Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hidden Truths" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 5

Jane

—Esto es genial. —Señalo las albóndigas en mi plato y meto otra en mi boca.

—Por fin alguien que aprecia lo que hago por aquí —refunfuña Sirius y sigue guardando los platos del lavavajillas.

Aprovecho para echar un vistazo. La cocina es bastante grande, una mesa de comedor junto a la ventana del lado izquierdo. Sin embargo, la casa en sí no es tan grande. Dos dormitorios en la planta superior y un enorme salón y cocina en la planta baja. Es un lugar agradable con muebles nuevos y modernos, y parece habitado. Una cosa que encuentro extraña es que no hay fotos de ningún tipo. En ningún sitio.

—¿Vives aquí? —pregunto.

—En el apartamento sobre el garaje.

—Bien. —Miro por encima del hombro hacia la puerta principal, calculando la distancia. Sirius parece estar bastante en forma, pero es mayor. Dudo que sea capaz de detenerme si le sorprendo desprevenido. Si la puerta no está cerrada con llave, debería poder escurrirme.

—No —dice Sirius, y mi cabeza vuelve a dirigirse a él.

—¿Qué?

—Mimi te atrapará antes que llegues a la puerta. —Señala con la cabeza hacia el salón, donde el perro duerme en el suelo junto al sofá.

Finjo inocencia.

—No pensaba hacer nada.

—Sí, claro. —Aparta el plato, se gira hacia mí y se apoya en la encimera—. ¿Por qué no le dices a Felix lo que necesita saber, y así te deje ir?

—Tengo mis razones. —Vuelvo a comer—. ¿Cómo está su amigo? El que recibió el disparo.

—Se pondrá bien —dice Sirius y cruza los brazos delante del pecho—. ¿Cómo sabes lo de Ben?

—Felix me dijo anoche. Alguien lo llamó para decirle que no estaba bien. Felix se alteró.

—¿Alterado?

—Sí. Como si estuviera desconectado. Fue extraño. —Me encojo de hombros y alcanzo la ensalada. Sirius se acerca, coge mi silla y la gira hacia él.

—Se desconectó... ¿cómo? —Se inclina sobre mí y lo miro fijamente. Ha desaparecido el viejo gruñón pero divertido de hace unos segundos, y en su lugar hay un hombre muy serio y visiblemente alarmado.

—No sé. Se ha quedado muy quieto. Sus ojos parecían extraños, como si me estuviera mirando sin verme realmente —digo—. Su mano empezó a temblar

Sirius cierra los ojos y maldice.

—¿Y entonces?

—Me acerqué a él, pero daba la impresión que no me percibía, así que lo pinché, y eso llamó su atención.

Los ojos de Sirius se abren de golpe.

—Tú... ¿lo pinchaste?

—Sí. Con mi dedo. Así. —Le toco ligeramente el hombro—. Pareció ayudar. Se espabiló al cabo de unos minutos, me llamó zorrita y se fue.

—¿Y eso es todo?

—Sí, más o menos. ¿Por qué?

Sirius no dice nada, solo me observa durante unos segundos. Luego, saca la silla que está a su lado, se sienta y se inclina hacia mí. Sigue sin hablar. ¿He hecho algo que no debía?

—¿Le pasa algo a Felix? —pregunto.

—Sí —dice finalmente—. A veces procesa las cosas de forma diferente. Y sus puntos de vista sobre lo que debería ser una respuesta lógica a una determinada situación difiere de los tuyos o de los míos.

Arrugo las cejas.

—¿Cómo es eso?

—Digamos que estás esperando en una cola para tomar un café y un hombre detrás de ti intenta quitarte la cartera. ¿Qué harías?

—No lo sé. ¿Golpearlo en la cabeza con mi bolso? ¿Llamar a la policía?

—Felix le rompería el cuello, volvería a la cola y pediría un capuchino cuando le llegara el turno.

Parpadeo.

—Él... no parece una persona violenta.

—Felix no es violento por naturaleza. Nunca atacaría a nadie en circunstancias normales. Nunca tocaría a un niño. O a una mujer, a no ser que sea una amenaza. Si una anciana está cruzando una calle, se acercará para ayudarla. Si un gato se queda atascado en un árbol, se subirá a él y lo rescatará.

—No entiendo.

—Sin ser provocado, su comportamiento es completamente acorde con lo que se considera socialmente aceptable.

—¿Y cuando es provocado?

—Cuando Felix es provocado, la gente muere, Angelina. Por eso, si vuelves a encontrarlo en un estado de zozobra, como tú dices, deberías quedarte atrás.

Lo miro fijamente, me cuesta creer que la persona que está describiendo sea el hombre que tan tiernamente me rozó la mejilla exigiendo saber quién me hizo daño.

—Pero no me hizo nada. Solo... solo hablamos, y volvió a la normalidad.

—Lo cual es muy inesperado. —asiente Sirius—. Aun así, no deberías volver a hacer eso.

—Bien.

—Una cosa más. Si lo encuentras dormido, no te acercarás a él bajo ninguna circunstancia. Te darás la vuelta y saldrás de la habitación inmediatamente.

Qué petición tan extraña.

—¿Por qué?

—No importa. Solo haz lo que te digo.

—Muy bien —asiento y amontono más puré de patatas en mi plato.

No hay manera que me crea esta mierda. Está exagerando, probablemente tratando de asustarme para que suelte la lengua. Sí, Felix actuó de forma extraña anoche y tiene fama de ser un tipo ligeramente inestable, pero nadie es normal en nuestro mundo.

Oigo abrirse la puerta principal y me giro para ver entrar al objeto de mis pensamientos, con un casco bajo el brazo.

—Pensé que habías ido de compras —grita Sirius desde al lado del fregadero—. ¿Dónde está la ropa que has traído?

—Llegando en taxi. Le dije al chico que trajera las bolsas a la puerta.

Felix tira el casco en el sofá, se quita la chaqueta y entra en la cocina. Al pasar por delante de mi silla, extiende su mano y roza ligeramente mi brazo, haciendo que la piel se erice allí donde nos tocamos. Y no es una sensación desagradable.

—¿Qué hay para comer? Me muero de hambre. —Se sienta en la silla contigua a la mía y mira la cazuela que hay en el centro de la mesa—. ¿Otra vez albóndigas? Dios mío. Te voy a apuntar a un curso de cocina la semana que viene.

—Si tienes quejas sobre mi cocina, no dudes en empezar a preparar la comida tú mismo.

Felix suspira y empieza a apilar comida en un plato. Cuando termina, mira su comida, maldice y come. Es evidente que no está satisfecho con lo que Sirius ha preparado, pero no veo que entre en una furia asesina o lo que sea. Como sospechaba, Sirius estaba exagerando.

El perro de Felix entra desde el salón, se detiene junto a él y empieza a darle golpecitos en las costillas con su hocico.

—¡Maldita sea, Mimi! Estoy intentando comer. —Mueve la cabeza del perro con la mano, pero lo hace con visible cariño.

—¿Qué raza es? —pregunto. Creo que nunca he visto un perro tan grande.

—Cane corso —dice entre dos bocados—. Voy a pasearla después de comer. ¿Quieres venir con nosotros?

No es mala idea. Tengo que comprobar la zona si consigo escabullirme en algún momento.

—Claro.

Acabamos de terminar la comida cuando suena el timbre.

—Son tus cosas —me dice y se vuelve hacia Sirius—. ¿Puedes atender eso?

—No.

Felix refunfuña algo en ruso y se levanta.

—Albert se peleó ayer con su novia, así que está de mal humor.

—¿Albert?

—Ese sería yo —dice Sirius por encima de su hombro—. Felix hace una broma acerca de Batman. Se cree que es ingenioso.

Levanto las cejas.

—¿No era ese Alfred? ¿En la película?

—Sí, pero dice que Alfred suena aristocrático y que no soy lo suficientemente sofisticado para ello. Así que lo cambió por Albert.

—Oh, bueno... eso tiene sentido, supongo. —Sacudo la cabeza confusa. Esos dos tienen una relación muy extraña. Me giro para ver a Felix cogiendo un montón de bolsas del porche y llevándolas hacia las escaleras. Hay al menos veinte.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—Probablemente las cosas que compró para ti. Parece que se dejó llevar un poco.

Me doy la vuelta lentamente y miro fijamente a Sirius 'barra' Albert.

—¿Cuánto tiempo pretende tenerme aquí?

—Tendrás que discutirlo con Felix, me temo.

Me levanto de la mesa, llevo el plato al fregadero y subo corriendo a hacer eso. Solo veo un montón de bolsas esparcidas por la cama y a Felix desaparecido. Me pregunto si debería comprobar la otra habitación que he visto en esta planta cuando oigo el sonido del agua corriente procedente del baño de mi derecha.

Me dirijo a la puerta y la golpeo dos veces.

—¿Felix?

No contesta, así que pruebo el pomo y encuentro la puerta desbloqueada. Sin pensar realmente en lo que estoy haciendo, la abro. Y me quedo con la boca abierta.

Felix está de pie en la ducha mientras los chorros de agua fluyen por su cuerpo desnudo. Está de espaldas a mí, su cabeza inclinada hacia el caudal. Sigo el rastro de agua con los ojos, desde sus anchos hombros, bajando por su espalda musculada y entintada, y luego me detengo. ¡Joder! Tiene el culo más magnífico que he visto nunca en un hombre. Debería apartarme, cerrar la puerta y fingir que no lo he visto. En lugar de eso, sigo mirando.

—¿Le gusta lo que ve, señorita Sandoval?

Trago saliva y levanto la vista para encontrarme con los ojos azules de Felix mirándome por encima del hombro. Mientras lo miro fijamente, desliza la puerta de la ducha hacia un lado, sale y se acerca a mí. Me cuesta mantener la mirada fija en su rostro en lugar de dejar que mis ojos se desvíen hacia abajo, pero, de alguna manera, lo consigo.

—¿Cuánto tiempo piensas tenerme prisionera? —pregunto, tratando de fingir que no me perturba el hecho de estar frente a mí completamente desnudo. Es toda una hazaña. Lo añadiré a mi currículum en «Otros logros».

—Hasta que empieces a hablar —dice y pone las manos en la puerta, enjaulándome contra ella—. Eso ya lo sabes.

—No puedes mantenerme aquí. Tengo una vida.

—Dime lo que necesito saber, y eres libre de irte.

Mi concentración se pierde y mis ojos se deslizan por su frontal, y cuando llego a su entrepierna, mis cejas chocan con la línea de mi cabello. Su polla está en absoluta proporción con su cuerpo. Enorme. Rápidamente vuelvo a levantar la cabeza.

—Te he dicho todo lo que puedo —digo, pero suena más como un gemido.

—Entonces espero que te guste estar aquí, lisichka. —Felix sonríe y se gira para coger un montón de ropa que hay junto al lavabo, lo que me permite ver de nuevo su culo desnudo y duro como una roca.

Finalmente, el sentido común hace acto de presencia, me doy la vuelta y me dirijo hacia la cama, fingiendo estar absorta en revisar todo lo que hay en las bolsas.

—Voy a pasear a Mimi —dice Felix unos minutos después cuando sale del baño. Esta vez vestido. Gracias a Dios. O... Vergüenza—. ¿Vienes?

—Claro.


Felix

Miro a Jane, caminando a mi lado, y apenas consigo reprimir una carcajada. Ha fingido desinterés, pero ha estado inspeccionando el barrio mientras paseábamos. La zorrita está planeando su ruta de escape. Es divertidísimo.

Delante de nosotros, Mimi ladra y corre hacia el jardín de la vieja Maggie, probablemente planeando desenterrar más de sus flores. Está obsesionada con esas flores desde el año pasado.

—¡Mimi, idi syuda!

Mimi mira las flores con pesar y luego galopa hacia nosotros. Casi nos alcanza cuando ve a una pareja que pasea a un rottweiler por la calle y se pone inmediatamente en alerta. Me apresuro a acercarme a ella para asegurarme que no ataca lo que puede considerar una amenaza y, al mismo tiempo, Jane se da la vuelta y empieza a correr. Me río. No ha tardado mucho.

Me detengo junto a Mimi, la cojo por el cuello y observo a Jane durante unos segundos. Se esfuerza al máximo, pero es lenta. Probablemente aún está débil por la falta de alimentación. Señalo con la mano hacia Jane, dando a Mimi la orden de «proteger» y cruzo los brazos sobre el pecho.

Mimi corre hacia Jane a una velocidad enloquecida y, a mitad de camino, empieza a hacer un amplio círculo, para interceptarla. Jane cambia su rumbo, virando a la derecha, pero Mimi sigue corriendo unos metros delante de ella, divirtiéndose. Mi zorrita se da cuenta que no va a ir a ninguna parte y se detiene de repente, se vuelve hacia mí con las manos apretadas en pequeños puños y me mira fijamente.

—Me está arreando como al ganado —refunfuña cuando me acerco.

—Ella te está cuidando.

—Como si fuera una vaca.

—Sí. —Me agacho y la agarro por la cintura, luego la pongo sobre mi hombro—. El episodio de Prison Break de hoy, termina aquí.

—Bájame.

—No. —Le doy unos ligeros golpecitos en el culo con la palma de la mano y decido dejarlo ahí. Puede que esté delgada, pero su culo es bonito y alegre.

—Eso se llama acoso sexual —suelta Jane—. Quita tu pata de mi culo.

—¿Y cómo llamarías a colarse en el baño mientras me ducho?

—No me he colado. Solo quería hablar.

—Tú me estabas mirando. Solo estoy correspondiendo de la misma manera. —Vuelvo a dar un golpecito en su dulce trasero y atravieso despreocupadamente el parque en dirección a mi casa, saludando a una madre que aparta a sus hijos de la escena.

—En el momento en que esté fuera de tus garras, te denunciaré a la policía.

—¿Por qué?

—Secuestro. Tenerme como rehén en tu casa. Y acoso sexual.

—Seguro que la policía estaría encantada de charlar con la hija de Manuel Sandoval. —Le aprieto ligeramente la nalga, provocando el más adorable jadeo de sorpresa.

Jane me da un golpe en la espalda con la mano y me río. El primer día se asustó un poco, pero ya no parece tenerme miedo. La gente siempre desconfía de mí, así que esto es bastante inesperado. Se siente bien.

—Tengo que ir a una reunión esta noche —digo, ignorando sus protestas—. Por favor, aguanta cualquier otro intento de fuga hasta que yo vuelva. Albert es demasiado mayor para perseguirte. Podría tener un ataque al corazón, ¿y quién cocinaría para mí entonces?

—Tomaré en consideración tu petición.

—Gracias.

—¿Puedo tener un portátil o algo así?

—Buen intento. —Me río—. No hay portátil. Pero puedes pedirle a Albert una ronda de póker. Un consejo, sin embargo, él hace trampa.

—¿Trampas? Tiene setenta años.

—Exactamente. Hace muy buenas trampas.

Arquea el cuello y me mira.

—¿Cuánto le pagas?

—No lo hago. Llevo años intentando deshacerme de él.

—No estoy segura de seguirte.

Suspiro y la dejo en el porche.

—Albert y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Trabajamos juntos durante mucho tiempo.

—¿Antes de unirte a la Bratva?

—Sí.

—¿Y qué hicieron juntos?

—Lo siento. No puedo decírtelo.

—¿Por qué? ¿Es algo confidencial?

La miro y encuentro esos ojos oscuros observándome con una pregunta. Nació en esta vida, así que probablemente ha visto su parte de mierda desagradable, aunque sus ojos parecen tan inocentes.

—Sí —digo y trazo una de sus perfectas cejas oscuras con un dedo—. Y porque no quieres saberlo. Confía en mí en eso.

—¿Qué puede ser peor que trabajar para la Bratva?

—Puede haberlo. —Coloco mi mano libre en la barandilla junto a la suya y me inclino hasta que nuestras caras quedan a la misma altura. Los ojos de Jane se abren de par en par, pero no se aparta. Estamos tan cerca que puedo sentir su aliento abanicando mi cara mientras su respiración se acelera. Despacio, muevo mi dedo sobre su mejilla y a lo largo de su cuello, y me detengo cuando llego al punto donde late su pulso. Es fuerte. Más rápido de lo normal—. Hoy no habrá más huidas —susurro.

—Bien. —Ella asiente, sin quitar sus ojos de los míos.

Desplazo mi mano por su delgado brazo, bajándola por encima de su cadera, y presiono mi mano en el lateral de su muslo, sobre la larga y gruesa cicatriz que noté mientras la cargaba—. ¿Quién te hizo esto?

La respiración de Jane se acelera.

—Me caí de un árbol.

Aprieto los dientes. Debería dejar de mentir, definitivamente no es su fuerte. Dejo caer mi mano de su pierna y silbo para Mimi.

—Vamos. Tengo que cambiarme antes de ir a esa reunión.


Shevchenko llega tarde, como siempre. Tomo el agua mineral que ha traído el camarero y observo el club vacío. Todavía es temprano, la gente no llegará al Ural hasta dentro de un par de horas. Prefiero hacer negocios en uno de los almacenes, pero Shevchenko insistió en un lugar más público esta vez. Probablemente se asustó cuando nos vimos por última vez. Cobarde. Me recuesto en la cabina y llamo a Sirius.

—¿Qué pasa? —pregunta en cuanto responde a la llamada.

—Nada.

—Rara vez llamas por nada, Felix.

—Me preguntaba qué está haciendo Jane.

—Cenamos y la llevé a tu habitación.

—¿Está Mimi delante de la puerta?

—No, está en el salón, donde la dejaste.

—Ve a la sala de estar y ponme en el altavoz.

—¿Qué soy? ¿Tu secretaria? —dice.

—Deja de refunfuñar y hazlo.

—Bien. —Hay un momento de silencio—. Está en marcha.

—Mimi —digo al teléfono y la oigo ladrar una vez—. Jane. Okhraniay!

—Se fue arriba —dice Felix—. ¿Por eso has llamado?

No. He llamado porque, aunque he salido de mi casa hace apenas una hora, no puedo dejar de pensar en la zorrita que he dejado allí

—¿Le han gustado las cosas que compré?

— ¿Por qué iba a importar eso?

—Solo pregunto. —Me encojo de hombros.

—¿Qué coño crees que estás haciendo con esta chica, Felix? No conocemos su agenda. La hija de un narcotraficante mexicano no termina como parte de la carga en un cargamento de drogas de forma regular.

—No estoy seguro de lo que estás insinuando.

—¿Oh? Déjame que te ilumine. ¿Recuerdas a Dasha?

Mi cuerpo se paraliza.

—Jane no es una infiltrada.

—¿Estás seguro de eso?

—Ella no es una agente encubierta, Sirius. Ella es... demasiado inocente para eso.

—Todos parecen inocentes. Hasta que intentan rebanarte el cuello mientras duermes. Considera a tu difunta esposa antes de pensar en enredarte con esta chica.

—¡Jane no es Dasha! —ladro.

—Ella habla ruso, Felix.

Me siento más erguido.

—¿Qué?

—Revisé sus antecedentes. Estudió idiomas y literatura. Se especializó en inglés e italiano, pero también tomó cursos de francés y ruso. Muy conveniente, ¿no?

—Es una coincidencia. —Corto la llamada.

El camarero viene a preguntarme si quiero algo más, niego con la cabeza, centrándome en la entrada del otro lado del club. ¿Podría ser solo una coincidencia?

Entra un grupo de hombres. Dos tipos con trajes oscuros caminan delante de un tercero, ocultándolo parcialmente de la vista, y ambos están escudriñando los alrededores. Shevchenko y sus guardaespaldas. Al parecer está tratando de hacer una declaración al traer solo dos hombres con él. El bastardo suele llevar al menos cinco hombres, lo que no es extraño, ya que necesitaría a varias personas para cubrir su enorme estructura si se produjera un desastre. Es casi tan grande como Igor, el cocinero de Jasper, y eso no es un objetivo fácil.

Me ven y se dirigen hacia el reservado. Solo entonces me doy cuenta que Shevchenko está acompañado por una chica. Definitivamente, al cabrón le gustan jóvenes. La chica no puede tener más de dieciocho años.

Los guardaespaldas suben primero los dos escalones del reservado y se apartan. Shevchenko los sigue, arrastrando a la pobre chica con él.

—Belov. —Asiente y toma asiento, tirando de la chica para que se siente en su regazo.

—Llegas tarde —digo, manteniendo mi atención en la chica. Me equivoqué, no puede tener más de dieciséis años, y por la mirada aterrorizada de sus ojos, no está aquí voluntariamente.

—Tuve una reunión con O'Neil. Quería discutir una colaboración.

—¿Oh? —Me inclino hacia atrás y muevo mi atención hacia Shevchenko, pero sigo observando a la chica por el rabillo del ojo—. ¿Y qué tenía que ofrecer Liam?

—El mismo producto. Dijo que está en proceso de negociación con Diego Rivera, y que debería poder entregar las cantidades que necesitamos a partir del próximo mes.

—Nosotros aceptamos el setenta por ciento de las drogas de Rivera. No hay manera que Liam pueda igualar ni las cantidades ni el precio.

—Bueno, dijo que eso cambiará pronto. —Shevchenko coge la botella de whisky que le ha traído el camarero, llena su vaso hasta el borde y lo vacía de un trago. Se sirve otra ronda, y luego coloca su carnosa mano en el muslo desnudo de la chica, apretándolo. La chica se estremece y junta rápidamente las piernas, pero Shevchenko las abre con fuerza y empieza a mover la mano hacia arriba, bajo el dobladillo de su corto vestido. La chica aprieta los ojos.

Miro a los guardaespaldas de Shevchenko y luego muevo la mirada hacia la botella de licor que hay sobre la mesa. Debería servir.

—Estoy muy ilusionado por ver cómo los irlandeses planean lograrlo. —Me inclino hacia delante, cojo la botella y la aplasto contra el borde de la mesa.

La chica grita mientras los guardaespaldas echan mano de sus armas y se vuelven hacia el reservado, pero llegan demasiado tarde. Ya estoy presionando la botella rota contra el costado del cuello de Shevchenko, justo sobre su arteria carótida.

—Pongan las armas sobre la mesa —digo sin quitar los ojos de la cara de pánico de Shevchenko. No ocurre nada.

Miro a sus dos hombres, de pie al otro lado del reservado y me apuntan con sus armas. Agarro la mano del que está más cerca de mí y tiro de él a través de la mesa, protegiéndome justo antes que el otro hombre dispare. El tipo al que sostengo grita cuando la bala le da en el pecho. Retuerzo su mano, que aún tiene agarrada la pistola, hacia el que dispara y aprieto sus dedos. El arma se dispara dos veces, alcanzando al tipo en el estómago ambas veces. Mientras se derrumba en el suelo, gimiendo, utilizo la botella rota para cortar el cuello del hombre que sostengo, y luego vuelvo a centrarme en Shevchenko. Sigue sentado, sujetando a la chica contra su pecho como un cordero de sacrificio. Sus ojos se dirigen a mí, al cuerpo ensangrentado que está sobre la mesa, y a su hombre que yace inconsciente en el suelo.

—Me angustia que me apunten con armas —declaro y hago un gesto hacia la chica con la mano—. Ven aquí, cariño.

Sus ojos se abren de par en par. Al principio parece reacia, probablemente porque tengo sangre goteando de mi mano, pero luego se baja del regazo de Shevchenko y se apresura a ponerse a mi lado.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto, sin apartar la vista del bastardo horrorizado que sigue sentado en el reservado.

—Quince —susurra apenas audible.

Quince. Jesucristo. Podría ser su nieta.

—Sube las escaleras —digo entre dientes apretados—. Pregunta por Emmett. Él encontrará a alguien que te lleve a casa.

Espero a que se vaya y me acerco al enfermo hijo de puta reclinado en su asiento, como si eso fuera a ayudarle. Inclinando la cabeza hacia un lado, lo evalúo, y luego busco el arma que ha quedado sobre la mesa.

—No me gustan los pederastas. —Levanto la pistola y le disparo en el centro de su fea jeta.

Tras arrojar la pistola de nuevo sobre la mesa, me limpio la sangre de la mano con la esquina de la chaqueta de Shevchenko y me doy la vuelta para encontrar al camarero y a una señora de la limpieza acobardados en la esquina opuesta del club, mirándome fijamente.

—¿Está Emmett aquí? —pregunto.

La señora de la limpieza intenta dar un paso atrás, pegando su espalda a la pared. El camarero parpadea y señala hacia arriba. Miro hacia la galería suspendida sobre la pista de baile. Em está al otro lado de la pared de cristal, con un teléfono en la oreja y mirando en mi dirección. Seguramente está llamando a Jasper para chivarse de mí. Paso el pulgar por encima del hombro hacia el reservado y hago un gesto con la mano para indicarle que limpie el desorden. Em se aprieta la sien con la mano libre y sacude la cabeza. Creo que ya no me dejará dirigir las reuniones en el Ural.


Mi teléfono suena cuando estoy a medio camino de mi coche. Lo saco y atiendo la llamada sin mirar la pantalla. No tengo que hacerlo, tengo un tono especial programado para mi hermano.

—¿Si?

—¡Voy jodidamente a matarte! —ruge Jasper, y me aparto rápidamente el teléfono de la oreja. Los gritos continúan durante un minuto más o menos, las habituales bromas familiares. Todo corazones y arco iris... —te cortaré en pedacitos y se los daré de comer a esa bestia tuya.

—Mimi no come carne cruda. —Vuelvo a acercar el teléfono a la oreja y enciendo un cigarrillo—. Es malo para el tracto digestivo.

—Tienes una semana para encontrarme un nuevo comprador. Una semana. ¿Lo entiendes?

—Ya hablé con la Camorra la semana pasada. Tomarán el doble de la cantidad que vendimos a los ucranianos. Y, tengo una reunión con algunas bandas en los suburbios este fin de semana. Estamos bien.

—Maldita sea, Felix. —Suspira.

—Shevchenko dijo algo interesante antes que lo despachara. Fue sobre los irlandeses.

—¿Qué?

—Están en negociaciones con Diego Rivera. Al parecer planean entrometerse en nuestro territorio.

—Oh, me encantaría que lo intentaran —gruñe—. No más asesinatos de nuestros compradores, Felix. ¿Me oyes?

—Intentaré hacerlo lo mejor posible.

—Se esforzará al máximo. Maravilloso —murmura Jasper en el teléfono y me cuelga.


Tan pronto aparco el coche en el garaje, me desvío a casa de Sirius para ducharme y cambiarme. Intenté no mancharme de sangre la camisa, pero de todos modos algo acabó en mi manga. No quiero que Jane lo vea ni que se asuste de mí. Además, permitir que me vea cubierto de sangre requeriría una explicación.

Cuando termino, me dirijo a la casa. No hay nadie abajo, así que subo corriendo a mi dormitorio, donde Jane está acurrucada en el sillón, con un libro en las manos. Por un momento, pienso que está leyendo una de mis novelas de detectives, tengo muchas, pero me detengo en seco cuando veo la portada. Tiene en sus manos Anna Karenina, edición rusa. ¿Tenía Sirius razón sobre ella?

Levanta la vista del libro y se encuentra con mi mirada.

—¿Cómo fue la reunión?

—Bien. —Me apoyo en el marco de la puerta y señalo con la cabeza el libro que sostiene—. ¿Hablas ruso?

—No exactamente. Sé algunas cosas básicas. —Se encoge de hombros—. Hice un curso de ruso en mi primer año, pero al final decidí centrarme en el inglés y el italiano.

—¿Cuánto entiendes?

—Bueno, probablemente podría pedir direcciones en ruso, y recuerdo los nombres de algunas frutas y verduras. Pero sé muchas palabrotas. —Resopla, se levanta de la silla y se dirige a la estantería para dejar el libro en su sitio—. Me encantó la película y quise intentar leer. Me quedé atascada en la segunda frase porque alguien no me dejó usar el portátil para comprobar las traducciones.

Abandono mi puesto en la puerta, atravieso la habitación hasta situarme justo detrás de ella y coloco las manos en la estantería a ambos lados. Jane inspira y se gira para mirarme.

—¿Me estás mintiendo otra vez, Jane? —Agacho la cabeza para mirarla directamente a los ojos.

—¿Acerca de qué?

—¿Eres espía, lisichka?

Me mira fijamente y luego asiente con un rostro serio.

—Sí. Me has pillado totalmente.

Entrecierro los ojos.

—Yo también pasé por un riguroso entrenamiento de artes marciales, así que deberías cuidarte la espalda cuando estoy cerca.

La miro y me echo a reír. Después de su inanición, está muy delgada y no sería capaz de enfrentarse a una ardilla. Y aunque haya perdido parte de su masa muscular, no se comporta como una luchadora.

Cuando se me pasa la risa, la estudio. Está sonriendo, y no recuerdo la última vez que alguien se burló de mí.

—Dime algo en ruso.

—¿Ahora? —Su ceja se curva hacia arriba—. ¿Qué quieres que te diga?

—Lo primero que se me ocurre.

—Sabaka Bobik —suelta.

Me estremezco. Su pronunciación es atroz.

—¿Sabaka Bobik? ¿De dónde demonios has sacado eso?

—Es un personaje de dibujos animados.

Ladeo la cabeza y la miro mientras se ríe. Hay algo en ella... algo que hace que mis demonios se adormezcan. No recuerdo la última vez que me sentí tan calmado en presencia de alguien. Llevo mi mano derecha a su nuca y entierro mis dedos en su cabello. Sus ojos se abren de par en par, pero no se inmuta como espero que lo haga, solo me observa. Es imposible que sea una espía. Su cara es como un libro abierto y, como ya he deducido, no sabe mentir.

Todavía queda la pregunta por qué estaba en ese camión. Me lo pregunto probablemente por milésima vez mientras agacho la cabeza hasta que mi boca está justo al lado de su oído.

—Finalmente averiguaré lo que escondes.


Jane

Me quedo completamente quieta, tratando de ignorar la compulsión de inclinarme hacia él y aspirar su aroma. Vuelve a llevar esa fragancia, la que me recuerda lo que se siente al estar pegada a su sólido pecho, con esos fuertes brazos que me sostienen. No soy una persona demasiado cariñosa, pero me imagino mi rostro acurrucado en el pliegue de su cuello mientras su mano se desliza por mi espalda. Como hizo aquella primera noche.

Felix se endereza, rozando con la punta de su nariz mi mejilla, y se me corta la respiración. Mis ojos lo siguen mientras sale de la habitación, y todavía siento erizada la sensible piel de mi nuca donde acaba de estar su mano. Este hombre es muy peligroso. Tendré que concentrar toda mi energía en salir de aquí lo antes posible. Esta conclusión, sin embargo, no tiene nada que ver con su reputación, y sí con la forma en que mi cuerpo, y también mi cerebro, reaccionan ante él. Sentirme atraída por una persona que me tiene prisionera no es normal.

Me llega un sonido de fuertes ladridos en el exterior, me dirijo a la ventana y miro hacia el patio que hay delante de la casa. Felix está de pie en el borde del camino de entrada, sosteniendo un palo mientras Mimi corre alrededor de él, emocionada. Lanza el palo hacia el otro extremo del patio y Mimi se lanza tras él. Para un perro de ese tamaño, es bastante rápida. Vuelvo a mirar a Felix, preguntándome por qué insiste en retenerme aquí.

¿Realmente cree que soy un espía? Si es así, ¿no sería más razonable que me fuera? No tiene sentido.

Es bastante difícil relacionar la persona despiadada y loca que describieron los hombres de mi padre con el tipo que actualmente se revuelca en la hierba con su perro y se ríe. Una máquina de matar, así es como lo etiquetaron. Sirius también dijo algo similar, así que debe haber algo de verdad en todo eso, pero aun con todo...

Apoyando la mano en la ventana que tengo delante, observo al hombre que ha sido el centro de mis pensamientos desde el primer momento en que lo vi.