Me costó, pero me gustó.


Saudade

por Syb

Capítulo VII: Padre


Inuzuka Hana se ahogaba, pero no había agua en el desierto, solo era su garganta la que se anudaba y no la dejaba respirar.

—¿Lloras por un hombre? —oyó a su madre reír apenas terminó su pregunta—. No te crie para que llores por esas cosas, ¿sabes? No lloré cuando tu padre decidió irse y abandonarnos. Los hombres son débiles, no sangran cada luna como nosotras, por eso no puedes llorar cuando se van. Eso hacen, corren como sus espermios, sin pensar en otra cosa más que en correr.

El agua que inundaba su nariz se disipó lentamente. Inuzuka Hana sabía que Tsume era su madre y también su peor enemiga, pero recordar las palabras de la mujer hizo que sus colmillos puntiagudos besaran sus labios y de ahí brotaron gotas de sangre espesa. El sabor metálico alejó la neblina que cubría su mente. Su sonrisa se teñía de sangre para volverse una con sus bestias en esa noche de fuego y cenizas en la Arena. Con cada bocanada de aire mezclada con el sabor del hierro, una llamarada de adrenalina erizaba sus sentidos. Su visión se alargó, su oído se agudizó y olfato se intensificó. A su nariz llegaron distintos olores, pero el de la tierra de su país podía distinguirse tenuemente en medio del polvo seco e infértil del desierto, y ese aroma cada vez se alejaba más de la mansión del Kazekage. Hana gruñó.

Sus perros olieron la sangre brotar de sus labios y se impacientaron, por lo que se quejaron y gimotearon mientras la miraban a la espera de una orden. La adrenalina también se empezaba a agolpar en las patas de los caninos. La saliva empezó a llenar el ambiente con su olor viscoso y solo dejaría de chorrear de las fauces de sus perros apenas estas se cerraran en la carne de hombres de las tribus nómades, tal cual habían hecho en medio de la Ciudadela pocos días atrás.

Hana silbó por lo bajo y sus bestias se tensaron, a la espera de un segundo silbido que los dejaría correr libremente por las calles de la Arena. La Inuzuka sabía que debía ir hacia la Muralla Escalonada, el rastro del capitán estaba más fresco, pero podía oler a los Hyuuga bajo el rastro de Raidō, quizás unos diez a quince minutos más adelante. Si Hanabi era la responsable, ella iría a golpearla en la mejilla con la palma abierta tal cual Tsume hacía cuando ella era una niña. Hana silbó por segunda vez y los perros corrieron tan rápido como pudieron, tomando distintas calles y callejones para cubrir más terreno mientras rastreaban la tierra mojada de la Hoja. Ella corrió detrás de ellos, los oyó ladrar y gruñir en todas direcciones, como si de una jauría de más de tres lobos se tratara.

De pronto, detectó el olor dulce de tierra, polen y miel de la rubia.

Uno de sus perros salió a su encuentro y cerró su mandíbula en el brazo de un hombre del desierto. Del miembro no brotó sangre, pero el perro escupió las astillas de lo que quedó. El resto de la marioneta se esfumó tan pronto perdió el brazo. Hana se volteó en redondo y buscó con la mirada al marionetista que osó atacarla. Silbó una tercera vez y las bestias chillaron para ir en su encuentro.

—Cacen —gruñó a los perros y ellos se dispersaron nuevamente.

No era parte de aquella guerra civil, no iría a perder tiempo buscando al marionetista si debía rastrear a su equipo y conseguir reagruparlos. Si la sensora no lo había hecho, la rastreadora debía.

El polen se perdía en la Muralla, mientras que el rastro del capitán se hacía más fuerte hacia su derecha; se mezclaba con sudor, especias, cenizas y sangre. Podía sentir que Hanabi estaba cerca de él, pero no había rastros de su guardián. Hana frunció la boca y escupió, no podía ser bueno. Más allá, la arena del Kazekage se levantaba sobre la Muralla para barrer con todo hombre del desierto que osara escalar por ella. Ino debía estar cerca de Gaara y la rubia querría que ella protegiera a la Hyuuga. Sin Hanabi, no había esperanzas para Namida Suzume.

Corrió hacia el Mercado de Especias sin esperar a sus perros.

Al llegar a lo que había sido el mercado más concurrido de la Arena, encontró unos carroñeros en búsqueda de partes de marionetas, puñales y metales, pero que apenas la vieron, soltaron sus tesoros y corrieron para ocultarse en los callejones oscuros. Sabía que de su boca emanaba sangre y que sus ojos parecían los de un lobo, por lo que podía intuir qué había sido lo que los había ahuyentado.

El olor intenso a las especias la aturdió cuando sopló el viento nocturno, por lo que tuvo que guiarse por sus ojos por el lugar destrozado. Muchas de las carpas estaban en el suelo, otras estaban chamuscadas por el fuego y pocas seguían en pie, ninguna había sobrevivido al saqueo. Nadie se había llevado las especias y Hana se preguntó si debió llamarse el Mercado de las Marionetas o de los Metales. Se cubrió la nariz y la boca con una manga mientras siguió avanzando por las ruinas, intentando encontrar al capitán solo con su vista, como si fuese una Hyuuga inexperta. A su alrededor se oía el sonido de metal contra metal y madera contra madera, dándole a entender que los primeros escuadrones de la Arena habían llegado al Mercado.

Al final del camino, encontró al capitán y a la princesa Hyuuga. Supuso que habían estado escapando del ataque en la Muralla cuando se toparon con el desastre en el Mercado, intentando volver al jardín privado de la mansión. La chiquilla lloraba desconsoladamente sentada sobre sus piernas y la mano de Hana quiso cumplir su promesa y abofetearla ahí mismo, pero algo le decía que lloraba como ella lloró cuando la niebla la envolvió en sus sueños tan vívidos que pensó estar en aquella cascada junto a Genma, como hace años atrás.

—Mirar y ver son cosas distintas —oyó decir al capitán, mientras hincaba una rodilla frente a la princesa. Su voz grave tenía un tono conciliador y la chica intentó dejar de sollozar para escucharlo, aunque poco pudo hacer para detener el espasmo de su pecho—. Lo hiciste bien, pero la próxima vez tienes que ver con los ojos y usar el resto de tus sentidos.

Hana frunció la boca con nostalgia. Su madre había hincado la rodilla y le había dicho lo mismo hace una vida entera atrás. Le habló de ver y mirar, de no confiarse por su nariz y de morderse los labios si su miedo llegaba a paralizarla.

—Y perdóname —terminó Raidō cuando Hanabi asintió con los ojos llorosos—, no fui el protector que necesitabas.

—Mi…, padre… —gimoteó Hanabi por primera vez y a Hana se le anudó la garganta. Las ganas de abofetearla se fueron tan rápido como llegaron. Al igual que la hija menor de Hiashi, Hana heredaría su clan cuando su madre Tsume decidiera que era el momento y su padre también la había decepcionado a temprana edad—. Perdóneme…

Raidō negó con la cabeza imperceptiblemente y luego cubrió la corona de la cabeza de la chica con una mano antes de levantarse. Hana sabía que el capitán nunca culparía a alguien por algo que hizo su patriarca, las personas sin clan tendían a seguir reglas distintas y ella lo había aprendido cuando rastreó para su equipo. En su juventud, soñaba con irse de la aldea con Genma para huir del clan, tal cual había hecho su padre; no era muy distinto a lo que había intentado Hanabi al escapar junto a Tokuma.

—Capitán —lo llamó con la garganta seca por las especias. Apenas la miró, ella pudo ver que no tenía su protector en la frente y que de un corte brotaba sangre que empezaba a mezclarse con el polvo—. ¿Dónde está Tokuma?

Su madre siempre decía que no debía preguntar lo evidente, casi podía oírla reírse a carcajadas en medio de la noche.

La voz grave del capitán rompió la extraña quietud de lo que quedaba del Mercado.

—Probablemente muerto —resolvió él mientras volvía la vista a Hanabi—. Llévatela al jardín privado, no podemos perder otro Hyuuga.

—¿Qué harás tú?

Raidō tardó en responder. Hana temió haber preguntado lo evidente una vez más, aun si había algo que se le escapaba.

—He perdido el control —explicó él con amargura. Hana lo sabía por la cantidad de hierro que había en el aire; los Hyuuga no derramaban tanta sangre al dañar bajo la superficie de la piel, el aroma pestilente se asemejaba más a la carnicería que dejaba atrás su clan—. No creo recordar cuándo fue la última vez que lo hice. Es como si volviese treinta años atrás en el tiempo, quizás un poco más. —Raidō aclaró la garganta y volvió la vista hacia la Muralla Escalonada, donde la arena del Kazekage se erguía estancada como si se tratara de una ola congelada en el mar—. No estoy en condiciones de proteger a Hanabi.

Hana asintió sin comprender y se apresuró a tomar por los hombros a la princesa Hyuuga.

—Ven, niña —le dijo a Hanabi que cada vez parecía menor, no era ni la sombra de la chica testaruda que había llegado con la frente en alto a la Arena—. No llores por un hombre, ni siquiera tu padre. Ellos son débiles, no sangran cada luna como nosotras, por eso terminan buscando la sangre en conflictos y en la guerra. Por eso no llores, y si lo haces, que sea de frustración. Recuerda este día cuando seas matriarca.


—Mátame si estoy en la Muralla; lo importante es la defensa de la aldea, no yo —le había dicho su hermano un día despejado, en el que el cielo se veía demasiado azul sobre un campo dorado. Kankurō sonreía con burla, como si hablara del escuálido de su cuñado—. Nadie me recuerda de todas formas.

—Sí lo hacen —rebatió él, siempre le dolía la poca estima que se tenía su hermano. «Yo lo hago», quiso decirle, pero en vez prefirió callarse para escucharlo hablar.

—Solo las tribus nómadas —respondió su hermano chasqueando la lengua con disgusto fingido—. De los tres, soy el que más se parece a Rasa. En la Ciudadela de las Tribus debe haber cientos de estatuas con mi cara esculpida en ellas y los estúpidos deben rezar y pedirme favores todos los días. Por eso debo encontrarlos y matarlos a todos, no permitiré que desgasten mi cara. Solo mi hermana puede comentar lo feo que soy.

» Es enserio, si llego a estar en la Muralla en un ataque, no pienses en mí. Piensa en la defensa. Sobreviviré como la cucaracha que soy.

La luna y las estrellas volvieron a brillar en el firmamento, luego de que se disipara el manto de ceniza y humo que las cubría. Solo había pensado en apagar el fuego que empezaba a tragarse la muralla y no tardaría en reptar hacia adentro de la aldea. Solo quería detener al fuego, no llevarse a nadie junto al pasar de su arena, aunque supiese que era inevitable. Intentaba no escucharlos gritar cuando se precipitaban al vacío.

«Detente», escuchó desde lo más profundo de su mente. La voz no parecía ser de él, pero tampoco podía distinguir si era de un hombre o de una mujer, o de un infante. El Kazekage frunció la boca y obedeció, la arena quedó congelada sobre la muralla. «Él está vivo», susurró de nuevo la voz que bien podía ser la de su propia mente. A su conciencia llegó la imagen de su padre, con su perfil de líneas toscas y despreciables, mirándolo hacia abajo como si de un demonio de baja alcurnia se tratara; pero su hermano no lo miraba así. Luego, vio pasar a su lado cabello rubio como su madre y su hermana, pero de un color más intenso y luminoso. No sabía si alucinaba escuchando cosas, pero tampoco sabía si lo que estaba viendo era real o no. Alargó la mano para tocar ese cabello que parecía brillar como si se tratara de una luciérnaga en medio de un bosquecillo húmedo, pero por mucho que quisiera atraparlo, las hebras de cabello dorado estaban demasiado lejos de él. Era como la ilusión que el agua creaba al quebrar la luz.

De pronto, despertó del embrujo de su mente y los sonidos del ataque volvieron a resonar en sus oídos; el olor a la pólvora, el humo y la ceniza lo intoxicó; su piel se sintió como una prisión asfixiante, por lo que se llevó una mano al pecho para buscar alivio, como si extrañara la dimensión onírica en la que se había perdido momentáneamente.

—Temari —dijo cuando la vio parada junto a él.

—Es ella —indicó su hermana y siguió su mirada verdosa hasta que vio a Yamanaka Ino sentada sobre sus rodillas, su pelo caía como una capa sobre sus hombros hasta sus muslos, tan dorado como la arena de aquel día soleado en el que Kankurō le dijo que lo matara. Ino parecía perdida mirando lo que había más allá de las almenas: el vacío, como si contemplara la posibilidad de lanzarse—. No parece estar del todo despierta. Shikamaru nunca me habló de algo así.

Gaara asintió, en su mente él sabía la respuesta, pero no sabía si su hermana escuchaba también la voz de la rubia. Ino tampoco sabía qué era lo que le pasaba, pero podía sentirla mirarlo atentamente, como si estuviese parada detrás de la puerta entreabierta de su despacho. Sentía su mirada azulina sobre su nuca, aunque la chica estuviese frente a él, dándole la espalda. Ella no abriría la puerta de su conciencia por respeto, pero eso no significaba que no estuviese haciéndolo en otros. Casi podía oír cómo la chica susurraba en sus mentes para influenciarlos.

Y luego saltaron todos los nómades desde las almenas al unísono.

El Kazekage soltó un quejido y quiso dar un paso adelante para detenerla, pero la mano de su hermana lo retuvo de la muñeca. Temari era la hija que su padre hubiese querido naciera varón, ya que ella podía permitirse ser cruel como él, si su propósito lo justificaba. Kankurō decía que, si Temari fuese hombre, seguramente ninguno de los dos hubiese existido. «Él odiaba la compasión de nuestra madre. No quiero justificarlo, pero eso era normal en la Arena en ese tiempo», le explicó él cuando Baki advertía con disgusto lo que se empezaba a decir en las calles de la Arena. Sabía que decían que el joven Kazekage estaba volviéndose tan blando como los verdes de sus aliados; pero, por como él veía las cosas, no todos los nómades del desierto debían ser escoria. Seguir órdenes no era más que un síntoma de lealtad.

—No lo hagas —suplicó su hermana con la voz seca—. Se terminará pronto.

Volvió a pensar en su padre Rasa, luego sus facciones se suavizaron para dar el rostro de hermano Kankurō. «Padre», oyó la voz decir en medio de sus pensamientos y Rasa volvió a aparecer con su mirada severa y despreciable. Su padre salió de la Arena con sus tres perros para irse a la Nube y seguir caminando hacia el borde del mapa, sin querer mirar atrás, tal cual hacían los espermios. Su padre perdió la razón cuando Temari aceptó ser la esposa de un extranjero, Rasa llamó a sus hombres para ir a arrestar a la mujer culpable de que su hija decidiera casarse y ordenó golpear a quién osara protestar. «Padre, padre, padre», llamó la voz y él intentó dejar de escucharla. Rasa murió en medio de la guerra y el dolor que el Kazekage experimentó hizo que sintiera náuseas.

—Ino… —susurró el pelirrojo. La rubia pareció escucharlo, ya que se volteó en su dirección. Tenía la miraba clavada en él, pero no estaba viéndolo. El joven Kazekage sintió desespero, su mente seguía unida a la de ella y sabía sus intenciones, pero Temari no parecía entenderla.

La muralla de arena que estaba congelada sobre ellos empezó a deshacerse lentamente, como si el viento nocturno se la llevara grano a grano; y sin el manto, la luz de luna bañó el rostro blanquecino de la mujer. Gaara quería evitar que se lanzara al vacío como los nómades de las tribus, por lo que la envolvió en su arena lo más rápido posible. Ella siguió mirando sin ver. «Detente», volvió a decir ella en su mente y él obedeció.

Ino volvió su vista hacia el vacío, se levantó el kimono para descubrir sus tobillos y subirse a la almena con una risita que la hacía ver como una niña pequeña, como si jugara con su padre en un estanque de peces en medio de un jardín interior. Gaara se preguntó si era eso lo que estaba recordando antes de lanzarse. Intentó llamar nuevamente a su arena, pero la voz volvió detenerlo. No podía hablar ni moverse, solo observarla reír mientras compartía una vez más con su padre Inoichi. Tardó unos instantes en entender que Temari tampoco podía hacerlo.

—Nos vemos —dijo ella con una risita, el pelirrojo no sabía si le hablaba a su padre o si se despedía de ellos.

El viento nocturno sopló y elevó su cabello hacia el cielo, el desierto no quisiera llevársela aún. Yamanaka Ino recibió el cosquilleo de la brisa en sus mejillas con el deleite de una niña pequeña. Gaara intentó llamar a su arena, pero seguía paralizado. La chica le dio la espalda al vacío, cerro los ojos con una sonrisa, dejó escapar una risita y se soltó como si fuera su padre fuese a atajarla en medio del estanque…

… Y el capitán Raidō apareció junto a ella como si fuera parte del viento nocturno y la recibió en sus brazos.


Padre es Raido