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En una vasta llanura bañada por la luz del sol matutino, un grupo de jóvenes se entrenaba con fervor. Los cascos de sus caballos resonaban sobre la tierra mientras los jinetes demostraban sus habilidades de tiro con arco, disparando a una pelota de heno que otro lanzaba. Algunos se batían en duelos de práctica, mientras otros participaban en carreras. El entrenamiento era arduo, pero la camaradería y el espíritu competitivo mantenían alta la moral.
En el centro del campo, Ashkan, un joven de cabello y ojos negros, tensaba su arco mientras su caballo galopaba a toda velocidad, liderando al grupo. Montaba una yegua negra que lo había acompañado desde que aprendió a caminar. A su lado, Parvin, una joven de cabello oscuro y mirada decidida, lo seguía de cerca. Ambos se concentraban en los blancos colocados estratégicamente a lo largo del recorrido. Con un movimiento fluido, Ashkan soltó una flecha que atravesó el aire y se clavó en el centro de su objetivo. Parvin, sin querer quedarse atrás, lanzó su flecha y acertó con igual precisión.
A pocos metros de distancia, en un área delimitada para duelos, dos jóvenes se enfrentaban sobre sus caballos con espadas. Amigos y rivales, cruzaban aceros con destreza impresionante. Sus movimientos eran rápidos y calculados, una danza de ataque y defensa que dejaba a los espectadores maravillados. El sonido del metal chocando resonaba en el aire, mezclándose con las risas y los gritos de ánimo de los otros jóvenes.
De repente, el sonido de un cuerno señaló el fin del entrenamiento del día, rompiendo la atmósfera festiva. Todos los jóvenes se detuvieron, reuniéndose en dos grupos: uno para arrear el ganado y otro que se dirigiría al río a pescar.
Ashkan disfrutaba el entrenamiento. Tenía nueve años, pero ya era de los mejores jinetes del campamento. Su habilidad con el arco compuesto rivalizaba incluso con algunos veteranos, y su espada ya había vencido a todos los jóvenes cercanos a su edad y ya había probado la sangre. A pesar de eso, Sadok, su instructor, siempre exigía más de él. «Lo haces bien niño, pero puedes hacerlo mejor», decía cada vez que a su grupo le tocaba entrenar con él. Personalmente, Sadok lo elegía para un combate de práctica, moliéndolo a golpes hasta que le temblaban los brazos y las piernas.
Otros días, cuando le tocaba entrenar con Nazar, lo mandaba a pelear con los demás. Cuando Ashkan venció a todos por primera vez, exigió un mayor reto, así que Nazar no dudó en enviarlo a pelear con los mayores, quienes no tardaron en ponerlo en su lugar. «Que no se te suba a la cabeza, muchacho; la arrogancia te conducirá a una muerte prematura», le dijo Nazar mientras le vendaban las heridas.
La vida en el campamento era sencilla. La mayoría de los jóvenes provenía de familias con oficio, pero había un límite para la cantidad de aprendices que podían tomar, y tampoco había material de sobra para trabajar. La madre de Ashkan era una gran tejedora de seda, dueña de su propio enjambre de arañas. Algunas veces él pensaba que ella le enseñaría el arte de criar arañas y tejer sus sedas, pero eso jamás pasó.
En cambio, ella lo alentó a tomar las armas con Sadok para aprender a luchar, rastrear presas y a mejorar su tiro con arco. También le enseñó el arte de los números, a leer y a escribir. Luego lo encargó a Nazar enseñarle la vida del soldado y con suerte como comandarlos. Los que no tenían oficio tampoco podían estar de vagos. Algunos se unieron a los cazadores, otros a las caravanas, y algunos ayudaban a expandir las tiendas o pescaban.
Siempre había algo que hacer en el campamento. A pesar de eso, cada vez que Ashkan se levantaba y miraba las infinitas llanuras bajo las montañas, más allá del río, no podía dejar de pensar que había muchas cosas más que hacer que simplemente permanecer en aquel lugar.
Había escuchado historias de cómo sus ciudades habían caído bajo las hordas Dothraki, de las civilizaciones más allá de las montañas de Huesos, de la gloriosa Valyria y sus jinetes dragón.«¿Qué bestias debieron ser aquellas?», se preguntaba. Su madre le contó que eran como lagartijas gigantes con alas, capaces de escupir llamas tan calientes que derretían la piedra, y que de aquella civilización solo quedaron ruinas.
Las caravanas que regresaban de Qohor y Norvos no se atrevían a ir más al oeste o sur por miedo a los conflictos entre las colonias valyrias. Decían que una ciudad llamada Volantis, la más antigua y grande de las colonias, se había autoproclamado la nueva Valyria y exigía tributo a las demás. Desde entonces, han estado en guerra por décadas. «La ciudad debe ser toda una maravilla si puede hacer frente a tantos enemigos ella sola», pensaba Ashkan.
Tal vez, cuando sea mayor, tomaría su caballo y arco, con espada en mano, podría unirse a alguna ciudad para ganar riquezas o formar una compañía independiente. Con la cantidad de conflictos que había, no tardaría en encontrar trabajo, y si tenía suerte, podría ganar suficiente oro como para desplazar a todo su pueblo a un lugar más seguro, fuera del peligro de los Dothraki.
Mientras estaba sumido en sus pensamientos, acarreaba el ganado con sus compañeros. A lo lejos se podían ver manadas de caballos salvajes. Se preguntaba por qué no los usaban como alimento. Había escuchado de su madre que la situación alimenticia del campamento estaba empeorando y que podrían empezar a racionar los alimentos.
Las montañas eran seguras, con espacio suficiente para todos, y sus cuevas eran ricas en carbón, hierro y estaño. Pero mientras eran ricas en minerales, eran pobres en vida silvestre. Había pequeñas manadas de cabras y otros animales, pero no los suficientes para todos los campamentos en la zona. Tampoco podían cazar en exceso, y aunque la pesca era abundante, no siempre era así.
«¿Por qué no usar a los caballos?», se preguntaba Ashkan. Había caballos por todas partes. Si quisieran, todo el campamento podría montar uno y repartir los sobrantes entre todos. Eso sin contar las numerosas manadas que había en toda la llanura. Si los Dothraki comían su carne y bebían su leche para sobrevivir, ¿por qué no podíamos hacer lo mismo? ¿Sería orgullo, el no querer rebajarse a la misma vida que tenían los Dothraki? ¿O simple rencor? Al final, no podía comprender a los adultos. «¿De qué sirve todo esto si vivimos escondidos en cuevas, pasando hambre?», pensaba.
—Volviste a ganar.
Una voz clara interrumpió sus pensamientos. Ashkan volteó la mirada y vio a una chica acercándose a trote lento, montando una yegua blanca manchada. Era Parvin, una joven mayor que él por cuatro años. Tenía el rostro alargado, cabello negro y largo que le llegaba a la cintura. Hija de curtidores, pero que no pudo aprender el oficio igual que muchos, era buena jinete y arquera, algo impulsiva, siempre queriendo competir, especialmente contra quienes le ganaban.
—Te concentras demasiado en el blanco —dijo Ashkan, regresando la mirada al frente—. Inicias bien, pero pierdes las riendas al tratar de pasarme, descontrolando el caballo.
—Oh, ¿ahora eres un instructor? Dígame, gran maestro, ¿qué debería hacer? —replicó Lena, arqueando una ceja.
—Solo digo que te relajes un poco. Inquietas a tu caballo, fallas los tiros y no consigues nada —suspiró—. Si estás calmada, él está calmado; si está calmado, está estable; y si está estable, tú das al blanco —intentó explicarle de una forma en la que no se enojara más. Ella le daba una mirada que prometía dolor si la ofendía—. Trata de disparar en sincronía con su galope, cuando está en el aire. Eso es lo que hago. Es difícil al inicio, pero cuando te acostumbres, acertarás más veces.
—Sabes, si no fueras tan hablador, les agradarías mejor a los demás.
Dicho eso, se alejó de él tan rápido como llegó. «¿Hablador? ¿Yo?», pensó Ashkan. Solo hablaba cuando tenía dudas sobre algún tema. Aprendió que, si alguien tiene dudas, lo ignoras, porque si tratas de explicar algo a alguien, piensan que los tratas como idiotas y te insultan. Ella es un ejemplo de eso. Me pidió un consejo y se lo di, ahora soy el malo por explicarle mi forma de hacer las cosas.
Y si lo decía por aquella vez que gané en los combates, Nazar se encargó de darme una lección de humildad. Incluso me disculpé con los chicos. «¡Y sí tengo amigos! Pocos, pero tengo.»
A lo lejos, un grupo de hombres observaba atentamente. Eran los instructores, reunidos con los exploradores encargados de vigilar las áreas circundantes en busca de algún peligro.
—¿Algo que informar? —preguntó uno de los instructores.
—No vimos movimiento, pero encontramos huellas —respondió un explorador con cara de preocupación—. Muchas, río abajo, en dirección al este.
—Esperemos que sean solo manadas de caballos. Sadok se encontró con algunos Dothraki ayer mientras cazaba —dijo otro de los instructores con tono preocupado—. Dijo que eran de mala sangre, pero si se equivoca, tendremos que estar preparados.
—Avisaré a los demás —dijo uno de los exploradores mientras se preparaba para partir—. Si es un khalasar, debemos anticipar sus caminos. Si tenemos suerte, será uno pequeño; los grandes deben estar saqueando en la Bahía de los Esclavos o en el Desierto Rojo.
—Está bien, yo regresaré con los muchachos y convocaré un consejo.
Con eso, los instructores dieron la orden de regresar, a pesar de que aún faltaba para el atardecer, mientras los exploradores se separaban para informar a los demás campamentos de sus descubrimientos.
Cuando los instructores nos ordenaron regresar, supe que algo iba mal. Aunque parecían calmados, noté pequeños frunces en sus ceños antes serenos, sus voces tenían atisbos de preocupación y urgencia, y sus ojos escudriñaban constantemente los alrededores, como si buscaran algo.
Mis sospechas se confirmaron poco tiempo después de llegar al campamento: se llevaría a cabo un consejo y mi madre fue llamada. Yo serviría como ayudante en la reunión. La sala del comedor se llenó de todos los hombres y mujeres que tenían un mínimo de influencia.
La sala estaba iluminada por antorchas parpadeantes y el ambiente estaba cargado de tensión. Había casi 200 personas. Nadie poseía sangre noble, así que el poder de tomar decisiones se trasladó a un conglomerado de antiguos miembros de gremios, comerciantes que habían mantenido un mínimo de riqueza y los miembros más experimentados en la batalla. Incluso si alguien afirmara ser de sangre noble, sería recibido con burlas y desprecio. Después de la cobardía de algunos Sahs y la codicia en general que provocaron la caída de los reinos sarnorenses, nadie quería seguir las órdenes de otro Sah.
«Presta atención, hijo, ahora sabrás una de las razones por las que es difícil liderar», me dijo mi madre, con una sonrisa irónica y ojos cansados.
Había una gran cantidad de personas en la habitación, pero si prestabas atención, la sala se dividía en tres facciones. La primera estaba compuesta principalmente por soldados, cazadores, algunos gremios y sobrevivientes de ciudades caídas, liderada por Nazar.
La segunda facción estaba al mando de Jorund, un experimentado y famoso herrero. Se decía que incluso los nobles le encargaban trabajos. Su cabello y espesa barba canosa señalaban su edad, pero su porte recto y cuerpo musculoso me hacían preguntarme si incluso Nazar podría vencerlo en una pelea. Su facción estaba compuesta por la mayoría de los gremios, casi en su totalidad por no combatientes. Pocos soldados estaban con él, pero su grupo era la fuerza principal que mantenía en funcionamiento el campamento.
La última facción era la menos numerosa, compuesta casi exclusivamente de comerciantes y sobrevivientes. También era la menos influyente a pesar de ser los más ricos. Si en algo se parecían los comerciantes a los nobles, era en su codicia y escasa fiabilidad en tiempos difíciles. Su líder era un hombre de mediana edad bastante corpulento llamado Seth. Sinceramente, me sorprendía que no hubieran abandonado el campamento a la mínima señal de un khalasar.
—Debemos mantener nuestra posición aquí en el campamento —dijo Nazar, señalando una serie de fosos y pequeñas fortificaciones que habían construido a lo largo de los años—. El terreno escarpado nos da una ventaja significativa. Podemos usar los fosos y las barreras naturales para desgastar al enemigo. Cuando estén desorganizados, cargaremos y acabaremos con lo que quede.
A su lado, Jorund frunció el ceño y negó con la cabeza.
—¿Te has golpeado la cabeza, Nazar? No disponemos de suficientes hombres para oponernos; apenas una quinta parte del campamento sabe pelear, y eso contando a mujeres y niños.
—Tampoco contamos con suficientes armas o armaduras —intervino otro herrero—. Recolectamos un buen número cuando huimos, pero solo podríamos armar a unos 200 completamente. Los demás tendrían que conformarse con cuero y armas de baja calidad.
—¿Ya se han contactado con los demás campamentos? —preguntó un artesano.
—Sí. ¿Qué pasa con Mehmed? Su grupo dijo que encontró minas de hierro hace dos años; tal vez ya trabajan con acero. Pidámosle ayuda. Si nosotros caemos, ellos serían los siguientes.
—Mehmed es un cobarde. Él y sus seguidores se esconderán en sus minas hasta que todo acabe.
—¿Y por qué no hacemos lo mismo? Hay suficiente espacio para, por lo menos, la mitad. Que los demás se dispersen.
—¿Por qué no rendirnos? He escuchado que aceptan tributo de algunas ciudades y las dejan en paz.
—¡Eres un imbécil! ¿Qué podríamos darles de valor? Solo nuestras mujeres y los niños se salvarán, para ser vendidos. A nosotros nos cortarán el cuello.
—¿Y cómo sabes eso? ¡Tenemos suficientes objetos de valor, seda, oro y caballos! A ellos les encantan los caballos.
—¡Y se los quedarán cuando terminen de matarnos!
—¡Debemos huir de todas formas, no tenemos nada!
—¡Cobarde! —se levantó uno de los hombres—. ¡Puto suicida! Harás que nos maten a todos —otro se levantó, con un grupo de hombres siguiéndolo.
La situación empeoró rápidamente, con el comedor sumido en el caos por los constantes gritos e insultos que inundaban la sala, hasta que un fuerte golpe provocó un segundo de silencio, seguido por una voz autoritaria.
—¡Orden! ¡Orden!
Seth habló con voz autoritaria—No podemos ganar en una confrontación directa. Eso lo tenemos todos muy claro. Propongo que abandonemos el campamento y nos refugiemos en las cuevas de la montaña. Conocemos mejor el terreno y podemos sobrevivir escondidos hasta que el enemigo se retire o hasta que encontremos una oportunidad para escapar.
Nazar, con una risa provocativa, lo miró.—Me sorprende que tú y tus amigos sigan con nosotros, Seth.
—A diferencia de ti, no soy imbécil. Si lo que dicen es cierto y resulta que es un khalasar, estarían demasiado cerca de las montañas. Si salimos ahora, nos encontrarán enseguida, y en esa circunstancia, podemos estar seguros de que moriremos. Por ahora, quedarnos aquí es la opción más viable.
Mi madre intervino por primera vez en las discusiones «Primero escucha, analiza y si tienes algo bueno que decir, responde, no antes o serás otro idiota del montón»me dijo.
—La horda debe ser joven, con pocos números; algún khan con pocas campanas, ansioso de gloria. Alguien así no aceptará un tributo de un grupo indefenso como el nuestro, así que me pondré del lado de Nazar. La subida será difícil para un número elevado de jinetes; podemos retenerlos si cerramos el camino y les disparamos desde lo alto. Si fallamos y quedamos atrapados en una defensa desesperada, nos retiramos a las cuevas; hay conductos que dejan pasar el aire si tratan de sofocarnos.
—Sí… si es un khan joven, solo cargará con seguridad en su victoria; no esperará resistencia —Jorund tomó la palabra, levantándose de su asiento y paseándose por las filas del salón, mirando los rostros de todos a su paso—. No me gusta lo que voy a decir, pero parece que no tendremos otra opción más que luchar. Cuando Khal Temmo atacó Qohor, se decía que tenía 50,000 jinetes. Arrasó con la guarnición de la ciudad y los mercenarios que habían contratado sin dificultad. Cuando se prepararon para arrasar la ciudad, al día siguiente se encontraron con 3,000 Inmaculados. Esos idiotas cargaron contra 3,000 lanzas en campo abierto, sin estrategia alguna, seguros de su victoria. Adivinen qué pasó—Tomando unos segundos en silencio mientras miraba a los que le rodeaban— ¡Fallaron! No estoy diciendo que podemos pelear como un Inmaculado; esos cabrones son duros. Pero no estamos en campo abierto, y definitivamente ellos no son 50,000 jinetes. Si vienen a nosotros, hagamos que suban por los caminos más escarpados mientras les disparamos. Cuando lleguen a la cima, 10 hombres acorazados pueden bloquear la entrada con otra filas detrás de ellos. Los demás podemos disparar. Si no saben usar un arco, lancen piedras, fuego, lo que sea.
—Ya lo oyeron. Sé que la mayoría de nosotros no somos luchadores, sé que tienen miedo, pero no nos queda otra opción. Si no queremos que nuestras esposas e hijas sean violadas y vendidas, será mejor que estemos preparados para morir defendiendo este lugar —añadió Nazar, imitando a Jorund. Su discurso parecía estar haciendo efecto en los temblorosos corazones de los presentes—. Ya fallé en morir con mi Sah en los campos de cuervos, pero les prometo que no fallaré en defender al pueblo tagaez fen. No les fallaré a ustedes, y si eso significa ser el primero en la línea defensiva, así será. Confío en mis habilidades y confío en los hombres que me siguen, pero no podremos ganar solos. Necesitamos que todos hagan su parte para lograrlo.
El sonido de gritos de valor y vigorosos aplausos confirmó lo que habían decidido todos. La emoción inundó la sala, intercambiando ideas sobre cómo seguir adelante, ya no discutiendo como salvajes, si no como lo que eran: vestigios de una civilización caída y humillada, pero aún orgullosa y dispuesta a defenderse.
Con la decisión tomada, la noche cayó sobre el campamento. Cada hombre y mujer se preparó para lo que podría ser el mayor desafío de sus vidas, con la esperanza de que su estrategia combinada les brindara una oportunidad de sobrevivir y vencer.
Notas
Según el libro ¨Un mundo de hielo y fuego¨ las primeras civilizaciones nacieron en los alrededores del sarne. Similar a lo que paso en Mesopotamia, también se dice que vestían acero y usaban carros de guerra, también se dice que esos carros de guerra eran manejados en su mayoría por mujeres, esposas e hijos de los soldados y en una parte se dice que una gran parte de jinetes ligeros eran mujeres. Con esa poca información pienso que los reinos de los hombres altos serian la representación de los imperios persas como el Aqueménide, el Sasánida, en menor medida el bizantino que era la combinación de occidente y oriente en la vida real. Quería basarme más en el bizantino, pero los nombres de las ciudades no me parecían muy griegas y las relacionaba más con nombre de medio oriente. Me puse a investigar un poco y vi que en la Persia antigua el papel de la mujer, aunque seguía siendo menor al del hombre, muchas veces compartían una condición de igualdad. Asi que usare títulos como: Sah para rey, Shah-Bozorg para Alto rey o Gran rey. Nombres como Semiramis, Ashur, Ereshkigal, Ciro, Dario, Mitra, entre otros. Principalmente nombres pre-islam, pero también usare nombre en relación a el
