Y que me vuelvo a tardar una barbaridad en actualizar, pero en fin, lo logramos. Realmente escribir la Guerra de Troya toma bastante tiempo de investigación. Este capítulo ni siquiera tiene tanta acción, más bien explora varios mitos dispersos, pero ustedes confíen en mí, la acción ya llegará, se los prometo. Lo que sí les puedo adelantar es que, como siempre, la Guerra de los 7 Contra Tebas es un mito más importante del que pocos se hacen eco, vaya que no me esperaba volver a tocar ese mito a estas alturas de la historia, pero ni hablar.

Chelixaamusca: Me da gusto ver un review de tu parte. Lo siento si tuviste que leer mucho para saber cómo se había quedado la historia, espero solo hayas leído lo que iba del año tres, de lo contrario, preocupación por tus ojos. Ya quisiera yo que se hiciera mínimo un spin off de mis historias, pero seguro ni existo para los japos. Y qué bueno que te esté gustando el contenido de Facebook, me da mucho gusto, no es mucho, pero es trabajo honesto.

Josh88: Usted corrió con ventaja en la releída, ya estaba advertido desde semanas antes jajaja. Sé de alguien que no estará contento por lo de la Furia enfadosa, además, dicha Furia enfadosa es muy importante para un Gaiden que espero algún día escribir, si es que no me tardo 10 años como Kurumada en terminar esta historia. Pese a lo que diga la película de Troya, es igual de real que Marvel diciendo que Loki es hijo de Odín, Briseida no es ni remotamente importante para Aquiles, solo un trofeo, pero los historiadores en su afán de "romance", hicieron un Anficlas con Diómeda, y la borraron de la historia para favorecer a Briseida por querer convertir a la Guerra de Troya en un fanfic, señores historiadores, ese es mi trabajo, el de ustedes contar la historia como debe de ser. Y sobre Agamenón, ya sé que todos lo odian, pero denle amor, él tampoco es tan malo como dice la Illiada… bueno sí, pero es mi Capricornio, así que me lo respetan. Lo de los Hititas… es un caos… y me arrepiento de meterlos a la historia… pero es parte del mito, una parte que hubiera preferido saltarme, pero no, allí va Daniel el perfeccionista a meter a los Hititas, mendigos Hititas.

NOTA: COMETÍ UN ERROR AL SUBIR LA PRIMERA VERSIÓN DE ESTE CAPITULO, FÉNIX ESTÁ CON LOS MIRMIDONES DE PATROCLO, NO CON LOS DE AQUILES, LA PARTICIPACIÓN DE FÉNIX FUE REEMPLAZADA CON TRASIMEDES EN LA EDICIÓN.


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Tres.

Capítulo 5: La Humanidad de los Dioses.


Anatolia. Troya. Décima Ciudadela, Illión. Estudio de Heleno. Año 1,193 A.C.

-Ya, ya, no estés tan triste. Según Heleno esquivaste una flecha, Chaon –a la llegada de Heleno a su estudio, se encontró con una escena que no se esperaba encontrar. Chaon, el Sacerdote de Hefestos, y amigo de Heleno, se encontraba deprimido en su mesa de estudio, tomándose de la frente mientras Eurydamas le frotaba la calva para intentar tranquilizarlo mientras el discapacitado capilar se lamentaba, lo que Heleno no comprendía, por lo que desvió la mirada a Abas y Poliedus, sabiendo que Dares, quien estaba más interesado en leer los pergaminos de Heleno que en todo lo demás, no le sería de ayuda para aclarar las cosas.

-Chaon está triste porque Memnón asesinó a Ápate y él no tuvo siquiera la oportunidad de pasar una noche con ella –le explicó Poliedus, frotándose su barba, Heleno solo hizo una mueca de descontento-. Eurydamas intenta tranquilizarlo recordándole que usted dijo que Ápate era… complicada, pero nada parece funcionar –le comentó él.

-Ni siquiera pude conocerla, solo la sentí despedazarse por los vientos congelados –azotó Chaon su frente contra la mesa de Heleno, Eurydamas suspiró, pero como el buen amigo que era, estuvo a su lado para ayudarle a salir de su depresión al golpear su espalda suavemente con su mano.

-Eso es ridículo. ¿Quién sería tan poderoso para destruir a una Furia? Las Furias son seres Ctónicos, anteriores incluso a los Dioses, y por ello, inmunes a sus divinidades. Si un dios no puede destruir a una Furia, mucho menos podría un mortal. ¿Quién lo hizo? –preguntó Heleno.

-Memnón de Memnónida –lloró Chaon, antes de volver a azotar su frente contra la mesa, molestando a Heleno-. No lo entiendo, era un Espectro, uno de nosotros, ¿por qué haría tal cosa? –se fastidió Chaon nuevamente.

-Te repito que Ápate no puede morir, ninguna de las Furias puede, solo pueden ver sus cuerpos físicos despedazados, en cuyo caso, estos pueden reconstruirse fácilmente –le comentó Heleno, ganando la atención de Chaon-. En cualquier caso, ni siquiera la conociste, ¿por qué te importa tanto si fue desintegrada de alguna manera? –intentó decir Heleno, cuando Chaon lo tomó de los brazos y lo forzó a verle al rostro.

-¿Eso significa que podemos revivirla? –preguntó Chaon emocionado- Quiero decir, la muchacha que vi en mi mente era hermosa, no podría resistirme a alguien con semejantes encantos. Dime Heleno, ¿cómo la revivimos? –le preguntó Chaon.

-Suéltame por favor –le pidió Heleno, Chaon rápidamente lo dejó de tomar por los brazos-. Las Furias son criaturas Ctónicas de un poder inconmensurable, los Oneiros existen para controlar ese poder, ya que, sin un Oneiros para mediar el poder de una Furia, estas serían invencibles –le recordó Heleno, aunque eso no le interesaba a Chaon, él solo quería saber cómo revivir a la mujer que le habían entregado por amante-. Mientras el Oneiros exista, la Furia podrá manifestarse en su estado físico. Si Ápate fue vaporizada, eso solo significa que ha sido forzada de regreso a su dimensión, y se debe de reestablecer la conexión de su dimensión con la nuestra. Cada Furia tiene un aditamento físico que la ancla a este mundo, en el caso de Ápate, es el Cinturón de los Pseudologos, este debió regresar a ti. Dame el cinturón, y yo te enseño como reestablecer la conexión de Ápate con este mundo –le aseguró Heleno.

-¿Un cinturón de tela negra con muchas piezas de oro que parecen monedas, pero son más delgadas y más largas? –le preguntó Chaon, Heleno asintió. En respuesta, Chaon estampó su frente contra la mesa nuevamente- ¡Se lo quedó ese imbécil de Memnón! ¡Rompió todos los Pseudologos menos una moneda que se quedó Ápate antes de que el Espectro de Memnónida la vaporizada! –se molestó Chaon.

-Memnónida, ¿verdad? –se frotó la barbilla Heleno con interés- Por lo que dices, Memnón aceptó la oferta de Ápate para traicionar a los Aqueos, pero por lo visto de todas formas vaporizó el cuerpo de Ápate –agregó Heleno.

-Vaporizó, asesinó, lo que sea. Ese tal Memnón lleva como presea al Cinturón de los Pseudologos atado a la cintura –se fastidió Chaon-. No está de nuestro lado, Heleno. El malnacido asesinó a Ápate a sangre fría –insistió él.

-No necesitamos que Memnón se sienta comprometido con la causa Troyana, me conformo con que no apoye a la causa Aquea –le explicó Heleno, Chaon lo miró con molestia-. Te lo resumiré, desde que Casandra se unió a los Aqueos, está guerra ha sido una guerra de Hados, y el Hado que yo he visto involucra a Memnón, y a Aquiles –les explicó Heleno con orgullo-. Todo lo que se necesita, es un combate entre Memnón y Aquiles, uno en el que la sangre de Aquiles sea derramada por el Guerrero Negro, y Aquiles morirá –les explicó él, aunque ninguno de los presentes entendía muy bien el funcionamiento de los Hados-. Eso es todo, no hay más a esa profecía, es simple, y va a cumplirse. Yo me aseguraré de ello –admitió él.

-Pero, el que Memnón haya abandonado a los Aqueos no significa que vaya a aliarse a los Troyanos –comenzó Dares, por fin posando su atención lejos del libro que estaba leyendo, para posarla en Heleno-. Hizo un juramento a Heracles, no puede aliarse con Troya, además de que, efectivamente, asesinó o lo que sea, a Ápate –le recordó él.

-Este Hado es proyección a futuro, un enfrentamiento entre Aquiles y Memnón ahora sería muy poco probable –le comentó Heleno-. Y sobre Ápate, cuando Memnón haga su marcha triunfal a Troya jurándole lealtad a la ciudad, en ese momento le exigiremos el Cinturón de los Pseudologos, y resucitaremos a Ápate. Mientras tanto, ¿dices que quedó un Pseudologo que no logró ser destruido por Memnón? Le preguntó él.

-Uno solo, Ápate lo tomó en su mano antes de que Memnón me la arrebatara sin siquiera dejarme conocerla mejor… -se victimizó Chaon-. Cuando vea a ese malnacido infeliz de Memnón lo voy a… -se fastidió Chaon.

-No harás nada Chaon. Memnón necesita cumplir con su Hado –le mencionó Heleno, mientras se frotaba la barbilla con curiosidad-. Así que… queda un Pseudologo, y Memnón tiene el Cinturón de los Pseudologos, lo que significa una única oportunidad para que Ápate haga algo con aquella moneda. Pero… no creo que pueda controlar lo que Ápate esté planeando –se dijo a sí mismo Heleno, meditando al respecto-. Bueno… mientras dañe a los Aqueos… supongo que no tengo por qué tener control total de las acciones de las Furias… ¿qué vas a hacer con ese Pseudologo, Ápate? Me embarga la curiosidad –admitió para sí mismo.

Hélade. Argos. Palacio Real de Argos.

-¿¡Qué significa esto, hermano!? –caía la noche en Argos, y a la corte del Rey de Argos llegó un joven, apenas tendría unos 18 años de edad, de cabellera oscura, ojos azules, y llevando una coleta trenzada. Cargaba una lanza de madera, y vestía cuero, los soldados presentes le permitieron el paso, aparentemente era un conocido del anterior rey, e igual lo era del actual, aunque no se supone que el joven que se sentaba en el trono dorado de Argos fuera rey siquiera, ya que no poseía derecho alguno sobre el trono- ¡Cometo! ¡Estás escupiendo en la amistad de nuestro padre Esténelo con Diomedes! ¿Qué pasa contigo? –exclamaba el recién llegado.

-Más respeto para tu rey, hermano –le apuntó el joven que vestía los ropajes de un rey, mismos que le quedaban bastante grandes, después de todo era la ropa de Diomedes, por lo que el joven autoproclamado rey debía atarse los pantalones con fuerza para que estos no se le cayeran-. Diomedes me puso a cargo de Argos en su ausencia –le recordó el joven.

-¡De su reino! ¡No de acostarte con su esposa! –le apuntó el mayor al menor, quien se burló de lo que él consideraba detalles insignificantes- ¡Y solo porque yo me encontraba en la Corte de Micenas, sirviendo de maestro de Orestes, el hijo de Agamenón! ¡De yo haber estado aquí, no hubiera permitido semejante insulto a la corona de Argos! –le apuntó el joven.

-Diomedes no es ni siquiera el legítimo Rey de Argos –escucharon ambos, mientras Egialea entraba en la Sala del Trono, hermosa, vistiendo cedas preciosas, y sentándose junto al trono de Cometes-. ¿Qué haces aquí, Cilarabes? –enunció Egialea, divertida por la molestia dibujada en los ojos del recién llegado, e imaginando aquel rostro de desesperación, de coraje y de odio, dibujado en el rostro de Diomedes a su regreso de Troya, si es que regresaba.

-Mi reina… ¿qué está haciendo? –enfureció el joven Cilarabes- Me negaba a creerlo. Cuando los rumores llegaron a Micenas enfurecí y vine a acallar los mismos. No me esperaba que las palabras que se rumorean en las tabernas sobre que se acostaba con quien llegara a su corte fueran ciertos –enfureció el joven.

-Has llegado a mi corte, y no me he acostado contigo, ¿no es así? –le respondió Egialea, Cilarabes retrocedió, pensando que lo estaban juzgando de acusar falsamente a la Reina de Argos, pero entonces se dio cuenta de que los soldados de Argos salían de la Sala del Trono, y cerraban las puertas tras de sí- Puede arreglarse. Cometo sabe que será Rey de Argos sin importar con cuantos me acueste, ni con cuantos tenga hijos –apuntó Egialea tras caminar seductoramente frente a Cilarabes, quien retrocedió apenado, antes de virar a donde Egialea apuntaba, notando a una nodriza cargando a un bebé rubio en brazos-. Argivo. Suponemos que es de tu hermano Cometo, no estamos seguros, aunque no es que importe. Para nosotros es nuestro hijo, y al nacer de mi vientre es legítimo heredero de Argos. Puedo tener un hijo tuyo también, ¡así le demostraré a Diomedes que no mentía cuando le dije que le daría cuantos hijos me pidiera! –se molestó Egialea, tomando el pantalón de Cilarabes, intentando quitárselo, pero el joven hijo de Esténelo retrocedió, y le apuntó con su lanza- Cuanta negatividad. Es solo un revolcada, quedar embarazada es un riesgo menor, además de que no tienes por qué cuidar de un hijo mío por preñarme –aseguró ella.

-El legítimo heredero de Argos no es ese niño, ni lo sería el nacido de mí y usted de consumarse semejante afrenta a la amistad entre Diomedes y Esténelo, lo que le adelanto, no va a pasar –aseguró Cilarabes, manteniendo su lanza en alto para que Egialea no se le acercara-. El verdadero heredero de Argos es Cianipo, el primo de Diomedes, a quien Diomedes juró regresarle su trono cuando alcanzara la mayoría de edad. Mi señor es Rey de Tebas por Conquista, y de Calidón por derecho de herencia, su reinado en Argos es solo un Co-Reinado –le recordó él.

-No si ni Cianipo ni Diomedes regresan de la Guerra de Troya, así que ve con cuidado, Cilarabes, estás apuntando tu lanza a la Reina de Argos –le espetó ella con autoridad-. Si no vas a acostarte conmigo, ¿a qué vienes a mi corte? –sentenció ella.

-¿Su corte? ¡Es la corte de Diomedes hasta la mayoría de edad de Cianipo! ¡Y usted la está manchando con su lujuria! ¡Vine a deponerla de su cargo, majestad! –aseguró Cilarabes, elevando su cosmos, amenazando a Egialea con el mismo.

-Con un cosmos tan pobre, ¿cómo podrías? –elevó el propio Egialea, frio, vacío, y violento- ¡Polvo de Diamante! –atacó Egialea, Cilarabes cortó con su lanza, sorprendiendo a Egialea, quien notó el corte lanzado por Cilarabes- ¿Excalibur? O más bien una burda imitación. Ya veo por qué te encontrabas en la Corte de Agamenón. ¿Qué ha sido de Clitemnestra? ¿Eax ya llegó con la noticia de que Agamenón ha conseguido a una concubina para reemplazarla? Clitemnestra seguro no lo apreciará mucho, considerando que Agamenón sacrificó a su hija –le recordó.

-Créame que Clitemnestra ha dejado muy en claro su desprecio a Agamenón y a todo lo que representa al expulsarme de su corte –continuó apuntando con su lanza Cilarabes, elevando su tenue cosmos-. Yo defenderé el honor de mi Maestro Agamenón, y del mejor amigo de mi padre, Diomedes, sin importar los rumores de un Nauplio. ¡No tendré Armadura de Athena! ¡Pero mi maestro no entrenó a ningún debilucho! ¡Colmillo del León de Micenas! –atacó Cilarabes, preocupando a Egialea por el alcance de cosmos de alguien sin armadura, aunque ella no tenía armadura tampoco. El lanzamiento de la lanza de Cilarabes, aterró tanto a Cometo en su trono como a Egialea, pero la lanza se estrelló contra un objeto que se materializó frente a Egialea, mismo que como escudo impenetrable, destrozó la lanza de Cilarabes.

-Egialea, Reina de Argos… -escucharon ambos, mientras el objeto, una especie de moneda dorada, era rodeada de un cosmos oscuro muy poderoso-. Has sido traicionada, tu amor por tu marido, incondicional, y puro, ha sido mancillado. Pero descuida, Egialea, las Furias siempre castigarán a quienes irrespetan sus juramentos. Ante ti, hago valer la última voluntad de Ápate, la Furia de la Traición, haciéndote entrega de la Eurinia de Némesis. Misma que revestirás, para esparcir la palabra a las esposas de los malnacidos Aqueos que se atrevieron a irrespetar sus juramentos. ¡Despierta, Némesis! ¡Diosa de la Venganza! –finalizó Ápate, antes de retirarse al Hades.

La moneda dorada, única entre los juramentos de venganza y que alguna vez perteneció al Cinturón de los Pseudologos antes de que Memnón de Memnónida destruyera todos menos aquel pseudologo, o moneda de la venganza, se transformó entonces en una armadura negra, una Eurinia, que llevaba la forma de una doncella de hierro con alas oscuras. La Eurinia se partió en sus partes, y revistió a Egialea de negro, otorgándole a su vez un cosmos escarlata y violento.

-Así que… se me ha premiado por mi amor a Diomedes, entregándome los medios para destruirlo en caso de que regrese de Troya. Esta es la bendición de Némesis, la Diosa de la Venganza, yo soy Némesis –aseguró ella, mientras todo rastro de luz se perdía de la Sala de Trono de Argos, dejando detrás únicamente al cosmos escarlata de ella quien alguna vez fue dulce y llena de esperanza-. Y este es mi juramento a mí misma. Irrespetaré a Diomedes cuanto deba ser irrespetado, hundiré su reino en la desesperanza, dejaré a Argos desolada, pero antes de eso, la convertiré en una epítome de la Brutalidad en la Guerra, una con la fuerza suficiente para destruir a Tebas la de las 7 Puertas hasta sus cimientos, y que marche a Calidón a destruir el reino de su querido abuelo. Al regreso de Diomedes a Argos, no quedará nada para reinar, solo encontrará a su esposa, rodeada de cientos de hijos, que serán todos, sus generales de la Brutalidad en la Guerra. Ese es el castigo que mereces, Diomedes, y a la harpía rastrera de Anficlas, ella no morirá… será el descargo sexual de todo el que me sea fiel, como la prostituta que es realmente. ¡Así lo dictamina Némesis, la Diosa de la Venganza! –estalló el cosmos de Egialea, lanzando a Cilarabes a las puertas cerradas de la Sala del Trono Argivo.

-¡Egialea! ¡Ya basta! –insistía Cilarabes, mientras el cosmos de Egialea continuaba aplastándolo contra las puertas del recinto- Diomedes… él… los rumores de su concubinato. ¡Ni siquiera sabes si son ciertos! –intentó explicar él.

-Son más que ciertos, ¿aun así pretendes mantenerte leal a Diomedes? –preguntó Egialea, Cilarabes pensó al respecto, pero mantuvo la mirada firme y decidida en su dirección- Entonces eres mi enemigo, Cilarabes, pero te dejaré ir con una advertencia, por ser el hermano de Cometo, quien es mi rey. Vuelve a poner pie en Argos… y te cortaré la cabeza. ¡Ahora largo! –el cosmos de Egialea estalló con tal violencia, que Cilarabes salió disparado a través de las puertas, quedando tendido, en un charco de su propia sangre, pero aún con vida- Cometo… -comenzó Egialea, el aterrado de su nuevo esposo se apresuró a su lado-. Envía mensajeros a cada uno de los 30 Pueblos que salieron en defensa del honor de Menelao de Esparta. Diles que tienen confirmación de parte de la Reina de Argos, sobre todo lo dicho por Eax el Nauplio. Ni una sola de las reinas de esos malnacidos, merece la felicidad que yo no obtuve… -terminó ella, planeando su venganza.

Anatolia. Troya. Campamentos Aqueos. Tienda de Diomedes.

-Burrrrr… que frio… -se quejó Anficlas, despertando en su tienda, y mirando fijamente a la Armadura del Cisne en la tienda de Diomedes, y justo al lado del pesebre en que dormía su bebé, Cinortas. Por alguna razón, aquella Armadura de Bronce seguía atormentando a Anficlas, quien buscó por toda la tienda algo que arrojarle a la misma para no verla más, decidiéndose por lanzarle las pieles que Diomedes se suponía que usara para calentarse, encontrando el puesto al lado del suyo vacío-. ¿Otra vez? Ese briago… -se molestó Anficlas, caminó por la tienda de Diomedes, y despertó a Lodis, quien dormía a la entrada de la misma-. Voy a salir, cuida de Cinortas –le pidió Anficlas, Lodis perezosamente se levantó, y fue hasta las pieles donde dormía Anficlas, desplomándose y cayendo sobre estas, comenzando a roncar frente al bebé. Mientras tanto, Anficlas paraba orejas, buscando cualquier tienda en que se llevara a cabo alguna celebración, sorprendiéndose de encontrar la tienda de Odiseo con luz en su interior, y con el sonido de una citara seguida de canticos celebratorios-. ¿Con Odiseo? ¿No seguían peleados? –se sorprendió Anficlas, dirigiéndose a aquella tienda, y encontrando a Diomedes bailando sobre una mesa con Odiseo, ambos totalmente ebrios, y con un divertido Menelao tocando la citara para hacer bailar a los borrachos- ¿Diomedes? –llamó Anficlas, Diomedes se espantó inmediatamente, y empujó al ebrio de Odiseo fuera de la mesa.

-¡A la señorita con la que bailaba, no la conozco! –comenzó Diomedes, totalmente fuera de sí- Es más, es mi prima… -continuó él, Anficlas se aclaró la garganta. Diomedes, aún ebrio, meditó sus propias palabras, y reflexionó sobre ellas-. Oh… ¿hermana? –preguntó.

-¡Tienes una hermana! ¡Cometo! ¡Y se llama igual que el hijo de este! –apuntó Anficlas a Esténelo, que bebía abrasado de un igualmente ebrio Euríalo. Anficlas estaba demasiado sorprendida por la cantidad de gente en la tienda de Odiseo- Momento… ¿lo hiciste con tu hermana Cometo? –se quejó Anficlas.

-¿¡Me crees capaz!? ¡No respondas! –se defendió rápidamente Diomedes, estaba tan ebrio que comenzó a hacer memoria al respecto, aquello escandalizó a Anficlas aún más- Esténelo… sé que soy un enfermo, pero… ¿con mi hermana? –preguntó.

-Ese fui yo mi rey –le recordó Esténelo, Anficlas se sobresaltó por la respuesta tan desvergonzada de Esténelo-. ¡La mejor noche de mi vida! ¡Tan satisfecho quedé que le puse a mi hijo Cometo cuando nació! –aseguró Esténelo.

-¡Son unos enfermos! Ay yo me acuesto con Lodis… olvídenlo… -corrigió Anficlas, ganándose una mirada de celos de parte de Diomedes-. Deja eso. ¿No es tarde para que te estés embriagando? Mañana lideras el asedio. Odiseo, pon orden –pidió Anficlas.

-¡Salud! –gritó Odiseo, todos en la mesa alzaron las copas, incluyendo a un joven príncipe rubio, quien estaba más apenado que nada en la mesa, un príncipe a quien Anficlas no conocía, pero que le parecía familiar- ¡Celebramos en honor a mí discípulo! ¡Cianipo de Pez Austral! ¡Por la mayoría de edad! –continuó Odiseo.

-¡Por la mayoría de edad! –gritaron todos en la tienda, y de pronto una de las concubinas de Ayax tomó a Cianipo por la espalda, escandalizando al joven rubio, quien comenzó a ruborizarse al extremo por la coqueta concubina- ¡Graduación! ¡Graduación! ¡Graduación! –gritaron todos en la tienda de Odiseo.

-¡Que escándalo! ¿Y por qué trajeron a un niño a la Guerra de Troya? ¿Cuántos tienes? ¿18? –preguntó Anficlas, el joven asintió- ¡Lo que significa que llegaste de 15! –se molestó Anficlas, tirando de la oreja de Diomedes, y forzándolo a bajarse de la mesa- ¿Quién fue el descerebrado que trajo a un niño de 15 a la Guerra de Troya? –preguntó ella, Diomedes apuntó a Odiseo- ¿Él? No sé por qué pensé que era algo tuyo –admitió Anficlas.

-Claro que es algo mío, es mi primo –le explicó Diomedes, confundiendo a Anficlas, apuntando a su color de cabello-. Ah, lo que pasa es que es de la otra parte de la familia. Su padre, Egialeo, era hijo de Adrastro, mi padre Tideo era yerno de Adrastro, mi papá desposó a Deípile, ella sí era pelirroja por mi abuela Anfitea. Pero el único pelirrojo varón nacido de la estirpe de Adrastro soy yo. Cianipo nació rubio como su hermana Egialea –le explicó él.

-Egi… -comenzó Anficlas, Diomedes buscó su copa en su distracción, y bebió de la misma. Anficlas entonces conectó la estirpe familiar de Diomedes- ¡Es el hermano de Egialea! –se quejó Anficlas, todos los ebrios en la tienda se taparon los oídos por su grito- Este… cuñadito… te juro que no le deseo el mal a tu hermana… por Athena, lo siento tanto… y felicidades por… tu mayoría de edad… -se apenó ella.

-Ah, no te preocupes, jamás conocí a mi hermana, así que no tengo por qué ofenderme –le comentó Cianipo, Anficlas parpadeó varias veces en señal de confusión-. Para proteger a la estirpe de Adrastro, me refugiaron en la corte de Odiseo desde bebé. Odiseo es incluso más un hermano que Diomedes para mí –le explicó él.

-La traición es fuerte en este mocoso –se deprimió Diomedes, sentándose en una esquina de la tienda, deprimido-. Tal vez no te regrese Argos y me lo quede… -fingió dolor Diomedes, la noticia escandalizó a Anficlas, quien señaló a Cianipo, quien asintió.

-Cianipo es el verdadero heredero de Argos… -comenzó Odiseo, tratando de salir de su embriagues-. Su padre… Egialeo, era el verdadero rey… murió en Tebas la de las Siete Puertas, Cianipo solo tenía 6 años… se declaró a Diomedes sucesor al trono hasta la mayoría de edad de Cianipo, cuando cumpliera 18, lo que es hoy –comentó Odiseo.

-¿¡Argos ya no es el reino de Diomedes!? –se sorprendió Anficlas, mirando al mocoso que se ruborizaba frente a la concubina de Áyax, quien comía de fondo aprovechando la interrupción por parte de Anficlas- ¿Qué pasará con los leales hombres de Argos? –preguntó ella.

-Ah, Cycnus y los demás siguen siendo los hombres de Diomedes –aclaró Cianipo, mirando a un ebrio Cycnus, quien alzó un pulgar desde su esquina-. Argos está actualmente dividida en tres partes por culpa del Rey Anaxágoras. En resumen, un día un adivino, Melampo, maldijo a las mujeres de Argos que se volvieron locas, y pidió en rescate al Rey Anaxágoras un tercio del Reino de Argos, Anaxágoras se negó, y las mujeres se volvieron más locas todavía, así que Anaxágoras trató de acceder a las exigencias de Melampo, pero ahora Melampo pedía otro tercio para su hermano Biante. Yo pertenezco a la estirpe de Biante, Esténelo desciende de la parte de Anaxágoras, y a Diomedes le corresponde, por la muerte de Anfiaráo en Tebas, el derecho a la parte de Melampo. Por el inicio de la Guerra de Troya, se acordó que los 3 Co-Reyes le sirvieran a Diomedes, pero a su regreso, la parte de Diomedes se me será transferida, y solo Estéleno y yo seremos Co-Reyes –le aseguró Cianipo.

-Mi parte rinde tributo a Agamenón de todas formas, así que muy mía no era –agregó Diomedes, sirviéndose más vino, pero Anficlas se lo retiró-. ¿Qué? ¿Sabes lo estresante que es gobernar Argos, Tebas y Calidón? No por nada te di a Tebas, será nuestro reino hasta que Cinortas cumpla la mayoría de edad, y después, a Calidón. Es región montañosa, no es tan buena la comida, pero oye, en el norte se gana más –resumió Diomedes.

-La pérdida de poder militar y económico parece no afectarte –se molestó Anficlas, Diomedes alzó y bajó los brazos en señal de indiferencia-. También eres Rey de Chipre por si lo has olvidado –le recordó Anficlas, Diomedes se escandalizó-. Digo, técnicamente mi nombre fue borrado de la lista de Reyes de Chipre, pero Oxiporo murió, así que, por derecho de conquista… -intentó decir.

-¡Por favor no! –exclamó Diomedes, Anficlas se mostró sorprendida por aquella reacción, especialmente porque parecía desprovista de cualquier atisbo de embriagues- Escucha… sé que poseer varios reinos es importante para muchos. Yo solo quiero uno –aceptó él, Anficlas no recordaba alguna vez haber visto a Diomedes en ese estado-. He cometido muchos errores… demasiados… y sé que hay mucha gente que depende de mí… pero… lo que yo quiero, es olvidarme de las guerras y las matanzas. Esta será mi última guerra, y cuando regrese a Argos, formalmente le entregaré el trono a Cianipo, no solo porque es lo que prometí, sino porque es lo que genuinamente deseo. Sobre Tebas, tendré una responsabilidad por conquista, sentaré a Cinortas en Co-Reinado con Peneleo, y después me retiraré a Calidón, el reino de mi abuelo Eneo… es una tierra rica, y apartada de los conflictos, donde se puede criar una familia. ¿No quieres eso? Yo quiero eso… supongo, que debí preguntarte primero… eres mi reina, la madre de mi hijo Cinortas… -agregó, y entonces recordó a Cianipo-. Sin ofender, primo cuñado –admitió él.

-No me ofendo, primo cuñado –reconoció Cianipo, bebiendo de su copa un poco más-. Te he dicho que no conocí a mi hermana, pero a quien sí conozco, y pienso conocer mejor, es a Anficlas, y a mi sobrino Cinortas. La mujer que te ha dado un hijo tiene prioridad, al menos es lo que yo creo. Y con esto en mente, solicito que me permitas luchar a tu lado, como uno más de los soldados de Argos. Debo conocer bien al reino del que seré rey, ¿no lo crees? –sonrió él.

-Sí… eso es cierto… -se frotó la barbilla Diomedes, y entonces miró a Anficlas-. ¿Estás decepcionada de mi falta de ambición? –le preguntó Diomedes, Anficlas en respuesta, suspiró por el rostro de cachorro regañado que le ponía Diomedes.

-Estuve a nada de ser una prostituta en Temiste. Obvio no me importa ser reina de un reino, sea Tebas o Calidón –le sonrió ella, Diomedes le regresó la sonrisa-. Pero ya me encariñé con Tebas, ¿y si nos quedamos en Tebas? –preguntó ella, Diomedes se estremeció- Oh… cierto… conquistador de Tebas la de las 7 Puertas, colgaron a Tideo de… umm… Calidón está bien… lo siento Leitus –agregó ella al notar a su general.

-Salve la Reina Anficlas… los Leones Negros… siempre serán sus súbditos… -se desmayó Leitus, Anficlas se preocupó un poco por él, y suspiró incomodada, Diomedes solo se frotó la barbilla con curiosidad sobre sus palabras.

-Supongo que… si tuviera dos hijos… podría alternar entre Tebas y Calidón… -admitió Diomedes, Anficlas entonces le sonrió con picardía-. Aunque sería irresponsable que te volvieras a… -intentó mediar Diomedes, cuando Anficlas comenzó a tirar de su brazo.

-Enviaré a Lodis a dormir con Cinortas en la tienda de Shana –lo jaloneó Anficlas, mientras todos en la tienda de Odiseo silbaban burlescos, o al menos los que seguían consientes, escuchándose de pronto el azote del rostro de Menelao en la mesa de la tienda, y despertando a Odiseo.

-¡Argos! ¡No en las flores de Penélope! –se asustó Odiseo, buscando por todas partes a su perro Argos- Ah, ¡sigo en Troya! –lloró Odiseo de la desesperación- ¡Castígame, pero no me dejes, Penelope! ¡El perro puede dormir fuera del tálamo! –lloró Odiseo.

-¿Perro? –comenzó Áyax, y de pronto sus ojos se humedecieron- Yo tenía un perro… Pindaro… lo extraño mucho. ¡Gran Sollozo! –abrazó Áyax a Odiseo, y ambos comenzaron a llorar con fuerza por sus perros, preocupando a Cianipo.

-Creo que… el vino de Salamina es más fuerte de lo que pensé… -se burló Cianipo, colocó el cuenco con el vino a un lado, pero no tardó en recordar a la concubina de Áyax, quien lo miró con lujuria-. Este… Cianipo… Príncipe Heredero de Argos, un gusto… -le sonrió Cianipo.

-Leucone, y por instrucciones de Áyax, que ha tomado a Tecmesa por esposa, su concubina, mi señor Cianipo –lo derribó Leucone, y así el Príncipe Legítimo de Argos, terminó con su ceremonia de madures.

Navíos Cretenses frente a Samos. Navío Principal de Etiopía.

En el navío principal de Etiopía, habían sido capturados todos los guerreros Etíopes, sin importar las palabras en el papiro que Memnón había dejado escritas para su amigo Políxeno, en las que lo declaraba el nuevo Príncipe de los Etíopes, o al menos de la facción de los Etíopes que habían elegido aliarse a la causa Aquea. Frente al grupo de soldados de pieles de bronce, se encontraba el que era su líder, Lalibela, quien mantenía sus ojos cerrados, y se encontraba arrodillado en la madera con sus manos atadas detrás de la espalda, pero en silencio, mientras frente a él, Poseidón, el furioso Dios de los Mares, se mantenía violento y molesto con su tridente listo para una ejecución, aunque sin alzar el mismo, tan solo se mantenía firme, y con Idomeneo, el Rey de Creta, a su lado y ansioso.

-Mi señor… -comenzó el Rey de Creta, mientras Poseidón mantenía el agarre en el tridente de plata, apretándolo con más y más fuerza. Idomeneo miró al resto de Etíopes, todos mantenían sus rostros bajos, sus ojos cerrados, y el silencio-. Mi señor… ¿en serio va a hacer esto? No es mi deseo cuestionarlo, pero los Etíopes –intentó mediar Idomeneo.

-Los Etíopes han traicionado a los Aqueos… Memnón ha traicionado a los Aqueos. ¿Qué más necesito para una ejecución? –le preguntó Poseidón, fuera de sí, furioso, decepcionado incluso, pero sin alzar su tridente.

-Mi señor… -comenzó Políxeno, Poseidón dirigió sus ojos en su dirección, pero sin mover el rostro, que estaba lleno de ira-. En mi corazón, la traición de Memnón es imperdonable… pero es él quien nos ha traicionado, no su pueblo. Por favor… ¿deberían los Dioses castigar a los Mortales por el mal de uno solo? –preguntó él preocupado.

-¡Artemisa castigó a todos los Aqueos por el mal de Agamenón! ¡No veo la diferencia entre lo que hizo ella y lo que yo planeo hacer! –enfureció Poseidón, su voz tornándose más y más molesta, los Etíopes se mantuvieron en silencio y esperando su destino.

-Mi señor, ¿qué pensaría Athena? –preguntó Automedonte, Poseidón en respuesta, estiró su mano, y tomó a Automedonte del cuello, preocupando al resto de Generales Marinos mientras Poseidón le estrujaba el cuello- Mi señor… su alianza… ¿ha olvidado de dónde viene esta alianza? Por favor… -suplicó Automedonte, notando para su sorpresa que los ojos de Poseidón se encontraban repletos de lágrimas- ¿Mi señor…? –preguntó Automedonte, mientras Poseidón lo soltaba, y el de Hipocampo quedaba en el suelo, respirando pesadamente.

-Levántate… Lalibela… -pidió Poseidón, el sorprendido líder de los Etíopes, alzó su mirada para ver a Poseidón a los ojos, y a su tristeza que en esos momentos se manifestaba-. Tú y tus hombres… tienen mi perdón… pueden elegir entre regresar a Etiopía, con Memnón, o quedarse junto a los Cretenses. Es todo… libérenlos… -pidió Poseidón, Idomeneo inmediatamente dio la orden, y los Cretenses así lo hicieron, cortando las ataduras de los Etíopes-. Regresaré a mi camerino… Idomeneo, no me importa lo que hagas, pero libera a los navíos Cretenses… ¿ha quedado claro? –se molestó Poseidón, sin esperar a la respuesta de Idomeneo, y caminando por el puente de madera hasta regresar al navío principal Cretense.

-Vaya, eso no se ve todos los días –comentó Oribarkon, realmente Hefestos, lo que el grupo identificó por su color de cabello, ojos, y por el rubí atado a su cuello. Los Generales Marinos y los Etíopes entonces lo miraron con curiosidad-. Poseidón, desde su alianza con Athena, ha calmado la ira divina que lo dominaba. En otros tiempos, hubiera fulminado a todos los Etíopes, hundido sus barcos, y destruido a toda su estirpe enviando probablemente a una bestia marina a matarlos a todos en Egipto. En lugar de eso, como un humano cualquiera, ha elegido vivir el duelo de la traición. Simplemente admirable –admitió Oribarkon.

-No es secreto para nadie que Poseidón es un dios que se deja llevar por emociones destructivas –comenzó Idomeneo, un poco preocupado por el hecho de que probablemente Poseidón había escuchado aquello-. Pero siempre se ha sabido que existe bondad en él. Tan solo… la traición de Memnón… fue un golpe mucho más duro y que nadie vio venir –le aseguró el de Crisador.

-Aun así, la personalidad de Poseidón es bélica, y eso no va a cambiar sin importar cuantas reencarnaciones tenga –les aseguró Oribarkon-. Es el mismo caso que con Athena, por más que siga queriendo evitarlo, su verdadera naturaleza saldrá a flote tarde o temprano. Lo que significa que es mejor mantenerse en el lado agradable de los Dioses. ¿Preguntaron al oráculo sobre el cómo mover las naves? –les preguntó Oribarkon.

-Preguntaron, y recibieron respuesta –interrumpió una recién llegada, Ocírroe, la Sacerdotisa de Hera de cabellera rojo oxido y ojos dorados, quien había sido traída por Automedonte a bordo-. Sin embargo, mi señor Hefestos, ni Peneleo de Dragón Marino, ni Meríones de Scilla, pueden contarle lo que saben. Ellos junto a Memnón de Memnónida recibieron mi oráculo, y por designios de Apolo, si revelan sus conocimientos sobre un oráculo dividido antes de que los acontecimientos se cumplan, sus mentes serán borradas, tanto las de ellos como la de Memnón. Deberán mantener este conocimiento para ustedes –les comentó ella.

-Claro… -meditó Oribarkon al respecto, y entonces miró en dirección a Automedonte, quien desconocía las razones de la mirada del dios-. ¿Hay alguna razón por la que trajiste a esta mujer a los navíos? –preguntó el Dios de la Forja.

-¿Ah? La verdad me distraje mientras escapábamos del templo que se venía abajo, cuando me di cuenta ya estábamos aquí en el navío de los Etíopes –confesó Automedonte, ruborizado, lo que dio a Oribarkon una idea del razonamiento de Automedante-. Te juro que no te estoy raptando –le aseguró Automedonte.

-Me halaga, mi estimado General Marino, pero las Moíras ya han elegido a quien será la madre de su primogénito. Lo que yo he visto en mi destino me ata a alguien más –le aseguró ella, Automedonte se apenó, intentó corregir el rumbo de la conversación, pero aquello no fue realmente necesario, ya que Ocírroe continuó dirigiéndose a Oribarkon-. Mi señor Hefestos, el Oráculo ha sido entregado, y sin el Templo del Héroe de Samos que ahora deberá ser reconstruido, no se puede realizar otra lectura de los Hados. Tanto Peneleo de Dragón Marino como Meríones de Scilla tienen una idea clara de lo que les depara el destino, pero no pueden decírselo. Afortunadamente, las pitonisas, como yo, sabemos lo que debe de hacerse, y sé que Automedonte tiene el conocimiento de aclarar sus dudas, y él no está atado a ningún destino –le aseguró ella.

-Claro… -comenzó Oribarkon, bastante curioso de la chica, pero no tenía tampoco razones para desconfiar de ella. De todas formas, Hera estaba del lado de los Aqueos-. ¿A qué viniste, Automedonte? –le preguntó Oribarkon.

-Ah, es verdad… -recordó Automedonte-. Athena apareció frente a Patroclo. Ella tenía conocimiento gracias a su Omnisciencia Divina sobre que irían a pedir consejo de la vidente de Samos, y me pidió el aconsejarles el buscar el paradero de Lindo, Camiro y Yaliuso –les explicó Automedonte, y ante escuchar aquellos nombres, Peneleo y Meríones intercambiaron miradas-. Lo que entiendo es que esas tres doncellas son parte de una diosa llamada Dánae, igual que su cuerpo mortal, Tríopas, que está encerrado en un calabozo de Samos. La razón de que los navíos Cretenses, y de cualquier tipo, terminen atrapados frente a Samos, es debido a una maldición de la Diosa Triple que gobierna en estas aguas. Si ella no resucita, no puede levantar la maldición. Casandra y Heleno han expresado ante el Consejo Aqueo que el regreso de los Cretenses debido a este retraso, se extenderá un año más, o no regresaremos del todo, todo depende del renacimiento de Dánae y bajo qué condiciones se realice este renacimiento –aseguró Idomeneo.

-¿Un año de retraso o no volver? –se molestó Idomeneo- Eso es inaudito, no podemos dejar a nuestros compañeros en Troya abandonados por tanto tiempo. Se ha profetizado que Poseidón es el dios más importante en esta guerra, simplemente no podemos permitir que se sigan tomando decisiones de guerra sin su presencia –les aseguró el Rey de Creta.

-No es posible ganar todos los Hados, mi estimado Rey de Creta –lo interrumpió Ocírroe-. Si se empeñan en volver a Troya ignorando el retraso que ya llevan, terminarán tomando decisiones equivocadas y perdiendo la vida frente a las murallas de los Egipcios. Invadir Kemet, sin las debidas precauciones, es un suicidio. Les pido por favor que confíen en mí, habremos perdido un Hado, pero como Sacerdotisa de Hera que soy, me aseguraré de que el Hado que marca la derrota de los Cretenses no se cumpla –aseguró ella.

-De modo que planeas unirte a nosotros. ¿Es así? –preguntó Oribarkon, la sacerdotisa asintió- Normalmente no confiaría en alguien a quien no conozco, pero cualquier aliada de Hera que además es enemiga de Afrodita, es bienvenida en mi opinión… a quien no quiero ver en los barcos es a… -agregó molesto Oribarkon.

-¡Oigan! ¡Les traigo más agua! –exclamó Dexicreón, molestando a Oribarkon- Hace un hermoso día gracias a Afrodita. 1 chalcus de bronce el cuenco, a 1 dracma de plata el ánfora, y la tina se la dejo a 1 estatera de oro. Además hoy les traigo la promoción de 2 cuencos por un chalcus de bronce, pero esta promoción solo durará una hora, la llamo la hora feliz –se alegró Dexicreón.

-Necesitarán de Dexicreón si quieren sobrevivir, amo Hefestos –le comentó Ocírroe-. Verá, los navíos no se moverán hasta el renacimiento de Dánae. Necesita quien les traigan comida a sus hombres, o morirán de hambre. No era mentira cuando Afrodita le dijo a Dexicreón que iba a hacer el negocio de su vida, él es el único que podrá abastecer todas sus naves, y deberán pagarle correctamente –le comentó ella, Oribarkón suspiró molesto-. En cuanto a lo mencionado por Automedonte, Dragón Marino y Meríones saben dónde encontrar a dos de las tres doncellas de la Diosa Dánae, pero no pueden decirle a quien, ni dónde. A la tercera, yo sé encontrarla, pero no puedo decirlo, lo mismo que aplica a los que escuchan una profecía, aplica a la pitonisa que enuncia el conocimiento, por eso una profecía no puede darse dos veces. Tríopas está en Rodas, y solo reuniendo a los 4 en el Templo de Hero de Samos, aunque este esté destruido, los navíos volverán a moverse. Así que le pido que confíe en mí, yo los llevaré ante Dánae –les explicó ella.

-El sentido común me pide preguntarte lo que ganas con esto… -comentó Oribarkon, Ocírroe solo se apenó, y desvió su mirada en dirección a Peneleo-. Oh… es una de esas profecías… -se molestó Oribarkon, Ocírroe no dijo nada-. Como sea… Peneleo, Meríones. Ambos deberán buscar a las doncellas en sus mentes, y seguirán a Ocírroe hasta resucitar a la Diosa Dánae –les ordenó Oribarkon, confundiendo a los Generales Marinos.

-Lo haríamos con gusto, mi señor Hefestos… pero… -pensó sus palabras Meríones, sabiendo que, si daba información de más, no solo él, sino Peneleo, Memnón y la misma Ocírroe, perderían sus memorias-. El lugar al que debo ir, está lejos, y hay que cruzar el mar. Si ningún navío se mueve, ¿cómo debería dirigirme allí? –preguntó él.

-Puedes usar a mi Hipocampo, Meríones –le ofreció Automedonte, silbando, y frente al navío se alzó el Hipocampo de Automedonte-. Su nombre es Talasa, consigue su propio alimento, así que no tendrás problema en alimentarle. Solo llama a su nombre y después silba y vendrá a ti, le daré esa instrucción. Puede llevar a dos pasajeros, pero no más, así que podría llevarte a ti también, Peneleo –le informó Automedonte.

-Con el detalle de que no puede decirle a nadie a donde va, o los tres perderemos la memoria junto a Memnón –le aseguró Ocírroe, adelantándose, y quitándose la túnica, para sorpresa de los presentes, ya que no llevaba nada más de ropa-. Yo llevaré al señor Idomeneo, cuide de mi túnica por favor –le guiñó el ojo Ocírroe, antes de transformarse frente a ellos en una yegua de pelaje rojizo y ojos amarillos, mismos que sorprendieron al grupo.

-¿Esto es normal? –preguntó Peneleo preocupado, Oribarkon simplemente alzó y bajó los brazos- Además, es una yegua, no un Hipocampo. ¿Y si me ahogo? Sería deshonroso morir así siendo un General Marino –se quejó Peneleo.

-La yegua te está escuchando… y no parece contenta –le enunció Idomeneo, Peneleo notó la mirada de molestia de la yegua-. Las yeguas saben nadar perfectamente. Estarás bien. Te lo encargo, Ocírroe –pidió Idomeneo, Peneleo se preocupó, colocó su mano sobre las posaderas de Ocírroe para intentar subir, lo que molestó a la Yegua, que tiró una patada, y por poco da en la cabeza de Peneleo- ¡Cuidado de donde la agarras! –lo reprendió Idomeneo.

-Es la primera yegua que se queja de que la tome así –se molestó Peneleo, Ocírroe bufó, Peneleo entonces subió con más cuidado-. Esto es ridículo –se quejó el de Dragón Marino, cuando se vio forzado a tomar a Ocírroe del pelaje, cuando esta saltó al mar.

-Si se ahoga, le corto la cabeza a su cadáver –se molestó Idomeneo, asomándose por la borda, y encontrando a Ocírroe saliendo del agua con un aterrado Peneleo aferrado a su cuello, mientras la yegua pataleaba, y se dirigía a tierra firme.

Anatolia. Edium. Frente a las Murallas de Edium.

-Espera, ¿¡qué!? –se molestó Aquiles, frente a él, y a las afueras del Bosque de Krene, se había materializado Shana, como un espíritu de cosmos que era visto por los pocos presentes, entre ellos Antíloco, Trasimedes, Anceo, y una confundida Diómeda- Estoy increíblemente confundido. ¿Una Diosa Triple? ¿Reencarnando en un hombre? ¿Reencarnando también en tres doncellas? –preguntó Aquiles, Shana se mostró impresionada por los paralelismos entre su conversación con Patroclo y su conversación actual con Aquiles, aunque se sintió más impresionada por el cómo Diómeda se abrazaba del brazo de Aquiles, entristecida, lo que llamó la atención de Shana en más de una forma, Aquiles lo notó- Ah, ella es Diómeda, es mi peneste –presentó Aquiles.

-Claro… peneste… otro nombre para no decirles lo que son… -se molestó Shana, Aquiles hizo una mueca ante aquello-. ¿Y Briseida? –preguntó Shana, molestando a Diómeda, aunque Aquiles no se mostró molesto de ninguna manera.

-¿Qué con ella? Sigue viva si es lo que te preocupa –fue la respuesta de Aquiles, Shana se molestó, se cruzó de brazos, y miró a Diómeda-. Antes de que te hagas ideas, la respeto, la admiro, y cuidaré de ella, pero no la veo de la forma en que piensas –se fastidió Aquiles.

-¿Oh? ¿De verdad? –se molestó Shana, Aquiles sintió una vena saltarse en su frente por la altanería con que comenzaba a hablar la Diosa Athena- Te recuerdo que tienes un hijo, y que la Princesa Deidamía espera tu regreso en Esciros –le apuntó Shana.

-No me importa Deidamía, solo fue un fin para un medio, sentirme hombre –admitió Aquiles, lo que enfureció a Shana-. ¿Qué te importa de todas formas? No volveré de esta guerra –le recordó Aquiles, fastidiando a Shana.

-¡Podrías si te enfocaras en hacer el intento de regresar! ¡Los Hados no están escritos en piedra! –se molestó Shana, aunque pronto recordó la Torre del Destino- Bueno, sí están escritos en piedra, pero ese no es el punto. Si te esfuerzas en regresar puedes volver con Deidamía –le aseguró.

-¿Y yo para qué quiero volver con ella si no la amo? –se molestó Aquiles, Shana abrió su boca hasta sus límites por la sorpresa- Además, te estás distrayendo. Me estabas explicando lo de la Diosa Triple y algo sobre Forbante –continuó Aquiles mientras se limpiaba la cerilla de la oreja con la Espada de Libra, lo que preocupó a Antíloco, Trasimedes y Anceo.

-¡Ah no! ¡Eso puede esperar! ¿¡Cómo que si sobrevives no regresarías con Deidamía!? ¡Es la madre de tu hijo! –reprendió Shana, pero Aquiles le prestó muy poca atención- ¿Acaso no te importa ella en absoluto? –preguntó Shana.

-Te explico, no me importa Deidamía, en absoluto, tampoco Briseida, Diómeda es la que lleva las de ganar porque me es útil, pero fuera de eso, no amo a nadie, sin ofender, me puedo dejar convencer si quieres –le comentó Aquiles, Diómeda lo negó, indicando que no le importaba realmente-. ¿Enserio? Ahora el que se siente rechazado soy yo –se preocupó Aquiles.

-¡Aquiles! –gritó Shana, y como siempre, cuando Shana usaba su nombre y no el de Pirra, él sabía que Shana estaba inmensamente molesta con él- ¡No puedes hablar enserio! ¡Jugar de esa forma con el corazón de las mujeres! ¿Acaso no te importa nadie? –preguntó Shana, Antíloco y Trasimedes entraron en alerta, Anceo los miró a ambos confundido.

-Por supuesto que me importa alguien. ¡Solo hay una persona por la que elegiría vivir y esa eres…! -intentó decir Aquiles, pero Trasimedes le tapó la boca y lo envolvió con sus cadenas, llevándolo detrás de Anceo, mientras Antíloco se posaba frente a Shana con una mueca de preocupación.

-Diosa Athena, se acaba el tiempo –comenzó Antíloco, mientras de fondo Aquiles forcejeaba con las cadenas de Trasimedes, quien se preocupó al ver cómo estas comenzaban a romperse-. Estamos fuera del bosque, un espía podría divisarnos y arruinar la solicitud por audiencia con el Rey Forbante. Podría, si no es molestia, apresurar su instrucción –le pidió Antíloco nervioso.

-Es que yo… -intentó decir Shana, curiosa de lo que Aquiles iba a decir-. Antíloco, lo que iba a decir Aquiles, es que solo hay una persona por la cual viviría. Debes decirme quien es, no quiero que Aquiles muera –le susurró Shana, Antíloco se preocupó y comenzó a sudar frio-. Si lo sabes, debes decírmelo, por favor… -le suplicó ella, Antíloco comenzó a temblar de miedo.

-No me mates por favor… -pidió Antíloco a Aquiles, quien ya estaba por romper las cadenas de un preocupado Trasímedes, mientras Anceo se rascaba la cabeza sin comprender la situación-. Aquiles… no tiene a ninguna mujer en su vida por quien él viviría… él… viviría por Patroclo… -le explicó Antíloco, Aquiles y Shana entonces se sorprendieron, el pélida enfureció, su rostro rojo por la mención, el de Shana rojo también, pero por otra razón-. Lamento la desilusión, Diosa Athena, pero mientras Patroclo viva, Aquiles vivirá, rece por ambos y cuídelos por favor. ¿Entiende ya por qué no puede regresar con Deidamía? El amor de Aquiles por Patroclo es tan grande, que de sobrevivir a esta guerra se retirará al Monte Pelión donde cuidarán a Janto y a Bailo como si fueran sus hijos –resumió Antíloco, aunque ya temía por su vida.

-¿Patroclo? ¿Eh? Pero Patroclo es… espera… pero Pirra… ¿eh? –comenzó Shana, la tierra ya temblaba por la ira de Aquiles, Antíloco lloraba por lo que sabía que iba a pasar- Yo… bueno… am… respeto… todos los tipos de amor… sí… es eso lo que quería decir. Ajem… -se aclaró la garganta Shana, y volvió a la solemnidad-. Antíloco, por el bien de la empresa Aquea, es de vital importancia el que corroboren si Tríopas, el hijo de Forbante, es realmente la encarnación humana de la Diosa Dánae. No podemos desperdiciar el tiempo en búsquedas sin sentido, las Tres Diosas y su recipiente mortal, Tríopas, deben llegar a Samos al Templo del Héroe de Samos para la resurrección de la Diosa Triple y la liberación de los navíos Cretenses anclados frente a la isla. Te lo pido, Antíloco, sirve de sabiduría a Aquiles, buena suerte –terminó Shana, desvaneciéndose frente a Antíloco, quien se despidió de la nada.

-¡ANTÍLOCO! –comenzó Aquiles, Antíloco sudó frio, mientras el Príncipe de los Mirmidones miraba a Trasimedes, quien lloraba en el suelo viendo sus cadenas destrozadas, y sentía su alma escaparse al Hades por el miedo de saber que Aquiles iba a castigarlo por su rebeldía- Así que… yo y Patroclo, ¿verdad? Tienes un rostro muy femenino, tal vez te agregue a la lista de los amados por Aquiles… -amenazó Aquiles, Antíloco lloró del miedo.

-Tríopas… -comenzó Diómeda, interrumpiendo las intenciones asesinas de Aquiles mientras Antíloco lloraba y temblaba por el miedo de ver su hombría tan cerca de perderse, Aquiles lo ignoró y le prestó toda su atención a Diómeda-. Tríopas… es mi hermano… hijo de Forbante… misma persona que preocupa a Athena… -aclaró ella.

-¿Entonces lo de ser una diosa renacida en un hombre iba enserio? –preguntó Aquiles, Diómeda asintió- ¿Y lo de ser prisionero? –le preguntó Aquiles nuevamente, cuando de pronto sacó su espada.

-Es la razón por la que no podemos traicionar al Imperio Hitita –habló un Espectro, revestido en una Suplice de color escarlata, era alto, de cabellera naranja algo opaca, y con la piel tostada igual que Diómeda, se encontraba junto a un grupo numeroso de otros guerreros Hititas, quienes mantenían sus lanzas apuntando a los recién llegados, con Aquiles tomando a Diómeda de rehén, y apuntándole con su espada-. ¡Alto! –comenzó el hombre, sus guerreros bajaron las armas-. Negociaremos… -ofreció él.

Troya. Campamento Aqueo. Afueras de la Tienda de Diomedes.

-Ungh… -con las mejillas infladas por la molestia, Shana hacía pucheros frente a la tienda de Diomedes, donde Anficlas daba pecho a su pequeño, mientras Lodis limpiaba el desastre dejado por la desvelada de Anficlas y Diomedes de la noche anterior. Anficlas no dejaba de ver a Shana y a su puchero más que evidente, preocupada por las reacciones de la diosa.

-Voy a arrepentirme de preguntar. Pero… ¿qué la aqueja, Diosa Athena? –preguntó Anficlas, Shana solo viró el rostro mientras mantenía las mejillas infladas, aunque de todas formas se dignó a explicarle todo a Anficlas, quien, tras unos instantes, tuvo que pasarle a su bebé a Lodis y arreglarse la armadura, antes de soltarse en una tremenda carcajada-. ¡Uwajajajaja! ¿¡Patroclo y Aquiles!? –se burló Anficlas.

-No te burles –se molestó Shana, abrazándose de sus rodillas-. Tonto Aquiles, si me lo hubiera dicho yo por supuesto que aprobaría su relación. Aunque de todas formas se lo tendría que decir a Deidamía, que molesto… -se quejaba la diosa.

-No tengo nada en contra de que hombres o mujeres tengan amoríos con otros hombres o mujeres, sería hipócrita, ¿verdad amor? –frotó la mejilla de Lodis Anficlas, ruborizando a su esposa, Shana solo la miró con molestia- Pero dejando eso de lado, Antíloco te mintió. No conozco mucho de Aquiles, cuando llegué él ya se estaba retirando de los campamentos Aqueos. Pero he escuchado que es orgulloso, y Patroclo sería poca cosa para el todo poderoso Príncipe de los Mirmidones. Antíloco te mintió en tu cara porque eres demasiado metiche –le apuntó ella.

-¿Qué más quieres que haga? Estamos en el tercer año de asedio, no participo activamente en las batallas, me entreno para hacerlo, pero me falta bastante –le recordó Shana, y después miró a sus soldados paseándose por el campamento-. Además… -continuó ella de forma sombría, mientras veía a algunos de los soldados entrar a tiendas invitados por alguna concubina- Necesito una distracción para todo lo que pasa aquí dentro de las tiendas… especialmente de lo que pasa dentro de esta… -amenazó Shana.

-Oye, yo también me aburro, pero no hice un juramento de castidad. Además, después de 9 Lunas había que contentar a Diomedes –se burló ella, Lodis por su parte le echó encima a Anficlas parte del agua que usaba para limpiar la armadura de entrenamiento de Shana- ¡Aght! ¡Está fría! ¿¡Óyeme qué te pasa!? –se fastidió Anficlas.

-Jum… -respondió Lodis, evidentemente celosa, Anficlas se decidió a ignorarla y a exprimirse el cabello-. Yo también quiero el amor de mi esposo… Diomedes imbécil y roba maridos… -se fastidió Lodis, aunque Anficlas la escuchó.

-Tranquila princesa, te consentiré a su debido tiempo. Todavía me faltan dos herederos para asegurar mi lugar como esposa principal de Diomedes, y si este continúa conquistando reinos me la va a complicar todavía más –declaró Anficlas, Lodis la miró con desprecio-. Ni que siguiera siendo Rey de Chipre, además no te puedo dar herederos. Pero te puedo dar un masajito… -la calmó Anficlas con un masaje, mismo que Lodis agradeció.

-¿A qué te refieres con que Antíloco me mintió? –se fastidió Shana, ya que Anficlas era bastante dispersa, recordaba a Diomedes en ese aspecto, posando toda su atención en todas partes pero sin darle importancia a una cosa por sobre las demás- Quiero decir, yo también me di cuenta, conozco a mis Caballeros Dorados, los observo todo el tiempo. Sé que Antíloco quería desviar mi atención… pero… si no es Briseida, ni es Diómeda… ¿entonces por quien viviría Aquiles? Lo único que me queda claro es que esa persona no es Deidamía –aseguró ella.

-Los Dioses son tan inocentes –se burló Anficlas, acercándose a Shana, y sentándose junto a ella-. ¿Por qué Antíoco le mentiría a su diosa al rostro? Obviamente, para que no se entere de lo que probablemente podría ser la mayor afrenta a su divinidad –le explicó ella, Shana no lo comprendió-. Si ni esclava, concubina, o princesa es suficiente para Aquiles. ¿Quién sí lo sería? Obviamente la metiche que siempre está al pendiente de él. Gustas de Aquiles Shana –terminó Anficlas.

-¿Eh? –fue la respuesta de Shana, quien no reaccionó del todo por unos instantes, lo que fue una sorpresa para Anficlas, quien esperaba una reacción distinta, aunque esta llegó segundos más tarde- ¿¡QUÉ!? –la tierra tembló por su grito. Algunas tiendas incluso se cayeron sobre sus dueños- ¿Aquiles? ¿De mí? Pero si yo soy… él jamás… ¡espera! ¿¡Lo de Aulis era enserio!? –exclamó sumamente apenada, y ganándose la atención de todos en el campamento- Pero… soy virgen… -le declaró ella, Anficlas se preocupó, tomó a Shana de la mano, y comenzó a tirar de ella lejos de los campamentos, Shana temblaba de la vergüenza, y todo el campamento Aqueo temblaba con ella- ¿Qué se supone que debo hacer con este conocimiento? –se quejó ella.

-¿De qué hablas? Eres una diosa, puedes hacer lo que quieras –le informó Anficlas, Shana movió su rostro en negación un buen número de veces-. ¿Realmente estás preocupada por tu juramento de virginidad? ¿A quién le jura un dios? ¿Quién está por encima de un dios para verse forzada a cumplir semejante tontería? –se fastidió Anficlas.

-Hay juramentos y verdades del universo que sobrepasan la comprensión humana –le explicó Shana, Anficlas simplemente se limpió el oído muy poco interesada en aquello-. El mantenerme virgen es importante, no puedo simplemente decidir un día que me he cansado de mi juramento. Además, mi libido le fue entregado a Afrodita –le explicó ella.

-Con Diomedes de padre, seguro ya te resurgió –se burló Anficlas, Shana se apenó y ruborizó-. A ver, escucha. Tampoco te estoy diciendo que irrespetes tu juramento milenario de virginidad que la verdad a nadie le importa –continuó Anficlas, Shana estuvo por decir algo, pero Anficlas la detuvo-. Yo solo estoy diciendo que eres una diosa. ¿Quién va a impedirte hacer lo que te venga en gana? ¿Zeus? Ese se acuesta con lo que tenga en frente. ¿Sabías que en la Isla de Samos yació con Hera por 300 años sin interrupción? 300 años, mi record es de 3, tal vez 4 horas. ¿Qué te puede decir el Rey de los Dioses sobre un juramento de virginidad? ¿No será que a algo le teme y por eso te obligan a semejante juramento? –preguntó Anficlas.

-Nadie me obliga a nada, soy virgen de mi propia voluntad –admitió Shana, Anficlas la miró con incredulidad-. ¿Por qué estamos hablando de esto? Soy la Diosa de la Sabiduría en la Guerra, mi dominio es ser sabia en la guerra, nada más. ¿De dónde salió esta conversación? –se molestó ella.

-Del hecho de que no puedas tolerar que Aquiles esté decidido a vivir por alguien pese a que tiene una profecía cantada de que no regresará de esta guerra –aclaró Anficlas, Shana abrió sus ojos por la sorpresa-. ¿No lo ves? Está escrito en tu rostro. Amas a Aquiles, no como una diosa ama a sus devotos, lo amas realmente. Ni siquiera te interesa Deidamía, solo la usas de excusa para que Aquiles no se meta con nadie más y aprovechas para quejarte de Briseida y Diómeda. ¿O acaso le cantas a Diomedes sobre mi existencia y el que debe respetar a Egialea? Nos casaste, y ahora yo tengo que lidiar con regresar a Argos y muy probablemente matarla porque la Diosa Athena decidió que, al estar embarazada, tenía más derecho que Egialea que, por cierto, tiene un juramento a Demeter, igual que Diomedes quien, por ti, lo irrespetó. Tampoco te veo juzgar a Antíloco por Orsedice, o a Patroclo por Ifis, ¿cómo se llamaba la otra? Ah sí, me contaste sobre Antissa. Teucro tiene a Enue, Áyax ni se diga, Tecmesa se contonea como si fuera la dueña de los Campamentos Aqueos, luego está Néstor, que no me vas a decir que no ha tocado a Hecamede que por algo Néstor tiene tantos hijos, y Agamenón tiene una relación bastante carnal con Casandra. Pero no, tus quejas van siempre dirigidas a Aquiles, que si violó a una concubina, que si tiene una nueva peneste, que si te mintieron de que Patroclo y Aquiles, y volvemos al círculo de usar a Deidamía de excusa. Shana, puedes buscar todas las excusas que quieras, que eres virgen, que tienes un juramento, que tu libido lo tiene Afrodita. ¿Qué siente tu corazón realmente? –le preguntó Anficlas, y la respuesta, fue una lágrima cayendo del rostro de Shana- Creo que me pasé… -se quejó ella.

-Solo… entréname por favor… -pidió Shana, Anficlas la miró con tristeza-. Incluso si es cierto… incluso si fuera correspondida… no va a pasar, ¿lo entiendes? No lo voy a permitir… soy una diosa, y antes de que digas cualquier cosa, no es por menospreciar a los Mortales… amos a los Mortales… los amo tanto… que jamás permitiré que sus vidas se vean destruidas por mi egoísmo al generar descendencia… -le explicó ella, Anficlas la miró confundida por aquellas palabras-. Mi amor por los humanos… es incuestionable… no tienes idea de lo lejos que podría llegar por ellos, de los sacrificios que tengo que soportar por ellos… así que… por favor… solo entréname… y ayúdame a escapar del sentimiento humano, ayúdame a dejarme embargar por mi domino… el dominio… de la Sabiduría en la Guerra… -pidió Shana, sus ojos brillando escarlatas en esos momentos, lo que sorprendió a Anficlas, quien se talló los ojos para cerciorarse de que lo que había visto fue real, pero en lugar de eso, fue recibida por los ojos esmeraldas de Shana-. Por favor… -suplicó ella.

-No… espera… creo que acabo de ver algo terriblemente preocupante… -se frotó los ojos nuevamente Anficlas, pero Shana mantenía sus ojos esmeraldas-. Probablemente fue mi imaginación, pero, de todas formas, siento que me propasé con mis palabras, Diosa Athena –reverenció Anficlas, Shana solo la miró con curiosidad-. Soy una mortal… atreverme a pensar como una deidad… yo… me disculpo. Tendrá sus razones, y aunque me sean incomprensibles, no soy nadie para juzgar a una deidad… -aceptó ella.

-No… no es eso lo que quería que pensaras de mi situación… -aceptó Shana con una sonrisa, y tomando a Anficlas de las mejillas, para ayudarla a alzar su rostro-. Es verdad que, como divinidad, hay tanto en juego cuando se habla sobre mi descendencia. Pero no quiero que me veas como un ser despiadado y tiránico que no acepta crítica alguna… aprendí de lo de Aracne… de verdad –admitió Shana, Anficlas se puso nerviosa recordando el castigo de Aracne por haber retado a Atenea a un concurso de costura, en el cual Aracne realizó un tapiz con todos los pecados de los Dioses, siendo convertida por Atenea en una araña, la primera de la especie, además.

-Si algún día se enoja conmigo, y decide transformarme en algo, por favor que sea fuerte y violento, tal vez alguna clase de ave de presa, un águila de oro estaría genial –pidió Anficlas, Shana infló sus mejillas con molestia, preocupando a Anficlas, quien entonces se tornó seria-. En todo caso… Shana… ¿estás segura de que deseas unirte a la batalla? Tu entrenamiento ha rendido frutos, cada día tienes más fortaleza física, pero… ¿no perderás el control como Ares? –le preguntó ella curiosa, Shana notó la preocupación genuina en los ojos de Anficlas, y sonrió para ella.

-Mi dominio es la Sabiduría en la Guerra –le explicó ella, Anficlas asintió-. No voy a decirte que no siento un deseo incontrolable de unirme a la batalla, y liderar a los Aqueos en contra de Troya, y que ese sentimiento, se ha vuelto más poderoso mientras más pasa el tiempo, pero… fui criada como una humana, lo he sido desde la muerte de mi Cuerpo Original… jamás podría caer dominada por la Tiranía Divina, despreocúpate –aclaró ella, Anficlas pensó al respecto-. ¿Estás pensando en Medusa? Sé que con ella y Aracne ya son dos, pero… -intentó decir ella.

-No estaba pensando en Medusa –mintió Anficlas, y preparó sus armas-. Sigamos… como hija de Diomedes, no caerías en la Tiranía Divina, ¿verdad? –concluyó Anficlas, Shana asintió con una sonrisa en sus labios.

-También tengo una madre muy linda que no me dejaría caer en la Tiranía Divina –agregó ella, apenando a Anficlas-. El ser criada por humanos es muy divertido. Oh… eso me recuerda… Poseidón también fue criado por humanos. ¿Por qué entonces es tan diferente de mí? Él es más dios que humano a mi parecer –aceptó ella con curiosidad.

Navíos Cretenses frente a Samos. Navío Principal de Idomeneo.

-¡Wachoo! –en el navío Cretense de Idomeneo, dentro del camarote de Poseidón, el joven estornudó con fuerza, lo que no era natural en él al ser una deidad, por lo que Idomeneo, curioso, esperó a que Poseidón se limpiara la nariz, antes de realizar su movimiento en el juego de ajedrez que en esos momentos tenían.

-Hacía bastante tiempo que no te enfermabas, Molo… no desde que despertaste como nuestro señor Poseidón… me trae recuerdos… -le comentó Idomeneo, lo que molestó un poco a Poseidón, y en turno puso nervioso a Idomeneo-. No es mi intención el serle irrespetuoso –declaró él.

-Athena nació humana… -le comentó Poseidón, frotándose la barbilla, Idomeneo asintió-. Creo que su nombre mortal era… Shana… he escuchado a algunos de sus Caballeros Dorados como a Patroclo, Aquiles, y Diomedes, algunas veces incluso a Odiseo, llamarla por aquel nombre… ¿sabes que pienso que llamar a un dios por el nombre de su contenedor… es grosero? –le preguntó Poseidón, Idomeneo se apenó, y asintió-. Y aun así… todos los Dioses que han poseído a un mortal, usan sus nombres Mortales. La situación de Athena y la mía debiera de ser diferente, nosotros somos nuestros propios cuerpos reconstruidos. Entonces, ¿por qué me causa una sensación de calma el ser llamado Molo? Recuerdo que al muy egocéntrico de Decaulión nunca logré convencerlo de que era un dios, mi madre Cleopatra por otro lado, sí me creyó, pero jamás dejó de llamarme Molo… era una evidente falta de respeto a mi divinidad, pero nunca se lo exigí… -admitió Poseidón.

-¿Puedo hablar con familiaridad? –pidió permiso Idomeneo, Poseidón asintió- Me arriesgo a ser castigado por su excelencia, pero considero importante mencionarlo. Ni Meríones, ni yo, que somos hijos de Decaulión, lo hemos dejado de ver como a nuestro hermano Molo –le explicó él, Poseidón hizo una mueca de descontento-. Será un hermano con una divinidad, y que podría fulminarnos al hacer alguna rabieta, como aquella vez hace 8 años cuando le arrebataron a su nodriza Evipe para dársela al Minotauro… -comenzó él, cuando sintió su navío temblar.

-¡Tenía 5! ¡Y Evipe era muy bonita! –se quejó Poseidón, Idomeneo se puso nervioso por las reacciones de su dios y hermano- Admito que esto de renacer en un Cuerpo Mortal creado por Hefestos es… diferente… ¿qué fue de Evipe de todas formas? –se quejó él.

-No se lo dijimos porque estaba enojado con nosotros en ese momento, y después comenzó con lo de ser el Dios de los Mares y ser tratado como tal… -agregó Idomeneo nerviosamente, Poseidón lo miró con molestia nuevamente-. Pero Meríones y yo fuimos a salvar a Evipe de ser sacrificada al Minotauro… tuvimos algo de ayuda de Teseo claro, pero todo salió bien –le explicó él, Poseidón asintió un buen número de veces, indicando que quería saber más-. Le comentamos que usted se puso muy triste porque la habían ofrecido de sacrificio al Minotauro, y bueno, le mentimos diciendo que usted nos había enviado a salvarla… y… ella juró esperar a su mayoría de edad para casarse con usted… -terminó Idomeneo. Frente a él, pasó algo que no se esperaba, Poseidón se ruborizó-. Evipe… lo último que supe es que aún espera pacientemente al dulce niño con quien la hacían dormir por las noches para que no se sintiera solo… aunque… ella solo lo ve como Molo, jamás le dijimos que usted era en realidad el Dios Poseidón… -le explicó él.

-Ajem… -se aclaró la garganta Poseidón, aunque sin poder dejar de ruborizarse-. Estoy seguro de que… es por mi cuerpo humano de 13 años… pero siento que es mi responsabilidad decir que me siento halagado –comentó Poseidón, intranquilo-. Se ha puesto muy bella… Evipe… no sabía que era a mí a quien esperaba todas las noches frente al mar… descalza… sintiendo las caricias de las olas… con sus chinos danzando con el viento… -continuó Poseidón, Idomeneo sonrió, Poseidón inmediatamente se repuso- ¡No es que esté considerando desposarla! –se quejó él.

-Mi señor… no hay vergüenza en desear ser un mortal en ocasiones… nosotros sus Generales Marinos, estamos agradecidos de que haya elegido renacer como un mortal… aún si es solo por la traición de Apolo, nosotros… pensamos que lo mejor que pudo haber pasado, es que Apolo lo traicionara –le explicó Idomeneo, sorprendiendo a Poseidón-. Ya lo amábamos, mi señor, cuando solo era una deidad a la cual orarle. Pero le teníamos un miedo inquietante. Su culto, era más por evitar su ira que hundió continentes enteros, que por amor a quien fuera Poseidón –admitió Idomeneo, Poseidón se molestó y estuvo por recriminarle, pero Idomeneo habló primero-. Pero desde que se selló su alianza con Athena, todo cambió. Su pueblo lo sigue, y lo adora con la convicción de que usted ha demostrado su amor por los mortales, y su genuino interés en nosotros. Eso es algo que ni Apolo, Zeus, o cualquier otro dios, jamás podrá lograr. Solo usted y Athena, y tal vez Hefestos, han demostrado amor genuino por los humanos. Y por ello, estoy seguro de que Memnón no lo traicionaría, lo que hizo… debe tener otra razón… -admitió él.

-Memnón dijo lo mismo… -recordó Poseidón-. Él dijo que me entregaría a la Tiranía Divina… sé que tengo un humor volátil, Idomeneo, pero la Tiranía Divina, va más allá de ser una simple rabieta. Un Dios Tirano, es aquel que se ha entregado de lleno a su dominio, que no razona, que sirve únicamente por su Dominio sin importarle nada más. Imagina a un Poseidón que solo viviera por su Dominio, y solo pensara en expandirlo, un Poseidón que no se detendría hasta que todo fuera mar… y Memnón ha dicho, que me traiciona porque yo me convertiré en eso… -admitió él.

-Dígame, mi señor Poseidón, ¿usted recuerda el día de su nacimiento? –le preguntó Idomeneo, Poseidón lo miró con curiosidad por aquella pregunta- Sé que suena a una pregunta ridícula, pero es un dios, probablemente lo recordaría si se concentrara en ello. De todas formas, yo sí recuerdo su nacimiento o, mejor dicho, su entrega. Fue el día en que Memnón llegó de Etiopía intentando negociar con mi padre Decaulión la entrega de telas Egipcias. Memnón tenía 30 años, yo tenía 18, me creía un adulto, cuando lo único que tenía de adulto era la mayoría de edad, no la sabiduría. Memnón negociaba la venta de telas de Egipto a 50 estateras de oro, todas las que llevaba consigo, yo enfurecí diciéndole que nadie compraría una tela de Egipto por más de 20 dracmas, que era un charlatán, y que intentaba robarnos. En ese entonces Troya tenía la principal participación en el mercado de las telas Egipcias, y vendía cada tela a 20 dracmas, llamé a Memnón un charlatán porque él decía que triplicaríamos nuestra inversión al vender cada una de sus 50 telas a 3 estateras, y decía que seguramente algunos colores se venderían a 5 estateras, yo estaba convencido de que solo quería estafar a mi padre, y lo reté a una competencia de boxeo, si él ganaba, le pagaríamos 100 estateras por sus productos en lugar de 50, pero si yo ganaba, no le daríamos nada y nos quedaríamos con las telas… y bueno… -se apenó él.

-Oh… así que por eso tienes tres dientes de oro –dedujo Poseidón, Idomeneo sonrió, lo que no hacía muy seguido, todos pensaban que era porque el Rey de Creta era un amargado, cuando en realidad lo que hacía era evitar que se vieran sus dientes de oro, aunque solo uno se veía, ya que dos de los tres dientes eran sus molares-. ¿Qué fue de las telas? –preguntó Poseidón.

-Cada una se vendió a 5 estateras… -se molestó Idomeneo-. Etiopía era el principal socio comercial de Troya, pero gracias a Heracles, que forzó a Memnón a prometer que no ayudaría a Troya de ninguna manera, dejó de suministrar telas a Troya. Las nuevas telas de Troya, llegaban de Fenicia, que estaba en guerra con los Hititas, y tenían un bloqueo comercial con Chipre por la misma guerra. Así que los comerciantes de telas debían pasar por Hatussa, la capital Hitita, y pagar una buena cantidad de dinero para pasar sus productos hasta la Troade. Eso elevó el precio de las telas que Troya vendía a 7 estatetas, Memnón nos pedía una estateta por tela porque le quedaba más lejos el comercio con Creta al no poder navegar por el Nilo por el bloqueo de Chipre, y tener que recorrer toda la península Africana en carromato, llegar a Libia, y de allí zarpar a Creta, eso encareció sus telas, pero las de Troya costaban 6 veces más y eran de pobre calidad. Nuestra ganancia por tela, fue de entr estatetas, Memnón no mintió, incluso antes de la Guerra de Troya, ya cuadriplicábamos los ingresos por ventas de telas –admitió Idomeneo.

-Pero Idomeneo no era bueno en matemáticas ni en economía, y le tuvieron que tumbar tres dientes para hacer negocios, perdiste 50 estatetas –resumió Poseidón, e Idomeneo asintió en ese momento-. Pero, ¿qué tiene que ver eso con Memnón y mi nacimiento? –preguntó él.

-Ese día, Hermes llegó al palacio de Creta, y aunque me faltaran tres dientes, pedí a Memnón que nos acompañara a ver su entrega, mi señor –le explicó Idomeneo, Poseidón asintió-. Ese día, Hermes entregó a nuestra madre, Cleopatra, a mi señor Poseidón como un bebé. Cleopatra no dudó ni un solo momento, pese a serle entregado un dios para crianza por Hermes, ella enunció su nombre mortal, Molo –le comentó Idomeneo, Poseidón sonrió con cierta nostalgia-. Memnón cayó en sus rodillas al sentir la gentileza de su cosmos, e inmediatamente juró lealtad en su nombre, incluso llegó a decir que erguiría templos a Poseidón sin importarle que en Etioía se adoraran a Dioses Egipcios. Cleopatra, conmovida, premió a Memnón con la Escama de Kraken… yo… no creeré jamás que Memnón es un traidor después de eso, mi señor. Lo veré en el campo de batalla como mi enemigo, le daré cacería incluso, moriré o lo mataré de ser necesario, pero Memnón, jamás dejará de ser un General Marino, y lo mejor que se me ocurre para honrar esto que le digo, y la memoria de mi amigo, es tumbarle tres dientes en el campo de batalla. Después de todo, si yo no puedo sonreír por la vergüenza, ¿por qué tendría él que hacerlo? –sonrió Idomeneo, nuevamente mostrando su diente de oro.

-Los humanos… son muy curiosos… -aceptó Poseidón, recordando a un Memnón de 30 años, cayendo sobre sus rodillas, conmovido hasta las lágrimas, y jurando lealtad eterna a un bebé en brazos de su madre mortal, sin tener prueba alguna de que era genuinamente un dios-. Está bien, Idomeneo… mi ira no caerá en Memnón… he elegido en confiar que, aunque sea nuestro enemigo, tiene sus razones para esta traición… no sé realmente por qué… simplemente quiero hacerlo… donde antes cualquier traición la castigaría con toda mi ira… yo… simplemente me niego a castigarlos… no de momento al menos, y no sé cuánto va a durarme esta… empatía humana… pero… mientras dure… tú y Meríones tienen mi permiso de llamarme Molo… -aceptó Poseidón, alegrando a Idomeneo, aunque Poseidón no tardó en apenarse-. Pero solo en privacidad… y sin que nadie más lo sepa… solo tú, Meríones, mi madre Cleopatra, mi padre Decaulión, tal vez Shana, y Evipe… pueden llamarme Molo –terminó él.

-¿Así que Evipe también? –sonrió Idomeneo, Poseidón lo miró con molestia- Es linda… aunque déjeme decirle que no es normal que se asigne a una nodriza a dormir con su joven príncipe. Supongo que Cleopatra la eligió para que usted se enamorara de ella, no lo sé, es una idea mía… -admitió Idomeneo.

-Madre jamás sería capaz de… oh… que bajo ha caído… esa manipuladora… -se molestó Poseidón, Idomeneo se preocupó un poco-. Pero la perdono porque se parece a mi primera esposa Clito, pero solo por eso, ¿entendido? –se molestó Poseidón, Idomeneo asintió, alegre de saber que su dios entendía y amaba a los humanos gracias a su renacer como su hermano Molo.

Tenos.

-Siento al Señor Poseidón de buen humor. Me pregunto, ¿qué habrá pasado? Esta lluvia es bastante fresca y reconfortante –Meríones llegó a Tenos, una de las ciudades que, según la repartición de los Mirmidones, correspondía a Aquiles como prospecta a ser saqueada al ser una aliada comercial de Troya, razón por la que el General Marino de Poseidón había bajado del Hipocampo de Automedonte, Talasa, a las afueras de la ciudad, dentro de un bosque, para no levantar sospechas de su llegada. Allí, Meríones miró en dirección a la ciudad, notando que las murallas de la misma estaban cubiertas por banderolas verdes, preguntándose la razón de las mismas, y pensando en Yaliso, la doncella de cabellera esmeralda, que Meríones había visto en su mente gracias a las acciones de Memnón-. Descansa amigo, cuando te necesite vendré por ti –le frotó el hocico Meríones, despidiéndose de Talasa, y caminando a los interiores del bosque-. Ahora… ¿cómo voy a hacer para entrar en esa ciudad y buscar a esa tal Yaliso sin que me descubran? –se preguntó a sí mismo Meríones, cuando sintió un cosmos detrás de él.

-No entrarás, General Marino –escuchó Meríones, se dio la vuelta, y encontró a un Espectro, no había siquiera sentido su cosmos, pero este ya estaba activo, como si el Espectro, de Suplice con una coraza negra que llevaba por escudo, y de cuerpo andrógino, de cabellera esmeralda y femenina, hubiera preparado su cosmos desde hace ya tiempo para alcanzar un nivel superior al de Meríones-. Me presentaré ante ti sabiendo que nada puedes hacer para detenerme, mi nombre es Zenón, La Estrella Terrestre de la Sinuosidad, de bestia guardiana Quelona, y esta es mi ¡Paradoja Infinita! –tras aquellas palabras, que Meríones no pudo identificar si salían de labios de un hombre o una mujer, el General Marino fue rodeado de hexágonos esmeraldas y traslucidos, que lo encerraron en una especie de prisión, antes de liberar una violenta explosión que arrasó con el cuerpo del de Scilla.

Edium. Corte del Conquistador Forbante.

-Por lo que alcanzo a ver… mi hija Diómeda parece tenerte en alta estima –comenzó Forbante, en su Suplice escarlata, rodeado de guerreros Hititas, todos de piel de bronce como los Egipcios de los que Aquiles había oído hablar. El de Libra se encontraba en la Corte de Forbante, con Diómeda abrazada de su brazo, con Antíloco, Trasimedes y Anceo de guardaespaldas, y con un ejército de Hititas rodeándoles y apuntándoles con sus lanzas-. Escucharé su negociación, pero antes de escucharlos hay algo que deben saber. Hemos conquistado este reino en nombre de Kurunta, el Rey Hitita al que reconocemos. No somos ni aliados de Troya, ni de Egipto, nuestra lealtad es meramente Hitita –le comentó Forbante a Aquiles.

-Eso dice, pero viste una Suplice –le apuntó Aquiles, Forbante asintió ante sus palabras-. Los espías de Acamante, el Caballero Dorado de Cáncer, enunciaron que Edium era aliada comercial de Troya. Sin embargo, algo no me cuadra. Focea, con quien comparten puerto, escuché que no es aliada de Edium. ¿Cómo dos ciudades vecinas, que ambas son proveedoras de Troya, están enemistadas? Patroclo ya nos alcanzó, los muelles de Focea están ardiendo, pero no he visto a Edium preocupado en absoluto –viró su rostro Aquiles al balcón en la Sala del Trono de Edium, observando el fuego proveniente del otro lado del Golfo de Esmirna, donde los Mirmidones de Patroclo, sin recibir respuesta de los Mirmidones de Aquiles, habían llegado a saquear Focea, y por lo que Aquiles veía, no habían encontrado resistencia importante.

-Es como tus espías han dicho, Edium y Focea eran aliadas comerciales de Troya, pero solo Focea lo seguía siendo –le informó Forbante, Aquiles no habló hasta que el Rey de Edium se explicara-. Edium estaba gobernada por otro rey. ¿Cuál era su nombre? Creo que Giganto, no me interesó lo suficiente, el muy necio solo se empeñaba en hablar de su Estrella Terrestre de la Divulgación, y de que su Suplice era la del Cíclope, curioso el imbécil, si te asomas por el balcón probablemente encontrarás su cuerpo empalado en algún árbol, a él pertenecía esta Suplice, la cual yo le robé antes de lanzarlo por el balcón –le explicó Forbante, Aquiles asintió, comprendiendo la situación-. Nosotros los Hititas conquistamos Edium, y antes de Edium conquistamos a Esmirna, al este del Golfo de Esmirna. Edium y Focea son una pinza, en medio de ambas está Esmirna, conquistada por nuestro líder, Kurunta, y convertida en capital de los Hititas, renombrada como Tarhuntassa. Tu amigo, Patroclo, pronto será visitado por los Hititas de Tarhuntassa, quienes han estado en guerra con Focea por varios años. En realidad, Aquiles, te estoy agradecido. Los Hititas intentaban conquistar Lesbos por la parte de Lineón, para de esa forma atacar a Focea por la retaguardia, y asegurar la conquista del Golfo de Esmirna. Ahora lo único que tiene que hacer Kurunta, es recuperar a Focea, y estará hecho –le aseguró él.

-Espera, no nos interesa hacer la guerra contra los Hititas –le explicó Aquiles-. Dicen que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Por qué no aliarnos los Aqueos y los Hititas? Ambos queremos la caída de Troya. Si lo que dice es cierto, y solo viste esa Suplice porque se la robó al Rey Giganto de Edium, entonces podemos negociar. Le dejaremos Edium, le dejaremos Focea, tendrá el control del Golfo de Esmirna, solo le pedimos comercio con los Aqueos, es todo –resumió Aquiles.

-No es posible, Kurunta no lo aprobaría –le respondió Forbante-. En realidad, Aquiles, la única razón por la que siguen vivos, es por mi hija Diómeda. Aunque ella se ve demasiado complacida contigo, no me importaría perderla, después de todo me ha traicionado, pero… si la pierdo… ya no tendré herederos… -asimiló Forbante.

-No se la voy a regresar, ella es mi garantía, y me ha servido bien –se molestó Aquiles, abrazándole la cintura a Diómeda-. Pero a un arreglo debemos de llegar. Si Kurunta no negociará con los Aqueos, ni con los Troyanos, entonces, aunque sean el enemigo de mi enemigo, tendré que matarlos. He escuchado que el Imperio Hitita está demasiado abatido por sus años de guerras… permítame decirle entonces, mi rey, que una guerra contra los Mirmidones, no es lo mejor para los Hititas, los extinguiré de ser necesario –amenazó Aquiles, Forbante se puso de pie, y comenzó a elevar su cosmos, que extrañamente no se sentía como el cosmos de un Espectro.

-Alto, yo negociar… -Diómeda interrumpió, y se dirigió a su padre-. Kurunta estar demente, tú saberlo Padre. Entregarme a Mácar como ofrenda de paz, aunque Hititas en guerra con Lesbos. Además, enseñarme varios idiomas, aunque no soy muy buena, me defiendo. ¿Por qué enseñarme héleno y anatolio, si hacer guerra? –preguntó ella.

-¿Confías tanto en este hombre? Eres su esclava –le comentó Forbante, Diómeda intentó decir algo, pero su padre la interrumpió-. Los penestes siguen siendo esclavos, no me importa si los de Hélade quieren ponerles nombres para sentirse como que no están esclavizando a nadie –se defendió Forbante, molestando a Diómeda-. Pero es verdad, Diómeda… la razón de enseñarte esos idiomas, la razón de enviarte con el Rey Mácar… eran mi forma de permitir a mis hijos tener descendencia, y continuar dejando mi sangre en este mundo. Soy un Hitita, pero no soy un imbécil, Kurunta y sus guerras han debilitado al imperio, no mientes Aquiles cuando dices que una guerra contra los Mirmidones resultará en la extinción de los Hititas… así de débiles estamos… y yo negociaría, por tener una mísera oportunidad de supervivencia, cualquiera de mis hombres lo haría… Kurunta… es un imbécil… pero me tiene con las manos atadas… -admitió él.

-¿Por Tríopas? –preguntó Aquiles, el nombre que enunció llamó la atención de Forbante- Escuché de Athena, quien apoya a los Aqueos, que Tríopas está capturado en Rodas. También dijo varias tonterías de que Tríopas es la reencarnación masculina de Dánae, una Diosa Hitita –le comentó Aquiles, y Forbante inmediatamente miró a Diómeda.

-No ser yo, secreto saberlo Athena de alguna forma –le comentó ella, Forbante suspiró, incomodado-. Padre… si Athena enterarse de secreto, no ser por mí, memoria sigue intacta. Yo no podía revelar nombres de Dánae, ellos enterarse. Tampoco podía decirte de Rodas, ellos enterarse… por favor padre… escúchalo… -le pidió ella.

-Veo que confías, genuinamente, en este Aqueo –admitió Forbante-. Muy bien… te diré lo que sé. Hace tiempo, una adivina llamada Manto, llegó a Hatussa, la verdadera Capital Hitita que está muy al este de Esmirna –le explicó Forbante, Aquiles asintió-. Manto decía ser la hija de un adivino, Tiresias creo que se llamaba, ella tomó a mi hija como Sacerdotisa de Apolo, ya que Diómeda ya tenía conocimientos de sacerdocio, al ser la Sacerdotisa de Dánae de nuestro imperio –Aquiles miró a Diómeda, quien asintió en ese momento-. Manto, por instrucciones de Kurunta, quien pretendía hacer la guerra con los Egipcios, profetizó sobre los Hititas, enunció que nos extinguiríamos si no se cumplían ciertos requisitos, pero solo susurró las condiciones de nuestra salvación a Diómeda, y a mi hijo Tríopas. En ese momento no entendimos la razón, pero cuando le pregunté a mi hijo sobre el cómo salvar a los Hititas, Diómeda lo detuvo, y le impidió revelar el secreto. Yo… desconocía que lo hacía porque una pitonisa divide un Oráculo a quienes lo escuchan, dando igual parte del conocimiento a cada uno, pero que borra la memoria de ambos si se revela el secreto. Kurunta por otro lado, pensó que era un acto de traición, que yo había ordenado a mis hijos callar, y que deseaba destronarlo. Me arrebató a Tríopas, jamás supe a donde lo llevó, o si seguía con vida, hasta tu llegada. Por fin tengo un nombre, Rodas –admitió Forbante, desplomándose en su trono-. Envié a Diómeda como ofrenda de paz al Rey Mácar de Metinma… pensé que al menos de esa forma mi sangre seguiría en este mundo aún si los Hititas nos extinguíamos… pero ahora la traes aquí, como tu esclava… yo… ya no sé a dónde enviar a Diómeda para que al menos ella sobreviva a la extinción Hitita… y aunque ahora sé dónde está mi hijo Tríopas, no puedo hacer nada. Focea arde, Esmirna está a mis espaldas, y Egipto está en guerra con nosotros. Tengo enemigos por todos lados, y ningún aliado –se quejó él.

-Se equivoca, tiene un aliado, yo… -se apuntó Aquiles, sorprendiendo a Antíloco, a Trasimedes, y a Anceo, además de alegrar a Diómeda-. Y da la casualidad que hay alguien en Rodas a quien estoy buscando. Así que le tengo una proposición, y la sellaré tomando a Diómeda por esposa, si eso le ayuda a confiar en mí –ofreció Aquiles, aquello sorprendió a Forbante-. Ocultará a mis Mirmidones dentro de Edium, y quemará mis campamentos en el Bosque de Krene. Reunirá todos los tesoros de Edium, y los enviará de poco en poco a Lineón, mientras le dice a Kurunta y a sus Hititas que ha vencido a los Mirmidones de Aquiles, quienes huyeron a Focea perseguidos por sus hombres, y que por ello los Mirmidones han decidido continuar con las incursiones a Cima, abandonando toda idea de conquistar Esmirna –prosiguió Aquiles, Antíloco y Trasimedes ya intercambiaban miradas de preocupación, mientras Anceo reía divertido por lo que estaba escuchando-. Le dará a mis Mirmidones armaduras Hititas, y le dirá a Kurunta que ha iniciado la conquista de Clazomene, de Tenos, y de Colofón. Actuará como el conquistador orgulloso, y al servicio de la gloria de Kurunta. Mientras tanto, Anceo y yo, nos infiltraremos en Samos, y rescataremos a su hijo Tríopas… una vez que lleguemos con Tríopas a Edium, juntos, los Hititas a su mando, y mis Mirmidones, invadiremos Esmirna, o Tarhuntassa, o como se llame, atacándola desde ambas direcciones. Los Hititas de Kurunta se extinguen… sus hombres, y usted, ahora son mis Mirmidones. Y me casaré con su hija, Diómeda, en este momento, para probarle que nuestra alianza perdurará. ¿Cuántas lanzas Hititas tiene, mi señor suegro? –le sonrió Aquiles.

-Aja… ¡Ajajajajajajajaja! ¿Señor suegro? ¿Tan seguro estás de este plan tan descabellado y de que yo accederé al mismo? –le preguntó Forbante, Aquiles sonrió y asintió- Me agradas Aquiles… mis hombres, suman 5,000 lanzas. Desposa a mi hija Diómeda, y ponte a trabajar en un heredero de mi sangre. Tráeme a mi hijo Tríopas desde Rodas, y yo te prometo, que las 5,000 lanzas Hititas que pertenecen a mis leales súbditos, marcharemos a favor de los Aqueos en contra de Troya. ¡Mis hombres! ¡Preparen un festín! ¡Celebramos la boda de mi querida Diómeda, y de Aquiles! ¡Príncipe de los Mirmidones! –exclamó Forbante, y los Hititas clamaron el nombre de Aquiles, mientras Antíloco y Trasimedes se miraban el uno al otro impresionado.

-¿Escuché bien? ¿Aquiles acaba de conquistar Edium sin un derramamiento masivo de sangre? ¿Estamos hablando del mismo Aquiles que ordenó el apedreamiento de Pisicide hasta la muerte? –le preguntó Antíloco, incrédulo de lo que acababa de escuchar.

-No solo eso, acaba de negociar 5,000 lanzas más para los ejércitos Aqueos –continuó Trasimedes impresionado-. Y lo hizo al encontrar un punto en común con un conquistador. El que su sangre, igual que la de Aquiles, permanezca en este mundo aun cuando ambos hayan muerto –resumió.

-Por supuesto –declaró Anceo orgulloso-. Aquiles sabe que no sobrevivirá a esta guerra, y Forbante solo quiere que su sangre continúe en este mundo, no le importa su propia vida si logra aquello –les explicó Anceo-. Así que, Aquiles y Forbante son iguales, saben que no sobrevivirán a esta guerra, pero saben que sus hijos, sí lo harán, o al menos esa es la esperanza conjunta de ambos. Muy bien Aquiles, te comportaste como Jasón, él era experto en negociar y dejar hijos por todas partes –se burló Anceo.

-¡Diómeda feliz de dejar hijos de Aquiles por todas partes! –abrazó Diómeda a Aquiles, quien la tomó de la cintura y la besó. No era secreto para Diómeda que Aquiles no la amaba, ni siquiera ella amaba a Aquiles de todas formas, pero ambos compartían un entendimiento mutuo, ese que les decía que eran más poderosos juntos, que separados. Ese poder, era codiciado por ambos, el poder de lograr cualquier cosa que se propusieran, bajo cualquier medio necesario.

Colofón. Orillas del Río Calaonte.

-Aquí yace Andremón, Rey y fundador de Colofón, leal seguidor de Apolo –agregó Peneleo, sumamente molesto por lo que estaba leyendo-. ¿Es enserio? ¿Andremón? ¿Ese bueno para nada? –continuaba quejándose el de Dragón Marino, mientras de detrás de unas rocas salía Ocírroe ya vestida en su túnica, pero aún sin llevar nada abajo- Te buscaré algo para que te pongas debajo de la túnica –se molestó él.

-¿De qué sirve? Lo que me ponga lo perderé cuando me transforme en yegua nuevamente –le explicó ella, Peneleo solo la miró en señal de curiosidad sobre las habilidades de la chica-. ¿Tan raro es que pueda transformarme en una yegua? Mi padre era un Centauro hasta que Zeus separó al equino de mi padre cuando Heracles por accidente le disparó una flecha envenenada. La parte equina de papá murió y la convirtieron en Armadura de Plata –le explicó ella.

-¿¡Tu padre es el Centauro Quirón!? –preguntó Peneleo, Ocírroe asintió- Olvida eso, no puedes ir por allí desnuda con solo esa túnica protegiéndote. ¿Qué pensarán los guardias de Colofón? –le preguntó Peneleo.

-Lo mismo que al ver a un General Marino, que deben encarcelarme, aunque en mi caso seguramente me violan además de eso –agregó ella con tranquilidad, Peneleo suspiró, y elevó su cosmos, desprendiéndose de su Escama Marina, que fue tragada por un portal dimensional, dejando a Peneleo vestido en una túnica azul-. Oh… -se impresionó ella.

-Puedo guardarte cualquier prenda que quieras en una dimensión portátil. No tienes que ir desnuda por todas partes, seas o no una yegua –le espetó Peneleo con vergüenza, Ocírroe solo sonrió divertida por la vergüenza de Peneleo.

-¿Te soy atractiva? Evidentemente lo soy, ¿verdad? Tú también eres bastante guapo –se burló ella, Peneleo se apenó nuevamente- Pero dejando los juegos de lado. ¿Conociste al fundador de Colofón? –le preguntó ella.

-¿Conocerlo? Era un imbécil –le aseguró Peneleo, confundiendo a Ocírroe-. No era rey de nada. Fue el malnacido que lideró a sugerencia de Tiresias, el adivino de Apolo, a los Tebanos a escapar de Tebas la de las 7 Puertas cuando Diomedes y los Epígonos la conquistaron. Él era mi general, y me obligó a mí y a mis hermanos a quedarme en Tebas a informar de nuestra rendición a Diomedes, desde entonces soy esclavo de ese bueno para nada. Dice el imbécil que somos Co-Reyes, ni sangre real tengo para ser un Co-Rey –le explicó él.

-Tampoco Andremón por lo que mencionas, pero allí dice que fue Rey y Fundador de Colofón. Pero, ¿a qué rey entierran en la entrada de su pueblo? –preguntó Ocírroe, Peneleo no supo qué decir al respecto-. Ni siquiera sabes si es el mismo Andremón –le recordó ella, moviendo su brazo para apuntar a lo obvio, y dejando ver un poco de su pecho, lo que apenó a Peneleo, quien la enterró dentro de su túnica-. Por favor… te soy atractiva, me eres atractivo, ambos sabemos cómo va a terminar esto –se burló ella.

-¡Estamos en una misión! –se molestó Peneleo, aunque por lo visto, su misión iba a tener que esperar, ya que las nubes negras comenzaban a centellar- Lloverá pronto, busquemos donde pasar la noche –le pidió Peneleo, Ocírroe asintió, pero antes de entrar en la ciudad, detuvo a Peneleo al tomarlo de la mano- ¡Deja de intentar seducirme! –se quejó Peneleo.

-No es eso guapo, siento algo poderoso dentro de esta ciudad –le explicó ella, Peneleo la miró confundido-. No tiene muralla, pese a estar en Jonia, una región frecuentada por incursiones ya sea Egipcias o Hititas, además, parece abandonada, solo hay una tumba, unas cuantas edificaciones, pero estas no tienen antorchas, nada más. Es como si nadie viviera aquí, pero tuvieran estas edificaciones para mantener apariencias de un pueblo en ruinas –le explicó ella.

-Y aun así, está entre el catálogo de Acamante de Cáncer como aliada de Troya. ¿Crees que la hayan conquistado antes de nuestra llegada? –le preguntó Peneleo, cuando Ocírroe tiró de Peneleo, y lo obligó a ocultarse dentro del bosque-. ¿Qué haces? –le preguntó Peneleo.

-¡Shhh! –lo silenció Ocírroe, mirando al arco de madera que servía como entrada al supuesto pueblo. Peneleo esperó, sin saber lo que estaba esperando, y de pronto, un caballo salió por el arco, o al menos medio caballo, su otra mitad no se veía por ninguna parte. Peneleo se impresionó, pero Ocírroe se apresuró a cubrirle la boca.

-Por los Espectros, está lloviendo… -escuchó Peneleo, en un principio pensó que se trataba del caballo, cuando este salió por fin del arco, revelando su otra mitad, y a un mercader sobre un carromato-. Bueno, supongo que la lluvia es mejor para viajar a Troya. Nos vamos, seguiremos el camino largo, esos malditos Aqueos conquistaron Lesbos, ir por mar ya no es una opción –ordenó el líder de la caravana, mientras más y más carretas salían en dirección a Troya. Cuando la venteaba carreta salió, ninguna más le siguió, por lo que Peneleo supo que era seguro hablar.

-¿Viste eso? Aparecieron de la nada –se quejó Peneleo, Ocírroe asintió-. 20 carromatos, repletos a rebosar de suministros. Solo una ciudad de gran riqueza podría llegar a tantos suministros. Ya sé lo que está pasando, ven, abrázame –pidió Peneleo.

-Oh, pícaro. Sé que la lluvia me pega la túnica al cuerpo desnudo, pero ten un poco de autocontrol. Tenemos que descubrir el secreto de esta ciudad, o jamás encontraremos a la chica que estás buscando –se burló un poco Ocírroe, Peneleo se cansó de las bromas, y tiró con fuerza de ella hasta abrazarla-. Kya, seré raptada –se burló la mujer.

-¡Cierra el hocico yegua! ¡La Otra Dimensión! –enunció Peneleo, y tras hacerlo, el cielo dejó de llover, de hecho, pese a ser avanzadas horas de la noche, el cielo era uno de mañana, y las ruinas de Colofón, se convirtieron en una ciudad amplia, con un palacio en el medio, pero sin muralla-. Lo sabía… lo mismo ocurrió cuando Agamenón y Menelao invadieron las ciudades de los Puertos Gemelos de Antrados y Adramitio. Todo Colofón existe dentro de otra dimensión –le mencionó él.

-¿Dentro de otra dimensión? –se impresionó Ocírroe- Jamás había escuchado de alguien con semejante habilidad. ¿Cómo es que lo descubriste? –le preguntó Ocírroe curiosa.

-Néstor de Géminis es mi maestro. La Explosión de Cumulo de Estrellas, y la Otra Dimensión, no son habilidades de la Escama de Dragón Marino, adquirí las mismas por mi entrenamiento con Néstor –le explicó Peneleo, Ocírroe asintió impresionada-. Pero ese no es el punto, somos muy pocos los manipuladores dimensionales, no es algo sencillo de hacer. Antes de que Agamenón tuviera un combate por conquista con Podete de Siamés, pensábamos que solo tres personas sabíamos usar la Otra Dimensión –le explicó él.

-Si Néstor de Géminis es una de esas personas, y tú eres otra de esas personas, y no estás contando a Podete de Siamés como la tercera persona. Entonces… -se frotó la barbilla ella con curiosidad-. Eso significa que sabes quién es el responsable de esto… -dedujo ella.

-Sí… lo sé… -sudó frio Peneleo, Ocírroe notó que todo su cuerpo le temblaba-. Su nombre… es Periclímeno… -le explicó él, Ocírroe esperó el resto de la explicación-. Es el hermano gemelo de mi maestro, Néstor de Géminis… y se supone que Heracles lo aplastó hace 150 años… -terminó él, preocupado por el poder de él quien había transportado a Colofón a la Otra Dimensión.