Entre todas las habilidades que presumía de tener, no estaban los hechizos de sanación. Tampoco es que se hubiera esforzado mucho en aprenderlos, para eso estaban los sanadores, aunque la de la escuela fuera bastante inepta y le tratara con fría condescendencia cuando acudía a ella. Por eso, y porque habían jugado mucho juntos al quidditch, sabía que Zabini sí era capaz de curar una nariz, y había acudido a él cuando Granger le había roto la nariz en tercer curso. Y volvió a hacerlo, a pesar de que no eran horas, sabía que los Zabini se acostaban tarde.

—¿Qué has hecho para que Potter te rompa la nariz?

Por supuesto, Draco no se dignó a darle una explicación de porqué había acabado presentándose a medianoche en su casa con la nariz chorreando sangre.

— Según las leyes antiguas podría denunciarle, es una agresión física a un alfa por parte de un omega. Podría denunciarle incluso por mirarme si quisiera.

— ¿Y qué ganarías con eso? —cuestionó Blaise con calma, cogiendo la varita para sentarse frente a él, agradecido de haber tenido el pensamiento de llevarlo directamente a la cocina para evitar que manchara de sangre alguna de las adoradas alfombras de Pansy.

— Ponerle en su sitio —farfulló Draco, escupiendo sangre al hablar.

— ¿Su sitio? —Blaise murmuró un Episkey y comenzó a limpiar las manchas de sangre— Te has quedado atascado en el pasado, amigo. Potter es el líder del movimiento de liberación de los omegas, es el menos indicado para pleitear. Además, ¿así vas a reconciliarte con tu hijo?

— Él ha envenenado a mi hijo contra mí.

— Eso lo has hecho tú solo

— ¿Pero tú de qué lado estás? —protestó Draco, molesto, apartando la varita de su amigo que limpiaba las manchas de sangre del cuello de su camisa.

— De la lógica, Draco —contestó, sin perder la calma ante el malhumor de su amigo, apoyándose en el respaldo de la silla—. Para arreglar las cosas con Scorpius necesitas una tregua con Potter.

Irritado, Draco se puso de pie y se acercó a la nevera a coger una botella de vino. Sin decir nada, Blaise se levantó también y le acercó con gestos medidos una copa que sacó de un armario. No le pasó por alto que a Draco le temblaban un poco las manos cuando abrió la botella y sirvió media copa.

— ¿Tú sabías que Nott y Potter eran amantes?—preguntó después de dar un largo trago y sentarse otra vez en la silla.

— No.

— Mmm. ¿Tu también te lo estás tirando?

Blaise rio, porque el malhumor de Draco cuando se trataba de Potter siempre le hacía gracia de puro infantil. Llevaba años escuchando todo lo que tenía que decir su amigo sobre el omega, ya desde la escuela, sobre todo después de su encuentro sexual.

— Estás enfermo, Draco, claro que no.

— Eres su tipo, slytherin y sangrepura.

— Amigo, deja la paranoia. Yo estoy felizmente vinculado, te lo recuerdo. Si Pansy te escuchara decir eso te arrancaría la cabeza.

Draco miró con desprecio el cuello de su amigo.

— Lo que eres muy blando y ella te tiene bajo su pie. Esa moda de dejarse morder por el omega me parece…

— Cuidado con lo que dices —le advirtió, dejando de lado la diversión que había mostrado hasta ese momento—. A mí es difícil sacarme de mis casillas, pero tus comentarios retrógrados pueden meterte en un lío. En otro más.

— ¿Retrógrado? —Dejó con fuerza la copa vacía sobre la mesa— ¿Ahora está pasado de moda respetar las buenas costumbres?

— Lo que tú llamas buenas costumbres es un sistema hecho para esclavizar a los omegas.

— ¿Ahora eres un defensor de la casta inferior?

Blaise suspiró, aburrido ya de su rancio discurso, y se levantó para lavar la copa y guardarla de nuevo en el armario.

— Tuviste una suerte inmensa de casarte con Astoria, ¿sabes? Era una bendita, solo eso te libró de que tu omega te estrangulara mientras dormías. Y ahora vete a tu casa y déjanos a los demás dormir.

Draco no contestó, sorprendentemente. Entrar al trapo de decirle que no era tan buena ni tan santa, sino que solo habían pasado juntos el celo en el que concibieron a su hijo, era explicar muchas cosas, y la mayoría le dejarían a él en un lugar indigno. Por ejemplo la cantidad de noches que aporreó la puerta de su mujer reclamando sexo y ella no había abierto nunca.


Las reivindicaciones de los omegas, ese movimiento que Potter encabezaba desde hacía años, solían aparecer en la prensa periódicamente. Para su desgracia, Draco seguía leyendo El Profeta cada mañana tal y como le había inculcado su padre de niño, así que ya estaba acostumbrado a pasar por encima del artículo cuando salía el apellido del héroe. Sin embargo, ese día los ojos se le quedaron enganchados en el titular.

La actividad política de Potter le ponía en los titulares, pero no le granjeaba amigos en todas partes y eso incluía una profunda enemistad con Rita Skeeter. Y enfrentarse con la periodista era un riesgo, porque si olfateaba escándalo era como un crup con un hueso.

"El misterioso padre de los hijos de Harry Potter"

Escaneó el artículo rápidamente y llegó al párrafo quinto en el que, sin tapujos, Skeeter hablaba de un acuerdo económico con Theodore Nott.

El griterío en el vestíbulo le hizo levantar la mirada del periódico justo en el momento en el que se abría la puerta de par en par y un furioso Harry Potter entraba, apuntándole con su varita.

— ¡Tú! —le gritó, lanzándole un hechizo punzante.

Fue todo tan rápido que no acertó a levantar la varita antes de que le golpeara en toda la cara. Gritó al sentir el garrampazo en el pómulo.

— Maldito cabrón arrogante —ladró Potter, lanzando un segundo conjuro.

En un rápido gesto, Draco fue capaz de levantar la varita esta vez para hacer un Protego. Y a continuación responder con otro hechizo que hizo a Potter caer sentado al suelo sujetándose el vientre con la mano.

Algo en ese gesto de protección activó las palabras de Pansy acerca del aborto que casi lo mata. Y su alfa hiló ese lastimoso pensamiento con el conocimiento de que otro alfa sí había conseguido engendrar en el omega que le miraba furioso desde el suelo.

— ¿Sabes que podría denunciarte por atacar a un alfa? Irías a Azkaban, imbécil —le ladró, llevándose los dedos al pómulo en busca de sangre.

— Si he de ir a la cárcel, te me llevo por delante, Malfoy. ¿Como has podido?

— ¿Te refieres a Skeeter? Yo no he sido.

— ¿Y por qué voy a creerte? —cuestionó Potter, poniéndose de pie y sacudiendo sus vaqueros.

— Scorpius.

— ¿Ahora vas a invocar a tu hijo? —preguntó incrédulo el omega.

— Voy a invocar que no soy tan gilipollas como para hacer eso cuando lo que quiero es arreglar las cosas con mi hijo. Y solo por eso no te voy a denunciar, sal de mi casa y ve a pagar con otros tus errores.

— ¿Errores? Tener a mis hijos con Nott son las mejores decisiones que he tomado.

El alfa dentro de Draco rugió.

— ¿Y el mío? ¿La mejor decisión fue deshacerte de él?

— Te dije que no sacarás ese tema otra vez.

— ¿Te molesta reconocerlo?

— ¿Eso crees? Fuiste tú el que se hizo el loco cuando fui a decírtelo, ¿recuerdas?

— No recuerdo eso.

— De cualquier manera, no tengo por qué darte explicaciones de nada. No eres nada mío, alfa, sujeta tus feromonas.

Draco ni siquiera se había dado cuenta de que estaba soltando hormonas, su alfa molesto por la rebeldía del omega. Quería que agachara la mirada, que le ofreciera el cuello y se sometiera a él. Por Merlín, quería marcarlo y que Nott no volviera a acercarse a él.

— Se te está poniendo cara de psicopata.

— Vete de mi casa Potter, porque estoy a punto de cruciarte —mintió, porque no era esa varita la que quería usar precisamente para someterle.

Pero Potter no era estúpido, claro que no. Lo olió y vio en su cara que sabía lo que el alfa en Draco estaba gritando. Dio dos pasos hacia la puerta, hacia atrás, sin darle la espalda, con la varita en alto y la barbilla aún más alta. Y Draco también lo olió: el miedo, el rechazo, el claro mensaje de "no voy a dejar que vuelvas a tocarme".

Fue la conciencia de eso, de que nunca sería suyo, lo que le hizo hacer la siguiente estupidez, de nuevo dejando que la rabia de su alfa tomara el mando.


Dos días después, la primera visita indignada que recibió Draco fue la de Scorpius.

— ¿En serio padre?

— Buenos días, hijo.

— Vete a la mierda. ¿Has denunciado a Harry por agresión?

— Me rompió la nariz.

— ¡Te colaste de noche en nuestra casa!

— No es culpa mía que vuestras protecciones sean un asco.

Scorpius golpeó la mesa con una mano y se inclinó hacia él.

— Te dije que dejaras en paz a mi familia. ¿Servidumbre?¿ estamos locos?

— Eso dice la ley antigua. Un omega que ataca a un alfa puede ser castigado a treinta días de servidumbre.

El joven se enderezó y lo miró desde arriba con una cara de decepción tal que, por un momento, Draco se sintió sobrecogido.

— Te sabes lo que te beneficia de la ley, pero no la conoces bien. Toma.

Le entregó una carta con sello de un despacho de abogados y un periódico.

— Te avisé de que en mi familia también hay abogados y periodistas. Buenos días, padre, disfruta de tu ridículo.

La carta era una solicitud de orden de alejamiento. Con lenguaje bastante florido, el habitual de los abogados, relataba la invasión del hogar de Scorpius y Albus Potter "sin invitación, en horario nocturno y con amenazas e insultos" y solicitaba al Wizengamot una orden de alejamiento mágico de Draco para que no pudiera acercarse a la pareja y su hija.

Iba a coger el periódico, temblando de ira, cuando otra visita no anunciada le gritó desde el vestíbulo.

— Sal, Malfoy, da la cara.

Salió, con el periódico aún en la mano.

— Vaya, Nott, como tú por aquí.

— Maldito cabrón. ¿No era suficiente hablar con Skeeter? —gritó Nott, claramente fuera de sí— ¿Servidumbre? Sabes perfectamente que está a dos días de su celo. ¡Violador!

— Llama a los aurores, Flix —le dijo Draco a su elfo, que contemplaba la escena sin saber cómo ayudar a su amo.

— Mientras vienen me vas a escuchar.

— No voy a hacer tal cosa —contestó con frialdad.

Usó su varita para lanzarle un Desmaius y luego se dio media vuelta para volver al desayuno ya frío.

El periódico era El Quisquilloso, algo que jamás en su vida había entrado por la puerta de su casa. Sabía que ese panfleto apoyaba a Potter desde la escuela ciegamente. Y ahí estaba el artículo sobre el omega: relataba la detención de Harry, durante una reunión en el ministerio de una comisión que se había creado para, precisamente, la revisión de la discriminación de los omegas en la ley mágica. Detallaba la solicitud de servidumbre y el análisis que la abogada de Potter hacía de la situación: no se había dictado una condena a servidumbre en más de cincuenta años, y además había un eximiente gracias a la reforma de una ley a principios de siglo XX: no se puede condenar a servidumbre si el celo del omega va a darse durante la condena, por los casos de violacion que se habían dado con anterioridad a esa reforma en condenas como esa.

Violador… farfulló para él mismo, él no era un violador. Ese omega lo estaba buscando, como la primera vez. Ahí, soltando sus hormonas a su alrededor para ofuscarle la razón. ¿Quien leía ese periodicucho? Nadie, eso era basura.

— Amo…

— ¿Qué? —respondió con violencia al elfo, soltando el periódico.

— Los aurores están aquí, quieren hablar con usted.

Salió, airado, y de todos los aurores del cuerpo fue a encontrarse con los menos indicados para ese trabajo. De hecho, uno de ellos estaba agachado haciendo un Enervate a Nott con cara de preocupación.

— Buenos días, señor Malfoy —le saludó el más veterano—. ¿Quiere acompañarnos al cuartel para declarar?

Draco miró con desprecio a Weasley. El pelirrojo llevaba galones en su uniforme, ya sabía por la prensa que le habían nombrado hacía poco subjefe de aurores.

— ¿Has salido de tu cómodo despacho para venir a una detención común, Weasley? —cuestionó, estrechando los ojos.

— He venido yo porque ninguno de los aurores de servicio hoy quería atender su aviso, señor —le respondió el pelirrojo con el tono más profesional que había escuchado a un auror en su vida—. ¿Va a poner una denuncia?

El gran alfa pelirrojo, parecía ocupar mucho espacio dentro de su uniforme, le estaba mirando con sorprendente ecuanimidad considerando que quería mandar a su mejor amigo a Azkaban y que acompañaba al joven auror Potter, que parecía vibrar de ira junto a él mientras ayudaba a Nott a ponerse de pie.

De hecho, el joven alfa fue a abrir la boca pero Weasley le cayó poniéndole una mano en el pecho, reteniéndole.

— Por última vez, ¿nos acompaña usted al cuartel a declarar para formalizar la denuncia? —insistió Weasley.

— Iré cuando acabe de desayunar.

— De acuerdo. Vamos, James.

Draco observó al joven. ¿Sabría ya que Nott era su padre o se habría enterado por la prensa como todos? Por la manera en la que lo miraba se podía deducir que no era la primera vez que se veían.

— Pregunte por mí al llegar al cuartel. Si no se cursa la denuncia en veinticuatro horas dejaremos al señor Nott libre sin cargos. ¿Me ha entendido?

— ¿Me has visto cara de estúpido? —contestó, desagradable— Claro que sí.

— Estupendo. Que tenga un buen día, señor Malfoy.

Y salió de la casa escoltando a Potter, que sujetaba flojamente a Nott del codo.


El cuartel de aurores era un sitio muy desagradable. Olía a testosterona. Tradicionalmente había sido un trabajo de alfas, aunque ya en la generación de sus padres habían entrado omegas, como James Potter o Sirius Black.

Era todo tan… vulgar. Era la segunda vez en pocos días que entraba en aquel sitio y esperaba que fuera la última. Con gesto de desagrado se acercó al mostrador de recepción y carraspeó para llamar la atención de la mujer tras él.

— Busco al subjefe Weasley.

— ¿Le está esperando?

— Me ha dicho él que viniera, ¿por qué si no estaría alguien como yo en un sitio como este?

La secretaria le miró con cara de espanto por la salida de tono, pero se limitó a señalar, con el brazo extendido.

— Al final del pasillo, tercera puerta a la izquierda.

Golpeó la puerta, que tenía una placa que ponía Weasley. En lugar de un "Adelante", fue el mismo subjefe el que le abrió la puerta.

— Malfoy. Justo a tiempo, pase.

Le abrió la puerta y señaló la silla frente a su escritorio.

— Nott ha hecho ya una declaración y está en un calabozo. ¿Quiere darme su versión? —le preguntó, sentándose en su silla.

— Para eso estoy aquí —le respondió, mirando la silla como si le preocupara que fuera a deteriorar su costosa túnica.

El rostro de Weasley se mantuvo neutro, como si todas las provocaciones de Draco le resbalaran totalmente. Con un movimiento de varita, activó una pluma automática que se preparó para comenzar a reflejar la declaración.

— También podemos hablar si quiere de la otra denuncia que tiene en curso. Aunque el señor Potter ha sido enviado a casa en arresto domiciliario para pasar su celo.

— Eso es discriminación positiva. ¿O es que el señor Potter tiene un trato preferencial?

— Esa medida está recogida en la ley de 1918 que regula la protección de los omegas. No es plato de buen gusto pasar un celo en un calabozo, y es un problema potencial para los otros detenidos —le explicó con tono profesional, como si no estuviera hablando del celo de su mejor amigo.

— ¿Y queréis soltar a Nott para que lo pase con él? —cuestionó, tomando asiento por fin.

— ¿Eso cree?

— Nott se presentó en mi casa y me insultó.

— ¿Le agredió físicamente?

— No.

En ese momento se dio cuenta Draco de que había algo en ese despacho que le impedía mentir, porque en realidad él quería decir que sí, porque quería que Nott permaneciera allí y no pudiera pasar el celo con Potter.

— ¿Le agredió usted? —prosiguió Weasley al ver que se quedaba callado y parecía algo desconcertado.

— No.

— ¿Le hechizó?

— Un Desmaius, porque sentí que podía agredirme. Me protegí.

— Eso coincide con la declaración de Nott —comentó el auror, revisando el documento que tenía delante—. ¿Algo más que añadir?

— Podríamos haber hecho esto mismo en mi casa —protestó Draco.

Weasley le miró, Draco sintió que esos ojos azules le analizaban y veían demasiado. Después, el auror cerró la carpeta y se apoyó contra el respaldo de su silla, que chirrió un poco.

— Aquí usted no puede mentirme y nuestro sistema de recogida de declaraciones impide que yo pueda interpretar de ninguna manera sus palabras. Dígame, qué propósito tenía irrumpir en la casa Black casi a medianoche.

— Ya dije todo lo que tenía que decir sobre eso. ¿Van a procesar a Potter?

— ¿Ha recibido usted una notificación informativa sobre una orden de alejamiento?

— Sí.

— Scorpius Potter ha interpuesto una denuncia contra usted, por lo que vamos a procesarle también. Le encantará nuestro calabozo para alfas, la celda de al lado de la de Nott está libre.

Draco dio un respingo en su silla, no lo había visto venir.

— No puedes hacer eso.

— Discúlpeme, señor Malfoy, —Cogió otro documento de la mesa— pero un allanamiento y un intento de secuestro de un bebé son cargos muy serios.

— ¿Eso dice mi hijo? —cuestionó, espantado— Yo no quería secuestrar a la niña.

— ¿Qué pretendía hacer entonces?

Entonces se dio cuenta de que el auror le había llevado justamente por donde quería, no podía mentir.

— Pretendía enfrentarme a mi hijo y a Potter —tuvo que admitir, con la mandíbula tan apretada que costaba entenderle.

— Quería usted buscar problemas —infirió Weasley.

— Sí.

— Y acabó recibiendo un puñetazo cuando se negó a irse. Tal y como yo lo veo, un juez podría considerar que el señor Potter actuaba en defensa de su familia y que usted dio pie a los hechos simplemente para molestar.

Draco apretó los labios, negándose a darle la razón.

— Potter me atacó de nuevo en mi casa al día siguiente.

—Lo sé, consta en su denuncia. También consta que usted se defendió igualmente con magia. El señor Potter alega que pensaba que usted había revelado información personal a la prensa conseguida al entrar en su casa sin permiso.

— Insisto en que no he tenido nada que ver con ese artículo.

El auror volvió a mirarlo de esa manera tan desconcertante que hizo que instintivamente Draco alzara sus defensas mentales por si acaso.

— En cualquier caso, —Prosiguió finalmente el auror— está usted a tiempo de arreglar este lío y evitar pasar la noche en el calabozo, señor Malfoy.

— Quiere que retire las denuncias —concluyó Draco y Weasley asintió con la cabeza.

— Tenía entendido que usted quería arreglar los problemas con su hijo. No creo que esas denuncias, —Señaló las carpetas sobre la mesa— y la que ellos han interpuesto contra usted, vayan a propiciar ese acercamiento.

— ¿Te has vuelto listo con los años Weasley? —preguntó, provocador, tratando de recuperar el control de la situación.

— Elegí bien a mi compañera, señor Malfoy. Ya sabe, la bruja más capaz de nuestra generación. Que casualmente es la abogada que ha redactado la solicitud de orden de alejamiento que aún no se ha cursado. Y al igual que usted, yo no puedo mentir en este despacho, así que permítame que sea brutalmente sincero: lo hizo como la mierda hace treinta años, mi amigo podría haber muerto por esa caída, así que no siento por usted ni una mínima simpatía, al contrario más bien. Pero quiero a Albus y a Scorpius como si fueran mis sobrinos y no se merecen estar envueltos en sus vendettas personales. Arregle esto, hágalo por su hijo al menos.


— ¿Es cierto? ¿Has retirado las denuncias?

Estaba de vuelta en casa de los Zabini. Había salido del cuartel sintiéndose manipulado, había que reconocerle la habilidad a Weasley. Retirar las denuncias había sido sorprendentemente fácil, porque su cabeza se había quedado enganchada en algo que había dicho el auror sobre Potter, algo que había hecho sonar una molesta alarma en el fondo de su mente.

— Sí. —Bebió de su vino y finalmente dejó salir lo que en realidad le había llevado a buscar la compañía a Pansy— Weasley dijo algo y parecía que yo debía saber de qué hablaba. Dijo que la caída casi mata a Potter.

— Si, ¿y?

— ¿Qué caída? —cuestionó, porque Pansy también parecía suponer que sabía de qué se trataba.

— ¿Cómo que qué caída? Tú estabas allí.

Dejó la copa sobre la mesa y se metió en la boca un trozo de unos de los sandwiches que había preparado Pansy, que se negaba a beber vino con el estómago vacío.

— No sé de qué me hablas. ¿Qué le pasó a Potter? ¿Fue después de que nosotros…?

Ella le miró con el ceño fruncido, la copa congelada a unos centímetros de la boca.

— Le tiraste de la escoba, Draco. A más de quince metros de altura, casi lo matas.

El alfa de Draco se agitó, y por una vez no era con ira o con posesión, era con pánico.

— No recuerdo nada de eso. Estoy seguro que no fue aposta. Ni siquiera yo soy tan cabrón.

— Lo vimos todos, el colegio entero. Por eso llamaron a tus padres. No sé cómo convenció tu padre a McGonagall para que sólo fueran dos semanas fuera. La caída provocó el aborto y la hemorragia casi lo mata por segunda vez.

Draco se frotó la frente con los dedos. Parecía que era el responsable de la muerte de su hijo y llevaba semanas acusando a Potter de haber abortado. Incluso alguien como él podía tener sentimiento de culpa.

— Por eso me tiene miedo —murmuró.

— ¿Solo miedo? Te odia, y con razón. Y aún así acogió a tu hijo en su familia.

— ¿Por eso lo defiendes siempre? ¿Por Scorpius?

— La gente solo vio otra pelea más, pero creo que él está convencido de que lo hiciste para librarte del embarazo. Como omega, es imposible no empatizar con él, Draco. Pero sí, le respeto por cómo ha cuidado de tu hijo. Cosa que tú no has hecho.

— Ni siquiera recuerdo eso —confesó en voz baja, frotándose la frente con más fuerza—. Se supone que vino a decírmelo.

— ¿No lo recuerdas? —cuestionó Pansy.

— Tengo bastantes cosas borrosas de esos días —admitió Draco.

— Eso es porque parecías desbocado todo el tiempo. Por eso tu padre…

— ¿Mi padre qué? —preguntó él, alzando un poco la voz y mirándola por primera vez en un buen rato.

— Te llevó a casa un par de semanas. Volviste más calmado y comenzaste a cortejar a Astoria. ¿Tampoco recuerdas eso?

— Vagamente. No entiendo nada.

— Tendrás que preguntarle a tu madre. —Dracó torció el gesto— ¿O te da miedo lo que puedas averiguar? Nunca has sido una persona fácil, Draco, pero después de esas dos semanas cambiaste. Y no a mejor.

— ¿Qué quieres decir? —La voz le salió ronca y dio un largo sorbo de vino para aclararla, porque en realidad sentía como si tuviera una espina de pescado ahí atravesada.

— Mírate. Estás solo, no eres capaz ni de mantener una amistad sana, Blaise y yo te aguantamos por lealtad, pero incluso a nosotros nos tratas mal. Te casaste, te vinculaste y tuviste un hijo, pero nunca hiciste ni el más mínimo esfuerzo por acercarte a tu mujer. Y no me refiero al sexo, me refiero al mínimo respeto de dos personas que tienen un hijo juntas.

— ¿Algo más? —ironizó, pero Pansy se lo tomó como una invitación.

— Podría seguir, porque has sido aún peor padre que marido. ¿Tienes idea de lo mucho que sufrió Scorpius al morir su madre? Era solo un niño y tú nunca estabas. ¿Cómo no voy a respetar a Potter por haber hecho ya entonces tu trabajo de padre? Tu gruñías porque tu hijo estaba allí, porque además de todo eres un desagradecido.

— Te estás pasando, Pansy —le advirtió, cada vez con más sensación de estar a punto de ahogarse.

— Creo que necesitas espabilar, Draco. —Le ignoró ella completamente, señalándole con la copa medio vacía— Porque tienes cincuenta años y la vida de un mago es muy larga para tanta amargura. Vas a perderte ver crecer a Lily, conocer realmente a tu hijo y tener en tu vida gente que te quiera.

Draco calló. El rapapolvo era considerable, aunque atravesar un caparazón tan duro como el suyo era complicado. Como humano, podía tirar de orgullo para reivindicar que no necesitaba nada de eso, que su vida era perfecta como era, muchas gracias y vete a la mierda con tus discursos, Pansy.

Pero había más. El mismo alfa que estaba hecho bola por la conciencia de haber destruido algo que era parte de él, estaba molesto también por la conciencia recién adquirida de que alguien había andado en su cabeza y no era difícil adivinar que ese alguien había pretendido borrar los recuerdos que le ligaban a Potter a partir de su celo juntos. No tendría más remedio que hablar con su madre.