Con su poder y sus triunfos,
los señores magos de Tevinter
eran hombres condenados a morir
.
Entonces una voz les susurró al corazón:
"¿rendiréis vuestro poder al tiempo,
como las bestias de los campos?
¡Sois los amos del mundo!
Adelante, reclamad el vacío trono
del cielo y convertiros en dioses"
.
Trabajaron en secreto,
una magia tras otra,
con todo su poder y su vanidad,
y se volvieron hacia el Velo.
Hasta que, al fin, la frontera cedió
.
Sobre ellos, un río de luz.
Ante ellos, el trono del cielo.
Bajo sus pies,
las pisadas del Hacedor.
Y a su alrededor,
los ecos de un vasto silencio
.
Pero al dar el primer paso
hacia el vacío trono,
una gran voz tronó,
haciendo temblar los cimientos
del cielo y de la tierra
:
"Y así ennegrece la Ciudad Dorada,
con cada paso que dais en mi Salón.
Maravillaos ante su perfección, efímera es.
Habéis traído el Pecado al cielo
y la condena al mundo entero"
.
Fueron expulsados sin misericordia,
pues ningún mortal puede caminar en carne y
hueso por el reino de los cielos.
Ahora llevaban la marca de su crimen:
los cuerpos tan mutilados y
retorcidos que nadie que los viera
los tomaría por hombres
.
A las profundidades del mundo huyeron,
lejos de Su luz.
En la oscuridad perenne buscaron
a quienes los tentarían,
hasta que al fin hallaron su premio,
su dios, su traidor:
el dragón durmiente, Dumat
.
Su mácula pervirtió incluso al falso dios
y el que les susurrara despertó al fin,
presa del espanto y el dolor,
y les ordenó que sembraran el caos sobre el mundo:
la primera Ruina.
—Cantar de la Luz. Threnodies 8
9:30 del Dragón. Guardián, segundo mes.
Ferelden. Espesura de Korcari.
El Comandante de los Grises
La negrura del lodo le llegaba hasta las rodillas. Duncan miró sus piernas, y supo que los pantalones le quedarían inservibles. Al menos la cota de malla era inoxidable, fabricada con gruesos anillos de argentita, aunque su brillo plateado se había perdido hace mucho tiempo.
El naranja opaco del cielo comenzaba a oscurecer. Las nubes grisáceas se arremolinaban abrazando celosamente los escasos rayos solares.
—¿Usted también los oye, Comandante? —preguntó Kristoff. Un joven proveniente de Risco Rojo. Era el Guarda más joven de todos y también el más nuevo. Tan solo unos días atrás había completado su Iniciación. Duncan habría preferido no traerlo a esta misión en particular, pero el mensaje en Lothering fue tan repentino que tuvieron que correr a la Espesura cuanto antes, sin tener tiempo para pedir refuerzos de Denerim.
Duncan asintió en silencio. Los susurros en su cabeza se volvieron más fuertes en esta zona. Alzó la mano para indicar que se detuvieran.
—Parece que aquí es donde Relia dijo que fueron atacados —señaló Vehiranni estirando la cuerda de su arco. Era una elfa entrada en sus treintas y había combatido para sobrevivir desde que tenía quince, en las sucias calles de la Elfería de Denerim—. El lugar concuerda con la descripción.
Rodrick el enano blandió su mazo al tiempo en que vociferaba.
—Esos bastardos pueden venir cuando quieran, ¡les enseñaré la bravura de Orzammar! —Era un enano sin casta, marcado por la deshonra y el crimen. Se unió a los Guardas Grises hace cinco años, cuando Duncan lo reclutó en los Caminos de las Profundidades. A pesar de su condición social, era sumamente patriótico a sus raíces y su gente.
El Comandante se pasó una mano por la cabeza. Su cabellera negra estaba sujeta con una coleta simple, perfecta para la batalla.
—Tened cuidad. Si sabemos que están aquí, ellos también saben de nosotros —les recordó—. Vehiranni, cubre el flanco izquierdo, apóyate desde detrás de aquella roca. Rodrick, ve al frente. Kristoff, conmigo.
Duncan giró hacia la derecha, rodeando un matorral de hierbas secas. Un aullido silbó a lo lejos y los árboles muertos crujieron bajo el aleteo de los cuervos. Un hedor pútrido inundó sus fosas nasales, indicándole que los engendros tenebrosos estaban más cerca de lo que pensó. Vio el rostro del joven a su lado, parecía que estaba a punto de expulsar el desayuno.
—Tranquilízate —susurró Duncan—. Te necesito enfocado.
Kristoff asintió, se tragó su bilis, apretó con fuerza el pomo de su espada, y pegó el escudo de roble más cerca de su cuerpo.
El Guarda Comandante desenfundó su espada y su daga, una en cada mano. Tenían el color rojizo de la arcilla, pero su filo era más mortal que el acero; habían sido fundidas con el duro hueso de un Dragón Celestial, y sus marcas de batalla denotaban que tenían más edad que el propio Duncan.
El más leve sonido de un gruñido fue captado por sus oídos. El crujir de numerosas pisadas indicó que eran un grupo entero.
Duncan se llevó la mano que sostenía la daga a los labios y silbó. Vio la sombra de una flecha volar sobre sus cabezas y una de las criaturas rugió.
—¡Ahora!
El Comandante saltó de su escondite, con Kristoff a su lado.
Rodrick bramó un poderoso grito de guerra y se abalanzó sobre sus enemigos.
Duncan no tardó en clavar su espada en la garganta de un hurlock, mientras su daga se incrustaba en el riñón de un genlock desprevenido.
El resto de engendros tenebrosos rugieron y alzaron sus armas, retorcidas y oxidadas. Duncan vislumbró a diez: seis genlocks y cuatro hurlocks. Los genlocks parecían enanos, pero con orejas puntiagudas y dientes como navajas. Los hurlocks eran como hombres, pero con piel gris y escamosa. Un alfa los lideraba, más grande y robusto que los hurlocks ordinarios.
Kristoff bloqueó el hachazo de un hurlock con su escudo, mientras el cráneo de un genlock era destrozado por el pesado mazo del enano. Tres flechas acabaron con otro genlock.
Duncan corrió. Sabía que su letalidad se basaba por completo en la rapidez y la destreza. Esquivó una flecha negra y desvió la espada de un hurlock, decapitándolo con un movimiento rápido. Con una estocada, el Comandante destrozó el peto de otro hurlock y le clavó la daga en el pecho. La sangre negra y viscosa manó de la herida. Los dientes afilados y podridos gruñeron un último respiro de vida.
Dejó atrás al resto de engendros tenebrosos y se centró en el alfa. Su armadura era la más vistosa de todas: trozos de acero y hierro protegían sus extremidades, el hueso de un animal cubría su torso y su cabeza estaba resguardada por un yelmo coronado por dos cuernos retorcidos. El alfa elevó su mandoble, bramó y se abalanzó sobre Duncan. Sin embargo, el Comandante fue más rápido: en un parpadeo le calvó la daga en el costado.
El engendró soltó un alarido bestial.
Duncan se agachó y el filo del mandoble cortó el viento. Retrocedió tres pasos, barrió su espada, pero fue detenida por el filo desgastado del mandoble. Giró a la derecha y el arma del engendro se hundió fango. Con toda su fuerza, enterró la espada roja en el costado del hurlock alfa. Sin detenerse, retrajo el brazo y volvió a atacar.
El alfa lo golpeó con una furia inhumana, y Duncan sintió la familiaridad del espeso y húmedo lodo. Había perdido su espada y ahora estaba a la merced del bestial engendro. Sin pensar dos veces, Duncan se levantó. El hurlock giró su mandoble con ambas manos, antes de lanzar un ataque que habría acabado con cualquier guerrero. Pero Duncan no era cualquier hombre. Esquivó el espadón y se paró detrás del engendro, le sacó la daga y se la volvió a clavar, esta vez en una hendidura debajo del yelmo.
El hurlock alfa gimoteó antes de hundirse en el lodo.
—Un trabajo bien hecho —dijo Rodrick pateando la cabeza cercenada de un genlock.
—Relia tenía razón —Vehiranni se estremeció—. Están atacando en bandas organizadas. Esto no me gusta, Comandante.
—¡Estos monstruos son el día a día en los Caminos de las Profundidades! —bufó el enano—. Esto no es nada en comparación a combatirlos en un túnel cerrado y estrecho, sin más apoyo que la confiable Piedra.
—Creí que los engendros tenebrosos nunca salían a la superficie —añadió Kristoff jadeante.
—Rara vez lo hacen —respondió Duncan, su voz ronca—. Vamos, necesitamos encontrar a nuestros hermanos.
Continuaron avanzando por la negrura del boscoso pantano. El rastro hediondo se volvía cada vez más fuerte conforme se adentraban en las colinas de la Espesura. Los matorrales apestaban a animales en descomposición, y los árboles se habían convertido en troncos secos.
Ascendieron por una montaña y manchas rojizas comenzaron a adornar el camino pedregoso, como una alfombra anunciante de la muerte.
—¡Miren allá! —Kristoff señaló un grupo de árboles muertos que se entretejían con una masa de carne, viscosa y palpitante—. En nombre de Andraste, ¿qué diablura es esta?
La tráquea del Comandante se contrajo al reconocer la macula de la Corrupción.
—Parece que los encontramos —dijo Vehiranni al rodear los árboles corrompidos.
—Bendito Hacedor… —respiró Kristoff. Esta vez no pudo contener el vómito.
Allí, en un círculo de estacas retorcidas y venenosas, yacían clavadas las cabezas de media docena de hombres. Algunas aún tenían los globos oculares, saltones e inyectados en sangre, pero a todas les habían cortado la lengua y triturado los dientes. Era un vista espantosa y macabra, pero nada que Duncan no hubiese visto antes en los Caminos de las Profundidades. Sin embargo, había un pequeño detalle que le heló la sangre: todos eran Guardas Grises.
Concretamente, eran el grupo de Guardas enviados por Duncan para investigar los rumores recientes de engendros tenebrosos vistos en la Espesura. Si tan solo él hubiera ido con ellos…
—Mierda —gruñó Rodrik—. ¿Cómo lograron matar a todos? Los conocía, eran hombres fieros y curtidos en la batalla.
—La situación es más precaria de lo que pensé —murmuró Duncan. Todos los Guardas habían comenzado a sentir que los susurros crecían en intensidad. Y los sueños se volvieron vuelto más violentos. Si los engendros tenebrosos en verdad están saliendo a la superficie en bandadas tan grandes y organizadas…
—Comandante —dijo Vehiranni—. ¿cree que en verdad está sucediendo?
—No lo sé —admitió Duncan—. Vamos, necesitamos más pruebas. Por lo que sabemos, esto podría ser una simple incursión de engendros tenebrosos.
No sería demasiado raro. En ocasiones, los engendros salían de los Caminos de la Profundidades, impulsados por algún engendro poderoso como los emisarios, o un alfa sumamente anciano como para liderar un grupo entero, justo como el que Duncan mató momentos antes. Pero sumado a las otras señales…
El grupo de Guardas Grises se adentró más en las ciénagas y montes infranqueables, buscando a los monstruos de los que juraron proteger el mundo.
—Más adelante hay un asentamiento chasind —informó la elfa. Uno de sus grandes dotes era la memorización y familiaridad con el entorno, incluso solo tras solo haber escuchado —. Los exploradores llegaron hasta ese punto.
El corazón de Duncan se contrajo. Un asentamiento completo. Si los engendros también llegaron ahí…
Las palabras de Vehiranni fueron acertadas. Tras algunos kilómetros de caminata, los Guardas llegaron al asentamiento de una tribu chasind, o lo que quedaba de él.
Esto ni siquiera fue una batalla. Fue una masacre, una carnicería perpetrada por la maldad de los engendros tenebrosos. La tribu chasind ni siquiera tuvo oportunidad. Cuerpos empalizados, cabezas cercenadas adornando oscuras hileras de púas venenosas, sangre roja y negra decorando la maleza, fuego devorando lo que quedaba de las viviendas… Era espantoso.
Las empalizadas adornadas con cabezas desdentadas y sin ojos trazaban un camino hacia una ciénaga, en donde los malditos engendros habían apilado los cuerpos de todos los caídos. Duncan se contrajo al ver a varios niños entre ellos.
—Hay niños y ancianos, niñas y ancianas —se dio cuenta Vehiranni con un escalofrío—. Pero no mujeres.
—¡Esos malnacidos! —gruñó el enano.
Que el Hacedor les de misericordia del cruel y espantoso destino que les esperaba a las pobres mujeres que fueron arrastradas a los Caminos de las Profundidades. Las pocas que sobrevivirían ahí solo serían usadas para traer más engendros tenebrosos al mundo. Un destino verdaderamente cruel, que le hacía preguntarse a Duncan por qué el Hacedor seguía permitiéndolo.
—Andraste bendita… —Kristoff comenzó a llorar.
Duncan quiso darle algún consuelo al joven, pero solo pudo decirle la verdad.
—Sé fuerte. Vendrán cosas peores.
El Guarda Comandante comenzó a inspeccionar el campo de masacre humana. Encontró varias armas chasind, cubiertas de sangre negra y podredumbre. A su lado, marcas de tierra y hierba aplastada. Duncan dedujo que al menos una docena de engendros tenebrosos debió perecer en la batalla, pero no había ningún cuerpo.
Los engendros se llevaron a rastras a sus caídos, dedujo con un escalofrío. Esto era demasiado premeditado. Cuando hay incursiones separadas de grupos de engendros tenebrosos, nunca se veía este tipo de comportamiento, incluso bajo el mando de un alfa o un emisario. Solo una fuerza superior era capaz de unir a las bestias para actuar de forma tan organizada, de orquestar una masacre con tan macabra inteligencia.
Archidemonio.
El simple pensamiento hizo estremecer al Comandante de los Grises.
Duncan detuvo su investigación para contemplar una escena horrible, pero nada que no hubiese visto antes.
Empalado con flechas negras, el cuerpo flácido de un niño, no mayor a cinco años. El pequeño había sido cortado desde el vientre hasta el cogote, pero todas sus entrañas habían sido removidas. El engendro que hizo esto debió ser uno muy importante, para practicar ese asqueroso y malvado acto. Quizás fue el hurlock alfa que Duncan asesinó antes. Esperaba que así fuera.
El Guarda Comandante hizo una oración silenciosa, recordando por qué luchaba: para detener la cruda y malévola naturaleza de los engendros tenebrosos, que hacían palidecer a cualquier otro mal.
En la Paz, Vigilancia. En la Guerra, Victoria. En la Muerte, Sacrificio.
Los votos que todos los Guarda Gris juraron defender hasta su último aliento, y los que Duncan repetía cada vez que recordaba sus razones para luchar contra los engendros tenebrosos, el por qué sacrificaba todo a cambio de nada, un propósito que era mucho más grande que cualquier otro.
—Una nunca se acostumbra a esto… —murmuró Vehiranni.
Curiosamente, Rodrick estaba muy callado. Duncan sabía que su ira silenciosa sería descargada en los monstruos que hicieron esto. La ira y determinación que necesitaba todo Guarda Gris para poder llevar a cabo su deber. Sin ellas, muchos habrían sucumbido a la desesperación y el horror incluso antes de poder marcar la diferencia.
—¿Por qué…? —La voz de Kristoff apenas era un hilo. Había caído en sus rodillas, mirando la masacre y depravación cometida por los engendros, sus ojos rojos y llorosos—. ¿Por qué Duncan? ¡¿Por qué?!
Antes de que el Comandante pudiera decir algo, el enano se movió con rapidez y golpeó a Kristoff en el rostro. Un golpe seco y crudo, pero necesario para todo aquel que viera un escenario como este.
—¡Mira bien muchacho! —gruñó Rodrick—. Abre bien esos ojitos de doncella y mira con atención.
El golpe desconcentró al joven Guarda, quien parpadeó varias veces.
—Querías saber qué significa ser un Guarda Gris, Kristoff —dijo Duncan, poniendo una mano en su hombro—. Aquí está. A esto nos enfrentamos. Esta es nuestra razón para pelear, la razón por la que los Guardas Grises somos tan necesarios en el mundo, aunque este lo haya olvidado. ¡Por esto sacrificamos todo!
Kristoff tragó saliva, lágrimas, sangre y bilis. Un trago que todo Guarda Gris había probado alguna vez.
—¿Quieres saber un por qué? —continuó Duncan—. ¿Por qué de esta malvad y depravación? No lo sabemos. Tal vez es la propia naturaleza retorcida de los engendros tenebrosos. Quizás la llamada de los Dioses Antiguos los lleve a cometer esta y más atrocidades. Todo lo que debes saber es que son malvados, y que cualquier otro mal palidece ante ellos. ¿Entiendes?
—Yo… —El joven lo miró, el horror aún presente en sus ojos, pero ahora una pequeña llama consumiéndolo—. Lo entiendo, Duncan.
Duncan asintió, ayudando al joven Guarda a levantarse.
—Je. Eres más duro de lo que supuse, ricitos dorados —dijo Rodrick, el respeto tiñendo su voz.
Kristoff medio sonrió, aunque su característico humor no estaba presente en sus ojos.
—¡Comandante! —gritó Vehiranni—. ¡Tiene que ver esto!
Duncan se apresuró a seguir a la elfa, quien había rodeado la ciénaga de cadáveres y se encontraba a unos metros más lejos. Kristoff y Rodrick también se movieron.
Vehiranni los condujo a través de un sendero de árboles que finalmente culminó en la cima de una gran colina, desde la cual pudieron ver el horizonte de la Espesura de Korcari.
El humo se elevó a través de la densa masa de árboles, un humo gris y pálido, tan espeso y elevado que por sí mismo parecía una nube enorme, capaz de tragarse todo.
—¿Un incendio? —preguntó Kristoff.
—No, muchacho —jadeó Rodick—. Eso no es un incendio.
Ahí, dentro de la mata de humo que consumió el bosque, los pinchazos de luz apenas eran visibles, pero eran tantos que por sí solos pudieron distinguirse. Un fuego familiar y estremecedor. Llamas purpura, oscilando entre el verde y el negro, como una tormenta de relámpagos en el corazón del bosque.
Duncan solo había presenciado tal escenario en sueños, o más bien, en las pesadillas producto de la corrupción de los engendros tenebrosos que corría por sus venas.
Una corriente de aire le acarició el rostro y, con él, llegó el pútrido hedor de la perdición. Aquel hedor trajo consigo un cantico funesto y terrorífico, uno que solo podía ser escuchado por los Guardas Grises. Sí. Ahora Duncan estaba seguro. Aquella era la llamada, la llamada de la Ruina.
El Guarda Comandante buscó en el mar de humo y llamas negras las figuras tan familiares de los engendros tenebrosos, rezando para no verlas. Pero sus oraciones no fueron escuchadas. Ahí estaban. Cuerpos negros moviéndose en grupos masivos.
—¿Cuántos?
Duncan no supo decir quién le preguntó. Pero no importaba, eso no cambiaría la respuesta.
—Cientos… Miles… —respiró con dificultad—. Tal vez más.
Nadie dijo nada, paralizados por la vista y la canción sonando en lo profundo de sus mentes. Cuatro Guardas Grises, contemplando en el horizonte una horda de engendros tenebrosos como no se había visto en Thedas durante cuatro siglos.
El Comandante de los Grises sintió que una garra estrechaba su palpitante corazón.
Que el Hacedor nos ampare a todos.
—X—
Nota de autor
La escena de la tribu chasind destruida por los engendros tenebrosos está inspirada en el prólogo de Dragon Age Origins: Advent of the Arcane Warrior, fanfic escrito por 'Gothic-Diamond', y que recomiendo ampliamente si buscas otra novelización de la trama de Dragon Age: Origins.
Saludos lectores. Este es mi segundo intento por novelizar la trama del juego mencionado, con personajes de Frozen y un romance Elsanna en medio. Espero que les guste esta nueva historia (reescrita claro).
