Yo quiero leer - dijo James con una sonrisa.
Hagrid le dio el libro y James leyó "El callejón Diagon"
Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.
"Ha sido un sueño -se dijo con firmeza-. He soñado que un gigante llamado Hagrid venía a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena."
Se produjo un súbito golpeteo.
"Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta", pensó con el corazón en un puño. Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito…
Toc. Toc. Toc.
-Está bien -rezongó-. Ya me levanto.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid en persona estaba dormido en el sofá y había un búho golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior. Fue directamente a la ventana y la abrió. El búho bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no despertó. Entonces el búho se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
-No hagas eso.
Harry trató de apartar al búho, pero éste cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
-¡HAGRID! - dijo Harry en voz alta-. Aquí hay un búho…
-Págale -gruñó Hagrid desde el sofá.
-¿Qué?
-Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.
El abrigo de Hagrid parecía hecho sólo de bolsillos, con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, veneno para babosas, ovillos de cordel, caramelos de menta bolsitas de té… Finalmente, Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
-Dale cinco Knuts -dijo, soñoliento, Hagrid.
-¿Knuts?
-Esas pequeñas de bronce.
Harry contó las cinco monedas y el búho extendió la pata para que el niño pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Después el ave salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
-Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acaba de pincharse.
-Hum… ¿Hagrid?
-¿Si? - dijo Hagrid, que estaba calzándose sus colosales botas.
-Yo no tengo dinero, y ya oíste a tío Vernon anoche: no va a pagar para que vaya a aprender magia.
-No te preocupes por eso -dijo Hagrid, poniéndose de pie golpeándose la cabeza-. No creerás que tus padres no te dejaron nada…
-Pero si su casa fue destruida…
-¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, fría no están mal, y no diré que no a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
-¿Los magos tienen banco?
-Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los duendes.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
-¿Duendes?
-Ajá… Así que hay que estar loco para intentar robarles, te lo aseguro. Nunca te metas con los duendes, Harry. Exceptuando tal vez Hogwarts, Gringotts es el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que quieras guardar. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. -Hagrid se irguió con orgullo-. En general, me emplea para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon que había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
-¿Cómo llegaste aquí? -preguntó Harry, mirando alrededor, buscando un bote.
-Volando -dijo Hagrid.
-¿Volando?
-Sí… pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te he encontrado.
Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.
-Sin embargo, me parece una lástima tener que remar-dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo-. Si yo… acelero las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
-Por supuesto que no -respondió Harry, deseoso de ver más magia.
James miraba con orgullo a su hijo, mientras seguía leyendo.
Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.
-¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? -preguntó Harry.
Pues si estaba loco – dijo una voz masculina, susurrando.
Estábamos, también fuimos – respondió una voz femenina.
-Hechizos… encantamientos… -dijo Hagrid, desdoblando el periódico mientras hablaba-. Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad. Y además hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirían de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.
Harry permaneció sentado en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gusta que las dejen tranquilas cuando hacen eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.
-El ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre -murmuró Hagrid, pasando página.
-¿Hay un Ministerio de Magia? -preguntó Harry, sin poder contenerse.
-Por supuesto -respondió Hagrid-. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él jamás dejará Hogwarts, de modo que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía búhos a Dumbledore todas las mañanas, pidiendo consejo.
-Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
-Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.
En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló el periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle.
Los transeúntes miraban mucho a Hagrid mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no podía reprochárselo: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquier, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:
-¿Ves eso, Harry? Qué cosas inventan esos muggles, ¿Verdad?
-Hagrid -dijo, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo-, ¿es verdad que hay dragones en Gringotts?
"Y vaya que sí" - pensó Harry.
-Bueno, eso dice -respondió Hagrid-. Me gustaría tener un dragón.
-¿Te gustaría tener uno?
-Quiero uno desde que era niño... Es aquí.
Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía "la moneda muggle", como la llamada, dio el dinero a Harry para que comprara los billetes.
La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.
-¿Todavía tienes la carta, Harry? -preguntó, mientras contaba los puntos.
Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.
-Bien –dijo Hagrid-. Hay una lista con todo lo que necesitas.
Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
-Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)
-Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario
-Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)
-Una capa de invierno (negra, con broches plateados)
(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
-Libro reglamentario de hechizos, primer curso, Miranda Goshawk
-Historia de la magia, Bathilda Bagshot
-Teoría mágica, Adalbert Waffling
-Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch
-Mil hierbas y hongos mágicos, Phyllida Spore
-Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger
-Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander
-Las fuerzas oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble
RESTOS DEL EQUIPO
1 varita
1 Caldero (peltre, medidas estándar 2)
1 juego de redomas de vidrio o cristal
1 telescopio
1 balanza de latón
Los alumnos también pueden traer un búho, o un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
Alguien tuvo una excepción - dijo Ron, mirando a Harry, quién tenía una sonrisa inocente.
-¿Podemos comprar todo esto en Londres? -se preguntó Harry en voz alta.
-Sí, si sabes adónde ir -respondió Hagrid.
Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta por que los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.
-No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia -comentó mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.
Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero ningún sitio donde pareciera que vendían varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría montones de oro de los magos enterrados varios kilómetros por debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley? Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.
-Es aquí -dijo Hagrid deteniéndose-. El caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no habría reparado en él. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera mencionarlo, Hagrid lo hizo entrar.
Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre bajito que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid; lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:
-¿Lo de siempre, Hagrid?
-No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts -respondió él, poniendo una mano en el hombro de Harry y obligándolo a doblar las rodillas.
-¡Dios mío! -dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry-. ¿Éste es... puede ser...?
El caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.
-Válgame Dios -susurró el cantinero-. Harry Potter... todo un honor.
Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
-Bienvenido, señor Potter, bienvenido.
Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.
Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.
-Doris Crockford, señor Potter. No puedo creer que por fin lo haya conocido.
-Estoy orgullosa, señor Potter, muy orgullosa.
-Siempre he querido estrechar su mano... estoy muy complacido.
-Encantado, señor Potter, no puedo decirle cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.
-¡Yo lo he visto antes! -dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción-. Usted me saludó una vez en una tienda.
-¡Me acuerda! -gritó Dedalus Diggle, mirándolos a todos-. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!
Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.
Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.
-¡Profesor Quirrell! -dijo Hagrid-. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
Clases de actuación - dijo Harry, de forma sarcástica para sus amigos.
-P... P... Potter -tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry-. N... no pue... e... do decirte l... lo contento que... e estoy de co... conocerte.
-¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?
-D... Defensa contra las Artes O... Oscuras -murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello-. No... no es a... algo que t... tú n... necesites, ¿verdad?, P... Potter -Soltó una risa nerviosa-. Estás reuniendo el e... equipo, s... supongo. Yo tengo que b... buscar un nuevo l... libro sobre va... vampiros. -Pareció aterrorizado ante la simple mención.
Pero los demás no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry. Tuvieron que pasar casi diez minutos hasta que lograron deshacerse de todos ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír por encima del barullo.
-Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
Hagrid miró sonriente a Harry.
-Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque es cierto que tiembla habitualmente.
-¿Está siempre nervioso?
-Oh, sí. Pobre tipo. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba los libros, pero entonces cogió un año de vacaciones para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura... Un momento, ¿dónde está mi paraguas?
¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
-Tres arriba... dos horizontales... -murmuraba-. Correcto. Un paso atrás, Harry.
Dio tres golpes con la punta del paraguas.
El ladrillo que había tocado tembló, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
-Bienvenido –dijo Hagrid- al callejón Diagon.
Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.
El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. "Calderos - todos los tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata -Automáticos - Plegables", decía un rótulo que colgaba sobre ellos.
-Sí, vas a necesitar uno -dijo Hagrid-, pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.
Harry deseó tener ochos ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas expuestas fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una botica cuando ellos pasaron, diciendo: "Hígado de dragón a dieciséis sickles la onza, están locos..."
Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: "Emporio del Búho. Color pardo, castaño, gris y blanco." Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. "Mirad -oyó Harry que decía uno-, la nueva Nimbus 2000, la más veloz." Algunas tiendas vendían túnicas; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de barriles de bazos de murciélago y ojos de anguila, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergaminos, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...
-Gringotts –dijo Hagrid.
Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con uniforme escarlata y dorado, había...
-Sí, eso es un duende -dijo Hagrid en voz baja mientras subían por los escalones de piedra blanca.
El duende era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otra puerta doble, esta vez de plata, con unas palabras grabadas.
ENTRA, DESCONOCIDO, PERO TEN CUIDADO CON LO QUE LE ESPERA AL PECADO DE LA CODICIA, PORQUE AQUELLOS QUE COGEN, PERO NO SE LO HAN GANADO, DEBERÁN PAGAR EN CAMBIO MUCHO MÁS, ASÍ QUE SI BUSCAS DEBAJO DE NUESTRO SUELO UN TESORO QUE NUNCA FUE TUYO, LADRÓN, TE HEMOS ADVERTIDO, TEN CUIDADO DE ENCONTRAR AQUÍ ALGO MÁS QUE UN TESORO.
-Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí -dijo Hagrid.
Dos duendes los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de duendes estaban sentados en altos taburetes, detrás de un mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de latón y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros duendes guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
-Buenos días -dijo Hagrid a un duende desocupado-. Hemos venido a sacar dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.
-¿Tienes su llave, señor?
-La tengo por aquí-dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro mohosas sobre el libro de cuentas del duende. Éste frunció la nariz. Harry observó al duende que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como brasa.
-Aquí está -dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.
El duende la examinó de cerca.
-Parece estar todo en orden.
-Y también tengo una carta del profesor Dumbledore –dijo Hagrid, dándose importancia-. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.
El duende leyó la carta atentamente.
-Muy bien –dijo, devolviéndosela a Hagrid-. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!
Griphook era otro duende. Cuando Hagrid metió todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
-¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? -preguntó Harry.
-No puedo decírtelo -dijo misteriosamente Hagrid-. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.
Al principio se precipitaron a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.
A Harry le escocían los ojos por las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final de un pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.
-¡Nunca lo he sabido! -gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro-. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?
-Las estalagmitas tienen una eme -dijo Hagrid-. Y no me hagas preguntas ahora, creo que estoy mareándome.
Unos asintieron lo del mareo y a otros les dio risa.
Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante una pequeña puerta en el pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared para que dejaran de temblarle las rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se disipó, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.
-Todo tuyo -dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían de saberlo, o se habrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.
-las de oro son galeones -explicó-. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. -Se volvió hacia Griphook- Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
-Una sola velocidad -contestó Griphook.
Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire era cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado del barranco subterráneo, y Harry se inclinó hacia un costado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.
La cámara setecientos trece no tenía cerradura.
-Un paso atrás -dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus dedos largos y ésta desapareció-. Si alguien que no sea un duende de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado -añadió.
-¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie adentro? -quiso saber Harry.
-Más o menos cada diez años -dijo Griphook, con una sonrisa bastante desagradable.
Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le habría gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.
-Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantenga la boca cerrada -dijo Hagrid.
Después del veloz trayecto, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso del que Dudley tendría en toda su vida.
-Deberías comprarte el uniforme –dijo Hagrid, señalando hacia "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones"-. Oye, Harry, ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. -Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
-¿Hogwarts, guapo? -dijo cuando empezó a hablar-. Tengo todo el equipo... En realidad, otro muchacho se lo está probando ahora.
En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y anguloso estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la túnica negra. Madame Malkin colocó a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.
Muchos se dieron cuenta que era Draco Malfoy, por las miradas entre ellos y las características que se mencionaron.
-Hola -dijo el muchacho-. ¿También Hogwarts?
-Sí -respondió Harry.
-Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas -dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras-. Luego voy a llevármelos a mirar escobas de carreras. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
Harry recordaba a Dudley.
-¿Tú tienes escoba propia? -continuó el muchacho.
-No -dijo Harry.
-¿Juegas al menos quidditch?
-No -dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.
-Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
-No -dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.
-Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?
Los de la casa del tejón ya no parecían gentiles ni serviciales.
-Hum -contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.
-¡Oye, mira a ese hombre! -dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante.
Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
-Ése es Hagrid –dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía-. Trabaja en Hogwarts.
-Oh –dijo el muchacho-, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?
-Es el guardabosque –dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.
-Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha, trata de hacer magia y termina prendiendo fuego su cama.
-Yo creo que es estupendo -dijo Harry con frialdad.
-¿Eso crees? -preguntó el chico haciendo una mueca-. ¿Por qué está contigo? ¿Dónde están tus padres?
-Están muertos -respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.
-Oh, lo siento –dijo el otro, aunque no pareció que le importara-. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
Lucius miró con orgullo a su hijo, por seguir sus creencias. Mientras que otros lo miraban con decepción, siendo que uno de los encapuchados pensaba cómo estaba emparentado con él.
-Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.
-Realmente, no creo que deberían dejar entrar a los otros, ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, imagínate. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y, a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Pero, antes de que Harry pudiera contestar, madame Malkin dijo:
-Ya está listo lo tuyo, guapo.
Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.
-Bien, te veré en Hogwarts, supongo –dijo el muchacho, arrastrando las palabras.
Harry estaba silencioso mientras comía el helado que Hagrid le habría comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).
-¿Qué sucede? -preguntó Hagrid.
-Nada -mintió Harry.
Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir. Cuando salieron de la tienda, preguntó:
-Hagrid, ¿qué es el quidditch?
-Vaya, Harry, aún me olvido de lo poco que sabes... ¡No saber qué es Quidditch!
-No me hagas sentir peor -dijo Harry.
Muchos hijos de muggles se sintieron así al entrar al mundo mágico.
Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de madame Malkin.
-...y ha dicho que la gente de familia de muggles no debería poder ir...
-Tú no eres de una familia de muggles. Si hubiera sabido quién eres... Si sus padres son magos, ha crecido conociendo tu nombre. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!
-Entonces, ¿qué es el quidditch?
-Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicar las reglas.
-¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?
-Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que los Hufflepuff son unos inútiles, pero...
-Seguro que yo estaré en Hufflepuff -dijo Harry, desanimado.
-Es mejor Hufflepuff que Slytherin -dijo Hagrid con tono lúgubre-. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quién-tú-sabes fue uno.
-¿Vol...perdón...Quién-tú-sabes estuvo en Hogwarts?
-Hace muchos años -respondió Hagrid.
Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca había leído nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.
-Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley.
-No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales –dijo Hagrid-. Y, de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás estudiar mucho antes de llegar a ese nivel.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un caldero de oro macizo (en la lista decía peltre), pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de latón. Luego visitaron la botica, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).
Fuera de la botica, Hagrid echó otro vistazo a la lista de Harry.
-Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
-No tienes que...
-Sé que no tengo que hacerlo. Te diré lo que haremos: te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarían... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Voy a regalarte un búho. Todos los chicos quieren tener un búho. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio del Búho, que era oscuro y estaba lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala. Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.
Harry sintió algo de nostalgia al recordar ese día, cuando tuvo a Hedwig.
-No es nada -dijo Hagrid con aspereza-. No creo que los Dursley te hayan hecho muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.
Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente había estado esperando.
La última tienda era estrecha y tenía mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: "Ollivander: fabricante de excelentes varitas desde 382 a.C." En el polvoriento escaparate, sobre el cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.
Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla endeble donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir y, en lugar de hacerlas, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.
-Buenas tardes -dijo una voz amable.
Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse, porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.
Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
-Hola -dijo Harry con torpeza.
-Ah, sí -dijo el hombre-. Sí, sí, pensaba que iba verlo pronto. Harry Potter. -No era una pregunta-, tiene los ojos de su madre. Parece que fue ayer cuando vino a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.
El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.
-Su padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que su padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.
Lily y James asintieron, al escuchar con exactitud la descripción de sus varitas.
El señor Ollivander estaba tan cerca que sus narices casi se tocaban. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.
-Y aquí es donde...
El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry con un largo dedo blanco.
-Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso -dijo amablemente-. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba hacer en el mundo...
Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.
-¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?
-Así era, sí, señor -dijo Hagrid.
-Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron –dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.
-Eh... sí, eso hicieron, sí -respondió Hagrid, arrastrando los pies-. Sin embargo, todavía tengo los pedazos -añadió con vivacidad.
-Pero no los utiliza, ¿verdad? -preguntó con sequedad.
-Oh, no, señor -dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que agarraba con fuerza su paraguas rosado.
-Hum –dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid-. Bueno, ahora, señor Potter... déjeme ver. -Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con unas marcas plateadas-. ¿Con qué brazo coge la varita?
-Eh... bien, soy diestro -respondió Harry.
-Extienda el brazo. Eso es. -Midió al niño de hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de la cabeza. Mientras medía, dijo-: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, señor Potter. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y fibra de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrá tan buenos resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento lo medía entre las fosas nasales, iba sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.
-Esto ya está -dijo y la cinta métrica se enrolló en el suelo-. Bien, señor Potter. Pruebe ésta. Madera de haya y fibra de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cójala y agítela.
Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
-Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Pruebe.
Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.
-No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.
Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. El montón de varitas probadas, que estaban sobre la silla crecía por momentos, pero, cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.
-Qué cliente tan difícil, ¿no? No se preocupe, encontraremos a su pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. La levantó sobre su cabeza. La hizo bajar silbando por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:
-¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente curioso...
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, murmurando todavía: "Curioso... curioso."
-Perdón -dijo Harry- pero ¿Qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en su mirada pálida.
-Recuerdo cada varita que he vendido, señor Potter. Cada una de ellas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en su varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuviera destinado a esa varita, cuando fue su hermana... sí, fue su hermana la que le hizo esa cicatriz.
Harry tragó, sin poder hablar.
-Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdelo... Creo que debemos esperar grandes cosas de usted, señor Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... terribles, sí, pero grandiosas.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron el camino de vuelta por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vació. Harry no habló mientras salían a la calle y ni si quiera reparó en la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con todos esos paquetes de formas raras y con la lechuza blanca dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acaba de comprender dónde estaban cuando Hagrid le dio golpecitos en el hombro.
-Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren -dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.
-¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso -dijo Hagrid.
Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo... masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.
-Todos creen que soy especial –dijo finalmente-. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.
Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.
-No te preocupes, Harry. Aprenderás rápido. Todos son principiantes cuando empiezan Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente, sé tú mismo. Sé que es difícil. Has sido elegido y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo hice y, en realidad, todavía lo hago.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
-Tu billete para Hogwarts -dijo-. El uno de septiembre, en King's Cross. Está todo en el billete. Si tienes cualquier problema con los Dursley, me mandas una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Hasta pronto, Harry.
El tren arrancó. Harry deseaba mirar a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba. -terminó de leer James.
Vamos con las preguntas que tengan sobre el futuro - dijo Harry - Después vamos a comer y dos de los encapuchados se unirán.
~ Espero que les haya gustado el capítulo ~
