Capítulo 58 ― Deux Vermilion IV (Sangre divina IV)Castillo Principal en el Inframundo…

Las esmeraldas del monarca cristalino contemplaban la sangre en el espacio de la puerta que debería resguardar un viejo y peligroso tesoro del reino del inframundo. Saeko, quien había vuelto a su forma humana y estaba de rodillas, reverenciaba a los dos pilares reunidos, Derha y Zarabin.

Una de las guardianas ha ido en busca de su majestad, la reina Ceret… por favor, sea un poco más paciente.— Informó con postura servil.

Esta preocupación no se irá a ninguna parte, querida guardiana.— Habló Derha sin dejar de mirar a Saeko, agradecida por la interrupción en su encuentro con Susano-o. Pues, de permanecer más tiempo allí, podría haberse arruinado el acuerdo reciente y la aceptación del dios, quien ya no podría evadir su acuerdo con la presencia de tantos testigos.

Su voluntad, es mi consigna, majestad.— Respondió Saeko con la rectitud de un soldado, escondiendo su amor y devoción dentro de su pecho.

La intensa mirada del primer pilar se posó sobre la mujer pelinegra que había expuesto su posición de madre en lo que fue su vida mortal, y ella era sin lugar a dudas como un hada, que nada tendría que envidiarle a un sobrenatural. Sin embargo, una sensación pesada venía a su corazón al contemplarla tan solemne en su presencia. Pensó en las pequeñas Erin y Tsukira, y en las cosas que desde ya estaba dispuesta a hacer por ellas e imaginó lo que sentiría si después de dar tanto amor, de poner al mundo entero a sus pies como deseaba hacerlo, ellas le olvidaran o le dieran poca importancia. El dolor de tan amarga imaginación pudo hacerle sentir incómoda e incluso culpable.

¿Fue Saeko una buena madre? Suponía que sí, no puede un ser de oscuridad perenne convertirse en una guardiana de la señora de la memoria. Entonces, ¿cuánto daño le hizo con su actuar cuando volvió a poseer su divinidad? Para alguien que no recuerda haber tenido una madre y añoró siglos enteros la presencia de una, cuando tuvo una… la trató tan fríamente, Derha realmente había actuado mal.

Verla era considerar los recuerdos faltantes en los que la mujer estaba involucrada, por ello una serie de preguntas llenaban su pensamiento. —Esperemos y mientras tanto, tengo alguna curiosidad que desearía resolver, si está de acuerdo.— El sutil asentimiento de Saeko le dio ánimos para preguntar… —Elegiste ser una de las guardianas de Ceret, ¿cuál fue la razón?— Hizo un ademán para que se pusiera de pie y tener una conversación en condiciones, incluso movió algunas de sus creaciones para que los reunidos tomaran asiento.

Deseaba velar por mi hija y mi esposo cuando aún vivían…— Saeko pareció un poco incómoda, sin saber cómo hablar ante la presencia de Natsuki, no, en presencia de Derha la monarca del inframundo. Ser rechazada de nuevo era un temor tangible todavía. —Su majestad.

Velar… por mí— Murmuró Derha, causando un temblor en los labios de la mujer en cuyos ojos podía reflejarse la pena de su pérdida. —¿La razón sigue siendo la misma?

Los dedos de Zarabin se cerraron con un poco de fuerza sobre la mano de Derha, como una pequeña advertencia sobre el tacto que debería tener, pues como madre y creadora de aquella alma, empatizaba tremendamente con la mujer frente a ella. Si la eligió, fue justamente porque su rostro y sus ojos, eran la mejor configuración posible capaz de dar origen a Natsuki Kruger como un fiel reflejo de su amada deidad; y su valor como persona, era incluso más apreciable.

Sigue siendo la misma…— Saeko intentó mantener la compostura, ya que su amor no era recíproco y fue olvidada, casi era penoso que se aferrara a Natsuki quien parecía estar perfectamente bien sin saber de ella.

Tomando ventaja de la soledad que les acompañaba en la privacidad de la sala contigua a la gran bóveda, no tenía que mantener una expresión distante. —Siento haber sido tan indiferente al inicio… mi confusión no es una justa razón de tal frialdad.— El sonrojo en las mejillas pálidas se incendió con lo siguiente por decir. —¿Estás molesta conmigo?

Jamás podría, majestad.— Los ojos verdes, miraron con una tenue esperanza y podría por una vez volver a sonreír bajo aquella máscara de zorro.

Entonces, empecemos por hacer las cosas mejor, de ahora en más…— Levantó la mano que estaba unida a la de Zarabin. —Deja que te presente a alguien especial para mí, esta es mi amada Zarabin, mi adorada prometida, la deidad del renacimiento y madre de mis dos tesoros, mis hijas, y tus nietas. Para ella hice el jardín de las lozanías, que es tan maravilloso como los paraísos.— Sonrió suavemente mientras Saeko le miraba con incredulidad. Era como si todo esto fuera demasiado bueno después de tanto aguardar, podría haberse pellizcado para comprobar que no fuera un sueño, pero las almas inmateriales, no tienen la necesidad de soñar, porque la muerte es, en sí, un tipo de sueño. —Si fuera de su agrado, Takeru y tú serán considerados mis invitados de honor, y les proveeré una morada más confortable en el bello jardín por el tiempo que quieran permanecer en el inframundo; de esta manera podrían estar cerca de nosotros y conocer… a mis amores más grandes. O buscaré una magnífica existencia para ustedes, si es que alguna vez desean renacer.

La mirada de Saeko brilló, cristalina y alegre, asintió sin poder contener el llanto ante las acciones más consideradas que Derha expresó en su honor y el de Takeru, quien estaba realmente afectado por la frialdad que su hija les mostró aquel día. —Será un honor, majestad.

Te doy la potestad de usar mi nombre humano en privado, no porque me moleste que se diga en cualquier momento. Es solo que otros dioses lo considerarían inapropiado, cuando la mayoría siguen empleando el título antes que el nombre y me llaman de otro modo.— Explicó, deseando no generar otro malentendido.

Eso no es un problema, Natsuki…

Fue así que la deidad creadora se acercó a la que fue su madre hace no demasiado tiempo entre los mortales, y le prodigó un abrazo gentil, además de un beso a su frente; un gesto que Zarabin contempló con una sonrisa enamorada y agradecida, era bueno ver que las tornas volvían a su lugar correcto, porque… tal vez Saeko le haría falta a Natsuki en el futuro.

El tierno momento no duró demasiado, cuando alguien llegó a la sala viajando a través de la luz, dos formas se manifestaron y entonces Erisdel anunció a su señora, quien aguardó de pie observando con molestia la proximidad que su esposa y Zarabin ocupaban.

Señora de la memoria…— Saeko la reverenció y Ceret sonrió en respuesta. —Sea bienvenida.

La pelirroja asintió, tocando la máscara de Saeko, la cual obtuvo una nueva gema en el centro de la frente de porcelana, un detalle en memoria de la máscara que alguna vez Natsuki usó, algo que alegró un poco más a Saeko. Luego volvió su interés sobre los otros dos pilares. —Ya pronto iniciará la contienda entre Kiyoku y Mikoto, ¿qué es tan urgente para que ninguno de los tres pilares del inframundo estén en la ciudadela de la luna ahora mismo?

La bóveda del inframundo fue abierta…— Derha murmuró, antes de que Erisdel lo dijera, como era su cometido hacerlo dado su deber como guardiana de aquel lugar sagrado. Se desplazaron en un pestañeo frente a la entrada de la gran bóveda, que estaba hecha de la misma piedra que los Shungit, trazos hechos por la pluma y la mano de Derha delataban un sello que restringiría el acceso solo a los 3 pilares.

Perdónenme sus majestades, descuidé mi deber como custodia de los aposentos… recibiré cualquier castigo que consideren justo por mi falta.— Mencionó la joven cuyos ojos de heterocrómico color exponían la culpa de su fallo.

Ningún sobrenatural podría vencerte Erisdel, ¿qué falló?— No era la primera guardiana que Ceret escogió por nada, así que evidentemente estaban ante una circunstancia sin precedentes, la traición venía de algún dios, al menos de la escala de una cuarta o quinta generación.

Aun así, la mujer se mantuvo postrada, sin atreverse a decir nada que, a su entender, perjudicara a su más preciada señora.

¿Por qué guarda silencio?— Cuestionó Zarabin con extrañeza y luego con entendimiento, cuando el iris dorado y azul de la joven guardiana, de algún modo, se posaba sobre aquella a la que le guardaba lealtad perenne. —Se requiere el permiso de aquella a la que sirve.

Ceret desvió la mirada molesta, —Es mi guardiana después de todo…— Estaba claro que no era potestad de Zarabin, incluso si hubiera sido su creación primero. —Erisdel, puedes hablar libremente.

La castaña habría deseado que la señora se lo impidiera; sin embargo, obedeció. —Ante mis ojos, fue mi señora quien me permitió escoltarla a la bóveda, extrajo de su atuendo un vial lleno de sangre y después lo vertió en las marcas de la entrada, también murmuró palabras en el lenguaje primigenio, como un encantamiento. La puerta se abrió, e hicimos un extenso recorrido, me mostró los tesoros y habló de sus usos, de la importancia de la seguridad de tal santuario, me explicó que solo los 3 pilares pueden acceder allí, por lo que era un honor inconmensurable el que yo estuviera allí. Más tarde, al concluir, me guio a sus aposentos desde la entrada de la bóveda…— Se resistía a decir lo siguiente, casi rogó en su mente que aquella a la que servía la detuviera de inmediato, porque no podía mentir, pero Ceret la miraba con toda la curiosidad del mundo, como si no supiera lo que pasó. Así que con toda la vergüenza del mundo continuó su relato. —Mi señora retiró sus atuendos dejando su piel al desnudo.— Erisdel tragó saliva, con la vergüenza a flor de piel. —Se desplazó sobre el lecho de la inmensa habitación, abrió las piernas y después, reveló los secretos de la cuna de su… delicada flor, la cual comenzó a acariciar, exigiendo que no apartara la mirada de su grácil figura.

¡Cállate!— Gritó Derha con una mano en su rostro sonrojado y avergonzado.

Erisdel realmente agradeció ser detenida, continuó postrada en el suelo, con la esperanza de ser olvidada por los tres pilares, y solo por no tener que mencionar lo que pasó después.

Ceret quien escuchaba tal cosa, estaba perpleja, así que vio la memoria de Erisdel con rapidez, ya que estaba segura de estar en ese momento en otro lugar. Una vez observó los matices, reconoció el trabajo de otra deidad. —Fue una fantasía…

Conveniente, si me lo preguntas.— No evitó murmurar Zarabin con una mueca divertida, porque ella en verdad disfrutó el relato de lo que parecía un apasionado romance entre una guardiana y su idolatrada reina.

¿He juzgado alguna vez tu trabajo? Incluso cuando existen seres como Nagi Dai Artai, ¿a quién creaste?

Qué golpe bajo es ese…— Refunfuñó la castaña indignada y cruzándose de brazos, pues al momento de crearlo le dio virtudes que de haber sido desarrolladas lo convertirían en un gran hombre, realmente fue lamentable que Kiyoku lo corrompiera.

Entonces no juzgues… las memorias una vez almacenadas se distinguen de las fantasías por el color de su brillo, azulino para realidad— Le mostró un recuerdo común de Erisdel, tomando el té con ella una tarde, cuya tonalidad era azul. —Dorado para fantasía, morado para pesadilla, y así un sin fin de gamas.— Le mostró la parte del inicio de la fantasía que no revelaba nada vergonzoso y ciertamente era de brillo dorado.

Lo sé, lo sé…— Zarabin no le dio mucha importancia. —El detalle es que esa es realmente tu sangre.— Señaló en la dirección de la entrada de la bóveda, donde el líquido dorado se había cristalizado, dando la apariencia de ser vidrio de oro.

¿Qué?— Ceret se molestó. La sangre era dorada, claro que era la sangre de un dios, pero como afirmar que era suya. —Realmente intentas culparme.

No es eso, has regado con tu sangre al Janama durante demasiado tiempo… claro que conozco el aroma de tu sangre.

¿Que cosa fue hurtada de la bóveda?— Preguntó Derha con la esperanza de interrumpir la nueva disputa entre ambas deidades.

La daga Enim… la que se usa para borrar las almas humanas de la existencia.— Explicó Saeko con una mueca preocupada.

El rostro de Zarabin palideció y un frío terrible se desplazó por su columna. Ciertamente, el camino más difícil es el que podría estar desarrollándose, sus ojos rubí contemplaron el semblante serio de Derha y se preguntó si, al final, tendrá que recurrir al plan original, porque tal vez, no sea perdonada esta vez.

Ignorante de los pensamientos de la señora del renacimiento, Derha murmuró las preocupaciones de todas. —La intención de Kiyoku ha sido clara desde hace tiempo, exterminar a la humanidad desde la fuente y con tal arma, realmente puede hacerlo.— Derha suspiró con expresión reflexiva, esa daga era una creación suya y por ende, sumamente eficiente en su uso. La creó con ayuda de Zarabin, ya que las almas humanas son por sí mismas bastante difíciles de erradicar. Las almas son resilientes por naturaleza, incluso si se manchan pueden volver a iniciar su camino, es por ello que se creó el ciclo del renacimiento; sin embargo, algunas pudieron alejarse tanto de su propósito, que sin importar cuantas veces reencarnaron y fueron purificadas, volvían a corromperse irremediablemente. Debido a los seres de este tipo, el arma fue creada y su alcance es simplemente devastador. —Sí ese desgraciado llega a lograr su cometido, nos traerá de vuelta a la primera era, en la que la discordia y las batallas por la obtención del animus dividió a las dimensiones, a sus monarcas y a todos los sobrenaturales.

Divididos los tres gobernantes, realizar una sublevación sería… mucho más efectivo.— Acotó Ceret.

Zarabin que conocía otras posibilidades más oscuras que las mencionadas, las guardó para sí. La prioridad era simple, recuperar el arma para que ninguno de los destinos oscuros aconteciera. —Iré con mi familia, necesitamos recuperarla de inmediato y Zek podría darme alguna pista de esto.— La determinación llenó su rostro, sin embargo, volvió la vista sobre la pelirroja un instante antes de marcharse. —Escúchame bien, Ceret, si realmente tienes algo que ver con esto, entonces… podrías conocer mi rostro menos amable y sé que vas a odiarlo incluso más que ahora.

Piensa lo que quieras, yo conozco mi verdad, Terim sea mi testigo.— Musitó Ceret en el nombre de la diosa de la verdad y la justicia.

Más te vale.— Amenazó antes de marcharse en una estela de luz ligeramente rojiza.

Erisdel, lleva este mensaje a mi hermana, Terim.— Derha le entregó una carta que creó de la nada, con tal de alejarla de su presencia. La castaña no tardó en obedecer, ya que las revelaciones de ese día fueron más que vergonzosas y no tenía cara para mirar a su señora.

Luego Derha volvió la vista sobre su madre humana y le sonrió. —Saeko, ve con Takeru y háblale de la promesa que te hice. Tomen a Taeki para relevarlo en sus deberes cada vez que lo consideren necesario y disfruten de su tiempo en mi reino. Haré una morada perfecta para ustedes cuando volvamos del reino de la luna.

Gracias, su majestad— murmuró la dama de la máscara del zorro antes de obedecer.

Una vez yacieron a solas en la bóveda, la mirada lánguida de Ceret se posó sobre la esmeralda que adoraba en el rostro frío de Derha. —Esto es tan sorprendente para mí, como lo es para ustedes.

Es tu sangre, pero el pensamiento y el tiempo que hemos compartido… me hacen esperar para reflexionar sobre esta circunstancia.— Mencionó calmadamente, aunque no menos preocupada, porque de todo lo que han podido tomar, la Daga Enim es particularmente peligrosa para el bienestar de Zarabin y de las niñas.

Dedujiste que no he sido yo…— Afirmó Ceret, con la mirada perdida en la bóveda. —Ha sido Luzine, quien fabricó una fantasía para Erisdel.

Entiendo que tu guardiana te ame, pero ciertamente está plagado de un matiz erótico.— No tenía interés de discutir sobre ese detalle, o las razones detrás de eso, pero era necesario dejar las cosas claras. —¿Le correspondes?

Los sentimientos son incontrolables. Eso es lo que le da poder a la deidad de la fantasía, porque cuanto más anhelas algo, más real es el delirio que inicia.— Ceret suspiró. —Sin embargo, mi corazón está en tus manos, así que no puedo devolver su amor.

Derha asintió aliviada, si una relación así se diera, Ceret estaría en problemas; nunca fue bien visto que los dioses se involucraran con seres menores, de ahí que fuera precavida en su actuar con Saeko, la idea de que los sobrenaturales la repudiaran era algo que quería evitar. —Por eso no tengo dudas, su proceder es lo que la delata.— Miró la mancha dorada en el suelo, levantó la mano y con un pensamiento borró la mancha de la existencia. —¿Usar sangre? ¿Por qué la necesitarías?— Suspiró, pasándose la mano por el cabello despreocupadamente. —Como reina y tercer pilar del inframundo, has tenido acceso a este lugar desde el principio y jamás intentaste nada malo. Confiamos entre nosotros…

Pero eso no es lo que Zarabin está pensando ahora mismo.— Frunció el ceño y con ello arqueo sus cejas rojizas.

Derha negó con la cabeza. —Su preocupación no es en vano. Un arma como esa en manos desconocidas, imaginar el daño que les haría a nuestras hijas, no me atrevo ni a suponerlo.— miró en los ojos azules extrañados. —Cuando seas madre lo entenderás, no es algo contra ti específicamente, es solo que todo cuidado es poco.

La de mirar azul observó incrédula a su esposa, con un temblor en su cuerpo y debilidad en las piernas. La verdad, ¿fue revelada? —¿Sus hijas?— murmuró como un eco irreal. —¿Acaso ella ya te lo ha dicho? ¿Cómo se atreve a decir algo tan desvergonzado?

Derha se congeló en el acto, las palabras tal cual vinieron delataban un conocimiento que se le ocultó intencionalmente, un secreto que tanto Zarabin como Ceret escondieron. Habló de sus hijas, porque decidió que serían suyas en cuanto supo que eran las hijas de Zarabin con un ser desconocido, pero esto era totalmente diferente. La ira plagó sus pálpitos, ¿con qué derecho hicieron tal cosa? Al mismo tiempo, su amor por las pequeñas se hizo incluso más grande. No sabía si rabiar, o celebrar…

¿Tú lo sabías?— Cuestionó con un tono mortalmente frío, para hacer que Ceret revelara la incógnita si es que realmente sabía de esa realidad.

Yo… lo supe hace muy poco tiempo.

¡Ceret!— gritó su nombre como nunca lo hizo en el pasado.

La pelirroja se estremeció dudosa. —Es el secreto de la memoria, y yo… yo no puedo revelarlo. ¿Sabes cuantos secretos tengo que guardar? Si ella no te lo dice por sí misma, no es mi culpa.

Son mías y lo supiste todo el tiempo…— Gruñó rastrillando los dientes. —¡Me mentiste nada más llegar!

La vida mortal no… no puede ser traída a esta dimensión. Solo mencioné lo que ella le hizo saber a los demás, repetí las palabras de todos los dioses que piensan lo mismo— Insistió, era su trabajo después de todo.

Son mis hijas, Ceret… no era cualquier secreto.— Insistió con tristeza en su voz. —Eres mi soporte, mi compañera, mi amiga… siempre he confiado en ti.

Quiero ver que se lo reproches a ella, porque yo no suelo revelar los secretos de otros— Aun así, expresó su sentir. —Realmente no piensas ni un poco en mí, mucho menos en lo que siento.— reprochó. —¿Acaso crees que celebraría el hecho de que ella se embarazara de ti? Eres mi esposa, y mi corazón aunque herido, es tuyo, y ¿esperas que me alegre que ella lo hiciera sin tu consentimiento? ¿Acaso cualquier otra deidad se congratularía de algo como eso? Detesto a Zarabin por tomarte mientras eras una criatura mortal, sabiendo que amabas a Shizuru… embarazarse y esconder sus acciones, sabes que eso se considera un crimen y es la razón fundamental de su ocultamiento.

Ceri no he querido lastimarte, ni siquiera por razón de mis sentimientos…— Suspiró y acarició el envés de la mano de la pelirroja. —Pero era muy importante, el cómo ocurrió no elimina el hecho de que las niñas sean mías y sabes que jamás me haré a un lado mientras ellas me quieran cerca. Lamento que eso sea inmodificable…

Es solo que no es justo, deberían ser nuestras hijas y nuestra vida.— La voz de Ceret se rompió y sus ojos derramaron lágrimas, había tanta frustración. De algún modo, la esperanza de tener una vida normal junto a su esposa y tener una familia, fue algo que Zarabin tomó de ella.

Derha la entendía, pero no diría algo malo sobre eso, limpió sus lágrimas con suaves besos. —Sabes que tus lágrimas son dagas mortales cuando tal tristeza te la he causado yo… por favor, dime que puedo hacer para que me perdones.

Ella negó con una sonrisa amarga. —No se trata de ti, estoy enojada con ella. Esta vez tengo que ver cómo roba la vida que construiríamos, cuando tú no sabes lo cruel que Zarabin ha sido contigo. Al lado de las suyas, mis faltas… son amables.

¿Qué hizo exactamente?— Dijo con el fin de que Ceret pudiera desahogarse un poco y recuperara la compostura.

Se mordió los labios y suspiró mientras los dedos pulgares de Derha limpiaban sus lágrimas. —Ella creó cada virtud de tu vida humana y cada pesar, no sé si los últimos por accidente.— Arguyó Ceret, pensando que se supone que Zarabin amaba a Derha, ¿por qué le haría daño? Suspiró. —Solías ser alguien llamada Natsuki Kruger, quien era hija de Takeru Kruger y Saeko Kuga, fuiste envuelta en la maldición de la familia Kruger, y eso le dio potestad a Mikoto sobre ti, por tal motivo recuperaste a Durhan, la divinidad escondida a la vista. No me cabe la menor duda que fue algo que las dos acordaron, así que Zarabin tuvo bastante control de ti por esa razón.

Así que manipularon mi existencia, es un poco raro que los grandes gobernantes no lo notaran…

La pelirroja asintió. —Supuse lo mismo hace poco, casi podría apostar que desviaron la mirada sobre eso.

Pero, teniendo en cuenta que estoy aquí en el lugar al que pertenezco, ¿por qué estás tan molesta?

Porque me suplantó para cosas terribles.— Se quejó como una niña pequeña.

Derha sonrió en su interior mientras acariciaba su cabeza, y ambas tomaban asiento en mullidas almohadas que creo para la comodidad de Ceret. —¿Suplantarte? ¿Cómo es eso siquiera posible?

Ella diseñó un alma basando su esencia en lo que ella supone que soy yo, porque ella no conoce mi corazón realmente… y no es que le haya dado alguna parte de mí para eso. Esa chica es Nao Yuuki, una mujer parecida físicamente a mí, y con algunos rasgos de mi personalidad. Supongo que quería saber si me amarías, o al menos a la versión humana que generó de mí.

Había cierta distancia con Natsuki, porque Derha no asociaba ese pasado con el suyo, aunque hubiera dado lugar a sus amadas hijas, seguía siendo difuso y lejano, así que pudo preguntar. —¿Por qué esa persona parece tan importante sobre las cosas que dirás?

Porque amaste a esa niña, amaste a esa versión distorsionada de mí… pero por esa absurda vanidad y capricho de Zarabin, Nao Yuuki fue la herramienta que Kiyoku usó para destrozarte. Las cosas que esa mujer te hizo, son más abominables que las cosas que Luzine hizo de mí.— El azul en los ojos de Ceret se tornó vacío y asustadizo, tan inseguro como el momento en el que dudo que Derha fuera realmente ella.

No se quedará sin castigo lo que esa ruin e infame te hizo…— Dijo mientras la abrazaba.

Pese a todo, eso no era algo que le preocupara, lamentaba más lo que Natsuki vivió. —Te sentiste miserable casi toda tu vida por la monstruosa apariencia que te dieron, amaste a una persona que era parecida a mí y a quien tornaron en tu peor enemiga, pues te odió más que a nadie en el mundo. Te comprometiste con Shizuru, la representación de Zarabin, que si es una parte genuina de ella… e intimaron, así ella se embarazó. Cuando la vida mortal quizás podría ser dulce, su familia te traicionó, fuiste apresada por un enemigo, que envió a la chica que amaste, Nao, para ser torturada y violada.— Intentaba mantener la calma, pero no podía, haberlo visto le hería en el alma. —¿Realmente piensas que no te daría el don del olvido para una cosa tan terrible? Tu memoria estaba tan… corrompida cuando la retiré, que… que realmente pudiste convertirte en una persona malvada si lo desearas. Entonces puedo estar enojada con ella, porque cada vez que ella interviene en tu mundo, cosas terribles pasan a nuestro alrededor.

Pero… Ceri, ella no me hizo eso. Kiyoku lo hizo.

¿Si es lo que quieres creer? Entiende que no dejas un par de dagas en las manos de un asesino y esperas que algo bueno pase.— La miró a los ojos, con ese azul intenso y profundo como el mar. —Comprende, Derha. Ellos son los dioses del destino, ¿realmente no puedes dudar un poco sobre que hagan tan mal su trabajo?— Reprochó, incapaz de olvidar que Natsuki fue usada como una ficha en un terrible juego.

Derha miró a un lado, consciente de esa realidad, suspiró y tomó un poco de distancia. Tenía preguntas para las 7 fortunas, pero una parte de sí, temía decepcionarse un poco de su amada. Porque ¿cuánto puede amarte alguien que elige un camino de espinas y sangre para que camines? Incluso si pensara en ello como un reto o como la oda de un héroe, desconocer el propósito de tales pruebas lo hace odioso. —Entiendo lo que dices…— murmuró finalmente. —La intención de estos eventos es desconocida y no soy un simple dios menor para conceder todo lo que pasó sin tener unas pocas respuestas. Si no fue la voluntad de los gobernantes, entonces fue el egoísmo de unos pocos. Ya que la humanidad que viví, parece realmente complicada.

La pelirroja asintió y acomodó los brazos sobre las rodillas y su mejilla sobre sus antebrazos, como encogida dentro de la inmensa bóveda. —En el pasado, los recuerdos eran almacenaba en mi mente… y era tanto dichoso como doloroso, por ese motivo alteré mi divinidad, dando paso a la dimensión de la memoria, un lugar más seguro y menos susceptible. Los secretos están allí, lejos de todos, incluso de mí… pero cuando fui a Fukka a reparar la grieta que llevaba al inframundo, sentí familiaridad en la presencia de Natsuki Kruger, vi tus memorias mortales y fueron desgarradoras…

Entonces ese es el castigo que me dieron los gobernantes, ni siquiera fue una vida humilde como humano… — El latido presuroso de su corazón se mantuvo hasta arder en su pecho como una quemadura, pero suponía que es lo que se siente la traición cuando su padre estaba involucrado. —¿Qué otras cosas esconden de nosotros?

No lo quieres saber…— Bajó la mirada, cansada de las omisiones que Derha ocupaba para perdonar a Zarabin, le daba total impunidad. Suspiró, resignada. —Soy reserva de la memoria de todos, incluso la de los dioses, y es odioso.— Bajó la mirada cerúlea con cansancio.

A pesar de esa carga, eres maravillosa— sonrió suavemente. —Discúlpame, no debí poner esa responsabilidad sobre tus hombros cuando era un secreto de otra persona. —Derha sintió una punzada en su cabeza, pestañeó y tuvo la impresión de que las cosas se veían más brillantes, pero no hizo caso de ello.

Por un momento su mano dejó de sentir la piel del hombro de Ceret, enfocó y entonces sus dedos pudieron sentirla otra vez. Era molesto tener tales malestares, aunque sabía que la desfragmentación no sanaría tan pronto.

¿Estás bien?— La pelirroja sonrió suavemente.

Solo estoy fatigada…— Suspiró. —Iré con los Shungit para acelerar la búsqueda, ellos encontrarán la daga, si es que aún permanece en el inframundo. Y Terim me ayudará…

Derha— sus iris azules se centraron en ella con el marco de aquellas abundantes pestañas rojizas, levantó el rostro y confrontó a su esposa. —Conozco tus deseos desde hace mucho tiempo. Sé que he sido egoísta intentando retener lo que no me pertenece. Aunque tu corazón pudo ser mío, ahora lo sé…— Sonrió melancólicamente, ya que las dudas de Zarabin ejecutaron una vida falsa solo para resolver tan honda inquietud. —Pero ella lo encontró primero y aunque nuestros destinos se mezclaron, de algún modo no funciona. No eres feliz junto a mí y yo tampoco lo soy, cuando es doloroso ver cómo la anhelas a ella todo el tiempo. Solías ser más discreta en el pasado, pero hoy no eres quien fuiste, nadie lo es…

Ceri…

Debería detestarte…— Negó con la cabeza, apartándose.

Lo sé— Sería lo más justo, pero agradecía que no fuera así. —Me importas mucho, aunque mi afecto no sea exactamente del modo en que lo deseas, realmente eres muy valiosa para mí.— La miró con ternura.

Eso es aún más cruel, pero sé que es verdad.— Ceret se aproximó y le plantó un beso en los labios, —dame lo que quiero y podrás desposarla…— se apresuró a quitarle el cinturón.

¿Qué es lo que deseas?— Había cierto temor en la pregunta, después de todo, magullaría el orgullo de una esposa.

Un hijo, de mí y de tí.— Le miró con sus intensos ojos azules, de una forma que realmente podría romper cualquier muralla de voluntad. —Si al final vas a quedarte con ella, quiero un hijo que sea mío.

¿Cómo es que lo supiste?— Derha meditó un momento intentando retener las manos de Ceret dentro de sus ropas.

Lo supe en el momento en que creaste una flor nueva para la propuesta.— El dolor y la ira estaban ahí. —Así que ya lo sabes, puedes desposarla, yo no me interpondré. De todos modos te tendré de la forma en la que lo deseo.

Lo prometes…— Derha casi no podía creer que Ceret lo aprobara, pero algo de todo eso no se sentía correcto.

Asintió la pelirroja resplandecientemente mientras mordía su cuello, pero esta vez en verdad no quería hacerlo, incluso si era el medio para obtener la afirmación que tanto quería, ya que la primera esposa debe aprobar cualquier otro matrimonio y es su deber no desatender las obligaciones originales, simplemente no lo deseaba en ese momento.

Así que intentó evadir la fogosidad de la mujer, sujetó la barbilla de la dama y la obligó a mirarla. —Aún está pendiente el castigo de la persona que ha robado la daga y cuya falta más terrible, fue realizada contra ti. Odio que usara mi aspecto para una acción tan terrible, me duele saber que te hizo daño.— La miró con seriedad. —Deseo cobrar su vida cuando mi corazón iracundo habla por mí. Pero eso no te resarciría ni un poco, por eso quiero que seas tú quien elija su castigo… porque yo la traeré ante ti.

Yo misma la castigaré.— ya había descubierto el pecho bajo la seda, como si lo anterior no fuera importante.

La observó con beneplácito, deslizó sus dedos, dibujando las líneas que ya existen en la piel y continúan formándose, pues todo lo que fue planeado se ha completado finalmente. Derha, por su parte, estaba cada vez menos cómoda en la situación. —Ceri… esto no se siente bien.

No siempre se trata de ti…— Le escuchó decir sintiendo su tibio aliento en su oído y su cabello sobre su mejilla, mientras apresaba sus muñecas con sus manos hasta hacerle daño.

¿Es esta la muestra de tu enojo?— Cuestiona sorprendida Derha por no poder apartar las muñecas de la superficie acolchada, e incrédula de la fuerza que se requiere para tal cosa.

La sonrisa siniestra en la boca de un rostro que amaba, le heló las entrañas… un segundo más tarde, no había nada inusual en la expresión de su esposa, por lo que pensó que lo estaba imaginando; su caricia era tan suave como siempre y su mirada enamorada. Entonces se sumergió en su afecto, incluso cuando el instinto le gritaba apartarse.

—¡Derha!— Gritaba su nombre, una y otra vez, mientras miraba como los eslabones de las cadenas envolvían el cuerpo de su esposa, como si se tratara de escurridizas serpientes. Ceret miró desde su posición como al menos unas centenas de dioses menores y sobrenaturales conjuraban un oscuro ritual mientras Derha era atrapada en una fantasía tejida por Luzine.

Del engaño casi onírico que la deidad creó, emergió una mujer que era sin duda su vivo retrato, una copia idéntica de Ceret. La réplica limpiaba sus labios después del beso que compartió con Derha, después de todo necesitó hacer material aquella ilusión para que el monarca del inframundo no sospechara lo suficiente, al menos hasta que el ritual se completara. Así, la odiosa imagen se superpuso, y el halo que había rodeado su vista durante minutos, volvió a la opacidad frecuente, desvelando la imagen real de la mujer. Los hilos rojos del cabello se decoloraron hasta tornarse cenizos y dorados, tan brillantes como el sol; los iris azules, se tornaron del color de la plata líquida para dar el aspecto de una jovencita lozana, de figura frágil y con la forma de una dulce fantasía, sus alas que como las de las hadas eran cristalinas membranas, le permitían rondar levitante sin tocar el suelo. La deidad, de aspecto aniñado, miró sobre su hombro y con odio a Derha.

—Su fantasía, no era otra cosa que hacer lo que hiciera falta para convencerte de aceptar su acuerdo con Zarabin… es bastante desconsiderado, si lo piensas— Luzine negó con una mueca de indignación mirando a Ceret, a quien sus aliados hurtaron instantes atrás en las narices de la monarca cristalina.

—Fingiste bien, incluso usaste las palabras que yo usaría…— Ceret miró con desprecio a su captora.

—Te he observado con ciega devoción, pero jamás me devolviste la misma mirada.— La voz de Luzine sonaba pesarosa y anhelante. —Casi pudimos ser una, ¿pues que distingue a las ilusiones de la fantasía? La memoria de los hermosos momentos, son solo fantasías que se hacen realidad.

—Sin la realidad, nadie podría ser mejor de lo que ya es… estás en un error. Tú y yo, no somos la misma cosa. Si entregas todo lo que anhela a alguien, entonces no distinguirá la felicidad misma del dolor o la tristeza, por esos las almas reencarnan después de un tiempo en el paraíso, la completitud carece esfuerzo o sentido, porque no hay merito en ello, si se obtiene tan solo porque sí. Las almas siempre buscarán un propósito…

—No somos iguales, ciertamente. Pero conocer los más recónditos deseos de los dioses, me ha favorecido este día.— Ladeó su rostro hermoso con orgullo. —Pronto querida Ceret, el orden de las cosas cambiará y tú ya no serás prisionera del inframundo. Serás mi reina, en una dimensión perfecta…

—Haz lo que debas, yo no te revenciaré… y mucho menos, te elegiré.— Ceret no era un ser insignificante que le daría a su enemigo una victoria humillante.

(Ilustración de Luzine)

Luzine se lamentó de la actitud de Ceret. —No implorarías ni siquiera por tu existencia.

—No lo entiendes Luzine, la lealtad que le di, tú jamás la conocerás… la forma de mi amor, es así.— Advirtió Ceret usando su propio poder; el olvido, se extendía como sombras silenciosas sobre el suelo y alcanzando uno a uno a los oradores que mantenían a Derha sumida en una prisión mental, cuyas palabras enmudecían del mismo modo que sus convicciones lo hicieron junto a sus memorias.

—Lealtad, eso está bien… mi señora.— Sonrió Luzine, —Es solo que me pregunto si podrás amar, al gran señor que vendrá.

—¿De qué hablas?— enarcó las cejas rojizas.

Luzine la ignoró intencionalmente. —Si es amor, ya lo sabremos pronto…— negó con la cabeza y un tono melancólico en la voz, mirando la expresión cada vez más vacía de Derha, a quien, retirando el brillo dorado de los iris de sus ojos; quería que contemplara su derrota, por lo que chasqueó sus dedos y los demás supieron lo que debían hacer.

Derha pestañeó un par de veces, intentando enfocar correctamente y lo que vio no fue agradable. —Luzine…— gruñó, forcejeando contra las cadenas conjuradas. Sintió la tensión y su cuerpo fue erguido contra su voluntad, poniéndola de pie, con los brazos y piernas extendidos.

—¿Qué pasó con el 'Ceri'? ¿No le prometiste a ella que me atraparías?— se burló finalmente.

—Eso pasará tarde o temprano…— Forcejeó nuevamente sin efecto alguno.

—Es divertido ver quién atrapó a quien— ensanchó la sonrisa en sus labios, y con el movimiento de sus manos, retiró la fantasía del resto de la bóveda, la cual estaba llena sobrenaturales y divinidades. Eran varias centenas y cada uno de ellos mantenían toda su concentración en un ritual que tenía lugar alrededor de la presa, salvo por unos cuantos dispersos y atontados. La gran bóveda, cuya existencia en sí misma es una dimensión dentro de otra, era el punto perfecto para pasar desapercibidos de la vista de los grandes gobernantes. —No, no conoces tu situación… hija de la desgracia.

—¿Te atreves a insultar a mis padres? Realmente estás coqueteando con la muerte.

—No, cariño… ¿Cómo podría insultar una mentira?— Luzine imitó la voz de Ceret, quien observaba las cosas con disgusto, si no hubiera sido restringido su poder por el viejo castigo de los dioses mayores, ella ya habría deshecho la memoria de todos los presentes, sus ataduras serían insuficientes. —La historia que te contaron de mamá, siempre fue una gran mentira. ¿Murió en las antiguas guerras? Por favor, tendría al menos un par de monumentos. Tú le habrías erigido la obra más maravillosa que pudieras concebir… pero ni siquiera se tomaron la molestia de darle a una niña huérfana una miserable imagen de su madre.

—¿Supones que creeré en tus palabras? A ti, la más grande de las mentiras.

—Las fantasías no mienten, oh gran monarca— Luzine la reverenció burlonamente. —Revelan desde las más dulces hasta las más oscuras verdades, los más profundos deseos. Te invito a pensar… tu querido suegro, quien te detesta tanto y tan profundamente, ¿por qué te odia tanto? ¿Hiciste algo tan malo realmente? Eres odiada desde el nacimiento y él lo hace por una vieja razón— Luzine señaló su cabeza invitando a Derha a pensar. —Susano-o ha tenido una fantasía inconclusa con tu padre, habría compartido su lecho si por su voluntad hubiera sido y lo detesta aún más por un pacto roto.

La idea no fue una imaginación bonita para Derha, a quien la imagen de pasiones incontrolables entre aquellos dioses, le repugnaba, fundamentalmente porque ningún hijo quiere saber de esas cosas. —¿Quieres que vomite? Podría manchar tus lindos zapatos.

Luzine se rio. —Imagina el desencanto de Susano-o, cuando la sangre prohibida de los tres grandes, se involucró tan inapropiadamente con su hija, la niña de las 7 fortunas, su pequeño tesoro.

—¿La sangre prohibida? ¿De qué rayos estás hablando?

Luzine se complació de escuchar lo que tanto esperaba, la pregunta que le daba sentido a la treta. —Una gota de la sangre de la Luna y otro tanto del linaje del admirable Sol.— Depositó el veneno con una sonrisa espeluznante en los labios.

Se hizo el silencio mientras las palabras se asentaban. —Mentira…— Derha negó fervientemente, Luzine no podría estar diciendo que Amaterasu es… su madre.

Pero la diatriba de la deidad no se detuvo, continuó sin ninguna consideración. —Eso no sería un problema, más que por el temor de Susano-o al poder que fue engendrado. Resulta que eres bastante inconveniente, ya que tú eres el camino por el que la destrucción vendrá, de acuerdo a la profecía… eso mi estimado monarca, es lo que nos trae aquí, en este día.— Luzine hizo un ademán a los otros y los conjuros fueron pronunciados con más intensidad.

Derha se negaba a creerlo, pero cuanto más pensaba en ello, más sentido tenía… el misterio tras la muerte de su madre, el inclemente recelo de Satis con Amaterasu y la 'benevolencia' de la diosa ante su falta por la muerte de Varun. Algo así, daba muchos motivos a Susano-o para repudiarla, pues su sola existencia era aborrecible desde las leyes impuestas por el gran Izanagi, el primer señor de la creación.

Se negó con el pensamiento, pero su corazón e instinto gritaban de ira y de dolor, reprochando el abandono de una madre por la que lloró durante días y noches, esa a la que anheló tantas veces. La sed del amor que nunca tendría, incluso si Satis fuese tan gentil, siempre pondría a Terim sobre cualquier cosa y lo entendía, adoraba a su hermanita. Pero eso no significaba que doliese menos…

—Esto es un recuerdo que tomé prestado de la divinidad de tu adorada esposa.— Luzine levantó la mano y en ella sostuvo un vial dorado cuya cubierta lustrosa se desvaneció, dejando ver el hilo de la realidad, tan azul como Ceret describió instantes atrás antes de ser atrapada.

Arrojó el vial en el cristalino suelo y en él la imagen de Tsukuyomi y Amaterasu, siendo cercanas se formó, Luzine sonrió, en aquella vendimia robo más que solo la sangre y la sensualidad de Ceret. Tomó un recuerdo restringido, algo que ocurrió en los primeros siglos, cuando la deidad de la Luna no escondía su forma femenina para poder ignorar mejor sus propias emociones, y el amor en los ojos de las dos figuras era palpable.

(Ilustración del recuerdo)

Derha gruñó sintiendo las cadenas aprisionarla con más y más fuerza, la ira era el sentimiento que Luzine había buscado desde el principio, porque la misma sería la puerta que daría paso al gran dios primigenio.

—Mi señor tiene maravillosos planes para ti, y debes estar agradecido, Kiyoku siempre vio tu enorme potencial.— Las cadenas que envolvían su cuerpo, eran tantas como los dioses se habían reunido para contener cada parte de su ser, y cada uno representaba un eslabón de su extensa prisión.

Incluso si había mil de los pequeños menores, Derha los miró con una expresión fría y gruñó con su amenazante voz grave. —No trajiste suficientes dioses,— las esmeraldas que eran sus ojos llenaron del fuego argento que representaba su poder en el estado más puro, y con ellos las llamas impregnaron las cadenas espirituales, alcanzando a los oradores más cercanos, cuyos lamentables gritos agónicos llenaron el silencio mientras sus cuerpos eran completamente borrados de la existencia.

—¡Detente!— gritó Luzine, consciente del riesgo latente y alejándose, no sin dejar de señalar con sus brillantes dedos, la presa cuyo cuello casi rozaba el filo de un arma sagrada. —O ella morirá, tu querida Ceri…— Aunque la de cabellos dorados rogara en su fuero interno, que la amenaza fuera suficiente, la idea de lastimar a su amada era inconcebible.

Para Derha ver a su esposa sometida, paralizó su cuerpo y su mente, sintiendo una clase de miedo distinto a cualquier otro que pudiera sentir alguna vez, su mirada siguió la gota de sangre dorada que bajó por su cuello hasta perderse en la seda de su vestido. Así mismo, la forma en la que esos seres indignos sujetaban a Ceret, era en verdad odiosa. —No te atrevas…— Las flamas se detuvieron a mitad de camino sobre el siguiente grupo de eslabones, y los sellos volvieron a fortalecerse.

El mundo es extraño, porque el amor que anheló, se vio reflejado en los ojos de su esposa cuando la hoja de la espada se cernió sobre su cuello y su quietud le dio la respuesta al enemigo. ¿Era esa clase de persona? Quien no haría nada contra el enemigo a cambio de su bienestar, incluso cuando su mayor deseo era ser libre para vivir junto a Zarabin, como la familia que siempre quiso para sí. Pensó que sería una cosa que solo estaría dispuesta a hacer por la diosa del renacimiento; que cruel ironía, así Ceret se alegró y entristeció al mismo tiempo, pero no pudo permitirse pensar demasiado en ello, porque fuera lo que fuera que estuvieran haciendo, si es por las órdenes de Kiyoku, sospecha que en verdad será una cosa temible.

Los rezos de sus captores, solo incrementaban la fuerza de su prisión hasta casi asfixiarle, pero no era la única cosa ocurriendo, su pecho ardía y al bajar la vista, el sello bajo sus pies transcribía letras desde la superficie del suelo hasta su piel, ascendiendo hasta concentrarse a la altura de su corazón. Aquella tortura le hizo caer de rodillas, sintiendo como si alguien rompiera sus huesos desde adentro…

—Vaya, ya no pareces tan fiero…— murmuró Luzine ladinamente, escondiendo su alivio. —Ves querida, no es tan grandiosa como se hace ver, realmente debiste haberme elegido.— Le musitó a Ceret, deseando que pudiera ver lo pusilánime que Derha siempre le pareció.

—¡No te detengas! ¡No permitas que completen el ritual!— Le gritó Ceret a Derha evadiendo la espada de sus captores, a quienes sumergió en un bucle de recuerdos dolorosos y se arrodillaron en el suelo sollozando como infantes. —No les permitas hacer de ti, el monstruo que todos temen.

—Ya es tarde…— Le advirtió Luzine, sabiendo que los esfuerzos de Ceret eran en vano, ya que la restricción impuesta por los gobernantes haría imposible que usara su divinidad sobre todos al mismo tiempo.

Ceret lo entendió, su administración de las memorias le permitió atar los cabos y claro por las insinuaciones de Luzine. —No todavía…— Pese a las ataduras en sus manos, golpeó con sus piernas a los custodios a sus espaldas; un instante después corrió para aproximarse a su esposa.

—¡No le hagas daño!— Luzine le gritó a Arlés, un dios menor de la guerra, cuyas órdenes no fueron cumplidas. Cualquiera que se acerara a la diosa, olvidaba o se sumía en pensamientos realmente dolorosos, por lo que el dios arquero tensó el hilo y desplegó su saeta, ocasionando que una lluvia de flechas fuera contra la diosa de la memoria.

—¡Ceret!— Gritó Derha intentando moverse, rompió algunos de los eslabones y las flamas volvieron a consumir a los insensatos que osaron tanto. Observó a Ceret acercándose a pesar de recibir los impactos de las flechas luminosas que Derha no pudo destruir en el aire; fue herida en el hombro primero, luego la cintura, su brazo, el muslo, uno tras otro los dardos divinos dieron en el blanco llenando de impotencia a Derha por no ser capaz de proteger a su esposa.

Qué tonta había sido, Kiyoku, él realmente había sido meticuloso y peligrosamente descuidado. Ceret entendía ahora el objetivo de las acciones del señor de la obsidiana y sus aliados. Para hacer realidad sus anhelos, siempre fue necesaria la presencia del señor del vacío y la destrucción, un ser llamado Belor. Él es un primigenio apresado en lo más profundo de un universo de realidades no realizadas, dimensiones enteras colapsadas en sí mismas, con un peso insondable sobre la prisión donde las leyes creadas mutan cada segundo, impidiendo al dios encontrar una secuencia y por ende, una forma de escapar. Belor es aquel capaz de tornar el lienzo de la existencia en un espacio en blanco y es por ello tremendamente peligroso.

Así mismo, Ceret miró a su querida Derha, sabiendo que tiene la divinidad de la creación y que, en algunas ocasiones, pudo eliminar alguna de sus obras, las que no le parecieron dignas, mayormente como cuando le hizo regalos a Amaterasu. No se le dio tanta importancia, porque no muchos seres pudieron verlo e incluso si lo piensa, fueron acciones que Tsukuyomi escondió deliberadamente. Porque este poder, es uno como no se ha visto desde los primeros dioses, desde los primigenios. Así que a pesar de los impactos sanguinarios en su carne, Ceret continuó su camino, pues solo necesitaba estar lo suficientemente cerca, solo un poco más.

Cuando al fin pudo extender la mano y rozar la punta de los dedos de su querida esposa, una luz enceguecedora lleno todos los espacios, camuflando las verdaderas acciones de Ceret, quien dedicó una sonrisa suave a su mujer antes de caer al suelo, tan vacía como una muñeca. Luzine gritó horrorizada, tratando de encontrar hálito en el cuerpo de su adorada, la estrechó entre sus brazos y le imploró, rogando por la vida que sus ojos ausentaban. Pero cuando no halló respuesta de sus labios, su rostro se desfiguró de ira y miró a su rival, cuya expresión perdida estaba puesta en los dedos, cuyo roce fue el último. Las lágrimas caían silenciosamente por las mejillas de Derha encontrándose con la afilada barbilla, donde los trazos del ritual concluyeron con un marco de tonalidad azul, pues las tres calamidades ocurrieron y las puertas fueron abiertas para Belor.

—¡Arlés!— Reprochó Luzine sin dejar de sostener a Ceret, como si esperara verla despertar de esa pesadilla.

—Su lealtad para el monarca y los tres gobernantes, era demasiado grande. Ni siquiera habría estado a gusto siendo alguna de las consortes de nuestro señor Belor.— Esclareció Arlés, postrándose ante la persona cuyas cadenas desaparecieron, y cuya expresión no mostraba ni un ápice de emoción, sus ojos, tan vistosos como fractales, era una fuente de eterna mutación y caos, en la cubierta del cuerpo de Derha. —No eres previsora, Luzine.— Musitó Arlés por lo bajo.

Pero si este, era el señor por el que habían hecho tanto, entonces él podría traerla de vuelta, pensó Luzine. —Devuelve a Ceret, te lo imploro…— Sollozaba abrazando a la dama, tratando de cubrir su cuerpo entero de calor, como si eso pudiera traerla de vuelta. —Seré leal, con cada respiro… oh, señor de la creación y la destrucción.

Y a Derha, cuya expresión vacía era tan evidente, no pudo importarle menos.

Luzine miró con incredulidad a Belor o la porción de él que habían logrado despertar con el ritual. —O… podría retirar la fantasía, del cuerpo que posees.— Amenazó, sabiendo que podría ser erradicada. Aun así, era una moneda que estaría dispuesta a usar, por la vida de Ceret, sabiendo que Belor aún no tenía un control completo de su nueva posesión y necesitaba tiempo para ser autosuficiente.

Luzine había intervenido a Derha desde el instante mismo en el que Ceret quiso devolverle la memoria tras llegar al inframundo, si bien la hermosa señora de la memoria, apenas dotó de intensidad ciertos instantes de los momentos ocurridos realmente, a fin de balancear las emociones de su esposa. Las otras alteraciones fueron fantasías de odio que ella insertó… porque algunas criaturas en verdad fantasean con destrozar el corazón y la existencia de otros seres. La indiferencia de la persona amada, ser despreciada, considerada inferior o ser un simple objeto de la pasión de Zarabin, fueron algunas de las fantasías de odio que inserto y vaya que lo disfrutó, porque produjo un dolor inconmensurable a su despreciable rival. Sobre todo la parte en la que hizo parecer que la deidad de fortuna amaba profundamente a Varun…

El ser caótico miró con detenimiento a la infame deidad, ciertamente podía sentir los hilos de la fantasía amarrando férreamente la consciencia de Derha, pero no entendía las motivaciones. —¿Intentas salvar la carne de mi sangre en ella?— Sonrió divertidamente.

Luzine abrió los ojos incrédulos, tal cosa sería imposible o Belor solo jugaba con su sufrimiento. Miró a Ceret y en un pestañeo ya no la tenía consigo, al levantar la mirada, era Belor quien la tenía en uno de sus brazos y con el otro creaba un elixir hecho de la sangre de Derha tomándola del cuerpo que controlaba. Sintetizó la sangre y luego vertió el líquido en los labios de la dama, y con ello, cada herida de su ser fue sanando lenta y tranquilamente, acto seguido creó un lecho flotante para la dama y la depositó en ella.

—Ella es mía, su señoría… ese, fue el acuerdo— dijo Luzine sin levantarse del suelo, sabiendo que podría ser borrada con un suspiro de los labios de Belor.

—Es la madre de mis futuros hijos, después de todo, es la hija de Amaterasu y tendrá que soportar saber, que nuestros linajes se mezclarán al final.— Sonrió con una expresión realmente aterradora.

Luzine se mordió los labios, había logrado la primera cosa… —Mientras ella viva, yo le serviré, pero conceda que yo sea su consorte, por favor…— la deidad hada, bajó la cabeza y levitó junto a Ceret para resguardarla.

Belor asintió, no es que le importara demasiado en tanto se cumpliera lo primero. —Hay… demasiada imperfección en todo lo que está a la vista.— Vio cada cosa que existía y le pareció la obra insignificante de un principiante, pasó por encima de Luzine y la figura lánguida de Ceret, que no trajo conmiseración alguna, levitó hasta llegar al centro de la bóveda. —Entonces, mi pequeño… podrías limpiar todo esto por mí.

En su mano formó una perla negra de energía concentrada, la arrojó a pocos metros de sí, antes de dar la media vuelta para partir. La esfera se convirtió en un agujero negro que comenzó por absorber los restos que el fuego argento dejó atrás cuando consumió parcialmente los cuerpos de los dioses menores. Le siguieron los objetos preciados, luego los sobrenaturales demasiado débiles como para sostener la carga de gravedad, por lo que aquellos cuyo instinto de supervivencia les advirtió y fueron lo suficientemente fuertes, salieron de la bóveda poco antes de que la dimensión colapsara sobre sí misma.

El vacío, que se juzgaba perfecto a los ojos cambiantes de Belor, trajo carcajadas al destructor, quien vio el temor naciendo de los ojos de los seres inferiores que le miraban, como si no hubiesen sido sus rezos los causantes de su llegada al abrir una fisura en la prisión interdimensional que el padre de los 3 gobernantes creó para él. —Dime, quien me ha obsequiado este cuerpo formidable, el don de la creación yace en él, es ahora que soy un ser completo y perfecto como no se ha visto en el principio.— Un cuerpo que, era una joya sin lustrar.

Arlés, quien se mantuvo a prudente distancia, se inclinó nuevamente. —Has sido llamado por el último hijo de la magatama, el señor Kiyoku. Quien ha visto la imperfección de este mundo y te ha llamado para remediar tal ignominia. Él quiere servirte y ver que destruyas el ciclo de la vida y de la muerte que ha producido a seres detestables que son repulsivos de contemplar. Anhela romper las restricciones entre las dimensiones y que los seres de todos los reinos contemplen su destino y a sus nuevos monarcas— Entonces el dios menor señaló la inmensa cascada de animus que purificaba las almas humanas, antes de su paso por las puertas de los castillos de los jueces del inframundo. —Limpia por completo estas dimensiones y tu deuda estará pagada.

Belor sonrió en el exterior, haría caso de Kiyoku solo porque sus voluntades coinciden por el momento. —Eso es, simplicidad…— Sonrió cerrando un poco sus ojos con formas de fractales cambiantes, y ocultándose con la cortina del tono esmeralda que era habitual para Derha a fin de no revelar demasiado pronto su resurgimiento.

Levantó la mano y sus dedos atrajeron todo el animus de la cascada, la cual, después de lo que pareció un largo tiempo, simplemente se desvaneció, ocasionando que los caminantes de las losas, cruzaran sin ser purificados. Entonces, las almas de los muertos y los numerosos orphan que se mantuvieron al otro lado de la barrera después de desprenderse de sus vidas humanas llenas de maldad y aquellos monstruos contenidos durante milenios… comenzaron a invadir con su putrefacción cada lugar. Entretanto, los castigadores, los Shungit, establecieron una defensa entre ellos y el núcleo de la montaña, donde el portal del renacimiento brillaba; así mismo, desde los paraísos, aquellos guerreros cuya virtud les permitió alcanzar tal estado, formaron una defensa entre ellos y las criaturas, cuyo siniestro deseo, era devorar a las almas más puras y gentiles que habitaban allí.

El ser que controlaba el cuerpo y la voluntad de Derha, comenzó a conjurar su caótica divinidad, eliminando las barreras entre los reinos, y unos minutos más tarde el reino del sol pudo verse difuminado en la distancia, a este le siguieron la luna, los reinos oceánicos y otros, pero el sello de la tierra no pudo deshacerse. El hilo inextinguible de un don tan puro como la energía misma, algo mucho más denso que el animus, era tan denso que tardaría una "eternidad" en eliminarlo. Belor frunció el ceño, sin saber que el trabajo de Mikoto durante 400 años, le impediría romper su sello en la misma extensión de tiempo, por lo que solo pudo dejar que la humanidad observara en el cielo nocturno, la batalla que realmente definiría su destino.

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Coliseo Nocturno.

La batalla entre Mikoto y Kiyoku había comenzado, los ojos de los dioses y sobrenaturales reunidos contemplaban abrumados el poder de dos de los hijos de los gobernantes; porque incluso si la sangre de Amaterasu y Susano-o jamás se mezcló, su poder fue imbuido en los preciosos tesoros que heredaron de sus padres. El choque de sus armas, levantaba enormes oleadas de poder que eran contenidas por un escudo que Tsukuyomi levantó con sus propias manos, así como el sonido atronador de la tormenta se atenuaba un poco dentro de la pulida esfera.

El coliseo era un globo perfecto, cuyo núcleo era la arena de combate y toda la periferia estaba compuesta por la cantidad exacta de palcos que los sobrenaturales usaran, adaptándose instantáneamente al requerimiento de espacio de los seres venidos de todas las dimensiones reinantes. Por tal motivo, el coliseo alcanzó el máximo tamaño visto desde el momento de su creación.

En cada punto cardinal, los palcos dimensionales de los gobernantes ocupaban espacios privilegiados: En el norte, la luz del alba y señora de los cielos, Amaterasu estaba acompañada por sus hijas, Elfir y Shura. En el occidente estaba el gobernante de la luna con su parca expresión, tan hermoso como las joyas cristalinas más preciosas, acompañado por su esposa Satis y su hija menor, Terim. En el oriente reposaban el señor de las aguas y las tormentas, el gestor de la vida, Susano-o acompañado por su esposo Přistát, y cinco de sus hijos, pertenecientes a las 7 fortunas. Finalmente, en el palco del sur, normalmente ocupado por los pilares del inframundo, resaltaba la evidente ausencia de Derha y Ceret, lo cual era odioso a los ojos del padre de la hermosa señora del renacimiento, quien miraba con el ceño fruncido a Zarabin y a sus preciosas nietas. ¿Dónde estaba la tonta hija de Tsukuyomi?

El poder de Kiyoku, estaba fundado en las perlas del collar de cuentas que fue la base de su creación, 77 de las que fueron 100 piezas, en ese momento flotaban a su alrededor, como una extensión de él mismo, levitaban y atacaban a la voluntad de su patrono, como proyectiles vivos. Los ojos de los observadores estaban inquietos, pues las esferas podrían haberlos asesinado en los intercambios que ocupaban los combatientes, de no ser por la barrera del regente de la Luna. Los sobrenaturales se inquietaban porque pese a tan increíble poder, Mikoto era una digna rival, y aunque su tipo de arma pareciese en desventaja, la espada de la tormenta de su padre, tenía el filo suficiente para destruir las perlas si la oportunidad se daba. Además, la velocidad de la deidad de la tormenta, asemejaba a la fuente de su divinidad, la energía y la vivacidad del rayo, por lo que evadía los ataques de Kiyoku, acercándose para lanzarle una estocada en cada intento efectivo.

La lucha se tornaba cada vez más complicada para el señor de la obsidiana, que apenas y rozaba la piel de su hermana, causando apenas insignificantes cortes; mientras que la proximidad de Mikoto aquellas pocas veces que logró atravesar su defensa de proyectiles, le hizo cortes más profundos… y cuando pudo salvarse de sus ataques mortales, sacrificó piezas de su tesoro. La idea de que no pudiera mantenerse en pie el tiempo suficiente comenzaba a ser preocupante para él, mientras la desesperación comenzaba a derruir su concentración. —"Luzine, ¿cuánto más tardarás… idiota?"— pensó al observar un destello luminoso y en un milisegundo a Mikoto sobre él, se forzó a mover su cuerpo, evadiendo por muy poco el corte.

Kiyoku se alejó espantado de Mikoto. —Así que recibiste algunos beneficios… eres la niña predilecta después de todo.— dijo sintiendo algo arder en su mejilla, en ella un corte nacía tardíamente y la sangre dorada comenzaba a fluir en una línea hasta su barbilla.

—Solo se te dio la posibilidad de defender la poca dignidad que te queda— Mikoto no tardó en iniciar otro ataque; atravesando la defensa de su hermano con cortos viajes a través de la luz y entre las esferas mortales, como si danzara a cada paso de una forma tan sofisticada que embelesaba a quienes la miraban, y enorgullecía a sus hermanas.

Shura y Elfir disfrutaban cada corte que hería a Kiyoku, pero se preocupaban cuando las esferas rasguñaban la piel de Mikoto, un poco asustadas de la idea de un descuido. Elfir prácticamente estaba de pie con el puño levantado y voces de aliento para la tercera niña, como si no tuviera un cómodo trono para apostar su cuerpo plácidamente; Shura miraba con un poco de vergüenza ajena a su hermana menor, suspirando, porque ella nunca cambiaría, y aunque amaba sus efervescencias, se preocupaba un poco de que la segunda hija de la espada, no guardase la dignidad de la jerarquía que ocupaba. Aun así, su expresión pétrea no se debía a las acciones descuidadas de Elfir, Shura tenía un incómodo sentimiento de angustia que no se iba y que no comprendía completamente, el agua susurraba peligro.

En el campo de batalla, Kiyoku intentó convencer a su hermana una vez más. —Toma mi mano hermana, entra en razón.

—Ya no hay razones, Kiyoku, ni pensamientos… la sangre de nuestros hermanos clama a mí desde la tierra en la que vilmente los despedazaste.— Los ojos dorados se llenaron de truenos y poderosas centellas rodearon el cuerpo de Mikoto. —Vayamos en serio, hermano…— la figura luminosa se precipitó a través de las esferas, rompiendo 5 a su paso, por lo que Kiyoku interpuso una barrera negra como su don lo era; pese a todo, la espada cortó el mineral como si fuera mantequilla y la pierna fuerte de la pelinegra le destrozó la mandíbula, arrojándolo contra el escudo, que se fisuró ante el impacto.

Pese a la evidente diferencia de poder, Kiyoku odiaba pensar que Mikoto hubiese madurado tanto en tan pocos siglos y que su habilidad creciente echara a perder los planes que había elaborado cuidadosamente. Con el orgullo herido y la sangre escurriendo de su boca, se puso de pie. Pero una sonrisa sangrienta nació en el rostro de Kiyoku, ahora más que esperanzado al notar la ruptura silente de las dimensiones, tan sutil como la mano del dios que hizo tal cosa. Aquello le dio a saber, que pronto su venganza se completaría, pues la creación sería deshecha, empezando por la destrucción del inframundo y el ciclo de las reencarnaciones humanas. Finalmente, solo quedaría un espacio en blanco en el que nuevos mundos podrían ser creados.

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Los ojos dorados de la señora de la luz estaban puestos sobre la confrontación y escondiendo su profundo pesar. Incluso si amaba tan intensamente a sus hijos y desearía que las cosas fueran diferentes, tenía que mantener un semblante sereno y parco. En su alma la tensión crecía con cada choque y cada estocada, sabiendo que la intensión de Mikoto contenía venganza y que Kiyoku era demasiado insidioso para ser honesto sobre su palabrería, de no querer hacerle daño a su hermana; después de todo, mató a sus cuatro hermanos y casi erradicó a Shura y Elfir, así que un nudo crecía en su garganta. La diosa desvió la mirada por un momento y contempló al dios de los reflejos mientras este centraba toda su atención en el combate; Amaterasu pensó que él tuvo razón aquella vez, una sensatez envidiable que la llenaba de arrepentimientos.

Ella lo recordaba perfectamente, Tsukuyomi había votado en contra de la tarea designada a los ocho dioses de los tesoros, arguyendo que esto solo traería más complicaciones, por cuanto la intención de los grandes gobernantes podría ser tergiversada; de hecho alegó que era una tarea indigna de los 8 príncipes y tal vez habría reflexionado mejor en sus palabras, si la herida en su corazón no fuera tan reciente. Amaterasu odiaba que su advertencia contuviera tanta razón; pues sobreestimó a sus hijos por pura vanidad, creyó que ellos amarían a la humanidad con la misma intensidad que ella lo hacía, si ellos los veían como algo más que solo recipientes… sonrió amargamente, por la credulidad de su pensamiento, y aunque siete de ellos tuvieron tal corazón, bastó con que uno solo se desviara de su propósito.

Por su parte, Susano-o consideró que no les tomaría tanto tiempo, siendo sus hijos, poder no les faltaba; incluso él, un soberano, no comprendió el propósito de tales trabajos. Ir al mundo mortal no era una tarea que solo consistiera en erradicar a las criaturas, y fue algo que los niños entendieron poco a poco. Erradicar a los Orphans, requiere perfeccionar a la humanidad, acompañarlos y ayudar a crecer su espíritu. Del mismo modo que los sobrenaturales que vagan por los reinos se convirtieron en seres cercanos a los dioses, el propósito final, no era otra cosa que hacer a la humanidad mejor a través del esfuerzo y la constancia. Pero Kiyoku siempre pensó que este propósito era un castigo, por cuanto consideró que era una tarea no solo indigna, la creyó esclavizante e infinita. Kiyoku no tardó mucho en considerar que la corrupción del hombre era la que ocasionaba la descomposición del animus y de él, los Orphan surgían. La conclusión obvia para él, el primero de los cinco niños de las magatamas, fue juzgar que la humanidad debería perecer y ser creada nuevamente, con perfección.

Entonces los ojos de Tsukuyomi, que no deseó ver directamente, le devolvieron la mirada desde la distancia y fue objeto de la contemplación del soberano de la luna. Pero el ambiente se tornó extraño, cuando un sirviente se acercó a la diosa, se postró y con voz suave murmuró. —Oh preciada luz de los días, el primer pilar del inframundo ha solicitado una audiencia con su gracia.— Una suerte para Amaterasu, quien pudo fingir ignorancia acerca del cruce de miradas previo.

—"¿Derha? ¿Qué podría ser tan importante para que viniera hasta mi palco en un momento como este?"— La señora de la Luz asintió suavemente. —Déjala pasar.

El sirviente asintió y raudamente acudió a la entrada para permitirle el paso. Fuera cual fuera la circunstancia, Amaterasu adoraba las visitas de Derha, porque eran escasas, pero especiales de muchas formas; eran recuerdos atesorados y ahora que estaría en las dimensiones superiores, podría verla más a menudo, la había extrañado a tal punto, que se sintió como la locura en los años más recientes. La reina de todos se levantó de su trono y caminó al centro del salón, llamando la atención de sus hijas, Shura se emocionó al pensar que vería a Derha, alegre de que su castigo hubiera terminado y Elfir no estaba menos emocionada.

Así la vieron llegar, sorprendiéndose de verle con su aspecto masculino, como un claro vástago de su padre ataviado en atuendos celestes adornados con hilos de plata. —Grandísima soberana de los cielos, la saludo.— hizo una ceremoniosa reverencia. —Me disculpo por no haber venido antes, pero me ocupaba de asuntos de suma importancia, aun así, mi corazón quería verla desde el instante mismo de mi arribo.

—Es comprensible, querido cristal nocturno…— La sonrisa de Amaterasu se amplió y como era costumbre, abrió los brazos para recibir a la joven tras murmurar el significado de la palabra Derha, que era su nombre.

La apertura fue lo suficientemente tentadora para Belor, que sentía la presión insoportable del portador original del cuerpo intentando romper las ataduras de la prisión en la que fue sellada. Sabiendo que tal oportunidad no se presentaría de nuevo, se desplazó en el espacio a una velocidad imposible para las miradas confusas de las reunidas y en un pestañeo creó un filo con el que atravesó el cuerpo más próximo.

El cristal que componía un arma gélida capaz de congelar el fulgor del sol, al final, había atravesado a Tsukuyomi; quien usó los reflejos de las joyas en los atuendos de Amaterasu para emerger en el instante preciso, pues sus ojos plateados jamás apartaron de la diosa del sol, incluso cuando esta dejó de mirarlo, por tal motivo es que él pudo actuar a tiempo e interponerse entre ella y la estocada letal. Amaterasu vio las cosas con lentitud, como si los latidos acelerados de su corazón pudieran ralentizar el tiempo, incrédula de la traición de la más amada; La solaris, sabía que cualquiera que quisiera reinar las dimensiones, necesitaba la divinidad del sol, pues nada que pretenda vivir bajo la luz y alimentarse de sus rayos, podría existir en ausencia suya.

Ciertamente, matarla nunca fue su plan, tan solo contenerla y controlarla por completo.

—Derha— Murmuró la voz lastimera del gobernante de la Luna, mientras un hilo de sangre se deslizaba desde su boca y sus piernas fueron incapaces de sostenerle, con el arma empalando su carne tan peligrosamente cerca de su corazón. —Yo… solo, estaré… aquí, mi amada niña.— Había amor en las palabras del padre, incluso si la herida había venido de las manos de su adorada hija.

—Qué impertinente eres…— Dijo la persona que se veía como su hija, Derha, pero no podría ser ella. Después de todo, no diría palabras tan desagradables. —Siempre dispuesto a recibir las migajas de la diosa.— sonrió con crueldad. —Amarla tanto y que ella no creyera en ti, ¿no es eso lastimero?

Los ojos plateados de Tsukuyomi se abrieron sorprendidos, ni siquiera el dolor en su carne era tan desagradable como lo que esa persona mencionó. —No… no lo sabes todo.

—Sé más que tú, eso es seguro.— Frunció el ceño y ambiguamente habló. —¿Entonces es así como se veían en secreto?— Dedicó una mirada penetrante sobre la señora de la luz. —¿Madre?

—¿Qué dices?— Amaterasu casi ni pudo hablar, ¿había entendido bien? Derha le llamó, ¿madre?

—¿Vas a negarlo?— La decepción en el rostro de Derha era evidente y esto ciertamente nada tenía que ver con la posesión de Belor.

Shura y Elfir, incrédulas de los acontecimientos, atacaron a Derha antes de que tomaba otra oportunidad dadas las circunstancias de lo dos gobernantes; la espada infinita del agua y la lanza del cielo azul golpearon con sus filos el espacio hasta llegar al suelo en el que el primer pilar estuvo un instante atrás.

—No entiendo qué pasa…— se quejó Elfir. —¿Me perdí tanto para recordar que fuéramos enemigos del primer pilar?

—No éramos enemigos, hasta este instante.— La deidad del agua se lamentó de las circunstancias. —Declara un estado de emergencia, Derha debe ser capturada y debe ser manejada con extremo cuidado, su poder es inconmensurable…— ordenó Shura con una expresión sombría a uno de los sirvientes, quienes corrieron a sonar las alarmas, mientras otros acudían en auxilio del dios de la Luna.

—No son rivales para mí…— Se burló Derha, inicialmente, hasta que notó que sus ropas estaban destrozadas.

—¿Entonces enloqueciste?— gritó Elfir con los puños cerrados alrededor de la vara de su lustrosa arma, mirando a Derha, a quien le habían desgarrado la ropa a la altura del torso. —Puedes estar un poco enojada con nuestra madre, tu castigo ha sido largo… pero esto, realmente supera cualquier proporción, esto… ¡Esto es traición! Por no decir, difamación.

—Soy todo, menos un mentiroso…— Sonrió despectivamente. —Y ella tampoco lo ha negado.— Las manos de Derha temblaban, observando todo a su alrededor, las punzadas en su cabeza eran insoportables, el ojo izquierdo le torturaba y batallaba cada segundo para controlar su propio cuerpo, era agónica e interminable. Aun así, miró a la que a su madre. —Me viste a los ojos cada día y me ignoraste…— susurró con rencorosa voz, sin prestar atención a los jirones de su atuendo o la sangre que brotaba de ellos. —Yo… te amaba tanto, de una forma tan genuina y no significó nada para ti.

Aunque una tormenta de pensamientos pudo atacar, la señora del Sol simplemente sostuvo la figura herida de la Luna que comenzaba a cristalizarse alrededor del arma empalada en sus entrañas; la hoja era de un filo gélido creado con el único propósito de paralizar el fuego perenne en su interior, el caso de Tsukuyomi, literalmente lo estaba congelando poco a poco.

—Asu…— Dijo el dios del sueño con suave voz al estar entre sus brazos, con sus iris plateados, buscando la mirada dorada que anheló cada día, con un atisbo de tonta esperanza. —No te culpes, hicimos todo lo necesario para evitarlo y… fue suficiente.— dijo, refiriéndose al hecho de que aun si fue por un momento, Derha emergió a la Luz.

—No es… Derha, no del todo— Advirtió Shura, con el magma rojizo de su iris puesto sobre aquel nuevo enemigo y la espada firmemente sostenida. La joven del agua vio a través de los cortes en la ropa marcas de lo que parecía un sello verdaderamente oscuro, apenas un trazo azul a la altura de la barbilla impedía que las marcas negras invadieran su rostro y tomaran control por completo.

Entonces las esmeraldas se desvanecieron y los fractales volvieron dentro de sus iris, Belor recupero el control, molesto por siquiera permitir que aquellas armas indignas le hubieran rozado, cuestionándose la razón de tanta debilidad. Notó entonces que eran las emociones, aquellos secretos impulsos que salen a la luz, el canal por el que fue traído y por el cual podría ser subyugado nuevamente, tener la propiedad de tal cuerpo no sería sostenible en el tiempo. El amor y la decepción que le producía la mujer frente a sí, le impediría matarle, incluso sabe que no atacó un punto vital al tratarse de Tsukuyomi, el padre de la portadora y Derha movió el filo en el último segundo, aunque eso no impediría la congelación del corazón del señor de la Luna. Al menos se llevaría consigo el sufrimiento de la Reina de los cielos, con esta "pequeña" maldición.

Shura entendió que debían apresarla, si era posible, evitando herirla demasiado. —Atrápala— ordenó a Elfir, y se aproximaron de forma sincronizada, atacando cada una un flanco expuesto. La explosión resultante de la magnitud de su poder sacudió el coliseo por completo y una humareda se formó; sin embargo, una vez el aire se despejó, el cuerpo de Derha no tenía ni un solo rasguño nuevo, no era la monarca de Inframundo por nada.

Las deidades de la tormenta atacaron y fueron más peligrosas en cada embestida, el agua pudo llevarse los retazos de la ropa y sumergir a su oponente en una prisión de líquido azul que Shura maniobró para impedir el movimiento de su presa, mientras un número aún más grande de guerreros rodeó al señor del caos. Sin embargo, Belor, pudo meditar sobre el escenario que se cernía ante él; sentía una soga dolorosa en el cuello y el aroma de Ceret en la punta de su nariz; centró sus instintos, percibiendo como el espectro de la señora de la memoria le envolvía, desdibujando los trazos del ritual, agotando su esencia inmaterial en la tarea para deshacer la tarea de Luzine y Kiyoku; astutamente trazaba un sello dentro de otro, alterando el poder y la puerta que mantenía su esencia consciente en este plano divino, tarde comprendió que la chica prefería dar su existencia a cambio de la libertad del ser que era Derha, su amada esposa. La ira de Belor no pudo ser mayor, ser vencido por una niña, era indignante, incluso si fuera la sangre de Amaterasu.

Con los ojos cerrados, casi con una mueca de aburrimiento, los ojos de fractales se posaron sobre Elfir quien le miraba con contrariedad, no le atacó incluso cuando pudo aprovechar la prisión de agua de Shura, su debilidad evidente, era el afecto que dividía su voluntad. —¿Están siendo gentiles solo porque somos hermanas?

Shura y Elfir se miraron entre ellas, no fueron en serio y una parte de ellas temía que eso fuera un error, ¿estarían cometiendo el mismo error por segunda vez?

La incomodidad que tales palabras ocasionaron, solo divirtieron más a Belor, quien comprendió las limitaciones de su contrato, su existencia habitaba en la portadora original del cuerpo. Entiende ahora que Derha manifestó su poder incluso cuando no ocupaba ese cuerpo, es una puerta que existirá mientras Derha exista, entonces sus posibilidades son eternas, por cuanto esos gobernantes no son capaces de erradicar a su propia hija.

Los ojos dorados de Amaterasu se encogieron con la amplitud creciente de su pupila y sus labios temblaron abriéndose sin murmurar sonido alguno, con un temor naciendo, y una angustia tan grande. De todos los destinos posibles, ¿este resultó ser el definitivo?

—Veamos en que punto, se rompe la cuerda…— murmuró el destructor, antes de crear un vacío infinito alrededor de Elfir; se aseguró de que ninguna corriente o aire pudiera aproximarse, creado un vórtice de vacío arrebató de la diosa del aire, el aire mismo y por ello la castaña de mirada zafiro, cayó al suelo sufriendo una asfixia que venía de la ausencia de su propio don y con él un padecimiento innombrable.

Shura se apresuró a comprimir la celda de agua, usando toneladas de presión contra su enemigo, y cuando la carga de su ataque llegó, se sorprendió de encontrarse a sí misma dentro de su propia trampa de agua. Belor había extinguido y recreado su obra en apenas un pestañeo, sorprendida recibió el impacto de su propio poder, y aunque su orgullo la mantuvo en pie, un dolor más agudo la recorrió cuando el agua fue transmutada en diamante sólido.

La sonrisa victoriosa de Belor creció, al percibir el terror de los soldados que le apuntaban con pulso tembloroso, si Shura y Elfir habían recibido tal trato, evidentemente no eran rivales para un ser que contenía el poder de crear y destruir en su divinidad. Pese a todo, Rorik no dudó, llamó a su escuadrón y todos se abalanzaron al mismo tiempo con la esperanza de que al menos uno de ellos alcanzara al primigenio.

Más no se perdió una sola vida, por cuanto la luz de la Luna y el Sol, al unísono, destruyeron las extensiones interdimensionales que Belor formó, mucho antes de que se convirtieran en agujeros negros; y la mano zurda e implacable del sol estrujó su cuello, mientras las ataduras oníricas de Tsukuyomi inmovilizaban al dios maligno. Adormecido por la potestad del señor del sueño, Belor observó al padre de la portadora, sentado en el trono de la reina del sol, pese a la congelación del arma incrustada en su cuerpo y la sangre cristalizada en su pecho.

Entonces su rostro se reflejó en los iris dorados de Amaterasu, quien estrechó la garganta sin consideración, quemando cada trazo del conjuro en la piel blanca, haciéndole gritar de dolor.

—¿Qué pretendes mujer?— Gritó Belor comenzando a dudar sobre la sangre fría de la señora de los cielos.

La franja azul en la barbilla y mandíbula de Derha, sobrescribió cada dolorosa quemadura, eliminando por completo el control de Belor desde la punta de los pies hasta la nuca, dejándole a la merced de la diosa del sol. Amaterasu percibió la esencia de Ceret envolviendo y protegiendo a Derha cada segundo, incluso a costa de su propia existencia, por lo que supo que tendría que acabar con todo aquello pronto.

—Fuiste tú quien robó el cuerpo del primer pilar sin evaluar su madurez. Tu cuerpo original está hecho para fluir con la divinidad que te fue conferida y aunque este tenga tal potestad, su maestría es… impuber. Así que te pusiste a ti mismo dentro de un receptáculo y atrapaste tu esencia en un cuerpo que ha pasado siglos desfragmentado. De este modo no estás en condición de luchar contra mí y me diste el medio para asesinarte de una vez por todas.

Amaterasu alzó un poco más su mano izquierda, que presionaba incluso más el cuello de su enemigo, dejando que sus uñas se clavaran en la carne, la sangre dorada fluyera y el dolor atormentara a Belor. Jamás dejaría pasar esta oportunidad, inscribió maldiciones terribles sobre los iris de fractales, alcanzando al espectro de Belor directamente; lo sometió a una agonía innombrable y con ello el vacío alrededor de Elfir se extinguió como la fortaleza de su creador se evaporaba. La castaña de mirar zafiro cayó ahogada al suelo, mientras las guerreras de la sala corrían a auxiliarla y pese a la asfixia que sentía, se apresuró a ponerse de pie para ir a romper la prisión en la que Shura aún se mantenía. Ya un grupo alrededor del gran cubo de diamante usaban sus espadas y hasta los puños para romper el material. Elfir se concentró y levantando su lanza del cielo, empleó cortes de viento tan densos que pudo rasguñar la piedra y fisurarla, continuando su labor con persistencia.

Sin embargo, la prisión de Shura era tanto más complicada y esta no cambiaría en tanto Derha no volviera en sí para alterar la materia, o… muriera. El entendimiento llegó al rostro de la mujer, que observó a Belor con desdén, preparándose para hacerle algo incluso peor.

—Entonces si serías capaz de asesinar a tu propia hija…— Murmuró Belor aferrándose al cuerpo que le fue obsequiado y maldiciendo su imprudente actuar.

—No sé por qué lo dudas… Belor, Kiyoku morirá en breve y también es mi hijo— murmuró la deidad de cabellos negros con un rostro inexpresivo y frialdad en sus ojos dorados. La diosa recubrió sus dedos de un fulgor dorado de energía pura, que sin duda destruiría todo a su paso y se acercó peligrosamente a la altura del corazón, comenzando a cortar la piel con su sola proximidad. Incluso la flama azul de Ceret que se esmeraba por evitar el daño, era incapaz de extinguir el poder puro de la madre.

—No sobrevivirá si haces esto— Advirtió Belor, sabiendo que si ella se extingue, no encontrará otro modo de salir de su prisión otra vez.

—Y tú tampoco, si no vuelves a donde perteneces…

Pero no se iría tan fácilmente, el destructor quería dejar una huella indeleble en los tres gobernantes y una sospecha eterna, sería un poco de su venganza para el ser que lo aprisionó en ese oscuro lugar. —Soy una parte de ella, siempre… lo he sido. Me mirarás a los ojos sin saber, quién es quién, ni sabrás del momento de mi retorno.— Susurró antes de desaparecer de vuelta a su prisión y en ella los iris de fractales, contemplaron como la fisura se cerraba sin desaparecer por completo, y aunque un millar de sellos fueran puestos, los rompería, poco a poco.

En cuanto Amaterasu no sintió más la presencia de Belor, trazó junto a Tsukuyomi restricciones y sellos para reforzar la prisión del enemigo; y el cuerpo de Derha se desplomó en sus brazos. La diosa habría deseado dejarle descansar, pero el padecimiento de Shura y la protección de Ceret era peligrosa, así que libero la esencia de su hija y le envió de vuelta a su cuerpo con la custodia de su guardia personal. La diosa madre acarició la mejilla de su querido cristal nocturno, suplicando su despertar, y cuando los ojos esmeraldas la miraron de vuelta, las lágrimas de las dos cayeron libremente, aunque por razones distintas.

Derha se apresuró a apartarse de la diosa y se puso de pie, trastabillando torpemente con el malandar de un cervatillo recién nacido. Se acarició el cuello y sintió cada quemadura en su cuerpo, se vio a sí misma con la forma de un varón y tan fatigado, que fue incapaz de tornar su cuerpo a la forma que acostumbraba. Aun así, se apresuró a transmutar la prisión de diamante en agua para devolverle la libertad a Shura, con un esfuerzo que le hizo caer de rodillas y toser sangre.

Los seres que le rodeaban no sabían qué hacer, ¿es realmente Derha o se trata del enemigo engañándolos? Solo Amaterasu tenía la certeza e intentó ayudar al primer pilar.

—No… te acerques— Solicitó Derha ante la diosa del sol, quien detuvo su intención. —Si… vas a castigarme otra vez, puedo entender que sea así. Pero si pretendes consolarme, harías mayor bien en ayudar a mi padre, pues no tengo la fuerza para hacerlo por mi cuenta.

Amaterasu le hizo un ademán a Elfir y a Shura, sabiendo que Derha no despreciaría a sus hermanas, tan solo a la madre despreciable que se negó a serlo, en primer lugar. Volvió la vista sobre Tsukuyomi, quien estaba entrado en un sopor y corrió a su lado para auxiliarlo.

Elfir fue la primera en acudir junto a Derha proporcionándole su capa para cubrir con ello su pecho desnudo, algo que parecía traer pudor a la deidad del inframundo; luego Shura, a pesar de lo terrible que fue estar atrapada dentro de aquella joya inmensa, hizo fluir su elemento para sanar las quemaduras que Amaterasu le hizo a la joven. Era imposible para ella eliminar la marca de su madre, pero al menos pudo aliviar el ardor, ya que posiblemente esta tortura fue realizada para liberarlas.

—¿Qué te paso?— Preguntó Shura aún dubitativa, sin dejar de aliviar las marcas y heridas.

—Los esbirros de Kiyoku hicieron un ritual extraño en mi cuerpo. Perdí el control en el momento en que ellos lastimaron terriblemente a Ceret y yo…— Realmente no podía perdonarse por no poder protegerla, ni siquiera sabía qué le hizo Belor con su sangre o en qué estado estaba. Tenía que volver a su lado, pero incluso ahora sentía su cuerpo rígido, esto se sentía peor que la desfragmentación de los siglos pasados.

Amaterasu no se sintió más tranquila tras escuchar que Ceret podría haberse lastimado o algo incluso peor, por lo que ni siquiera tuvo que hacer voz sus palabras para que los soldados supieran qué hacer y con ello la niña de la memoria fuera traída ante su madre. La de ojos dorados miró a Tsukuyomi con el corazón en vilo, él aún no volvía del todo en sí y sus pálpitos apenas eran audibles, temía que el infame bastardo de Belor, hubiera hecho algo más que solo un simple ataque con hielo.

Los ojos azules de Elfir se abrieron al contemplar el estado de la contienda en el núcleo del coliseo y por casualidad vio las grandes grietas que se formaban en los cielos de las dimensiones. ¿Esa destrucción masiva del inframundo que se miraba a través de la grieta era real? —Esto es malo, muy malo… Shura, madre…— Señaló descortésmente con su mano y todas las miradas siguieron sus directrices.

—Belor ha entrado en este mundo a través de Derha y ya ha iniciado la extinción de las cosas, pese a su ausencia el vacío es algo que no se llena por sí solo, requiere nuestra intervención.— Informó Amaterasu mirando a Derha e indecisa entre hacer lo que debía o auxiliar a Tsukuyomi. Este parecía apenas poder mantenerse despierto por efecto del poder de Belor alterado por la divinidad de su hija. Pero eligió tomarse el tiempo de descongelar el filo para liberarlo, por lo que sus manos ardieron con flamas doradas, tan brillantes y hermosas, cuyo tibio calor comenzó a descongelar la crisálida gélida que pretendió ser una prisión eterna para la señora del sol.

Shura quería cuestionar las cosas, pero comprendía que no era el momento de interrogatorios, así que tenían que moverse rápido para evitar que las fisuras en las dimensiones causaran más daño. Pero el sonido de otro choque brutal resonó en el lugar, y todo cuanto Elfir pudo ver, es que Mikoto había sido vencida por Kiyoku… Los ejércitos del enemigo se avistaron a lo lejos, e incluso sus aliados en las graderías comenzaron a someter a las divinidades menores, dando principio a la rebelión de las espadas, como fue llamada la contienda tiempo después.

** Las ilustraciones son meramente una ayuda visual para el lector, sin ninguna intención de lucro, por lo que aclaro que la propiedad de las mismas no me pertenece.