ZELDA
Había admirado a los sheikah de niña. Eran altos y fuertes, pese a su complexión poco robusta, y se movían con agilidad y sigilo. No los oías llegar. A los doce años había estado tentada de pedirle a los sheikah que trabajaban en las excavaciones que me enseñaran a ahogar y camuflar mis pasos como ellos lo hacían. Así podría escapar de mis escoltas sin que se inmutaran para escabullirme a la biblioteca cada noche, incluso después del toque de queda. Podría hasta escapar de la catedral de la Ciudadela, donde debía acudir a rezar casi cada día.
Pero lo mejor de todo fue cuando supe que los sheikah poseían mentes brillantes. Habían creado una tecnología imposible de replicar, capaz de vencer al mismísimo Mal encarnado, y diez mil años después ideaban complejos sistemas para descifrar los enigmas del pasado.
Hacer amigos sheikah había sido el mayor honor que se me había concedido jamás durante un corto tiempo. Luego había caído en la cuenta de que no todos los sheikah eran brillantes y prodigiosos. Muchos eran rudos y brutos, y otros eran estirados y egocéntricos. Algunos ni siquiera eran guerreros. No eran tan distintos de los hylianos.
Y ahora, un siglo después, mientras contemplaba a Pay desde el lado opuesto de la mesa, solo podía sentir una creciente irritación hacia los sheikah, que al parecer no tenían suficiente con sus propios asuntos y debían inmiscuirse en los nuestros también.
En el fondo, los entendía. Su propósito divino era servir a la familia real. Protegerla de cualquier peligro. Entendía por qué sus alarmas habían saltado al enterarse de que una niña indefensa había heredado el poder sagrado. Si yo hubiera sido un sheikah, tal vez habría hecho lo mismo.
—Entenderéis —empezó Pay tras un largo silencio— que no podemos olvidarnos de vosotros. Nuestro cometido es proteger a quien porte la sangre de la Diosa Hylia. Hyrule estaría perdido sin vosotras.
Me obligué a mantener la calma. No podía perder los estribos, como unas horas antes. Pero el poder había tronado en mis oídos con demasiada fuerza como para ser ignorada. Al menos ahora, en aquella reunión planeada, sabía a lo que me enfrentaba. Y la mano de Link junto a la mía me ayudaba a mantenerme en el presente.
—Lo entiendo —dije—. Pero tú también entenderás que no necesitamos la protección de vuestro pueblo. Podemos mantener correspondencia estrecha, como hemos hecho hasta ahora. De buena gana aceptamos vuestra ayuda en lo relacionado con el poder sagrado, pero eso es todo.
—Hay una cosa que no entiendo —murmuró Pay—. ¿Por qué odiáis tanto la idea de tener protección? Si algo ocurre...
—Si algo ocurre, nos tiene a Zelda y a mí —intervino Link. Su voz estaba en calma. Sabía que él tenía pensado hablar poco en aquella reunión; quería que la decisión fuera cosa mía. Y yo lo apreciaba de veras, pero Arwyn también era su hija. Él tenía derecho a participar en la conversación—. No tiene por qué ocurrir nada, de todas formas.
La mirada de Pay era grave. Con el tiempo había aprendido a no confiar en la seguridad, ni siquiera la que Hatelia ofrecía. Podía romperse en cualquier momento. Y nosotros siempre pagábamos las consecuencias, por motivos que se me escapaban.
—Confío —dijo Pay— en que sepáis lo importante que es la supervivencia de vuestra hija.
—Mi hija no es un cuerpo en el que Hylia pueda reencarnarse —dije con los puños apretados. Me había prometido a mí misma que no me enfadaría de nuevo, pero comentarios como aquel me lo ponían más difícil—. Ella es mucho más que todo eso.
—No lo dudo —respondió Pay—. Pero sigue siendo importante. De nuevo, confío en que vosotros me entendáis.
Su mirada alternaba entre nosotros, como buscando comprensión. Yo decidí no complicarle la tarea. Empezaba a recordarme a la muchacha insegura que había dejado en Kakariko hacía unas lunas.
—Lo entiendo —respondí—. Pero sigo sin tener intención de dejar que sigáis a mi hija.
—¿Por qué estabais siguiéndome a mí antes? —quiso saber Link antes de que Pay tuviera oportunidad de replicar—. Pensaba que sabíais que yo no brillo.
Por un instante, vi el brillo de diversión en los ojos de Pay. Desapareció en un parpadeo, aunque fue suficiente para que me relajara un poco más en la silla. Aquello no estaba yendo tan mal como llevaba toda la mañana temiendo. Tal vez Link tenía razón y todo iría bien.
—Mis guardias no podían encontrar a vuestra hija —explicó Pay—. Entrar en vuestra tienda era demasiado arriesgado, así que envié a uno de mis exploradores a seguirte. Mis disculpas.
Inclinó la cabeza hacia Link, como era costumbre entre los sheikah. Me sorprendió oír la risa de Link.
—La próxima vez elige mejor a tus hombres. El que enviaste hacía más ruido que un moblin enfadado, para ser un sheikah.
Pay le mostró una diminuta sonrisa. Yo me relajé un poco más en la silla. Sí, aquello estaba yendo bien.
—No lleva mucho tiempo en el puesto, pero es un joven leal.
Como si ella no fuera casi tan joven como él. Diosas, ya hablaba como una matriarca sheikah. Había tenido mis dudas al principio; Pay siempre había sido tan reservada y nerviosa que había sido incapaz de imaginármela liderando la tribu sheikah. Sin embargo, había juzgado con demasiada precipitación, por lo que parecía.
—Suenas como Impa —murmuró Link.
Pay se quedó boquiabierta, aunque no dijo nada. Pasé una mano por mi vientre distraídamente y carraspeé para llamar su atención.
—¿Tenemos un trato? —pregunté—. Nada de guardias siguiéndonos a todas partes. Enviaremos cartas cada semana si con eso conseguimos calmar vuestros temores. Podemos incluso concertar reuniones cada poco tiempo. Según vuestros deseos.
Pay apretó los labios y, por primera vez desde que la había visto en el campamento, distinguí un atisbo de vacilación en sus ojos. Parecía indecisa.
—Juradme que protegeréis a esa niña.
Sabía que a Pay no le importaba Arwyn como tal. Solo quería que el legado de Hylia perdurara. Los niños la llamaban tía Pay, pero dudaba que hubieran intercambiado unas pocas palabras con ella desde que la conocían.
Link y yo lo juramos sin dudarlo, de todas formas. Yo daría mi propia vida si con eso podía proteger la de mis hijos, y sabía que Link haría lo mismo sin pensárselo dos veces. Pay nos obligó a jurarlo en el nombre de Hylia y, aunque en el fondo aquello no serviría de mucho, ambos lo hicimos sin emitir una sola queja.
—Sigue quedando el asunto de cómo vas a entrenar a tu hija, Zelda —dijo Pay al cabo de un rato.
—No es un entrenamiento —repuse, solo con una pizca de frialdad—. La enseño a mantenerlo bajo control. Ella solo tiene problemas canalizando el poder hacia el exterior. Tengo pensado enseñarle todo lo que sé, no te preocupes.
Haría por ella lo que muy pocos habían hecho por mí, tanto hacía cien años como mientras intentaba controlar el poder. Solo Link había tratado de ayudarme. Y sus sugerencias habían funcionado, aunque no era ninguna sorpresa que Link tuviera siempre razón.
—Podríais llevarla a las fuentes sagradas, si no queréis que haga el peregrinaje —añadió Pay—. Sé que esos lugares no os traen buenos recuerdos, pero es importante que ella rece allí. Debe recibir la bendición de Hylia.
—¿No es suficiente bendición que haya heredado el poder sagrado? —dijo con una nota de frustración.
—Sabes a lo que me refiero —repuso Pay con calma. Entonces comprendí a Link y le di la razón para mis adentros. Pay empezaba a parecerse a Impa.
—Mi hija no va a peregrinar con solo seis años —sentencié—. Lo hará cuando crezca y comprenda mejor las cosas, si eso es lo que desea.
Porque, si no lo deseaba, no iba a forzarla a sumergirse en tres fuentes de aguas gélidas que se encontraban en cada punta de Hyrule. No iba a ser como mi padre. En ocasiones era capaz de aprender de mis errores.
Pay apretó los labios. Con solo ver su expresión supe que no estaba contenta aunque, para mi sorpresa, no siguió insistiendo.
—Bien. Mi pueblo no se... inmiscuirá en vuestros asuntos, tal y como habéis pedido. —Suspiró e hizo un ademán de ponerse en pie—. Me alegra que hayamos llegado a un acuerdo. Debería...
Puse una mano sobre la suya antes de que pudiera levantarse de la silla. Ella se detuvo en seco y se nos quedó mirando a ambos con los ojos muy abiertos. Vi algo de la antigua Pay entonces, en su expresión.
—Quiero que sepas que no guardamos ningún rencor hacia tu pueblo —le dije con suavidad. Miré a Link, y él asintió también—. Agradecemos todo lo que habéis hecho por nosotros. No estaríamos aquí sin los sheikah. Pero supongo que los tiempos cambian, y hay que adaptarse a ellos.
Por un momento, el gesto de Pay no cambió. De pronto, sin embargo, esbozó una sonrisa amplia, y el alivio me inundó. No quería ofender a los sheikah, mucho menos enemistarme con ellos. Habían sido nuestros únicos aliados por mucho tiempo. Y en mi corazón sabía que Impa habría estado de acuerdo con mi decisión de no utilizar guardias sheikah y no llevar a Arwyn a las fuentes sagradas.
—Entiendo que queráis tener una vida tranquila. Os lo merecéis, después de todo lo que os ha ocurrido. Me disculpo de nuevo si hemos tomado decisiones demasiado deprisa.
Inclinó la cabeza en nuestra dirección. Vi que Link sonreía.
—Está bien saber que no habrá ningún sheikah mirándome mientras me alivio en medio de un bosque.
—Link... —siseé yo, aunque Pay soltó una risita.
—Mis guardias no harían eso —nos aseguró—. O, al menos, yo no se lo ordenaría.
Link hizo una mueca. Yo le dirigí una mirada de reproche, y él fingió no haberse dado cuenta. Supuse que había una razón por la que no había encajado con los nobles zora, después de todo.
—Debería felicitaros, por cierto —dijo Pay. Todavía sonreía—. Seguro que la Diosa os bendecirá con otro hijo sano en unas lunas.
Sonreí también, aunque en esa ocasión me resultó un poco más difícil. Hylia no iba a bendecirnos con nada. Si nuestro hijo estaba sano cuando naciera, no sería gracias a ella.
—Eso espero —murmuré.
Pay se despidió después de decirnos que Prunia también se encontraba en el campamento. La delegación sheikah había llegado hacía solo un día, y todas las tiendas estaban montadas ya. Supuse que algo que no cambiaba con el paso del tiempo eran los sheikah.
Una vez estuve a solas con Link, me recliné sobre la silla con un largo suspiro.
—Bueno —murmuré—, al menos eso ha salido bien.
—Te dije que funcionaría.
—Oh, cuánta sabiduría reside en vuestras palabras, Maestro Link.
Él sacudió la cabeza, divertido, aunque en el fondo era cierto. Él solía tener razón. Contemplé su pelo y sus ropas húmedas y me pregunté qué demonios habría estado haciendo con Artyb.
Me sentí culpable al pensar en él. Era cierto que Arwyn me preocupaba tanto que últimamente le había dedicado gran parte de mi tiempo. No obstante, sabía que Artyb tenía el corazón de su padre. Él lo entendía, y no se había quejado durante las últimas lunas, mientras pasaba tiempo con Arwyn para mostrarle cómo controlar el poder sagrado. Eso no era ninguna disculpa, sin embargo. Y pensaba mejorar.
Arwyn estaba mejorando también. Parecía haber olvidado el incidente con el rupinejo, y canalizaba el poder con más facilidad. Seguía escapándosele muy deprisa —más de lo que me gustaría—, pero supuse que no podía hacer nada por cambiarlo. Era solo una niña; era un milagro que el poder de las deidades residiera dentro de ella siquiera. Ya ni hablar de que pudiera controlarlo a su antojo.
Aquella tarde, después de escribir cartas y ultimar detalles —siempre había algo que hacer en los concilios, para mi frustración—, llegó un nuevo montón de carros y viajeros hylianos. Empezaron a instalarse en nuestro campamento sin ningún orden aparente. Si algo no cambiaría de los hylianos era, sin duda, el caos con el que afrontaban las situaciones. Éramos diferentes a las otras razas respecto a eso.
Había enviados de cada aldea hyliana: Onaona, Adenya, Mabe, Hatelia, Idilia y Goponga, todavía en construcción, además de Arkadia, que se encontraba en fases aún más tempranas. Otros asentamientos como Penumbra o el nuevo rancho cercano a la llanura de Hyrule nunca enviaban a sus gentes a los concilios, aunque sí los teníamos en cuenta a la hora de tomar decisiones.
Link y yo decidimos salir de la tienda para comprobar el origen de todo aquel ajetreo. Los niños corrían entre las tiendas, aunque les había advertido que no se alejaran. Había demasiada gente, y ya no confiaba en nadie. Esperaba que alguien hubiera traído niños al concilio. Ellos ya eran dos, pero se divertirían más si otros jugaban con ellos. Así no estarían solos durante las largas reuniones.
El campamento hyliano estaba irreconocible. Había tiendas montadas y a medio montar, de diversos colores y tamaños. Varios viajeros habían decidido dejar sus carros en medio del camino, como a modo de obstáculo. Artyb y Arwyn se divirtieron esquivando los carros, pero yo solo los miré con el ceño fruncido.
Casi todo el mundo nos saludaba al pasar, aunque no fueran gentes de Hatelia. Sabía que, antes del concilio, teníamos que celebrar una reunión entre todos los asentamientos hylianos asistentes para concretar detalles que podían habérsenos quedado atrás, y también para informarnos de problemas que hubieran surgido recientemente. Estaba esperando un duelo entre el representante de Mabe y el de Adenya. Esperaba que al menos fuera entretenido.
Karud sonrió al vernos. Su tienda tenía cosido el emblema de Construcciones Karud en la lona, cerca de la entrada.
—Llegas tarde —le dijo Link antes de que ninguno pudiera decir una palabra. Su mirada era seria, aunque pude oír diversión en el fondo de su voz.
—No llego tarde —repuso Karud, indignado—. Ni siquiera ha empezado. Las gerudo no han llegado todavía, y esto no puede empezar sin las gerudo.
Tenía ganas de ver a Riju, e incluso a Teba. La lejanía entre Gerudo, Tabanta y Necluda hacían casi imposible el contacto, aunque habíamos estado manteniendo correspondencia. Solo podía ver a Riju en los concilios, y siempre que nos encontrábamos había crecido un poco más. Ya era incluso más alta que yo, aunque era común que las gerudo superaran en altura a las mujeres hylianas por varias cabezas.
—Además —añadió Karud—, dijisteis que queríais que viajáramos todos juntos.
—Yo no dije eso —repuso Link, de brazos cruzados—. Solo dije que teníamos que hablar.
—Si con hablar os referís a sonsacarle información al nuevo alcalde de Hatelia, entonces estuvisteis de suerte ese día. Fuisteis listos, incluso, con esas botellas de cerveza.
Chisté con disimulo y miré a nuestro alrededor con cierto temor, aunque nadie parecía estar prestándonos atención.
—No queríamos sonsacarle información al alcalde —susurré—. Así que deja de decirlo. Solo queríamos conocerlo mejor y celebrar su nuevo puesto. Nada más.
Karud soltó una risotada llena de desdén.
—Oh, por supuesto, querida. Ojalá no os conociera desde hace tantos años. Podría no pillar vuestras mentiras.
Link tomó aire para responder —a saber el qué—, pero yo lo detuve con una mano sobre su brazo. Él mantuvo la boca cerrada.
—Estamos buscando a quien robó la espada de Link. —Me acerqué un poco más a Karud y añadí—: Si tienes más información, es importante que la compartas con nosotros.
Karud nos estudió a ambos por un largo momento. Luego, al parecer satisfecho, sacudió la cabeza.
—No, no mencionó al antiguo alcalde Rendell durante nuestro viaje —replicó—. Pero podríais hablar con él vosotros mismos, ¿no creéis?
Le mostré una sonrisa falsa. Recé por que no viera a través de mi engaño y por que pensara que era una sonrisa de verdad.
—Oh, y hablaremos con él —dije—. Pero pensábamos que confiaba en ti.
—¿En mí? —Sacudió la cabeza de nuevo, con una mueca—. ¿Por qué iba ese anciano a confiar en alguien como yo?
—Bueno, eres importante para Hyrule —dije—. Y te dejó viajar con él, ¿no es así? Ha puesto algo de confianza sobre ti.
Karud parpadeó. Luego se volvió hacia su tienda para estirar la lona.
—No me ha contado nada, por desgracia para vosotros. —Hizo una corta pausa. Luego nos miró por encima de su hombro con el ceño fruncido—. ¿Soy el último en llegar?
Abrí la boca para decirle que no, pero Link se me adelantó. Para mi mala suerte.
—Claro que sí —dijo—. Aún quedan esas sacerdotisas de la luz, pero quién sabe si vendrán.
Sentí un escalofrío al pensar en la sacerdotisa que nos había casado a Link y a mí tantos años atrás. Sabíamos que la orden había crecido con lentitud, pero era común que oficiaran matrimonios entre los hylianos. Había visitado la Meseta de los Albores solo en dos ocasiones durante los últimos años. La primera había sido para supervisar la reconstrucción del Templo del Tiempo y del pequeño asentamiento levantado por los más devotos a las Diosas. La segunda había sido cuando Arwyn tenía poco más de tres años y Artyb era solo un bebé. Me había arrodillado ante la tumba de mi padre con ellos. Habían merecido conocerse.
Aparté aquello pensamientos al sentir la familiar punzada de dolor en el pecho. Nunca se iba del todo.
—Que las Diosas nos asistan —suspiró Karud—. Entonces sí que soy el último.
—Todavía quedan las gerudo —le recordé yo en tono tranquilizador. Karud hizo un gesto de desdén con la mano.
—Las gerudo siempre llegan el día antes de que empiece el concilio —murmuró—. Los zora valoran la puntualidad. ¿Y si ahora no nos prestan su ayuda por...?
Puse una mano sobre su hombro, y él se detuvo con un suspiro. Pocas veces lo había visto preocupado. Sin embargo, aquella nueva aldea de Akkala lo entusiasmaba de verdad. Quería ver las obras terminadas y a gentes de todos los rincones de Hyrule viviendo allí. Akkala había sido una región gobernada por los hylianos en el pasado, gracias al bastión, pero ya no tenía por qué serlo.
—Si me dejas pasar a tu tienda —le dije—, te haré una taza de té. Podremos hablar con más tranquilidad. Se me ocurren varios temas que tratar.
Karud cedió sin oponer resistencia. Link me ayudó a preparar el té, y luego tomamos asiento en el suelo, ya que no había mesas ni sillas dispuestas en la tienda de Karud. Empecé a lamentar las piernas doloridas entonces. Sentía un cosquilleo molesto extendiéndose bajo las rodillas hasta los dedos de los pies. Me había ocurrido cuando estaba embarazada de Arwyn y de Artyb, pero nunca tan pronto.
—Estás muy embarazada, Zelda —observó Karud.
Yo miré mi vientre, cada día más abultado, acompañado de los pechos hinchados, que habían goteado justo la noche anterior. Link lo había visto, pero Link también me había visto vaciar el estómago ante sus pies y había presenciado como me llenaba de vómito de bebé en más de una ocasión, así que no me había importado en absoluto. ¿Para qué servían el amor y el matrimonio sino para ser testigos de la vergüenza del otro en su máximo esplendor?
—Supongo que sí —dije, estirando los pies sobre la alfombra. Llevaba una de las túnicas que me había comprado aquel mismo día. Al menos me permitían respirar.
—Durante un tiempo, quise tener hijos propios —confesó Karud—. Luego me di cuenta de que no sería una buena idea en absoluto. Ni siquiera soy puntual para llegar a los concilios. Olvidaría dar de comer a mi hijo.
Link frunció el ceño.
—Eso no se te olvida. Y, si se te olvida, ellos te lo recuerdan.
Le mostré una sonrisa diminuta. Él me la devolvió.
Tranquilizamos los temores de Karud respecto al concilio y luego yo me interesé por la aldea Arkadia, aunque sabía que Link necesitaba más información también. Karud nos contó que la construcción iba bien, aunque había avanzado poco desde la última carta. Pese a ello, algunas familias estaban ya instalándose en las zonas terminadas de la aldea.
—Me preocupa que sea pequeña —dijo Karud—. No es más que una península, al fin y al cabo. Podríamos expandirnos por Akkala, pero para eso necesitaríamos el apoyo de los zora.
—Ya lo tenéis —repuse yo—. Os han estado ayudando, ¿no es así?
—El apoyo formal de los zora, Zelda —puntualizó Karud.
—Ya veo —murmuré—. Estoy segura de que el rey Sidon os lo dará. Apenas ha cambiado con los años. Bueno, tú ya lo conoces. No va a negarse. Además, está en deuda con vosotros.
Karud se encogió de hombros, aunque pareció más animado después de eso. La conversación regresó al concilio y a la reunión que tendríamos con la delegación hyliana. Sería al día siguiente, lo decidimos allí mismo. El nuevo alcalde de Hatelia se había retirado ya a su tienda, y no quería molestarlo. Ya estaba anocheciendo. Y, además, no creía que fuera a quejarse.
—Estaré en esa reunión —dijo Karud con una sonrisa maliciosa—. Os haré partícipes de todos mis problemas.
—Como todos los demás —masculló Link, y luego bebió un largo trago de té.
—Escucharemos —dije yo. Compartí una mirada con Link—. E intentaremos llegar a una solución.
Toqué mi vientre con un suspiro al terminar de hablar. Había sentido un tirón extraño. Contuve el aliento pero, tras unos instantes de espera, no ocurrió nada. Me obligué a calmar mi preocupación. No servía de nada alarmarse por una sensación fugaz.
Más tarde, Link y yo salimos de la tienda de Karud. Nos había ofrecido una cena, pero prefería que cocinara Link. O incluso yo. Karud no era famoso por sus habilidades para cocinar, precisamente.
Vi a los niños jugando con las hijas más pequeñas de Nyel. Él las había traído al concilio. Las vigilaba a unos pocos pasos de distancia, mientras tocaba una tonada lenta y dulce con su instrumento de siempre.
Me detuve junto a la entrada de nuestra tienda. Link hizo lo mismo, y luego siguió mi mirada hasta caer en Nyel.
—¿Por qué crees que miente? —le pregunté a Link en voz baja.
Él se lo pensó por unos instantes. Al final, sin embargo, se encogió de hombros.
—Debe de tener una buena razón —dijo—. No lo veo capaz de mentir a nadie.
—¿Y tú no podrías intentar hablar con él a solas? —sugerí en voz todavía más baja, aunque nadie nos estaba prestando atención—. Tal vez confíe más en ti.
Link sacudió la cabeza.
—No lo creo. Podría intentarlo, pero seguro que saldríamos igual.
—Bueno —suspiré yo—, no perdemos nada por intentarlo.
*
Más tarde aquella noche, lo encontré escribiendo una carta a la luz de las velas. Miré por encima de su hombro y vi que la carta estaba dirigida a Rotver.
—Seguro que él sabe algo más sobre tu espada —le aseguré, con una mano sobre su hombro—. Siento no haber podido ayudarte, Link.
Él me miró y sacudió la cabeza. Luego contempló su carta bajo la llama de la vela. No era muy larga, aunque eso no era nuevo en las cartas de Link.
—Deberías firmar tú —dijo él con una sonrisa diminuta—. Le gustas más que yo. Seguro que te daría más información solo por eso.
—Dudo que Rotver se crea que me he interesado tanto en una espada —murmuré.
—No le guardas rencor por habérselo contado a Pay, ¿verdad? —preguntó él en voz baja, mirando a Arwyn, que jugaba con Artyb al otro lado de la tienda.
—No le guardo ningún rencor —respondí con un suspiro—. Pay es su líder. No puede negarle nada. Así que no lo culpo.
No estaba mintiendo, Link y tenía que saberlo. Si Rotver hubiera accedido a contar que nuestra hija había heredado el poder sagrado a cambio de dinero, sí que le habría guardado rencor. Habría significado que nuestra confianza valía solo un puñado de rupias. Pero solo le había costado la lealtad de su pueblo. Había estado seguro de que nuestro secreto estaría a salvo con Pay.
—Algún día, me rebelaré contra los sheikah —gruñó Link mientras doblaba la carta—. Robaré todas sus calabazas y me las comeré en el paso de Kakariko, frente a sus narices. Nunca sospecharán que ha sido el Maestro Link.
Sonreí y puse una mano sobre la suya, encima de la mesa.
—Cuando tengamos el pelo gris y otros nos hayan robado nuestro puesto, nos rebelaremos contra los sheikah.
Él me miró de arriba abajo con una ceja alzada.
—Cuando tengamos el pelo gris tú ya no podrás correr, Zelly —dijo él—. Tus rodillas no podrán soportarlo.
Le di un golpecito en el hombro.
—Preocúpate por tus propias rodillas, vejestorio. Están mucho peor que las mías.
Él me atrajo hacia sí hasta dejarme sobre su regazo.
—¿Cómo me has llamado?
—Vejestorio —repetí, intentando contener la risa. Puse una mano sobre su pecho para detenerlo, aunque también para ni perder el equilibrio sobre su regazo—. Link, tus hijos comparten tienda con nosotros.
—¿Y qué? —susurró él mientras pasaba por mis labios y seguía descendiendo.
Contuve un estremecimiento, pero no encontré las fuerzas para detenerlo.
—Van a vernos, Link. Y no quiero explicarles qué estábamos haciendo. O, peor aún, que se lo tengas que explicar tú.
Debió de dejar de parecerle divertido porque se detuvo. Su mirada me dejó sin aliento. Nada nuevo. Aquello ocurría más a menudo de lo que me gustaría admitir.
—Es verdad —susurró—. Tendremos que posponerlo, Zelly.
Me pegué un poco más a él y sonreí.
—Ya quisieras.
Luego me aparté de él sin darle tiempo a replicar.
Aquella noche, sin embargo, no tuvimos tiempo de mucho. Link ocupó mi lugar y se mantuvo hasta muy tarde escribiendo cartas y asegurándose de que todo estuviera en orden. Después tomó asiento bajo la luz de una vela y se dispuso a limpiar la espada que Link había encontrado en Akkala. Aquello me resultó extraño. Se ocupaba de aquella espada con demasiada frecuencia, y nunca la usaba.
Me desperté en mitad de la noche al sentir un tirón en el estómago. Me quedé muy quieta, pensando que tal vez serían solo ganas de vomitar, como al principio del embarazo, pero la sensación no volvió a repetirse. Tampoco sentía dolor ni me encontraba mareada.
Aun así, no pude volver a dormirme. Era incapaz de encontrar una posición que me resultara del todo cómoda. Siempre que cerraba los ojos, mi cabeza, lejos de relajarse, empezaba a recordar todo lo que ocurriría al día siguiente. Me recordaba cuáles eran mis mayores preocupaciones, como si yo no las supiera ya.
Aparté las mantas con un suspiro, frustrada, y abrí los ojos de nuevo. En nuestra tienda hacía un calor asfixiante, pese a que el brasero estaba extinguido y las noches en Tabanta solían ser frías, más que los días. La calidez de Link tampoco ayudaba. Lo quería, y probablemente el calor que desprendía su cuerpo me había salvado la vida cuando salía de las fuentes sagradas, pero ahora estaba lejos de ayudarme.
Aparté el brazo que descansaba sobre mi cintura con delicadeza. Por suerte, había ganado algo de práctica con los años. Si tenía cuidado y no iba muy lejos ni hacía mucho ruido, Link no se inmutaría.
Dejé su brazo sobre las mantas y comprobé, satisfecha, que había dado resultado una vez más.
Quedé bocarriba con otro suspiro y acaricié el vientre abultado con ambas manos. Si no podía volver a dormir, al menos pensaría en algo que me hiciera feliz. A juzgar por el silencio y la oscuridad del exterior, no debía de ser muy temprano todavía. No lo sabía con certeza, pero seguramente Link diría que todavía quedaban horas para el amanecer.
Me pregunté si Link tendría razón y sería una niña. Él no solía equivocarse en aquellos asuntos. Había adivinado que Arwyn sería una niña y que luego tendríamos un niño. Podría haber aprendido de mis errores y no haberle llevado la contraria. Pero el tercer intento era el que nunca fallaba, o eso decían.
Si era una niña, no pensaba llamarla Zelda. Habíamos roto la tradición al no llamar a nuestra primera hija Zelda, y no pensaba echarme atrás ahora. No por primera vez, me pregunté si Hylia me odiaría por ello tanto como yo la odiaba a ella. La idea me causaba una cierta satisfacción retorcida. Había maldecido a mi hija también, pero al menos sus futuros cuerpos no llevarían el nombre del primero. No se llamarían Zelda. Ni cargarían con el peso de un reino.
Arwyn había estado confundida el día anterior, mientras hablábamos con Pay. Yo no me había dado cuenta de que ella estaba presente hasta que fue demasiado tarde. Había oído demasiado.
Había intentado explicarle quiénes eran los sheikah sin revelar mucho de nuestros orígenes. Y ella parecía haberlo entendido. O al menos lo había fingido de forma excelente.
Otro tirón repentino me dejó sin aire, y mi corazón se detuvo por un instante. Mis manos se aferraron al vientre con más fuerza. Luego hubo un aleteo, como el que sentía cuando Link estaba cerca y, por último, percibí movimiento bajo mis manos.
Sentí calor en los ojos. Zarandeé a Link con tanta brusquedad que él se despertó y se incorporó de golpe.
—¿Nos atacan? —preguntó, y vi como su puño se abría y se cerraba.
—No —respondí yo. Él cerró los ojos y se dejó caer sobre los cojines de nuevo con un gruñido. Sonó como una maldición—. Link, tienes que...
Él se escondió bajo las mantas e intentó que yo hiciera lo mismo, pero lo detuve con firmeza. Link se quedó muy quieto tras eso.
—¿No puede esperar hasta mañana? —murmuró.
—No —respondí yo. Cogí su mano y la dejé sobre mi vientre—. Vamos, despierta. No tardaré mucho.
Él abrió los ojos, y no apartó su mano. Ambos estuvimos en silencio durante lo que me pareció un rato, aunque en realidad fueron solo unos pocos instantes.
—Espero —empezó con un gruñido— que esto valga la...
Se interrumpió cuando sentí otro vuelco en el estómago. Tal vez fuera una patada de nuestro hijo o sus puños diminutos. Tal vez estuviera moviéndose en mi vientre. Fuera como fuese, podía percibir movimiento. Crecía poco a poco en mi interior.
—¿Está...? —empezó él en voz baja.
—Se mueve —susurré de vuelta, con lágrimas en los ojos—. Oh, Link, está vivo ahí dentro.
La mano de Link siguió los movimientos. Él estaba boquiabierto, e incluso temblaba un poco. Yo reí en voz baja, sintiendo los aleteos maravillosos. Link me miró con una sonrisa que parecía brillar en medio de la penumbra.
—Es una chica salvaje —dijo él. Acariciaba mi vientre con afecto.
—Como su padre —susurré yo para no despertar a los niños. Me escondí en el hueco entre su cuello y su hombro, con una mano todavía sobre mi vientre. Él me estrujó contra su cuerpo.
—Oh, ahora es culpa de su padre —masculló, aunque podía oír la sonrisa todavía presente en su voz. Tras un silencio corto, añadió—: No has negado que sea una niña.
Solté un bufido y le di un golpecito cariñoso en el hombro.
—Me he acostumbrado a tus mentiras.
Sus hombros se estremecieron, y supe que estaba riéndose en silencio. Sus dedos acariciaron mi vientre de nuevo, que seguía mostrando movimientos esporádicos. Mi estómago aleteaba, y no era una sensación desagradable. Sabía por experiencia que solo empeorarían a medida que las semanas pasaran y el bebé creciera, aunque una parte de mí no podía esperar a que eso ocurriera. Fuera como fuese, sentir los movimientos de nuestro hijo era una buena señal.
—Me alegro de que esté sano ahí dentro. Te dije que todo iría bien. —Besó mi frente, y yo cerré los ojos con un suspiro. En la oscuridad de mi mente me imaginé a un niño igualito a Link, como Artyb. Aunque a ese no le gustaría trepar—. Cuando lo sientas moverse, ¿me lo dirás?
Asentí y me acomodé contra él. Seguía teniendo la palma de su mano extendida sobre mi vientre. Me dormí por fin, arrullada por su calidez y por los movimientos de nuestro hijo.
Al día siguiente, estaba en los establos con Link cuando los niños irrumpieron en medio de la tranquilidad. Artyb tenía restos de tierra en las mejillas. Oculté mi frustración. Link lo había llevado a darse un baño hacía poco. Sabía que solo era un niño y que los niños se ensuciaban de forma inevitable, pero, Diosas Doradas, todos los días aparecían cubiertos de tierra y barro.
—Artty, ten más cuidado cuando salgas a jugar —le dije en tono severo. Arwyn me dirigió una mirada cautelosa y fue hacia la cuadra contigua, donde estaba su padre, mientras que Artyb solo se me quedó mirando fijamente—. No deberías ensuciarte tanto.
Él frunció el ceño y examinó sus ropas. Cuando alzó la cabeza de nuevo, tenía el ceño fruncido, aunque parecía confundido más que otra cosa.
—Estoy limpio.
Suspiré e hice un gesto para que se acercara. Él obedeció y se detuvo frente a mí con cierta vacilación.
Le limpié la tierra de la mejilla con los dedos y luego le sacudí el polvo del pelo. Seguía mirándome con la misma expresión hosca, y no pude evitar reírme, pese a saber que la severidad se haría pedazos.
—Eres incorregible —murmuré. Miré a Link, que cuidaba de Calabaza en la cuadra contigua. Aquella estructura era grande. Dentro de los establos estaban los caballos de los hylianos y también de los sheikah. No nos habíamos vuelto a cruzar con un sheikah de aspecto sospechoso desde la reunión con Pay. Y Link había estado alerta—. Solía decirle lo mismo a tu padre cuando llegaba sucio. Nunca funcionó.
—¿Papá no está limpio? —preguntó, confundido.
Consideré mi respuesta. Sabía que él podía usarla en contra de Link. Recordé su entusiasmo la noche anterior con el bebé, y eso me convenció de tener piedad.
—No está tan sucio como tú ahora mismo —reí yo. Lo abracé, y él no se resistió. Lo escuché reír cuando mi nariz rozó la suya—. Ahora apestarás a caballo. Van a confundirte con tu padre en el resto del campamento.
Miró a Link con una mueca, aunque yo sabía que en el fondo de su corazón profesaba admiración hacia su padre.
—¡Artty! —lo llamó Arwyn desde la cuadra de Mermelada—. Ven con Melada.
—No —respondió él con desagrado—. Mermelada —dijo, alargando demasiado la palabra— huele mal.
—Mis caballos no huelen mal —intervino Link. Fingía estar a la defensiva—. Y seguro que tú hueles peor.
Artyb refunfuñó algo entre dientes. Entonces Arwyn apareció en nuestra cuadra. No brillaba. Estaba feliz, y no brillaba. No necesitábamos malditos guardias sheikah que solo llamarían más la atención sobre ella y la harían sentirse distinta al resto. Era muy pronto para eso.
Arwyn sacó una flor de su bolsillo. Estaba casi seca, pero pensaba aceptarla de todas formas. Al final, sin embargo, ella solo la olisqueó y me la tendió para que hiciera lo mismo.
—¿Qué flor es? —quiso saber.
Yo sentí una punzada de entusiasmo ante su interés. Me gustaba contarles historias. Me gustaba hablarles de Hyrule y de las maravillas que albergaba el mundo exterior. Cuando ellos me lo pedían cada noche, me sentía más ligera. Ellos siempre escuchaban con atención.
—Es una flor común —dije mientras examinaba los pétalos blancos—. Crecen junto a los caminos, en todo Hyrule. Podemos dejarla en la tienda, si quieres. Olerá mejor.
Ella asintió, entusiasmada, y alzó la cabeza para mirarme. Sus ojos se detuvieron en mi vientre, sin embargo, y yo contuve el aliento, sabiendo lo que ocurriría a continuación. Miró a Artyb con el ceño fruncido y luego centró su atención en mi vientre de nuevo.
—¿Por qué es grande? —preguntó—. Artty no está dentro.
Parpadeé, y por un instante no comprendí a lo que se refería. Cuando lo hice, no pude contener las carcajadas. Su expresión se tornó aún más confundida. Artyb se limitaba a torcer el gesto, todavía más confundido que ella.
Habíamos tenido pensado contarles lo del bebé pronto. No obstante, ellos se habían dado cuenta antes, sin que nadie los ayudara, tal y como le había sucedido a Arwyn con Artyb. No habíamos sufrido de celos por su parte cuando Artyb nació; por el contrario, había estado encantada de tener un hermano pequeño desde que se enteró.
Y aquello no iba a cambiar ahora.
—Vas a tener un hermano. —Le dirigí una mirada furtiva a Link—. O una hermana, quién sabe. Y tú también, Artty.
Él examinó a Arwyn e hizo una mueca.
—¿Un hermano? ¿Como Wynnie?
—No —reí yo—. Esta vez tú también vas a ser hermano mayor.
—Más te vale empezar a comer todas las verduras —dijo Link con una sonrisa.
No parecía muy contento. Contemplaba mi vientre con cierta frialdad, como si hubiera hecho algo para ofenderlo. Compartí otra mirada con Link, y supe que él estaba pensando lo mismo que yo. Extendí el brazo hasta alcanzar a Artyb y luego rodeé sus hombros para acercarlo a mí. Él no se resistió.
—Tener un hermano es algo bueno —le dije—. Ya no solo tendrás a Wynnie para jugar. Y podrás enseñarle las cosas importantes. Para eso están los hermanos mayores.
—Enséñale todo lo que quieras menos a trepar —dijo Link, mirándome con diversión.
Artyb le dirigió una mirada hosca, aunque yo decidí ignorar su comentario. Cogí la mano diminuta de Artyb y la dejé sobre mi vientre.
—¿Lo sientes? —le pregunté en voz baja—. Es tu hermano moviéndose.
Sentí un aleteo en el estómago, y Artyb abrió mucho los ojos. Apartó la mano al instante, como si lo hubiera quemado. Arwyn dejó escapar una exclamación ahogada antes de que él pudiera decir algo.
—¿Puedo...? —empezó, pero Link la cogió en brazos y se la llevó a la cuadra de Mermelada. Escuché sus protestas ahogadas.
Miré a Artyb de nuevo. Le aparté el pelo de los ojos, y me sorprendió ver que estaban enrojecidos. Intenté mostrarme tranquila. Con Arwyn habíamos tenido suerte, así que nunca habíamos tenido que manejar una situación como aquella.
—¿Qué te preocupa? —le pregunté, sin alzar a voz.
Él contemplaba sus botas diminutas, como si de pronto hubiera algo muy interesante en ellas. Me recordó a Link. Él trataba de esconderse también. Sobre todo cuando la situación lo superaba.
—¿Va a nacer? —preguntó por fin.
—En tres lunas.
Él sorbió por la nariz.
—¿Vas a olvidarte?
—¿De qué?
—De mí.
Mi corazón se encogió. Tomé su rostro para obligarlo a mirarme. Su labio temblaba, así que le mostré una sonrisa tranquilizadora.
—Jamás podría olvidarme de ti y de Wynnie —le aseguré—. Hay espacio de sobra para quereros a los tres por igual. Tendré que pasar mucho tiempo con el bebé al principio, porque los bebés son pequeños y necesitan calor. Eso lo entiendes, ¿a que sí?
Él asintió con la cabeza. Una lágrima solitaria empezó a resbalar por su mejilla. Se la secó con el dorso de la mano muy deprisa. Luego me mostró el dedo meñique sin mediar palabra, y yo decidí entrelazarlo con el mío. Dio unos golpecitos en mi vientre con manos temblorosas, y yo lo abracé con fuerza.
—Eres mi pequeño. Te querré siempre, incluso cuando trepes por los árboles.
—No soy pequeño —murmuró él, aunque podía oír una sonrisa en su voz.
Más tarde, Link y yo estábamos a solas en la tienda, preparándonos para la reunión con los hylianos. Suspiré cuando una de las túnicas que Link había comprado para mí se ajustó a mi pecho sin muchas complicaciones. Podía respirar con normalidad.
—Elegiste bien —le dije—. No sé por qué estabas tan preocupado.
Él alzó la vista. Estaba terminando de recoger nuestras notas. Se acercó a mí y me rodeó con sus brazos. Sentí un estremecimiento cuando su calidez atravesó mis ropas y su piel entró en contacto con la mía.
—No sabía si te gustarían —dijo. Su voz hizo que se me erizara la piel.
Me reprendí a mí misma al instante y me obligué a concentrarme. Teníamos una reunión en solo un rato. No podía distraerme con él, pese a que mi cuerpo llevaba días pidiéndolo a gritos. Lo había atribuido al embarazo, por supuesto; lo mismo había sucedido en los anteriores. Y aun así...
Me di la vuelta y vi que él sonreía. Mi corazón dio un vuelco, y me descubrí besándolo antes de que pudiera calmar mis impulsos. Cuando fue a separarse, yo lo perseguí. Él puso una mano sobre mi mejilla. Había un brillo de diversión en sus ojos, y mi rostro empezó a arder.
—Alguien está entusiasmado —murmuró.
Enterré el rostro en su hombro con un suspiro tembloroso.
—No te rías de mí —mascullé.
—No me he reído —dijo él. Me obligó a mirarlo. Me di cuenta entonces de que mi corazón retumbaba en mi pecho con tanta fuerza que era solo un ruido sordo en mis oídos.
—Te necesito —le susurré.
Aquello debió de afectarlo de verdad, porque se abalanzó sobre mí como si no me hubiera visto en semanas. Yo me pegué más a él, hasta que apenas hubo espacio entre ambos. Enterré una mano en su pelo, y a él se le escapó un gruñido. Cuando me dejó sobre la mesa, tuve que apartar nuestras notas a ciegas.
—Vamos a llegar tarde —farfullé entre risitas, aunque no hice ademán de detenerlo.
—No si somos rápidos.
Sonreí, sintiéndome como una niña de nuevo, e intenté quitarme las botas. Me resultó imposible con el vientre hinchado, así que él hizo el trabajo por mí. Dejó mis botas en el suelo sin cuidado alguno. Lo atraje hacia mí y dejé que me besara mientras me deshacía de los molestos pantalones de montar.
—Imagínate lo enfadados que estarán —susurró contra mi piel, y lo sentí sonreír—. Será divertido.
Me mostré de acuerdo con él. Lo besé una última vez antes de dejarlo trabajar. El retraso valdría la pena, me dije. Link tenía razón, al fin y al cabo. El mundo no iba a acabarse porque fuéramos egoístas. Y no estaba nada mal sentirse joven otra vez.
