Por esos años, la recesión entre Westalis y Ostania me había devuelto el poco honor que la guerra me arrebató. Con tantos cadáveres amontonados, todos y cada uno de ellos, apilados bajo un par de botas sucias. Se me hacía muy placentero inspeccionar en sus expresiones horrendas y hacerme con cosas de curioso valor. Tiesos, exánimes, en el labrantío de un camión pestífero. Nadie notaría que un par de relojes o anillos les faltarían al repatriar sus cuerpos. Tenía 20 años. Era un crío aún. Y tras haber sido herido en uno de mis ojos y parte del muslo derecho, mis superiores no me percibieron ávido para la lucha. Así que arbitrariamente y sin consultarme nada, se tomaron la inmodestia, de mandarme a las barracas. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio. Barrer, limpiar la mierda, pelas papas, cortar la leña, traer las municiones, asistir heridos, etc.

—¡Oye, Forger! —exclama uno de los capitanes, a lo lejos— ¡¿Qué haces ahí parado como los idiotas?! ¡Mueve esos cuerpos al camión!

—Si, ya voy —berreó de vuelta el rubio, chasqueando la lengua— Claramente olvidó la palabra "teniente", antes de mi apellido.

Una de las cosas que más odiaba, era el trato denigrante que mis oficiales al mando me daban. Para esas mentes obtusas y arcaicas, ser herido en batalla era lo mismo que desertar. Algo que distaba bastante de la realidad porque yo no era ningún cobarde. Es más, luché hasta el cansancio para que me reinsertaran en mi unidad. Pero el coronel Hauser dijo que mandar a un hombre cojo y tuerto al frente, era como darle a un mono una navaja. Realmente nunca entendí el concepto.

Mientras trasladaba de tobillos y muñecas a algunos caídos, solía cuestionarme cosas profundas como la vida o la muerte. Sus gestos mortuorios, generaban en mi un rechazo inminente a mi propia existencia. ¿Cómo demonios acabé aquí? ¿En qué momento decidí unirme al ejército de Westalis? Ah, ya lo inmortalicé. Cuando mi padre me abofeteó esa tarde en casa. Yo tenía tan solo 8 años, mientras su mano decomisada me laceraba la mejilla. ¿Qué mierda podía saber de la guerra? Era solo un mocoso. Estaba tan concentrado en la idea de acabar con el enemigo, que ni conocía su poder de fuego.

Él me dijo…

—¡Eres débil! ¡¿Cómo pretendes que te llamen al ejército si ni conoces a los enemigos?!

¿Qué tan infame podía, en lo onírico de ser; un ignorante niño, que no comprendí sus palabras? Porque me pareció tan gallina de su parte. Y ahora siendo un jovencito mayor, un soldado en las líneas enemigas, matando seres humanos que, en efecto, no llegué a conocer. ¿Era necesario? Hasta ese momento, mi única motivación orbitaba en torno al goce de la venganza. Pues Ostania había acabado con toda mi vida. La vida que conocía. Mi padre, que nunca volvió de la frontera. Mi madre, que murió enferma entre bombardeos, mis amigos, la señora de las croquetas. Mis abuelos. Lo que alguna vez ambicione ver. Me vi forzado a arrojarme sin premuras, a la violencia indiscriminada del conflicto bélico. No me quedaría de brazos cruzados incito, a ver como se desmoronaba mi nación. Así que me enliste, falsificando mi nombre con un certificado falso, a temprana edad para servir con preámbulos. El entrenamiento no se me hizo complicado. Lo primero que aprendí fue tomar un arma. Aunque fuese de juguete, sea verdadera o falsa. No había diferencias para mí. Mis días de gloria entre matorrales quemados, cigarrillos mojados y fuego cruzado habían terminado. Creo que 3 años de contienda, agotan a cualquiera.

Afortunadamente y para mi suerte, no estaba solo en este campamento. Repleto de atorrantes y engreídos. Digamos que yo también tenía otra clase de…ambiciones. Una en particular, de melena grisácea y ojos negros, tan misteriosos como la noche. Su nombre era Fiona Frost. La conocí siendo enfermera en el cuartel del norte. Lugar en donde me hirieron. Ella fue, lo primero que contemplé tras perder parte de mi campo visual. Ahí estaba. Delante de mí. Gallarda. Radiante, briosa como un ángel. La habían mandado para cuidarme y aliviar mis heridas. Jamás había visto a una mujer tan hermosa. Después de mi madre, claro.

La manera grácil en la que sus pestañas delicadas subían y bajaban. Sus tersas y anémicas manos, con dedos de plumas y uñas perladas. Esa boca rosada. Con esos labios que me decían…

—Oye ¿Te quedaste sordo también? —berrea Fiona, mosqueada—. Te he preguntado cuatro veces de que pelotón vienes.

—¿Eh? ¿Que? —pestañea Loid, embelesado con su semblante— ¿Qué cosa?

—Déjame ver esos oídos —Frost enciende una pequeña linterna y examina la cavidad—. Al menos te lavas las orejas. El otro soldado que vi, tenía una araña ahí dentro.

—¿U-Una araña? —se espanta, automáticamente palpando el sector con la punta de sus dedos— ¿Eso…es posible?

—Por supuesto que sí. Sobre todo, en el bosque del Oeste —se encoge de hombros, con expresión apática—. Llueve mucho y la humedad hace que bajen de los árboles. Es ahí donde aprovechan para escabullirse en el interior mientras duermen.

—M-mierda…yo estuve un tiempo ahí, durmiendo en la intemperie —despabila Loid, timorato— ¿Y si…también se me metieron otras cosas? ¿En otros lados? —se levanta un poco la camiseta— ¿En el…ombligo, por ejemplo?

¿Qué demonios…? —la enfermera suelta un bufido, incomodo—. Eres…raro ¿Sabias?

—¿Eso es malo?

—No…bueno…quien sabe ya, que cosas son malas o no —suspira, encogiéndose de hombros—. Supongo que la palabra adecuada sería "curioso".

—Bueno, en tal caso…—ríe Forger, jocoso—. Sería la primera vez que alguien siente curiosidad por mí. Aparte de mi madre. Ella era una mujer increíblemente fuerte y divertida…

Fiona se había ruborizado tanto como yo. No puedo describir que fue lo que finalmente nos unió esa tarde. Si mi humor de mierda todo cagado. Mi rareza. O la forma grácil en la que hablaba de mi mamá. Quizás, un poco de todo. A partir de ese día, nos volvimos camaradas inseparables. He de admitir que, si bien mis padres ya no seguían conmigo y su partida me dolió muchísimo, yo era un tipo con suerte. Pude haber perdido una mano o una pierna ¿Saben? Pero ahí estaba. Enterito. Charlando y soltando chistes malos con la cara de estúpido que me cargaba. En compañía de una enfermera guapa y muy sagaz.

—Loid Forger —se presenta, estirando su mano.

—Fiona Frost —responde la fémina, estrechándola.

Con Fiona nos llevábamos de maravillas. Sin embargo, nuestra relación nunca pudo florecer mas allá de una amistad vanidosa, con coqueteos que iban y venían, pero que no concluían en nada. ¿Ya dije que tengo una estrella bajo el brazo? Porque curiosamente, la trasladaron al mismo cuartel que yo. Y como de costumbre, yo solía visitarla más a menudo que los otros soldados. Todo esto, de forma muy solapada para no levantar las sospechas de nadie sobre mi interés en ella. Era una chica un tanto reservada, medio nervuda y de a veces expresiones contemplativas. Callaba más de lo que decía. A pesar de mostrarme insistente, nunca manifestó rechazo alguno a mis encantos. Por lo regular, solía estar embetunada en la sangre de sus pacientes y no le daba mucha jerarquía a su apariencia desalineada. Era una mujer muy profesional, sin duda.

—¿Ya terminaste? —siseó el rubio, afirmado contra un poste—. Ya van siendo pasadas las 23:00.

—¿Qué haces aquí? —espeta la muchacha, malograda—. Te he dicho que no vengas a estas horas.

—Tranquila, se moverme —masculle Forger, altivo—. Ven —la jala del brazo hacia un costado, rezagados bajo el alero de una sombra—. Mira lo que tengo.

—¿Y ese anillo? —pestañea, absorta— ¿De dónde demonios lo sacaste?

—Lo tomé prestado de…uno de los Ostanianos —se rasca la nuca, divertido— ¿Te gusta? Se ve costoso. Tiene un diamante muy bonito, jeje…

—Lo robaste, querrás decir —refuta, molesta. Empujándolo suavemente hacia atrás—. Loid, si te llegan a pillar usurpando cadáveres ajenos…te meterás en graves problemas.

—Tu relájate, mujer. Llevo meses haciendo esto y jamás lograrán sospechar nada —Forger le resta importancia, examinando con detenimiento una de sus manos—. En realidad…te lo traje a ti.

—¿Pa-Para mí? —cuestiona Fiona, absorta— ¿Por qué me regalarías un anillo?

—Es un presente, en agradecimiento por todos los cuidados que me has dado —revela el ojiazul, acomodando la argolla en uno de sus deditos—. Vaya…te queda perfecto. Ya veo por qué dicen que "si te queda, póntelo".

—Teniente Forger, esto es…ridículo —le reprocha Frost, ruborizada hasta las orejas—. No puedes ir por la vida regalándome anillos así.

—¿Por qué no?

—Porque…no es correcto que una mujer soltera como yo acepte tales agasajos —desvía la mirada, abochornada—. Mi padre solía decir que, si un chico te da algo como esto, es porque tiene otras intenciones.

—Bueno, tal vez tu padre no estaba del todo equivocado —sonríe.

—¿Acaso…me estás proponiendo matrimonio o algo así? —consulta, retraída.

—Nah, claro que no —le endosa el varón, en una risa garbosa—. En realidad, si tengo intenciones contigo. Pero…no precisamente de eso. Escucha ¿Qué tienes pensado hacer cuando la guerra acabe?

—Eso…no va a pasar —manifiesta Fiona, cabizbaja—. Esta recesión será breve. En cuanto menos lo imagines, nos volverán a mandar al frente.

—No bromes así. Las guerras no son infinitas. Esta amnistía me da buenos augurios ¿Sabes? —narra, esperanzado—. Presiento que dentro de muy poco, firmarán la paz y nos mandarán a casa. Para cuando eso pase, no quisiera quedarme vagando en el escenario de un país destruido —agrega—. Después de todo, no tengo un hogar al cual volver. Ya no me siento parte de ningún lado. Mas que de mí mismo.

—Teniente… ¿Qué estás…? —Frost recula, exhalando confundida— ¿Se puede saber que tanto estás planeando dentro de esa cabecita loca?

—Descubrí que se me da muy bien esto de tomar prestados, objetos ajenos —explica, con orgullo galante por delante—. Creo que tengo muchísimo talento. Soy ágil, discreto, audaz, me se esconder. Ya sabes, tengo lo mío.

—Robar, Loid. Se llama robar —rezonga la enfermera, hastiada—. Y por lo demás, eso solo te convertiría en un embustero y vil ladrón.

—Las profesiones son variadas hoy en día —el rubio se encoge de hombros.

—¿Desde cuándo ser cleptómano, es una profesión? —no entiende nada.

—Desde que yo determiné llevarla a un nivel experto. Profesional, sin duda —asiente, arrojado a la decisión que acaba de tomar—. Creo que podría ganar una fortuna con esto. Muchas personas estarán desesperadas por recuperar sus vidas de antaño. Le necesidad, a veces tiene más cara de hereje que otra cosa.

—¿Por qué me estás contando todo esto? —no se entera.

—Porque quiero que vengas conmigo —propone el muchacho, concurrido.

—¿Es una broma? —protesta Fiona.

—¡No, Fiona! ¡Piénsalo! —insiste Loid, tan motivado que, de paso, coge sus manitos contra las suyas— ¡Podemos hacer historia! Tú y yo, juntos…utilizando nuestro ingenio y la habilidad increíble que tenemos para congraciarnos con otros.

—Te golpeaste la cabeza —bufa, sarcástica— ¿Es eso?

—Que no…

—Es eso. Déjame verte —la peliblanca le toma la nuca, moviéndola de un lado a otro—. A ver ¿Cuántos dedos ves aquí?

—Dios, Fiona. Esto es real y no estoy loco. Deja eso —le ataja la muñeca, febril—. De verdad…es muy serio. No es una idea descabellada. Tenemos talento. ¿Para qué desperdiciarlo?

—Loid, estás proponiendo que nos volvamos unos estafadores —le increpa la mujer.

—Profesionales.

—¡Es lo mismo! —redunda, aun mas descalabrada—. Encima ¿Sabes lo peligroso que suena? Es un rubro siniestro, que nos podría costar la vida.

—Solo si sale mal y la cagas —Forger arquea una ceja, soberbio.

—Mierda, no me-…

—Fiona, por favor, te lo ruego —el joven soldado la toma de los hombros, vehemente frente a su planteamiento. La ha mirado de tal forma, que ya no le quepan dudas al respecto—. Ven conmigo…eres la única con la cual podría contar. Te quiero a mi lado. Como mi compañera. Tú y yo…camaradas.

—Yo ni si quiera se cómo engañar a alguien… ¿Sabes? —rehúye de su mirada, derrotada—. No me criaron precisamente para esto. Solo se…curar enfermos.

—Te enseñaré. Aprenderemos juntos —insta— ¿Qué dices? ¿Acaso quieres volver a tu antigua vida? ¿Cómo era antes? De seguro aburrida.

—No te pases de listo conmigo con esto. No me conoces —Fiona le palmotea las manos, apartándolo con recelo— ¿Por qué asumes cosas?

—Porque lo veo en tus ojos…—revela el teniente, resuelto—. Hermosos, por lo demás. Profundos y muy lóbregos…pero que de seguro no tenían nada, antes de la guerra. Esa constante reserva de comunicación que desprendes, me dicta que en el fondo si te gusta la idea. Se que quieres vivir con la emoción y el goce de sentir la adrenalina. De lo contrario, no te hubieras enlistado como enfermera para el frente. ¿A quién quieres engañar? En el fondo…te estimula la acción.

—…

La he desarmado. Convencer a Fiona, fue como regresar a ser un bebé aprendiendo a dar sus primeros pasos. Era mi primer objetivo de manipulación y trabajo de convencimiento. Si lograba que se uniera a mi bando, ya nada me detendría a mis cometidos. Vamos, ya no finjas más. Me he vuelto experto en leer las intenciones de otros. Esta guerra no puede dejarme solo cosas malas. También debe de construirme como el hombre que a futuro quiero ser. Dime que sí. Por favor, hazlo.

Un silencio sepulcral se enajena entre ambos. Mas no tarda demasiado en finalmente responder. Accediendo, por fin.

—Vale. Me lo…voy a pensar ¿Sí? —siseó—. Dame…tiempo.

Que tiempo ni que nada. Eso era un rotundo sí. Para mí, era más que suficiente. Me di por pagado. Asentí, abnegado de cara a su dubitativa templanza. Este era, solo el comienzo de un lujoso porvenir que, con pueril imaginación, construí en mi cabeza…para darle vida a mi siguiente personalidad. Mi nombre es Loid Forger. Uno que escogí falsamente para enlistarme en el ejercito al no tener la mayoría de edad. Pero el mundo me conocería como Twilight. El increíble hombre de las mil caras, con el ingenio de un Sherlock Holmes y la fama de un verdadero Arsène Lupin.

Esta, es la historia de mi vida. La que alguna vez diseñé de manera perfecta e idílica en mi cabeza. Sin contar con que, en algún momento, todo…cambiara para siempre; tras conocer a una mujer en particular.

[…]

—Esa chaqueta te queda espectacular, Nightfall —halaga el rubio, sentándose a su lado— ¿Lo escogiste tu o fue uno de tus admiradores secretos?

—Cierra la boca, Twilight —le reprocha la muchacha, fingiendo que no está realmente hablándole—. Mi esposo es un hombre muy celoso y si te escucha, te cortará las pelotas.

Berlint, capital de Ostania. Museo de arte. 22:50PM. Varios años después.

—¡Damas y caballeros! ¡Sean todos bienvenidos a la subasta anual de arte y trofeos de guerra! —anuncia un joven, sobre el podio principal— ¡Hoy tenemos grandes expectativas dentro de nuestro público! ¡Veo que nos acompaña el primer ministro y su esposa! ¡Junto con los generales de seguridad estatal y celebridades de la farándula!

No es momento de presumir. Pero esto se ve relativamente fácil. Tras años de llevar exitosamente nuestra vida en la clandestinidad, nos convoca esta noche un objeto en particular. El diamante Smirnof. Joder, que hermoso y grande es. Añil marino, como el perlado cielo de una tarde de verano. Grueso y de un incalculable valor. Aunque no sea el atractivo principal de la velada, tengo muy buenos compradores dispuestos a dar su vida por él. Ya hice un par de acuerdos y como soy un hombre profesional y de palabra, debo cumplir con los arreglos. Luego de la guerra, nos mudamos a Ostania para pasar desapercibidos. Westalis no logró salir de la pobreza del todo y la mayoría de los peces gordos, se mudaron a esta nación. Que, de cierta forma, salió semi victoriosa del conflicto bélico. Con Fiona hicimos una fortuna, he de admitir. Actualmente vivimos a destajo en el último piso de un aparatoso penthouse a las afueras de la zona urbana. Es nuestro, la verdad. Lo compré tan solo el mes pasado con las ganancias que hicimos tras robar una estatua jardín, del ex palacio de gobierno. Fue pan comido. Los Ostanianos están desesperados por enardecer con grandeza las vidas que alguna vez ostentaron en el pasado. Y es eso mismo, lo que nos ha dejado buenas utilidades a la hora de jugar con sus mentes débiles y torpes. La mayoría de ellos, ni si quiera se saben las tablas de multiplicar. Bueno, no es que yo sea experto. Aun no me sé la del 8. Pero estoy trabajado en ello.

Esta noche, como de costumbre, fingimos no conocernos. Llegamos por separados en autos retirados y con un grado de destiempo a la hora acordada. Nos hemos encargado de construir una imagen ilusoria entorno a la clase dirigente de la nación. Frecuentando bares que ellos acostumbran, creando redes de información quiméricas, dotadas de conversaciones sosas que congenien con ellos y que al final del día, neciamente nos abran las puertas de sus casas y sus círculos más intrínsecos. Así es como trabajamos. Moviéndonos sigilosos, socarrones, en una cota de subterfugios que, con el paso de los años, he perfeccionado al punto de darme una palmadita en la espalda de mi propio narcisismo.

Al igual que los asistentes de la jornada, tanto yo como Fiona portamos catalejos con aumento, para facilitarnos estudiar a fondo las piezas que se exhiben. Tenemos buena vista y excelentes asientos, con la ubicación exacta de los objetivos. Sin embargo, no somos realmente parte de la elite. Es en parte, la idea del trabajo. Ser importantes, pero no destacar ni mucho menos causar impresiones equivocadas en otros. Un verdadero agente de lo ilegal debe siempre mantenerse al margen de todo. Resaltar mucho, es avaricia. Finjo leer el folleto, llevándolo a la altura de mi nariz en un intento por ocultar mi semblante y el movimiento de mis labios.

—Veo muchas caras nuevas en este lugar —murmura Loid, apabullado—. Esos de la esquina superior derecha. ¿Quiénes son?

—Nadie relevante —Fiona ha hecho exactamente lo mismo que el, simulando concentración en el documento—. Son el jefe de aduanas y sus hijas.

—Tienen buenos asientos, para ser "irrelevantes" —espeta— ¿Segura que repasaste la lista de invitados?

—Al pie de la letra, como me pediste —asevera Frost, con obediencia—. De hecho, están todos los que deberían estar. Nadie aquí presente, tiene la cantidad de liquidez necesaria para llevarse el diamante.

—Espero así sea —balbucea Forger, suspicaz—. Recuerda que tenemos que llevarnos esa joya. El comprador fue enfático en eso.

—Tu tranquilo. Todo está bajo control —decreta Nighftall—. Mira, están subastando el estandarte de guerra de Luwen. ¿No deberíamos llevárnoslo?

—Ni de coña —niega—. Esa porquería ya no vale nada.

—A veces me sorprende la frialdad con la que actúas.

—¿De qué te quejas? —ríe, divertido—. Si tu misma me dijiste que no invirtiéramos en nada que fuese de Westalis.

—¡Vendido! —el hombre golpea el maso contra la base— ¡Qué gran compra sin duda! ¡El estandarte de guerra de Luwen significa un triunfo para los Ostanianos! Ahora, nuestro siguiente invitado tentará la mente de muchos ambiciosos, amantes de las joyas raras —agrega el muchacho, revelando el nuevo objeto a la vista y paciencia de todos— ¡El diamante Smirnof! ¡Un excelente tallado en piedra azuleja de compleja elaboración, extraído directamente desde las canteras de nuestra madre tierra! Miren nada más, que belleza. Nada se le compara al brillo que contrasta con el acabado de sus esquinas y el exquisito peso de su formación geológica. Una piedra invaluable, que dotará de elegancia y belleza a más de alguno —agrega— ¡La primera puja es de Đ1.000!

—Ahora, Twilight —anuncia Fiona.

¿Đ1.00? Es sencillo —Loid se levanta, tentado a levantar la mano para contrarrestar la primera cifra—. Voy por-…

Me paralizo, casi de golpe. Los músculos de mis brazos y piernas, han dejado de funcionar en el instante en que diviso como una muchacha y un chico de apariencia genéticamente similar, entran corriendo por la puerta de servicio. Se ven apremiantes, como quien llega tarde a una función de teatro. ¿Quién es…? La veo pasar delante de mí, casi como en cámara lenta. La estela que ha dejado su perfume me consume, robándome el aliento. ¿Qué significa esto? Ambos se sientan delante de mí, tomando posición de un par de sillas que nadie llegó a ocupar. Escucho como discuten, debatiendo un problema horario.

¡¿Te das cuenta?! —protesta el chico— ¡Casi no llegamos por tu culpa!

¡Ya no te quejes! ¡Ya estamos aquí y justo a tiempo! —increpa la chica, dejando caer torpemente su chal al suelo— ¡Ah! ¡Es de mamá!

¡¿Qué haces?! —le reprocha el varón.

—¡2.000 Dalks para la elegante mujer de sombrero de esquina! —aúlla el subastero.

—¡Yo! ¡Aquí! —se levanta un hombre de prominente bigote— ¡3.500!

—¡3.500 Dalks para el señor de excelente mostacho! —anuncia el subastero— ¡Vamos! ¡¿Quién da más?! ¡Esto se pone candente!

—¡4.000! —agrega otro hombre— ¡Y en efectivo!

—¡4.000 con la premura de un cash! —brinca entusiasmado el encargado— ¡¿Quién más?! ¡Se que pueden, señores!

—¡Twilight! —farfulle Nighftall, enfurruñada. Lo jala de la chaqueta— ¡¿Qué mierda haces?!

—¿Eh? ¿Qué…? —Loid se extravía.

—¡Puja! —demanda la peliblanca.

—Pe-pero…—no sabe que mierda decir.

Con un demonio. ¿Y ahora se las viene a dar de momia? —Frost alza la mano— ¡7.000 Dalks!

—¡Wow! ¡Una apuesta soberbia! ¡7.000 Dalks a la estupenda chica de chaqueta roja! —vocifera— ¡¿Alguien más osado?! ¡¿O será que se llevan el diamante a ese valor?!

—¡Acá! ¡Nosotros! —Yuri se eleva en su posición, con potestad— ¡20.000!

—¡Vaya, vaya! ¡Pero si es el subteniente de seguridad estatal, Yuri Briar en persona! —revela el muchacho, entusiasmado— ¡Y ha dado nada más y nada me nos que 20.000 Dalks! ¡Jooo! ¡Se ve difícil de pelear contra eso! ¡¿Alguien?

Me siento. Mas bien, caí de culo a la silla.

—¡¿Twilight?! —Fiona lo zarandea, ofuscada— ¡¿Que carajos?! ¡¿Tienes indigestión?! ¡Dale!

—¿Eh? Ah…sí. Si, si…—despabila Forger, torpemente levantado la mano— ¡Este…30.000!

—¡40.000! —espeta Yuri.

—¡50.000! —refuta Loid.

—¡60.000! —rebate Yuri.

—¡70.000! —protesta Loid.

¡¿70.000?! —su compañera empalidece, espantada— ¡Pero si no tenemos esa cantidad de dinero! ¡¿Qué pretendes, tonto?!

—¡Wow! —carcajea el subastador— ¡Nunca antes vi un monto con tantos ceros! Jejeje… ¡¿Acaso podrí-…?

¡100.000! —sentencia Yor Briar, fulminando la apuesta a tope.

—¡¿100.000?! —el pobre encargado, casi se desmaya al escuchar la cifra. Se tambalea, mareado. Mas no declina. La parece completamente irrisorio. ¿Será verdad? — ¡Va-Vale…! ¡100.000 Dalks! ¡¿Alguien?! ¡¿No?!

Silencio sepulcral en el ambiente.

¡VENDIDO Y LA CONCHA QUE ME PARIÓ! —golpea el mazo, despeinado— ¡A la señorita Briar! ¡El diamante Smirnof se va por una suma histórica de 100.000 Dalks! ¡Señoras y señores! ¡Qué noche! —está sudando ya.

Me quiero…cortar las pelotas…

—Que imbécil —gruñe Nighftall, levantándose—. Te la mandaste.

—…

¿Qué mierda ha pasado? Esperen un momento. Paren todo. Esto…es ridículo. De verdad que lo es. Se supone que no había persona en Ostania que pudiera asistir a este evento con tanta solvencia económica. Lo repasamos. Joder, que lo hicimos. ¿Y ahora mi compañera se molesta? Ah, no. ¿A dónde mierda vas? La atajo del brazo, fulminándola con la mirada.

—"Nadie aquí presente, tiene la cantidad de liquidez necesaria para llevarse el diamante" —repite Forger, colérico— ¿No fue eso lo que me dijiste acaso?

—Suéltame —rezonga, afrentada— ¿Qué mierda te pasa a ti? De pronto te quedaste congelado como si jugáramos a algo. ¿Acaso viste un fantasma o algo así? A mí no me culpes. Esa chica no estaba en la lista. Déjame en paz —se larga.

Esa chica…no estaba. Es cierto. ¿Quién mierda es? De pronto surge de la nada, llega tarde y se lleva… ¿Mi maldito diamante? Esto tiene que ser una broma. Y encima el subastador los conoce. ¿Por qué carajos alguien más los conoce y yo no? ¿Quién demonios son…estos tipos? No me quedaré de brazos cruzados, viendo cómo se llevan mi premio. Primero muerto. Debo saber, quien cojones son los Briar.

Durante el banquete. 00:12AM.

—¡Felicidades por la compra! —halaga Millie, jocosa— ¡Al fin podrás devolverle a tu familia lo que le prometiste!

—Es cierto, Yor —añade Camilla, briosa—. Tantas tardes coreando lo mismo como disco rayado. Finalmente podrás darles paz a tus padres.

—No exageren, chicas —murmura Yor, apocadamente—. Es solo un diamante…

—No lo es —comenta Sharon, altiva— ¿No habías repetido hasta el cansancio que tus padres cuidaron de el durante generaciones? Era el símbolo de Ostania.

—S-si…pero…—juguetea timorata con sus deditos—. Dios, casi no llego. Me atrasé mucho con las compras de verano.

—Concuerdo con tus amigas, Yor —agrega una quinta integrante, cargando en su mano derecha una botella de vino—. Ven, deja que te rellene la copa. Hoy es momento de celebrar.

—Gracias, Melinda —profesa la pelinegra, atosigada de agasajos y encantos joviales—. En realidad, esto lo hago más por mi hermanito, jejeje…

—Y qué va. Por poco y no te lo llevas, eh —exclama Desmond, delineando una sonrisa dotada de zozobra—. Ese muchacho de allá…que, por cierto, está muy guapo. ¿Ya lo viste? Estaba muy entusiasmado con tenerlo también.

—¿Eh? ¿Quién? —parpadea, un tanto perdida.

—Y hablando del rey de roma…que se asoma —sisea Melinda, jalando a las otras chicas en el proceso—. Ahí viene. Dejémosle un ratito a solas. ¿Quieren? Los rivales en subastas deben hablar.

—¡Es-Esperen! ¡No me dejen…! —Yor hace una pausa, desviando la mirada— ¿Qué muchacho…? ¿El…?

—Buenas noches, señorita —se presenta Twilight, extendiéndole la mano derecha—. Loid Forger, para servirle.

—Y-Yor…Briar. Es un gusto…—corresponde, estrechándola de vuelta—. Lamento mucho si lo ofendí — Bueno…si es algo "guapo".

—¿Disculpe?

—Es que…bueno —murmura, abochornada—. Usted y yo pujamos por el mismo diamante. Y se ve que tenía mucho interés por él. No es tan personal ¿Sabe? No lo hice por el dinero o su valor monetario. Era algo más bien sentimental.

¿Qué me cuenta? Esta chica…—Forger hace amago de incredulidad, fingiendo desinterés. Añade—. Jajaja, no. Usted tranquila. En realidad, no estaba tan interesado en la joya.

—¿De verdad?

—De verdad —falsea—. En el fondo, solo buscaba adquirirla por su rareza y su belleza. ¿Ya vio lo hermoso que es? Con sus acabados mates y sus delineados en un contorno más bien fósil.

No entiendo nada de lo que me dice…—Briar sonríe, animada—. Me alegra saber que no le causé problemas. En el fondo, me obligaron a tomarlo.

—Descuide. Solo vine a felicitarla por conquistar en la contienda —comenta el rubio—. Es una muy buena ganadora.

—Y usted un muy buen perdedor, si me permite —confiesa.

Si, claro…—carraspea, brindando con ella—. Salud por eso. Disculpe, mi atrevimiento. Es que nunca antes la vi por estos lares.

—¿Usted frecuenta estos lugares? —consulta, confundida.

—Claro. Soy anticuario —exclama Twilight—. Me dedico a esto. Vengo a subastas, adquiero ciertos productos y los selecciono. Aunque algunos, sean de suma extrañeza y otros quieran comprármelos.

—Un excéntrico —difiere.

—Sin duda —profesa.

—¿Es una especie de coleccionista o algo así? —examina Yor, curiosa.

—Soy más bien, un amante de la preciosidad de la vida —narra Loid, jovial—. Se reconocer cuando veo una pieza invaluable en el transcurso de una noche. Y sin duda…usted lo representa.

—¿Dis-disculpe? —se ruboriza.

—Me refiero, al diamante —aclara, gentil—. Me dedico a esto. Parte de mis ganancias las dono finalmente a otros lugares.

—¿Filántropo? —indaga, indiscreta.

—En efecto —adultera.

—Que coincidencia, mis padres profesaban lo mismo —exterioriza Briar, brava—. Es por eso que me motivó a tomar este diamante. Verá, yo sol-…

—¡Hermana! —interrumpe Yuri, menoscabado con la presencia del rubio— ¿Usted quién es?

—¿Cómo dice? —refuta Loid, malogrado.

—¡Yuri! —le reprocha su hermana—. Por favor, no seas así con un desconocido.

—Lo que sea que quiera, no está a la venta —gruñe el menor—. Mi familia no es mercenaria.

—¿Perdone? —el rubio finge demencia.

—¡Pero, Yuri! ¡No sea-…!

—Nos vamos —el militar la jala del antebrazo, apartándola indiscriminadamente del resto—. Buenas noches, Forger.

Este mocoso de mierda… ¿Cómo sabe mi nombre? —Twilight, desanda. Se gira y corea— ¡Vaya! ¡Se ve que me conoce! Es curioso, porque de haber sabido de su existencia, me acercaba a usted primero antes que a la dama. Lamento que haya ofendido su masculinidad — Eso le hará caer.

¿Cómo dijo…? —Yuri se voltea, ofuscado—. Tsk…obviamente si se quién eres, Loid Forger. Y en cuanto a mi valía como hombre, no me ofendes. Se perfectamente cuanto valgo. Mi problema no es que le hables a mi hermana. Mi problema la presencia de caza fortunas como tú.

—¿Caza fortunas? Me parece que hay un error —ríe el rubio, con naturalidad—. Mi profesión es dedicarme a coleccionar objetos valiosos por mera entretención.

—¿Y pretendías embaucar a mi hermana con tus artilugios? —gruñe.

—Yuri, ya basta —le increpa Yor, ejerciendo más impulso de lo normal—. Como odio que te comportes así. El señor Forger solo estaba felicitándome por la compra, no ha dicho nada sobre querer algo más de mí.

—Hermana, se de lo que hablo. Conozco a los tipos como el —advierte el pelinegro—. Frecuento con ellos a diario.

—Te llamas Yuri ¿No? —Twilight le estrecha la mano, obligándolo a corresponder a la fuerza—. Yuri Briar. A juzgar por tu atuendo, trabajas para seguridad estatal ¿O me equivoco?

—Que perceptivo — ¿Qué demonios? ¿Por qué no me deja soltarle la mano? ¡Gnh! ¡Oye, idiota! —se retrae—. Si, bueno. Tal como lo dices. Soy policía.

—Comprendo. Ahora entiendo por qué la actitud tan huraña conmigo —sisea Loid, destrabando sus dedos, finalmente—. Aunque conozco a casi todos los estatales. Tu rostro no se me hacía conocido. Te pido una disculpa.

—Eso…—farfulle Briar, mosqueado—. Eso es porque no me encontraba en Ostania. Estaba de trabajo, fuera del país — ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué de pronto le he contado parte de mi vida privada a este sujeto? Si ni lo conozco del todo. Solo de nombre…

Es tan fácil…—Forger esboza una mueca maliciosa—. Quiero reiterar una vez más las disculpas si soné grosero. Realmente no tenía un propósito socarrón con la señorita Yor. Es la primera vez que nos vemos.

—¡Y-Yo no estoy ofendida, joven Loid! —añade la pelinegra, con afable voz—. Y no tiene que pedir perdón por nada. La verdad es que he sido algo descuidada con mi vida social. Cuando mi hermano se va de viaje por temas de negocios, no suelo dejar la mansión.

¿Mansión, dijo? ¿Escuché bien? —pestañea, garboso—. Ya veo. Pero no se preocupe. Son las bendiciones de ostentar un buen pasar económico. Se da el lujo de reservarse el derecho a mezclarse con la chusma como nosotros.

—N-no…no soy nada de eso…—se retrae, compungida— En realidad, yo…me he sentido bastante sola últimamente. Tal vez debería salir más y-…

—Suficiente platica por hoy, hermana. Ya tenemos que irnos —sentencia el subteniente—. Buenas noches, Forger.

—Buenas noches. Un placer haberlos conocido…

Mierda. Este encuentro no me parece realmente una casualidad del destino. Admito que estaba muy interesado en la joya de Smirnof. Sin duda es una reliquia espectacular. Sin embargo, la aventura que me arrojó a querer encontrar un tesoro, me llevó a dar con una mina de oro. Esa muchacha, Yor Briar…es un diamante en bruto. Necesito averiguar más a fondo, quien es. Los Briar no me suenan para nada dentro de la lista de peces gordos. Tendré que darme el tiempo de estudiar el caso. Aunque ahora mismo…tenga un problema mucho más grande con el cual lidiar.

El enojo de Nightfall.

La busqué con la mirada entre el escaso público que quedaba y no la hallé por ningún lado. Temí que se hubiera marchado sin mí, dado que no volvió a dirigirme la palabra desde que se levantó de la silla. Azorado y sin rastros de su humanidad, me empalmé en dirección a la recepción. Cogí mi sombrero y mi abrigo. Me despedí del mozo. Justo en la esquina del último escalón del museo, logré divisarla. Afirmada contra un pilar de mármol, fumaba un cigarrillo elegante, de cara al viento noctívago. Me acerqué. Le dije un par de cosas, pero optó por ignorarme. Ya conozco esta faceta suya. No es la primera ni la última vez que se molesta conmigo. Aunque eso también me da un atisbo de saber cómo solucionarlo. Porque a pesar de ser una chica muy orgullosa y altiva, sus puntos débiles son para mi…una exquisites. Esperé en silencio a que se acabara tabaco. Luego, la conduje hasta el auto. Le abrí la puerta y nos fuimos en dirección al apartamento que ambos compartíamos.

En cuanto llegamos, Fiona se instaló en el sofá del salón y encendió la radio. Como un método disuasivo para no sentir el ruido que mi presencia ocasionaba. Se metió de lleno a revisar un par de documentos que descansaban sobre la mesilla de centro. De seguro cree que me fui con las manos vacías de la subasta. Pero vamos, Yor no era la única interesante en ese lugar. Le serví una copa de vino y me aproximé hacia ella, por la espalda. Se la entregué. La recepción con dejo de gentileza, mas no la bebió. En ese instante, deslicé suavemente un collar de piedras preciosas alrededor de su cuello. En el ángulo perfecto, para evitar que se moviera. Y es que, de un tiempo a esta parte, a Nighftall le descoloca los obsequios que le doy. Sobre todo, si su valor pesa en quilates. Solo para cuando acabé con mi cometido, rompió el silencio.

—¿De dónde…? —recula, con los pómulos teñidos de un delicado tono carmesí—. No, que tonta. No hace falta saber su procedencia.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —consultó el ojiazul, sentándose a su lado con el trago en la mano—. Son Zafiros. Tus favoritos.

—Gracias…si…—desvía la mirada, ensimismada por el radiante color que desprenden—. Está precioso.

—Sabía que eso te alegraría —expresa, despreocupado.

—Twilight, lo que pasó esta noche…

—¿Es necesario hablar de eso? —exhala el varón, soltándose el corbatín—. Estoy algo cansado ahora mismo. ¿Acaso tu no lo estás? Fue un largo día.

—Te estoy hablando en serio.

—Y yo te estoy respondiendo muy en serio, también —suspira, bebiendo un sorbo—. Deja el enojo para mañana ¿Quieres? Puedes reclamarme todo lo que gustes.

—El comprador no estará para nada contento con que hayamos fracasado —advierte la peliblanca, preocupada—. Fue muy enfático en querer el diamante.

—¿Y quien te dijo que he fallado? —murmura, arremangándose la camisa en el proceso—. Todo salió a la perfección.

—¿De que no me estoy enterando? —cuestiona Frost, confundida—. Porque a menos que te saques la joya de los pantalones, no veo de qué forma salió bien.

—Bueno, tal vez no tenga el diamante ahí, pero…—sisea, con picardía—. Quizás puedas encontrar otra cosa en ellos, jeje…

—No empieces con tus coqueteos burdos, por favor —retoza Nightfall, cogiendo su copa—. En verdad me preocupa este tema. Del tiempo que llevamos trabajando juntos, nunca hemos fracasado.

—Y no será la ocasión tampoco —veredicta el rubio, relajando nuca y hombros contra el respaldo—. Está bajo control. Lo conseguiré de vuelta, no te preocupes.

—Esa chica…—balbucea, recelosa—. Yor Briar...

—¿Qué pasa con ella? —consulta, de parpados cerrados.

—Ella tiene el diamante ahora —sugestiona la ojinegra— ¿Pretendes robárselo?

—¿En qué quedamos con esa fea palabra? No soy un ladrón —murmura sereno, tomando otro sorbo—. Somos profesionales. Y como tal, lo conseguiré como corresponde.

Definitivamente, se lo va a robar —acepta, malograda— ¿Qué tienes en mente?

—¿En verdad quieres saberlo?

—Por supuesto. Soy tu compañera —refuta Fiona—. A mí no me ocultas cosas, eh. No me vengas con eso a estas alturas.

—Bueno. Si realmente quieres saberlo, te lo digo —Loid se endereza en el sofá, sosteniendo la visual de su camarada en un acto de soberanía—. Me voy a acercar a ella. No me conoce y para nuestra suerte, esta noche descubrí que vive parada sobre una fortuna. Mientras tu estabas de berrinchuda, me pasee entre los asistentes más acaudalados, recopilando información. Los Briar tienen dinero. Muchísimo dinero —explica—. Sus padres murieron en la guerra y les dejaron una fortuna como herencia. Se que la mayoría eran solo rumores de pasillo, pero ya conoces cómo funciona esto. Veracidad siempre hay en malas lenguas —añade—. Así que…creo que nos hemos topado con nuestra heroína. Nuestras finanzas declinan últimamente. No pretendo volver a ser un pobre y triste veterano muerto de hambre.

—Un segundo…déjame ver si entendí bien —pestañea, absorta con el plan—. Tu no quieres solo el diamante ¿O sí?

—Eres inteligente, por eso me gustas —bufa Forger, rellenando su copa—. ¿Para qué conformarme solo con un corderito, si puedo llevarme la granja completa?

—Suena demasiado fácil para ser cierto —masculle Fiona, con desazón—. La chica no estaba sola. ¿No viste que trae un perro guardián? Encima viste el atuendo de seguridad estatal. Seguramente hasta miembro de la SSS debe de ser.

—Si. Admito que el mocoso es molesto —reniega Loid, inoportuno—. Pero Yuri Briar no será ninguna molestia en cuanto tenga a su hermana. Al ser la mayor, ella quedó a cargo de todo. Así que cualquier movimiento que haga o no haga, él no tiene pito que tocar. Además —adiciona, con actitud altanera—. Ya vi que mucha vida no tiene. Se ve que es una chica solitaria y bastante introvertida. Apostaría mi pulmón derecho a que es virgen aún. Pobre…no tiene chances conmigo.

—A veces suenas como un engreído hijo de puta —protesta Frost, fulminándolo con la mirada— ¿Lo sabias?

—¿Por qué lo dices?

—Entiendo que seas guapo y tengas tus dotes a la hora de tomar cosas ajenas. Pero esto que planteas, de jugar con los sentimientos de una muchacha inocente me parece una mierda —Nightfall se levanta, irritada— ¿Y sabes qué? Yo no seré parte de este plan —se voltea.

—Óyeme. ¿Qué estás…? —Twilight brinca sobre su eje, atajándola en el proceso— ¡Fiona! ¡Espera! ¿Qué haces? Actúas como si fuese la primera vez que hacemos esto. ¿Acaso olvidas lo que hicimos con la condesa de Wurgen? —declara, desorientado—. Te recuerdo que engatusar a su marido, fue idea tuya. Y yo no te dije nada cuando te dejaste cortejar por él.

—Eso…no cuenta. Y es distinto —le quita la mano, con expresión turbada—. Yo soy mujer, puedo fingir perfectamente no sentir nada por nadie. Mucho menos por un viejo gordo y calvo como ese. En cambio, los varones como tú, son…—aprieta los labios, frustrada—. Tontos e ingenuos. Y esa chica Briar es bastante atractiva…

—¿Qué es esto? ¿Acaso estás celosa? —consulta Loid, en una sonrisita insinuante.

—No lo estoy, joder —reniega, avergonzada.

—Uff…si que son celos, sin duda —carcajea, divertido—. Vamos, Fiona. Tantos años juntos ¿Y vienes a desconfiar así de mí? —la atrae contra su pecho, posicionando ambas manos en su cintura— ¿Qué te pasa? Si sabes que solo tengo ojos para ti.

—N-no juegues conmigo, por favor —masculle, febril—. Hoy ando más sensible de la cuenta…

—¿Quién está jugando, mujer? —sisea Forger, pasando el pulgar contra sus labios—. Tu eres mi chica ¿Lo olvidas? No hay nadie más inteligente, guapa e intrépida que tú. Con esos ojos maravillosos, profundos. Y tú hermosa sonrisa resuelta.

Siempre repite lo mismo. Me llama "su chica" pero jamás me ha pedido noviazgo ¿Esto de que va? —Frost intenta rechazar sus gestos lascivos de cariño, pero se le hace imposible batallar con lo que su corazón demanda. Instintivamente, su mandíbula abate y cae presa de sus sugerentes fanfarronerías. Es algo que se ha vuelto una costumbre ya. Pero si no es con el ¿Con quién más? —. Ya sé lo que quieres. Cuando te pones así. No hace falta que lo endulces con bellas palabras como esas.

—Ambos, lo queremos —decreta Loid, elevando su mentón con elegancia—. Pero eso no significa que tenga que buscar tu calor siendo vulgar y arrebatado. ¿No te gusta un poco de romanticismo en el tema? Algo de sabor, para mantener la chispa encendida.

¿Qué cosas dice? Pero si me tiene prendida de el hace años con tan solo sonreírme —Fiona cede a sus encantos, rodeando su cuello con ambos brazos—. No he dicho nada de eso. Claro que me gusta…— Pero sigo sin saber, que soy para Twilight…

—Ya olvídate de lo de hoy ¿Quieres? No importa la chica esa, ni el diamante ni nada —proclama el varón, elevándola en un apretón que la suspende entre sus brazos—. Vamos al cuarto.

—Es-está bien —jadea, rojita como un tomate. Apegando su frente contra la suya—. Pero antes, dame un beso…

—Ven aquí. Dame tu, uno —corresponde.

Un ósculo húmedo y vehemente, nos conduce directo hacia la cama. La pasión nos hace esclavos una noche más, de entre tantas otras singulares. Nightfall y yo, somos colegas de trabajo. De negocios. Hemos viajado por muchos países, haciendo de las nuestras. Visitando palacios, templos, zonas de veraneo. Lugares increíbles. Codeándonos entre la elite, que se pavonea de usurparle a otros. Y así como hemos estado en las buenas. También lo hemos hecho en las malas. Nuestro rubro no siempre era el más indulgente con nosotros. En más de una ocasión, fuimos cogidos por sorpresa, desvalijando expectativas. Ya sea por negligencias mías o de ellas o simplemente de un mal clima que no nos apañó. Fui herido un par de veces. A ella igual la lastimaron. Recordé la vez que me balearon en un glúteo. Fue chistoso no poder sentarme bien. No obstante, y más allá de todos los altibajos por los cuales hemos transitado, he de destacar que al a par, hemos construido una complicidad entorno a la intimidad complaciente; convirtiéndonos en amantes furtivos. De esos que pueden disfrutar sanamente de una actividad sexualidad exquisita y sin compromiso alguno.

Fiona es una mujer maravillosa en la cama. Se desenvuelve tan bien entre mis brazos, como lo haría una flor en plena primavera. Gracias a ella, aprendí muchísimas cosas. Sin darme cuenta, se transformó en mi maestra. Mi profesora. Por tanto, tiempo, dedicándome fielmente a hacerla feliz. Que al final del día, me volví yo un experto. Saber que la complazco, me es suficiente para mí. Yo no tengo reparos contra ella. Y hasta el momento, tampoco se ha quejado de mi en ese sentido. Espero…eso se mantenga así. Por el bien de esta cofradía.

[…]

—Esto es el colmo —desentona Yuri, paseándose de un lado a otro cual león enjaulado—. Solo estuve fuera un mes, hermana. UN MES. ¿Y ya cambiaste todos nuestros planes?

Mansión de la familia Briar. A esa misma hora.

—Yuri…—suspira derrotada la muchacha—. Ya te lo expliqué. No es que esté cambiando de parecer. Solo…considero que es muy pronto para dejar la capital. ¿No podemos aplazarlo?

—Teníamos un objetivo, hermana —le aclara, el menor—. Lo repasamos durante meses. Ya tenemos el diamante de vuelta en casa, como le prometiste a nuestros padres. Esta reliquia permaneció durante generaciones en la familia —retoza—. Finalmente lo logramos. Dejé todo de lado para venir a por él. ¿Y ahora me dices esto?

—Por favor, no me mal entiendas —murmura Yor, jugueteando tímidamente con sus deditos—. Yo también estaba ansiosa por recuperarlo. Desde que bombardearon la antigua casona y perdimos muchas cosas, creí que jamás lo encontraríamos. Y de verdad agradezco que hayas viajado solo por mi —añade—. Sin embargo…creo que…

—¿Qué crees?

—Creo que llevo mucho tiempo aislada del mundo —comenta, apabullada—. Por lo regular, solo paseo por el jardín y los alrededores. El doctor vino esta mañana y me comentó, que mi anemia se debía básicamente a mi falta de sol.

—¿Qué no lo entiendes? No hice esto para privarte de la sociedad —espeta Briar—. Lo hice para protegerte de los bastardos del Oeste. Se lo prometí a mamá. Le dije. Le juré, que te mantendría a salvo.

—Lo sé, Yuri. Y estoy infinitamente agradecida contigo —balbucea la pelinegra, desazonada—. Pero en serio, debes comprender que la guerra acabó. Ya no corro ese peligro inminente que profesaba antes. Me siento muy segura saliendo a la calle ahora. Compartiendo con las chicas del ayuntamiento. Con Melinda…

—La guerra no ha acabado, hermana —sentencia el pelinegro, mosqueado—. Puede que quizás ya no nos lluevan balazos por la cabeza, pero los de Westalis siguen trabajando en las sombras. Fríamente, pero lo hacen. Mandan a sus perros mercenarios y espías a toda hora para desbaratar nuestra nación —narra—. Por algo me he encargado de apaciguarlos en la frontera. Mi trabajo continúa.

—Una vez más, te pido que me comprendas. Haces un trabajo increíble, protegiendo a la nación de los malos. Pero yo…—insiste la fémina, más decidida que nunca—. Yo ya no quiero seguir encerrada en esta gran casona, sola y abandonada. Deseo retomar mi vida.

—Hermana, escúchame —Yuri se arrodilla frente a ella, descalabrado. Toma sus manitas—. Tú no estás presa aquí. ¿Sí? Esto dijimos que era temporal. Ven conmigo, salgamos de aquí. Toma todo el prana del astro rey, a destajo. Pero lejos de aquí. Es como lo acordamos. Puedo darte estabilidad. Un estatus digno de ti. Tu no-…

Es que no lo entiendes —niega Yor, soltando violentamente sus manos—. Comprendelo. No quiero eso. No quiero irme. No aún. Me falta mucho por conocer aquí, antes de eso.

—¿Qué es lo que te está pasando…? —pestañea, atónito.

—¡Me pasa de todo, Yuri! —se levanta, briosa— ¡Mírame! ¡Tengo 27 años! ¡Y ni si quiera he dado aun mi primer beso! ¡¿Cómo crees que me siento?! ¡Esto es frustrante, ya!

—N-nunca antes…me habías alzado la voz así…—se va a la chucha.

—¡Bueno, ahora lo hago! —chilla, fastidiada— ¡Estoy harta de esta vida, joder!

—Y tampoco solías decir palabrotas así…—empalidece.

—¡Y una mierda! —vocifera, altanera— ¡Ya me cansé! Y…escúchame bien. N-no… ¡No me iré! ¡A ningún lado! No sin antes al menos haber encontrado felicidad en mi país natal. ¿Me oyes?

—¿Es…oficial esto o me estas jugando una broma? —no entiende nada.

—Es oficial —refuta, fulminándolo con la mirada—. Y por favor, te ruego dejes de verme con esos ojos terribles de pena ajena. Eres un excelente hermano y un soldado maravilloso y un hijo excepcional. Pero como hombre, no entiendes lo que una mujer requiere. No suplirás nada de lo que necesito —veredicta.

—¿Y qué es lo que, como mujer, necesitas? —consulta, timorato—. Ilumíname…

—Tengo derecho a vivir un romance, como la gente decente —relata—. Como mis compañeras, mis amigas, mis conocidas. Como una chica normal.

—¿Es eso? ¿Quieres un marido? —exhala Yuri, con aires de obviedad y tranquilidad. Se levanta, carcajeando— ¡Ah! ¡¿Era eso?! Jajajaja… ¡Haberlo dicho antes, hermana! ¡Mira, si lo que buscas es un buen partido, puedo presentarte un par de generales que-…

No, Yuri —rechaza tajantemente la mujer—. No quiero que me presentes a nadie. No quiero que te metas en esto. Respetarás mi libre albedrió. Y me dejarás a mí, optar por mi cuenta. Puede que tengas mucho poder en el ejército. Pero sobre mi corazón, nadie manda, más que yo.

—…

Lo ha desarmado. Yor esclarece por última vez sus intenciones y se retira en silencio a su recamara, indicando que se aprecia exhausta y requiere descansar por hoy. Yuri Briar queda de piedra en el salón, sin saber que hacer o decir al respecto. Ciertamente, no lo vio venir. Ha demostrado ser un chico indulgente, obediente, caritativo, preocupado. Pero sobre los sentimientos más íntimos del único familiar viviente que le queda, se ve como un completo inútil e ignorante. ¿En qué momento, todo se torció? Uno de los mayordomos hace ingreso al salón.

—Joven Briar —ejecuta el sirviente—. El celador del museo acaba de llegar. Trae consigo el diamante Smirnof que adquirió en la subasta. ¿Desea que lo pongamos en la caja fuerte junto a los otros documentos de las propiedades?

—No…—interviene el subteniente, derrotado—. Nada de eso. Que lo limpien hasta dejarlo pulido y lo preparen en un domo de vidrio templado, con una base de caoba y un gel sin corrosión.

—¿Lo dejamos entonces en el salón?

—De ninguna manera —añade, cabizbajo—. Va a la recamara de mi hermana. Donde tenía que estar y de donde nunca tuvo que salir. Era un regalo de matrimonio de mi abuelo hacia mis padres. Yor es la dueña legal de él. Se quedará ahí, de adorno.

—Entendido, señorito. Con su permiso…

—¡Espera, Frederick! —se gira.

—¿Dígame? —se voltea.

—Tu llevas años acá en la mansión ¿No? —manifiesta Yuri, inquieto—. Tu eres el que más tiempo pasa con mi hermana, en mi ausencia. La ves moverse por los pasillos, salir, vestirse, todo. Tú sabes todo y si no, no lo inventas.

—En efecto, señorito —asiente, el hombre de bigote gricaseo.

—¿Mi hermana ha sido visitada últimamente por algún desconocido de la familia? —le increpa.

—Desconozco a que va su pregunta, señorito —relata el mayor, de manera sumisa—. Pero si se refiere a algún espécimen del sexo masculino, no es el caso.

—¿Ningún hombre frecuenta a Yor?

—Ninguno, señor. Solo usted. Y bueno, la servidumbre —esclarece—. Como el cocinero, el jardinero, el guarda espaldas, el-…

—Suficiente. Con eso tengo todo claro. Gracias —lo despacha—. Puedes retirarte.

—Señorito…

—¿Dime?

—Con todo respeto. Y en mi calidad de servidor hacia el juramente que le hice a su padre que en paz descanse —atañe, el mayordomo—. La señorita Yor ya es una mujer. Grande y madura. Yo la vi crecer. Correr por estos pasillos, cuando era más niña. Si no quiere perderla…le recomendaría dejarla libre de una buena vez.

—¿Eso por qué?

—Porque últimamente…si se ve muy triste y solitaria, joven —inquiere, preocupado—. Se la pasa ensimismada leyendo libros y suspirando en el ventanal. Considero que es hora de dejarla volar. Espero mis palabras, no le ofendan.

—Gracias, Frederick. No me ofendes —acepta, derrotado. Esbozando una sonrisa grácil—. Eres un hombre fiel.

—¿Volverá a la frontera?

—Si. Lo haré —declara Yuri, determinado—. Ya no tengo nada más que hacer aquí. Avísame cualquier cosa ¿Sí? Te encargo a mi hermana.

—Lo haré. Se lo prometo —reverencia.

[…]

Yor Briar. 27 años. Mujer. Signo desconocido. Cabello azabache, ojos marrones que queman, con cejas de arco que hipnotizan. Delineado cuerpo. Heredera de una fortuna. Pero ¿Quiénes son realmente la familia Briar? Filántropos. Antes de la guerra, eran fragmentos del partido de Unidad Nacional, a cargo del primer ministro de la época Donovan Desmond. Adquirieron una minera a las afueras de Hamburg. Hicieron ahí su capital, explotando bosques nativos y usufrutuando una cantera de inorgánicos de cobre. Donaban la mayoría de sus ganancias a facciones de beneficencia y a estatutos no gubernamentales. Cuestionable, igual. Yor Briar. Repaso. Fiel amiga de la mujer de Donovan, Melinda Desmond. Trabajó un tiempo en el ayuntamiento. Hizo un par de amigas. Son tres. Camilla, Sharon y Millie. Tiene un hermano menor de unos 7 años de diferencia. Yuri Briar. 20 años. Pieza activa de la Seguridad Estatal. Una tapadera. Es parte de la SSS. La policía secreta. Una secta de casi matones que se dedica a torturar pendejos raros, posibles traidores. Tiene un trabajo deplorable. Su hermana no lo sabe. Es un punto para mí.

—Creo que…lo tengo todo bien anotado —se apunta algo más en la libreta—. Está soltera y sin pretendientes.

Últimamente se muestra mucho más en público que antes. Es extraño, pero no tan problemático. Me había dicho que casi no salía de casa. Inquieto, averigüé que su molesto hermano se fue a la frontera por trabajo. Me han pavimentado el camino directo hacia ella. Conveniente para mi plan. Llevo un par de días estudiándola, siguiéndola, analizando sus pasos. Sin embargo, fluctúa en lo soso más que otra cosa. Con una rutina un tanto monótona, la verdad. Todas las mañanas de lunes a viernes trabaja en el ayuntamiento como administrativa. Algo que realmente por salario no requiere porque le sobra. Pero supongo que lo hace para ocupar la mente en algo. De vez en cuando se reúne con sus compañeras y bebe algo sobrio. Frecuenta bastante la librería de la calle Travois. Sus libros favoritos son los de comedia romántica. Finjo ser un comprador más y la analizo por la solapa de mi gabardina. Es bastante risueña. Acostumbra torcer los labios hacia la derecha si algo le impresiona y tiene un ligero tic de tocarse el lóbulo de la oreja izquierda, cuando algo le gusta mucho, al punto de ruborizarla. Conseguí su dirección en un tabloide de novedades de la alcaldía, dado que el mes pasado organizó una fiesta en su jardín y aun no la han retirado. La seguí, como un perro fiel a su dueño. Acurrucado entre arbustos y con la ayuda de unos binoculares, he determinado que duerme en el segundo piso del ala norte de la casona. Es impresionante lo fastuoso que se ve. Rodeada de tanto lujo…no se ve para nada una mujer exigente, con los típicos deleites de una clase señorial.

De lo que, si me he percatado, es de un muchacho de anteojos y asombroso afro. Siempre la acompaña. Al parecer, es su guardaespaldas o algo así. Seguro un lastre que su hermano le dejó. Es menudo, bajito y tiene cara de monigote. No me resulta problema tampoco. No obstante, a pesar de haber pasado semanas enteras tras sus huellas, aun no logro acercármele como corresponde. De una forma que no levante sospechas ni mucho menos quede como el perseguidor que soy. ¿Cómo hallar una manera digna de hacer esto? Estoy consciente de que ya nos conocimos en el museo, el día de la subasta. Pero de seguro el de seguridad estatal ya le debe de haber dado una astuta advertencia sobre mi presencia. Orbitar entorno a Yor llamará la atención de varias personas, por ser alguien de conocimiento público para la capital. Es inevitable. Así que me he arrojado a la banal idea de pasar desapercibido, con perfil hosco e indeterminado. Al menos…hasta poder hacerla caer a mis pies.

Para la cuarta semana, mi paciencia comenzaba a agotarse. He de admitir que no soy un hombre al que le guste esperar mucho para cumplir objetivos. Soy yo quien juega con el tiempo de otros, no ellos del mío. Sopesé un malestar incomodo, cuando una tarde la vi entrar nuevamente a una sastrería y platicar de cosas pueriles como si nada pasara. Acometido y medio cabreado, entré de lleno al local aparentando ser un interesado en moda. Cuando de pronto, la conversación aciaga de la dueña del local con Briar, llegó a mis oídos de refilón.

—Vaya. No sabía que siendo tan joven el pobre Leopold enfermera de algo así —exclama la dueña—. Fue tan tolerante durante la guerra. Muchos chicos no volvieron a ser igual.

—Tuvo que hacerlo —revela Yor, tocándose la mejilla con desazón—. Yuri ya me había comentado que estaba algo traumado. Y últimamente se comportaba más paranoico de lo habitual. En todos lados, decía ver enemigos Westalianos. Al final…—suspira—. Me informaron hoy que fue internado en un psiquiátrico. Sin duda es una tragedia. El pobre se volvió loco….

—Con lo complicado que es mantener la sanidad mental, me imagino que si lo es —sisea la mujer, envolviendo una guincha entre sus dedos— ¿Y no has pensado en poner un aviso en el periódico? Algo sobrio. Que diga como: "Se busca chofer particular de tiempo completo".

—Me encantaría poder hacerlo. Pero ya conoce a mi hermano —masculle, liada—. Opina que no es bueno que ventile mis problemas al público.

¿Yor necesita…un chofer?

—Bueno, si gustas puedo ayudarte con eso, Yor —sonríe afable la señora—. Sin publicar nada realmente, tengo un par de contactos que en privado frecuentan la tienda. Y correr la voz de manera discreta entre ellos, seguro algún dato salta.

—¿De verdad haría eso por mí, señora? —exclama, jocosa.

—Por ti y tu familia haría eso y mucho más —asiente—. Los Briar son una bendición para esta nación. Entre todos debemos cuidarlos más que nunca.

—¡Se lo agradezco mucho! —la pelinegra agita sus manos contra las suyas, de arriba abajo—. En verdad me salvaría la vida. Lo cierto es que nunca pude aprender a conducir. Mi hermano no me dejó sacar licencia. Y siéndole sincera…me da algo de susto tomar el transporte público, je.

—En cuanto surja algo, te contactaré. Ten —le entrega una bolsa—. Tu vestido está listo. Me comentas si necesita algún arreglo en las puntas.

—¡Se lo diré! Hasta pronto —se despide, airosa.

—Oh. Buenas tardes, joven —la fémina le da la bienvenida, risueña— ¿Qué se le ofrece?

—Disculpe. Soy nuevo en la ciudad — Que oportuno. Creo que este es mi chance— Loid se quita el sombrero—. No sabía realmente a donde acudir. Me comentaron en el quisco de la esquina que esta sastrería es una de las mejores en todo Berlint. Y me apremia mucho conseguir un traje a la medida.

—Le recomendaron bien el lugar —profesa de vuelta, serena—. Nosotras aquí trabajamos rápido y eficiente. ¿Qué busca?

—Verá. Resulta que soy chofer de profesión. Llevo muchos años de trayecto, trabajando en el rubro automotriz —falsea—. Y el uniforme que tenía anteriormente con mi ex empleador, se estropeó en un accidente fortuito. Me urge conseguir uno nuevo cuanto antes, para poder buscar empleo nuevamente.

Válgame dios, pero que coincidencia más grande. Como caído del cielo — ¿Está desempleado? —arquea una ceja—. Que feo suena eso.

—Está algo difícil el rubro, jeje…—explica Forger—. Por tanta gente conspiranoica que anda dando vuelta. Ya casi nadie confía en la gente. Pero yo soy de mucha confianza, sin duda. Así que… ¿Cree poder ayudarme?

—¡S-si! ¡Claro! Pase por acá por favor —lo invita al vestidor—. Quítese la chaqueta. Le tomaremos las medidas cuanto antes.

—Gracias, que amable es usted —manifiesta el rubio, obedeciendo—. Lo quiero en verde musgo, por favor. Nada muy holgado, dado que soy de contextura escuálida —alza los brazos.

—¿Escuálido? Que cosas dice —carcajea, divertida—. Pero si tiene un rostro angelical. Es usted muy guapo, señor.

—Jajaja, me halaga sin duda —contesta, brioso—. Es por eso mismo que necesito un traje acorde a la medida. Algo que pase desapercibido, pero al mismo tiempo que no desentone con mi cara ni mis ojos. ¿Me explico?

—Se exactamente lo que busca —profesa la dueña, midiendo pecho y hombros— Es perfecto. Justo lo que los Briar necesitan. Le haré un traje elegante, tal y como ellos querrían —añade— ¿De casualidad desea que le recomiende algunas referencias laborales?

—Oh, eso suena estupendo —esclarece, fingiendo inocencia—. Pero ¿No sonaría un poco atrevido de mi parte?

—¡Que va! —le resta importancia, animada— ¡Todos los Ostanianos son bienvenidos al campo del esfuerzo y el trabajo duro! Puede que quizás…le tenga unos datitos por ahí…

—Con gusto los tomaré y me presentaré a la entrevista —asiente Loid, altivo— Ya cayó…

[…]

—Estás demente —refuta Nightfall, de brazos cruzados—. De ninguna manera esa mujer te va a llamar.

—No te distraigas. Se te quema el arroz —Twilight le gira el mentón, enfocándola en la cacerola—. Agrégale más zanahorias. Ya tengo lista la ensalada y la carne. ¿Quieres que haga una salsa para las papas?

—Deja de cambiarme el tema —rezonga Fiona, ofuscada. Aunque de igual forma, le puso las benditas hortalizas como pidió—. Te estas extralimitando, teniente. Abusar mucho de tu coeficiente te puede jugar una mala pasada. No olvides que la chica Briar ya te conoció en la subasta como un "anticuario" —protesta, tapando la olla en el proceso— ¿Qué te hace pensar que podrás conquistarla siendo un inoperante chofer?

—¿Qué te hace pensar a ti, que me acercaré a ella siendo un simplón? —reniega, insistiendo—. ¿Salsa o no? No me la pongas complicada porque estoy entre avinagrada o bechamel.

—Échale mocos si quieres, joder —frunce el ceño, dándole un empujón suave contra el hombro—. Esto es serio, Twilight. Explícame bien, con un demonio.

—Fiona. Últimamente lo único que haces es cuestionarme todo lo que hago —exhala el varón, malogrado—. Algo que nunca hiciste antes. ¿Puedes por una sola vez, seguirme la corriente? Ya deja esos celos.

—¡Que no estoy celosa!

—¿Entonces que tienes? —inquiere Loid, confundido—. Porque te juro por mi difunta madre que no te entiendo…

—Yo no-…—Frost aprieta los labios, derrotada. Finalmente, desvía la mirada—. Bechamel…el vinagre me da acidez…

—Eso pensé —Loid se encoge de hombros, derramando leche, harina y piscas de mantequilla al sartén—. Trae el vino de la alacena. El del 29. Deja que tome aire por un momento.

—Es una tapadera… —consulta la peliblanca, descorchando una botella de licor— ¿Verdad?

—Por supuesto que lo es —relata el rubio, moviendo la padilla de arriba a abajo—. Ser su chofer es solo el comienzo. No pretendo que se interese por alguien tan corriente. Me acercaré como uno y luego me presentaré firme ante ella.

—Twilight, tu no…

—Nighftall.

—¿Sí?

—Esto ya está listo —sentencia el muchacho, bosquejando una sonrisa de mejilla a mejilla— ¿Comemos? Me muero de hambre.

—…

Ya sé. Tan estúpido no soy, maldita sea. Se perfectamente lo que está cavilando mi compañera. Pero necesito que despeje su mente de ideas nocivas como esas, porque de lo contrario me obligará a tomar medidas que no quiero. Como, por ejemplo, no poder contarle abiertamente mis propósitos. A Fiona no puedo mentirle. Es como darme un tiro en el pie. Si nuestra confianza se desmorona…lo pierdo todo. Literalmente, todo. Es mi piso. Los cimientos de esta relación y años de trabajo. Después de tantas penurias y goces que hemos disfrutado juntos. ¿Por qué ahora le preocupa tanto el tema? No sentamos a cenar, en compañía de un jazz refinado que sonaba en la radio local. Me había esmerado tanto por esta comida. Le puse proporción desmedida de cariño, que en cada bocado que daba; mi paladar se elevaba al más mínimo excelso sabor. A pesar de eso, Fiona no parecía tan complacida como mi delicado gourmet me acaecía. Masticaba cabizbaja y algo desanimada. Con un demonio. ¿Qué tengo que hacer para que…?

El teléfono repica en el vestíbulo. Era la llamada que esperaba. Me resto de la mesa y levanto el aparato. Pegado a mi oreja, contesto.

—Si. Por supuesto. Ahí estaré, sin falta. Muchas gracias y buenas noches.

Cuelgo. Nightfall me contemplaba como si hubiese matado a alguien. Necesito que entienda, que esto no es personal. Regreso a la velada y acaricio su mano por sobre la mesilla.

—¿Fue ella? —sisea.

—Tengo una entrevista mañana. Quiere verme en la mansión —avista el rubio—. Piensa en lo bueno que saldrá esto. Las ganancias que tendremos. Si resulta, no solo recuperaré el diamante. Si no que también me llevaré una fortuna al bolsillo.

—Yo, no…—ya no sabe que responder.

—¿Estás conmigo?

—¿Cómo? —parpadea, absorta.

—Qué si estás conmigo en esto —recalca Loid, inequívoco—. Porque si no tengo tu apoyo ni tu aprobación, no puedo hacerlo. No lo haré en el anonimato de tu complicidad. Te necesito, Fiona. Aun así, siendo consciente de todo lo demás. Tengo que preguntártelo. ¿Realmente quieres ayudarme?

—Técnicamente si te ayudo a ti, me ayudo a mí misma. Así que…—determina la ojinegra, arrojada. Comprime sus dedos contra los suyos—. Te apoyo. Estoy en esto.

—Gracias. Es excelente —bufa, divertido, clavándole un tenedor a la carne.

—¿Cómo cuanto crees que te tome este trabajo? —consulta la muchacha, sobándose el antebrazo derecho.

—Ni idea —ríe Forger, con la boca llena— ¡Pero espero sea rápido! Luego de esto nos tomaremos unas buenas vacaciones. ¿Qué dices? ¿A dónde te apetece ir?

—¿Eh? Bueno…yo…—confiesa, tímidamente—. Me gustaría mucho conocer Britanis. Dicen que es una isla muy bonita.

—¿Cruzar el mar? —exclama el muchacho, alegre— ¡A Britanis entonces nos iremos! Ya me hacía falta aprender un nuevo idioma. Compraré un diccionario el lunes. Será mejor que vayas tomando clases desde ya.

—Lo haré —murmura Fiona, con el adorno de un sincero rubor en sus mejillas—. Si es contigo…hago lo que sea…

—Dios, este arroz te quedó increíble. Que rico sabor y que buenas zanahorias —complace Forger, en un mohín sensible—. Luego de comer. ¿Tenemos sexo?

—Tengo el periodo —miente.

—¡Sin sexo entonces! —Loid suelta una carcajada, infantil— ¡Una película será! ¡Mimos, abrazos y palomitas!

A veces actúa como un maldito niño. Aun sigo sin saber…cual es mi rol o mi papel en todo esto. Twilight. ¿Qué demonios hago aquí…? —Fiona sonríe, sínicamente—. Hoy me toca a mi elegir. Veamos una de terror.

[…]

—Gracias por venir, estimado…—vacila Yor, releyendo nuevamente su curriculum—. Este…

—Ronald, señora —asiente Twilight, sínicamente. Se ha disfrazado convincentemente de un hombre de barba deslavada y cabellera azabache—. Ronald Spoofy.

—N-no. Nada de señora —se contrae, acomplejada—. No estoy casada ni nada de eso. Soy aun…

—Mil disculpas por mi torpeza —endosa, descalabrado—. Señorita Briar. Resulta que me comentaron de usted, pero no me hablaron de nada más.

Mansión Briar. A la mañana siguiente. 9:20AM.

—Ronald —esboza la pelinegra, un tanto liada—. Perdone. Es mi culpa. Ser tan reservada hace que otros imaginen cosas que no son de mí. Pero le agradecería que pudiéramos entablar una conversación más coloquial. Si no le molesta, claro.

—Estoy de acuerdo —asiente Forger, fingiendo no enterarse de nada— ¿Cómo gustaría que la llame?

—Yor, si es posible. Me llamo Yor Briar. Yo no-…

—Un placer, señorita Yor —acepta el varón, inmiscuido en su papel—. Espero haya leído mi trayectoria en ese historial —falsificado, claro—. Comprenderá que trabajé para muchas familias importantes. Sobre todo, durante la guerra. Le aseguro que soy muy confiable.

—Así lo veo —expresa Briar, encandilada—. Es veterano de guerra. Increíble. Hasta te hirieron y no sufriste daño alguno. Un hombre sencillamente extraordinario.

Que fácil, joder —ríe—. ¿Le complace mi trabajo?

—Sin duda. Si —asevera, resuelta—. Solo que hay un tema…—extravía la mirada, menoscabada—. Que obviamente no pasa por mi…

—¿Cuál es?

—Verás. Mi hermano es muy receloso. Demasiado, para mi parecer —relata la fémina, abatida—. Él no sabe que estoy buscando un nuevo chofer, porque no está en la capital ahora mismo.

—Comprendo —acepta, obviando la realidad— ¿Aprensivo?

—Mucho. Si. Esa es la palabra adecuada —admite Yor, sorprendida—. Entonces…si bien busco personal nuevo. También velo porque no se entere de nada de lo que hago últimamente.

—Soy una tumba, Yor —determina Ronald, arrojado a la verdad de su mentira—. Tiene mi palabra.

—Gracias, Ronald. La verdad es que eres el quinto que entrevisto esta mañana —sisea, suspicaz—. Y de alguna forma te me haces conocido. No sé si es tu rostro o tu perfume o algo medio esquizoide. Disculpa si te ofendo.

Ya me cachó —Loid niega con la cabeza, templado—. Solo es su capacidad de tomar decisiones por si sola. Nada malo. No conozco a su hermano, pero espero podamos llevarnos bien.

—¡Es lo mismo que espero! —brinca, concurrida.

—Señorita Briar, su té —interrumpe el mayordomo, depositando dos tazas en la mesilla— ¿Desea algo más?

—Nada, Frederick —le endosa Yor, obnubilada con su curioso colega—. Ya encontré a mi nuevo conductor…

—¿Cuándo deseas que parta, señorita? —consulta.

—Hoy mismo, si no es mucha molesta —declara la pelinegra—. Frederick, llama a Franky. Dile que le muestre el vehículo a Ronald, todos los pormenores y las rutas. Yo iré a alistarme. ¡Ah! Y también, recuerda traerme las maletas que te encargué. Debo ir cuanto antes donde Melinda para entregárselas.

—A la orden, señorita Briar —el mayordomo enlista al nuevo conductor—. Por acá, joven. Acompáñeme.

A pesar de que claramente llevo un disfraz, con un rostro diferente, cabello cobrizo y voz más grave. Por algunos segundos sentí el temor de que pudiera descubrirme, sobre todo cuando mencionó que se le hacía conocido. ¿Qué pudo salir mal? No creo que por ser muy inteligente que digamos. Probablemente ¿Bajé la guardia? ¿Le habré dado atisbos de mis intenciones? ¿Será mi perfume? ¿El acabado de mis ojos? ¡Pero si la máscara es una de las mejores que he hecho! ¿Estaré paranoico ya? Joder. Yo no…

—Oye, tu —farfulle Franky, con actitud huraña— ¿Eres el nuevito? No te ves muy profesional que digamos. Tienes cara de ser citadino de región.

¡¿Qué?! ¡¿Este jodido cuatro ojos, también?! No. Definitivamente, es solo una coincidencia. Relájate Twilight. Sigues siendo igual de profesional que siempre —Bueno, sucede que no soy realmente de Berlint. Nací y me críe al sur de Kielberg —falsea Loid, modificando raudamente el curso de la conversación—. Wow…así que este es el bebé. Está como nuevo.

—Si. Es un Volks del 72 —relata Franklin, dándole un par de palmadas al capó—. Modelo B de serie 900. Diesel. Ruedas antideslizantes. Cilindrada de 5.96. Revoluciones de 133 mm. 6 carburad-…

—Asientos de cuero —continua Forger, tan solo revisando el interior de este—. Espejos traseros polarizados. Cabina semi acolchada, con acabado en plomo y tapiz reclinable. Un muy buen manubrio.

—Óyeme… ¿Me estás escuchando? —le reprocha el menor— ¿Por qué pareciera que te interesa más el interior?

—Porque es de suma relevancia la elegancia que preste —esclarece Twilight—. Debe ser cómodo, amplio y agradable. Ya que trasladaré a la señorita Yor en él.

—Si, sí. Pero es solo un vehículo. No una suite de hotel —menea el de anteojos—. Tampoco es que lo vaya a usar para dormir.

—Los autos son mucho mas que solo motor y ruedas, Franky —esboza, grácil—. También deben ser un refugio seguro en caso de peligro. Yo imagino que la carrocería es anti balas ¿No? Al ser del subteniente Briar.

Cierto. Bueno…tampoco suena tan descabellado —se rasca la nuca, un tanto liado—. En efecto, lo es. Tienes buen ojo, Ronald. ¿Llevas mucho tiempo en este rubro?

—Bastante.

—¿No quieres darle una vuelta?

—No hace falta. Ya conduje uno de estos antes —expresa el chofer—. Te agradezco el tour. ¡Ah! Justo a tiempo. Ahí viene mi pasajera predilecta. Permítame por favor ayudarle con su equipaje —adiciona el muchacho, hendiendo el maletero.

—Gracias, Ronald. Que amable de tu parte —asiente Briar, jocosa—. Franky, a partir de hoy conducirás tu propio vehículo. Ya no hace falta que vengas en el mismo.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo es eso? —espeta el chico del afro—. Con…todo respeto, señorita. El subteniente fue muy enfático en recalcarme que bajo ningún punto de vista me separara de usted. Soy su guardaespaldas.

—Lo sé. Y te agradezco por todo el tiempo que cuidaste de mí. Pero Ronald estuvo en el ejercito y tiene entrenamiento militar —lo observa, briosa—. El podrá cuidarme perfectamente en el carro. ¿Verdad?

—Sin duda. Cuenta conmigo, Yor —determina Twilight, abriéndole la puerta—. Suba.

Tsk…demonios. Esto no le va a gustar para nada a Yuri. En cuanto se entere de que…

—Ah. Y una cosa más, Franky —la muchacha lo fulmina con la mirada—. Ni pienses en contarle a mi hermano.

¡Ghn! ¡Ya me conoce! —el joven guardaespaldas se reclina hacia atrás, sobándose la cabeza con pueril sinceridad— ¡Na-Nada de eso! ¡Soy una tumba! Jejeje. ¡Ya! ¡Entonces me iré en otro! ¡Con permiso!

Me descolocó ver esa expresión descompuesta en el rostro de Yor. Del tiempo que la estuve siguiendo, jamás manifestó presunciones de ser una chica de carácter fuerte o de miradas acechantes. ¿Habría tal vez un lado oculto en ella que no llegué a vislumbrar? Era demasiado improbable. Puesto que hasta un perfil psicológico le hice. No. Lo mas seguro es que el tema con su hermano le tuviese cabreada solamente. Aunque con alguien tan sobreprotector como el, cualquiera perdería los estribos. Yor me entregó la dirección a la cual debía ir esa mañana, un tanto reticente. Aunque yo sabía a donde íbamos, percibí que algo la molestaba durante el trayecto. No dejaba de mover la pierna derecha de arriba hacia abajo, en un tic nervioso. Enredaba sus deditos, rasgándose las uñas en el proceso. Cualquier persona o edificio de la urbe que pasáramos, cautivaba su atención. Mas que el mismo lugar donde se encontraba sentada.

Ahora que tenia completa potestad y albedrió de examinarla en profundidad, con tan solo escasos centímetros de distancia entre mi asiento y el suyo, estudiarla a través del espejo retrovisor era sencillo. Ni si quiera caía en cuenta de mis fisgoneos.

Veamos cómo se desenvuelve. Debo tantear el terreno.

—¿Se siente bien, Yor? —consulta el chofer—. La noto un tanto extraviada.

—¿Huh? ¿Eh? S-si…claro —despabila, un tanto descalabrada—. No es nada realmente importante. De hecho, es una tontería ahora que lo pienso.

—No creo que lo que sea que pase por su cabeza, sea una tontería —profesa Spoofy, con el labio torcido— ¿Puedo servirle de ayuda en algo?

—Bueno…sucede que adquirí un par de objetos en una subasta a petición de una buena amiga de la familia —explica la pelinegra, preocupada—. No son la gran cosa. Un par de joyas, objetos de arquitectura antigua y eso. Pero como no soy experta, no tengo la menor idea de cuanto valen realmente. Y quedé de llevárselas, para que pudiera comprármelas.

¿Esas dos maletas están cargadas de joyas? Tiene que ser una broma —Twilight empequeñece los ojos, suspicaz—. Ya veo. Comprendo. Pero ¿Por qué se las compraría ahora y no en la subasta? Hubiese sido más fácil ¿No?

—Lo sé. Pero ella realmente no puede hacer eso, de forma directa —revela Briar, sobándose la mejilla derecha—. Porque es la presidenta una sociedad de mujeres que ayudan a muchas instituciones de caridad. Y por estatuto, no "debe" adquirir esa clase de cosas ¿Me explico?

—Fuerte y claro —sonríe— Que farsa. Está claro que Melinda utiliza a Yor para llenarse los bolsillos de una forma ilegal y así mantener su estatus. Esto es claramente lavado de dinero. Aunque esta chica…dudo se entere de eso —carraspea—. Entonces me parece que si es algo importante el tema. El saber, cuanto cuesta cada joya en su peso.

—¿Lo ves? Es complicado —Yor comprime el rostro, en un puchero infantil—. Yo de buena persona me ofrecí para ayudarle. Pero lo cierto es que era Yuri quien veía ese tema. Y ahora que no está…

—Lo que necesita es un buen anticuario. Un experto en la materia, que reconozca con ojo clínico tesoros valiosos —profiere el muchacho, girando en una esquina—. Y yo conozco a la persona indicada.

—¿En serio? ¿Quién?

—Loid Forger — Yo. Obvio —sisea—. Es famoso entre los entendidos. Solía trabajar para mi antiguo patrón. El se encargaba de tazar el valor de mercado de lo que compraba.

—¿Loid…Forger? —la fémina recula, ligeramente ruborizada—. Ah…creo saber quien es — El joven apuesto de la subasta…

—Si desea puedo darle su tarjeta para que lo contacte. Traigo una —Ronald extrae desde el interior de su chaqueta la presentación y se la extiende hacia atrás—. Créame, no hay nadie más confiable que él.

—Cielos, muchas gracias —aprecia Yor, recibiendo encantada la postal— Es una forma atrevida de decirlo, pero acabo de obtener el número de teléfono de un hombre soltero. ¿Estará bien que yo lo llame? —cavila—. Disculpa…pero ¿Sería correcto que lo contacte yo? Quiero decir…bueno…

—¡Ah! ¡Cierto! Que descuidado de mi parte —carcajea el conductor, dándose un golpe en la frente—. Toda la razón, señorita. No se vería "apropiado". Yo puedo contactarlo de su parte y decirle que desea de manera profesional, claro…sus habilidades. ¿Qué le parece?

—¿Harías eso por mí, Ronald?

—Estoy a su servicio — Es pan comido.

—Te estaré infinitamente agradecida —corresponde la muchacha, soltando un suspiro extenso—. Ah…que bien. Ya me siento mas aliviada. Me has quitado un peso de encima.

¿Qué tan tonta podía ser esta chica? Mi plan comenzaba recién a rendir frutos de manera apremiante y dentro de mi vanidad, jactarme a estas alturas hubiese sido caer en un error. Si, quería festejar. Pero mientras no estuviera a menos de 1 centímetro de ese diamante, reprimiría mi soberbia hasta atragantarme con ella. Tras llegar a la mansión de los Desmond, dejé a Yor en la puerta junto a las maletas y fingí hacer "esa llamada" respecto al supuesto anticuario. Todo marchaba a la perfección, hasta que el idiota de su perro faldero me atajó en la entrada.

—¿Qué pasa? —espeta Loid.

—¿A dónde vas, Ronald? Tienes que quedarte aquí —aclara Franky—. Un chofer debe esperar en el auto hasta que su patrón regrese. Creí que ya lo sabías.

—Lo sé —refuta Forger, inmiscuido—. Solo debo ir por una llamada a la cabina. Y no te preocupes, no me iré a ningún otro lado.

—¿Llamar a quién? —examina, dubitativo.

¿Pero este sujeto que mierda es? —tose, injuriado— ¿Me estás interrogando?

—Por supuesto que sí. Es tu primer día y debo mantenerte al margen —exclama furibundo—. Es mi trabajo.

—Tu trabajo es cuidar de la señorita Yor —aclara, mosqueado—. Y es algo que no estás haciendo. Deberías estar dentro, en la mansión y no preocupado por si voy al baño o no.

—No me trates como si fuese un tonto, Ronald —berrea Franky—. Yo soy muy profesional. Yor no necesita de nadie que la cuide en casa de los Desmond. Hay seguridad de sobra ahí.

Dios…este tipo es una garrapata —exhala Loid, hastiado—. A ver. ¿Tu de que vas? Vamos aclarando puntos porque no te estoy entendiendo bien. ¿Finalmente para quien trabajas?

—Por supuesto que para la familia Briar —retoza—. Pero mi fidelidad se la debo al subteniente. Y si bien fue muy claro en ordenarme que vigilara de cerca a su hermana. Mas le preocupa quienes la rodean.

—Pues te informo que yo también trabajo ahora para la familia Briar —declara Twilight, irritado—. Y si fui contratado por ella, es porque confía en mí.

—Si, claro. Pero sin la aprobación de nadie. Si Yuri se entera de esto…

—Si, pero no lo hará ¿O sí? —interrumpe, altivo—. La señorita Yor ya te lo dijo. Y como buen guardaespaldas obediente que eres, cerrarás la boca. Ahora, si me disculpas —le palmotea la mano—. Debo ir por esa llamada. Ya regreso.

Este sujeto es rarísimo. No me da buena espina —Franky entrejunta las cejas— Será mejor que lo vigile muy de cerca o puede hacer alguna estupidez.

No sé realmente es estúpido o de plano no se entera de que, de profesional solo tiene la pinta. Porque el muy tarado me siguió hasta la avenida principal, tratando de esconderse en los lugares más obvios y absurdos de todos. Si hubiera sido un espía, se moría de hambre. Tantos años lidiando con lacras como estas, que engañarlo me resultaba ridículo. Le noté marcar el paso hasta que logré meterme en una cabina telefónica. Simulando hacer la dichosa llamada, introduje una moneda y le marqué a Fiona en casa. Conversamos por unos segundos. Ella por supuesto al tanto de que era una treta. Y en cuanto vi el más mínimo chance de escabullirme, escapé de la escena. Dejándolo a su suerte.

Agazapado en una galería de comida rápida, le vi pasar aturdido por fuera de la calle. Corriendo como un verdadero inútil, mientras se jalaba de los pelos. Que iluso. Me demoré 3 minutos exactos en cambiar mi apariencia. Modificando desde mi rostro hasta mis prendas de vestir. Para cuando regresé a la acera, Franky ya no daba luces de acosarme. Tomé un maletín y me encaucé elegantemente de vuelta a la morada de los Desmond. Como si nada hubiese pasado.

Fase 2 del plan maestro, en marcha.

—Mira nada más que belleza —exclama Melinda, maravillada con un collar de zafiros entre los dedos— ¿Sabias que fue usado por la primera dama de Westalis durante la guerra? Calculo que cuesta mínimo unos Đ50 mil.

Mansión de los Desmond. A esa misma hora.

—Y-yo…no sabía ese dato —responde la muchacha, obstinada—. Como ya le comenté antes, Melinda. Soy neófita en el asunto. Pero me estoy haciendo asesorar muy bien.

—No te preocupes, Yor. Yo jamás te estafaría —ríe Desmond, con un rastro de hipocresía—. Es admirable que te hayas hecho cargo tu de este asunto ahora que Yuri no está. Me llevaré este, el juego de porcelana de allá y la maleta completa de la esquina. ¿Te acomodan unos Đ250?

—Este…yo…no…

—Con su permiso, mi estimada —interviene el mayordomo—. Pero tiene visitas. Un joven, la busca.

—¿De que hablas, Jeeves? —bufa Melinda—. Yo no espero a ningún joven.

—No me refería a usted, señora —inquiere el varón, desviando la vista hacia Yor—. Busca a la señorita Briar.

—¿A mi…? —pestañea Yor, barajada.

[…]

—Un placer conocerla, señora Desmond —estrecha su mano—. Loid Forger, para servirle. Soy el nuevo anticuario de la familia Briar.

¡¿Re-Realmente Ronald lo llamó?! Dios mío, pero que rapidez —la muchacha se reprime timorata, avergonzada de su inusual presencia—. Jo-joven Forger…

—¿Por qué se sorprende? Era de suma urgencia, me contó su chofer —ríe con naturalidad, el rubio—. ¡Ah! Y miren nada más, que tenemos aquí —exclama, tomando el collar—. Parece que llegué justo a tiempo. Pero si es la famosa carlanca de la ex primera ministra de Westalis, Elizabeth Burt. Vaya, a donde vino a parar. De seguro una pieza invaluable. 12 cuencas de perlado en zafiro pulido. Sin duda avaluado por un monto no menor a Đ150.

¡¿Qué?! ¡¿Đ150?! —Yor se espanta tras su revelación, reverberando con timidez— ¿De verdad? Es que Melinda dijo que-…

—¡Ahh! ¡Claro! ¡Es el valor adecuado! —bufa la mayor, simulando una sonrisa amena— Tsk…maldito estúpido de cara bonita. ¿Cómo es posible que Yor se haya conseguido a este mojigato? Lo vi en la subasta y supuse que me daría problemas —añade, briosa—. En efecto, es lo que le comenté.

Eso…no es verdad —piensa Briar, embrollada— ¿Qué significa esto? ¿Melinda intentó estafarme…?

—¡Oh! Y veo que trajo otras cosas también. Permítame —Twilight se pasea de un lado a otro, analizando, examinando, estudiando cada artículo sobre la mesa—. Está claro que debe de tener buena solvencia, señora Desmond. Y que buen gusto, por lo demás. Son piezas invaluables. Por todo, mis compradores pagarían a gusto unos Đ1.500.

¡¿Tanto?! —Yor casi se va de culo.

¡Cabrón! ¡¿Qué mierda?! —Melinda hace una pausa, aguantando la respiración para no caer en un ataque de ira que la delate. Finge desvarío y aclara—. Eso es correcto. Es el precio que…pondré, jeje…— Maldito engendro. Ahora si que no te escapas de mi —. Bu-Bueno…pasemos a mi despacho. Le haré un cheque.

—Con todo respeto, señora —farfulle Loid, altanero—. Solo aceptamos efectivo. Comprenderá que con esto de la guerra fría y tanto estafador dando vuelta, embaucando a inocentes señoritas solteras como la joven Briar, la seguridad del capital en papel se basa en la confianza de sus compradores. ¿Me explico? —la fulmina con la mirada— ¿Qué pretendías, mujer? A mi no me vienes con cuentos. Mucho menos siendo esposa del mierdecilla de Donovan.

—De-De acuerdo. Toda la razón —sopesa la madre de familia, temblorosa en colérica actitud— Te voy a hundir, Forger. Tienes los días contados —. En efectivo será. Vengan conmigo…

Yo realmente estaba jugando ¿Saben? Interpretando mi papel, como de costumbre. Pero entre líneas, intentaba captar la atención de Yor. Algo, que diera luz verde para que sus imparcialidades recayeran en mí, como fuente de confianza a la hora de hacer negocios. No era tan personal, contra Melinda. Aunque rencor suficiente no me faltara por guardarle. Que mujer tan frívola y despreciable. De igual forma, logré mi objetivo. Convencerla de que pagara lo que tenia que costear y con un extra para tomar una tajada particular. Algo poco. Una menudencia. Del 15% de las ganancias. Para el final de la tarde, esta lozana chica de alta alcurnia ya me veía con otros ojos. Unos mucho mas complacientes y recatados. Entró con dos valijas llenas de chucherías. Y salió forrada de dinero hasta las orejas. ¿Qué más podía pedir? Si ella ganaba, yo también.

Tomé mi sombrero y me despedí de ella. Según las directrices de mi técnica, para irme raudo a cambiarme. Con el tiempo de reloj a mi favor. Pero el paradójico de su pseudo esbirro se me adelantó. Y menoscabado, dijo.

—¡Ronald se ha ido! —chilló Franky, mermado— ¡Yo sabía que no era de confiar! ¡El maldito fue por una llamada y no volvió! ¡Es un traidor!

—¿Qué cosa? —cuestionó la pelinegra, pasmada— ¿En serio…se fue?

Puta mierda. Que fastidio. Debo solucionar esto ya o no habrá preámbulos previos —Disculpe…—interviene Loid, restado del contexto—. No comprendo bien. Pero Ronald me contactó para venir esta tarde. No es ningún traidor. Posiblemente se le presentó algún problema de por medio…

—¡¿Y tú quien mierda eres?! —Franklin lo asesina con los ojos.

—Tranquilízate, Franky —bosquejó Yor, delineando una sonrisa sincera en respuesta—. No creo que sea tal cosa. Tal como dice el joven Forger, seguro se importunó con algo y tuvo que atenderlo. Es su primer día. No seas tan duro.

—¡Pero…!

—¿Precisa un chofer de vuelta a casa? —se ofrece Twilight, gallardo—. Con gusto la llevo yo.

—¿Después de todo lo que ha hecho por mí? —sugestiona la joven heredera, retraídamente— ¿Quiere conducir?

—¡Ni de coña! —protesta el hombre de anteojos— ¡Yo puedo manejar!

—Franky, no grites así —censura Yor, incomoda—. Me irrita.

—¡Yor…! —se va a la chucha.

—Es modesto de su parte que incurra en esas naderías. Pero no es ninguna molestia para mi —exclama el ojiazul, explícitamente abriéndole la puerta del carro—. Suba, con gusto la llevo.

—Que gentil es…—sisea Briar, abochornada—. Gracias.

—¡Yor! —brinca descalabrado, el salvaguardia— ¡Yuri no-…!

—Franky —le endosa la chica, demandando en el proceso—. Ve en el auto de atrás. Nos vemos en la casa. Adiós.

—…

Listo. He matado dos pájaros de un tiro. Por una parte, me deshice de este monigote de mierda que tantas penurias hace pasar. Y por otro, Briar al fin ha aprobado mi existencia en su vida como Loid Forger. Lo único que ambicionaba a conseguir. Se que no era parte de mi estrategia, porque pretendía aparentar ser dos personas en son de una. Pero ¿Qué mejor? Me hicieron un favor. Me han pavimentado el camino para llegar a Yor. En estos momentos, lo único que tengo en mente es…tenerla a ella. De alguna manera lo lograré. Voy a conquistarla. Robarle su corazón. Darle mi trampa de "amor". Pretendo que caiga. Codiciando solo su fortuna y su estatus. Mientras conduzco en dirección hacia su morada, la angustia de querer llegar luego a la mía me carcome. Deseo contarle a Fiona los avances de mi programa. Espero esté ansiosa por saber que me falta poco, para irnos a ese viaje soñado que planeamos. Ya casi. Un poco más. Cada vez mas cerca de todo. Voy a…

—No quiero llegar a casa aún —murmura Yor, desde el asiento trasero.

¿Qué?

—¿Disculpe?

Me detuve instintivamente en un semáforo en verde. Por alguna razón inexplicable, no logro sacar el pie del freno. Me paralizo. La observo por el retrovisor. Está… ¿Llorando? ¿Qué pasó?

—¿Se siente bien…?

—¿Sería tan amable de llevarme a esta dirección, por favor? —peticiona la chica, entregándole un papelillo corrugado—. Mi hermano no sabe nada de esto. Por favor, no diga nada. Solo…trasládeme ahí y luego puede irse a casa.

—Si. Claro…con gusto —musita Loid, acongojado— ¿Es un hotel?

Esto…definitivamente no estaba en el plano de mis ideas. ¿Qué pasa realmente con Yor Briar…?