Las indicaciones de la carta de Harry eran tan claras como inquietantes. Hermione, Fleur y Pansy se desilusionaron perfectamente y se dirigieron al Gran Comedor con inquietud. Aquella noche, el Conserje parecía haberse esfumado. La carta solo decía que "Lo habían acostado", y Hermione no estaba segura de querer pedir más explicaciones. Bajaron las escaleras, mirando en cada esquina, y consiguieron llegar a la gran puerta de roble sin demasiados problemas. La siguiente instrucción de Harry fue lanzar un hechizo revelador sobre la puerta, cosa que Hermione hizo con cierta duda.
—Revelio.
La puerta de roble que parecía estar perfectamente sellada se deshizo por la mitad y un hechizo de ocultación del tamaño de toda la puerta se desvaneció, revelando la puerta unos buenos quince centímetros entreabierta.
—Bueno, —comentó Pansy, impresionada—. Están bien organizados.
Hermione asintió, reconociendo a regañadientes que era cierto, y cruzó la puerta, deseosa de dejar atrás cuanto antes cualquier riesgo de ser descubierta.
Con la carta de Harry en la mano, volvió a comprobar las instrucciones y corrió hacia el jardín, ya temblando de frío.
Ahora, la carta se estaba volviendo extraña. Harry había sugerido llevar algo pequeño, como un palo. Además, recomendaba detenerse a no menos de cinco metros delante del gran y frondoso sauce que había en el extremo opuesto del jardín. Hermione estudió el árbol, ligeramente impresionada. Tenía un tronco con una circunferencia al menos tan gruesa como una de las ruedas de su carruaje, y enormes frondas desnudas caían hasta el suelo.
—¿Qué dice ahora? —Pansy miró hacia el árbol.
Hermione arrugó las cejas.
—Dice que levitemos el palo bajo el tronco del árbol, y dice que deberíamos estar frente a una especie de "nudo". Dice que lo reconoceremos cuando lo veamos.
Fleur sacudió la cabeza.
—¿A lo mejor están locos?
—No, no estamos locos. Solo somos unos inconscientes. —La divertida voz de alguien se alzó desde el interior del árbol. Hermione casi saltó hacia atrás cuando las ramas parpadearon antes de congelarse—. Dame un segundo... aquí estamos, —la voz tranquila de Harry se hizo más y más fuerte a medida que se acercaba.
—¿Dónde estáis? —preguntó Hermione, entrecerrando los ojos.
—Mira hacia abajo.
Las tres volvieron su atención hacia el tronco y, antes de que pudieran avanzar, la cabeza y luego el cuerpo de Harry salieron de un agujero en la madera del que ella ni siquiera se había percatado. Se sacudió las ramas de la cabeza y se enderezó las gafas, sonriendo.
—Había imaginado que las instrucciones eran un poco complicadas para alguien no familiarizado con el Sauce Boxeador, así que pensé en venir a buscaros. Vamos, seguidme.
Hermione miró con desconfianza la entrada del árbol.
—Me voy a ensuciar el vestido, —comentó Fleur arrugando la nariz.
—Ginny es excepcional con los hechizos de limpieza, y una vez dentro el pasadizo es lo suficientemente grande como para estar de pie.
—¿A dónde conduce? —preguntó Hermione con curiosidad mientras cogía la mano que Harry le ofrecía y avanzaba para sentarse en el suelo, lanzando las piernas hacia el oscuro agujero.
—A la fiesta, por supuesto, —respondió, indicándole que se impulsara hacia abajo.
Hermione respiró hondo antes de impulsarse hacia delante y, para su sorpresa, cayó de pie. Avanzó unos pasos para dejar sitio a Pansy y a una reacia Fleur que se sacudió la falda en cuanto pudo. Harry pasó junto a todas ellas y sonrió al ver su expresión de sorpresa. Con un movimiento de su varita, encendió una docena de antorchas que iluminaron un pasillo estrecho y húmedo, pero lo suficientemente ancho como para que pudieran caminar en fila.
—Seguidme. —Harry empezó a caminar confiado delante de ellas y Hermione lo siguió.
—¿Cómo descubriste este pasadizo? —jadeó asombrada.
—Es una larga historia, y bastante privada aquí en Hogwarts. Llegaremos a un lugar que sirvió para que uno de los alumnos, mordido por un hombre lobo, pasara la luna llena a salvo.
—¿Hubo un hombre lobo en este colegio?
—Sí, —respondió Harry—. El profesor Dumbledore no es como la mayoría de los magos que conoces. No considera inferiores a las criaturas mágicas, así que cuando Remus fue mordido, en lugar de expulsarlo le proporcionó todos los medios para seguir estudiando a pesar de su naturaleza.
Hermione sonrió ligeramente.
—Eso es admirable.
Harry asintió.
—Uno de los mejores directores que hemos tenido. Allá vamos, ahora hay escaleras, cuidado...
Volvió a tenderle la mano y la ayudó a subir unos peldaños oscuros y a levantar una trampilla.
Cuando salió, se quedó sin habla.
La casa en la que se encontraban parecía bastante vieja y destartalada. El suelo era de madera clara, arruinado y arañado, al igual que las paredes. Puertas casi arrancadas de sus goznes y ventanas rotas destacaban en el pasillo donde se encontraban, al final del cual había unas escaleras que parecían perfectamente reparadas, decoradas con luces de hadas multicolores.
—Esto es...
—Bienvenidas a la Casa de los Gritos, mademoiselles.
.
.
Hermione siguió a Harry escaleras arriba con la nariz en alto.
—No parece el ambiente ideal para una fiesta, —dijo, cuando una puerta crujió ominosamente.
—La planta baja estaba demasiado mal para arreglarla, incluso con toda la magia del mundo. —Harry llegó al final de la escalera y saltó al rellano antes de empujar una puerta grande e inmaculada. Del interior, nada más abrirla, llegó una música tan alta que Hermione estuvo tentada de taparse los oídos.
—Después de vosotras. —Harry hizo un gesto con la mano hacia el interior y Fleur, Pansy y ella entraron primero.
Dentro, la casa estaba casi irreconocible. Suaves alfombras y tapices de colores ocultaban la madera desgastada. Un gran cubo con hielo y botellas de whisky y otros licores flotaba en el centro de la habitación, desde donde los chicos se desplazaban para cogerlos. Se habían colocado mullidos sillones y otomanas por todo el suelo, dejando solo un gran espacio en el centro para bailar. Una gran radio emitía una canción que no conocía y ya había gente en la pista. La sala estaba caldeada con magia (cosa que Hermione agradecía especialmente), y pequeñas bolas de cristal llenas de fuego mágico iluminaban el ambiente. Pero, sobre todo, el techo la dejó sin palabras. En el techo inclinado de la casa se había montado una gran claraboya que permitía ver la extensión de estrellas de la noche.
Hermione saludó con la mano a Ginny, que bailaba en la pista, y miró a su alrededor. No tardó más de dos segundos en ver a los cuatro de Durmstrang y, para su desgracia, Krum también la vio. Inmediatamente se apresuró a saludarla, y ella trató de corresponderle y alejarse lo más rápido posible sin parecer descortés.
Krum empezaba a ser demasiado cercano.
Sonrió amablemente y lo dejó para que saludara a Fleur mientras avanzaba y se acercaba a Draco y Theo, que se habían mantenido un par de pasos por detrás. Draco la miró con un brillo divertido en los ojos y levantó una mano para acariciarle un mechón de pelo.
Aquella noche tenía un aspecto perfecta y notablemente delicioso. Pantalones negros, jersey azul y pelo despeinado.
La miró durante unos segundos.
—Madamoiselle Granger, —murmuró en cuanto Hermione se acercó lo suficiente como para estar al alcance de su oído.
—Monsieur Malfoy, —saludó secamente.
—La Srta. Delacour ha estado muy ocupada hoy. Deduzco que ha tenido mucha ayuda para prepararse, —dijo con un brillo en los ojos.
Hermione sonrió.
—No puedo agradecértelo lo suficiente. Fuiste inestimable más allá de las palabras.
Draco la miró durante unos segundos.
—Tan educada y atenta. Pareces casi irreal.
Sintió que se ruborizaba, pero sonrió lentamente.
—Soy mucho más real de lo que espera, monsieur. Puede que le sorprenda.
Sonrió lentamente.
—Espero que así sea, —inclinó la cabeza hacia un lado—. Porque, mademoiselle, estoy ansioso por saber más de ti.
Hermione reprimió el impulso de lanzarse sobre él en ese preciso momento y se encogió de hombros, acercándose al gran cubo que había en el centro de la habitación y cogiendo una botella de Agua alegre. No muy lejos de ellos, vio a Harry jugueteando con la radio. No dejaba de girar el mando de la radio, subiendo y bajando la antena según los ruidos que recibía como respuesta. Cuando por fin salió de la radio un sonido bastante definido, gritó de alegría, poniéndose en pie y dando una palmada en el hombro de Blaise Zabini, que estaba bastante ocupado comiéndoselo con los ojos. Desde la radio llegaba la voz de un reportero que daba la bienvenida a todos los telespectadores a "RSN", antes de presentar una pieza de Las Brujas de Macbeth.
Cuando empezó la música Harry subió el volumen, haciendo que resonara por las paredes de la casa. Hermione sonrió cuando lo vio a él y a Blaise lanzarse descaradamente a la pista de baile en movimientos de baile decididamente torpes, y se rio cuando Pansy se acercó a ella, tirándola del brazo.
Le quitó la bebida de la mano para dar un largo trago, lanzando una mirada crítica a Theo y Draco, perezosos en sus asientos.
—¿Vais a bailar con nosotras, por alguna afortunada coincidencia?
Draco se limitó a hacer una mueca y a sacudir la cabeza, y Hermione soltó una risita.
—Vamos, Pansy. Lo haremos juntas, —le guiñó un ojo a Draco y se acercó con Pansy a Blaise, que estaba improvisando un extraño juego de pies sobre la música.
—No te rompas la crisma, Zabini, —gritó Pansy para que la oyeran mientras empezaba a menear las caderas acompasadamente. Hermione soltó una carcajada y la siguió, dejando que el Agua alegre le subiera a la cabeza, haciéndola ligera y despreocupada. Bailaron dos, tres, cuatro canciones antes de que Hermione se dejara caer sobre una de las otomanas de la habitación, pidiendo otra botella de Aquaviola. Draco, mientras tanto, se había colocado detrás de ella, y una de sus manos rozó ligeramente su hombro. Ella levantó la cabeza, interrogante, y él asintió brevemente hacia la puerta.
Girando la cabeza, Hermione apenas pudo ver salir a Harry, con la mano entrelazada con otra más oscura y bordeada por el puño de un jersey negro.
Sonrió y giró la cabeza hacia Draco.
—Parece que Blaise encontró lo que buscaba.
Se encogió de hombros, sonriendo con satisfacción.
—Tardó más de lo que pensaba. Blaise no se toma muchas molestias si le interesa alguien.
—A Harry le gusta mucho. —Hermione se encogió de hombros y bebió otro sorbo, el frío empezaba a filtrarse bajo su jersey a pesar de los hechizos.
Él se dio cuenta y la miró durante unos segundos antes de extender la mano para rozar la suya. Mientras Hermione se convertía rápidamente en un trozo de hielo, él aún tenía los dedos calientes. Sintió que dos de ellos subían por el dorso de su mano y le acariciaban la muñeca, haciéndola estremecerse. Solo el calor de las yemas de sus dedos le calentó todo el brazo, llenándola de temblores.
—Tienes frío, —observó, ladeando la cabeza.
Hermione se encogió de hombros.
—No estoy acostumbrada a toda esta humedad, —soltó una risita—. Pero los hechizos de calefacción funcionan bastante bien, y...
—Baila conmigo, —la interrumpió en voz baja, enderezando el torso.
Parpadeó.
—¿En serio? —murmuró.
Le tendió la mano.
—Oui, —le respondió.
Hermione aceptó y dejó que la pusiera en pie. Alguien los miró con curiosidad, pero se esforzó por ignorarlos mientras Draco la guiaba por la pista y le ponía una mano en la cintura, atrayéndola hacia sí.
—¿Te pongo nerviosa, mademoiselle?
—Supongo que te gustaría. —Sonrió.
Sonrió mientras empezaba a moverse acompasadamente. Hermione tenía que mantener el cuello inclinado hacia atrás para mirarlo, ya que era mucho más alto que ella, pero no se quejó por ello.
—Conozco a muy pocas personas que no se sientan... intimidadas por mí.
—¿Por qué lo estarían? —preguntó Hermione con curiosidad, sintiendo bajo sus dedos los músculos del hombro de él tensarse mientras la hacía girar.
—Mi nombre, por ejemplo. O mi tendencia general, según me han dicho, a no ser demasiado amable con nadie.
—Conmigo lo eres. —Hermione se encogió de hombros—. ¿Debo considerarme un caso especial, monsieur?
—Así es, mademoiselle. —Sonrió.
—Me siento honrada.
La canción estaba llegando a su fin y, a juzgar por los jadeos de borrachos que oía a su alrededor, la fiesta también se estaba acabando. Se separó de Draco y miró a su alrededor, pero él la sujetó de la mano.
—Me debes un paseo, —le señaló.
—Así es. Pero me temo que hace demasiado frío para mí... —Sonrió.
—Me aseguraré de mantenerte caliente, —susurró.
Hermione sintió que los latidos de su corazón aumentaban notablemente y solo pudo asentir, con la boca demasiado seca para hablar. Draco volvió hacia donde estaban sentados y le hizo un rápido gesto con la cabeza a Theo, que estaba tumbado en el suelo sobre una alfombra con Pansy dormida sobre su pecho. Se agachó para recoger su pesada capa antes de asentir y extender de nuevo una mano hacia ella. Hermione la aceptó sin demora y dejó que la condujera al exterior. Draco la ayudó a bajar por la trampilla y la precedió en el pasadizo, con la mano entrelazada en la suya. Cuando salieron del pasadizo, con cuidado de mantenerse alejada del árbol, Hermione no tuvo tiempo de sacar la varita para calentarse cuando la capa de Draco cayó sobre su espalda.
—Merci, —susurró ella, mientras él se colocaba frente a ella y le ajustaba los broches en el cuello, rozándole la piel con las yemas de los dedos.
—Je t'ai déjà dit que ce soir tu es... délicieux?* —susurró, apartándole un mechón de pelo de la frente y sonriendo.
—¿Podrías repetirlo una vez más? Para que quede claro. —Hermione sonrió, dando un paso más cerca.
Sonrió y le puso la mano en la mejilla. Era tan grande que por sí sola consiguió rodearle la cara, irradiando calor sobre su fría piel.
—Estás preciosa esta noche, Hermione.
Hermione apoyó la cabeza en su mano y sonrió.
—¿A dónde me llevas?
—Al calor. —Respondió con indiferencia—. Volvamos dentro, tengo una cosa más que enseñarte.
Se limitó a seguirlo mientras se acercaban sigilosamente a la puerta. Draco parecía moverse por el castillo con mucha más confianza que ella. Evitó que se cayera por los escalones trampa dos veces y se escabulló por un par de tapices, descubriendo pasadizos secretos que ella no tenía ni idea de que existieran. De lo único que era consciente era de que estaban subiendo. Y subían, y subían. Cuando por fin se detuvieron, estaban en lo alto de una estrecha escalera de hierro, en lo que a ella le pareció el lugar más alto del castillo.
—¿Dónde estamos? —preguntó, con las piernas doloridas.
—Aún no hemos empezado las clases de Astronomía porque la mayoría de las constelaciones no serán visibles hasta enero, así que me di cuenta de que este sitio permanece prácticamente vacío y sin uso durante la mayor parte del primer semestre. Y... —tocó ligeramente el candado que cerraba la pequeña puerta de madera y la empujó sin vacilar.
—¿Podemos quedarnos aquí? —preguntó Hermione dubitativa mientras él le ponía una mano en la espalda y la empujaba suavemente hacia dentro—. ¿Cómo te encontraste con este sitio?
—Comemos con los Slytherins todos los días. Esos chicos son listos. Me dieron un mapa exacto de todos los pasadizos secretos del castillo, y de la mayoría de las aulas.
Hermione solo registró la mitad de sus palabras, porque en cuanto entró en la sala, se quedó embelesada. La torre de Astronomía era una enorme cúpula de cristal completamente transparente, que ofrecía una impresionante vista del cielo sobre ellos. El suelo estaba cubierto casi por completo de suaves cojines cuadrados de tela y satén, de colores cambiantes. En un rincón de la habitación había un escritorio con una montaña de libros polvorientos sobre él, y varias antorchas sin encender lo habrían dejado casi a oscuras de no ser por la etérea luz blanca de la luna que brillaba a través del cristal, convirtiendo la habitación en un lugar casi místico. Contuvo la respiración cuando Draco cerró la puerta y se acercó a ella por detrás, colocando las manos sobre sus brazos.
—Fascinante, ¿verdad?
—Es... maravilloso. —Con cuidado de no pisar demasiado las almohadas, dio unos pasos hacia delante, con la nariz en alto—. No esperaba nada como esto.
Draco llegó hasta ella en dos pasos antes de agacharse y sentarse en uno de los cojines, extendiendo la mano para apilar dos de ellos a su espalda para sentarse en ellos.
—¿Viene, mademoiselle?
Hermione no accedió y se agachó junto con él, apoyando las piernas y las caderas en los cojines. Antes de que pudiera imitarle y apilar un par a su espalda, Draco tiró de ella hacia él, haciendo que apoyara el torso contra su pecho. Hermione se acomodó mejor, colocando la mano derecha detrás de su espalda y la izquierda abierta sobre su pecho. Él le pasó un brazo por los hombros y deslizó los dedos por debajo de la capa, acariciándole ligeramente el cuello descubierto, provocándole muchos pequeños escalofríos por todo el cuerpo. Permanecieron en silencio unos instantes antes de que ella se sintiera obligada a romper el silencio.
—Cada vez me sorprendes más, —susurró.
—Esa era la intención. —Le oyó sonreír.
—No querrás decirme que planeabas traerme aquí. —Hermione levantó la cabeza para mirarlo, y él bajó la suya.
—Si quieres, no te lo digo, —respondió, con ligereza.
Hermione sintió un vuelco en el corazón y sonrió. Así que estaba interesado en ella. Lo suficiente como para llevarla allí, probablemente al lugar más romántico de todo Hogwarts.
Miró al cielo y se perdió en la observación de las estrellas, dándose cuenta de que en realidad apenas se veían constelaciones. Buscó durante unos minutos, pero finalmente la encontró.
—Puedes ver tu constelación desde aquí, —murmuró.
—¿En serio? —preguntó él, con la mano aun acariciándola ligeramente y moviéndose hacia su mandíbula.
—Sí. —Hermione levantó la mano izquierda, apuntando al cielo—. Esa es la cola y... —trazó un dibujo en el aire, dibujando todo el cuerpo del dragón y dudando sobre la cabeza—. Y aquí está el hocico, —mantuvo la mano suspendida en el aire durante unos segundos, y cuando se dispuso a bajarla Draco levantó la suya, deteniéndola a medio camino. Hermione jadeó cuando él cerró sus cálidos dedos sobre su muñeca y se la llevó a la boca, y sintió un calor abrasador florecer en su pecho cuando él empezó a besarle los nudillos de uno en uno. Contuvo la respiración cuando él metió los dedos entre los suyos y bajó la cabeza para mirarla, y se dio cuenta de que debía de tener, en ese momento, una mirada completamente idiota. O voraz. Y quizá debería haber hecho algo para corregirla y, al menos, que no pareciera que le estaba babeando, pero ante los ojos claros que la miraban como si quisieran comérsela, se sintió incapaz de hacer nada.
—¿Quería decir algo, mademoiselle Granger? —le susurró con una sonrisa irónica en el rostro, haciendo que su mirada bajara de sus ojos al resto de su cara, hasta detenerse, Hermione estaba segura de ello, en los labios que mordía con fuerza.
Solo consiguió recuperar la voz al cabo de un par de segundos y se aclaró la garganta.
—En realidad, tengo una pregunta. —Dejó de morderse el labio y se enderezó ligeramente.
—Pregunta.
—¿Exactamente cuánto tiempo después se acerca un dragón lo suficiente a su tesoro para llevárselo? —susurró ella, y vio cómo sus ojos se llenaban de satisfacción y se iluminaban.
—Cuando los tesoros son tan apetecibles, es difícil resistirse. —La mano que le acariciaba el cuello subió para apartarle un mechón de pelo de la cara y se detuvo en la nuca. Hermione esperaba que la levantara más, pero él permaneció quieto.
Ella resopló ligeramente, luego sonrió.
—Es bueno saberlo, —susurró.
—Alléchant,** —murmuró, soltando su mano de la de ella solo para colocar el pulgar y el índice en su barbilla, levantándole la cabeza.
Hermione entornó los ojos, ya demasiado ida para mantener el más mínimo distanciamiento.
—C'était ce que j'espérais,*** —dijo, sonriendo, justo antes de que él inclinara la cabeza y le empujara la nuca hacia delante, posando sus labios sobre los de ella.
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Nota de la traductora:
*¿Te he dicho que esta noche estás... deliciosa?
**Tan apetecible.
***Es lo que pretendía.
