De acuerdo a mi promesa, el otro cap. Cuéntenme sus opiniones, roban sonrisas en mi rostro porque las disfruto mucho.

Capítulo 63 ― Gracia Divina IV

La velada de la coronación de la familia Kruger avanzaba de acuerdo a lo planeado y Satis, quien miró con orgullo a Derha decidió obsequiar a la nueva imperatoria, una vista magnífica. —Luna mía— susurró en el oído de su esposo y Tsukuyomi se volvió a verla, entonces ella murmuró con una expresión cómplice. —¿No le darás a nuestra hija, algo para que nos recuerde durante su estancia en el mundo humano?

El dios albino entendió el deseo de su esposa, contento de saber que Satis amaba a Derha, casi como si fuera una hija de su propia sangre. Dichoso, levanto su mano y todas las cortinas se cerraron instantáneamente, dejando el lugar en sombras, por lo que se escuchó algún gritillo. Entonces el techo emuló el cielo de la dimensión que Tsukuyomi gobernaba, reluciendo con sus hermosas auroras boreales, dejando ver las variadas criaturas que habitan su mundo, hizo que las columnas rememorasen, los preciosos marfiles luminiscentes que eran frecuentes en las edificaciones lunares. Los candelabros fueron alterados por Satis para asemejar cometas capaces de viajar en los cielos e insertó las estrellas con exactitud y fidelidad a las que adornaban la noche en su morada.

Todos los presentes comprendieron que genuinamente estaban en presencia de los dioses y su fascinación alcanzo alturas sin parangón, en la contemplación de maravillas inimaginables.

—Pero que es la noche, sin el día… o la Luna, sin el Sol.— La voz de una dama que no era otra que la Gobernante de los cielos. Trajo luz a la oscuridad y el cielo que Tsukuyomi creó para su hija, pronto se despejó mostrando los gloriosos cielos del reino en el que Amaterasu habitaba. —Hagamos que este lugar, respete los ciclos del día y de la noche, para que mis nietas tengan buenos ciclos de sueño y grandes actividades de día. Mi hija verá el hogar que aguarda por ella con la luz del sol, y en la noche, rememorará a la dimensión de su padre como un dulce sueño.— La pelinegra de ojos hechos de oro líquido sonrió, anunciando su llegada con la apertura de las cortinas.

De nueva cuenta, Joseph Greer, quien… estaba al borde del colapso mental, incrédulo de ver a dioses que ya se asemejaban más a cuentos míticos, en persona, alzó la voz para ilustrar a los asistentes. —Presenten sus respetos a la gran Solaris, quien ilumina nuestros caminos con su calidez perenne. Ame no Amaterasu…— y continuó unos segundos más mencionando el resto de su larguísimo nombre. Una vez más, las reverencias no se hicieron esperar.

Sus ojos hechos de plata líquida, ni siquiera se inmutaron con la llegada de la señora de la Luz, a pesar de su radiante gracia y su resaltada belleza, con la tonalidad verdosa de sus atuendos, incluso aquellas joyas perfectas diseñadas para encajar perfectamente con ella no fueron suficientes para brillar. Sorprendentemente, aquellos iris dorados y la luz de este hermoso sol no entibió. Tsukuyomi sintió apenas un picor molesto en la herida que aún permanecía en su pecho, cubierta por las sedas de su atuendo, y le dirigió una fría mirada ausente de todo sentimiento previo.

La ausencia sin duda fue algo que hizo estremecer a la mujer de cabellos negros, pues por vez primera en milenios, la dulce noche no la miró con el anhelo que lo hace, quien reserva el amor más puro, en cambio, su desdén fue palpable y un frío indescriptible subió por su espalda.

Sin embargo, la presencia de una mujer de cabellos rojos que asemejaban el fuego y unos ojos azules como el inmenso mar, acompañada de su madre, Ateşi, quien era conocida como el dragón del fuego, atrajo por completo la mirada de la joven monarca, cuya nueva corona brillaba en su cabeza. Natsuki se levantó del trono ante la mirada extrañada de Shizuru quien apenas se percató de la diosa pelirroja que había sido protagonista de algunas de sus pesadillas, e irremediablemente frunció el ceño. La joven madre se contuvo, más que consciente de la delicada situación, con la presencia de los dioses mayores y sus acompañantes de alto rango, siquiera atreverse a insultar a esta mujer, podría traer desgracia para ella y para Windbloom.

—Ce… Ceret— Sus labios temblaron junto a su barbilla y sus ojos esmeralda se llenaron de todas las lágrimas contenidas, cuando sus desbordados sentimientos le obligaron a pestañear rápidamente para evitar el amenazante llanto. —Celebro tu despertar con enorme alegría.— Realizó una elegante reverencia.

La pelirroja, que sonrió comprensivamente, se aproximó mirando la tonalidad rojiza que adquirían los párpados inferiores de la pelinegra. —¿Entonces porque parece que vas a llorar en cualquier momento?— Susurró cerca del oído de la nueva monarca de Windbloom, antes de apartarse apenas un poco y acariciar la mejilla con genuina preocupación. —¿Por qué me miras así? ¿Tan desconsoladamente?

—Porque… te hicieron daño por mi culpa y yo no te protegí como debería.— Negó con la cabeza llena de verdadera amargura. —Pudiste morir.— Lágrimas silenciosas bajaron por las mejillas de Natsuki y Ceret no pudo más que abrazarla para susurrar que nada de aquello había sido su culpa y que todo estaba bien, agradecida con el hecho de que su madre no le hubiera permitido a los presentes, levantar sus cabezas del suelo, solo para darles espacio incluso en medio de una multitud.

Shura contempló el reencuentro de los amantes y las acciones de las partes, que se fundieron en un abrazo consolador. Como siempre, se mantenía junto a Shizuru casi como una sombra y la había escoltado desde el momento en que salió de su habitación. Observó cómo sus manos apretaban con formidable fuerza los reposabrazos del trono que aún ocupaba y aunque su rostro parecía sereno, estaba segura de que lanzó una mirada asesina sobre Ceret en la que fantaseó su muerte al menos mil veces.

Ceret limpió las lágrimas con ternura y le sonrió con amor a su esposa. —Verte es un regalo de los cielos para mis ojos.— Le murmuró alegremente. —Ven, es un día de celebración… porque al final, estás aquí en lugar de Belor.

—Tú mantuviste mi consciencia protegida…— Natsuki agradeció nuevamente y sostuvo la mano de la pelirroja entre las suyas. —Es extraño como… mi perspectiva cambió tan radicalmente, ante la idea… de perderte.— murmuró con vergüenza.

Aquello estaba siendo muy cercano a una declaración romántica, pero Ceret sabía que no era el lugar, ni el momento. —Luces verdaderamente bien esos atuendos, majestad…— Alzó un poco la voz, para que esta parte sí que fuera escuchada. —Felicidades.

La Kruger asintió agradecida por la consideración de Ceret en torno al papel que realizaba como Natsuki Kruger en el nuevo imperio de Windbloom y más importante aún, frente a Shizuru. Por lo que se apartaron con acciones más prudentes y conversaciones más comunes, si es que hablar sobre el estado del inframundo pudiera considerarse trivial.

Ante tales circunstancias, la suspicaz mirada ígnea de Shura se posó sobre aquellos pilares y dedujo que ciertamente Natsuki no le había informado a la castaña de su matrimonio con Ceret. Consideró que teniendo en cuenta las diferenciadas tradiciones que se ocupan en las otras dimensiones esto podría ser un gran problema para el pensamiento de la joven castaña, quien se reservaba solo para su esposa en la relación monogámica que era frecuente en la sociedad aristocrática de Windbloom. En verdad empatizaba con ella, pues no se veía a sí misma teniendo múltiples amantes, pero tampoco tenía nada en contra, pues en los reinos superiores los matrimonios múltiples eran relativamente comunes, si no contaba con las ramas superiores, donde los compromisos arreglados eran comunes. Aun así, Shura se condolió y buscó apartar su mirada de situaciones incómodas, rogando porque a su hermana no se le ocurriera dar beso a su esposa, en presencia de la joven. Una cosa así, incluso podría adelantar el parto que ya sería pronto.

—Shizuru…— Susurró su nombre para atraer su atención. —Quería presentarte a mi madre, la diosa del Sol.— Con un ademán, señaló con su palma a Amaterasu, quien se acercaba al trono con la intención de saludar.

—Shura, mi niña— Dijo alegremente, envolviendo en un abrazo a la aparentemente inexpresiva niña del agua.

La pelinegra se sonrojó violentamente por el apelativo de niña, pero no hizo otra cosa que abrazar a su madre. —Saludos, madre. Esta es Shizuru D'Kruger, la esposa de Derha… digo, de Natsuki Kruger.

—Es un placer verte, querida.— La pelinegra de ojos dorados, sonrió amablemente. —Me encanta verte de nuevo.

Shizuru quien se vio forzada a prestar atención de Amaterasu, la observó con detenimiento y entonces recordó aquel sueño en el que vaticinó la muerte de los 4 baluartes de Windbloom, Arika, Nina, Natsuki y Mikoto. Las dos primeras murieron y Natsuki no era la misma, sin mencionar que Mikoto, ella podría estarlo igualmente. La castaña bajó la mirada sobre el brazalete que Amaterasu le obsequió en su sueño, aquel que contenía la armadura de una diosa, la Zarabin que su esposa anhelaba, el ser por el que todos querían algo de ella. —Me pareció verla en un sueño… diría que fue una pesadilla, pero las pesadillas no se hacen realidad, ¿verdad?

—El día que me viste en tus sueños tan solo te hice una advertencia. Pero esa potestad es algo inherente a ti, pues una parte de tu ser es una diosa que establece el destino de los seres. Claro que puedes vislumbrar las posibilidades infinitas que existen y sí que pueden hacerse realidad.— musitó aquello mirando atentamente las reacciones de Shizuru, quien parecía asimilar poco a poco su particular condición. —Celebro que al final hiciste caso de mí y has logrado que la esencia de mi Natsuki fuera incapaz de renunciar a ti, lo cual pudo pasar gracias a la decisión que tomaste para enfrentar las circunstancias, pues si te quedabas en Tsu tras la visita de Sherezade, sus posibilidades no eran gentiles— Sonrió suavemente y se aproximó para advertirle una vez más. —Al final tienes a mi hija ante ti, sana y salva… cuida de ella y no la pierdas nuevamente.— susurró Amaterasu reflexivamente mirando de soslayo a Derha, pues comprendía incluso más que cualquiera lo que significa perderla.

—Eso no pasará, te lo aseguro.

La reina de los cielos levantó los hombros con una mirada fría. —Yo creía lo mismo.— Dijo más para sí. —Solo quería esclarecer algo importante. Por muy terrible que pareciera en ese momento… te aseguro que no perdiste. También te protege uno de los cuatro baluartes de los que presagiaste una muerte inevitable, cuando los estados transmutables no son, en sí, la muerte. Esas doncellas que tanto apreciaste, solo volvieron a su estado perfecto…— Señaló a Shura, para hacer notar que era una de esas almas destinadas a la tragedia, cuando en verdad, fue su estado divino el que fue restaurado. —De otro modo, por qué creerías que una diosa que es venerada por millones de seres sobrenaturales, estaría cuidándote, ¿si no es por su propio deseo? Shura te valora con el afecto de alguien que ciertamente te acompaño en los peores momentos.

—Madre, ¿qué dices? Yo respeto profundamente a la esposa de mi hermana.

—Cariño, jamás dije que tu afecto por ella fuese romántico. Tú eres protectora con ella, porque tienes un afecto fraternal. Pero no te preocupes, ya pronto Ceret retornará lo que te pertenece.

—Lo agradezco, madre.— Shura reverenció a Amaterasu, sin entender de que hablaban estas mujeres. Sabía que Shizuru era un fragmento de la esencia primordial de Zarabin y que tuviera algo de su clarividencia, no sería extraño. Después de todo, D'Kruger tiene en su interior la cura que es necesaria para restaurar a la diosa del renacimiento, sin embargo, ¿su madre insinuaba que se habían conocido antes? No era tan cercana a Zarabin… entonces, ¿era próxima a Shizuru?

—Entonces… usted sugiere que ella es…— La voz de Shizuru tembló y entonces miró a su custodia con una mirada renovada, llena de afecto y lágrimas. —¿Nina?— Su voz ni siquiera pudo ser audible, en realidad Amaterasu entendió lo que quería decir, simplemente porque leyó sus labios y simplemente asintió. —¿Puedo abrazarte?— Esta vez, Shizuru le transmitió su inquietud a Shura, quien… confundida simplemente abrió los brazos para recibirla.

La castaña se aferró a la joven diosa del agua con fuerza. —Cumpliste tu promesa, gracias por eso… gracias por todo. No sabes lo mucho que te he extrañado, incluso si no lo sabes por ahora. Yo te quiero tanto.— Susurró mientras el llanto humedecía la ropa de Shura, quien acariciaba su espalda gentilmente.

—Yo también te quiero Shizuru. Este tiempo a tu lado ha sido grato y cuidarte se sintió como algo natural y familiar.

El carraspeo del clérigo, que ya no soportaba tan tortuosa postura, trajo la atención de los dioses sobre los mortales cuyos cuerpos postrados no toleraban nada más. —Levántense por favor…— Concedió la Diosa solar que sin duda disfrutó de ver el gesto afectuoso frente a ella.

Joseph se levantó inconforme con aquel exagerado sometimiento, por lo que sus ojos no escondieron el desagrado y sus pensamientos, infames, despreciaron a Amaterasu por ocasionar todo este revuelo. Entonces una presencia imponente se hizo tangible a los sentidos del viejo sacerdote, quien consideró que la temperatura bajó bastantes grados.

Incluso si no se llevaba bien con su madre, en verdad… no permitiría que nadie le faltara al respeto. —No crea que desconozco sus crueles pensamientos, señor Greer. El primer pilar ha mirado a través de sus ojos la putrefacción de su ser. Cuando vaya al Ishtagan, le tendré reservada una fosa especial… si es que no perfecciona su alma hasta entonces.— Le advirtió Natsuki, mostrándole el fuego argento de sus ojos, una característica reservada al monarca del inframundo, que Joseph conocía por los textos antiguos. —Por cierto, asegúrese de que todos sepan que la semilla en el vientre de mi esposa fue engendrada por mí. Como dios no tengo las limitaciones que su precaria mente y cuerpo poseen.— Una sonrisa mordaz le fue lanzada al hombre.

Un temblor terrorífico, además de sudor frío, acaecieron sobre el infausto mortal, que jamás podría olvidar tal mirada puesta sobre él. Se inclinó y agradeció a la deidad, que aun con su desprecio, le había murmurado una salida a su futuro tormento, por lo que comprendió que si no era un hombre recto, virtuoso y gentil, El primer pilar del inframundo, vendría en persona para torturarlo el día de su muerte.

Olvidándose de las banalidades y el clérigo despreciable, Natsuki observó a Shizuru, quien sollozaba profusamente en los brazos de su hermana, sintió pánico y estuvo dispuesta a correr a su lado. Pero la negativa en el rostro de Shura le advirtió no acercarse, pues los ánimos de la castaña que protegía, eran todo, menos apacibles. Sin comprender que pasaba, miro a Shura y con una mueca de duda, levantó los hombros intentando saber, pero otra negativa le fue devuelta y debió mantener las distancias con cierta incertidumbre.

Ateşi no tardó en romper la atmósfera, pues a ella todo lo demás le llenaba de sopor. —¿Por qué no danzamos? Francamente, es una reunión un poco aburrida…— Sin mencionar que quería restregarle en la cara a Tsukuyomi, que cierta Solaris estaba con ella, por lo que tendió su mano a Amaterasu y la reverenció gallardamente.

—Me encantaría Ateşi— Aceptó Amaterasu. —Si nos disculpan, creo que es momento de iniciar la celebración… ya hablaremos luego Shizuru.

Las miradas se posaron sobre la pelirroja cuyos cabellos destellaban brillos llameantes y la Gobernante Solar, quienes para sorpresa de todos, se elevaron dando elegantes pasos al menos a un metro del nivel del suelo poco antes de bailar. En el techo, que ahora reflejaba la realidad del paso del día a la noche, el crepúsculo tuvo lugar llenando el espacio de aquellos preciosos tonos anaranjados y rojizos dignos de la más bella puesta del sol, cuando las notas y la danza finalmente tuvieron lugar.

—¿Te gustaría seguirlas?— Esta vez fue Ceret quien le preguntó al primer pilar, sosteniendo la manga de la cazadora de la imperatoria con mirada expectante. —No lo hacemos, hace siglos…

—Será un honor— Respondió Natsuki, volviendo a su forma divina cuando sus cabellos brillaron con luz propia, sus ojos emanaron flamas argentas, y su ropa resplandeció con un efecto semejante al que Tsukuyomi ocupaba. La mano le fue tendida a Ceret, quien la tomó felizmente.

—Querida luna, no nos quedemos atrás…— musitó Satis, tomando la mano de su esposo y haciendo que la siguiera en la danza. —Enseñemos a nuestra hija como se hace— bromeó y evidentemente recibió una aceptación.

Los dioses, cuyas danzas eran igualmente sobrenaturales, comenzaron a moverse al compás de la melodía, cuando sus pasos dejaron de ser sobre el suelo, como si la gravedad fuera una ley inexistente para ellos. Amaterasu y Ateşi, cuyos danzantes giros se mostraban magnéticos e irradiaban ondas cálidas, hasta hacerse chispas ardientes de color rojizo por cada paso que daban. Tsukuyomi y Satis, destellaban brillos blancos y dorados. Los mortales, que no habían visto nada igual, se apresuraron a formar una rotonda cuyo centro vacío, podría darles seguridad y una vista mejor del evento histórico. El clérigo se apartó incluso un poco más, pues entendía que los dioses se contenían, pero bastaría un pequeño error para morir carbonizados. Sin embargo, eso no hacía que la vista fuera menos cautivadora.

Ceret y Derha siguieron el ejemplo de sus mayores, se desplazaron con suaves pasos, la mano del segundo pilar acarició el rostro amado, las manos de la pelinegra giraron su cuerpo posándose a la espalda para guiarla con pasos coordinados, las dos ascendieron ingrávidamente. Sus movimientos eran tan hermosos que parecían un sueño, sus estelas de luz eran de tonalidades azules, como si cada paso moviera ondas de luz celestina en un lago sereno y oculto a primera vista. Esa era la influencia de las divinidades sobre la energía primordial de todo lo que existe y el animus resonaba con sus elegantes movimientos, con su solo contacto. La coreografía era sin duda impresionante, los giros y las acrobacias que se ejecutaban magistralmente, los pasos cuyas piernas se cruzaban y la forma en la que sus manos se encontraban tan familiarmente, las miradas cómplices normalmente ocupadas por los amantes.

Shizuru sintió por primera vez las verdaderas limitaciones de su ser, pues tal y como dijo Natsuki en su habitación horas atrás, los dioses son inmensos y la humanidad tan solo compone pequeñas gotas, así de pequeña y olvidada se sintió, incluso si reposaba en el trono del nuevo imperio. "Yo desearía que me amaras por lo que soy aquí y ahora…" era una linda mentira, pensó Shizuru recordando aquella voz suplicante en su habitación, cuando sus ojos miraban a su esposa destilar intenciones con alguien más y en sus narices. Negó con ironía, observando aquella danza magnética llena de anhelos que no escondían ese algo, que era más que una simple amistad.

A ella no le importaba ser una simple mujer en una cabaña junto a una zona de cultivo o una soberana de toda la tierra de su nación. Todo lo que quería era una vida llena de amor en el lazo de su familia, sus hijas y su esposa, pero Natsuki era realmente ajena a ella en todo aspecto y tal admisión hizo que el mundo diera vueltas. Odió que la afinidad que poseía Ceret con su esposa fuera tan evidente; observó el beso que la mujer pelirroja le dio a la mano enguantada en medio del baile, sumado a la forma en la que se presionó contra el pecho cuya cazadora adornaba un lobo, antes de ser sostenida por los fuertes brazos, mientras su cuerpo se sostenía en un arco precioso. La estremeció por dentro y no pudo evitar pensar, si realmente Natsuki Kruger era para ella o su encuentro y situaciones posteriores fueron solamente circunstanciales, un juego divino. Tal vez, la Natsuki que amó, realmente no existía más… la duda y el agobio la hicieron respirar con dificultad, hasta casi sentirse enferma, una situación que su escolta notó inmediatamente y se aproximó para preguntar sobre su estado.

Shizuru negó con la cabeza y simplemente susurró. —¿Podríamos ir al jardín o a cualquier lugar que esté un poco más despejado? No me siento bien.

—Te llevaré a cualquier lugar que desees— Shura levantó a la reina en sus brazos y viajó a través de la luz, tan rápido, pero tan tranquilamente que Shizuru se sorprendió de la habilidad de la dama del agua, casi fue como existir en un espacio diferente, en apenas un pestañeo.

Ante ellas, el paisaje precioso de este paraje hermosamente cuidado por un esforzado grupo de jardineros, lucía espléndido a la vista y las fuentes bellamente dispuestas, susurraban con chorros de agua, elevándose y cayendo nuevamente, en un flujo que parecía perenne. Aquellos sonidos naturales fueron realmente relajantes para la agobiada madre y su silenciosa custodia.

—Gracias, por traerme— La aludida sonrió y miró el cielo despejado, las flores que perfumaban el aire y la fuente. —Siempre confías, me ayudas, incluso sin cuestionar la razón.

—Confío y entiendo que la situación actual es complicada, si puedo hacer que sea más llevadero para ti, entonces me doy por bien servida— Depositó gentilmente a la castaña en un templete cuyos asientos estaban abastecidos de numerosos cojines, para que nada lastimara su cuerpo.

—Y yo no puedo agradecer lo suficiente.

Las dos se sonrieron, disfrutando de la compañía de la otra. Se deleitaron de la paz que aquel bello lugar podía ofrecer, Shizuru intentando desprenderse de la ira y los celos que la embargaban, pues de solo pensar en la forma en la que Natsuki y esa mujer se miraban, quería destrozarlo todo. Así pasaron largos momentos de silencio y con ello la noche tomó posesión de los cielos, iluminándose con el firmamento y la hermosa luna. La emperatriz contempló aquella especie de farolas que brillaron ante la presencia de la noche, cuando en el pasado solían ser antorchas, y supuso que esto, fue idea de Natsuki en su nuevo menester como diosa creadora. Pero no quería pensar en ella ahora mismo… así que observó a Shura, quien se preocupaba por la temperatura. —Shizuru, el aire comienza a enfriar. ¿Estarías de acuerdo en ir a tu habitación?

La castaña negó, retiró la corona de su cabeza y no pudo evitar soltar un reproche. —No quiero verla… es como vivir con una extraña.— Admitió con desesperación.

—Empatizo contigo, pero también entiendo a esa persona.— Shura se refirió a su hermana. —Me envenena el anhelo de algo que no puedo poseer y soy una extraña en este mundo, que siento tan familiar.— La de ojos magma observó a la castaña que aún se apoyaba en su hombro, manteniéndola apartada del mundo terreno con este pequeño cobijo. —Esta horrible sensación de no pertenecer a ningún lugar, como si fuera la pieza sobrante de un extraño rompecabezas. ¿No crees que ella se siente igual?

—¿Tal vez? Solo sé que… no sé quién es y cuando parece que por fin puedo encontrar el camino, cuando nos acercamos… entonces actúa de una forma tan irreverente y absurda.— Añoraba a la Natsuki que fue esta mañana. Luego despreció a la mujer que usaba la corona. —¿Realmente piensa que soy tan tonta para no saber que esa mujer es totalmente su tipo? A fin de cuentas… la última vez me fue infiel, lo hizo con otra pelirroja de cascos ligeros, si ahora parece más como un can en celo.

—Vaya, sí que es una historia complicada.— Shura sintió pena, pues ignoraba estos eventos. Ella conocía a Derha y sabía su desliz con Zarabin, cuando la agraviada resultaba ser Ceret. Era difícil creer que ahora los papeles se hubieran invertido. Entonces centro su atención en lo importante, pues miraba en los ojos rojizos de su interlocutora, la búsqueda de su opinión. —Temo que has perdido la confianza en Natsuki.— Reflexionó que realmente podría ser inconcebible que Shizuru permaneciera junto a su hermana después de eso, pero también comprendía que la posición de las mujeres consortes es mucho más complicada que las de los hombres en la aristocracia y Natsuki, aun siendo mujer, tenía tales derechos por pertenecer a la familia real. —Puede que te parezca extraña ahora mismo, pero podría ser que simplemente no estás lista para darle un perdón genuino y tal vez, ni siquiera sientes que lo merezca. La razón puede hablar y los pactos hacerse como acuerdos de comercio, cuando lo que se intercambia es el amor que sientes.— Postuló sus ideas. —En tal caso… ¿Te quedas porque has sido forzada a ello?— Cuestionó con genuina curiosidad, indignada ante la posibilidad de que Shizuru no hiciera esto por su voluntad.

La castaña negó con la cabeza. —Ella confesó su debilidad…— Sus labios temblaron y sus ojos se cristalizaron en lágrimas. —Pero yo le di mi perdón a cambio de la vida de mi padre. Él vive, en la mazmorra, ahora mismo. Y soy yo quien no parece ser capaz de sostener su palabra.

—Casi olvidaba, la historia de ese hombre.— Intentó no sonar demasiado cruel, porque ni siquiera lo conocía, pero vaya que le parecía despreciable.

Shizuru presionó los dedos sobre la joya que la corona era, pero aquel elemento de una dimensión superior no podría ceder ante las frágiles manos de una mujer a punto de dar a luz. —Le pedí la cosa más dolorosa y egoísta que se me ocurrió, porque estaba cegada por la ira y el dolor… casi es tan difícil creer que la persona que me mostró el significado de amar, me traicionara así.— Admitió para sí, que esa herida todavía estaba abierta, porque ahora sentía tan imposible confiar. —Je, y ahora podría pedir que perdonara su vida permanentemente, en vista de que pasaremos el resto de nuestras vidas compartiendo la cama con sinuosas mujeres de ciertas características, que agradan tanto a su maravillosa imperatoria.

—Entonces no perdones, me parece que pediste algo debido a las circunstancias y por la responsabilidad de las acciones de tu padre. Es su culpa haber actuado de forma tan dolosa, pero no eres quien deba asumir tales cargas a cambio de un precio imposible de pagar.— Shura miró directamente a los ojos a Shizuru. —No te permitas atormentarte a ti misma, si es que piensas que no podrás tolerar estas circunstancias.

—Insinuás que finalice mi relación con… Natsuki.

—Insinuó que si no puedes recuperar la confianza en ella o si consideras que ella es indigna de la misma, entonces están destinadas a fracasar. Y por las niñas, harían bien en preservar al menos una relación cordial.

Shizuru asintió y observó a la mujer frente a ella, sabiendo que era su querida Nina, incluso si ella misma no lo recordara. Tan solo pudo condolerse de Erstin, de quien se rumoreaba, había iniciado una relación clandestina con la joven Litters y tal vez, este sería un buen camino por seguir… si es que los dioses volvieran pronto al lugar al que pertenecen. —Shura, la presencia de todos los dioses en el mundo, es inusual… no había ocurrido nada semejante en la historia, o jamás fue mencionado. ¿Hay alguna razón para ello?

—Tú y mis queridas sobrinas, son la razón.— Sonrió al mencionar a las pequeñas que esperaba ver prontamente. —Evitamos alterar las condiciones de este mundo durante mucho tiempo. Incluso ahora, restringimos enormemente nuestro poder, desvelando apenas una minúscula parte de él. Pero ahora dos deidades de linaje real nacerán en este mundo, así que… — señaló el vientre de Shizuru dando a entender lo evidente. —... cualquier cuidado es pequeño— Aunque se abstuvo de mencionar el riesgo inherente a los aliados secretos de Kiyoku y las Orphans antiguos que salieron de las magatamas en la noche oscura.

—¿Tiene sentido temer, que… mis hijas serán arrebatadas de mis brazos al nacer?— Shizuru desveló su mayor temor, desde el momento en que sintió tal cantidad de dioses interesarse en la vida de los mortales, a quienes muchos juzgaran al nivel de las hormigas. —Porque parece ser… que ellas no son de este mundo.— El miedo que la joven de Tsu había estado escondiendo en la falsa serenidad, colapsó como la represa que reservaba a sus emociones y entonces los brazos de Shura la abrigaron como cada vez que la desesperación acudió a ella.

—Ellas son de ti, tanto como tú eres lo que eres… incluso si el amor ha muerto como lo hizo el cuerpo mortal de Natsuki Kruger, aun entonces yo haré que tu derecho sea respetado.— Shura miró con afecto a la joven y la consoló, limpiando el llanto en sus mejillas mientras retiraba los cabellos revoltosos que habían escapado del agarre de la moña. —Nadie, tomará a las niñas mientras exista aliento en mi ser.

Una tercera persona aclaró su garganta fuera del templete y Shura palideció al notar que se trataba de Derha, quien seguramente pudo escuchar todo aquello. La joven del agua realmente pudo notar el enfado de la mayor por cuanto sus puños estaban cerrados y su rostro aparentemente tranquilo delataba tensión a la altura de la mandíbula. —¿Se encuentra bien la emperatriz?— Preguntó con genuina duda, tomando todo su autocontrol, y omitiendo voluntariamente el hecho de que Shizuru estaba siendo más honesta con Shura que con ella.

—Perfectamente— Respondió la castaña con un tono lloroso y molesto, todavía aferrándose a Shura… quien realmente estaba considerando en cambiar de elemento para conseguir que la tierra se la tragara.

—Comprendo.— Aceptó con un poco de resignación, dispuesta a darle su espacio. Sin embargo, no pudo solo dejarlo pasar y volvió sobre sus pasos. —Yo… yo jamás haría tal cosa, Shizuru. No soy el ser monstruoso que crees que soy— expuso firmemente a pesar de su semblante triste. —Puedo tolerar que dudes de mis sentimientos, pues a fin de cuentas soy una extraña para ti. Pero nuestras hijas son algo sagrado y no les haría una cosa tan terrible… incluso si alguno de los tres gobernantes lo pidiera. Entiende que estamos aquí para protegerlas.— Recalcó con el ceño fruncido.

Antes de que una discusión llena de reproches ocurriera, un objeto fue arrojado en dirección de Shura, quien atrapó un vial de cristal en su mano por puro reflejo. Los iris magma observaron a Ceret sin comprender el motivo de su aparición, que solo complicaría las cosas.

—Pensar que un pequeño vial podría ser tan valioso— musitó la pelirroja levantando en su mano otro recipiente pequeño y atesorado, que miró con ojos afectuosos. Igual que el vial en las manos de Shura, el que sostenía en su mano Ceret, estaba lleno de tonalidades que fluían en su interior sin mezclarse, matices de colores que representaban los sueños, las fantasías y las realidades de los preciados recuerdos de una persona.

—¿Esto es lo que creo que es?— Cuestionó la dama del agua con suspicacia, ¿realmente le retornaría sus recuerdos tan fácilmente? Había pensado que tendría que darle algo a cambio. —¿Me lo vas a dar sin más, Ceri?— Shura notó que el tercer pilar aún tenía un aspecto pálido y enfermizo, por lo que intuyó que su recuperación era apenas reciente y condensar sus recuerdos debió ser algo difícil. —¿Estás bien?

—Esto no es nada.— Negó suavemente. —Solo quiero que comprendas que estaba prohibido, que lo hice por esa razón…— Dijo Ceret con voz suave. —Llevar mortalidad al plano superior va contra la ley.

Si es que lo mencionaba tan casualmente, Shura entendió que genuinamente había tenido una vida mortal durante el tiempo en el que su tesoro fue desprendido de su ser divino. —Entonces, ¿por qué me darías esto de vuelta si va contra las reglas? Tú que adoras cumplirlas al pie de la letra.

—Sus voluntades se hicieron flexibles después de la revuelta— Ceret insinuó que esto se debía a los gobernantes más que a su propia voluntad, porque en sus ojos azules realmente lamentaba la mala suerte de Shura y la flaqueza de esa jovencita de la familia Ho, que lamentablemente… le rompería el corazón. —Pero no se puede evitar ahora— Dijo por lo bajo. —Puedes beber de él y lo tendrás todo de vuelta, pero deberías reflexionar sobre eso, hermana. ¿Podrías considerar no hacerlo? Vas a sufrir, mucho.

La pelinegra suspiró largamente observando los preciosos fractales que se formaban dentro del recipiente. —Pero no sé vivir con la zozobra, Ceri.— y no pasó demasiado tiempo, cuando el líquido bajó por su garganta. La experiencia fue sin duda abrumadora, cada memoria tan vivida que Shura no pudo distinguir en que punto era una memoria o volver a vivir la vida en un parpadeo, pero nada importó más para ella que salir corriendo de ese lugar, en busca de lo que más atesoraba.

—¡Shura!— La llamó Shizuru, más que preocupada por notar que su querida guardiana se notaba bastante alterada y se marchaba sin decir una palabra.

—Déjala— musitó Ceret cruzándose de brazos. —No hay nada que puedas hacer, la asimilación es una experiencia realmente difícil de afrontar. Va en busca de lo que consideró más importante en su vida humana.

—Erstin… Ho— Musitó Natsuki con voz baja, sin siquiera ser escuchada.

—Lo dice alguien a quien ni siquiera parecen importarle los sentimientos de sus hermanas.— Shizuru no escondió ni un poco el reproche en su voz.

—Me importan los sentimientos de mis hermanas, los tuyos… no demasiado.— La mirada marina de Ceret se afiló un poco y su postura se tornó ligeramente amenazante. —Querida, si yo fuera tú, no molestaría demasiado a la dueña de las memorias de Natsuki Kruger.— Le mostró el vial que sus estilizados dedos sostenían.

La mirada en los iris rojizos tembló y la confianza de Shizuru se desvaneció por un segundo, cuando Ceret arrojó el recipiente al aire y luego fingió casi dejarlo caer, aunque al final lo atrapó sin dificultad.

—Eres así de infantil…— se quejó Shizuru, recuperando el aliento al ver intacto el recipiente.

La deidad disfrutó un poco de ver la angustia en la mirada de Shizuru, como una pequeña venganza. Luego sintió la textura del cristal en su mano. —Pensar que todo lo que amas, parece estar atrapado en este pequeño objeto.— Miró contemplativamente el vial, considerando la terquedad de la mujer, que había encontrado el modo de rechazar a la persona que decía amar más que a nada en el mundo. Tal vez Shizuru tenía más de Zarabin en ella de lo que pensó inicialmente.

—No bromees más con eso, Ceri.— Le advirtió serenamente la pelinegra para que no continuara intentando. —Siempre actúan como si yo no estuviera presente.— Se cruzó de brazos molesta.

—Realmente no me dejas divertirme ni un poco— se quejó la pelirroja con una sonrisa juguetona sin dejar de mirar a Shizuru. —Aunque, tú no eres ella, de modo que seré más gentil contigo— musitó refiriéndose a Zarabin y levantando los hombros con desinterés.

—No es bueno para su salud, además… no es que pueda saber que siempre puedes reconstruirlo, incluso si se destruye cada partícula del vial.— Explicó Natsuki para intentar tranquilizar a la joven madre, pero fue ignorada completamente. Shizuru entrecerró los ojos mirando con desconfianza a la mujer y aunque sintió un poco de frío, se negó a usar la prenda que la madre de sus hijas quiso ofrecerle caballerosamente.

Ceret observo la terquedad de Shizuru, que ciertamente coincidía con su contraparte divina, tensó la mandíbula. Miró con cierta decepción a la castaña, comprendiendo que, al final de todo, lo que esta joven amaba estaba arraigado al pasado y no al ser que tenía frente a sí. —Te lo entrego a ti, Shizuru D'Kruger…— le tendió el vial.

Esto sorprendió incluso a Natsuki quien dudó por un momento de sus intenciones, sin embargo, fiel a su palabra, Ceret le entregó el cristal que contenía las memorias de la vida mortal de Natsuki Kruger. —He comprendido que a ti no te interesa Derha, por lo que es… labrarás un camino plagado de espinas, por propia voluntad.

Shizuru quien estaba feliz de tener el vial en sus manos y lo atesoró en su pecho, miró confundida a Ceret. —¿Qué dices?— En sus propios pensamientos, la hija de Mizue, consideró que esto realmente lo resolverá todo.

Ceret insistió en lo peligroso del deseo que la joven delataba en su faz. —Digo que no puedes vivir sin el pasado, pero nada vuelve a ser de la misma forma, por más que así lo quieras. Entonces te aconsejo que no desperdicies el presente, porque es un regalo.— Ceret miró intensamente a Shizuru, con el interés real de que pudiera disfrutar de los esfuerzos que Derha había obtenido para las dos. Luego contempló la expresión temblorosa en aquel precioso monarca cristalino al que amaba tanto y tan intensamente; disfrutó de aquel rostro apolíneo adornado por aquellos ojos esmeraldas, que la miraban sorprendidos. —Esta es la mayor muestra de mi amor por ti, Derha— musitó en un idioma que Shizuru desconocía.

En respuesta, Natsuki reverenció Ceret hasta tocar el suelo con su frente y aunque la pelirroja quiso detener tal gesto, sabía que sería ofensivo, pues un dios jamás ocuparía tal gesto en nadie que no fuera digno de esta ceremonia. —Te lo agradezco.

Pero esta muestra de tal reverencia, realmente no fue del agrado de Shizuru, quien apretó los labios. —¿Me das esto justamente con la intención de que no lo use?— Casi le pareció una burla.

Ceret suspiró e intentó explicarlo nuevamente. —Ni siquiera tú eres la jovencita que solías ser en Tsu… ya no eres la chica atormentada por la idea de lo que la frialdad del matrimonio es. Los arreglos matrimoniales no buscan el amor, eso deberías saberlo, pero ¿no se supone que lo encontraste en un ser que era todo, menos agradable a la vista? ¿Y Ahora tiene que ser lo que fue cuando ya es perfecto? No puedes ver su amor, ni siquiera teniéndolo frente a ti, solo porque no es de la forma en que lo recuerdas o como quieres que sea… lo desperdicias y estás siendo una tonta en verdad.

—Ella no es igual a Zarabin… no tienes que ser tan dura.— La defendió Natsuki, quien había recuperado su postura.

—Y eso no hace que la ames menos. Entonces, ¿por qué ella te ama menos a ti?— Refutó con evidente molestia. —¿Realmente piensas arrastrarte ante ella una vez más?— El tono decepcionado de Ceret no escondía ni un poco su matiz. —Estás aquí, cuando podríamos estar en nuestra morada. Te partes a la mitad entre tus responsabilidades, mortales y divinas, solo para permanecer a su lado y ella no lo aprecia. Incluso le pareces un perro infiel y ladino…

Tales palabras enfriaron el ambiente unos cuantos grados más y fue como picar en una fibra sensible dentro del corazón de la deidad creadora, quien se preguntaba exactamente lo mismo cada día. Un silencio tenso se formó y Shizuru no quiso mirar a Natsuki a los ojos, cuando sintió un enorme peso de verdad en las palabras de Ceret.

—Tendrá que mostrarse digna de mi consentimiento— Anunció con severidad y solo una mirada bastó para entender exactamente a que se refería. —Ella no está dispuesta a hacer por ti, lo que tú harías por ella sin dudar.— Se aproximó al primer pilar y le sujetó la solapa, poco antes de susurrar en su oído. —Sabrás que no le importas ni un poco, cuando te pida tomar ese vial. Si lo haces, yo no sanaré el mal que te ocasionará, tendrás que afrontarlo por ti misma. En ese instante entenderás por qué el olvido, se considera una bendición.— Dicho aquello, Ceret se marchó del lugar viajando a través de la luz, dejando tras de sí una espesa tensión en las dos mujeres.

La monarca de Windbloom suspiró ante las circunstancias adversas que se le presentaban, más que consciente de que tendría que conciliar con Ceret más tarde. Se dio la media vuelta y miró a Shizuru, quien no parecía más alegre y la miraba con una profunda sospecha. —Es interesante saber que no soy de la estima de la diosa de la memoria, aun así… su proximidad contigo es desagradable, por decir lo menos.

Se percató de un detalle importante, una sonrisa nació en sus labios, ladeó su rostro y se inclinó un poco hacia adelante, relativamente cerca de la castaña. —¿Estás celosa Shizuru?

—En sus más elucubrados sueños, majestad…— Dijo tratando de mantener intacta su dignidad, aunque sus mejillas ardían por las inesperadas palabras de la pelinegra o su proximidad, pero por nada del mundo admitiría tal cosa. Shizuru estaba enojada y muy segura de que no inflaría su ego con halagos como esos, no premiaría a esta idiota casanova.

—Mi emperatriz, eso eres… incluso si no deseas nada de mí.— Aclaró Natsuki con un poco más de serenidad, dejando atrás la broma inherente a esta extraña situación. Las esmeraldas se posaron de nueva cuenta en el vial que las manos de su esposa no abandonaban, temiendo que las palabras de Ceret se harían realidad. —¿Aún persistes acerca de eso?— señaló el vial, con una mueca de disgusto que delataba lo poco interesada que estaba en recuperarlo.

Shizuru vio su oportunidad, sabiendo que era Natsuki quien abordaba esa conversación, por lo que postergó las reclamaciones en torno a Ceret para otro momento. —Por favor, nada ansío más que volver a tenerte, Natsuki.

—Conozco cada detalle y cada historia alrededor de esos hechos, puedo… decirte exactamente que pasó cada día de esa vida.— Explicó la deidad, intentando disuadir a Shizuru sobre la idea de asimilar nuevamente esos recuerdos.

—Eres alguien más, Derha…— Murmuró Shizuru, sintiendo que incluso habiendo recibido la pieza faltante, no hay nada que pueda hacer. —Un ser que lee el libro de la vida de otra persona, solo sabe cosas… nunca serás tú realmente, si simplemente olvidaste el camino que recorrimos.

Fue extraño escuchar ese nombre viniendo de los labios de Shizuru, pero hizo la vista gorda al respecto. —Hay… serenidad en mi vida tal y como es. Tú realmente no te haces una idea de lo dolorosa y miserable que fue esa existencia, o de las crueles heridas que… tuve que soportar.

—¿Le temes a lo que eres?— Cuestionó mirándole con ojos tristes. —El camino que has recorrido te hizo la persona maravillosa que yo amo.

La Kruger sintió el peso de este gesto en su pecho, pues no era un halago para ella, sino para un espejismo de un fantasma imposible de replicar. —¿Hablas de la persona temerosa que se despreciaba a sí misma? Eso es algo digno de amar.— ironizó bastante molesta con el hecho de que sabía que siendo la Natsuki que fue, se permitió ser el objeto de insultos que hicieron pedazos su amor propio, por no mencionar las otras cosas horribles. —Supongo que para ti, mis sentimientos son una falsedad. Como si buscarte en cada vida posible fuera una mera casualidad…— tensó la mandíbula con frustración.

—Yo no dije eso…— Shizuru intento suavizar la situación, porque tampoco quería obligarla a hacer algo que no quería, por lo que sujetó un poco más fuerte el vial contra su pecho.

—Podría hacer mil maravillas para ti, cuidarte con adoración y amarte con una pasión insaciable, pero no significará nada… si no bebo de ese infausto vial.— miró con desprecio el líquido iridiscente que fluía dentro del cristal como si quisiera destruirlo inmediatamente, pero finalmente evito hacer una cosa tan nefasta. —Lo que quiero no importará tampoco, porque ni siquiera me permites acercarme a tu corazón, entonces no tengo otro camino que ese.

La castaña bajó la mirada, sin encontrar las palabras que le permitieran hacerle entender su postura. —No se trata, del hecho de que no puedas recordar… Derha. Conocer las cosas sin haberlas vivido es como escuchar una historia que le atañe a alguien más, no me complace que sufras, pero renunciar a lo que has sido, solo te hace un espectador de nuestra vida, alguien que está fuera de ella. Es por eso que no puedo sumergirme en ti, como antes… por eso dije que eres una extraña, porque así te siento, incluso si en mi mente me repito que eres Natsuki.

—Estoy aquí, Shizuru… pero dado que soy una espectadora de nuestras vidas y no significaría nada si no estuviera aquí.— Murmuró en un tono sin emociones, dispuesta a zanjar el asunto y escoltar a su esposa a los aposentos, con la esperanza de que descansara, mientras ella se ocupaba de sus obligaciones como diosa. —¿Vamos a la habitación? Los diplomáticos pueden encargarse de los detalles en la fiesta y odiaría que enfermaras, por la falta de abrigo.— Le tendió la mano cortésmente, observando que una vez más las piernas de su esposa estaban inflamadas.

—No creía en el amor, ¿sabes?— Dijo casualmente, volviendo la vista sobre la enorme y preciosa luna en el cielo, una sutil forma de negarse a machar y caer en el sopor, mientras su esposa se va una vez más, porque no tenerla en las noches la está volviendo loca.

Bajó la mano, miró a la joven y supo que no se iría por su voluntad. Llamó a uno de los guardias y solicitó alimentos para cenar junto a la emperatriz y los hombres se apresuraron a obedecer a su recién coronada majestad. Luego volvió sobre sus pasos junto al templete, creó una cortina para mitigar el frío y alteró la mesa para que el centro contuviera un pequeño fuego dentro de un horno de cristal que además adornaba hermosamente el lugar. Tomó asiento a su lado dentro del templete. —¿Qué cambió? Si la idea del amor, era tan detestable.

—Tsuki… fuiste tú— dijo aquellas palabras cariñosamente. —Te codicié en el viñedo cuando no admitía que mis afectos jamás estarían con los señores que anhelaban mi mano, porque fuiste tú quien cautivo mi atención. Nadie más podría… cada acto lleno de paciente espera y esfuerzo, me derribó por completo, incluso la torpeza o la vista que no era halagadora. Poco me importaba.

La pelinegra tragó saliva. —Mi amor por ti fue algo que yo elegí, no me bastó con solo verte. Quiero decir… eres realmente hermosa, pero qué banal sería si solo te amara por tu aspecto. Encontré aspectos sumamente cálidos de tu personalidad, tu gentileza realmente robo mi corazón y tu sonrisa… amé cada pequeño detalle de los tonos de tu voz. Incluso la forma en la que frunces el ceño, o las expresiones de tu rostro cuando te comportas infantilmente.— Cesó sus diatribas considerando sus siguientes palabras. —Hice cada cosa con tal de obtener tu amor, de la misma forma que lo hago ahora… pero prefieres ignorarme, entonces ¿a qué le tienes tanto miedo?

—Los matrimonios eran contratos vacíos que unían propiedades y líneas de sangre. Siempre pensé que las mujeres teníamos el infortunio de ser yeguas al precio de una dote exagerada, útiles apenas para la procreación y que, con suerte, alguna amistad podría surgir del matrimonio. Si amara a mi esposo, solo un martirio inimaginable vendría sobre mí, pues tendría que tolerar a sus infames amantes y… ahora mismo, ¿no es eso exactamente lo que estoy viviendo?

Negó con la cabeza. —Yo pensaba de forma semejante, aunque jamás pensaría en una esposa, como una yegua, incluso si me criaron como a un caballero. Odie la idea igual que tú.

Shizuru no evitó sorprenderse ante el hecho, ya que siempre pensó que Natsuki había tenido una situación ventajosa de cara a su compromiso. —Siempre parecías tan segura de casarte, que incluso estabas molesta por mis dudas.

—En ese entonces quería que me amaras y es un sentimiento que no difiere demasiado del presente, como una diosa o como un ser mortal. Pero siendo Natsuki, entendía que no quisieras casarte y en realidad sufría por la idea de atarte a mi vida.— Sonrió, negando con la cabeza mientras sus manos se cerraban en puños sobre la mesa. —Pero, ¿podrías creerme? Escuche a tus labios pronunciar lo cercano que soy con la especie de los canes y no por buenas razones.— Frunció el ceño y Shizuru se asustó un poco de lo mucho que su esposa escuchó de su conversación. —Si no lo sabes, no soy esa clase de persona. No me interesan las mujeres de cascos ligeros. Mis pasiones solo se dirigen a través de mis sentimientos y estos son bastante selectivos.

—Cedí a mi enojo, realmente no quise decir eso. Pero tu conducta ciertamente ha dejado mucho que desear.— Reclamó con una mueca molesta.

—Mantuve las distancias con agravio a ella.— Bajó la voz cuando vio a los sirvientes aproximarse con los alimentos que fueron dispuestos exquisitamente decorados para sus majestades.

Un guardia se aproximó y le susurro al oído, que el cisne de plata y el joven Takumi Viola, junto a algunos de los marqueses y condes, estaban atendiendo grácilmente el banquete en la ausencia de las monarcas, lo cual alivió enormemente a la Kruger. Con gratitud despidió al soldado para volver sobre la conversación, poco antes de servir un poco de jugo de frutas en un vaso para Shizuru.

Se alimentaron en silencio durante algunos minutos, hasta que la pelinegra consideró retomar la conversación. —Deja que te cuente una historia.— Bajó los cubiertos sobre su plato y miró a su esposa, que solo asintió sin emitir sonido alguno, aunque con curiosidad. —Al inicio de las eras, en las guerras del animus… me cautivó una dama cuya lustrosa armadura era escarlata como sus ojos.— miró significativamente los iris de la castaña, quien no se sintió aludida y frunció el ceño. —Bailamos en el campo de batalla al son del filo de nuestras armas y se hizo tan frecuente que los ejércitos se abrían para dar paso a nuestro encuentro.— Sonrió divertida sobre lo inusual que era aquello, aunque suponía que se debía a que les temían, pues no había otro ser que fuera rival para ella.

—¿Realmente piensas que cambie mi pensamiento hablando de otras mujeres?— Shizuru movió su plato a un lado, perdiendo el apetito.

Natsuki, en cambio, sonrió. —Hablo… de ti. De la primera tú que conocí.— se acomodó el cabello y sostuvo su barbilla sobre su puño apoyándose en la mesa. —Ella también era bastante celosa.— Se rio y la castaña no pudo más que fingir que no era con ella, tan solo escuchar atentamente. —Era excelsa con la lanza extensible…— La evidente similitud extrañó un poco más a Shizuru, quien ya no pudo esconder su interés. —Sé que fuimos al límite en cada contienda, al punto que la mayoría supuso que nos odiábamos de una forma irremediable, pero era que simplemente yo no podía evitar buscarla. Así fue, hasta que un día la batalla escaló y sus hermanos me atacaron juntos por órdenes de su padre… habría conocido el final de la existencia, de no ser por ella, por… Zarabin.— Bajó la mirada sobre sus manos. —Me golpeó tan fuerte, que me alejó de la trayectoria de ataque de las otras 6 fortunas, dándome la oportunidad de escapar. Al anochecer me buscó y arrastró mi cuerpo inconsciente a una morada secreta, en ese lugar, ella cuidó de mis heridas… y nos hicimos cercanas. Creeme que cuando se quitó el casco, fue incluso más impresionante, su cabello castaño y el resplandor de energía roja que escondía una pasión inquebrantable. Ya no hubo retorno para mí… he estado preso de su amor desde entonces— Suspiró. —Encontramos la forma de vernos en las fiestas de los neutrales, alguna vez incluso me infiltré en su palacio.— una mueca pícara nació en su faz, algo que Shizuru no conocía de esta persona. —Cuando la paz llegó, cuando creí que podría cortejarla adecuadamente. Nos encontramos en aquel lugar conocido por las dos y allí le declaré mis sentimientos.

Shizuru quien podía imaginar con detalle tales eventos, apenas pudo tolerar el repentino silencio que se hizo, así el suspenso tomó el control. —¿Qué pasó entonces?— preguntó al borde del asiento.

Una sonrisa triste en la pálida tez de la pelinegra le dio a saber de antemano la respuesta. —Ella me rechazó y poco después me enteré de sus futuras nupcias con Varun. Un imbécil ególatra que… no la merecía.— apretó la mandíbula, lo odiaba tanto, incluso si estaba muerto. —Al final ella se casó con él y eso me rompió el corazón.

Shizuru sintió algo realmente anticlimático en la hermosa historia y no pudo evitar sentir algo de enojo con Zarabin. —¿Por qué haría algo así? ¿Acaso no te correspondía? ¿No lo hace ahora?

—Si no me amara, creo que… no estaríamos aquí. Ella quería vivir la vida que estamos viviendo, anhelaba tener las hijas que tú y yo esperamos con dicha como no hemos conocido antes.— acarició la mano de Shizuru sobre la mesa. —Supe hace poco que ella concibió un mecanismo para evitar la guerra, hacer a los humanos reencarnar. Pero esa idea… la llevaría a habitar en el inframundo, un yermo paraje que además era un pandemonio.— Suspiró. —Me pregunto por qué no me lo dijo, habría ido con ella, crearía un mundo maravilloso para qué habitamos juntas.— Sintió algún escozor en los ojos que sacudió pestañeando rápidamente. —Estaba tan herida, que no tuve ninguna objeción en cuanto los grandes gobernantes decretaron a los pilares restantes del inframundo.

—¿Te enviaron al mismo lugar en el que Zarabin vivía con su nuevo esposo?— Aquello se escuchaba horrible a los oídos de Shizuru.

—¿Sorprendida?— Levantó los hombros. —No te preocupes, mis padres también valoran mucho el concepto del matrimonio arreglado.— Se burló de sí misma, para incordio de la castaña.

—¿Qué dices?— Shizuru no daba crédito de lo que escuchaba, porque ahora que lo pensaba, muchas cosas se dieron por sentado y en este punto parecía demasiado semejante a Natsuki.

—Aunque no soy prolífica en términos de parejas, acepté la idea del compromiso en cuanto los gobernantes lo ordenaron, del mismo modo que siendo Natsuki… acepté la voluntad de Takeru en cuanto mencionó las nupcias con una bella joven de Tsu. En ambos casos, sabía que tenía que hacerlo, pero la esperanza que sentí por ti hizo toda la diferencia.

Se miraron a los ojos y al menos por un momento, se perdió en las profundas esmeraldas que la veían con tal intensidad. Se obligó a pensar en lo que fue dicho, porque esta historia triste se llenó de acciones tontas. —Entonces existió alguien más— Cuestionó ligeramente confusa. —Si lo entiendo bien, estás casada con una diosa que no es la persona que amabas.

—Así es.

—No sé ni que pensar sobre eso.— La voz de Shizuru no escondió su desencanto. Intento con todas sus fuerzas no sentir al monstruo de los celos surgir y un millar de dudas acudieron, pero tenía la certeza de que no escucharía estas palabras de los labios de Natsuki, quien siempre fue bastante discreta sobre su pasado. La castaña estaba sorprendida de que su esposa dijera estas cosas con tanta naturalidad, pero suponía que su distanciamiento separaba las cosas y abría puertas desconocidas. —Ara, hablaste con bastante experiencia.

—Te sorprenderá saber, que no tanta como crees.— Se rio brevemente. —Idealizar el concepto del amor, solo porque estábamos casadas, era absurdo.

—Dime…— El tono de Shizuru fue sin duda amenazante. —Dime, ¿quién es esa mujer?

—Ceret,— soltó el nombre de sus labios lo más amablemente que pudo. —Ella era mi mejor amiga y no reserve un solo secreto sobre mis sentimientos, por ti. Antes de casarnos… ella comprende perfectamente todas las circunstancias, aunque no significa que sienta menos— Tomando la oportunidad en la que Shizuru se quedó estática un momento, la pelinegra se estiró sobre la mesa y tomó entre sus dedos el vial que reposaba en su lado, sin siquiera darle oportunidad a defenderlo.

Cuando finalmente reaccionóm, intentó atraparlo, entre la distancia y la enorme barriga, fue imposible. —Por favor, no…— Por un momento la joven emperatriz creyó que su acompañante destruiría tal tesoro, pero no fue el caso, pues ella jamás robaría esa esperanza.

—Para tener a Natsuki, tienes que borrarme a mí y aun entonces, nada volverá a ser lo que fue…— Borró la mesa de la existencia, con cualquier otro elemento sobre ella, y sujetó la muñeca de Shizuru, acercándola a su abrazo, con toda su atención y su afecto sobre esos ojos que eran como rubí líquido. —Puedo amar cada diferente versión de ti, no me importa si no eres ella por completo, porque su esencia es la misma.— Inclinó la cabeza y unió sus frentes. —Puedes odiarme ahora mismo, por ser tan egoísta como para no dejarte ir, incluso en un mundo mortal en el que ya no existe nada más de mí.

Sin una palabra, la deidad le plantó un beso a sus labios callados y Shizuru forcejeó un poco por lo abrupto de este acto, porque realmente estaba enojada con ella por tener una esposa que no era ella, ni ninguna de sus posibles versiones. Incluso detestó a Zarabin por permitir que otra mujer la tuviera al final. Golpeó su pecho en repetidas ocasiones, hasta que no pudo tolerarlo más, quiso quejarse, pero al abrir sus labios para reprochar, la pelinegra se introdujo ágilmente, haciendo que su beso fuera realmente ardiente. Y solo por ese instante, deseosa del contacto que extrañaba horriblemente, tras la enorme ausencia, se abandonó a sus deseos, respondiendo el gesto con la pasión desbordante que la caracterizaba. Se conocieron nuevamente, los brazos la envolvieron protectoramente acariciando su espalda y su proximidad fue como un oasis, en un desierto. Unos instantes después se separaron, dándose espacio en busca de aire para respirar.

—¿Aún lo necesitas?— Susurró la Kruger sin aliento y ansiando un poco más. —¿Realmente me amarás si no soy esa persona?— Dijo mirándola y sosteniendo el vial en su mano derecha. Apenas bastaría con una palabra suya para borrar ese objeto de la existencia, si tan solo…

—Por favor, devuélveme a mi Natsuki.— Respondió Shizuru, sin dudas, tan solo con su mirada suplicante.

La monarca del inframundo se paralizó ante estas palabras y asintió derrotada. Ya no había vuelta atrás. Letras doradas en un idioma arcano brotaron de sus labios… —Lurha ven a mi lado…— Llamó a su fiel nana, en quien confiaba ciegamente para cuidar de la madre de sus hijas en la ausencia de Shura, quien seguramente estaría resolviendo sus asuntos con Erstin Ho.

La matriarca del séquito del primer príncipe de la Luna no tardó en hacer acto de presencia, desprendiendo brillos celestiales con su llegada, junto a un grupo de doncellas que Derha había preparado con anticipación. La deidad quería que ellas fueran las próximas niñeras de sus hijas, dado que conocía las necesidades especiales de los seres universales, como sería el caso de sus niñas.

Después de una reverencia ceremoniosa y un abrazo a la mayor de todas, así como los agradecimientos por los numerosos regalos recibidos. El primer pilar del inframundo, contempló la hora, sabiendo que seguramente los dioses ya estarían en la torre de arbitrio para la realización de los juicios. Entonces se volvió a mirar a su esposa. —Shizuru, te presento a mi nana. La doncella Lurha, ella tiene mi entera confianza y cuidará de ti en mi ausencia. Como te dije antes, se me permitió permanecer aquí en el mundo mortal siempre que no descuidara mis deberes. Así que es hora.— La vio directamente a los ojos. —Ve a nuestra morada y la siguiente vez que nos veamos, te habrás deshecho de mí a cambio de tu atesorada Natsuki Kruger.— Guardó el vial en sus ropas. —Yo dije que me incomodaría con tal de permanecer a tu lado, así que… esta no es más que otra incomodidad, ¿verdad?— Sonrió con una mueca amarga, mientras Lurha miraba con extrañeza a su querido primer príncipe, quien hizo un ademán de despedida antes de viajar a través de la luz para llegar junto a los tres grandes en la torre de arbitrio.

—Honorable señora, la serviremos fielmente, así que por favor… permítanos cuidar de usted y de las atesoradas hijas de su alteza.— La reverenciaron nuevamente.

—Yo estoy profundamente agradecida… estaré a su cuidado.— Respondió cortésmente, sin más opción que acudir a la habitación en compañía de estas mujeres que sin duda eran diosas, pero de una jerarquía inferior a Natsuki. Entonces Shizuru pensó que la inmensidad del poder que su esposa tenía, ella estaba en una escala diferente. Miró el templete en el que compartieron su tiempo esta noche, con la esperanza de tener de vuelta a su Natsuki y algo de preocupación en torno a la deidad, ¿realmente desaparecería?

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Cuando las últimas imágenes de su vida se asentaron en su mente, Shura se dio la media vuelta y corrió por los pasillos del castillo como si la vida se le fuera en ello; si bien podía viajar a través de la luz, con sus recuerdos devuelta, las costumbres más limitadas de la que fue su humanidad envolvieron sus acciones. Así que cuando estuvo frente a la habitación de Erstin, realmente podía sentir cada pulsación retumbando en su cabeza y la forma en la que golpeó la puerta no fue exactamente amable, pues por poco y la derriba. Ante la evidente premura, la ocupante de aquella habitación se apresuró a abrir la puerta, preocupada de que un incidente con los Orphans tuviera lugar.

Apenas vio una brecha, Shura ingresó a la habitación ideando el modo de explicar sus circunstancias a la joven Ho, pues no sería una cuestión simple. —Perdona que haya venido tan tarde o que haya interrumpido tu sueño, pero realmente hay algo tremendamente importante que debo decirte.

—Claro, su gracia… si me da unos momentos para ponerme presentable.— Dijo Erstin, apenada de lucir tan desaliñada en presencia de la diosa que era su preciada amiga.

Aun si los ojos sobrenaturales contemplaban la piel que aquella bata de seda apenas escondía en un escote tan sensual como para estremecer a quien la mirara, la diosa sabía que eso pasaría a segundo plano en cuanto lo dijera, por lo que acercándose peligrosamente. —Te he visto antes, amor mío— Susurró suavemente muy cerca de su oído. —Soy yo Erstin, soy quien te ama más allá de la muerte… soy Nina. Si me permites explicarlo, sabrás por qué solo hasta hoy he venido ante ti.

—¿Por… porque hay tanto ruido?— La voz conocida de la señorita Litters se escuchó repentinamente, la somnolienta figura, se rascó la cabeza, aún adormilada.

El rostro de Erstin antes en shock entró en pánico, asimilando lo que escuchó, casi sin creerlo, lamentando en cada pequeño segundo, lo que aquellos ojos de magma verían inevitablemente.

La joven jinete salió del lecho, cubriendo la desnudez de su piel con la sábana, ciertamente la argita no era una chica tímida en lo absoluto y confiaba en la diosa. —Oh, eres tú, adorada señora.— Christine, reverenció suavemente a la deidad. —¿Tenemos un nuevo trabajo por realizar?

—Me parece que con la fatiga de esta noche, no debería ocuparlas en tareas tan agotadoras.— La sonrisa de Shura fue amarga y triste, cuando sus ojos se posaban sobre Erstin comprendiendo de inmediato el tipo de relación que las dos mujeres tenían. —Agobiarlas de tal modo, es algo que odiaría hacer— con la mano derecha sostuvo su muñeca izquierda en la espalda, obligándose a recuperar el control de su ira y la presionó hasta temblar levemente, como si tragara vidrio en vez de saliva. —Supongo que es como si olvidara lo formidables que son, noches como esta deben ser algo realmente frecuente.

—Claro que sí, esto no es nada. Ayudaremos de inmediato.— La joven Litters se apresuró a ir a la ducha, tomando el primer turno para ponerse presentable.

Christine era tan honesta, que Shura ni siquiera podía odiarla por ocupar su lugar, no podía evitarlo porque también la quería tanto. Al final, bajó la mirada derrotada. —Mi madre tenía razón, las personas tienen vidas cortas y por ello se mueven más rápido en sus relaciones. Celebro que superaras tan nefastos momentos con tal celeridad.— Solamente por mantener algo de la dignidad y el orgullo intacto, evitó mostrar en su rostro lo que genuinamente estaba sintiendo, con su corazón hecho pedazos. —He estado cerca de ti sintiendo todas estas cosas y creyendo que enloquecería, viví llena de celos que juzgué absurdos, temiendo del idiota de Krauss, pero jamás pensé que al final sería Christine la verdadera fuente de mi pena.

—No… no lo entiendes en lo absoluto. Yo no he superado nada. Tú… tú estabas muerta y yo, realmente he odiado al mundo entero por ello. Christine me ha consolado de tantas formas, que al final, nos hicimos amantes… pero, ni siquiera es justo que me juzgues.

—Mi cadáver no se ha enfriado en su tumba y ya me reemplazaste, no tenías que esperar una vida entera, con un año habría sido suficiente. ¡Seriamos dignas del vínculo!— Gruñó por lo bajo, ya con los nudillos blancos, y la irá comenzando a permear su falsa serenidad. Shura se obligó a suspirar largamente, manteniendo a raya sus doloridas emociones. —Lo comprendo, que te esmeraste por sobrevivir en este mundo cruel, y su mano gentil extendiéndose hacia ti, fue la raíz de la que pudiste sujetarte para no ir al abismo, es solo que no sabes lo que eso nos ha costado al final.— La desesperanza solo es la desesperación disfrazada, consideró Shura. —Si hiciste esto amándome, si ni siquiera me diste el luto que habría merecido, entonces comprendo que no estaba en nuestros destinos, permanecer más allá del tiempo.

—¿De verdad?— Erstin ironizó, no es que negara el hecho de que no guardó el luto debido, en realidad ¿qué sentido tenía? No por ello volvería de la tumba o extinguiría el dolor que la arrastró en un abismo interminable; aunque al parecer, Nina sí que podía volver de entre los muertos. La había amado y la había odiado intensamente, la detestó por tomar una decisión suicida aquel día. —¿Lo dice la persona que me ha visto padecer y solo hasta ahora que todo está arruinado hace acto de presencia?

—¿Sabes? Aunque ni siquiera debería intentar justificarme ante ti.— La pelinegra murmuró con un tono realmente grave y molesto, mirando esos tristes iris aguamarinas. —Mi hermana mayor, Ceret estuvo al borde de la muerte después de la guerra de las espadas, durante la noche de las grietas. Ella es la diosa de la memoria, por lo que perdona si apenas pudo devolverme mis recuerdos, una vez pudo recuperar la consciencia. Se ha hecho daño para darme esto.— Señaló su cabeza.

—No voy a suplicar tu perdón,— Erstin se alzó también orgullosa, cansada de sentirse inferior e insuficiente. —Esto se acabó cuando decidiste lanzarte al vacío y obligarme a verlo. Quería morir a tu lado, pero tú nos separaste ese día cuando decidiste por tu cuenta.— La señaló con la mano, picando la seda del atuendo celestial sobre el pecho de la diosa.

Nina tomó su muñeca, retirando la acusación sobre su carne, por lo que haló a Erstin más cerca de sí en medio de aquel movimiento. Odiaba el magnetismo que sintió al tenerla cerca y al pensamiento que le imploraba ignorar todas las cosas, quería tenerla en sus brazos y besarla, perdonar cualquier falta. —Di mi vida a cambio de la de todos. Dime, ¿cuánto habríamos durado con enemigos infinitos emergiendo del lago? Fue el único modo posible. "De todos modos… ya estaba muriendo, tenía la misma enfermedad que mi tía Saeko"— Pensó al final, pero nada adornaría las cosas.

—No sabes lo que sentí, Nina… no te haces una idea. ¿No entiendes que no he sido yo desde ese día? He enloquecido y ahora que estás aquí, entonces… ¿Vas a repudiarme?

Con la barbilla erguida, el ceño fruncido y su proximidad peligrosa, casi la hacían olvidar, lo irremediable. —Hiciste la única cosa que no puedo justificar ante los dioses. Entonces tienes razón, yo tomé una mala decisión… yo nos separé ese día. Si eso te complace, sigue fingiendo que no te dije nada y que Nina Kuga Kruger, murió ese día. Sé que Christine es una gran mujer y puede darte mucha felicidad— Soltó la mano de Erstin y puso su distancia entre las dos. —"Ahora realmente desearía que Ceret, borre esta vida humana para siempre"— Pensó aquello ya incapaz de mantener las lágrimas dentro de sus ojos. —Señorita Ho, espero que tenga un día agradable.— Le dio el trato que solía darle cuando no la recordaba.

—Nina, por favor, no hagas esto— Erstin trató de sujetarla, dándose cuenta de lo extraño que estaba siendo todo y de lo mucho que perdía en cada segundo, pero Shura dio un paso atrás. —No te vayas…

—No desesperes, aún tengo mucho que hacer en este mundo— Intentó que su rostro no pareciera tan lastimero, por lo que sonrió. —Solo necesito un momento para asimilar todo esto, hablaremos en otro momento.— La deidad se desplazó a través de la luz.

Erstin maldijo su suerte, aquello fue como un golpe de realidad, quería arrancarse el cabello y darse golpes contra la pared, recuperarla solo para perderla. Sin embargo, notó que Shura no era del todo como Nina, quien ni siquiera le habría dirigido la palabra, este ser no se fue sin hablar… escuchó su historia y le dijo exactamente como se sentía. Nina estaba molesta, pero también la entendió a pesar del dolor que podría sentir en ese momento, incluso no la insultó como bien pudo hacerlo usando palabras crueles.

—¿Ya se fue la diosa? ¿Nos encontraremos en algún lugar?— Cuestionó Christine, saliendo de la ducha con una bata ceñida a su grácil figura y con una toalla en sus manos mientras secaba su cabello.

—Es complicado de entender, pero Shura… Shura es Nina.— Erstin lo dijo como si aquello no tuviera sentido, podrían llamarla loca.

La joven argita se mantuvo en silencio un rato, acomodando las ideas en su cabeza, por lo que al final preguntó. —¿Por qué no estoy muerta entonces?— La Nina que conocía, posiblemente la habría asesinado al saberlo.

—No lo sé, pero creo que no te culpe demasiado. Después de todo, soy yo quien debió actuar de otra manera…— Erstin bajó la mirada y comenzó a llorar silenciosamente mientras Christine corría a su lado para abrazarla.

—Cada ser sobrevive como puede y este fue nuestro modo. Así que no lo lamento.— Litters no tenía en mente dejar este asunto pasar de largo, incluso si tenía que enfrentar a la diosa del agua, se aseguraría de ser escuchada.

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Juzgó que Remus era un lugar hermoso, sus paisajes, su gastronomía… disfrutaba del equilibrio entre las edificaciones y la naturaleza, la arquitectura era preciosa y las personas eran cálidas; casi había olvidado lo que se sentía la veneración de un reino entero. Se maravilló de la gloria de sus templos y se sorprendió de las sacerdotisas que la servirían con devoción. Cuando entró en su templo fue reverenciada por el séquito de doncellas aspirantes, las aprendices, las sibilas y la gran madre de la orden, quien la guio a la sala más exquisita del lugar, un espacio destinado a la adoración en la que un trono vacío aguardaba. Elfir recordó que siendo apenas una niña, tomó asiento en ese pedestal cuando el templo se erigió en su honor y alrededor de él nació una gran ciudad que luego fue nombrada la capital del reino naciente. Sonrió suavemente, para contento de la anciana que consideraba extraordinaria su suerte, pues había visto en persona a aquella a la que adoraba.

—Este lugar se preservó con esfuerzo— Informó la anciana orgullosa de las generaciones que la precedieron. —Nadie olvidaría, su maravillosa victoria ante la horda de los Vannir…— sonrió. —Las historias que se cuentan de la gran señora del aire han inspirado gran valor en los hijos de este imperio.

Casi había olvidado esa palabra, Vannir, así es como esa civilización nombró a las criaturas del abismo. Seres que destruyeron el país de Lioneth en la era oscura, durante la ausencia de su madre, la luz de los días, aquel que fue el motivo de su nacimiento y de la gran tarea que le fue encomendada, erradicar a los Orphans. Recuperar el territorio no fue fácil y los reyes Remus y Remulus casi habían perdido la esperanza, hasta que ella descendió de los cielos con la luz del sol naciendo en el alba de un nuevo día. Era una leyenda conocida, que pudo sentirse como un mito con el paso de los siglos. —Es tal y como lo recuerdo, Teana— Elfir observó gentilmente a la gran madre y acarició sus cabellos. —Gracias.

La mayor, en aspecto, casi pudo llorar de dicha, pues la deidad murmuró su nombre sin que lo hubiera mencionado con anterioridad y agradeció sus atenciones. Las mujeres que observaban la escena estaban conmovidas y se miraron unas a otras, considerando que la diosa era incluso más maravillosa de lo que imaginaron, una de ellas, cuyos cabellos negros y ojos azules estaban ocultos bajo un velo, miró con especial interés. Las efervescentes jovencitas, que observaban la hermosa sonrisa de la diosa, fueron silenciadas por la gran madre, manteniendo la compostura y en obediencia se inclinaron nuevamente. Teana decidió que la serviría incluso con más fervor. —Ha sido un largo viaje, excelsa señora. Traeremos ofrendas y alimentos para su comodidad.

Elfir asintió, tomó asiento en el trono como si lo hiciera en antaño, sus ojos brillaron intensamente y su divinidad fluyó libremente como un faro de luz que se elevó sobre la cúpula del templo y llegó a las nubes, comenzando con la tarea impuesta. Las criaturas pequeñas fueron destruidas en el acto y el aire mancillado por la energía putrefacta de los Vannir que asolaban los cielos, comenzó a purificarse. Tan hermosa luz de resplandor dorado con destellos azulinos, se observó kilómetros a la redonda y el templo radiante informó a los habitantes de Remus sobre la presencia de su deidad protectora, así la gran noticia se dio a conocer hasta los confines del continente.

Con tal manifestación de poder no hubo lugar a dudas sobre la veracidad de la identidad de la diosa y las mujeres se apresuraron a prepararlo todo para servir un gran banquete en su honor. Teana dio las órdenes pertinentes y se aseguró de dar un espacio de tranquilidad a su señora. Mientras que la misteriosa dama de ojos azules, abandonó el grupo de sibilas y se apresuró a ocultar su presencia en uno de los puntos ciegos de las columnas del gran salón, pues acorde a la voluntad de su señora, tenía que vigilar cada movimiento alrededor de Elfir.

La sola presencia de una entidad tan importante y poderosa removió las intrigas políticas de la capital, pues de acuerdo a su Fe, los dioses guardianes tienen potestad sobre la destinación de los herederos al trono y la selección del siguiente monarca. Por lo que la idea de que alguna de las líneas de sangre secundaria de la familia real se interesara en la corona, era un riesgo real. Kaón sabía mejor que nadie de esto… los rumores que se esparcieron en la corte de Gloríete dañaron enormemente la reputación y el favor de la princesa; pues la frialdad que la diosa había mostrado los últimos días con ella, casi le hicieron pensar a los demás nobles, que la señora del viento tenía algún tipo de aversión por ella. Ciertamente, la mayoría desconocía que la situación era completamente inversa y que Elfir no deseaba otra cosa más que tomarla para sí, pero de acuerdo a su palabra, había puesto toda la distancia posible.

La situación generó sincera preocupación y la emperatriz la envío para conocer a sus rivales más directos, considerando la ocasión como una oportunidad para desvelar el rostro de aquellos confabuladores rastreros que estuvieran ocultos. Sara temía que los rivales buscaran el favor de la diosa y con ello pudieran ocasionar una competencia por la sucesión, cuando originalmente, De'Zire era la única heredera al trono en la línea de sangre directa, por ser su única hija. Ante tal situación, Sara no tuvo más remedio que acelerar la continuidad del vínculo y la búsqueda de candidatos para el matrimonio de su hija, que ya se había retrasado, incluso más de lo permisible, con la tragedia de Arika Sayers.

El primer día, los instigadores no hicieron acto de presencia y Kaón se sorprendió de saber que la diosa podía permanecer despierta toda la noche realizando su labor de purificación. La joven sombra, que cumplía su deber de espía y guardia, pudo contemplar todas sus facetas, observando el carácter gentil pero firme de la diosa. Temprano, en las mañanas, desayunaba con todas las mujeres del templo, a quienes les contaba historias sobre los reyes fundadores y las épocas de construcción del reino, a petición de Teana quien parecía ser una gran admiradora. Después de eso y antes del almuerzo, tenía audiencias con los ciudadanos en los que realizó todo tipo de curaciones, levantamiento de maldiciones, resolución de conflictos y actos imposibles para los simples mortales, por lo que su reputación creció rápidamente. El almuerzo ocurría junto a sus majestades, con la presencia de ministros y otras figuras importantes en las que las complacencias hacia la diosa solo crecían. Pudo notar, solo después de instantes de contemplación minuciosa, la triste mirada que la joven diosa le dirigía a su querida princesa en la distancia; y se preguntó porque su alteza no tomaba esta oportunidad para consolidar su posición, considerando que cualquier candidato que ocuparse a su lado en el trono, palidecería en comparación con la diosa.

Elfir tomaba la siguiente hora en conversación privada con la emperatriz, a quien trataba con un afecto casi fraterno, como el que se daría a una nana muy querida o a la memoria de una madre, y Sara le correspondía genuinamente, lamentando su despedida cada tarde. Las horas siguientes eran las más tensas para la custodia Sward, pues Elfir ascendía a los cielos, siendo imposible seguirla. Con el crepúsculo ella descendía de vuelta, Kaón vio sus ropas tantas veces manchadas con la sangre de los monstruos que solía aterrorizar a los ciudadanos en los meses posteriores a la terrible noche oscura y que ella eliminaba en su constante deambular, en busca del dragón. Aquel que se había avistado según los reportes fronterizos de Windbloom y confirmados por la emperatriz de Remus, pero que aún no había encontrado, incluso con los vientos a su favor. La castaña entendió que se trataba de un ser inusual y ello era desafortunado, pues ansiaba completar su tarea para alejarse de Remus y no permanecer cerca de Zire por más tiempo, al menos hasta que pudiera mirarla sin codiciarla, lo cual no sabía cuánto tiempo le tomaría.

Para la joven Sward, resultó difícil observar los acontecimientos de la noche, mientras Elfir procedía a purificar los cielos creando aquel faro impresionante. Cuando tal magia se producía con la deidad situada en el trono, en ocasiones la vio meditabunda, sosteniendo entre sus dedos un collar de zafiro con una mezcla de añoranza y tristeza indescriptible. A veces notó las lágrimas que se derramaban por algo que solo podría ser un corazón roto y el eco de las palabras que desdeñaron sus sentimientos con el nombre de la princesa en sus labios. Cuando la conmiseración quiso hacer flaquear la voluntad de la espía, para acercarse a la deidad y consolarla, luces brillantes de tan diversos colores llenaron la sala y revoloteaban queriendo alegrar a la deidad, que sonreía ante las hadas que siempre velaban por su bienestar y susurraban palabras a sus oídos.

La custodia de cabellos negros, consideró, que de entre todas las cosas… Era visible lo solitaria que la existencia de un ser sobrenatural como Elfir era, que estando rodeada de millares de adoradores, apenas tenía contacto real con las personas, pues nunca les mostraba su sensible ser. Incluso se sorprendió durante la tercera noche, cuando despreció los placeres nocturnos que se ofrecían libremente por la mano de dos doncellas de buen aspecto, que fueron infiltradas por la familia Lambret en un intento por obtener su gracia. Ciertamente, pudo saber el origen de tan burda moneda de cambio a través de sus colaboradoras, el escuadrón de sombras al servicio de la familia real, quien seguiría la pista de quienes ofrecieron dos mujeres vírgenes a la diosa, con el fin de pedir algo a cambio.

Kaón se molestó al pensar, que los viejos relatos eran ciertos, salvo porque los rumores en torno al disfrute de la carne mortal en las manos de una diosa ladina, evidentemente resultaron ser falsos. Con la agravante… de la molestia que sin duda la Elfir mostró en su faz, cuando una de ellas intentó tocarla sin su permiso. Los truenos que se oyeron en los cielos esa noche, hicieron temer a la leal custodia, que la gracia de la deidad del viento las abandonara finalmente.

Fue durante este último informe salido de los labios de Kaón Sward, su leal servil… que la tensión en el rostro de su alteza alcanzó el límite. Zire lamentó el momento en el que, por su debilidad y sus celos, dijo aquellas palabras en el barco, sin saber el impacto que tendrían, pues creyó que Elfir era una divinidad libertina. Ahora, la idea de las lágrimas constantes en los ojos zafiro de alguien que pareciera intocable, eran suficiente para atormentar el peso de una culpa que crecía con las miradas lejanas que se prodigaban en las reuniones cuando nadie miraba; o de los desvíos que la deidad castaña ocupaba en su camino, cuando se cruzaban por accidente durante sus caminatas en el jardín. Todos pensaban que se odiaban y era malo que lo creyeran, por las confabulaciones que surgirían; pero no había intentado una conciliación tan solo por el hecho de estremecerse en cada mínimo roce o de la tensión que sentía en cada momento de permanecer a su lado, incluso con solo verla tenía pulsaciones infames que comenzaban a disminuir su cordura. Finalmente, maldijo en voz alta a los Lambret, por osar tanto… llevar mujeres a los aposentos de la diosa para intercambiar virtud por influencias, era de lo más retrógrado.

—Necesito verla— Soltó después de un prolongado silencio, pero de todos modos levantó la vista para saber si su madre lo permitiría, ya que ella no había sido un ejemplo de serenidad recientemente.

Sara, quien había escuchado las palabras de Kaón y conocía los incidentes que habían ocurrido en Windbloom, con la sorprendente propuesta de la diosa y de la negativa de su hija, cuyo luto era demasiado reciente, caviló alrededor de las posibilidades. —Hija mía, en las conversaciones que he tenido con la diosa, es evidente que ella goza de un extenso conocimiento en tantas áreas y su sabiduría, como aquella que gobierna en los cielos, es magistral. Sin embargo, en todo lo que refiere a los aspectos del corazón es alguien tan imberbe como tú… sabes que sus reuniones recientes no son un buen precedente.

—Por favor mamá, alguien que pretende que la comparta con otra persona, es todo menos inexperta.— Se cruzó de brazos molesta.

Sara sonrió divertida por el hecho de que Zire no admitiría para sí misma que gustaba de Elfir a pesar de su enorme pérdida. Esto no sería tan problemático si esa diosa no pareciese una fiel copia de la joven que falleció o el infortunio de conocerse tan pronto después de la ceremonia fúnebre. —Hija mía, presumir que los dioses tienen las mismas líneas de pensamiento que nosotros, es algo absurdo. ¿Sabías que su madre, la señora del sol, tiene un séquito completo de amantes? No te sientas insultada por su propuesta, ya es una suerte que ella valore tu opinión y no se imponga con su estatus.— Para la emperatriz aquella posibilidad era tan real como el hecho de que este "capricho" en los ojos de la diosa, se convirtiera en algo digno de su resentimiento.

—¿Entonces me ofrecerás como sacrificio?— Zire tentó a su suerte con tono molesto, no le encantaba saber que Elfir se había ganado el favor de su madre, quien la estaba justificando ahora mismo.

—Claro que no, pero ya es el momento de que escojas un consorte para alejar toda incertidumbre de tu camino. Con una barrera de carne y hueso, es posible que el interés de su excelentísima se disuelva, así al menos podrías tener una relación de cordialidad con ella y eso sería maravilloso.— musitó, tendiendo la lista de pretendientes aptos que habían sido escogidos cuidadosamente. Sin embargo, la mujer mayor, que no se había preservado en el trono por casualidad, soltó intempestivamente. —A menos que realmente sientas algo por ella, cariño…

—¡Claro que no!— Alzó la voz más de lo necesario con un tono agudo que la emperatriz no escuchaba hace mucho tiempo, después de esta bochornosa reacción, Zire intentó resarcir su impetuosa actuación. —Es… es solo que sé que he cometido un error y espero remediarlo por el bien de una alianza duradera. La deidad protectora de Remus y la familia real deben preservar la amistad que nuestra fundadora logró.

—Si ese es el caso, iras con la compañía de Kaón. No haberla tenido a tu lado en el incidente del barco fue una enorme equivocación.— Sara insistió. —Entiendo las pasiones juveniles, pero es importante que controles esos instintos y que recuperes tu capacidad para esconder mejor tus emociones. Si alguien ve esta debilidad que tienes, será usada en tu contra.

—Ya lo sé, madre.

Sara asintió, su lado materno era más fuerte que el lado de la gobernante, cuyas ideas políticas se movían en silencio, maquinando las formas de conservar el poder en la línea principal, así como la seguridad de su pueblo. Considerar la posibilidad de ofrecerle a la diosa, el único deseo que había susurrado claramente, fue una cosa que pasó por su mente y si hubiera sido cualquier otra jovencita, la habría entregado sin reparos; pero era su hija… el único tesoro que no entregaría por voluntad propia, ni siquiera a un dios. Así que no evitaba temer que por tal desprecio hubiera represalias, después de todo, Elfir podría agitar su mano suavemente y con ello destruir el país entero a base de tornados y tormentas. Entonces, rogaba porque la muchacha gentil que se había mostrado ante sus ojos, como la más humilde persona, casi olvidando su origen divino… prevaleciera junto a su compasión.

De'Zire y Kaón, se trasladaron del castillo principal a la zona cercana del templo, pues así de estrecha fue en el pasado la amistad de Remi y Elfir. Usaron las rutas que Sward había establecido con seguridad para pasar inadvertidas ante la guardia, hasta llegar a la morada frecuente de la diosa.

Mientras tanto, en el solitario y silencioso salón, la concentración de Elfir se profundizó tanto que pudo mantener la mente en blanco y tan solo centrarse en su tarea, sintiendo paz por breves momentos. Pero aquello no duró demasiado, por cuanto una figura femenina hizo acto de presencia.

—Encuentro interesante como todo vuelve al origen, ¿esto es más familiar para ti? ¡Oh, querido tormento implacable!— Blasfemó una mujer blanca de piel nívea, ojos verdosos y cabellera clara, que resultaba ser una de las sibilas del templo.

La voz carente de emoción, pronunció un nombre que no coincidía con el de la sibila y resultaba ser, uno usado para llamar a una de las 7 fortunas, uno de los hijos de Susano-o y Přistát. —Lakshmi.— Elfir abrió los ojos y prestó atención a su indeseada visita.

—Me honra que me recuerdes.— La mujer, cuya voluntad no era suya, se movió con pasos sinuosos mientras contoneaba su cadera. —¿No te agrada esta apariencia? Elegí cuidadosamente este cuerpo, pues es totalmente agradable a la vista… ¿Verdad?— Preguntó con sorna el ser sobrenatural que tenía el completo control de la joven sibila, cuya alma vivía esos momentos con total impotencia. La tela que la cubría se desprendió y cayó al suelo, dejando a la vista la piel nívea y virginal de la aprendiz, su cuerpo apenas cubierto por las prendas más íntimas e insinuantes que la deidad de la fortuna pudo encontrar.

Elfir desvió la mirada intentando respetar la privacidad del cuerpo de la chica que Lakshmi había expuesto tan desagradablemente. —Las posesiones están prohibidas. Deja en paz a mi sacerdotisa, sabes perfectamente cuán respetables son.

—¿Lo dice aquella que oso alterar mis destinos? Sin pagar el precio correcto…— La burla palpable en la voz suplantada se hizo evidente y Lakshmi tomó asiento en las piernas de Elfir, enredando sus brazos en el cuello mientras susurraba en su oído con un tono femenino exagerado y dulce. —¿No me extrañaste ni un poco?

—Ninguna mujer se comportaría de esta manera, Lak…— La incomodidad por la conducta de aquel idiota fue visible en la faz de Elfir, quien se contenía de arrojar el cuerpo lejos de sí, tan solo por temor de herir la carne de una de sus doncellas. —Laila es una chica pudorosa, por favor, déjala en paz.

Pero fue ignorada olímpicamente. —Fuiste desfragmentada hace meses y es doloroso saber que no ocupaste un solo momento de tu tiempo en mí.— Esta vez el tono rencoroso del dios, no pudo ser escondido por la suave voz de la mujer que su poder poseyó. Pero no hubo una respuesta ante esto y la sexta fortuna sujetó con fuerza excesiva la barbilla de Elfir. —¿Es por las niñas humanas que ahora me ignoras? Podemos jugar con este cuerpo y así no sentirás repulsión por mis formas masculinas.

—No tenemos esa clase de relación… no juegues más— insistió la de mirar zafiro con el rostro puesto en una de las columnas, en la que tal vez vio un movimiento, ¿sería Kaón nuevamente? No es que Elfir ignorara la presencia de la joven custodia, simplemente lo dejo ser intuyendo la preocupación de Sara por su estadía. Prestó atención a su acompañante una vez más. —Dime el precio que quieres que pague por mi elección, cuál es la moneda que requieres.

—Estoy cansado de este juego que tú y las espadas usan para manipular el mundo. Mikoto ha agotado mi paciencia y si no fuera por Zarabin habría deshecho todos sus planes hace tiempo. Pero me has herido cielo mío… no esperaba tales conductas de tu parte. Solo he sido complaciente contigo por tu maravilloso encanto. Tú conoces el precio de lo que yo ansío, Elfir.— Dijo con lascivia, mordiendo el lóbulo de su oreja, pero la hija de Amaterasu no se movió ni un milímetro o mostró emoción alguna, para disgusto de Lakshmi.

—Pide otra cosa.— repitió con su voz monótona.

—¡No quiero otra cosa!— Se quejó con un tono infantil. —Te he cortejado por siglos y ahora, ¿te parece justo que esté al final de la lista? Tu madre ha rechazado todas las propuestas, qué injusticia.

Elfir miró con extrañeza a la voluntariosa deidad, delatando su desconocimiento sobre las acciones de la gobernante del sol, pero no refutó las intenciones de su madre. —Ella siempre tiene sus razones.

—¿Será tal vez… que el cuerpo puro de su amada hija se manchó con una simple mortal? Yaciste en el lecho de una humana cuya virtud se había perdido tiempo atrás, ¿no es eso indigno de ti?— murmuró con un tono que destilaba una molestia profunda. —Ella te mostró su piel, te sonrió con elegante delicadeza, su fragilidad tentadora a la vista y dejó pasar las horas suficientes para romper tu voluntad. Creeme que la habría detenido, si yo no deseara tanto que la gran Elfir, perdiera el control del que tanto se precia.— Musitó sin ninguna vergüenza, enredando sus brazos alrededor del cuello de la mujer de ojos zafiro y presionando el abundante pecho de la sibila contra la piel de quien esperaba conquistar. —¿Entonces? ¿Cuántas horas tengo que esperar yo?

Zire quiso poner en cintura a la innombrable, pero Kaón cubrió su boca y la retuvo para prevenir que su posición fuera expuesta. La guerrera notó el aura sombría que Layla destilaba antinaturalmente y decidió ser precavida, podía combatir con una escuadra completa para mantener a salvo a su princesa, pero estaba claro para Sward, que si Elfir había tolerado tantas impertinencias en las manos de aquel ser, esa criatura no era otra cosa que un dios.

Una tensa Elfir miró con enfado a Lakshmi. —Podrás esperar una eternidad, usar mil cuerpos y ni siquiera entonces, cederé.

—Nunca digas nunca.— Picó su mejilla. —¿Cambiarías de opinión por De'Zire? Creo que debería poseer el cuerpo de la princesa, para complacerte.— La castaña se levantó de su asiento de un salto y Lakshmi resbaló inevitablemente, golpeándose contra el suelo.

—No te atrevas…— Dijo con voz amenazante. —Deja que elija libremente. Así es como debe ser… su amor se entregará a quien ella escoja.

—Eres codiciosa, tampoco puedes tolerar que alguien más posea a la mujer que te ha rechazado y finges dulcemente su libertad— La dama de cabellos cenizos se levantó con indignación. —¿Quieres deshacer tu decisión? ¿No te bastó con el Cisne? Ella debía morir, ¿sabes?— Lakshmi sonrió elevando su mano derecha, escenificando el efecto de una balanza. —De su cuerpo yerto sería extraída la bebé, una vida dada por otra. ¿No es absurdo como obligan a las niñas a embarazarse tan jóvenes? Sus cuerpos inmaduros, dando lugar a la vida…— Negó con la cabeza y chasqueó la lengua, entonces alzó la mano izquierda sin apartar su mirada desquiciada del rostro torturado de aquella que lo había despreciado. —Una afección cardiaca en una dama, que es la única heredera, un zafiro púrpura… los genes son lamentables.

—No… por favor, perdona mi descortesía.— Elfir, sujetó las manos de Lakshmi y las juntó entre las suyas, para detener sus intenciones. —Pero, no las lastimes.— Suplicó, para extrañeza, de quienes la observaban. Zire y Kaón desconocían que el poder sanador de los dioses en los mortales, estaba limitado por las sendas del destino que las fortunas gobernaban.

—Las amas a las dos.— Los iris verdes de Laila se abrieron sorprendidos. —Incluso con el rechazo de la princesa o los trucos del cisne oportunista.

El silencio llenó el salón y el temblor en las manos frías de Elfir se transmitió sobre las de Laila, quien miró intensamente a la deidad que servía, el alma humana que rasgara cada espacio de su consciencia para retomar el control falló, cuando Lakshmi la arrojó a las sombras nuevamente. Consciente de su victoria, la fortuna le plantó un beso en el que no encontró ninguna resistencia. Satisfecho con su victoria, Lakshmi le murmuró el precio en el oído. —Serás mi consorte…— deslizando su mano por la mejilla nívea del viento, bajando por su cuello hasta la clavícula en la que sujetó la tela que deseaba retirar del cuerpo deseado de Elfir, rompiendo con su fuerza el collar, mientras revelaba en su mano izquierda una moneda negra que las fortunas usaban para compensar la balanza.

—Acepto esta moneda— susurró con voz derrotada y sensación de suciedad en la boca.

—Haz, un pacto irrompible conmigo…— Ordenó, a la par, que tomaba la mano de la castaña entre sus dedos y la posaba sobre el pecho de la sibila, transmitiendo tales sensaciones al cuerpo original de Lak en la dimensión de los océanos.

Zire observó las circunstancias, comprendiendo que ellas, unas simples mortales… se habían convertido en la debilidad más nefasta de Elfir, quien había comenzado a escribir, con trazos de poder puro, una firma para sellar el pacto irrompible sobre la piel de Laila. Con su entrenamiento de combate, la princesa se liberó del agarre de Kaón y se apresuró a correr para llegar junto a ellas, sujetó la mano de la deidad del viento, quien la miró con incredulidad. —¿Zire?

—No firmes… no importa lo que pase. ¡No lo hagas!— La rubia estrechó la muñeca de Elfir con todas sus fuerzas, sin siquiera poder moverla ni un milímetro, pero el hilo dorado de su firma se desvaneció quedando incompleta.

Lakshmi, cuya irá reverberó, levantó su mano para golpear a la princesa con una centella negra plagada de infortunio. Sin embargo, Elfir se interpuso recibiendo el golpe de la maldición en su rostro, sintió como el rayo recorría la completitud de su cuerpo. Sabía que si aquello tocara a Zire, su vida se perdería instantáneamente y de una forma horrible.

—Elegiste, la peor manera…— Gritó Lakshmi mientras la moneda negra, se desvanecía en el suelo como carbón líquido. —¡La vicisitud acompañará cada instante de tu camino en esta tierra!

—Te habría dado mi cuerpo y complacería tus perversiones.— Dijo con una voz fría e inexpresiva, como si realmente no le importara… hasta el momento en el que le miró a los ojos con un enojo sereno y aterrador. —Pero intentaste tocarla, incluso… querías maldecirla.

—Elfir…— Se quejó Lakshmi, temiendo que esta vez, la diosa no se contuviera ni siquiera por la misericordia del cuerpo que poseía.

La señora del aire se llevó la mano al pecho y de él extrajo la fuente de su poder divino, que no era otra cosa que la Lanza del cielo. El terror llenó el rostro de la sexta fortuna, quien pudo sentir el filo a la altura del cuello sabiendo que no ha muerto, solo porque usó el cuerpo de una jovencita humana. —Libera a mi sacerdotisa o te juro que nos veremos en el templo de nuestro padre.

—Serás mía, de una forma o de otra…— Le advirtió Lakshmi, antes de abandonar el cuerpo de Laila, que cayó inconsciente en los brazos de Elfir, quien la atrapó en el aire y la sostuvo con un brazo antes de que se golpeara con el suelo.

La mirada violeta de la princesa de Remus se detuvo sobre la lanza del cielo que la diosa Elfir ostentaba tan tranquilamente. Si bien la vista del cuerpo semidesnudo de la sibila pegado al de la castaña era algo odioso de ver, el reconocimiento del arma sagrada detuvo los latidos de la princesa, al menos por un segundo.

Kaon, quien no entendió de primera cuenta por qué su princesa parecía en shock, acudió en ayuda de la diosa y retiró el cuerpo de la jovencita de su proximidad. Elfir tomó la capa de la que se había desprendido Lakshmi cuando se mostró tan descaradamente instantes atrás y cubrió la dignidad de Laila, para que cuando despertara no se sintiera demasiado humillada.

La diosa se preparó para guardar nuevamente su arma sagrada, cuando la voz de la princesa De'Zire la detuvo. —Espera… por favor.— Tragó saliva. —¿Podrías dejar que la vea?— Estaba segura de haberla sostenido en sus manos durante la reunión del consejo en Windbloom.

Elfir la miró incomprensiblemente, pero de todos modos le extendió el arma. —Yo te concedo sostener mi lanza, sea testigo el cielo que nos mira.

La joven rubia, supuso que aquella era una ceremonia demasiado inusual, tan solo para permitirse observar de cerca un arma. Sin embargo, Elfir, que adivinó sus pensamientos a través de sus expresiones faciales, aclaró. —Este objeto es único y especial, solía ser la espada de la tormenta de mi padre o al menos una parte de ella, específicamente la empuñadura. Con este elemento mi madre dio lugar a mi nacimiento, imbuyéndola de vida. Así que entenderás cuán preciado es este objeto, dado que de él depende mi existencia. Por tal motivo hay una restricción impuesta en ella, el arma tendrá un peso insondable y no podrá ser levantada por nadie, salvo a quien yo se lo permita.

Esta circunstancia fue incluso más particular para la princesa, pues Arika mencionó una restricción semejante. —Es preciosa, un tesoro invaluable.— Zire sostuvo con firmeza la vara y luego deslizó sus dedos sobre el metal, sintiendo las inscripciones arcanas con cuyo toque, comenzó a brillar con un fulgor dorado, como en antaño.

La dama rubia manipuló la lanza de la misma forma que le había enseñado Sayers y con un par de trucos conocidos, logró que la vara se retrajera hasta ser tan portátil como para esconderla debajo de una coraza… tal y como Arika lo hizo durante la boda de Nagi. Levantó la mirada curiosa y casi pudo sollozar, notando que era la misma arma en manos de su amante el día que se desvaneció en una estela de luces preciosas… ¿Por qué Elfir tiene esta arma en su poder? Esta vez centró su interés en la hoja que palpó cuidadosamente, la caricia tierna que la princesa le prodigó… literalmente se sintió por completo en el interior de Elfir, quien estaba conectada a su arma como una extensión de ella misma. Por lo que se mordió la boca y desvió la mirada, azorada por tales sensaciones. Nunca creyó, que algo como eso fuera tan… estimulante. Tragó saliva y tendió su mano para tener de vuelta su arma, mientras trataba de esconder su vergüenza.

—¿Qué pasaría si te separas de esta lanza por mucho tiempo?— preguntó Zire con una mirada triste, aferrándose a la lanza que estrechó contra su pecho.

Elfir la miró sin entender. —Sería equivalente a no tener un corazón latiendo en mi cuerpo…

—No deberías decir esas cosas, si aún no te he devuelto esto— La de mirar violáceo se preocupó de la excesiva confianza que la diosa le mostró. —Hay cosas que no deberías decirle a nadie.— Advirtió con el ceño fruncido.

La diosa sonrió por esta tierna preocupación, pero bastó un pensamiento para qué la lanza escapara de las manos de Zire y retornara con su dueña, quien volvió a depositarla en su interior. —No hay demasiados seres que puedan robarla.— Se aproximó al trono y recogió la reliquia qué era el collar que atesoraba, guardándolo entre sus ropas.

Luego se aproximó a Laila para ver la posible herida en la mano que había usado al golpearla. Notó que la misma estaba hinchada y posiblemente fracturada, incluso el sello oscuro de la maldición había quemado la piel de la joven dejando su mano del color de un carbón. Elfir estaba enojada con Lak por atreverse a poseer a una de sus leales sacerdotisas, intentando seducirla y tomando la pureza de alguien más para sus juegos.

—Todo lo que ella dijo, ¿es verdad?— Cuestionó en cuanto salió de su sorpresa. —Incluso, ¿sobre la pureza de tu cuerpo?

Elfir asintió y decidió mantener la cabeza fría. —No había sentido nada como esto antes como para interesarme por la intimidad de los cuerpos.

Mientras todo esto pasaba, la mente de Zire trabajaba a mil millas por segundo, comprendiendo que… contrario a los rumores en torno a la diosa Elfir ni siquiera había conocido los placeres de la carne hasta el momento en que yació con Mashiro. ¿Le había entregado la primera ocasión de su ser divino a Mashiro? Eso hizo comprensible para la princesa, el que ella pareciera tan afectada por su insinuación sobre las verdaderas intenciones del cisne de plata.

—Porque… mentirías, aquella vez, en mis aposentos.— Zire miró intensamente a Elfir a los ojos, le molestaba que mintiera cuando tenía la impresión de que ella era alguien sincera la mayor parte del tiempo.

—Parecía demasiado importante para ti.— Dijo simplemente y Kaón se sintió fuera de lugar, sorprendida por las revelaciones que ocurrían. —La pureza que le entregaste a alguien más y que, consideraste suficiente motivo para ser despreciada. No sería motivo suficiente para mí, así que dije algo que atenuara ese peso en tu espalda.

¿Entonces Elfir había mentido cuando se refirió a sí misma como una persona experimentada? ¿Lo había dicho para hacer que su orgullo no fuera magullado cuando admitió que no era virgen? Además, cabía la increíble posibilidad de que… ¿La diosa y Arika fueran la misma persona? Cuanto más la miraba, más se superponía la imagen de la persona que ella conocía, cuya transparencia y honesta forma de ser, eran esencialmente muy parecidas. Ya no se trataba de que sus similitudes físicas fueran obvias, era el conjunto en sí mismo que hacía de lo inverosímil, una posibilidad creíble. ¿Pero como podría ser algo así? Así un pensamiento la golpeó con fuerza… La idea de Arika o Elfir, siendo la presa de los deseos oscuros de aquella fortuna infame, hizo temblar el corazón de Zire. —¿Realmente satisfarías las oscuras intenciones de ese ser?

—La palabra de un Dios nunca puede ser puesta en duda.— Elfir respondió calmadamente y se aseguró de curar las heridas que Laila había recibido en medio de aquella extraña confrontación. Luego miró a Kaón y solicitó su ayuda. —¿Podrías llevarla a sus aposentos?

La servil dudó sobre dejar a Zire y Elfir a solas, no consideraba que la deidad quisiera herirla si estaba claro, que amaba con todo su corazón a la princesa. Tal vez ese era el problema, esas mujeres se deseaban más de lo que era conveniente, aun así… tan solo un gesto de su ama bastó para obedecer. Levantó a Laila en sus brazos y se apresuró a llevarla con las demás, con la esperanza de volver rápidamente.

—¿Y bien?— Zire se cruzó de brazos, llena de duda y ansiedad. —¿Qué era ese ser?

—Lakshmi tiene el mismo nivel de jerarquía que yo, y es un Dios de la fortuna.— Elfir se acarició el rostro a la altura de su ceja y dolió un poco, tal vez la maldición era subdérmica. —Lo que significa que puede alterar el destino de los seres humanos.— Una picada dolorosa en la cabeza e imaginó el moretón en la mañana. —Él ha solicitado mi mano alrededor de una centena de ocasiones, pero se me consideraba muy joven para el matrimonio. Tiempo después, nos enfrentamos a un enemigo inesperado y recibí heridas mortales, elegí entregar la potestad de mi tesoro a mi hermana pequeña, Mikoto… para que pudiéramos alzarnos con la victoria y evitar la destrucción de la raza humana. Debido a ello, terminé fragmentada y al borde de la muerte, en un estado intermedio, lo que los humanos llaman coma.— Relató con la misma indiferencia que solía usar cuando hablaba con Lak, para no mostrar emociones y Zire la miró llena de consternación. —No sé qué pasó en ese tiempo, pero durante el evento de la luna escarlata, mi esencia fue recuperada y pude recuperar la consciencia.

—¿Esencia?— Zire no sabía que era aquello.

—Es como el alma en los seres humanos.

Que la diosa recuperara su alma la misma noche de la luna roja, el mismo día en el que ella perdió a Arika. ¿Tantas casualidades serían posibles? —¿Volviste a la vida hace poco y pensabas ser el juguete de ese asqueroso hombre?

—Ahora que estoy de vuelta no sería tan extraño que obtenga un matrimonio arreglado— Levantó los hombros. —Y no hay nadie con mayor rango pidiendo mi mano, sería la mejor decisión política y estratégica para los intereses de los reinos superiores.

—No puedo creer que hables así.— Quería golpearla, o tal vez consolarla. Jamás pensó que los dioses pudieran ser tan crueles, incluso con sus propios hijos.

—Zire…— La tristeza permeó la expresión cansada de Elfir. —Soy la segunda espada, yo no nací del lazo que se forma del afecto, no soy la sangre de nadie. Fui creada con un propósito realmente específico y no he sido otra cosa que una herramienta cada día de mi vida durante milenios. Yo conozco mi lugar…

La princesa remusiana sintió aquella desesperanza en otra persona en el pasado, encontrando cada vez más similitudes. Ahora las posibilidades continuaban creciendo frente a sus ojos y no lo permitiría. —Entonces juzgaste indiferente la elección, pese a que te repugnaba ese hombre.

—No me siento atraída por los seres de forma masculina. Aunque Lakshmi tiene un aspecto bastante femenino y es realmente hermoso… sigue siendo un hombre. Creo que por eso pensó que esta dificultad sería resuelta tomando el cuerpo de una mujer cuyo aspecto podría interesarme.— Elfir reflexionó en el gesto. —Me sentiría halagada si no intentara chantajearme.— Entonces afiló sus iris zafiro. —Pero jamás lo perdonaré por amenazar a Mashiro y peor aún, se atrevió a atacarte.

—No debiste aceptar su propuesta… eso no dista demasiado de un abuso.— Negó, odiando la idea de ser una debilidad que puede usarse para obligar a Elfir a hacer cosas que realmente no desea.

—Comprende que él podría atacarte donde yo no puedo protegerte…— dejó escapar la frustración en su voz, se sujetó la cabeza con la mano derecha y mordió uno de sus dedos izquierdos. —Él les haría las peores cosas por verme sufrir. Ya es horrible lo que le ha hecho a Mashiro…— Elfir comenzaba a creer que el infortunio de Mashiro con Nagi o la muerte de esa chica, ¿cuánto fue planeado por las fortunas?

—Eres una diosa, ¡por los cielos! Tu existencia es infinitamente más valiosa que la de cualquier ser humano.

—¡Te amo!— gritó aquellas palabras con desesperación. —No importa si no crees en el amor que siento por ti, para mí es bastante real.— Suspiró.

—¿Por qué alguien querría ser solo el objeto de afectos incompletos?— Zire la detuvo. —Incluso si piensas que eres una herramienta, deberías luchar por tu libertad para elegir…

—¿Quieres que rete a la diosa del sol y al señor de los mares?— La castaña sonrió con una expresión divertida. —No son solo mis padres, son también los grandes gobernantes…— informó interesándose en la expresión de Zire, quien se mantuvo firme incluso entonces. —¿No me darás una buena razón?— susurró con un tono negociador y caminó alrededor de la dama rubia sin dejar de mirarla a cada paso que daba.

—¿Una razón?— La miró de soslayo, sintiéndose envuelta por aquella presencia.

—Dame tu mano, princesa… y yo encontraré el modo de hacerte mi esposa.— ofreció serenamente con un brillo inusual en sus ojos celestinos y una pequeña sonrisa en su boca.

—Solo estás jugando— se quejó, más que consciente del hecho de que no renunciaba a Mashiro por ello y no daría el brazo a torcer. —Entiende que yo no sé compartir…— Dijo aquello sintiéndose mal por esa mirada azul. —Lo siento, incluso después del tiempo de luto, yo no podría…

—Lo respeto, yo jamás te obligaría a ser algo que no quieres ser.— Acarició la mejilla de Zire y le dio un suave beso en la mejilla, sonriendo con la amabilidad que la caracterizaba. —Sé que pronto elegirás un consorte, así que tendrás a alguien solo para ti. Felicidades…

—Yo… yo… vaya, como vuelan los rumores.— No pudo ocultar ese hecho o la contrariedad por la forma en la que esta conversación se salió de sus manos. —Es algo político. ¿Lo sabes?— aclaró ligeramente temerosa de ser malinterpretada.

—Lo sé— La deidad asintió, notando que Kaón había retornado y preservaba una discreta distancia, dándoles espacio. —Me despido, princesa— inclinó suavemente la cabeza con una reverencia que un dios no debería ocupar en una mujer mortal, pero esta era la forma en la que Elfir no escondería sus afectos, incluso si tenía espacio de sobra para amar a dos mujeres. —Me aseguraré de que Mashiro y mi pequeña Rena… estén a salvo.