—¿Hozier y Melizabeth? Sí señor, por supuesto que sí

—tw: contenido sexual jsjs

—o—

" when I was kissing on my baby

and she put her love down soft and sweet

in the low lamplight I was free

heaven and hell were words to me

—o—

En tiempos de guerra, un vicio es refugio.

Meliodas ve a diario a compañeros huir al alcohol, o buscar abrigo en sustancias que los hacían perder los sentidos, con tal de escapar de la realidad loba que los persigue luego de cada batalla —o masacre; pero Meliodas solo asesina, no es quién para cuestionar—. Vagó por mucho tiempo sin resguardo para su consciencia, y antes de caer preso en la locura, cayó preso de ella.

Quizás era lo mismo.

La ve a la distancia, esperándole sentada en los bancos del Teatro Celestial. Toda una visión a deleitar, con ese vestido blanco que conocía a memoria pura y que no duraría mucho más tiempo sobre su cuerpo claro.

El invierno había pasado y Elizabeth permanecía intacta, de sonrisa cálida y piel besada por el Sol; una flor que no conocía el riesgo de marchitarse. Meliodas desearía robarla y mantenerla siempre para sí, en un pedacito de paraíso donde el mundo no se atreviera a cuestionarle, pero la realidad que lo recibe le sabe amarga cuando pone los pies en el suelo y sus ojos, desesperados, la ubican mientras se acerca a él con la misma moción.

El calor del cuerpo ajeno lo abrasa, y sus manos sin poder contenerse recorren su espalda desnuda y afianzan el abrazo. Su aroma a primavera le reafirma que ella realmente está aquí, que no es aquel espejismo que se le aparece en sueños y le hace el amor. Meliodas tiene miedo de despertar y que ella deshaga en polvo de estrellas, como en tantas ocasiones que la oscuridad de su habitación se burla de él y su amor maltrecho; sin embargo, al abrir los ojos, frente a él yace su mirada de cielo. Aún encima de las nubes, Elizabeth consigue elevarlo a la gloria.

Su invierno ha llegado su fin.

—Te he extrañado— le escucha murmurar, sus labios hambrientos contra su cuello.

Un yo también muere en su boca cuando la diosa apresa sus labios en un beso. Meliodas tiembla ante el contacto, sus corazones se estrujan y expanden como trapos en su torso, y no pasan sino segundos hasta que su cuerpo responde y finalmente algo estalla dentro de él.

Realmente no supo cuánto había echado de menos momentos como este hasta que percibe como su autocontrol se esfuma en un instante. La boca de Elizabeth sabe a libertad, sus labios carnosos convertidos en su anhelo más profundo y buscado. Y aunque no debería estar él aquí, y ella menos; eso que se cuece entre ambos a fuego lento, y que ha terminado por reventar ante la soledad que los acompaña, los envuelve en un manto que los enajena en un idilio eterno. Meliodas puede oír a lo lejos la voz de Chandler, con sus recriminaciones hostiles y mordaces; a su padre, con sus maquinaciones absurdas: a ellos, y a todos aquellos quienes llevan las riendas de su vida, y los entierra en lo más recóndito del olvido.

Ahora, en el mundo, en su mundo, solo hay lugar para él, y para ella.

La manera en que le corresponde es casi animal. Los labios de Elizabeth se han vuelto una necesidad tan primitiva como respirar, y la sensación de aire en sus pulmones luego de agonizar por asfixia, es equiparable a pasear sus manos por su cintura sin un ápice de recato. Le toca las alas en un descuido, Elizabeth sacude sus hombros y arruga el puente de su nariz como una niña pequeña. Lejos de molestarle, le sonríe con dulzura y toma su mentón, besando sus labios esta vez con una delicadeza impropia del deseo que los encierra.

—Tan apresurada— bromea él. Un color carmín se hace presente en las mejillas de su acompañante.

La diosa empuja su hombro ligeramente en un gesto cariñoso.

—Tan amargado— rebate con picardía—. No me voy a quedar aquí, a plena luz del mediodía, ¿vienes?

Meliodas sabe lo que implica su invitación, adrede no es aquel deje de ingenuidad forzada en su voz y esa sonrisilla danzante en sus labios. Bajo el Teatro Celestial, en las antiguas recámaras, se habían hecho de un fuerte para ambos, amoldado con cojines robados de la habitación de Elizabeth y mantas por las que aún le preguntaba Zeldris dónde estaban. Un espacio que han bautizado como propio con declaraciones de amor y promesas por cumplir.

La ve emprender su caminar despacio hacia las escaleras que llevan al subsuelo del lugar. El contoneo propio de las caderas de Elizabeth ejerce su hipnosis sobre él y en un parpadeo sus pies la siguen cual hambriento rumbo al manjar de su vida.

A partir del umbral, la sensación de frialdad lo azota y escalón tras escalón, la luz se va reduciendo hasta caer en completa oscuridad. Meliodas se siente como en casa, y el déjà vu hace retorcer sus entrañas. Últimamente, tan solo el pensamiento de regresar al Inframundo es suficiente para debilitarle la psiquis.

Pero se hace la luz y sus corazones dan un vuelco.

El destello le ciega por un instante, y al levantar la mirada, Elizabeth lo observa desde unos pasos adelante con el rostro ligeramente afligido. Su propia expresión cambia en cuanto es consciente de que espera por él, y que, por la ansiedad que se refleja en sus ojos verdes, no hay excusa alguna que pueda calmar su preocupación. El tiempo se agota, se les agota, y aunque ambos callen con la esperanza de que si no lo dicen en voz alta no sucederá, el desenlace se torna cada vez más y más retorcido.

La luz en la mano de Elizabeth se propaga a lo largo de todas las antorchas en el estrecho pasillo, y ella continúa guiando el recorrido sin mediar palabra. El descenso se torna casi interminable en medio del silencio que los embarga, pero aún así, no hay una conversación trivial entre ambos esta vez que rompa la pesada atmósfera. Los ecos de sus pasos incrementan a medida que la profundidad comienza a sentirse asfixiante, y Meliodas puede notar como el número de antorchas se reduce hasta que solo hay unas pocas, las suficientes como para no tropezar entre escalones.

El nudo en su garganta es insoportable, y se acrecenta con cada paso. Es impropio de ella tal comportamiento, y la forma en que se mueve le deja entrever que algo no está del todo bien sin necesidad de palabras.

—Elizabeth— la nombrada se gira despacio, cautelosa al encararle—, ¿te sientes bien?

Su ceño se frunce un poco y luego de una breve eternidad, la escucha suspirar con pesadez. Su vista recae en sus hombros, tensos, y su postura de brazos cruzados la delata en su angustia.

—No— responde al cabo de unos segundos en silencio—. Pero... no es algo con lo que debería atormentarte.

No escapa a su oído el tono melancólico de su voz, y desata aquello el resentimiento que yacía dormido en su pecho. Meliodas no precisa de detalles para saber que la discusión fue con quien Elizabeth aún se aferra en llamar madre. A veces, desearía no conocer los límites a los cuales han llegado ambas, y dejar sus diferencias así como un asunto puramente bélico, mas después de tantos años como confidente, le es imposible mantener la calma cuando ella dice que no ha pasado nada.

Meliodas conoce de sobra los castigos físicos, los cuales él mismo ha experimentado por mano del Rey Demonio hasta el hartazgo, o incluso hasta la inconsciencia. Sin embargo, la Deidad Suprema, por razones que prefiere dejar a la imaginación, no compartía esa característica con su progenitor, decantándose más por escarmientos que, de la boca de la misma Elizabeth, la destrozaban por dentro. Meliodas aún recuerda esa época en que su principal motivo para continuar vivo era la emoción que encontrarse con su igual en el campo de batalla le provocaba, la Sanguinaria Ellie.

Al echar la vista atrás y rememorar, una opresión se anida en su pecho. La vergüenza por su pasado a veces es demasiada como para admitirla abiertamente, incluso si Elizabeth le refuerza lo contrario: que no hay error alguno en cambiar para bien. El recuerdo es tan fresco que puede tocarlo con la yema de los dedos, el escucharla hablar sobre un porvenir pacífico donde el derrame de sangre entre clanes fuese solo un mal sabor de boca. Debió saber en aquel entonces, que su desespero por esa paz venía de un lugar mucho más lúgubre.

Suspira, no vale la pena ahondar en aquellos tiempos.

—Elizabeth, hemos hablado de esto. Todo lo que diga la Deidad Suprema es-

—Mentiras, lo sé. Pero es mi mamá, duele así me esconda tras mil armaduras.

El rubio muerde el interior de su mejilla izquierda para disuadirse de comenzar una discusión. La mirada baja de Elizabeth le hace desear darle muerte a aquella víbora por su propia mano. Lo único que queda del vínculo que alguna vez le unió a su padre, es desprecio; y el simple hecho de llamarle como tal, hace que la bilis suba hasta su garganta y deba respirar profundo para no terminar vomitando en su presencia. Por tanto, no concibe la manera en que Elizabeth guarda aún cariño en su corazón para ese ser después de tantos maltratos y decepciones.

Después de tanto tiempo, el mundo no hace más que demostrarle no ser merecedor de su luz.

Se mueve hacia ella despacio, como quien se acerca a un animal herido. La diosa extiende sus brazos a él, que toma sus manos, y una vez entrelazados sus dedos, besa su unión. Tanto para el resto del mundo como para él, Elizabeth es algo más allá de su entendimiento. Una existencia etérea, el único ser al que Meliodas se arrodillaría ante y haría su voluntad por el resto de sus días. Y le frustra tanto, tanto, no poder expresar semejante amor, que solo puede servirle en su totalidad en cuerpo y alma.

Es suyo, para cualquier propósito.

Su mirada conecta con la suya y de repente el planeta realiza su órbita alrededor de ella, y de sus ojos que relucen como aguamarinas. La jala a él en un abrazo, incapaz de encerrar todo lo que siente dentro de sí. Las manos de Elizabeth se pasean acariciando sus brazos hasta que hallan reposo su cuello, donde entierra su cabeza entre la curva de sus hombros.

En este pedazo de tierra flotante; tierra de nadie y olvidada por los estragos del tiempo, no hay más que sus dos almas dolientes haciéndose compañía a su soledad.

Percibe como entierra sus dedos entre sus cabellos y respira fuerte, con el rostro aún escondido entre su regazo. Meliodas no puede sino más que ser su faro en medio su eterna tormenta, ese pilar que jamás dejará de brillar cuando todas sus estrellas mueran y la noche quede a oscuras. Elizabeth batalla consigo misma y aunque quisiera él ser su héroe, sabe que su lugar es a la distancia, observando como la oscuridad a su paso se disipa y ella vuelve a deslumbrar por sí misma. Lo ha comprendido antes, lo comprende en el momento, y lo comprenderá cuanta veces sean necesarias.

A veces se pregunta el momento exacto en que se enamoró tanto, y nunca hay una respuesta certera: todos los días se enamora más que el anterior. La idea rebasa el marco de lo racional, pero el amor que ambos se profesan también. Meliodas ha hecho las pases con los azares del destino caprichoso que los ha unido, y le agradece cada segundo de su existencia desde que la tiene a su lado.

Besos tímidos se aventuran a lo largo de su cuello y lo jalan de la forma más exquisita de regreso a la realidad. Las manos de Elizabeth descienden hasta sus brazos y los posiciona sin mucho preámbulo en sus caderas. El desenlace le es previsible, y a pesar de que se muestre algo reacio a raíz de su actuar hace unos instantes, no la cuestiona. Si desea ahogar sus penas en él, Meliodas llegará a los extremos necesarios hasta ver una sonrisa en sus labios.

Su instinto no requiere de mucho incentivo para acariciar sus glúteos con calma y atreverse a colarse por debajo de la falda de su vestido. Los labios de Elizabeth atrapan los suyos de súbito y entre el furor del beso, sin percatarse apenas, termina apresándola contra la pared. Lejos de molestarle, la diosa da un giro y queda de espaldas a él, ansiosa por el roce. Meliodas no precisa de instrucciones en voz alta para acercarse lo más posible a ella, y sin espacio alguno de por medio al fin, dejarse llevar por la fricción de su entrepierna, ya hinchada, contra el trasero de su amante.

Los gemidos de Elizabeth cuando su mano baja a su intimidad son poesía cantada a su oído, las más exquisitas líricas jamás enunciadas; no podría ni en sueños un simple humano capturar la divinidad que sale de sus labios clamando por más, tócame más, Meliodas. Es un lacayo a sus pies, un fiel sirviente a su desespero. Y le besa las clavículas, insaciado del roce de la piel ajena; le acaricia los cabellos con la esperanza de morir en su perfume: se sabe víctima de su embrujo, y se deja envolver en él sin miramientos.

Después de todo, no hay quien en los alrededores para impedírselo.

Ansioso por el antojo de sus labios, la gira con premura y sin lugar a treguas, le vuelve a besar. Las piernas de Elizabeth se enredan sin pudor alguno alrededor de su cintura, y tiembla bajo su abrazo cuando acaricia, apenas con control de sus maneras bruscas, el largo de sus muslos hasta llegar a la costura de su ropa interior.

Un suspiro escapa de ella; Meliodas cierra los ojos y toma una pausa efímera: contenerse es una odisea cuando su cuerpo jadeante se presta, desmesurado, a su completa merced. Elizabeth en sí misma es un contraste que disfruta día con día, maravillado de cada faceta que se le presenta. A veces le es inverosímil afrontar que la misma diosa que predica castidad y pureza en la más elevada de sus doctrinas, se retuerce de placer bajo el tacto de sus manos toscas; las manos de un demonio.

Un espectáculo del que jamás podría hartarse.

Ha fantaseado con su presencia incandescente desde que la vio deslumbrar todo el acantilado de Kaynes. Y mentiría si negara el hecho de que verse amenazado por su poder, por su luz que a cualquier oscuridad disuelve, ha sido un pilar en su atracción insensata. Su contraparte, diseñada a la medida para él, y viceversa. Meliodas sabe, muy en lo profundo, que su amor claroscuro estaba destinado a suceder, y sabe que a ella también le consta.

Y ahora, mientras le arrebata la tela que lo separa de su feminidad, está libre de culpas.

La pierna de Elizabeth que se deslizó para deshacerse a gusto de su ropa interior vuelve a enroscarse en su torso, y su aliento cálido en su oreja, que lo tienta, no hace más que torturarlo en el más dulce de los suplicios. Su boca atrapa su lóbulo y Meliodas reprime un gemido, aferrándose a la cintura de la diosa en su regazo como si fuese lo único que lo mantiene a flote.

—¿Por qué te cohibes?— susurra contra su cuello, mientras se pega más a él, y a su hombría palpitante—. No queremos tener esta conversación de nuevo, ¿verdad?

El rubio relame sus labios, sus siete corazones rebatiendo frenéticos contra su torso agitado. A veces hay algo de culpa que aún le persigue tras las sombras, porque el hecho de que no necesitaría pensarlo dos veces para escapar a su lado si ella lo pidiera ahora, es en ocasiones abrumante cuando hay personas que dependen de él. Más que soldado, más que Comandante; Meliodas es un príncipe del que su pueblo espera una victoria, y un hermano que es en extremo admirado. Las expectativas sobre él son cadenas atadas a su consciencia.

Pero Meliodas es, por sobre todas las cosas, un hombre enamorado, que es capaz de entregarse a la locura si eso significaba cinco minutos al lado de la mujer que espera por él, y a la que besa ahora como si se le fuese la vida en ello.

Elizabeth le corresponde sin dudarlo un instante, y son sus propias manos las que desabrochan el cierre de su pantalón y guían, con movimientos erráticos, su miembro hasta su entrada impaciente por recibirle. El roce se extiende en un minuto que hace palidecer a una eternidad, pero el ansia es demasiada y un jadeo escapa de ambos al unísono cuando finalmente la penetra de una estocada.

El mundo parece detenerse una vez que la humedad de Elizabeth lo envuelve y arrasa con el resquicio de cordura que había logrado sobrevivir dentro de sí. Aferrado a sus glúteos como a un salvavidas, tanteó con malicia su aguante a embestidas lentas, despacio hasta llegar a lo más profundo de su intimidad, a sabiendas de su desespero. Al percibir el destiempo del ritmo, un pellizco de la diosa casi de inmediato en su hombro lo hizo soltar una risilla, seguida de ella, cuando una nalgada pícara y repentina la sobresalta y hace sonreír con soltura.

Cara a cara, verde y azul se encuentran en un pedacito de cielo.

Las estocadas del rubio reavivan su ritmo sin romper el contacto de su mirada, complacido de la expresión de placer en la que se va desfigurando el rostro extasiado de su amante. El rebotar de sus pechos, la estrechez de su sexo que lo apresa más con cada penetración, el respirar entrecortado que ambos emanan: Meliodas moriría dentro de ella y moriría a sabiendas de que no existe en los confines de Britannia muerte más divina.

El ritmo se vuelve errático a medida que sus paredes lo encierran en ellas y sin previo aviso, un gemido ahogado de Elizabeth contra la curva de su cuello y una repentina estrechez lo ponen al tanto de que ha cumplido su cometido con éxito. El orgasmo de la diosa es una vía libre a su propio placer, cuando finalmente sin esa presión de satisfacerle a cualquier costo, puede dejarse ir en su sexo y vaciar su semilla dentro de ella.

Los latidos arrítmicos del corazón de Elizabeth contra él y uno de esos besos que le arrebatan el aliento lo reciben una vez sube la mirada para encararle de nuevo, no hacen más que inflarle el pecho de orgullo al reafirmarle que su placer la ha hecho olvidar sus penas al menos por un instante.

Se encuentra con sus ojos de gema al abrir los suyos, y entonces cesa de existir el resto del mundo y Meliodas solo desea quedarse así por las eternidades por venir: dentro de ella, náufrago en el océano inmenso de su mirada.

Y no es hasta que ella pronuncia con cuanta ternura puede haber en el universo esas dos palabras que puede darse por victorioso y su vida inundada en tinieblas se deshace en su luz cálida.

—Te amo, Meliodas— nada en el mundo contener su emoción, y la acerca más a él, queriendo fundirse en ella.

Meliodas es feliz así: y en su lecho, solo la desea a ella, y las palabras escapan de su boca como dos colibríes que revolotean su alrededor, ávidos de su néctar.—Yo también, Elizabeth.