Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Creo que te Amo~

Por: Devil-In-My-Shoes


XIII: A la Sombra del Pasado

Korra y Kuvira desayunaban juntas en el comedor luego de concluir una rigurosa sesión de ejercicio. Mientras comían, entablaban animadas charlas en las que, por lo general, Korra acaparaba el centro de atención. Ella era la que había recorrido las demás naciones, la que había visto más mundo y, por lo tanto, tenía más cosas interesantes que decir. Además, Kuvira prefería limitarse a hacerle preguntas para satisfacer su curiosidad. Guardaba silencio y se deleitaba escuchando al Avatar atentamente, pues adoraba el sonido de su voz, llenando el eco profundo del templo vacío.

Así era desde que Korra llegó, hace una semana. Despertaban y salían a acondicionar sus cuerpos, actividad que daba mejores resultados si competían y se motivaban entre ellas. Luego compartían una larga y dulce hora en la ducha juntas, un lujo que podían darse por ser las únicas habitantes del templo, por el momento. Pasaban a tomar el desayuno, conversaban y después, Korra ayudaba a Kuvira con sus quehaceres diarios en la isla.

Al final de la tarde reanudaban una práctica de lucha cuerpo a cuerpo, enfocada en los estilos de artes marciales que caracterizaban a los elementos que controlaban, pero sin llegar a atacarse con sus poderes. Un entrenamiento intenso que tanto Korra como Kuvira disfrutaban hasta caer desfallecidas en la cama. Al día siguiente, sencillamente retomaban la rutina.

—Entonces durante estos dos —casi tres meses—, de ausencia… ¿En realidad te dedicaste a recorrer el Reino Tierra, Estado por Estado? ¿Tú sola, nada más que con tu amigo el maestro fuego como mano derecha? —preguntó Kuvira, aún sin poder creerle.

—Estado por Estado, provincia por provincia, ciudad por ciudad, aldea por aldea… No dejamos ni un sólo rincón del Reino Tierra sin visitar —aunque Korra sonaba orgullosa de su proeza, sus ojos todavía describían el cansancio de tres meses de viaje sin paradas ni descanso—. Esta vez tenemos algo que ni Raiko, ni Wu, ni nadie más se atrevió a considerar antes de imponerse sobre los intereses de la nación: la opinión de su gente. Y todo es gracias a ti, Kuv.

—¿Gracias a mí? —resopló—. Pero si yo no he hecho nada.

—¿Interceder por tu gente ante el Avatar no es nada? Diste a conocer un punto de vista del que nadie más se había interesado en hablar. Los líderes mundiales piensan que la gente del Reino Tierra no sabe lo que quiere o lo que les conviene. ¡Pero sí lo hacen! Y si tú no me lo hubieras sugerido, yo tampoco lo hubiera considerado. Ahora mismo, el Reino Tierra está celebrando su primer referéndum, ¿y crees que no mereces algo de crédito?

Kuvira se encogió de hombros y sorbió un poco de té.

—Vamos, ¡no te hagas la modesta, Kuv! La idea fue tuya; el Rey Wu dio su aprobación, y Mako y yo nos encargamos de ponerlo todo en marcha. ¡Fue un trabajo en equipo impecable! —Korra no podía dejar de sonreír—. Los resultados de la primera ronda le hicieron saber al mundo que los ciudadanos del Reino Tierra desean permanecer unidos, en vez de dividirse en un sistema de Estados independientes. La gente de tu nación es tan leal entre sí como nunca antes lo habían sido. Y eso —sentenció, señalando a Kuvira con un dedo—. Fue completamente obra tuya.

Kuvira se removió en su asiento, incómoda.

—Aunque haya inspirado algo bueno entre la gente del Reino Tierra durante mi régimen —dijo—. Te agradecería que te abstuvieras de gritarlo a los cuatros vientos, Korra.

—Pero…

—Y, además —la interrumpió Kuvira—. Independientemente del éxito que pueda tener nuestro pequeño plan, te ruego que por favor te adjudiques todo el crédito. Mi influencia en todo esto debe ser mínima, cero si es posible. De lo contrario, nada de lo que logremos tendrá credibilidad ante los ojos del mundo. La palabra del Avatar Korra vale mil veces más que la mía. Sólo a ti te escucharan.

Korra se mostró disgustada.

—No puedo hacer eso, Kuv. No quiero. Estamos logrando algo imposible juntas y el mundo debe saberlo. Todo este progreso ha sido gracias a ti. Estamos a las puertas de la segunda ronda del referéndum; finalmente el Reino Tierra nos hará saber si realmente quieren la democracia o si prefieren quedarse con la monarquía. ¡Su voz se hará escuchar gracias a tu intervención! Si el mundo lo reconociera, entonces-…

—Korra —Kuvira pasó el brazo por encima de la mesa para tomarla de la mano—. Raiko nunca va a liberarme de mi condena, y los otros líderes mundiales tampoco. Por favor, no te hagas ilusiones. No importa todo el bien que yo haga ahora, nada va a cambiar el hecho de que estuve a punto de subyugar a otra nación por la fuerza. Una vez perdida la confianza, ésta ya no puede recuperarse. Yo ya lo he aceptado, y tú también debes hacerlo.

Korra desvió la mirada y sorbió por la nariz.

—Sabes que Raiko está esperando pacientemente por el más mínimo error para lanzarte de vuelta a prisión. ¿Cómo puedes conformarte con una vida así? Si yo no hubiera movido montañas, ahora mismo estarías en una celda, y no habríamos logrado nada de esto. Si no te hubiera dado la oportunidad, no habrías mejorado y, por consiguiente, el Reino Tierra tampoco. ¡Debe haber algo más que podamos hacer!

Kuvira suspiró, acariciando la mano que temblaba, obstinada, junto a la suya.

—Lo sé… Pero a la gran mayoría no le interesa que yo mejore. Sólo quieren que sufra, y con justa razón.

Inmediatamente, Kuvira pensó en los campos de reeducación; en las poblaciones desplazadas de sus hogares; en los bandidos con las cabezas aplastadas sobre los rieles de su tren. Pensó en el paisaje destruido de Ciudad República, y en el pantano de lianas espirituales ultrajado…

Entonces sintió los labios de Korra besándole la mano, y la escuchó murmurar:

—Pienso que ya has sufrido lo suficiente… Pienso que en vez de desperdiciarte en una celda o en esta isla, deberían permitirte enmendar tus errores; porque sé que lo harías sin dudarlo. Y lo harías mejor que nadie.

Kuvira asintió en silencio. La culpa colgaba de su cuello como una pesada cadena de platino.

—Ya está bien, Korra —la consoló entonces, forzando una sonrisa—. Porque cada día que puedo despertar en los brazos de la mujer que amo; que puedo inclinar la cabeza y ver el sol; y que puedo sentir el tacto de la hierba bajo mis pies… no estoy sufriendo. Y es todo gracias a ti.

Vio a Korra esbozar una débil sonrisa.

—Si pudiera hacer más por ti, lo haría.

—Lo sé, Korra. Lo sé.


x~x~x~x~x


Y así pasaron los días.

Para Kuvira era sobrecogedor pensar en el hecho de que, mientras ella estuvo encerrada en completo aislamiento por dos años, el mundo simplemente siguió su curso.

Muchas personas nacieron y muchas otras murieron. Se hicieron más descubrimientos y avances tecnológicos. Nuevos gobernantes llegaron al poder, mientras que otros hallaron los medios para conservar sus puestos. En el Reino Tierra se llevaba a cabo la segunda ronda del referéndum. Y la gente común continuaba viviendo con el esfuerzo de sus espaldas y el sudor de sus frentes, confrontando los cambios, la incertidumbre y las dificultades del día a día; limitándose a sobrevivir…

Y era sobrecogedor pensar en lo inmenso que se había vuelto el mundo para Korra, mientras que para Kuvira, se había tornado minúsculo.

Esa mañana escuchó a la joven Avatar narrar más de sus recientes aventuras y desventuras en el Reino Tierra. Su conocimiento abarcaba una extensión impresionante de sucesos, conflictos y logros políticos, a lo largo de cada uno de los Estados principales del Reino Tierra. Korra estaba enterada de sus situaciones económicas, de su organización frente al nuevo vacío de poder, sabía quiénes eran los líderes actuales, y cuáles eran sus propuestas y cometidos. En pocas palabras, estaba tan actualizada como cualquier líder mundial debía estarlo al respecto.

Pero por otra parte, Kuvira —confinada a su diminuto mundo en la isla del Templo del Aire—, no podía hacer más que relatar puras nimiedades. Nada que Korra no supiera, con excepción de los lentos progresos de un bisonte malhumorado en camino a la rehabilitación. Tenía poco material de conversación, al menos de algo que ella misma considerara relevante.

Lo cierto era que, Kuvira no tenía nada.

Nada absolutamente y, hasta ese momento, no había caído en cuenta de ello.

No tenía posesión alguna, ni dinero, ni un empleo, ni un lugar propio dónde vivir. ¡Ni siquiera ropas con las que vestirse! De no ser por el amparo de Korra y los maestros aire, estaría en la calle muriéndose de hambre. La asimilación inmediata de esto la golpeó con la fuerza de un grueso disco de roca en el estómago. Se encontraba justo donde había empezado su historia: en las mismas condiciones que cuando tenía apenas ocho años.

Kuvira se quedó como desfasada, con la vista fija en el plato y un trozo de pan mordido en la mano.

Ese día en particular había empezado como cualquier otro, por lo menos hasta que Kuvira quedó sumida en ese trance de aprehensión existencial que la embargó casi sobre la nada. Sin embargo, Korra no se percató de ello. Estaba muy concentrada hablando sobre una escaramuza en la que ella y Mako tuvieron que someter a más de veinte agentes Dai Li en la ciudad de Omashu.

Y parecía que el punto de aquella historia iba más allá de sólo presumir sus tácticas ofensivas en combinación con las de su amigo maestro fuego. Pero Kuvira no la escuchaba. Divagaba entre recuerdos suprimidos de hace años.

Ella, que pensaba ya no poder recordar cómo era el rostro de su madre o el de su padre, en un instante su mente proyectó una imagen cristalina y nítida de ambos. De nuevo era como si pudiera oír el tono severo y desdeñoso de sus voces, despreciándola. Se le erizó la piel y se quedó ahí, paralizada, sin levantar la vista del plato.

Korra mencionó, con cierta urgencia, algo sobre el rey Wu, y Kuvira hizo un esfuerzo inmenso por salir de su abstracto estado de ensimismamiento y preguntar:

—¿Qué decías? ¿Algún comentario sobre Wu? Lo siento, no te estaba escuchando.

—Algo te está afectando muchísimo, ¿verdad? —infirió preocupada Korra, apoyando los codos en la mesa—. Desde ayer te he notado distraída. Durante nuestro entrenamiento estuviste muy dispersa y no lograste asestarme ni un solo golpe. ¿Qué sucede? No eres la de siempre…

Con rabia, Kuvira arrojó el trozo de pan que sostenía dentro del plato.

—¿Y tú cómo puedes saber si soy la de siempre o no? —Le recriminó, para sorpresa del Avatar—. ¿Quién es la Kuvira de siempre? ¡Dímelo, porque yo no lo sé! ¡Tal vez la de siempre era la asesina a sangre fría que intentó conquistar la República Unida! ¡O tal vez era la niña estúpida a la que sus propios padres prefirieron abandonar! ¡Tal vez, es la mujer sin futuro que tienes frente a ti…!

—Yo sé quién eres, Kuvira —afirmó Korra, su rostro serio y firme—. El problema es que tú eres incapaz de ver hacia tu interior de la misma manera en la que yo lo hago. Si pudieras…

—Déjame adivinar —siseó ella con desdén—. Tiene que ver con el dichoso vínculo espiritual que nos une.

—¿Por qué hablas de eso como si fuera algo malo? —cuestionó Korra, visiblemente confundida.

—¡Eso es asunto mío! —replicó furiosa, golpeando la mesa con las palmas abiertas.

Y vio a Kuvira abandonar el salón, perdida en la cólera que la embargaba.

Inmediatamente, Korra sintió el impulso desmedido de ir tras ella, pero supo detenerse antes de hacer algo estúpido. Era algo que tuvo que aprender por las malas cuando visitó a Kuvira durante sus primeros meses en prisión. Si Kuvira reaccionaba así, lo mejor era mantener la distancia y permitirle estar sola hasta que se le pasara.

Siempre que Kuvira se alejaba de esa forma, brusca y hostil, lo hacía por una razón específica, y no simplemente por el deseo de buscar consuelo en la soledad. Korra lo sabía bien. Kuvira lo hacía para protegerla de sí misma; por doloroso que fuera el tener que reconocerse como un peligro para la persona que más amaba.

Habían pasado dos años desde ese entonces, y Korra aún podía sentir las manos de Kuvira alrededor de su cuello, estrangulándola con una fuerza descomunal. Tan sólo el terror que le tuvo a Zaheer podía compararse con el miedo cerval que se apoderó de Korra en aquella remota ocasión.

Encontrarse frente a la ira pura, incluso el odio, que destellaron esos fríos y desesperanzados ojos verdes, la desarmó. Quedó petrificada, suspendida en el brutal agarre de una Kuvira tan rota y herida, tan cegada por la furia y el rencor, que no sabía lo que hacía.

Quizás fue el sentir cómo le aplastaba la tráquea, o el verla sucumbir a la desesperación que le inducía la falta de oxígeno, lo que hizo a Kuvira recapacitar finalmente. De un momento a otro, Kuvira la dejó caer y se retrajo contra el muro de la celda, empequeñecida como un animal acorralado.

El silencio de la prisión se llenó con el sonido de la incesante tos de Korra y de los acelerados jadeos que buscaban compensar la escasez de aire en sus pulmones. Se había encontrado al borde del desmayo, de la muerte incluso. En cuyo caso, habría entrado involuntariamente en el Estado Avatar, y ya no hubiera podido responder por sus acciones.

Temblorosa y pálida como estaba, Korra reunió el valor para voltearse y mirar a Kuvira. Vislumbró el contorno de su cuerpo en medio de la oscuridad de la celda, hecha un ovillo en el piso, estremeciéndose. Una vez que su miedo se hubo desvanecido, Korra se tambaleó con pasos débiles en aquella dirección, buscando arrodillarse al lado de la quebrantada mujer.

No había sido culpa de Kuvira, sino suya.

Habría tenido que saber medir la intensidad de las palabras con las que la había enfrentado. Habría tenido que obedecer cuando Kuvira le advirtió ferozmente que la dejara sola. Habría tenido que escuchar cuando le dijo que no la quería cerca, ni a ella ni a nadie. Que nada de lo que estaba ocurriendo era algo que Kuvira hubiese deseado jamás.

Sin embargo, en aquel entonces, Korra era incapaz de comprender que, la obstinación de Kuvira frente a sus intentos por redimirla, existía por una razón. Kuvira no se sentía digna de perdón; encolerizada consigo misma, y lo mucho que le dolía admitir lo equivocada que había estado durante su campaña de conquista. Y sin comprenderla realmente, Korra continuó presionándola más y más, hasta que Kuvira ya no pudo soportarlo. La propia impaciencia e insistencia de Korra la llevó a espetar las hirientes palabras que acabaron por provocar la furia de Kuvira.

¡No salvé tu vida para que acabaras convertida en una patética cobarde!

Korra se concentró en los músculos adoloridos de su cuello y aceptó que se tenía bien merecida aquella repentina agresión.

Siendo impulsiva por naturaleza, necesitó el golpe para entender que, el daño físico que Kuvira podía infligirle, no era nada comparado a la tortura mental a la que ella la había sometido con sus palabras. Así, nunca podría salvar a Kuvira del abismo negro en el que se había hundido, tras haberse entregado voluntariamente a las autoridades.

Entonces Kuvira la miró, y recorrió con dedos temblorosos las rojizas magulladuras que habían comenzado a formarse alrededor de su cuello, tras intentar asfixiarla.

Avatar Korra… ¿Qué te he hecho?

Korra se esforzó en disfrazar su dolor.

No ha sido sólo tu culpa, Kuvira. Yo no debí…

Kuvira la interrumpió.

No trates de justificar mis acciones, Avatar. Estoy consciente de lo que soy, el monstruo que soy, y de lo que te hice. Pude haberte matado. Te debo mi vida y acabo de intentar matarte.

Kuvira giró el demacrado rostro para desviar la mirada. Korra alcanzó su largo y reseco cabello negro, y peinó los mechones enmarañados detrás de su oreja, con la intención de despejar su cara y poder contemplarla.

Korra estuvo a punto de romper a llorar una segunda vez. Se le partió el corazón al desenterrar la infinita tristeza que guardaban esos, ahora vacíos, ojos verdes.

La voz quebradiza y rasposa de Kuvira continuó suspirando lamentos.

No quiero herirte de nuevo, Avatar… Pero sé que volverá a suceder. Esto se repetirá, siempre lo hará… Y no quiero… No quiero perderte.

Korra regresó de sus recuerdos, apretando los puños y estrellándolos contra la mesa.

Odiaba ser paciente, lo odiaba. Quería correr al lado de Kuvira para confortarla, pero sabiendo el estado en el que se encontraba, lo correcto era dejarla en paz. No pudo hacer más que quedarse allí, preguntándose qué nueva aflicción había invadido a su compañera, cuando ya llevaban más de siete hermosos días viviendo juntas y en paz.

Querer pretender que Kuvira había sanado por completo, era inútil.

Ella misma sabía lo que era estar así de rota. Sabía por experiencia propia, la frecuencia con la que esos demonios asaltaban su mente para atormentarla, robarle el sueño y despojarla del sentimiento de tener su vida bajo control. Korra había sufrido lo mismo durante tres largos años, y para Kuvira no sería diferente. El camino de la recuperación prometía ser largo, duro y tortuoso.

—Lamentablemente será así —musitó—. Pero no estarás sola, Kuv.

Un tenue resplandor dorado se materializó justo a su lado, y Korra dirigió su atención hacia allá para encontrarse con el pequeño espíritu de luz que tanto le había ayudado en el pasado.

La regordeta criatura ocupaba un puesto en uno de los cojines que se utilizaban de asiento, reposando sus cuatro bracitos en la superficie de la mesa. Korra le sonrió con suavidad y aquellos diminutos ojos negros la contemplaron con urgencia y cariño.

—Ya no puedes postergarlo más —le dijo con aire preocupado—. Debes enseñarle a viajar dentro de sí misma a través de la meditación, ¡ella tiene que enfrentarse a lo que hay allí, Korra!

—Lo sé, lo sé —suspiró cansada—. Es sólo que… No estoy segura de si Kuvira esté preparada para algo como eso todavía; no tiene la suficiente experiencia en asuntos espirituales…

—Por eso tú debes estar ahí para ser su guía espiritual —sonrió el espíritu—. Sabes lo mucho que esto podría ayudarla a encontrar paz en su corazón, Korra. ¡Anda! ¡Verás que todo saldrá bien! La he estado observando y me he dado cuenta de que Kuvira es tan terca como tú. ¡No hay duda de que podrá lograrlo!

Las palabras del pequeño ser revivieron el entusiasmo en la joven Avatar, que se puso en pie, decidida y optimista.

—¿Sabes qué? Tienes razón, lo haré. Pero dame un poco de tiempo para prepararla, ¿de acuerdo?


x~x~x~x~x


Para Korra no fue fácil esperar, nunca lo era. No obstante, consiguió reprimir su impulsividad y vio transcurrir la mañana tendida sobre el pasto, pensando. Sólo pensando.

Se dedicó a observar las nubes que, al desplazarse por el cielo, ocultaban los cegadores rayos del sol, para poco después, dejarlos nuevamente a la vista. Mientras tanto, la crecida hierba a su alrededor susurraba, mecida por la tibia brisa veraniega.

Pensaba en el estado inestable en el que se encontraba Kuvira; si tan sólo pudiera lograr que se abriera más con ella. Creía tener la respuesta para poder ayudarla. La sugerencia de su amiguito el espíritu podía funcionar, o también, podía desquiciarla. Aunque, tal vez, estaba subestimando la fortaleza mental de Kuvira. Después de todo, había conseguido reprimirse cada vez que sentía la ira venir, y se había abstenido de golpearla o intimidarla; cosa que a Korra todavía le costaba trabajo hacer, bajo ciertas circunstancias.

Suspiró rendida. Iría a buscar a Kuvira con la caída del sol; esperaba que para entonces haya logrado tranquilizarse.

Extrañaría entrenar con ella ese día. Kuvira era una oponente como ninguna; no conocía a nadie que pudiera seguirle el paso igual que ella, resistir sus golpes sin protección, e inclusive tumbarla y forzarla a rendirse con tanta frecuencia. Era una rival maravillosa, y Korra la admiraba aún más, porque Kuvira había conseguido superar el daño que su tiempo en prisión le había dejado. Si bien aún no peleaba como solía hacerlo la Gran Unificadora, no estaba lejos de recuperar todo su talento y maestría.

Y Korra no podía evitar disfrutarlo. Ambas eran muy físicas, en el sentido de que se expresaban y se conectaban mejor y con mayor facilidad compartiendo actividades de esa naturaleza. Las palabras se quedaban cortas al luchar, correr, hacer el amor…

La segunda vez que lo hicieron fue tan diferente de la primera.

A Korra la asombró el fervor de Kuvira, su rudeza. La primera vez fue gentil, enseñándole cómo hacerlo, pero ahora eso no le interesaba. Se había mostrado voraz, como si pudiera devorarla. Korra había tratado de ser ella quien la complaciera, pero Kuvira la había abrumado, dominándola de tal modo y con tal fuerza que, al principio, se quedó atónita. Pero lo olvidó pronto, en cuanto Kuvira hundió la boca entre sus piernas y la poseyó por completo.

Y aunque eso le había encantado, Korra se prometió a sí misma que no habría una tercera vez. En la siguiente oportunidad, sería ella quien tendría a Kuvira contra las cuerdas y le demostraría que, a pesar de su poca experiencia, podía igualarla y hasta superarla. Korra sonrió complacida sólo de imaginarlo.

Entonces suspiró.

Aunque todo eso era fantástico, a veces le parecía que su relación era algo arriesgado, insensato e irracional. Una tontería que ambas estaban dispuestas a cometer, una y otra vez, como el necio que continúa tropezándose con la misma piedra. Comprendía los miedos de Kuvira al respecto; el riesgo de ser descubiertas y la atemorizante duda de si realmente podrían tener un futuro juntas.

Todo era tan incierto.

Korra se permitió pasar el resto de la tarde en compañía del pequeño espíritu, allí en los jardines del templo, compartiendo sus temores, preocupaciones e inseguridades con él. Incluso sacó a relucir el tema del conflicto político en el Reino Tierra, y se lo planteó de la manera más sencilla posible para que él pudiera comprenderla. Esperaba que el espíritu supiera aconsejarla al respecto, pero su respuesta fue decepcionante.

—En el Mundo Espiritual no tenemos la necesidad de jerarquizar nuestra existencia ni de colocarnos unos por encima de los otros. Podemos convivir en paz y armonía, en tanto nada intervenga con el delicado equilibrio que nos rodea. Ustedes los humanos harían bien en aprender eso de nosotros.

Korra hizo una mueca y apoyó la mejilla en sus nudillos.

—Sí bueno, para ti es fácil decirlo —se quejó—. Dudo que los seres humanos logren algo parecido algún día. La mayoría son como borregos-koala, incapaces de pensar por sí mismos, siempre siguiendo al rebaño y volviéndose locos si pierden a su pastor. ¿No es para eso que dependen de mi rol como Avatar? Intento que vean el valor en sí mismos y en sus decisiones…

—En ese caso, sólo tú sabrás hallarle una solución a ese problema —se rió el pequeño, aunque a Korra no le produjo mucha gracia—. ¡Vaya que ustedes los humanos son complicados! Con todas esas emociones y sentimientos que experimentan a lo largo de sus vidas mortales. Y, además, están esas extrañas costumbres…

—¿Qué costumbres?

—Oh, podría mencionar muchas que me han hecho apreciar a los de tu especie, a pesar de su obsesión por las guerras, la ambición y el poder… Pero eso que llaman "amor", lo encuentro fascinante. Parece ser la mayor fuente de energía positiva dentro de ustedes; saca lo mejor de sus corazones —ladeó su redonda cabeza y rió—. No lo sé. He existido durante miles de siglos y siglos, pero jamás he visto nada que se compare a la forma en la que un ser humano puede llegar a amar. Podrías buscar hasta en los vastos confines del universo, y nunca encontrarías nada más hermoso…

—Es lindo que pienses así —admitió Korra, enternecida—. Quiero creer que el amor puede transformar cualquier desgracia en esperanza. Los humanos subsistimos de eso, de esperanza…

—A muchos espíritus les incomodaba convivir con humanos, pero eso ha cambiado desde que abriste los portales espirituales. Ahora que estamos unidos y que compartimos el mismo mundo, nos es más fácil entender su naturaleza. Su tiempo en la tierra es corto, y la mayoría de las veces su existencia resulta muy dura y tempestuosa, y a pesar de eso ustedes no se rinden. Siempre luchan y trabajan, buscando alcanzar la felicidad. A algunos nos parece admirable y, para otros espíritus, es estúpido. —Guardó silencio un momento—. Creo que jamás podré comprender a los seres humanos por completo, sin importar que me la pase observándolos toda la eternidad… Son seres únicos —su expresión se tornó meditabunda y después relajada—. Raava no se equivocó al juzgar su valía.

Korra sonrió ante la mención de la deidad que la acompañaría durante todas sus vidas, una amiga tan antigua como el tiempo mismo. Luego volcó los ojos al cielo y se reflejó en ellos la luz rosácea del crepúsculo. Era hora. Le agradeció al pequeño espíritu por su compañía, abandonó la comodidad del pasto, y comenzó a recorrer los alrededores de la isla en busca de Kuvira.

Visitó cada punto del templo sin hallar rastros de ella.

Le cayó la noche, y encendió una pequeña llama en la palma de su mano para poder moverse en la oscuridad. Estaba atravesando las arboledas cuando notó una marca extraña en el tronco de un manzano. Korra se acercó y lo analizó. La corteza del árbol estaba desgastada y roída; señal que quedaba tras una intensa sesión de golpes y patadas. Y al juzgar por la similitud de esas marcas en el resto de los árboles, fue mucho el furor contenido el que se había descargado en sus troncos.

Korra cerró su puño y asestó un golpe certero en la base de uno de aquellos manzanos. El tronco vibró, llovieron hojas y las manzanas comenzaron a caer a su alrededor. Korra extendió la palma de su mano, atrapó uno de los frutos, y sonrió complacida.

—Ya sé en dónde te metiste, Kuv.

No tardó en abrirse paso hacia los pastizales que limitaban con los acantilados de la isla. Allí imperaba el murmullo de las olas, que se expandían y se replegaban al pie de los riscos, en sintonía con el canto de los insectos nocturnos y el bramido solitario de un bisonte volador.

La encontró ida en sueños, acurrucada en una cama de paja dentro del cobertizo en el que almacenaban los arreos del rebaño. Kuvira debía estar exhausta y con razón; se había desquitado con toda una hectárea de manzanos, y tenía los nudillos amoratados, lo mismo que el empeine de sus pies.

Korra sonrió mientras se acuclillaba junto a ella.

Kuvira pudo haber desfigurado el paisaje de la isla, desatando la fuerza de su tierra control, pero no lo hizo. Quizás perdió muchas cosas en esos dos años, pero su disciplina y constancia permanecían intactas. Y por lo visto, el bisonte Parche salió beneficiado con el desahogo de Kuvira. Había una pila de manzanas puestas en la puerta de su corral, y probablemente el gigante peludo ya se había atiborrado de una buena cantidad, pues ahora yacía profundamente dormido en un rincón.

Ver al bisonte matón con la panza hinchada de jugosas manzanas le produjo gracia a Korra, tanta como dulzura.

Entonces regresó su atención hacia Kuvira. Respiraba tranquila, sus endurecidos rasgos faciales ocultos bajo un montoncillo de desordenados mechones negros. Se la veía serena y en paz; era seguro despertarla. Y sonriendo, Korra se dispuso a despabilarla con delicadeza.

—Kuv… —la llamó con suavidad, sacudiéndola un poco.

Se acercó hasta su oído y volvió a pronunciar el mote cariñoso con el que la apodaba. Aunque no se despertó, Korra advirtió que la respiración acompasada de Kuvira se alteró por un instante. A lo mejor funcionaría si la llamaba con más fuerza.

Se colocó sobre ella, apoyando las manos en el suelo, e inclinó la cabeza hasta quedar junto al oído de Kuvira. Esta vez Korra elevó su voz, y firmemente exclamó: "¡Kuv!"

Y como si ninguna de las dos se lo esperara, Kuvira se levantó de golpe, estrellando su frente contra la del Avatar. Del tremendo cabezazo, ambas rodaron en oposición a la otra, tumbadas de espaldas mientras se sobaban el topetazo en la frente.

—¡Korra! ¡Tú y tu cabezota dura, maldita sea!

—¿Cabezota? ¡Lo dice la que de seguro tiene placas de metal implantadas en el cráneo!

—¿De dónde demonios saliste? —volvió a quejarse Kuvira, palpándose la frente en busca de un chichón.

—¡Oye, yo sólo quería encontrarte! —replicó la otra, imitando la acción, aunque su tono de voz era más débil y angustiado—. ¡Saliste del comedor como poseída y me dejaste en ascuas el día entero! ¿Qué te pasó? ¿Estás mejor ahora, Kuv?

Korra tenía un ojo a medio cerrar por la molestia que le provocaba el golpe que se dio contra ella; las ropas desacomodadas y arrugadas, y una genuina expresión de total preocupación, mezclada con esa confusión infantil que sólo ella podía esbozar. Era evidente la sinceridad de sus palabras. Además, se le notaba cansada, triste incluso. Al verla así, Kuvira fue presa de una sensación de ternura que terminó por oprimirle el pecho.

La severidad de su rostro se derritió en una sonrisa arrepentida.

—Lo lamento —suspiró—. Te advertí que estaría insoportable. Tengo la cabeza como un torbellino…

—¿Me dejarás ayudarte ahora, Kuv? ¿Lo harás? —le suplicó Korra.

Odiaba y, al mismo tiempo, adoraba que esos temblorosos ojos azules se hubiesen convertido en su mayor debilidad. Y deseó que se usaran contra ella siempre, en cada ocasión en la que Korra sintiera la necesidad de hacerlo.

Kuvira le sostuvo la mirada en silencio, dejó caer la cabeza, y se resignó a aceptar. Aceptó, porque la conmovía el cariño que desbordaba el rostro afligido de esa impetuosa joven a la que tanto amaba.

—Está bien, tú ganas.

Nada más decirlo, el rostro de Korra volvió a iluminarse y se puso de pie alegremente. Salió a recoger ramas y encendió una fogata en medio del prado. Se quedarían ahí esa noche, despiertas. Ninguna de las dos tenía deseos de regresar al templo. Se respiraba más calma allí, con el rebullir de las olas en la cercanía, y la brisa que les enfriaba los huesos.

Korra se cruzó de piernas junto al fuego, mientras que Kuvira tomó asiento en una roca y hundió la cabeza entre las manos. Estaba consciente de lo que la sacaba de quicio, lo que le carcomía los nervios: el miedo que la había perseguido desde que salió de prisión, ni más ni menos.

Creyó que se había desvanecido con la llegada de Korra, pero el alivio probó ser temporal solamente. Habían vuelto a ella aquellas insoportables punzadas en las sienes, los mareos y las náuseas. Se sentía enferma. Enferma y perdida.

—No sé qué pasa conmigo —confesó—. Es como si cada día me pusiera peor. Me pesa el pecho como si mi corazón fuera de plomo, y apenas puedo resistir las migrañas que me golpean constantemente.

—Te entiendo, créeme —le aseguró Korra, tendiéndole la mano.

Kuvira la tomó con la suya, la apretó y la acercó a sus labios para depositar un beso en sus dedos.

—¿Qué es lo que sucede conmigo, Korra?

—Estás pasando por una transición muy dura. Escucha, sé que no es de tu agrado, pero si sientes que te pesa el pecho, es porque ya no puedes soportar la carga que acarreas en tu corazón. Tienes que deshacerte de todo eso, dejarlo salir. Por favor… Cuéntamelo, ¿qué es eso que te hiere y te molesta tanto?

Kuvira apretó los labios. Estaba consciente de que podía confiarle a Korra todo lo que sentía. Lo que es más, Korra era la única persona en el mundo a la que estaba dispuesta a revelarle esa etapa de su vida que acabó por marcarla tan profundamente. Aún cuando Kuvira se juró a sí misma olvidarlo, ocultarlo, suprimirlo; vivir como si aquel no fuese su pasado. Pero, ¿por dónde empezar?

Podría descargarlo todo sobre Korra: decirle que nunca quiso esa vida, que nunca quiso convertirse en una dictadora ni en una líder mundial. Decirle que lo soportó todo: los insultos, las burlas, las heridas físicas y el dolor de perderlo todo. De cómo fue rechazada por su primera familia, y de cómo ella misma se encargó de condenar su futuro al lado de su segunda familia, sacrificándola en nombre de la gente del Reino Tierra; gente que también salió lastimada por su causa… Y cómo llegó a aceptar que sus intenciones, por buenas que fueran, no alcanzaban para justificar los horrores que había cometido.

En realidad, nada la justificaba, y tampoco tenía deseos de sentirse como la víctima.

¿Qué caso tenía? Siempre se vio a sí misma como la protagonista de su historia. Maldita sea, llegó a verse como la heroína y no la villana. En su mente, cada decisión y cada riesgo a tomar fueron los correctos. Pero la batalla terminó; el Avatar ganó y ella se rindió. Reconoció el peso de sus errores, y agachó la cabeza para aceptar cualquier castigo que le fuera impuesto.

¿Qué más da? Al final, la historia nunca la dejaría olvidarlo. Y el mundo tampoco lo olvidaría. La gran mayoría la reconocería y juzgaría por el mal que cometió, y jamás aceptarían sus disculpas ni su redención. Su futuro era tan incierto y aterrador como lo fue su pasado.

—¿Cómo es que recordar esto me hará sentir mejor?

—No es cuestión de sólo recordarlo —la alentó Korra—. Tienes que aceptar lo que te pasó para poder liberarte. Negar lo que ocurrió o pretender que esas cosas no fueron parte de tu vida no hará sino empeorar tu estado. Sé de lo que te hablo. No puedes arrastrar a tus enemigos contigo, ¡necesitas enfrentar tus miedos!

—¿Mis enemigos? ¿Mis miedos? No tiene sentido. No son reales, no son algo a lo que me pueda enfrentar…

—Kuvira, yo no puedo saberlo si no me lo dices. Nuestro vínculo espiritual me facilita ser empática con tus emociones, pero no puedo leerte la mente. Dímelo por favor, ¿a qué le tienes miedo?

Kuvira contempló las llamas y su rostro frustrado se tiñó de sombras. Hubo un silencio profundo, contrarrestado solamente por el crepitar de la leña ardiendo.

—Yo… Yo solía creer que tenía el control de mi vida, de mis sentimientos. Aprendí a embotellar mis emociones, a reprimirlas. Y me creí sensata; creí que volverme fría y apática era lo mismo que no dejarme afectar por el miedo y la inseguridad que crecían dentro de mí, empeorándose cada día. —Alzó la mirada, y sus ojos verdes se encontraron con los aguamarina de Korra—. Tengo miedo, porque no sé quién soy. Tengo miedo, porque me aterra mi pasado y no quiero volver a repetirlo. Tengo miedo de la soledad, del rechazo… y el abandono.

—Continúa, vas bien —asintió Korra.

—Sé que tengo la libertad para ser quién yo quiera ser, y que no debería preocuparme por una crisis de identidad. Pero no puedo evitar pensar que mi alma está dividida, y que una parte de mí se encuentra perdida. Quizás siempre ha estado perdida…

—Todo esto tiene que ver con tus padres, ¿no es cierto? Es a ellos a quienes ves como enemigos. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que sucedió entre ustedes exactamente?

—No quiero hablar de eso.

—¡Pero debes hacerlo! —insistió Korra—. De eso se trata todo esto, Kuv. No puedes seguir aferrándote a ellos ni a lo que te hicieron, ¡debes dejarlos ir! Vamos… —susurró, colocándose a su lado y rodeándole los hombros con sus brazos—. Vas a estar bien, lo prometo.

Kuvira se dejó ir y apoyó la cabeza en el pecho de la joven Avatar, al tiempo que cerraba los ojos con un profundo suspiro. Entonces tragó en seco, y habló:

—Yo era la hija de una pareja de clase media. Vivíamos bien, con todas las comodidades que pudiéramos necesitar. Mi padre era el dueño de una herrería en donde se trabajaba metal de la más alta calidad. Sin embargo, seguía una estricta política de dirigir su compañía utilizando únicamente el talento de sus artesanos; artesanos no-maestros. Él pensaba que el metal control era una abominación, una habilidad que le restaba prestigio al arte que practicaba con tanto orgullo. Naturalmente, sentía aversión hacia los maestros tierra y metal.

Sintió a Korra estremecerse a su lado. Ya adivinaba hacia dónde iba la historia.

—Mi padre me odiaba, y yo aprendí a odiarlo a él. El hombre literalmente fingía que su hija no existía. Y yo, siendo solamente una niña ilusa, hice todo lo que estuvo en mis manos para intentar ganarme su favor. Lo que más deseaba de él, era que me dirigiera la mirada, que me sonriera… Pero de mi padre, sólo conocí su silencio y la anchura de su espalda.

Kuvira se detuvo para intentar calmar la ansiedad que empezaba a bullir en su pecho. Respiró hondo y continuó.

—Mi madre, por otra parte, estaba obsesionada conmigo. Enfermizamente obsesionada. Tenía un plan de vida forjado para mí, y pretendió que lo siguiera al pie de la letra. El mayor deseo de mi madre era formar parte de los estratos más elevados de la sociedad, a pesar de que su posición social no se lo permitiera. Se convirtió en el reflejo perfecto de una mujer de alta alcurnia, y quiso lo mismo para mí. Me obligó a ser perfecta. Perfecta en todos los sentidos. Y nunca me perdonó un error. Casi me destrozó las pantorrillas con los azotes que me daba con… esa maldita vara que no separaba de su lado. A ella también la odiaba.

La ansiedad se transformó en rabia y Kuvira apretó los dientes, luchando por contenerse.

—Yo no comprendía el porqué de la indiferencia de mi padre ni de la severidad de mi madre, pero podía darme cuenta de que yo era una gran decepción para ellos. Entendí que mi odio era el mejor remedio para mi tristeza, y aunque sólo empeoraba las cosas, me complacía hacerles la vida imposible. Cada vez que mi padre me despreciaba por ser una maestra tierra, yo utilizaba mi tierra control para destruir sus materiales y echaba a perder sus negocios. Y cada vez que mi madre me sofocaba con sus exigencias, yo me volvía aún más rebelde y arruinaba sus planes, robaba sus joyas, rompía sus adornos... Mis pequeñas venganzas los desesperaban, y eso me complacía, pero luego volvían su furia contra mí y...

—Kuvira… —escuchó musitar débilmente a Korra, mientras la envolvía en su abrazo y la acariciaba—. Está bien, puedes continuar. Yo no pienso…

—Claro que lo piensas, Korra —arguyó ella, y un escalofrío la hizo temblar—. Mis padres eran crueles conmigo, así que yo era cruel con ellos. ¿Qué clase de niña piensa de forma tan retorcida? Sólo una perturbada. Una noche, mientras practicaba mi tierra control a escondidas, escuché un gruñido aterrador que venía hacia mí. No me detuve a pensar, y ataqué. Maté accidentalmente al perro guardián de la herrería. Mi padre enloqueció de ira y me golpeó hasta casi dejarme inconsciente. Lo único que lo detuvo fue mi madre, pero no supe por qué. Desperté a la mañana siguiente con una cadena en el cuello, atada a un poste junto a la herrería. Mi padre apareció y se burló de mí. Me dijo que ése era el castigo más apropiado: reemplazar al perro. Había sido sugerencia de mi madre.

Kuvira se encorvó, ocultó el rostro entre las manos, y emitió un sonido hueco muy similar a una risa.

—Ese día, llegué a mi límite. En cuanto tuve la oportunidad, usé tierra control en contra de mi madre. Ansiaba lastimarla. Y la aplasté con un muro de piedra. Me arrepentí inmediatamente, pero jamás olvidaré la fracción de segundo en la que creí que la había matado y me sentí… feliz. Mi padre supo en ese momento que tenía que deshacerse de mí. Consideró matarme, lo sé porque lo vi entrar a mi habitación, a media noche, con una de sus espadas en la mano. Aún ignoro qué lo hizo cambiar de parecer. Dos días después, me vendó los ojos y me subió a su carreta. Me llevó muy lejos, me quitó la venda y… me dejó en medio de la nada. Nunca más volví a verlos.

—Kuvira… —murmuró Korra, haciendo acopio de toda su serenidad—. Necesito que comprendas que nada de eso fue tu culpa. ¡Tú eras sólo una niña! ¡El problema…!

—El problema fue haber nacido —dijo, casi sin voz.

Y fue como si, de repente, algo se hubiera quebrado dentro de Kuvira. Sin aviso, rompió en llanto, sintiéndose tan patética y avergonzada por lo que acababa de confesar. Tantos años que lo suprimió en lo más profundo de su ser; tantos años que cargó con ese recuerdo, pudriéndose en su interior; intoxicando su alma. Al fin lo había escupido, al fin lo había sacado de su organismo; como quien vomita el más repugnante y nocivo de los venenos.

—Convénceme de lo contrario, Korra —le suplicó, su respiración era rápida y agitada, como la de un lobo acorralado—. Si tan sólo yo no hubiera nacido, mis padres no hubieran tenido que ser tan crueles. Y Suyin no hubiera tenido que criarme para que yo la traicionara. Y Ciudad República jamás habría sido destruida por el Imperio Tierra; tantos otros no hubieran tenido que morir. Y tú… No tendrías que cargar conmigo ni sacrificarte por mí —sollozó, desesperada—. Pero yo ya no quiero pensar así… Por favor, convénceme de lo contrario…

Korra la meció en su regazo, la abrazó más fuerte, y susurró su nombre una y otra vez. La sostuvo y la consoló hasta que, por fin, las lágrimas cesaron de manar.

—No es tu culpa —repitió Korra—. La crueldad de tus padres no es tu culpa. El que nacieras era inevitable y, por muchos años, viviste siendo lo que las circunstancias hicieron de ti. Pero ésa no eras tú, sino un producto de tus experiencias pasadas. Kuvira, no podemos impedir ni cambiar las cosas que nos ocurren. Todos somos víctimas del destino. El único poder que tenemos es el de elegir cómo sentirnos al respecto —la miró con mucha entereza—. Puedes arrastrar este dolor contigo para siempre; o puedes dejarlo ir, extinguirlo de una vez por todas, y comenzar a construir tu propia felicidad.

Kuvira guardó silencio.

Korra notó que derramaba una sola lágrima y, sonriendo, le dijo:

—En el corazón te arde el mismo estigma que llevo yo en el mío, Kuvira.

Kuvira la contempló. El fuego que crepitaba a sus pies borraba las sombras del rostro de Korra y la llenaba de luz. Comprendió, entonces, de donde provenía la fuerza que se ocultaba tras sus palabras. Avatar Korra: forjada por los golpes de sus propias desgracias. La ruptura en una cadena de más de diez mil años. La joven envenenada, encadenada, rota... El fuego que se negaba a morir.

Kuvira cogió aire con dificultad e hizo una mueca de dolor.

—Entiendo lo que me dices… Lo entiendo. —Abrió los ojos y la mueca desapareció, como si el dolor quedara olvidado. Sus rasgos faciales adoptaron un brillo que parecía emanar de su interior—. Lo entiendo, Korra. —Juntó el puño con la palma de su mano y se inclinó en una breve reverencia—. Seguiré tu ejemplo.

Korra puso su mano sobre la de ella. Lo hizo con mucho cuidado, atenta a si Kuvira iba a quitarla por instinto. Y Kuvira pasó de dejar que Korra le tomara la mano, a tomársela ella también. Cuando se sujetaron las palmas, Kuvira apretó suavemente sus dedos, cobijándose un poco más del frío. En ella. En Korra.

—¿Puedo intentar algo, Kuv?

—¿Qué cosa?

—Quiero mostrarte algo.

Korra cerró los ojos y se sumió en una concentración profunda, centrándose en el vínculo espiritual que las unía.

Algo palpitó con fuerza en el pecho de Kuvira y, por un segundo, su cuerpo vibró con energía y luz. Sin entender lo que ocurría, Kuvira dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Miró a Korra, y esa sensación volvió a palpitar con tanta fuerza que Kuvira tuvo que sujetarse el pecho. Una oleada de amor irradió hacia ese punto, un sentimiento puro y vasto y sincero; tan incondicional y noble como la misma Korra.

—¿Qué es…?

—Es lo que siento por ti.

No pudo evitar mirarla a los ojos, y Korra le devolvió la mirada con una sonrisa. Kuvira no quería que ese momento acabara jamás. Por primera vez se sintió verdaderamente feliz, aunque había perdido tantas cosas y su vida estaba hecha añicos. Estaba feliz de no saber qué sería de ella en el futuro, pues ahora veía tantas posibilidades...

Por poco deseó que esa noche se extendiera infinitamente, para que Korra nunca, nunca le soltara la mano. Allí, suspendidas en el remanso de un presente dulce y apacible, pese a lo incierto del futuro. Permanecieron en silencio, unidas frente al fuego, con el crepitar de las llamas y el murmullo del mar.

»Continuará…