—¡Maldito seas, Loid Forger! ¡Maldito, perro, bastardo, traidor, infeliz, mal nacido! ¡Ahhh!

1 año atrás. Mansión de los Briar.

Hojas vuelan por los aires. Libros, estatuas, el sofá, el escritorio. Cuadros caídos. Todo sucumbe como el paso de un huracán furioso. Es Yuri Briar quien arrasa con lo que sea que encuentre a su paso. No conforme con desordenar su despacho, transformado en un total energúmeno fuera de quicio, coge un mazo y reparte caos y destrucción por las paredes de la casona. Arroja plantas, vajilla costosa, destroza cojines en donde plumas vuelan, patea artefactos. No importa quien se le cruce por delante, aunque fuese el mismísimo dios encarnado, lo hubiera partido en dos. Su ira ha provocado que la servidumbre huya despavorida a perderse. Todos escondidos, en vaya a saber uno donde. Frederick es el único que mantiene la calma, estoico. Observando la ira en su forma mas visceral.

Se encuentra en el salón del primer piso, en compañía de Yor. El estruendo, le hace dificultoso poder hablar con claridad. Sin embargo, ha decidido no intervenir. A petición de la misma muchacha que sin expresar mueca alguna, bebe un sorbo de té en reflexiva contemplación.

—¿Todavía no acaba? —consulta la pelinegra, de parpados cerrados.

—Creo que aún le falta el baño de invitados —advierte el mayordomo, preocupado—. La biblioteca, el garaje y el jardín.

—Espero no vaya a mi cuarto, también.

—¡Y EN ESTA CAMA TAMBIÉN DORMISTE, HIJO DE PERRA! ¡ASQUEROSA RATA DE MIERDA! ¡QUITARÉ TU OLOR!

—Eh…demasiado tarde, señorita —añade el mayor, suspirando. Sus blasfemias han llegado al primer piso tan claras como el agua—. Me parece que ahora mismo está rompiendo su cama.

—Dios…—Yor se toma la sien, cabizbaja—. Esto es una pesadilla. ¿Realmente está pasando? Quisiera despertar…

—He de admitir que estoy muy sorprendido con su reacción, joven Yor —halaga el mozo—. Usted siempre ha sido muy madura.

—¿Y qué esperabas que hiciera? —murmura Briar, desahuciada— ¿Llorar? Ya lo hice. ¿Lamentarme? Si, lo hago. ¿Pero desquitarme de esta forma?

—Piense positivo. Al menos son solo cosas materiales —sisea el anciano.

—No cantes victoria, Frederick. En cuanto Yuri termine con el mobiliario, se arrojará de lleno a buscar por cielo mar y tierra a Loid —señala la heredera, malograda— ¿Escondiste las armas como te pedí?

—Todas y cada una de ellas, fueron retiradas de la casa —asiente, sumiso—. Pero el joven Yuri es militar. Nada le costará conseguir nuevas.

—Lo sé. Pero al menos podemos ganar tiempo y retrasar su cólera —suspira—. Que sea parte de seguridad estatal no le da libre albedrió para disparar a diestra y siniestra como civil.

El timbre suena. Frederick se excusa de ausencia un momento, para atender a su nuevo invitado. Se presenta frente a ellos, una mujer de talante jovial. Vestida con un elegante atuendo de cuello y corbata. Y porta un maletín.

—Es la abogada de la familia —explica el sirviente.

—Buenas tardes, joven Briar —reverencia la mujer.

—Martha Marriot —murmura Yor, cruzando una pierna sobre la otra—. Muchas gracias por venir. Los Blackbell me recomendaron sus servicios. Dicen que es la mejor litigante para estos casos.

—En efecto. Y me halaga que puedan contar con mi sabiduría —asiente la mayor, tomando asiento frente a ella—. Traje lo que-…

¡¿COMO TE SENTASTE EN EL AUTO DE MIS PADRES, INFELIZ?!

—¿Y eso? —se preocupa Marriot. Tras escuchar ruidos de vidrios quebrandose y una bocina.

—Por favor, le pido que pueda ignorarlo. Es mi hermano menor…—explica apesumbrada, la heredera—. Se está desquitando ahora con el…carro, creo.

—Veo que no se lo ha tomado de la menor forma.

Ya llegó al garaje…—Frederick suelta una lagrimita—. Temo por las pobres petunias del jardín…

—Créame, hay peores —comenta Yor, descalabrada— ¿Y bien? ¿Qué me iba a decir?

—Si. Discúlpeme —Martha extrae un par de documentos desde el interior de su maletín, esparciéndolos por la mesilla de centro—. En cuanto recibí su llamado esta mañana, me puse en marcha para adquirir todos los antecedentes en la brevedad posible. Si bien el panorama se ve algo, sombrío y complicado. Difícil de resolver no es. No para mí, al menos. Tome —le hace entrega de un acta—. Es el reporte bancario que me entregó el contador.

—¿Qué es esto? —Yor analiza los números, tragando saliva en el proceso— ¿Por qué hay tantos ceros…?

—Me temo que no pueda agradarle lo que tengo para contarle —insinúa la mujer, con voz agria—. Pero todo indica de que estamos frente a un caso de estafa.

—¿Estafa…? —parpadea, anonadada con su declaración.

—Verá. Loid Forger, en su calidad de legal cónyuge, hizo un retiro durante la madrugada. Ese documento acredita lo que le indico. Firmado y timbrado por el gerente del banco estatal —relata—. Oficialmente, todos los bienes físicos de la familia Briar fueron traspasados a su nombre, desde el momento en que se casaron. Sin embargo, estos procesos tienden a ser largos. Debido a la rapidez con la que se hizo, me llamó muchísimo la atención. Extrañada, visité la bóveda de la familia. Y…—sentencia—. Lamento informarle, que está vacía. Loid Forger, se llevó todo el dinero en efectivo, de los Briar. En conclusión, usted está…

—Quebrada…—manifiesta Yor, en shock.

—En efecto —sisea Marriot, mosqueada—. Total, e irremediablemente quebrada. Lo único que le va quedando, son los muebles de la casa. Que ahora según veo, su hermano se encargó de destruir. Por lo que…bueno…

—Dios mío…—Briar deja a un lado el papel y se cubre el rostro con ambas manos, ocultando su perenne dolor— ¿Por qué…Loid?

—Un momento, mi estimada —interrumpe Frederick, melancólico—. Usted mencionó que le llamó la atención la rapidez con la que se movió todo. ¿Por qué?

—Porque para estos trámites, se necesita tiempo —relata—. Tiempo legal para conseguir un abogado, un celador, un contador, un permiso del ayuntamiento. Es algo más bien, burocrático. No es algo que puedas planear de la noche a la mañana ¿Me explico?

—O sea, su conclusión es que…

—Forger lo tenía planeado desde mucho antes. No fue una idea ocurrente de la noche a la mañana. Estaba preparado —señala la abogada—. Me atrevería a decir, que desde hace mucho antes de contraer matrimonio. Como…parte de un plan o algo así.

—Suena macabro…—esboza el mayordomo, espantado.

—Lo sé. Pero, aun así, a pesar de tener todos estos antecedentes…mh —gruñe la peliblanca, mosqueada—. Hay algo que no concuerda en toda esta historia. Digo, no es que sea extraño que un foráneo venga a por la fortuna de una de las familias más acaudaladas de Ostania —añade—. Por lo regular en casos como estos, siempre la motivación es otra. Hay aristas que nos estamos saltando por alto. Indicios, que van marcando un patrón de conducta. No lo sé. Como…un "móvil" más oscuro. Algo, detrás. Es por eso que decidí venir en persona para no solo plantearles el panorama. Si no también, deseaba hablar con Yor al respecto. Ella más que nadie, lo conocía mejor que nosotros ¿No?

—Al parecer…no tanto como lo pensamos —expresa el mayordomo, entregándole un pañuelo a la joven—. Señorita Yor…tome. Ya no llore más.

—Perdón —se disculpa la pelinegra, removiendo un par de lagrimones agrios de sus pómulos—. Discúlpenme. Es que todo esto, me ha superado. Quiero decir, yo entiendo que los hombres tengan ambiciones. Pero ¿Saben? —hipa, constreñida—. Si ya estábamos casados. Si ya tenía todo de mí. En carne, espíritu, alma. Todo mi dinero, era suyo ya. ¿Para qué hacer todo esto…? Es absurdo. No tiene pies ni cabezas —balbucea, derrotada—. Si realmente quería mi fortuna…solo debía pedirla y ya. Yo se la hubiera dado. Sin chistar. No había razón para este daño, que finalmente no es monetario. Porque ahora mismo, lo que me duele no es mi bolsillo. Es mi corazón…—se comprime el pecho, adolorida en lo más visceral posible.

Silencio sepulcral en el ambiente. Escucharla sollozar tan apremiada, les ha robado el aliento a los presentes.

Pobre niña…la entiendo mucho. Quisiera poder darle un abrazo, pero debo ser profesional en esto —despabila Martha, cavilosa—. Comprendo, Yor. Pero ahora mismo, necesito pedirle un último favor. Que pueda concentrarse y me responda algo.

—¿Qué cosa…? —murmura, entre apabullados lagrimeos.

—Loid Forger cometió un delito. Un delito, grave ¿Lo entiende? —la menor asiente, en respuesta—. Literalmente, le robó. Es un ladrón, si lo vemos de cara a la justicia y las leyes de esta nación. Y lo que me sigue fastidiando, es que solo se haya conformado con el capital del banco. Viendo esta casa tan fastuosa y la cantidad de valor tanto arquitectónico como indumentario que hay aquí. ¿No se llevó nada más? —especula, frunciendo el ceño—. Quiero decir. ¿Realmente no les falta nada en la casa? Insisto, siempre hay un móvil. ¿Alguna pieza de museo? ¿Alguna estatua? ¿Una joya? ¿Un-…?

El diamante…—Yor se levanta de sopetón, pasmada—. No puede ser…—sale disparada por la escalera— ¡Yuri!

—¡¿Señorita Yor?! —se alertan.

En el cuarto de Yor.

—Ahh…ahh…ahh…joder —jadea un agotado Yuri, luego de haber literalmente destruido todo a su paso—. Mierda. Aun no logro sacarme toda la frustración de encima. Para peor ¿En dónde carajos se metió Fiona? Claro, de seguro ella también sabía que el bastardo la abandonaría. ¡¿Cómo coño fui tan estúpido?! —levanta el mazo, dispuesto a romper el suelo— ¡MUERETE, LOTTY!

—¡Yuri! —Yor le ataja el brazo, deteniendo el golpe— ¡Ya basta!

—¡Hermana! —protesta, iracundo, el menor— ¡¿Qué mierda haces?! ¡Ya deja de llorar y ayúdame con esto! Toma —le extiende una navaja—. Ayúdame a rajar las sábanas donde durmió esa basura.

Creyó que la chica le ayudaría. Pero en vez de eso, se volcó de lleno a correr hacia la pared que, tras un cuadro falso se albergaba el Smirnof. Seguidos por Martha y Frederick más atrás, todos fueron testigos de la clara ausencia de este. La valiosa gema…no estaba.

—¿Qué demo-…? —el subteniente hace una pausa, estupefacto— ¿Y el diamante? ¿En dónde está?

Yor da cuatro pasos hacia atrás. Y finalmente, todo cobra sentido para ella. Las piezas del rompecabezas, caen por si solas de cara a terminar el puzle. Claro… ¿Cómo no lo vio antes? Ese era el móvil. El objetivo principal. Lo demás, solo una menudencia. ¿Tan absurdo era? ¿Organizar toda una farsa teatral, por un jodido diamante?

—Tiene que ser una broma —Yor se cubre la boca, atónita— ¿Era esto lo que querías, Loid…? No puede ser…

—¡Gah! —el militar deja caer el objeto contundentemente contra el suelo, desarmado— ¡¿Y EL DIAMANTE DE PAPÁ?!

—Lo supuse —declara Marriot, zanjando todas sus especulaciones—. Entonces era esto lo que Forger buscaba en el fondo.

—¡¿Cómo?! —Yuri lo ve y no lo cree—. Un momento ¿Y usted quién es?

—Yuri…—advierte la heredera, batallando hidalgamente para mantener la cordura del asunto—. Hay algo, que tienes que saber. Esto ya no se trata solo de que Loid me dejó. Y te recomiendo, dejes de destruir la casa. Porque ahora mismo, es lo único que nos va quedando.

—Hermana... ¿Qué estás…?

[…]

Que-bra-dos…—farfulle el subteniente, indiscutiblemente impotente.

Frederick sirve té para todos en el salón, omitiendo comentarios de su condescendiente entendimiento. Yuri Briar ha examinado los mismos documentos que su hermana y ahora mismo, está solidificado en su posición. Ni si quiera sabe cómo reaccionar al respecto. Lo que en algún momento pensó, era solo un maldito rompe corazones jugando con la vida amorosa de su hermana mayor, drásticamente se convierte en la estafa del siglo. Algo…que lo ha inhabilitado para tomar decisiones coherentes. Ya no saca nada con seguir desquitándose físicamente con objetos inertes. El verdadero enemigo…tiene nombre y apellido.

—Me parece que hay algo que nos tiene que contar, señorita Yor —Martha exige explicaciones, de manera templada.

—Me temo, que no sé por dónde empezar —revela Yor, jugueteando nervuda con sus deditos— ¿Qué les digo?

—Hagámoslo desde el primer encuentro con Forger —sugiere Marriot, suspicaz—. Mencionó algo de la noche en la subasta del diamante. Usted habló con él. Dijo que mostró interés por tal joya. Pero que luego lo pasó por alto. ¿Nos podría comentar más de ello? Me ayudaría mucho a mi investigación.

—Bien. Es que…—traga saliva, suspirando—. Lo conocí esa noche, en el museo. El, se me acercó primero. Yo estaba viviendo un proceso de vulnerable emancipación, sobre mi familia. Cuando lo vi, me gustó muchísimo. Y entonces…todo…

Yor Briar inicia así un relato. Que a simple vista parece ser digna de una trama novelística de amor a primera vista, lujuria y añoranza. Si bien en más de una ocasión, los detalles de tal narrativa incomodan al hermano menor, la muchacha no escatima en redundancias. No censura nada. No endulza nada. Las cosas, como son. Como tienen que ser. Consciente de que literalmente ha respondido a una interrogación militar, se percibe apremiada de contar su experiencia. Una de las más hermosas y al mismo tiempo, dolorosas de todas. Para Yor, haberse topado esa noche con Loid, es lo que toda chiquilla lozana que creció en la literatura antigua, soñó. Dotada de alegrías, penurias y exceso de poesía clásica. Claro, todo esto porque Loid solía escribirle poemas. Al cabo de una hora de incontables vivencias, Martha termina llorando entre pañuelitos. Conmovida con el cuento. Al igual que Frederick. No así, Yuri. Quien, tal fábula solo ha ayudado a acrecentar su aborrecimiento y antipatía, de la manera más odiosa posible; hacia la figura de aquel hombre.

A eso de las 18:10PM. Martha tiene los suficientes antecedentes en su poder para proponer una nueva estrategia de cara al adeudo que se le ha encomendado. Sabe que los Briar están en quiebra total y posiblemente no tengan de donde sacar recursos para pagarle. Pero sacudida por el epigrama recién contado, se ve envuelta en un trabajo más bien moral, que profesional. Así que decide comprometerse espiritualmente, en la contienda. Se levanta, declarando.

—Estoy infinitamente agradecida con tu sinceridad, Yor Briar. Si bien antes especulé cosas entorno a mi ignorancia, ahora tengo el panorama más claro sobre que ocurrió aquí —la jurista coge su maletín y su chaqueta—. Tu pragmatismo y la beldad con la que has contado tu versión de los hechos, me llena de esperanza. Sin duda quiero tomar este caso y no descansar, hasta resolverlo —añade—. Ahora se bien, a que conclusión llegar.

—¿Jah? ¿Y esa cual sería? —le increpa Yuri, molesto— ¿La de que Loid Forger es un bastardo sin alma?

—Si piensa eso, subteniente. Y con todo respeto —Marriot lo fulmina con la mirada—. Se ve que no prestó atención al relato. Por cierto…—camina hacia la puerta—. Será mejor que visite a un especialista, señorita Briar —sugiere la mayor—. No hubo momento en que no dejara de tocarse el vientre. Y este tema, podría afectar a la criatura. Jamás permita, que un hombre la coarte de cumplir sus sueños. Con permiso, me retiro. Llamaré en la semana.

Mierda… ¿Se ha dado cuenta? —Yor desvía la mirada, abochornada—. Bueno, es natural. Es una mujer mayor. Está claro que tiene experiencias sobre esto. Y de sobra.

—¿Qué quiso decir con eso? —recién ahora, el policía cae en cuenta de su comentario. Totalmente en shock, se voltea a su familiar, fulminándola con rechazo—. Con un demonio, hermana. No me digas…que…tu…

—Se veía venir —murmura el mayordomo, tomando el hombro de la muchacha para darle fuerzas—. Vamos, señorita. Cuéntele a su hermano, la verdad. Finalmente, ahora mismo solo se tienen ustedes dos. Es hora de dejar atrás viejos tabúes.

—Gracias, Frederick —asiente Yor, asumida de su realidad—. Pero no le contaré nada a Yuri, si me sigue mirando con asco. No es la clase de tratos que merezco. ¿Habrá quedado algún lugar en la casa, decente para dormir? Estoy cansada y quiero recostarme un rato.

—El cuarto de invitados no fue tocado. Acompáñeme por favor.

—¡Her-Hermana! ¡¿Qué dices?! ¡No te he mirado as-…! —calla de golpe, frustrado—. Mierda…que fácil es juzgarme. Pero nadie me entiende realmente —alza la vista, hacia un recuadro familiar que aún se mantiene en pie, frente al paredón— Madre. Padre… ¿Qué se supone que debo hacer ahora…?

—Señorito Briar —interrumpe una de las sirvientas, de la mansión—. Disculpe que lo interrumpa. Se que está muy ofuscado ahora mismo con lo que pasó, pero…

—Ya —exhala desanimado, el menor—. No es así. Estoy calmado ahora, Sophia. ¿Qué sucede?

—Tiene una llamada —advierte la chica—. Del único teléfono que se salvó. En la cocina…

Dios santo…—Yuri examina el panorama, acabado— ¿Pero que mierda le hice a la casa de mis padres? Soy un asco…—. Vale. La atenderé. Por cierto, llama al arquitecto y a los maestros de ingeniería. Diles que…necesito remodelar algunas cosas.

—A la orden, señorito —asiente, servicial.

—Además —protesta para sus adentros, caminando hacia la cocina— ¿Quién carajos osa en llamarme justo ahora? Es ridículo —levanta el teléfono— ¿Diga?

Yuri Briar. Tu no me conoces. Pero yo a ti sí. Creo que debemos hablar —relata una voz femenina del otro lado de la línea— ¿Tienes tiempo ahora?

—¿Y usted quien demonios es? —farfulle el policia— ¿Cómo sabe mi número y quién soy? ¿Es una espía?

Veo que te has vuelto paranoico. Pero no te culpo. Luego de lo que te hicieron, es natural —sisea—. Descuida, en realidad solo saqué tu numero de la guía telefónica. Tampoco te des tantas ínfulas de importante. Solo te busqué en la B.

—Chistosa…

Te veo en el bar de Benni's a las 20:10AM. Ven solo. Como te vea rodeado de alguien, lo sabré. No le avises a tu hermana. Tengo información sobre Loid Forger que te interesará saber. Adiós —corta.

—Lo que faltaba…—cuelga, descalabrado—. Vale, pero si no voy…jamás sabré de que se trata. Será mejor que me bañe. Si es que…queda baño con ducha caliente que no haya cagado en el proceso —se golpea la sien.

Que asco.

[…]

—Valiente de tu parte por venir, Yuri Briar —acota la mujer—. Aunque conociendo tu intachable expediente militar, eres un hombre inteligente. Era eso o morir.

Bar de Benni's. A las afueras de Berlint. 20:15AM.

—Escuche. No se ofenda, pues no suelo tratar mal a las mujeres. Tengo ciertos códigos que me rehúso a cruzar —advierte el pelinegro— Pero ¿Quién coño es usted y por qué me cita a este lugar de mala muerte?

—Vaya —bufa— ¿Ya te diste cuenta de que no tienes potestad militar aquí?

—Era cosa de ver el letrero de afuera —se encoge de hombros—. Dice claramente «No se aceptan perros Ostanianos»

—Y, aun así, te quístate el uniforme para asistir —ríe, jocosa—. Tienes cojones.

Oiga.

—¿Qué se sirven los jóvenes? —consulta el cantinero.

—Yo un borgoña —cita—. Y el mocoso… ¿Una leche con chocolate, quizás?

—Ni de coña, no le haga caso. Tiene mucha imaginación —espeta Yuri, simulando aparentar más edad—. Tráigame un whisky. El más caro y embriagador que tenga. No me hace nada la bebida —miente.

—A la orden.

—Que pésimo eres mintiendo, te lo concedo —lo examina, de pies a cabeza—. Eres pueblerino. Se ve que has pasado tu vida entera solo tomando vino barato. Y eso basta para emborracharte.

—¿Me citó para humillarme?

—¿Quién sabe? Ahora que estas quebrado —carcajea la fémina, divertida—. Puede que sí. Depende de lo que me digas esta noche.

—¿Quién es usted? ¿Y qué quiere de mí? Sea clara o me largo —sentencia.

—Vamos al grano entonces, Yuri. Yo…

—Sus bebidas —las deja en el puesto, el varón—. Si me necesitan, chasqueen los dedos. Con su permiso.

—Un brindis primero —atañe la fémina, alzando su copa.

—¿Y por qué brindaría? —espeta, receloso.

—Por la estabilidad de Yor Briar, sin duda —ríe.

—…

Ambos brindan, chocando sus vasos. Yuri toma un sorbo, agrio, amargo. Arruga la nariz en el proceso. Es alcohol sumamente fuerte para él. Pero se intenta mantener invicto. No quiero desentonar. Aunque la mujer haya tenido la razón en cuanto ser pueblerino y solo beber vino. ¿Cómo sabe tanto de el? Indiscutiblemente, ya se embriagó. Aun así, finge soslayadamente mantener cordura.

Es tal y como dijo Twilight. Un niño. Pobre, no entiende mucho. Pero seré indulgente. Se lo prometí —asiente, finalmente desenvuelta—. Me presento. Me llamo Sylvia Sherwood. Y soy empresaria. Me dedico a la metalurgia y a las piedras preciosas.

—¿Es una cómplice de Loid Forger? —sisea ebrio, el militar.

—No. Sin duda no es la clase de parentesco que ambiciono a tener con él —aclara—. Digamos que soy su "jefa"

—Ya veo. ¿Por qué la superior de Loid Forger quisiera hablar conmigo? —le reprocha el menor—. Seguro usted estaba involucrada desde un comienzo en la estafa.

—¿La verdad? Si. Pero no —espeta Handler, tomando un sorbo de su bebida—. Yo solo quería el diamante. Todo lo demás, no pasa por mí. No seas tan obtuso.

—¿Usted está detrás del robo del diamante Smirnof? —cuestiona Briar, mosqueado—. Ya veo. Así que contrató a Forger para robarlo. ¿Por qué? ¿Por qué mi familia?

—Porque tu padre me lo dio, Yuri —declara abiertamente, la bermeja—. Ese diamante, se lo dio el general Briar a mi esposo, Albert. Como un pago por sus trabajos, durante la guerra. Y mira que no quiero indagar en menudencias sobre mi pasado, porque me importa una mierda que sepas detalles. Solo te diré, que dejes de lado ambicionar tenerlo o de plano, recuperarlo. No es tuyo. Ni de tu familia. Renuncia a él. Y hablemos de lo que realmente importa.

—¡¿Qué mierda?! —se levanta, violentamente— ¡Oiga! ¡No me-…!

Cien mil ojos como caras, recaen en el menor de manera instintiva. Lo han fulminado con la mirada, casi amenazándolo de muerte. Handler recula y suspira, serena. Le dice.

—Cálmate…—propone—. Si no lo haces, no saldrás vivo de aquí. La mayoría de las personas en este lugar me conocen y odian a la seguridad estatal. Siendo un miembro activo, te recomiendo bajar el perfil o terminará tu cabeza en una olla. ¿Quieres eso para tu hermana?

—Gnh…no, sin duda no…—acata el subteniente, retomando el asiento—. De acuerdo. Vale. Me calmo…—bebe otro sorbo de su trago, arrugando la nariz en el proceso—. Joder, esto es… ¿Qué es? ¿Gasolina?

—¿No dijiste que era normal para ti? —ríe.

—Y una mierda —farfulle Yuri, mareado y con las mejillas rojizas— ¿Qué quiere de mí? Forger se llevó "su" diamante. Pero de paso el bastardo desfalco a mi familia. ¿Qué pasa ahora?

—Eso estaba muy fuera del plan. Por eso te llamé —exhala Mercader, briosa—. Lo cierto es que él trabaja bajo sus propias convicciones y ante eso, no puedo opinar. Pero si te cité hoy y para que te quede claro, es porque quiero hacerme cargo de sus dolos.

—¿Disculpe?

—Escucha, Yuri Briar. Y escucha atentamente porque no lo volveré a repetir —sentencia la bermeja, con el ceño fruncido—. Su alias en código, es Twilight. No te diré su nombre real, porque eso es confidencial. Ni, aunque le pusiera a él, una pistola en el pecho, te lo diría. Va a morir en el anonimato. Para los conocidos, se llama Loid Forger. Es uno de mis más fieles, audaces y capaces hombres. El mejor embaucador, estafador y mano derecha que existe. Si me hicieran elegir ahora mismo, entre un millón de Dalks y Twilight, elijo a Twilight. Por lejos —sentencia—. Es por eso, que me preocupa este tema. Sucede que yo lo empujé a tomar el diamante. No es por culpa que hago esto. Es meramente estratégico. Si mi mejor soldado cae, caemos todos en mi organización. Debo, si o si, de mala forma, velar por su sanidad mental.

—¿Esto que tiene que ver conmigo o mi hermana? —toma otro trago—. Sigo sin entender.

—Lo cierto es que…—admite Handler, derrotada—. Twilight realmente si se enamoró de tu hermana. Eso pasa.

—¿Qué…?

—Está locamente. No. Perdona. Está…perdidamente, enamorado de Yor Briar —aclara, ofuscada—. Algo que ni yo ni nadie predijo. Por cosas del destino o quien sabe, Loid realmente profesa gusto pasional y amoroso por tu hermana. Lo cual significa un problema para nosotros. Porque mezclar sentimientos con el trabajo, en un rubro así es muy peligroso. Por eso, te convoqué hoy.

—¿Qué esperas que haga?

—Necesito de tu asistencia —demanda Sylvia—. Preciso que me ayudes a alejar a Loid de Yor.

Yo feliz. Es casi idílico lo que me pide. Pero…—recula Briar, mosqueado—. Eso está un poco complicado, justo ahora —confiesa el pelinegro, azorado—. Porque tanto mi hermana como el, se dejaron llevar por pueriles sentimientos y torpemente, ella se embarazó de él.

—¿Qué dices? —Mercader hace una pausa, estupefacta con lo que escucha— ¿Cómo que…Twilight…?

—Si. Tal y como te lo digo —sisea Yuri, derrotado—. Tu querido hombre confianza, cometió el descuido garrafal de embarazar a mi hermana.

—¿El? —reprocha— "Torpemente"

—Ya. Ya sé lo que dirá —se retracta el muchacho, afrontado—. No. No fue "torpe" ni descuidado. O no se. Vaya a saber uno que pasó por su relación sexual. Lo cierto es que mi hermana hoy en la mañana declaró que lo eligió a él, abiertamente para embarazarse. Me tomó por sorpresa, porque nunca imaginé que deseara ser madre. Pero no puedo hacer caso omiso a sus demandas. Mi querida y hermosa hermana deseaba concebir. Puede que haya elegido al hombre incorrecto, pero fue su decisión. ¿Qué hago entonces? ¿Me quedo de plano observando o tomo participe del asunto?

—Ahora más que nunca debes tomar tus ínfulas de hermano poderoso y apoyar —reverbera la pelirroja—. Si realmente Yor Briar está esperando un bebé de Twilight, con mayor razón debes mantenerla lejos.

—No estoy…entendiendo bien el concepto ¿Sabe? —Yuri se toma la cabeza, confundido—. Por más que la escucho, muchas cosas dan vuelta en mi cabeza. Sobre todo, el hecho de que declare abiertamente y sin un ápice de vergüenza, de que Twilight amaba a mi hermana. ¿Acaso no se da cuenta del daño que hizo? —espeta, afrentado—. Un hombre que ama de verdad, no hubiera actuado de esta manera. Mi hermana está sufriendo mucho por esto. No hay momento del día, en la que no llore su partida. Sobre todo, ahora que está muy delicada de salud, por lo de su gestación. Si vamos a estar hablando de amores y sentimentalismos —gruñe—. Es Yor la única que realmente se enamoró aquí. Por lo que, no comprendo…—añade el militar, endureciendo el semblante como quien asesina a alguien—. Como es que alejarla del hombre que ama, sea beneficioso para ella. Si finalmente, me está pidiendo que cuide el trasero de ese infame. Y ahora mismo, lo único que quiero…es tenerlo de frente para —estruja el vaso, ponzoñoso—. Estrangularlo con mis propias manos.

Me parece que…lo juzgué mal —Sylvia bebe un sorbo de su bebida hasta acabársela. Acto seguido, pide otra. Cruza elegantemente una pierna sobre la otra y afirmando su mejilla contra el puño, declara—. Discúlpame. Tienes razón. Quizás no me expresé bien desde un comienzo. Finalmente, no es que esté tratando de blanquear la imagen de Twilight. Aunque así sonó en un comienzo. Sucede que…ah… ¿Cómo te lo explico? —se lía, recibiendo su copa repleta nuevamente—. De tal forma que no se vea vulgar…

—Aunque desee endulzarlo, es vulgar por donde se le mire. Ya dígalo —la enfrenta— ¿Qué se supone que espera de nosotros? Mírenos, estamos quebrados ahora mismo. Y no hablo solamente económicamente.

—Twilight es un buen hombre. Aunque no me creas ni a cañones lo que te digo —exhala Sherwood, malograda—. Corrompido, medio perdido, pero sigue siéndolo en el fondo. La guerra lo depravó. Como a varios otros soldados. Despojado de todo vínculo afectivo. Desde sus padres, hasta sus amigos de infancia. Incluso de conocidos. Creció prácticamente solo y sin apoyo de nadie. Tiene valor, pero es eso mismo lo que le llevó a tomar el mal camino y a valerse por sí mismo, de una manera muy egoísta —explica, encendiendo un cigarrillo en el proceso—. No obstante, a ello, es tal y como dices. Vulgarmente, es peligroso. Mal partido. No es el candidato apto o digno para ser padre de familia. Y eso es porque…se ganó muchísimos enemigos en el camino. Si sientes que lo odias, no serías el primero ni el último en hacerlo. Muchos más, comparten lo mismo. No les temblaría la mano en incluso, apoyarte en una venganza contra él y confabular sobre su vida —advierte, compungida—. Les ha hecho daño a varias personas. Por lo que es imperioso, que resguardemos su identidad. No por su seguridad. Si no, por la de tu hermana. Si uno de esos innumerables adversarios se enterara de que tiene una amada por ahí…o un hijo en camino, no dudarán en exterminarla. Espero haya sido clara con esto último.

—¿La vida de mi hermana…corre peligro?

—Si, Briar —revela la mujer, inquieta—. No creas que solo a ti, te embaucaron. Realmente no lo estoy justificando ¿Ok? Ni si quiera se en que estaba pensando este idiota. Pero ¿Supiste lo que pasó con los Desmond? Se filtró información valiosa sobre sus movimientos —ríe, desorientada—. Y ahora mismo, hay una investigación en curso en fiscalía. En cualquier momento, Melinda cae presa por fraude al fisco. Es una real cagada. Twilight es un huracán de malas decisiones. Su paso en Ostania provocó más pleitos que la misma guerra ¿Puedes creerlo?

—¿Twilight estuvo detrás de eso…? —parpadea Briar, pasmado— Vaya…y yo que quería darle mis felicitaciones al genio detrás de tal proeza. Creo que, por esta vez, lo dejaré pasar —. Demonios. Si no supiera toda la cantidad de mierda que sé de él, sin duda diría: ¡Que huevos se carga! Pero luego recuerdo que mi hermana está embarazada de esos huevos y me retracto —bebe un sorbo de su brebaje—. Arg…que cringe.

—Jajaja…al menos no pierdes tu sentido del humor —sisea Handler, sutilmente atraída por su encanto natural—. Subteniente, en verdad necesito de tu ayuda. No te cité realmente solo para emborracharnos. Yo tengo que cuidar a mi mejor hombre y tú, a tu mejor mujer. De tal forma que ambos, salgamos bien parados de esto. ¿Cooperarás conmigo?

—Eso depende —bosqueja el pelinegro, arqueando una ceja— ¿Me devolverá el diamante?

—No. Nunca —determina—. Es mío. Lo siento.

—De acuerdo. Entonces lo daré por perdido —exhala, rendido— ¿Qué hay del dinero de mi familia? No puedo irme a la quiebra. Necesito mantener a mi hermana. Mas ahora…

—No te lo puedo devolver, lamentablemente —murmura la pelirroja—. No cuento con tal solvencia monetaria. Pero si te puedo garantizar, mi ayuda económica al respecto.

—¿Me va a indemnizar o algo así?

—En parte si —Mercader abre su chaqueta y extrae un talón, con lápiz en mano—. Tómalo como una pensión alimenticia, si deseas. Te daré un cheque mensualmente, para que puedas solventar los gastos de ese bebé. Lo hago en nombre de Twilight.

—Je…—bufa, en respuesta—. Ojalá fuese solo dinero lo que necesita mi hermana…

—Lo sé. Nada reemplazará al calor de un padre abnegado o el de un marido cariñoso. Ni si quiera este papel de mierda —lo firma—. Pero es eso, o nada. No te puedo ofrecer algo que no depende de mí.

—¿En dónde está ahora, ese infeliz? —berrea el muchacho— ¿Al menos sigue en Ostania como para poder rastrearlo?

—No creo —concluye Sylvia, entregándole el documento en sus manos—. Es astuto, como un viejo zorro. Si realmente sabe lo que le conviene, se mandó a perder. Seguramente ya dejó el país. Aun no me contacta. Aunque muy dentro de poco, tendrá que hacerlo. Es su trabajo.

—Si lo hace —acepta el pliego, guardándolo en su pantalón— ¿Me lo diría?

—Lo dudo. No esperes tanto de mi —regresa a su posición, alzando la mano para pedir la cuenta—. No olvides que este no es ningún favor. Solo quiero que me dejes seguir haciendo mi trabajo, sin que yo intervenga en el tuyo.

—¿Por qué hace realmente todo esto? —repara el policía—. Dudo sea solo por cariño a su queridísimo Twilight. O su neonato.

—Vamos. No soy tan sentimental tampoco —se encoge de hombros—. En realidad, solo le estoy devolviendo el favor a un viejo amigo. El general Briar intentó salvarnos la vida. Es lo mínimo que puedo hacer. Salvar la de su nieto.

Pero eso…es muy sentimental, de hecho —carraspea— ¿Y qué pasa si esto no es suficiente para mí? —revela Yuri, injuriado—. Que pasa, si deseo venganza. Si requiero tomar cartas en el asunto al respecto.

—Bueno, siempre puedes recurrir a lo legal ¿No? —se levanta, cogiendo su abrigo—. Tengo entendido, que incluso contrataron a una buena abogada. Sin duda ella les ayudará a meterle una demanda o algo así. No sé. No me interesa realmente. Me voy —le estrecha la mano—. Un placer hacer tratos contigo, Yuri Briar.

¿Trato? Un momento. Esto no es ningún negocio —junta el entrecejo, estrujando su mano con vehemencia—. Oiga, no pretendo que se desentienda de este tema. Al menos asegúreme que mi familia estará a salvo de esos "hostiles" como mencionó. La chica que tenía a cargo de mi seguridad…bueno…—desvía la mirada, abochornado—. Ella también era parte de la farsa. ¿Me dará algún guardia o…?

—Pierde cuidado, Briar —veredicta Sylvia—. Nadie los va a tocar. Tienes mi palabra de honor. Y en cuanto a tu vigilancia, me encargaré personalmente de mantenerte muy cercano a mí.

—¿Al menos nos va a visitar?

—Quien sabe —sisea, soltándose bruscamente de su agarre—. Quizás, un día de estos. Adiós.

—…

Lo cierto es que ambos han sellado un pacto íntimo de confidencialidad. Todo esto, amparado de cara a la lóbrega noche que los envuelve. Para ella, ha sido solo una transacción más. Como cuando cierras un trato de negocios. Para el menor, es mucho más que un simplón acuerdo de palabra. Siente que la mujer se ha comprometido de cuerpo y sangre a protegerlos. Ya sea impulsada por el sentimiento arcano de su padre actuando sobre un bien común o porque se ve a sí misma, comprometida con la causa de un futuro heredero para la familia. Sea cual sea el resultado, el efecto es ventajoso para él. Contar con el amparo de "Mercader", es una puerta abierta hacia otros márgenes de su realidad. Un punto de vista distinto. Yuri regresa a su asiento, examinando los hielos semi derretidos en el fondo del vaso. Nunca antes tomó whisky. Es costoso. Y no carga ni un duro en los bolsillos. Pero ese cheque cuantioso, lo vivifica. Exigiendo uno igual, de segunda ronda. Solitario, en medio del gentío de insurrectos, llega a una conclusión. Una, que marcará su paso hacia un futuro resentido y malintencionado. La venganza…

No me importa en donde estés ahora, Lotty. Te voy a buscar. Te cazaré. Te encontraré. Y te haré pagar por todo el daño que le hiciste a mi hermana. Te lo juro, por lo más sagrado. Te lo juro, por mi madre…

[…]

—Bienvenido, señorito —Frederick coge sus maletas, subiendo las escaleras de la entrada— ¿Le ha sentado bien el viaje?

8 meses después. Mansión Briar. 17:19PM. Viernes.

—Todo tranquilo, gracias al cielo —determina Yuri, caminando detrás— ¿Mi hermana?

—En el salón, señorito —advierte el mayordomo—. Está con sus amigas ahora mismo. ¿Desea que le prepare un té?

—Si, por favor —sisea el uniformado, deteniendo el paso sobre el pasillo—. Ah. Frederick. Traje unos dulces de Sueden. Quisiera que mi hermana y las demás chicas los probaran. ¿Puedes servirlos y llevarlos al salón? Estaré con ella.

—Sin duda. A la orden —asiente, pueril.

—¡Kyagh! ¡Yor! —chilla Millie, jocosa— ¡Se ha movido! ¡¿Si que lo hizo?! ¡Chicas, acérquense a tocarla!

—¡¿Qué?! —vociferan unánime, corriendo a su abultada pancita.

—¡Oh! ¡Si es cierto! —exclama Camilla, briosa— ¡Si está dando pataditas!

—Yo digo que es varón —especula Sharon, en un costado—. Insisto. Por experiencia propia, porque tengo dos hijos ya.

—Nah —determina Myers, febril—. Es niña.

—¿Cómo estás tan segura de eso? —impugna Camilla, contradiciéndola—. Es demasiado inquieto para ser niña.

—Por favor, chicas —exhala la pelinegra—. Al menos dejen que Yor nos de sus impresiones. Ella mejor que nadie sabe de lo que se trata —la afrenta— ¿Y bien? ¿Tú que crees?

—¿Huh? ¿Eh? —Yor hace una pausa, ruborizada hasta las orejas. Timorata, lleva ambas manos a su vientre. Y confiesa—. Bu-Bueno…realmente no sé cómo funciona esto. Soy primeriza, como podrán ver. Pero… ¿Saben? Sin caer en especulaciones extrañas…creo que si es niñita. Durante todo mi proceso de gestación, apenas se ha movido. En algún punto, hasta me preocupé —añade, relatando su experiencia—. Visité al doctor del hospital, pensando que quizás, no estaba con vida. Pero luego de varias ecografías sin duda me dijo que solo era demasiado pacífica. Digamos que…—murmura, cariñosa—. Es muy tranquilita…

—Es como decía mi abuela —comenta Camilla, divertida—. Todo depende el padre. Incluso mamá solía decir, que-…

Todas callan de golpe. Casi fulminándola con la mirada. Como quien se desubica con un comentario mal habido.

—¡¿Qué dije?! —no entiende.

—Camilla —masculle Millie—. Ya dijimos que no hablaríamos de ese tema. No hay padre aquí ¿Ok? No se necesita realmente. Yor es muy apta por si sola.

—¡S-si! ¡Lo entiendo! ¡Pero yo no hablaba en ese ámbito! —intenta arreglar su postilla, burlada— ¡Yo hablaba de-…!

—Tranquilas chicas, no estoy ofendida ni mucho menos injuriada ¿Sí? —determina Yor, templada—. Por favor, tampoco pretendo que lo vean desde ese punto de vista. Ya les dije lo que pasó. Mi marido se tuvo que ir por negocios y ya está. No sigan repitiendo cosas que no pasaron ¿De acuerdo?

Las tres amigas se miran entre sí, a sabiendas de que tal relato no es ni por asomo, parte de la realidad. Están muy conscientes de que Loid Forger la abandonó. Pero ¿Caer en tales agravios? No le hace bien ni a la madre ni a la relación que intentan mantener. Camilla recula en el acto, modificando radicalmente el tema de conversación.

—Bueno. Y si ya estas convencida de que es niña —argumenta la rubia— ¿Ya elegiste un nombre entonces?

—Claro —revela Briar, ensimismada con la calidad concurrida de una mujer; a portas de ser madre—. Su nombre será "Anya". Ya lo decidimos con mi esposo. Se que no ha podido venir mucho. Pero nos mantenemos al habla por teléfono y es un hecho —falsea.

—¡Me-Me parece un nombre fenomenal —chilla Millie, contenta— ¡Anya! Jejeje…

Anya Forger —enjuicia la joven heredera, determinada—. Ese será su nombre.

¿En serio le dará el apellido de ese infeliz? —Camilla mira a Sharon— ¡¿Pero?!

Tu cállate. Y deja de aportillarla. Apóyala —le devuelve, escuetamente.

Ay, Yor. Yo no…—Millie desvía la mirada, descalabrada.

—¡Dulce y querida Hermana! —exclama Yuri, desde la puerta— ¡Ya vine!

—Pero si es, el subteniente Briar en persona —declara Camilla, divertida— ¿Vacaciones?

—Nah. Solo cosas de trabajo —carcajea el pelinegro—. Lo que sucede es que-…

—Joven Briar —advierte el mayordomo, murmurando en su oído—. La abogada ya está aquí. Trae avances importantes.

De acuerdo. Haz que pase —determina el uniformado— ¡Chicas! Me alegra tanto que hayan acompañado a mi hermana en este proceso. De verdad, muchas gracias. Pero ahora mismo vengo llegando de un tedioso viaje desde la frontera y desearía poder tener un tiempo a solas con ella. ¿Me permiten este pequeñito favor?

Las tres muchachas se levantan casi al unísono, haciendo amago de indulgencia a la hora de salir por la puerta. Se despiden Yor, en un beso sincero de contra mejilla. Aunque entre cuchicheos y cotillas se desarmen entre sí. Es el mismo sirviente quien las escolta hacia la salida. Casi al mismo tiempo, en que Martha Marriot ingresa al recinto.

—Jujuju —ríe el pelinegro, masajeando y apoyando su mejilla contra la pancita de su familiar—. Cosita linda. Hola ¿Cómo estás? Ya llegó tu tío favorito, jeje. ¿Te portaste bien? Traje dulces para ti, pequeñita.

—Ay, Yuri —bosqueja Yor, cual apacible figura transpuesta; desbordante en ternura—. Tontito, no la atosigues tanto.

—Yo podría ser su padre ¿Sabias? —sugiere—. Pero no te dejas.

—Ya lo hablamos…—exhala deslucida, la mayor—. Ella ya tiene un padre. Por favor, no empieces con eso. Es medio enfermizo. ¡Ah! —exclama— ¡Martha! Bienvenida ¿Nos trae buenas noticias?

Tsk. Lotty jamás será su padre —piensa el muchacho, mosqueado—. Solo es su progenitor. Ni al caso. ¿Quién mierda lo necesita? Yo puedo hacerme cargo de ella.

—Mas que solo buenas noticias, joven Briar —profiere la procuradora, sentándose frente a ella y extendiendo un par de legajos sobre la mesilla—. La demanda fue acogida por la fiscalía. Todo salió acorde a lo planeado. Aunque conociéndola, le tuve que traer dos opciones. Una, es que firme ese documento del registro civil, que ampara su legítima defensa de divorcio; anulando su matrimonio mediante estafa. Y la otra, es que su marido pueda devolverle los bienes a su familia con un poder simple, más bien judicial —revela—. Lo que usted estime conveniente.

—Anulen el matrimonio —demanda Yuri, inoportuno—. Obvio. Ni que darle vueltas —coge el papel y se lo enseña a su hermana—. Vamos, firma, hermana. Y terminamos con esto.

—Un momento —endosa Yor, aturdida— ¿Esto que significa? Digo, si quisiera anular mi matrimonio con Loid Forger. ¿Qué consecuencias trae?

—Bueno, dado que es por estafa. Malversación, engaño y una seguidilla de errores —advierte Marriot—. Podrá incluso refutar la naturaleza de su bebé. Dándole el padre que guste, a futuro. Solo será suyo, por herencia. Un Briar, sin mayores miramientos.

—Me niego —objeta.

—¡¿Qué?! —brinca el militar.

—Quiero que mi bebé nazca con su apellido —lauda la fémina—. No me importa si es falso o no. Lo deseo así.

—Ya cavilé este argumento —murmura la jurista, extendiéndole el segundo diploma—. Si no es así, entonces tendrá que convencer al progenitor y, por ende, su esposo, de devolver los bienes mediante este precepto. Debe firmarlo el, obviamente. No hay forma de que sea lo contrario.

—Acepto esto último —declara la menor, cavilosa—. Lo firmo —coge lápiz— ¿Aquí?

—¡Un-Un segundo! ¡Hermana! —chilla el uniformado— ¡Yo no-…!

—Listo —completa— ¿Qué sigue ahora?

¡PERO! —Yuri se va a la chucha.

—¿Qué sigue ahora? Bueno…—Martha coge todo y lo regresa a su portafolios, despejada—. Nada. Ahora debe conseguir la firma del joven Forger y ya está. Oficialmente, no ha aceptado abolir su matrimonio con él. Aunque no revocar este compromiso, me resulte descalabrado, tiene sentido. He dejado muy en claro que le importa su relación con él, por sobre su economía.

—Usted no lo entiende aun ¿Verdad? —Yor frunce el ceño, fulminándola con la mirada—. Esto no se trata solo de dinero. Esto e-… ¡Nghn! —se interrumpe, retorciéndose en su lugar—. Dios mío…

—¡Hermana! ¡¿Qué pasa?! —se espanta.

—Dios. No sé. Yo no…—se retrae en su asiento, adolorida.

Logrando apenas emitir palabra alguna en respuesta, Yor se arroja hacia la alfombra, retorciéndose de dolor. En un par de abrir de ojos, dicho tapiz se empaña de un rojo violento, extraído de su propia entrepierna. El caos, se apodera de la mansión. La chica acaba de romper la bolsa y a entrado en estado de parto, sin que nadie pueda cuestionarlo. Ni mucho menos, esperarlo.

—¡El bebé ya viene! —exclama aturdida, Yor Briar— ¡Yuri! ¡Llama a una ambulancia!

—¡Mierda! —corretea por aquí y por allá, el pobre hombre— ¡Mierda, mierda, mierda, mierda, MIERDA! ¡HERMANA! ¡YO NO-…!

—¡Ya serénese, señorito! —Frederick lo ataja en el pasillo, cacheteandolo en el proceso— ¡Se controla! ¡¿Ok?!

—Me controlo…—regresa a sus cávales.

—Vamos a llamar al hospital —coge el teléfono y lo lleva a su oreja—. No, sala común. ¿Anexo militar?

—Eh…—despabila—. 1349.

—Bien —marca— ¿Buenas? —argumenta—. Es Yor Briar. Está en proceso de parto. Por favor, traer una ambulancia cuanto antes —asiente—. Solo esperaremos 5 minutos. De lo contrario, la llevaremos nosotros. De acuerdo. Adiós.

—¿Qué se supone que tengo que hacer en estos momentos? —cuestiona el varón, menoscabado— ¡Ayúdame!

—Vaya donde su hermana y dele ánimo. Consuélela —declara el sirviente—. Tome su mano y ayúdela a respirar. Es todo lo que puede hacer. Vamos.

—¡S-Si! ¡Voy!

[…]

—¡Un último empujón, joven Yor! —alienta la partera— ¡Uno más! ¡Vamos! ¡Usted puede!

—¡Ay, dios! —exclama al techo, destruida— ¡Loid…! ¡Nngh! ¡AHHH!

Hospital de Berlint. Domingo 15 de agosto. Pleno verano.

—Es una niña, señora Forger —revela la enfermera, portando al recién nacido entre sus brazos—. Está muy sana y briosa. Pesó 3.4 kilos. Que músculos y que vigor. Lloró poquito. Es muy tranquilita. Tiene mucho sueño.

¿Señora Forger? —Yuri endurece el semblante, asqueado. Pues ha escuchado la conversación desde el pasillo—. Oigan. No me-…

—Es maravillosa…—ríe Yor, extasiada y repleta de cariño—. Por favor, permítanme tenerla entre mis brazos.

—Toda suya —se la entrega, la matrona—. Enhorabuena. Que increíbles genes tiene. Fue analizada por nuestros especialistas Ostanianos. Terminó todo su desarrollo embrionario en corto plazo. Si me permite, yo no-…

—No. Lárguese —reclama Yor, envolviendo a su pequeña entre los brazos—. No vuelva más con ideas estúpidas. Desaparezca.

—S-si…señora, Forger. Con permiso…—se retira.

Tu eres mi tesoro. Todo lo que tengo y siempre quise —sisea una cansada Yor, arrimando su mejilla contra su bebé—. Anya…mi linda y dulce Anya. Me hija — Loid…sé que no estás aquí para verla. Pero no me importa lo que digan de ti. Se que no me equivoqué al elegirte. Mírala…en la distancia. Es…un milagro. El resultado de nuestro amor. Yo iré hacía ti. A donde sea que hayas escapado. Esta niña es tuya. Te juro, que pagarás por tus pecados. Lo juro, por nuestra hija…

—¡Usted no puede pasar! —reclama una enfermera, desde el pasillo— ¡Si no es el padre! ¡El protocolo dict-…!

—¡A un lado, joder! ¡Necesito ver a mi hermana! —protesta el subteniente, forcejeando— ¡Hermana!

—Ya guarden silencio ahí afuera —berrea Yor, menoscabada—. Callen la puta boca. Mi hija duerme.

—Soy su hermano. El subteniente Briar —protesta, bajando la intensidad de la voz—. Por favor, déjenme pasar. Es mi sobrina…

—De acuerdo, subteniente —accede la asistente, a regañadientes—. Pero que sea breve. La madre está muy agotada y luego de la cirugía necesita tiempo a solas con su bebé.

—Solo será un momento —sisea, más calmado—. Hermanita…—Yuri se aproxima hasta la camilla, maravillado con el primer reencuentro—. Dios santo…no puedo creerlo. Al fin está con nosotros.

—¿No te parece hermosa? —se la enseña, aletargada.

—Es…preciosa —murmura el pelinegro, con lágrimas en los ojos— Ahh…maldito Loidi de mierda. Mira lo que has hecho. Incluso si no estás aquí, no dejas de lado tu perfección —. Yo…mhm…—calla de golpe, fracasado. Acto seguido, desvía la mirada—. Perdóname. No pretendo ofenderte ni mucho menos menoscabar tu honra. Realmente estoy muy contento de que Anya esté con nosotros. Un bebé siempre será una bendición del cielo. Sucede que…

—Lo sé —suspira Yor, tomando la manito de su familiar con ternura—. Yuri…se cómo te profesas. Al igual que tú, yo también tengo sentimientos encontrados. Me concibo la mujer más dichosa del planeta. Porque al fin soy madre y cumplo un sueño. Sin embargo, al mismo tiempo, el rencor mustio del como pasaron las cosas me carcome por dentro. Finalmente, Anya es el resultado del amor y el desamor más pueril de todos —suelta su mano, reanudando las caricias sensitivas sobre la pequeña—. La veo y es como verlo a él. Recordarlo, a él. ¿No te parece una ironía? El hombre que más felicidad me ha dado…es el mismo que me la ha arrebatado.

—Hermana. Quiero que sepas, que…—traga saliva, decidido a declarar con firmeza—. Si quieres tomar represalias hacia Loid Forger, yo con gusto te ayudaré. Haré todo lo que esté a mi alcance.

—Yuri…la venganza no es buena —murmura, desviando la mirada.

—Bueno, sí. Pero entonces no lo veas de esa manera —aclara el militar, arrojado—. Llámalo justicia. Justicia a tus sentimientos. ¿Quieres que pague por todo el daño que ha hecho?

—Si. Lo quiero —asiente—. Aunque aún no sé de qué forma lo busco.

—¿En qué sentido?

—Causarle un daño físico a Twilight, no reparará nada —confiesa Yor, sin quitar los ojos de encima de su niña—. Ni si quiera uno monetario. Porque finalmente, es un hombre que vive de las apariencias. Él puede ir y venir, ser y no ser, lo que se le antoje. Siento que lo único que podría realmente hacerle compensar todo el sufrimiento causado, es el asumir su rol como padre.

—¿Quieres que se haga cargo de Anya?

—Nada arruinaría más su carrera y sus planes, que sentar cabeza —profesa la joven heredera, afrentada—. Tendría que renunciar a todo lo que conoce. Todo lo que es. Su mundo entero, se desmoronaría.

—Hermana, lo que sugieres no suena nada de mal. Pero ¿De qué forma podríamos exigirle a un hombre, ser padre de familia? —consulta confundido, el varón—. Es como esperar obligar enamorar a quien no nos ama.

—El me ama —refleja, inequívoca—. Lo sé. Y no tengo ni que preguntárselo para comprobarlo. Solo necesito que ese amor, llegue a Anya. Y con eso, no podrá escapar. Es imperativo de que vea a su hija y la reconozca como tal. Se que Twilight no la rechazará. Lo conozco, aunque parezca que no...

—En tal caso, debemos hallar una forma para enfrentarlo estratégicamente —reflexiona el policía, llevándose la mano al mentón—. Mhm. Aún no sabemos en donde está. Pero puedo comenzar a moverme para averiguarlo.

—Esa mujer —murmura la pelinegra, constreñida—. "Mercader" ¿Aun sigue depositando el dinero?

—Sagradamente, todos los meses —manifiesta el menor—. Se comprometió a hacerlo hasta que Anya cumpliera la mayoría de edad. Al menos, es lo que me prometió.

—Eso no suena conveniente para nosotros —espeta—. Mientras sigamos dependiendo económicamente de sus aportes, se verá en la facultad de seguirnos los pasos. Espiarnos de cerca.

—Aun lo hace —se encoge de hombros—. Me atrevería a decir que, de hecho, hay un par de sus hombres deambulando ahora mismo por el hospital. Ya se debe de haber enterado del nacimiento de la hija de Twilight.

—Tenemos que irnos de Ostania, Yuri —veredicta la fémina, con el ceño fruncido—. Al menos por un tiempo. Y de tal forma, que no sospeche que estamos huyendo de ella. Esa mujer no permitirá que nos acerquemos a mi marido. Lo necesita. Es su mejor soldado.

—¿Cómo dices? —pestañea, absorto ante su proposición— ¿Y a donde iremos?

—No lo sé. Pero lejos. A alguna nación aledaña —sugiere la muchacha, reflexiva—. Mientras nos siga rondando, no podremos hacer nada. Debemos hacerle creer que dejamos el país por negocios o algo así. A ti no te costaría nada inventar una farsa de ese tipo.

—¿Realmente me tienes tanta fe, hermana? —sus ojitos hacen agüita.

—Mucha. Eres un chico inteligente —le da un par de palmaditas en el antebrazo—. Y estoy cansada de que crean que somos unos estúpidos que no entendemos cómo funciona el mundillo. Si Twilight puede jugar a esto, nosotros también. ¿Estás conmigo en esto?

—Estoy de acuerdo y contigo hasta el final —asiente, ruborizado en halagos—. Déjamelo a mí. Moveré mis hilos. En cuanto puedas dejar este cuarto, nos vamos.

—Me va a costar sacar a Anya del país, sin la autorización de su padre. Sobre todo, ahora que está recién nacida —advierte—. Podría verse como traición a la patria o que estoy raptándola. Para evitar caer en tales especulaciones, usaremos el usufructo de tu posición en seguridad estatal —relata—. Si te acompaño en calidad de familia, podremos burlar los pasos fronterizos. Necesito que te consigas un permiso de traslado.

—¿Qué tienes en mente?

—Pues…—esboza, entusiasmada—. Un plan increíble. Casi digno, de la admiración del grandioso Twilight, jeje…

[…]

—¿Cómo que se fueron? —gruñe Sylvia, incomoda— ¿Qué me estás contando?

Dos semanas después.

—En verdad, lo siento mucho, Handler —expresa uno de sus cómplices—. Esta mañana fuimos como de costumbre a vigilar la mansión de los Briar. Y no estaban. Le pedí a uno de mis subordinados que se hiciera pasar por cartero y simulara entregar un documento. De paso, que le preguntara al mayordomo el estatus de la situación —añade—. El anciano confesó que Yuri Briar fue enviado en una misión de reconocimiento al norte de Sueden. "Trabajo doble", dijo. Al parecer hay tensiones políticas en tal nación. Y uno que otro traidor que debía apresar. Es lo que cavilamos.

—Y bueno ¿Qué mierda haces aquí parado? Síguelos —ordena la pelirroja, azorada—. Necesito que me den un reporte diario de todos sus movimientos. Por ningún motivo podemos tolerar que se acerquen a Twilight.

—¿Realmente cree que podrían estar buscándolo? —comenta, liado—. Con todo respeto, Twilight es non grato para esa familia. Lo que menos se me pasa por la mente es que lo quieran contactar. Lo odian, mercader.

—Bueno…ahora mismo, no lo sé —especula la bermeja, reflexiva—. No creo, realmente. Pero aun así, debo asegurarme y tener certeza. Si realmente es como dijo el viejo y solo es una cosa de trabajo, por lo menos lograré despejar dudas y estar más tranquila. No pienso correr ningún riesgo —adiciona—. Yor Briar ahora es un cabo suelto que no opto dejar en el tintero. Si bien fue madre hace poco, estoy al tanto de cómo piensan las mujeres. Finalmente, tiene una hija de él. Bajo ninguna circunstancia puedo permitir que Twilight se reúna con ella. Lo va a torcer como una ventolera a una rama. Conozco a mi caballito de batalla —demanda, entregándole un par de sobres. Con dinero suficiente y pasaportes—. Vayan tras ellos. Escudriñen sus pasos. Persíganlos. Hostíguenlos. Discretamente. Y cuéntenme como les fue.

—A la orden —asiente sumiso, el hombre.

No. En el fondo…puede que solo me esté dejando llevar por majaderas impresiones. Pero no olvido las palabras de Nightfall, una de las tantas noches que nos juntamos —se mordisquea el pulgar—. No fue una aclaración del panorama. Fue una advertencia. Me dijo…

«Yor Briar no es la clase de mujer que Twilight piensa. La ha mirado a huevo. Un craso error en este rubro, es subestimar al objetivo. Esa chica finge no saber muchas cosas, pero en el fondo lo sabe todo. Interpreta a la perfección su papel. Posiblemente, porque así fue criada. Hija de un padre militar. Para darle la razón a otros, siendo ella quien dominaba la orquesta. Hay que irse con cuidado. Es capaz de todo. Hasta lo más impensado. Si realmente quisiera proponérselo, seguro sería una mejor cómplice que yo. ¿Quién me asegura, de que no busque reemplazarme? Tiene pasta para el tema. De amiga es buena. De enemiga…es hora de tomar resguardos»

—No hay forma, de que me engañes, Yor Briar —sisea Sherwood, de cara frente a un espejo—. Twilight no es el único moviendo piezas en el tablero. Será mejor que te alejes de él. Porque de lo contrario…no tendré de otra que unirme a la causa…

[…]

—Gnh…mhm…—balbucea aquejumbrado, entre la penumbra— ¿Qué demonios? ¿En dónde estoy?

Volvemos al presente.

¿Qué pasó? Siento como si algo me hormigueara en la pierna derecha, a la altura del muslo. Me arde. Como un piquete agujereándome, cual avispa clavándome su lanceta. ¿Aun sigo en el Kremlin? Ah, carajo. Estoy mareado. Me toma trabajo poder enfocar bien, el entorno que me rodea. No puedo mover las manos ni los pies. Ya veo. Estoy atado de muñecas y tobillos. Al menos me reconforta saber que no me morí. ¿El barón no me había disparado en ese momento? Noto que finalmente no me mató. El maldito cabrón estaba realmente enajenado cuando me abordó. ¿Se acobardó acaso? ¿Por qué? Intento decir algo, tentado a un apremiante argumento. Pero mis labios no se agitan. En efecto. Tengo una pañoleta metida en la boca. Me amordazaron también. Puta madre. En cuanto mis ojos recaen cercanos a la ingle, diviso un torniquete mal hecho. Algo de sangre esparcida por el suelo y la coloración morada que tomó la herida. Demonios…no era una farsa ni un espectáculo montado para robarme dinero. Realmente, si me pegó un balazo. Aunque uno muy estratégico por lo demás. Se aseguró de que no pereciera en el proceso. ¿Para qué mantenerme con vida? Si lo único que anhelo es…morir.

Debilitado, batallo contra mi propia existencia. Azoto mi espalda y parte de mi nuca contra el paredón; asegurándome de emitir suficiente ruido hosco como para llamar la atención de alguien. Pero lo cierto, es que nadie viene a mi socorro. ¿Así es como funciona en Rusalia? ¿La gente por acá primero tortura para finalmente, fulminarte? Tiene sentido. Esta gente está muy atrasada socialmente en el escalafón nacional. Su sistema político pseudo imperialista declara una potestad arcaica que ningún otro país reconoce.

De acuerdo. Supongo que…primero han de descuartizarme para luego morir. Natural…

La puerta frente a mí, se abre de par en par. Permitiendo que un haz de luz blanca me encandile por unos segundos. Me vulnera las pupilas. Instintivamente, cierro los parpados, adolorido. No logro dimensionar quien me asalta. Se cierra tras un portazo. Escucho a lo lejos un par de tacones acercándose. Asumo instantáneamente que es una mujer. Aun sin prestarle del todo mi atención, me quita el pañuelo de la boca. Me dice.

—Mírame.

Reconozco la voz. Es la baronesa Rumanuv.

—Baronesa —exhala Loid, con los labios agrietados—. Tengo sed…

—¿Quieres agua? —la rubia le extiende el boquijo de una botella, colmada de líquido; levantando su mentón para acercarlo a sus labios—. Bebe.

—Gracias…—carraspea, tomando un sorbo—. Que amable de su parte.

—Amabilidad es mucho para ti —sisea la mujer, retirando de golpe la ampolla—. Pero soy indulgente. Durante la guerra, tuve que ayudar a muchos individuos que tenían tu rostro. Pobres diablos, que nunca vieron la luz del sol.

—Somos dos en eso —declara Forger, devastado—. Yo también estuve en el frente. Vi morir a muchas personas. Y cada vez que pude, no dudé en tenderles una mano.

—Ya veo —se alza imponente, frente a el—. Así que, en algún momento, fuiste un buen samaritano con el prójimo.

—Se equivoca, baronesa —murmura Loid, avergonzado—. Jamás me he considerado un buen hombre. Solo cumplía con mi deber. Seguía órdenes.

—Como un perro faldero. Obediente y sumiso —sisea.

—En efecto —admite, sin rencor.

—Eso suele pasar con los perros —espeta la muchacha, encendiendo un par de luces dentro del cuarto—. Los adiestran tanto, que luego se acostumbran a seguir recibiendo ordenes por el resto de sus vidas. Es muy extraño que intenten revelarse contra sus amos y tomar caminos separados. Nunca sueltan la correa.

—Una vez más, se equivoca en ello —masculle Twilight, descalabrado—. Claro que rompí esa correa. Me alejé de todo eso. Para poder construir mi propio sendero. Y tomar mis propias decisiones.

—¿Y a donde te llevaron esas decisiones?

—A nada bueno, supongo —consiente, el varón—. Sin darme cuenta, caí ingenuamente en el yugo de otro poder factico que buscaba sacar provecho de mis habilidades. A lo cual, no recrimino nada. Porque no me siento mal por ello. Solo…

—¿Solo…?

—Solo…lamento una cosa —revela, con la mirada humedecida en un posible llanto—. Y es haber dañado a ciertas personas en mi pasado, que realmente me importaban.

Silencio sepulcral en el ambiente. Tras una pausa prolongada, la mujer toma la palabra.

—Loid Forger. Te informo que ahora mismo estás bajo arresto, según el estatuto número 20.871. Del código penal de Rusalia —explica, azorada—. Tentar encontrarse a una mujer de la aristocracia, es penado con cárcel. Serás enjuiciado por eso y llevado a la horca. ¿Algo que decir al respecto, en tu defensa?

—Nada, señora —concede el ojiazul, cabizbajo— ¿Qué voy a decir cómo amparo? ¿Qué me pareció atractiva y quise acostarme con usted? Es absurdo.

—¿Realmente, te parezco atractiva? —lo increpa.

—Bueno, ya que me van a matar por esto —exhala, entre que se siente frustrado y estimulado—. Si. Obvio. Lamento si en algún momento tergiversé todo. Es que verá…por la forma en cómo me miraba y yo a usted, pensé torpemente que había tensión sexual y me arrojé a cortejarla en el proceso. ¿Qué más puedo declarar? —añade, derrotado—. Si me van a colgar, de acuerdo. No sabía que en Rusalia, abordar a una mujer encantadora para tener una noche de pasión era considerado pena de muerte. Me disculpo de ante mano, por tal injuria. No quería…

—¿Es porque te recuerdo a tu amada? —murmura la baronesa, pueril— ¿Me ves a mí y piensas en Yor Briar?

—Si. Sin duda lo hago —admite Twilight, alzando el mentón, sensitivo—. Pero ahora que la veo mejor, estoy consciente de que no es ella.

—¿Por qué dices eso?

—Es que Yor, no es cruel. Nunca, jamás, se me hubiera pasado por la mente que me "secuestraría" y me tendría de rehén, amarrado de esta forma —reprocha, removiéndose en su lugar—. Además, me pegaron un balazo en la pierna y bastante me duele. Si pudiera acabar con mi agonía ahora mismo, le pediría que-…

Eres…un imbécil, Twilight.

—¿Ah…?

Perdón. Pero. ¿Qué dijo? ¿Escuché bien? ¿Realmente me llamó…? ¿Twilight? ¿Pero esta mujer de que va? Un segundo. Paren todo. ¿Cómo es que…? De cara la realidad más insana jamás antes contada, aquella baronesa que en algún momento se profesó indómita frente a mí, se jala de del flequillo hacia atrás, revelando a todas luces que solo portaba una peluca. ¿No es rubia? Basta. ¿Qué significa esto? De un momento a otro, se quita las lentillas. No tiene ojos azules. Y el vestido. Y los tacones.

¿Qué cojo-…? ¿Q-…? ¿Ah-…? ¿Y-…?

—¿Yo-…? —masculle, atonito con lo que presencia— ¿Yor…? ¿Yor Briar…? ¿Eres…tu?

—Ahh…que fastidio —rezonga Yor, despeinándose hastiada en el proceso—. Eres terrible, Loid. Siendo el hombre tan profesional que tanto te jactas ser, no te diste cuenta ni por un segundo, que era yo. Me decepcionas.

—…

—¿Por qué me miras como si quisieras cortarte las pelotas? —berrea, atosigada de vergüenza.

—Porque realmente quiero hacerlo. No te miento —exclama el rubio, destartalado— ¿Qué mierda…?

—Ni mierdas, ni nada —bufa Briar, incomoda—. Nighftall tenía razón. Perdiste todo el toque. Como se ve que te hacía falta en tu vida, eh. Eres patético.

—¿Night-…? Un segundo. ¿Cómo carajos conoces nuestro pseudo-…?

Desde el exterior del cuarto, brotan todos. Todos y cada uno de sus jodidos cómplices. ¡Los que supone, eran mis amigos! ¡¿Qué chucha?! Franky, Fiona, Yuri; quitándose de mala gana el bigote del barón. ¡Puto imbécil! ¡¿No eras su esposo!? Y como acto culmine del teatro, Sylvia Sherwood. Ah, claro. Mercader. La historia se cuenta sola. Manga de traidores solapados. ¡¿Se confabularon todos en mi contra?! ¡VAYAN A VER!

—¿De quién mierda fue esta idea? —pestañea absorto, el ojiazul — ¿Ah? ¿Quién fue el payaso?

—Aunque te duela, fue de Nightfall —inquiere Franky, soltándole de manos y pies—. Digamos que se cansó de verte en tu versión más Emo.

—Perdón —Fiona se encoge de hombros, derrotada—. Creo que mereces…ser feliz de una buena vez.

—Lo siento, Twilight —advierte Handler, divertida—. Lo cierto es que luego de tantos meses siguiéndolos, me di cuenta que era imposible borrártela de la cabeza. Y ahora más que nunca, debes reencontrarte con ella.

—¿Con ella? —parpadea estupefacto, el estafador— ¿Con quién?

—Con ella —sisea Yor, cargando a la bebé entre sus brazos. Misma, que ha traído su propio hermano al baile—. Loid Forger. Quiero que conozcas a tu hija. Su nombre es Anya. Y está ansiosa por familiarizarse contigo…

¿Tengo…una hija? ¿Ya nació? Esto es…

—¿Es-Es mía? —consulta Twilight, abrumado por la cantidad de sensaciones—. Pero…

—Totalmente tuya, marido —explica Yor, jocosa—. Anda. No sientas miedo. Tenla un momento entre tus brazos. Siéntela...

Esto tiene que ser una broma. ¿Era acaso una especie de programa de cámaras encubiertas en donde todos eran cómplices del mismo timo? Porque de lo contrario, no había cabida para asimilar que literalmente, todo mi circulo más cercano se hubiese coludido para tenderme una trampa. Una de esas, en donde me acorralan para asumir algo de lo cual, ni si quiera me sentí afrentado por ello en un primer comienzo. ¿Qué planeaban? ¿Qué de pronto negara la existencia del embarazo de Yor? Yo ya estaba consciente de él. ¿No se suponía que Sylvia buscaba a todas luces, separarme de ella? ¿En qué momento se volteó la historia? Ah. Como de costumbre en mi subsistencia, nunca he tenido realmente el poder ni liderazgo de la situación. Finalmente, solo seguía órdenes. Dictaminadas por un estilo de vida nefasto que, con mucha vergüenza, renegué como una forma de evitarles problemas a ambas. Me refiero, a la mujer que amaba y a…nuestro futuro heredero. Sin embargo, ahora que las tenía de frente y sin posibilidad de reparar en excusas triviales, percibir la tibieza de una pequeña niña entre mis brazos colmó mi corazón de lozanos devenires.

Yo realmente no estuve ahí durante el proceso de gestación. Había huido cual cobarde, dejando desamparada a la única persona que me importaba en este mundo. A sabiendas que encima, cargaba en su vientre a esta maravillosa criatura. "Anya". Era su nombre. Pegó un bostezo somnoliento de esos que te descalabran los huesos. Era tan chiquita. Tan menudita. Tan…puritana. Y yo un completo bastardo.

Rompí en llanto. Asfixiado por el sentimiento de paternidad más abnegado, existente. Mi corazón estalló, abrumado por haber tenido que fingir durante todo este tiempo, que ni el ser más desalmado se asemejaba a mí. Era remordimiento, lo que finalmente me desgarró desde las entrañas. Verme forzado a representar un rol de hombre que nunca fui, acabó con todo mi mundo. Lo que me rodeaba. Todas y cada una de mis facetas, de mis delictuales infracciones; se incineraron frente al futuro. El estafador internacional. El ladrón, de los mil rostros y nombres. El don Juan mujeriego, amante de lo indómito. El melifluo cómplice arpío. Incluso aquel soldado del Oeste.

Yor me estaba sonriendo, como si nunca hubiese existido dolo de mi parte. No sé si me lastimó más, el comprender su abrigador perdón. O el hecho de tenerlos a todos a mi alrededor, observantes. Expectantes, a la transmutación que estaba a punto de sufrir. De pasar a lo que una vez fui, a lo que sería a partir de esa noche. Ella me rodeó entre sus brazos, sin agravio del retrospectivo pasado amargo que nos envolvía. Descifrando en su calor, lo que un niño huérfano perdió alguna vez en la guerra. A sus padres y sus seres más queridos; correspondí. Ya nada me ataba a vivir la aventura que alguna vez, soñé a su lado. Llevar una vida dotada de amor fraternal, formando mi propia familia. Mi, familia. La amo tanto…

A ella…y a esta pequeña bebé que aletargada se remueve entre mis manos, flojita.

—¿Sería demasiado pedir? —siseó Forger, regresando la visual hacia Mercader—. Quisiera…empezar de nuevo.

—¿Qué tonterías dices, Twilight? —carcajeó Sylvia, animada—. No me mires como si estuvieras pidiéndome permiso. Eres libre ya, de hacer lo que quieras con tu vida. ¿Qué es lo que tanto te atormenta?

—Ya no deseo seguir siendo, lo que una vez fui —aclara Loid, entre balbuceos endebles—. Quiero ir a casa…

—Ya estás en casa, Twilight —expresa Fiona, asintiendo con vehemencia. En lo que los observa a ambos, bosqueja— ¿Qué no lo ves? Están tu mujer y tu hija aquí, contigo —añade—. Tranquilo. Ya no temas. No interferiré más. Ya entendí.

—¿Realmente, tu…? —cuestiona el rubio, pasmado— ¿Me estás dejando ir?

—¿Me ves quejándome? —la peliblanca se encoge de hombros.

—Todos lo estamos haciendo, Lotty —berrea Yuri, agraviado—. Aunque yo, con más bronca que otros. Ya no tiene caso seguir haciéndote la guerra. Queramos admitirlo o no, el conflicto bélico entre Ostania y Westalis, acabó hace años —admite, derrotado—. Y mi hermana, te ama de verdad. Así que… ¿Qué dices? ¿Deseas volver?

—Si, quiero hacerlo —murmura Forger, acariciando con ternura la mejilla de Yor Briar—. Con mi amada esposa y mi hermosa hija. Pero, yo no-…

—Arg. Que fastidio —Sherwood rueda los ojos, hastiada—. Vale. Si es lo que estabas esperando escuchar, te lo diré. Estás oficialmente, despedido. ¿Contento?

—Mucho —ríe el ojiazul, repleto de júbilo ante su respuesta—. Acepto mi despido.

—Que desperdicio de hombre, dios…—rezonga la pelirroja, cruzándose de brazos—. En fin. Nada que hacer. Se le ocurrió sentar cabeza. Ya podré conseguir a alguien tan bueno como él.

—Yo estoy disponible, por si acaso —Franky alza la mano.

—Meh. Tampoco estoy tan desesperada —refuta la fémina—. No abuses.

—¡Gah! —Franklin se va a la chucha— ¡¿Pero…?!

—Al menos lo intentaste, rizos —Nightfall le da unas palmadas en la espaldita, a modo de consuelo—. Handler. Lo cierto es que no tengo problemas en reemplazar a Twilight. Créeme. Tengo pasta para este trabajo.

—¿Qué dices? —cuestiona la traficante, pasmada— ¿Realmente quieres seguir con esta clase de vida? Creí que estabas harta.

—¿Por qué no? —revela Frost, examinando a la feliz parejita frente a ella; con desazón—. Twilight ya encontró lo que buscaba. Era su destino. En cuanto a mí, aun no sé que me depara el futuro. Pero no pretendo quedarme aburrida llevando una vida monótona. Que fastidio. Necesito acción —suspira— ¿Alguna nueva misión que encargarme? Quisiera llevarme al enano del afro conmigo ¿Puede ser?

—¡Nightfall! ¡Tu! —chilla el cuatro ojos, obnubilado.

—Mhm…bueno —musita, recapacitando—. Ciertamente me parece medio vulgar contar con el tipejo este. Pero te hará falta una mano derecha para el trabajo. Así que ¿Por qué no? Siempre y cuando no t-…—se gira hacia los Forger.

Te eché mucho de menos, mi amor —balbucea Loid, frotando su naricita contra la suya de modo cariñoso—. Te prometo nunca más, abandonarte ni a ti ni a nuestra hija. Estás preciosa… ¿Sabias?

Y yo a ti, mi vida…—sisea Yor, enternecida por sus gestos. Depositando besos castos por todo su rostro—. ¿Qué dices? Tú lo estás más. Hueles muy rico, jeje. Estás perdonado. Cuando lleguemos a casa, vamos a…

—Puaj. Demasiadas muestras de cariño en poco tiempo, me empalagaron —bufa Sylvia, saliendo por la puerta—. Ya no los aguanto ni un segundo más. Ya tendrán tiempo de reconciliarse, tortolitos. Me largo de aquí.

—Vamos a casa —expresó la joven madre, aferrada al antebrazo de su marido—. Yuri ¿No vienes? Estás todo tieso ahí…

—Hermana…—murmuró el menor de los Briar, compungido—. Yo también quiero…trabajar con Nightfall.

—¿Cómo dices? —cuestiona su familiar, pasmada— ¿Insinúas que quieres ser contrabandista o algo así? Creí que habías dicho que era un trabajo indigno y poco honorable.

—Bueno, no te ofendas. Pero…técnicamente ya lo era —el militar se sobrecoge en su lugar, analizando las reacciones de Fiona por el rabillo del ojo—. Solo que ahora sería…mhm…mas "oficial" el cargo.

—Estás aspirando demasiado alto, subteniente —expresa Twilight, risueño—. Nightfall no es de las que acepte trabajar con cualquiera. Es muy profesional. Y para que puedas llegar a su nivel, tendrás que-…

—Acepto —sentencia la ojinegra—. Yuri Briar puede venir conmigo. Se que es inexperto. Pero, así como Twilight en su momento me enseñó todo lo que sé. Yo también puedo hacer lo mismo con él. Si a mercader no le incomoda…

—Ha decir verdad, nos vendría bastante bien tener un cómplice dentro del servicio de inteligencia de Ostania —masculle la pelirroja, briosa—. De acuerdo. Por mi no hay problema. Bienvenido al club, Briar. Mas te vale que estudies mucho y nos sigas de cerca los pasos. Aquí no cometemos errores.

—¡M-me portaré bien, señora! —se entiesa el muchacho, cual soldado del Este—. Seré indulgente y le haré caso en todo a la bella Nightfall…

¿Bella? Este tipo divaga cosas locas —Fiona exhala, empujándolo hacia adelante—. Camina. Tenemos mucho por hacer. Lo primero será buscarte un buen pseudonimo. Algo que no destaque mucho entre los civiles y que sea intimidante a la hora de mencionarlo en el bajo mundo.

—¡Oh! ¡Ya tengo uno! —chilla, abochornado— ¡Tormenta china!

—Horrible —Frost lo cachetea para que despabile, poco menos que jalándole de la oreja—. A ver si con algo de corriente en los pezones, hacemos funcionar tus neuronas.

—¡¿Co-Corriente en mis pezones?! —se va a la chucha.

Para ese entonces, mi esposa me miraba con cara de estreñimiento. Se que le había preocupado mucho el comentario de mi ex colega. Pero fue cuestión de segundos lo que me tomó en calmarla, para indicarle que era una broma. Fiona…tenia un sentido del humor bastante oscuro. Algo de lo cual, con el paso del tiempo se irían acostumbrando. Ya no tenía cabeza para seguir preocupado de otras insignificancias. Mis prioridades a partir de esa noche, serían cuidar de ella y de Anya. Así que volvimos a Berlint, apremiados de recuperar todos esos meses que permanecimos separados. Por supuesto que no dejamos en el tintero nuestra conversación mas agria de todas. El generar un vínculo de confianza, retomando reparar el daño que en algún punto causé.

Para finales de aquel invierno, aquellos acontecimiento que oscuramente nos marcaron, se habían disipado como la nieve de los árboles. Yor no solo consiguió comprender mis agravios y perdonar mis afrentas. Si no que, además, se comprometió a regalarme parte de su mundo, en lo que yo sanaba heridas que no busqué causar.

Los siguientes tres años, pasaron volando delante de mis ojos. Nuestra pequeña hija, ya caminaba. Y balbuceaba un par de escuetas frases inocentes. Con mi regreso a la mansión, pude limpiar mi imagen en su circulo mas cercano. Restituir la grandeza a tal familia. Y reembolsar el dinero que había usurpado sin su consentimiento. Supe, tiempo después, que Nightfall y Yuri habían contraído matrimonio. En una ceremonia mas bien clandestina. Y que eran muy exitosos en lo que hacían. Una pareja extraordinaria, por lo demás. Sin mentiras ni secretos lóbregos que pudieran dividirlos. Se complementaban demasiado bien, al ser el chico un hombre tan dócil y aplicadito.

Yo había alcanzado la cúspide de mi carrera. Así que borrar mi historial delictual no me resultó complicado. Comencé a trabajar como anticuario, de forma legal. Atrayendo a los más afanosos compradores de joyas preciosas; a las puertas de nuestro hogar.

No sé realmente en que momento de toda esta historia, llegué a desaprovechar el rumbo de mi verdad. De lo que, si estaba completamente convencido, era de que por fin había logrado ser…lo que una vez fui. Un garboso soldado del Oeste. Que tras perderlo todo, con el vigor del mañana.; finalmente…

Ya todo eso, era mío. Una vez más…


Fin.