Disclaimer: como siempre, los personajes son de J.K, yo solo amo que ellos se amen porque todos sabemos que así es como debió ser, carajo.
Notas de la autora: este fic es producto de un ligero bloqueo de escritor, una canción de Taylor Swift y una idea casi olvidada del 2022.
El bloqueo se fue, la canción es "Guilty as sin?", y no tienen idea de como amé haber rescatado este plot, porque quedó mejor de lo que pensé que sería. En fin. Bienvenidos una vez más, gracias por seguir mis historias y vamos a celebrar el cumple de Harry con este pequeño monstruo. Que disfruten la lectura.
El hombre que destrozó las expectativas de Draco Malfoy
-¿Puede un escritor seguir considerándose un escritor si no escribe? –Preguntó tras un suave suspiro, con la vista fija en la lámpara del techo.
-¿Para esto me pediste que viniera? ¿Para escucharte hablar sinsentidos? –Replicó su insensible amiga, dándose el lujo de lucir aburrida. Claro, no era ella la que llevaba más de una semana cuestionando su identidad y motivaciones de vida.
-¡Es una duda legítima!
-A ver, ¿un mago deja de serlo si no usa magia durante un mes? –Pese a seguir luciendo desinteresada, lanzó esa interrogante bastante acertada para su dilema.
-Interesante analogía.
-Solo dale tiempo, la inspiración volverá a ti. Siempre pasa.
-¿Y qué hago con el vacío abismal mientras regresa? –Continuó, volviendo a ser objeto de su condescendiente escrutinio.
-¿Vacío abismal?
-Oh, querida Pansy –medio suspiró, sin poder estar molesto con ella por su ignorancia–. No tienes idea de cómo es –porque ninguna persona ajena podría imaginar la acuciante necesidad de tomar la pluma, la abominante frustración al no poder hacerlo y la agonía. La lenta agonía de esperar por un chispazo, solo un ligero atisbo de inspiración que le permitiera volver a sentirse como alguien capaz de narrar algo interesante.
-¿Querida Pansy? –Su ligero tono de burla consiguió fastidiarlo, ya que no parecía tomarse en serio su crisis.
-Deja de repetir mis palabras y ayúdame.
-¿Si te golpeo serviría?
-No lo creo –rechazó, empezando a prever que no le daría ninguna idea útil.
-¿Y si te trato mal y te atormento con tus traumas de infancia? –Por medio segundo se le antojó una opción plausible, pero entonces recordó los requisitos de su editor, negando.
-Eso sería demasiado. Se supone que escriba algo ligero y romántico –solo a su maldito editor se le ocurría imponer semejantes cláusulas precisamente a él. Cómo se notaba que no conocía nada de su vida personal.
-¡Te inscribiré a un servicio de citas a ciegas!
-Ugh, no. Sabes muy bien cómo terminó la última vez –acompañó la negativa con un auténtico escalofrío, notando la mueca de la chica. Aunque la sonrisa que mostró antes de lanzar su siguiente idea fue mucho más aterradora.
-Entonces es tu momento de ser el malo.
-¿Pans? Eso ya lo hice a los 16.
-No en ese sentido –rebatió con un gesto de fastidio, como si aludir a su pasado conflictivo fuera un asunto menor.
-¿Entonces? –Presionó con cautela, pese a que los ojos esmeraldas tenían un brillo malicioso que no anticipaba nada bueno.
-Siempre eres quien termina como un estropajo, llorando desconsolado o vomitando fuera de un bar –Draco resopló, porque su intuición nunca fallaba para advertirle sobre sus descabelladas ideas.
-Creí decir "no" cuando ofreciste tratarme mal –recordó.
-Lo que quiero decir, es que deberías vivir el otro lado de la historia. Tienes que ser quien haga sufrir a alguien. Atráelo, enamóralo y luego... ¡Bam! Te vas sin dar explicación –su primera respuesta fue un sonido indeterminado, porque más allá de lo rebuscado y sórdido del asunto… no era tan mala idea.
-Eso me podría dar algo de inspiración –admitió a regañadientes.
-Ya sabes, siempre puedes confiar en mí para obtener ideas retorcidas.
-Pero ¿quién podría ser? –Cuestionó distraído, tratando de imaginarse a sí mismo seduciendo a alguien solo para abandonarlo después.
-Para empezar, alguien que no te guste realmente. Porque sino volveríamos a lo patético, y no es el punto –enfatizó, con una expresión entre astuta y simpática–. Tienes que elegir a alguien de quien nunca te puedas enamorar. Alguien que represente todo lo contrario a lo que buscas en un hombre. Veamos, podemos hacer una lista.
-Argh, tú y tus listas –se quejó, porque si había algo que ella amaba más que conspirar o hacer compras, era elaborar detallados listados de cualquier tontería. Y al parecer, su plan en curso no sería la excepción.
-¡Será útil! –Aseguró, convocando de inmediato un bloc de notas y una pluma–. Intentaré adivinar. Te gusta un hombre bien presentable.
-¿A quién no?
-Ordenado –dio un vistazo rápido a su sala de estar, siempre pulcra y sin nada fuera de lugar.
-Por salud mental, claro.
-Que le guste divertirse.
-No puedo ser el único que vomite fuera de establecimientos de mala muerte –convino con una renuente sonrisa.
-Puntual.
-Jamás debo ser quien espere –corroboró, a su mente acudió el recuerdo del último idiota que se atrevió a hacerlo esperar. Y todavía había preguntado si tendrían una segunda cita.
-Buenos modales –resopló, porque era algo demasiado obvio para listarlo.
-Es lo mínimo que espero.
-Detallista.
-¿Todavía existen? –Pansy correspondió a su sonrisa irónica, dando un par de golpecitos con la pluma antes de ofrecer el siguiente atributo.
-¡Que sepa bailar!
-Esencial –asintió. Jamás haría el ridículo asistiendo a una gala con alguien que quisiera quedarse sentado todo el rato.
-Una más... –Meditó, leyendo su lista antes de darle una sonrisa taimada–. ¡Ya sé! Que dé unas buenas revolcadas.
-Tú sí me conoces –replicó, tras una corta risa.
-De acuerdo, tenemos la lista completa –concluyó, asintiendo satisfecha–. Ahora solo hace falta pensar en alguien que no cumpla ni uno solo de estos elementos.
-¿De verdad existirá alguien así?
-Pues... Hablamos de alguien desgarbado, caótico, impuntual y medio troglodita –repasó. Solo con esa última palabra, rememoró un rostro muy familiar. Recordaba haberlo llamado por ese apelativo en múltiples ocasiones–. Además de ser un desastre para las relaciones, para la danza y para la intimidad.
-Oh, dioses –masculló, también reviviendo en su memoria lo mucho que se habían reído en la última gala anual del Ministerio cuando lo vieron bailar con una invitada del Congreso Internacional de Magos, que parecía arrepentida de todas sus decisiones de vida luego de solo una pieza.
-¡Pensaste en alguien!
-Sí, pero es imposible –atajó, sin poder igualar su entusiasmo.
-¿Está casado? ¿Tiene novia?
-No, y no lo creo –aunque no tenía forma de saberlo, pero el rumor popular era que se había convertido en un auténtico ermitaño, más allá de sus apariciones formales.
-¿No le gustan los hombres? –Ladeó la cabeza, sopesando esa opción. Realmente, tampoco contaba con la respuesta para eso. Aunque por supuesto que también habían sonado rumores sobre el tema en los últimos años, pero no recordaba haber visto nada confirmado.
-No estoy seguro, pero me inclino a pensar que sí.
-¿Entonces cuál es el problema? –Indagó su amiga, que parecía confundida por su contundente negativa. Draco sonrió irónico, respondiendo con honestidad:
-Que jamás aceptaría salir conmigo.
-¿Por qué no?
-Porque nunca nos llevamos bien y probablemente dudaría de mí desde el primer minuto en que intentara acercarme a él –alzó las cejas con diversión, esperando que ella lo entendiera. Supo el momento exacto en que eso sucedió por la manera en que sus ojos brillaron y volvió a golpear la pluma contra su libreta.
-¿Acaso estás hablando de...? –Dejó inconcluso, pero se conocían lo suficiente para asentir sin que fuese necesario que dijera su nombre en voz alta–. Oh, pero tienes razón. Es el candidato perfecto –continuó, en un ligero tono quejumbroso–. Bueno, no nos consta lo último. Pero por la forma en que baila casi puedo afirmar que sigue siendo virgen.
-¿Por la forma en que baila? –Repitió, riendo entre dientes por el razonamiento de la chica.
-Hay pistas sutiles –afirmó.
-Como sea, es mejor buscar otro prospecto –indicó, sin querer indagar en la relación entre las habilidades en la danza y el desempeño en la intimidad.
-¿Y si tanteas el terreno? –Pese a todo, Pansy lo sorprendió por completo al lanzar esa pregunta, sin que se adivinara en ella ironía al respecto.
-¿Qué?
-Bueno, podrías buscar un encuentro casual. Invitarlo a un café, algo así –sugirió, demostrando que hablaba totalmente en serio–. Creo que el simple hecho de tener una sola cita con alguien así ya te daría suficiente inspiración.
-¿Te parece?
-Confío en tus habilidades –ella lucía tan convencida que lo hizo evaluar su idea como algo no tan descabellado.
-Sí, creo que no pierdo nada con intentarlo –dijo despacio, su mente empezando a maquinar lo que tendría que hacer para propiciar un encuentro casual.
Jamás hubiera podido imaginar que esas palabras sellarían su destino. Porque no solo perdería su tiempo, también un poco de su dignidad y la noción de sí mismo.
En su vida como escritor, el fantasma más temido eran esos bloqueos por indecisión o falta de inspiración. Sus días favoritos, aquellos en que las horas pasaban inadvertidas mientras él llenaba de palabras rollos y rollos de pergamino. Y luego estaban otros detalles, también recurrentes y a los que apreciaba en distintos grados. Uno de ellos era la fase de investigación. Ya fuera por algún aspecto de sus escritos o para la trama. Así se tratara de algo sencillo como aprender sobre flores, algo peculiar como preguntar sobre tipos de heridas de arma blanca, o algo más específico como indagar sobre la rutina de alguien, esa fase siempre resultaba impredecible. Como un emocionante prefacio antes del trabajo duro, que le permitía aprender cosas nuevas e inesperadas. Y luego de un par de horas en ese café frecuentado por aurores, ya estaba completamente fascinado y empezando a bullir de ideas.
Aunque la primera hora en el modesto establecimiento había sido un tanto aburrida, poniéndolo a dudar si había llegado al lugar correcto o si es que debió escoger otro horario para su visita. No obstante, acababa de recibir su segunda porción de tarta de manzana cuando un grupo de cinco aurores entró en medio de empujones y risas. Perfecto. Nada le garantizaba que hablaran de su objetivo, pero al menos le daría una idea del ambiente en esa dependencia del Ministerio.
Tuvo razón durante media hora, en que lo único que pudo escuchar fueron quejas sobre los horarios, bromas internas y uno que otro rumor ordinario entre compañeros de trabajo. Sin embargo, su constante labor auditiva rindió frutos cuando un chico pecoso hizo una sencilla pregunta que lo obligó a prestar más atención.
-Hey, ¿alguien recordó avisarle al señor Potter que estaríamos aquí? –De soslayo notó la curiosa reacción del resto de los integrantes de la mesa, desde una sonrisa un tanto sarcástica, pasando por una mueca de incomodidad hasta un resoplido de auténtica diversión.
-Suerte haciendo que participe de alguna actividad fuera del trabajo. Yo me rendí hace años –replicó una chica, cuyas insignias debían indicar un grado mayor dentro de los aurores.
-Además, escuché que tenía audiencia con los jefes –comentó la otra mujer del grupo, la de la sonrisa sarcástica.
-¡No puede ser! ¿De nuevo? –Reaccionó el chico pecoso que había preguntado inicialmente.
-Debe ser por el arresto de Canterbury, ¿no? –Supuso el que parecía el más joven del grupo. A él lo llamaría el aurorcito.
-Justamente –confirmó la srita. Sonrisa Sarcástica–. Dicen que volvió a perder el control.
-Diablos que lo hizo –aportó el único miembro del grupo que no había hablado. Draco lo nombró Sr. Incomodidad.
-¿Estuviste ahí? –Preguntó Pecas.
-Sí, mi último día en el turno nocturno.
-Oh, vamos. ¡¿Por qué no nos contaste antes?! –Reclamó el aurorcito, que parecía ser el único entusiasmado por el tema–. ¿Es cierto que cuando pierde el control se le ponen los ojos rojos y todo su cuerpo parece cubierto por un escudo?
-No me jodas –desestimó Sonrisa Sarcástica, haciendo alarde a su nombre–. Aunque debo admitir que sí asusta un poco. Lo he visto solo una vez y… digamos que agradecí saber que está de nuestro lado.
-Creo que esta vez fue peor –comentó Sr. Incomodidad–. Quizás porque algunas víctimas eran niños. Y no, no hubo ojos rojos ni aura asesina, pero… ¿Cómo lo explico? Es como una corriente en el aire. Quiero decir, cuando usas la varita ese es poder canalizado, sabes de donde surge y puedes anticiparlo. Cuando pierde el control… no importa si estás viendo sus manos, de pronto te puede caer una pared encima y jamás sabrías de donde vino.
-Demonios –reaccionó el aurorcito, aunque daba la impresión de estar más fascinado que atemorizado.
-Como sea, lleva años en el escuadrón por ese motivo –resumió doña insignias–. Es el mejor duelista del departamento, pero jamás lo van a ascender si no logra controlarse en situaciones así. Aunque de cierta manera es algo bueno, tenerlo en las calles mantiene quietos a muchos.
-Claro, ¿quién va a querer llamar la atención de alguien que podría tirarte una pared encima sin previo aviso? –Expuso Sonrisa Sarcástica.
-Aterrador.
-Increíble –Incomodidad y el aurorcito hablaron al mismo tipo, aunque fue evidente el contraste en su tono y expresión.
-Volviendo a tu pregunta original, Sanders –atajó Insignias, dirigiéndose a Pecas–. Siempre le avisamos, pero nunca viene. De todo lo que se dice de él, el que es un ermitaño es algo comprobado.
-¿Ni siquiera cuando van a beber? –Insistió.
-Peor –replicó Incomodidad. Aunque en ese momento mostró una nueva emoción, algo cercano a la simpatía, pese a que sus toscas facciones hacían que fuera difícil adivinarlo–. Cuando no está de misión, es cuestión de minutos para que tenga una cámara encima. Cualquiera preferiría irse directo a casa en lugar de enfrentar eso después de un largo día de trabajo.
-¿Y si organizamos algo del lado Muggle? –Propuso el aurorcito.
-Lo intentamos alguna vez, pero igual nos rechazó. Creo que simplemente no le gusta salir –concluyó Insignias.
-Mejor olvídalo –aconsejó Sonrisa Sarcástica–. El día que Harry Potter salga a divertirse a algún lado por voluntad propia, a todos nos duplicarán el sueldo.
-¡Eso fue cruel! –Exclamó Insignias entre risas que parecían apoyar lo que acababa de escuchar.
Por supuesto que fue ese justo momento en el que se tornó un reto personal para Draco conseguir una cita con el susodicho.
Malfoy,
Realmente no entiendo qué tendríamos que discutir tú y yo. Si se trata de algo oficial, será mejor que vayas al Ministerio. Mis horarios son demasiado complicados para agendar algo. Si es alguna otra cosa, puedes enviarlo por carta.
Harry Potter.
Escueto, nada amable y tajante. Draco creyó que la carta que le había enviado suscitaría aunque fuera un poco de curiosidad, pero se había sobreestimado. Y dado a que la escasa vida social del hombre hacía difícil conseguir un encuentro casual, su plan parecía destinado al fracaso. Sin embargo, esa misiva escrita para desalentarlo solo avivó su determinación.
¿Debía insistir y ofrecer una reunión de tono más privado para evitar el acoso de la prensa? Era algo plausible, pero que podía despertar las sospechas del tipo, que al menos no sonaba predispuesto en el par de líneas que se dignó a escribirle. ¿Tal vez podría averiguar un poco más de su rutina y propiciar un encuentro de esa manera? Pero ni siquiera sus compañeros de trabajo daban la impresión de saber sobre eso. Y el círculo social del moreno era tan estrecho como inaccesible para él. Tampoco se acercaba ningún evento oficial y no tenía nada que justificase ir al departamento de aurores. Se estaba quedando sin ideas. A ese punto, estaba considerando seriamente cometer un crimen para al menos ser arrestado por él. Aunque claro, nada garantizaba que fuera el auror a cargo.
Draco dejó de devanarse los sesos luego de un rato, cuando un retrato de su madre se cruzó en su campo de visión. Por supuesto. ¿Cómo no lo pensó antes? Tenía a la mano una opción simple, y conocía algo que podría persuadir al escurridizo Gryffindor.
Potter,
Agradezco tu respuesta, pero me veo en la obligación de insistir. Y ya que me pides un motivo… Es un tanto vergonzoso, pero recientemente mi madre me hizo notar que nunca te agradecí de manera apropiada por lo sucedido hace siete años. Y aunque difícilmente llegaré a pagar mi deuda, me gustaría al menos invitarte a una comida como muestra de gratitud. Puedes fijar el día y yo acomodaré mis horarios, eso no es inconveniente para mí.
Atentamente,
Draco Malfoy.
Malfoy, sé que es repentino, pero tendré tiempo hoy por la noche.
Si no te molesta, preferiría ir a tu casa y no a un restaurante. Si también estás disponible, envíame tu dirección y estaré ahí a las ocho.
HP.
La respuesta llegó cuatro días después, cuando ya no la esperaba y empezaba a buscar otras técnicas para retomar la escritura. Sin embargo, la sencilla carta lo hizo ponerse en movimiento, enviando su dirección de inmediato y empezando a planear qué podría hacer para cenar. Todavía era media tarde, estaba a tiempo de preparar un postre en condiciones.
Se pasó varias horas tarareando, escuchando un disco tras otro de Cassandra Robin mientras preparaba un menú un tanto básico pero apetitoso. Se fue a cambiar con el tiempo justo para estar listo a la hora acordada, y luego pasó viendo el reloj por 37 minutos mientras se debatía entre estar molesto por haber sido plantado, o sentirse idiota porque debió haberlo previsto.
No obstante, justo cuando estaba por rendirse y llamar a Pansy para no desperdiciar la comida, el timbre resonó por toda la estancia, anunciando la llegada de su visitante.
Bien presentable, divertido, puntual y detallista, a la mierda. Empezando por el hecho de que todavía vestía su uniforme de auror, el hombre frente a él tenía un ceño malhumorado, había llegado más de media hora tarde y no llevaba ningún presente pese a ser la primera vez que lo visitaba. Había escogido al bastardo indicado.
-Esto… Sé que es tarde, pero tuve un contratiempo al final del turno –dijo por saludo, tachando de su lista también los buenos modales.
-Descuida, mantuve la comida con hechizos para que no se enfriara. Debes estar hambriento –se felicitó por su forma de impregnar simpatía en su tono, mientras se hacía a un lado para invitarlo a pasar. Potter tenía las botas llenas de barro, la parte baja de su capa estaba sucia y…– ¿Eso es sangre?
-¿Qué? Oh. Pensé que solo me dolía por la caída –dijo distraídamente, moviendo la túnica para ver donde le señalaba. Hubiera sido un tanto más tranquilizante que dijera que era la sangre de alguien más. Pero no, al apartar la tela fue bastante obvio que el líquido escarlata había brotado de una herida abierta en su pantorrilla.
-Debiste ir a San Mungo –se encontró diciendo, mientras buscaba donde había dejado la varita.
-Uhmm, lo trataré cuando llegue a casa –desestimó. Sin embargo, una vez localizado su instrumento mágico, Draco lo agitó sin pensarlo mucho. Probablemente debió prever que hacerlo podría ser malinterpretado, porque no había terminado de pensar en el hechizo cuando ya estaba desarmado, su varita sujeta entre los ágiles dedos del auror.
-¿Qué diablos? –Exclamó, aunque más sorprendido que indignado por lo sucedido.
-Eh, lo siento –masculló Potter, luciendo genuinamente avergonzado–. Ha sido un día largo y… supongo que fue la costumbre.
-¿La costumbre como auror o tu costumbre de pensar mal de mí? –Cuestionó tras una suave risa, al parecer tomándolo por sorpresa, considerando la manera en que los orbes esmeraldas se quedaron fijos en él.
-Esto…
-Puedes dejar ambas, ¿sabes? No necesitas estar en guardia. Solo iba a convocar mi reserva de pociones para curarte eso –explicó, señalando con la barbilla el corte de su pierna.
-Oh. No… no es necesario que lo hagas. Eh, toma –añadió con una mueca, regresándole su varita.
-Insisto. Tengo lo necesario y no tomará más de un par de minutos.
-Es… Está bien –todavía se veía un tanto renuente, pero esa vez le permitió ejecutar un silencioso accio para convocar su maletín.
-Ven, será mejor que te sientes en el sillón. Puedes apoyar el pie en la mesa, eso –instruyó, agachándose junto a él y buscando primero una poción para desinfectar–. ¿Alguna de tus gloriosas misiones? –Inquirió, consiguiendo sonar amigable y no condescendiente. Potter se aclaró la garganta antes de responder.
-Fue más una pelea callejera. Algo así como un club de duelo clandestino.
-Fuiste a detenerlos y no a participar, ¿verdad? –Apuntó, dándole una rápida sonrisa mientras abría la siguiente poción a aplicar. Potter bufó, pero para su sorpresa, también tenía una comisura de la boca ligeramente elevada.
-A detenerlos, por supuesto.
-Por supuesto –coincidió, esperando que la herida terminara de cerrarse antes de limpiar el exceso de poción cicatrizante.
-De verdad tienes un poco de todo ahí –destacó, dando una elocuente mirada a su maletín–. Supongo que sigues siendo aficionado a las pociones.
-Eso y el entrenamiento en San Mungo.
-¿Entrenamiento?
-Uhmm. Fui aprendiz algunos meses antes de decidir que la medicina no era lo mío –dijo de manera ausente, mientras lo limpiaba con suavidad con una toallita de papel. La herida ya era apenas una fina línea sonrosada, pero podría seguir siendo algo sensible al tacto–. Ya está, te dije que no tardaría mucho.
-Gracias.
-No fue nada –rechazó, volviendo a dejar todo en orden y finalmente incorporándose–. ¿Cenamos?
-Seguro.
Draco retiró los hechizos de conservación, sirviendo con habilidad la ensalada y el zumo de calabaza. Empezaron a comer en silencio, aunque con menos incomodidad de la que podría haber esperado.
Teniéndolo frente a él, le parecía absurdo todo lo que había escuchado de los aurores hacía un par de días. No parecía haber algo místico o aterrador en Potter. Solo era un hombre que comía de manera algo tosca, persiguiendo un tomate cherry por todo su plato antes de poder pincharlo con el tenedor.
-Supe que eres escritor –comentó, levantando la mirada con tinte inseguro. Parecía como si toda la adrenalina del día lo estuviera abandonando y al fin empezara a menguar esa apariencia de tipo rudo.
-Así es, desde hace un par de años. Intuyo que no has leído nada de mi autoría –supuso con una media sonrisa, sin que le afectara realmente.
-No he tenido el gusto –aceptó efectivamente, con un ligero movimiento de disculpa–. ¿Trabajas en algo ahora mismo?
-Uhmm no –respondió por lo bajo, dejando escapar un tenue suspiro. Si fuera así, esa cena no estaría sucediendo–. Estoy en una especie de pausa obligatoria.
-¿Bloqueo? –Draco alzó las cejas, sorprendido de que lanzara el término adecuado. Potter se encogió de hombros sin darle importancia–. Fleur también escribe. Y se queja constantemente cuando pasa por eso –sonrió, asintiendo con simpatía. Sabía que la mujer también escribía, pues había visto su retrato en la editorial, aunque jamás habían coincidido.
-Ahí lo tienes. Es muy molesto.
-¿Por eso me escribiste? –Se quedó paralizado durante varios segundos, cuestionándose si las habilidades del auror llegaban tan lejos como para adivinar sus sórdidas intenciones. No obstante, pudo exhalar aliviado cuando Potter continuó:- Fleur suele hacer cualquier cosa para mantenerse ocupada o para tener con quien quejarse. Incluso me visitó en el cuartel una vez.
-Oh. No, yo… Te invité por la razón que te dije. Probablemente llegue un poco tarde, pero quería que supieras que de verdad estoy agradecido por todo lo que hiciste por mí entonces –más allá de su plan actual, sus palabras eran sinceras. No se pondría a hacer un recuento, pero ambos sabían que le debía muchísimo más que una cena. Draco carraspeó cuando él se quedó viéndolo en silencio, distrayéndose al retirar los platos de la ensalada y convocando el platillo principal–. Ahí tienes –le entregó su estofado de ternera, notando con una ligera sonrisa el suspiro de gusto que dio el moreno antes de empezar a comer–. Ahora que lo pienso –añadió, pese a que el silencio en su compañía no se sentía molesto–. Puedo pagar en cuotas. Como hace rato, si es que no estás de ánimos de ir a San Mungo –su impulsiva propuesta logró algo sin precedentes. Potter le sonrió.
-Afortunadamente, no me hieren tan a menudo.
-Bueno, igual dejo la oferta sobre la mesa.
-¿De verdad la medicina no era lo tuyo? Parecías muy eficiente y amable cuando me curaste –por un instante, incluso Potter lució sorprendido de lo que acababa de decir. Lo cubrió torpemente luego de un tosco carraspeo–. Quiero decir, hay enfermeras en San Mungo que han sido mucho menos cuidadosas.
-Sí, creo que justo de eso se trató. Pensé que podría hacerlo porque cuidé a mi madre cuando estuvo enferma, pero no es lo mismo curar a alguien que te importa que hacerlo con desconocidos. No soy tan altruista –hizo una mueca ante sus propias palabras, sin entender de inmediato la penetrante mirada que el auror le estaba dirigiendo.
Oh. Claro. Su afirmación parecía catalogar a Potter como una persona que le importaba. Se encontró azorado bajo su insistente inspección, yendo por un generoso trago de zumo para bajarse la sangre de las mejillas.
Demonios, demonios. Eso no tenía que pasar así. Se suponía que era Draco quien iba a seducirlo y…
-Esto… ¿Tienes algo más fuerte? –Preguntó Potter luego de darle un trago a su propia bebida–. Tal vez una cerveza, o aunque sea un poco de vino –solo él enlistaría esas opciones de esa manera, como si beber vino fuera tener que conformarse con algo poco agradable–. Ha sido un día difícil, honestamente –finalizó, con una media sonrisa tímida.
-Oh, claro. No serví nada porque estamos a mitad de semana, pero tengo ambos. ¿Prefieres cerveza oscura o clara? –Ofreció, limpiándose las manos para ir por ellas.
-Rubia –arqueó una ceja ante esa manera de contestar, pero se encaminó hacia la nevera sin comentar nada al respecto. Aunque por supuesto que tomó una cerveza morena para sí mismo. Solo para ver si conseguía algún tipo de reacción. Potter volvió a sonreír al recibir su bebida, dándole un escueto:- Gracias.
-Puedo darte más, solo tienes que pedirlo –indicó ambiguamente, luego de lamerse los labios para limpiar los restos de su primer trago.
-Lo tendré en cuenta. También… la comida está deliciosa –comentó un tanto atropellado, signo de nerviosismo que lo hizo felicitarse por su osada oferta. Usualmente no era tan directo al coquetear, pero era probable que no hubiera otra forma de proceder con ese hombre en particular–. Tendrás que darme el contacto del restaurante –agregó ante su silencio. Draco hizo un estudiado puchero, aunque su trasfondo era real.
-Sabes, me indigna un poco que creas que no soy capaz de cocinar algo así por mi cuenta.
-¿Tú lo hiciste? –Cuestionó, bajando el trozo de carne que estaba por llevarse a la boca. No pudo evitar resoplar por su tono de asombro.
-Por completo. Estuve cocinando desde que recibí tu carta. De hecho, ahora mismo estoy considerando si mereces probar el postre, ya que no pareces creer en mis habilidades.
-No es eso, solo… –Se excusó, observándolo como si intentara descifrar alguna especie de enigma–. No me lo esperaba.
-Bueno, ya que no quisiste ir a un restaurante, debía esforzarme.
-Lo conseguiste –informó, haciendo que se le hinchara el pecho de satisfacción–. ¿Por casualidad también es una habilidad adquirida antes de que decidieras ser escritor?
-Sí y no.
-¿Cómo es eso? –Tal vez era la cerveza empezando a actuar, pero Potter se veía cada vez más cómodo. Aunque tenía en la punta de la lengua amonestarlo por poner los codos en la mesa, prefirió centrarse en la conversación.
-Sí lo aprendí en esa época en que realmente no sabía qué hacer con mi vida. Pero también dije que no, porque realmente no decidí ser escritor.
-Pero lo eres –insistió, con cierto matiz de duda.
-Obviamente. A lo que me refiero es que no decides ser escritor. Es algo que sucede.
-¿Solo sucede?
-Ajá. Un día llega a ti y te cambia la vida para siempre.
-Suena algo místico –señaló con una ligera sonrisa.
-Un poco, sí. Pero fue justo como me sucedió a mí. Un día tomé papel y pluma, y de pronto las ideas empezaron a acosarme hasta que no tuve más opción que escribirlas. Cuando me di cuenta… era todo. Escribir se vuelve tu desahogo, tu alegría e incluso tu ruina.
-¿Tu ruina?
-Sí. Los bloqueos, las interminables correcciones con el editor, cuidar cada detalle… puede ser muy trabajoso –incluyendo las cosas cuestionables que haría por un poco de inspiración, añadió para sí mismo.
-Pero parece que te gusta.
-Es una relación amor-odio muy intensa. Casi como la que tuvimos en el colegio –bromeó, aunque Potter no correspondió de inmediato a su sonrisa. No, de hecho, sus ojos verdes volvían a brillar intrigados.
-Creí que entonces solo había sido odio –Draco se mordió suavemente el labio, porque el hombre tenía razón. No obstante, decidió usar la confusión para favorecer sus propósitos actuales, mintiendo con naturalidad:
-De acuerdo, jamás creí que diría esto, pero… hubo algo.
-¿Algo?
-Ajá. En algún momento de nuestra rivalidad, digamos que… me sentí atraído –confesó , volviendo a sentir que se sonrojaba. Perfecto, eso lo haría más creíble–. Claro que no me di cuenta en ese momento, lo reconocí hasta unos años después. Pero vamos, ¿realmente te sorprende? Hacía de todo para llamar tu atención –Potter parpadeó repetidas veces, como si dudara de lo que acababa de escuchar.
-Es cierto, pero… jamás dejabas de burlarte. Incluso me rompiste la nariz en sexto año –Draco hizo una mueca, consciente de que todo su pasado fácilmente contradecía sus palabras. Sin embargo, no era escritor en vano. Sabía cómo improvisar de forma convincente.
-No dije que lo hiciera de la mejor manera –se justificó, mostrándole una sonrisa avergonzada–. En lo absoluto. Pero tenía tu atención, ¿no? –Consiguió su siguiente hito de la noche al hacerlo reír más abiertamente–. Lo siento. De verdad lamento que mis mal gestionados sentimientos juveniles hayan sido tan molestos para ti.
-No puedo creer que lo digas en serio –masculló, aunque algo en su mirada le hacía intuir que quería hacerlo.
-Descuida, tampoco podía creerlo cuando entendí que de eso se había tratado todo.
-Definitivamente esta cena no ha sido lo que esperaba –apuntó con una media sonrisa, luego de vaciar su cerveza.
-¿Quieres otra?
-No me molestaría. Aunque igual tendría que avisarte el mismo día –Draco lo contempló aturdido durante algunos segundos, porque jamás pensó que aceptaría volver a verlo tan fácilmente. En especial porque ni siquiera se lo estaba pidiendo.
-Eh, me refería a la cerveza –aclaró, incapaz de contener una sonrisa ante la apariencia azorada del auror–. Pero tampoco me molestaría que esto se repita –añadió, antes de que él pudiera retractarse. Potter sonrió suavemente en respuesta.
Estaba a punto de gritar de frustración. ¿Cómo era posible que una página en blanco resultara tan amenazante? Era un simple trozo de papel al que fácilmente podría convertir en algo inútil. Pero al contrario, ese insulso objeto lo hacía sentir inútil. Era en vano. No importaba qué tanto hiciera por adecuar su espacio, ni el material de apoyo ni su confiable libreta con ideas conseguían que escribiera más que un par de líneas que luego terminaba desechando. Era un callejón sin salida. Ningún argumento le parecía lo suficientemente bueno o emocionante. Y su editor había puesto un plazo de entrega ridículo para los primeros capítulos. Estaba perdido. Porque incluso su estrategia en busca de inspiración no estaba yendo a ningún lado. Potter no había vuelto a contactarlo, y cuando él tomó la iniciativa, solo recibió una escueta respuesta sobre tener demasiado trabajo.
Draco suspiró, paseándose por la sala. No le había vuelto a escribir para no verse desesperado, pero le fastidiaba un poco su actitud, pese a que había aceptado volver a verlo y a que ese primer acercamiento no había estado nada mal. ¿Quizás se había precipitado al exponer sus "sentimientos juveniles"? No, más allá de la sorpresa inicial, el hombre parecía casi halagado. ¿Tal vez se estaba tomando su tiempo para poner a prueba su paciencia e interés? No, parecía demasiado pronto para eso. Y demasiado elaborado viniendo de él. O, probablemente, era cierto que solo tenía mucho trabajo. Después de todo, admitió haber tenido un día difícil cuando se reunieron. Aunque no habló al respecto, su consumo de 5 cervezas parecía confirmarlo.
Sacudió la cabeza, porque volvía a distraerse. Aunque sus teorías sobre Potter le dieron una idea. Realmente nunca había usado ese recurso, pero Pansy lo mencionó la última vez que hablaron y podría valer la pena intentarlo. Un ejercicio de escritura. Tomar un tema y tratar de escribir algo sobre eso. Y ya que Potter se había convertido en su fuente de inspiración, bien podría intentar escribir sobre su cena.
Se disponía a volver a su escritorio cuando el timbre sonó. Maldita sea, justo cuando había encontrado una especie de respuesta a su dilema. Se encaminó de mal talante, dispuesto a quejarse de la pésima costumbre de Blaise de llegar sin avisar. No obstante, su reclamo pereció antes de ser enunciado, porque quien estaba al otro lado de la puerta no era su amigo.
De nuevo vestía su uniforme de auror, aunque el ceño malhumorado había sido reemplazado con una expresión reservada. Y esa vez no llegaba con las manos vacías.
-Potter –dijo por saludo, tratando desesperadamente de recordar si se había puesto los pantalones buenos o los que tenían dibujos de penes en la parte de atrás (cortesía de la adorada Pansy, un día que se durmió luego de una borrachera).
-Eh… Sé que dije que te escribiría antes de venir, pero digamos que… fue algo impulsivo –pese a su apariencia de tipo rudo, su voz sonaba algo cohibida–. Compré comida Thai y luego pensé que no quería comer solo… Esto, si no es buen momento me puedes decir, entiendo que no es…
-Ya, pasa –invitó con una sonrisa, porque le empezaba a parecer adorable su forma de balbucear y simplemente no podía permitirlo–. Estás de suerte, no he comido por culpa de mis problemas de escritor.
-¿Aún atrapado en el bloqueo?
-Atrapado, enjaulado, diezmado, atascado, acabado –se quejó, con un dramático suspiro–. Mi editor me pidió que le entregue tres capítulos dentro de un mes. Completamente irracional. ¿Cerveza clara o jugo? –El brusco cambio de tema hizo parpadear al moreno, que había depositado la comida en la isla de la cocina y se estaba sacando la capa escarlata.
-Eh, jugo. Tengo audiencia mañana temprano –asintió, sacando solo una cerveza para él y sirviendo un vaso de zumo de calabaza–. Entonces, ¿qué harás?
-Deslizarme hacia la locura hasta que la inspiración vuelva a mí –se encogió de hombros, llevando un par de platos y empezando a servir. Si Potter no tenía habilidades para cocinar, al menos parecía conocer buenos restaurantes–. Como sea, ¿qué te pasó a ti?
-¿A mí?
-Bueno, has estado ocupado, evidentemente estás cansado y dijiste que no querías comer solo. Sumar todo eso, equivale a alguien que busca distraer su mente de algo –concluyó, ofreciéndole una sonrisa al tiempo que le pasaba su plato rebosante de delicias Thai.
-Eso es… bastante preciso –admitió.
-¿Tiene que ver con tu audiencia de mañana? –Cuestionó suavizando el tono, pero el auror solo arrugó la nariz antes de llevarse a la boca una generosa cucharada de Pad Thai–. De acuerdo, está bien si no quieres hablar de eso. Puedo seguir quejándome de mi bloqueo el resto de la noche –aseguró, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizante.
-Es… sigo perdiendo el control.
-¿Perder el control? –Repitió, aunque había estado a punto de demostrar que sabía de lo que hablaba, cuando no debía ser así.
-Ajá. Me pasa de vez en cuando, si me exalto mucho. Ah, es como… magia accidental.
-¿Y tendrás una audiencia por eso?
-Sí. Uno de los idiotas que arresté puso una queja por exceso de fuerza.
-Probablemente se lo merecía, ¿no? –Aportó, recordando que en el café la Srita. Insignias mencionó que había sucedido porque varias víctimas eran niños.
-Eso no importa, el punto es que es casi seguro que me van a suspender. Al menos unas semanas –cualquier otro habría perdido el apetito ante tal perspectiva, en cambio Potter siguió comiendo, aunque con un leve ceño de malestar.
-Mmm. Tal vez podrías intentar usar la meditación para controlarte.
-Ya lo hice. Meditación, yoga, pociones relajantes… nada funcionó –realizó el recuento con evidente frustración.
-Entonces déjalo salir.
-¿Qué?
-Las explosiones se dan por sentimientos reprimidos. Puedo suponer que en ti está actuando la ira motivada por tu sentido de justicia. Así que en lugar de ir guardando todo y perder el control en momentos inconvenientes, podrías buscar la forma de elegir cuando sucede. De preferencia bajo condiciones que no expongan a otros o pongan en riesgo tu empleo.
-¿Crees que funcione?
-Por supuesto. Gestionar tus reacciones en un escenario controlado podría ayudar a que sea más sencillo hacerlo en una situación real.
-Parece una buena idea. No se me había ocurrido.
-Tampoco a mí, lo leí en un estudio polaco –Potter alzó las cejas, por lo que se vio obligado a improvisar–. Lo estudié mientras creaba un personaje, aunque finalmente lo descarté.
-Oh. Podría intentarlo. De todas formas, tendré tiempo para eso.
-Podría acompañarte, si te animas a hacerlo.
-¿En serio? ¿No te da miedo? –Inquirió, su tono ligero impidiendo que lo tomara en serio.
-Uhmm, con el historial que tenemos no sería una novedad que me ataques. Aunque algo me dice que actualmente no lo harías a propósito –Potter respondió con una media sonrisa que terminó de relajar sus severas facciones.
-Y siempre puedes usarlo para tus novelas, ¿no?
-No voy a mentir, en esta época cualquier inspiración es bienvenida –admitió, consciente de que estaba haciendo un puchero caprichoso. Aunque se transformó en algo muy distinto cuando el Gryffindor volvió a hablar.
-Seguro saldrás de ese bloqueo. Y podrás volver a escribir algo tan bueno como "Venciendo la profecía".
-¿Acaso has estado leyendo mis libros? –Indagó, incapaz de contener una sonrisa de satisfacción. El chico se encogió de hombros como si no fuese la gran cosa.
-Sentí curiosidad luego de nuestra reunión.
-¿Te gustó?
-Fue muy entretenido, me mantuvo despierto hasta las dos de la mañana.
-Creo que ese es uno de los mejores halagos que he recibido –Potter bufó con pretendido fastidio, pero sus ojos no podían ocultar cierto deje de orgullo.
-Me gustó mucho el final, no fue para nada lo que estaba esperando –añadió, con lo que tuvo que dejar de comer un momento, mientras se abanicaba exageradamente.
-Detente, me estás haciendo sonrojar –jamás pensó que lo escucharía reír tanto por sus tonterías, pero fue justo eso lo que sucedió en ese momento–. Oye, si te suspenden ven a buscarme. Ya sea que quieras probar lo que discutimos o nada más quejarnos de nuestras crisis laborales.
-¿Y si no me suspenden? –La mirada esmeralda era muy brillante, como si esperase algo en específico. Draco sonrió de lado, sin tener que esforzarse mucho para contestar.
-Igual ven, podemos celebrar.
-De acuerdo.
Lo que Draco no esperó, bajo ninguna circunstancia, era que Potter tomaría su invitación al pie de la letra. Porque él la había formulado de manera general, refiriéndose a los días posteriores a la audiencia. No obstante, tenía a Potter en su casa a la mañana siguiente, todavía vistiendo su túnica formal mientras él tenía el cabello rubio despeinado y los malditos pantalones de penes (en ese momento sí estaba seguro). Igual lo hizo pasar, aunque le pidió que esperara porque justo se disponía a tomar un baño. Mientras se duchaba trató de pensar en que eso era una buena señal. Significaba que Potter se sentía cómodo en su presencia, al menos lo suficiente para buscarlo luego de algo difícil. Si seguía por ese camino, muy pronto podría poner en marcha su plan de seducción. Con eso en mente empezó a enlistar diversas opciones de menú que podría cocinar para animarlo, porque por su gesto podía discernir que sí lo habían suspendido.
Se arregló bien tras secarse el cabello, nada de prendas con dibujos fálicos, aunque tampoco exageró para no ponerse en evidencia. Cuando finalmente estuvo listo, volvió a la sala, donde Potter lo esperaba medio acostado en el sofá mientras tiraba hacia arriba un cojín. Se veía bastante cómodo y menos molesto.
-Entonces… ¿Tendremos un almuerzo de celebración o de consuelo? –Cuestionó, yendo a sentarse en el único sillón individual que poseía. Lo hacía sentir un poco como en una sesión de terapia. Aunque dudaba ser la persona más indicada para ello.
-No estoy seguro.
-¿No te dieron el veredicto?
-Sí. Suspensión de una semana –informó, dejando de jugar con el almohadón y quedándose con él entre los brazos. Algo inesperado se removió dentro de él al ver los fuertes bíceps del auror aprisionando ese objeto como si fuera un niño con su osito de felpa.
-Eh… supongo que pensaste que iba a ser peor.
-La verdad sí. Pero creo que fueron indulgentes por ser quien soy –admitió, con una mueca de desaprobación. Draco le sonrió con simpatía, asintiendo.
-Es posible, aunque tal vez hubo otros atenuantes a los que no das crédito. Por ahí escuché que te exaltaste porque algunas víctimas eran niños –la forma en que lo observaba le hizo sentir expuesto de alguna manera, por lo que carraspeó antes de proseguir–. Es probable que el jurado también lo supiera y lo tuvo en cuenta. Y de no ser así, ¿qué importa que tu nombre fuera la diferencia? No lo pediste, no te puedes sentir culpable por eso –Potter lo siguió contemplando en silencio, hasta que una lenta sonrisa suavizó sus facciones.
-Gracias por decirlo.
-Uhmm. Así que una semana, ¿eh? ¿Tienes algún proyecto en mente?
-¿Algún proyecto? –Asintió, recordando una queja recurrente de Pansy cuando hablaban sobre como él tenía más libertad y aun así solo se la pasaba escribiendo.
-Ajá. Algo que lleves algún tiempo queriendo hacer, pero que tus estrictos horarios no permiten.
-No lo sé. Lo único que he estado pensado fue lo que hablamos. Realmente me gustaría encontrar alguna forma de controlar esas explosiones.
-Cierto… ¿Te gustaría ir al campo?
-¿Qué? –Por extraño que pareciera, Draco estaba tan asombrado como él por lo que había dicho. Aunque no pensaba retractarse, eso podía ser realmente beneficioso para sus planes. Por eso se encogió de hombros, siguiendo adelante con su osada propuesta.
-Tengo una propiedad en Dunkeld. Nada ostentoso, es más como una cabaña. Pero tiene bastante espacio para que pierdas el control sin alertar a otros –aseguró, con una sonrisa de complicidad–. Podemos ir un par de días, si quieres. Igual estaba considerando hacerlo para ver si el cambio de ambiente favorecía a mi inspiración –afirmó con naturalidad, para que no fuera a sospechar de más al respecto. Potter asintió una vez, jugueteando distraídamente con una esquina del cojín que sostenía.
-¿Cuándo nos vamos? –Preguntó con sencillez, haciéndolo sonreír.
-¿Después de comer? Honestamente, no he desayunado. Pensaba preparar algo, podrías ir por tus cosas mientras cocino.
-Suena bien –finalmente se incorporó, dejando a un lado el almohadón y desperezándose con calma.
Draco se esforzó por recuperar el aliento, pero tenía la visión emborronada y sentía que miles de hormigas caminaban por todo su cuerpo.
-¡Lo siento tanto! –Exclamó una hormiga de mayor tamaño, seguida de una profana plegaria de mierda, mierda, mierda que sonaba cada vez más fuerte–. Te juro que no fue a propósito, de verdad pensé que era una distancia segura –afirmó, por fin llegando a su lado y cubriéndolo del sol–. Joder… Al menos no tienes nada visible –informó, tras darle un concienzudo escrutinio–. ¿Cómo te sientes?
-¿Por qué no dejas de dar vueltas? –Indagó con voz rasposa. Las hormigas estaban desapareciendo, pero aún le dolía el estómago y percibía un ligero escozor en las costillas.
-Joder –podía ser producto de la leve desorientación que padecía, pero el ceño angustiado de Potter se le figuró muy adorable.
Debía tener una conmoción cerebral.
-Pasará –murmuró, medio cerrando los ojos y considerando tomar una siesta.
-Hey, no te duermas –al ser ignorado, le sacudió el brazo con cierta rudeza–. Draco, mírame –el aludido sonrió, aunque no le hizo caso.
-Acabas de llamarme por mi nombre. Sería un buen momento para morir.
-No seas idiota –finalmente le ganó la risa, lo que hizo resoplar al hombre a su lado–. Estás fingiendo, ¿verdad?
-Solo un poco. Ya está pasando el mareo, pero me duelen las costillas –admitió, tocando tentativamente el punto donde aún sentía un molesto hormigueo.
-¿Te puedo levantar la camisa?
-Oh, ¿te prenden las explosiones accidentales? –Rió por su expresión indignada, aunque podría afirmar que las mejillas del chico mostraban un delicado tono carmesí.
-Quiero revisar si no te rompí algo por accidente –aclaró, sonando un tanto a la defensiva.
-Puedes hacerlo sobre la ropa.
-No sabía que eras tan tímido –pinchó, aunque respetó su decisión y empezó a presionarlo sobre la ligera tela de su jersey. Draco se quejó entre dientes, aunque no era tan doloroso como para alarmarse–. Creo que estarás bien. Aunque posiblemente quede una marca.
-Genial.
-De verdad lo siento –reiteró. Parecía haber terminado con su revisión, aunque su mano aún descansaba sobre su abdomen.
-Ya lo dijiste –apuntó, alzando la mano y dándole unas palmaditas en el dorso–. Es solo que hacía mucho que nadie me derribaba con magia. Y tus explosiones son… –Silbó. Había esperado ver piedras sueltas volando o algo semejante, pero los aurores del café no estaban exagerando cuando dijeron que fácilmente podría derribar paredes. No obstante, el Gryffindor recibió sus palabras con una mueca, apartando la mirada y tratando de alejar su mano. Draco sujetó sus dedos por puro impulso, sorprendiéndolos a ambos–. Me refería a que fue impresionante.
-No importa que sea impresionante, necesito poder controlarlo –casi parecía estar pidiéndole algo, lo que aunado a sus ideas revueltas por haber recibido la explosión, lo hizo formular un plan de lo más riesgoso.
-¿De verdad lamentas haberme lastimado?
-¡Por supuesto que sí! –Lucía ofendido por su pregunta, por lo que siguió hablando para que pudiera entenderlo:
-Entonces te ayudaré.
-¿Cómo?
-Sí, creo que será incluso más útil que solo dejarlas salir –meditó en voz alta, haciendo que el auror pusiera un ceño dubitativo.
-No te estoy entendiendo.
-Practicaré contigo –propuso, formando para él una sonrisa de ánimos–. Me iré acercando a medida que tengas explosiones y tendrás que asegurarte de no hacerme daño.
-Eso no parece un plan para contener mis explosiones –a su comentario lo acompañó una brillante mirada de intriga.
-No lo es. ¿No te das cuenta, Harry? Estás viendo las explosiones como algo malo a erradicar. De cierta forma les temes. Pero no debe ser así. La verdadera solución es que puedas controlarlas a voluntad. No cohíbas tu magia, úsala –animó, dándose cuenta por el ir y venir de su mirada de que acababa de darle un apretón en la mano que aún sostenía–. Transforma tu debilidad en un instrumento y no volverás a temerle.
-Eres… inesperadamente alentador. Y también masoquista –Draco se echó a reír, notando que sus ojos por fin se habían aclarado, pues no perdió detalle de la dulce sonrisa del auror. Ni de la forma en que brillaron los orbes esmeraldas al escuchar su respuesta:
-Solo confiaré en ti. ¿Eso es masoquismo?
-No sabía que confiabas tanto en mí.
-Uhmm, ¿te vas a poner emotivo al respecto?
-Idiota –probablemente esa fue la primera vez que alguien lo insultaba en un tono tan cálido. Por eso respondió con una sonrisa, apretando su mano conscientemente.
-Ayúdame a levantarme, tengo cuatro días para hacer de ti el tipo más letal del departamento.
Demian estaba temblando, con la vista fija en las rudas manos del auror, preguntándose casualmente a cuantos sospechosos habían sometido en el pasado. De alguna forma, también a él lo había sometido. Había doblegado su orgullo y tirado por tierra su coraza. ¿Para qué era que la necesitaba? Si al final era lo que siempre había añorado. Ser visto. Ser escuchado. Ser protegido por él. Regodearse en la certeza de que tenía todo en sus manos para destruirlo, pero que jamás lo haría porque para él solo tenía toques gentiles y reconfortantes. Aunque el resto del tiempo siguiera siendo tan tosco y simple, cuál paisaje agreste que se torna más bello por su descuidada exuberancia. Así era él. La antítesis del hombre de sus sueños, que fácilmente se estaba convirtiendo en el sueño más real que alguna vez había tenido.
Draco despegó la pluma del papel, permitiendo que una gota de tinta manchara la esquina inferior de la hoja. Su capítulo más reciente se había tornado tan empalagoso que casi no reconocía como propia su escritura. Pero lo era. Tan cierto como que la inspiración había vuelto a raudales, haciendo difícil ignorarla aunque fueran casi las 3 de la mañana. Pero no podía soltar la pluma, que se deslizaba al compás de las agujas del reloj, obligándolo a rellenar página tras página. No podía mentirse, eso ya no podía denominarse un ejercicio de escritura. Se había convertido en una historia con todas las letras. La más problemática de todas, porque nunca podría publicarla. Sería imposible negarle a Harry que se trataba de él y…
¿En qué momento eso se había convertido en un problema? Draco gruñó, dejando la pluma a un lado y usando su mano derecha para darse un necesario masaje en el cuello.
Era su tercera noche en Dunkeld, y tras la última práctica de ese día Harry había sido capaz de controlar el daño que hacía a cuatro metros de distancia. Entonces había ocurrido esa conversación que lo tenía escribiendo como desquiciado a altas horas de la noche.
-Eso fue maravilloso. Creo que mañana lo tendrás dominado por completo, o al menos hasta un metro –animó, sin entender del todo la intensa expresión del auror.
-¿Hasta un metro? ¿Crees que sea necesario practicar tan cerca?
-Creo que es necesario si no quieres lastimar por accidente a algún colega –comentó, aunque no iba a dejar pasar una oportunidad tan buena, por lo que añadió:- ¿O es que temes no poder controlarte si me dejas acercarme más? –El moreno fue incapaz de esconder el fugaz vistazo que le dio a sus labios, provocándole un hormigueo muy distinto al que dejaban sus explosiones de magia.
-Depende de que tanto quieras acercarte –apuntó con voz ronca, consiguiendo ponerlo nervioso más de lo que podría haber previsto.
-Sabes que soy codicioso por naturaleza. Iré por todo. ¿Crees que podrás soportarlo?
-Creo que es riesgoso poner a prueba mis límites, pero te aseguro que me esforzaré por cuidarte en todo momento.
-Más te vale. No quiero llegar de emergencia a San Mungo con las costillas rotas.
Aunque había aligerado el ambiente con esa broma, Draco no fue capaz de contener el efecto que tuvo en él esa aseveración. Porque no era la primera vez que coqueteaban de forma tan directa, pero que Harry dijera que quería cuidarlo… era algo muy difícil de ignorar. Sabía que su plan estaba dando frutos, prácticamente lo tenía en la palma de su mano. Solo haría falta terminar de hacerlo caer y luego…
-¿Te levantas tan temprano a escribir? –Dio un respingo, volteando hacia la voz proveniente de la puerta. Debió haber dejado entreabierto cuando fue por agua, y eso había permitido que el Gryffindor se asomara hacia su habitación.
-No he dormido.
-¿Nada? –Negó, luchando por no darle un vistazo nervioso a sus escritos. Aun así, el moreno los ubicó enseguida, con una media sonrisa que no entendió de inmediato–. ¿Superaste el bloqueo?
-¿Qué? Ah, sí. Desde hace un par de días.
-Debiste decirme, te hice perder el tiempo practicando cuando quizás querías escribir.
-En realidad prefiero la noche para eso, es más… serena.
-Ya veo. ¿Me dejarías leer algo? –Draco se enderezó en su lugar, conteniendo el impulso de tirarse sobre el papel para defenderlo, aunque Harry no había hecho movimiento alguno para entrar a la habitación.
-Absolutamente no.
-¿No?
-No.
-¿Por qué? –Respondió primero con una mueca, mordiéndose distraídamente el labio inferior.
-Es vergonzoso.
-Oh, debe ser bueno –dijo con una sonrisa intrigada, haciéndolo resoplar.
-Tendrás que esperar y leerlo cuando esté publicado –aunque probablemente me odiarás entonces.
-¿No podría persuadirte de alguna manera?
-¿Crees poder pagar el precio? –Harry conservó una media sonrisa que lo hacía lucir un tanto arrogante, aunque también muy atractivo.
-Pon el precio.
-Medio metro.
-¿Cómo dices?
-Controla tus explosiones a medio metro y te daré lo que pides –estableció, comprendiendo de inmediato que acababa de firmar su sentencia por la manera en que centellearon los ojos esmeraldas.
-¿Y si te digo que ya conseguí hacer algo mejor que eso, me darás algo más? –Draco tragó saliva, sin poder avergonzarse del sonrojo que sabía estaba mostrando.
-¿Algo mejor que controlar tus explosiones a medio metro?
-Así es. Justo por eso tampoco he dormido –reveló, consiguiendo despertar su curiosidad de manera bastante eficaz.
-¿Qué es? –Pretendía preguntar por ese algo más que pedía, pero Harry debió entender otra cosa, porque siguió explicando:
-Me quedé pensando en un par de cosas que dijiste. Que no estaban directamente relacionadas, pero que podrían estarlo –Draco alzó las cejas, algo perdido sobre a dónde quería llegar–. Dijiste que no debo temer a mis explosiones, que es magia que puedo usar a mi favor. Y también dijiste que tengo que controlarla para no lastimar inconscientemente a alguien inocente. Eso me hizo pensar… ¿Y si pudiera tomar otra forma? Si en lugar de explosiones, pudiera canalizarla casi tan bien como lo haría con una varita. ¿Qué pasaría entonces? –Lo contempló boquiabierto por algunos segundos, porque realmente no se le había ocurrido que algo así pudiera ser posible.
-¿Lo intentaste?
-Así es –su media sonrisa arrogante tomó sentido en ese instante, pero aún así demandó:
-¿Y bien?
-Funcionó –informó sencillamente. La aguda mirada que le dirigía lo hizo temer que estaba por conseguir aún más inspiración para sus escritos–. Y ya que también dijiste que confías en mí, podrías ayudarme a hacer la prueba definitiva para ver si lo tengo controlado.
-Claro, podemos ir ahora mismo.
-No es necesario salir, creo que en la sala hay suficiente espacio.
-Pareces muy confiado –destacó con una sonrisa, por fin caminando hacia él.
-Ya lo verás –era tal su convicción que no pudo hacer más que seguirlo. Podía ser producto de lo que había estado escribiendo, o de la restaurada confianza del auror, pero había una suerte de electricidad estática en el aire, casi como una corriente que lo hacía seguirlo sin dudar–. Estás bien ahí, tengo que estar al otro lado de la habitación.
-Creí que la idea era estar cerca sin temor a que pierdas el control.
-Te aseguro que estarás tan cerca como quieres –enarcó una ceja ante la desfachatez del Gryffindor, pero no tuvo ocasión de responder porque dos segundos después la tenue corriente que había estado sintiendo se convirtió en algo mucho más tangible. Emitió un impropio jadeo cuando sus pies dejaron de tocar el suelo y se vio propulsado hacia adelante.
De nuevo tenía dificultades para respirar, pero contrario a cuando lo había derribado, no le dolía nada y el hormigueo en su piel no era desagradable en absoluto. Harry dejó salir una bocanada de aire cálido que chocó contra su mandíbula, porque sí, así de cerca estaban. Lo suficiente para notar que pese a que durante el colegio siempre le había sacado casi una cabeza de diferencia, en la actualidad apenas lo superaba por unos cuantos centímetros. Y que el pecho del auror era tan robusto que fácilmente podría servirle de escudo.
-¿Te lastimé? –Susurró el moreno, cuyas manos sostenían sus brazos con inesperada delicadeza.
No aún.
-Para nada –sabía que tenía todo a favor en ese momento, por eso movió despacio sus manos, apoyándolas en las caderas del chico. La electricidad estática volvió a ser muy notoria, como si su magia quisiera mantenerlo pegado a su cuerpo. Contuvo una risa de victoria, añadiendo en voz baja:- Tú ganas. ¿Qué era lo que querías pedir? –Por un instante pensó que no respondería, y solo tomaría lo que tan evidentemente quería, pero Harry volvió a exhalar, esa vez en la comisura de sus labios, mientras pedía con sencillez:
-Un beso.
-¿Solo uno? –Pinchó con una leve sonrisa, gesto que el auror se llevó consigo cuando cobró su recompensa.
Qué bien que no agregué "buen besador" a la lista, fue su primer pensamiento, porque entonces Harry habría dejado de ser el candidato perfecto.
Quiero besarlo el resto del día, fue su siguiente pensamiento, porque el moreno estaba totalmente entregado a lo que algunos patanes que conocía consideraban un simple juego previo.
Draco solo gemía durante los besos cuando quería llevar las cosas al dormitorio, salvo que esa vez el sonido fue involuntario, escapando audazmente de su garganta cuando las manos de Harry recorrieron sus brazos hasta llegar a su cuello. La oportunidad que otros usarían para tocar su trasero o empujarlo contra su erección, Harry la usó para sostener su rostro de manera posesiva pero afectuosa, suscitando el escandaloso deseo de querer que tocara todo su cuerpo de la misma forma. Y sus labios…
Jodida Mierda. Así, en mayúscula y cursiva, como un momento de impacto para un personaje principal. Porque en ningún momento fue un beso inseguro, pero sí evolucionó de toques suaves que le permitían retractarse hasta sensuales roces de lengua que lo tenían aferrándose a sus caderas. Temía no poder retratar ese pasaje en su historia, porque no creía ser tan buen escritor para describir a cabalidad lo devastador y edificante que era besarlo. Y es que incluso si no llegaba a poner a prueba el ítem de las revolcadas, sus besos lo tendrían escribiendo como poseso durante noches interminables.
-Draco –era un hecho que había pronunciado su nombre pocas veces, pero que lo hiciera contra sus labios en medio de un suspiro sería algo que recordaría por siempre–. No quiero precipitarme, pero…
Hazlo, por favor.
-¿Sí?
-Perdón por las luces… Y el resto –en lugar de la pecaminosa propuesta que esperaba, escuchó esa disculpa sin sentido.
-¿Las luces?
-Es solo que… –Siguió susurrando, y fue difícil prestarle atención cuando el motivo de sus pausas eran más besos ardientes que hacían que su sangre bombeara con violencia–. Cuando me excito también suele… –Una nueva interrupción lo detuvo, aunque fue su estremecimiento cuando la bombilla más cercana estalló dejándolos casi en completa oscuridad–. Suele suceder eso –finalizó, aunque su cerebro todavía conservaba la lucidez necesaria para hacer esa conexión de ideas. Draco se dejó llevar por la repentina aura de intimidad, mordiéndole el labio de manera traviesa.
-Si eso sucede con un par de besos… ¿Qué pasará después? ¿Destruirás toda mi habitación? –Harry tragó saliva pesadamente, seguido de un par de bruscas bocanadas. Pansy debió equivocarse al afirmar que el chico era virgen, porque su respuesta no fue nada tímida o santurrona:
-No quisiera dañar de algún modo tus escritos. Vamos a mi habitación y te aseguro que pagaré hasta el último daño –Draco rió a pesar de todo, incrédulo de que realmente se estuviera preocupando por eso en ese momento. No obstante, su risa se convirtió en un nuevo jadeo de sorpresa cuando el moreno sujetó sus caderas y lo levantó con envidiable facilidad. Lo rodeó con las piernas por puro instinto, inhalando tembloroso cuando finalmente sintió su erección presionando debajo de la suya.
Una, dos, tres. Las bombillas de la cocina, el pasillo y la habitación de invitados estallaron a su paso como una secuencia de fuegos artificiales. Y cuando Harry cerró la puerta de una patada y lo dejó atrapado entre la madera y su cuerpo, temió que su cabeza sería lo siguiente en desarmarse con una lluvia de chispas. Pero lo que se resquebrajó debió ser la ventana, a juzgar por el ruido de cristal que casi quedó acallado por el eco de sus gemidos. Qué diablos le importaba una ventana rota cuando Harry hacía temblar todo su cuerpo, siendo el epicentro el sitio que besaba a un lado de su cuello.
Draco podría jurar que solía ser más activo durante sus encuentros íntimos, pero es que ninguno de sus compañeros anteriores le había hecho sentir tan afiebrado y fuera de sí. Nadie había perdido el control de manera tan sublime, al tiempo que conservaba cierto resquicio de calma. Porque más cosas caían de la mesa de noche y algo más se hizo añicos en algún momento, pero Harry todavía se las arregló para seguir besándolo con suavidad mientras le desabotonaba la camisa con calma. Cada botón se sintió como algo ceremonioso, en especial cuando su pecho quedó al descubierto y el auror lo contempló con apabullante intensidad mientras resquebrajaba la última pieza de su cordura al declarar:
-Eres tan hermoso –perdió el aliento y lo recuperó de sus labios, sabiendo que esas memorias serían ponzoñosas algún día. Porque él había sido llamado caliente, sexy, atractivo y el resto de adjetivos por los que muchos lo envidiarían. Pero era la primera vez que era llamado hermoso, y que también era tratado en consecuencia. La cadencia con que Harry besaba su pecho era delirante, dejando un hormigueo donde sus labios marcaban, como un rastro de magia que perduraría sobre su piel, condenando por siempre las exigencias de su cuerpo.
-Te necesito –formuló la súplica más reprobable de su vida, que no fue utilizada en su contra pero sí rechazada con seductora gentileza.
-No es necesario apresurarse –amonestó contra sus labios, haciéndole notar que seguía sosteniéndolo por el agradable apretón que le dio a sus muslos antes de ayudarlo a ponerse de pie. La única razón porque no le fallaron las piernas fue por lo cerca que estaban–. Dijiste que eres codicioso –sus palabras volvieron seguidas de una sonrisa, mientras daba un paso atrás y se abstenía de tocarlo, sujetando cruelmente nada más que su camisa abierta–. Vamos por todo, Draco –nunca había sido creyente, pero seguramente ese era el tipo de tentación que condenaba a los que sí lo eran.
Cedió con un suspiro, volviendo a anhelar sus manos cuando el indolente Gryffindor deslizó su camisa por sus hombros con innecesaria suavidad. Solo lo había despojado de una prenda y con eso había bastado para hacerle temer que se había equivocado y que su candidato perfecto estaba a punto de desafiar la última expectativa que tenía pendiente de marcar en su lista.
Harry sonrió como si hubiera leído su mente, apoyando ambas manos en sus hombros e instándole a girar. Usualmente eso significaba una paja o una follada rápida, y nunca lo hacía con mucho entusiasmo. Salvo que no estaba con ninguno de sus ligues ocasionales, y eso volvió a quedar de manifiesto cuando Harry se pegó a su espalda, respirando profundo en su nuca antes de retomar esos besos que hacían estallar cosas alrededor y en su mente. Draco no tuvo tiempo para preguntarse si el crujir de madera que escuchó fue la puerta o algún mueble de la habitación, porque las manos rudas del auror por fin se habían apiadado de él y recompensó sus necesitados gemidos con sutiles pellizcos en sus tetillas que jamás habían sido tan sensibles. Si lo que el maldito Harry quería era hacerlo venirse en sus pantalones, por el puto Merlín que iba a conseguirlo. Y ni siquiera se sentiría avergonzado al respecto.
No puedo ser el único siendo sometido. Ese pensamiento lo empujó a tomar acción, por lo que terminó de acercarse a él, moviendo su trasero descaradamente contra la pulsante erección del Gryffindor. El gemido ronco que detuvo los besos en sus hombros fue simplemente glorioso. No llevaba un marcador, pero acababa de anotarse un buen tanto. No obstante, su victoria no duró demasiado, porque Harry detuvo sus caricias, recorriendo su torso con las palmas abiertas para terminar sosteniendo su cintura.
-Rubio ansioso –acusó, teniendo la audacia de hablarle en susurros sobre su hombro–. ¿Esto es lo que quieres? –Acompañó la descarada pregunta con un mordisco en el lóbulo de su oreja y un brusco empujón contra su trasero. Dio su aprobación con un sonoro gemido, agradeciendo que eso estuviera sucediendo en Dunkeld y no en su apartamento donde un encantamiento insonorizante podría fallar y dejarlo expuesto. Harry volvió a arrebatarle su hilo de pensamientos cuando repitió la embestida contra su trasero, dejándolo sin aliento. Muchas veces había criticado la ropa de otros, pero nunca al punto de odiar las prendas tanto como detestaba las barreras de tela que lo separaban de esa polla que tenía a su propio miembro apretándose dolorosamente dentro de sus pantalones.
-Sí –jadeó descarado, respondiendo a los crueles movimientos que amenazaban con arrancarle la segunda súplica de su vida. Para evitarlo llevó una mano a su propia erección, pero Harry lo detuvo justo cuando se disponía a soltar la hebilla de su cinturón.
-Draco –llamó en tono caprichoso pese a lo gutural de su voz–. No seas egoísta. No me quites el placer de desnudarte, ¿quieres?
-Hazlo de una vez. Tócame –exigió, porque era mucho más decente que rogar por ello. Debía recordar con quién estaba tratando, porque Harry respondió con una risita traviesa.
-¿Llevas demasiado tiempo esperando por esto? –Supuso que se refería a su confesión de haber sentido algo por él antes, algo que de pronto resultaba muy útil.
-Sí –pero el Gryffindor volvió a probar porque durante tanto tiempo se había metido con sus nervios cuando tornó eso en su contra:
-Debo esforzarme, entonces. No puedo solo quitarte la ropa y follarte descuidadamente como a cualquier ligue nocturno –afirmó, dándole un húmedo beso en el cuello que convirtió su naciente quejido en un gemido de aprobación–. Hagamos que la espera valga la pena. Quiero que ambos recordemos muy bien esta primera noche –su cerebro no fue capaz de procesar la gravedad de sus palabras en ese instante, pues las manos del auror volvían a moverse y finalmente estaba soltándole el cinturón–. Dime, Draco.
-¿Uhm? –Medio preguntó, medio rugió cuando esos hábiles dedos bajaron la cremallera de su pantalón.
-Dime qué quieres –demandó, con un leve mordisco en su cuello que lo hizo echar la cabeza atrás.
-A ti –suspiró, alzando una mano para acariciar su rostro. Harry exhaló encantado contra su hombro, apiadándose de su débil estado al acariciar su erección sobre la tela de sus calzoncillos. Seguía siendo insuficiente, pero la manera en que gimió y se volvió a empujar contra su trasero fue de lo más satisfactoria, demostrando que pese a su insistencia de ir despacio también estaba muy excitado.
Me desea tanto como yo a él.
Más frascos se hicieron trizas en alguna estantería cercana, pero Draco no tenía espacio para eso en su mente. Todo él estaba siendo acaparado por el arrasador calor de Harry y la forma en que sus traviesos dedos alternaban entre sutiles apretones y exquisitos círculos sobre la tela cada vez más húmeda de sus calzoncillos. Si así era como iba a perecer, se iría con una sonrisa. Porque al menos una vez alguien se tomó el tiempo de seducirlo con delicadeza y sensualidad, no por lo que iba a recibir de él sino por llano placer.
Que sí sea solo la primera noche, por favor, se encontró suplicando en sus adentros cuando el auror dejó de jugar con él y se decidió a colar la mano bajo sus calzoncillos. Pese a estar bastante lubricado, podía percibir la leve rugosidad de sus rudas manos, que creaba una fricción que le hizo flaquear las piernas.
-¿Debería llevarte a la cama? –Se atrevió a preguntar el jodido Harry, ralentizando innecesariamente el ritmo de sus caricias. Draco movió las caderas, exigiendo la atención que merecía mientras reclamaba:
-Lo estoy… pidiendo… desde hace… media hora –el chico tuvo el descaro de reír entrecortado, deteniendo su cadera con la mano libre y dándole un mordisco correctivo en el hombro mientras también detenía el movimiento de su mano. Aunque no fue capaz de reclamar en absoluto, cuando lo que hizo fue atender su glande con caricias circulares que volvieron a atentar contra su estabilidad mental y corporal.
-Vamos, necesito comprobar si tu polla sabe tan bien como el resto de ti –Draco emitió un gemido quejumbroso, lamentando la pérdida de las agradables caricias que había estado recibiendo. Aun así, aceptó la mano que le ofrecía el Gryffindor para que terminara de quitarse el pantalón y los calzoncillos que habían quedado como un montoncito arrugado en sus tobillos.
-Tengo algo más que hacer antes –informó al voltearse y apreciar los oscurecidos ojos verdes, que devoraban su cuerpo desnudo con codicia.
-Creí que tenías prisa –apuntó, pero cooperó cuando tomó el dobladillo de su camiseta y se deshizo de tan innecesario obstáculo.
-Esto es molesto –lo atrajo más cerca dándole un tirón a la pretina del pantalón, suscitando una encantadora risa. Trató de hacerlo pagar por sus provocaciones al desabrochar despacio su pantalón, pero Harry volvió a demostrar que era el más impulsivo de los dos cuando se adelantó para darle un profundo beso que casi consigue hacerle olvidar la labor que tenía entre manos.
Debía concederle que había algo muy íntimo y memorable en desnudarse mutuamente, pues sus sentidos ya atrofiados sufrieron un nuevo cortocircuito a medida que la sencilla ropa del chico revelaba más piel. Quería tocarlo más, quería trazar un mapa por su cuerpo hasta conocerlo de memoria. Quería hacer una lista de sus lunares favoritos y preguntar por las cicatrices que jamás había visto. Quería que lo cubriera con su calor y monopolizar la voraz sonrisa que se dibujó en su rostro después de haberlo visto morderse el labio al liberar su erección. Draco dio un paso más cerca de su perdición, gimiendo junto a él cuando acarició la hinchada prueba de lo mucho que lo deseaba. Harry se empujó contra su mano, exhalando pesadamente y entrecerrando los ojos. No parecía tener problema en ceder el control un rato, por lo que dio un paso más, permitiendo que su propia erección chocara contra su abdomen. La reacción del Gryffindor de girar la cadera hasta que sus miembros se rozaron le quitó el escaso dominio que había conseguido. Solo quería tumbarse y ser destrozado. Anhelaba descaradamente ser ensanchado por él, sentir sus embistes todo lo que su cuerpo permitiera y deleitarse con las pulsaciones de su miembro cuando fuera derribado por el glorioso clímax.
-Harry –imploró, buscando sus labios con desesperante necesidad. Si seguía jugando con él no duraría ni un minuto. Y no temía por lo humillante, sino porque realmente quería extender todo lo que le estaba haciendo sentir.
-Siempre deberías decir mi nombre así –remarcó con cierto tinte divertido, pero no pudo resentirlo por la forma en que empezó a empujarlo hacia la cama–. Siéntate a la orilla.
-No puedo más –admitió sin pudor, aunque siguió su instrucción todavía tomando su mano.
-Tendrás que resistir un poco más, cariño –Draco suspiró cuando la negativa fue suavizada por un beso cadencioso y una caricia en su rostro.
Nunca pensó que llegaría a considerar tan sensual esa manera de sostenerle la mandíbula con la mano, pero perdía un gramo de cordura que jamás volvería cada vez que eso sucedía. Protestó cuando Harry volvió a alejarse, pero inhaló en anticipación cuando lo vio ponerse de rodillas entre sus piernas abiertas. Hizo un esfuerzo consciente por grabar esa imagen tan hedonista en su mente. Los oscuros cabellos vueltos un desastre, la sonrisa problemática cuando tomó su pierna izquierda y la enganchó sobre su ancho hombro, la abrasadora mirada esmeralda mientras se relamía los labios. Y, oh, maldita sea. Esa pecaminosa boca húmeda trazando un sendero de perdición por la vastedad de sus muslos. Harry terminó de atentar contra sus extremidades al hacer flaquear sus brazos, forzándolo a apelar a toda su fuerza de voluntad para no dejarse caer. Se quedó con la boca seca cuando su juguetón ir y venir llegó a destino, con un inocente beso en la base de su erección antes de empezar a recorrerlo con tortuosos lengüetazos que no saciaban la magnitud de su excitación. El chico rió desalmado ante el brusco brinco que dio su miembro, que exigía por su cuenta ser atendido como merecía.
-Mensaje recibido, me dejaré de juegos –se rindió, teniendo la maldita osadía de depositar un último beso húmedo en su anhelante polla.
-Si te atreves a…
Su intento de amenaza fue brutalmente interrumpido cuando Harry tomó su cadera y lo jaló más al borde, haciéndolo perder el equilibrio y caer de espaldas contra la cama. Su protesta por la rudeza y por estar con el trasero en el aire fue eclipsada por la manera en que esas hábiles manos separaron sus glúteos antes de exhalar su cálido aliento en su pulsante entrada. Dio un jadeo tembloroso cuando el descarado Gryffindor trazó su forma con la lengua, suponiendo por la ausencia de más sonidos que él era lo único que le faltaba por romper en esa habitación. Y, maldita sea, lo estaba consiguiendo. No podía siquiera mantener los ojos abiertos o el mismo pensamiento por más de dos segundos. Harry no estaba siendo suave ni tímido, estaba cumpliendo la amenaza de devorarlo que había leído en sus ojos. Lo que otros consideraban innecesario o se negaban a hacer, el moreno sonaba como si lo disfrutara genuinamente, rugiendo en aprobación mientras se lo jodía con la lengua. Podía percibir su entrada cada vez más lubricada y sensible, estremeciéndose al dominante ritmo de los movimientos circulares de esa insaciable boca. No obstante, cuando su ataque alcanzó un punto en específico, apretó las piernas inconscientemente, desesperado por detenerlo. Era una necesidad casi delirante el acabar sintiéndolo dentro de él, no de esa manera.
-Harry –llamó, utilizando el tono que parecía ablandar al chico. Su teoría fue comprobada cuando abandonó su voraz ataque, alejándose de su ansiosa entrada con más besos en sus temblorosos muslos.
-Está bien –finalmente cedió, incorporándose y ayudándolo a acostarse mejor, aunque todavía estaba atravesado a lo ancho de la cama–. Solo vamos a invocar un par de hechizos de protección, ¿de acuerdo? –Indicó, convocando su varita con la palma extendida. Draco emitió un medio quejido de frustración, para diversión del auror–. ¿Quién lo diría? Eres caprichoso y exigente incluso en la intimidad –destacó, tras susurrar los encantamientos y lanzar la varita de regreso al montón de ropa que habían dejado olvidada.
-Tú hablas demasiado –acusó, notando al darle un ligero beso que también se había aplicado algo para refrescar su aliento. Después le agradecería, porque habría sido una pena no poder besarlo todo ese rato. Harry sonrió contra sus labios, riendo un poco cuando enganchó las piernas tras su espalda.
-Perdón por querer cuidar hasta el más mínimo detalle –Draco suspiró, pues habían vuelto los besos en el cuello que le drenaban la cordura.
-Olvida eso y acaba conmigo –suplicó, enredando los dedos en los caóticos mechones azabache.
-Mmm, no quiero acabar contigo. Pero tal vez acabar en ti –resopló en respuesta, volviendo a abrir las piernas cuando sintió que sería recompensado con lo que tanto deseaba.
-Trato hecho –concedió, mordiéndose el labio con anticipación.
Harry volvió a mostrarle esa sonrisa fiera que se estaba convirtiendo en su favorita, manteniendo sus ojos en él mientras acariciaba su muslo haciéndolo doblar pierna. Suspiró con los labios entreabiertos cuando el contacto visual fue roto mientras el chico dirigía su erección hacia su palpitante entrada, aunque todavía tuvo el descaro de tentarlo con un par de empujes suaves que sólo prolongaron su agonía. El único motivo para no protestar fue que Harry no pudo contenerse más y finalmente empezó a introducirse dentro de él. Incluso la ligera tensión en su cuerpo por esa intrusión fue maravillosa, haciéndolo arquear la espalda cuando terminó de expandirlo. El auror gimió entre dientes, con la frente pegada contra su pecho. Podía percibir a cabalidad lo cálido y pulsante de su polla, por lo que también agradeció ese lapsus que les otorgó para sobreponerse a la abrumadora sensación de estar unidos de forma tan íntima.
Pese a todo el juego de seducción ejecutado hasta ese momento, Harry todavía se tomó un par de segundos extra para incorporarse sobre sus antebrazos y buscar sus labios con voracidad. Draco respondió con ansias, manteniendo los brazos alrededor de su cuello y gimiendo contra su boca desde el primer movimiento de empuje. Podía ser porque estaba sobreestimulado, podía ser por la magia aún descontrolada que todavía crepitaba entre ambos, o podía ser porque simplemente se complementaban de una manera cósmica que nunca hubiese imaginado; pero cada embiste lo hacía encoger los dedos de los pies, atravesaba su espina dorsal y saqueaba el aire de sus pulmones. Que suerte que la espalda de Harry fuera lo suficientemente ancha para aferrarse a ella, mientras se desmoronaba bajo sus caricias.
-Eso es –susurró sin aliento, besando la porción de piel bajo su oreja. Jamás se le había ocurrido que sería tan sensible de ahí–. Me estás volviendo loco…
Podría acusarte de lo mismo, maldita sea.
-Quiero todo de ti –pidió, penetrándolo despacio y mordiendo su hombro–. Te quiero solo para mí.
Posteriormente, Draco podría argumentar locura temporal, o culpar a la forma en que Harry movió la cadera y consiguió estremecerlo de pies a cabeza, pero aún así no podría negar cuál fue respuesta:
-Sí, soy tuyo –gimió. Su apasionada afirmación fue recompensada cuando Harry llevó la mano por entre sus cuerpos sudorosos hasta atrapar su goteante erección, que dio un rebote entusiasta entre los dedos del auror.
Si es que una pizca de voluntad o control quedaba dentro de él, fue aniquilada en ese mismo instante. Todo él quedó sublimado por las diestras caricias del moreno. Sus caderas estaban entumecidas, pero seguían moviéndose al encuentro de su verdugo. Su piel podría desprenderse por el calor que había provocado en él, pero aún era capaz de percibir el propio ardor de la piel de su amante. Y su erección que no daba más, soportó valientemente sus rudas caricias antes de ceder ante él.
En esos instantes de dicha carnal, no podría afirmar si había exclamado su nombre o si todo su aliento lo abandonó en forma de gemido. Y es que cuando su cerebro estaba empezando a procesar que el líquido cálido en su pecho había provenido de él, un espasmo desconocido y totalmente demoledor lo atravesó desde el punto que Harry seguía estimulando sin piedad. Draco lloriqueó por lo abrumador de esa sensación, exhalando con la boca seca cuando a todo eso se sumó el calor palpitante de la liberación de Harry dentro de su cuerpo. Demonios que podría haber desfallecido si hubiera dado una sola embestida más.
Que dé unas buenas revolcadas, se quedaba en la lista.
Draco había pasado de tener un acuciante problema a tener toda una lista de ellos. Suspiró, poniendo un sello a los tres sobres que había cerrado y los arrojó por la chimenea para un envío exprés. Bien, un problema menos.
Regresó a su mesa de trabajo arrastrando los pies.
Problema resuelto: había superado el bloqueo.
Nuevos problemas:
1. Su editor había amado los primeros capítulos de su nuevo libro, a tal punto de pedir correcciones de inmediato porque sus jefes necesitaban leerlo y seguramente le darían más presupuesto, con un lanzamiento por todo lo alto.
2. CÓMO DIABLOS IBA A HACER UN LANZAMIENTO POR TODO LO ALTO, SI NO QUERÍA QUE LA INSPIRACIÓN DE LA HISTORIA LO LEYERA.
3. Invitar a Pansy a cenar para quejarse de sus desgracias. (Hecho)
4. Enviar las correcciones al editor (también hecho)
5. Harry.
No tenía mayor explicación sobre ese último ítem, solo… Harry. Que le había escrito que no llegaría a cenar esa noche porque cubriría a alguien en el turno nocturno. Y él respondió diciendo que no había problema y que podían verse hasta la mañana siguiente. Porque sí, ahora tenían esa clase de correspondencia.
Giró en su silla. Sabía que la realidad y la ficción habían estado muy mezcladas hasta ese momento. Y que un libro no podía ser feliz de principio a fin, tendría que meter algo de drama en el medio para hacer que valiera la pena, para mantener a los lectores pasando las páginas y perdiendo horas de sueño. Pero…
¿Y si no quiero hacerlo? ¿Y si quiero conservarlo justo como está? ¿Qué sentido tiene encapricharse con la idea original si la historia ya tomó vida propia?
Llegado a ese punto ya no hablaba de la historia como tal. Y es que Pansy tenía razón, siempre era quien se involucraba más, quien terminaba destrozado, ofreciendo espectáculos lamentables y diciendo cosas que después lo mantendrían despierto por las noches. Por eso su plan de salir con Harry había sido perfecto.
Hasta que no lo fue.
Suspiró, mirando el techo y mordiéndose el labio. Ojalá Harry solo diera buenas revolcadas y fuera despreciable el resto del tiempo. Pero no, el maldito preparaba el desayuno, le masajeaba la mano cuando decía estar cansado de escribir, lo abrazaba por la espalda cuando llegaba del trabajo y le lavaba el cabello con inaudita delicadeza. Draco estaba… jodido. Porque de alguna forma ese idiota había conseguido que viera como algo menor su propensión a llegar tarde y llenarle el piso de barro. Incluso sus pésimos modales se volvían tiernos, cuando su forma descuidada de comer le daba la oportunidad de limpiarle el chocolate de las comisuras de la boca con la lengua.
Resopló, luchando por ahuyentar de su mente todos esos momentos de intimidad tan reprobables. Porque él tenía un plan. Y el siguiente paso era botarlo sin explicación, para favorecer a su creatividad. Aunque, ¿era realmente tan necesario si ya había recuperado la inspiración? No importaba la respuesta. Porque Harry lo odiaría al leer su libro y él no tendría forma de defenderse.
El sonido de la chimenea le dio la excusa perfecta para seguir postergando sus problemas, por lo que se incorporó de un salto y fue al encuentro de su amiga.
-¡Pero qué sorpresa! –Exclamó cuando lo vio, dándole un rápido abrazo–. Cuando vi tu nota creí que era falsa. Has estado inalcanzable desde que recuperaste la inspiración. Esa historia seguro va a ser un éxito –Draco le ofreció una sonrisa agridulce, señalando con la cabeza hacia la bolsa que llevaba.
-¿Thai?
-Coreana, en realidad. ¿Comemos? Y de paso me pones al día –indicó, precediéndolo hacia la cocina. La siguió arrastrando los pies, sin que el exótico olor del Jajangmyeon consiguiera animarlo–. ¿Qué ocurre? Te ves más lúgubre de lo que esperaba. No me digas, ¿Potter fue tan malo que te inspiró a escribir una tragedia?
Eso hubiera sido mejor.
Habían pasado semanas y pese a tener comunicación escrita durante ese tiempo, Draco no había entrado en detalles sobre sus días en Dunkeld y todo lo ocurrido después.
-Oh, querida Pansy.
-Ay, no –la chica dejó de intentar abrir el recipiente del rábano encurtido, clavando en él una mirada de circunstancias–. ¿Qué pasó?
-Que nos equivocamos.
-¿Exactamente en qué?
-¿Recuerdas qué era lo último en la lista? –Por supuesto que lo hacía, quedó de manifiesto por la forma en que abrió los ojos dos segundos después.
-No me digas que…
-Creo que la forma de bailar y el desempeño no están relacionados como creías –informó, sintiendo que se sonrojaba un poco. Lo cual era ridículo, considerando que habían hablado de ese tipo de tópicos muchas veces. Pero es que de alguna manera todo sobre Harry se sentía… distinto.
-Oh. ¿Quién lo diría? –Lanzó la pregunta retórica con una sonrisa, sin llegar a comprender la gravedad de su situación–. Con razón has estado tan inspirado. Ahora entiendo que esa apariencia cansada es por exceso de trabajo, ¿cuántas noches llevas sin dormir bien?
-Varias –aunque no precisamente por estar escribiendo. Draco se mordió el labio, sabiendo que tendría que ser sincero de un momento a otro.
-Ya veo. Y dime, ¿ha intentado volver a verte? –Preguntó distraídamente, centrándose en servir la comida y perdiéndose su gesto de culpabilidad.
-A menudo –replicó con voz plana. Pese a todo, era una respuesta sincera.
-Vaya, lograste lo que creías imposible, ¿eh? No te preocupes –añadió al pasarle su plato, malinterpretando su ceño fruncido–. En algún momento se cansará de insistir.
-Estamos saliendo –Pansy dejó caer la salsa de soja, llenando los cubiertos y una buena parte de su encimera. Se apresuró a limpiar con una toalla, aunque sabía que la superficie de mármol podía sobrevivir a ello. Pero es que no quería enfrentar el escrutinio que le dirigía su amiga.
-Dijiste… ¿Qué? Es decir… ¿Qué demonios?
-¡Ya sé! Se suponía que no sería así, pero todo se fue al carajo desde que estuvimos juntos –soltó a la defensiva, arrojando la toalla húmeda a un lado–. Y Harry dice que acepté salir con él en Dunkeld, y ¡sí, lo hice! Pero es que eran circunstancias delicadas y… tampoco es que lo haya desalentado cuando volvimos, solo… pasó. Como una avalancha de nieve o una roca en el zapato. Tal vez no es la mejor analogía. Mi punto es… Quizás ya no sea necesario seguir el plan, ¿verdad? Porque mi inspiración volvió y… ¿Por qué no me dices nada?
-Parecías muy entregado a tu monólogo y no quise interrumpir –dio un resoplido, aunque terminó riendo por la mirada afectada de la que era objeto–. Oye, no sé porque piensas que necesitas justificarte conmigo, pero… Si estar con él es lo que quieres, hazlo. Sin importar el plan, mi opinión o cualquier otra tontería que te esté deteniendo.
-¿Eso crees?
-Por supuesto. Aunque sí voy a preguntar detalles, es increíble que sea tan bueno al punto de hacerte prescindir del resto de aspectos en la lista –Draco sonrió irónico–. ¿O es que también los cumple y no me dijiste?
-No del todo. Harry es desordenado, no le da importancia a su aspecto, su idea de divertirse está lejos de las fiestas a las que solemos ir, su puntualidad no es constante y sus modales no pasarían los estándares de mis padres.
-¿Pero? –Animó, con una media sonrisa.
-Pero es detallista a su manera, naturalmente amable, afectuoso y protector. Joder, que ese hombre recibiría un hechizo por mí –afirmó, rememorando que cada vez era mejor controlando su magia para no lastimarlo ni dañar sus cosas–. También se preocupa por mí y me da mi espacio. Respeta lo que hago, incluso dice que me admira por eso –concluyó con un suspiro, porque ese último aspecto podría cambiar cuando su libro llegara a las estanterías.
-Creí que dirías lo de las revolcadas y algo más, pero esa lista es larga, Dray.
-Es un problema.
-¿Por qué lo sería? –Meneó la cabeza, confundida–. De acuerdo, tal vez no te acercaste a él con las mejores intenciones, ¿y eso qué? Lo que importa es lo que sientes ahora.
-No se trata solo de eso. Lo que dijiste antes… No estaba preocupado por tu opinión, sabía que eventualmente lo entenderías. ¿El plan? Se fue a la mierda hace rato y no lo lamenté. Pero hay algo más que me detiene de disfrutar esto, y no es cualquier tontería.
-¿Qué sucede entonces?
-Mi libro.
-Hablas de tu libro, no de tu inspiración –susurró, demostrando la agilidad mental que siempre la había hecho alguien muy peligrosa–. ¿Sobre qué estás escribiendo exactamente?
-¿No es obvio?
-Demonios –Pansy exhaló. La comida debía estar poniéndose fría, pero ninguno de los dos parecía tener intención de tocarla–. Ya veo. Tendrás que hablar antes con él.
-¿Debería decirle sobre el plan?
-¿El plan…? ¡Por supuesto que no! Digo, no lo conozco bien, pero dudo que sea agradable que tu novio te diga que decidió salir contigo porque representas todo lo que no le gusta en un hombre –hizo una mueca por ese argumento, aunque se sintió sonrojar un poco ante la etiqueta usada por Pansy para describir su naciente relación–. Lo que quería decir, es que le hagas ver que hay una diferencia entre la realidad y la fantasía. Que no es un retrato de su relación, sino que te inspiraste en ella y lo escribiste para agradar a los lectores, algo así.
-Tiene sentido.
-Además… –Pero el siguiente comentario de la chica fue interrumpido por el sonido de la chimenea anunciando la llegada de alguien.
-¿Invitaste a Blaise?
-No –la lámpara sobre sus cabezas se apagó y volvió a encenderse por su cuenta, haciéndole adivinar de quién se trataba. En efecto, un par de segundos después, Harry estaba de pie en la sala, luciendo confundido al ver primero a Pansy. Probablemente no ayudaba el que ella tuviera una sonrisa burlona, aunque Draco sabía muy bien que estaba dirigida a él.
-Tiempo sin verte, Potter –saludó, haciéndolo temer que estaba por avergonzarlo de alguna manera.
-Parkinson. Eh, venía por…
-Ahórrate las excusas, Draco ya me dijo que están saliendo –atajó, comprobando su teoría.
-¿Sí? –Se encogió de hombros ante la intensa mirada del auror, tratando de sonreírle con aplomo pese al calor que se había extendido en sus mejillas.
-Claro.
-¿Te unes? Hay suficiente comida –invitó ella, que al parecer había decidido atormentarlo cuanto fuera posible.
-Descuida, puedo volver después. No quiero perturbar su diversión –hubo algo en la forma en que lo dijo que le hizo fruncir un poco el ceño. Pansy debió pasarlo por alto, porque rió mientras negaba.
-Oh, vamos. Comparado con sus otros novios, tú eres alguien a quien no me molesta invitar a cenar.
-¡Pansy! –Reprochó, incrédulo de que se hubiera atrevido a decir eso.
-Sabes muy bien que tengo razón.
-Pensándolo bien, esa comida tiene buena pinta –apuntó Harry con una media sonrisa, evitando que siguiera reclamándole a su amiga.
En un desarrollo de eventos sin precedentes, su improvisada cena no resultó en un desastre de silencios incómodos y opiniones contrapuestas. Incluso Pansy se comportó bastante bien, aunque por supuesto que relató un par de momentos poco honorables de su pasado, haciendo reír al Gryffindor y ganándose un par de puntapiés.
Fue hasta que la chica se excusó para ir al baño que finalmente pudo quedarse a solas con él. Evitó cuestionar la prudencia de sus acciones, solo posando la mano sobre su muslo e inclinándose para darle un leve beso en la mejilla. Sonrió al alejarse y notar el matiz afectuoso que le obsequiaban los ojos verdes.
-¿Pasó algo en el trabajo? Cuando llegaste te percibí algo inquieto, incluso hiciste parpadear la lámpara –el chico hizo una mueca, apartando la mirada.
-Después hablaremos de eso. Siento solo haber aparecido, debí avisarte que venía y no solo asumir que no tendrías planes.
-Sabes que me encanta tenerte aquí. Y mi cena con Pansy solo era para charlar un rato. –Se encogió de hombros, aunque aprovechó la mención a su amiga para agregar:- Hablando de ella, no creas todo lo que dice. Exagera sus historias y siempre busca burlarse de mí –no obstante, Harry dejó pasar su justificación, apuntando en tono ligeramente escéptico:
-Le dijiste que estamos juntos.
-¿De verdad te sorprende? Espera, ¿quiere decir que tú no le has dicho a tus amigos? –Su duda sonó un tanto acusatoria, reviviendo el sonrojo en su rostro–. Quiero decir, sé que es reciente. Supongo que no es tan raro si no…
-Sí, les dije –Draco sonrió en respuesta, en especial cuando fue Harry quien se adelantó, aunque el beso que reclamó fue en los labios y para nada recatado como él había hecho.
-Podrían al menos esperar a que me vaya, ¿no creen? –Retrocedió en su lugar ante el comentario burlón de Pansy. Ella le ofreció una brillante sonrisa, asintiendo–. Iba a quedarme hasta el postre, pero entiendo cuando estoy de más. Seguro la natilla les sabrá mucho más dulce sin mí –afirmó, dándoles un guiño cómplice que lo hizo resoplar.
-No te hagas ideas raras.
-Ay, querido Draco. Ni falta hace con lo que acabo de ver.
-Eres tan…
-Un gusto verte, Potter –se despidió la descarada de su amiga, con una amplia sonrisa que auguraba que causaría más problemas antes de irse–. Déjalo dormir al menos hoy, por favor. Tiene un trabajo que le quita el sueño y va a colapsar si tú también lo sometes a tanto esf…
-¡Parkinson! –Amonestó, con las orejas ardiendo y sin poder creer que Harry solo estuviera mostrando una media sonrisa ante la solicitud de la chica.
-Es genuina preocupación. Nos vemos luego –canturreó, despidiéndose con la mano. Solo el Gryffindor le respondió un sencillo "adiós", mientras que él permaneció enfurruñado con los brazos cruzados.
-A veces dudo seriamente si es mi amiga o si en secreto me odia –se quejó. Pero el moreno no ofreció mayor reacción a su comentario, por lo que se ladeó para verlo de frente. Volvía a mostrar un ligero ceño y algo que no conseguía descifrar nublaba su mirada–. ¿Ahora sí me dirás qué pasó?
-De hecho, vine para preguntar eso.
-¿De qué hablas?
-De lo que me enviaste –Draco lo contempló sin entender. No creía que su breve nota ameritara que Harry reaccionara así.
-Uhmm, te dije que no había problema en vernos hasta mañana –rememoró, porque de alguna manera sentía que estaba siendo increpado y no creía merecerlo.
Al menos no aún.
-¿Qué? No fue eso lo que recibí –el auror convocó su capa con un tenso movimiento de mano, pero no era necesario. Porque él había enviado tres sobres al mismo tiempo. Sabía que Pansy había recibido el correcto, así que los que se habían confundido tenían que ser…
El de su editor y el de Harry.
Maldito servicio de mensajería por flu.
Su corazón ya latía errático, pero sintió saltarse un latido cuando lo vio extraer el sobre más grande y luego mostrarle su contenido.
-No tienes idea de lo feliz que estaba cuando recibí tu manuscrito –admitió, con una risa irónica que hizo que su estómago se contrajera incómodamente–. Con el primer capítulo pensé "es muy bueno, será un libro maravilloso", pero a medida que seguía leyendo, me di cuenta de que ya conocía la historia.
-Harry…
-¿De eso se trató todo, Draco? ¿Un plan ideado por Parkinson y tú para recuperar la inspiración? Porque al menos las partes que me conciernen son un retrato perfecto de nuestras primeras reuniones –acusó, dejando caer el manuscrito en la encimera–. Todo mientras Demian piensa en lo patético que es Henry y…
-¡Jamás dije que fueras patético! –Su intento por defenderse fue un fiasco, lo comprendió al enfrentar la mirada herida del chico.
-Entonces es verdad.
-Yo…
-¿Sabes que todavía tenía la estúpida esperanza de que lo negaras? –Cuestionó, exhalando agotado y agachando la mirada. Draco sabía que habría sido lo mejor. Incluso Pansy le había aconsejado no admitir su plan y solo decir que se había inspirado en su historia. Pero ver a Harry tan agobiado por eso lo había orillado a tomar una decisión más difícil pero que se sentía necesaria–. Ahora entiendo la sonrisa de Parkinson cuando me vio llegar y el resto de comentarios. Dime, ¿estaban discutiendo la siguiente parte del plan?
-Harry, por favor…
-Esto es humillante, Malfoy –habló entre dientes, todavía sin alzar el rostro. El rubio saltó en su lugar cuando los platos que quedaban en la mesa se rompieron al mismo tiempo–. No creí que fueras capaz de caer tan bajo, pero…
-¿Podrías escucharme por dos minutos? –Demandó, ignorando el tintineo de las copas resquebrajándose en el fregadero y su propia angustia al escucharlo dirigirse a él de manera tan dura.
-¿Para qué? ¿Para que intentes tergiversar todo a tu conveniencia? No, todo está muy claro. Y de todas formas, este era el final que buscabas, ¿no? –Harry se incorporó abruptamente, dando un cabezazo hacia su cocina–. Envía la factura de todo eso.
-Era el final que buscaba, pero no es lo que quiero –declaró, yendo tras él y sujetando su brazo. Su magia descontrolada le hizo hormiguear los dedos, pero no los apartó–. Solo escúchame, por favor. No te vayas de esta manera.
-¿Qué más necesitas decir? ¿De qué otra forma te hace falta humillarme? –Dio un tirón para soltarse de él, pero eso ocasionó una explosión de magia que lo mandó al otro lado de la habitación–. Mierda, no.
Draco no pudo evitar comparar lo distinto que había sido a la última vez que lo derribó de esa manera. Porque pese a la brusca caída, era como si la misma magia lo hubiera protegido de lastimarse contra la estantería. Tampoco estaba mareado y el hormigueo en su piel no terminaba de ser desagradable.
Harry se arrodilló frente a él, ayudándolo a sentarse y mostrando una inequívoca expresión de preocupación. No era justo, pero nada lo era en la guerra y en el amor, por eso tosió, componiendo un gesto de dolor. Tampoco emitió ninguna protesta cuando el auror lo levantó en brazos para llevarlo al sofá.
-Lo siento –susurró, deteniéndose cuando estuvo a punto de acariciarle el rostro–. Te aseguro que no pretendía… –Se pasó la mano por la cabeza, luciendo exasperado y muy culpable. Tampoco era esa su intención, por lo que suavizó su expresión de dolor–. ¿Dónde te duele? ¿Deberíamos ir a San Mungo? Estabas muy cerca y…
-Fue un giro argumental.
-¿Un giro…? –Harry por fin volvía a verlo a los ojos, aunque parecía sumamente preocupado por su estado mental. Así que la forma en que su magia lo había protegido fue algo inconsciente. Motivado por ese dato, siguió explicando:
-Quiero decir… que tienes razón al estar molesto. Porque es cierto, me acerqué a ti después de tener esa conversación con Pansy –el chico apretó la mandíbula, haciéndolo temer que se iría al notar que no estaba realmente herido–. Se suponía que saldría contigo y te rompería el corazón para recuperar la inspiración, pero…
-Esa parte está bastante clara –gruñó, alejándose de él, lo que lo obligó a incorporarse.
-No, no lo está. Porque no tomé en cuenta que esa lista no estaba completa y que iba a encontrar en ti más cosas que sí me gustan –se sintió descolocado bajo la penetrante mirada de su novio, pero siguió adelante:- Jamás imaginé que la historia se desarrollaría así y que… realmente disfrutaría de tu compañía y de todo lo que sucedía entre nosotros. Tú… sólo has leído el inicio. Si leyeras el resto de capítulos entenderías. Y es que si incluso mi estúpido editor está tan emocionado con ella, es porque es la historia más romántica que alguna vez he escrito. Y todo es gracias a ti, porque jamás había escrito algo estando enamorado –Harry alzó levemente las cejas, sus orbes esmeraldas brillando cegadores, haciendo que se felicitara por su osada confesión. Por eso siguió hablando sin temor a la irrevocabilidad de sus palabras–. ¿Ahora lo ves? Tú me diste un inesperado giro argumental al hacer que realmente me enamorara de ti. Así que, por favor… No me des un final tan pronto –pidió, dando un paso más hacia él y tomando su mano con cuidado–. No estoy dispuesto a alejarme de ti.
-Draco… –Que volviera a decir su nombre de pila le permitió exhalar con alivio, riendo sofocado cuando Harry usó su agarre para atraerlo en un apretado abrazo.
-De verdad lo lamento –declaró con la frente contra su hombro–. ¿Podrías disculpar mis deleznables intenciones y aceptar que el resto fue real? Porque quiero estar contigo, Harry. Quiero que sigas viniendo a mí después de un largo día, quiero escribir de amor desde la perspectiva de alguien que lo conoce, quiero dedicarte un libro y escribir para ti todas las palabras de amor que soy demasiado reservado para decirte. Incluso estoy dispuesto a soportar las burlas de Pansy por lo agotado que me tiene mi novio –Draco se mordió el labio, separándose lo suficiente para poder verlo a los ojos–. Quiero que sigas siendo mi novio, porque no mentí cuando dije que sería solo tuyo.
En su libro, Henry probablemente respondería con una confesión igual o más sentimental, proclamando su amor eterno por Demian.
En la realidad, Harry lo besó con tal cadencia y ardor que hizo que las palabras salieran sobrando. Su novio era un hombre simple. Y, oh, estaba loco por él.
-Solo necesito preguntar algo más –expuso un rato después, sosteniendo su mandíbula de esa manera que le revolvía las ideas.
-Dime.
-¿Sí tuviste un enamoramiento conmigo en el colegio o fue una mentira?
-Eh…
-¡Draco! –Le ofreció una sonrisa de disculpas y un suave beso para subsanar su engaño.
-Fue una alteración de la verdad –justificó, componiendo su mejor expresión de inocencia–. Todo lo demás ha sido totalmente real.
-Uhmm, ¿me dejarás leer el resto de capítulos antes de que se publiquen? –Su instinto fue negarse, pero terminó aceptando con un tímido asentimiento.
-Haré una excepción esta vez.
-Vaya.
-De hecho, dada tu relevante participación en todo, te daré una premisa –Harry lo observó con sospecha, por lo que continuó:- ¿Te gustaría escuchar cuál será la dedicatoria de mi próximo libro?
-Por supuesto.
-Para el hombre que sin ser escritor me dio el mejor giro argumental de mi vida –identificó el momento exacto en que consiguió resquebrajar las dudas remanentes del auror, obteniendo una sonrisa muy hermosa a cambio.
-Me encanta –Draco acarició con cariño los rebeldes mechones oscuros antes de volver a besarlo.
Si hubiera sabido que ese sería el desenlace de su descuidado plan con Pansy… volvería a hacerlo. Porque si su final era terminar en los brazos de Harry, siempre lo elegiría.
FIN.
Notas finales: Draco escritor es una de mis cosas favoritas en este mundo. Es que da para tanto que me sorprende no haberlo usado más en otros fics. Ni qué más agregar, tenía dos años (¡sí, dos años!) sin publicar un oneshot, y en mi esfuerzo por crear uno terminé con este que es ahora el más largo que he escrito, pero por más que pensé en ello no quise cortar ninguna parte ni dividirlo. Pansy apoyando a Draco en sus locuras, Draco siendo dramático, y esa complicidad tan natural entre Draco y Harry fueron lo que más disfruté de escribir este fic. Ya me dirán ustedes cuál fue su parte favorita.
Como siempre, muchas gracias por tomarse el tiempo de leer mis historias, por los reviews, favs y follows. También por recomendar mis obras (que ya he visto varias veces que sucede y no saben lo emocionante que es). Ahora, creo que durante los próximos meses terminaré de cargar mis antiguos fics en AO3 (ya solo me faltan dos, yei). Aquí volveré cuando las musas lo decidan, jaja. Entretanto…
¡Larga vida al Drarry!
Allyselle.
