—Goddess!Elizabeth; ubicado 3000 años antes de la trama.

—o—

" de pronto mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:

frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas,

como hoguera en los bosques el fuego es tu reino. „

—Pablo Neruda; soneto XXII—

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El roce tímido de sus manos lo tienta, la calidez de su cuerpo lo abraza sin tocarlo y entonces se siente desfallecer. La desea, en ese momento, apartados de todo prejuicio. Meliodas se pregunta si debería huir de allí y jamás volver, pero son sus siete corazones que quieren salirse de su torso y entregarse a ella los que, por cuenta propia, rechazan con ímpetu, insultados, la idea de interponer sana distancia.

¿Si se siente tan bien, por qué detenerlo?

Hay un enigma en los ojos azules de la diosa que él no consigue descifrar. Sonríe, hipnotizado, cuando el mar de aquellos orbes halla refugio en la pradera de los suyos. La inmensidad del mundo lo hace sentirse claustrofóbico cuando ella, despojada de cualquier vergüenza, toma sus manos y las sostiene. Las mismas que, expertas en destruir, anhelan recorrer su cuerpo entero y hacerla suya.

Tan llenas de heridas como su propia alma, ásperas, se avergüenza un poco al compararlas con la suavidad de las ajenas. Las manos de Elizabeth, capaces de arrasar con batallones enteros sin dejar rastro, también sirven al noble propósito de traer vida, y luz. Las suyas, solo han vivido para marchitar toda aquella flor que sus dedos apenas llegasen a rozar.

Repasa ella cada cicatriz, trazando con los dedos constelaciones invisibles en su piel. Cauteloso, la ve con el rabillo del ojo entreabrir los labios, como quien tiene mil cosas que decir, y luego se arrepiente. Meliodas sabe que lo juzga en silencio.

—Meliodas, ¿te molesta algo?— inquiere, al notar su incomodidad. El rubio niega con la cabeza—. A veces pienso que me tienes miedo.

Y acierta. Lo hace sentir tanto, tanto, que Meliodas le teme.

Elizabeth no se debía a nadie, más que a sí misma. No perdía su tiempo en conflictos que solo desembocaban en muerte, no agotaba su corazón puro con odio. Meliodas la miraba y no lo entendía, la volvía a mirar y sus ojos de obsidiana se encendían en rabia.

Elizabeth era tan suya, que Meliodas la envidiaba.

Envidiaba su soltura, su capacidad de perdón, su sonrisa fácil. Él, quien había sido creado a golpes y rencores, la veía a la distancia y la odiaba. Escupía en sus ideales de paz, cada ataque dirigido a ella apuntaba a su pecho. Era tanto que sus siete corazones se estrujaban ansiosos al siquiera sentir su presencia, locos por correr a la batalla con la esperanza de destrozarla, de demostrar superioridad en una competencia absurda consigo mismo. Sabía que ella, a pesar de compartir el mismo peso sobre sus hombros, era muy diferente a él. Ella era libre (o al menos imitaba a la perfección serlo; a Meliodas, en realidad, poco le importaba, su resentimiento se mantenía impasible). Con el tiempo chocó también con su testarudez, aquella diosa insolente al parecer se había propuesto como tarea personal convencerlo de, junto a una alianza, ponerle fin a la guerra. Meliodas se había echado a reír como un maniático en aquel momento; ahora le cuesta incluso tragar saliva, pues su garganta se cierra en seco y la amargura le invade el cuerpo entero al tener que tragarse su orgullo y admitir que ella, poco a poco, se ha ganado su respeto. (La palabra admiración es demasiado grande para dedicársela a alguien que no sea él mismo).

Aún la odia, se dice, solo que sus motivos ya no son los mismos. Ya no lo mueve esa rabia burbujeante.

Su voz envolvente vuelve a llamar su nombre y lo trae de regreso a la realidad, a duras penas acierta a negar con un gesto y aparta con tosquedad sus manos, rompiendo al fin el contacto. La diosa lo observa, callada, y la ausencia de una respuesta de su parte desconcierta a Meliodas. Espera palabras punzantes como lanzas, que perforen sin piedad su pecho y lo hagan sangrar, pero ella no dice nada. Sus ojos no comunican sino algo que lo perturba.

Meliodas, muy a su pesar, reconoce esa mirada.

La ha visto antes: en el funeral de la madre de Zeldris, o en los pasillos del palacio cuando las criadas mayores, aquellas que solían cuidarle cuando era apenas un niño, comentan sobre en lo que su padre lo ha convertido.

—Yo pienso que venir hasta aquí, solo porque me tienes lástima, es aún peor, diosa— escupe, procurando que el veneno que sale de sus labios dañe lo suficiente su ego como para que se marche, pero eso no sucede, y Meliodas siente sus músculos tensarse ante la sola idea de que ella se quede más tiempo a su lado.

Para su desgracia o fortuna, Elizabeth permanece impasible, sin darle el gusto de continuar la discusión, y sin intenciones de emprender vuelo y dejar que, finalmente, sus corazones dejen de latir como locos.

¿Qué te hace insistir tanto conmigo?

La diosa cruza sus piernas y deja escapar un corto suspiro, su vista sin quererlo ni poder evitarlo se pasea atenta desde la punta de sus pies hasta aquellos labios carnosos. Meliodas se apiada de sí mismo, sabiéndose un pobre diablo que jamás tendría una oportunidad con ella, principalmente porque su consciencia jamás lo permitiría. O al menos eso fuerza a creer, porque el compás de su respiración se vuelve de repente su enemigo y parece obligarlo a no despegar la vista de su pecho que sube y baja.

Meliodas sabe que está perdido, y aunque lucha por negarse, un viento pasajero lo traiciona al despeinar sus cabellos de luna y sus defensas caen al suelo. En ese momento, tiene certeza de, que en toda Britannia, no existe creación más perfecta que la mujer a su lado.

—Tengo nombre, Meliodas— responde ella, y nota que la dulzura en voz ha mermado.

Después de todo, también te corre sangre por las venas.

—No me cambies el tema, Elizabeth— rebate él, con su ego recompuesto ante su evidente cambio de humor. Pocos placeres lo complacían tanto como provocar su molestia.

—No te tengo lástima, al contrario— hace una pausa y sonríe, burlona. Meliodas se extraña y cree que morirá hoy de un infarto cuando la ve acercarse a una distancia peligrosa, y no es hasta que siente su aliento cálido en el cuello que el peso del momento lo sobrepasa—, solo quería una excusa para ponerte nervioso— confiesa junto a su oído, tan bajo que los vellos de sus brazos reaccionan como si hubiera caído un rayo al lado suyo. No halla dentro de sí valor suficiente como para voltear su rostro y encararla, puesto que sus labios carnosos, aquellos objetos de su deseo, se encuentran solo a unos centímetros a su derecha.

El pensamiento de tan solo un roce despierta algo dentro de él que no conoce, mas lo asusta. Elizabeth entera lo hace sentirse como un niño: vulnerable, indeciso. A pesar de ser el mandamiento del Amor, desconoce casi al completo el sentimiento más allá de desearle el bienestar a su hermano y a sus compañeros. Y no saber lo que siente por ella, además de desconcertarlo a tal magnitud de hacerle compañía a su insomnio, lo aterroriza. Es su enemiga jurada por naturaleza, el principal propósito de su existencia es condenarla a muerte, y sin embargo lo único que su alma anhela es averiguar a qué saben sus labios, o si su cabello es tan suave como las nubes.

Ella lo hace débil.

Y por un momento cree que todo ha vuelto a la normalidad, y reúne valentía en su pecho para mirarla a sus ojos de sirena, pero algo se retuerce en sus adentros ante esa sonrisa dulce que lo recibe.

Meliodas vuelve a caer en su embrujo sin poder evitarlo. (¿Siquiera lo intenta ya?)

Meliodas siente pánico de admitir su derrota.

—Te espero mañana, aquí— aquello lo desconcierta. Alza la vista al cielo, el crepúsculo de otoño los cubre con colores cálidos como las hojas que caen de los árboles. Tan absorto en sí mismo, olvidó la hora y ahí va otro día que retrasa lo inevitable. La ve dudar al levantarse del banco, sacudirse su falda y voltearse hacia él, expectante. Su mente, aquella que insiste en largarse, desconecta de su cuerpo, y sin mucho pudor ya en el cual resguardarse, no lo piensa dos veces y se levanta, bajando un par de escalones hasta quedar frente a ella.

Meliodas no sabe muy bien lo que hace, o quizás sí, cuando imita sin mucho apuro la acción de tomar sus manos. Con toda la delicadeza que jamás lo ha caracterizado, con la ansiedad a flor de piel, acaricia sus nudillos níveos y escucha un leve jadeo al acercarlos a sus labios y finalmente, besarlos con parsimonia. Al levantar la mirada, quiere creer que las mejillas sonrojadas de la diosa son a causa del atardecer que los acoge y no de su desfachatez.

—Mañana entonces— murmura, sin despegar los ojos de aquel mar que ahora lo envuelve. Ella, aunque anonadada, le sonríe y se despide con un ademán torpe. Admira su cintura de guitarra ante de verla emprender vuelo y perderse en las nubes. Queda solo con sus pensamientos en aquel teatro abandonado cuando el Sol desaparece junto con su partida, y muerde su labio inferior al dejarse caer nuevamente en el banco. La luna también le recuerda a ella, y de repente su mundo se detiene y la catarsis lo golpea de lleno.

Desde el momento en que la conoció, ya no había vuelta atrás. Quizás, ella era el alivio que su alma, sin saberlo, buscaba desesperada en cada rincón. Ese calmante que imploraba a gritos su consciencia y la respuesta a ese vacío que lo mataba día con día.

Meliodas, a regañadientes, comienza a barajear la posibilidad de dejarse llevar; y mientras se dispone a regresar al Reino Demoníaco y despliega sus alas, el aroma a ella lo acompaña. Y sabe que su mundo acaba de voltearse de lleno en ella cuando su último pensamiento al sucumbir al sueño, deja de ser una lucha con sus propios demonios y solo la ve, serena, nítida, acompañándolo.

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¡Hola!, ¿qué tal? Este one-shot en lo personal me gustó mucho escribirlo, sisi. Siempre he imaginado que las cosas entre ellos se dieron así al inicio, muy erráticas, por eso me gusta tanto escribir en el canon, siento que hay MUCHO que explorar en su relación. Aparte de que amo los poemas de Neruda y me han servido mucho de inspiración últimamente.

isa