Capítulo XXII

"Es la magia más poderosa de todas"

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Despiértame,

despiértame por dentro.

No puedo despertar,

despiértame por dentro,

sálvame.

Di mi nombre y sálvame de la oscuridad, (*)

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El mago observó a aquella mujer frente a sus ojos. Cabellos rubio oscuro, casi llegando al castaño. Ojos azules. Jamás en su vida la había tenido frente a sus ojos. Pero, aquella mirada. Aquella mirada penetrante, una mirada segura, llena de luz, una mirada que expresa el poder y la experiencia.

-Tú eres...- susurró. Ella sonrió.

-Mi querido Clef...- dijo. El mago notó cierta sinceridad en sus palabras.

-Lilith...- acabó diciendo, mientras los demás lo miraban, con sorpresa. Umi se acercó a él, lo tomó del brazo, como queriendo protegerlo.

-¿Lilith? - preguntó, confundida, volviendo su mirada hacia la mujer enfrente suyo. - ¿Tú eres Lilith? Tú... - la guerrera se apresuró a materializar su espada. El mago la tomó por la espalda, con ambas manos, como queriendo evitar que la ataque.

-Espera, Umi...- dijo el mago. La mujer volvió a sonreír.

-Siempre eres tan impulsiva, Umi...

-Tú... nos has salvado...- interrumpió Hikaru, quien, a pesar de todo, no podía dejar de pensar en que ella era su amiga. Quien no podía dejar atrás todo lo que ella las había ayudado.

-De seguro tiene una razón... cómo todo lo que ha hecho en estos años...- continuó Fuu, poniéndose a la defensiva también. - ¡Dime ¿dónde está Himeko?! ¡¿Qué has hecho con ella?

-Lo siento...- Lilith bajó la mirada, estaba visiblemente emocionada.

- ¡Tú has manipulado nuestras vidas siempre! ¡Te convertiste en nuestra guía para tu conveniencia! Incluso hiciste que Ferio venga a buscarme sólo para que logremos... ¡concebir a Himeko! ¡Y la has manipulado también a ella! ¡¿Acaso esperas que te perdone?!

-Es cierto, Fuu... Durante miles de años lo he seguido fielmente... Siempre pensé que hacía lo correcto... Hasta que los conocí y me hicieron parte de su mundo.

- ¿Te refieres a Lucifer? - preguntó Umi, confundida.

-Después de que salí del Edén, he vagado en soledad por este mundo. La libertad que tanto deseaba tenía un costo, muy difícil de pagar. Por eso, el día que lo conocí, sentí que mi mundo tomaba color nuevamente. Durante un tiempo, todo fue perfecto, él siempre fue un gran compañero... Pero su alma estaba llena de rencor y deseos de venganza...

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- ¿Qué ocurre contigo Lucifer?

- ¿Qué no lo ves? Tuve la oportunidad perfecta de acabar con la vida del gran creador y de toda su preciosa creación... ¡y no pude!

-Es porque destruirlo todo no es el verdadero deseo de tu corazón. ¡Lo amas! ¡Es tu padre! Y también amas a toda su creación. - Una lágrima rodó por la mejilla del hijo pródigo. Como aquella vez. No había llorado desde aquel día en que se vio derrotado y expulsado.

Lilith se acercó a él, secó la lágrima con su dedo. Él retiró su mano, mientras daba un paso atrás y pasaba el dorso de su brazo por su rostro, eliminando sus rastros. No le agradaba demostrar debilidad, ni despertar lástima en los demás. Él era el gran Lucifer. Supo ser la mano derecha del creador, la estrella más resplandeciente del cielo. Y, ahora, era el rey de la Tierra.

-El amor no me hará débil, Lilith... Nunca más...

-Lucifer...

-No puedo volver a desperdiciar una oportunidad cómo esta. - sonrió. - Si el amor que siente mi corazón me impide tomar venganza... Entonces, quizás sea mejor ya no tenerlo...

Lilith abrió los ojos son sorpresa, al ver como Lucifer incrustaba su mano en el medio de su pecho y extraía su corazón. Lo sostuvo unos segundos, justo a la altura de sus ojos. Era de un color rojo intenso, brillaba con mucha fuerza.

-Lucifer... ¿qué vas a hacer? - De pronto, un halo de luz dorada rodeó al hombre. Lilith advirtió como su corazón, que aun mantenía en la palma de su mano, comenzó a congelarse, desde su base hasta el extremo superior, hasta quedar como un cubo de hielo. - ¡Espera! - Él volvió a sonreír.

-El amor es debilidad...- susurró. - Ahora, ya no seré débil, nunca más...

-Pero...

-Lo guardaré en un lugar seguro... un lugar en el que ni siquiera tú lo puedas encontrar...- Lucifer tronó los dedos, una nube gris lo rodeó.

- ¡Lucifer!

Para cuando la nube se dispersó, él ya no estaba allí. Ella se quedó en silencio, observando los últimos restos de aquella nube.

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-Toda mi vida he hecho lo posible por complacerlo, lo he seguido ciegamente... Sólo por amor... Pero, ahora entiendo que el nuestro nunca fue un amor sano. Por ustedes, entendí que amar y ser amado significa darlo todo por el otro, incluso la vida... Y yo soy capaz de dar la vida por él... Pero él...

-Lilith... lo siento. - Hikaru dio un paso al frente. - No hay nada más feo que amar y no ser correspondido.

-Pero, eso no justifica todo lo que has hecho. - interrumpió la rubia, con mucho rencor. Aún estaba molesta.

-Lo sé, por eso estoy aquí, para enmendar mi error... Sé cómo detenerlo...

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-Es aquí...- dijo el hombre, tras hacerlos teletransportarse a una pequeña isla dentro del basto océano. Himeko no pudo precisar que tan lejos de la costa estaba. Si tan sólo hubiera imaginado lo lejos de Japón que estaba.

-¿Que vamos a hacer aquí, Lucifer? - preguntó con cierta intriga.

-Aquí comienza tu batalla, Himeko... Hoy es el día en que forjarás tu destino...

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"Entonces apareció otra señal en el cielo: he aquí, un gran dragón rojo que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas."

Apocalipsis 12:3

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De repente, un sonido, como de trompetas, recorrió el mundo entero. La Tierra se estremeció desde el Sur hasta el Norte, desde el Este hasta el Oeste. Las estrellas del cielo se apagaron, mientras que la Estrella de la Mañana adquiría un brillo espectacular y la Luna se vestía de color sangre. Las aguas del mar se embravecieron, hasta el punto en que las olas derribaron las paredes de la costanera, llegando el agua a ganar las calles de la ciudad.

Más no terminó allí, apareció flotando en el cielo, justo por encima del mar, una mujer vestida de blanco, rodeada por una potente luz blanca. Sus largos cabellos dorados danzaban con el viento. Su rostro, dulce y sereno, reflejaba mucha paz. Sus ojos miel parecían haber perdido todo rastro de vida. Fuu dio un paso al frente. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-No puede ser... Himeko...- dijo, sin dar crédito a lo que estaba presenciando.

Ella colocó sus manos al frente, una al lado de la otra, con las palmas hacia el cielo. Una esfera de luz se creó sobre ellas. Lentamente, la esfera descendió hasta sumergirse en las aguas del mar. Entonces, un fuerte chillido hizo estremecer la tierra y los cielos. De las aguas oscuras del mar, emergió una bestia de proporciones impresionantes. Tenía el aspecto de un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos. Su cuerpo grisáceo estaba cubierto por cientos de escamas impenetrables.

Una carcajada se oyó retumbar en el horizonte. Justo detrás de la niña estaba aquel hombre, levitando sobre el mar.

-Demasiado tarde...- rio, con su potente voz. - El final a comenzado... y ya no hay nada que puedan hacer para salvar a este mundo...

-Lucifer... ¡Tú! ¡Tú has estado controlando a Himeko!- gritó Fuu, con mucha rabia contenida.

-Claro que no, mi querida guerrera. Yo sólo me he asegurado de que la que tenía que suceder, suceda...- El hombre desapareció de repente. Acto seguido, apareció justo detrás de Himeko. Acarició sus cabellos, mientras sonreía. - Pero no tienen de que preocuparse, ella solo hará que Céfiro resplandezca más de lo que ya lo hace…

-¡Déjala en paz! - gritó Ferio. Dando un paso al frente con su pie derecho, tomó impulso para lanzar su espada contra Lucifer. Pero, antes de que la misma llegue a destino, Lucifer volvió a desaparecer y reaparecer a algunos metros del lugar. La espada paso por al lado de Himeko, cortando parte de sus cabellos.

-De verdad te tienes mucha fe, ¿No es así? - Ferio frunció el ceño, pero no dijo más. Lucifer, por su parte, volteó a ver la mujer que supo ser su compañero durante siglos y milenios. - Mi querida Lilith, jamás pensé que me traicionarías de ese modo...

-Lucifer... Yo...

-¡Muéstrales de lo que eres capaz, Himeko!- gritó Lucifer, ignorando a la mujer.

Entonces, el cuerpo de Himeko comenzó a brillar en un halo dorado, intenso. Al mismo tiempo, la bestia, que había emergido de las aguas bajo sus pies, salió del mar, dirigiéndose a la ciudad, ocasionando destrozos a su paso.

La estrella de la mañana incrementó aún más su brillo. De ella, comenzaron a caer rayos de luz hacia la tierra. Algunos rayos de luz cayeron sobre volcanes de todo el mundo y los activaron. Otros, cayeron sobre los bosques, prendiendo fuego los árboles. Otros, sobre los ríos, convirtiéndolos en sangre, matando, así, a todas las criaturas que allí vivían. Otros, cayeron sobre la tierra, ocasionando los terremotos más intensos que haya presenciado la humanidad. Uno de ellos, cayó en el centro de Tokio. El terremoto que ocasionó fue tan intenso que aquellas edificaciones, tan preparadas para resistir los temblores más cruentos, sucumbieron ante él. Una enorme grieta en el pavimento cruzó toda la ciudad hasta llegar a la costanera, quedando Fuu y Ferio a un lado de la grieta y los demás del otro.

-Quizás deberían alejarse...- dijo Fuu, con los ojos llenos de lágrimas. - Ella siempre fue nuestra responsabilidad. - miró a su amado rey, tomándolo de la mano. Él le sonrió. Después de todo, siempre había sido así. Habían cometido muchos errores, encerrarla en el palacio real nunca había sido la solución para evitar su destino, sólo la había empujado hacia él. Pero, sabía, que juntos podrían enmendar cada error, sólo con el poder de su amor.

-Claro que no...- Hikaru dio un paso al frente, acercándose a la grieta. - Somos familia, hermanas, también es nuestra responsabilidad. Todo lo que te afecte, también nos afecta.

-Es cierto...- continuó Umi.- Fuu, recuerda que juntas somos más fuertes...

-Chicas...

-También soy parte de esta familia. ¿No creíste que podías dejarme fuera, verdad hermano?

-Ascot...- Ferio le sonrió a su amigo. Luego volteó a ver a su hija. Esa mirada perdida, daría lo que fuera para que sus ojos vuelvan a tener esa luz que los caracterizaba.

-Hime-cham... ¿Acaso recuerdas esa charla? - preguntó Umi, dando un paso al frente. Por un instante, le dio la impresión de que el brillo volvía a sus ojos. - ¿La recuerdas? Estabas asustada por lo que había pasado, asustada de lo que habías hecho, de esas voces en tu cabeza, de tus propios sentimientos...

Himeko parpadeó varias veces. Llevó la mano a su cabeza. Sentía fuertes punzadas. Entonces, el recuerdo de aquella frase, en boca de la guerrera de Seres, retumbó en su mente.

"Pase lo que pase, nunca olvides quién eres, ni que tienes muchas personas que te aman. Mientras recuerdes eso, todo estará bien."

-Te amamos, Hime... - continuó Hikaru.- Quizás cometimos errores, quizás te ocultamos cosas... Tus padres siempre han tratado de hacer lo mejor para ti, pero... un hijo no viene con un manual de instrucciones... Sin embargo, no puedes negar cuanto te aman...

-Umi, Hikaru..- susurró Himeko. Mientras una lágrima surcaba su mejilla, sus ojos recuperaban parte de su brillo.

-¡NOOO! - Intervino Lucifer, furioso. Un fuerte viento se desató a su alrededor. El mismo llegó hasta Himeko, haciendo danzar sus cabellos dorados. - Sólo recuerda, recuerda cómo te han dañado, recuerda que nunca confiaron, que te alejaron, no sólo del mundo que reinarás algún día, sino también del mundo que siempre sentiste tu hogar. En cuestión de segundos, sus ojos volvieron a perderse en la oscuridad.

-¡Noo!- repitió ella, volviendo a estar bajo su control.

Extendiendo su mano hacia el frente, con la palma de la mano abierta, lanzó un rayo de luz dorado contra ellas. Ni Umi ni Hikaru pudieron huir de su poderosa energía.

-¡Hikaru! ¡Umi!- gritó Fuu, con sus ojos llenos de lágrimas. Intentó correr a ayudarlas, pero Ferio la detuvo, tomándola por la espalda.

Durante el instante que duró aquella energía, sintieron como si sus cuerpos fueran recorridos por cientos de volteos eléctricos. Cuando la luz se extinguió, ambas cayeron de rodillas al suelo. Ascot y Clef corrieron a auxiliarlas. Fuu volvió a mirar a su hija. Había tanto odio en su mirada. De verdad, ¿ella había provocado todo eso? ¿Qué clase de madre era si ni siquiera podía enseñarle a su hija a amar, a no guardar rencor?

-Lo siento... Hime... de verdad lo siento...- dijo, cerrando los ojos, mientras las lágrimas caían sin cesar, recorriendo su rostro. - Lamento no haber confiado en ti, lamento haberte mantenido alejada del mundo... Tampoco debí ocultarte la verdad sobre tu origen, aunque fueras muy pequeña para comprender, aunque jamás me creyeras. Pero, lo que más lamento es haber tratado de arrancar a tu padre de mi corazón, usando a otro hombre...- dijo, volteando a ver a Ferio. - Fue el error más grande de mi vida, porque, en el fondo, sabía que jamás lograría olvidarlo.

-Fuu...- Ferio la observó embelesado. Después de tantos años, la seguía amando como el primer día, como cuando no eran más que un par de adolescentes. Fuu tomó su mano. Le sonrió. Él también lo hizo. - También te amo, Fuu, no importa lo que pase, ni cuánto tiempo pase, jamás te dejaré de amar.

De la unión de sus manos, nació una potente luz blanca, tan intensa como la luz de Lucifer. Gurú Clef observó, con sorpresa, como la luz crecía en intensidad.

-¿Qué es esto? - preguntó Fuu, confundida.

-Ese es el poder de su amor...- respondió el mago.

-¿Es poder... de nuestro amor? - repitió Fuu, recordando como, un rato antes, Umi y Guú Clef habían acabado con el gigante con el poder de su amor. Volvió a mirar a Himeko. Su cuerpo brillaba de la misma manera, con esa luz blanca. Al mismo, tiempo, sus cabellos danzaban al son del viento. Entonces, pudo notar una expresión diferente en sus ojos. Sus ojos habían recuperado ese brillo que siempre la había caracterizado. - ¡Himeko! ¡¿Me escuchas, Himeko?!

-Si te escucho... Mamá...

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··٠•● Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ ●•٠·˙˜"*°• CONTINUARÁ·٠•● Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ ●•٠·˙˜"*°•

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(*) Fragmento de la canción "Bring me to life" de Evanescence.