoción de sus compañeros.

Llegaron al final a la gran sala de estar donde planeaban trabajar en su proyecto. La sala estaba decorada con muebles de cuero, alfombras persas y cortinas de terciopelo. Una gran chimenea de piedra dominaba una de las paredes, y las ventanas ofrecían una vista espectacular de los jardines traseros.

—No puedo creer que vivas aquí todos los días —Dijo Armando, maravillado—. Debe ser increíble.

—Es bonito, sí —Afirmó Rodolfo, con una leve sonrisa—. Pero a veces desearía que fuera un poco más... normal.

—Bueno, al menos tienes mucho espacio para estudiar —Comentó Clara, tratando de encontrar el lado práctico de la situación—. ¿Dónde nos sentamos?

Rodolfo los llevó a una gran mesa de madera en el centro de la sala.

—Aquí está bien. Vamos a empezar —dijo, sacando sus libros y notas—. Tenemos mucho que hacer.

A pesar de la grandiosidad de su entorno, el grupo se concentró en su proyecto. Sin embargo, la maravilla de la casa de Rodolfo seguía presente en sus mentes. La experiencia les dio una nueva perspectiva sobre la vida de su compañero y los unió más como grupo, compartiendo historias y risas mientras trabajaban.

El cuarteto de invitados se sentó en la gran mesa de madera en la sala principal de la mansión del anfitrión. La opulencia del lugar aún los tenía impresionados, especial a Armando, quien no podía dejar de admirar cada detalle del entorno.

—Bien, chicos —Dijo Norberto, tratando de enfocarse en el trabajo—. ¿Por dónde empezamos?

—Yo creo que deberíamos dividirnos el trabajo —Sugirió Clara, sacando sus notas—. Así, cada uno puede enfocarse en una parte y luego juntamos todo al final.

—Me parece una buena idea —Asintió Javier—. Podríamos dividir el tema en secciones y cada uno se encarga de una.

—Sí, eso suena bien —Respondió Norberto—. Yo puedo encargarme de la introducción y los conceptos básicos.

—Yo puedo hacer los cálculos y los ejemplos prácticos —Dijo Clara—. Me gusta esa parte.

—Perfecto, yo puedo buscar las aplicaciones reales del tema —Ofreció Javier—. Siempre es interesante ver cómo se utiliza en la vida real.

—¿Y tú, Armando? —Preguntó Clara—. ¿Qué parte te gustaría hacer?

El amante de los aracnidos, aún maravillado por la belleza del sitio, por fin volvió a la realidad.

—Ah, lo siento, me distraje —Dijo, sonrojándose un poco—. Puedo encargarme de la conclusión y de revisar todo para asegurarme de que no haya errores.

—Genial, así tenemos todo cubierto —Dijo Norberto, sonriendo—. ¿Y tú, Rodolfo? ¿Qué parte quieres hacer?

Rodolfo, que había estado observando la interacción de sus compañeros, sonrió y dijo:

—Puedo encargarme de la presentación. Me gusta hablar en público y creo que puedo hacerlo bien.

—Perfecto, entonces ya tenemos todo organizado —Dijo Clara, contenta con la distribución del trabajo—. Ahora solo tenemos que ponernos manos a la obra.

Mientras comenzaban a trabajar, Armando seguía lanzando miradas admiradas alrededor de la sala. La decoración, los muebles elegantes y las impresionantes vistas desde las ventanas lo tenían fascinado.

—No puedo creer lo hermoso que es este lugar —Murmuró Armando, más para sí mismo que para los demás.

Rodolfo, escuchando el comentario, sonrió.

—Gracias, Armando. Me alegra que te guste. Pero recuerden, ahora tenemos un trabajo que hacer.

—Sí, claro —Respondió, volviendo su atención al trabajo—. Vamos a hacerlo.

Con su plan establecido, el grupo comenzó a trabajar en su proyecto. La majestuosidad de la mansión de Rodolfo no dejó de ser un tema de conversación ocasional, pero pronto todos se concentraron en la tarea, demostrando que podían equilibrar la admiración por su entorno con la responsabilidad de su trabajo en equipo.

Mientras el grupo continuaba trabajando en su proyecto, la conversación se desvió inesperadamente hacia la familia de Rodolfo, en particular hacia su padre, don Julio Peña.

—No puedo dejar de pensar en lo impresionante que es esta casa —Dijo Clara maravillada, mirando a su alrededor—. Tu familia debe tener una vida increíble, Rodolfo.

—Sí, de hecho —Añadió Javier—, he escuchado mucho sobre tu padre. Dicen que es un hombre perfecto, jefe de una gran compañía y todo eso. Debe ser sublime vivir con alguien así.

Rodolfo, un poco incómodo con el tema, sonrió de manera tosca tratando de ocultar su dolor.

—Mi papá es... sí, es bastante impresionante. Trabaja muy duro y siempre ha sido un gran ejemplo para mí... —Trata de no quebrarse en llanto.

—¿Qué hace exactamente tu papá? —Preguntó Armando, curioso.

—Es el director general de una gran compañía del sector minero —Explicó Rodolfo—. Está siempre muy ocupado, viajando y asistiendo a reuniones importantes.

—Debe ser genial tener un padre tan exitoso —Comentó Clara—. Seguro que te ha enseñado muchas cosas.

Rodolfo asintió, pero su expresión mostraba una mezcla de orgullo y algo de tristeza.

—Sí, me ha enseñado mucho sobre el trabajo duro y la dedicación. Pero a veces, desearía que estuviera más tiempo en casa. No es fácil, pero entiendo que hace lo que tiene que hacer por el bien de la familia.

Norberto, notando el tono melancólico en la voz de Rodolfo, intentó cambiar el tema de vuelta al trabajo.

—Debe ser una gran responsabilidad —Dijo Norberto—. Pero bueno, volvamos a nuestro proyecto. Tenemos mucho por hacer.

—Sí, tienes razón —Dijo Clara—. Vamos a concentrarnos.

Sin embargo, la conversación sobre don Julio Peña continuó rondando en la mente de todos. Era claro que el respeto y la admiración por el padre de Rodolfo eran compartidos, pero también comprendieron que tener una vida adinerada no siempre era sinónimo de felicidad.

De manera inesperada, un rugido sordo de motor se escuchó desde afuera. El grupo dejó de lado sus notas y miró hacia las ventanas de la sala. En el portón principal, un impresionante Lamborghini de color negro se detuvo suave. Todos se quedaron en silencio, observando expectantes.

—¡Vaya! —Exclamó Javier, casi sin aliento—. ¡Ese carro de lujo es del año!

—Debe ser tu papá, ¿verdad, Rodolfo? —Preguntó Armando, con los ojos abiertos de par en par.

—Sí, parece que sí —Respondió Rodolfo, tratando de mantener la compostura, aunque también se notaba un poco nervioso.

El portón se abrió y del coche salió primero una mujer joven y elegante. Era Amelia, la hermana mayor de Rodolfo. Ella se movía con una confianza innata, saludando con una sonrisa radiante mientras se dirigía hacia la puerta.

—¡Hola, chicos! —Dijo Amelia, entrando en la sala—. ¿Cómo están todos?

—Hola, Amelia —Respondió Rodolfo, levantándose para abrazarla—. Chicos, ella es mi hermana mayor.

—Hola, Amelia —Dijeron todos al unísono, por supuesto impresionados por su presencia.

Antes de que pudieran decir algo más, don Julio Peña apareció en escena. Con su porte imponente y traje impecable, era la imagen viva del éxito. Sonrió interesado al ver al grupo en sus aposentos.

—Buenas tardes, jóvenes —Dijo con una voz profunda y amable—. ¿Cómo están todos? ¿A quedo su grata presencia el día de hoy? Espero que Rodolfo les haya estado atendiendo bien.

—Sí, señor —Respondió Clara, nerviosa ante tal magnificencia como si estuviera en presencia de una superestrella—. Estamos muy agradecidos por su hospitalidad.

—Es un placer tenerlos aquí —Continuó don Julio—. El hogar es un lugar para compartir y aprender. Veo que están trabajando en algo importante.

—Estamos haciendo un proyecto de cálculo, señor —Explicó Norberto—. Nos asignaron a trabajar en equipo, así que estamos aprovechando el espacio.

—Muy bien —Dijo don Julio, mirando a Rodolfo con orgullo—. Es bueno verlos dedicados a sus estudios. La educación es la clave del éxito, recuerden eso.

—Sí, papá —Respondió Rodolfo, un poco sonrojado.

—Bueno, no quiero interrumpir más —dijo el magnate—. Amelia y yo solo vinimos a recoger unos documentos. Sigan con su buen trabajo.

Con eso, don Julio se dirigió a su oficina, dejando al grupo en la sala principal. Amelia se quedó un poco más, sonriendo.

—Mi padre siempre tiene buenos consejos —Dijo Amelia—. Bueno, chicos, si necesitan algo, estaré en el salón de al lado. ¡Buena suerte con su proyecto!

Después de que Amelia se fue, el grupo volvió a concentrarse en su trabajo, aunque la impresión de la visita de don Julio y Amelia se quedó con ellos. El contraste entre sus propias vidas y la de Rodolfo se hizo aún más evidente, pero también les dio una nueva perspectiva sobre lo que en verdad significa el éxito y la perfección.

Esa noche, la familia Peña se reunió en el comedor principal, un espacio opulento iluminado por un imponente candelabro de cristal que colgaba del techo alto. Una larga mesa de caoba estaba dispuesta con fina porcelana y cubiertos de plata, y en el centro de la mesa, un festín de platos exquisitos estaba preparado: filete miñón, langosta, verduras asadas y una variedad de postres lujosos.

Don Julio y Amelia se sentaron en la cabecera de la mesa, mientras que Rodolfo se sentó a un lado, tratando de ocultar su nerviosismo. Amelia, con su porte seguro y encantador, comenzó a relatar sus recientes logros.

—Con mi tesis realizada, estoy a punto de titularme y obtuve el puntaje más alto de mi generación, por lo tanto, no hay nadie que se me igual —Se regocijaba la joven, eufórica como si hubiera ganado la lotería.

—Excelente hija, espléndido trabajo, de lo tienes bien merecido —Don julio se maravilló por tener a la hija perfecta según él— Por eso, pronto te regalare el auto que tanto querías.

—Ay, ¡gracias papi! —Amelia lo abraza y le da un beso en la mejilla, de improviso tan sollo por la emoción que no podía contener en absoluto.

—Bien familia, cambiando de tema. Hoy en el trabajo, logramos cerrar un trato millonario con una empresa internacional —Sentencio don Julio con una sonrisa de satisfacción—. Fue un proyecto muy desafiante, pero al final, todo salió a la perfección como debe de hacerse. También he sido invitado a dar una charla en una conferencia importante el próximo mes, por lo que no verán seguido durante ese lapso de tiempo.

—Eso es increíble, papa —Dijo Amelia, visible su orgullo—. Sabía que lograrías grandes cosas. Tu dedicación y esfuerzo siempre dan frutos.

—Gracias, hija —Respondió este, disfrutando de la atención y los elogios.

Rodolfo, sentado en silencio, sentía la creciente presión en su pecho. Sabía que la conversación gradual giraría hacia él, y no tenía nada que ofrecer que pudiera compararse con los logros de su hermana o de su padre. Estaba por encima del promedio en sus estudios, sin ninguna actividad extracurricular destacable ni logros sobresalientes que mereciera ser nombrado, no era el mejor en nada, solo segundo en todo para su desdicha.

—¿Y tú, Rodolfo? —Preguntó don Julio, volviéndose hacia su hijo—. ¿Cómo van tus estudios? ¿Algo emocionante en tu vida últimamente?

Rodolfo tragó saliva, sintiendo las miradas de su padre y su hermana sobre él.

—Bueno, he estado trabajando en un proyecto de cálculo con mis compañeros de clase —Comentó Rodolfo, tratando de sonar entusiasta—. Estamos haciendo un buen progreso y espero que nos vaya bien.

Don Julio asintió, pero Rodolfo pudo ver la ligera decepción en sus ojos, un reflejo de las altas expectativas que tenía para ambos hijos.

—Eso es bueno, hijo —Dijo don Julio—. Es importante hacer bien tus tareas. Pero recuerda, siempre debes esforzarte por sobresalir, no solo conformarte con lo promedio.

Rodolfo asintió, sintiendo una punzada de tristeza y frustración. Sabía que su padre tenía razón, pero también sabía que no todos podían ser como Amelia, con su talento natural y su capacidad para destacar en todo lo que hacía. La cena continuó, pero para Rodolfo, cada bocado sabía a cenizas, el peso de la expectativa y la comparación siempre presente en el aire.

Amelia, ajena a los sentimientos de su hermano, continuó hablando de sus planes futuros y sus ambiciones, mientras don Julio la escuchaba con orgullo y admiración. Rodolfo se quedó en silencio, su mente revolviendo con pensamientos de insuficiencia y la sombra de su hermana eclipsándolo en cada momento.

Después de que Amelia terminara de relatar sus logros, don Julio dirigió su atención de nuevo hacia Rodolfo. Habiendo escuchado sobre los estudios de su hijo, no pudo evitar indagar más.

—Rodolfo, Ahora que me acuerdo ¿cómo te fue en el último examen de cálculo? —Preguntó don Julio con un tono que mezclaba interés y expectativa.

Rodolfo tomó un sorbo de agua, tratando de ganar tiempo. Sentía la presión en sus hombros aumentar con cada segundo.

—Bueno, papá… —Comenzó, tratando de sonar seguro—. Saqué un 9.5. —No podía hacer una sonrisa más falsa y ocultando el hecho que dos personas habían sacado mejor nota que él.

Un silencio incómodo llenó el comedor, por un segundo se sintió como si el tiempo se hubiera detenido en la mansión. La expresión de don Julio se endureció y dejó su tenedor con un ruido sordo sobre el plato. Se inclinó hacia adelante, mirando a su hijo con una mezcla de decepción y desdén.

—¿Un 9.5? —Repitió, su voz teñida de incredulidad—. ¿Eso es lo mejor que puedes hacer? Rodolfo, eso es mediocre. —Sentenció, con su rostro severo.

Rodolfo bajó la mirada, sintiendo el calor en sus mejillas y la vergüenza ardiendo en su pecho.

—Papá, lo intenté… —Comenzó, pero fue interrumpido.

—Intentaste, pero no es suficiente —Lo cortó don Julio de manera brusca—. ¿Por qué no puedes ser más como tu hermana? Amelia siempre destaca, siempre se esfuerza al máximo y supera las expectativas. Hasta mi ahijado que ni siquiera vive aquí tiene premios y trofeos. Pero tú... tú no estás a la altura de esta familia.

Amelia, aunque un poco incómoda, mantuvo la mirada fija en su plato, sin intervenir.

—Papá, yo… —Intentó decir Rodolfo, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

—No esperaba nada de ti, Rodolfo, y aun así logras decepcionarme —Continuó don Julio, su voz fría como el hielo—. Esta familia tiene un estándar, y tú simplemente no lo cumples, tu eres el único imperfecto aquí.

Rodolfo sintió las lágrimas arder en sus ojos, pero las contuvo. No quería mostrar más debilidad delante de su padre. Cada palabra de don Julio era como una daga que se clavaba más profundo en su corazón.

—Si no puedes ser el mejor, entonces no serás nada en esta vida —Sentenció el magnate, recostándose en su silla y retomando su cena como si nada hubiera pasado— No es un peña, lo que das es ¡pena! —Agregó.

La cena continuó en un silencio pesado. Rodolfo se sentía pequeño y aplastado bajo el peso de las expectativas de su padre. Amelia, aunque sin decir una palabra, era un recordatorio constante de lo que se suponía que debía ser. La "familia perfecta" era una jaula dorada para Rodolfo, y cada día que pasaba, se sentía más atrapado y desesperado por encontrar una manera de salir.

Rodolfo subió las escaleras con cada paso sentía como si le clavaran un clavo al rojo vivo en los pies, sus pasos resonando en el vacío de la mansión. Cada escalón parecía un recordatorio de las palabras hirientes de su padre. Al llegar a su cuarto, abrió la puerta y la cerró con suavidad, como si temiera que el ruido pudiera traer consigo más críticas.

A diferencia del resto de la mansión, la habitación de Rodolfo era modesta. No había lujos ni decoraciones extravagantes. Las paredes estaban desnudas, salvo por un par de posters de sus videojuegos favoritos y uno que otro diploma colgado de segundo o tercer lugar. Su escritorio, aunque ordenado, era sencillo, con apenas una lámpara y algunos libros de texto. Y en una de las paredes había una vitrina especial para exhibir trofeos como otros logros: la cual estaba vacía sin duda alguna.

Se dejó caer sobre su cama, sintiendo la suavidad del colchón apenas amortiguando el peso de su desánimo. Las palabras de su padre seguían resonando en su mente, cada una como un golpe que lo hacía encogerse más en sí mismo.

—¿Por qué no puedes ser más como tu hermana? —Murmuró para sí mismo, imitando el tono despectivo de su padre.

Rodolfo apretó los puños y los ojos se le llenaron de lágrimas. Había intentado tan duro, había dado lo mejor de sí, pero nada parecía suficiente. Suspiró profundamente, tratando de contener el llanto, pero era inútil. La marea de emociones lo abrumó, y las lágrimas comenzaron a caer, primero despacio, luego en torrentes incontrolables.

—¡No es justo! —Sollozó, abrazando su almohada como si fuera su único consuelo.

Las lágrimas mojaron la tela, pero Rodolfo no se molestó en limpiarlas. Se permitió llorar, desahogándose en la soledad de su cuarto, donde nadie podía verlo ni juzgarlo. Sentía que el peso del mundo estaba sobre sus hombros, y por primera vez, se permitió ser vulnerable.

—¿Por qué no puedo ser suficiente? —se preguntó, su voz apenas un susurro ahogado por el llanto.

Se acurrucó en su cama, abrazando la almohada con fuerza, deseando que el dolor desapareciera; sus pies ardían por correr una maratón en vano yendo para todos lados a tiempo contado, no podía sentir sus dedos de tanto teclear, sus brazos le dolían de tanto escribir, cada segundo sentía que su cabeza iba a estallar de tanto que había memorizado las fórmulas de quien sabe que, día tras días siempre lo mismo, noche tras noche esfumándose en un santiamén.

Cada sollozo parecía arrancar un poco más de su alma, dejándolo exhausto y vacío. Pero en ese momento, en la quietud de su humilde cuarto, se permitió ser solo Rodolfo, con todas sus imperfecciones y debilidades, lejos de las expectativas imposibles de su familia.

No dejaba de llorar a cantaros, su llanto resonando en la silenciosa habitación. Cada lágrima que caía parecía liberar un poco de la inmensa frustración y tristeza que llevaba dentro. Se sentía atrapado en una jaula de lujo invisible, prisionero de las expectativas irrealistas de su padre y de su propia percepción de mediocridad.

—¿¡No soy perfecto!? —Gritó, golpeando la almohada con los puños cerrados—. ¡Nunca seré como Amelia, nunca seré digno de esta familia, yo no soy mi padre!

El enojo burbujeaba en su interior, una mezcla amarga de ira y melancolía. Sentía un profundo resentimiento hacia su hermana, quien parecía tenerlo todo tan fácil, y hacia su padre, cuya aprobación siempre parecía inalcanzable. La rabia se entrelazaba con la tristeza, formando un nudo que se apretaba cada vez más en su pecho.

—¡Ojalá nunca hubiera nacido! —Murmuró entre sollozos, la voz quebrada por el dolor—. ¡Ojalá pudiera desaparecer y no tener que sufrir más!

Se dejó caer de nuevo en la cama, su cuerpo temblando de agotamiento emocional. Las lágrimas seguían fluyendo, su mente reviviendo una y otra vez las palabras crueles de su padre. Se sentía insignificante, una sombra a la que nunca se le permitiría brillar.

El cuarto, con su modesta decoración, parecía cerrarse sobre él, amplificando su sensación de soledad y desesperanza. No había consuelo en las paredes desnudas ni en los pocos objetos personales. Todo parecía reflejar su vacío interior, un eco de su triste vida sin propósito.

Rodolfo se giró hacia un lado, abrazando la almohada con desesperación. Los sollozos se convirtieron en susurros ahogados, su energía drenada por la intensidad de sus emociones. El cansancio empezó a apoderarse de él, sus párpados pesados cayendo, en definitiva.

—Ojalá nunca amaneciera —Susurró antes de cerrar los ojos, su voz apenas audible—. No quiero enfrentar otro día más de esta vida vacía.

El sueño lo reclamó, llevándolo a un refugio temporal de su dolor. Su respiración se volvió más lenta y profunda, su cuerpo relajándose en la oscuridad. En ese momento, en la quietud de su humilde cuarto, Rodolfo se permitió escapar de la realidad, al menos por unas horas, deseando que el nuevo día nunca llegara.


En sus sueños, siempre se transformaba en un Zorua, un Pokémon travieso y ágil. En ese mundo de fantasía, sus problemas desaparecían, reemplazados por la emoción de aventuras interminables. Era un escape perfecto, un lugar donde no existían las expectativas ni la presión.

El tipo siniestro corría por un exuberante bosque, sus patas ágiles y su pelaje esponjoso brillando bajo el sol filtrado por las copas de los árboles. Sentía el viento en su rostro y la libertad en su corazón. Aquí, no había deberes ni responsabilidades, solo la alegría de explorar y descubrir.

—¡Este lugar es increíble! —Exclamaba mientras saltaba de roca en roca, riendo y disfrutando de cada momento.

Cada día en este mundo onírico traía nuevas maravillas. Conocía a otros Pokémon amistosos, forjaba alianzas y se embarcaba en misiones emocionantes. En una de sus aventuras, ayudó a un grupo de Eevee a encontrar su hogar perdido, enfrentándose a peligros y superando desafíos con valentía y astucia.

En otra ocasión, se unió a un Ivysaur y un Grotle para salvar un lago cristalino de ser contaminado. Juntos, enfrentaron a una poderosa Numel y a su amiga Natu que se cruzaron en su camino, demostrando que incluso los más pequeños podían lograr grandes hazañas con trabajo en equipo y determinación.

—¡Lo logramos! —Gritó Zorua Rodolfo, alzando la voz con orgullo y alegría—. ¡Nos salvamos de milagro!

El mundo Pokémon era un refugio donde siempre se sentía valorado y aceptado, donde sus habilidades eran apreciadas y donde podía ser en verdad él mismo. No había un padre exigente ni una hermana perfecta a la sombra de la cual vivir. Aquí, era el héroe de su propia historia, el dueño de su destino.

Mientras corría por un prado florido, el sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de tonos anaranjados y rosados. Zorua Rodolfo se detuvo para contemplar el hermoso paisaje, sintiendo una profunda paz y satisfacción.

—Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre —susurró al viento, sabiendo que tarde o temprano tendría que despertar.

Pero en esos momentos, Rodolfo encontraba la felicidad que le era tan esquiva en la vida real. Aquí, cada día era una nueva aventura, cada encuentro una oportunidad de aprender y crecer. En sus sueños, era libre, valiente y feliz, y por unas preciosas horas, podía olvidar todo el dolor y la presión que lo abrumaban al despertar.

Y así, mientras Zorua se perdía en sus aventuras, el verdadero Rodolfo descansaba, su mente aliviada de la carga que llevaba. Pero sabía que volvería a la realidad, pero por ahora, estaba contento de vivir en este mundo de fantasía, aunque no dudaría.


Rodolfo despertó de su sueño, su corazón aun latiendo rápido por las aventuras que había vivido como Zorua. Pero al abrir los ojos, la fría y dura realidad lo golpeó de inmediato. Su habitación, pequeña y desprovista de lujos, lo recibió con el amanecer.

—No... —Murmuró, deseando con todas sus fuerzas volver a dormir y escapar de nuevo a su mundo de fantasía. Pero no había tiempo para eso.

Se levantó de la cama con pesadez, sintiendo un nudo en el estómago no solo por el hambre, sino también por la desesperación que lo oprimía. Se vistió con típicos movimientos mecánicos y sin entusiasmo. El recuerdo de las palabras de su padre aún resonaba en su mente, agravando su estado de ánimo.

Salió de su habitación y recorrió la casa, encontrándola vacía y silenciosa. Su hermana y su padre ya se habían ido, como siempre, sin siquiera molestarse en dejarle un desayuno o una palabra de aliento. Miró el reloj y se dio cuenta de que tenía escaso tiempo para llegar a la escuela. No había espacio para preparar algo de comer.

—Otra vez... —Dijo en voz baja, resignado.

Salió de la casa, su estómago rugiendo de hambre. La caminata hasta la escuela parecía más larga y difícil que nunca. Cada paso era un recordatorio de la pesadez de su vida, de la falta de apoyo y de las expectativas imposibles que debía cumplir.

Al llegar a la escuela, se encontró con sus amigos, pero ni siquiera la compañía de ellos podía levantar su ánimo. Su mente seguía atrapada en el abismo de sus pensamientos oscuros, preguntándose por qué su vida tenía que ser tan difícil, por qué no podía tener una vida más tranquila como tenían otros.

Durante las clases, apenas podía concentrarse. Los números y las fórmulas de cálculo parecían bailar ante sus ojos, irrelevantes y sin sentido comparados con el peso de sus problemas. Su estómago vacío le recordaba su precaria situación, pero no había nada que pudiera hacer.

—Rodolfo, ¿estás bien? —Le preguntó Armando, notando su distracción.

—Sí, solo... solo estoy cansado —Respondió Rodolfo, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

El día se arrastró, cada minuto sintiéndose como una eternidad. Rodolfo anhelaba el final de las clases para poder volver a su cama y, con suerte, a sus sueños. Pero sabía que la realidad no le ofrecería ese consuelo tan fácil.

Mientras tanto, se aferraba a la única cosa que le daba algo de esperanza: los momentos fugaces de felicidad que encontraba siendo un Zorua. Sabía que no podía vivir en ellos para siempre, pero al menos, por unas horas cada noche, podía ser el héroe de su propia historia, lejos de la presión y la desesperación que definían su vida diaria.

El día escolar se sentía como una lenta tortura, una repetición constante de fracasos y decepciones. Cada vez que un profesor mencionaba su nombre, un destello de esperanza iluminaba su interior, solo para ser brutal apagado cuando se daba cuenta de que era para anunciar un tercer o segundo puesto. Nunca era el mejor, nunca lograba alcanzar esa cima que sus padres y su propia mente le exigían.

La frustración y la ira se acumulaban en su interior como una tormenta oscura y violenta. Pensaba en lo injusto que era todo. ¿Por qué siempre se quedaba a las puertas del éxito? ¿Por qué no podía ser él el que recibiera los elogios y la admiración que su hermana Amelia disfrutaba sin esfuerzo aparente?

Rodolfo no podía aguantar más. La constante presión de ser el mejor, de no estar a la altura de las expectativas de su familia, de vivir en la sombra de su hermana, le carcomía el alma. Se sentía atrapado en una vida que no deseaba, rodeado de personas que no podían ver más allá de sus propios logros y fracasos.

En su mente, imaginaba un mundo diferente. Soñaba con ser un Zorua siempre, viviendo aventuras sin parar, donde las preocupaciones del mundo real no existían. Un lugar donde podía ser libre y feliz, sin la carga de las expectativas y las comparaciones. Pero cada mañana, el despertar lo devolvía a la cruda realidad, un recordatorio cruel de que su vida era todo menos un sueño.

Rodolfo vivía en una prisión de su propia mente, donde los barrotes eran sus propios pensamientos oscuros y podridos. Cada día se levantaba con la misma sensación de fracaso, la misma falta de propósito, la misma desesperanza. Ser el eterno segundón le carcomía el alma por dentro, y sabía que no podía aguantarlo mucho más. La presión, la frustración, la sensación de no ser nunca suficiente... todo se acumulaba, llevándolo cada vez más cerca del borde.

La mansión Peña estaba iluminada con un brillo que resaltaba su magnificencia, las lámparas de cristal colgaban del techo alto y los suelos de mármol reflejaban la opulencia del lugar. Rodolfo, con el estómago retorcido por los nervios y la presión constante de la perfección, aguardaba en el salón principal junto a Norberto, Eduardo y Carla.

Eduardo, el ahijado de Julio y líder natural del equipo, tenía una actitud relajada y confiada. Su conexión con Don Julio le otorgaba una ventaja y un aire de autoridad que ninguno de los otros miembros poseía. Carla, nueva en el equipo, estaba emocionada y un poco nerviosa, consciente de la importancia de la reunión.

—Espero que Pamela llegue pronto —Dijo Eduardo con una sonrisa mientras miraba su reloj de pulsera caro—. Quiero que todos conozcan a nuestra nueva integrante.

Norberto, que ya conocía a Pamela de antes, asintió con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Estaba ansioso por ver cómo se integraría Pamela en el equipo y cómo influiría en la dinámica del grupo.

La puerta del salón se abrió con suavidad, y Don Julio Peña entró, su presencia imponiendo respeto inmediato. A su lado, Pamela caminaba con confianza, su rostro sereno, pero con una chispa de determinación en sus ojos.

—Quiero presentarles a Pamela —Dijo Don Julio, su voz firme y autoritaria—. Ella será la nueva integrante del equipo. Estoy seguro de que contribuirá significativamente a nuestros esfuerzos.

Pamela saludó con una sonrisa a los presentes, su mirada encontrándose con la de Norberto por un instante, recordándoles a ambos las experiencias compartidas en el pasado.

—Es un placer estar aquí —Dijo Pamela con una voz segura—. Espero poder aportar mucho al equipo y aprender de todos ustedes.

—Bienvenida, Pamela —Dijo Eduardo, dándole la mano—. Estoy seguro de que serás una gran adición al equipo.

Don Julio continuó, dirigiendo su atención a todos los presentes.

—Como saben, apoyaré al equipo no solo con recursos, sino también en la organización del evento. Quiero asegurarme de que tengan todo lo necesario para sobresalir.

Rodolfo escuchaba en silencio, sintiendo la presión aumentar con cada palabra de su padre. Sabía que se esperaba la perfección, y cualquier fallo sería visto como una mancha en la reputación de la familia.

—Gracias, Don Julio —Dijo Carla, rompiendo el silencio—. Apreciamos mucho su apoyo.

—Haremos todo lo posible para no defraudarle —Añadió Norberto, con determinación en su voz.

La reunión continuó con una discusión sobre los planes y estrategias para el evento. Eduardo delineó los objetivos y los roles de cada miembro del equipo, asegurándose de que todos estuvieran alineados y listos para trabajar juntos. Rodolfo, aunque atormentado por sus propios miedos e inseguridades, se esforzaba por mantenerse concentrado y participar en la conversación.

Mientras la reunión llegaba a su fin, Don Julio se levantó para despedirse.

—Confío en que todos ustedes darán lo mejor de sí mismos —Dijo, su mirada firme recorriendo a cada uno de los miembros del equipo—. Cuento con ustedes para mantener el prestigio de nuestra familia y nuestro nombre.

Con esas palabras, Don Julio se retiró, dejando al equipo con una mezcla de motivación y presión. Pamela, sintiendo la intensidad del ambiente, se volvió hacia los demás.

—Sé que tenemos un gran reto por delante, pero estoy lista para enfrentarme a él junto a todos ustedes.

—Eso es lo que necesitamos —Dijo Eduardo con una sonrisa—. Vamos a trabajar juntos y demostrar de lo que somos capaces.

Mientras se dispersaban para volverse a sus casas, Rodolfo no podía evitar sentir la carga del peso familiar sobre sus hombros. Sabía que no podía permitirse fallar, no esta vez. Con un último vistazo a sus colegas, cerró las puertas de la jaula dorada en la que vivía.

Rodolfo estaba solo en la cocina de su enorme y lujosa mansión. La habitación, equipada con los mejores electrodomésticos y utensilios, tenía un aire frío y desolado. Mientras cortaba los vegetales en una tabla de mármol, sus pensamientos oscilaban entre la melancolía y la desesperación.

Las luces brillaban, reflejándose en las superficies pulidas, pero todo ese brillo no lograba iluminar el abismo de tristeza que sentía en su interior. A pesar de la opulencia que lo rodeaba, la soledad y el vacío eran sus constantes compañeros. La paradoja de su vida lo consumía: rodeado de lujos, pero obligado a prepararse su propia comida, un acto que consideraba una humillación.

Cada vez que levantaba el cuchillo, veía el filo brillar bajo las luces. El pensamiento oscuro y persistente seguía regresando, como un hechizo que no podía romper. "Solo un último sufrimiento final y todo terminaría," pensaba, sus ojos fijos en la hoja afilada. Miraba su muñeca, la piel pálida y vulnerable, y la idea de acabar con todo se volvía cada vez más tentadora.

Las verduras eran una mezcla de colores vivos, un contraste irónico con la oscuridad de sus pensamientos. Cada corte en los vegetales parecía resonar en la habitación vacía, el sonido nítido y preciso. Con cada movimiento del cuchillo, su mente se hundía más en la desesperación.

"¿Qué sentido tiene todo esto?" se preguntaba. Millonario en apariencia, pero sintiéndose más vulgar e insignificante que cualquiera que viviera al día en los barrios marginales. La riqueza material no podía llenar el vacío emocional que lo consumía.

Rodolfo se detuvo por un momento, el cuchillo en su mano temblando. Sus pensamientos eran un torbellino de auto desprecio y desesperanza. "Solo un último sufrimiento final," repetía en su mente, una y otra vez, como una suplica; La tentación de terminar con su dolor era casi irresistible.

Don Julio Peña, el patriarca de la familia, estaba en su despacho, una habitación imponente llena de estanterías con libros antiguos y decoraciones de lujo. El ambiente era solemne, impregnado de autoridad y poder. En su escritorio, desplego un mapa detallado del mundo Pokémon junto a documentos importantes. El magnate sabía más de lo que dejaba entrever, y hoy, planeaba descubrirlo todo.

—¡Amelia, Rodolfo, necesito hablar con ustedes. ¡Ahora! —Llamó con una voz firme.

Amelia y Rodolfo se encontraban en sus respectivas habitaciones, ocupados con sus actividades. La voz de su padre resonó con una seriedad que no permitía retrasos. Ambos bajaron veloces las escaleras y se dirigieron al despacho. Al entrar, encontraron a su padre sentado detrás de su enorme escritorio, con una mirada penetrante que parecía escrutar sus almas; en la mesa había una gema con la estereotípica forma que asociamos con los diamantes y una figura de un Tyranitar.

—Padre, ¿qué sucede? —Preguntó Amelia, rompiendo el silencio incómodo.

Don Julio entrelazó los dedos y los miró. —Sé más de lo que piensan. Y hoy, necesito confirmar algo que cambiará el rumbo de esta familia.

Rodolfo y Amelia intercambiaron miradas nerviosas. La tensión en la habitación era palpable.

—Amelia— Dijo Don Julio, dirigiéndose primero a ella, —sé que eres una Ralts.

Amelia asintió, sin sorprenderse. Ella siempre había sido más abierta sobre su conexión con ese mundo.

Don Julio se volvió hacia su hijo. —Rodolfo, ahora necesito confirmarlo. ¿Eres tú un Zorua?

El corazón de Rodolfo se aceleró. Esta era la verdad que había ocultado, su refugio en un mundo de fantasía. Con un nudo en la garganta, no tuvo más remedio que revelarlo. —Sí, padre. Soy un Zorua —Con una cara de tal seriedad.

Por un breve instante, Don Julio mostró una leve sonrisa, algo raro en su rostro severo. Esa fugaz expresión de reconocimiento fue un golpe para Rodolfo, llenándolo de sentimientos encontrados. Por un lado, veía un indicio de aprobación, pero por otro, temía que su mundo de fantasía, su escape, también fuera objeto de la implacable crítica de Don Julio.

—Perfecto —Vocifero Don Julio, la sonrisa desvaneciéndose. —Tengo un plan, uno que cambiará la historia. La idea de un dios Pokémon, Arceus, me parece absurda y blasfema. Nuestro objetivo será destruirlo. —Sentenció.

Amelia y Rodolfo se quedaron boquiabiertos, incapaces de procesar completamente lo que acababan de escuchar. Don Julio, sin embargo, continuó sin dudar.

—Amelia, Rodolfo, sus habilidades serán cruciales en esta misión. No habrá espacio para errores. Porque investigando sobre ese raro mundo, me di cuenta de muchas cosas: ¡No puede existir un ser más perfecto que yo! —Golpeo su puño contra la mesa con furia.

Rodolfo sintió cómo su refugio se desmoronaba. Lo que había sido su escape de la cruel realidad ahora estaba siendo absorbido por el ambicioso y despiadado plan de su padre. Ya no había escapatoria. Tendría que enfrentar su destino, un destino que nunca había deseado.

El despacho de Don Julio se llenó de un silencio tenso. Amelia, que siempre había sido más fuerte, miró a su hermano con una mezcla de apoyo y preocupación. Rodolfo, aún impactado, solo pudo asentir, sabiendo que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Don Julio se recostó en su silla de cuero, entrelazando los dedos frente a él mientras observaba a sus hijos.

—Para destruir a Arceus, primero necesitamos reunir las dieciocho gemas elementales —Dijo con una voz firme y autoritaria—. Estas gemas representan cada uno de los tipos elementales y son la clave para producir un corte en el continuo espacio-tiempo que nos conducirá directamente a Arceus.

Amelia frunció el ceño, intentando asimilar la magnitud de la tarea.

—Padre, ¿Dónde están estas gemas? —Preguntó con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—Están dispersas por todo el mundo —Respondió Don Julio—. Algunas están aquí, mientras que otras están en el mundo pokémon. Pero no hay duda que tendremos éxito.

Rodolfo, aun procesando la revelación sobre su naturaleza como Zorua y el plan de su padre, se atrevió a preguntar:

—¿Cómo vamos a encontrarlas y reunirlas todas? Es una tarea monumental...

Don Julio lo miró con severidad, pero también con una especie de orgullo oculto.

—Utilizaremos todas nuestras conexiones y recursos. Emplearemos tecnología avanzada, antiguos artefactos y, lo más importante, sus habilidades como Pokémon. Amelia, tu capacidad como Ralts para sentir emociones y predecir el futuro será invaluable. Y Rodolfo, tu habilidad para transformarte y engañar nos dará una ventaja única en situaciones complicadas.

Amelia asintió, aunque con un brillo de determinación en sus ojos.

—Entiendo, padre. Haré lo que sea necesario para cumplir esta misión.

Rodolfo, por otro lado, sintió una mezcla de miedo y responsabilidad. Su padre lo reconocía, pero a un costo inmenso.

—Lo intentaré, padre. Pero, ¿Qué pasará si fallamos? —Preguntó, con la voz temblorosa.

Don Julio se inclinó hacia adelante, su mirada penetrante como un cuchillo.

—No fallaremos, Rodolfo. No podemos fallar. Este es nuestro destino. Estamos destinados a cambiar el mundo, a liberarlo de las cadenas de una deidad falsa. Y tú, hijo, serás una parte crucial de este cambio.

El peso de las palabras de su padre cayó sobre Rodolfo como una losa. Sabía que no había vuelta atrás. Este era el camino que debía seguir, aunque lo aterrorizara.

—Muy bien, padre. ¿Cuál es nuestro primer paso? —Preguntó, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía.

Don Julio esbozó una sonrisa, esta vez más prolongada y satisfecha.

—El primer paso es obtener la Gema psíquica, y para eso el equipo de matemáticas deberán ganar el premio del primer lugar —Se quedó mirando su figura que lo representa— ¿No pensaron que financiaría algo por altruista verdad?

La reunión terminó con un aire de solemnidad y resolución. Amelia y Rodolfo se retiraron del despacho, cada uno sumido en sus pensamientos. Rodolfo sabía que este era el inicio de una peligrosa aventura, una que lo pondría a prueba más allá de cualquier cosa que hubiera imaginado.

Mientras salían del despacho, Amelia le dio un apretón en el hombro a su hermano.

—Vamos a lograrlo, Rodolfo. Juntos, como familia.

Rodolfo solo pudo asentir, con la esperanza de que su hermana tuviera razón y que este nuevo camino les llevara no solo al cumplimiento de la misión de su padre.

—Maldita sea, mi padre tenía que ser un jodido Tyranitar —Se dijo para sí mismo Rodolfo escapándose una lagrima de los ojos.

Esta historia continuará…


Nota final: Espero que les haya gustado y nos leemos otro día.