Mansión Malfoy, 2028

La tensión en el despacho se podía cortar. En una de las butacas, un joven alfa se sentaba ligeramente encorvado, con las manos apretadas entre los muslos. Los cuadros de sus antepasados lo observaban con diferentes grados de horror y rechazo y su padre se paseaba lleno de ira entre él y la chimenea.

— ¿En qué estabas pensando? —le preguntó por fin, deteniéndose delante de él.

— Padre… —trató de explicarse el joven, intimidado por la ira de su siempre frío padre.

— Te dije que te alejaras de ese chico, Scorpius. Te advertí que no era adecuado para ti.

— Padre… —intentó intervenir de nuevo su hijo.

— Pero no —elevó la voz, agitando los brazos—, tú necesitas ser un rebelde, volverte en contra de todo lo que significa ser un Malfoy. ¡Vincularte a un Potter! Es una idea pésima. ¿Usaste protección al menos? Porque no sería el primero que trata de atrapar a un alfa incauto con un embarazo.

El joven alfa se puso de pie para encararse con su padre.

— ¡Padre! Ya basta, estás hablando de mi compañero.

— ¡No reconozco esa unión! —Golpeó Draco con fuerza la mesa con el puño.

— ¿Y qué harás? ¿Echarme? —Guardó silencio unos segundos, pero Draco no lo negó— Te lo pondré fácil, padre, no te preocupes. Mi maleta ya está hecha, quédate solo con tu apellido, yo no te necesito, no necesito tu autorización para emparejarme ni tu mierda de herencia.

— ¡Scorpius Malfoy! No puedes hablarme así.

El joven se enderezó aún más. Draco vio en él parte del aplomo de Astoria y el brillo en los ojos de su madre, el que se dejaba ver cuando iba a poner verbalmente en su sitio a su marido.

— Claro que puedo, padre —le respondió finalmente con suavidad—. ¿Sabes por qué? Porque he pasado años sufriendo por no poder estar con Albus, pero yo no soy tú, no voy a sacrificar lo que realmente quiero por un apellido.

Y salió con dignidad del despacho. Draco caminó a largas zancadas hasta la esquina donde tenía los licores y se sirvió medio vaso de Hennessy. Logró llegar hasta una butaca y sentarse antes de dar el primer trago y sujetarse la frente con la mano mientras tragaba.

— Merde, merde, merde —masculló, subiendo el tono en cada palabra hasta que el tercero fue un grito a la vez que estrellaba el vaso contra la chimenea.


Dos años después, cumpleaños de Draco

Cincuenta años. Era increíble estar entrando en una nueva década y que la vida no fuera nada satisfactoria. Sus sueños juveniles… tenía más años que su padre cuando recibió el beso del dementor, había vivido más y, si se tratara de los standard de Lucius, diría que mejor. Pero la realidad era que su vida era un asco.

Rara vez se permitía ese tipo de pensamientos, la autocompasión no era propia de un Malfoy, palabras de su padre que recordaba cuando tenía días bajos. Que en los últimos dos años habían sido más numerosos porque su casa era como un gigantesco ataúd, silenciosa y oscura.

Apuró su copa de vino y la dejó sobre la mesa. Ni tan siquiera el magret de mato con setas y crema de castañas, su plato favorito, conseguía ese día quitarle el mal sabor de boca.

— Amo, tiene una visita.

Miró al elfo con tan mala cara por la interrupción de su fiesta de autocompasión que la pobre criatura tembló.

— ¿A la hora del almuerzo?

— Es la señora Zabini, señor.

Draco volvió a coger la copa y a beber, pero le hizo una seña afirmativa con la mano al elfo para que la dejara pasar. Hacía semanas que no se veían. Ella y Blaise eran en realidad las únicas amistades más o menos sinceras que conservaba, pero lo veía más a él, porque tenían negocios en común. Que ella le visitara sin avisar y a esas horas estaba muy fuera de lugar.

Pansy entró en la habitación con un contoneo de caderas. A pesar de la edad, y de haber tenido cuatro hijos, su amiga seguía estando estupenda. Aún así su cuerpo no respondió de ninguna manera, aunque tras ella entró un sutil rastro de hormonas de celo.

— Querido… —Se acercó a él, que se puso en pie, para besar el aire junto a sus mejillas— feliz cumpleaños.

— Gracias. ¿Has comido?

— Sí. Pero te admitiría una copa de ese Vina Maris —respondió ella, sentándose y cruzando sus fantásticas piernas sin esperar invitación.

Le entregó la copa y se sentó de nuevo. La miró mientras ella daba el primer sorbo y supo por su expresión que algo ocurría.

— ¿Blaise está bien?

— Perfectamente, acabamos de disfrutar de un viaje maravilloso.

— Aún hueles a celo —gruñó, llevándose el tenedor a la boca.

Ella sonrió de lado y se atusó el pelo, dejándole ver el mordisco fresco entre su cuello y su hombro.

— No voy a disculparme por tener un vínculo feliz con mi marido, Draco. —Se inclinó un poco hacia delante, dejando la copa sobre la mesa— No sabes por qué estoy aquí, ¿verdad?

— ¿Has recordado de repente que es mi cumpleaños? —cuestionó con acidez, apartando el plato y limpiándose los labios con la servilleta.

— Es difícil olvidar eso, señor ego de alfa de buena familia. Me refiero a Scorpius.

Draco volvió a coger su copa y la apretó con fuerza. En todos sus años de amistad, la única fuente de discusión real entre ellos era su postura respecto a Scorpius, ni tan siquiera el haberla arrastrado con él al bando de Voldemort contra la voluntad de Blaise había generado tanta animadversión entre ellos.

— ¿Has venido hasta aquí a hacerme de nuevo reproches por tu ahijado, Pansy?

— Has sido abuelo, Draco.

— ¿Disculpa? —preguntó, con voz aguda por la sorpresa.

— Hace tres días. ¿En serio no lo sabías?

Consciente de que su postura delataba demasiado, volvió a erguir la espalda y cruzó el tobillo sobre la rodilla.

— No me…

Ella dejó la copa con fuerza sobre la mesa, salpicando el mantel de pequeñas motas rosadas. A pesar de ser una omega, no había nada en Pansy de suave y sumiso, Draco había pensado muchas veces que en realidad los pantalones en ese matrimonio los llevaba ella y Blaise se dejaba gobernar muy alegremente.

— Vete a la mierda, —Le señaló con el índice— no me digas que no te interesa lo que le pase a tu hijo, no te creí cuando se fue y no te creo ahora.

— Pansy… —trató de intimidarla con su tono más alfa, pero ella era inmune a todo eso.

— Corta la tontería, Malfoy, y ve a ver a tu hijo. Lo han pasado muy mal, el bebé es prematuro y Albus ha estado muy cerca de morir.

— ¿Qué?

— Los Potter llevan mal los embarazos, ya deberías saberlo.

— ¿Por qué debería saberlo? —cuestionó, frunciendo el ceño, sinceramente perdido.

— Porque Harry casi se muere en nuestro octavo año cuando perdió a vuestro hijo.

Draco se quedó lívido, tan congelado que Pansy por un momento creyó que si lo golpeaba se rompería en pequeñas astillas de hielo.

— No lo sabía —acabó por responder, cediendo a la mirada intimidante de ella.

— Me dijiste que habías hablado con él después de esa noche, que estaba todo bien.

— Yo… no me dijo eso. No me dijo que estaba en estado —respondió, aturdido—. ¿Espera, abortó sin decirme nada?

Con un suspiro de frustración, Pansy se terminó la copa y se puso de pie, cogiendo de nuevo el bolso de marca que había dejado sobre la mesa.

— Eres… un imbécil Draco. James Potter padre murió al nacer Harry, prematuro como tu nieto.

— ¡Pero él tuvo dos hijos! —protestó, poniéndose de pie también, eso era de conocimiento público, la prensa se había pasado muchos meses especulando sobre la identidad del padre alfa de los dos chicos Potter.

— Y pasó los embarazos en cama controlado todo el tiempo. Fueron dos milagros médicos.

— ¿Tú cómo sabes todo eso? —cuestionó, belicoso, incapaz de ceder a reconocer que ella tenía razón.

— Porque tú eres un imbécil, pero yo sigo siendo la madrina de tu hijo, que me matará cuando sepa lo que acabo de hacer. Pero te necesita, Draco, necesita a su padre, te ha necesitado todo este tiempo. Ve a verlos, aún estarán en San Mungo unos días.

Y salió por la puerta con el bolso bajo el brazo y su andar insinuante.


En San Mungo las cosas cambiaban poco. Los mismos olores, las mismas sillas en la sala de espera, los mismos cuadros chismosos en las paredes. Y las mismas personas pobres que no podían permitirse un sanador que los atendiera en su casa o acudir a un reputado hospital en Suiza como hacían en su familia. Se sintió humillado de pensar que su heredero estaba allí, un lugar que no había pisado nunca mientras vivió bajo su techo.

A pesar de su buen instinto alfa, ese del que había presumido toda su vida por la pureza de su sangre, no vio venir a la persona hostil que se le plantó delante en cuanto encaró el pasillo de maternidad. Una persona morena, de oscuro pelo revuelto y eternamente envuelta de una nube de magia furiosa a su alrededor.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó con voz controlada.

— He venido a conocer a mi nieto.

— ¿Scorpius lo sabe?

— No. ¿Tengo que enviar una invitación formal para ver a mi heredero? —respondió con tono aristocrático, levantando la barbilla, le faltaba nada más el bastón para ser una copia de su padre en ese momento.

— Sería más considerado —contestó otra voz más juvenil a sus espaldas.

Se dio la vuelta despacio, hacía dos años que no veía a su hijo. Parecía más grande, no solo más alto, sino más maduro. Con veinticuatro años, Scorpius tenía el aire satisfecho de un alfa vinculado. Uno que él no había tenido nunca seguramente. Junto a él, había otros dos jóvenes alfas con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.

La escandalosa familia de Potter parecía estar allí reunida al completo. James Potter había sacado el pelo anaranjado de la famosa Lily Evans, pero tenía el físico que todo el mundo conocía de su abuelo Potter, altura media y espaldas anchas, silueta de deportista. Junto a él, siempre muy pegado a él, estaba Edward Lupin, ambos con sus uniformes de aurores. Su inadecuada relación alfa-alfa también había dado mucho que hablar en la prensa. A unos metros, Lupin padre sujetaba a Black, que omega o no, gruñía con fuerza hacia Draco.

— Scorpius, recoge a tus perros, no es necesario este despliegue de feromonas.

Su hijo no varió el gesto, ni siquiera miró hacia el resto de la familia, tranquilo con su respaldo. Desde que él y Albus Potter se habían conocido el primer día de escuela, su amistad había sido protegida por la familia de Potter, especialmente después de que Astoria falleciera y Scorpius perdiera a su mayor defensora. Grimmauld Place, que irónicamente era la casa de sus antepasados, se había convertido en el refugio de Scorpius cuando se fue de su casa definitivamente.

— Creo que sí lo es. ¿Qué quieres, padre? —cuestionó con aplomo, avanzando hasta quedar a un par de pasos frente a él.

— Conocer a mi nieto —respondió Draco, sin abandonar la prepotencia.

Pero Scorpius ya no se dejaba intimidar por él, estaba claro, porque simplemente negó con la cabeza y le señaló con la cabeza la puerta.

— No. No te quiero cerca de mi familia.

Draco fue a dar un paso al frente, porque así era, un alfa que se sentía por encima del resto de su casta. Aún con su cara bajo control, Scorpius lo agarró por el brazo con fuerza cuando intentó pasar igualmente por su lado para alcanzar la puerta de la habitación.

— Ten un poco de dignidad, padre —le susurró—. Si empiezas una pelea, además de que tienes todas las de perder, acabarás detenido por agredir a tres aurores, con agravante de que es un lugar lleno de civiles.

— ¿Ahora sabes de leyes?

— Vivo con dos activistas, se habla de leyes en la mesa del desayuno. Y tu no puedes exigir ver a tu heredero porque no lo es, me echaste de la familia. Así que ahora vas a guardarte tu actitud de estar por encima del mundo y te vas a marchar. Y vas a mantenerte lejos de mi familia. Porque también hay periodistas y abogados en ella, por si no lo sabes.

Draco se liberó con violencia. Miró a su hijo a los ojos, sus propias feromonas alfa tratando de doblegarlo mientras se echaba el pelo hacia atrás con la mano. Los otros cuatro alfas gruñeron y dieron un paso hacia delante por el reto, pero Scorpius no se inmutó, se limitó a mirarlo con esa expresión mezcla de Astoria y Narcissa que le desmontaba un poco.

— Márchate, Malfoy —volvió a intervenir Potter, indiferente al despliegue de feromonas—. Ahora, si quieres salir de aquí con dignidad y todos los dientes en su sitio.

Se giró a mirarlo de nuevo. Tras sus gafas, los ojos profundamente verdes le miraban con una mezcla de hastío e indiferencia que molestó a su alfa.

— ¿Me estás amenazando, Potter?

— Te estoy haciendo una recomendación.

Claramente en una situación de desventaja, hizo caso a su instinto de conservación por una vez y dio un paso atrás. Y luego otro, y otro, hasta salir del pasillo sin darles la espalda.


Si algo no se le daba bien a Draco era agachar la cabeza y tener claro cuando debía dejar algo estar. Al contrario, había crecido con el convencimiento de que su voluntad estaba por encima de la de cualquiera alrededor. Así le habían educado y así se movía por la vida, por lo que tomar la decisión de colarse en Grimmauld Place unos días después fue algo sencillo. Según la prensa, Albus y el bebé estaban en la casa. Y él era un Black, era más que probable que la casa le reconociera y le permitiera entrar.

Fue demasiado sencillo. Ningún hechizo protector y la casa acogiendo su sangre Black, incluso encendiendo luces a su paso. No se había parado a pensar en qué haría una vez allí, porque realmente lo único importante era que podía salirse con la suya y entrar.

No había estado en ese casa desde su niñez, cuando iba con su abuela a visitar a la tía Walburga. Horrible mujer que le ponía los pelos de punta, por cierto. A pesar de que la casa había cambiado notablemente, era evidente que ahora era el hogar de una gran familia a la que le importaba más lo hogareño que el status, recordaba el camino a los dormitorios. Pero antes de poner un pie en la escalera, escuchó su apellido saliendo por la puerta entreabierta de lo que creía recordar era un despacho.

— Malfoy apareció en el hospital, intentando ver a Albus y a Lily.

— ¿Y lo consiguió ?

La respuesta llegó con un toque metálico y, curioso, pegó el ojo a la rendija de la puerta. De espaldas a él, Potter estaba sentado delante de un escritorio con un ordenador muggle. Parecía que la voz salía del aparato.

— No, Scorpius se impuso. Deberías haberlo visto, estoy muy orgulloso de mi yerno. Pero no creo que se rinda.

— ¿Cuánto hacía que no lo veías?

— Años. Puede que desde el funeral de Astoria.

— ¿Quieres que vaya?

— No necesito un guardaespaldas alfa, Theo. Bastante espectáculo de feromonas armaron en el hospital.

Theodore Nott. Su alfa gruñó por el tono de cercanía entre esos dos. Toda su vida hasta la caída de Voldemort era una competición con Nott jr. Padres que ya habían servido juntos a Voldemort en su juventud y competido por un hueco cercano a él, que luego habían seguido compitiendo a través de ellos.

— No he dicho eso. Solo… quizás quieras compañía —suavizó el tono Nott.

— Ohh. ¿Qué te pasa?

— No tiene que pasarme nada para que quiera pasar tiempo contigo y conocer a mi no nieto.

Harry rio. En contra de su mejor criterio, el alfa de Draco se revolcó en su molestia, porque no era a él a quien iba dirigida esa risa. Nunca había visto a ese Potter relajado, con él todo eran aristas. Salvo esa noche que estaba borrosa en su memoria y a la que no se permitía volver.

— ¿Te pica entonces, alfa? —bromeó, juguetón, delatando de nuevo la cercanía con Nott.

— Si me pica no me falta quien me rasque, omega presuntuoso.

— Ohhhh, mi amante pluriempleado.

Escuchó a Nott respirar hondo y lo vio frotarse la cara y ponerse serio antes de hablar.

— Esto… estoy pensando en dejarlo.

— ¿El trabajo? ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

— Nada en especial, solo estoy cansado, empecé en esto por el dinero y ahora ya tengo de sobras. Quiero vivir sin estar pendiente de que haya un omega entrando en celo.

Draco parpadeó sorprendido, esa sí era información jugosa. Tras la guerra, Nott había desaparecido de su radar. Astoria, que era amiga suya de la niñez, lo invitó a la boda, en contra de sus deseos, claro, pero se disculpó aduciendo trabajo fuera del país y Draco no volvió a darle un pensamiento.

Técnicamente, los asistentes de celo eran profesionales formados. A ojos de los sangrepura, eran poco más que prostitutos bien pagados. Draco se preguntó si Astoria sabría a qué se dedicaba su amigo.

— Vaya, gracias por la parte que me toca —volvió a bromear Potter.

— Tú no eres trabajo y lo sabes —respondió Nott, en tono todavía serio—. Si hay alguien con quien habría podido sentar cabeza, sería contigo.

— Lo sé. — Potter se inclinó un poco hacia delante como si quisiera que la conversación se volviera más íntima—¿Pero sabes qué? Me alegra no haberlo hecho, porque nuestra amistad…

Desde su privilegiada posición de espía, vió a Nott en la pantalla hacer un esfuerzo por no dejarse llevar por la emoción del momento.

— Ya, ya, estás cerca del celo y te pones blandito, Potter el activista patea culos de alfas —impostó la voz Theodore, sonando como un locutor de radio.

— Eres idiota —rio Potter.

— Tu idiota favorito —volvió el tono amistoso y cercano que hacía al alfa de Draco revolverse molesto—. Estaré ahí en diez días.

— No hace falta, tengo esa maravillosa droga nueva que me dejará grogui.

— Estaré —insistió Nott— . Y conoceré a Lily de paso y le palmearé la espalda a mi no yerno. Ese chico ha salido a su madre, Astoria siempre supo poner a la gente en su sitio.

— Por algo ella sí me caía bien. Te avisaré si hay algún cambio.

— ¿Crees que te vas a adelantar?

Draco olfateó, sin duda así sería. Y ese mínimo sonido le descubrió. Con una rapidez sorprendente, Potter se levantó de la silla y en tres largas zancadas estaba abriendo la puerta delante de él sin darle oportunidad a desaparecer.

— ¿Qué demonios, Malfoy? —le gruñó, agarrándolo de la camisa y metiéndolo en el despacho.

Y de todo lo que podía salir en ese momento de su boca, Draco dejó que saliera lo que estaba molestando a su alfa.

— ¿Nott es el padre de tus hijos?

— No es asunto tuyo —le contestó con voz tensa, pero controlada—. Y mis hijos son míos, Malfoy. Criados con mi esfuerzo y la ayuda de Sirius y Remus. ¿Qué haces aquí, escuchando conversaciones privadas?

— Deberías mejorar tus protecciones, la casa me ha dejado entrar sin problemas —respondió Draco, con su tono insoportablemente altivo

Potter masculló algo entre dientes, se apretó con el pulgar y el índice el puente de la nariz, alzando las gafas ligeramente y luego se acercó al ordenador en el que Nott todavía seguía en la pantalla, con el ceño muy fruncido.

— Mañana hablamos, Theo.

Y colgó la llamada antes de que el otro alfa tuviera la oportunidad de abrir la boca para replicar.

— ¿Qué quieres? —volvió a preguntar Potter, aún más tenso.

— Ver a mi nieto.

— ¿A estas horas? —Le miró como si fuera estúpido o estuviera loco, lo cual tenía sentido porque efectivamente eran las once de la noche— Nieta, es una niña. Y lo que tengas que discutir sobre ella tendrá que ser con tu hijo, ese al que echaste de casa cuando se vinculó con el mío. Pero ahora todo el mundo duerme, porque tú no lo recuerdas, pero los bebés lloran y son exigentes, los adultos a su alrededor tratan de dormir cuando ellos duermen.

— No le eché de casa —respondió, ignorando completamente el directo reproche del omega sobre su falta de interés y participación en la crianza de su hijo.

— Le exigiste que rompiera el vínculo. ¿Crees que no lo sé? ¿Que no quieres que tu sangre y la mía se mezclen? Tarde, Malfoy.

Después pensaría que era culpa de Potter, porque se lo había puesto en bandeja. Con su alfa rugiendo, habló con todo el desprecio que pudo juntar.

— Esta vez lo has conseguido.

— ¿Disculpa? —cuestionó Potter, alzando una ceja y cruzando los brazos sobre el fuerte pecho.

— Sabes a qué me refiero.

— No, no lo sé. ¿Tienes algún reproche que hacerme?

— En la escuela.

— Tendrás que ser más específico.

Exasperado por la aparente calma del omega, se acercó más, hasta cernirse sobre él, aprovechando que le sacaba unos buenos quince centímetros de altura.

— Intentaste pillarme con un embarazo.

— ¿Eso crees?

— ¿Qué omega decente no usa supresores y drogas en la escuela?

— No voy a darte explicaciones, —Potter liberó los brazos y los dejó colgar a los lados del cuerpo, cuadró los hombros y levantó la barbilla, mostrando que no le intimidaba para nada— no te las mereces. Pero nada más lejos de mi intención querer algo en común contigo.

— Ahora estamos unidos por esa niña —respondió Draco, tratando de cambiar de tercio en vista de que el tema del embarazo no había conseguido que Potter perdiera los nervios.

— Me temo que no, mi nieta ni siquiera lleva tu apellido, es una Potter igual que su padre alfa. Tiene un cuarto de tu sangre nada más. Perdiste el derecho a tener una familia el día que desheredaste a Scorpius. —Le recordó, golpeando su pecho con el índice— Y ahora, por favor, sal de mi casa.

Por su puesto, Draco no iba a ceder y marcharse tan tranquilamente. Él tenía que decir la última palabra siempre, así que, provocador, se acercó mucho más de lo socialmente aceptable entre dos personas que se odiaban a muerte y le movió la cara con un largo índice hacia un lado para exponer esa zona del cuello en la que los omegas solían lucir su marca de apareamiento. El moreno cuello de Potter estaba inmaculado e ignoró el ronroneo satisfecho de su alfa antes de volver a hablar con inquina.

— Tampoco conseguiste pillar a Nott. Ni a ninguno de los pelirrojos que te lamen el culo, oh salvador del mundo mágico. ¿Qué defecto tienes, omega, que estás sin marcar?

Potter dio un paso atrás, molesto, y miró tras él. Una voz ronca, con fuerte acento irlandés, se dirigió a él con brusquedad.

— Te ha dicho que salgas de la casa, Draco.

Se giró y enfrentó a su antiguo profesor. Si había algo más bajo en la escala de valores sociales de un alfa sangrepura como Draco que un omega sin morder, era un hombre lobo. Cosa bastante estúpida, porque los licántropos eran alfas por naturaleza, su casta como humanos era indiferente después de ser transformados, y en un enfrentamiento físico eran más fuertes y rápidos, aunque se tratara de un viejo cansado como Lupin.

— También es la casa de mis antepasados —respondió con chulería.

— ¿Me vas a hacer echarte por las malas?

La cara de Draco se torció en una sonrisa cruel.

— ¡Oh no,! ¡el lobo malo me amenaza! Qué miedo —se burló con un falsete—. ¿Cómo está mi tía? Oh, perdona, no recordaba que no te habla porque has criado a su nieto revolcándote con otro Black y has permitido que manche el apellido con una relación estéril con otro alfa.

Tras él, Potter gruñó, estaba claro que su punto flaco eran los habitantes de esa casa, no toleraba que nadie se metiera con su familia. Draco se frotó las manos por dentro, satisfecho de su descubrimiento.

— Eres un… márchate, Malfoy. Ahora. No necesito un alfa que me proteja, te daré una paliza con mis propias manos si no sales por esa puerta ahora mismo, ni tan siquiera necesitaré una varita para volver a hacerte sangrar —le amenazó el omega.

— Potter, eso no son modales… —le contestó, con suavidad.

— A la mierda los modales.

Y le giró la cara de un puñetazo.

— Ahora ve a tu sanador caro y dile que un pobre omega sin morder te ha partido la nariz. De eso es de lo único que me puedes acusar, Malfoy, pero no te atrevas a volver a nombrar lo que pasó, no tienes idea. Y ahora, —Abrió la puerta con un giro de mano, en una exhibición de magia no verbal sin varita— sal de mi casa.