Capítulo 88

Sólo tengo ojos para ti

En el Palais-Royal, envuelta en una fina bata de seda, Marie Christine contemplaba emocionada el vestido que usaría para recibir a sus invitados esa noche, o quizás lo correcto era decir que contemplaba el vestido que había elegido para presentarse ante André.

La favorita del Duque de Orleans estaba consciente de su belleza; sabía que esa belleza era la que la había llevado hasta la posición que ocupaba por esos días. No obstante, nunca la había utilizado intencionalmente, al menos no hasta ese momento en el que, por primera vez, deseaba lucir realmente hermosa para llamar la atención del hombre al que nunca había podido olvidar.

- "André, en solo unas horas volveremos a vernos. Estoy tan emocionada que siento como si mi corazón fuera a estallar de felicidad." - pensaba.

Ya todo estaba listo; con la ayuda de Louise, su fiel sirvienta, y con ayuda del personal de la casa, había preparado todo para esa noche. Sin embargo, a diferencia de las decenas de reuniones que había organizado con anterioridad en el Palais-Royal, esta sería la más especial de todas porque en esta se reencontraría con André, y había estado esperando ese momento desde que era una niña.

...

Algunas horas después, y tras haber cumplido su labor, los soldados de la Compañía B de la Guardia Francesa habían roto filas luego de pasar revista con su comandante. Por aquellas fechas, el calor era avasallador y los soldados estaban especialmente cansados, por lo que muchos se dirigieron directamente a las barracas para descansar. Únicamente André y Alain habían permanecido ahí por algunos minutos más, no obstante, al notar que Oscar observaba al hombre que amaba, el líder del escuadrón se dirigió a su compañero.

- Oye, André. Creo que la comandante quiere decirte algo. - le dijo.

Entonces, André dirigió su mirada hacia ella, y tras unos segundos, caminó a su encuentro.

- Oscar, ¿está bien si paso a buscarte a tu despacho a las siete y treinta? - le preguntó

- André, me siento algo cansada. Iré a casa para poder dormir un poco antes de ir a la reunión en el Palais-Royal. ¿Vienes conmigo? - le preguntó.

Entonces, el nieto de Marion permaneció algunos segundos en silencio. No había regresado a la mansión Jarjayes desde la fuerte discusión que tuvo con Regnier, ni siquiera para ver a su abuela, y no tenía intenciones de hacerlo. No obstante, no quería que ella piense que no deseaba estar a su lado.

- Oscar, yo... - le dijo titubeando sin saber como abordar el tema.

Sin embargo, ella se dio cuenta de inmediato que le incomodaba regresar a la mansión Jarjayes y no quiso forzarlo.

- Si no quieres, no tienes que pasar la tarde allá. - le dijo sonriendo comprensivamente.

- Iré a buscarte más tarde e iremos juntos al Palais-Royal. ¿Estás de acuerdo? - le preguntó André.

- Sí, está bien. - le respondió ella. - No estaremos mucho tiempo ahí. Sólo el indispensable para entender qué es lo que está sucediendo en esas reuniones últimamente. - agregó.

- Supongo que tendremos que ponernos nuestro traje formal. - le dijo André.

- Así es. Iremos como miembros de la Guardia Real Francesa. - respondió Oscar.

Tras ello, Alain se acercó a ellos.

- ¿Qué pasa? Están muy serios. - comentó.

- En un momento te lo diré. - le dijo André, sonriendo.

- Bueno, ya me retiro. - les dijo su comandante.

- Nos vemos luego, Oscar. - le respondió André.

- Hasta luego, comandante. - agregó el líder del escuadrón.

Tras ello, la heredera de los Jarjayes se dirigió a las caballerizas, y mientras iba caminando, bajó la mirada.

- "André, ¿acaso será que nunca más querrás regresar a la casa en la que creciste y a la que siempre consideraste tu hogar?" - se preguntaba con tristeza.

No podía culparlo. Su padre lo había tratado muy mal el día que André le confesó que la amaba y ella era consciente de ello. No obstante, a diferencia de lo que la hija de Regnier creía, el asunto no había trascendido. En más de una oportunidad, Oscar y su padre habían coincidido en la mansión Jarjayes y el conde no había vuelto a tocar el tema con ella aún habiendo tenido varias oportunidades para hacerlo. Era casi como si lo hubiera olvidado. ¿O acaso pensaría Regnier que ella era indiferente a él y por eso no había vuelto a darle importancia al asunto? Si era así, estaba muy equivocado.

- "Padre, yo amo a André... Lo amo como nunca creí que se podía amar a alguien..."

Y tras una pausa, continuó con su reflexión.

- "Perdóname, pero no puedo pagar el precio de renunciar a él por seguir siendo tu heredera. No puedo..."

Sin embargo, la hija de Regnier seguía profundamente vinculada a su padre y a todo lo que implicaba ser la heredera de la familia Jarjayes. Oscar era plenamente consciente del peso de su legado, un legado que había cargado desde su nacimiento. Ella no solo era la única heredera de toda la fortuna de su padre, sino también de su prestigio y de la tradición de una familia que había servido a los reyes de Francia por generaciones, y aunque en varias ocasiones Oscar había puesto en riesgo la continuidad de esa tradición, una y otra vez su padre la había perdonado y había vuelto a depositar su confianza en ella.

La comandante de la Compañía B de la Guardia Francesa pronto debía encarar una difícil situación, una situación que la pondría en conflicto consigo misma, y aunque había decidido desde un principio que no renunciaría a André, nunca había resultado sencillo para ella enfrentar a su padre. ¿Acaso había otra alternativa? Oscar no lo sabía, pero ni su padre ni su madre deseaban que ella renuncie al amor del hombre que amaba por su diferencia de clases sociales.

...

Había llegado el momento tan esperado por Marie Christine. Ya eran casi las ocho de la noche, y en su habitación del Palais-Royal, contemplaba ansiosa los carruajes acercándose.

Lucía realmente hermosa. Su vestido de seda celeste claro con matices de color verde pastel, adornado con delicados listones rosas, caía elegantemente hasta el suelo, resaltando su figura de gracia angelical. Las mangas abullonadas y el corsé ceñido enfatizaban su silueta, mientras que los encajes finamente trabajados en el escote aportaban un toque de delicadeza. Sobre su cabeza, un sombrero adornado con plumas y pequeñas flores añadía un toque de sofisticación y elegancia a su ya impecable atuendo.

Su maquillaje realzaba su piel, con mejillas suavemente ruborizadas y labios pintados de un sutil carmesí. Sus ojos estaban delineados con precisión, destacando su turquesa mirada con una sombra suave y discreta. Sus aretes combinaban perfectamente con el collar de perlas que adornaba su cuello, añadiendo un aire de nobleza y refinamiento. Los zapatos de tacón bajo asomaban ligeramente bajo el borde del vestido, completando un conjunto que irradiaba el lujo y la elegancia propia de su época.

- Madame, ya están llegando las carrozas de los primeros invitados. - le dijo de pronto Louise, la cual había entrado en su habitación sin que ella lo note siquiera, y al escucharla, dirigió su mirada hacia ella.

- Gracias, Louise - le dijo con una sonrisa. Trataba de ocultarlo, pero estaba nerviosa. Aquella noche podía marcar un antes y un después en su vida, y ella lo sabía muy bien.

Mientras pensaba en ello, caminó seguida por su fiel sirvienta hacia la planta baja, y al llegar, recibió en la puerta a sus primeros invitados, los cuales quedaron más que impresionados con su belleza. Entre ellos estaban Bernard y Robespierre, los cuales sentían un gran aprecio por Marie Christine, y al verla en la entrada, la saludaron respetuosamente.

- Lady Marie Christine, luce radiante esta noche. - le dijo Robespierre, inclinándose ante ella.

- Doctor Robespierre, Monsieur Chatelet, muchas gracias por venir. - respondió ella.

Entonces, caminó con ellos hacia el salón principal.

- ¿Cómo se encuentra su esposa? - preguntó Marie Christine dirigiéndose a quien fuera el Caballero Negro.

- Se encuentra perfectamente, le agradezco su interés. - respondió Bernard con una sincera sonrisa. - Ella y otros vecinos están organizándose para instalar algunos comedores itinerantes en la ciudad de París con la esperanza de poder alimentar a aquellos que se encuentran en situaciones de precariedad. Ahora está con ellos en uno de nuestros puntos de reunión. - agregó.

- Que loable labor... - mencionó la favorita del duque, con sincera admiración. - Por favor, envíeme la dirección del centro de acopio de alimentos tan pronto como sea posible. Estoy segura de que mi señor estará encantado de colaborar con tan noble causa." - mencionó.

- Así lo haré, Lady Marie Christine. Se lo agradezco. - le respondió Bernard.

Y tras una pausa, volvió a dirigirse a ellos.

- Por favor, siéntanse como en su casa. Los dejo un momento, iré a saludar al resto de los invitados. - les dijo.

- Claro. Siga, por favor. - le respondió Maximilien de Robespierre.

Entonces, Marie Christine se dirigió al salón contiguo, donde se encontraba otra parte de sus invitados.

Mientras tanto, Oscar y André se dirigían al Palais-Royal en un carruaje que el nieto de Marion había conseguido tras retirarse del cuartel militar. Iban elegantemente vestidos con el impecable traje formal de la Guardia Francesa, observando por las ventanillas las calles que los conducían a su destino.

- Ya falta poco... - comentó la hija de Regnier. - La única y última vez que estuve en una de las reuniones del Duque de Orleans, se reunían en su salón principal únicamente intelectuales y filósofos, pero ahora muchos de ellos se han convertido en representantes del pueblo de Francia.

Y tras una pausa, continuó.

- Me sorprende que me haya invitado. Escuché que últimamente no suele invitar a miembros de la nobleza a este tipo de eventos. - agregó.

- Por lo que me ha comentado Bernard, el duque rara vez está presente en las reuniones que se organizan en su residencia. Sólo permite que se use su casa como punto de encuentro, siendo su favorita la que se encarga de recibir a los principales representantes del Tercer Estado en el Palais-Royal. - precisó André.

- Ah, es verdad. Lady Marie Christine... - recordó la heredera de los Jarjayes. Aunque no la conocía, había oído hablar de ella.

No obstante, tras una breve pausa, continuó.

- Sin embargo, André, si un aristócrata le hace llegar a otro aristócrata una invitación a su residencia, el protocolo indica que éste debe recibirlo personalmente. - agregó la hija de Regnier con una gran seguridad, mientras contemplaba el camino a través de la ventana de su carruaje.

Entonces, el nieto de Marion, que estaba sentado frente a ella, la observó en silencio. No cabía duda de que Oscar pertenecía a una de las familias más importantes de la nobleza francesa y llevaba con orgullo el título de heredera de los Jarjayes. Por ello nunca pretendió arrancarla de su mundo; por ello ansiaba que el cambio de los tiempos les permitiera vivir su amor libremente, sin las restricciones que la realeza imponía a los aristócratas de su época; quizás, ingenuamente, esperaba que algún día pudieran estar juntos sin que ella tenga que sacrificar su identidad y la nobleza de su linaje.

De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos al sentir que su carruaje se detenía. Entonces, el nieto de Marion dirigió su mirada hacia la ventana y comprobó que habían llegado a su destino.

Tras ello, el sirviente que vigilaba la puerta les pidió identificarse, y luego de hacerlo, continuaron su recorrido a bordo de su carruaje, el cual avanzaba a través del patio en dirección a la entrada de la mansión.

- Es curioso. - mencionó André.

- ¿Qué cosa? - preguntó Oscar.

- La última vez que estuvimos aquí fue cuando el Caballero Negro te capturó, y en esta ocasión, ha sido el mismo Bernard quien nos ha hecho regresar al enviarnos la invitación a la casa del Duque de Orleans. - respondió André.

- Tienes razón... Cuántas cosas han pasado desde entonces, ¿no crees, André? - le dijo con algo de nostalgia, recordando las épocas en las que apenas empezaba a hablarse de la Nueva Era y todo lo que había seguido a ello.

Entonces sintieron que su carruaje se detenía nuevamente y, unos segundos después, el cochero les abrió la puerta para que pudieran descender.

- Por favor, espérenos en este lugar. - le dijo André al joven conductor.

- Como diga, caballero. - le respondió el cochero.

Tras ello, el nieto de Marion y la hija del conde Jarjayes caminaron hacia la entrada de la mansión. Al llegar al umbral del imponente Palais-Royal, fueron recibidos por un mayordomo elegantemente vestido, quien les hizo una reverencia antes de invitarles a pasar.

El salón principal estaba iluminado por candelabros de cristal y decorado con tapices y retratos de los antepasados del duque. La atmósfera vibraba con el murmullo de conversaciones y el tintineo de copas de vino. De pronto, un hombre de aspecto distinguido al que ellos reconocieron como miembro de la Asamblea Nacional, se acercó a ellos.

- Bienvenidos Comandante Jarjayes, soldado Grandier. - les dijo con una leve inclinación de cabeza. - Es un honor contar con vuestra presencia en esta reunión. Soy Jean-Baptiste Treilhard, representante del pueblo de Francia.

- El honor es nuestro. - le respondió Oscar.

- Por favor, síganme. El doctor Robespierre tenía muchos deseos de saludarlos. - les dijo.

Entonces, dirigió a ambos al salón donde el autodenominado abogado de los pobres se encontraba.

Maximilien de Robespierre era un hombre de complexión delgada y estatura mediana. Su rostro era pálido y parecía marcado por la intensidad de sus pensamientos. Su cabello, castaño claro, estaba ligeramente desordenado y sus ojos azules reflejaban tanto la determinación inquebrantable como la preocupación constante por la causa revolucionaria.

En aquel momento llevaba una chaqueta de colores oscuros, de corte sencillo pero pulcro, y un chaleco que contrastaba con el blanco inmaculado de su camisa. Alrededor del cuello, un pañuelo cuidadosamente atado completaba su atuendo, añadiendo un toque de formalidad, y en su semblante, se podía ver la gravedad de alguien consciente del peso de sus decisiones.

A su lado se encontraba Bernard, quien en otras épocas representara al famoso Caballero Negro. Lucía como siempre; aunque a la distancia tenía un gran parecido con André porque ambos tenían el cabello oscuro y un porte similar, ambos tenían un tipo diferente de magnetismo. No obstante, la profunda amistad que habían forjado con el tiempo se hizo evidente, porque al ver al nieto de Marion, Bernard interrumpió su conversación con su maestro y se acercó para abrazarlo con una familiaridad que demostraba el sincero afecto que sentía por él.

- André, me alegro mucho de que hayan podido venir. - le dijo, y tras pronunciar esas palabras, dirigió su mirada hacia Oscar y le dio la mano para saludarla.

- Antes de que me hicieras llegar tu mensaje, no me imaginaba que la siguiente vez que te vería sería aquí, en el Palais-Royal. - le dijo André sonriendo.

Entonces, Maximilien de Robespierre se aproximó a ellos.

- Comandante Jarjayes, ha pasado un buen tiempo desde la última vez que hablamos. - le dijo a Oscar.

- Así es, Doctor Robespierre, ha pasado mucho tiempo. - le respondió ella.

Entonces, el abogado de los pobres dirigió su mirada hacia André, y al notarlo, Bernard intervino.

- Maestro, déjeme presentarle a André Grandier, soldado de la Guardia Francesa y un buen amigo mío. - le dijo.

- Es un placer conocerlo, Monsieur Grandier. - le dijo estrechando su mano.

Y tras una breve pausa, continuó.

- Los representantes del pueblo estamos en deuda con ustedes. De no ser por su intervención, seguramente la Asamblea Nacional hubiera sido disuelta el mismo día de su proclamación. Fue decisivo para nosotros mantenernos firmes en nuestra posición aquel día. - comentó.

Robespierre aún creía que lo único que habían evitado Oscar y André el 27 de Junio de 1789 había sido el desalojo de la sala donde los miembros de la Asamblea Nacional se encontraban. Él y los representantes del pueblo ignoraban que Luis XVI había avalado la orden de disparar a matar a aquellos que se negaran a irse, de haberlo hecho, la posición de los representantes del Tercer Estado hacia la monarquía sería muy distinta a la que era por aquellos días.

- Así es, Doctor. Además, la Guardia Francesa fue de gran ayuda el día que logramos que liberaran a los once soldados que habían sido juzgados en ausencia. - agregó el esposo de Rosalie.

- Al parecer siempre han estado cerca del pueblo cuando este lo ha necesitado. - comentó Robespierre.

- Le agradezco sus palabras, pero el mérito es enteramente de los ciudadanos. - le dijo Oscar.

Y tras una breve pausa, la heredera de los Jarjayes echó un vistazo al salón en el que se encontraban.

- Veo que el Palais-Royale sigue tan animado como siempre. - comentó, recordando la última vez que estuvo ahí.

- Es gracias al Duque de Orleans, o tal vez debería decir que es gracias a ella... - comentó Robespierre, dirigiendo su mirada a Marie Christine. Ella estaba dando indicaciones a una de sus sirvientas, pero al notar que la observaban, levantó la vista hacia Robespierre y se encontró directamente con la mirada de André, quien se sorprendió al verla a los ojos.

- "¿Dónde la he visto?" - se preguntó conmocionado.

Sin que pudiera evitarlo, la mirada de la favorita del duque sobre él le había producido una mezcla de emociones que no lograba explicarse: una especie de tristeza combinada con una profunda nostalgia... Pero ¿por qué?... ¿por qué? - se preguntaba André sin poder responderse a sí mismo. No obstante, el hijo de Gustave Grandier recuperó la compostura en cuestión de una milésima de segundo, una milésima de segundo que no pasó desapercibida para Oscar porque, al menos frente a ella, nunca antes una mujer había llamado tan poderosamente la atención del hombre que amaba.

De pronto, la voz de Robespierre los distrajo a ambos de sus pensamientos.

- Se llama Marie Christine. Es la favorita del duque y apoya más que nadie nuestra causa. - les dijo.

Y tras una pausa, el abogado de los pobres continuó.

- Oficialmente es la hija de un barón, sin embargo, la verdad es que cuando trabajaba en los barrios populares de París un próspero comerciante se prendó de ella y consiguió que fuera adoptada por un noble. Parece que el burgués pretendía que fuera su esposa, pero el Duque de Orleans puso sus ojos en ella y desde entonces vive en el Palais-Royal. - agregó.

Marie Christine estaba paralizada. Ahí estaba él, André, André Grandier. ¡Después de tantos años al fin lo tenía frente a ella! Entonces respiró hondo e intentando fingir que nada la perturbaba se acercó al grupo donde su amigo de la infancia se encontraba.

- Robespierre, ¿quiénes son ellos? - le preguntó al abogado con una amable sonrisa.

- Lady Marie Christine, por favor, permítame presentarle a la Comandante Oscar y a su subordinado, André Grandier, de quienes le había hablado anteriormente. - le respondió Maximilien.

Entonces Oscar y André la saludaron cordialmente.

- Es un placer conocerla, Lady Marie Christine. - le dijo la hija de Regnier.

- Espero que gocen de su estancia aquí. - le respondió ella, inclinándose con delicadeza frente a ellos.

Y tras una pausa continuó.

- Los representantes del Tercer Estado están muy agradecidos con ustedes por toda su ayuda. - mencionó ella.

Entonces fijó nuevamente su mirada en André esperando que él la reconociera, pero se dio cuenta de que claramente no lo había hecho.

- ¿Se encuentra en casa el Duque de Orleans? Me gustaría saludarlo. - le dijo Oscar, notando que la favorita del primo del rey miraba al hombre que amaba con más insistencia de la que debería.

Entonces, Marie Christine dirigió su mirada hacia la comandante de la Guardia Nacional.

- Se encuentra en su despacho. - le respondió amablemente. - Terminaré de saludar a los invitados y le comentaré que se encuentra aquí, Comandante Jarjayes. Me dijo que deseaba saludarla. - agregó.

- Alguien que también deseaba saludarlos fervientemente es nuestro camarada, Jean-Sylvain Bailly. Por favor, permítanme conducirlos hacia él. No me perdonaría si no se los presento. - comentó Robespierre con una agradable sonrisa.

Tras ello, el maestro de Bernard y Saint Just les pidió que lo siguieran y Marie Christine se inclinó delicadamente ante ellos en señal de despedida.

- Hasta luego, Lady Marie Christine... - le dijo André, y ella se sintió conmovida. No había vuelto a escuchar su voz desde que ambos eran unos niños.

- Con su permiso. - agregó Oscar.

Entonces ambos caminaron siguiendo a Robespierre, pero Marie Christine aún los seguía con la mirada.

- Es una mujer muy bella. El duque tiene muy buen gusto. - le susurró Oscar a André, casi como si quisiera ponerlo a prueba.

- Me sorprende oir eso de ti, Oscar. - le respondió él sin inmutarse.

No obstante, tras escuchar su respuesta, la hija de Regnier dirigió sutilmente su mirada hacia la favorita del duque.

- André, Marie Christine no te quita los ojos de encima. - le dijo al hijo de Gustave Grandier.

Entonces, él dirigió sutilmente su mirada hacia la anfitriona de la recepción y notó lo mismo que había notado su amada; Marie Christine lo miraba fijamente y no hacia el menor esfuerzo por disimularlo. No obstante, André prefirió restarle importancia al tema para no incomodar a la mujer que amaba.

- No digas tonterías. Es a ti a quien mira. - le dijo sonriendo.

- Te equivocas... Te mira a ti. - insistió Oscar, aunque esta vez mucho más seria que antes.

Entonces, André acercó su rostro al suyo.

- Está bien... Dejémoslo así... - le susurró al oído. - De todas maneras, no importa quién sea o cómo sea la mujer que me mire... Yo solo tengo ojos para ti, Oscar. - le dijo.

Entonces, ella bajó la mirada y sonrió, conmovida por las palabras del hombre que amaba. La sombra de duda que la había asaltado por un instante se había disipado por completo con esa simple frase y su corazón se lleno de dicha; no necesitaba nada más para recuperar la paz.

Por su parte, Marie Christine, que había sido testigo del acercamiento de André hacia Oscar, se sintió devastada. De nada le había servido presentarse ante él con aquel hermoso vestido, ni el maquillaje, ni los tacones, ni el peinado... Había pasado desapercibida para el único hombre al que realmente quería impresionar, porque claramente él solo tenía ojos para su comandante, Oscar Francois de Jarjayes, la mujer con la que André había crecido según palabras de Bernard.

"André, seguro que te olvidarás de mí enseguida..."

La pequeña Christine no se había equivocado cuando pronunció aquellas palabras frente a su más entrañable amigo de la infancia; su querido André la había olvidado, y encarar aquella realidad le pesaba más de lo que podía soportar. Entonces, con el corazón destrozado por el dolor, se dirigió a su habitación. Ella había pensado en él durante todo ese tiempo, siempre lo llevó en su corazón como el recuerdo más puro y más perfecto. No obstante, en ese momento todo se había derrumbado como un castillo de naipes; tristemente para ella, la única ilusión que la sostenía había desaparecido y ya no tenía nada más a qué aferrarse.

Y mientras reflexionaba sobre ello, y esforzándose por contener las lágrimas, siguió su camino, preguntándose qué habría hecho tan mal en la vida para sentirse tan sola en el mundo.

...

Fin del capítulo