"Sin mirar atras"

Lady Supernova


Capítulo 18


Jersey City, 15 de agosto de 1922.

Candy se alegró mucho, al ver que Susana, lucía físicamente recuperada. La piel del rostro de la chica, tenía un excelente color y sabía que eso, era la señal innegable, de que la salud le había sido devuelta. Susana le sonreía y platicaba de tal forma que, Candy, supo que ya estaba superando el trago amargo.

—Este niño es realmente hermoso, Susana... —le hizo saber con emoción—. Y es tan tranquilo, que parece que nunca llora.

—Contigo es como un «Pan de Dios», me sorprende mucho que se quede tan calmado... —comentó la ex actriz, para después agregar—. Pero no te creas, no todos tienen el mismo éxito que tú, incluso con Adolph, hace berrinches.

—Vaya, jamás lo hubiera creído... —Candy le sonrió y después, decidió hacer la pregunta que tanto se había guardado—. ¿Cómo te has sentido?

—Me siento muy bien, Candy... algo intranquila en ocasiones, pero, las terapias me están ayudando mucho.

Susana padeció un trauma posterior al ataque que sufrió a manos de Nina: tenía pesadillas por las noches y también se le presentaron leves crisis nerviosas, mismas que su esposo, no tardaba en calmar. A pesar de que el médico dijo que, lo que le sucedía, era normal, Adolph no se quedó satisfecho y como él no quería que el trauma empeorara, llamó a un psicólogo de inmediato y fue así, como ella comenzó con sus terapias.

—Yo confío en que pronto estarás cien por ciento recuperada. Tienes tres grandes razones para hacerlo... ¿Cómo está tu madre?

—Muy bien. Ella vive aquí, con nosotros. No he querido que se quede sola en Manhattan. Aquí se mantiene mucho más ocupada y con compañía. Por fortuna, ella es más fuerte que yo y ha superado sus miedos por completo.

—Me alegro mucho. Ya verás que todo volverá a la normalidad muy pronto.

Susana asintió. Recordando lo que la nana Lidia le contó sobre Nina.

La mujer le informó que la susodicha, al final, sí había sufrido graves consecuencias por el accidente que ella misma provocó. En los últimos días, los médicos se dieron cuenta de que Nina había perdido el movimiento de sus piernas por completo. Eso agravó su situación, ella estaba tan incontrolable que decidieron que terminaría su recuperación en un hospital psiquiátrico de Nueva York. Lugar donde la estudiarían a fondo, para decidir si se quedaba ahí o afrontaba sus crímenes en prisión.

Solo Susana sabía que Adolph pagaba por las atenciones brindadas a Nina, pues, aunque él detestaba a su prima, tampoco deseaba faltar a la promesa que le hizo a su querida tía Simone, la madre de la chica, quien adoraba a su hija, por encima de todo.

—¿Cómo están las cosas con Terry? —preguntó Susana con cuidado, sin afán de perturbar a Candy.

—Las cosas están muy bien.

—Más que bien, por lo que puedo ver... —Susana sonrió y le hizo saber—. No te conozco tanto, lo sé, pero tu mirada y tu semblante, me indican que has vuelto a ser la chica de antes... esa que le robaba la inspiración a Terruce Grandchester —Candy no respondió a eso, aún no se sentía cómoda para hablar de Terry con ella—. Les deseo toda la felicidad del mundo, Candy. Sinceramente te lo digo, me encantaría verles unidos para siempre, muy pronto.

—Gracias, Susana... —expresó la muchacha—. Esas palabras, significan mucho para mí.

—Quiero comunicarte algo más —añadió Susana, sonriendo.

—¿Qué sucede? Soy toda oídos, cuéntame por favor.

—Sucede que ya tengo el nombre para mi bebé... —Le hizo saber con dicha—. ¿Te gustaría conocerlo?

—¡Por supuesto!. ¿Cómo lo vas a llamar?

—Adolph y yo hemos decidido llamarlo Kieran Daniel...

Los ojos de Candy se abrieron con sorpresa y no pudo evitar que la nostalgia, la invadiera. Observó con ternura al bebé que sostenía en brazos y se sintió muy contenta. Al instante, recordó lo que alguna vez le dijo su esposo:

«¿Qué significa Kieran?»

Le preguntó, pocos días después de que lo conoció.

«Significa: oscuro... pero mi madre quiso llamarme así, por un santo el cual era admirado por su generosidad»

Respondió Kieran, mientras le dedicaba una de sus hermosas sonrisas.

—Adolph odia su primer nombre y cree que es absurdo imponérselo al niño, mas, cuando pensamos en una mejor opción, nos gustó la idea de llamarlo como a tu esposo.

—Kieran es un nombre hermoso, ¡me encanta esta noticia! — respondió Candy mirando al bebé que atento la observaba.

—Y eso no es todo... —indicó Susana, al tiempo que se mostraba mucho más entusiasmada—. Adolph y yo, queremos que tú seas su madrina... y claro, que Terruce sea el padrino.

Candy sonrió con lágrimas en los ojos e inmediatamente dio una respuesta.

—De mi parte acepto... ¡Oh, Dios! ¡Claro que acepto! —dijo llena de gozo, besando las regordetas mejillas de Kieran Daniel—. Susana, me haces muy feliz con esta propuesta...

—Me alegro mucho Candy, porque esa es la intención —Susana la miró divertida y luego dijo—. Solo queda esperar la decisión del padrino.

—Yo creo que dirá que sí...

—Ya veremos... ¿Cuándo volverán de Illinois?

—No lo sé aún. Pero supongo que regresaremos pronto... Terry tendrá reunión con la compañía de teatro.

—¿Nos veremos entonces?

—¡Claro! Vendré a visitarlos en cuanto regrese, traeré a Terry conmigo y entonces podrás comunicarle la noticia... —Candy observó al bebé, quien se llevaba su pequeño dedo a la boca—. El Pequeño Kieran, ya quiere comer —le hizo saber a Susana.

—Ya es su hora... ¿Me lo puedes acercar Candy?

Candy asintió, le acercó al bebé y se lo entregó en los brazos.

Aquella escena, la llenó de melancolía... ¿Sería que algún día, ella también se convertiría en mamá? ¿Qué sentiría por su bebé si lo tuviera? Susana se veía tan contenta...

Candy respiró hondo y trató de no llorar, pues, estaba realmente sensible con ese tema. Aunque no quisiera pensar en eso, siempre terminaba por imaginar a la que fue su madre y se preguntaba: ¿Por qué renunció tan fácil a ella? Una mamá siempre da todo por su hijo, mas, ella la dejó en un orfanato... jamás lo comprendería. Nunca podría hacerlo.

—Hola, Candy —saludó una voz sacándola de sus pensamientos—. Bienvenida a casa, cariño... ¿Cómo has estado?

Adolph entró a la habitación luciendo completamente feliz, saludándola con alegría y haciendo que de esa manera, Candy olvidara sus penas. A pesar de todo, ella tuvo mucha suerte al ser abandonada. Se le dio la grandiosa oportunidad de conocer a excelentes personas, mismas que, la hacían inmensamente feliz.

—Estoy muy bien, Adolph. Muy feliz por volver a verlos.

El rubio pudo notar que la mirada verde esmeralda de la joven, nuevamente brillaba. Eso lo puso muy contento, pues, estuvo seguro de que Candy efectivamente estaba bien y que, esa felicidad era gracias a Terruce Grandchester. El hombre a quien ella amaba.


Manhattan, Nueva York.

—Sí... definitivamente puedo ayudarte con eso —expresó Eleanor, ocultando la desmedida emoción que sentía, al ser tomada en cuenta para adquirir tremenda responsabilidad.

—Bien, no es que quiera parecer un hijo exigente, pero, necesito dicho encargo, para hoy mismo...

—¿Tan pronto? —Eleanor fingió escandalizarse y Terry solo atinó a ruborizarse.

—Sí mamá. Deseo que sea pronto...

Al verlo de aquella forma, la actriz tuvo que moderar su modo de expresarse. Terry solía ser explosivo y sensible a las actitudes exageradas y bajo ningún motivo deseaba que se enojara con ella.

—Solo estoy bromeando, amor... —advirtió Eleanor—. Yo misma estoy impaciente por ello, así que, no te avergüences, porque yo solo estoy haciéndome la chistosa.

Terry le sonrió, mirándola con emoción y luego no dudó en agregar:

—Ya lo sé Eleanor, sé que bromeas... y es que lo burlón y sarcástico no lo saqué de Richard Grandchester, ¿verdad? Esto también lo heredé de ti.

—Así fue, cariño... —le aseguró Eleanor—. Tu abuelo Jonathan, era igual a nosotros.

—Sinceramente, hubiera querido conocerlo...

—Él te habría amado. Tu abuela también... pero, bueno, no dudo que ellos ya te conozcan y te cuiden desde allá arriba —expresó con tristeza.

Eleanor le miró con melancolía y Terry no dudó en reconfortarla.

—Te aseguro que así es, mamá.

Ella finalmente le sonrió y luego quiso cambiar de tema.

—¿Debo entender que este pequeño, se convertirá en algo así como mi nieto? —preguntó en tono divertido, señalando a Titán, quien la miraba con atención.

—Sí... será mejor que te acostumbres —anunció Terry.

—Santo Dios... ¿Cómo resistirme? —preguntó pasando su mano por la enorme cabeza de Titán, al tiempo que le ofrecía otro bocado del emparedado que estaba comiendo.

—Tuve que hacer de niñera, porque la mamá humana de este señorito se ha marchado a Nueva Jersey... nos dejó completamente solos... —Terry miró a Titán y tuvo que aceptar—. Pude dejarlo en la casa de Candy, pero, no soporté que me viera con esos ojos y entonces aquí estamos, visitándote.

Eleanor soltó una carcajada y Terry la secundó.

—¿Lo llevarán a Illinois?

—Por supuesto. Titán no es un perro convencional, su dueña se llama Candy, así que ya puedes imaginarlo, ella no podría estar a gusto sin él... viajaremos en auto, hasta allá —Terry rio sin poder evitarlo—. Podríamos subir al tren, pero nos pedían discreción para transportarlo, y... ¿Cómo podemos pasar desapercibidos contigo? —le preguntó a Titán, al tiempo que le acariciaba las orejas y lo veía con ternura.

Eleanor lo miró con atención, debía reconocer que estaba gratamente sorprendida, pues, su hijo estaba muy encariñado con el cachorro. Aquella atención que él le daba a la mascota, era algo increíble.

«Obviamente ha sido conquistado» pensó Eleanor, riendo en sus adentros. Después de algunos segundos de reflexión, miró su reloj y expresó:

—Será mejor que nos apresuremos a llamar a Alessandro.

—¿De verdad crees que pueda venir aquí?

—Por supuesto que sí, así que, prepara la chequera... porque como yo voy a opinar, seguramente querré el más caro... —advirtió en tono travieso.

—No me importa cuánto cueste. Pagaré lo que sea... —afirmó el muchacho—. Para Candy, deseo el mejor anillo que exista en este mundo —declaró con emoción. Imaginando el perfecto anillo de compromiso que compraría para su amada Pecosa.

—Sin duda encontraremos el mejor... ¿Y cuándo pretendes entregarlo? —indagó la rubia actriz.

—Aún no lo decido, pero, creo que será allá en Illinois...

—¿Y la boda? —quiso saber la orgullosa mamá.

—No deseo esperar. Si bien le parece a Candy, nos casaremos pronto —Terry la miró nervioso y luego le dijo—. Quiero que lo hagamos antes de que tenga que reanudar mis actividades en el teatro.

—Convendría que le avisaras a tu padre.

—Le he mandando un telegrama, para que esté al pendiente de recibir mi llamada. Voy hablarle por teléfono apenas lleguemos a Lakewood —Terry la miró con los ojos azules llenos de diversión—. Mi «suegro», me hará el favor de comunicarme con él y de esa forma podré platicarle sobre lo que haré.

—¿Lo tienes todo planeado, eh? —cuestionó Eleanor, sonriéndole con alegría—. ¿Sabes? En estos momentos, te pareces mucho a él. En verdad, eres idéntico a tu padre.

Eleanor suspiró como tiempo atrás no lo hacía. Terry la miró y pensó en lo mucho que le gustaría que ella fuera feliz, al lado de un hombre que la amara. Sabía que eso era imposible, porque su madre era igual de aferrada que él. Eleanor Baker, era mujer de un solo hombre y ese hombre era Richard Grandchester.

Terry fue conscientes de lo melancólica que se sentía su progenitora, pero, no supo que decirle y entonces, en lugar de hablarle, se acercó a ella y la abrazó fuerte, haciéndole saber cuánto le amaba.


Hogar de Pony, Indiana.

Ambas mujeres lucían sorprendidas ante las noticias de su hija.

Cuando recibieron la carta de Candy, no esperaban leer aquello. Ellas sabían que no era lo que se acostumbraba, pero, Candy dejaría de ser Candy si no les llevara ese tipo de sorpresas a sus vidas.

—El joven Kieran, estaba muy interesado en que ella siguiera adelante... —dijo la señorita Pony—. ¿Recuerda aquella carta que recibimos? hermana María.

—Claro que sí... ¿Cómo podría olvidarla? Aún me da mucha tristeza recordarla. Se notaba que ese muchacho, amaba mucho a nuestra niña.

Una lágrima corrió por la mejilla de la religiosa y es que ella, no dejaba de pensar en Candy y lo mucho que debió sufrir, al ver cómo se le iba la vida al joven Livingston. Ellas no pudieron acompañarla, mas, a través de Albert, se enteraron de lo mal que se puso su hija, en el momento el que se suscitó el deceso del muchacho.

—Lo importante es que ya todo ha pasado, hermana, ella está bien y si se encuentra al lado del señor Grandchester, le puedo asegurar que será muy feliz.

La monja asintió. Rogaba a Dios para que las desgracias estuvieran lejos de su hija y que, finalmente, la felicidad llegara a su vida.

—Ellos llegarán en unos días... —anunció la señorita—. Y tendremos el gusto de alojarlos aquí.

—Candy puede acomodarse con nosotras y al señor Grandchester, lo enviaremos al cuarto de las visitas —dijo la monja sin pensarlo.

La señorita Pony asintió, algo divertida porque era obvio que la hermana quería tener a Candy muy bien vigilada. La monja a veces se olvidaba de que su hija ya no era una niña. Aunque claro que también la comprendía, pues, mientras ellos no estuvieran casados, lo mejor era que durmieran uno lejos del otro.

La hermana María no sabía que tipo de vida llevaban ellos en Nueva York, pero en el Hogar de Pony, tendrían que respetar las reglas.

—¡Será un gusto tremendo tenerlos aquí! —dijo la señorita Pony, dejando ver su alegría.

—Ya lo creo señorita... ¿Sabe? No sería mala idea comenzar a ordenar un poco... ¿Que le parece si cambiamos de lugar los muebles? A Candy le gustan los cambios de decoración.

—Sería muy bueno, hermana... llamemos a los niños para ponernos manos a la obra.

Ambas mujeres sonrieron y luego se levantaron de sus asientos, listas para llevar a cabo la redecoración.


Palacio de Grandchester, Londres, Inglaterra.

Helena Grandchester frunció el ceño al notar que, el telegrama que tenía entre sus manos, había sido enviado desde América. Intentó averiguar más al respecto, su orgullo así se lo exigió, no obstante le fue imposible descifrar algo, porque su hija se lo impidió.

—Alicia... ¿Cómo te atreves? ¡Maldita mocosa! —reclamó la duquesa al tiempo que la adolescente le arrebataba el telegrama.

—Este telegrama debe ser importante, papá tiene que recibirlo.

— ¿Insinúas que yo no se lo voy a dar?

La chica se encogió de hombros y luego la ignoró... sabía que era una pérdida de tiempo tratar de explicarle algo a la duquesa de Grandchester. Esa mujer no era de las que entendía razones.

—Bien, solo te digo que si le entregas eso a tu padre, seguramente, dejarás de verlo por mucho tiempo... —apuntó con saña, sabiendo del apego que la chica tenía con su progenitor.

—Entonces que, así sea, madre...

—Richard correrá hacia él... ¿No lo entiendes? Cualquier cosa que Terruce le diga, será el perfecto motivo para que tu padre quiera largarse de aquí.

—Terruce es mi hermano, mamá. Aunque no lo aceptes, él si es un Grandchester... —puntualizó la chica—. Si mi papá es requerido en América, él irá y nadie podrá impedirlo... —Alicia la miró retadoramente y con valentía, pidió—. Deja de hacerlo enojar... ¿Quieres verlo enfermo otra vez?

La duquesa hubiera querido decirle que sí. De hecho, le habría gustado gritarle a esa Endemoniada Chiquilla, que, ¡ella quería que Richard se muriera de una vez por todas! El duque de Grandchester, de todas formas ya estaba saliendo de su vida, pues, finalmente, le había pedido el divorcio y estaba decidido abdicar para irse a Norteamérica.

¿Qué más le daba si caía enfermo o no?

Sin embargo, no fue capaz de decirle nada a su hija, porque aquella chiquilla era la más rebelde de sus hijos y cualquier cosa que dijera en contra de su padre, resultaría contraproducente... ya estaba harta de los pleitos con ella. Detestaba sus lloriqueos y sus quejas.

—Haz lo que quieras chiquilla tonta, pero no esperes que yo me encargue de ti cuando el duque se vaya... ¿Entendiste?

—Perfecto. Ahora, si me disculpas, voy a entregar este telegrama —indicó la chica, alejándose para dirigirse hasta el estudio de su padre.

Richard había estado melancólico, revisando tranquilamente, los pendientes que aún quedaban. Dejar su cargo publico era algo que debió hacer años atrás, no lo había hecho así, porque, no tenía muchos motivos para disfrutar del tiempo libre. Las únicas personas a las que les debía ese tiempo, eran sus hijos: Richard, Alicia y Angus... sin embargo, ellos nunca estaban en casa, Helena se encargaba de mantenerlos ocupados y muy lejos de él.

Los últimos días Alicia estuvo acompañándole, pues, ella se había impuesto a Helena decidiendo no regresar al internado y estudiar en casa, decisión que él apoyó, ya que aquel ridículo colegio para señoritas, estaba muy lejos de ser, lo que él deseaba para su única hija. Tantas restricciones habían logrando que, ese lugar, estuviera plagado de chicas problema.

Helena estaba enfrascada en su vida social. No le importaban sus hijos. Richard y Angus se refugiaron en la escuela, lejos de ella, pero Alicia no pudo hacer lo mismo, la chica necesitaba atención y el duque era el único que podía dársela.

—¿Papá? —preguntó Alicia en cuanto ingresó al estudio.

—Dime, Princesa...

Alicia le sonrió con alegría, aun adoraba que su papá la llamara así. Tenía quince años ya, pero eso no le importaba, ella era muy feliz cuando el duque le hablaba con ternura.

—Ha llegado esto... —le dijo con cuidado—. Lo han enviado desde América

—¿De América?

Richard la miró alarmado, tomó el sobre y lo abrió de inmediato. Él lucía ansioso y eso hizo que Alicia se sintiera algo desesperada, pensando en que, quizá se trataba de una mala noticia. Lo estudió detenidamente y al verlo sonreír, supo que no era nada malo.

—¿Qué sucede papá?

—Nada malo hija, tu hermano Terry, lo ha enviado —Ella asintió y Richard agregó—. Alicia, necesito de tu ayuda.

—Claro... ¿En qué puedo ayudarte?

Richard le sonrió y en seguida le platicó sobre la llamada que iba recibir, la invitó a estar al pendiente del teléfono y cuidar que Helena no fuera a interferir en aquella comunicación.

—No te preocupes papá. Yo estaré aquí, al pendiente.

La chica se despidió y se dispuso a salir del estudio.

—Alicia... —La llamo su padre, ella se detuvo y volteó para mirarlo—. Hay algo que quiero platicar contigo hija. Algo que Richard, Angus y tu madre ya saben...

Ella se encogió de hombros.

—¿Hablas del divorcio?

Richard asintió.

—¿Lo sabes ya?

—Ricky y Angus no son de los que guardan secretos. Me enteraron desde hace tiempo.

—¿Y qué piensas de eso?

—Pienso que me parece bien, pero, también, pienso en lo mucho que voy a extrañarte...

—No tienes por qué extrañarme... ¿No te gustaría estudiar en América? Hay muy buenas escuelas y puedes venir conmigo, si tú lo deseas.

Alicia sonrió de oreja a oreja ¡La idea le encantaba!

—Eso me haría muy feliz.

—Pues vete preparando, Princesa, porque, quizás pronto nos vayamos de viaje —declaró el duque sintiendo el fuerte abrazo de su hija.

De pronto, todo en la vida de Richard, parecía haber tomado su curso. La clave que Terry le había mandado en aquel telegrama, así se lo indicaba... su hijo, por fin estaba con Candy y eso, aunado a la compañía de su pequeña Alicia. Lo convertían en un hombre muy feliz.


Lakewood, Illinois.

No podía creerlo.

¡Candy de nuevo con Terruce!

¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué Candy decidía aquello con tanta facilidad? Archie Cornwell respiró hondo y luego pateó varias cosas que tenía a su alrededor.

—Sigues siendo un niño, Archie... —le dijo la voz de Albert, mientras se le unía en el garage.

—Te equivocas, Querido Tío —mencionó con sarcasmo—. La única que sigue siendo una niña tonta, es tu adorada Candy.

Albert era consciente de que debía ir con cuidado, porque, aunque él era la raíz de la paciencia, cuando se trataba de Candy, no podía actuar tan pasivamente y terminaba por perder el control.

—¿Por qué dices eso, Archie? Por favor explícamelo.

—¿De verdad necesitas una explicación? —preguntó el incrédulo Archie—. ¡Su esposo acaba de morir hace cuatro meses! Ella apenas llegó al país ¿Y ya corrió a los brazos de ese aristócrata mal nacido?

—La juzgas sin siquiera saber sus motivos... —mencionó Albert con pena—. No puedo creerlo... tú la conoces... ¿Y aun así te atreves a repudiarla? Archie, te desconozco.

Albert negó con un gesto de hastío, quiso dejar esa conversación por la paz, pero el altivo chico le respondió:

—Lo mismo sucedió con Anthony. Exactamente lo mismo. Anthony murió y ella de inmediato buscó consuelo con ese maldito idiota.

—¿Eso no te dice algo? —cuestionó el patriarca—. ¡Terry siempre está ahí para ella! Terry es el amor de su vida. El destino finalmente los unió y si no te gusta la idea, de que ella por fin sea feliz, yo no puedo hacer nada con eso... —El rubio miró a su caprichoso sobrino y un ultimátum le lanzó—. Candy y Terry llegarán pasado mañana. Me gustaría que los recibieras con ese cariño que yo sé que guardas para ella... —advirtió en tono sereno—. Pero, por el contrario, si decides seguir con esta infantil y prejuiciosa actitud, te invito a no aparecerte... tú más que nadie sabe lo mucho que ha sufrido Candy, por ello, te suplico que no le hagas mas daño. Si sigues pensando mal de ella, aléjate por favor.

Albert se marchó. Y Archie se mantuvo de pie, sobre aquel garage, apretando los puños, dispuesto a tomar sus cosas y llevarse a su esposa e hija de ahí.


Manhattan, Nueva York.

Había sido un día muy largo. Sin embargo, ya todo había terminado y se sentía muy contenta por lo que había hecho. Visitar a Susana, Adolph y al bebé Kieran, le había dejado un sentimiento de satisfacción y también, una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

Cuando llegó a casa y vio el recado que Terry le había dejado sobre la mesita de la entrada, su cara se le iluminó por completo y no pudo evitar, que una sonora risa se le escapara. Y es que, imaginar a Terry con Titán, le causaba demasiada alegría.

Salió de su vecindario y después se dirigió a la zona sur del Central Park. Deseaba mucho estar con ellos: añoraba escuchar los ladridos alegres de Titán y por supuesto, deseaba con absoluta locura que Terry se le acercara y la envolviera en aquel mundo mágico... mundo en el que él y ella habían entrado cinco días atrás.

Terry y Titán, ya la esperaban en el apartamento. Ambos estaban realmente ansiosos por su llegada.

El cachorro caminaba de un lado a otro, se dirigía a la puerta y chillaba. Terry lo miró con cierta tristeza y entendió perfecto cómo se sentía, pues, él se encontraba sumido en la misma miseria. Se identificaba totalmente con el pobre Titán.

—No la hemos visto en todo el día, amigo... —le dijo al deprimido cachorro—. Pero no me pongas esa cara... vamos, ven, dejaré que te subas a mi sofá.

Titán tomó la oferta de inmediato. Se trepó en el sofá y recargó su enorme cabeza en el regazo de Terry. El castaño lo miró con extrañeza y luego sonrió con alegría... nunca creyó sentir un cariño de esa índole, era increíble la forma en la que ese perro se había metido en su corazón.

Sin saber cómo, ambos entraron en un estado de profunda relajación y se quedaron completamente dormidos, despertaron hasta que el grito escandaloso de Candy los tomó por sorpresa.

—¡Despierten bellos durmientes! ¡Ya llegué! —les hizo saber mientras entraba en el departamento.

Titán saltó de inmediato y Terry despertó de golpe. En algún otro punto de su vida, se hubiera molestado mucho por ser despertado de esa forma, pero, en ese momento, el escandaloso grito de Candy era como música para sus oídos.

Titán la recibió con efusividad, mas, para fortuna de todos se tranquilizó pronto y al final le dejó el paso libre al desesperado Terry, que moría por ser abrazado también.

—Hola —saludó la rubia con timidez.

—¿Ese es el mejor saludo que me puedes dar? —preguntó Terry fingiendo dolor—. ¿Solo "Hola" y ya?

—No me has dejado terminar... —respondió Candy, acercándose hasta él, tomándolo de las solapas de su traje para obligarle a que descendiera hasta la altura de su boca—. Ya llegué, guapo... —le dijo muy suavemente, antes de ahogarlo con sus labios.

Terry la tomó por la cintura y la elevó suavemente, sosteniéndola con habilidad, amarrándola a él con decisión, demostrándole cuánto la había extrañado.

—Te extrañé mucho, preciosa... —le dijo cuando despegaron sus labios.

—Solo me fui unas horas, querido... pero ¿sabes? Yo también te extrañé —admitió con voz suave—. Te extrañé muchísimo, Terry.

Él sonrió con júbilo y luego volvió a besar a su Pecosa. Era inaudito, pero no podía quedar satisfecho de ella. La besaba, la volvía a besar y seguía sediento de Candy White.

La amaba tanto...

—Una vez ya te lo dije, pero no importa, te lo vuelvo a decir: me agrada mucho, que pronuncies mi nombre, Candy... —le hizo saber, abriendo su corazón.

Ella lo miró con ojos emocionados y sin pensarlo posó un suave beso en sus labios.

—Yo también adoro que pronuncies el mío...

—Te amo... Candy Pecas.

—También te amo, Terry Berrinches.

—Basta de sobrenombres... —dijo él fingiendo enojo—. Mejor, preparemos la cena y mientras cocinamos, me cuentas cómo te fue con Susana y su clan.

Los dos rebeldes prepararon la cena y platicaron mientras llevaban a cabo sus tareas. Candy no pudo ocultarle la dicha que le representaba que Susana y Adolph, hubieran pensando en ella como la madrina de su hijo. Terry por su parte, se preguntó si aquellos dos no iban a requerir un padrino... ¿Acaso pretendían adjudicarle ese titulo a cualquier extraño? Moría de lo celos de solo pensar que Candy compartiría dicha responsabilidad con otro hombre... no le asombraría que eso pasara, finalmente, ¿por qué lo iban a tomar en cuenta a él? Adolph lo no lo soportaba y Olga Marlowe tampoco. Seguro la decisión de ambos era la que más interesaba, pensó siendo víctima de la inseguridad.

A pesar de todas esas dudas, él no preguntó nada. Candy lo notó contrariado, pero Susana no le pidió que le hablara a Terry sobre eso, así que, tuvo que seguir siendo discreta y trató de animarlo. Como era de esperarse lo logró, pues hizo que él sonriera de nuevo y siguiera con su interesante labor de cocinero.

Terry no se consideraba un gran experto, mas, podía preparar aquel pollo sin ningún obstáculo, Candy tampoco era una erudita de la cocina, pero era capaz de preparar una buena pasta y una rica ensalada con lechuga. Al final, satisfechos estuvieron con su trabajo, porque la cena resultó todo un éxito. Estuvo realmente deliciosa. Comieron sin restricción, disfrutando de su apetito, como hacia tiempo no lo hacían.

Al terminar de cenar, Terry se ofreció para llevar a Titán de paseo, pues, Candy se encontraba acomodando la cocina.

—Llevaré a tu adorado cachorro a pasear, ¿de acuerdo?... —la rubia le miró con sorpresa... ¿Qué significaba eso? ¿Qué ella se iba a quedar a dormir con él?—. ¿Por qué me miras así?

—Por nada...

—No comencemos de nuevo, Candy... te pido que me digas lo que estás pensando.

—Que saques de paseo a Titán... ¿Quiere decir que me quedaré aquí, contigo?

—Por supuesto... ¿O te quieres ir a tu casa? Si es así, ahora te llevo.

—No...

—¿No que?

—No quiero irme. Quiero quedarme aquí.

Terry sonrió con satisfacción y luego la miró completamente invadido por el deseo. Esas palabras lo excitaron y lo llenaron de gozo. Cuando él se percató de que la Pecosa, lo miraba con profundidad, mientras se mordía el labio, supo que ella tampoco quería esperar por más tiempo...

—Tal vez, será mejor sacar a Titán, cuando estén dormidos los vecinos chismosos... —propuso Terry.

—Sí, de hecho, él ya cayó rendido... quizás despierte en unas horas —comentó Candy, observando a Titán, dormido plácidamente a unos cuántos metros de ellos.

Terry se acercó más y luego deslizó sus manos, muy lentamente, por la cintura de la ansiosa muchacha.

—¿Esas horas serán suficientes para que nosotros podamos hacer el amor? —preguntó sin rodeos.

—Yo creo que sí... él querrá ir de paseo en un par de horas, o quizá tres... será medianoche para entonces.

—Suficiente para mí... —dijo, pegándola a su cuerpo—. ¿Vamos al cuarto?

—Sí, vamos... —respondió ella con prisa—. ¡Vamos ya! —le dijo halando de él.

Terry la siguió sin demora y en cuestión de segundos, entraron nuevamente a su mundo mágico. Una vez más, él le haría el amor a su adorada Candy. Era la primera vez que lo hacían ese lugar, por lo que, sería doblemente especial para ambos.

Candy ya se había acostumbrado a su forma de desnudarla y a la manera en la que él veneraba su cuerpo, cada vez que la despojaba de sus prendas, sin embargo, en esa ocasión Terry tenía planeado hacer algo que, en su cabeza había estado rondado, desde aquel instante en que probó el exquisito sabor de la zona íntima de la rubia. Aquella vez se conformó con saborear los dedos de su mano, sin embargo, eso ya no era suficiente... él sentía la necesidad de probar a Candy de forma directa. Justo, como nunca lo había hecho con nadie más.

Cuando la rubia notó que los dulces besos de Terry subían por sus piernas, no dijo nada, se limitó a disfrutar, el siempre lo hacía, dejaba un camino de besos en sus piernas hasta subir a su abdomen, pero esa vez, él no hizo lo que ella esperaba... Terry se detuvo, justo a la altura de su parte más sensible y entonces, Candy quiso saber que estaba sucediendo...

—¿Qué... haces? —preguntó presa del placer, al sentir que Terry la frotaba gentilmente, no era la primera vez que él la tocaba de esa forma, pero al, ver que él acercaba su boca, no dudó en preguntar...—. ¿Qué harás, Terry?

El castaño, sonrió con júbilo, pues era obvio que ese tipo de placer, ella no lo había experimentado, sería la primera vez para ambos y eso, sinceramente, ¡lo volvía loco!

—Intentó darte placer, Candy...

—¿Así?

—Si, así... ¿No te gustaría?

Ella no sabía que responder. Kieran jamás lo hizo, en realidad Terry hacia muchas cosas que su difunto esposo no hacía... como fuera, pensar en que Terry la besaría justo ahí, la ponía a temblar.

—Probemos... si no te gusta lo que hago, entonces, me detengo.

Candy no pudo decir nada, su voz se había esfumado, se limitó hacer una afirmación, moviendo su cabeza.

—¿Te comieron la lengua los ratones? —preguntó Terry con burla.

—No...

—¿Entonces? ¿Quieres o no quieres que yo...?

—Sí quiero...

Terry sonrió con alegría y luego... luego simplemente, se dedicó a complacer a su mujer.

Como era de esperarse, Candy no se quejó y nunca le pidió que se detuviera. La rubia se dejó llevar por la deliciosa sensación que la inquieta lengua y los labios de Terry le regalaban. Sumida estuvo en el delicioso mundo del placer, se abandonó en las artes amatorias de Terry, disfrutando de cada momento que él le daba. Después de que el castaño la hizo terminar, no tardo en colocarse encima de ella y comenzar de nuevo la misión de complacerla... la penetró, lenta y posesivamente, dejándole claro con cada embestida, que él y sólo él, era el hombre de su vida.

Al terminar con su placentero encuentro, ambos suspiraron al mismo tiempo y entonces rieron por la hermosa coincidencia.

—Soy muy feliz, Terry... soy tan feliz, que a veces siento miedo... —dijo ella, abrazándose al cuerpo desnudo del muchacho.

—Ese sentimiento es muy normal, yo también me siento así, pero, cuando miro hacía adelante, pienso que esos absurdos temores no tienen importancia. Nos amamos y estamos juntos... ¿Por qué preocuparnos de lo que pueda o no pasar? —Terry besó la frente de su novia y la abrazó con más fuerza—. No creo que sea justo, empañar nuestra felicidad con temores infundados.

—Tienes razón, ya no hay por qué temer.

El chillido de Titán los hizo salir de su cómodo descanso y entonces, Terry supo que debía cumplir con la obligación que él mismo se adjudicó.

—Volveré en quince minutos... —anunció antes de dejar un ardiente beso, en los labios de la sonriente Candy.

—Te estaré esperando... por favor no tardes...

—Más te vale que me esperes, Preciosa Pecosa... porque voy a regresar con ganas de más... —advirtió con los ojos azules llenos de pasión, haciéndole saber lo que le esperaba a su regreso.

Terry la besó una vez más y luego salió de la habitación para atender a Titán, dejando atrás a una Candy contenta y muy enamorada.

Ansiosa, la chica ya contaba los minutos para que su gran amor regresara y se quedara en la cama junto a ella.