Beatrix

Beatrix descansaba en lo alto de un árbol mientras miraba la luna llena, observó los cortes en su ropa causados por las garras de la Lycaon con quien había combatido el día anterior, las heridas ya estaban sanando, trataba de recordar cuándo fue la última vez que tuvo una batalla tan intensa con un enemigo, probablemente habían pasado siglos, sí, la última pelea que recordaba con tal magnitud fue cuando William le encomendó deshacerse de los hermanos Powell, líderes de uno de los mayores clanes de Lycaons en el país.

Aquella había sido una de sus mayores proezas, se infiltró en el castillo matando con su katana a decenas de guardias, tanto humanos como Lycaons, ya que durante la edad media estos acostumbraban tener a bolsas de sangre trabajando en los campos y como guardianes de sus edificios. Un contingente de soldados Strigois habían sido usados como distracción en una fortaleza cercana y el castillo principal se encontraba sin demasiados refuerzos, aún así Beatrix rebanó a cerca de una centena de ellos antes de llegar a lo más alto, ahí fue recibida por ambos hermanos transformados en perros, al ser atacada al mismo tiempo por los dos recibió grandes heridas y por momentos llegó a pensar que no iba a lograrlo, pero después de casi una hora de batalla exterminó a ambos. Cortó sus cabezas y las llevó a los pies de William, mientras los otros líderes de Sangre Suprema miraban estupefactos la escena, esa fue la noche que Beatrix se convirtió en leyenda.

Pensaba en cómo era posible que en esta ocasión, una sola Lycaon le haya dado la misma batalla que dos de los más grandes guerreros lobo que habían existido, había algo en su interior, rabia pura y bruta como nunca la había visto. La encontró mientras continuaba su camino, asumiendo que se trataba de otro perro como el que había matado hace unos días, al momento de lanzarse estuvo a punto de asestar un golpe fatal, pero esta se movió en el último momento.

Reconociendo su habilidad Beatrix le sonrió y asintió, acto seguido la Lycaon se arrojó hacia ella con los ojos oscuros como el espacio profundo, con una velocidad casi al nivel de ella misma, tanto que estuvo cerca de rebanar su cuello en un par de ocasiones con sus largas garras. Beatrix logró darle un empujón arrojándola lejos, lanzándose a ella después nuevamente, blandiendo su espada a una velocidad casi imperceptible al ojo humano, pero la loba esquivaba todos los tajos, respondiendo también con zarpazos, pero sin lograr atinar alguno.

Continuaron durante minutos sin lograr herirse, hasta que al parecer la loba empezó a cansarse, esto ya que Beatrix de improvisto logró atravesar a la loba por el abdomen, pero rápidamente se dio cuenta de que se trataba de una trampa, ya que su rival la sujetó de las manos que sujetaban su katana con sus largas garras, para asegurar que no se moviera, luego lanzó un tajo a su garganta con la mano libre y logró cortarle el cuello, no profundamente ya que Beatrix echó la cabeza hacia atrás, después de esto y de manera maníaca logró darle cuatro zarpazos en el pecho, estómago y los costados.

Beatrix rugió de dolor e intentó zafarse, pero la loba era fuerte, hundió sus garras en su brazo izquierdo provocando una ola de dolor que se sintió como una descarga eléctrica.

-¡MALDITA SEAS! -gritó Beatrix, logrando darle una fuerte patada en el estómago a la loba, expulsando de su cuerpo la katana, después de esto le propinó un cabezazo arrojando a la Lycaon lejos. Su brazo herido no le respondía por ahora, pero aún así se arrojó a su enemiga con su arma en la mano derecha. La loba aturdida no la vio venir, así que logró hacerle un corte en un muslo haciéndola caer de rodillas, lanzando un grito-aullido intenso, para posteriormente lanzar un zarpazo al abdomen de Beatrix, haciéndole un corte profundo a lo largo y ancho. Dejó caer su arma y pateó en la cara a la Lycaon, quien reaccionó rápidamente mordiéndole un muslo y arrancando un pedazo de carne, haciéndola caer de rodillas también, profiriendo gritos y maldiciones.

Estando al mismo nivel y sin poder moverse, intercambiaron golpes dirigidos a sus rostros, pero la herida inicial al abdomen de la loba la había echo perder ya demasiada sangre, por lo que sus golpes habían perdido fuerza, sin embargo sus ojos seguían mirándola con la misma intensidad. Beatrix concentró toda su fuerza en un golpe final y lanzó a la loba de espalda al piso, luego se paró y avanzó hacia su katana difícilmente debido a su herida en la pierna.

Al regresar donde estaba tirada la Lycaon y colocando la punta de su katana en su garganta, ésta comenzó a reírse como una loca, la fuerza de voluntad de su enemiga logró provocar un sentimiento de respeto en Beatrix.

-Eres una demente, ¿cuál es tu nombre, guerrera?

-Anneke, sanguijuela maldita.

Beatrix sonrió, luego enfundó su katana.

-Hacía cientos de años que no peleaba con alguien tan fuerte como tú -escupió sangre a un lado.- Te has ganado mi respeto, y por ello te perdonaré la vida por esta vez.

La loba siguió riendo.

-Me importa una mierda tu respeto, más te vale matarme ahora, o lo lamentarás después -dijo lanzando una mirada retadora.

-Recupérate, Anneke, entrena, y espero volver a encontrarte en el futuro, para continuar donde nos quedamos -dijo Beatrix, dándose la vuelta y comenzando a caminar lentamente hacia la oscuridad del bosque.

-¡Acabaré contigo! ¡Y con toda tu maldita raza! -gritó Anneke a sus espaldas.

Beatrix sonrió, el dolor invadía su cuerpo, pero la satisfacción de haber encontrado una rival digna la hizo continuar sin detenerse toda la noche, jamás en su existencia como Strigoi le había perdonado la vida a un enemigo, pero vio algo en la loba que le recordó a sí misma, algo que no podía explicar.

La noche siguiente, mientras estaba en lo alto del árbol, comenzó a remendar sus ropas, al llegar a la parte de su pierna que había sido mordida, pudo ver que ésta ya casi se había regenerado por completo. Necesitaba sangre fresca para recuperar su vitalidad, y el bosque era generoso en animales. Después de un par de horas de espera pudo oler a un venado a un par de kilómetros, bajó de un salto y al caer abrió los ojos, los cuales resplandecían con un azul intenso.