Capítulo XV

"Profecía"

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"Feliz el que lea en público estas palabras proféticas y felices quienes las escuchan y hacen caso de este mensaje, porque el tiempo está cerca"

Apocalipsis 1:2

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Despertó cuando los rayos de sol que se filtraban por la ventana llegaron a su pálido rostro. Abrió los ojos con cierta dificultad. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Además de que sentía una profunda tristeza en su corazón. Había perdido la noción del tiempo, ¿cuántas horas había dormido?

Al bajar las escaleras, pudo sentir la voz de su madre en la cocina. Se acercó con cautela a la puerta al notar que discutía con el hombre que había sido su padre durante su primera infancia.

-Siempre fui sincera contigo. - alcanzo a escuchar, en boca de ella. - Te dije cuánto lo amé, que siempre sería el amor de mi vida.

-Pero también, siempre me diste a entender que ya no había vuelta atrás, que él estaba muerto y enterrado.

-¡Y así era! Lo odié después de lo que me hizo, lo odié por no estar a mi lado. Vivía en otro mundo, en otra dimensión. ¿Acaso había alguna manera de que pueda estar más terminado?

-¡Pues tanto no lo odiabas! ¡Si a la primera oportunidad corriste a sus brazos!

-¡No fue así, Yie! No te das una idea de cuánto sufrí. Yo quería volver, siempre quise volver… Pero, jamás pudimos…

-¡¿Y qué cambio ahora?! ¿Por qué antes no y ahora sí?

-¡No lo sé! Realmente no lo sé…

-No te das una idea de todo lo que he pasado creyéndolas perdidas, ¡muertas! ¡Moví cielo y tierra por ustedes! Realmente nunca te importó, ¡No importa que Himeko no lleve mí sangre! ¡Es mi hija! Me negaste la posibilidad de verla crecer, ¡por lo menos me hubieras dejado despedirme!

-No fue algo que haya planeado, Yie… simplemente pasó.

-¿Realmente esperas que crea esa historia? Ese misterioso y repentino viaje a Tokio, ¡Vamos Fuu!

-¡Mamá!- gritó Himeko, asomándose a la puerta. Fuu volteó, sorprendida de ver a su hija, parada en la entrada a la cocina.

-Himeko, ¿cuánto hace que estás ahí?

-Ella lo planeó todo, ¿no es así?

-¿Ella?

-Kuu me dijo que Hikaru la llamó, para que te pidiera que vengas… ¡Ella lo planeó!… y ustedes estuvieron de acuerdo, ¡Querían volver a Céfiro para ya no regresar!

-Claro que no Himeko.

-Si, fue así, porque en Céfiro manda el corazón… y jamás hubiera podido volver si no lo deseaban.

-Déjame explicarte, Himeko.

-¡No hay nada que explicar! ¡Tú siempre quisiste volver! ¡Y ni siquiera te importo lo que yo pudiera sentir! - Himeko salió corriendo del lugar, sin darle tiempo a Fuu a reaccionar.

-Himeko, espera. - alcanzó a gritar Fuu. Luego corrió tras ella.

Para cuando salió a la vereda, ella ya no estaba. Miró hacia ambos lados, tratando de ver hacia donde había ido, pero ya no había rastro de ella. Había sido demasiado rápida. Yie la alcanzó segundos después, encontrándose con una consternada rubia.

-Debo encontrarla, Yie, no puede andar sola por ahí. - dijo, al borde la histeria.

-Cálmate Fuu. Tokio es una de las ciudades más seguras del mundo...

-¡Tú no lo entiendes! ¡No temo por lo que puedan hacerle! ¡Temo por el daño que pueda a llegar a hacerse ella misma! - Yie respiró profundo. Recordó lo acontecido el día anterior, esos misteriosos poderes. Entendía cuáles eran sus razones.

-Te ayudaré a buscarla…

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Se le heló la sangre al enfocar los ojos verde esmeralda de la mujer parada al otro lado del umbral. Notó cierta emoción en ellos, ¿acaso eran lágrimas de tristeza? ¿o de felicidad? Miles de pensamientos cruzaron por su mente, impidiéndole reaccionar. Permaneció así, inmóvil, durante varios segundos, antes de que la incomodidad haga que la rubia decida romper el hielo.

-¿No vas a invitarme pasar? - preguntó, conteniendo sus deseos de llorar. Ella se sintió incómoda, como si no fuera una pregunta de lo más normal del mundo, como si fuera una extraña, a la que no puede dejar pasar a su casa por miedo a que le robe. Hizo un ademán, como indicando que pase. Acto seguido, dio medio vuelta y se dirigió a la sala. La rubia la siguió, cerrando la puerta detrás de ella.

-No sabía que estabas aquí. – dijo, en un tono serio, sin voltear a verla.

-Solo quería verte… Umi…- susurró la rubia, ahogando un sollozo. Umi volteó. Ella la miró a los ojos, pudo sentir cierto rencor en su mirada. Estaba molesta. Lo sabía. La conocía a la perfección. Tanto que podía reconocer sus sentimientos, aunque pasaran mil años. No la culpaba. – Lo siento. No sé cómo pasó… sólo paso. Jamás lo hubiera permitido de saber…

-¿En qué hubiera cambiado si de verdad hubiese estado muerta? – la rubia agachó la mirada, como tratando de enfocar sus ojos, como sintiéndose avergonzada.

-Sé lo que sientes. Entiendo tus dudas… Pero jamás hubo nada entre nosotros, ni siquiera una atracción mínima… Fueron muchos años en los que te buscamos, te lloramos… Umi… no te das una idea.

-Ya no tiene caso, Agatha. No me interesa saber los detalles del asunto.

-No intento justificarme contigo, Umi. Sólo quiero que sepas que estoy muy feliz de saber que estas con vida, aunque eso signifique tener que hacerme a un lado.

-Agatha…

-Brandon te ama, Umi. Nunca ha dejado de hacerlo. El nuestro es un amor diferente, tú eres el amor de su vida, no yo… Siempre respete eso… Sin embargo, siempre nos sentimos culpables. Por eso, lo dejaré libre, para que él haga lo que crea mejor.

-No hagas eso…

-Lo nuestro jamás debió suceder, por respeto a ti. Realmente no importaba que estuvieras con vida o no. Ahora lo entiendo. - Umi observó la expresión de la que, en algún momento de su vida, había considerado su amiga. Ella parecía sincera. Aun así, le seguía doliendo esa relación que tenía con Brandon. ¿Por qué? Si él ya no formaba parte de su vida.

-No te das una idea, Agatha, de lo que desee que Brandon me olvidará, que volviera a enamorarse… que no sufriera… Pero jamás me imaginé que pudieras ser tú… Todos esos años que estuviste a mí lado…

-Jamás se me cruzo por la cabeza, Umi… no sé qué paso… Nadie manda en el corazón...

-Lo siento, pero me es muy difícil creer que ese amor haya surgido de un momento para el otro.

-Entiendo. Sólo quiero que sepas que te quiero, Umi, no te das una idea de cuánto. Sólo espero que algún día puedas perdonarme. - Agatha se acercó a la puerta, dispuesta a irse. Al tomar el picaporte, volteó hacia atrás, para ver a la mujer de cabellos celestes, que permanecía inmóvil, con los ojos llorosos. Sonrío. Abrió su bolso y buscó dentro. Sacó una tarjeta personal, con sus datos. - Si algún día me necesitas, puedes llamarme, yo estaré aquí para ti, como en los viejos tiempos, Umi.- la mujer dejó la tarjeta sobre una mesa recibidora que estaba junto a la puerta de entrada, y luego salió del lugar.

Umi la observó partir, en silencio. Sentía un nudo en la garganta y muchas ganas de llorar.

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Caminó sin rumbo cierto, sin saber dónde podría encontrarla, sin tener idea de que podía pasar por su cabeza. Después de todo, ya no era su niña, ya no la conocía, no sabía de sus gustos, ni de sus miedos. No sabía cuánto la había cambiado ese mundo extraño. Ni si era capaz de atacarlo, de nuevo. Pero eso poco le importaba. La amaba, ante todo. Y sería capaz de hacer cualquier cosa por ella. Hasta dar la vida.

La encontró, cuando ya casi no tenía esperanzas de hacerlo, cuando ya estaba pensando en pegar la vuelta, para ver si Fuu había tenido mejor suerte. La encontró en un parque, bastante alejado del vecindario de Kuu. Después de todo, seguía siendo la misma niña a la que le gustaba columpiarse en las hamacas de la plaza. Se sentó en la hamaca junto a la suya. Ella permanecía en silencio, apenas meciéndose, con la mirada perdida en el suelo. No cambió su actitud ante su presencia.

-¿Quieres hablar? - le preguntó con dulzura. Con esa dulzura que siempre lo había caracterizado. Que siempre había tenido para ella. Sus recuerdos de la Tierra eran vagos. Pero recordaba a la perfección la forma en que él la trataba, sus paseos al parque, las tardes en las que salía antes del trabajo para ir por ella al jardín, y llevarla a tomar un helado.

-Lo siento. - dijo, casi en un susurro. - Lamento todo lo que pasó, lamento lo que mamá te hizo pasar… Realmente lamento que ella no te ame como lo mereces.

-Tú no tienes nada que lamentar, tú no tienes la culpa de nada.

-Si, la única culpable es ella. Ella que me ha mentido toda mi vida.

-No hables así, ella solo hizo lo que creyó mejor. Siempre fue sincera conmigo, desde el primer momento. Fui yo el que insistió. Estaba seguro de que podía hacer que me amara como yo a ella… Pero eso nunca pasó.

-Ella nunca dejo de amar a mí padre. A pesar de todo. El tiempo y la distancia no cambiaron nada, ni siquiera lo que él le hizo.

-Siempre lo supe y así lo acepté. Lo que me dolió fue la forma en que desaparecieron. Fueron muchos años buscándolas, muchos años de incertidumbre.

-Siempre soñé con el momento en que volviera a verte, Yie. Para mí siempre serás mi papa. - ella volteó a verlo. El hombre le sonrió. Colocó su mano sobre la de ella.

-Siempre será así…- Ella también sonrió. Luego volvió a mirar al frente. Un silencio se produjo. Duró unos cuantos segundos.

-¿Aún la amas?

-Ella siempre será el amor de mi vida.

-Esperaba que hubieras encontrado a alguien más.

-¿Qué sentido tiene? Si no podré amar a nadie como la amo a ella. - los ojos de Himeko se llenaron de lágrimas. Lágrimas que no pudo evitar que rodarán por sus mejillas.

-Sólo quiero que seas feliz. No quisiera que vivas atado a su recuerdo.

-Soy feliz sabiendo que están con vida. Sabiendo que son felices.

-Pero, no es justo.

-La vida no lo es.

-Ella te ha causado mucho daño.

-Pero es el camino que yo elegí. Me enamoré de ella sabiendo que estaba embarazada, sabiendo que amaba a otro y que, probablemente, nunca me llegaría a amar con esa intensidad. Fue el riesgo que elegí correr.

-Papá… de verdad quisiera poder quedarme aquí, para siempre… pero, tarde o temprano, mi mamá me obligará a volver.

-No importa lo que pase, siempre te amaré de la misma manera. Nunca lo olvides, mi princesa.

-Por favor, ya no me digas de ese modo… - Yie sonrió. Realmente no llegaba a comprender lo que ser princesa significaba para ella.

-Debemos volver.

-No quiero hacerlo.

-Fuu está muy preocupada por ti.

-¿Teme que pueda desencadenar el Armagedón?

-Le preocupa lo que te ocurra.

-Ella nunca ha confiado en mí.

-Hime…

-Llévame contigo, a Pekín.

-No puedo hacer eso, no puedo alejarte de tu madre.

-¡Ella me alejo de ti! No le importó lo que yo sentía, ni los deseos que tenía de volver.

-Se que estás molesta, pero…

-¡No! ¡No voy a volver! ¡No quiero volver a Céfiro!

-Himeko.

-¡Déjame! - Himeko se puso de pie, al mismo tiempo, que una poderosa energía en forma de viento emanaba de ella. Yie se puso de pie también, intentando detenerla. - ¡No voy a volver! - gritó nuevamente, y la energía que la envolvió comenzó a empujar al hombre hacia atrás, impidiendo que llegue a ella.

Las ráfagas de viento comenzaron a ingresar en sus ojos. Impidiéndole ver con claridad. Los cubrió con su brazo, para evitar que sigan sufriendo los daños. Ella aprovechó el momento para huir del lugar. Y, entonces, el viento empezó a cesar, lentamente.

Para cuando él recupero la visión, ella ya estaba lo suficientemente lejos como para no ser encontrada. Había escapado nuevamente.

Caminó y caminó, sin rumbo. Hasta que el anochecer la encontró. Para cuando la primera estrella apreció en el cielo nocturno, se encontraba en uno de los tantos bosques que rodeaban la ciudad.

De repente, sintió que algo saltaba desde un árbol y aterrizaba frente a ella. Se sorprendió al notar que era la bola de pelos q solía ser su compañera de aventuras.

-¡Mokona!- gritó, emocionada. La criatura dio un salto hacia ella. Himeko la tomó en sus brazos. – Estaba muy preocupada por ti.

-Puruu puruu.- Mokona refregó su cuerpo con el de ella, como un gato cuando busca cariño. Luego dio un salto para bajarse de sus brazos.

-¿Dónde has estado?

-Las cosas no son siempre lo que parecen, Himeko.- dijo el animalito. Ella desde siempre había comprendido su peculiar vocabulario .Pero, curiosamente, ahora sus palabras parecían tan claras como si hablara su mismo idioma. - Es momento de que sepas cómo son las cosas en realidad.

-Mokona… ¿Tu sabías que el portal estaba cerrado?

-El portal siempre a estado ahí, Himeko. Sólo se abre y se cierra a voluntad de las personas que tienen el poder.

-Son ellas, ¿verdad? Ellas tienen el poder de hacerlo.

-No sólo ellas, Himeko… Tú también tienes el poder.

-¿Ellas lo sabían?

-Si

-¿Lo supieron siempre?

-Si

-Entonces… por eso ese empeño de mantenerme encerrada, de querer controlar mis poderes… siempre tuvieron miedo de que yo abra el portal.

-Tienes un poder infinito, Himeko. Un poder que no puedes ni siquiera imaginar. Tu poder va más allá de sólo abrir un portal. Tú estás para grandes cosas. Tú tienes el poder para gobernar el universo entero, no solo Céfiro. Tú tienes el poder de crear, así como tienes el poder de destruir. Pero ellas siempre le tuvieron miedo a ese potencial. Por eso te mantenían encerrada en aquel palacio, por eso querían mantener tus poderes bajo control.

-Ahora lo entiendo… Mi madre me ha mentido toda mi vida… Sobre mi padre, sobre Céfiro, hasta me ha prometido que nunca me obligaría a hacer algo que no deseo, y sin embargo…- Himeko suspiró. Después de todo, si estaba obligada a tomar sus clases y comportarse como la heredera al trono. - Pero…

ஐ ஐ.

-¿Significa que ya no volveremos a casa? - preguntó con cierta tristeza. La pelirroja se agachó hasta quedar a su altura.

-Eso no lo sabemos con certeza. Himeko, no debes olvidar que aquí, en Céfiro, el corazón manda. Quizás, algún día, el portal vuelva a abrirse. Sólo es cuestión de desearlo con todo el corazón.

-Nosotras te prometemos que encontraremos la forma de volver a abrir el portal. - continuó Umi.

-Ten por seguro que lo haremos. Y tú no tienes por qué temer. Ahora que Céfiro está a salvo, es un lugar seguro.

-Además, nosotras te protegeremos siempre.

-No debes estar triste, algún día lograremos volver. Mientras tanto, podrás pasar tiempo con Ferio, y disfrutar de este hermoso mundo. - Hikaru sonrió. - Para Fuu ya es demasiado saber que no puede regresar... No hagas que se preocupe más ¿si? De seguro, se sentirá más tranquila si te ve bien con el hecho de permanecer aquí.

ஐ ஐ.

-Ellas prometieron que buscarían la forma de abrir el portal… me mintieron también. - las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos sin cesar. - Siempre pudieron hacerlo… me hicieron creer que no había manera… ¿Por qué Mokona? ¿Por qué nunca me dijiste que yo tenía el poder?

-Porque aún no estabas lista.

-Ya no quiero volver, no quiero volver con mi madre… no quiero volver a Céfiro…

-No tienes que hacerlo si no lo deseas. Tú decides. Tú tienes el poder de cambiar tu destino.

-¿Qué debo hacer? ¿Adónde iré?

-Hay un lugar al que quiero que vengas, un lugar en el que podrás desarrollar tu potencial. Ven conmigo, Himeko, te prometo que no te arrepentirás…