9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.
Ferelden. Arlingo de Risco Rojo.
Elsa
El sol de la mañana brillaba en lo alto, tan resplandeciente que sus ojos, acostumbrados a una vida de reclusión, lloraban por tanta luz.
De cierta forma, era agradable volver a sentir ese calor abrasador que sólo los rayos del sol podían ofrecer. No era un calor sofocante como las llamas del fuego. Sin embargo, Elsa no se sentía calidad ni cómoda en lo más mínimo.
Había pasado la noche en una pequeña posada a orillas del Lago Calenhad, La princesa mimada, recordó con amargura. Duncan pagó por habitaciones separadas, pero tuvo poco descanso. No quería dormir en una cama desconocida, quería regresar a su propia habitación en la Torre.
De todos modos, no se quedaron mucho tiempo. Salieron al amanecer, pues Duncan insistió en que debían moverse lo más rápido posible.
Se dirigían a Ostagar, hacia el sur, por lo que era conveniente tomar una embarcación que los llevara hasta Risco Rojo. Así que aquí estaba ella, mirando las oscuras aguas del lago, a bordo de una pequeña barca mercante. Se preguntó si acaso el agua lavaría la tristeza que veía en su reflejo, tan sólo tenía que dejarse caer…
Suspiró y alzó la vista. A lo lejos pudo distinguir las colinas cobrizas de Risco Rojo.
—Llegaremos en breve —informó Duncan.
Elsa asintió en silencio. No habían hablado desde que dejaron la Torre y, en cualquier caso, ella no sabía qué decirle.
Pasaron unos minutos, que parecieron horas, antes de que desembarcaran en el pequeño puerto del pueblo. La maga miró a su alrededor: las casas de madera se amontonaban entre sí en los puentes construidos sobre el agua, algunas parecían demasiado pequeñas. Los pescadores y mercaderes los miraron curiosos, y ella frunció el ceño. No le gustaba sentir tantos ojos curiosos encima.
Duncan la guio por un camino trazado entre las sencillas edificaciones. Cuando salieron de esa zona, vislumbró algunas casas más alejadas y grandes que las anteriores. Al fondo estaba la capilla del pueblo, era el edificio más grande y estaba resguardado por dos templarios. No obstante, lo que llamó la atención de Elsa fue el hombre que estaba unos metros delante de la capilla, su jubón de seda indicaba que no era un simple campesino y, además, diez caballeros con armaduras de veridio lo rodeaban.
—Arl Eamon —dijo Duncan sorprendido, mientras hacía una reverencia—. No esperaba esta bienvenida, es un honor volver a veros.
Elsa se llevó los brazos al pecho y inclinó con respeto. El hombre no parecía exceder los 50 años: su cabello gris estaba peinado hacia atrás en una coleta fereldeana, y las pocas arrugas de su rostro resaltaban sus ojos, también grises.
—En cuanto supe que veníais, decidí bajar de la fortaleza y esperaros. Además, tenía algunos asuntos que atender con el alcalde del pueblo —dijo el Arl—. Ha pasado un tiempo desde que nos vimos por última vez, Duncan.
—En efecto. —El Guarda Comandante sonrió—. Aunque creí que vuestras tropas ya habían partido a Ostagar, mi señor.
—Estoy esperando a Teagan —explicó Eamon.
—Ya veo. —Duncan no dejó ver nada más que su neutralidad. Se volvió hacia Elsa—. Permitidme presentaros a mi nueva recluta. Esta es Elsa, del Círculo de los Hechiceros.
La maga volvió a inclinarse, con ambas manos en el pecho.
—Es un honor conoceros, mi señor —dijo.
El Arl asintió en respuesta.
—El honor es mío, joven Elsa. He de decir que me sorprende ver a una maga fuera de la Torre. Desde que a Wilhem se le dio libertad, no he visto magos por aquí cerca.
Se mordió el labio. Ya no era una maga del Círculo, ¿verdad? Entonces… ¿qué le quedaba?
—Dime, Duncan. —El Arl Eamon perdió interés en Elsa—. ¿Planeas quedarte algunas horas? Sería bueno ponernos al día.
—Nada me gustaría más, mi señor. Pero debemos partir a Ostagar ahora mismo. Los Guardas Grises nunca estamos exentos del deber, ya lo sabéis.
—Es una pena. Supongo que ya hablaremos en cuanto os alcance. Pero al menos permitidme que os otorgue un medio de transporte más adecuado para un par de Guardas Grises. —Hizo un gesto con la mano sin apartar la mirada y dos caballeros se aproximaron desde la colina, cada uno guiaba un caballo negro con sillas de montar.
—Mi señor —comenzó Duncan—, esto es demasiado. Me temo que no podría aceptar…
—Si tanto te preocupa, tómalo como un préstamo. —Eamon sonrió con sinceridad—. Me los devolverás en Ostagar. —Su mirada se nubló y la sonrisa desapareció—. Dime… ¿cómo está Kristoff?
—Mejor de lo que podríais pensar —afirmó el Guarda—. Se ha adaptado bastante bien, mejor que en la Capilla.
El Arl sonrió con tristeza.
—No le digas que espero verlo, quiero que sea una sorpresa. Pero informa a Cailan de mi llegada, estaré en Ostagar con mis tropas más temprano que tarde; calculo que para el final de la semana habré llegado.
Elsa no lograba mantener el hilo de la conversación, pero tampoco le importaba realmente. Su atención fue capturada por los caballos: eran palafrenes, si sus recuerdos no le fallaban. Se sintió nerviosa, ella nunca había montado un caballo por su cuenta.
Se despidieron del Arl Eamon con reverencias.
Duncan subió a su montura con elegancia y rapidez, como si fuese lo más normal del mundo. Pero ella necesitó la ayuda de un caballero para subir, sintiéndose torpe y lenta. Su túnica no le facilitó el trabajo. Puso ambas botas en las hendiduras que le indicó el caballero, y trató de recordar la posición correcta para su espalda.
El caballo relinchó y el vértigo atacó por un segundo su estómago, pero pudo sostenerse y evitar caer. El caballero le explicó cómo hacer avanzar al palafrén, cómo hacerlo maniobrar con las riendas y cómo indicarle que se detuviera; pero ella apenas entendió que debía golpearlo suavemente con la rodilla para instarlo a galopar.
Duncan giró su caballo y le dijo que avanzara detrás de él. Elsa respiró hondo, sabiendo que no sería un viaje para nada fácil. Ascendieron por la colina, y Elsa ya comenzaba a notar molestia en sus piernas, pero se mordió el labio para evitar gruñir. Dejaron atrás un enorme molino, cruzaron un puente de madera y llegaron al Camino Imperial.
—Si seguimos a este ritmo llegaremos a Ostagar pasado mañana a esta misma hora —informó Duncan—. Espero que no sea ningún inconveniente la montura.
—En absoluto —respondió ella con los labios apretados—. Sólo que es mi primera vez cabalgando.
—Deberíais intentar poner la espalda más recta y los hombros… extiéndelos más —le explicó Duncan—. Sí, así. Puede que te sientas cansada al cabo de un rato, si no estás acostumbrada, pero es mejor que cabalgar encorvada.
No se suponía que estuviese aquí, cabalgando un animal que no sabía controlar, dirigiéndose hacia lo desconocido. Aylin era quien quería salir de la Torre, conocer el mundo, no Elsa. Casi se sentía como si le hubiera arrebatado la oportunidad a su amiga.
Ella solo deseaba regresar al lugar donde se sentía más segura, donde sabía que no lastimaría a nadie.
Pero… incluso ahí sus acciones lastimaron a gente inocente. Incluso siendo más sabia, madura y con control de su magia.
Y ni siquiera pudo despedirse de Aylin.
Y la traición de Jowan…
El revoloteo de los cuervos a lo lejos hizo que alzara los ojos. ¿Cuándo fue la última vez que vio pájaros volando?
—X—
9:30 del Dragón. Germinario, quinto mes.
Ferelden. Bannorn de Desembocadura Dane.
Anna
La comida era horrible y el lugar apestaba a estiércol y sudor. Anna seguía sin comprender por qué Gerda y ser Kai insistieron con rentar habitaciones en esta pocilga. Las personas a su alrededor la miraban extrañados, casi como si fuera una quimera o alguna bestia de Nevarra. Para empeorar la situación, no le habían permitido entrar con Olaf. Según el dueño de la posada, no se permitían perros. Incluso había un letrero con letras grandes que lo señalaba.
—¡Qué estupidez! —exclamó en la cara del tipo—. Por si no lo sabes, este no es cualquier perro: es un mabari de raza pura.
—Y a mí qué —dijo el hombre con un acento marcado—. Reglas son reglas. Vosotros fereldeanos y esa risible obsesión por perros. Si no te gusta, puedes buscar otra posada.
No podían buscar otra posada, esta era la única en la pequeña villa de Denrick. Además, era la primera con la que se habían topado desde el pueblo de Campo Ermi.
Apretó el tenedor con más fuerza de la necesaria, y masticó con intensidad el trozo de pescado, inundando su boca con un sabor salado y amargo. Gimoteó cuando se mordió la lengua, y el familiar sabor metálico de su sangre se mezcló con lo que mascaba. Las risas de un grupo de campesinos azotaron el lugar, alzó la mirada y su sangre hirvió al darse cuenta de que los de la otra mesa se mofaban de ella. ¡¿Cómo se atrevían?! Ella era Anna Cousland, y estaba dispuesta a enseñarles lo que es el respeto.
Pero antes de que pudiera levantarse y desenvainar su espada, el toque de la dócil mano de su nana la detuvo.
—Anna, por favor. —La miró con ojos suplicantes—. No queremos llamar la atención, ¿recuerdas?
La pecosa gruñó entre dientes y abandonó su idea de atacar a los campesinos, no sin antes lanzarles una mirada fulminante. Continuó comiendo, haciendo muecas con cada bocado. Bebió un trago de cerveza, al menos era decente y se podía pasar sin llegar a vomitar.
Ser Kai apreció en ese momento, sosteniendo un plato de sopa humeante.
—Ser. —Anna esperaba oír buenas noticias—. ¿Consiguió las habitaciones?
La verdad era que ella también quería dormir en una cama suave y mullida. Reposar sobre el pasto y la vegetación comenzaba a pasarle factura, y cada día su espalda amanecía más dolorida que el anterior, aunque nunca lo admitiría.
—El posadero dijo que solo le quedaba una —respondió el caballero, después de sorber una cucharada de sopa.
Anna maldijo diez veces en su cabeza al tipejo que los recibió en la entrada. De seguro, era su venganza por haberle dicho que sus reglas eran estúpidas, así como el nombre de la posada: "El descansadero del prójimo". ¿A quién se le ocurrió semejante nombre? Ella no tenía la culpa de que fuera un nombre tan estúpido, además podía decir lo que quisiera sobre cualquier cosa.
—¡Ese bastardo! —exclamó airada—. ¡Me las va a pagar! Veremos si le quedan dientes cuando…
—Mi señora —interrumpió Kai—. Está bien, yo dormiré aquí; el posadero me dijo que puede hacer espacio en las butacas. Vos y Gerda podéis compartir.
De repente su ira se esfumó y fue reemplazada por una punzada amarga. Ser Kai era un hombre viejo, lo suficiente como para que necesitara una cama después de haber dormido a la intemperie por casi diez días, la necesitaba mucho más que ella. Haciendo una mueca, decidió que no podía dejar que el caballero descansara en esas condiciones.
—Ser Kai —suspiró, tragándose su orgullo—. Yo dormiré aquí. Usted vaya y descanse junto a Gerda.
Los ojos estoicos del caballero se abrieron y casi se ahoga con la sopa. Tosió y dijo:
—Pero mi señora…
Anna lo interrumpió alzando la mano, un gesto que siempre hacía para indicar a los caballeros, guardias y sirvientes del castillo que dejaran de hacer lo que estuviesen haciendo.
—No le estoy pidiendo permiso, ser —lo miró con firmeza—. Es una orden.
Gerda sonrió, mientras que Kai se limitó a asentir confundido. Anna se llevó otro trozo de carne blanca a la boca, sin dejar de fruncir las cejas.
Luego de que terminaran de cenar, ser Kai y Gerda se retiraron a la habitación. El resto de personas que comían en las mesas o bebían en la cantina se habían retirado a sus propias habitaciones, en la parte superior de la posada, o salieron por la puerta principal para ir por sus caballos y marcharse.
Anna decidió dormir afuera, en los establos. Así, ningún mozo de cuadras la vería, al ocultarse entre el heno junto a Olaf. No era la mejor cama, pero serviría.
Los caballos relincharon y Anna intentó calmarlos. Tuvieron suerte haber podido tomar dos monturas antes de escapar de Pináculo. Si no, el viaje se habría vuelto dos veces más largo y cansado.
Olaf masculló y se hizo bolita en el heno, mientras Anna sonreía y pasaba una mano por su pelaje blanco. La Cousland hizo una mueca cuando se recostó en el heno. Apestaba. Pero al menos era más cómodo que dormir en hojas y ramas.
La luz amarillezca de una lámpara que iluminaba el establo apenas le permitía cerrar los ojos. Gruñó una maldición en voz baja. No era justo. No merecía dormitar en estas condiciones, se suponía que a esta hora debería de estar en su cama, dentro de la seguridad de los muros del castillo de Pináculo. En cambio, huía de su hogar como una vulgar ladrona.
Apretó ambos puños y sus dientes martillearon.
Las imágenes de Ofelia, Oren e Idun bañados en sangre atacaron su mente sin piedad. La sonrisa burlona se Gilmore… Sollozó y se mordió la lengua, obligándose a no llorar, pero fue inútil. El agua corrió por sus mejillas y el moquillo contrajo las respiraciones de su nariz.
Hasta ahora, Anna no se había permitido llorar. No era lo que hubiera hecho su padre, y su madre no habría querido verla así. Pero cada día era más difícil reprimir el llanto. La rabia, la desolación y el agotamiento eran sus enemigos diarios. Las primeras noches ni siquiera pudo conciliar el sueño, temía repetir aquellas escenas una y otra vez. Sin embargo, debía seguir adelante. No podía fallar. Debía llegar a Ostagar sin importar qué.
Papá sabrá qué hacer, se dijo. Él siempre sabía que debía hacerse. Él llevaría la justicia a los malditos osos traidores.
—Howe —gruñó entre dientes, el llanto y la tristeza reemplazados por ira.
Le partiré su bonita cara a goles, juró al pensar en Hans.
Su corazón lloró al sentirse apuñalado otra vez, pero Anna se negó a derramar lágrimas. No volvería a llorar por ese traidor malnacido.
¿Fue todo mentira? se preguntó. ¿Hans nunca la amó como ella a él? ¿Todo este tiempo no fue más que un medio para conseguir sus objetivos?
¡Claro que sí!, gritó su mente. Nunca me amó. Todo fue mentira. Por su culpa Gilmore, mamá y Oren están muertos. Mi casa fue saqueada. Lo mataré, juró, mi espada será su verdugo.
—¿Cuál es la razón de vuestra miseria, me pregunto, cuando la vida está llena de riquezas?
La voz la hizo saltar y se reincorporó en un santiamén, espada en mano.
Un hombre de mediana edad estaba frente a ella, mirándola con comodidad desde una silla al fondo del establo. Su rostro alargado con patillas grises no tenía nada en especial, parecía un campesino cualquiera. Pero… había algo extraño en él. Era como si un aura de misticismo lo rodease, reforzado, por la cogulla oscura que le cubría la calva.
El hombre le regaló una sonrisa torcida.
—¿Quién eres? —preguntó Anna a la defensiva.
—Tengo muchos nombres —respondió el hombre sin dejar de sonreír—. Pero vos podéis llamarme Gaxkang.
—¿Qué quieres?
El hombre levantó una copa dorada del suelo. ¿De dónde la había sacado?
—¿Por qué hacer preguntas tan banales? Cuando podéis tener el conocimiento de riquezas interminables a vuestro alcance.
—No me interesan tus riquezas —gruñó con el ceño fruncido y los ojos adormilados. ¿Por qué Olaf seguía dormido? ¿Por qué los caballos no hacían ningún ruido?
—Todos buscan riquezas —repuso Gaxkang—. Ya sean materiales o espirituales.
—No sabes nada de mí —espetó mientras su enojo hervía más y más—. Lárgate si no quieres probar el filo de mi espada.
Gaxkang, sin dejar de sonreír, bebió un pequeño trago de la copa.
—Ah, pero si lo que veo es el brillo de la venganza. —La miró con ojos ladinos—. Oh, y no tratéis de negarlo, puedo sentir el fuego ardiendo en vos. Pero… ¿qué es la venganza sino una riqueza para el alma?
—Ya te dije que no sabes nada de mí, déjame en paz.
—Ah, entonces cargáis con más dolor del que imaginé.
—¡Tú no sabes nada de mi dolor! —profirió Anna levantándose en el acto.
Gaxkang se llevó la copa a los labios y bebió un largo trago, sin inmutarse por el arrebato de la pelirroja.
—Todos tienen experiencia dolorosas, y todos creen que la suya es la peor. Qué orgulloso de su parte, ¿no lo creéis? Después de todo, ¿qué es el mundo sin el orgullo de quienes lo habitan? —Sus ojos brillaron y Anna se sintió indefensa bajo su mirada—. En cualquier caso, lo que me pregunté al veros es por qué tenéis ese mechón tan peculiar… No parecéis el tipo de chica que se tiñe el cabello.
La pecosa se detuvo y se llevó una mano a su trenza derecha. Siempre pensó que este mechón blanquecino era una especie de marca de nacimiento. En realidad, había vivido toda su vida con él por lo que nunca se había planteado su naturaleza. Era extraño, pero familiar.
—No es de tu incumbencia —gruñó con los ojos entrecerrados.
Gaxkang, sin apartar los ojos de su mechón, se incorporó dejando su copa dorada en el piso. Era mucho más alto de lo que Anna pensó en un inicio, la superaba por al menos dos codos y su cabeza casi tocaba el techo de madera. Fue entonces que se percató: no había ningún otro sonido, ni siquiera los ronquidos de Olaf o el relinchar de los caballos.
—En eso estáis equivocada. Si algún día decidís que la venganza no os satisface, buscad en Denerim y tocad tres veces. —Gaxkang dio un paso al frente—. Nos volveremos a ver.
Una garra llameante le arañó la frente y todo el vigor de Anna se vino abajo.
Despertó con el lloriqueo insistente de un niño y el cantar de un gallo. Los caballos relincharon cuando saltó en el heno. Olaf la miró y comenzó a lamerle la cara.
El sol comenzaba a salir en el horizonte, iluminando cada parte del establo.
No pudo recordar lo que sucedió la noche anterior. ¿Tuvo una pesadilla? Pero el sentimiento de incomodidad seguía ahí.
—X—
Nota de autor
Feliz año nuevo a todos. Espero que se la pasen muy bien y que les vaya muy bien en 2024.
Por mi parte, este es el último capítulo del año y el que cierra el primer arco de la historia. El siguiente arco comenzará a publicarse en verano de este año, aún no decido la fecha, pero pueden estar seguros de que será entre mayo y junio.
Espero que hasta el momento les haya gustado la historia, no duden en dejar críticas sobre lo que puede mejorar, ya sea ortografía, estilo de escritura, etc.
Agradezco el apoyo. Feliz año y nos leemos en verano.
